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Sangre en el puerto [campaña/entrenamiento] [privado][+18/+21]

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Mensaje por Invitado Mar Dic 15, 2015 2:06 am

Un león de gran tamaño y corta melena frotó su nariz contra una rejilla de metal estrecha. El frotamiento la descarapelaba un poco, pero era solo uno de los muchos signos de estres por cautividad que podían verse en el cuerpo del felino. Sus captores habían colocado una malla exterior desde la última vez que uno de esos idiotas beorcs pensó que apoyarse cerca de la jaula era buena idea.

¿Quién podría adivinar que una garra podía salir todavía y agarrar la tela lo suficiente para jalar al idiota hasta el alcance de sus colmillos y garras?  

h si Pensó relamiendose de nuevo. Hhabía sido un día tan bueno, los gritos, las maldiciones. Incluso los baldazos de agua y los golpes con aquellos palos de puntas afiladas valían la pena por escuchar a un beorc chillar como cerdo en el matadero.

Relamerse las garras después, eso había sido igualmente glorioso.

Por supuesto, eso ahora le sería más difícil y estaba algo herido. Nada de gravedad y se alegraba de no seguir sangrando; no era agradable cuando usaban las cadenas para dejarle tendido e inmóvil en el piso mientras le remendaban, salvajes beorcs con sus ungüentos y otras porquerías humillantes. La melena rojiza se erizó un poco en respuesta a sus pensamientos agresivos, un gruñido grave se escuchaba desde su garganta.

Meditó mirando la malla de acero, el enrejado ya era molesto.

Claro, era una inversión. No dejarían que escapara o se lastimara más intentándolo. Pero ¿tenían acaso que ir y quitarle la única diversión que tenía? esperar que alguien fuera lo bastante idiota como para acercarse demasiado a su jaula era de lo poco que tenía para entretenerse en el día. Bufó y apoyó la cabeza en las patas delanteras, soplando un poco de modo que las virutas de madera de la base de su jaula se escaparan por los espacios pequeñitos entre la malla.

Repentinamente había mucho ruido afuera, pero poco de ello le afectaba a él, tal vez otro grupo de nobles curiosos revisando el cargamento antes de partir, en ocasiones les había visto hacer eso, llevarse a los pájaros bonitos, le gustaban los pájaros, incluso los que cantaban a pesar de las jaulas. Pobres aves estúpidas, había otras que tenían más dignidad y languidecían en su jaula. Sus orejas se movieron de lado a lado, muy a su pesar curioso por el ruido de las pisadas y las figuras entrecortadas con la luz exterior.

La puerta estaba abierta de par en par, si era para librar el mal olor del interior o solo para practicidad de los que cargaban y descargaban cosas no lo sabía, solo agradecía el pequeño soplo de aire fresco. En las otras jaulas más al frente y más a la vista del público había animales exóticos, desconocía si había más como él, al menos no parecía haber otro león, había otro par de beorcs eso si, se veían fuertes para ser humanos, así que debían ser gladiadores. Les analizó con renovado interés, tal vez tuviera que enfrentarse a alguno de ellos en un futuro cercano, era poco común, pero si alguno era inútil o ya no atraía ganancias, le pondrían en una pelea con él. El morbo atraía igual la atención y el dinero que las apuestas directas. Que egoístas eran los humanos, se regodeaba de saber pensar que sería solo cuestión de tiempo. En algún momento estaría libre lo suficiente para... para... algo.

Si, sería bueno.


Última edición por Advari el Sáb Mar 12, 2016 5:50 pm, editado 2 veces
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Mensaje por Pelleas Dom Dic 20, 2015 7:45 pm

Llevaba un día y medio viendo a ese barco. Se había aproximado a la costa de Begnion al mismo tiempo que el navío en que Pelleas viajaba, siempre visible al ojo desnudo, no más de un kilómetro detrás. No era algo que valiese la pena tomar en cuenta, numerosos navíos ponían aquella costa entre sus rumbos y, en toda honestidad, también eran muchos los que se deshacían de sus banderas al ingresar, tal como ese anónimo acompañante. Eran cosas que desde la ciudadela de Daein jamás habría adivinado, pero que en su solitaria ruta por el nuevo mundo comenzaba a ver. Puerto sin nombre, barcos sin nación. Tenía su sentido. Su propio transporte, un pequeño barco acorazado que alquilaba sus asientos libres a precios desorbitantes, bajó su bandera plegiana al aproximarse al puerto. El desembarque fue tranquilo y sin despedidas, así como su breve paso por el lugar, una búsqueda infructuosa de provisiones útiles para el resto del camino dentro de Begnion. Tendría que aguantar hasta un pueblo menos cuestionable para esas cosas, sabiendo al menos que contaba con libros para durarle un buen trecho, libros que sólo fuera de Tellius había logrado conseguir.

En la hora siguiente a su llegada, cuando planeaba ya el camino por el que proseguiría, el barco que había estado viendo desde la mañana anterior tocó puerto. Y apenas echó anclas y puso en sitio el andamio por el que saldrían sus tripulantes, todas sus escotillas y puertas se abrieron a la vez, saliendo del navío escuadrón tras escuadrón de soldados, aquellos que la mayoría de naciones denominaban 'emergidos'. Salieron por el andamio, saltaron desde la cubierta, se infiltraron en los barcos contiguos, bajaron al puerto... no quemaban, no destruían, no era usual que diezmaran lugares tan útiles como un puerto comercial, pero sí atrapaban a todo aquel que encontraban en su camino, se les opusiera o intentara simplemente escapar. Abundaban los portadores de hachas, blandiéndolas en despreocupadas y crueles maniobras, tumbando a los heridos antes de rematar con firmes estocadas en el cráneo o al cuello; en cuanto uno se demoraba retirando el hacha atascada de una cabeza hundida y desfigurada, otros dos tomaban el lugar continuando adelante. Pelleas llegó a verlos, apreciando con el aliento atrapado en la garganta la inclemencia de sus maniobras, el nulo temblor en el pulso de cada guerrero, antes de dar media vuelta y alejarse de la costa. No llegaron a ser minutos siquiera antes de que el puerto entero se sumiese en caos, una batalla a gran escala entre los invasores y quienes podían hacerles frente, guerreros en paso, contrabandistas que defendían sus mercancías, asesinos, vagabundos, guardaespaldas, todas aquellas sombrías figuras que hacían del puerto anónimo su hogar. El príncipe Pelleas, por supuesto, no se contaba entre ellos.

Esa era la clase de lugar en que el mundo se había convertido, según entendía. Frágil y efímero, seguro un minuto e inexistente al siguiente, según decidiera la marcha de aquellas criaturas. Eran pocas las veces en que podía ofrecerse resistencia alguna, y de entre aquellas, menos aún las que lograban repelerlos, más que sólo demorar la caída. El puerto podía contar ya sus desagracias y aunque fuese temprano para decidir si existía esperanza o no, Pelleas no se inclinaba a preocuparse de ello. Así era el mundo aquellos días. Y si no era Daein el que sufría tal suerte, si no era Daein el que tenía oportunidad de proteger... pues no dudaba en librarse del asunto y retirarse, necesitaba conservar su vida aún. Duras decisiones que con su corazón entre manos y el ejemplo de su padre en sus pensamientos, podía tomar.

Al borde de la ciudad, se vio entre una vacía hilera de lo que parecían ser depósitos. El silencio de la zona era lúgubre ya, pero allí se veía interrumpido por sonidos más perturbantes aún: a través de las puertas abiertas de par en par, oía gruñidos, rugidos y graznidos ocasionales, las voces de bestias inquietas. Los guardianes del sitio parecían haberse retirado ya y habría creído que sería para unirse a la batalla en el puerto, pero las manchas de sangre que habían estallado sobre las paredes o se habían arrastrado por el suelo contaban otra historia. El mago aminoró el paso, levemente agitado por la prisa que le había llevado hasta allí, y se asomó al interior de uno de los depósitos. Mejor ver por sí mismo, que ser sorprendido después.

El interior estaba lleno de jaulas, alineadas en el suelo o apiladas las unas sobre las otras. Enormes animales se movían inquietos dentro de estas, gatos, aves, hasta criaturas de engañoso aspecto humano cuyos oídos en punta o colmillos sobresalientes delataban: subhumanos en cautiverio. Se apartó del umbral enseguida, una mirada de confusión aparecía en su rostro. ¿Acaso no eran animales de guerra, esos subhumanos? Se le había educado respecto a ellos, aprender sobre las razas que habitaban el mundo era parte de lo reglamentario, y tenía entendido que eran despiadados y sanguinarios como nada más, salvajes pero inteligentes. Usarlos para cazar a los invasores del puerto parecía natural, aunque si lo pensaba, seguramente había una posibilidad de que también se pusieran a atacar a los habitantes del lugar, perdidos en su hambre de carne humana. Era un riesgo que parecía un desperdicio no tomar.

Pero sobre él no pesaba, él podría tomar ese riesgo. Dejar a los subhumanos salir y... de algún modo u otro el puerto quedaría a salvo, fuese porque los invasores muriesen, o porque realmente no quedase nada más en él después. Esbozó una pequeña sonrisa al verse en capacidad de hacer algo allí, apretó las manos en puños y volvió a asomarse por el umbral, buscando con la mirada más atentamente. Habían dos guardias tumbados junto a la entrada, uno de ellos muerto por un muy limpio y preciso corte a través del pecho, probablemente obra de una lanza o un sable; el otro, tumbado en el suelo a corta distancia, hecho una lío inentendible de sangre y ropa rasgada. La parte inferior de su cuerpo apenas se veía, y daba la impresión de que no había mucho que ver, pero vivía. Pelleas bajó la cabeza un tanto y exhaló lentamente, vislumbrando el brillo de un juego de llaves en el cinto del hombre. Podía tomarlas y abrir las jaulas, aunque le preocupaba lo que pudiese sucederle a él mismo si estaba tan cerca en el momento en que salieran. Pasó la vista por las jaulas y sus habitantes, reparando en la inquietud de cada uno de estos. Quizás si les aventaba las llaves y permitía que se encargasen por sí mismos...

Sobre el guardia en sí, no había mucho que hacer. El hombre moribundo no le hablaba siquiera, sus labios se movían, pero apenas un borboteo de sangre emanaba de su boca. Era tarde para ayudar y la más profunda y lenta miseria acechaba ya en su mirada distante, desenfocada. Instintivamente, Pelleas metió la mano en su bolso, reconociendo por tacto a Ruina y extrayéndolo. Jamás había tomado una vida que no fuese de un emergido, criatura que no calificaba siquiera de humana, y sin embargo, lo que pensaba hacer no se sentía del todo distinto. No tanto como había pensado que se sentiría. Más aún, parecía una gracia, un alivio, un regalo a otorgar. No había espacio a dudas. Con solemnidad abrió el libro mágico, pasando los dedos sutilmente por el borde de la página al murmurar con calma el encantamiento. Una sombra se formó alrededor del tomo, pareciendo absorber la luz del lugar y tornarlo más oscuro de lo que estaba ya. Tangible y pesada, la sombra se desplazó hasta cubrir al caído, envolviendo su cabeza y atravesando su pecho por pocos momentos antes de regresar al libro y al dueño, dejando atrás un cuerpo más tranquilo, inerte. - Ssh. Descanse. - El mago cerró el tomo con serenidad y se agachó a recoger las llaves, aventándolas entre las jaulas. - Tengan. Creo que saben usarlas. - Murmuró, antes de voltear y retirarse. Algún subhumano recogería las llaves y comenzaría a abrir las jaulas, no había prisa al respecto.
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Mensaje por Invitado Dom Dic 20, 2015 8:54 pm

Un delicioso aroma le llegó pronto a la nariz, junto con la mayoría de los gritos.Escuchó el ruido de campanas, una alarma si alguna vez había escuchado una. Quien estuviera a cargo de tocar la campana se estaba desencajando el brazo haciéndola sonar una y otra vez, pronto se hizo de nuevo el silencio, pero el aroma metálico estaba en todas partes, prometedor, sugerente. El gran león en su jaula rasguñaba con sus garras el suelo, si tan solo no fuera todo metal. Necesitaba salir, tenía hambre, tanta hambre y ese olor estaba burlándose de su apetito.

