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No es lo que parece [Priv. Aldstan]

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No es lo que parece [Priv. Aldstan] Empty No es lo que parece [Priv. Aldstan]

Mensaje por Invitado Mar Feb 09, 2016 6:14 pm

Hastiada y aburrida de permanecer en Hoshido bajo la instrucción de su altanero mentor, Kagura había decidido marcharse del país para visitar otros. Temiendo oír una negativa por parte de sus superiores -que seguramente insistirían en que primero se centrase en terminar su adiestramiento- se había escapado de la mansión del clan una noche sin mencionar a nadie sus propósitos y sin dejar siquiera una nota. No quería que la siguieran.

Para la pelirroja fue sencillo colarse clandestinamente en uno de los distintivos barcos de la nobleza atracados en los puertos de Hoshido. No tenía ni la más remota idea de adónde la llevarían, pero eso no le importaba demasiado. ¡Lo único que quería era dejar atrás al Maestro Nhat y sus prehistóricas enseñanzas!
Aquella huida no era totalmente precipitada. Kagura ya había oído desde pequeña historias fascinantes acerca de otras culturas y lugares, muy diferentes a las de Hoshido. Le habían hablado de las serenas llanuras de Sacae, de las salvajes y exóticas islas de Durban, del temible desierto de Hatari y de las gélidas tierras de Silesse. Debido a la personalidad inquieta de Kagura, era sólo cuestión de tiempo que algún día se atreviese a salir de Akaneia en busca de aventuras… y de ser posible, también en busca de algún mentor carismático y moderno dispuesto a enseñarle a luchar y a moverse en aquellas tierras extrañas.

El viaje en barco duró varias semanas. Pero la joven de apetito insaciable sabía cómo ocultarse y por eso los marineros, confundidos, no fueron capaces de descubrir por qué desaparecían tan rápido las provisiones de la despensa…

Finalmente, la embarcación se detuvo en las costas de Carcino, un país con gran actividad comercial perteneciente al continente de Magvel, para reponer suministros. Mientras que los marineros se encontraban ocupados en sus quehaceres, Kagura aprovechó para salir de su escondite y abandonar el barco a hurtadillas sin que nadie se diese cuenta de que portaba consigo un gran saco repleto de comida robada.

La joven pelirroja, protegida de la luz del sol gracias a su enorme parasol azul, estuvo paseando alegremente por los alrededores durante horas antes de detenerse frente a un enorme local muy llamativo. A juzgar por el jaleo que provenía de su interior, debía de ser una taberna o algo similar, aunque tampoco podía afirmarlo con certeza, ya los edificios de aquel país eran muy diferentes a los de Hoshido. Como estaba cansada, se había hecho de noche y necesitaba un lugar donde dormir, decidió entrar en el edificio con la esperanza de que alguien le indicase dónde podía encontrar una posada.
Ni bien puso Kagura un pie en aquel lugar, conocido como la “Taberna del Dragón Errante”, un agradable aroma a carne asada y un estruendoso bullicio -que habría sido inusitado en Hoshido- le dieron una cálida bienvenida. La joven del parasol, maravillada por el divertido ambiente, observaba cada rincón del concurrido local en busca del mostrador. Gracias a su fino oído y mientras se dirigía al que parecía ser el tabernero, logró distinguir de entre todo el jolgorio una dulce melodía que tocaba un juglar con su cítara.
Le formuló casi a gritos su pregunta al tabernero para que le entendiese. Él le respondió, también a gritos, que si tenía el oro suficiente, podía alojarse en una de las muchas habitaciones que ofrecía la taberna a los viajeros.

Sin embargo, Kagura descubrió para su sorpresa que se había olvidado de traer consigo algo de dinero. Tras gritarle las gracias por la información, salió del local ante las miradas recelosas y nerviosas de algunos de los clientes, que empezaban a reparar en su atuendo, totalmente característico de un ciudadano de Hoshido.
En realidad, la joven ninja no pensaba pasar la noche en el exterior, cuyo aire frío era toda una contradicción comparada con la cálida temperatura del interior de la taberna. Después de dar un rodeo al edificio en busca de un lugar apropiado para escalar, se ató el saco de comida y el parasol a la cintura y comenzó a trepar hasta lo que parecía ser la ventana de una de las habitaciones de las que le había hablado antes el tabernero.

“No puedo ver luces encendidas. ¡Quizá tenga suerte y se trate de una habitación vacía!” pensó Kagura al asomarse con cuidado a la ventana. Se habían olvidado de echarle el cierre, por lo que no tuvo dificultades para abrirla e infiltrarse en el pequeño cuarto.
Antes de hacer nada, la ninja escudriñó minuciosamente y en completa oscuridad su alrededor para descubrir, con horror, que no estaba sola: tumbado sobre un catre se encontraba un hombre joven rubio. Estaba dormido, y mejor que así se quedara, pues Kagura prefería no pensar en la clase de explicaciones que habría tenido que darle a aquel caballero de haberlo despertado.

Con cautela, se dispuso a abrir de nuevo la ventana para salir de la habitación. Pero desafortunadamente, el nudo con el que se había atado el saco y el parasol a su cintura cedió, y el equipaje cayó con estrépito al piso de madera. La expresión estupefacta que se dibujó en el rostro de la ninja no tenía precio.
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Mensaje por Invitado Jue Feb 11, 2016 7:46 am

En una de las múltiples paradas que le permitía hacer por el mundo el hecho de contar con un wyvern como montura, había detenido su avance en Carcino por motivos mercantiles. En aquel próspero país podían encontrarse todo tipo de objetos a la venta, pasearse entre los puestos y tenderetes era una gozada, por lo que sus curiosos ojos zarcos se posaban sobre los artículos a la venta con gran entusiasmo. Muchos eran simplemente baratijas, objetos artesanales o ítems que no se parecían en nada a lo que estaba buscando. Su mirada rotó hacia todos lados mientras caminaba, procurando la visión de algún maestro armero de la zona comercial, pues debía de renovar su equipamiento tras tan épicas andanzas. Un hacha nueva y la reparación improvisada de las juntas de su pernera fueron lo que se llevó de allí a un precio sorprendentemente razonable, lo que alegró al hombre avaro, pudiéndose permitir otro ocioso gasto menor sin afrentar su propio sentido del ahorro.

