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[Campaña de conquista] La libertad de una liebre se paga con plumas [Privado Aran]

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Mensaje por Kaworu Vie Jul 24, 2020 2:10 am

No terminaba de acostumbrarse a viajar. Su físico era débil como para dar largas caminatas o cargar demasiadas cosas, su piel demasiado pálida para estar demasiado tiempo al sol y el camino demasiado solitario para alguien que había vivido toda su vida entre sus pares.

Sus pies ya dolían así como también su hombro por cargar el pequeño bolsito donde llevaba apenas un poco de dinero, no más de un puñado de monedas, ninguna de oro... ni siquiera una de plata, también algunas de sus herramientas para recoger plantas, molerlas y hervirlas, no mucho más que una pequeña daga sin mucho filo, una piedra plana y un mango de mortero, un frasco de cristal y uno de latón así como algunas medicinas ya preparadas y varias flores, semillas y hojas que había recogido en el camino. No cargaba comida ni agua, eso eran cosas que la naturaleza le daba.. y sinceramente estaba en su límite.

Hacía bastante que no veía civilización alguna, tampoco un bosque donde resguardarse para descansar seguro pero a lo lejos veía una arboleda y vegetación crecida, hasta arbustos. Venía caminando por una pradera un tanto seca, por lo que aquella área verde significaba que había agua, fuese subterránea o, si tenía suerte, un pequeño río o laguna. Animado sintió sus energías subir, sus labios formar una sonrisa y sus alas inflarse un poco esponjando sus plumas casi blancas bajo la luz del sol.

Al llegar no necesitó adentrarse mucho antes de encontrar arbustos con bayas comestibles las cuales recogió algunas para ir comiendo mientras seguía el inconfundible sonido de agua cayendo. El pequeño río le proveería de agua fresca y limpia, incluso podría lavarse un poco el sudor y si el clima seguía así de cálido a la mañana siguiente podría lavar su ropa y dejarla secando sobre los árboles al sol. Descansó bajo la sombra de la vegetación, escuchando al viento hacer susurrar las hojas y los pájaros piar al sentir al recién llegado. Todo se sentía en paz y tranquilidad... hasta que una punzada de angustia le encogió el corazón. Preocupado se alzó mirando a su alrededor y comenzando a avanzar hacia donde venía aquel sentimiento.

La fuente era de angustia, miedo, desesperación, sensaciones fuertes para una criatura de corazón tan puro: una liebre. El peligris encontró al animal en un estrecho claro entre los arbustos donde hojas y ramas habían sido colocadas de formas poco naturales alrededor. Iluso y sin captar la alteración del entorno, la garza comenzó a tararear una melodía suave para tranquilizar al animal que parecía enredado entre las ramas y hojas. La voz tranquilizadora vibraba en su garganta y se mezclaba con los sonidos del entorno como un susurro natural y calmo. La liebre dejó de saltar y revolverse en el lugar, solo quedándose quieta moviendo rápidamente su nariz con una respiración agitada de estar peleando ya hacía algunos minutos con la cuerda.

La garza se acercó lentamente - Tranquilo... te ayudaré. Sólo quédate quie... ¡Aahh! - El tirón en su pie le hizo tropezar y caer cuando la rama tensa del árbol se soltó y la cuerda apretó el nudo corredizo contra su tobillo. Al caer, víctima del susto y temeroso de un depredador extendió sus alas, intentando usarlas para ayudarse a alejarse pero sin poder avanzar solo sintiendo como era tironeado del tobillo alzando hojas y plumas por igual al enganchar su ala con la misma cuerda que se tensaba pasando en un lazo por sobre una de las ramas. Sintiendo el tirón en sus plumas enganchadas se quedó quieto, cauteloso de no quebrar sus delicadas alas con un movimiento en falso. Así se encontró, tirado entre hojas y ramas, con una pierna alzada y atrapada en una cuerda que subía hasta la rama que también apresaba su ala estirada en una posición incómoda. La liebre se acercó un poco a él, tanto como la cuerda que le apresaba la pata se lo permitió y el peligris, estirándose en el piso, logró llegar al animal, aún con intención de ayudar, intentando soltarlo aunque sin saber como deshacer esa clase de nudo o aflojarlo aunque sea. - Sólo un momento y ya te podrás ir. -
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Mensaje por Aran Dom Jul 26, 2020 12:10 am

Aran en ese momento resentía de una herida recibida en combate. Aunque había sanado con la ayuda de magia curativa, permanecía un dolor dentro de su cuerpo, al que atribuía el cansancio acumulado tras cada batalla. Casi había olvidado lo que era el combate extenso y continuado contra los emergidos, un desafío que se hacía eterno, que parecía interminable. Sin embargo, por una vez en mucho tiempo, sentía que estaban ganando ventaja contra sus enemigos. Todos los soldados eran optimistas, pensaban que el número de monstruos decrecía con cada día que estaban en terreno. El soldado se dejaba llevar por sus ánimos, motivado, acostumbrándose a la manera de trabajar que tenía ese ejército. Daein era bastante particular; las enseñanzas eran estrictas, pero no ocurría en sus tropas la misma necesidad de compostura y orden que exigían en su antigua nación.