-Ven corderito, solo ven, asómate, cualquiera de ustedes- Cambió de forma, inquieto, ansioso. No cabía adecuadamente en la jaula, forzado a estar encorbado sobre si mismo dolorosamente. Sus dedos no alcanzaban a salir de entre los agujeros apretados de la malla metálica. Intentó vislumbrar al grupo que había atacado aquel lugar. Los pasos se acercaban, luego se iban. ¿Por qué mierdas se iban? el aroma a sangre de sus guardias seguía ahí y eso era todo. El silencio extraño solo era roto por el gorgoteo desesperado de los moribundos. Gruñó, maldijo y chocó contra los barrotes una y otra vez antes de dar vueltas en la estrecha jaula, nuevamente en su forma leonina mostrando su frustración por no poder escapar en tan perfecta oportunidad. Si los emergidos querían acabar con él tendrían que abrir la jaula después de todo. Tal vez no eran tan idiotas como el resto de los beorcs, esos molestos monitos lisiados, sin colmillos ni garras. El alboroto a su alrededor no hacía mucho por mejorar su estado de ánimo. Despacio volvió a acomodarse, gruñendo y apenas mostrando los colmillos, no era como si pudiera salir y callarlos con unos buenos y bien merecidos golpes.

Y el ruido solo se incrementó cuando una nueva figura apareció, minutos después de que los atacantes se hubieran ido. No se movía como uno de ellos, ni estaba equipado como un soldado común. Desconocía del mismo modo que era lo que planeaba hacer en aquel lugar, pero de saberlo estaría sonriendo como un desquiciado. La oportunidad perfecta se presentaba en las patas del caos como un regalo primorosamente envuelto para su disfrute.

Se quedó quieto y silencioso, observando sus gestos y esperando a ver que iba a hacer. Se relamió un par de veces, pensando que si estuviera fuera de la jaula ya hubiera roto ese cuellito pálido luego de rematar al guardia de la prisión en la que estaba atrapado con sus compañeros laguz, si estuviera afuera no tendría que quedarse en silencio como un buen animal obediente, la bodega estaba lo bastante oscura para perderse entre las cabezas y las jaulas. Rasguñó de nuevo el metal de la jaula, el chirrido molesto repitiendose una y otra vez, era incontenible su ansia.

Entrecerró los ojos al ver la magia del invasor, oscura y evidentemente bastante eficaz, si el modo en que el moribundo se terminó de volver cadáver era suficiente prueba de ello.

Brujo Ronroneó al escuchar el tintineo de las llaves contra el metal. Tan cerca pero tan lejos. Tuvo que dejar que un conejo cercano tomara las llaves y comenzara a abrir las puertas.

No creía que fuera un gesto de buena fe. Oh no, si acaso estaba intentando esparcir aún más el caos aprovechando la carnicería allá afuera. De los beorcs podría incluso creer que era un competidor usando el distractor para acabar con sus rivales comerciales. No que fuera alguno de ellos leales a tales personas. Más de la mitad de los que estaban ahí saldrían corriendo de inmediato en cuando el conejito terminara de repartir llaves y abrir las jaulas. El resto… bueno, el resto tenía un hueso o dos que cobrar.

-¿Te vas ya, corderito?- su jaula finalmente fue abierta y el león era un hombre. Salió de la misma estirándose en toda su altura, el pelo corto en espigas desordenadas y el cuerpo musculoso irradiaba peligro. La pequeña figura del mago estaba a tres o cuatro brincos de león a lo mucho.

-¿No te quedas a la cena?-
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Mensaje por Pelleas Mar Dic 22, 2015 3:08 am

No podía ser más presta y oportuna su retirada del depósito. El olor que surgía de las jaulas de los subhumanos, a pieles, a carne en descomposición, a heridas insanas y a suciedad, permanecería en su memoria como un punto más que probase su salvajismo. Se deshacía con gusto también del brillo de tan numerosos pares de ojos, de los gruñidos, de la sola presencia de tan inquietante raza. Lo que desataba en el puerto era una calamidad, sí, con todas sus letras. Una inhumana calamidad. Pero aquel salvajismo impensante sería puesto a un uso y práctico y sería provechoso, a la larga, para el puerto.

En el peor de los cosas, recordaba que sólo era Begnion. La teocracia que había sido causa de preocupación para Daein alguna vez, siendo el reino soberano del que tanto su patria como Crimea habían nacido. Historia vieja que en ocasiones surgía; no le habría molestado echarle tierra encima, de una vez.

Ahora bien, en cualquier minuto cesaría la batalla e iniciaría la verdadera catástrofe. El mago oscuro querría estar lo más alejado posible cuando eso sucediese, tomar una ruta Begnion adentro y no mirar atrás, no dejar de moverse hasta poner buenos kilómetros entre él y el desdichado sitio. Puso su libro bajo su brazo, respiró hondo en el aire limpio fuera de los depósitos, apenas comenzando a tomar el tinte metálico y sanguinolento que el aire de la costa traía. Puso a sus espaldas la batalla, los intentos de la gente del puerto por sobrevivir y mantener su hogar, y echó a andar por el tramo vacío. No llegó demasiado lejos, sin embargo, cuando escuchó una voz a su espalda, alzándose con facilidad sobre los sonidos distantes y amortiguados en la costa; un barítono masculino tan bajo y grave que parecía ronronear o gruñir sus sílabas. 'Corderito', le llamaba, en un tono todo menos tranquilizador. Un escalofrío recorrió la espalda de Pelleas, deteniéndole en sus pasos y forzándole a erguirse.

Sujetó con fuerza su libro. El aroma a pieles no se percibía muy claramente, pero sí el de carne y sangre vieja. Con las manos inestables y temblorosas abrió el tomo mágico tan suavemente como pudo, deslizando los dedos entre un par de páginas para marcar allí. Las palabras del hombre no hacían sino erizar el cabello de su nuca y ponerle en alerta, mas no fue hasta mirar por sobre su hombro con lentitud que confirmó su miedo: un subhumano le había seguido. Su físico podía parecer humano, pero su disposición era la de una bestia y su mirada le hablaba de privación. En su paranoia y en lo que sabía de su raza, el príncipe sólo podía imaginarle hambriento y preparado para entrar en frenesí. Sus palabras tampoco le hacían cambiar mucho de idea. Vio un asomo de rojo moverse tras el hombre, altísimo e imponente, pero fue incapaz de pensar con exactitud en su raza, tan sólo de centrarse en lo extraño que era ver a alguien cuya altura rivalizaba la de su padre. Jamás había visto a alguien así, y en algún rincón de su mente, supuso que siempre lo había tomado como imposible, aquello de poner a otro ser a la misma altura; no era él alguien pequeño en absoluto, su propia cabeza solía sobresalir en multitudes, pero frente a su progenitor siempre había tenido que alzar la vista. Hacerlo frente a otro le sentaba tan, tan desagradable.

Hizo amago de responderle, murmurando en baja voz, inentendible. Le vigilaba por el rabillo del ojo y aunque sus labios se movían, no esperaba retener la atención del animal por más de un par de momentos. No le hablaba; estaba conjurando, sus dedos puestos sobre las páginas abiertas de Ruina. Nuevamente el ambiente se obscurecía a su alrededor, su presencia absorbía cualquier mortecino reflejo del sol de la tarde, matando los contrastes allí de una forma antinatural. La capa de un engañoso blanco puro se removió con un viento ausente, dejando entrever túnicas negras y cintas de símbolos bordados.

Al menos la constitución del laguz no se comparaba a la del hombre cuya altura rivalizaba. Le restaba esa cualidad invencible e inamovible que en el monarca de Daein veía; le hacía parecer algo con lo que podía enfrentarse, especialmente con su vida en juego. Los subhumanos atacaban a matar, según sabía, y no sería contra uno que perdería su vida. Le tuviese mucho o poco apego, no la serviría a una criatura salvaje. Una sombra se extendió a su alrededor, como humo en el aire, ocultándole parcialmente de vista antes de lanzarse hacia el animal. Humo pesado y espeso que le atravesaba de lado a lado, como si su cuerpo no fuese siquiera sólido, y en lo intangible del ataque oprimía su pecho y sus pulmones, colmaba su interior y le ahogaba por el momento en que lograba estar en él. Dejó aquello tras de sí, y entre hálitos negros Pelleas corrió adelante, pretendiendo aún huir.

- ...bestia subhumana. - Musitó en su paso, desdeñoso. No podía dejar que una abominación de aquellas entorpeciera su camino.
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Mensaje por Invitado Mar Dic 22, 2015 4:21 am

Todo en el otro gritaba que era una presa. La repentina duda al verle erguido en toda su altura, sin obstáculos entre ellos. El modo en que las manos temblaban al sujetar ese peligroso libro. Manos delicadas. No un trabajador del puerto entonces.

Y ahí estaba esa reacción deliciosa. Oh si, podía observar la manera en que el humano adivinaba lo fácil que sería cruzar la distancia que les separaba de un par de saltos felinos y arrancarle la cabecita de cuajo. Tal vez usarle como un juguete, los cráneos eran increíblemente resistentes si se tenía el cuidado adecuado. Un gruñido profundo reverberó en su pecho ante la conjurada fantasía. Tenía tanta hambre y la libertad era embriagadora.

- Te hice una pregunta, corderito. No me gusta ser ignorado, tiende a ponerme irritable - la larga cola se sacudió de lado a lado, la punta peluda de un rojo profundo llamando la atención. Sin la melena espesa de los de su especie el otro tendría tal vez problemas para identificarlo, pero eso no disminuiría su ansiedad al confrontarlo. Casi podía saborear el temor del beorc en la lengua. Un aroma especiado, picante y azuzador. El tipo de aromas que abría el apetito de los depredadores. Todo el puerto comenzaba a oler a lo mismo.

Soltó una risa baja al ver la desesperación con la que tanteaba las páginas.

Una asfixiante presión crecía cuando el beorc aquel hablaba con el libro que traía en sus manos. Ahí estaba igual el punto débil. Se tensó ante la amenaza evidente, las orejas redondeadas del felino se irguieron hacia adelante intentando captar los susurros. No pensó, actuó. Saltó, hacia un lado, luego el otro, esquivando la sombría neblina que atravesaba sin más. La asfixia. El humo asfixiaba como si estuviera dentro de sus pulmones sin haberlo respirado siquiera. Saltó de nuevo, ahora al techo de una de las bodegas. Jadeó clavando las garras en la superficie rugosa y cubierta de parches aquí y allá. No era el espacio más seguro para desplazarse, evidentemente solo tapaban los huecos del techo de vez en cuando.   Decadentes beorcs. Tosió un par de veces para eliminar la sensación de ahogo y gruñó molesto por el atrevimiento de ese humano. Más por haberse retirado como si hubiera acabado con él con algo así. Oh no, no sería tan simple.

- ¿Bestia subhumana? ¿Mmmh? lo dices como si fuera algo malo - Le siguió desde el techo, sin molestarse en ocultar su presencia, los pasos en los techos, el ruido de sus saltos al seguirle por el siguiente andador. - ¿Por qué tiraste las llaves, corderito? ¿intentas hacer caer a un competidor? ¿incrementar el caos? - Las bodegas que apretujan entre ellas para ganar la mayor cantidad de espacio posible, los barriles se acumulan en los callejones dificultando la pasada. - ¿cubrir tu huida? ¿de quien corres corderito?- Su estómago estaba gruñendo una vez más, ruidosamente. Se dejó caer tras él, sujetando el brazo del libro y gruñendo por sobre su hombro, salivaba por la sola idea de hundir los colmillos.

Pasos, pesados y cargados de metal, cuero y determinación. Podía escuchar los gritos cercanos. No había modo que no se cruzaran con ellos. Y ahí estaba, un grupo de emergidos. Había escuchado hablar de ellos. Eran como humanos, forma humana y un comportamiento definitivamente de humano, matando a los suyos. Sonrió ampliamente, sus ojos brillando con interés.

- Ah… claro, también te buscarán a tí ¿no es así? - sentía seguridad desde su posición y malicia por ver como se libraba de eso.
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Mensaje por Pelleas Vie Ene 01, 2016 4:22 pm

Los subhumanos no eran frágiles en absoluto, lo sabía, era parte de lo que los hacía tan aterradores. Los que estaban cubiertos de pelo podían ser reducidos con mucha más facilidad si se contaba con algo de magia de fuego, pues las pieles quemaban fácil, las aves también podían ser subduidas con magia de viento, pero no contaba con nada de eso. No había forma de darle rápida y definitiva muerte al felino. No era lo que había pretendido lograr, tal suerte no estaría de su lado en días así, sino sólo demorarlo un poco con su magia, debilitarlo lo suficiente para que no le persiguiera y cambiase de blanco; las presas abundaban en el puerto y debían haber muchas más fáciles que su persona. Tan sólo deseaba irse antes de que el desastre llegara hasta allí y lo arrastrara dentro, prefería no involucrarse ni con ese subhumano, ni con ningún otro.