Observó un edificio de construcción occidental pero cuyos ornamentos daban a entender un toque de las culturas que se encontraban al este de Magvel. Le llamó la atención y decidió entrar mientras se rasgaba la nuca, dirigiendo un vistazo general a todo borracho empedernido del lugar. ¡Sí, podría aprovecharse de ellos! Sacar ganancia de los ebrios era una maravilla bastante accesible para aquellos que estaban dispuestos a apostar como auténticos truhanes.

Siendo sinceros, las casas de mancebía no eran en absoluto asequibles y el rubito era un hombre con fuertes necesidades en aquel momento. Por ello y por el orgullo de seguir aumentando su querida colección de monedas, era la hora de convertirse en Aldstan, el timador. Se hizo un hueco en la silla vacía de una mesa en donde unos señores habían bebido de más, llevando una copa del vino suave de la taberna, que pasaría desapercibido ante sus ojos imprecisos. Estaban jugando a las cartas, al jequenegro, consistente en poner cartas que se aproximasen al valor de 21 pero siempre sin pasarse. Podías pedir las veces que quieras pero la cantidad obtenida por cada carta era completamente azarosa.

-¿Qué les parece si jugamos con ganancias, caballeros? Unos hombres experimentados como ustedes sin duda no tienen nada que temer de un muchacho nuevo como yo. -los elogió, barajando casi sin aguardar a que le diesen permiso. Éstos aceptaron al ver cómo sus oídos eran levemente acariciados por el engatusamiento. Fingió ser pésimo en el juego desde el principio, causando que las apuestas ascendiesen junto a la creciente maldad de los hombres que iban a ser escarmentados, llevándolos a su terreno mientras aparentaba ser un ingenuo cayendo en el de los contrarios. No pasó demasiado hasta que remontó y los dejó a todos boquiabiertos, llevándose tantas monedas de oro que no le cabían sin llevarlas en un saquito. -Hay que ver cuaaaánto he aprendido. Todo un placer, señores, son ustedes una inspiración. -dejó la mesa, riendo por lo bajo. Ahora podía además pagarse una habitación sin que se resintiese su economía. Empezaba a notarse cansado por culpa de la travesía y de un día tan movidito. Ascendió por las escaleras del local hasta hallar la puerta que le hubieron indicado, abriéndola con su llave correspondiente.

Acudió a su cuarto y se quitó la parte de arriba de sus ropajes. Cayó sobre la cama, dejando el peso de su cuerpo hundirse sobre las sábanas al emitir un tremendo bostezo que segundos después resultaría en un largo y plácido sueño. Portaba ahora su hacha como un músico lo haría con un laúd, el tacto de sus guantes rozando fuertemente con el metal causaba un ruído horroroso y, cuando chirriaba, atronador. Él, sin embargo, seguía llevando a cabo su interpretación mientras una extraña se colaba por la ventana que había dejado abierta. Despistado, como siempre. -Mamá, mamá... ¡Mira, mamá, mira qué bien lo hago! -confundió su presencia con la de la figura materna que ocupaba sus sueños. Empezó a frotar los dedos con mayor celeridad y potencia por las inexistentes cuerdas con intención de impresionarla, pero lo único que sonaba era el golpe y roce de sus dedos contra la superficie metálica. Pero poco duró su sueño porque la ninja había dejado caer tropecientas cosas cuyos sucesivos golpes hicieron que Aldstan rebotase literalmente de la cama y se cayese al suelo de bruces, con la fortuna de no haberse clavado el filo del hacha porque la soltó en el aire y contribuyó al estruendo nada más precipitarse sobre el piso. Se reincorporó con el torso peludo desnudo y el botón del pantalón desbrochado, todavía confuso y mirando a la intrusa con cara de empanamiento.

-¿Eh? ¿Eres una de mis fans? Si querías un autógrafo, podrías haber venido por la puerta principal, ya sabes que no suelo negarme a estas cosas... -estaba tan inmerso en su profundo sueño que ni podía diferenciar ficción y realidad, pensando que era uno de los mejores músicos del país y poco más. Bostezó audiblemente hasta que escuchó el rugido de cierto amiguito escamado fuera de la zona de la ventana, el wyvern había acorralado a la señorita pelinaraja, como uno de aquellos perros que dejaban entrar a los ladrones pero no salir. -¡Wyrmten, mira, es la primera vez que una fan me acosa! -exclamó, con la voz aún tomada por la somnolencia pero algo más espabilado que al principio. El dracónico colega emitió un rugido de exasperación y llevó la palma de la pata a la frente con fuerza, preguntándose de qué rayos estaría hablando el alocado muchacho ahora... Y no era el único, pues Aldstan dirigió una extrañada mirada hacia el techo mientras se preguntaba desde cuándo él tenía admiradoras ni nada parecido cuando era perfectamente consciente de que se portaba como un capullo.
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Mensaje por Invitado Jue Feb 11, 2016 1:48 pm

El rubio durmiente, que deslizaba sus dedos con vigor sobre el metal de una intimidante y afilada hacha de guerra, parecía estar soñando con que se había convertido en una estrella musical del laúd. No obstante, el estruendo ocasionado por la caída del parasol y el saco de comida que Kagura había robado del barco resultó ser lo suficientemente audible como para despertarlo de inmediato.
La pelirroja recogió con rapidez sus pertenencias y se dispuso a escapar por el mismo lugar por donde había venido. Su intención era abandonar el habitáculo antes de que el huésped recobrase totalmente su conciencia, pero cuando se dispuso a saltar a la calle, una enorme mole de escamas con alas se interpuso entre ella y su destino. Con el camino completamente bloqueado, la perpleja Kagura, que nunca había visto de cerca un wyvern, se frotó los ojos para asegurarse de que no estaba soñando.

No tardó en llegar a la conclusión de que la bestia alada debía de seguir las órdenes del rubio. Estaba atrapada. Masculló una maldición mientras tanteaba con su única mano libre el interior de una bolsita de cuero que llevaba atada a su pierna, en busca de la pequeña daga que guardaba en su interior. Todavía podía intentar escapar por la puerta, pero sospechaba que tendría que abrirse paso luchando a juzgar por las palabras que le había estado dirigiendo el hombre rubio del hacha, que malinterpretó como burlas altaneras y provocaciones que la enfurecieron bastante. ¿Fan? ¿Autógrafos? ¿Acosos? ¿Acaso se estaba burlando de ella?

