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Sangre en el puerto [campaña/entrenamiento] [privado][+18/+21]

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Mensaje por Invitado Dom Feb 07, 2016 4:13 am

Cada pequeño ruido, cada queja y maldición eran deliciosas ante sus oidos. Las orejas redondeadas de león se movían hacia el frente, atentas ante los sonidos, prestas a captar cada gesto en su memoria. Advari no solo estaba tomando al beorc que había coqueteado tan descaradamente con él al darle de comer. No, aquello tenía un significado más fuerte para él. Aquel muchacho representaba todo lo que odiaba de los humanos. Orgulloso en exceso, siempre menospreciando a los laguz, la manera en que le había hablado había sido una provocación, un grito para que le pusiera en su lugar y se regodeara mientras lo hacía.

Así que si, estaba vengándose de su esclavitud en aquel desafortunado. Y no se arrepentía en lo absoluto. Disfrutaba de sus gritos y maldiciones. Un ronroneo ronco surgió de su pecho, total satisfacción al sentirse enfundarse en el cuerpo caliente sin casi resistencia, la carne apretada a su alrededor y la piel húmeda le facilitaba deslizarse milímetro a milímetro en su interior.

Sus dientes se mantuvieron aferrados a la carne aun cuando Pelleas luchaba un poco, era débil y solo provocó que se abriera la piel e inundara su boca del sabor de la sangre fresca. El ronroneo se incrementó y empujó en su interior con más firmeza, la excitación y el placer que sentía eran también mayor, los instintos le decían que hacer y cómo, el modo en que aferró instintivamente las caderas del otro y empujó su pelvis contra el trasero respingón mientras mantenía el cuerpo caliente clavado en su lugar por su mordida, no podría escapar de él en esa posición, le quitaba mucha fuerza y toda lucha solo le hacía sentir más poderoso, se sabía fuerte, lo suficiente para doblar a un macho beorc de rodillas y follarlo contra el piso sucio.  

Soltó una risa ronca y se lamió los labios, soltando un momento el mordisco del cuello para acomodarse, empujándolo contra el suelo con su peso.

-Jodidamente delicioso chico, parece que naciste para esto- hundió mas las garras en las caderas, había sangre ahí también. Se centró en la firmeza de la carne bajo sus manos, apretó y amasó al tiempo que tiraba de él más contra su entrepierna, dejándose disfrutar de estar dentro suyo, moviendo las caderas un poco de adelante hacia atrás, solo un pequeño vaivén y una burla, ya que no empezaba siquiera pero no le dejaba acostumbrarse a su tamaño. ¿Estaría sangrando ya? difícil saberlo con toda la sangre entre ellos. Se relamió los labios satisfecho y volvió a mordisquear y besar el cuello del otro macho, saboreando la piel, disfrutando el aroma de la sangre que brotaba de la herida en el cuello, la marca de sus dientes.

- Tan apretado y húmedo, podría quedarme así dentro tuyo para siempre- siguió provocando, buscando una reacción del cuerpo gimoteante bajo suyo, era más divertido cuando tenía algo de chispa y seguía fingiendo que tenía algo de poder para mandarle. - ¿Qué pasa muchacho? ¿No tienes algo que decir?- soltó una ronca carcajada y sin soltar sus caderas comenzó a moverse de verdad en su interior, ya no era una ligera burla, no, era una embestida firme y larga, sacando su miembro de su interior hasta casi el final para volverle a penetrar hasta el fondo. Un gruñido creció en su pecho y se inclinó hacia el adelante para hundir de nueva cuenta los colmillos en el cuello de su pareja. El cuerpo cálido era perfecto luego de tanto tiempo de abstinencia. Demasiado perfecto. El instinto estaba sobreponiéndose a la mente racional. El pelo comenzaba a surgir por todo su cuerpo, el rabo largo golpeó el suelo tras sus piernas cada vez más encorvadas, las garras se volvieron zarpas y la boca se volvió un hocico en medio de un rugido de placer. El pelo de su vientre se frotaba contra la espalda casi desnuda y las piernas descubiertas de su pareja involuntaria mientras el león seguía apareandose con el humano.
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Mensaje por Pelleas Jue Feb 11, 2016 6:41 pm

Luchar de ese modo no mejoraba las cosas, claramente no, pero no llegaba a razonarlo sin que la adrenalina le cerrara la garganta y le mantuviese agitado. Se retorcía en los brazos inamovibles del animal, se arqueaba para separar la calidez del cuerpo ajeno de su espalda y enseguida era empujado de regreso, manos gruesas regresándole a lugar contra la cadera tras de sí, insistentemente enterrando dentro el miembro endurecido. Le forzaba a recibirlo donde no cabía sino presionando, tan lleno que no conseguía siquiera cerrar sus piernas, demasiado tensa la piel por sí sola. Y Advari ni siquiera estaba embistiéndole con brusquedad, no aún, tan sólo se presionaba firme y permanecía ronroneando contra su espalda. Pero la fuerza estaba allí, contenida, perceptible en el vientre y los muslos tensos, las manos que no se quedaban sin entretenerse tocarlo, apretar, amasar, prácticamente regodearse. No podía quitárselo de encima, la sensación de verdadero acorralamiento le tenía un nudo en la garganta, un ruego en la punta de la lengua. Al final, la lucha y el movimiento sólo servían para frotar al otro.

Saber que le daba placer era enfurecedor y vergonzoso; como si fuera realmente algo de ambos, culpa suya por alimentarlo o algo de lo que el león había dicho. Y estaba moviéndose, estaba apareándose con él y presionándolo contra el suelo, tan lento y marcado el movimiento que le permitía sentir cada centímetro que se adentraba y retrocedía, la forma en que él mismo tensaba involuntariamente cada músculo ante él. Demasiada estrechez. No se le había ofrecido a un esclavo, no, imposible, no quería esa sensación ajena y el calor palpitante por doquier, detestaba la voz tan cercana a sus oídos que recalcaba lo que estaba tomando de él. Ajeno al hecho de que le provocaba adrede, respondió con un gruñido que no reconocía en su propia voz, grave e imperioso al no suavizarse como siempre hacía al hablar. Sus manos hallaron fuerza para tensarse, arrastrándose en el suelo empapado hasta conseguir afirmarse. Apenas logró una semblanza de estabilidad y alzó un tanto la posición de su cuerpo, fue respondido con labios y dientes en la herida en su cuello, la maldita frustración de no dejar esos escalofríos y darle la mordida que le abriese la garganta de una vez. Lejos de ello, le murmuraba aún en provocación y Pelleas dejó de apretar los dientes un instante. - S... Sí... - Respondió con un agitado jadeo, sin necesidad de alzar demasiado la voz al tenerle así de cerca. De todos modos la voz le temblaba de resentimiento, tomando un tono similar a la burla del laguz. - Sigues siendo... basura subhumana... q-que pertenece en cadenas. Un animal que sólo sirve para agredir. -

Advari sólo se lo confirmaba, ahondaba su percepción de su raza como sólo aquello: pelear, matar, comer, follar, actuar como una bestia irracional. Le siguió el chasquido de la cadera ajena golpeando contra su piel, la sensación de estar demasiado lleno como para soportarlo; se contuvo de dar más que un arrastrado quejido, que se asemejó en demasía a un gemido cuando los dientes se hundieron profundo en su carne y desgarraron un tanto a causa del movimiento. La sangre brotó espesa y cálida contra los dientes, la herida duraría días si la dejaba, marcaría, no sanaría limpiamente. El león ya no estaba midiéndose, las embestidas eran largas, fuertes, bruscas, y tomaba toda la voluntad del príncipe no gritar. ¿Por qué se hacía cada vez más difícil? Su agarre cambiaba, la forma del cuerpo detrás lo hacía más pesado y, de algún modo, la sensación dentro también; el roce de la erección que se abría paso dentro de a estocadas era cada vez más apretado, pese a la fuerza de las embestidas cada vez parecía costarle más entrar y el cuerpo ya no cedía, la presión dentro no podía sino ser dolorosa para él también. Como si se hubiese hecho más grueso.

Todo se tensaba demasiado. El doblar de los dedos de los pies, el temblar de los muslos, la presión que arrastraba contra la base del miembro ajeno y apretaba hasta la punta, el escalofrío que erizaba la piel del espiritista desde la cintura hacia arriba, dibujando una curva pronunciada en la espalda. Se hacía visible el movimiento de cada leve músculo, tenso como la cuerda de un instrumento. Apretaba los dientes, y sin embargo un quejido escapaba de tanto en tanto. Los colmillos que parecían llegar más profundo y el rugido en su oído terminaron por dar sentido a lo que había sucedido, así mismo un dolor nuevo raspó donde el laguz le penetraba, dejando al instante un ardor entumecedor; no le cabía duda que sangraba.

- P-Para, no, por... - El impulso casi, casi puso un ruego en su boca, que se tragó cuanto antes. Se había transformado, no iba a matarlo entre sus fauces pero sí darle una clase de dolor que aterraba. Desesperado, contra toda capacidad racional retrocedió, lo mantuvo dentro por cuanto estuviera inmóvil, presionándose contra la cadera animal como si correspondiera a la embestida. Perdió sentido de lo que hacía, tomó aire y con un brusco movimiento del brazo y del hombro arrancó la carne de entre las fauces, gritando al abrir la piel a la base del cuello. La sangre salió de a borbotones, no era el lugar vital y la pérdida de sangre no le mataría, pero había tanta en ese momento, empapaba su ropa alrededor. El dolor le impidió siquiera mover el brazo derecho. Fue con el izquierdo, entonces, que propinó un torpe pero fuerte codazo al hocico del león, temblando por completo pero avivados sus ánimos de defenderse, dañarlo. La adrenalina le tenía el cuerpo entero ardiendo. - M-Maldita... bestia... ¡ah...! -
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Mensaje por Invitado Dom Feb 14, 2016 12:13 am

El león rugió de aprobación sin dejar de embestir ante las palabras interrumpidas del peliazul. Podía adivinar la súplica que se había negado a dejar ir. Entre gruñidos y ronroneos siguió aferrado al cuerpo que luchaba debajo suyo. La calidez del humano era muy bienvenida luego de días y días encerrado en una jaula. Gruñía contra su oido. No se detuvo a pensar que lo que para otro de su raza sería normal y esperado, para un cuerpo frágil como el del beorc debía ser un tormento, tener el miembro hinchado de un león dentro suyo, eso sin mencionar las púas milimétricas que había naturalmente en las castas felinas, era muy placentero para el león, una tortura para el humano.

No era de sorprender en todo caso, que hiciera un intento tan desesperado de quitarse al león de encima. Le dejó ir cuando luchó con tanta fuerza, no quería matarlo antes de que fuera necesario, follarse a un cuerpo en los estertores de la muerte era caliente solo cuando se quería, era muy normal en la arena tras derrotar al vencido. Una parte de su mente nublada por el placer le recordaba que ese humano era más del tipo que se folla y no se come/mata después, se disfruta solamente. El golpe contra su hocico le hizo retroceder un poco y estornudar, pero no salirse de su interior.