Pero no obtuvo ni siquiera aquellos anticipados minutos de ventaja, ni la distancia que necesitaba. No le había dado ni un márgen de segundos, pues el mago apenas había echado a correr cuando volvió a oírlo, cayendo pesado y decidido sobre un tejado contiguo. Por supuesto que tenía que ser él. Seguían siendo dos pies en lugar de cuatro patas los que le daban cacería, pero ningún hombre corría con tal agilidad, uno tan delgado jamás pesaría como para hacer crujir de ese modo los tejados. No se transformaba aún; quizás burlándose de él, quizás esperando el momento adecuado. Le hablaba en aquella voz que en su imaginación no era sino un intermedio perfecto entre hombre y bestia, simulando humanidad pero incapaz de esconder el gruñido ansioso que yacía entre las sílabas. No podía negar que lo prefería así, en esa forma, nunca había estado demasiado cerca de un subhumano transformado y deseaba mantenerlo de ese modo.

El mago no respondió sino hasta torcer al final de una hilera de depósitos, encontrándose con un enrejado viejo prácticamente cubierto hasta arriba en barriles de madera podrida, cajas, cosas que claramente habían quedado allí desde hacía mucho tiempo. Jadeaba levemente, desacostumbrado a la carrera y a toda esa agitación, además de un tanto atrapado en las numerosas capas de ropa que portaba, y no fue sino al detenerse allí que logró el aliento como para replicar. - Ha... d-deberías estar agradecido... los he dejado liberarse... - Dijo, frustrado por el interés del león en él. Era mala presa, se podía defender, habían muchas más la dirección opuesta. Si a una bestia realmente podían interesarle sus motivos, sería novedad para él. También lo eran, desde ya, las conjeturas de la criatura al perseguirlo; mostraba más entendimiento e inteligencia de la que Pelleas creía que un subhumano tenía, mas no se permitió arrastrar a tan vana discusión. - E-El resto no debería de importar. -

Y la bestia había logrado llevar la catástrofe hasta él. Primero él mismo bajando al suelo y cortando la vía de regreso del mago oscuro, tocándole para tomarle el brazo. Reaccionó con inmediato asco a ello, jalando frenética pero inútilmente, un gesto de terror y rechazo en su rostro. Luego, los emergidos que seguramente el hedor a sangre había atraído, nada de lo que no estuviese dispuesto a culpar al animal. Si hubiese podido huir más rápido, si no se hubiese entretenido con él, habría evadido todo aquello. Pero ahora la catástrofe estaba sobre él, hachas en mano, pretendiendo limpiar al puerto entero. Y el animal lo provocaba como si le causara gracia. Por primera vez en cuatro años sintió en la punta de su lengua la intención de soltar una palabrota, mas apretó los dientes hasta rechinarlos y se contuvo.

- No. - Murmuró, tragándose el soberano desagrado que se le había inculcado para acercarse al subhumano. Ruina descansaba aún en la mano que este retenía. Apoyó el libro contra su pecho y con la diestra lo abrió, sujetando las tapas abiertas contra el piel desnuda. El león había causado todo eso y ahora se sentía vengativo, ahora no le dejaría ir a solas ni quitarse el desastre de encima. Se aferró de regreso al brazo ajeno, uñas chatas hundiéndose como podían en la piel, sin un ápice de humor en su mirada ojerosa pero fija. - Si me atrapan, nos atraparán a ambos. Soy yo quien no te dejará ir. -

Comenzó de inmediato a conjurar, adelantándose para reducir aún entonces la distancia con la bestia. El aura negra que se alzó alrededor de Ruina se coló a cuenta nueva  través de la piel de ajena, continuando ininterrumpida su paso hacia el otro a lado, saliendo de la espalda del felino para rodear al escuadrón enemigo en espeso e intoxicante humo. No le dañaría en demasía, no se concentraba lo suficiente en él, pero el menos la sensación sería dolorosa y cuanto menos incómoda. Sin detenerse hasta que el conjuro quedase completo, el mago continuó murmurando por lo bajo, sin lograr ver por sobre el hombro del laguz pero sabiendo de todos modos lo que ocurría del otro lado; escuchaba los sonidos ahogados y la caída de rodillas al suelo, matarlos tomaría demasiado tiempo pero incapacitarlos un poco no tanto.
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Mensaje por Invitado Mar Ene 05, 2016 12:56 am

-Oh, pero si importa el motivo; para saciar mi curiosidad al menos- Desdeñosamente de sus comentarios siguió presionando en su espacio personal. No debía ser muy agradable para el humano tenerlo tan cerca e invasivo. Aparte de su apariencia salvaje estaba el aroma a animal encerrado que le rodeaba, a piel sucia, sudor y sangre, impregnado por un aroma agrio de suciedad vieja. No, Advari no era nada atractivo en ese aspecto. Y si mirara a sus manos, podría ver la mugre bajo las garras, un roce de las uñas seguro se infectaría y no necesitaría estar en su forma leonina para causar un daño serio a esa piel delicada.

Se rió entre dientes, complacido al verlo temblar.

- Quiero saber si te saliste con la tuya o no, ustedes los monos debiluchos tienen una tendencia a joder la vida de otros para ganar algo- Su sonrisa era puro dientes, más un gruñido que una sonrisa. No se creía la supuesta bondad del humano. - Así que tendrás que disculpar que no crea en un acto benévolo o altruista cuando bien podría más tarde venir a morderme el rabo-  dicho rabo dió una sacudida violenta contra sus piernas, azuzándose a sí mismo contra el otro.

La mano, pequeña en comparación con las suyas, se aferró a su antebrazo. Las uñas romas haciendo casi ningún daño a su piel, solo sirviendo para irritarle más. Desestimó el ruido a sus espaldas, más centrado en su presa enfrente suyo y en lo que éste intentaba hacer. De nuevo con ese libro. No retrocedió, si el chico era suicida, adelante, que intentara matarlo y a ver como se las arreglaba con la cuadrilla de soldados que entraban al callejón.

El dolor le atravesó, como un golpe en la boca del estómago. Quitándole el aire y provocando un gruñido animal.

- ¿Llamas a eso un agarre?- Volvió a gruñir. Dientes chocando por la fuerza con la que cerraba la mandíbula. - Te enseñaré yo a clavar las uñas- Torció su mano y las uñas afiladas cortaron la carne. Su otro brazo subió, cortando el aire del beorc al atrapar y apretar la garganta delicada en su mano, alzando la ligera(para sus fuerzas) figura con un solo brazo. Si a luchas de voluntades iban, Advari no daría el brazo a torcer ante un humano, por muy mago o brujo que fuera.

Escuchó a los soldados colapsar, la mayoría al menos, un valiente alzó la espada y tambaleandose se acercó. Lo mandó de regreso al montón patético con una patada, aun sin soltar al joven mago.
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Mensaje por Pelleas Miér Ene 06, 2016 4:27 pm

El subhumano no parecía peocuparse en lo más mínimo por los emergidos. Aún si su prioridad fuese cazar al mago oscuro, como era la suya deshacerse del animal, era en extremo arrogante descartarlos como si no significaran nada. Dudaba que fuesen a pasarlo por alto, no había blanco que parecieran omitir ni ser vivo del que se apiadaran; quizás el león no lo supiese, quizás lo tomase como una disputa humana en la que no se le consideraría y quizás Pelleas podía usar eso a su favor. Pero era difícil pensar en ello cuando le provocaba en cada posible ocasión, en cada gesto animalesco, predador y altanero. - Salirme con la mía, - Repitió en un murmullo. - Entonces un subhumano sabe que es una herramienta que usamos... -

Quizás estaba igual de errado él al dejarse llevar, pero no era tan racional como parecía y no podía evitarlo. Aunque disfrutase disparar a través del león, desdeñaba demasiado la situación en la que estaba, resguardado contra él, soportando sus sonrisas y su olor a animal salvaje. Hasta que no tuvo que hacerlo más, no porque se liberase o dejase de necesitarle allí, sino por las acciones del otro. Ni siquiera había hecho caso a su amenaza, se centraba en lo que debía hacer; grave error, por supuesto, pues no hablaba en vano. Clavó las garras como si de dos sables afilados se tratase, atravesando tela, piel y carne de un modo en que hizo a Pelleas horriblemente consciente de lo frágil que tales cosas eran. Ahogó en su entrecortada respiración el grito que frente a un laguz no quería soltar. Podía lidiar con dolor, no así la sensación de algo que permanecía dentro de la carne, sujetando de la más certera forma.

Su mano perdió fuerza y dejó su libro caer, la parte superior del brazo derramando rojo sobre la mano del laguz y su propia ropa. La capa blanca quedaría arruinada, por seguro, y el olor a sangre nueva se impregnaría. Se rehusaba a soltarlo, mas fue forzado a hacerlo cuando el león le tomó por el cuello, separando sus pies del suelo como si nada le pesara. Abrió los ojos de par en par, anonadado por la facilidad de todo ello. Era muy consciente de que podía quebrarse, las imagenes mentales cruzaron su paranoica mente en un instante, el laguz podía introducir sus garras allí como había hecho con su brazo o atacar el prominente tendón que, al tensarse por el terror y la urgencia de la stuación, quedaba expuesto. Un delgado cuello humano no debía de serle problema. Pero no era así como quería caer, ni con él ni con los emergidos que por seguro veían allí blancos vulnerables. Advari no tenía el menor problema repeliendo al primero. Un esclavo para campos de batalla, el mago pensó de inmediato. Con ese hecho o estaba más a salvo, o estaba en más problemas.

Sus brazos no llegaban precisamente de regreso al subhumano. El diestro, lastimado, colgaba lánguido a su costado, moverlo ardía demasiado. Con el zurdo llegaba apenas a que las puntas de sus dedos rozaran el rostro ajeno e intentó arañar, hundiendo los dedos contra sus pómulos y las marcas tribales debajo. - Te u... usaban para... pelear... - Dificultosamente articuló, tragó pesadamente y razonó entonces que con sus piernas sí podría alcanzarlo. La punta de una gruesa bota fue a parar contra el vientre del león, pateando y luego raspando al intentar usarlo de asidero. No se rendía, jamás había conocido en sí mismo algo similar a instinto de supervivencia hasta ese momento, pero allí estaba. Su Ruina yacía en el suelo bajo sus pies y era el último tomo de magia negra que le quedaba, sin este entre sus manos eran pocas sus opciones.

Y el hechizo anterior ya se desvanecía. Súbitamente la luminosidad en el ambiente crecía y los enemigos, aunque agotados, volvían en sí. Tenía consigo a un subhumano guerrero, ¿por qué demonios no podía hacer algo? Era su única posibilidad. Le retorcía el pecho admitirlo, pero iba a necesitarlo, al menos que fuese cooperativo y le dejara encargarse. Dos portadores de hacha lo flanquearon, la espalda desnuda y desprotegida del subhumano debía ser un blanco demasiado tentador, y Pelleas bruscamente le empujó el rostro hacia el costado, para que viese de una vez el peligro en el que se encontraba.
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Mensaje por Invitado Sáb Ene 09, 2016 10:39 pm

- Subhumano, me tiene podrido escuchar ese término de ustedes monos pelones, no tenemos nada que ver con los humanos, somos una jodida raza aparte- si escuchaba la palabra subhumano otra vez, iba a romperle algunos huesos hasta escucharlo lloriquear. De hecho la tentación era mucha. Una sonrisa maliciosa se elevó en sus labios, disfrutando de ver la lucha en el cuerpo más frágil, tensando sus músculos y apretando su agarre para verle retorcerse, jadear y gemir. Había algo muy atractivo en ver un moribundo luchar por los últimos respiros, estertores de muerte.

Ah no, pero aun no mataba a ese beorc.  Había sido bastante satisfactorio patear al otro sin embargo. Había escuchado que no eran soldados normales, algo sobre despiertos, muertos vivientes, no sabía. Pero bueno, escuchaba sin terminar de prestar atención a lo que balbuceaban los mercaderes que le poseían.

- ¿Y qué con eso? ¿ahora sí tienes miedo? soy tan vicioso que no tenían otro uso para mi~ nada de tonterías como ser un bonito adorno o hacer trabajo duro en alguna sucia granja humana. Oh no… me soltaste niño, y soy el león que se da un festín con los corderitos- Tan fácil que sería solo apretar un poco más, clavar las garras en ese cuellito y saborear la sangre cálida y de delicioso sabor. Estaba tan centrado en ello, que apenas notó el ruido a sus espaldas. Era consciente claro, pero era una situación que dejaba en segundo plano, algo que debía escuchar pero  no prestar su completa atención. Eso le alejaría de la escena deliciosa frente a él y...