El alboroto que provenía del salón principal de la taberna, abarrotado de clientes borrachos muy ruidosos, atenuaba el escándalo que se había montado en el cuarto.

-¡¿De qué estás hablando, bellaco?!- le gritó la ninja con voz aguda al individuo. Convencida de que el huésped y su mascota eran hostiles hacia ella, estaba decidida a responder de manera agresiva. Se encontraba aún de cara a la ventana para vigilar todos los movimientos del wyvern, ya que creía que si se distraía, aquella criatura podría despedazarla. Tampoco descuidaba su espalda y estaba lista para contraatacar si el hombre pretendía hacerle daño. -¡Si piensas quedarte con mi comida, siento decirte que no pienso compartirla con tu amigo de la ventana y contigo!-

Kagura se volvió hacia el joven para dirigirle una mirada amenazadora, pero al reparar en él con mayor atención, se quedó boquiabierta y todo indicio de la antipatía que había estado mostrando hace poco se disipó: el hombre estaba mirando a la inexistencia con expresión confusa. Se encontraba también semidesnudo, ya que su torso estaba al aire libre y hasta se había dejado un botón del pantalón sin abrochar. Kagura se sonrojó de vergüenza al darse cuenta de lo que sucedía en realidad.
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Mensaje por Invitado Vie Feb 12, 2016 12:46 pm

Su mente seguía divagando, pues pensar no pensaba. Miles de ideas se debatían por prevalecer pero un trío llevaba la delantera al resto de conceptos abstractos: La primera, tenía un sueño tan tremendo de morirse, la segunda era que no sabía de dónde habían salido esas fantasías de superestrella melódica y la última la realidad, es decir; que se encontraba siendo asediado por una muchachita la mar de ágil mientras se encontraba durmiendo en la supuesta seguridad de su cuarto. Todo lo mencionado le preocupaba enormemente y tuvo que contener un esfuerzo tremendo para no decirle que sudaba de ella, planchando la cabeza en la almohada automáticamente después. Lo que iba conteniendo mejor eran sus impulsos "musicales", tomando el hacha del suelo y dando un par de pasos hasta una mesa para depositarla y que ninguno de ambos se hiriese con ella porque, cómo no, también estaba descalzo.

Dirigió una mirada atenta a la agraciada jovencita pero no se sintió intimidado como solía ocurrirle porque no veía en ella a una mujer sino a una chiquilla, pues aunque en aquella época las féminas podían llegar a ejercer la maternidad incluso mucho antes de la edad que le atribuía a la ninja, él veía a una adolescente aniñada antes que nada. Se rascó la nuca, emitiendo un quejido con voz ronca ante sus defensas a base de gritos que ella emitía a la vez que parecía debatirse entre encarar a Wyrmten o a él. La intermitencia de su mirada evidenciaba sus pensamientos y dedujo que, ya que no quería su autógrafo ni nada del estilo, había ido a robarle comida.

-¿Siempre te complicas tanto la vida, chica? -preguntó, desinteresado y pasota a partes iguales. Se metió el meñique en la oreja y lo giró en su interior mientras filosofaba momentáneamente acerca de si la cera de sus oídos se parecería en algo a las que componían las velas. Decidió prestarle algo más de atención por si correspondía a su aspecto, pudiendo causarle problemas en cualquier momento. Se la encontró con una daga en la mano. -Ah, ya veo, estás tan hambrienta que has venido con el cuchillo de las comidas. Ven aquí, no te preocupes. -le hizo un gesto con la palma de la mano apoyada en una silla, la mesa que estaba al lado poseía un cuarteto de dulces que por defecto incluían en los cuartos pagados para agradecer su visita. Las deducciones de Aldstan dejaban mucho que desear porque era tonto de capirote, pero no podía dejar a una cría famélica futuramente pendiendo de la ventana.

Se sentó en la otra silla que había al lado y bostezó audiblemente mientras aguardaba para ver si su respuesta era positiva o negativa. -El menda es Aldstan y el de afuera es Wyrmten, pero no te preocupes porque seguro que preferiría comerte a ti antes que a tu valiosísima comida. -sonrió, con una mueca pícara. Trataba de picarla para que pensase que el wyvern comía personas y que no huyese del lugar, era obvio que la afirmación era mentira pero fue acompañada por un rugido de protesta del escamado por la difamación, pudiendo malentenderse como apoyo de la broma. Tenía entendido que las jovencitas eran muy crédulas y aquella en concreto parecía propensa al pique, presa tentadora para que su despertar terminase en divertimento.
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Mensaje por Invitado Sáb Feb 13, 2016 8:52 am

Kagura se quedó en un principio inmóvil, con la daga aún sujeta firmemente entre sus dedos. No sabía cómo reaccionar, puesto que aquella situación se había vuelto muy extraña. A su parecer, aquel hombre que decía llamarse Aldstan se comportaba de manera rara teniendo en cuenta la situación.
Pensó que Aldstan y su escamoso compañero, probablemente molestos por la intromisión de una desconocida, querrían hacerle daño. Pero no parecía ser el caso. El hombre no se mostraba para nada intimidado por su presencia. ¡Hasta había dejado su arma sobre la mesa! Era evidente que no la consideraba una amenaza a pesar de que empuñaba un cuchillo con la destreza de un experto. Aldstan quizá la subestimaba por tener sólo dieciséis años de edad. Los adultos solían subestimarla por eso y con razón, pues lo cierto era que la pelirroja tenía un aspecto frágil y casi angelical.

El chico, cuyo aspecto en esos momentos dejaba mucho que desear, parecía despreocupado y sincero con sus palabras. Se había presentado, así que la kunoichi pensó que sería apropiado hacer lo mismo.

-Me llaman Kagura.- dijo simplemente y sin moverse de su sitio. Estaba tan tensa que ni se atrevía a parpadear. Sólo quería salir de ahí para evitar más problemas. Si el hombre rubio no quería hacerle daño, ¿qué quería de ella exactamente? No comprendía por qué no la dejaba irse simplemente.