Con un gruñido molesto rodeó con sus zarpas el cuerpo bajo suyo y empujó sus caderas en una embestida una vez más. No terminaba de entender porque seguía luchando tanto y no se limitaba a aceptar su destino y alzar ese culo para que pudiera cogerlo mejor. Gruñó su descontento, pero estaba lo suficientemente consciente ahora para volver a su forma humana. Muy a regañadientes. Las orejas tendidas contra su cráneo y el rabo a sus espaldas golpeando rítmicamente decía todo lo que había que decir sobre lo bien que tomaba una interrupción mientras disfrutaba su cuerpo. Al menos era más fácil aferrarse al cuerpo pálido y quejoso cuando tenía manos. Y su primera acción cuando volvió a su forma humana fue alzar una mano y chocar su palma derecha contra el glúteo del beorc en una muy sonora y dolorosa nalgada. El chasquido de piel contra piel resonó en el callejón y en la piel pálida se marcó la figura de su mano, repitió la acción dos veces más antes de afirmar de nuevo la cadera el chico y hundirse en él.  Estaba muy húmedo, pero no le importaba.

- Aprende tu lugar muchacho. Te he vencido a buena lid, dobla el cuello y alza el culo para que disfrute mi premio o volveré a ser un león y te comeré mientras te follo. Tú decides si quieres que deje un cadáver más en el callejón o que te deje ir chorreando semen- Aferró su barbilla y le obligó a quedarse quieto mientras encontraba su boca con la suya, los labios chocaron en un beso rudo y mordisqueó un poco para forzarle a separarlos a la vez que seguía penetrando sin consideración alguna. Sus caderas chocaban contra las nalgas enrojecidas por el maltrato, buscaba su propio placer y poco le importaba si el chiquillo lloriqueaba mientras lo obtenía. Ya había sido muy molesto interrumpirse por el golpe del humano, había estado tan, pero tan cerca. Gruñó y jadeó, un  comportamiento muy de animal en pleno apareamiento, sus movimientos eran más rápidos, se hundía una y otra vez en ese agujero apretado, cada vez con estocadas más cortas pero más veloces, el chasquido de piel contra piel y el obsceno ruido húmedo entre ellos debía ser muy mortificante para el beorc, tanto como era gratificante para el laguz que con un gemido de placer y un gruñido ronco empujó una última vez contra el cuerpo lastimado. Aferró las caderas, manteniendo ese culito bien apretado contra su pelvis durante las cortas embestidas mientras se derramaba en su interior.

Jodidamente delicioso crio. Se mantuvo dentro suyo aun cuando los últimos temblores de placer le dejaron, con las manos en sus caderas le retuvo ahí un poco más.

- Te vez aun mejor así- le dejó temblar, luchar, lo que quisiera hacer para conservar su dignidad, no le serviría de nada hasta que le soltara y no iba a soltarlo hasta que el instinto le dijera. Un intento inútil de apareamiento, pero quería estar dentro suyo lo más posible, era eso o le montaría una vez más, estaba seguro de que lo haría.

Tendió una mano cubierta de sangre a medio secar y acarició la mejilla del humano. No estaba tan mal para ser un beorc, una de las mejores revolcadas que había tenido en un buen tiempo, unas nalgas suaves, un culo apretado y un carácter orgulloso que era una delicia doblegar bajo su peso.

- Sangrando y con mi semen dentro tuyo- ronroneó y frotó su mejilla contra la del traumatizado humano. El aroma era delicioso, pero no quería comérselo. Todo le había indicado apareamiento, desde la liberación, a las ofertas de comida y ese coqueteo tan divertido. Con una risa corta, se retiró finalmente del culo ajeno, estirándose con descaro y arrancando un trapo de la ropa de uno de los soldados para limpiarse la entrepierna. Placer tomado, el humano debía agradecer que no tuviera intenciones de perder más tiempo montandolo otra 30 veces ese día. Normalmente serían más, pero necesitaba más energías que los pocos kilos que había alcanzado a devorar de esos soldados.
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Mensaje por Pelleas Jue Feb 18, 2016 1:14 am

Las zarpas pesadas y gruesas no le sujetaban propiamente, tan sólo arañando al pasar y dejando un rastro demasiado claro de un ansioso ven aquí; las manos de Advari fueron distintas, ágiles y certeras en lo que hacían. La transformación de regreso, el agarre de dedos muy humanos, el calor y el grosor que ya no raspaba dentro, la figura más alta y esbelta presionándose detrás, los golpes a palma abierta, todo llegó demasiado rápido y no hubo modo de ocultar el pequeño, entrecortado gemido que salió a cada violento contacto de la palma de su mano. La primera palmada cortó su arranque de adrenalina, le demostró que había dejado la forma bestial, el agotamiento y el dolor general siguieron a su intento de lucha y no tomó más que eso refrenarlo, cual disciplina de antaño. La segunda y tercera le tuvieron ya agachando la cabeza, quieto por instinto, jadeando al ardor que quedaba en sus brazos después de aquel último impulso. Su cuerpo decayó un tanto hacia adelante, la cadera alzada sólo porque el león la mantenía así. Pretendió al menos decirle que dejase de sonar como una bestia vulgar y desvergonzada, por el bien de su quebrado pudor y el excesivo calor en su rostro, mas no le había dado oportunidad de dar realmente una respuesta.

El brusco y firme beso puso en claro que esperaba sentir su respuesta antes que oírla, saberlo sólo del movimiento incesante de su cadera al dar contra él. Dejarle hacer o verse con el cuello entre sus fauces. Pero quería ser mordido, sin noción de lo que a consecuencia le sucediera, entreabriendo para ofrecer sus labios al roce de los colmillos ajenos. Demasiado agotado como para empujarlo ya, demasiado confundido por el placer que bajaba a su acalorada entrepierna cuando tenía los dientes, los gruñidos, las garras cerca. La transformación había lastimado por dentro de una forma de la que no quería saber, no quería ser consciente más allá de la calidez de un deje de sangre y el dolor de constante frotar del miembro ajeno contra las heridas, estirando, avivando el ardor sordo. Le erizaba, el golpeteo de cada impaciente embestida lo llenaba de placenteros escalofríos, estimulaba fuera de razón. En principio acallados, leves gemidos comenzaron a escapar de su garganta, su voz afortunadamente leve en comparación al reverberante gruñido del felino cerca de su oído. No estaba peleando contra ello, ya no, había comenzado a sentirse demasiado bien y su voluntad se desmoronaba, perdida entre todo. El delicioso placer tensaba y aliviaba, por un momento se halló a la par del león y se sintió acercarse a culminar, mas fue él quien se aferró y le sujetó sobre su miembro, enterrándose profundamente en su interior y apenas moviéndose al derramarse. Sintió perfectamente el líquido caliente y espeso, pero el dolor se había quedado apenas presente en las garras en su cadera, las embestidas se habían detenido y se le impedía cruzar el borde él mismo, negado del orgasmo como inadvertidamente había hecho con el laguz hacía momentos.

Sujetándolo, Advari temblaba en la satisfacción de terminar y le tornaba terriblemente ansioso, frustrado de no alcanzar su propio extasis. No era como si pudiese esperarse nada distinto de intimar con él, pero la negación no le sentaba bien y se retorció bajo el laguz, tanto más obvios sus leves gemidos al silenciarse el resto. Así como rara vez se atrevía a alzar la voz para hablar, le mortificaba de sobremanera oírse gemir. Lo contenía tanto como podía. Por algunos desorientados momentos, no supo qué hacer consigo mismo, sin atreverse a mirar siquiera; se llevó el antebrazo sobre los ojos para cubrirlos, removiéndose inquieto, agitado, excitado y frustrado contra la pareja temporal.

Quería cortarle la mano por acariciarle el rostro en un momento como aquel. Echársele encima a puñetazos, no tenía su magia pero seguía teniendo sus puños. Su trémula y profunda voz lo crispaba. La sangre manchó su rostro a cuenta nueva, perfectamente marcados los dedos del laguz hasta que el frotar de su mejilla los difuminó. Contuvo la respiración hasta que se hubo apartado, soltándolo y saliendo de él con un roce húmedo y más agradable de lo que debía de ser. Era claro que el laguz había terminado, había tomado lo que quería y seguramente eso era todo, pues al parecer no iba a comer de él. Pero el príncipe no, había tocado el borde y no más que eso, debía aliviarse de que todo hubiese pasado al fin, pero la necesidad de acabarse era insistente, desesperada y tortuosa. Se sentía palpitar. No le permitía quedarse quieto, controlar su respiración.

Pelleas se giró boca arriba, dejándose caer sobre el suelo ensangrentado sin más cuidado. Su ropa ya estaba hecha más que un lío, abierta y seguramente desgarrada alrededor del cuello, dejando a la vista la clara impresión de los dientes ajenos, la herida producida entre el cuello y el hombro. La larga caída de la túnica que el animal apenas había levantado para meterse entre sus piernas yacía relativamente en lugar, los cortes de tela hasta la cadera dejaban a la vista las piernas delgadas cubiertas de arañazos, pero cubrían la excitación entre estas, la humedad que escapaba de su interior y la erección que aún tenía, aunque el prominente alzar de la tela la hacía obvia a la vista. Bajó una mano para acomodar la ropa, intentar tensarla y presionar hacia abajo su erección, esconderse de vista aunque fuese obvio hasta para él que su respiración agitada y el aroma en su piel lo delataban.

Tan cerca. No podía dejarlo así, no soportaba quedarse así. Se estiró para tomarle alrededor del cuello, sujetarle con ambos brazos, las manos afirmándose y hundiendo uñas chatas tras sus homóplatos. No arañaba, no llegaba a dejar verdaderos surcos en la piel, pero raspaba al atraer al laguz sobre sí en el suelo. Odiaba verse bajo su sombra, odiaba el dorado de su afilada mirada y las marcas tribales de subhumano en su rostro, tanto que no pudo mirarlo a él sino a un indefinido punto en su pecho, tragando espeso al no decidirse en palabras que dar. Se arqueó para encontrarlo a medio camino, se atrevió a juntar sus labios en un beso firme y profundo, ansioso pero carente de aprecio alguno. Fue breve en el gesto, cortándolo para ladear la cabeza y exponer lenta y concientemente el área lastimada del cuello. Delgado, fino, en la agitación resaltaba el tendón tenso y la nuez de adán, la sangre secándose sobre las heridas que ya habían dejado de emanarla. No pensaba pedirle intimidad, no pensaba pedir por sus manos o su cuerpo, pero con sus dientes en su carne sumado al roce de la ropa o de sus propios muslos quizás podría llevarse al orgasmo de una vez. Alzó una mano para enredar los dedos en su cabello y empujó el rostro del laguz hacia su cuello, pidiendo en un hilo de voz. - ...muerde. -
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Mensaje por Invitado Jue Feb 18, 2016 11:09 pm

Arqueó una ceja, incrédulo ante su modo de actuar. El mismo chiquillo que chillaba como una perra especialmente rebelde cuando le había montado, ahora le atraía con sus manos acompañado con aquellos movimientos invitadores.