- ¿Qué?- gruñó soltando un mordisco contra aquellos dedos atrevidos. Ese beorc le irritaba en abundancia, con su actitud de superioridad y aun cuando le tenía atrapado, creí que podía influir en lo que hacía.

- Que… idiota- masculló, todavía sin soltar al mago. Este parecía desesperado por que viera algo. Giró la cabeza, siguiendo sin pensarlo la guía y el filo de las hachas le sacó de su estupor.

- Tsk, bien se lo han buscado- estrelló al chico contra el piso y le dió una patada contra las costillas. - Te mueves de ahí chico y voy a destriparte. Y te haré ver mientras me como tus entrañas- amenazó mientras se daba la vuelta para enfrentarse a los soldados. ¿Dudaban? no, tal vez era el hechizo lo que les había agotado o desgastado.

No dudó, era sencillo, como respirar. Saltar por encima del acero que se balanceaba en diagonal frente a él, patear al otro usando al primero como poste , sentirlo derrumbarse bajo su peso y usar el mismo para mantenerlo ahí el tiempo suficiente para clavar las garras a ambos lados del casco y arrancar con todo y cabeza. La sangre golpeó, más que salpicó, contra la pared ya sucia de aquel callejón. El segundo siguió un sangriento y similar final. Rápido y eficaz, nadie podía decir que Advari desperdiciara fuerza en movimientos vistosos y esas tonterías.

Se relamió, pero no fue suficiente. Alzó su mano para comenzar a lamer la sangre que había quedado ahí.
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Mensaje por Pelleas Miér Ene 13, 2016 12:48 am

El laguz le llamaba niño, cuando no le llamaba corderito, y de algún modo las palabras lograban reducirlo. La sangre de Daein que fluía en sus venas no ardía orgullosamente cuando le sujetaban así y le hablaban como a algo frágil y vulnerable. No lo era, quería estar seguro de ello, aún cuando el aire escaseaba, la presión bajo su mandíbula se volvía inaguantable y su vista se desenfocaba; en sus intentos de tragar o de inhalar temblaba futilmente la nuez de adán contra la palma del león, y las piernas del mago volvían a bajar, carentes de la fuerza que en ese desesperado impulso había logrado darse. Un mordida llevó los afilados dientes contra sus dedos y los apartó con un gimoteo, esparciendo la sangre extraída en el brusco ademán.

Lo confirmaba, era un luchador, una suerte de perro de cacería para quienes hubiesen sido sus amos. Más bestial y peor aún que los demás subhumanos, que ya despertaban en Pelleas un rechazo aprendido e inculcado. Menguaba sus posibilidades frente a él, lo sabía, pero habría estado dispuesto aún a probarlas de cualquier modo posible, si tan sólo se librase. Aunque no fuese con su libro, aunque tuviese sólo sus manos, o si pudiese acceder a los buenos instrumentos plegianos en su bolso... la ansias de vengarse del animal llenaron su mente en cada desorientado instante hasta que finalmente le soltó. No bajándolo al suelo, ni siquiera dejándolo caer, sino aventándolo hacia abajo de modo que su columna fue lo primero en golpear el camino de tierra. Una patada en las costillas le siguió, el aire que intentó llevar a sus pulmones fue retirado otra vez por el golpe y le dejó abajo por unos momentos, tosiendo, llevando su mano a tantear su cuello. Una marca rojiza perduraba allí donde los dedos habían ejercido la mayor fuerza.

Al menos le había hecho caso y no habían tenido que morir ambos por su incapacidad de controlarse. Pese a la amenaza se movió tan pronto como pudo, más aterrado de ser atrapado otra vez por el león que de los enemigos que enfrentaban; se apartó el cabello del rostro, despreocupado en tal momento de mantener oculta la marca espiritista en su frente, y miró con urgencia su entorno, justo a tiempo para presenciar al guerrero portando entre manos la cabeza de un caído, la carne desgarrada y la piel estirada y rota de tal forma, que parecían haber sido desprendidas a fuerza de su lugar. Por si quedase duda, no demoró en repetir el brutal acto en otro, desgarrando carne y exponiendo vértebras a su antojo. Le dejaba boquiabierto. Apenas y tanteó el suelo para tomar el libro de tapa negra que descansaba justo en frente, sintiendo un sudor frío bajar tras su cuello.

En aquel momento apartó todo de su mente, sino la más obvia resolución. Aquel pelirrojo de notorios colmillos y descomunal fuerza no era más que un esclavo, su destino era ser utilizado y él tenía uso para darle, ahí mismo, destruyendo los emergidos que les daban cacería, comérselos si tenía tanta hambre. Era tan sólo lo natural, no había comprado al esclavo pero lo había liberado, y estaba en su derecho de usarlo. No confiaba en él, no cesaría de tenerle el justo terror, pero en ese momento no era malo que estuviese allí.

Sus dedos ensangrentados abrieron el tomo con torpeza, buscando el punto en que las páginas usadas se habían borrado y podía retomar los usos restantes a la hechicería. Conjuró en un susurro, tan ocupados sus adversarios como para no considerar al herido mago en el suelo, que se sirvió de todo el tiempo necesario para atacar. La magia negra se alzó de sus manos, allí donde estas estaban en contacto con la superficie del libro, acumulando a su alrededor una nube de humo oscuro tan densa como para bloquearle toda luz de día. La comandó, llevándola bajo los pies del subhumano hasta sus enemigos y haciendo que el humo trepara por los cuerpos de estos, penetrando y volviendo a salir, alzando sus pies del suelo en similar posición a la que él había estado hacía momentos. Las sombras se asentaron sobre sus cabezas y las torcieron bruscamente hacia atrás, ofreciendo un banquete de cuellos expuestos, hombres que apenas y podían retorcerse.

- Cómelos si eso quieres. Anda. Tenías hambre, ¿no? ¡P-Pues hazlo! - Insistió. Aunque se hallase agitado y las manos le temblaran, sus dedos estaban tensos sobre las páginas marcadas ya por el arrastrar de la sangre, acumulando ahora sobre una esquina una mancha creciente que empapaba las páginas anteriores. No importaba, podía sujetarlos así un rato y hasta ansiaba con morboso interés lo que vendría. Si se trataba de sus enemigos, sería satisfactorio ver al subhumano despedazarlos.

Pero no eran todos. El espadachín, aquel primero que el león había pisado, no yacía muerto sobre el suelo, sino que en aquellos momentos había conseguido arrastrarse hacia el mago, tomando de súbito uno de sus pies y jalando de este, al tiempo que alzaba la mano de la espada, con toda intención de cercenar la extremidad. Sorprendido, Pelleas no pudo contener un grito al ser jalado nuevamente contra el suelo, echando enseguida a patear contra el atacante. La primera patada logró sacar el arma de sus manos, las siguientes no atinaron propiamente, pero alguna allí llegó a darle un par de veces contra el rostro. No debía apartar las manos del libro, no podía moverse demasiado. Abrió la boca para llamar al esclavo, mas se encontró sin un nombre que dar o una palabra que utilizar; si le gritaba "subhumano", seguramente no acudiría. - ¡T-Tú! ¡León! - Acabó por gritar, según lo que por su cola había reconocido.
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Mensaje por Invitado Miér Ene 13, 2016 3:28 am

Se relamió los labios, disfrutando del aroma que ahogaba el callejón y de los sabores que deleitaban su gusto. Demasiado tiempo sin comer algo decente, la bazofia mezclada de verduras y pescado que servían en las jaulas no era algo que un laguz de su tamaño pudiera usar para subsistir sanamente, por más que supuestamente debía ser suficiente para él. ¡JA! para mantenerle vivo tal vez, pero sin duda hambriento, tan, pero tan hambriento ¿Qué sabían los beorcs de ellos? nada. Necesitaba carne a gritos. Carne de verdad, no esa cosa paliducha que era el pescado.

El humano le había parecido tan frágil y fácil de romper, como todos ellos, como los soldados a sus pies. ¿Qué podía hacer para detenerle ahora? La sangre escurrió hasta los codos y tuvo algo de dificultad para continuar lamiendo en aquella forma, pero era terco. Insatisfecho alzó la cabeza hacia su boca y mordisqueó un trozo de carne del cuello, el músculo destrozado era fácil de masticar con sus dientes y su mandíbula fuerte sentía apenas resistencia, hasta que llegó a lo que quedaba de columna, el hueso lo suficientemente duro para ser un problema con su forma más humana. Gruñó terco y demasiado centrado en lo suyo como para prestar atención en lo que hacía el pequeño mago. Si intentaba atacarle de nuevo iba a hacerle mucho daño y si escapaba era capaz de seguirle el rastro para castigarlo. Aun no terminaba con él, tenía preguntas, pero en ese momento eran sus necesidades básicas las que mandaban.

Y tenía todavía tanta hambre.

- Cómelos si eso quieres. Anda. Tenías hambre, ¿no? ¡P-Pues hazlo! -

¿Cómo resistir tan tentador sacrificio frente a sus ojos? Las pupilas se le dilataron de placer ante la escena, era más tentador que los cadáveres que había ahora en el suelo. Un sonido retumbó en su pecho, similar a un ronroneo y a un gruñido. Se acercó a paso lento a su sacrificio ofrecido, sonriendo al ver como se retorcían esos cuellos hacia atrás, mostrando la piel tensa y las venas oscuras. Que curiosa magia tenía ese beorc, extraño que no hubiera intentado utilizar algo así en él. No que se quejara.

- ¿Intentas alimentar al león? oh niño, tienes agallas bajo esa figurita temblorosa- dejó caer la cabeza descuidadamente, ésta rodó más allá de él y dejó de prestarle atención.

Sus manos buscaron bajo la armadura, deshaciéndose de lo que podía y apartando lo que no, la piel suave del vientre estaba bajo sus manos. ¿Porque no darle un espectáculo al mago ya que quería ver? Cavó, las garras lo suficientemente afiladas comenzaron a cortar la piel, luego el músculo, los dedos se sentían resbalar entre la grasa interna y ahí estaba, la masa palpitante y retorcida de órganos internos. La ignoró, no quería hígado o riñones, subió y subió, los pulmones eran como una esponja, la sangre seguía cayendo, ignoró los temblores del cuerpo y entre costillas y todo, apretó el músculo principal. Demasiado duro, no tan delicioso como devorar el hígado crudo, pero más aterrador de ver. Le dedicó una sonrisa ladina al mago y tiró, hubo resistencia, las arterias, todo el cuerpo se resistía a soltarse, pero poco a poco sacó el corazón.

Que bonito. Le dió un mordisco y toda idea que tuviera sobre la dureza del músculo quedó relegado, era demasiado delicioso, tanta sangre concentrada. Mordió y masticó hasta acabarlo, apenas tres bocados y ya estaba sobre el otro soldado atrapado, lo derribó y comenzó a cavar del mismo modo, rompió un brazo solo por el placer de escuchar el hueso crujir y acelerar sus propios latidos del corazón con la simulación de la cacería, no era cazar, estaba siendo alimentado como un buen esclavo, un buen perro de ataque al que arrojan un trozo de carne para mantenerlo interesado. Mostró los dientes y terminó de arrancar la armadura del vientre, hundiendo las garras y clavando, apartando y buscando. Sus manos seguras apartaron los intestinos rosados, tuvo cuidado de no tocar la vesícula, vejiga o el estómago.  El hígado era apenas más oscuro que los intestinos, pero el órgano era firme y pesado en sus manos, lo suficiente para llenar su estómago. No se molestó en sacarlo de su lugar, bajó la cabeza y comenzó a masticar ahí mismo. El rabo largo ondeó tras de él y ronroneo no se hizo presente esta ocasión, pero un gemido de placer se escuchó mientras se daba un festín tras días de tener un hambre feroz por carne cruda.

- Mhhh joder si, demasiado tiempo sin comerme un jodido trozo decente de carne- Estaba inclinado sobre el cuerpo inmovilizado, manteniendo al otro fijo con su peso por si acaso el humano perdía control de su cosa mágica y terminaba con un todavía muy viva víctima retorciéndose en sus manos, lo último que quería era soltar el órgano delicioso a medio comer, los jugos escurrían por su boca y caían en el lío que era el vientre ajeno, pero no prestaba atención a eso.

