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Mensaje por Henry el Miér Ago 12, 2020 10:16 pm

-¡Caw! - ¡Eso era! ¡El colmo!
Pensó Henry sujetando la fina tela que era su capa, con la que se había envuelto con la intensión de resguardarse del frío viento que le hostigaba. Pero no solo le era imposible mantener la prenda firme cubriendo su cuerpo, sino que el mismo intento era vano, al ser la fina tela incapaz de proteger del frío, dejando a este y al viento pasar a través sin obstrucción alguna. Su mejor escudo contra el frío era el grueso tomo de magia que abrazaba contra su pecho y al menos, esa pequeña porción de su cuerpo, no era agredida por el helar del viento.

- ¡Caw! - Volvió a graznar el cuervo, revoloteando sobre su cabeza. - No, ¡tchí! ¡No te creo! - El joven que avanzaba a duras penas, con los pies hundidos hasta la pantorrilla en la nieve, gritó su respuesta al ave. Soltando de vez en cuando cortos espasmos, estornudos.

- ¡Caw caw! -

- Te pregunté si iba a hacer frío ¡tchí! y también me dijiste "Caw"! - Respondió ofendido a los graznidos, pasando uno de los bordes de su capa por su nariz. Había estado siguiendo a su amigo alado por unas semanas cuando había comenzado el frío. Pero el cuervo le había convencido de seguirle con sus caw caw. Y las repentinas y esporádicas apariciones de emergidos también le entretuvieron lo suficiente.
De un día para el otro el frío y el viento helado habían aumentado, y el mago hubiera querido buscar refugio, pero caw caw dijo el cuervo. ¡Y lo guió hacia el medio de una tormenta de nieve! (Solo estaba nevando y había viento, muy lejos de ser una tormenta)
Henry apenas y podía ver unos metros frente a él (tal vez si abriera sus ojos podría ver más lejos) y sus ropas definitivamente no eran aptas para aquellas temperaturas.

Hacía tiempo recordó escuchar a alguien que morir de frío era una muerte placida, que te entumecía hasta dormirte. En un principio, Henry no había prestado mucha atención al frío, pensando que en el peor de los casos ése sería su fin, hasta lo esperaba con ansias. ¡Pero eran mentiras! ¡Puras mentiras! Le dolían la punta de las orejas, le dolía la nariz, le dolía la cara! Le dolían los brazos, le dolían los pies, le dolían los dedos! Cada movimiento que hacía le provocaba incontables punzadas heladas y dolorosas por toda la superficie de su piel.

- ¡Caw caw caw! -

- ¡Ya no confío en ti! - Repitió lloroso el mago. Pese a todo, una sonrisa congelada permanecía en su rostro, titiritando, y su lento avance seguía los aleteos de animal.

Sin darse cuenta, había sido cubierto por una gran sombra, y al prestar atención notó que estaba frente a algún tipo de establecimiento. Algo derruido tal vez, pero cualquier cosa era un buen refugio. El mago se apresuró a la entrada, un marco vacío en el que antaño reposó una puerta.

- ¡Caw! - Graznó el cuervo, como quien dice un "te lo dije!"

- ¡Nyajajaja! Era mentira! ¡Eres el mejor! ¡Ven aquí! - Se retractó Henry y abrió sus brazos, queriendo abrazar al cuervo. Pero ahora el ave era la ofendida y pasó de largo del mago, adentrándose en la construcción. - Owww ¡tchí! vamos, seguro también tienes frío. - Sonrió decepcionado y siguió al pájaro a través de un largo pasillo. Pasó varias puertas algunas cerradas, otras entreabiertas, otras abiertas de par en par y otras ausentes como la de entrada. Pasó algunas escaleras, una subía, otra bajaba. Algunas bifurcaciones en el pasillo, que se unía con otros.
El mago oscuro no prestó atención en su camino, pudieron haber sido solo dos puertas como veinte. Tampoco había prestado atención al lugar al que había ingresado. Solo había visto una pared y una entrada. Era suficiente.
El aullar del viento ahora era un lejano eco, sólo podían escucharse los espaciados estornudos del mago y el repiqueteo del ¡taptaptap! de las patas del cuervo sobre la madera, que tal vez cansado de volar había aterrizado en el suelo.

