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Mareas turgentes, futuro desasosiego [Priv. Eliwood]

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Mensaje por Invitado el Sáb Dic 05, 2015 7:39 pm

El reloj de la capilla retumbaba con un poder inimaginable y expandía su alevosía a las puertas del imponente y frívolo castillo. Darían la media mañana cuando el joven se alzó en sus piernas, y comenzó una odiosa labor de engarzarse alhajas refulgentes y resarcirse en dulces néctares de un olor vacío. Todo era fachada para el pueblo ese día, pues aquel acontecimiento merecía un recuerdo en las mentes de cualquier ser, por muy pobre o insignificante que luciese. ¿Cuántos días había contado, desdeñando la posibilidad de que el tiempo se prolongase, tumbado en sus aposentos deplorables?  Y por un motivo que despertaría la gran avidez y codicia del más noble, si se permite acotar.

Se giró sobre sus músculos y contempló cómo en la entrada se empecinaba una sirvienta lúgubre y espantada, a ofrecer sus servicios con un peine y un poco de agua destilada. Cortés, el pelirrojo asintió y sonrió envanecido, ocultando el nerviosismo fausto y veloz que comenzaba a desdibujarse en las terminaciones níveas de su rostro. Una pesada corona que llevar era un precio alto para pagar, y no era para ser tomado como un estúpido juego de infantes en las tardes después de sus colegiaturas.

Acomodó el sitial y cerró los ojos, absorbiendo en sus oídos el palpitar absurdo que emitía el paseo de los plutócratas y los improperios magníficos de los campesinos, al ralear en su timidez frente a la fortaleza de mármol impenetrable. El artefacto se deslizaba suavemente sobre sus sedosos cabellos, y los organizaba indistintamente en mechones formales y curiosos, resultando en patrones recalcitrantes, pero soberanos a la vista.

¿No serían demasiado tales preparativos? Después de todo, sólo emprendía el rumbo una nueva época en la dinastía de los duques, instalados inmaculadamente para reinar en esa superficie. Sin embargo, no le molestaba ser atendido grácilmente y recitar enceguecido su flamante condición social, fundida en oro y costumbres celestiales.

Afuera ya se animaba una fiesta inexistente, y sin anfitrión, dando una señal inequívoca al foco de la locura para apresurar la marcha hacia el trono argénteo. Las damas, enfebrecidas en terminar su labor, aminoraron su calidad y dieron paso al sastre para que pudiese hacer los ajustes finales en el portentoso y fino traje que ostentaba el arquero. Volvió a sepultar sus ocelos en las tinieblas, e irguió su mentón para facilitar la faena del sintetizador de textiles. Ya se hacía una tarea titánica enjaular su deseo infinito de petulancia.

Agotados los medios de falsear las apariencias, salió con un destello tronador entre los pies, y encandiló al incauto que se le cruzase. Pese a su orgullo innato, jamás se había imaginado crepitando en el fuego de la aristocracia, seno traidor y halagador por excelencia. Se hacinó automáticamente ante el umbral estentóreo, y se previno a traspasarlo. Uno de los guardias a su lado, musitó las órdenes respectivas, y se abrieron de par en par las puertas.

- ¡Abran paso al señor y terrateniente póstumo de estas tierras!

Caminó lentamente, sin desviar su mirada del centro, y avanzó hasta encontrarse con el andamio de madera que allí se hallaba. Subió las escaleras, arrufando los característicos vítores de la multitud, y entonces, les otorgó su deliciosa perspectiva. Supo entonces que el mundo sería suyo a través del blasón.
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Mensaje por Eliwood el Miér Dic 09, 2015 12:40 am

Algo había de inusual en el acontecimiento, atado a la infortunada historia de tan recóndito lugar en el último tiempo. Un pequeño terreno cuyo señor había muerto en condiciones que Eliwood desconocía, indefenso y casi que abandonado a su destino por los meses de incertidumbre que siguieron; había sido en ese entonces que el marqués se enteró de su existencia siquiera, comentada por un sabio contacto en Etruria. Había sentido lástima por el sitio, mas no venía sino acompañada de la misma certeza muda que se había guardado respecto a los demás marquesados de Lycia, en el tiempo en que habían comenzado a desaparecer. Ya no era novedad, no cesaría de ser causa de tristeza, pero ciertamente no era extraño saber de reinos pequeños, poblados, islas, hasta imperios que dejaban de existir. La caída de los reinos continuaba y Jugdral se había visto gravemente afectado ya, dejando como escasa sorpresa el resto del proceso.

Ya casi había olvidado el caso cuando se le comentó la nueva noticia, algo más que extraño en la sombría época que su mundo sufría: el pequeño territorio contaba aún con un soberano, aparecido de una inesperada herencia o de una especie de resolución legal. La muerte del noble anterior otrora significaba la pérdida de la identidad del lugar, la carencia de quien se preocupase por protegerlo e inevitablemente la muerte, no obstante, el título de propiedad aparentemente había recaído con justicia en nuevas manos, aún si no eran las de un descendiente del noble anterior. El lugar sobrevivía. Era una historia de esperanza poco vista.

Y la presenciaría con sus propios ojos. Allí, en la modesta plaza recubierta aún de la escarcha matutina, que ya sospechaba que simplemente no se desvanecía jamás en Jugdral. Fácilmente diría que todo el pueblo estaba allí, pero no podría asegurar que eso significase una enorme concurrencia, dejando a clara vista el andamio elevado que aguardaba la presencia del nuevo titular. Pretendía conocer al terrateniente, de quien absolutamente nada sabía sino que no era de nacimiento noble; había mucho que querría saber y mucho que querría discutir con tan curiosa figura. El momento en que tomaba su cargo era el mejor momento para aproximarse y convendría, como siempre convenía tener variados contactos en cada esquina del mundo, además de ser algo que simplemente deseaba hacer. Estaba siendo iluso, quizás, pero apreciaba el cambio. Al punto en que no estaría descontento si no obtenía mucho de aquel viaje, sino la experiencia y el saberse testigo de algo grato. No se apresuraba, pues, a ir en búsqueda del hombre o interrumpir el itinerario que sin dudas debía de tener pautado, contentándose con tomar sitio él también en la plaza. Sin ir flanqueado por caballeros ni rodeado de guardias, era tan sólo él, erguido sobre un caballo blanco de fina montura y estandartes colgantes; no se daba oportunidad de perderse entre la gente, que miraba de tanto en tanto al corsel y al marqués, a su largo traje azul de ostentosas terminaciones doradas, o el sable enfundado en su cinto, o la imagen en general de un hombre noble hasta el más mínimo detalle.

No llegó a bajar de su caballo antes de que las puertas del palacio se abriesen, mas al fin y al cabo le daba un puesto privilegiado desde el cual ver, sin perder detalle del muchacho que salía, tan dura su mirada y tan recto su andar, pero tan joven él, tan reducido entre sus propios guardias. Parpadeó en desconcierto y apoyó las manos al borde de su montura, sujetando flojas las riendas mientras le observaba subir a su lugar. Lucía apto, no había corona a tan poca escala ni aún llevaba una condecoración similar, como la banda dorada que brillaba apenas entre el cabello de Eliwood, pero vestía como un varón de sociedad y pasaba de maravilla por un noble más. Supuso que no era tan joven como para juzgarle negativamente, no más de lo que había sido él en el momento de reclamar su cargo bajo similares condiciones, la súbita pérdida del marqués regente y la necesidad de una figura que mantuviese la identidad y unificación del territorio. Aún así, se le antojaba demasiado frágil para el lugar que ocupaba, aún si fuese sólo por lo menudo que parecía sobre el resto de los presentes.

Permaneció en su sitio, buscando por instinto atrapar la mirada del muchacho. Sus ojos coincidieron y ofreció una leve sonrisa reaseguradora, antes de poner en movimiento su montura, apartándose un poco más, a paso medido y tranquilo. La gente se juntaba en el centro de la plaza y el marqués no se sentía en derecho de tomar un lugar en una celebración que les correspondía a ellos; como observador, se situaba mejor al margen, desde donde volvió a centrar su atención en el muchacho de cabello de un rojo apagado, preguntándose si oiría ya su voz o si tan sólo se le presentaba para el alivio de la población. Como fuese, a su tiempo le buscaría, cuando aquello pasara. Simplemente debía asegurarse de no perderlo.


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Mensaje por Invitado el Vie Dic 11, 2015 11:30 pm

Una vez se hubo provisto de fuerza y seguridad, realizó las reverencias de rigor ante el vertiginoso tumulto, cuyas facetas hirvientes de fervor ansiaban el momento más álgido de la ceremonia. Le resultaba gracioso que conciudadanos tan cultos e informados, creyesen erradamente que un traspaso de dádivas sería tan patético como para durar escasos minutos. ¿Eso quería decir que no se quedarían para un eventual banquete?

Inquieto por las noticias reservadas al alero de las inferencias, no quiso ocultar su indiferencia por la finura o las costumbres frívolas de la clase alta. Flanqueó el andamio con astucia y observó los míticos y misteriosos semblantes de los crípticos nobles que arengaban la neutralidad desde sus puestos. Aquellos pensamientos eran imposibles de interpretar. Sin embargo, detrás de cada telón de supuesta aprensión, casi hipocresía rudimentaria, se escondían motivos mucho más poderosos que una simple festividad y coronación. Algunos, probablemente, escaqueaban el inefable terreno pisado por la próxima hegemonía de la comarca para poder enarbolar el estandarte de traición y arrebatar los lujos a quien los heredó.

Curado de todo espanto, ya no remediaba en inútiles inmolaciones por evitar esas marañas de luces entre la oscuridad. Quienes quisieran lanzar sus propias saetas, que lo hiciesen; pero que recordasen que al hacerlo, declaraban la guerra a alguien que las manejaba muy bien, tanto en lo literal como en lo figurado. El comendero, ataviado con seda sutil y luciendo el charol abrillantado, rasgó la entrada ayudado por el filo de sus zapatos. Apenas hubo penetrado y encantado los corazones adormecidos de los aristócratas, fue a estrechar enérgicamente la mano del pálido arquero. La situación indicaba que la formalidad arribaría al puerto demarcado.