- Delicioso cabrito, ofrecer tu cuello en sacrificio de ese modo no puede acabar bien para tí, estas gritando que te monte de nuevo- se burló de él contra su cuello. Era tanto o más atractivo a que se pusiera en cuatro y le mostrar su agujero dilatado y mojado pidiendo por más. Le dejó manejarlo. Si creía que podía con él no iba a ser él quien se quejara al respecto, sus garras ansiaban aferrarse a la carne suave y marcarle. No se retuvo.

-Mmm vamos a arreglar un poco esa ignorancia tuya hacia los laguz, si te parece- era claro en su tono que no era algo en lo que realmente tuviera opción. Aprovechó la posición para mordisquear el cuello ofrecido y alzar sus piernas, sujetando las pantorrillas con cada una de sus manos para abrirle más y dejarle así totalmente expuesto contra su pelvis nuevamente. La ropa del mago era realmente un desastre y nada parecía indicar que fuera a mejorar su situación. Divertido mordió un par de veces la zona herida, lamiendo la sangre que manaba de la herida, era una mordida bastante grande. Ronroneó ante el sabor y volvió a morder más cerca del hombro, con saña y usando el agarre para frotarse entre sus piernas. Era fácil recuperar su excitación en una posición como aquella, el calor que sentía del cuerpo de Pelleas era toda la invitación que necesitaba.

- Algunos tenemos algunas habilidades aparte de la fuerza y el tamaño, detalles de la forma en que somos, los gatos en general ven muy bien en lo oscuro y amamos la carne roja… y las aves, y pescado,bueno a mi me gusta todo lo que haya estado vivo, o que esté vivo todavía, no soy exigente ya has comprobado esa mierda sin importancia- Como si todos los días un beorc mirara a un laguz comerse a un emergido mientras éste estaba todavía vivo. Frotó su renovada erección entre las nalguitas enrojecidas para traerle de nuevo al tema. - Pero bueno, esto es lo que te interesará escuchar, recuperamos el vigor sexual muy rápido - no sabía si era asunto de los leones nada más, o si era una característica de todos los felinos, o si era cosa suya. Como si le importara para algo más que sacar provecho y burlarse de él. De las pocas veces que le habían dejado en una jaula compartida había disfrutado de probar las veces que podía montar a esas deliciosas perras en una noche. Interrupciones aparte por los guardias enojados con el ruido, habían sido unas interesantes horas.

-Creo… que te gusta esto - y era sorprendente. Al pequeño beorc le gustaba ser mordido y montado como una hembra. Soltó una carcajada, divertido por la situación. El mismo humano que había lloriqueado y se había quejado mientras le insultaba por pegarle, salía ahora con que le gustaba ser montado con dolor.
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Mensaje por Pelleas Jue Feb 25, 2016 10:33 pm

Dijese lo que dijese, era un hecho que el león estaba obedeciendo. Pelleas no esperaba que entendiese su petición, tampoco que dicha en voz alta cobrase cualquier sentido la noción de que sus colmillos desgarrando a las víctimas, sus manos separando y torciendo, hubiesen despertado una reacción física en un principio. Tan sólo esperaba que los utilizara y le diese, en cualquier medida posible, lo que le tenía justo al borde de complacerse. Y aquello venía; suponía que era inevitable para una criatura como él verse atraída a la sangre, sus dientes presionaron sobre la herida y su lengua recogió el líquido que tan cálido sentía bajando a su clavícula. Mordía sin romper, igualmente avivando el dolor en la carne ya dañada y resentida, escalofríos que le recorrían la espalda al mago y le hacían tensar las piernas. Un suave gemido de alivio y complacencia salió de sus labios, se removió al sentir más acalorada aún su intimidad, a la vez que sus uñas dibujaban rojas marcas de arrastre tras los hombros ajenos. Quería empujarlo, apartarlo y descargar su vengatividad, pero también quería retenerlo y deshacerse de esa inquietud antes, la presión acumulada a inaguantable punto.

De alguna forma el otro lo tomaba como una invitación a complacerse también. Pensaba que iba a montar otra vez, lo confirmaban sus manos separando las piernas del príncipe para poder posicionarse entre estas, cualquier imagen vergonzosa quedando relativamente disimulada en la cercanía de ambos cuerpos. Pelleas prefería no mirar, una mordida más firme sobre piel aún sana era mejor distracción y, de detestable forma, el frotar de la intimidad ajena contra la suya se sentía más que placentero; cualquier roce de piel, francamente, aunque la calidez de esa piel en particular ayudaba. No le sentía precisamente suave, sino retomando dureza tal y como advertía. Realmente creía que iban a volver a hacerlo.

Pero él ya no sería una víctima bajo el subhumano, aunque el dolor le palpitase a través de todo el cuerpo y deseara salirse de su propia piel para escapar de la sensación que perduraba dentro. El animal sólo le sujetaba por las pantorrillas y lo que sucedía a esas alturas, era porque lo elegía. No sería tan frágil criatura, como para yacer y aceptar aún cuando ni siquiera se le forzaba; no era frágil, no era débil, no soportaría que se le tomase de tal modo y Advari impusiera su voluntad. Podía ver su libro de magia definitivamente fuera del alcance de sus manos, mas no así la bolsa de tela blanca con el resto de sus pertenencias, abierta y con estas a medio desperdigar fuera. Pelleas ladeó la cabeza para mirarlas mientras el león ronroneaba en su cuello, entretenido con la herida, y al nuevo acercamiento de su cadera replicó, enredando los dedos de su diestra en el cabello rojo para jalarle la cabeza bruscamente, separar las fauces un centímetro de la piel. - N-No vas a hacer eso otra vez, no, tuviste suficiente. - No tenía reparos en discutirlo, aún cuando suavemente se movía al unísono; con firmeza se separó un tanto, se acomodó para que el frotar del otro le tocase donde él lo necesitaba. Sabía, sin embargo, que las palabras no persuadían a las bestias, sino la fuerza; su mano libre resolvía eso al tomar el delicado mango que sabía que pertenecía a alguno u otro de sus cuchillos, el primero que tuviese al alcance, llevándolo consigo al volver a sujetarse de los anchos hombros ajenos.

- Shh. L-Lo disfrutabas primero... - Sintió la necesidad de recriminar de regreso, molesto con el comentario burlón y en absoluto desprovisto de su propio pudor. Presionaba su erección contra la ajena y le dejaba moverse para poder tener al menos ese roce, era suficientemente vergonzoso por sí sólo, no necesitaba oírlo de más. Acompañando al exigente gesto que pedía su propio placer, llevó el filo gélido y delgado al costado de su cuello para reforzar su punto. No apartó, no hizo particular muestra de ello, tan sólo continuando en removerse con ansiedad, pero el filo estaba allí y comunicaba lo que debía, persuadía cuanto debía. - Haz lo que he dicho. Muerde. - Apoyó la mejilla apenas en la ajena al acercar su hombro, donde había estado mordiendo. Su voz podía guardar aún un volumen bajo, la garganta tomada por el aliento superficial y agitado, pero su intención era clara. Previniendo ante el subhumano cuya fuerza sabía formidable y cuyos impulsos podían ser perniciosos, no dudó en atravesar la piel; el que portaba era un filo para trabajos delicados, cortaba fácil y llegaba profundo, pero las heridas eran tan limpias que casi nunca marcaban. Meterlo en cuello era simple, un corte siempre en vertical, bajo la mandíbula, sin amenazar las importantes venas o la tráquea. Enterrado dentro el filo, la amenaza era más clara y mejor. - Y sigue... -

Ahora quería eso también, que continuase moviendo su cadera, aunque la parte superior de su cuerpo necesitaría estar bastante quieta, sino moverse lenta y cuidadosamente. De cierto modo sería satisfactorio comprobar que estaba en la razón y que el laguz terminaba dejándose llevar por instintos, ese repetitivo y rítmico gesto. Sus piernas presionaron levemente a cada costado del felino, manteniéndose, acercando más la pelvis.
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Mensaje por Invitado Vie Feb 26, 2016 10:26 pm

Gruñó al sentir el acero contra la garganta, normalmente cuando se encontraba montando a alguien estos no tenían cuchillas encima, en ocasiones tampoco brazos para usarlos en defensa, así que aquello de que la presa alcanzara a defenderse a aquellas alturas era una novedad para él. Una que encontraría bastante divertida si el cuchillo no se sintiera tan afilado en una zona tan vulnerable.

- ¡JA! el puto corderito intenta usar las garras ¿o son cuernos? ¿carnerito?- se relamió los labios y le mostró los dientes ensangrentados. ¿Quería jugar al dominante? con la diferencia de tamaños la idea era hilarante, ridícula. Quería quitarle esa idea de un par de buenos bofetones otra vez, en cambio estrechó los ojos y le miró con desdén. - Perra, he tenido hachas encima de mi cabeza ¿crees que puedes intimidarme con un cuchillo? uno solo de mis colmillos es igual de largo y tengo un hocico lleno de ellos- bravuconería o no, la verdad era que el humano le tenía un poco acorralado con ese movimiento.

No era ajeno a las heridas graves en el cuello, pero siempre eran una mierda para sanar, dado que no alcanzaba a lamerse. Y sus heridas tendían a infectarse por su falta de aseo personal. Cosa muy molesta y motivo por el cual no tenía prisa en añadir más cortes en su pellejo.

- Quieres marcar el jodido ritmo ¿Es eso? tsk, perra exigente- no parecía quejarse por que siguiera moviendo las caderas y frotándose contra él. De hecho el aroma le decía que le gustaba. - Complicada jodida perra- gruñó y mordió el hombro ofrecido. No iba a quejarse demasiado por los graciosos gustos del humano. ¿Y qué si quería sentirse presa y dominante  a la vez? era hilarante, pero beneficioso para el, que llenaba su boca del sabor metálico de la sangre y cerraba los ojos, ronroneando y embistiendo aun sin poder penetrar por la postura y la negativa molesta del otro. Movió sus caderas rítmicamente, la calidez y humedad de ambos cuerpos lo hacía muy placentero, pero estaba irritablemente lejos de satisfacerle del todo. Empujó con más firmeza su pelvis contra la entrepierna ajena y gruñó su frustración, empujando más sin preocuparse por hacerse daño con el cuchillo. Era más la necesidad instintiva y el frenesí.

¿Y qué si terminaba con el cuello lleno de cicatrices? podía robar algo antes de huir de ese puerto de porquería, alguna de esas mierdas sanadoras que tenían los beorcs en  todas partes, como los monos sin pelo debiluchos que eran, tomando medicinas para cualquier rasponcito o cortadura, solo que a diferencia de ellos lo usaría para sanar heridas un poco más graves. El metal cortando era bastante doloroso, pero estaba acostumbrado al dolor, al ardor de una herida nueva, al calor de la sangre corriendo.
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Mensaje por Pelleas Mar Mar 01, 2016 3:29 am

Estaba a la sombra del esclavo, bajo su ancha figura, mas a contraluz podía aún distinguir los dientes teñidos de rojo, el mentón y el pecho manchados por lo descuidadamente que había comido antes, los ojos entornados en molestia. Si pretendía imponerse con ese semblante y la brusquedad de sus palabras, no iba a permitirlo en ese momento. El bien infundado odio, la frustración y el calor eran mayores. Tragó saliva, su cansina mirada sostuvo de soslayo la ajena, afirmó su agarre aunque temblase del vientre hacia abajo y su respiración saliese en corto y superficial aliento por sus labios entreabiertos. El cuchillo se hundió con un sonido suave y amortiguado bajo la piel, enterrándose más profundo donde no cortaba vena alguna, no dañaba la tráquea, pero ciertamente estaba a centímetros de ello. Perdió la mirada del león cuando este aproximó más el rostro, las fauces, pero el cuchillo que se hundía en aquel lugar mantenía fresca la disposición del mago oscuro.