El ave dobló al final del pasillo y el mago le siguió curioso, esperando ver hacia qué fin macabro le guiaba ahora. Aún tenía frío pero por lo menos ya no sentía los colmillos gélidos clavándose en él.
Pero al ¡taptaptap! de los pasos del cuervo, se sumó un suave ¡cripcripcrip! Y al final del nuevo pasillo el mago descubrió un leve resplandor anaranjado tras la rendija de una puerta entreabierta. El ave levantó el vuelo y se apresuró a entrar a aquella habitación.
El mago oscuro abrazó su tomo y siguió su ejemplo. ¡cripcripcrip! Indicaba fuego, y fuego indicaba ¡chau frio! Sin importarle qué otra cosa podría haber detrás de aquella puerta, ni la lógica de que si había fuego también había gente, Henry empujó la puerta despreocupado. La abrió de par en par y rió alegre al sentir la calidez que había en aquella habitación. - ¡Nyajajaja! - ¡Caw caw caw! - Le imitó el cuervo que le esperaba del otro lado.
Henry
Henry
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- PLEGIA -

Clase :
Dark Mage

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Mercenario, ex-soldado

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Vulnerary [3]
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Tomo de ruina [1]
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Mensaje por Sindri el Miér Nov 04, 2020 1:55 pm

El frío de Ilia, una gelidez que superaba por mucho el mero helor de otros lugares de este mundo… por extraño que parezca Sindri lo había echado de menos.

Y el primer extrañado era el mismo Hechicero caminando entre la blancura. Al fin y al cabo, él había nacido y crecido en las cálidas tierras de Lycia, siempre bañadas por el sol y famosas por unos inviernos tan suaves que podían bien pasar por otoños. Y no había pasado en Ilia mucho más que cinco años, cinco largos años en la ahora desaparecida Gran Biblioteca, pasando no penurias, pero sí muchísimo frío. El frío de Ilia, una falta de calor que reverberaba dentro de tus propios huesos y amenazaba con congelar el alma. Ventiscas, tormentas, nevadas… el paisaje del país podía cambiar a placer de alguna mano desconocida, pero Ilia era siempre Ilia. E Ilia era fría. Mas, por alguna razón, sus habitantes acababan acostumbrándose a las rachas de viento que helaban la sangre y a caminar por la nieve que cubría hasta la cintura. El primer invierno que Sindri pasó ahí fue el peor de todos los que recuerda, perpetuamente anclado al parco calor que daba una hoguera de madera pétrea y fragante. Recordaba también decirse que jamás se acostumbraría a eso, que con los primeros deshielos de primavera abandonaría ese yermo y buscaría prados más verdes al sur. O al oeste.

Pero no lo hizo.

No sabría decir cuando, pero un día simplemente aceptó el frío. O quizá el frío lo aceptó a él. No es que dejara de sentirlo, ni mucho menos, pero se convirtió en una parte de la vida en Ilia. Un vecino más al que veías todos los días. Te vestías con ropa más adecuada, comías platos que te calentaban el alma y el clima dejaba de ser un impedimento para el día a día. Las ventiscas y las tormentas de nieve pasaban a ser cambios de color que chocaban inertemente contra los gruesos muros de piedra del establecimiento del saber. El viento ululaba pero no acallaba los cuchicheos y el pasar de las páginas de papel. Y en cuanto dabas un paso fuera del país por la razón que fuera, sólo entonces echabas de menos la fría manta. Para bien o para mal, pero sentías que faltaba algo.