Lo que si llamó su interés, fue al grito del humano. Las orejas se giraron de inmediato en su dirección. Este había probado ser un buen indicador de peligro, como un corderito balando. Alzó la cabeza a tiempo para ver las dificultades del otro. - Bien bien corderito, tienes mi atención-No se molestó en limpiar la sangre que escurría de su boca, irritado por tener que dejar un buen hígado a medio empezar. Se abalanzó sobre el atacante, cambiando a medio salto, los músculos pesados y los huesos sólidos, una melena trasquilada, corta, muy corta para un león digno, pero las garras, las orejas, el rabo, el tamaño, todo él gritaba peligro y definitivamente era un león muy grande, enorme. Cayó con las garras por delante sobre el soldado, derribandolo de costado y mordiendo la garganta. Las vértebras frágiles bajo sus colmillos no tuvieron ninguna oportunidad, colapsaron al igual que la garganta, el crujido húmedo fue satisfactorio para el gran felino, que estaba ahí sentado, tan orgulloso con su presa en el hocico, goteando sangre en su pecho.

Y si la punta de su rabo se sacudió un poco, lo negaría rotundamente.
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Mensaje por Pelleas Vie Ene 15, 2016 10:15 pm

Su ofrenda había captado el interés del león. Inclusive a esa distancia pudo oírlo ronronear de gusto y saber que estaban perfectamente de acuerdo, por una vez y en una cosa. Detestaba las palabras que le dirigía aún, pero claramente estaba aceptando la carne viva y le regresaba el gesto con un favor propio; o, al menos, Pelleas sentía que el macabro espectáculo que se desenvolvía frente a sus ojos era para él, para su satisfacción, como un derecho que acababa de conseguirse. Ver a un subhmano alimentarse jamás había parecido algo de su interés, pero allí y en ese momento, quería ser testigo de la forma medida y concienzuda en que lo hacía. El merecido castigo de sus enemigos. La idea le fascinaba más de lo que debería, la fuerza desmedida y el salvajismo que antes le habían aterrado, volcados a algo ajeno que podía observar.

Apenas pudo ver el inicio con claridad. El león hundía las garras en la carne del primer soldado y se abría paso, desagarrando y exponiendo a la vista del mago oscuro el asomo de un cordón de intestino que intentaba caer por la abertura. El soberano grito de agonía fue completamente tragado por la obscuridad que cubría el rostro entero del emergido, no hacía falta ver más que el retorcer del cuerpo, a medida que el pelirrojo extraía el órgano principal. Pelleas distinguió a la perfección la tensión en sus dedos y su muñeca, pudo imaginar la fuerza que ejercía para arrancar tal cosa de su lugar  hasta levarla a su boca. Su sonrisa era predadora y torcida y la detestaba también, pero le dejaba muy en claro que disfrutaban el momento en iguales partes y la regresó con una breve risa seca, carente de aire. Jamás habría imaginado que pudiese verse tan simple, el hundir de los dientes en el músculo hasta masticarlo de lado a lado. Y si bien no había día en que no fuese consciente de su mortalidad y se sintiese, inclusive, distanciado y ajeno a su cuerpo, jamás había percibido la fragilidad humana con tanta claridad como entonces.

La sangre caía pesada y espesa al suelo a medida que el león comía, impregnando la tierra en un bordó tan oscuro que aparecía casi negro. No quería perderse su espectáculo, pero otra cosa exigía su atención. Su paciencia se tornó tanto más corta. El emergido que apartaba plantando firmemente el pie continuaba intentando cernirse sobre él, en algún momento un pistón del taco de su bota fue lo suficientemente brusco como para hacer crujir la nariz, pero ni siquiera eso lo detenía. Su vista pasó del león el enemigo varias veces y sabía que no había mucho que pudiese hacer, inclusive si en algún punto debió de apartar la mano del libro para defenderse, estaba adolorido y su brazo derecho no respondía correctamente. Su fuerza física no era escasa en absoluto, pero no lograba repeler al hombre. Hasta que el león alzó la vista del interior de su víctima y acudió, quitándoselo de encima en un rápido pero pesado gesto, una gran mancha roja que pasó sobre sí.

Aquel soldado dio más resistencia que los demás, al no estar inmovilizado. De igual modo, el grito de dolor que retorció sus gestos no tuvo contención, sino hasta que un sonido húmedo lo ahogó y la voz se apagó. Una muerte tan veloz que podía llegar a catalogarse de misericordiosa. Pelleas permaneció allí un momento, en el suelo, jadeando agitadamente e intentando hacer sentido de todo lo que ocurría.

- No me llames... de ese modo. Llámame Pelleas. - Comenzó por gruñir por lo bajo, un murmullo que ni siquiera se atrevía a repetir su palabra, 'corderito', 'niño', cualquiera de ellas. Análogas a las miradas de su padre desde lo alto, haciéndole sentir mínimo, inferior, poca cosa para considerar; pero más directas, y proviniendo de alguien de quien no pensaba aceptarlas en absoluto. Sujetando su brazo herido, costosamente llegó a sentarse y a mirar al gran león, que tan complacido parecía con lo que acababa de cazar. De algún modo, la imagen del cuerpo pendiendo en un ángulo extraño de sus fauces le agradó. - Ah, ¿estás satisfecho? Todavía hay más comida aquí. - Apartó el rostro para que no le viese sonreír con fascinación, cuidadosamente poniéndose de pie.

El hechizo anterior se había interrumpido y la energía oscura apenas regresaba a él, volviendo a entrar donde pertenecía para ser usada otra vez. Tan sólo un par de desgastados emergidos permanecían con vida. Al volverse para enfrentarlos, Pelleas le dio la espalda al subhumano; saber que le ayudaba a llenar el estómago le daba la seguridad de que no necesitaría devorarlo a él también. Por gula pura aún podría, pero al menos la necesidad no estaría allí y no creía estar en peligro inmediato. Quitó de sus hombros la capa antes blanca ahora sucia y teñida de rojo, y la dejó caer al suelo mientras se preocupaba, en cambio, de abrir su libro de Ruina en las pocas páginas que no se habían borrado al ser usados sus hechizos. Él mismo debió debió de lamerse la sangre a medio secar de las puntas de dos dedos para poder pasar las páginas húmedas y adheridas entre sí. Cómo terminaría aquello, no estaba seguro, pero sabía que quería hacer algo.

Conjuró con suma calma, pues realmente no llegaba a dar a sus enemigos oportunidad de aproximarse demasiado. Nuevamente el humo apareció a su alrededor, denso, disparándose hacia ellos y desapareciendo dentro de sus cuerpos. Aquellos los detuvo en su andar inmediatamente, hachas sujetas inofensivamente en sus manos quietas. Con un leve gesto de la mano subió el humo a la altura del pecho, luego de la cabeza, imaginando gustosamente los frágiles órganos internos al colmar a los emergidos de la pesada energía. Cayeron de rodillas. En breve, hilillos de sangre comenzaron a emanar de sus bocas, luego borbotones, luego gotas rojas en los bordes de sus ojos, que lentamente pasaban a ponerse en blanco. Un final que vendría lento, tortuoso. Miró al subhumano por sobre su hombro con un gesto bastante más despierto en sus ojos usualmente cansinos. - ¿Los quieres? -
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Mensaje por Invitado Dom Ene 17, 2016 4:17 am

Dejó caer el cadáver y alzó una de sus patas para lamerla con cuidado. La imagen misma de la indiferencia felina. Una engañosa indiferencia. No lo parecía, pero tanta armadura, armas y puntos afilados eran un poco cortantes en la piel. Nada grave, era muy hábil para lidiar en situaciones de "desventaja", cosa que sucedía muy a menudo en la arena de pelea. Claro, las heridas eran inevitables. La lengua rosada cubierta de rojo lamió ansiosamente la cortada hasta que la sangre desapareció, ignoró las demás, entre el pelo ya sucio con sangre era molesto limpiar en ese momento. Su aspecto era lamentable para un león, pero seguía siendo una masa de músculo, garras y colmillos muy peligrosa. Relamió su hocico y observó con ojos dorados e interesados al humano.

Ese beorc había liberado a Advari, por más subhumano y otras tonterías que salieran de su boca, era muy extraño y confuso su comportamiento. Agresivo primero, pedía ayuda despues, la manera en que actuaba al verle devorar sus presas. Esas expresiones, la risa sin aire con la que respondió a su propia sonrisa torcida. Le había estado ofreciendo mucha comida.  Deliciosa comida. Una actitud más de cortejo que de agresión. Muy raro beorc. Volvió a relamerse y observó los cadáveres que había empezado. Podría comer un poco más, mucho más.

Pelleas. Grabó el nombre para más adelante. Y mientras éste luchaba por incorporarse volvió a su presa caída y medio devorada para hundir el hocico y terminar el hígado que había soltado cuando fue interrumpido anteriormente.  La carne roja sabía inclusive más deliciosa en su forma leonina. Feliz clavó colmillos y garras, abriendo y desgarrando lo que podía, había comenzado a devorar al soldado aún vivo y si bien le hubiera gustado más escucharlo chillar, no se quejaba, comer en silencio no atraía interrupciones.

Más interrupciones.

Alzó la cabeza y dejó de nuevo a su presa. No había más higado ahí de todos modos. Se irguió aún más y retomó su forma humana. Tanto cambio comenzaba a picarle en la piel. Era delicioso estirarse, motivo por el cual seguía haciéndolo. Se acercó al mago y pasó a un lado suyo para observar aquella nueva ofrenda. Ignoró a uno de ellos, simplón e iba a morir pronto. ¿Qué le importaba? El otro… bueno, ese tenía unos ojos injustamente bonitos. Le sujetó por la garganta para que no pudiera retorcerse demasiado y clavó la punta afilada de una de sus uñas en la carne bajo el ojo derecho, pinchando la blanda carne antes de tirar ligeramente hacia abajo, exponiendo más de lo blanco. Las venas, las reacciones, todo parecía muy humano. No entendía porque los beorcs insistían en cuentos de terror al respecto, sobre soldados actuando extraño, magia y otras tonterías. Aquellos de allá habían reaccionado bastante normales ante el ataque y posterior evisceramiento.

Tan curioso. Hundió el dedo contra el costado del ojo, con más fuerza, la uña hundiéndose y el sonido húmedo de succión pronto se escuchó, semi ahogado por los chillidos del soldado. Entre sus dedos estaba el orbe blanco con el iris gris. Muy humano y normal. Ignoró las manos que intentaban hacer que lo soltara, temblaba demasiado así que no viviría mucho con lo que fuera que el mago le hubiera hecho. Lo hundió de nuevo en el hueco y lo sacó otra vez. Reacción normal, incluso tenía el nervio tras el ojo. Lo sujetó por este y lo dejó colgar un poco, disfrutando del balanceo.

- ¿Mmh? oh, pero ya no tengo tanta hambre- comentó con una expresión algo despistada. Entretenido dejó caer al soldado moribundo y golpeteó el ojo con uno de sus dedos y le dejó bambolearse antes de girarlo un par de veces y llevárselo a la boca. Lo movió de un lado a otro con la lengua y probó su firmeza con los colmillos, solo jugueteando con él antes de morder viciosamente el orbe. Delicioso.

- No de carne al menos~ - ronroneó y se alejó de los enemigos caídos, retornando al mago. Este había estado coqueteando descaradamente con tanto ofrecimiento de comida, lo menos que podía hacer era devolver el favor, y aprovechar un poco ya que había estado encerrado en una jaula durante mucho tiempo, eso y pelear calentaba la sangre. Un par de pasos más y se alzaba por encima del peliazul. Con una mano apartó el libro peligroso de su vista inmediata, la sangre en sus dedos manchó las hojas irremediablemente.

-¿Qué tan pronto van a morir?- no le importaba demasiado la respuesta, dudaba que pudieran levantarse y atacar, no sin que les escuchara traquetear. Despacio le rondó, estaba acorralando al beorc contra el muro.
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Mensaje por Pelleas Dom Ene 17, 2016 10:13 pm

Menguaba desde antes el terror que en un inicio había tenido a un subhumano sin cadenas, a favor de cierta satisfacción por contar con tan útil herramienta de su lado de la batalla. Aún así, debía admitirse que estaba mucho menos tranquilo con él transformado. Le oía comer con demasiada claridad; antes tampoco hubo nada siquiera similar al recato en su modo de alimentarse, mas en ese cuerpo y con esas fauces, era inevitable el ocasional sonido húmedo y desagradable, un crujido fuera de lugar o el tenue ruido al desgarrar carne. Lo hacía parecer tanto más peligroso. No dejaba de serlo al tomar su forma humana, pero Pelleas prefería verlo así, estirándose plácidamente y haciéndole caso. Seguía con el mentón, el pecho y el vientre tan empapados de rojo que dejaba un camino de gotas sobre la tierra al andar, pero al acudir tan prontamente a su lado, sólo reafirmaba su impresión de tenerlo como su perro de caza personal. Podía repudiar su presencia mucho menos si era así.

