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Mensaje por Aurora el Sáb Sep 12, 2020 8:59 pm

El aire es diferente en cada lugar. Lleno de recuerdos, momentos, historia que se queda grabada en su composición. Es necesario cerrar los ojos un momento para poder percibir cada una de esas cosas, como si se leyera un libro de historia, o unas memorias de alguien que ha vivido desde antes que la historia tuviera su nombre como tal. ¿Qué es lo que puede hallar en Daein que le diferencia del resto de los lugares que ha tenido la bendición de visitar? Valentia, misticismo, y una especie de honor bélico que se puede testimoniar incluso en cada mirada de sus habitantes; sean tristes, bravas, animadas, con ilusión. Hay guerra implícita en ellas.

No obstante, más allá de la gran experiencia de conocer a su gente, no solo se encuentra ahí para ello. Es un modo de saber qué es lo que ellos también desearían oír de ella. Una canción que llegue a sus corazones, que se instale de a poco, plantando valor y buena voluntad. Altea no puede ser bien vista bajo el régimen de Grima en esas tierras, pero definitivamente hay un deseo de respirar paz nuevamente, una sensación que hace no tanto han obtenido y han logrado esparcir en las vastas tierras de Tellius. Es por eso que hace días va cantando por ahí, llamando la atención, sin disposición de recibir una limosna de ello. Que sea simplemente la bendición de Forseti quien los cautive, antes de que en algún momento comunique su deseo de comunión para con ellos. De paz para todos.

Es entonces, cuando termina alguna de sus canciones, que vuelve a moverse de donde estaba en esa gran ciudad, ante mirada ajena de algunos curiosos que quedan contemplando como se retira. No parece haber ganancia en lo que hace, o una razón aparente de momento. Tampoco hay más magia que la de una preciosa lirica puede tener, o molestia de parte de algunos: solo es una bella dama cantando por ahí. Y aunque Aurora ha sido abordada varias veces sobre porque lo hacen, antes de deslizar de manera discreta su propuesta, es la primera vez que su atención es llamada por un niño que la determinación con determinación a su frente.

-Señorita, ¿Puede cantar para mi hermano, que no puede dormir? ¡Ya no sé qué hacer con mi hermana!-
Es una pregunta tan inocente que la saca de su centro con rapidez. Aurora se inclina un poco para verlo mejor, con una sonrisa cálida. Hace mucho tiempo que no interactuaba con niños, y siempre podía ver una especie de carisma que le inducían amor instantáneo. Después de todo, eso es lo único que deberían de tener los niños

-¿Dónde está tu hermanito?- Le pregunto, antes de que con una sonrisa llena de alegría, la criatura responda automáticamente tomándola de su mano, algo rudo, empezándola a dirigir con sus pequeñas piernas hacia el destino. Rápido, demasiado como para que pueda memorizar bien su camino de vuelta, empezando a sentir que quizás sus pasos van un poco mal encaminados. Sería elitista simplemente juzgar eso por las calles en las que empieza a meterla el niño, pero no desea desconfiar de una criatura tan pequeña. ¿Tendría sentido que su madre no este, que tampoco tuvieran un padre? Finalmente su mano es soltada, entre un callejón oscuro que la deja completamente desorientada, mientras el pequeño que ha pedido su ayuda huye entre las sombras.

Puede no querer pensar mal, pero definitivamente ha sido conducida con demasiada ingenuidad a una terrible trampa. Y tiene miedo, aunque su temple permanece demasiado serio como para pensar que por dentro está alzando todas sus oraciones a Forseti. ¿Por qué ella…? Un movimiento rápido la hace girar hacia la salida, antes de esquivar con habilidad –o quizás demasiada suerte- a un hombre fornido en un primer momento. Y aunque logra esquivarlo a él, no puede hacer lo mismo con otros dos que logran atajarle el paso, y con eso, su huida. No podría huir, ni aunque se sacuda arrebatada con todas sus fuerzas.

-¡Mantén la calma, no queremos lastimarte!- Amenaza uno de ellos, pero, ¿No es otra mentira en realidad? Aurora no piensa, no negocia ante la violencia. Y por eso grita. Potente como solo el viento puede rugir a través de una montaña, fuerte y alto, haciendo que su voz viaje entre callejones y calles… Buscando algún alma que se apiade de ella y la ayude.
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Mensaje por Aran el Lun Sep 14, 2020 12:31 pm

No hacía mucho que había empezado ese trabajo. La paga era decente, suficiente para aportar a su familia, lo único que deseaba hacer con ese oro. Finalmente ellos se habían asentado en Nevassa, en un sitio pequeño del barrio burgués. No había problema con eso, porque estaban acostumbrados a viajar en caravana; cada vez que Aran quería visitarlos, anunciaban que iban a recorrer Daein de punta a punta. Su padre era un experto en viajes, así que tenía poco de qué preocuparse, por no mencionar que gracias a los esfuerzos del ejército, el país estaba protegido de la amenaza emergida.