Pese a que se mantuvo férreo a ceñirse a lo común en esos escenarios, barajaba la tensión en altibajos desproporcionales. A veces sentía que se desvanecería, y otras aminoraba la sensación del temor abismal. Sin embargo, un doncel llamó su atención entre tantas caras inhóspitas y secas; había una especial, inescrutable, casi soporífera, que parecía enceguecido también por conectar sus perspectivas. ¿Otro acto del destino? Porque para él, las coincidencias sólo eran ventanas equipadas escrupulosamente que apuntaban a una regencia mayor. La triple entente del telar.

Gracias al ablandamiento de los ademanes del elegante jinete, recobró el sentido del asunto. Y junto a la existencia superflua, rebobinó el aliento que le raleaba en la boca, rezagada y veleidosa. Enseguida, aclaró su garganta, y los cubrió a todos con su cuerpo, delicado como los pétalos de una rosa.

- ¡Atención, Anton de Grannvale, leal a Nohr, recibe hoy su nueva casta! – exclamó el hombre encargado, guiando la concentración de los pocos distraídos que morigeraban sus ánimos en la distancia, hacia la corpulenta figura del arquero – Por incomparecencia del anterior líder del ducado, seré yo, su hombre de mayor confianza y confidencia, quien haga el correcto traspaso de la sagrada diadema, óbice de deseo y furia. Prepararos, ciudadanos, para recibir de los cielos al su novel soberano.

Tras maniobrar dichas elucubraciones vocales, se giró completamente e hizo un gesto indescifrable con sus manos, como llamando a alguien que sólo él podía ver. Por un acto de realismo mágico, aparecieron dos pulcros criados que detentaban la lujosa y refulgente corona, majestuosa en su cojín abombado. Hastiado de la lentitud e incompetencia de esos lacayos, les quitó el objeto de los brazos y con sumo cuidado, lo depositó en la afiebrada cabellera del bienhadado. Se alejó un par de centímetros y esbozó una sonrisa tremenda y tronadora.

- ¡Helo aquí, oficialmente, al duque Anton de Vedenie, tierra próspera entre las joyas de Silesse!

“Lo logramos”, repitió como en tantas otras ocasiones, vanagloriando lúgubremente sus marchitas artimañas. “Ya sólo queda hacer de mi ducado, el más influyente y magnífico de todo el mundo”, alentó más alegre que nunca, bajando suntuosamente los escalafones que lo avecindaban entre sus pares, para así saludar y difundir sus ideas para la provincia.
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Mensaje por Eliwood el Jue Dic 17, 2015 1:56 am

Cada vez eran más tempranas las pérdidas y cada vez más prematuras, por ende, las coronaciones. La edad de 30 antaño habría resultado sospechosamente tardía para asumir cargos, la de 20 perfecta, la de 17 aceptable. Aquellos días 30 era una expectativa basatante ambiciosa para seguir con vida, 20 era un sobrado alivio para una sucesión, 16 era lo usual y 13 ó 14, una lamentable pero aceptada realidad. Sobre aquel podio no veía a un niño, no presenciaba una penosa realidad; había oído que ya pasaba los 18 y a su parecer apenas lo aparentaba, pero lo creía. Cuando veía al muchacho, no era lo temprano del asunto lo que tanta agitación le causaba. Era la encubierta impresión de fragilidad, los pequeños intervalos en los gestos, los alientos pausados, la palidez bajo las finas telas. No parecía demasiado pequeño para lo que sucedía a su alrededor, pero le evocaba de igual modo cierta misericordia, quizás una que dirigía a cualquier cuello que adoptase soportar el peso de una condecoración.

Anton de Grannvale, leal a Nohr. Realmente parecía tan imprevisto el título que había caído en sus manos, en lugar de las de un heredero de Silesse. No cabía duda de que era una justa sucesión, pero no lograba imaginar los desconocidos detalles del litigio por el que, según oía, lo había obtenido. Le convendría mantenerse aquello en mente. Estaban casi tan lejos como podía uno estar del reino de Nohr y no podría adivinar aún en donde recaería el verdadero interés del nuevo duque.

Comenzó a rodear con lentitud la plaza, sin descender de su privilegiado puesto sino hasta presenciar, perdiéndose entre costados de la multitud, el momento de la coronación. El oro sentaba agradablemente sobre su pálida complexión y lo cargaba con dignidad, después de todo. Con curioso alivio pudo apartar la vista, apeándose del caballo para proceder con mayor agilidad, mezclarse, aproximarse al lugar que pretendía. Escuchó el resto del anuncio sin verlo, a sabiendas de lo que seguiría: en noble bajaría entre los suyos y sus pares, en una mezcla de buena voluntad e interés, se acercarían a ofrecer consejo, tratados y toda clase de compromisos, mientras que sus súbditos le alabarían a una leve distancia. No era sólo idea suya, después de todo, que aquel era el mejor momento para aproximarse al trono de Vedenie, para bien o para mal.

Era precisamente el momento de robarlo. Por un instante Eliwood desapareció de vista, mas al descender el joven pelirrojo entre el gentío, fue su sonrisa la primera que le recibió como si de casualidad se tratase, su camino el primero en cruzarse, su mano la primera que hábilmente atrapó la ajena y sus labios los primeros que rozaron el dorso, cerca del anillo en que seguramente yacía gravado ya el emblema del territorio. Al enderezarse de la pequeña inclinación, su vista agachada a la altura del joven conde, soltó con el mismo cuidado que al tomarle; sus guantes blancos mediaron siempre en el tacto. Casual en sus gestos, el marqués le escudaba adrede al acapararle, dejando a su espalda al siguiente oportunista que traía ya sus propuestas en papel y su practicada sonrisa en el rostro.

- Es un agrado conocerle finalmente, duque. Mi nombre es Eliwood, marqués de Pherae, y me presento enviado a su servicio. - Aunque su voz no se alzaba más de lo necesario, pareja y tranquila, presentía la atención de oídos interesados, a su vez que el desconcierto y desagrado que ocasionaba. No se permitió perturbar, sosteniendo la mirada del menor y haciendo caso omiso a lo demás. La diplomacia era la más compleja combinación de juego y batalla, y la única en que tan expertamente sabía combatir: entre más audaz y más preciso fuese en elegir sus palabras en ese punto, mejor protegería aquella joven corona. - Soy su asesor en el establecimiento de su herencia, tanto sobre usted como sobre su estirpe. - Aseguró con suma confianza, girando apenas su cuerpo para abrir paso, con un gesto de su mano, al duque entre quienes le aguardaban. Se servía de sus mejores ademanes, mas no pretendía dejar su lado, sino guiarle fuera de la conmoción. - ¿Puedo pedir un momento en su compañía? ¿A solas, quizás? -


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Mensaje por Invitado el Dom Ene 03, 2016 4:29 pm

Sus pasos lucían acallados y trémulos, arrullando con finos contactos la rugosidad natural del frío suelo. Estaba bien informado de lo que proseguía formalmente a la ceremonia de coronación, y para él esta era la parte más idílica de toda la diplomacia terrateniente; los acuerdos infinitos, provenientes de lo más ahogado y codicioso de la voluntad del ser humano. Podría esperarse, ciertamente, que alguien con una mente tan aguda y afilada como el nuevo duque, evadiese irremediablemente situaciones tan peligrosas y menoscabadas. Sin embargo, se incurriría en un error extremadamente incierto e impúdico.

Más verosímil es legar la astucia e inventar cualquier tipo de excusa o parapeto para resultar vencedor de los engaños planteados. ¿Y quién se sentía preciado para contradecir la potestad y el placer de una buena discusión entre instruidos? Después de todo, la guerra, fuese física o verbal, constituía una imagen tan intrínseca y tornasolada de la historia, que requeriría la inmolación de años de turbulenta acción del destino para desterrarla de su renombre en el pasado.

Saludó encarecidamente a cada uno de los que asaltaban su encuentro, y dedicaba fugaces y penetrantes miradas a los agentes tenebrosos que esperaban su turno en la tenacidad de las sombras. Las huestes de primorosa y rescatable educación parecían hambrientas de ser el cénit de la atención del enjaezado mozo. Indebido sería negarse a la deleitable acritud que delegaban los ansiosos besos en las manos y los relámpagos manifestados entre felicitaciones.

Desacostumbradamente, interrumpió su alegórica caminata un sensato y prudente caballero, cuyas manoplas sedosas irradiaban galernas de calor y suavidad a sus terminaciones nerviosas. Algo en él le resultó magníficamente inquietante, acrecentándose dicha sensación al oír la varonil y paternal voz que fortalecía su aparente fragilidad. Al atisbar el crepúsculo en las desviaciones de sus ojos, asintió ante las conciliadoras afirmaciones que discurrían de su boca, y contuvo la premonición de que forjarían una valiosa alianza, si conseguía serle lícito.

- Por supuesto que le otorgaré una reunión privada, pero con una condición – replicó bonacible, espantando con sus manos la irracional presencia de otros entes que se acercaban como parásitos a persuadir su tesón, acompasado por la supuesta dulzura en sus órdenes – Dígame su nombre, estentóreo hidalgo, pues me es bastante desatinado serle ligado sin antes ser objeto de una delicada presentación – razonó con sencillez y experiencia, como si estuviese tomando el papel del protector más sagrado de alguna autoridad execrada desde el firmamento.