Sí, porque ya había sucedido al menos una semana entera de marchas en el margen de la frontera entre Daein y Begnion. Las piernas estaban fatigadas, las reservas de alimentos estaban bajas. La tropa se había detenido en un campamento para hacer recuento de su situación actual, y descansar, sobre todo descansar. Quienes pudieran recolectar alimentos y agua alrededor, debían hacerlo. Aran no sabía cazar, pero había aprendido a preparar trampas tiempo atrás, en sus instrucciones de supervivencia. Había preparado algo simple, en una arboleda cercana, con la esperanza de poder atrapar un conejo, o cualquier otra cosa que pudiera cocinarse. Aprovechó además de recoger algo de agua del río cercano. Después de descansar, estaba seguro de que volvería pronto a Daein, aunque dependía casi enteramente de que las avanzadas enemigas desistieran en el camino de regreso.

Pasadas unas horas, el soldado se separó del grupo para comprobar el estado de la trampa. Mientras se acercaba escucho unos ruidos, cosa que lo hizo sonreír y apresurarse. Llevaba la lanza a espaldas, por lo que no le molestaba correr un poco. Sin embargo, se detuvo al notar algo enorme que había caído en ese lugar. Veía plumas, plumas grises y grandes.

-¿Un pájaro? -confundido, el soldado se adelantó sobre la hierba, curioso por descubrir lo que sucedía. Eran alas tan grandes como las de un pegaso, pero no podía ser, no vivían por esos lugares. Mayor fue su sorpresa al reconocer que no eran tan solo alas las que colgaban de su trampa. Se llevó una mano a la boca al descubrir la figura humana del desconocido, tendido de cabeza. Era uno de esos “laguz”. Aran se apresuró al lugar, sacando de su bolsillo un pequeño cuchillo, el cual había traído en un principio para terminar con la vida de la liebre. Hasta ese momento ni siquiera había notado que, efectivamente, había atrapado una. Se puso de cuclillas junto a la toca que aguantaba el peso, y cortó la cuerda que había atado a su alrededor. La altura era poca, esperaba que no se hiciera daño con la caída.

Aran se quedó en esa misma posición, observando al laguz sin emitir palabra. Su mirada delataba la tensión que sentía en ese momento. Sobre todo, giraba su cabeza de manera intermitente hacia atrás, el lugar de donde había venido. Prefería ser el único en descubrir que estaba allí. Para muchos daenitas, los laguz como ese tenían en un precio. Si lo veían, querrían capturarlo, y sabía que no tendría estómago para ver a uno de ellos encarcelado.

-Ya eres libre. Vete de aquí. -alzó la voz y gesticuló con autoridad, apretando el entrecejo. Mientras más rápido lo echara de ese sitio, menos problemas tendrían. Fue entonces que notó a la liebre atrapada también cerca suyo. Abrió los ojos al notarlo, exhalando un poco. Al menos con eso tendrían qué comer. El soldado se irguió lentamente, observando a ambas criaturas.
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Mensaje por Kaworu Jue Jul 30, 2020 4:28 pm

Tenía paciencia y tras intervalos de forcejear y quedarse quieto había decidido por quedarse quieto y no romper más las plumas de sus alas. También se había rendido de intentar liberar la liebre, el nudo del lazo estaba muy fuerte y no conocía un nudo corredizo así que no tenía idea como deshacerlo, menos apenas logrando manipularlo con la punta de sus dedos estando todo estirando y tironeando de sus plumas. Recordó que en su bolso tenía un cuchillo que lo utilizaba como ayuda para cortar y desenterrar raices para no lastimar sus manos, pero no solo estaba tan desafilado que no cortaría la cuerda, si no que su bolso, al ser tironeado y alzado boca abajo, se había caído y algunas de sus cosas se habían esparcido fuera de su alcance. Sólo quedaba esperar y pensar en alguna manera de liberarse.

El sonido de los pasos le llamó la atención, no solo a él si no que también a la liebre que dio un par de saltos en huida y fue detenida por la cuerda, él mismo se removió sacudiendo su ala libre para ayudarse a soltarse pero sin éxito. Su corazón latía fuerte, alimentado por la ansiedad y el miedo de la liebre que ahora se quedaba quieta y agitada tan lejos como la cuerda se lo permitía y él, como cualquier garza, era una esponja emocional de todo ser vivo que le rodease. Pero tras la agitación inicial se calmó, nuevamente racionalizando que no podría escapar solo y que si seguía moviéndose solo se lastimaría su ala atrapada. De cualquier modo los pasos no tardaron en acercarse y revelarse su dueño.