Todo dicho, su parte en oro no era muy grande, pero le bastaba para vivir. Tampoco quería más de lo necesario. No cuando el trabajo era tan simple como pararse de pie todos los días en puntos específicos de la capital. No tenía que intervenir de sobra, el crimen no era muy común a plena luz del día. Aran era un experto en señalar las manos de los ladrones mucho antes de que pudieran jugar con ellas. Quizá hasta se había ganado una reputación en ese lugar, pero más que nada por su pose estática y solemne, la misma que tenía en Begnion, cuando sus días eran más tranquilos. Su vida había tomado rumbos muy extraños, pero siempre enfocaría sus esfuerzos en defender a los demás.

Todo iba bien en Nevassa hasta que, un día de tantos, le designaron un nuevo cuadrante. Al parecer necesitaban refuerzos en los barrios bajos de la ciudad, cosa que entendía. Aunque Aran estaba acostumbrado a vigilar lugares comerciales, estaba confiado en que podría manejarlo. Partío allí una mañana tranquila, puesto bajo la sombra de un arco, vigilando con la mirada tranquila. No sucedía mucho, pero se sorprendió al escuchar, de pronto, la voz de alguien que cantaba. Si no se equivocaba, ya había escuchado a esa mujer antes, en el centro de la capital. Hacía días que daba vueltas por allí, y aunque Aran nunca había podido verla muy de cerca, siempre agradecía escucharla de vez en cuando. Por eso se sorprendió de que también estuviera cantando por allí, porque él desconocía si buscaba ganarse la vida de esa manera. No podía verla de donde estaba, pero parecía que le iba tan bien como siempre. Eso sí algo llamó su atención poco después, un niño trayendo a una mujer de la mano por la calle. Si no se equivocaba, era ella. Cruzaron justo delante de él, siendo la primera ocasión en que pudo verla tan de cerca. Venía muy elegante y arreglada, de verdad parecía una cantante profesional, como de un gran concierto, aunque él no sabía mucho respecto a eso. Pero, ¿Dónde podría llevarla ese niño?

Tras unos segundos de duda, el soldado tragó saliva y decidió seguirlos cuando ya habían desaparecido de su vista. No conocía muy bien el lugar, así que caminaba con cuidado, mirando bien a dónde podrían haber ido. No había caso, no lograba orientarse del todo, pero tampoco podía dejar de estar preocupado. Se quedó parado en medio de la calle, decidiendo si debería volver. Sin embargo  lo escuchó, un grito que lo alteró de pies a cabeza. Afirmó su lanza y echó a correr en esa dirección, mirando dentro de cada callejón. Las personas miraban y se alejaban, desapareciendo dentro de sus casas. ¿No podían al menos decirle dónde era? Aran siguió corriendo hasta que de pronto derrapó con fuerza, descubriendo el lugar de los hechos. Abrió los ojos, y ni siquiera hizo el intento de llamar la atención de esos bandidos. Ni siquiera quería imaginar qué intentaban hacer, pero tampoco les dejaría hacerlo.

Aran no llevaba escudo en sus turnos de guardia, sino tan sólo su lanza. Pero eso sería suficiente. Los asaltantes no soltaban a la mujer, e incluso uno de ellos sacó una espada corta, la cual apuntaba tanto a la mujer como al soldado al mismo tiempo. Era la única manera en que podían detener a Aran, porque no tenían más armas, y el soldado sin duda parecía un guerrero antes que un simple guardia.

-¡No hagas nada! -le gritaron. Aran podía ver el miedo en los ojos ajenos. Seguramente ese criminal era capaz de herir a la cantante tan  solo por estar acorralado. El soldado dudó en actuar, pero ya tenía un pie al frente, y la lanza afirmaba con fuerza en su mano. Lentamente, Aran retrocedió, aunque puso la lanza en su hombro discretamente, en una pose que los bandidos no entendían.- ¡Que no te muevas, maldito! ¡Mira esto…! -el criminal apretó con más fuerza la espada contra la cantante. Aran ya no lo dudó más, y aprovechando esa postura, lanzó su arma hacia el criminal, la que asestó de lleno en su hombro y le hizo soltar el filo. El hombre gritó, y los demás miraron sorprendidos al soldado, que había quedado sin arma de pronto. De inmediato fueron a por él, sacando más cuchillos aún.
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Mensaje por Aurora el Miér Sep 16, 2020 10:28 am