Realizó un etéreo ademán con la cabeza, dirigiéndolo invisiblemente a los lares internos y más íntimos del castillo, para así consumar empíricamente su deseo de congregarse a conversar. Emprendió su desarraigada y errante excursión hacia su buhardilla de trabajo, siendo escoltado férreamente por un escuadrón minúsculo de los más profesionales y fuertes guardias de la provincia, y finalmente tomó asiento frente al escritorio de madera que adornaba su entumecida guarida. Aguardó por unos momentos que los soldados abandonasen la vigilia, y encargó su concentración al hallazgo de su invitado. Lo escrutó por un corto lapso, para así pararse luego y darle la espalda, dejando de manifiesto un sentimiento ineludible de melancolía, rezagado a los confines del horizonte tras la mancillada ventana tras el mueble.

- Dicte usted lo que anhele, y sea libre de irse – musitó aciago, apagado por un despertar de desconfianza y malas intenciones, previniéndose antes de resultar herido – O al menos sea alígero, y demuéstreme que no es como ellos – continuó mientras saboreaba en su tétrica morada de planes y escondrijos, el llanto inequívoco de los montes recelosos en la lejanía – Sea cual sea el caso, soy entonces, señor, todo suyo. Mis oídos le son prestos al objetivo que usted represente en nuestra improvisada junta.
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Mensaje por Eliwood el Lun Ene 04, 2016 11:15 pm

El primer encuentro era el más decisivo, la primera mirada la más crítica; dada ya desde la distancia entre un galardonado y un espectador, al tenerse frente a frente quedaba entre ellos la estratégica importancia de las primera palabras que intercambiaban. Aunque hiciese gala de sus mejores ademanes para convencerlo y llevárselo, el hecho era que le presentaba una elección: él o cualquiera de los demás interesados en la plaza, que no eran escasos y, si lo consideraba con toda franqueza, no muy distintos a su propia persona. Puso cuanto podía a su favor y quedó a merced del pequeño duque para el resto. Una mirada inscrutable a los ojos, un par de firmes palabras y el muchacho accedía, apartando al resto de los solicitantes. La mirada del marqués se mantenía transparente y honesta, como siempre había sido, mas se le dificultaba percibir en el semblante del joven de Grannvale aquello que había marcado su decisión.

Irrelevante, de todos modos. Las primeras palabras resultaban en éxito y la decisión estaba tomada. Aliviado, sonrió ampliamente y posó sus enguantados dedos sobre su pecho al presentarse en detalle. - Provengo de Elibe, duque, como uno de los señores de la Liga de Lycia. Marqués Eliwood de la casa Pherae. Es un largo camino el que he recorrido hasta usted; le agradezco profundamente recibirme. -

Y tras cumplir fue tan sólo él, después de todo, quien dejó la congregación junto al nuevo duque, siguiendo a su espalda con la formación de sus guardianes. Él también, como uno más, pasó la vista por los presentes con cautela, remitiendo a memoria cuanto rostro le pareciese conveniente recordar. Con sus manos en su espalda y un caminar tranquilo y erguido, acumuló sin notarlo una fina capa de escarcha sobre sus hombros, su capa y hasta su cabello al ser guiado junto al crujir de numerosas botas. Al aproximarse a lo que sería el nuevo y quizás permanente hospedaje del menor, se preguntó si era para él un hogar, un regreso a alguna familiaridad perdida o desventurada, o acaso una residencia absolutamente nueva, desconocida e impersonal. Ciertamente parecía poseer su entorno, aunque podía tratarse sólo de la impresión de un seguro andar. Alcanzó tras él lo que debía ser su estudio y se detuvo a prudente distancia del otro lado del escritorio. Para su sorpresa, el muchacho prescindió de la presencia de los guardias, dejando tras la puerta cerrada tan sólo a ambos nobles.

Eliwood sostuvo la mirada del menor hasta que este la apartó, dirigiéndose a la ventana. Encajaba tan bien en su ropa bordada y su amplio entorno, y sin embargo parecía todo menos alegre de ello. Defensivo, más que cualquier otra cosa. El marqués sintió la necesidad de apoyar una mano en su espalda, aguardar a entender cuanto pesaba exactamente la corona sobre sus juveniles hombros, mas no era ese el modo. Ante la desconfianza, paciencia y honestidad, aunque sus francas y directas palabras le tomasen verdaderamente por sorpresa.

- ¿Ser como ellos? Entonces usted... ya sabe la clase de ambiente que se genera en torno a nueva nobleza. - Pronunció con cuidado, culpable como si él mismo fuese el causante, aunque nada tenía que ver. El sólo conocer aquel reverso de la alta sociedad era causa suficiente de verguenza. - Lo lamento, lord Anton, por cuales fueran las condiciones en que llegase a entrever tan pronto la naturaleza de todo esto... pero he sido honesto. He oído de su historia desde hace un buen tiempo y no pretendo más que ver que sea usted quien tome y conserve este territorio, en lugar de otro duque del continente, o peor aún, repartido entre los circundantes, como suelen intentar. Ya debe de saber usted que este lugar ha estado al borde de la desaparición por cierto tiempo, hasta que ha aparecido casi milagrosamente como heredero. Vedenie le tiene a usted ahora y quisiera ayudarle a mantenerlo así. -

Con el frío que se colaba dentro, el lugar no terminaba de hacérsele acogedor, aunque suponía que Anton podría llegar a hacer de ello un hogar, transcurrido suficiente tiempo. Faltaba un fuego crepitante y vivo, faltaban recuerdos y adornos de años atrás en las paredes. Faltaba luz sobre la aciaga imagen del agraciado menor en la ventana. Todo se sentía aún tan distante. Eliwood no dudó en continuar llenando la habitación y sus silencios con su voz. Había una clase de asentada ingenuidad en sus modos, creyendo que pese a lo precedentes, con la claridad de su ademán podía llegar al joven duque, cuando lo cierto era que no daba particular motivo para hacerse creíble. - He lidiado con la disolución de varios gobiernos ya, así como la lucha que se desata por repartir sus tierras perdidas. Es algo a lo que, a mi desagrado, he tenido que acostumbrarme. Sostener los procesos y asegurarme de hacer del título del terrateniente algo intocable se han convertido en especialidades mías, e intento ver un reino caído menos, donde es posible. Es esto lo que le ofrezco. Aunque, por supuesto, bien puede ser que no necesite usted de nada de esto. - Sacudió la cabeza levemente, como excusándose. - En cuyo caso, pues... siempre he deseado visitar el último confín del nuevo mundo. Estos años me lo han dejado pendiente. - Culminó. Y sería juzgado, no lo dudaba, pero para un hombre con tan poco que esconder podía ser difícil imaginarse generando desconfianza. Permaneció en su lugar, manos tras su espalda, sin aproximarse si no presentía una abierta disposición de su acompañante.


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Mensaje por Invitado el Mar Ene 05, 2016 5:25 pm

Furtivamente, describió con ambos labios un silbido rebelde, intempestivo, gestado en la impaciencia que demostraba en su portar el pintado como tan inocente y vulnerable. Sin querer menospreciar, por supuesto,  la presencia ilustre de quien había viajado tantos días, quizás hasta semanas, para verificar que su sucesión hubiese sido exitosa, se paseó de una esquina a otra aumentando el ritmo del reciente vicio que adquiría junto a la diadema refulgiendo sobre su cabello. De modo estúpido había creído que sería un peso digno y fácil de conducir, siempre involucrado en lujos, fiestas de alta alcurnia y grandes campañas militares circundando todos los continentes; sin embargo, ahora se recaía en la miserable inexactitud que halló en la inconstancia de sus allegadas meditaciones. La providencia le estaba manifestando su desagrado con una amarga cadena de desafortunados sucesos, encomendados a remecer el elocuente devenir que rugía entre las paredes de su acinesia espiritual.

Diversos escalofríos y marismas de espanto, recorrían el vergel de los músculos del joven, esgrimiendo la mayoría de su culto al temor en darle las señales correctas para que fuese precavido en lo que diría. No convenía bajo ningún designio, tanto extemporáneo como anacrónico, delegar las astucias humanas a la furia de un instante. El áulico se preciaba de pertenecer a una especie de “Liga”, siendo él partícipe gracias a su soberanía sobre el territorio que el mismo denotaba como Pherae. Mentiría descaradamente, si en un cumplido cercano a la buena amistad y bonanza, él le fuese correspondiente empleando el recurso del conocimiento geográfico, pues aunque se consideraba a sí lo suficientemente educado, aún poseía hondas lagunas de ignorancias las cuales se encarecía a llenar en plenitud.

Cuando oía las selectas y morigeradas frases emanadas del marqués, se le asemejaba a la escena de un perfecto cántico que solían interpretar los juglares por la zona. ¿Cómo era sólito que una perpetuación nítida, vívida, le fuese a su vez homóloga a una crisis tan remota y aprisionada?