-Los wyvern no comen personas.- musitó algo insegura tras un largo rato de incómodo silencio. Por alguna razón, pronunciar aquellas palabras la hicieron sentirse más relajada.
Fue consciente de que se había estado comportando esa noche de una manera poco habitual e insegura, probablemente debido al cansancio y al encontrarse sola y tan lejos de su hogar. ¿Por qué le tenía tanto miedo al wyvern? ¡No era más que una lagartija gigante con alas!
Kagura sonrió levemente ante la ocurrencia y, empezando a sentirse de nuevo ella misma, se acercó con cautela a la silla que le había ofrecido Aldstan para sentarse, no sin antes dejar su daga sobre la mesa donde yacía el hacha de guerra del huésped. Esperaba que el rubio entendiese el significado del gesto.
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Mensaje por Invitado Sáb Feb 13, 2016 4:25 pm

Parecía que la muchachita había sentido más intimidación que pique ante las pícaras bromas del rubio muchacho de aspecto desaliñado, quien no pensaba parar en absoluto y se mesaba la barbilla afeitada a falta de pelambrera que atusar en la zona, pensando en cómo seguirle tomando el pelo a ella que poseía una gran melena por explotar. La jovencita se presentó como Kagura y dejó el cuchillo de comer al lado del hacha, lo que el no muy espabilado joven tomó como que para los postres no era necesario un cubierto semejante. ¡Qué tonto era el pobrecito, menos mal que todos los idiotas tienen suerte!

El caso era que había aceptado la tregua, una que él ya daba por sentada, comportándose completamente a gusto. Se rascó el pecho con desgana al observarls tomar asiento, el cambio de temperatura del catre a la mesa mientras el aire penetraba por las ventanas le había causado cierto picor sin trascendencia mayor que una pasada de uñas por la zona.

Tomó un par de platos de sobrememesa de entre una pila de cuatro que estaba en un lateral del mueble. Sirvió una especie de milhoja de crema achocolatada en el que le correspondía a la chiquilla y le dio un tenedor sostenido por la parte de las púas, pudiendo agarrarlo ella por el mango sin pincharse en el proceso. Otra milhoja similar pero cuyo interior delataba un tono amarillo crema fue la que tomó para sí mismo. Al trocearla y probar bocado, se dio cuenta de que estaba dulce y deliciosa, esbozando una mueca entre adormilada y bobalicona mientras degustaba su profundo sabor. -Hay que reconocer que en Carcino tienen estilo, vaya forma de dar la bienvenida a sus huéspedes. Casi me siento en casa. O mejor. -confesó a su compañera gastronómica, esperando a ver si experimentaba alguna emoción similar. Si algo se podía saber rápidamente de Aldstan, aparte de lo pánfilo que siempre se mostraba, era su actitud campechana para con el mundo, lo que desesperaba a su montura infinitamente más madura -que, por cierto, ahora se había tumbado afuera de la ventana como un perro guardián en duermevela.

-¿Y qué te trae por aquí, Kagura? Aparte de tu amor por la comida, claro está, ¡porque hay que estar bien loca para trepar como un koala solo para saquear mis manjares! Ja, ja, ja, ja -el tipo se partía solo y había que reconocer que en sus idealizaciones todo era mucho más cómico, como si su contenido mental fuese un mundo aparte. No entendía nada, mas era feliz en la mayor de la ignorancia como toda la gente alelada del planeta más plagado de iletrados y paletos que se encontraría en su amplia galaxia.

-Como me has caído bien, te voy a contar el súper secreto de los wyvern que ha pasado por los criadores como yo de generación en generación. Estate atenta. -la previno, con seriedad fingida a pesar del divertimento extremo que estaba experimentando. La costumbre de mentirle a la gente de su alrededor le proporcionaba la destreza necesaria para poder resultar creíble bajo tan surrealista relato. -Resulta, tía, que los lagartos estos de los colores de siempre como verde, azul y negro son normales peeero los rojos no... Por algo he elegido a Wyrmten de montura. Los rojizos son muy especiales, pueden comer personas y su sangre les fortalece, a ellos y al color de sus escamas, volviéndolos mucho más fuerte. A más escarlata sus escamas, más carroñero y más poderoso es. También los negros comen insectos, hay de todo. -mintió como un bellaco, hablando lleno de razón y tratando de embaucarla con la gracia de que las escamas de su dracónico amigo estaban altamente pigmentadas, viendo en ello una oportunidad de vacilarla bastante tentadora.
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Mensaje por Invitado Sáb Feb 13, 2016 6:57 pm

A Kagura le encantaban los dulces. Este hecho se evidenció en cuanto el pastel, que Aldstan le había ofrecido, desapareció casi al instante. La joven era bastante espontánea y su carácter cambiaba drásticamente en muy poco tiempo: si bien unos momentos atrás se hallaba tensa y cautelosa, ahora sólo parecía pensar en la comida. Ni siquiera había usado el tenedor que su compañero le había entregado, aunque esto se debía en parte a que nunca había visto ese tipo de cubiertos. En el clan Yato, siempre se comía con palillos de madera.

-¡Está delicioso!- exclamó con una expresión de felicidad inédita. Antes de que el rubio hubiese terminado de comer su porción, ella ya se encontraba alargando su mano en dirección a uno de los dos pasteles restantes, con la intención de engullirlo también en un abrir y cerrar de ojos. Kagura pensaba que todo aquel dispuesto a ofrecerle comida, debía de ser buena persona, y probablemente sin darse cuenta, Aldstan se había ganado ya la confianza de la ingenua muchacha.

-¿Carcino?- respondió Kagura con la boca aún llena al comentario del hombre. -¿Qué es Carcino? Parece el nombre de una tienda de cecina…-

Había dejado su parasol y el saco de comida robada apoyados en una pared próxima. No se percató de que el wyvern se había apartado ya al fin de la ventana. Aunque de enterarse, tampoco habría intentado volver a escapar. Comida gratis era comida gratis. Recordó que el Maestro Nhat siempre le decía que un verdadero ninja debía de comer con moderación y específicamente alimentos que no dejasen olor en el aliento, mas el Maestro Nhat decía muchas cosas absurdas para ella. Y todavía no entendía por qué seguía escuchando sus extrañas enseñanzas resonando en su cabeza hiciese lo que hiciese.