Su grito seguramente había hecho temblar a algún corazón en Nevassa, no existía duda de ello, ¿Pero sería suficiente el llamado para que algún valiente acuda a él? Hubiera continuado gritando con la furia de los vientos de las montañas de Silesse, pero un fuerte sacudón la hizo estremecerse entera. Ahora era silenciada con una mano que no solo la callaba, sino que incluso amenazaba hasta quitarle el aire. Era un hombre rudo, porque sentía sus mejillas ser aplastadas contra los huesos de sus pómulos, aunque quizás por el momento era incapaz de percibir el dolor que quizás dejaría como testigo silencioso alguna magulladura en su piel. Y aun así, no dejaría de resistirse, quizás causando más molestia en sus captores.

Sería en ese instante donde finalmente vería llegar a alguien, que definitivamente le ayudaría. Su armadura le delataba como un guardia, a pesar de que su porte pudiera sugerir ser mucho más que ello. Y aunque Aurora no podría hablar, en su mirada se podía ver gratitud… Por haber venido, y por el favor de ahora ayudarla. Sin embargo, aquello que aliviaba a ella, preocupaba más a su captor y sus cómplices. Aun procurando deshacerse de su agarre, pronto detendría sus arrebatos al ser  amenazada con el filo de su espada sobre su vientre. Un escalofrió la recorrió, sintiéndose por un instante inútil, aunque extrañamente aun no derrotaba. Aun respiraba, y en ese instante era mucho.

Vería con seriedad como el soldado retrocedía ante la locura de su captor, que encolerizo aún más por ello. También sintió como la espada presionaba peor contra ella, por lo que intento encogerse para evitar su filo. Aunque en ese instante solo pudo oír como un filo cortaba el viento, antes de que ahora cayera en un estoque extraño que un poco la azoto contra el suelo. No podía simplemente dejarse aturdir, por lo que intento levantarse rápidamente, aunque mareada. ¿Había sido herida? Lograría ver manchas de sangre sobre su cabello y hombro, antes de contemplar mejor como quien la tenía en un principio se retorcía tratando de contener una herida que no dejaba de brotar sangre. La espada con que amenazo su vida yacía a un lado, mostrándose como una oportunidad perfecta que no dejo escapar.

La tomaría en sus manos, apurada.  Se pondría ahora de pie, recuperando un poco el aliento, pero debía ser rápida. No tardarían los dos delincuentes restantes en arremeter contra el guardia, aunque con la gran ventaja de haberla ignorado completamente. ¿Estaban usando cuchillos? ¡Él pobre guardia estaba desarmado! Miro otra vez al suelo, hallando al malherido ladrón, y un poco más lejos la lanza en el suelo… Definitivamente sería mucho peor si es que alguno de ellos se hacía con esa arma en ese momento. Y aunque tuviera cero nociones del manejo de un arma así, prefirió tomarla, aunque quedara nuevamente la espada en el suelo.

¿Pero ahora?

Miro nerviosa a su alrededor solo para constatar que nadie iba a llegar aun. ¡Demasiada desgracia pero…! Intentaría dar lo mejor. Con la lanza en sus manos, debía de pensar rápido, y ser hábil. Tendría una pequeña idea, demasiado tosca, pero que esperaba funcionara. Rezo a Farseto por su intervención, y luego…

Volvió a gritar, pero cuando lo hizo ya no estaba la jabalina consigo, ni la espada en el suelo. ¡La había arrojado directamente hacia donde estaban ellos! Estando todo ese tiempo de frente al guardia, rogaría que fuera capaz de interceptarla, antes de que por obvio instinto los ladrones voltearan a verla ante el estruendo de un grito tan sonoro y agudo, que a pesar de todo no perdía belleza. Confiaría que asustados ellos se apartarían, la mirarían. Y que el guardia recuperaría su arma porque los brazos de Forseti era quien la guiaba...Lo rogaba.