- Lo sé desde mucho antes, marqués, aunque usted me tome por un desconsiderado que sólo suelta disparates. En un tiempo no tan lejano al que ahora nos secunda el destino, yo viví en carne y hueso las dificultades de la vida de un aristócrata. Las emboscadas, las traiciones y la sangre derramada en calidad de separatista. Todo, absolutamente todo, me fue revelado a una edad que sería levantada como un lúgubre delirio al sufrir dichas calamidades. Al menos no ha sido en vano, pues como me ve, he sabido evadir las propuestas pantanosas de los aprovechados que se dicen mis amigos. E incluso he atravesado la delgada línea entre los dos ámbitos de esta clase, y fui testigo de los crímenes enrevesados maquinados en las sombras. Así que podemos decir que no soy del todo inexperto – narró inescrupuloso, sin darle una coyuntura favorable al cauto noble de medir sus emprendimientos y consolarle de la evidente veracidad de sus tratados – Es por ello, también, que me resulta difícil convencerme de que sólo ha venido para apoyarme. No se ofenda, Eliwood de Pherae, pero creo que le ha quedado claro que no soy de bajar la guardia tan fácilmente. Después de todo, usted para mí sigue siendo nada más que un extraño. Ahora bien… Quizás usted esté diciendo la verdad, y de su corazón irradia el deseo de mejorar, aunque sea en un mínimo porcentaje, el inminente desastre en el que se sume nuestro mundo. ¿Qué ganaría a cambio? ¿La satisfacción, solamente? – liberó de su empecinado humor, aunando hacia su fuero un tono endémico, nativo, completamente ajeno a los acaecimientos cerniéndose en el lugar – Además, ¿cómo es que puede usted ayudarme? Es complejo intentar atar tantos cabos sueltos a la vez, o tapar con un dedo el sol creyendo que jamás será visto. Sabemos que tarde o temprano se derrumbará el peñasco, y el estrépito podría terminar acabándonos. Siendo marqués, ¿no le han sido legados y facultados sus propios dominios para ser resguardados? Cuidado, no me malinterprete; mis palabras no son en contra de su ofrecimiento, si no a una hipotética saturación de deberes que, naturalmente, no le corresponden, y que involuntariamente, podrían ser su ruina – inquirió aciago, atisbando de soslayo la expresión que producirían sus raleadas y recatadas promesas, agrupadas en lo que se citaba como un aviso realizado en la transparencia aliada – Y no se preocupe. Luego de resolver nuestros asuntos, con sumo agrado seré yo mismo quien le guíe por los pintorescos lares de Vedenie. Eso delo por sentado – finalizó, como en un relámpago de luz entre lo lóbrego que susurraba su discurso, otorgándole por fin al hombre una conexión entre sus inspecciones y dejándole entrever un ápice de dolor y paz enfrentadas.
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Mensaje por Eliwood el Dom Ene 10, 2016 9:29 pm

Pese a cualquier dificultad que se presentase frente a él, curiosamente, se encontró a sí mismo sonriendo un poco. Ese era su entorno y aunque acababa de salir de complicadas y largas trataciones con otro reino lejano, encontraba disfrute en lo que hacía nuevamente. Quizás porque Anton no jugaba aquel juego de la forma en que él estaba acostumbrado a que se jugase; refrescante era oírlo saltarse el preámbulo y expresar la suma de su desconfianza y sus amargas experiencias anteriores, en lugar de disimularla como el protocolo otrora indicaría. Pero quería ayudarlo, quería el contacto en Jugdral y quería que fuese él, el inesperado salvador de un pequeño territorio, el nombrado en tan extraña historia, el muchacho de engañosamente frágil aspecto. Decir que su postura frente a negociar era implacable habría sido poco, pues así se mantenía pese a que el marqués de Pherae no pedía absolutamente nada de su parte. Pero no se negaba a relacionarse. No significaba que le creía y que cediera, pero era un avance y creía, inclusive con más ahínco entonces, que podía llegar a él.

Imitó el inquieto gesto del menor y se tomó la libertad de moverse de su lugar, dando algunos pasos dentro de la estancia y mirando con agrado por la ventana que el duque había escudriñado antes. Así que ese era el paisaje que por años vería, cada vez que se dejara sus tareas y se girase del escritorio. - Se decía de usted que no era de tales raíces, que no provenía exactamente de la nobleza. Tal parece que es una historia más compleja de lo que se ha sabido. No me gustaría subestimar sus capacidades, al desconocer su experiencia, así que... ¿le importaría que pregunte bajo qué circunstancias ha sucedido todo aquello? - Preguntó en la más dócil curiosidad, posando apenas sus dedos enguantados en el alféizar. Le sonreía con tranquilo y cordial interés, siguiendo sus movimientos con la mirada, incansable en su parejo humor. Fuese cual fuese la respuesta del duque, aquello no cambiaría, aunque la historia sí le interesaba.

- Tiene razón. No parece ser usted del tipo que baje la guardia con facilidad, y me alivia encontrar que así sea. Estará mejor resguardado. Por mi parte... estaré en Silesse, por tanto a disposición, no más de una semana. Gozo de una situación lo suficientemente estable como para permitirme esta soltura y la ocasional oportunidad de tomar viajes, sin embargo, cierto es que sería descuidado estar demasiado tiempo lejos. Una semana será suficiente. Por lo demás, no debe de preocuparse, aunque es agradecida su consideración. - Amplió su sonrisa, sacando a relucir cada fragmento de bondad que Anton le mostraba, tomándolos con facilidad por sobre sus dudas o sus más aciagos comentarios. Aunque no estaba en la naturaleza de Eliwood ser inflexible, pretendía persistir allí donde lo estimaba prudente. Ladeó la cabeza levemente, refulgiendo entre su cabello una cinta de oro similar a la nueva corona ajena; la condecoración de un noble de menor escalafón, mucho más simple que la de un rey o un príncipe. Con paciente gesto continuó. - Sea que me tome apenas como consultor, no tiene nada que perder. En mi caso, creo que con el éxito me bastaría; una relación amistosa con un reino lejano como este no sería mal recibida, pero no hay nada en particular que desee. Por más que tengamos todos un enemigo en común, seguimos tan aislados como hemos estado siempre. Cada uno a su cuenta, y tal opción sigue siendo la más segura para la mayoría. Aún así, siento la disolución de un reino o la pérdida de un territorio como una derrota, y me alegra cuando tal cosa puede ser evadida, sea cual sea el rincón del nuevo mundo en que suceda. -

Había dicho ya ser consciente de que el duque no bajaba la guardia con facilidad, pero no podía evitar pensar que sería bueno que lo hiciese. No para facilitarle las cosas, no para abrir una peligrosa vulnerabilidad, sino porque parecía que relajarse un poco le beneficiaría. El peso del oro, el lujo y el nombre comenzaba a hacerse notorio a sus ojos. Buscó su impenetrable mirada, y sosteniéndola extendió una mano al invitarle con suma calma a acercarse. La otra, la alzó a la perilla de la ventana doble. - ¿Puedo? - Preguntó, haciendo amago de girarla para abrir. - No tiene que decidir nada aprisa. Tiene todo el tiempo que guste, créame, hasta el último momento esperaré. Entre tanto, disfrutaré de este sitio; nunca he estado mucho tiempo en presencia de nieve, no la hay en Pherae, pero creo que me agrada. - De allí su deseo de abrir la ventana. Una nevada suave y en extremo ligera parecía estar cayendo, si entre tanto blanco no le engañaban sus ojos, y quería tocar los copos al caer.


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Mensaje por Invitado el Dom Ene 10, 2016 10:52 pm

El rudimentario espacio que escalonaban los pilares del despacho, erguidos tenuemente en una confrontación interminable, causaba una ligera incomodidad para el correcto y frenético golpetear de pies contra el alfombrado del lugar. En medio de aquella abyecta cantidad de recuerdos marchitos, deseó distraerse de sus bífidas licencias y empleó en ello sus esfuerzos venideros. Fuera de lo que acostumbraría a realizar para tales motivos, se hundió en los turbados pensamientos que habría tenido el arquitecto del palacio para figurar la pieza más importante, de un modo tan peculiar y rústico. Merecía un recibimiento más acorde la reciente adquisición del ducado, y estaba dispuesto a organizar tal orden apenas tuviese la oportunidad de socorrerse de su encuentro.

Lo peor era que no conseguía escabullirse de su camino a la clarividencia. Él mismo se había apretado tales zapatos, y se había obligado unilateralmente a portar con vehemencia una tragedia que a su vez ejercía una pérfida presión sobre las cargas ya encimadas en su espalda. Su insaciable hambre por detentar cada vez más poder, y agradarse a sí mismo a través de métodos que conforme transcurría el tiempo, se hacían menos entendibles para la mente racional, lo hacían acercarse irremediablemente a una muerte estrepitosa, similar a la que sufren los pecadores en las iglesias. Un dedo cubierto por la sotana de la misa de Naga, fiero en su pasión por augurar los crímenes que le correspondían a la omnisciencia de la figura suprema, eran suficiente cabildo para decidir la humillación pública, y ahora sentía exactamente el mismo castigo, tan intrascendente pero a la vez tan determinante en el futuro.

- Una semana… - susurró perdido en los desgarros de su paciencia, estrechada antaño por las insuficiencias de confianza que sufría en ocasiones, por manifestarse su lado más cuestionador a desterrar a la perfección de sus estrategias, característica robada de los sátrapas. Aquel período, sin embargo, se le quedó ordinariamente, como una preocupación más de la que podría prescindir más tarde. Sí, tal vez el noble sería un mal más fácil de tratar que una simple y maltrecha urticaria.

Disperso por la imprudencia y velocidad de las situaciones aprovechadas por el marqués, permaneció dubitativo frente al mueble adornado por papeles burócratas y tratados por renovar, cuyas argénteas y brillantes letras pedían a gritos una miserable muestra de atención por parte del arconte. Se le hacía tan confuso presenciar las dulces construcciones verbales de su aparente amigo de diplomacia, mientras el crepitar de sus deslavazadas interpretaciones aún tronaba con ansiedad en las paredes de su cerebro. Sólo así pudo comprender que debía imponer un estado de sitio a la oposición entre sus ideas, pues arguyendo en silencio serviría únicamente para demostrar debilidad e inconsecuencia por la rebeldía.

Analizó, en consecuencia, lo ulterior que emanaba del aspecto de su supuesto redentor. Arropado así, delicadamente, como si su traje hubiese sido directamente extraído y teñido desde una fusión de nieve y lluvia, engalanado además con un alborozo que solamente eran capaces de portar los puros de corazón, hacían cavilar al de piel de cal y cabellos hilvanados en la pira de una forja. Alguien de ámbitos tan duales y encantadores, no recelaba en su cénit la oportunidad de entregar apoyo a los desgraciados. Quizás debía dejar un túnel despejado hacia su inexpugnable fortaleza, para así conducirse propiamente a la independencia.