- Prúebame, subhumano, prueba si haré algo o no. - Jadeó, apenas un murmullo en el que ni una sola palabra titubeó; con las orejas del animal tan cerca no necesitaba mucho más que susurrar. En la urgencia y la brusquedad de cada gesto entre ellos, no sentía en absoluto descolocados los insultos y amenazas; natural parte de lo que sucedía, considerando con quien estaba. No contradecía en absoluto al grave gemido que apretó los dientes para acallar, surgido de la certera mordida en la carne sobre el hombro, los dientes que se quedaron allí. Apretó los muslos y dejó que el dolor se traduciese en un errático, apresurado frotar de regreso, un arqueo momentáneo de la espalda. Tras un instante, logró aflojar la mandíbula sin soltar ruido alguno y replicó sin aliento. - S...Sí, estoy marcando el ritmo. Vamos... -

Los colmillos estaban tan dentro de él, como la cuchilla en el cuello del subhumano. La sangre brotaba leve, lenta, en los lugares en que mutuamente se sujetaban; suficiente quietud allí como para que Pelleas apoyase la frente en el hombro ajeno, jadeando con el frenético movimiento del animal, al que respondía apenas aferrándose y buscando con brusca torpeza corresponder. Un gesto de sobrada fuerza le presionó contra el suelo, presionó la cadera ajena contra la propia, pero el presuroso ímpetu de ello no permitía al roce dar contra los lugares correctos y debió de afirmarle con las piernas, dando en réplica un quejido. - Estás siendo... torpe... no apartes... nh... - Le rodeó el cuello con el brazo que no sujetaba la cuchilla, juntó el acalorado cuerpo tanto como podía, su torso contra el ajeno. Le molestaba sentirlo duro entre ambos, excitado, y a la vez disfrutaba tentar su impaciencia. No podía negar que el roce cálido y húmedo que se deslizaba y presionaba contra su entrepierna era lo mejor que podía tener en aquel momento. Un estremicimiento tras otro, una embestida tras otra, intentaba ignorar el ronreoneo junto a su oído al moverse de regreso como podía en su incómoda posición. Al subhumano no parecía importarle estar goteándole sangre encima; tampoco a él el dolor que le entumecía el hombro, exquisito ardor residual.

Pero no conseguía suficiente, no con el roce ocasionalmente fuera de lugar, o la pérdida de ello cuando la cadera de Advari retrocedía un poco. Aquella frustración la compartía. Se retorció un poco para buscar el punto, y sin conseguir lo que le aliviase, prefirió cambiar de modo antes de continuar removiéndose; se apartó un tanto, un instante de aire frío sobre el sudor en su piel, y bajó su mano entre ambos cuerpos. Con el rostro oculto de la vista ajena, necesitó de igual modo cerrar los ojos para vencer el pudor que le hizo dudar, tras el que un gesto lento pero fuerte de su mano rodeó la intimidad de ambos, el pulgar contra el costado, afirmando donde debía para que el movimiento no desviase al león de frotarse contra él. Ahogó otro gemido ya ronco en su garganta tomada.

Aquello venía mucho mejor. Los estremecimientos de placer le recorrieron con mayor intensidad, el calor se agolpó en su entrepierna, disfrutando cada instante de roce ahora. Inconscientemente apretó ambas manos, tanto la del cuchillo como los dedos frescos contra la piel caliente de ambas erecciones presionadas juntas; hasta que el alivio dejó de ser alivio, sino una presión acumulada que le doblaba los dedos de los pies y le arqueaba la espalda baja. Mantuvo el rostro contra el hombro ajeno, ahogando el arrastrado gemido que surgió de sus labios y dejando que el avasallador placer le tomase, saboreando lento y tendido el estar justo al borde, rebasar, disfrutar lo que venía después.


Última edición por Pelleas el Lun Mar 07, 2016 3:57 am, editado 1 vez
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Mensaje por Invitado Lun Mar 07, 2016 3:34 am

Gruñía y gruñía, mordía y continuaba embistiendo con sus caderas, desesperado buscando un alivio a su reanimada necesidad, la erección pesada y húmeda frotándose entre sus cuerpos. Jadeó y gimió con mayor ansia al sentir la mano alrededor de sus miembros erectos. - Me gustas perra, no cualquier mugroso beorc tiene las pelotas para bravuconear cuando me tiene encima~- menos aun para tocarlo de ese modo, normalmente estaban maldiciendo, o gimoteando y suplicando misericordia.

Volver a morder la carne suave del humano era delicioso, incluso le abría el apetito haciendo que salivara y gruñera contra él. Mientras tanto, la sangre goteaba. No solo eso, corría desde su cuello, por su pecho y hacia el cuerpo bajo suyo; el humano exigente estaba lastimando al león en serio, ni siquiera un gladiador de gran tamaño como él podía andar por ahí fresco como una lechuga luego de recibir una herida profunda en el cuello, producto de un momento de pasión donde ninguno de los dos estaba muy consciente de la gravedad del asunto. O más bien a uno de ellos no le importaba, el otro se enteraba demasiado tarde, más perdido en el placer que obtenía del cuerpo cálido bajo él, que en las posibles consecuencias del mismo.

Porque, siendo sinceros, un depredador rara vez piensa que puede ser presa. Ni siquiera por un segundo.

Gimió ante la punzada de dolor en el cuello, había sangre en abundancia. Ignoraba si el muchacho, al igual que él, había alcanzado el clímax.  Pero con ello había clavado el cuchillo con más saña de la que él había mordido. Advari estaba más preocupado por el nuevo chorro de sangre que surgía de su herida.

- ¡Gaaoo!-Gruñó con rabia y apartó de un empujón a su pareja de apareamiento. Dolía, pero eso no era importante, era la cantidad de sangre. Alguna vena importante había sido dañada con tanto movimiento. Maldijo entre dientes y rugió su ira contra el muchacho. Debió comérselo cuando tuvo la oportunidad.

Tanteó la zona lastimada, arrancando el cuchillo fuera de su carne, un movimiento idiota para quien está acostumbrado a tratar con todo tipo de heridas.

- Tú… mequetrefe descarado- se puso de pie, o lo intentó. Se tambaleó un segundo antes de apretar la mano contra la herida. No hubiera sido tan problemática si no fuera tan profunda, o si el cuchillo no hubiera estado tan afilado. La pérdida de sangre podía ser molesta de tratar, apretó los dientes y se concentró en el dolor, en mantener la adrenalina alta. El rabo leonino latigueaba a sus espaldas y tenía las orejas tendidas contra su craneo, el ceño fruncido y los colmillos expuestos en un gesto de rabia. Y se tambaleaba de nuevo. Idiota, idiota Advari.
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Mensaje por Pelleas Sáb Mar 12, 2016 5:41 am

Creía a aquel animal verdaderamente confundido, sino sólo retorcido. Cuan ajeno y descolocado resultaba un 'me gustas' acompañado de un insulto, entre todo lo que había venido antes, lo que habían hecho y por qué lo habían hecho. Una pelea de poder salida de proporción. No era una forma de interesarse en otra persona que Pelleas conociese en anterioridad y aunque toda su atención estuviese en el esclavo en ese instante, cada pensamiento vuelto a él, no estaría exagerando si dijese que lo detestaba o asumiese que era detestado; hacía que palabras como esas sonasen insultantes. Quizás era sólo lo que surgía porque estaba tocándolo, no podía negar que en el profundo alivio de un orgasmo lento y prolongado él también había apreciado tener a Advari contra sí, sólo por el contacto de piel y el asidero firme al cual sujetarse, pero no le hacía menos odioso. Tan sólo podía reprocharse a sí mismo por rebajarse a terminar contra un subhumano, derramarse tanto y tan placenteramente con una bestia, nunca se había sabido poseedor de demasiado orgullo pero aquel era un nivel que no habría querido tocar jamás. Sí, se lo reprochaba a sí mismo profundamente, pero eso era todo.

Esperaba con desasosiego que eso fuese todo. Porque aún miraba tanto a la bestia sangrar sobre él, aún quería llevárselo en cadenas y mantenerlo como había estado antes, matando para él de una forma que le era fascinante de presenciar. A su lado, como un trofeo. Había algo mal, algo extraño en su cabeza por pensar así y sentirse así, no lo dudaba. Sólo contaba con que pasara.

Se apartó un poco del cuerpo ajeno ahora que la necesidad cedía y el calor se hacía una molestia, apoyó sus manos en el suelo para alzar su torso, invadido todo él por una sensación cosquilleante y complacida, quieto por el par de momentos en que recobraba aliento. Al fin todo dejaba de temblar. Cerró los ojos momentáneamente entonces, se pasó el antebrazo por el rostro para secar cualquier gota de sangre fresca que hubiese salpicado hasta allí. Era difícil prestar atención al león con el ardor residual en casi todo el cuerpo distrayénole, pero parecía más inquieto que antes, gruñendo y volviendo a sus agresivos ademanes; no hacía falta que el subhumano le alejase a él, realmente, no pensaba quedarse cerca, ante el contacto con sus manos simplemente movió los hombros para zafarse de ello con brusquedad, tronando ya sus huesos al recobrarse de las incómodas posiciones en que había estado. Abrió los ojos para mirarle con impaciencia, reparando apenas entonces en que había soltado el cuchillo en algún momento, arma que el laguz arrancaba entonces de su cuello, rasgando más de lo necesario; la herida profunda pero reducida, cuidadosa, se transformó en un corte mucho más amplio que echó enseguida a sangrar.