- Hola. Ten cuidado, por favor. Hay ramas y lianas peligrosas en la zona. - Saludó y advirtió del peligro al ver que se trataba de un beorc (no es que no hubiese saludado si fuese cualquier otra criatura), y con una sonrisa un poco de circunstancia miró la cuerda que le atrapaba por la pantorrilla y el ala que tenía pellizcada en esa misma cuerda contra la rama, ya se veían plumas desacomodadas así como plumas blancas y grieses en el piso a su alrededor. La mirada carmín del laguz siguió los movimientos del soldado, tenía su brazo apoyado en el piso para aliviar el peso de su pierna al estar colgado y su ala libre se extendía en todo su largo hasta apoyarse en el piso para darse más estabilidad y no estar girando o balanceándose.

Al ser cortada la cuerda el peligris cayó, sin hacerse daño pero sin gracia realmente, recogiendo su ala sana y dejando un poco extendida la que había sido dañada, esponjándola al erizar sus plumas y sacudir sus alas intentando acomodar lo que se había quebrado y desordenado. Al levantarse dejó su ala dañada un poco caída, agotado y aún sintiendo incómoda el área donde había estado apretado y donde había perdido plumas, pero no podía perder tiempo en él. - ¡Gracias! Es raro que hubiese eso en esta zona... ah.. es una cuerda, creí que era una liana de algún árbol. - Dijo cuando se quitó el lazo de su pierna y sacudió un poco esta para liberarse por completo finalmente. Al calmarse un poco él, sentirse libre, pudo notar el estado del otro... ¿ansiedad? ¿temor? Algo por el estilo y por sobretodo cansancio y algo de dolor. Las palabras tensas que le dedicaba también eran un poco violentas, seguramente alimentadas por ese estado de ánimo y por un momento la garza borró la sonrisa y sus alas se estremecieron ante la perspectiva de ser echado como un perro callejero que se acerca al costado del fogón, pero no duró mucho pues su sonrisa volvía enseguida a sus labios.

Acercándose a la liebre se inclinó, el animal se dejó tomar en brazos y ser acariciado un par de veces por el peligris que miró al soldado. - ¿Podrías ayudarla a ella también? Intenté deshacer el nudo pero está muy fuerte y no sé como... - El animal se calmaba en los brazos de la garza, normalizando su respiración y relajando un poco su cuerpo al sentirse contenido y seguro, alzando un poco sus orejas prestando ahora atención más al peliverde. La garza desvió su mirada al piso, donde aún estaba tirada su bolsa abierta y habían algunas pertenencias en el piso aunque en su mayoría siendo vegetación y flores, se perdían un poco entre las hojas del piso, sólo su cacharrito de latón y la daga vieja y maltratada se veían con claridad. - Te encuentras cansado también. Tengo hiervas energizantes y también hunguentos para las heridas si tienes alguna, siento que estás algo adolorido... o quizás sea por el cansancio mismo, a veces duele el cuerpo por el cansancio mismo.  - Ignoraba totalmente el peligro en el que estaba al estar tan cerca de un campamento, también del potencial peligro que se exponía al ser amigable con los beorcs, pero por más advertencias que le dieran siempre terminaba por dejar que cualquier criatura se le acercase no queriendo pre juzgar la naturaleza de nadie y claramente habiendo vivido toda su vida en un lugar sin depredadores ni peligros naturales.
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Mensaje por Aran Mar Ago 04, 2020 11:57 pm

Aran evitaba contestar las palabras amistosas del laguz. Estaba confundido, y en dicho caso no podía tomárselo bien por mucho que quisiera. La caído lo asustó un poco, e incluso se inclinó un poco hacia él, evitando, eso sí, ayudarlo mucho más. Cuando el soldado se puso de pie, descubrió también el bolso y las plumas que había perdido el laguz forcejeando. Se comportaba igual que un ave, con esas enormes alas moviéndose de un lado a otro. Casi no parecía real. Encima había caído de lleno en su trampa, que era tan simple a la vista, y no tan fuerte como para sostener a alguien de su tamaño. Eso sí, si fuera humano.

-¿Qué haces? Te...dije que te fueras. -continuó Aran intentando apartarlo del lugar, aunque en ese momento le flaqueó la voz. Sus ojos seguían constantes los movimientos de la garza, de un momento a otro parecía asustado, pero después volvió a sonreír. Aran se apretó el puente de la nariz con dos dedos, frustrado. Eso sí, poco a poco, su rostro se relajó, sin saber por qué, su cuerpo perdió la tensión que guardaba lentamente. No significaba eso sí que sus ánimos hubieran mejorado, porque en su rostro aún guardaba una mueca disconforme, exhausta. Quedó en silencio cuando el laguz cogió en sus brazos a la liebre, como si se tratase de una mascota. Una imagen se le vino a la mente, un conejillo tallado en madera, uno que había hecho él mismo en Etruria hacía tanto tiempo, como un regalo. No era normal que se pusiera a recordar esas cosas en medio de una patrulla, ¿Por qué ahora?- Déjala ahí. -consiguió decir mucho más serio, con más convicción, sin responder del todo a su pregunta. No quería pensar en eso ahora. Sirvió que el laguz distrajera su atención, ofreciéndole ayuda. El peliverde abrió los ojos y parpadeó perplejo un par de segundos.