- Aceptaré su ayuda… Por ahora. Le advierto, en ese caso, que no se atreva a plantearme juegos arteros ni a presentarse ante mí con ánimos traicioneros. De otra forma, caeré sobre usted de tal modo, que no reconocerá ni su propia sombra – indicó amenazante, no obstante, estableciendo un puente férreamente circunspecto que conectaba sus intenciones, en un bifurcado comportamiento que denotaba recíprocamente la incertidumbre con la que iban quebrantadas sus palabras – Ah, sí, la nieve es el atractivo turístico por excelencia de Vedenie. Debe ser porque la humedad de los copos recuerda nostálgicamente a las lágrimas derrochadas por un dolor infatigable y que nunca terminará – elogió poéticamente, haciendo uso de sus recursos más entrañables para emprender una analogía hacia los desventurados cánticos de sus dominios azotados por el abandono y la lejanía – ¿Qué es lo primero que debería hacer, entonces, ahora que he asumido el liderato de Vedenie? ¿Debería centrarme en fortalecer la economía propia, las relaciones con nuestro anfitrión Silesse? ¿O en cambio es más lícito construir vínculos con entidades exteriores y apoyar la causa contra los Emergidos? – preguntó exculpándose de la faena política, accediendo indirectamente al  tenaz consejo ofrecido indistintamente por el afable noble.
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Mensaje por Eliwood el Dom Ene 17, 2016 1:33 am

Era clara la contradicción en aceptar su auxilio y expresar aún una total renuencia a confiarse a él, pero no entorpecía las cosas realmente. Aún si no se lo dijese de la forma en que hacía, era de asumirse que tales distantes ánimos existieran siempre; excesivamente ingenuo sería que no los tuviese. Al final, no cambiaba en nada la forma en que actuaría. Ver tal cosa expuesta, sin embargo, le daba la impresión de estar frente a alguien en exceso atosigado por la competencia, el temor a ser derribado o el peso de una responsabilidad que sólo podía ser cargada sobre muy rígidos hombros. Parecía más expuesto. No dudaba de la veracidad de su amenaza, no era alguien tan soberbio como para creerse intocable ni tan desprevenido como para subestimar la problemática de hacer enemigos, pero generaba en el avezado marqués sentimientos encontrados.

Se preguntó si su incesante movimiento dentro de la estancia era algo que mostraría también frente a otros, presentando a la vista su inquietud, o si el estudio cerrado y protegido le generaba una sensación de privacidad suficiente como para soltar su tensión de ese modo. Al verle detenerse frente al escritorio, enfrentado a la tarea venidera y a los puntos más finos del poder, exhaló un largo suspiro. Salió del molde, detuvo el practicado ritual diplomático y acudió al otro lado del mueble, inclinando levemente la parte superior del cuerpo para buscar la mirada del joven duque. - Sabré respetar sus palabras. Pero no conseguirá que un competidor tema a su amenaza si luce usted tan apesadumbrado. - Dijo en un aire dócil. - Prescinda de reuniones en persona hasta que las cosas se estabilicen, Anton. Quizás sea lo mejor. -

Se enderezó y apartó la vista entonces, sintiéndose carente de derecho a presenciar las emociones que llegaban a transparentarse en el semblante del muchacho. Era una privacidad que quería darle, la de caminar inquieto si le hacía falta o dibujar en su mirada de tan inusual color cuanto desagrado quisiera. Retomó su lugar en la ventana y, asumiendo su permiso ya, la abrió un poco, cuidadoso del frío que ingresara o de si algún copo de nieve perdido fuese a caer dentro. Aún si era paciente y aún si había dicho que esperaría a que decidiese en otra ocasión, anticipándose ya a despedirse por el día y dejar al duque a sus maquinaciones, tal parecía que quería oír desde ya su impresión. Quizás pensaba medir y juzgar su consejo. Respiró con calma el aroma particular que tomaba el aire durante la nevada, bajando la vista al considerar las palabras ajenas. Tenía en claro la clase de comportamiento y de movimientos que aconsejaría, tan sólo dudaba en cómo expresarlos.

- No... no busque relaciones dentro del reino, no ha de ser terreno seguro, no sería prudente. - Comenzó por asegurar con bastante firmeza. Era el más importante paso, ninguno carecía de peso, pero aquel era imprescindible. - De ser yo mismo, buscaría contactos militares, soldados, aunque sean temporales, mas no relaciones; defensas sin exposición, ensanchar las filas y mostrar una intención de proteger. Aquí, en el continente, la situación de Vedenie ha sido conocida y supondría que su imagen es más frágil. Desconfiaría. Afuera, puedo asegurarle que es más bien admirable. Contactos exteriores remediarán la impresión de fragilidad dentro de Silesse y estará más a salvo, al fin y al cabo. - Dijo. En un ambiente como aquel, no dudaba en mencionar francamente las causas y consecuencias de cada cosa, examinándolas desde un punto de vista objetivo. Aquellas eran las conclusiones a las que él había llegado a través de su tiempo, confiaba en ellas. - En esta época, cuanto más independiente pueda ser, mejor será. Inclusive un ducado que debería de estar sujeto al gobierno de Silesse, estaría verdaderamente más a salvo distanciado del mismo. Por otro lado, si menciona prestar ayuda en el exterio... pues, tener la capacidad de prestar ayuda comunica estabilidad y fuerza, ¿no lo cree? - Dijo con un deje de gracia en la voz. Era la clase de práctica que él mismo tomaba quizás entonces resultase obvio. Fuera de sus buenas intenciones, se encargaba de proteger Pherae, y su imagen estable y feliz había sido la mayor de aquellas defensas por mucho tiempo.

Abrió la ventana un poco más, al no encontrar que el viento empujara la nieve dentro. Entonces retiró el guante de su mano derecha, sacándola una corta distancia fuera para recibir sobre los dedos el tacto fino pero gélido de un poco de nieve, como una aguja sobre la piel. Las nevadas de Ilia que recordaba eran mucho más pesadas, aquella se le hacía bastante más vistosa y agradable. Sonrió para sí, y con la atención algo distante comentó. - No diría que se trata de la expresión de un dolor infatigable. Se siente, más bien, como un refugio para tales cosas. Quizás sea la forma en que la nieve llega a ocultar el suelo, o el saberse al borde del mundo... - Con una leve exhalación retrajo su mano, demasiado contento con la localización en sí como para verla en cualquier luz negativa.


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Mensaje por Invitado el Sáb Ene 23, 2016 4:34 pm

Aletargando eufóricamente aquellos sueños de grandeza y ruina que tanto lo confundían y lo hacían retorcerse entre la tóxica nebulosa de las cavilaciones, halló un poco de concilio al oír las delgadas palabras encausadas a apoyar su impulsivo gobierno. Imitando la delicadeza con la que un crisantemo reniega del invierno en su desventurada venida, echó sus dedos esculpidos en porcelana y los exilió como parias a romper con los papeles infames que apiñaba en el escritorio. Leyó entonces los artículos que se ofrecían con relámpagos de sumisión y rendición altanera, para así sosegarse de los tiranos atrevidos capaces de tales artimañas. Era de extrañarse claramente el hecho de que realizase tal barbarie, puesto que en él mismo de alimentaba peligrosamente una ambición sin límites y que siempre mantenía el ritmo hacia el sendero de la suntuosidad. Él mismo era la amenaza, y a su vez, la cura otorgada por los hados para la malhadada población de Vedenie, olvidada entre promesas gélidas y estíos insalubres.

Si escasamente el arquero se empecinase a ser sincero, se evidenciaría perfectamente que en materia militar estaba completamente perdido. Tal como parlamentaba el marqués de Pherae por sus dichos, de las sombras y sus cenizas emanaban los esténtores de variados enemigos, imposibles de educar en su obstinación por la humillación ajena y un extraño delta del río de la magnificencia bastarda.  Por ello, sería posible adivinar y augurar que la reciente coronación traería consigo consecuencias que perjudicaban profundamente los ánimos rastreros de sus rivales, persecutores por excelencia de los fallos impropios. En el caso de que el escenario más indeseable se diese, iniciaba el martirio de poder sembrar un ápice de paz sin contar siquiera con el amparo de un ejército amigo. Después de todo, la noticia debía haberse esparcido por la mayoría de los continentes en cuestión de horas, o inclusive menos, en boca y manos de los abrumadores mensajeros, nuncios y trovadores.

Creyó basado en eso que su mejor coyuntura yacía en salvaguardar las amistades con Sir Eliwood, con el idílico objetivo de enmendar el desastre y la congoja que subyugaban tan infelizmente la pequeña nación subordinada. Si sabía manejarse bien con él, optaría sin dudarlo a entrar en el foco del huracán de Lycia, y la alianza que nombraba con fe el noble desertor del destino. Pero eso ya sería ramificar mucho lo inefable, y difuminaría inexorablemente el presente que se cernía calladamente en los ojos transparentes de los parias, que infectaban con sus clamores el aburrimiento de sus oídos.