- Oh... realmente pierden noción de todo, las bestias... - Murmuró, haciendo una leve mueca, lejos de sorprendido. Entendía lo que había sucedido, el laguz no había pensado en nada fuera de frotarse y prácticamente se había echado sobre el cuchillo. Suponía que sólo de su raza podía esperarse algo así. Tenía suerte de no haberse abierto la garganta. Siguiendo cada uno de sus torpes movimientos con la mirada, anticipando que intentase algo, Pelleas sopesó cuanta amenaza representaba en ese instante. Cuan plausible era huir de él en ese momento. - Estabas siendo demasiado torpe. Te lo has hecho a ti mismo. Merecerías peor... - Dijo, apoyando un pie en el suelo para comenzar a alzarse. Sus piernas estaban colmadas de arañazos, marcas de agarre que se transformaban en moretones; sangre y algo que no quería reconocer humedecía en lugar entre ellas, haciendo mortificante y asqueroso el acto de subirse el pantalón. Se obligó a soportarlo, era humillante a un profundo nivel personal, pero tendría que preocuparse de ello después. Al menos el pantalón no estaba tan sucio, la evidencia de todo se disimulaba un tanto, aunque dolía terriblemente aún. Moverse lo hacía peor. Pero el culpable estaba frente a sus ojos, y no era tan fuerte ahora, no tanto como cuando había conseguido sobreponerse; la conciencia de todo aquello le llegó de golpe, el resentimiento le invadió de regreso. - P-Por lo que hiciste... mereces peor. -

El animal enseñaba los dientes pero no atacaba, y apostaría el mago a que no podría lanzársele encima, o al menos no lo suficientemente rápido. Los músculos no parecían tensarse como antes, no contenían la misma fuerza. Sin atreverse a apartar la mirada de él por mucho, apenas vislumbró por la periferia de la mirada la localización de su libro de magia. Tragó saliva, dejó un momento de quietud transcurrir mientras sostenía la mirada ajena, inhalaba profundamente, se preparaba; si lo deseaba podía huir en ese momento, quizás y hasta consiguiese tomar sus cosas en el camino, pero no era lo que quería. Apretó los dientes en anticipación al dolor que sentiría cuando se moviese, y entonces se lanzó adelante, dando contra el león y empujándole al suelo, una rodilla a cada lado del torso y las manos buscando enseguida su cuello para meter el dedo pulgar en la herida. La diestra se separó para buscar a tientas el encuadernado de tapa negra, y cuando lo halló, lo azotó y presionó de páginas abiertas contra el pecho del animal, conjurando en susurros para invocar contra su piel el familiar hálito negro. El humo fácilmente se forzó a través de sus poros, buscando colmar de un dolor sordo y sobrecogedor. - Basura subhumana... no pierdas conciencia ahora. No te atrevas. Coseré tu boca cerrada si lo haces. - Musitó. Podía mantenerlo debilitado, pero aún sentado sobre su torso e inflingiéndole ese dolor, desconfiaba de poder sobreponerse si forcejeaba. Necesitaba algo más. Miró a su lado por un instante, a los cuerpos que Advari no se había molestado en apartar ni para intimar, las cadenas con que habían traído aseguradas sus hachas. Soltó el cuello ajeno para intentar tomar a tientas un tramo de cadena, robarlo de de debajo del antiguo dueño.
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Mensaje por Invitado Sáb Mar 12, 2016 4:32 pm

El placer que había sentido antes le había nublado la razón, eso era obvio ahora que sentía la gravedad de la herida contra la palma de su mano, apretaba para cortar la sangre, pero era evidente que no pararía en ningún momento próximo. Debía alejarse y buscar algo con que curarse, o al menos arrancar algunas telas para taponar la herida y hacer presión para detener el flujo sanguíneo que empapaba desde su cuello hasta su pecho. La sangre no le molestaba, pero la cantidad era preocupante, lo suficiente para alejar cualquier bruma de placer que tuviera aun en su mente.

Ya se sentía bastante un imbécil por dejar que le pusiera en esa situación para empezar, una mezcla de sus propios instintos y la incitación del cuerpo caliente y la personalidad exigente de aquel beorc. No era necesario que se lo restregara en la cara.

Adivinó el movimiento del mago en cuando este se tensó. Ataque o huida eran las alternativas obvias, estando él herido de gravedad era muy evidente que el mago trataría de vengarse por su orgullo herido. Siseó, gruñó  y su rabo se agitó amenazadoramente a sus espaldas. Pero no se movió a atacar, perder las energías valiosas en algo así era idiota. No era una hembra de su especie y no debió dejar que las circunstancias le hicieran tomar el riesgo, no sin asegurarse de que tenía las piernas rotas cuando menos. Eso hubiera evitado precisamente aquel escenario, en el cual era derribado como un cachorro con un simple movimiento que bien podría evitar, si no fuera por esa herida en el cuello.

- ¡GAOO!- Gritó al sentir algo perforando de nuevo en su herida, avivando el dolor en su carne con una punzada. Gruñó y aferró la mano ofensora, clavando sus propias garras, gritando nuevamente cuando el tomo de magia se estrelló contra su pecho, desconocía de magia, ignoraba cómo hacerle parar, pero era obvio que el contacto directo del libro contra su piel era necesario para al menos ese hechizo, su propia sangre empapaba las hojas y sus jadeos acelerados hacían subir y bajar el libro al ritmo de su acelerada respiración. Negrura invasora, muy doloroso.

- ¿Crees… cof.. cre..crees que puedes hacerme perder la... conciencia? - repitió el gruñido, amenazante. Dolía, y mucho, pero había estado en situaciones peores y sin desmayarse, esos actos de debilidad eran para beorcs y hembras. Escupió una mezcla de sangre y saliva hacia el beorc. - Parecías más que dispuesto a ser jodido hace un momento- las amenazas no le intimidaban, el dolor no le reducía, era realmente un luchador, un gladiador.

- No me salgas de culo estrecho ahora- Uno muy grosero. Y nada dispuesto a volver a las cadena. El dolor paralizante no retuvo mucho su atención cuando vió lo que intentaba. Luchó contra el dolor y la debilidad de la pérdida de sangre.
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Mensaje por Pelleas Dom Mar 13, 2016 9:15 pm

Cada movimiento dolía, el sólo agachar la cabeza para mantener la vista en el laguz tenía ardiendo el dolor en su cuello y hombros, al igual que el mover sus brazos; el resto se centraba en sus muslos, su entrepierna, el dolor seguía demasiado vivo allí y la agitación del león bajo sí no ayudaba, pero tenía que ignorarlo. El sudor frío bajaba por su espalda, apretaba los dientes hasta sentirlos rechinar. Pero se descargaba, entre más se le dificultaba soportar aquello, con más intensidad deseaba lastimar al otro, con más saña y vengatividad hundía su dedo en la herida, moviendo dentro de la carne como si pretendiese acariciar. Oírlo jadear y gritar a él ahora era más que satisfactorio, ver el dolor tensar sus facciones constituía cierta recompensa, pero distaba de ser suficiente.

Debió de centrarse más en la magia cuando necesitó apartar la mano. Tenía que ejercer fuerza para mantener el libro allí, no sólo por el frenético movimiento del subhumano debajo, sino porque la tangible espesura de Ruina era capaz de levantar el tomo de donde estaba si no lo hacía. Forzándolo contra la piel lo mantenía todo dentro, donde a la misma oscuridad se le dificultase permanecer, tanto más doloroso para el cuerpo víctima al acumular aquella presión en el pecho. Con algo de suerte sangraría, no era raro que la sangre escapase por los oídos o los bordes de los ojos en casos así. La mano más grande le sujetaba, de garras quebradas pero afiladas aún, y esperaba con ello que se debilitase lo suficiente como para soltar. Necesitaba las cadenas. Por un momento contempló recurrir a morderlo, podía morderle la mano hasta que crujiera y tendría que soltar, o podría morder sobre la herida en su cuello para acelerar el ritmo al que perdía sus fuerzas, no se negaba que la idea provenía del mismo animal y era justamente por ello que no la empleaba. Morder habría sido demasiado bajo. Al final, no recurrió a más que forzar hasta al menos tomar la punta de la cadena.

- Bien, permanece despierto. - Un susurro cargado de resentimiento, sin mucho interés en que le oyese o no. Le preocupaba más lo que sucedía, la osadía de escupir, alcanzando algún incierto punto entre piel y telas rasgadas a la altura del cuello. Respondió moviendo la mano para blandir la cadena en su dirección en un corto gesto, azotarla contra sus dientes, su mandíbula, donde fuera que alcanzase. No tenía nada que ver con retenerlo, pero era satisfactorio de todos modos. Echó la mano hacia atrás un tanto más, disponiendo mejor del tramo de cadena, y ante las palabras del subhumano descargó el azote hacia el cuello lastimado, levantando una nueva salpicadura de rojo y sintiéndose temblar de ira. - ¡Odio que hables de ese modo! - Alzó la voz como escasas veces hacía, alterado con excesiva facilidad. En algún punto había disfrutado, por algún motivo había permanecido excitado a través de ello; había algo de razón en las vulgares palabras que seguía dándole y eso lo hacía tanto más vergonzoso y enfurecedor.

Lograr retenerle era una cosa, pero su mente iba mucho más adelante. Aunque debiese de desconectarse de la provocación para seguir conjurando en murmullos de una perdida e ininteligible lengua, mantenerse sobre el animal y sujetar el tomo en su lugar mientras se prolongase el hechizo, pensaba en su amenaza como una suerte de fantasía. Del mismo modo en que había fantaseado con que Advari comiese de él antes, imaginaba con insistencia los castigos, abir más la herida de su cuello o coser sus labios juntos, como había dicho, esperar a que estuviese famélico de ello y llevar comida frente a su rostro hasta que fuese perecer de hambre o desgarrarse las costuras. Cosas que realmente no haría, ideas que entretenían su mente mientras llevaba la cadena alrededor de su antebrazo, intentando rodear la mano o la muñeca opuesta para juntarlas, apresurado y brusco de sobra, apretando demasiado. Su imaginación siempre había sido morbosa, enfadado empeoraba, se permitía disfrutar el pensamiento en lugar de repudiarlo o preocuparse. Lo cierto era que no pretendía matarlo, no pretendía herirlo gravemente siquiera, sino algo mucho más sutil. Algo más suyo, eficiente de igual modo a su cometido. Bajó la mirada hacia el rostro del laguz, la sangre que se juntaba bajo su herida. El dolor que se tragaba le tenía la mandíbula tensa y una gota de sudor cayendo del filo de la misma, pero jamás había mostrado una mirada tan despierta y endurecida. Entonces se movió para subir una rodilla sobre el cuerpo ajeno, sujetó con aquella presión el tomo oscuro, las manos ocupadas en encadenarlo. Debía cernirse bastante sobre él para alcanzar uno de los postes que sujetaban el enrejado que cerraba el callejón, pero era buen sitio al cual asegurarlo. Realmente esperaba que fuese a mantenerse despierto, querría aún sus gruñidos y sus gritos.
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Mensaje por Invitado Vie Mar 18, 2016 9:24 pm

Sabía tomar los golpes. Tensarse no serviría de nada más que para dañar sus músculos, tendones o huesos. Y esperaba golpes, el mago quería venganza, lastimarle y hacerlo gritar. Todo en su expresión lo decía y una parte suya disfrutaba mucho de ver esa expresión vengativa en un beorc. Saber que le había humillado, le había roto, hecho gemir, pedir por más y rogar al mismo tiempo que se detuviera y  tuviera cuidado. El beorc tenía la culpa, por provocar en él reacciones tan peligrosas con su coqueteo descarado, mirándole comer con avidez, alimentando su estómago como si estuviera ansioso por que tuviera fuerzas para montarle. Lo había rogado, ese cuerpo pálido y caliente cubierto de marcas le había rogado que le abriera de piernas y le follara hasta el fondo, que le pusiera en cuatro y le marcara al ritmo de sus embestidas.