Aldstan le preguntó desenfadadamente que qué le traía por ahí. Kagura pensó que ya que estaba a punto de comerse el último pastel que quedaba sería justo responderle con sinceridad.

-Pues me metí en un barco sin que nadie se diese cuenta y acabé aquí. Quiero aprender cómo es el mundo, pero como no traje dinero conmigo y no quería dormir en la calle, quise buscar refugio en esta habitación.- dijo al fin la kunoichi, muy satisfecha por su explicación resumida. Cuando ya no quedaban más pasteles, Kagura se chupó los dedos mientras escuchaba atentamente lo que Aldstan quería decirle.

Quiso manifestar su confusión al oír que el rubio se denominó a sí mismo como “criador de wyvern”. A juzgar por su apariencia semidesnuda, la ninja había pensado en un principio que era un exhibicionista profesional, pero se abstuvo de preguntar nada al respecto porque pensó que probablemente en ese continente existían los “exhibicionista profesionales criadores de wyvern”.

Aldstan le contó con un semblante serio que los wyvern rojos comían personas porque la sangre de dichas presas les fortalecía. A Kagura esto le pareció sorprendente, y escuchó toda la historia con una expresión de fascinación más propia de un niño que de una adolescente de su edad. -¡Guau!- fue lo único que llegó a murmurar. Ahora todo tenía sentido para ella… más o menos. Ahora sabía que el color rojizo de las escamas de Wyrmten se podía volver más intenso cuantas más personas se comía. ¡Quería comprobar eso!

-¡Aldstan, Aldstan!- gritó eufórica Kagura. -¿Podemos salir a darle de comer a Wyrmten gente?-

Aquella ciudad parecía estar llena de personas. Sería fácil y divertido convertir a Wyrmten en el wyvern más poderoso de todos los tiempos. En vez de sentir temor y alejarse de la escamosa criatura, la ninja hizo todo lo contrario. Se levantó rápidamente de la mesa y se acercó corriendo a la ventana para ver de cerca a Wyrmten que, tumbado como un perro guardián ya no parecía tan feroz. Kagura chasqueó la lengua algo frustrada. Necesitarían mucha sangre humana para convertirlo en el wyvern de los wyverns…

Desde luego, el comportamiento de la kunoichi era propenso a cambiar drásticamente dependiendo del grado de confianza que tenía la pelirroja con la gente con la que se relacionaba. Y la mejor manera de ganarse la confianza de Kagura era, efectivamente, ofrecerle comida gratis.
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Mensaje por Invitado Dom Feb 14, 2016 8:07 am

Un sonido de profunda extrañeza fue proferido de sus labios al escuchar su ignorancia acerca de su ubicación actual. -Carcino es el sitio en que nos encontramos ahora, pequeña, ¿es que has venido sin saber adónde? -se preguntó, llevándose la mano a la frente con una mezcla entre sorpresa e incredulidad. Su imprudencia le hacía sentir como si la cigüeña hubiese entrado por su ventana para dejarle a una hermanita pequeña. Tenía tantas mayores que la sensación le resultaba familiar, agradeciendo que la jovial muchachita fuese mucho más dócil que aquellos monstruos mandones de la inquisición que había dejado atrás en Thracia. Le invadían recuerdos de gritos femeninos que le perseguían incluso tan lejos de su hogar:

-Aldstan, eres un inútil, tienes que sentar la cabeza.
-Andas tanto con putas que pareces un proxeneta.
-Rubio, haz algo por ti mismo.
-¿De qué te vale pegarte con todo el mundo? Así no tendrás amigos.
-Aldstan, obedece a tus hermanas.
-Para un hombre que hay en la casa y sale deficiente.
-¡Ald, tu habitación huele a pies! ¡¡Ventila!!
-¡¡ALDSTAAAAAAAN!!


Se estremeció ante las voces de las féminas del hogar, inundado de malos recuerdos. Y es que todavía le costaba no sentir miedo en presencia de cualquier persona de género femenino, la ginefobia era fuerte en él porque los veía como a seres del mal. Pero aquella niñita que comía alegremente el pastel no podía ser tan terrible, ¿verdad? Su expresión de felicidad infantil le causó cierta ternura, suspirando para sus adentros con expresión calmada, algo más despierto que al principio del encuentro.

No sólamente estaba demostrando gran ilusión sino que, lejos de asustarse, comenzó a emocionarse con la idea de que el wyvern pudiese zamparse a la gente de a pie. Tuvo que contener una cara de susto impresionante y rodar la mirada. -"SABÍA QUE ERAN SERES MALIGNOS, SABÍA QUR ERAN SERES MALIGNOS, MUY MALIGNOS... QUIERE VER ESTA CIUDAD ZAMPADA POR WYVERNS." -sus pensamientos estaban plagados de miedo ante su ansiedad de sangre para el wyvern. Aunque, bien mirado, el primero en parecer un salvaje fue él al mentirle de aquella manera y hacerle creer la barbaridad de que su reptil de compañía comía gente. Tenía que inventarse otro engaño que le salvase de aquel terrible entuerto, en el que se había metido él solito.

-Fíjate, ven. -reclamó su atención mientras se asomaba a la ventana donde Wyrmten se encontraba tumbado descansando. -¿Por qué crees que está tan tranquilo? Resulta que hace poco que ha comido, si se excede se puede indigestar. Pero no te desanimes, puedo darte una vuelta volando mientras no tenga más sed de sangre. -le guiñó el ojo con una sonrisa alegre, mostrando los dientes y con el pulgar extendido hacia el cielo. Acto seguido, se movió hasta los ropajes de los que se había liberado para ir cubriendo su cuerpo con jubón, guantes y armadura. Por otra parte, se calzó y tomó su hacha, extendiéndole la daga. Cuando la tomase, la empujaría hacia su cuerpo para darle un beso en la coronilla, protector con aquella chiquilla que tenía un lado maquiavélico pero le despertaba ternura fraternal.