- Cuando alguien tiene la razón, indistintamente hay que otorgársela, o caería uno en desobediencia con la excelencia de la divina providencia. Sin embargo, debería saber usted mejor que me es inasequible reforzar el debilitado poderío militar con el que cuenta Vedenie. El resto de los países tienen sus propios conflictos que retener, más aún con la invasión obsesiva con la que nos acaece el devenir por parte de los Emergidos. Además,  como el lord ha señalado, es más fructífero desconfiar en los tiempos venideros. Hay más de un millar de ojos posados en la rebeldía y anarquía desechadas, agrandándose y fortaleciéndose a medida que se abre el escenario a las desgracias. ¿Cómo se puede no mostrar fragilidad, cuando se está incomunicado con la seguridad misma? ¿Relaciones exteriores, en medio de una batahola que desconcierta a los mismos gobiernos de cada nación, grabando en sus mentes las banderas que supuestamente se enarbolan y levantan contra ellos? ¿No sería eso un práctico e irremediable suicidio? – enfatizó con el ceño fruncido, paseando la mirada por los rasgos y gestos en los que se secundaba el taheño – Asimismo, la solución tampoco podría ser prestarle auxilio a los otros reinados. Dejaría en manifiesto lo fácil que resultaría una conquista en la isla, y sucumbiría rápidamente ante los planes de los interesados en estas tierras. Desprotegería innecesariamente lo mío, por desfallecer y desvanecerme tratando de ser un parapeto entre las aberraciones híbridas y lo que aún remanece de civilización. Me encontraría quebrantando la misericordia en menos de lo que tardan en enfriarse las montañas. Pareciera que he sido acorralado, y que me han obligado certeramente a hundirme con este frágil convoy de madera roída. Estoy sumamente obnubilado – lamentó en un dejo de pesimismo y razonamiento lozano, calentándose las palmas de sus manos con la fricción involuntaria que conduce a la inminente incomodidad temprana – No me diga que me está sugiriendo indirectamente que me independice de Silesse, marqués. Aquello sólo empeoraría las cosas todavía más. Sería el blanco de sus recuperaciones y oleadas de soldados, sería la presa de un depredador enorme, feroz, opaco y mortal. No descarto la idea, empero, la dejaría para más adelante – inquirió figurando una ingenua sonrisa, emulando a la candidez con que se revela el engaño a un ser inferior y estupefacto, drogado por lo etéreo de las más vivaces promesas - ¿Quiere beber algo? Creo que nuestra reunión dará para largo – ofreció cortés, atendiendo finalmente los anhelos mundanos que podría indicar el febril cuerpo humano.

Y en aquella concentración inusitada, fue testigo de un detalle en el que no había recaído con anterioridad; la grácil gallardía que se asomaba entremedio de tantas intervenciones, la susurrante bruma encantadora irradiada por la bonanza de los vocablos y el sensible humor con que encallaba la barcaza de la bondad efímera en la voluntad de sus acciones. Pero algo le advertía sobre aquel estado de embelesamiento… ¿No sería aquello a lo que llamaban sublimidad natural? ¿o era sólo una construcción barata para asumir su confianza? Solamente provisto con el transcurso de su compañía, lograría averiguarlo.
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Mensaje por Eliwood el Sáb Ene 30, 2016 9:05 pm

Vigiló el gesto en el rostro del joven por unos momentos, viéndole considerar cada cosa y alegrándose, para sus adentros, de que le escuchase tan abiertamente. Bien podía ser él otro timador, uno dotado de particular sutileza; no era muy distinto a esa clase de nobles, le agradaba obtener la cercanía de las personas y sabía que tenía sus métodos, aunque la diferencia recaía en que no albergaba malas intenciones. Una relación sólida beneficiaba más que un conflicto, lo viese por donde lo viese. Y Anton, por supuesto, no había mostrado fiarse en demasía de su persona, pero quería creer que la presente disposición a discutir las cosas significaba que estaba avanzando y aproximándose. Dispuesto a ganar algo, al menos. Aunque su mirada no se suavizaba aún.

- Hay muchas formas de reforzar internamente a la milicia. Educación militar. Reclutamiento personal. Contratos mercenarios. Al menos conseguir hacerse de un par de soldados de confianza a quienes contactar en eventualidades, joven duque. Pero si hacerlo de forma interna se torna de algún modo imposible, e inclusive si no lo es, el refuerzo externo cubrirá las carencias. - Respondió con calma, breve, dando su paciente e inescrutable silencio al resto de las inquietudes del recientemente condecorado. Por supuesto que eran preocupaciones razonables, las que seguían inevitablemente a tomar el poder de un lugar aún inestable y por bastante tiempo maltratado; reconstruir y fortalecer era difícil en tiempos como aquellos. El mundo era enemigo hasta ser demostrado lo contrario, aunque a solas la dificultad de las cosas se alzaba en demasía. Tenía razón en verlo de tan dura y realista forma. Pero al marqués no le sentaba bien, después de todo, ver al pequeño terrateniente en su desasosiego.

Pospuso explicar el por qué tras sus consejos unos momentos más, atendiendo primero a él. Le retornó la sonrisa y asintió a su oferta, aunque en lugar de pronunciar palabra alguna aún, Eliwood optó por apartarse de la entreabierta ventana, apoyando una mano ligera sobre el hombro ajeno y deslizándola allí al rodear al duque, deteniéndose tras su espalda. Ambas manos en los hombros, presionó de a cortos y suaves gestos, casi que en broma. - No acostumbro beber si hay trabajo en qué pensar. Pero creo que la relajación viene necesaria, así que por la ocasión aceptaré. - Dijo, acompañado de una leve y medida risa. Eso era, asumiendo que se trataba de alcohol, pero no solía ser de otro modo y debía admitirse que se le antojaba. Curiosidad por los gustos del lejano lugar, probablemente. Con una última pero prolongada presión en los hombros ajenos, pasando los pulgares firmemente tras estos para hacer al músculo ceder un poco, le soltó para permitirle encargarse. - Adelante. Disponga como vea usted prudente. -

Quizás eso le hiciese bien al menor. Distrayéndose en volver a calzar el guante en su mano derecha, luego en entornar la ventana aunque no se decidiese del todo a cerrarla, el marqués aguardó algunos momentos de sobra antes de retomar. Eran graves explicaciones las que debía dar a continuación, merecían lentitud y paciencia. Prefirió al fin tomar asiento, apartando la silla del lado del invitado de aquel gran escritorio y girándola a medias para mantenerse a vista de su anfitrión. La túnica acomodada para no tomar una sola arruga al sentarse, la capa puesta hacia el lado correspondiente para no estar en el camino, la rectitud correcta de la espalda, las rodillas separadas exactamente cuanto se debía.

- Por supuesto que no está esta tierra capacitada para prestar auxilio, y por supuesto que está en un frágil estado que es mejor mantenido oculto, antes que exhibido a posibles competidores. Lo que recomiendo, no obstante, es que cuanto menos parezca sobradamente capacitada. Si se presenta usted en el exterior y comunica en cada acto suyo esta impresión, disimulará mejor que cualquier otra cosa la situación. Más aún, se hará de contactos que se interesen en sus dominios y acaben por remediarla. Fortalecerse a través de simular fuerza, en resumen. - Dijo. Eran engañosas técnicas, pero las comunicaba con la mayor naturalidad posible. No dudaba que estuviesen al alcance de Anton, sagaz como parecía. - Sería de suma utilidad hasta que amase mayores fuerzas. Así mismo, en lo que a independencia se refiere, es una independencia discreta y práctica la que le sugiero, en absoluto algo oficial. Una disminución gradual de comunicaciones, para la que sé de buena fe que Vedenie está ya adelantada, la capacidad de gestionarse personalmente y con la menor intervención posible. Sin dudas, rendir los debidos honores a la capital y a la patria, pero no subyugar a esta su destino. Ha probado ser la mejor forma de sobrevivir a corto y largo plazo. ¿Sabe usted lo que ha sido de la gestión de la teocracia de Begnion en el último par de años? En cuanto a las decisiones que tomaron para defenderse, quiero decir, y cómo se han perjudicado sus duques y terratenientes. - Consultó. Era aquel el mejor ejemplo en que podía pensar.


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Mensaje por Invitado el Mar Feb 02, 2016 11:20 pm

Aún agravando la intransigencia con la que manipulaba dócilmente su desenfado, agudizó el sentido astuto con el que en sus épocas doradas había sepultado con un cetro de hierro las esperanzas de sus rivales. Se podía hallar bien esculpido aquel rasgo tan inmutable en su personalidad, esa gutural habilidad para reservar sus más preciosos y brillantes disfraces para las ocasiones meritorias y la henchida capacidad con la que suplantaba una sensación por una condescendencia impropia. Pese a que le parecía agrio el acaecimiento por el que le había tocado transcurrir en su gobierno, no escatimaba en sus esfuerzos por mantenerse resguardado por la dureza. Junto a sus turbados humores, solía acompañar un dejo casi frívolo de fragilidad absoluta, cuyo sabor sería rescatable solamente para los que una vez hubiesen experimentado tales martirios. Y no es que fuese algo que pudiese controlar, como tendía a hacerlo con los tensos hados o los giros inesperados de un escenario favorable.

¡Ah, pero si de cosa alguna estaba gravitado, esa era la detentada licencia que se tomaban los intrusos! Esos constantes atrevimientos con los que se armaba el linóleo noble y sus practicadas gesticulaciones con las que pretendía cautivar su fatigante gruñido, hacían que se ensimismase en dulces enigmas sobre el lozano motivo con el que se contentaba su ánimo de gracia. Le costaba creer todavía que estaba secundado por oleadas de gratitud, que en realidad jamás le había debido a nadie.

La descabellada idea de una “educación militar” no conseguía hacerse eco en sus oídos en un modo prudente. Sería masacrar los escasos y raleados escrúpulos de los que podía preciarse en ese punto la gente, y constituiría un execrado adagio para las debilitadas familias. Lo único que lograría haciéndolo era una insurrección que obligatoriamente lo llevaría a una abdicación desafortunada. Le restaba la probabilidad de los refuerzos externos, cuyo precio le sería honrado por medio de torturadas cuotas y paciencia criminal.

Conmovido por la meditación de su ensueño, dio un par de grandes zancadas hacia el quejumbroso umbral,  alarmado por la obstinación que presumía en su cortesía el marqués al aceptar su oferta de distención. Dio un golpe severo y trémulo contra el jirón que recubría la delgada manilla, y aguardó a que se abrieran las compuertas blandidas al exterior. Ahí, engarzando su intimidad con uno de los templados guardias, ordenó serenamente que trajesen las infusiones prometidas. Luego de ser solícito y presto con sus mandatos, abrazó la tersidad de los avisos que sobresalían de las purpúreas comisuras, que rezagadas por la tosquedad y el aspecto salvaje del hielo de la zona, no sosegaban sus esmeros por lucir hogareñas. Si tanto le incomodaba nombrar la oscuridad de esos asuntos, como podía notarse en ciertos rasgos emitidos por su subconsciente, no hacía falta que se inmolase por protegerlo de los demonios a su alrededor. La educación, los modales y el protocolo eran a menudo síntomas de una patología agradable, sin embargo, la belleza de las cosas se rompía con los excesos, y tanta lentitud con la que trataba de preparar la débil crisálida del arquero, no hacían más que aminorar su soltura.