-No, no estoy cansado… -sus palabras por fin corrían un poco más dóciles, después de pensar mejor las cosas. De alguna forma, sentía que ya conocía esa sensación de quietud, de calma. Seguía sin saber absolutamente nada de las garzas, si es que había adivinado bien, pero sabía que en Begnion les tenían mucho “aprecio” por ser calmas e inofensivas. No iba a obligarlo ya a irse, cuando notó lo importante que era para él la liebre. Probablemente por eso había caído en su trampa en primer lugar, por intentar soltarla se había atrapado en el mismo nudo. En esa situación, lo que eligió hacer fue explicar.

- Yo puse la trampa -aunque cabizbajo, se fijó en los ojos rojos y brillantes del laguz.- Me voy a llevar la liebre al campamento. No quiero que me sanes ni nada a cambio, la necesito. -y aunque dijo aquello, se palpó el hombro de manera inconsciente.- ¿Además cómo lo harías? -un poco ignorante, no supo conocer qué podía hacer con hierbas. Estaba tan acostumbrado a la curación mágica que había olvidado otros métodos. Pero entonces llegó a él otro recuerdo, esa vez en el campo de flores, cuando… habían ido a recoger hierbas medicinales. No recordaba cómo se llamaban ni nada parecido, ya que al fin y al cabo, se había ido de allí con las manos vacías. Aran desistió de mirar a la garza y se sentó también, los ojos plantados en el suelo, distante. De momento había olvidado el campamento y a sus compañeros, quedándose allí con la garza en el bosque, con su lanza a un costado. De pronto cogió una de las plumas grises entre la hierba y las ramas, mirándola mientras la daba vuelta con sus manos enguantadas.
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Mensaje por Kaworu Dom Ago 09, 2020 1:03 am

Nuevamente era echado, pero ya no de forma tan violenta y tajante, por lo que le fue más sencillo excusar aquella urgencia. - Ya me voy, lo siento, no sabía que era tu territorio. - Era la única razón que entendía de porque debía irse, aunque no veía casas ni nada que se asimiliara a lo que conocía como “territorio” de un beorc como había visto en el único pueblo que había visitado. Pero nuevamente, reconocía su ignorancia respecto al mundo y su funcionamiento, así que intentaba solo pasar de la manera más amable que le fuese posible molestando a la menor cantidad de criaturas en su camino. A la orden de que dejase a la liebre, también se sintió con dudas pero consideró que quizás era lo que necesitaba para ayudarla así que la bajó con cuidado, dándo un par de caricias más sobre sus largas orejas. - Tranquila, ya te quitan la cuerda. - El peliverde lo había liberado a él, así que no había razón para que pensara que no haría lo mismo con la liebre.

Distrayéndose un poco al recoger su bolso y comenzar a juntar sus cosas, empezando por el cacharrito y la daga que solo tiró al fondo, siendo más cuidadoso con las hierbas, raíces y flores que apenas sujetaba con la punta de sus dedos intentando no quebrarlas o dañarlas. Al agacharse sus alas se abrían un poco, levantándose para evitar arrastrar las plumas contra el suelo, ahora que estaban sus plumas más acomodadas se podía ver el contraste de estas más oscuras, casi negras en el interior y el gris jaspeado en blanco del exterior. Sus mano quedó en el aire con una pequeña raíz que parecía una maraña de jute seco, lo miró confundido, amplios ojos carmines que no ocultaban ni un poco sus sentimientos. - ¿Tu pusiste esas trampas? Son peligrosas. Alguien se podría lastimar. Si no quieres que se acerquen a tu territorio podrías poner alguna clase de cartel en piedra o he visto que hacen murallas. Aunque sería más difícil… -

Recogió una piedra chata y negra, de forma regular y lisa pero con la superficie porosa, tenía un pequeño hundimiento en el centro, puso un poco de la raíz allí y tomando una piedra redonda que encajaba casi perfectamente encima de la otra comenzó a machacar y hacer una pasta algo seca. Ambas piedras funcionaban a modo de mortero y uno bastante efectivo por lo rápido que rompía y la poca fuerza que la garza ponía en la tarea. - ¿Es tu hombro? Esto te ayudará si es dolor muscular, sólo necesitas masajearte la zona con esta pasta. Ah, y si estás cansado solo mastica un poco de esto. - Dijo deteniendo su tarea para abrir su bolso y tras revisar un poco sacar un paño doblado de donde sacó unas hojas algo secas secas pero aún verdes, extendiéndole una. - No saben tan mal pero no te mentiré, son amargas después que las tienes un rato en la boca. ¿Para que necesitas a la liebre? - Después de haber hecho la pregunta, casi como un flash recordó haber visto en la cocina de un granjero de cuando lo había visitado por su hija enferma en el pueblo, colgada de las patas traseras, una liebre muerta junto con las ristras de ajos, manojos de hierbas y el queso añejo.