¿Era culpa suya ahora que tuviera que escuchar sus instintos? No, era como pedirle al aire que dejara de soplar o al sol que dejara de quemar. Ese corderito necesitaría mucho más que solo amenazas o golpes para cambiar su forma de actuar o hacerle pensar dos veces en hacer algo que le era natural. Era ridículo castigarlo por algo que no cambiaría, sus manejadores aprendieron eso rápido. Mejor sacarle provecho, dijeron; le soltaban en el círculo de pelea y esperaban que terminara su masacre y diversión antes de cobrar su dinero, era especialmente popular por la cantidad de sangre y espectáculo. Los beorcs amaban un buen espectáculo sanguinario.

- Ja… actúas como si no te encantara que te hablara sucio- remató sus palabras con un ronroneo y arqueó la espalda, un gemido largo y ronco al sentir la magia quemando. Emociones. -Te calienta la idea, puedo olerlo - le dejó hacer, divertido más que nada con la idea que tenía de que una cadena podía sujetarlo mucho tiempo. ¿Qué planeaba?

Oh si, claro que dolía, la magia era una cosa muy molesta y algo paralizante, pero era resistente, sabía soportar el dolor, era un macho alfa, era fuerte, indomable y en vez de demostrar que dolía, sonreía mostrando los dientes manchados de sangre en una mueca torcida.

- Perra, de saber que te iban estas cosas te hubiera dejado experimentar- chasqueó los dientes en su dirección y volvió a arquearse, casi lanzándole fuera de su regazo. Era mala idea provocarlo y la mayoría de su concentración se iba en ello, pero sobre todo en no mostrar demasiado dolor. Contenerse tras sus muecas y morder fuerte la mandíbula, era experto. Gruñó al sentirse cada vez más atado.
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Mensaje por Pelleas Jue Mar 31, 2016 3:22 am

Podía descargarse con el subhumano, podía vengarse y hasta creía que podía vencerlo, en el estado en que se encontraba, pero parecía imposible derrotarlo. Su sonrisa no era la de un esclavo capturado a cuenta nueva, su gesto no era uno de dolor, aún después de ser azotado en el rostro y el cuello con una cadena gruesa. Actuaba en paridad. No dejaba su socarrona actitud y era frustrante para el mago que se le negase inclusive aquella retribución, no la de verle arrepentido, que sabía ya cuan imposible era, sino al menos la de verle sufrir por sus actos. Todo lo contrario. Pasó de verse interesado, a divertido, a gemir a grave voz y removerse como si disfrutase la agresión. Aún más frustrante, y ahora también, encima de todo, vergonzoso. El pudor volvió a colorear el rostro del príncipe, que apartó la vista con hastío. Esperaba horrendas cosas de una bestia como aquella, pero eso le había sobrepasado. Con buenos motivos había aprendido a odiar esa voz.

- ¿A-Ah? No, jod-- - Apretó los labios en lugar de rebajar su lenguaje maldiciendo. Aquello correspondía más al subhumano que a él. En cambio, ajustó la cadena alrededor de sus muñecas hasta que las uniones se hundieron contra la piel, torciendo al atascarla alrededor del poste. Sus manos se movían aprisa, pero no perdían fuerza aún, aunque el movimiento bajo sí y entre sus piernas era un doloroso estorbo. La cadena se apretó con un sonoro chirrido que erizó al mago un instante. Y cometió, entonces, el error de bajar la vista a mirar al animal. Experimentar, le llamaba a todo aquello, con su ensangrentada sonrisa y su rostro marcado. En la frustración, fue el mismo Pelleas quien quitó el libro de magia con un rodillazo que acabó impactando bajo la mandíbula ajena. - En este momento, la única idea por la que me dejaría llevar es... es encontrar algo que te humille y torture más de lo que has logrado tú, y hacértelo. Esa, esa es la única idea que me agradaría. - Replicó. Su ira era mucho más fría en ese entonces, pero creía lo que el subhumano le mostraba, y si ese nivel de dolor todavía le daba espacio a disfrutar, no querría continuar dándoselo. - ¿Acaso es eso algo 'sucio'? -

Dejó que le empujase ahora que había terminado de encadenar, separándose del cuerpo del laguz. Uno u otro, o quizas el continuar en proximidad, había resultado ya incómodamente cálido. Finalmente pudiendo ponerse de pie, el príncipe retrocedió un par de pasos y disfrutó de un respiro de unos segundos, llevando su antebrazo a secar el sudor en su frente. Necesitaba reponerse, el cansancio le traía en agitación aún, y cualquier cosa contra el subhumano había demostrado ser un formidable lío. Exhaló largamente, y mientras se acomodaba el cuello de la ropa para cerrarlo alrededor de las heridas murmuró. - Al fin... - Escuchó su propio susurro, leve, en un ambiente más silencioso de lo que recordaba. Una sepulcral quietud que en algún momento había caído sobre el puerto. Si mirase hacia la costa habría podido atisbar columnas de humo espeso, barcos hundiéndose junto al muelle, pero su vista estaba puesta en el suelo alrededor del laguz y de sí mismo, buscando sus pertenencias. El silencio era un detalle secundario. Recogió su bolso con lentitud, guardándose el quejido de dolor que inevitablemente surgiría al moverse, y sacó de este una botella azulada, con una tapa de vidrio finamente sellado en lugar de un simple corcho. Lo alzó a la luz para confirmar que era una dosis de elixir. Un derroche de curativos, objetivamente, pero prefería gastar el mejor existente a seguir con ese dolor y esa incomodidad residual en tan humillantes lugares. La abrió y bebió el cristalino contenido en un instante, desechando el contenedor.

- Debería irme ahora, mientras no podrías continuar siendo una molestia. - Dio una mirada pasajera y desdeñosa al león. Una fresca sensación de alivio se esparcía ya sobre el dolor de las heridas, cosquilleando dentro de la ropa al sanar aceleradamente; tanteándose junto al cuello y sobre el hombro constató que no quedaba sino una fina marca en la piel, probablemente pronta a desvancerse. Contrario a sus propias palabras, volvió a acercarse a la bestia en pasos nuevamente firmes, erguido como casi nunca solía andar. La necesidad de no reducirse frente a él causaba eso. No obstante, no llevaba prisa alguna; encadenado, el subhumano podía esperar, y darle tiempo a seguir perdiendo sangre sería bueno. - Pero... creo que no sería bueno dejar las cosas así. - Dijo, deteniéndose a una corta distancia a su lado. Dejó caer su bolso antes de bajar él al suelo, rebuscando y extrayendo con gesto tranquilo, casi ceremonioso, una compacta caja negra. La abrió con la tapa hacia él, aunque no se esforzó por ocultar el contenido; el mismo Pelleas alzó pausadamente una de las finas cuchillas que allí guardaba, plumas blancas como las que usaría para escribir, en cuya punta no había una canaleta para la tinta, sino una alargada y fina hoja para cortar. Cuchillas compradas en Plegia, hechas para dejar la clase de marcas que colmaban el pecho y los brazos del mago oscuro; cuchillas para marcar en carne y piel. Estiró el brazo para apoyar la punta de aquella sobre el amplio pecho ajeno, realizando un ínfimo corte en el pectoral izquierdo, súbitamente cuidadoso en ello. Rozó la mínima herida con la yema del dedo, si presionaba apenas y brotaba sangre. Retrajo aquella pluma, entonces, y sacó otra para inspeccionarla pensativamente, mucho más tosca. - Hm... -
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Mensaje por Invitado Dom Abr 03, 2016 11:02 pm

Tiró de la cadena con la que le ató el beorc, su fuerza provocando un crujido desagradable del poste, la madera resintiendo la tensión de la cadena a su alrededor y los eslabones moviéndose para morder la carne de sus muñecas y antebrazos. No se soltó, no tenía apoyo suficiente ni podía usar todas sus fuerzas, pero era evidente que no era un perro al que se pudiera atar en un rincón con una cadena; solo era cuestión de maña soltarse, y lo haría una vez que se recuperara del dolor y pudiera ponerse de pie. Solo necesitaba pensar con claridad.

No contuvo el jadeo de alivio cuando el dolor disminuyó para ser sustituido por un golpe en la barbilla que hizo sus dientes chocar entre sí de un modo bastante incómodo. Al menos podía  sentir que la magia dejaba de quemar y pinchar sus nervios y músculos. Soltó una carcajada ronca al ver su expresión a través de los ojos entrecerrados por el dolor.

- ¿Oh? ¿Humillación y tortura?- fingió pensarlo. Tenía experiencia por ambas partes con eso, su cuerpo lo mostraba, no era que tuviera una piel sedosa y sin marcas. Esclavo y gladiador, forzado a pelear, incitado a alargar el espectáculo. No había sido un camino de rosas, más bien de espinas, dolorosas y punzantes espinas. No le daría ideas a ese humano, ya eran bastante creativos sin ayuda.

- Tsk, ya lo intentaron crío, no funciona, ustedes los beorcs lo tienen muy pequeño para que lo note siquiera. Y mira eso, ya estas sudando y no has empezado siquiera- su mueca era torcida y afilada, puros dientes en una imitación torpe y algo aterradora de una sonrisa. - Te gusta fingir que eres muy duro, pero niño, ya te he visto en tu momento más vulnerable, gimoteando y rogando bajo mío, es algo tarde para ponerte la cara de dignidad fingida, eres una zorra sucia y ese culo tuyo lo sabe muy bien. Apuesto a que goteas ¿lo sientes cayendo por entre tus piernas? todo húmedo y resbaloso- seguía hablando aun cuando le veía sacar aquella pluma afilada. Una de sus orejas redondeadas se movió de adelante hacia atrás, inquieto por obvias razones - Oh, ¿en serio?- se las arreglaría para ser una molestia mientras escapaba, tomara el otro las medidas que quisiera. Solo era una pena que se hubiera curado, sangre y semen; sería delicioso verlo caminar con una cojera y tensando las nalgas.

Respiró pesadamente, siempre por la nariz, para contener cualquier gemido o jadeo involuntario. Eso era interesante. Un poco perturbador, pero interesante. - ¿Qué? ¿Quieres marcarme? - gruñó bajo, odiaba esas tácticas, había visto a más de un esclavo ser marcado por el hierro y el fuego, espalda, pecho, incluso en la cara. Él mismo había pasado por ello en una de sus plantas del pie, el talón para ser más precisos, cuando aun valía la pena que se viera bonito y adorable, después de eso las cadenas pesadas y collares de hierro eran suficiente. Algo visible, no lo toleraría.
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Mensaje por Pelleas Lun Abr 04, 2016 10:59 pm

Era definitivo: lo detestaba. Con toda su alma y más que a cualquier otra cosa que en su vida se hubiese decidido a odiar. Tanto ya que no estaba seguro de mantenerse en sus casillas, de hacía largo rato deseando arrancar los colmillos de su molesta sonrisa; lo mejor era no mirarla, tenía que dejar de caer en ese error. Porque peor que oír su vulgaridad, atinada siempre en lo que más doliese recalcar, era ver la expresión en su rostro cuando hablaba. Sin pudor alguno, con su torcida sonrisa mostrando la dentadura anormalmente afilada, la mirada entrecerrada pero las pupilas hechas rendijas en la luz, tribales en los pómulos para recordarle la clase de criatura que era. Si oírlo era detestable, verlo lo era el doble. Y el león debía carecer de todo sentido de la autopreservación a aquellas alturas, Pelleas no se explicaba de otro modo que tuviese la insensatez de seguir provocando e instigando como lo hacía, menos manteniendo inquebrantable su actitud, cuando no estaba en una posición en que pudiese defenderse con facilidad. Comenzaba a sospechar que sólo disfrutaba verlo reaccionar, debatirse entre verguenza e ira.