O quizá simplemente era la nostalgia la que hablaba, exacerbada por el hecho de haber puesto un pie ya en la Gran Biblioteca de Ilia. ¿Insensatez? Tal vez sí, Ilia seguía siendo fuerte de los Emergidos pero un Hechicero a veces requería de conocimiento que no podía ser encontrado en otro lugar. Vetustos tomos con información de los que le precedieron. Papiros de saber inigualable de los que no existían más copias que las ya escritas. Y la investigación es lo primero, por lo que el joven mago arcano llevó a cabo un desvío rumbo al faro de conocimiento de Elibe, congelado en el tiempo igual que en el espacio. Y lo que encontró le extrañó de sobremanera: la seguridad parecía más… ¿laxa? Por decirlo de alguna manera. Lejos en las brumas de la memoria quedaban aquellas patrullas de Emergidos que lo obligaron a hacer un escape de emergencia a lomos de un wyvern, casi parecía que la Gran Biblioteca ya no era importante para aquellos de ojos rojos. Obviamente que había patrullas y había Emergidos desperdigados aquí y allá, pero nada que no pueda solventar con algunos hechizos, unas pocas maldiciones y alguna pócima lanzada con buen brazo.

Eventualmente pudo entrar en la Gran Biblioteca de Ilia y los congelados y conocidos pasillos le dieron una silenciosa bienvenida. Todo estaba tal y como lo recordaba, quizá un poco más polvoriento, pero reconocible en todo caso. Bien era cierto que no tenía mucho tiempo, pero el muchacho necesitaba luz para trabajar por lo que, con ayuda de yesca y pedernal, encendió una de las chimeneas de la sala donde (posiblemente) estaba la información que necesitaba y, con la habilidad de un experto en la búsqueda de escritos, Sindri el Hechicero comenzó a escrutar con ojo crítico las estanterías en pos de lo que necesitaba. No debería tardar mucho, simplemente coger lo que necesitaba, mirar que estuviera bien conservado, meterlo en su zurrón e irse. ¡Simple!

O no tan simple. Después de un tiempo imposible de determinar, oyó ruido en el pasillo. Pasos que se acercaban. Tras dejar los pocos tomos que ya había recabado en la mesa más cercana, el pelimorado se acercó con presteza a la puerta oído avizor, listo para actuar en un momento. ¿El origen de aquellos sonidos podía ser un Emergido? Sería extraño puesto que juraría oír voces y aquellos seres eran conocidos como “silentes” por una muy buena razón. Y estaba más que seguro que no estornudaban, si lo hicieran sería mucho más fácil localizarlos en un lugar como Ilia. ¿Un visitante? ¿Quién sería tan valiente o tan osado como para acercarse a un lugar tan peligroso? A parte de la presente compañía, claro. Los pasos ya sonaban con fuerza por lo que algo le decía que pronto tendría la respuesta a todas las preguntas.

Un joven peliblanco en compañía de un pajarraco. Eso sí que no se lo esperaba. Un soldado, alguien con armadura, un erudito o estudioso… aquello tendría sentido pero, ¿Un ornitólogo? ¿Qué se le había perdido a un joven estudiante de las aves en los blancos campos de Ilia? Ah, tampoco era su lugar juzgar a los demás. Fuera quien fuera era alguien que buscaba conocimiento y, por ello, era menester ayudarlo en la medida de lo posible. Y, una vez más, dijo aquellas palabras. Un bibliotecario era un bibliotecario siempre y su biblioteca era su biblioteca – Bienvenido sea a la Gran Biblioteca de Ilia, joven. ¿En qué puedo ayudarle? – y miró que el visitante había traído consigo un animalito. Desgraciadamente no era un gato pero tampoco podía contar que todo el mundo tuviera el mismo buen gusto en animales que él – ¿Polly quiere una galletita? – inquirió a la potencialmente hambrienta ave. No es que tuviera muchas galletas que compartir, claro, pero seguramente podría saquear su bolsa en busca de algunas migajas.
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