-No tengas miedo, Kagu, y salta cuando nos elevemos hasta la ventana, tengo al dragoncete bajo control. -supuso que temería por su vida al acercarse a lo que tomaba por un dragón comehumanos, por mucho que estuviese saciado. Trató de tranquilizarla, para luego silbarle al wyvern, saltando hasta su lomo y apoyándose en el asiento donde sobraba sitio para una chica menudita como Kagura. Se elevaron entonces a la altura de la ventana a la espera de que la chiquilla se uniese a la travesía voladora por Carcino, también para que conociese un poco el sitio en que se encontraba.
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Mensaje por Invitado Lun Feb 15, 2016 10:46 am

Kagura sólo había querido alejarse de Hoshido, por lo que a la hora de infiltrarse en el barco que la llevó a Magvel, poco le importaba el destino. Agradeció que Aldstan le explicase que en realidad se encontraban en un país llamado Carcino, aunque seguía opinando que ese nombre tan extravagante le habría quedado como anillo al dedo a una charcutería.

El afable caballero, por alguna razón que no pudo adivinar, tardó unos instantes en responder a la pregunta que la pelirroja le había hecho acerca de alimentar con sangre humana a Wyrmten. Finalmente la llamó y le aclaró que en esos momentos estaba aún haciendo la digestión, por lo que no sería recomendable darle más comida, ya que si no, se podría indigestar. Kagura se mostró satisfecha con la respuesta, así que no insistió más, ya que además estaba segura de que en un futuro tendría más oportunidades de ver cómo las escamas del wyvern cambiaban la intensidad de su color. Para evitar desanimarla, Aldstan le ofreció de repente darle una vuelta a lomos de la criatura alada.

-¿En serio puedes?- preguntó Kagura al jinete de Wyrmten. Intentaba ocultar la ilusión que le hacía la idea, ¡pero no podía! Al fin y al cabo, ¿cuántas oportunidades se tenía en la vida de sobrevolar la ciudad encima de un wyvern? Aldstan empezó a vestirse y le entregó la daga que ella había dejado sobre la mesa antes. La muchacha se encargó de introducirla de nuevo en la funda de cuero mientras notaba cómo el hombre joven se acercaba para darle un beso en la coronilla. Ese gesto la dejó perpleja y la hizo sonrojarse. En el clan Yato no estaba muy bien visto dar ese tipo de muestras de afecto entre sus miembros, a pesar de que todos fuesen en realidad una gran familia.
Era extraño. Apenas se habían conocido y Kagura empezaba a ver a Aldstan como una especie de hermano mayor. Pensó que quizá eso se debiera a que parecía preocuparse por ella y la trataba con delicadeza. Y es que ni siquiera el Maestro Dong, al que había considerado como un padre, le dirigía muchas palabras amables cuando aún estaba vivo.

-¡No tengo miedo a nada!- exclamó Kagura ante las nuevas palabras que el jinete le dirigió, probablemente para tranquilizarla ante el hecho de acercarse a Wyrmten. Temeraria y decidida, tomó asiento donde le correspondía y el vuelo comenzó.
No se percató de que en el momento en el que Aldstan le había dado un beso en la coronilla, su cabeza se había desplazado ligeramente hacia delante, dejando un poco expuesta la marca de nacimiento de su nuca, que escondía tras el cuello alto de su vestido. Aquella marca era inconfundible, y la señalaba directamente como una branded, es decir, un ser maldito que no llegaba a ser ni humano ni laguz.


Ajena a todo lo que estaba sucediendo en la Taberna del Dragón Errante, una delgada figura encapuchada desembarcaba de un navío de mercancías que acababa de llegar a Carcino. Se trataba del Maestro Nhat, vigésimo líder del clan Yato de Hoshido y el encargado de adiestrar a Kagura en el arte del ninjutsu.
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Mensaje por Invitado Miér Feb 17, 2016 8:27 am

Parecía que había sido una idea totalmente acertada el ofrecerle el paseo en wyvern, sus ojos celestes no pudieron ocultar la emoción que le causaba el subir a lomos del reptil que tanto la estaba fascinando de un tiempo a esta parte. A pesar de la actitud fraternal, ese color zarco casi idéntico de los iris de ambos era lo único que los unía como algo similar a la familia y eso se había demostrado cuando la marca de la nuca de la muchacha se dejó ver por un instante. Eran de distinta raza, por muy iguales que pudiesen parecer. Aparcó el tema, en parte por no considerarlo en absoluto relevante porque era una persona demasiado descuidada como para dar importancia a temas genéticos que no influían en absoluto en la persona que tenía delante, a quien apreciaba por motivos distintos. Incluso en su profunda inmadurez, él sabía ver lo que era verdaderamente importante, por mucho que se muriese de ganas de saber qué tipo de padres tendría la muchachita que había pseudoadoptado.

Bravucona, clamó no temerle a nada y saltó a lomos de Wyrmten. Como pensó que quedando detrás siendo tan menudita podría salir despedida por no tener los pies asentados en espuelas, aprovechó que tenía las dos manos libres -el hacha enfundada colgaba de las escamas encarnadas del reptil- la tomó por las axilas y la desplazó sin demasiado esfuerzo a delante de sí. -Eeepa. Agárrate fuerte. -fue lo que dijo al alzarla y depositarla como quien desplazaba un jarrón. Delante de él, la rodeaba con las riendas y los brazos que las sostenían como si llevase a una personita frágil. Había un asa en la parte delantera del asiento por si se sentía demasiado agitada por el movimiento del wyvern, el mismo Aldstan la usaba cuando era un principiante, muy de pequeño, y es que aquella silla le había durado muchísimos años todavía en buen estado.

Él ya estaba tan acostumbrado que plegaba su cuerpo adecuadamente según los ires y venires del ser volador, que parecía bastante ilusionado por tener una invitada aquel día. Sus rugiditos de alegría de vez en cuando lo evidenciaban. Ald le hizo bajar casi el nivel del suelo, planeando, para que la chica pudiese obtener una vista del mercado por el que él había pasado antes de ir a la residencia en que se conocieron. El muy bobo no se dio cuenta de que las telas de las tiendas salían volando con cada aleteo del reptil, como quien hubiese aproximado un helicóptero a fases a tan poca altura del suelo. Cuando ascendieron de golpe, varios de dichos pedazos de los tenderetes volaban a su alrededor mientras caían, como si fuesen pañuelos aterrizando a modo de paracaídas. El rubio se rió a carcajadas al ver la escena, incluso si a los vendedores no les iba a hacer ni pizca de gracia.