Mientras,  ya solo tenía que volver a recuperar la espada. Rápida, intentando que su temple se volviera a interponer sobre el miedo, trato de avanzar donde el guardia estaba, prefiriendo permanecer a su lado. Espada en alto, una forma básica de defensa. Aunque mucho más de lo que quizás cualquiera hubiera podido esperar de ella. Toda la confianza de ella estaba en ese instante, en lo que el Guardia proyectaba y en que los delincuentes fueran lo suficientemente estúpidos como para preferir desviar su mirada en ella que en lo que un enemigo desarmado pudiera hacer.
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Mensaje por Aran el Vie Oct 02, 2020 6:06 pm

Aran miraba aún sin elaborar palabra alguna.  Había dado en el blanco, logrando liberar a la mujer cautiva. Pero ahora venían a él, que estaba desarmado. Aunque no estaba preparado para luchar de esa manera, aún así levantó sus puños y protegió su cuerpo, sin saber qué hacer. Eso sí, logró captar que la persona que había liberado tenía una espada en las manos, probablemente la misma que había usado el hombre herido en el suelo, para amenazarla. Pero aunque fuera esperanzador, Aran quiso gritar y advertir que era una mala idea luchar, mucho más si estaba acorralada. Sin embargo, la mujer cambió de plan al último instante. ¿Su lanza? No era fácil de manejar, pero si podía…

El grito efectivamente distrajo a los bandidos, que se giraron sorprendidos. Aunque quisieran secuestrarla, sin duda se preocupaban de que siquiera viva. Pero cuando descubrieron la lanza volando sobre ellos, Aran ya había extendido la mano hacia arriba, atrapando el mango con la punta de los guantes, que empujaron torpemente la lanza a su palma. Estuvo por dejarla caer, porque era cierto, lo había sorprendido también.

-¡HEY! -exclamó uno de ellos, atacando a Aran al ver que volvía a estar armado. El cuchillo rozó su ropa, pero el soldado consiguió esquivar por los pelos, golpeando con el reverso de la jabalina al criminal, quien retrocedió, herido y atolondrado. Si el otro que lo acompañaba no lo había atacado también, había sido porque la mujer había corrido a su lado, tanto protegiéndolo a él como protegiéndose a sí misma, confundiendolo. La cantante tenía gran valor, pero aún así, Aran hubiera preferido no hallarse en esa encrucijada, luchando en un callejón contra dos criminales. Sin embargo el combate había atraído la atención de la zona entera. Los habitantes miraban de reojo, atemorizados, pero curiosos por lo que sucedía. Si de algo podía estar seguro el soldado, era que toda esa conmoción eventualmente atraería al resto de la guardia. Aran tan solo tenía que esperar, y asegurarse de que esos bandidos no hicieran más daño.

-¡Jajaja! ¿Ahora vas a luchar tú también? -recalcó el otro bandido, pasando la daga de una mano a otra mientras miraba a la mujer.- No pensaba que vería el día. ¡Vamos! -animó a su compañero, que aún se recuperaba del golpe que le asestó el soldado. Aran respondió con su lanza solamente, atacando las manos ajenas que sostenían la daga. No le preocupaba dañar manos que solo estaban hechas para destruir. El bandido esquivó, pero no logró protegerse del todo, y la lanza corto sobre su antebrazo un tajo largo y sangrante. El criminal apretó los dientes y dio un paso atrás. Aran entonces marcó distancia con su arma. No se atrevía a pedirle a la cantante que huyera, porque ni siquiera él conocía bien cómo escapar de esa parte de la ciudad. Pero si podía evitar que luchara y saliera herida, era suficiente. Los bandidos los miraban a ambos, no cabía duda de que habían perdido. Aún así, parecían demasiado tercos para huir y dejarse humillar por eso. Así     que no dudaron en atacar de nuevo, pero esta vez lanzando sus dagas, con la sola intención de hacer daño al soldado y a la cantante.

-¡Cuidado! -exclamó Aran, por fin dando a conocer su voz.
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Mensaje por Aurora el Sáb Oct 03, 2020 12:46 am

La voluntad de su bondadoso Dios se ha manifestado en Nevassa, haciendo que el soldado sea encaminado por su experiencia para tomar la lanza. ¡Si! Los delincuentes se han asustado, pero no por eso se dan por vencidos. Un ataque más, muy mal pensado, termina provocando una herida horrible sobre uno de los brazos de ellos. Aurora ha llegado ver con precisión como el filo de la lanza del Guardia se ha deslizado con tanta facilidad sobre el brazo de uno de sus captores, que es imposible no es impresionarse un poco. Sigue siendo sangre humana la que se derrama en las calles de Daein, no muy lejos de un hombre que aun con su hombro herido se levanta, enfermo de odio por haber sido abatido. Ella solo puede mantener alzada la espada que le arrebato, observándolos con cautela…

Porque en realidad no sabe qué hacer…

La sensación que empieza a acumularse en el interior de la cantante, fácilmente la reconocería como impotencia. Si hubiera sido en otra situación, otro tiempo, otras circunstancias… Ninguno habría siquiera pensado en acercarse a ella con tales intenciones, pues el viento de Forseti habría congelado sus dedos y con ellos, el afán de hacer mal. Y a pesar que la humanidad que existe en ella la trata de mantenerla calma, hacerla pensar… ¿Por qué esta gente ha sentido la necesidad de hacerle daño? ¿Por qué insistir, que es el dolor que les encausa a actuar de ese modo…? No son preguntas que puedan hallar respuesta y lugar en ese momento. Sus vidas, tanto la del soldado, la suyas o incluso la de los ladrones… no se negocian, no por otro mortal.