- D-Desagradable, malnacido ani-- - Clavó la vista en el suelo, los hombros y las manos temblando, no en temor sino en la magnitud de la ira que le llenaba, y antes de terminar resolvía ya que debía acallarlo de más efectiva forma. Un inhábil pero pesado puñetazo dirigido aprisa bajo la mandíbula, para cerrarle la boca con un chasquido justo cuanto terminaba de hablar; tenía la fuerza pero no la experiencia en usar los puños, lo hacía con torpeza al fin y al cabo. La cuchilla que por un instante olvidó que sujetaba le rozó el mentón apenas. - ¿Por qué no te he cortado la lengua...? - Susurró al bajar la mano de regreso. Era una hoja demasiado grande y demasiado tosca la que tenía, una que habría tenido que usar para separar articulaciones o cortar tendón duro en lugar de piel, pero sería esa. Y no le miraría al rostro, ahora no, el suyo suficientemente disimulado bajo desordenados mechones de cabello ondulado, mientras hundía el cuchillo en su pecho en venganza. Un corte manejado con la presición de una pluma que escribía. Le alimentaba la razón en las palabras de la bestia, el recordatorio de lo crecientemente incómodo que se sentía en su propia piel, aún cuando el elixir la sanaba. No iba a dejar de sentirse así hasta que se aseara, por seguro, tan humillado que el calor en el rostro gacho ya no se iba.

- Di lo que desees, después de esto, no volveré a ver a uno como tú. - No alzaba la voz más que un murmullo, no tenía siquiera humor para eso, pero la fortaleza que su hablar careciese la poseía aún su actuar. Una mano ancha pero huesuda le presionó el pecho hacia abajo mientras la otra repetía un corte junto al anterior, siguiendo una especie de patrón al realizar su trazo, hundiendo con saña. Despreocupado por desgarrar al torcer el filo dentro de su piel, lo ladeó facilidad y marcó otro par, cortes no demasiado profundos sobre el pectoral derecho, casi bajo la clavícula. El laguz podía mantener una expresión impávida, pero el subir y bajar de su pecho con la respiración delataba, así como lo haría cualquier gota de sudor frío en la piel si el dolor las hacía aparecer. - No llevaré marcas de nada de esto en mi, pero al menos tú... - Paró, no separó en exceso la cuchilla pero sí acercó la zurda a donde los cortes se delineaban por la sangre que brotaba. Arañó el borde hasta asirse, metió las uñas bajo el mismo y tiró; las capas superficiales de la piel, recortadas en todo el contorno del patrón que acababa de dibujar, se desprendieron a medias como una venda arrancada de una herida. Un tirón más y estaba fuera, dejando una marca en el vivo rojo de la sangre y el tejido. - Quien te halle aquí sabrá tu posición. -

Anticipaba que luchase, de distante modo tenía en cuenta el crujido de la madera contra las cadenas a la primera señal de resistencia del león, pero no estaba pensando en ello. Sólo en terminar la ágil labor de los trazos, dejarle aquello por trofeo y dejarlo a él. Si el enrejado entero se remeciese, ya la oiría, ya se preocuparía en ese entonces. Cortó otra fluida curva y su paralelo, levantó la comisura para poder tirar del único jirón de piel. - Nunca diste un nombre. ¿Usan nombres, las bestias...? - Gruñó mientras miraba un instante su trabajo, calculaba la distancia del último corte al siguiente. No le gustaba oírse a sí mismo en esa voz, no la reconocía mucho. Presionó e hizo la siguiente incisión. - No ha de ser relevante, no merecerías uno. Esta palabra sienta mejor. - Dijo. Después de todo, eran letras lo que trazaba. Letras que aparecían a la vista al arrancar la piel, marcadas en rojo debajo. Al menos dos por el momento, el inicio de una tercera. S... U... un par de trazos de una B. Una injuria que merecía impresa en el pecho, inescapable.
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Mensaje por Invitado Lun Abr 04, 2016 11:35 pm

Vulgaridad, agresividad e imprudencia. ¿Qué esperaba Pelleas de un gladiador? aquellas eran sus características principales. Todo para divertir y vender, ganar oro con el tormento de seres vivos y que parecieran lo suficientemente humanos para alimentar el morbo. Porque claro, los esclavos no eran humanos, incluso los que eran beorcs. Los esclavos eran cosas ¿no era así? posesiones. Y Advari era una posesión bastante difícil de manejar, costeable pero peligroso. Y lo denotaba en su vocabulario y sus gestos. Esclavo pero nunca roto. Y cómo disfrutaba de ver esa cara contraerse en furia.

El puñetazo era risible. Comparado con la quemazón de la magia o los golpes que habitualmente recibía, aquello era una caricia torpe, un manotazo de cachorro y le provocó una nueva carcajada y escupió en su dirección, saliva y sangre. Que creyera que ganaba, no permitiría que un beorc le asustara de ningún modo otra vez, las amenazas le provocaban diversión. Había dejado atrás esos tiempos de cachorro. No caería en la vergüenza o en la cobardía. Iba a provocarle así le costara la vida al final, nunca temía.

- Amas mi lengua- la chasqueó en su dirección. Era bastante hábil para encontrar los puntos débiles de aquel humano, era fácil y obvio. Un libro abierto. No podía siquiera terminar un insulto. Patético, lo único que tenía a su favor era que tenía valor, oculto, pero algo de ello tenía o habría salido huyendo a esas alturas. Tenía las pelotas para quedarse tan cerca y eso le había divertido lo suficiente para no saltarle a la garganta o matarlo mientras lo montaba. Eso demostraba ahora ser una estupidez. Debió solo torcerle el cuellito pálido cuando se estaba corriendo en su culo y terminar con todo aquello más rápido. No estaría en esa posición. Gruñó al ver la cuchilla. Podía manejar lo que hiciera con él, el dolor nunca era el problema. Pero odiaba la humillación.

Siguió cada gesto. Aquello era nuevo para el león. Le observó casi con curiosidad dibujar en su piel con aquella navaja, el acero cortando y cortando una letra. La sangre brotando un poco en pequeñas gotas alrededor de una S. Bufó y gruñó cuando usó su uña para rascar la piel ya lastimada, el dolor incrementándose poco a poco, pero nada como cuando finalmente arrancó el pedazo. Un gruñido de rabia escapó de su mandíbula tensa. El ardor era muy incómodo. Tensó los brazos nuevamente, la cadena cortando la circulación de sus manos mientras el beor continuaba con su diligente labor. Pronto entendió lo que iba a escribir cuando una U siguió a la S.

- ¿Crees que correrás lo suficientemente rápido para escapar de mí luego de esto?- No era tanto el insulto, si no que lo grabara en su piel, como si tuviera derecho a marcarlo. Sus ojos dorados se estrecharon y miraron al beorc con rabia, las orejas tensas contra su cabello rojizo y el rabo, atrapado bajo su peso, sacudía la punta de lado a lado. Podría detenerlo, sabía que estaba lo suficientemente fuerte para lanzarlo fuera de su regazo si usaba las piernas. Podría darle un rodillazo en la espalda o atraparlo por el cuello con las piernas. Todas esas opciones estaban ahí en su mente, esperando ser usadas. Pero por algún motivo no lo hacía. Solo le miró trabajar. ¿Retribución? no, pero si iba a tener una mierda de palabra en el pecho al otro mas le valía hacerlo bien. Y no iba a terminar con la palabra SUB en su pecho.
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Mensaje por Pelleas Sáb Abr 09, 2016 5:45 pm

El dolor tendría que ayudar en cortarle la voz al león un tanto. Al menos ocuparla en algo distinto a sus comentarios y provocaciones, o tal cosa esperaría; la única insinuación que aún tuvo la capacidad y la osadía de lanzarle, Pelleas supo ignorar. Agachar la cabeza un poco más en nula respuesta, mantener la vista en su pecho, no volver a mirarle al rostro, sólo hundir la navaja vengativamente. Prefería evitarse recordar que esa boca colmada de colmillos ensangrentados le había besado más de una vez, o reiterarse con amargura que no era la forma en que habría esperado que llegasen esas cosas. Si ahondaba en resentimientos que estaría guardando hacia él, la lista sería interminable. La brusquedad con que hundía la navaja y la arrastraba contra la carne, abriéndose paso, tendría que servirle de retribución. Cuanto menos, hallaba bastante consuelo en meter las uñas bajo la piel y jalar de ella, oír el húmedo desgarre e imaginar cuanto debía de doler y arder, si tanta fuerza le costaba a él arrancar los jirones. Difícilmente comparable a lo que el subhumano le había hecho a él, pero un efectivo desahogo.

El esclavo gruñía y bufaba en dolor, pero no estaba logrando que gritara. Podía sentirle tensarse bajo los cortes y ver su cola moverse contra el suelo a su lado, pero parecía terco en no vocalizar. Si necesitaba mayor incentivo aún, el mago no dudaba en dárselo. Había terminado la H, tres jirones gruesos de piel desprendidos y llenos de sangre, pero legibles mientras el líquido no desbordara, como las letras anteriores. Prolija caligrafía para estar trazada sobre piel, probablemente perfecta si no hubiese estado presionando con tanta saña y desgarrando adrede. La piel descartada, simplemente la dejó más arriba o más abajo, sobre el vientre del laguz o junto a su cabeza, si no la tiraba sin cuidado. El costado de la nueva U se hundió en el espacio entre los pectorales y Pelleas se aseguró de presionar de sobra para no perder la profundidad de corte, apoyando la mano para cuidar que el trazo quedase como debía. Regresó en una línea paralela con inusitada precisión, torció en las esquinas que terminaban de delinear la letra, su zurda arañando ya la comisura. Llevaba los dedos empapados de sangre fresca, pero había tomado el ritmo a lo que hacía ya. Y si Advari no gritaba de dolor siempre podía reconfortarse con el pensamiento de lo que seguiría, pues si las heridas abiertas y rojas conseguían sanar por sí solas, sin atención de un sanador a buen tiempo, lo que quedaría serían notorias cicatrices.