Y si quisiera un animal de cacería, seguramente querría ese. Había probado ser muy bueno en lo que hacía, o el encierro y el hambre le habían sentado muy bien. Aquello le enseñaba buenas lecciones sobre mantener a un subhumano en humor para la guerra.

Ahora que todo llegaba a su fin, sin embargo, el león se tranquilizaba, sin abalanzarse ya sobre las víctimas. Una expresión impaciente se dibujó en los gestos del mago al ver que sólo pretendía curiosear con el cuerpo quieto y dispuesto; ni siquiera dañaba el orbe ocular que extraía de su cuenca, pasándolo entre sus dedos sin apretarlo demasiado. Él mismo permanecía perfectamente impávido frente a los gritos de dolor que se alzaban del enemigo, nada distintos a los que provenían del puerto, pero perder tiempo así parecía innecesario. - Sólo estás jugando... - Murmuró, viendo los espasmos torcer una y otra vez los dedos del moribundo, haciéndole arquearse y retorcerse ya. Estaba malgastando la magia que lo mantenía así, suficientemente cansado por sí sólo como para agregar eso. - Parece un desperdicio, pero si ya no te interesan... sólo déjamelo. -

Aún así, no había decidido cómo quería terminarlos. No prestó demasiada atención al felino que volvía a su lado, ronroneando tan alto que era imposible omitirlo, y se centró en extraer de los caídos la poca vida que les restaba. La sangre se colaba fuera de sus bocas y no quedaba mucho tiempo, pero de querer, podía estirarlo, mantenerlos despiertos con el dolor hasta que realmente se aburriese de ello. No podía negar que estaba agotado por la batalla y la cantidad de magia usada, pero aquello podía valer el permanecer agitado un poco más, con el asomo de una cansina sonrisa curvándole la comisura de los labios. Jamás había observado tan cuidadosamente. Cuando el laguz apoyó una mano grande y pesada sobre su libro, obligándole a bajarlo, Pelleas se aseguró de que el aura cobrara mayor fuerza y le atravesara las manos.

- ¿Acaso tienes prisa? - Preguntó. Le bloqueaba la vista. Retrocedió un paso y ladeó la cabeza, encontrando con desagrado que el pequeño incremento había terminado de matar a sus enemigos, cuerpos inertes sostenidos en vano ahora. - Ah. Me has hecho matarlos antes... - Los dejó caer con un ruido breve y seco. Descontento, movió la mano en cuyos dedos rondaba aún el hálito negro de la magia, tronando casi todos los huesudos nudillos al cerrarla.

Y otra vez retrocedió. El subhumano seguía acercándose y no había perdido el rechazo a él, menos el miedo que bajaba un sudor frío por su cuello cuando percibía la fija mirada en sus ojos dorados. Sospechó que detener el sangrado en su brazo podría, quizás, cesar la mirada interesada y el fuerte ronroneo del león que cernía su sombra sobre él, y extrajo una de sus pequeñas y tan bien cuidadas dosis de medicina. Bebió de un sólo trago para hacerlo menos amargo y descartó la botella sin más. Al pasarse la mano por la boca para apartar el pequeño rastro dejado, tan sólo esparció una nueva mancha roja bajo el labio, aunque por lejos prefería aquel metálico deje que parecía haberse impregnado en todo ya. Su espalda dio contra la pared del depósito, mas aún contra esta y pese a la agitación que le tenía tomada la garganta se irguió, manteniendo la vista en el depredador e intentando convencerse de que no había motivo para que lo atacase ahora.

- ...r-retrocede, subhumano. Ya no tenías hambre. - Advirtió, preservando la escasa distancia entre ellos con una mano firmemente apoyada en el pecho ajeno, dedos largos y delgados quedando tensos contra la piel. Ni él se lo creía. Pero suponía estar más a salvo con su herida cerrando con un cosquilleo, dejando atrás tan sólo la sangre derramada y el desgarre en la túnica oscura. La blanquecina piel debajo quedaba absolutamente sana en momentos, sino por las cicatrices de antaño que invariablemente permanecían. Ya no había herida fresca que pudiese llamar a su instinto. Tragó saliva, y en el tenso silencio que siguió se aseguró de mantener la otra mano en su libro, un dedo aún entre las páginas para evitar que se cerrase por completo. Seguía inquieto de la forma en que sólo una batalla como aquella dejaba, el curioso calor que toda la escena había dejado en él, y se malgastaba en un final que sólo le demostraba que no podía confiar en bestias. Algo podría hacer, si se tornaba nuevamente violento. Todo dependía de qué intentase.
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Mensaje por Invitado Dom Ene 17, 2016 11:01 pm

Jugaba, ¿podían culpar al león? había estado en una caja estrecha gran parte de su vida, su única diversión llegaba cuando era soltado frente a un contendiente al que debía matar y si tenía suerte, devorar para el morbo de las masas. Conforme se acercaba al peliazul no dejaba de observar, las orejas redondeadas erguidas en su dirección, atento a todo sonido.

Una risa escapó de sus labios al escuchar el regaño. Como si le importara que los soldados murieran ahora o más adelante. - No es culpa mía que seas un corderito miedoso- Tan fácil de sobresaltar con su cercanía. Había crueldad en el humano hacia sus semejantes. Ya lo sabía, todos los humanos eran iguales en ese aspecto, débiles y crueles, con esa vena sádica que no terminaba de detestar del todo, se sentía identificado, al menos en ese aspecto. Podía olerlo, sangre, adrenalina y un toque especiado.

El ronroneo se hizo más profundo al sentir la mano contra su pecho, los dedos firmes le parecieron más una caricia. Empujó un poco más, un ligero gruñido reemplazó al ronroneo, no del todo feliz de tener la débil barrera entre ellos, una pequeña distancia fácilmente salvable. Alzó una de sus manos, la derecha y la apoyó contra el muro tras él.

- No vas a necesitar esto- hundió las garras de su mano izquierda en las páginas delicadas, tirando despacio pero con firmeza del libro para alejarlo de las manos peligrosas del mago. No lo quería armado para lo que planeaba hacer, era delicioso ver a alguien luchando debajo suyo, pero era mejor limitar las armas a las que podía llegar y hacerse daño a si mismo. Arrojó el libro al suelo a unos pocos pies de distancia de ellos. - ¿No he sido acaso un perfecto animal de guerra?- ronroneó sugerente, sus manos estaban ahora a ambos lados del beorc, impidiendo el escape. Incluso se inclinó un poco para verle a los ojos. Se lamió los labios y olfateó el cuello ajeno. El aroma a sangre no era lo que le atraía hacia el humano. Oh no, era algo diferente, almizclado, y el saber que había sido alimentado a propósito, en más de una ocasión, con las presas que el mago atrapó para él. Más que suficiente para mandar sangre hacia su entrepierna. Estaba muy interesado en aliviar un poco la picazón ansiosa en ese cuerpo frágil.

-Me has alimentado corderito~ Pelleas- probó el nombre, soltando cada sílaba despacio. Bajó sus manos del muro para atrapar las caderas ajenas, clavar un poco las garras y atraerlo contra su propio cuerpo, frotándose contra su entrepierna y mostrándole lo que quería de él. Estaba duro y húmedo; quería ver la expresión de horror y asco en esa cara altiva, más aún, quería escucharlo insultándole, reprochando o incluso intentando razonar con él. Le sonrió, pero no había nada tranquilizador en su sonrisa hambrienta.

-Solo por eso tendré cuidado de no romperte mucho, pero no creas que tienes muchas alternativas pequeño beorc- no era una hembra, ni era de su especie, así que no iba a tomarle como pareja, pero el macho sería suficiente para desquitar un poco las ansias que tenía de montar un cuerpo húmedo, caliente y dispuesto.

Lo de dispuesto era irrelevante en ese momento. Con una carcajada empujó contra él, atrapandolo entre su cuerpo cubierto de sangre y el muro. Una de sus manos bajó para amasar ese culo cubierto por la ropa, tocando y hundiendo los dedos como si no hubiera tela entre ellos o como si fuera insignificante.
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Mensaje por Pelleas Miér Ene 20, 2016 12:19 am

Intentar contenerlo físicamente no le llevaría muy lejos, lo sabía, el sólo ronroneo retumbaba bajo sus dedos y el empuje le obligaba a doblar el brazo con demasiada facilidad, acortando la distancia hasta casi ser cubierto por la alta silueta. Su aliento se detuvo momentáneamente al entender el peligro en que estaba, su pulso se disparó. Tan pocas opciones a su favor. No se lo explicaba, el león había estado satisfecho hacía apenas momentos, inclusive había sido complaciente; el impredecible y deshonroso comportamiento de una bestia, nada más.

Su única defensa, su magia, abandonó sus dedos con suficiente lentitud como para permitirle aferrarse a una esquina del papel, arrancando cuanto pudo llegar a tomar en el puño cerrado. No más que aquella esquina con dos o tres débiles palabras, pero se sentían como un respiro de seguridad contra su palma. Su magia siempre había sido lo único que le hacía sentir firme, no fallaba en mantenerlo fuera del pánico en ese entonces, aunque se acercase de a cada ronroneante palabra que el león musitaba. Pretendía alguna clase de recompensa, aún entonces. - Un buen animal de guerra, sí. Sabes tu posición, como sólo un subhumano y un esclavo, así que... así que creo que has tenido suficientes recompensas de mi parte. - Susurraba, como siempre, no para preservar la indeseada intimidad sino porque no conseguía alzar la voz. Le costaba tanto hasta mirar a Advari, jamás había sido bueno con el contacto visual y aunque intentase mostrarse seguro, lo mejor que podía hacer era clavar la vista en su boca en lugar de sus ojos, vigilando los colmillos manchados de carmín que se entreveían cuando hablaba.

Lo único en que podía pensar era que querría comer de él, cuando acercó sus dientes. La carne sobre los hombros era suave y si evitaba la clavícula, carente de huesos estorbosos en el camino. Mas era la piel del cuello la que rozaba con la nariz al olfatearlo, hundida por la contextura en exceso delgada y resaltando el tendón tenso, la línea de la mandíbula. El mínimo roce le hizo temblar, seguramente podía oler su sangre aunque no estuviese lastimado, seguramente querría comerlo como a aquellos soldados de antes. Al pensar en ello, recordando la escena que tan fascinante había resultado a sus ojos, un escalofrío bajó hasta sus rodillas y se sintió ceder involuntariamente a las garras que le adelantaban la cadera, anticipando dientes en su cuello con un jadeo hasta para él inesperado. En su lugar, algo duro y cálido se presionó a su cadera y no tardó más que un instante en emitir un gimoteo de sorpresa, apretando los puños contra el pecho del león al intentar empujarse hacia atrás en un repentino pánico.