Luego dio un pequeño recorrido turístico por la ciudad adelante, pues no había mucho apasionante que ver pero supuso que era bueno que la muchacha supiese por dónde se movía en aquellos días. Al finalizar, descendió del todo en picado a una velocidad pasmosa y reemprendió el vuelo en el aire hacia las nubes. Desde allí se podían ver las montañas que rodeaban Carcino y lo separaban de otros países, era una vista a la que la mayoría de las personas no aspiraban, no conocían siquiera su existencia, por lo que lo consideró un hermoso regalo para ella.

-¿A que no esperabas poder ver algo así? Por eso los wyvern son tan increíbles. Llevo con ellos desde que tengo pañales y nunca dejan de sorprenderme. -el aludido se sonrojó ante la bella mención pero apenas se notaba porque sus escamas eran de por sí rojas como la sangre. -¡Perfe! Ahora somos oficialmente amigos. Yo te he enseñado los cielos que me sirven de rincón privado y ahora te toca a ti contarme algo. Puede ser de qué animalillo eres mestiza, o lo que sea. -alguien tan inculto cómo él no podía siquiera conocer el término laguz, así como tenía tal ausencia de prejuicios que preguntaba aquello con toda la naturalidad del mundo, sin notar la menor tensión. Ahora Kagura no podía huir, por lo que al menos la conversación no finalizaría con tal despropósito.
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Mensaje por Invitado Miér Feb 17, 2016 1:40 pm

Aldstan seguía siendo muy atento con Kagura a pesar de que acaban de conocerse en circunstancias un tanto desafortunadas. Como el lugar donde se había sentado no parecía ser muy estable para ella, su compañero la cambió de sitio apenas sin esfuerzo. La muchacha no protestó cuando Aldstan la alzó como si fuese una niña para colocarla delante de sí mismo. Nunca había volado antes, así que estaba dispuesta a obedecer sin rechistar todo lo que le dijera el jinete.

La joven notó que el wyvern parecía feliz de tenerla como nueva pasajera, así que se inclinó hacia delante para acariciarle el cuello. Las escamas de su gruesa piel tenían un tacto muy extraño. Aunque tuvo que apartar rápidamente la mano para sujetarse mejor en cuanto la criatura empezó a moverse y a descender casi hasta el nivel del suelo. Las alas de Wyrmten eran tan robustas que su potente aleteo provocó destrozos en las tiendas adyacentes antes de que al fin se elevara hacia el cielo nublado. A Kagura la tomó por sorpresa la velocidad que tomó el wyvern en el ascenso, por lo que no pudo evitar cerrar los ojos con fuerza para protegerse de las ráfagas de viento que chocaban contra su rostro. Cuando por fin abrió los ojos de nuevo, quedó tan maravillada ante el escenario que había ante ella que soltó una sonora carcajada de euforia. Carcino tenía un aspecto espectacular visto desde las alturas. La joven, que no había dicho nada desde el comienzo del vuelo, puso toda su atención en los edificios y plazas de la ciudad, que ahora podía apreciar desde una perspectiva única solamente reservada para unas pocas personas privilegiadas como Aldstan.

De repente, el wyvern empezó a descender en picado para luego reemprender el vuelo, esta vez en dirección a las nubes. Conforme ascendían, la temperatura empezaba a volverse más fría. Las manos de Kagura estaban empezando a congelarse debido a que su vestido era de tela fina y ligera, en contrapartida a los ropajes que llevaba Aldstan, mucho más apropiados para volar a tanta altura. Pero aquel inconveniente valió la pena en cuanto el contorno de las imponentes montañas que rodeaban Carcino empezaba a dibujarse en la lejanía. Kagura se frotó los ojos con la manga de su vestido sin dar crédito al paisaje que veía. Gracias a su excelente visión nocturna, el panorama se le antojaba hermoso incluso a oscuras…

Aldstan pareció percatarse de su expresión, porque aprovechó para retomar de nuevo la conversación. Dijo que los wyvern eran muy sorprendentes, y Kagura no podía estar más de acuerdo con esa afirmación. Wyrmten se sonrojó, aunque al parecer, nadie se dio cuenta de ello. Las siguientes palabras que pronunció, en cambio, la aturdieron dejándola paralizada: el rubio quería saber más de ella, lo cual en principio no suponía ningún inconveniente. Pero el problema estaba en lo último que había dicho.

“Puede ser de qué animalillo eres mestiza…”

¡¿Cómo se había enterado?! Instintivamente, se llevó una mano al cuello para taparse la marca de nacimiento. A Kagura no le avergonzaba revelar su auténtica naturaleza, pero no podía evitar temer que Aldstan fuese capaz de tirarla del wyvern o algo parecido. Los humanos podían ser muy crueles con la gente de su clase. Lo sabía por experiencia propia.
Su corazón latía muy deprisa, y aunque sentía el cuerpo helado y tenso, se las arregló para voltear su rostro hacia atrás y mirar al jinete a la cara, encontrándose con su mirada.
Le sorprendió no ver atisbo de odio o repugnancia en los sinceros ojos de Aldstan. El rubio no mostraba indicios de tener prejuicios contra ella, y comprendió que lo que le había dicho antes estaba carente de malicia. Kagura se sintió culpable por haber dudado por unos instantes de él.

-No lo sé. No conozco a mis padres.- dijo con cuidado. -Me adoptaron y me criaron en Hoshido. Ahora el clan ninja Yato es mi verdadera familia.-

La pelirroja apartó con lentitud su mano del cuello, retirando también un poco la tela del cuello del vestido para dejar al aire libre su marca y para que Aldstan la pudiese ver mejor.