Se acomodó para intentar sujetarle quieto con su peso, presionando cuanto podía hacia abajo. La tensión de los músculos del animal era de temer, lo sabía; la madera a la que estaba asegurado crujía cada vez que tensaba la cadena, seguía habiendo fuerza en sus brazos y Pelleas dudaba que le importase lo que los esbalones de metal hiciesen a sus muñecas si luchaba de sobra. Le daba a entender que pese a todo se liberaría de algún modo u otro, y que entonces iría a por él. Creyese o no que fuese capaz, el mago oscuro no pretendía detenerse hasta terminar de marcarlo. En ese entonces estaba concentrándose únicamente en la escritura, arrastrar la cuchilla por la piel primero, ya desgarraría los jirones con ambas manos después; y en aquel acto su gesto era tranquilo y su pulso impecable. - Sería muy poco inteligente perseguirme. - Respondió. Trazaba el último par de letras ya, insatisfecho con lo desprolija que resultaba aquella N al haber tenido que marcar los trazos rectos más de una vez, pero el resultado era más que suficiente. Se enderezó por sobre el pecho del animal al terminar lo escrito, dejando de lado la pluma de corte para desocupar sus manos. - No estoy matándote, ¿y lo harás tú perdiendo sangre por ahí? ¿Intentando pelear otra vez? ¿Siguiéndome como el perro al dueño? - Le hablaba sin mirarle a los ojos, sino al detalle de sus heridas, la forma en que la piel alrededor se levantaba un poco con el tirón antes de que consiguiese desprenderse la pieza trazada. Ambas manos se aferraron a los bordes y los jirones fueron extraídos uno tras otro, tan rápido como Pelleas conseguía arrancarlos con los dedos resbalando, empapados. La ira guiaba sus brazos, apretaba los dientes y hasta inclinaba el cuerpo para halar con más fuerza cuando alguno se le dificultaba, hasta ver completadas las letras. - No lo hagas. -

Bajo sus uñas había restos de la piel del león aún, pero la marca estaba lista. SUBHUMANO, en letras rojas de tejido expuesto y desbordando de sangre. El equivalente a escribir "basura", "aberración" o "monstruo" a través de su pecho. Jadeando suavemente por el último esfuerzo, el joven de cabello azulado admiró su trabajo por un momento. Recorrió al animal con la mirada, al fin se dignó a verle a los ojos. Así era exactamente como quería dejarle y, extrañamente atraído a la imagen entera de ello, tardaba en convencerse de apartar la vista. Le hacía contener el aliento. No hizo más que apoyar la palma de la mano en las heridas al levantarse, juntar sus pertenencias y llevar su bolso consigo al retroceder un poco, siempre vigilándolo, cauto del león. No sonreía, sin importar cuan satisfecho se sintiese. - Listo. Una palabra que te define por sobre el privilegio de un nombre. Ya no podrás apartarte de ello. -
Pelleas
Pelleas
Afiliación :
- DAEIN -

Clase :
Sorcerer | War Priest

Cargo :
Rey de Daein

Autoridad :
★ ★ ★ ★ ★

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Tomo de Nosferatu [3]
Báculo de heal [1]
Baalberith [0]
Elixir [1]
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Mensaje por Invitado Jue Abr 14, 2016 2:25 am

Cada pequeño corte era realizado con precisión y algo de rabia, podía sentir al humano desquitarse en su piel de lo que el otro consideraba una ofensa a su honor, virtud o algo similar. ¡Ja! como si los beorcs tuvieran alguna de esas cosas. Y encima de ello, estaba seguro que había disfrutado ser cogido por el culo como una deliciosa perrita, el aroma y la excitación no podían confundirse, por más que intentara hacerse el digno y ofendido una vez que todo había pasado. Bufó molesto por la falt de honestidad de Pelleas. Poco podía hacer para que el chiquillo viera cuál era su lugar, no en ese momento con la herida debilitante de su cuello y las cadenas limitando sus movimientos. La situación le parecería hilarante si no doliera como un grano en el pene. Él, el gran león gladiador, dejando que el chiquillo jugara a practicar su caligrafía con su piel.

Ridículo.

Como fuera, lo absurdo de todo no evitaría que el hueco que dejaba la piel arrancada ardiera como si hubiera arrojado sal a la herida. La carne se inflamaba con rapidez en los bordes, enrojeciendo por debajo del sangriento lío que hacía en su pecho, cada letra se llenaba prontamente de sangre y uno que otro pequeño hilo de la misma se deslizaba fuera del límite que la piel dañada marcaba. Lo peor era la comezón y las ansias de lamer las cortaduras, no que fuera físicamente posible, más el aroma intenso a sangre fresca siempre provocaba esa reacción en el león, un instinto profundo despertaba en él pidiéndole limpiar el lío y deshacerse de la evidencia.

- Lo dice el b..beorc que liberó laguz en medio de un… ataque- los gruñidos de dolor era la única evidencia de que no la estaba pasando rositas con aquel marcado. Hundió los dedos de los pies en el suelo sucio y el silbido de su cola ondulante era algo inquietante. - Ese si no fue… un movimiento inte... ligente- se sacudió y hisseo ante el agresivo arrancar de su piel, los trocitos de carne sanguinolenta le provocaban un disgusto más que nada por saber que era su carne, no por el aspecto desagradable de los pedacitos rojizos. Normalmente perdía la piel a tiras en una pelea o un castigo, aquello era diferente. Si quisiera ponerse más romántico diría incluso que el beorc le marcaba como suyo porque había disfrutado tanto del encuentro que quería dejar su huella en él. La idea le provocó tanta gracia que el dolor poco hizo para cortar una carcajada ronca. Estaba seguro que Pelleas le hubiera mantenido como animal de ataque si no fuera por el asunto de la montada. Tan extraños eran los humanos. Puro trabajo y nada de placer.

- Eres jodidamente hilarante - a sus ojos. - ¿No eras tú quien me azuzaba contra tus enemigos como si fuera tu perro de ataque? tan contradictorio- se relamió los labios e inspeccionó el trabajo lo mejor que pudo desde aquella incómoda posición. Se sentía algo mareado por la pérdida de sangre continua, más debía reponerse pronto para evitar volver a una jaula. La idea de estar otra vez tras barrotes fue suficiente para aclarar su mente y visión otra vez. Su pecho era ahora un desastre sanguinolento.

Apartó las últimas palabras del humano como si fueran mosquitos, con un sacudir de sus orejas. Las conceptos humanos nunca le habían definido, menos una palabra como aquella. Subhumano. Como si no le hubieran llamado peor.

- Chico, esto no te borrará la sensación de mi pene metido en tu culo- se burló y dió un fuerte tiró a sus muñecas, hundiendo los talones en el suelo para tener mejor agarre. La madera crujió amenazadoramente y el pilar se inclinó un poco. El pequeño beorc debía escapar en ese momento y con rapidez si quería alejarse del laguz antes de que se soltara y se recuperara lo suficiente para ponerse de pie. La pérdida de sangre podría volverle lento y algo torpe, pero no duraría mucho. No era tanto que se recuperara rápido, estaba acostumbrado a pelear en condiciones deplorables. ¿Aquello? humillante si, pero poca comparación a tener una espada saliendo de un muslo. La adrenalina le ayudaría al final. Y el dolor le provocaba.
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Mensaje por Pelleas Lun Abr 18, 2016 11:42 pm

Advari tenía más razón de la que Pelleas habría querido o siquiera sabido adjudicarle. Optaba por dejar en el laguz una marca que cargar, en lugar de darle el eficiente castigo de la muerte y verse librado de todo el asunto; la oportunidad la había tenido, pero no era una que hubiese deseado tomar. Inflingirle el dolor de la marca, verle hacia abajo al momento de hacerla, conseguir la clase de reacciones que al fin le daba, sí, pero no matarlo. En algún momento había tomado gusto a la función que un subhumano cumplía en un campo de batalla, más aún a la forma en que él en específico se comportaba, hasta había imaginado al león como algo de su propiedad por cuanto le obedecía, pero no era un molde en que este se hubiese mantenido ni una posición que el príncipe hubiese sabido mantener. Y si no había podido ser así, al menos llevaría de él una marca, una venganza por lo ocurrido y un recuerdo mucho más estático, pero no significaría que debiera matarlo. Ponía una huella suya en ese laguz, tenía razón respecto a ese tanto y probablemente más, pero nada de eso saldría de su garganta. Resentía todo más de lo que le odiaba.

- Si te hubieras quedado un perro de ataque, esto sería distinto. - Replicó con desgana. No había sido bueno ignorando provocaciones antes, no comenzaría a serlo pronto, menos cuando el subhumano atinaba tanto. La ojerosa mirada del mago no mostró ánimo alguno al verle, separar lo que sabía que era sangre suya en la dentadura y el mentón del aimal, de la sangre de los que había matado antes, salpicada por doquier. Cuando le había tratado como un perro de ataque. - Por un momento, había sido... - Bajó la vista un poco, buscándole las palabras correctas a aquello. Hablar con él no era lo más prudente, pero no veía ya el daño. Pensó en ese tiempo, antes del mal vuelco que las cosas habían dado. La seguridad de la magia en sus manos y el gran felino rojo atacando sus presas. - Disfrutable. Ameno. Funcional, de alguna forma. -

Ya le dejaría, así que era irrelevante. Hallaba sosiego en verle ensangrentado y adolorido, encadenado a la altura del suelo como una bestia tenía que terminar, con las garras de los pies arañando el suelo y los brazos tensos, imaginaba que más por el esfuerzo de soportarlo todo que por la fuerza que ejercía para liberarse. La marca no podía lucir más perfecta en su sitio. Se le antojaba aún tocar sus heridas o hacer algo más por afectarle, pero a todas luces era ese el final; una buena imagen del león para llevar como última, pues seguramente no volviese a verle después de eso. Se aseguró de tener todo lo que necesitaba consigo, inclusive la arruinada capa blanca, que llevaría sobre el brazo y esperaría en algún momento poder limpiar o remendar. Sólo restaba irse, le urgía encontrar sitio para quitarse esa ropa sucia de encima y asearse a sí mismo, aún más de lo que le urgía encontrar sitio seguro para descansar. Pero las palabras del subhumano consiguieron provocarlo una vez más y se volvió hacia él con ambos puños apretados, todo el impulso en su pecho de caerle encima y terminar de descargarse, mas el crujido de metal sobre madera le alertó lo suficiente como para hacerle razonar. No debía tentarse a perder tiempo.

- Si vuelvo a verte sí te mataré... - Masculló. Pese al rencor que le tenía, pocas cosas había dicho con menos seguridad que esa. No había intensidad tras las palabras, ni emulaban siquiera una intención honesta. Ni siquiera le miraba al decirlo. Su mandíbula se tensó al apretar con fuerza los dientes y alejarse de él. Que se soltara luego e hiciera lo que se le antojara. O que se quedase allí, tenía los jirones de su piel por ahí si sufría de hambre. Pelleas se convenció de que le daba exactamente igual.

Pretendería que se iba de allí indemne. No mencionaría ese sitio ni ese día, se esforzaría por no recordarlo. Recién al alejarse de los depósitos y de aquel recoveco del puerto se encontró con suficientes fuerzas en las piernas como para apresurarse, y desde aquel punto en más se adentró en los caminos. Corrió no apartándose de la ruta, sino dirigiéndose a ella; la más transitada posible le serviría mejor, pues entre humanos era donde menos bienvenida podía ser la intromisión de un laguz. Quienes hubiesen sabido retirarse del puerto a tiempo estarían en ruta a la siguiente ciudad y podría mezclarse entre ellos un poco. Dada la situación, suponía que nadie cuestionaría que estuviese maltrecho. Lo que menos querría sería enfrentarse a la pregunta de qué le había sucedido.
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