Su mirada curiosa enseguida pasó a una de miedo, dejando lo que estaba haciendo para regresar con la liebre rápidamente. Pese al movimiento brusco el animal no se asustó ni huyó de la garza cuando esta volvió a tomarla entre sus brazos y sus alas se adelantaron a ambos costados escudándose un poco por los lados. - ¡¿La vas a matar?! ¡¿La vas a comer?! No puedes hacer eso. ¡Ella sólo estaba buscando comida! Si tienes hambre puedo ayudarte a buscar comida, en la zona hay flores comestibles y bayas, no muy lejos hasta vi un naranjo con fruta, hay hasta hongos, no tienes que comertela a ella. -
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Mensaje por Aran Sáb Ago 15, 2020 7:47 pm

Al parecer, la garza pensaba que ese era “su territorio”, por no incluir que hablaba con los animales. Su forma de actuar era irreal, y es que Aran no recordaba jamás haber encontrado a un laguz, incluso si sentía que de cierta forma, le eran muy familiares. Quizás porque actuaba tan parecido a un ave como tantas, solo que con rostro y cuerpo humano.

El laguz en verdad parecía ser muy inocente respecto al peligro en que se encontraba. Pensando que vivían tantos años, el soldado encontró difícil de creer esto en un principio, pero era cada vez más obvio. Cualquier persona que quisiera hacerle daño, ya lo habría hecho. Y ciertamente, eso era lo que Aran quería evitar. No podía conversar mucho más con él, por lo que ya tenía los ojos puestos en la lejanía. Si tenía que arrebatarle la liebre de las manos, iba a hacerlo rápido y sin mirar atrás. Claro que, el laguz podía volar, podía alcanzarlo y perseguirlo, y si lo llevaba donde los demás, todo iba a ir a peor. Con eso en mente, no había solución. Metido en todo esto, se distrajo apenas por los movimientos ajenos. La confección de la medicina llamó su interés. Aran guardó la pluma discretamente en su cinturón y se acercó a la garza, al menos por un momento.

-¿Ah sí? -cogió la piedrita y la olisqueó, no parecía ser nada extraño. Aunque en el tema Aran sabía poco o nada, no había razón para que el laguz le hiciera daño.- P-pero no voy a ponérmela ahora…  permiso.- con la otra mano cogió una hoja y traspasó con un dedo la porción, para poder llevárselo al campamento. Obviamente, no iba a quitarse las hombreras ni la camisa en medio del bosque. Las hojas eran más curiosas. Las tomó también y probó una. La masticó un momento, incluso la saboreó y tragó un poco sin querer.- Hah… -ya probaría luego si en verdad servían. Aran eso sí quedó callado después de la pregunta que le hicieron. Aran miró muy serio lo que ocurría, el miedo que mostraba el laguz y cómo protegía a la liebre de él. Cansado, soltó un suspiro. Por un momento sí llegó a sentir que era un monstruo.

Aunque su primera reacción fue negarse, se quedó pensando un momento con la vista perdida en el rostro blanquecino de la garza. Había mencionado tanta comida en los alrededores, que no había visto. Aran no tenía ninguna preferencia, solo quería suficiente para alimentar un poco al grupo de soldados, aunque fuera por una noche tan solo.- Pero voy a tardar mucho. -negó Aran, tocándose la frente. Ya estaba ocupando todo su tiempo hablando con el laguz, y lo que él quería era irse pronto.- No soy como tú, no tengo todo el tiempo del mundo. Tengo que regresar ya. -una última mirada a esos ojos hizo que se callara y se quedara pensando. Al final negó con la cabeza, miró en dirección al campamento, y exhaló.- Está bien. Me largo. Ni siquiera debería estar contigo… -ya casi murmurando, cogió la lanza y le dio la espalda a la garza, visiblemente frustrado. Simplemente tenía la peor suerte del mundo, metiéndose con cosas que no debía. Comenzó a caminar en dirección contraria, ya resignado a que los demás hubieran encontrado más comida.

Sin embargo algo llamó su atención. Sonidos extraños y gritos en la distancia. Al soldado se le heló la sangre, e intento ver mejor. No podía ser que justo entonces los estuvieran atacando.
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Mensaje por Kaworu Dom Ago 16, 2020 1:52 pm

La liebre se relajaba nuevamente en los brazos de la garza, escudada por las alas bicolor y los brazos delgados que dudosamente podrían ser de alguna defensa. El cuerpo del laguz se encorvaba hacia adelante, claramente poniéndose de escudo contra el animal más pequeño. Miraba con claro miedo al otro, observándolo con sus ojos carmines abiertos entre los mechones más largos de cabello grisado, tal como una presa a su depredador. Se podía incluso ver el ligero temblor en sus alas tensas. Por su mirada se notaba que no solo estaba preocupado por la presencia del beorc en si, si no que también por la lanza al estar constantemente alternando su atención entre los dos.