- ¡N-No! Asqueroso animal... - Su voz se quebró, sus pupilas se contrajeron en temor. Lo asqueroso no era el animal, de cuyas manos intentaba escapar retorciéndose desesperadamente. Era desagradable e inferior aún, pero lo verdaderamente asqueroso era él y el calor acumulado en su propia entrepierna, bien disimulado en la larga caída de la túnica oscura y el pantalón blanco debajo. Seguramente había llegado a sentirlo y eso era lo peor de todo. Y no era a causa del subhumano ni la situación, lo sabía, ni siquiera se trataba de la inexperiencia que ponía su cuerpo en alerta al menor generoso roce, sino que la culpa recaía en haber entregado vivas a las víctimas del león, el morbo con el que lo había visto despedazarlas con los colmillos; el acto de canibalismo en sí era lo primero que le había desbaratado el pulso y probablemente había estado acalorado desde entonces, no del todo excitado pero hinchado e incómodo en la estrechez del pantalón, aunque apenas al ser tocado lo notaba. Fácilmente, la mayor humillación de la totalidad de sus días. Ser comido súbitamente sonaba mejor que vivir a través de todo eso. Las lágrimas subieron a sus ojos de inmediato y perdió toda semblanza de calma al replicar. - Esto, esto no es lo que yo-- n-no es mi culpa que-- -

Pero quizás, pensó con pánico, quizás el cuerpo cubierto de sangre y las manos dotadas de garras no habían llegado a percibir el estado en que estaba. Quizás si aún apartaba la cadera como intentaba hacer, si lo alejaba rápidamente entonces evitaría el antojo que Advari pretendía descargar en él. Nada podría ser más indigno que intimar con un subhumano, ni siquiera cualquier torpe maniobra que hiciese para intentar salir del arrinconamiento. Arqueó la espalda por la mínima distancia que eso le concedía, agachó la cabeza, apretó los puños. Aún tenía el papel allí, una pequeña descarga de aura oscura a través del pecho si lo usaba, a lo sumo. No serviría de absolutamente nada. Murmuró con un hilo de voz el mísero encantamiento y tomó la energía dentro de sí; retenerla era doloroso e incómodo, pero podía usarla mejor. Entones llevó su mano tras la cabeza ajena, tomando firmemente un puñado del corto cabello, y se adelantó en un febril movimiento, buscando la boca ensangrentada en un torpe y brusco juntar de labios. Allí exhaló un hálito puramente negro, sacando en su propia respiración la escasa y última cantidad de magia con que contaba. Fría, pesada, dolorosa; rogaba que llegara a su garganta, aferrándose por apenas un segundo antes de soltar e intentar retroceder. Un horrendo y anticlimático malgasto de un primer beso, pero ya nada importaba mucho.
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Mensaje por Invitado Vie Ene 22, 2016 5:35 pm

Cuánto le gustaba parlotear a su beorc. Resistió la tentación de bufar divertido o virar los ojos ante su repetida cantaleta sobre subhumanos. Las orejas se sacudieron con diversión y apretó su agarre. Había escuchado aquello tantas veces de tantas bocas diferentes, eso no cambiaría mucho su posición, podría darle un sermón completo y simplemente se reiría en su carita ingenua o le daría un par de buenas bofetadas. El chico tenía una fijación aun peor que él con la carne. - Hummm, deliciosa carne- ronroneó satisfecho, podía sentir la humedad en su boca todavía, cálido y aromático, especiado, intenso, desesperado sabor a sangre.  Podía ignorar con facilidad el ruido distante de lucha, al parecer la invasión se había dispersado por todo el puerto, gritos distantes solo añadían más calor a su entrepierna, eso y el ardor de la leve batalla y el estómago lleno con ese altanero crio entre sus brazos.

El gemido, esa era una reacción muy invitadora de ese cuerpo cálido, como tener a una hembra a cuatro patas y rabo ladeado mostrando la húmeda necesidad. Gruñó contra su cuello y mordisqueó la piel suave que había ahí como advertencia al sentir que trataba de alejarlo (no iba a dejar que le incitara para hacerse el tímido ahora) Todavía podía comérselo si se ponía muy molesto de montar. O podía hacer las dos cosas, romperle el cuellito mientras se lo cogía por detrás. La idea le provocaba gracia pero no demasiado interés, era más entretenido verlo retorcerse y reaccionar de maneras tan divertidas. La mano que no amasaba las nalgas del mago se entretuvo tratando de encontrar la manera de desabrochar el pantalón blanco, sobando descaradamente la entrepierna del otro, sin dejarle mucho espacio para el pudor.

- ¡JA! este asqueroso animal te ha calentado- El calor que irradiaba su entrepierna era más honesto que las palabras que salían de la boca del mago. Algo en todo el asunto le había excitado lo suficiente para que desarrollara una naciente erección. La sola idea le hizo sonreír divertido. Humanos, tan poco control sobre sus cuerpos. Podría rezongar y maldecir todo lo que quisiera, pero verle cubierto de sangre o tenerle tan cerca le había provocado eso. No le importaba mucho el motivo, solo disfrutar los resultados.

Finalmente el pantalón cedió. Bajó lo suficiente para descubrir las redondeadas nalgas pálidas, la tela deslizándose por las piernas largas con tanto movimiento nervioso. Acarició la carne con manos invasoras. Sus dedos húmedos con la sangre de los soldados fueron dejando senderos rojizos entre las nalgas,  rozando y separando los glúteos para sentirle retorcerse más, las uñas como garras amenazando con hacer daño en las zonas sensibles si se retorcía demasiado.  Lamió y mordisqueó insistentemente el cuello pálido, enterró la nariz en el cabello para sentir el aroma de su pareja provisional, tantos instintos gritando que le diera la vuelta, le doblara para tener más acceso a ese culo pálido y se hundiera en él. Una risa ronca se escuchó

- ¿No es tu culpa? bueno, si quieres darme todo el crédito- se lamió los labios, pasando la lengua por los colmillos, el rabo largo se sacudía entre sus piernas, ondulando  de arriba a abajo, las orejas erguidas se tumbaron contra su cabeza.

-Eso es, buen corderito, coopera y ese culito tuyo no estará demasiado roto cuando acabe contigo ¿vas a ser una buena montada verdad? todo estrecho y húmedo~ oh no te preocupes, tengo lubricante suficiente aquí para tí- Sintió el agarre en su cabello, el beso desesperado. Era sorpresivo, pero no dejó que eso le distrajera de introducir el primer dedo húmedo con la sangre de sus víctimas en el agujero apretado, el anillo de músculos negándose a ceder con facilidad.

El frío bajó entonces por su garganta y hasta su pecho, apretando como si quisiera robar todo aliento. Jadeó y sacudió la cabeza, le soltó por un instante, el que le tomó llevar una mano a la garganta y apretar, tratar de retomar el control de su respiración, golpeó con su puño sólido contra su caja toráxica, la magia era débil en comparación con la que había usado antes para debilitarlo, un intento desesperado de alejar a Advari. Y eso le hacía enojar bastante. Un gruñido nació y creció, retumbando amenazadoramente. Atrapó las muñecas con una sola mano y abofeteó al beorc dos veces. Usó su peso para tumbarlo boca abajo contra el suelo al lado de uno de los cadáveres de los soldados, sobre el charco de sangre y tierra, porque no le daría la oportunidad de escapar de él, no después de eso.

- Joder crío, he intentado ser amable contigo y ese culo sabroso tuyo, pero mierda que si sigues tratando de patearme los cojones voy a joderte en seco así me arda la jodida polla por una semana- Con una mano mantenía sus muñecas atrapadas contra el suelo, con la otra alzó las caderas lo suficiente para obligarlo a doblar las rodillas, usando las propias para mantenerlo en su lugar.
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Mensaje por Pelleas Dom Ene 24, 2016 12:31 am

No podía lidiar con las manos grandes, inconfundiblemente masculinas, que rondaban la parte inferior de su cuerpo con descaro. Por más que se retorciese e intentase alejarse, el león hallaba forma de mantenerlo en su agarre, presionando contra sus muslos y su entrepierna; y era sobrecogedor, desesperante, pero la presencia de manos ajenas sobre su cuerpo era una sensación demasiado nueva y a cierto modo necesitada, como para no causar una reacción. El rostro le ardía, el pulso se le agolpaba en la garganta y todo su cuerpo tomaba un calor que justo allí estaba, insistente y palpitante, bajo la brusca caricia que estimulaba su erección. La estrechez del pantalón ya dolía. Pero no quería alivio ni placer, no quería la atención ni la voz tomada, ronca y burlona del laguz, que lo exponía al bajar su pantalón por sus piernas. Oírlo le hacía temblar en la sola verguenza de ello, desbaratado por el ronroneante barítono que recalcaba lo que sucedía. Aparecían sobre el borde de la prenda, al costado de la pierna izquierda, los lugares en que la piel se hallaba rugosa por viejas cicatrices. El aro de un cilicio alrededor del muslo, uno que otro corte experimental, rosáceos y desvanecidos. La caída de la túnica era larga, pero entre su movimiento y la forma en que las manos ajenas se colaban debajo, acababa por entreabrirse, exponiendo al aire acalorado el miembro ya hinchado y erguido. El príncipe quería llorar de humillación. Las garras contra sus piernas, la lengua áspera y felina contra su cuello eran imposibles de ignorar, mas cuanto habría preferido al menos no sentir la caliente intimidad ajena, que siempre terminaba frotándose contra algo en el proceso de su fútil resistencia; contra su cadera cuando se removía, contra lo bajo de su estómago cuando intentaba arquearse y alejarse, casi contra la suya propia en algún movimiento torpe. Una parte de él quería que hundiera los colmillos en su cuello y desgarrara su garganta ya, terminando todo aquello antes de que escalara. Quizás sería menos angustioso.

Eso es, buen corderito. Palabras de aprobación seguidas de palabras de amenaza que le retorcían el corazón en el pecho. Le presionaba cerca y al más mínimo contacto contra su desatendida erección, careciendo hasta del roce de la ropa en ese entonces, un involuntario gemido se escuchó apenas en su garganta. Su última defensa había servido de muy poco y un dedo húmedo de espesa y aún cálida sangre presionó contra su entrada hasta forzarse allí. El mago inmediatamente ladeó la cabeza y se mordió el labio con desmedida fuerza, ahogando dentro de su boca el quejido que ahora no era sino de desesperación. No se trataba precisamente del dolor, sino la incomodidad, la extrañeza de tan invasiva sensación, la conciencia de que se abría paso en él con las garras listas. Una buena montada, le decía, y Pelleas ahora entendía a la perfección lo que pretendía con ello. Montarlo como a una hembra de su especie, quitarle su más básica dignidad.

- N-No con una bestia subhumana, no, ¡cállate! - Sus palabras salieron agolpadas y logró alzar la voz un poco. No podía seguir escuchándolo, demasiado humillante la forma en que aún le reducía. No iba a rogar, definitivamente no iba a rogar. Ni siquiera debía existir en él la clemencia. Todo lo que se le había enseñado alguna vez sobre subhumanos era la pura verdad, jodido fuera el nuevo mundo por intentar esparcir la idea de que eran cualquier clase de criatura sino la más baja y ruin. - ¡Suéltame, q-quita las jodidas garras de mi! -

No escondió el cuello y esperó, rogó mentalmente por la mordida que al menos le quitara la conciencia, recibiendo en su lugar una mano gruesa alrededor, apretando y cubriendo las marcas de dedos que antes ya había dejado allí. Un golpe en el pecho que le quitó todo el aire y le dejó con un jadeo seco y mudo. Por mero instinto subió ambas manos a la ajena, finas muñecas siendo apresadas enseguida, hundiendo los brazaletes de oro contra la piel al ser sujetadas con tal brusquedad. Lo peor era que, de todo aquello, un par de golpes a palma abierta en el rostro era lo que menos lo aterraba, casi familiares, remitiéndole a la vieja práctica de apretar los dientes y ocultar el dolor. Al menos tenía buena resistencia a ello. Pero eran golpes de disciplina que reconocía y le paralizaron en el acto, sirvieron para hacerle parar un momento, lo suficiente como para ser azotado contra el suelo bajo el peso del león. El olor de la sangre le inundó la nariz enseguida, su pecho y al costado de su cabello empapados en un charco de esta. Advari fue a alzarle la cadera, y al sentir el grosor del miembro algo húmedo que rozaba tras sus muslos, Pelleas reaccionó con renovada fuerza, escabullendo sus muñecas al pasar las manos fuera de sus brazaletes. El metal raspó bajo sus pulgares, pero no importaba, mucho mayor era la urgencia de salir de la humillante posición que un compañero de apareamiento que sí estuviese dispuesto habría adoptado. Jadeando y con la voz ya escapándose en desespero, se removió hasta hallarse boca arriba, ambas manos tanteando el suelo a su alrededor en busca de algo de utilidad. Su libro, un arma descartada, una roca del callejón, cualquier cosa.

Se juró que cobraría su retribución. Lo vería en cadenas, a aquel maldito animal, aunque en ese preciso momento no fuese a suceder y se conformase con cualquier cosa que sus dedos alcanzaran. El sudor bajaba en finas gotas por su cuello, su pecho subía y bajaba con la agitada respiración, las piernas le temblaban y un aroma que con desagrado hasta él llegaba a percibir se alzaba de uno u otro cuerpo excitado. Su mano encontró el cuerpo inerte cerca de sí y sus dedos se hundieron en algo húmedo y blando, metidos en el cuello abierto y colmado de sangre bajo una cabeza torcida severamente fuera de ángulo.  Sin comprender con exactitud lo que tocaba, tan sólo buscando qué dar contra el laguz, haló de algo duro que se resistió como una tensa cuerda antes de reventar, y su mano salió en un gesto brusco que esparció una cantidad considerable de sangre contra Advari. Le empapó el costado izquierdo, cabello, mejilla y hombro mojados del líquido que dentro del cuerpo había seguido caliente. Estando bajo él, la espesura no tardó en alcanzarlo también, cayendo en gruesas gotas sobre su rostro. Se le impregnó en las pestañas, le alcanzó la boca, vistosa en las fauces del animal pero desagradable si era él mismo quien tenía que saborearla.