Lo que si hay, son provocaciónes. La mirada de Aurora pierde temor, tensándose en un gesto severo; pues no se quiere permitir amedrentar más. Sabe cómo sujetar una espada, aunque sus manos hubieran nacido solo para tomar libros y acariciar la brisa helada de las montañas. No tolera sentirse intimidada, al menos no estando ya al lado de un guardia que ha sido loable en su deber hasta ese instante. Ha pecado de ingenua, y está decidida a no seguir complicando su presente en ese instante. Debe enmendarse, de algún modo.

-¿Piensan seguir así? ¿Cuánto más dirán antes de que se les vaya la vida entre gotas de sangre?-
Cuestiona con dureza, sin titubear, hablando por sus heridas. Pero ¿Pueden que sus palabras hayan sido malintrepretadas? La rápida respuesta es otro ataque, vulgar, desesperado, pero no menos peligroso. Una ofensiva que la hace verse sorprendida, ante el grito del guardia que clama una acción rápida. Pero, ¿Qué táctica implica solo tener cuidado? Es como si esa advertencia nuevamente encogiera su corazón, antes que con pies ligeros se apartara apresuradamente hacia un lado, golpeándose contra un muro de una casa cualquiera allí. Aun teniendo la entereza de mantener la espada entre sus dos manos, busca con una mirada congelada con temor al guardia, por su bien. ¿Se perdonaría otra vez a una persona sangrar por protegerla? La respuesta es no.

“Perdón” Son las palabras mudas que dicen sus labios, viéndolo en el instante antes de que se moviera.

Ya no podrá luchar, no después de sentir como un filo ha llegado sobre uno de sus brazos cortándola superficialmente. No quiere verlo, no hace falta para saber que no es una herida mortal o similar de severa… Pero es suficiente que sienta la manga de su vestido empezar a mojarse, y para entender que ella no puede sostener más esa arma de una forma eficaz. Y es por eso que nuevamente va por ello, arrojando la espada con tanta fuerza hacia el último de los ladrones de un modo que bien podría ser letal. Un espada que va girando de forma tan rápida, que bien puede decirse que Aurora ha dejado la última pizca de sus fuerzas en ello.

Ahora solo puede importunar… Espera al menos, sean a los delincuentes y no al Guardia.
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Mensaje por Aran el Jue Oct 08, 2020 6:31 pm

Aran miró hacia un lado, sorprendido por las palabras que escuchaba. El soldado tenía la noción de que cualquier tipo de plática era inútil en esas circunstancias, había aprendido de mala manera esa lección hace ya tanto. Y es que el peliverde ni siquiera había titubeado ante la idea de herirlos, mucho menos hacerlos sangrar. Miró su lanza, su punta empapada de rojo. No tenía remordimiento, pero si hubiera podido escapar junto con la mujer, lo hubiera hecho. Tragó saliva al descubrir que una vez más, como siempre, dialogar era inútil. Aran era fuerte pero no tan rápido; quiso extender su mano hacia ella al mismo tiempo que le advertía, pero dudó ante la idea de empujarla él mismo. Ella pudo esquivar, por lo que respiró aliviado, solamente hasta que vio el corte en su piel. Esos monstruos no medían las consecuencias de sus actos. Estaban allí para matar. Y si seguía de esa manera, Aran no tendría otra opción que jugar al mismo juego.

Aran adivinó las intenciones de la cantante cuando vio que levantaba su brazo. Apenas la espada salió disparada hacia adelante, el peliverde cogió a la mujer del otro brazo y echó a correr hacia atrás. Era la oportunidad que había estado esperando, para poder rescatarla de ese agujero. Los bandidos sin duda se sorprendieron. Los escuchó gritar. Y es que había dado en el blanco, al menos de manera superficial. La espada cortó el rostro de uno de los bandidos, sin matarlo, pero inmediatamente creó un alboroto en el callejón. Habían herido a los tres criminales solo por esa oportunidad de huir. Por suerte, no fue en vano. Corriendo en esa dirección, Aran tan solo miraba hacia adelante, guiando a la cantante cada vez más lejos del lugar de los hechos. La única guía que tenía era ir hacia arriba, pues Daein se organizaba en estratos de manera vertical. Y allí donde trabajaba era que existían más guardias, y no habían criminales por doquier. No miraba hacia atrás, y en ningún momento soltó de su firme agarre a la mujer, no hasta que vio con ambos ojos a un soldado como él en medio del camino.