- Te ayudaré y será más rápido. - Volvía a ofrecer como alternativa a hacer de aquel animal la cena. Los pequeños silencios se le hacían eternos y tensos, dependiendo completamente de poder razonar con él, pues si realmente quería arrancarle la liebre de sus brazos, no había mucho que pudiese hacer. Cuando finalmente la respuesta dada era una de libertad su alivio fue notorio, bajando sus alas y enderezando un poco su cuerpo. Pero aún no era suficiente… - Espera… - su tono de ruego fue mucho más suave esta vez. Sus manos acariciaron a la liebre tomando la pata donde la cuerda estaba firmemente apretada con su nudo corredizo, enganchada firme sobre la articulación. Los dedos delgados de la garza intentaron aflojar tirar del nudo y arañar la cuerda, pero sin poder hacer nada realmente. - No puedo liberarla… y dejarla aquí es lo mismo que matarla. Un depredador la puede atrapar en la noche sin oportunidad de que pueda escapar. - No tenía problema con el orden de la naturaleza, comprendía perfectamente lo de depredador y presa, pero la oportunidad de la presa de escapar era lo que lo hacía justo… aquella trampa no era algo justo, menos cuando sabía que los beorcs no eran exclusivamente carnívoros y podían vivir de alternativas… al menos en gran parte.

Como el otro se iba la garza se vio obligada a dejar a la liebre y levantarse para seguirlo, dejando atrás también su bolso así como el resto del contenido que aún estaba regado. - No te vayas, por favor, ayúdala. Fue tu trampa la que la apresó. Si no tienes tiempo de conseguir comida puedo juntar para ti y llevarla a donde estés… mientras sea antes de la noch… - Se detuvo en seco detrás del otro, observando con sus cejas tensas y sus labios apretados en dirección al campamento, un aura de violencia y dolor venía de aquel lugar. - No vayas hacia allá… hay pelea y muerte. - Dijo con un tono más serio y sombrío, remarcando el ligero raspor natural de su voz.
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Mensaje por Aran Miér Ago 19, 2020 10:20 pm

Aran se había detenido un poco a escuchar lo que la garza tenía que decir, y era cierto que al principio se resistió a prestarle atención, pero estuvo a punto de ceder. No a la comida, eso no le importaba, pero sí iba a soltar la liebre y marcharse. Así habría sido si no se hubiera percatado de lo que ocurría. Miró a la garza, que mucho más seria le corroboró lo que ya sabía. El soldado negó con la cabeza y lo miró a los ojos, muy de cerca.

-¡No...! -exclamó alterado. Quiso correr, pero ni siquiera veía bien lo que estaba pasando. Miró apenas al laguz, sus ojos fugaces, y después a la liebre que había dejado en el suelo. Fue hacia ella, se agachó y sacó el cuchillo que en un principio había traído para matar al animal. Cogió las piernas de la criatura de manera torpe, pero sin hacer fuerza, y cortó la cuerda. Lo dejó ir, yendo de nuevo en dirección al campamento pero se detuvo cuando encontró a la garza.- ¡Ya está libre…! ¡Por favor, escóndete, y déjame solo! -exclamó decisivo, quería que eso fuera todo. No tenía tiempo para explicarle que el simple hecho de hablar entre los dos era un error. Dicho esto dejó de preocuparse por el animal y por el laguz, y se apresuró para auxiliar a los soldados de Daein. No quería que se perdieran más vidas, mucho menos si había estado ausente para protegerlos. Cuando combatían, de lo que más se preocupaba el soldado era de proteger a los otros, de no dejarlos abandonados. Prefería conservar sus vidas a drenar la sangre de sus enemigos. Y es que simplemente no importaba cuántos de ellos murieran, porque sus números nunca cesaban,eran eternos. Sin embargo, los humanos quedaban a la suerte del tiempo, de las diosas,de lo que fuera, jamás podrían volver.

Aran no era muy rápido, mucho menos con la armadura, pero no se cansaba, y corrió respirando rápido y profundo hasta que llegó a las tiendas de campaña. Una vez allí fue testigo de los gritos de combate, los ruidos de las armas, y el desorden en general al haber sido sorprendidos. Alcanzó a ver unos cuerpos, pero no portaban las armaduras del reino. Quizás sí había llegado a tiempo, así que se apresuró a comprobar el estado de la batalla. Y entonces entró al campamento y vio divididas a las fuerzas daenitas de lado a lado, luchando entre las tiendas de campaña. De esa manera no podía ver bien qué ocurría y quiénes exactamente estaban luchando. Logró encontrar a un soldado que acababan de terminar con la vida de un emergido, alterado, quien al verlo se sorprendió de su presencia.

-¿¡Dónde estabas!? -preguntó uno, no molesto, sino aliviado de por fin ver otro rostro.- ¡Aran, es un caos!