-¿No te doy asco?-
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Mensaje por Invitado Sáb Feb 20, 2016 5:12 pm

En su tremenda ignorancia, seguía contemplando atontadamente la perspectiva aérea que Wyrmten les regalaba a ambos. Frunciendo los labios hacia delante en una mueca alegremente bobalicona, comenzó a silbar una alegre melodía muy movidita mientras hacía que el reptil ascendiese y descendiese plácidamente en ciclos según las tajantes indicaciones de las espuelas que manejaba con sus talones, no dejando lugar a dudas acerca del rumbo a seguir durante la travesía aérea. Las alas del wyvern se extendían como si fuese un parapente en dirección a las afueras de la ciudad para poder apreciar mejor los accidentes geográficos que rodeaban la población que recorrían a pleno vuelo y que poco más salientable tenía que ofrecerles en el interior de su urbe.

No era consciente del problemático razonamiento de la pelirroja que se posicionaba justo delante de él y a la que tenía como a una chiquilla aniñada por quien no sentía ginefobia. Incluso si no lo era, la asociaba mentalmente con una niñita, motivo de que estuviese mucho más enfocado en salvaguardar su seguridad por medio de los brazos que prevenían su hipotética caída que en suponer que tendría elaborados pensamientos acerca de su pregunta o de cualquier otro elemento de la noche que juntos compartían. Para él era como el equivalente de los abuelos contemporáneos que llevaban a sus adorables nietecitas a montar en las carrozas y disfrutaban de verlas emocionadas. Aquel dracónico amigo hacía las veces de vehículo y animalillo dulce como de unión entre ambos por tener un gusto común hacia él. Como nexo lo usaba para confraternizar con ella, pues estaba acostumbrado a relacionarse únicamente entre machotes, aquello era nuevo para él y las únicas hermanas que había conocido eran un hatajo de locas tiránicas hablando a gritos. Haber adoptado un rato a la branded era algo novedoso, pero de nuevas experiencias estaba plagada la vida.

-Ups, parece que he sacado un mal tema sin querer, ¿eh? -llevó una de sus manos a frotarse la coronilla, al ver que estaba en un aprieto y había metido la pata sin querer. Pero no pensaba disculparse ni retroceder en su comentario, tenía que haber algún modo de poner fin a su angustia sin volver atrás, o sí parecería que hablar de sus orígenes era erróneo. Incluso él veía que eso era del todo contraproducente, en absoluto provechoso para su autoestima. -¿Clan Yato? Pues sí que suena a ninjas, sería lo primero que hubiese pensado, o quizás en una de esas sucursales de fideos en que todo lleva muchas especias. Pero ninjas, ¿eh? ¿es cierto que podéis usar cualquier cosa como arma, incluso un abanico o unos palillos? Es INCREÍBLE. -la sola idea le resultaba tan fascinante que no pudo posponer su pregunta antes de hablar de sentimientos, además de que supuso que eso quitaría algo de hierro al asunto. Aldstan era un hombre franco y alelado al que se le daban mal esas cosas, pero nunca rehuía la necesidad de conversaciones profundas cuando tenían tal importancia.

-Mira, Kagura. Si preguntas eso es porque te lo han dicho y al próximo que lo diga le vuelo la cara de un hachazo. A ver qué culpa vas a tener tú de con quién se enrollase tu madre. -respondió, con ira contenida hacia aquellos impresentables que dedujo acosadores y a los que bien les partía todos los huesos del cuerpo como a algún infeliz le había sucedido en algunas tabernas, en especial en Thracia por haber pasado más tiempo inmerso en su lugar natal que en los nuevos emplazamientos que iba conociendo. -Si no fuesen una jodienda, yo querría una de esas marcas. Dudo que te la hayas podido ver pero es lo más chanante de la vida y quedan muy bien, son como las manchas de nacimiento que salen a los humanos normales pero bien pintadas, como si fuese un dibujo. Y no sabes lo genial que es eso. O lo sería, si no supusiesen una condena. -estaba siendo sincera, pero trataba de alentarla porque aquella marca en sí no tenía nada de malo, todo lo contrario, lo terrible era el significado que los humanos y laguz por igual le asignaban a los mestizos. Algo estúpido a su modo de vida y que le ponía de bastante mal humor porque eran personas normales. Kagu no le daba asco en absoluto sino que le parecía muy mona, no en vano la cuidaba tanto.
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Mensaje por Invitado Mar Feb 23, 2016 10:48 am

La contestación de Aldstan la reconfortó y la sorprendió a partes iguales. Solamente conocía a otra persona que no hubiese mostrado un mínimo de desagrado al descubrir su condición, y esa otra persona había sido su antiguo y difunto maestro. Kagura no pudo evitar contener una carcajada nerviosa ante la manera tan divertida que tenía el rubio de expresarse y de animarla, aunque se seguía preguntando por qué se portaba tan bien con ella si apenas acababa de conocerla. No es que le molestase que la tratase como a una hermana pequeña, pero le resultaba extraño haber encontrado a alguien cuya espontaneidad e ingenuidad rivalizase con la suya propia. ¿Acaso todos en Carcino eran así de afables?

-Gracias.- murmuró la pelirroja pasado un rato. Había decidido no darle más vueltas al asunto y por eso se dispuso a cambiar de tema respondiendo a la pregunta que Aldstan le había formulado antes acerca de su clan.

-En realidad cualquiera puede usar abanicos y palillos como armas si es lo suficientemente ingenioso. Aunque yo prefiero usar cuchillos arrojadizos. Son más prácticos.- dijo Kagura en un tono de voz mucho más animado. Era consciente de que circulaban muchas historias y leyendas acerca de lo que podían hacer los shinobi de Hoshido, sobre todo en el extranjero. La mayoría eran exageraciones o directamente mentiras que se habían originado a raíz de anécdotas verdaderas, pero que ayudaban a la hora mitificar y añadir un halo de misterio a la naturaleza de las actividades clandestinas de los ninja. De palillos no estaba segura, pero la muchacha sí que había visto cómo una de sus hermanas modificaba un abanico normal para poder esconder en él delgadas cuchillas. Así que algo de verdad debía de haber en la ficción.

Kagura estornudó de repente. Seguía sintiendo mucho frío debido a la baja temperatura presente a aquellas alturas, pero no había querido contárselo a Aldstan por si acaso éste decidía poner fin al vuelo y regresar a la posada antes de tiempo.

-¿Y cómo os conocisteis Wyrmten y tú?- preguntó la pelirroja intentando disimular.
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Mensaje por Marth Miér Mar 09, 2016 1:14 am

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