Por fin el peliverde detuvo su carrera, cogiendo aire a bocados. El otro guardia preguntaba confundido qué había pasado. Vio a la cantante, la reconoció incluso. Aran por fin pudo recoger su aliento tras unos segundos.

-Los barrios… criminales. Muéstranos una enfermería. -el guardia señaló su prioridad. No quería ni siquiera esforzarse en explicar la ubicación de los criminales, porque no sabría definirlo. Probablemente ellos ya habían huido del lugar como él había huido de ellos, y el único testimonio de que todo aquello había sucedido sería la sangre derramada en el callejón.

-Pues, allí. Allí arriba a la derecha. -musitó el otro soldado, preocupado.

-Bien… -Aran miró a la mujer. Se sentía mal por haberla arrastrado de esa forma, pero ya estaban lejos y a salvo.- ¿Vamos… a sanarte? -comentó.- Yo puedo pagarlo por ti… -estuvo a punto de murmurar que era su deber. No había podido protegerla del todo, y se sentía responsable por eso.
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Mensaje por Aurora el Sáb Oct 10, 2020 11:54 am

La situación fue tan frenética, que seguramente se volvería un recuerdo ligeramente borroso con posterioridad. ¿Qué podría contar de ello? Ni siquiera sentía dolor alguno por el corte, a pesar de que si era capaz de percibir como la manga de su vestido empezaba a mojarse con su sangre. Todo en ella quedo absorto en la espada girando tan peligrosamente sobre uno de los delincuentes, al menos hasta que un nuevo sacudón la hizo salir de ese estado. Resintió por lo sorpresivo el agarre del guardia, que sin mediar palabra empezó a correr, cosa que imito si es que no quería caer de bruces al suelo.

Aunque le costaba bastante; considerando que nunca había sido una persona dada a hacer carreras veloces, y menos si no estaba preparada formalmente para ello. Definitivamente un vestido que fácilmente rozaría el suelo no era lo ideal… Pero trato de manejarlo lo mejor que pudo. Sus piernas largas le ayudaban casi a zancadas a seguir el paso del guardia. Algo torpe, pero funcional al momento.

Finalmente se detendrían tras una carrera que, sin duda, parecía haberse cobrado casi toda su resistencia física. ¿No había escaleras en Daein, o era hasta ahora que notaba que todo estaba hecho en una zona demasiado inoportuna a las urgencias? A pesar de que tenía pulmones fuertes, parecía que todo el aire dentro de si se había escapado como si Forseti la hubiera exorcizado de su gracia. Oía también al guardia estar agitado tratando de hablar, antes de alzar la vista por lo bajo entre sus jadeos para contemplar otro compañero que les miraba algo anonadados y con preocupación. Señalaria el camino a la enfermería, aunque para Aurora si le hubieran dicho que estaba al lado suyo, le parecería lejos.

Necesitaba recomponerse.

-Por favor…!- Dijo, pero no como una súplica, sino más bien como una orden muy bien camuflada aun en su voz aun temblorosa. Incluso tomaría el atrevimiento de sostenerse del brazo del guardia, tratando de recuperar su postura. Necesitaba un poco más de tiempo para sentirse mejor. Sus mejillas ardían con un tono gracioso de rosa, producto del calor que le había provocado la huida. Tras unos breves segundos, ya se sentía capaz de afrontar la situación, poniéndose de pie como solía caminar por las calles al cantar dando un paso hacia atrás. Ahora solo acariciaba suavemente su brazo herido, que a pesar de que no parecía grave, el mismo debía ser tratado. La manga que fuera en un principio de borgoña, se había teñido de un color oscuro por la sangre que había absorbido.

-¿Usted está bien…?- Pregunto antes que nada, a pesar de que al menos ella no era capaz de verle herida alguna. Pero era lo menos que podía hacer tras haberlo metido en una situación tan complicada, siendo ella una muy pésima victima por entorpecer más todo. –Muchísimas gracias por ayudarme.- Fue lo siguiente que añadiría, tratando de brindar su gratitud con una sonrisa algo afligida a su rescatista, aunque procuraría recompensarle de otro modo también.