Ni siquiera podía aprovecharse de cegarlo con el líquido, pues no se lo había conseguido lanzar a los ojos. Alzó la vista a él con temor, verdaderamente acorralado ahora; y la mirada en sus ojos de la bestia le helaba hasta los huesos, afilada, dorada y rasgada como cualquier pupila felina. Las lagrimas que le cristalizaban la mirada comenzaron a caer sin que lo notase siquiera.
Pelleas
Pelleas
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Sorcerer | War Priest

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Mensaje por Invitado Dom Ene 24, 2016 1:28 am

¿No? ¿No? quería reír ante los débiles intentos de defenderse. Era más que evidencia suficiente de que en el fondo deseaba ser dominado, no podía siquiera reunir fuerzas para empujar con seriedad, las manos débiles, las piernas temblorosas y la húmeda entrepierna, el miembro erguido y dispuesto. Esas negativas eran intento de mantener un poco de su orgullo, se negaba a si mismo el placer del sometimiento.

- Con un subhumano, si. Y voy a cogerte como si fueras una hembra, voy a follarte a cuatro patas contra el piso y vas a chillar, gemir y lloriquear mientras lo hago. Voy a dejar tu culo todo abierto y húmedo, todo deseoso por tener algo a la mano con la cual quitarse las ansias de sentirte de nuevo lleno y estirado- Amenazó con el mismo ronroneo. Los ojos dorados repasaban la figura deliciosa bajo suyo, el trasero redondeado, las piernas marcadas con cicatrices que solo le hacían más delicioso, quería morder y dejar sus propias marcas, pasar las garras y verle sangrar mientras se hundía entre sus piernas y le hacía llorar y gritar de dolor. Empujó su entrepierna contra ese trasero respingón, frotándose entre las nalgas tensas y disfrutando con el modo en que se retorcía y luchaba con un poco más de ahínco.

Finalmente, quedó con solo dos piezas de oro en sus manos y el corderito todavía temblando bajo suyo, actuando como una doncella virginal (no que Advari hubiera visto muchas de esas en la arena o las jaulas) y al parecer negándose a ser follado en cuatro. ¿Qué tenía de malo la postura? era práctica, fácil de maniobrar y si le daba por cambiar en medio momento el crio no sufriría un susto de muerte. Gruñó descontento pero hundió el rostro contra el cuello de nuevo, dejando un sendero de mordiscos y lametones desde la clavícula hasta la oreja.  Sus manos se aferraron a sus caderas para que no pudiera huir más lejos, si quería rasguñarle o golpearle por él perfecto, la sola idea bastaba para mandar sangre hacia el sur, su erección tensa contra su vientre no era impedida por la tela vieja que le cubría.

Todo el aroma de Pelleas era de presa, olía aterrado, excitación leve, pero tanto y tanto miedo. Y se retorcía tan hermosamente. La piel tensa, el sudor humedeciendo lo que la sangre no había manchado ya, el cabello húmedo en una mezcla de sangre y sudor. Quería comérselo entero, quería romperle la ropa y abrirle de piernas. - Delicioso… eres una delicia- Notó que movía las manos buscando con que defenderse, era casi adorable. La cantidad de sangre que contenía el cuerpo humano era siempre sorprendente, la calidez que empapó su cuerpo recorrió su vientre y sus brazos desnudos, manchando aun más la tela que caía por sus caderas y entrepierna. No se molestó en quitársela, bastará con hacerla a un lado.

- Hummm bueno, si estas con tanta prisa~ - se burló tomando con la palma de la mano algo del líquido carmesí que manchaba su pecho y jugando con él entre los dedos. La posición iba a tener que cambiar, le gustara o no le gustara al chiquillo. Tomó una de sus piernas y arrancó el pantalón más abajo, tirando hasta que la tela blanca quedó por encima de sus botas, ese tipo de ropa que usaban los beorcs era muy molesto, difícil de quitar, pero con las telas limitando sus piernas difícilmente podría patearle. Las piernas desnudas y el pene aun erecto entre esas piernas eran una visión invitadora. El interior de los muslos se veía suave, no resistió a pasar las manos entre ellos y acariciarle toscamente de arriba a abajo - Eres libre de rogar y chillar todo lo que quieras. Por favor no te contengas, me la pone dura solo de escuchar esa voz engreída tuya quejarse y gimotear- y porque sabía que iba a empezar a gritar en cuanto volviera a ponerle en cuatro, hizo precisamente eso.

- Me gusta más este ángulo tuyo, puedo ver tu agujero todo tenso y ansioso- los dedos húmedos con sangre volvieron a acariciar las nalgas tersas pero en esa ocasión no perdió ni un instante antes de meter el primer dedo hasta el nudillo, ignoró la resistencia del anillo de músculos y lo venció con la humedad abundante que le brindaba la sangre del soldado caído.

- Muy apretado, tendré que tomarme el tiempo jugando con este agujerito tuyo- sacó el primer dedo e introdujo el segundo, contradiciendo lo que estaba diciendo. No pensaba tardar demasiado antes de montar al humano, la tensión contra sus dedos era suficiente para tenerlo con una incómoda urgencia en la entrepierna, se sentía caliente, húmedo y pesado, pero al menos abriría un poco más al chiquillo antes de ponerlo en su lugar. Sacó los dedos y los humedeció en el charco de sangre antes de devolverlos al agujerito tenso, era bastante difícil continuar haciendo aquello. - Quédate quieto muchacho-Gruñó de disgusto y se inclinó por encima del chiquillo para morder la parte de atrás de su cuello, los dientes aferrando la carne sin dejar de jugar con sus dedos, ahora tres, en su interior. Pronto estaba lo bastante listo, tanto como podría estar con sus prisas y ansias. El rabo largo golpeaba sus costados y se negó a tomarse más tiempo con eso. Retiró sus dedos y sujetó las caderas del humano con un brazo para tenerlo en su lugar mientras apartaba la tela que escasamente cubría su entrepierna. Un poco más de sangre fue el lubricante que utilizó para acariciar su erección, esparciendo la humedad a lo largo de la carne inflamada y dura, tiñendo la piel de carmín. No sabría que tanto le lastimaba, pero no importaba. Sin soltar su cuello e ignorando sus luchas aferró las caderas del chiquillo y le obligó a alzar el trasero, empujando contra ese agujerito apenas preparado. Estaba muy estrecho y había mucha resistencia pese a la cantidad de sangre entre ellos.
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Mensaje por Pelleas Miér Ene 27, 2016 3:12 am

La voz y el ronroneo que vibraba en el pecho del animal no le permitían dejar de temblar. No tenía forma de eludir las vulgares promesas de lo que pensaba hacer con él, enunciadas con tanta claridad y tan cerca de su oído que no podía ahogarlas bajo el distante ruido del puerto en caos, menos bloquearlas a voluntad. Oír tales cosas pronunciadas en voz alta era demasiado para alguien con su pudor, alguien tan tímido en carácter que jamás se había empujado siquiera a admitir un enamoramiento juvenil; los había tenido, como cualquier muchacho, pero apenas y podía a hablarle a alguien que no le hablase primero, impensable expresar una intención suya sin diez disculpas detrás. Y allí estaba el león, ronronéandole con descaro palabras que no habría ni imaginado que alguien dijese. No quería estar consciente, su cuerpo no supo lidiar con el calor que le ardía en el rostro y sólo llevó más lágrimas a sus ojos, entorpeciendo su aliento de a cortos respingos. Tragó pesadamente, el cuello tenso bajo la áspera lengua felina que recogía el cargado sabor a sangre ajena y a su piel, asegurándose de guardarse su voz. Llorar sin hacer un sólo ruido, mordiéndose el labio hasta dejar de sentirlo, tan fuerte que acabaría hinchado después. Porque sabía que cada palabra era cierta, ya no había forma de huir de ello, pero no, no iba a chillar frente al subhumano. - C-Cállate, sólo cállate, me... me asqueas, me enervas, me... -

Había un febril y desatinado escalofrío cada vez que sentía sus colmillos en lugar de su lengua, una expectativa de dolor que se asemejaba en demasía al éxtasis y le dejaba la piel erizada, irracionalmente deseando ser mordido hasta morir. Y era que el recuerdo del león comiendo de un cuerpo vivo no dejaba su mente, probablemente el mismo que mantenía el traicionero, confuso, mortificante calor en su entrepierna. Había tanta sangre entre ellos, sobre él y hasta en su rostro, pero ni un poco había salido de su propio cuerpo. El subhumano ni siquiera razgaba la piel en las mordidas casi que de jugueteo.

Y sin embargo esparcía en el espiritista una delatora cantidad de manchas rojas, el arrastre de sus dedos firmes y bruscos, dejando marca en los lugares en que lo tocaba: ni una sola impresión de sus manos en la parte superior de su cuerpo, pero una infinidad de agarres y arrastres en su cadera, su trasero, sus piernas y todo el camino entre estas. Pruebas de su ansiedad, de la case de apareamiento que pretendía. Con el pantalón fuera del camino le recorría el interior de los muslos, uno de los sitios donde carecía de cicatrices que tornaran irregular la piel, dejando nuevos caminos rojos que no terminaban de llegar a su intimidad. La piel se erizó a su paso antes de tensarse, el mago forcejeando por cerrar las piernas contra el tacto invasivo, que prontamente cambió de intención y le regresó boca abajo. Su pulso se disparó con tal fuerza que lo sentía golpetear en el pecho, sorprendente que no fuese audible. Esta vez supo contener el golpe apoyando una mano en el suelo, entre el charco de carmín, aunque la sangre en su cabello y su rostro ya se secaba de todos modos, pegando cerrados los párpados de uno de sus ojos al haberse adherido a las pestañas, sin que las lágrimas la quitaran del todo.

Apenas un momento para arrastrar las manos en el suelo húmedo e intentar moverse. Advari le tomó, algo rígido se forzó dentro de él y aunque se tratase tan sólo de un dedo, tensarse a su alrededor le hizo sentirlo como algo grueso y enorme. - N-No, ¡no! ¡Nh...! - Jadeó, había estado tan decidido a no usar su voz, no permitirle al subhumano la satisfacción, pero no podía evitarlo. Cumplía su amenaza. La humedad probablemente ayudase, pero la sensación de algo entrando aún ardía, demasiado en un espacio en que parecía imposible que pretendiese entrar. Sus dedos le estiraban, aumentaban el ardor. No era una hembra, por más que el león deseara verlo como tal, sentía el grosor de él rozar tras sus muslos y sabía que no podía recibirlo dentro. - Duele, para, detente-- a-ahn-- -

Sintió el pesado aliento del animal tras él apenas un momento antes de que le aferrara, presionando casi todo su cuerpo contra su espalda. Finalmente la mordida, el certero hundir de sus dientes en la carne, todos ellos afilados, inamovibles. Contra su buen juicio, fue la mordida la que le hizo ahogar un gemido en su garganta; una marcada palpitación en su miembro erecto, un poco de espesa excitación goteando desde la punta. Era la forma en que los animales sujetaban a sus compañeros de apareamiento, lo sabía, pero dolía y le hacía pensar fantasiosamente en ser desgarrado por sus dientes. Sus rodillas perdieron fuerza y fue tan sólo el brazo del león lo que le sujetó en la posición entonces, atrayéndole sobre la cálida y húmeda erección del laguz. Se avivó la mezcla de excitación, humillación, terror, rechazo y dolor que le inundaba. Su resistencia ante el agarre fue frágil, no conseguía moverse de una forma en que no adentrase en sí al león y sentir la punta del miembro ajeno abrirse paso en la estrechez le abrumaba de repudio; era un subhumano, un subhumano estaba intimando con él así fuese a fuerza, aquel era el pensamiento que le torturaba por sobre todas las cosas, derrumbándolo.

Pese a que su errático movimiento tan sólo conseguía adentrar a quien le montaba, no podía optar por parar. El pánico no lo permitía. Jadeando por el dolor, el ardor y la agitación, continuó en sus imprecisos intentos, arrastrando la piel del cuello contra la dentadura afilada y sintiendo enseguida un brote leve pero constante de sangre fresca, caliente, goteando a su clavícula y perdiéndose dentro de la túnica. No facilitaba las cosas con cada músculo del cuerpo tenso, apretando contra aquello que le invadía dolorosamente y volviendo más notorio a su percepción cada mínimo roce.
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