Recibió el impacto. Y no dolió más de lo esperado. Nada.

- Tal vez tenga usted la razón, Eliwood de Pherae. Sólo el tiempo nos lo dirá con certeza. Por ahora me limitaré a guiarme por sus consejos, que es lo único que me resta entre las cenizas de este incendio. Enviaré un mensaje a los distintos jefes de mercado en las provincias del ducado para que comiencen a disminuir las relaciones comerciales con el indulgente tirano. Sería una buena idea provocar un descenso en la actividad mutua, empezando por lo más sufrible en una nación; la economía. El punto está en que lo haremos sutilmente, casi sin ser advertidos. Luego podrían ser los impuestos, que incomodarán febrilmente el hambre de Silesse por manejar a su antojo nuestro destino. No lo sé con seguridad. Algo se debe hacer para disimular la necesidad de justicia e independencia para Vedenie. Y ese “algo” debe ser tan indispensable como invisible, pues el sólo notarlo nos dejara secos como un desértico paraje – divagó en los inicios gravados de sus medidas, batiendo la coyuntura para desestabilizar radicalmente los anhelos capitalistas y centralizadores del gobierno del Este sitiados en su soberanía. Si iba a obedecer fielmente lo estipulado oralmente, lo haría con todo lo que poseía, arriesgándolo sacrílegamente.

Tomó un respiro, tragó saliva, y continuó.

-  ¿Begnion? Disculpad mi ignorancia, noble, sin embargo, hace tiempo se me ha tenido apartado de toda realidad respecto a los otros países del mundo. Además, la cruzada que así para avecindarme en mis nuevos dominios, condujo mi atribulado pesar a un estado de paralización de la información. Desconozco la situación de los demás miembros de mi propia alianza, incluso. Y sé que eso tampoco es conveniente. Pero eso ya no es algo que esté a mi alcance – se sinceró en una confesión que demostraba la delicada nebulosa que surcaba por los cielos de su mente, abrasando el gélido ámbar en sus ojos – Ah, por cierto. Pedí una taza de té para usted. No se ofenda, pero he interpretado que por sus suaves ademanes y  honorables discursos de fe, que esa infusión es común para usted. Lamento si lo he tergiversado. Tampoco he podido preguntarle respecto a usted, más en su aspecto íntimo. ¿Está casado, tiene hijos? ¿Cómo es su vida en Pherae, marqués? – interrogó esbozando una liviana sonrisa, augurada por un interés enhiesto, palpitando la futilidad de aquellas preguntas comparándolas con el tema central de su plática.
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Mensaje por Eliwood el Lun Feb 08, 2016 2:24 am

Comenzó a desplegarse frente a sus ojos un desarrollo que no había anticipado. Era inesperado para él, de por sí, lograr hablar a nivel con el nuevo duque, más con tal soltura. Más inesperado aún que tan prontamente estuviese preparado para escuchar su concilio y ponerlo a consideración, seguramente a la par de las pilas de documentos a revisar en su escritorio y quien sabía cuantos otros pendientes. Pero lo más sorprendente hasta el momento era aquello que ahora presenciaba: las acciones a tomar que planteaba en voz alta, prácticamente decididas ya. Lo que le impresionaba era en iguales partes la agilidad con que había llegado a sus conclusiones, tanto como el certero y despiadado método que mostraba en ellas.

Anton se le antojaba poseedor de mucha más experiencia en ambientes políticos de la que le era conocida. A su vez, aunque la frialdad mostrada en sus eficientes soluciones le inquietara un poco, debía admitir que le generaba cierto orgullo, así como una curiosa admiración por aquello que bajo el delicado y bello semblante se agazapaba. Podía preveer, pues, que el menor no estaría en absoluto tan desprotegido como habría llegado a verse. Por largos momentos Eliwood tan sólo guardó silencio y le escuchó, asintiendo para mostrar que retenía su atención, la vista puesta indistintamente en los gestos del duque. - Ha hecho esto antes. No precisamente esto, pero veo que no son en absoluto nuevos conceptos para usted. - Acabó por decir, fuera de todo ánimo negativo o positivo, simplemente enunciando de manera neutral lo que percibía como un hecho. En sus siguientes palabras sí introdujo un positivo tinte, confiado y liviano. - No necesita de mi consejo en tales asuntos domésticos, estoy seguro. Tiene una percepción mucho más clara de la economía local, y... le creo sumamente capaz de encontrar el camino victorioso a través de todo esto, Anton. Es alguien sagaz, puedo ver que estará bien. -

Sería una semana un poco más fácil de lo esperado. El buen trato con el duque se veía encaminado ya, estaba siendo bien recibido en Vedenie y podía anticipar que las cosas se desenvolvieran agradablemente de allí en más. Especialmente si podía quedarse sólo por el placer de ello, viajar por viajar seguía siendo de su gusto y estaría disfrutando el sitio, en sí. En vista de ello y tomando nota de la presión que se había cernido sobre el joven de escasa estatura, resolvió que dejaría a cerrar la discusión, al menos por aquella tarde, contando con que la ocasión se repetiría varias veces en la semana. - Puede tomar lo referente a Begnion como tan sólo una anécdota. No es nada de lo que deba preocuparse en exceso, tan sólo, quizás, un conocimiento interesante de tener. - Avisó, intentando disipar un poco cualquier aprehensión ajena antes de proseguir. - Verá, la teocracia siempre ha sido de similar organización; una ciudad capital y una serie de ducados fuera de esta. Tal parece, sin embargo, que sus duques eran a su vez funcionarios de la corona en la capital, por lo que no sólo no han sido jamás independientes, sino que su primer deber dudosamente sería para con el ducado. Cuando la amenaza actual llegó a Begnion, como a cada lugar del mundo, tengo entendido que la mayoría de la población fue fácilmente replegada hacia la capital, pues era simple, conveniente y mucho más seguro. Eso ha causado que el resto del territorio, los viejos ducados incluidos, sean tierra de paso para los emergidos, además de otros personajes cuestionables, tales como saqueadores. ¿Qué será de tales lugares cuando esta crisis pase? Porque deseo pensar como si fuese a suceder, en cuyo momento serían muchos quienes tendrían que comenzar desde el cero otra vez. Si cada ducado hubiese sido independiente y capaz de gestionar su propia defensa, desde el principio, quizás no hubiesen debido de abandonar los terrenos y perderlos. Ah, pero como le he dicho, es sólo una anécdota y un ejemplo. -

Y aquella era una cosa más que el muchacho quizás necesitase considerar después. Por el momento, el marqués se veía bastante a favor de permitirle apartar la mente de todo un poco. Fue por ello que, cuando Anton volvió su atención de lleno hacia él,  gustosamente se permitió dar por terminados los asuntos oficiales y la pequeña guía que había pretendido darle, dejándose llevar por la agradable disposición del joven. - No se preocupe, está más que bien. - Aseguró, esbozando entonces una sonrisa sumamente complacida, interesada. Realmente no había anticipado que deseara saber de su persona. No suponía que le sirviese en cualquier modo práctico, ya estaba extendiéndole su ayuda y tornarlo más personal no representaría una mejora que consiguiese imaginar, por lo que le costaba ver los motivos tras preguntas como aquellas. Disfrutaba, sin embargo, recibir la atención. Atesoró la pequeña sonrisa que se le dedicaba. - ¿Ah? No es necesario que extienda tal interés y cortesía, pero es una plácida sorpresa. Si he de colaborar con usted, será menester que sepa con quien trata, asumo. -

Mientras consideraba lo que sería prudente decir, escuchó un par de pausados toques a la puerta, la servidumbre anunciándose antes de ingresar a servir a los nobles. Aún así, Eliwood no se molestó en detener la conversación frente a ellos, pues no había nada ya que debiese de mantener oculto. Por un momento bajó la vista a su mano, la alianza de oro en su dedo anular, muestra de un matrimonio cuya perdida no terminaba de soltar. Alzó una mano para enseñarlo, y con un contrariado suspiro respondió. - Viudo, mi estimado duque. Tengo un hijo que ha de tener... alrededor de su edad, sí. Asumo que no está usted casado, pues no vi una dama a su lado en la ceremonia. - Sabía que los años habían transcurrido grácilmente y no aparentaba su edad, mas aludía a ella con calma, acostumbrado ya. Aunque como invitado no le correspondía, como caballero y mentor se tomó la libertad de servir las bebidas desde la pequeña mesita redonda que la servidumbre les había dejado cerca, apenas retirando de a instantes la mirada del otro. Acabó por inclinarse un tanto hacia adelante, la mirada fija, casi que estudiándolo. - Aunque es raro en un noble que asume cargo, no contraer nupcias enseguida... -


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Mensaje por Invitado el Mar Feb 16, 2016 11:47 pm

Si de algo se arrepentía en su licencia autoritaria con la que maniobraba drásticamente los adagios, encerrándolos y execrándolos como una pesadilla inerme, era la apremiante delicadeza enrevesada que se solía manifestar en lo etéreo de sus dimisiones hacia las perspectivas ajenas. A menudo, sosegado por la característica muerte de las esperanzas en el pasaje venidero, se doblegaba a discurrir en las diatribas que le podía causar su necedad ineluctable. Y en esa oportunidad, sesgada por el equilibrio entre la vejación de la pronta derrota y el desvanecimiento de las defensas, contra el pálpito impropio de la soledad y la manifestación de arterías divinas, se estaba inclinando rastreramente ante la quebradiza ventisca que penetraba de soslayo el incendio en el ocaso del ducado.