-No es necesario… Puedo costear el precio de mi ingenuidad y torpeza...-
Respondería tras la sugerencia, algo decaída, aunque tratando de aparentar aun orgullo. Un corte en su brazo, y unas cuantas monedas de oro seguramente… Si, era algo que aun podía pagar. El asunto sería que ese fuera su error más grande en toda su vida, en lo posible. No culparía al guardia que lo veía bastante acongojado. ¿Sería regañado por la situación? Algo de culpa la carcomió pensando en las posibilidades, aun sin conocer demasiado la cultura de Daein. No podía permitir que un buen hombre se viera afectado por su imprudencia.

–Si le agradecería, por favor, me acompañara a la enfermeria… ¿No es molestia…? ¿Señor…?-
 Consulto ahora, preguntando también de una forma discreta el nombre de su salvador. Quería mostrarse agradecida con él, a pesar de que solo seguía demandando de su tiempo.
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Mensaje por Aran el Jue Nov 05, 2020 12:09 pm

No se sorprendió tanto al ver que la mujer ocupaba su brazo de apoyo. Con lo agotada que estaba, era de esperarse. Aran recuperó su porte y asintió, muy correcto, como siempre.

-Bien… -respiró profundo, y exhaló. Esperó a que pudieran hablar de manera más decente, aunque en ese tiempo muerto Aran no pudo sino mirar hacia el fondo de la calle, desde donde habían corrido, por si volvía a resurgir el peligro. Pero sus miedos pronto se vieron opacados por la realidad, pudiendo por fin él y la cantante verse cara a cara de forma correcta. Surgió un poco de timidez en sus ojos, que se apartaron hacia un lado, aunque tan solo brevemente. No estaba muy acostumbrado a hablar con mujeres de buen ver después de todo. Sin embargo, a ella no parecía importarle, así que se relajó. Claro que la herida de la mujer era aún visible, y le daba un sentido de urgencia a esa conversación.

-Sí, sí. Si me han herido no me he dado cuenta. -respondió, dando a entender que estaba más preocupado por ella.- Era mi deber. -asintió. Después se sorprendió por las palabras de ella, tan sinceras, respecto al costo- Muy bien... Lo siento. -sonrió un poco nervioso por su propio ofrecimiento. No sabía adivinar cuánto ganaría en oro una cantante como ella; podía ser mucho o poco, pero Aran imaginó que por eso la habían asaltado, no por otra cosa.

-Claro, vamos de inmediato. -respondió Aran casi sin terminar de oír a la mujer. Sin embargo su cerebro alcanzó a captar las últimas palabras, y volvió a mirarla.- Soy Aran. Perdón que no recuerde tu nombre… -dijo con sinceridad, aunque no estaba muy seguro si lo había oído alguna vez.- Bueno, vamos allá. Un último empujón.- le ofreció nuevamente el brazo, sus ojos nerviosos navegando de un lado a otro. No había olvidado sus modales incluso después de tanto tiempo, ella los hacía resurgir con su actitud tan educada y formal. Pronto, Aran comenzó a caminar hacia la enfermería. El edificio era mediano en envergadura. Una construcción modesta apegada a la calle. Por fuera habían unas cuantas personas, al parecer enfermas, pero que no podían costear un tratamiento. Aún no estaban demasiado lejos de la zona más pobre de Nevassa, por lo que era de esperarse. Aran suspiró y abrió la puerta, dejando a la cantante entrar. En la oscuridad del interior había un hombre con la apariencia de un profesor, que entonces estaba entregando medicinas a un cliente. Aran no estaba acostumbrado a entrar a un lugar así cuando toda su vida había recurrido a la buena fe de la iglesia, que podía sanar las heridas más inmediatas. Por suerte no habían interrumpido al doctor mientras trataba con algún paciente de gravedad.

-Disculpe. Una herida de un arma… -aclaró con rapidez, aunque luego entendió que debía dejar que la mujer se tratara por su cuenta. Él esperaría ahí mismo, aún no era momento de separar caminos después de todo, no hasta que supiera que todo estaba arreglado y en orden. Mientras, se quedó mirando el interior de ese lugar. Olía a remedios por doquier. Muchos frascos reposaban en las estanterías como pequeñas decoraciones. Allí también habían unos cuantos bastones, aunque no parecía que los ocupara mucho. ¡Qué extraño era todo! Pero no iba a quedarse a mirar para siempre. Apenas terminara el tratamiento…