-¿Dónde están todos luchando? -preguntó el peliverde, algo más tranquilo que el otro.

-Nos separaron, atacaron de todas direcciones. Se aprovecharon de que las tiendas estaban dispersas y… -tragó saliva, mirando detrás.- Vi a un montón por allá. Aran, ¡Vamos, rápido! -asintió, y se dispuso a dirigirlo hacia donde ocurría el combate. Pudo ver bien a los emergidos que atacaban, venían a caballo, y circulaban alrededor de los soldados, atacando con lanzas y huyendo de los ataques que les propinaban de regreso. Habían unos soldados de Daein ya caídos, los que Aran no se detuvo a mirar.

Rápidamente cogió una piedra y la lanzó a uno de los animales, golpeándolo y asustándolo de pronto. Así llamó la atención del jinete.- ¡Ven! -lo provocó más aún. Aran no traía su escudo entonces, pero no se molestó en buscarlo, y tampoco en luchar como si lo usara. Así era suficiente.
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Mensaje por Kaworu Jue Ago 20, 2020 1:08 pm

No entendía a los beorcs que parecían amar el caos y la guerra, especialmente la muerte y la violencia. Eso iba en contra de las enseñanzas de Ashera y temía que el día del juicio final todos fuesen juzgados bajo la misma luz, condenándolos a todos a una eternidad de sufrimiento… ¿o ya habría ocurrido y aquello eran los emergidos?, nada más que un castigo de la diosa hacia los beorcs que tanto amaban la violencia, un enemigo con el que pudiesen pelear sin descanso y que siempre se levantaría. Pero no veía maldad en el corazón del peliverde, si incluso con la desfachatez con la que le decía que iría hacia la batalla aún tomaba un poco de tiempo para liberar a la liebre que removiéndose nerviosa al ser sujetada enseguida salió saltando lejos ni bien se sintió libre.

La garza lo miró, claramente confundido cuando este le dijo que se escondiera… ¿por que le decía eso a él pero no lo hacía el mismo? Si había peligro que había que huir y ocultarse, él debería también huir. - ¡Pero es peligroso! - Volvió a decirle cuando este ya se estaba yendo. No tenía lógica, alguien de buen corazón yendo a la batalla… ¿Sería la naturaleza de los beorcs? No lo terminaba de entender y estando ya solo en aquel pequeño bosquecillo, se acercó por donde el otro se había ido, sintiendo los ruidos de la pelea y aquella aura de pesadez frunció su ceño volviendo su mirada hacia atrás. La liebre estaba libre, lo había liberado a él, había renunciado a su comida para salvar aquella vida a su petición. Se sentía sinceramente agradecido y no había tenido tiempo de expresarlo.

Tomando su forma animal con un resplandor celestino tomó su bolso con sus patas y alzó vuelo hacia uno de los árboles, colgando su bolso en las ramas más altas y desde donde podía llegar a ver la conmoción y a su salvador yendo con sus compañeros. Su largo pico castañeó en nerviosismo, la sola idea de ir hacia allí le llenaba de ansiedad y hacía que sus plumas se inflaran en un escalofrío que lo hacía sacudirse entero, pero no podía solo mirar sin hacer nada.

Voló hacia el lugar, extensas alas que desde abajo se veían negras y la larga cola como un velo grisado detrás se hicieron ver cuando sobrevoló el campo de batalla y por sobre el grupo de Daeinitas donde estaba el peliverde. Teniendo confianza en este y siendo el que intentaría ayudar, extendió sus largas patas delgadas para apoyar una en cada uno de sus hombros al bajar, aleteando para apoyar su peso con cuidado generó viento que sacudió tanto el cabello ajeno como las hojas sueltas en el piso. La cola de largas plumas caía como una capa sobre la espalda del soldado hasta llegar al piso y el ave de más de un metro de altura quedó con sus alas semi extendidas. El emergido al que se le había apedreado el caballo iba directo hacia ellos y ajustando su arma hacia el ave que era un blanco más fácil, pero la garza comenzó a cantar. Sin labios o lengua aptas para modular palabras, el canto fue tal como el de un ave, melódico y suave pero con un tono ronco y rasposo propio de su voz personal.

El caballo del emergido no pareció afectado, aún yendo hacia ellos, pero al instante de que las primeras notas se hicieron audibles el emergido comenzó a verse afectado, perdiendo el agarre de su arma y encorvarse contra su montura, emitiendo un sonido que no parecía grito ni palabra, solo un gemido seco como el de los pulmones solo perdiendo el aire a través de la garganta. La piel rápidamente comenzaba a descomponerse, deshacerse sobre sus huesos, cayendo de a trozos desde el caballo hasta que finalmente terminó por caer por completo al piso siendo un manojo de telas, pedazos de armadura y huesos, sin siquiera carne sobre estos. El caballo fue perdiendo impulso al no sentir a su jinete hasta que solo pasó a medio trote junto a ellos.