En los prosaicos tropiezos del avance del tiempo, y la escarcha gélida rompiendo su belleza glacial hacia el marco del rosetón, consiguió hallar la dulce centella entre el furtivo halago que se avecindaba en una sorpresa poco reconocida. Su educación había resultado un aspecto primordial tras la captura de su nívea e innata corporeidad celestial, y coartaba el trémulo suceso de humillarse pecando de ignorancia. Y así transcurriendo las páginas de tantos libros, e inmolando diversas páginas de bitácoras en guerra de diplomacias, había solidificado su ámbito político, en vísperas de sus objetivos. Si en su hambre anhelaba la posesión de un territorio, no podía privarse del más básico axioma para su correcto cumplimiento.

Acercó su cabeza a la del interlocutor, y cruzó los brazos bajo ella, interpretando el silencio como un respeto intempestivo y una evidente postura cerrada al preciso diálogo. Aquello encontraba asilo en la extraña empatía hacia quien narra las experiencias propias, en una fragorosa búsqueda por traspasar los conocimientos en un lenguaje simple y entendible. Chasqueó la lengua, como apartando una delgada acidez desde el interior, y alzó ambas cejas en señal de decepción ante el ruin final que habían allegado las estoicas dependencias de la teocracia en Begnion.

- No es problema, como usted ha dicho concretamente, me agrada y reconforta conocer con quien trato. Por mucha confianza que deposite en primera instancia, debo indagar sobre usted. Así los finos y crepitantes lazos que hoy comienzan a atarse entre nuestras ánimas, se endurecerán con el tiempo, ¿no lo cree? – amansó alígero, abrazando la cálida conversación que echaba sus raíces en el raso y diáfano prado que se desdibujaba bajo sus pies, en un sentido invisible. El espíritu que yacía luciendo el fulgor de la calma subyugando las brasas del tema central de la coronación, residía en el pálido despertar del deseo de distraer su mente de las divagaciones. Pese a que manejaba su modo de dedicar la persistencia y el vocablo veraz astutamente, le resultaba difícil arrojar sus hábitos medrosos a la hoguera sin cuestionárselo.

Resguardado de las interrupciones en la osadía creciente de sus servidores, desenvainó el paso en una danza a atender el aletargado llamado que se retribuía en la puerta, envidiando la persecución recelosa de preguntas y réplicas. Mientras el sendero se habría por los vástagos de Vedenie en su impasible ritmo de regalar el óbice de la infusión, aprovechó la intromisión para musitar un par de instrucciones al guardia. Tras concluir con las irremediables labores inherentes a la propia potestad, el misterio cortejado por el sigilo se apresuraron a destronar al trueno de pies y manos en faena, para así facilitar el sátiro néctar de la placentera plática.

- Así que viudo… Mis condolencias, marqués. Nadie merece marchitar la rosa del amor por caprichos del destino, y el amor es una cosa con la que no se debe jugar jamás. Como espada de doble filo, es tanto la vida, como la muerte. Cura y enfermedad. En ella se disipa lo oscuro y remanece la luz. Nadie puede escapar del sentimiento, así que sosiéguese, como la fortuna quita, otorga – apaciguó extendiendo una mano, en una forma de denotar comprensión por las expresiones del pasado, atormentando grávidamente el olvido impuesto – Es usted muy inteligente, Lord Eliwood. Como ha discurrido en la esencia, no estoy casado. Verá… - caviló, realizando una pausa para sorber un trago del café con el que se había encariñado en sentenciar a sus lacayos – Es un asunto muy controversial e incómodo para mí… Prefiero no hablar de ello – bordeó en los límites de su luctuosa ternura y aparente pasividad, desviando la mirada apenas conmocionó sus mejillas el rubor de la vergüenza.
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Mensaje por Eliwood el Vie Mar 04, 2016 7:19 pm

Se le hacía tan curiosa la forma en que era alivianado el ambiente alrededor del duque, terminada la tensa porción de tratos oficiales de aquella jornada. Bien podía ser que se hubiese hecho un tanto de su confianza y ese fuese el rostro de un Anton más calmo y cercano, como podía ser que simplemente tuviese una seria, muy seria disposición reservada para su trabajo, que dejaba de lado cuando este terminaba. Fuese como fuese, estaba disfrutando el cambio. Imaginó más plausible y próxima su oferta de pasearle por Silesse en algún momento de aquella semana, y con algo de ingenua emoción se enfrascó en su compañía. - Lazos que atar entre nosotros, dice. No lo convierto en una necesidad ni un impedimento para el auxilio y el servicio que ya he ofrecido, pero no me quejaría de ello tampoco. - Respondió fluidamente, dando al joven una mirada de soslayo y una divertida sonrisa, seña de quien aparentaba estar entendiendo algo más. Enseguida echó a dar una pequeña risa, descartando seriedad a lo dicho. - Bromeo, Anton. Pero si se trata de indagar, sepa que estoy perfectamente abierto a interrogación. Nada que ocultar, y es halagadora su atención. - Prosiguió en relajado tono. Con que aceptase trabajar con él se habría contentado, por la jornada habría sido más que suficiente, pero aquel bono no era mal recibido en absoluto. En retorno, conocer más personalmente a la persona por quien había sentido ya ternura y empatía sería bueno, en cierta medida le justificaría, a él y a su acercamiento.

Tomó cuidadosa nota de él, pues, y saltó a su atención la prisa que tomaban sus sirvientes, sin notoria presión de parte del joven duque. Para ser un trono que apenas ocupaba, tenía un control bastante bueno de ellos; le daba cabida a preguntarse si se relacionaba con el gélido carácter que el menor podía tomar cuando así lo deseaba. Distaba tanto, sin embargo, de la relación que tenía él con su servidumbre, que le era hasta curioso de ver. Siempre intercambiaba palabras con sus propios criados, un aire de amable eficiencia que trascendía bastante a amistad. Aquellos parecían guardar un respeto tan intenso y distante para con el nuevo duque, que hasta podía asumir que alguno o alguna de particular timidez le temiese. Se entretuvo con lo que observaba pero se ahorró comentarios, reservándose para la atención del joven pelirrojo y lo que yacía sobre la mesa. Azúcar en terrones, tazas de porcelana blanca con asas finas, té que por el sólo aroma y color no estaba reconociendo. Lo removió con aire pensativo mientras le oía, apreciando la locuacidad de tan joven noble tanto como el calor que llegaba a sus manos. El interior de la estancia no estaba frío, no había notado que sus dedos permaneciesen helados.

- Quizás parezca una terca y vana oposición al destino, contraproducente inclusive, pero espero lo contrario. Un matrimonio es suficiente en una vida, no más que eso me correspondería. No es oposición a la felicidad, sólo... - Se explicó con calma, una sonrisa agradecida en los labios. El luto había pasado en mayor parte, tantos hechos y cambios agolpados en los úlimos tiempos, que habían abierto una distancia insalvable entre él y el recuerdo de todo aquello. Como si lo hubiese soñado desde un principio. Mencionarlo había perdido la dificultad, aunque en su hogar, en su estudio, siguiese saludando con la cabeza a la pintura familiar de él, su esposa y su pequeño. - La entrega a un compromiso, la espera, la celebración de la ceremonia, los días compartidos, el formar una familia, criar a un heredero... ya he tenido esa alegría. Me siento satisfecho sin repetirla, y resguardado de la culpa que podría o no acecharme en caso de hallarla otra vez. ¿Quizás esto es lo que constituye haber pasado de la edad de nupcias? - Dio una leve risa. Mayores motivos tenía, realmente; el luto no se sentía honesto cuando se trataba de una mujer desaparecida más que una mujer muerta, podía hacer con su vida una variedad de cosas en el entretanto, pero un matrimonio habría traído demasiada paranoia respecto a un posible retorno. Una especie de culpa por adelantado.

Con el aire de una broma dejó el asunto ir, al menos por su parte. Mientras el borde de la taza de té reposó sobre su labio, cuidadoso con el primer sorbo de infusión caliente, su mirada azul recorrió el semblante del muchacho al otro lado de la mesa. Un asunto incómodo, decía, con un delator sonrojo que alzaba todavía más preguntas. Habría querido comprender, como habría creído prudente saber su posición y lo que podría desenvolverse de un duque sin familia, pero en cosas como aquella el corazón le hablaba demasiado fuerte, mucho más que su conocimiento diplomático, y bajó la taza con un gesto presuroso y un poco descolocado. Ofender a alguien sin notarlo era de los peores horrores imaginables para él, faltar a la cortesía de improviso. - Ah... lo lamento. No pretendía propasar límites. Discúlpeme. - Se apresuró a disculparse, negando enseguida con un gesto de la zurda para que no sintiese la necesidad de explicarse de sobra. Retrocedió del asunto con suma facilidad. - En ese caso, ¿qué tal su familia? ¿No deberían de acompañarle? - Propuso en su lugar. Instintivamente, al bajar su mano a la mesa, rozó en reconfortante gesto la ajena, buscando no más que posarse contra la piel.

En su atención al muchacho reparó enseguida en el contenido de su taza. No tenía la transparencia del té ni olía como él, sino que más cargado, de cierto modo como algo tostado. Igualmente parecía algo que se bebía cálido. Curioso, imaginó enseguida que se tratase de una maravilla oculta en tierras lejanas, y como el viajero frustrado que en algún nivel era, como el noble de molde con poco conocimiento del mundo exterior que tan fácil se fascinaba con todo, no se contuvo de mencionarlo. - Oh... es el té más oscuro que he visto en mi vida. No huele a hierba, tampoco. -


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Mensaje por Marth el Vie Abr 01, 2016 1:36 am

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