-Puedo llevarte después a tu, eh, hogar. -intervino durante el tratamiento, sin estar seguro si ella vivía siquiera en la capital. Pero quería continuar escoltándola, al menos todo lo que pudiera permitirse. Aún era temprano, y la ciudad ya se había demostrado peligrosa.
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Mensaje por Aurora el Lun Nov 16, 2020 12:25 am

El Caballero, era… Peculiar. Aurora había tratado con muchos de ellos, en realidad, demasiado. Eran como la moneda más corriente de hombres en Altea, y mas aun en su trabajo. Pero ninguno como el que tenía en frente, que aunque caballero, no trataba constantemente de lucirse como un héroe o alguien rimbombante. Simplemente se mostraba como un hombre, bastante apegado a su deber, de pocas palabras… Quizás era ese último detalle el que le llamaba la atención. En realidad en todos esos segundos había estado esperando un interrogatorio, que nunca había llegado. Solo las preguntas indicadas, o amables incluso. A pesar de que había declinado el gesto de que el pagara por sus curaciones, hablaban muy bien de él.. De…

No movería sus pies de donde estaba clavada. El apuro que parecía comer al guardia en ese instante le había impedido notar que solicitaba su nombre. Mentiría si eso no la hubiera ofendido por un instante, al menos hasta que finalmente la indirecta llego algo tardía a su cabeza. No fue hasta que dijo su nombre, que la mirada de Aurora se suavizo un poco, entre la derrota y la gracia. Definitivamente era demasiado diferente a los caballeros de Altea, que hasta su número de rango habrían otorgado.

Simplemente caminaría lento hasta el –porque sus piernas se lo pedían-, tomando de nuevo y suavemente su brazo, cosa que agradeció con la mirada. –Mucho gusto Aran y gracias otra vez por tu valentía.- Dijo de forma apropiada.  -Y puedes llamarme Aurora, que es mi nombre.- Añadió, antes de simplemente dejarse guiar por aquella calle que no parecía precisamente la mas transitada, pero el sonido indicaba que había mas movimiento mas adelante. Un pequeño rastro de sangre iria dejando, bastante imperceptible, solo gotitas que caian tras cada paso producto de la tela que aun absorbia sangre. Por suerte, parecía que ya no tanta.

Lo que no pasaría ajeno a Aurora seria la cantidad de personas que de pronto aparecerían. Sus miradas desahuciadas le sentó mal a la mujer, que no pudo evitar sujetarse más fuerte de caballero, tratado de no ser impertinente al mirarles. –Aran… ¿Estas personas están su turno…?- Pregunto bajo, tratando de ser discreta, al menos hasta que la puerta de la enfermería apareció casi de golpe. Aurora voltearía nuevamente hacia la gente que habían dejado atrás, antes de mirar al caballero un poco extrañado. Sus ojos le preguntaban porque, mientras veía la puerta abrirse por él… Ella lo seguiría, no sin dejar de ver hacia atrás… Se sentia mas herida viendo a esas personas en esa situación, que en el instante en que aquella daga la hubiera cortado.

Que Aran se pronunciara sobre su situación la hizo volver en sí, encontrándose a un hombre un poco anciano en un ambiente cargado de aromas un tanto amargos producto de medicinas. No llegaría a decir algo más, antes de ver como el Caballero se retiraba un poco, cosa que sin duda habría preferido que no.

El doctor era un hombre viejo, que se acercó a ver su brazo en el momento. Sus manos se empaparon con la tela húmeda, antes de retirarse a buscar sus herramientas. Le indicaría a ella que se sentara en una camilla, mientras buscaba sus cosas. Aurora fue obediente, arrastrando sus pies, en una caminar derrotado y melancólico hasta ahí. Una vez sentada, solo volvió a despertar de sus pensamientos una vez el médico, sin mediar palabra alguna, arrancara la manga de su vestido haciendo que la tela rugiera de ese modo tan característico. -¡Que era seda! En el nombre de Forseti…-pensó Aurora anonada, solo para oír de fondo otra vez la voz de Aran.

Hubiera respondido a su amable ofrecimiento, de no ser que su mirada suplicaba en realidad que prefería que se acercara. De hecho, su cabeza de movía, sacudiendo suavemente para que lo hiciera. Y seguiría haciendo eso, antes de que terminara encontrando a escasos centímetros de su piel lo que sin duda alguna, era la aguja más grande que en toda su vida hubiera visto.

-¡Oh por ….! -
Llego a murmurar, ni bien vio como la misma estaba a punto de pinchar su piel, antes de simplemente desmayarse de la impresión. Definitivamente Aurora, jamás había estado en una batalla.
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