La garza aferraba sus patas contra las hombreras del soldado, pesando tanto como un niño no sería problemas, sus uñas, si bien eran grandes, correspondientes al tamaño de sus patas escamadas, no eran especialmente filosas. Los otros soldados, confundidos no quedaban tranquilos a la presencia de un laguz en el campamento, sobretodo uno que se ponía sobre un compañero, así que no tardaron en acudir también hacia Aran, aunque Kaworu seguía sin ver el peligro, a fin de cuentas había venido a ayudar.
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Mensaje por Aran Sáb Ago 22, 2020 10:46 pm

Con sus ojos puestos en el enemigo, ni él ni sus compañeros dieron importancia a la sombra que los sobrevolaba, no hasta que se hubo acercado. Aran no contuvo su sorpresa cuando la criatura se posó sobre sus hombros, mirando hacia atrás en un suspiro. Apenas pudo ver más allá de sus patas y alas, enormes, pero supo entonces que era el laguz. Pesaba menos que su armadura, para el soldado, tan ligero como una prenda. Quizás hubiera reaccionado más asustado ante su presencia inesperada, quizás si hubiera sido otra cosa, la habría intentado golpear o apartar, pero nuevamente se vio sobrecogido por su naturaleza.

Eso sí, sus ojos regresaron rápidamente al jinete que venía hacia él. Su lanza apuntaba contra el laguz, y Aran, aún sin poder gesticular palabra o grito, levantó la lanza a la altura del jinete tan solo para proteger a la garza. Bajo ningún motivo quería verlo herido, ¡Eso era lo que había querido evitar desde un principio! Tan solo deseaba defender a quienes estaban a su lado. Lo que hacía el laguz allí, no lo entendía, pues desconocía los poderes de esas criaturas. A sus ojos, era indefenso, pero el ave no había venido tan solo para mostrarse a los daenitas, y mucho menos a los emergidos. Entonces fue que comenzó su canto, y los efectos de este pronto fueron evidentes. Aunque la voz deseaba calmarlo, su cuerpo se estremeció tan solo con ver los primeros indicios de muerte sobre el cuerpo ajeno. Primero fueron sus ojos que, de pronto, perdieron el brillo y se destiñeron como los de un cadáver. La carne comenzaba a desvanecerse, la piel, a pegarse sobre sus huesos, deshaciéndose como retazos, como cenizas. Aran fijó sus ojos en la calavera que rápidamente se separó de su cuerpo, ya sin fuerza que sostuviera la estructura de sus huesos. Ya no era un emergido, sino un objeto profanado, que por el peso de su armadura cayó y golpeó el suelo, levantando el polvo y los rastros de lo que antaño habría sido su enemigo. Aran no dejó de mirar el lugar donde pereció, ignorando al caballo que, ahora libre, se había amansado. El soldado sostenía su lanza todavía, sin poder moverse. No sabía qué había sido aquello, pero lo vio repetirse en los emergidos más cercanos que aún atacaban a los otros, los que pudieron oír también el canto. De momento, no había nadie que los estuviera atacando.

Aran olvidó respirar lo que duró ese acontecimiento, pero pronto cogió aire. La escena transgredió toda su calma y seguridad, pero tan solo un momento, pues pronto la misma presencia del animal calmó su espíritu. El soldado miraba a los demás sorprendido. Notó en los otros el mismo temor que él sentía en ese momento, pero también mucha confusión, esa que había experimentado al ver al laguz en el bosque. La diferencia era que tan solo Aran confiaba, al menos un poco más, en los laguz. Así lo había aprendido de su familia, unos comerciantes que, habiendo viajado por el mundo, tenían conocimiento de cómo usar esa palabra, renegando del término "sub-humanos", que en Begnion y en Daein eran tan comunes. Solo él podía explicar lo que sucedía a los otros.

-¿¡Qué hizo!? -fue lo primero que preguntaron, específicamente el soldado que lo había acompañado. Era difícil creer que tan solo afectaba a los emergidos. Cuando los otros soldados se acercaron, preguntó lo mismo que los demás pensaban. -¿¡Va a matarnos!?

-¡No…! -exclamó Aran mirando al suelo, intentando no moverse mucho para no incomodar al laguz. Despejó una mano de su arma, y con la misma, tocó las patas del animal sobre su hombro. Eran grandes, pero delicadas, las uñas que tenía jamás habrían podido dañarlo.- Estoy… estoy seguro que nos está ayudando. -y entonces volvió a mirar hacia arriba, a las alas negruzcas del animal, que lo cubrían de sombra. Después preguntó.- ¿Eres tú, garza? -sonrió brevemente. Sus dedos todavía temblaban, pero se sentía mucho más seguro de lo que ocurría. Y asintió. -¡Si es así, vamos por los otros!

-¡Si lo que dices es verdad, no nos quedemos aquí! -exclamó uno de los soldados, con la cabeza mucho más despejada.- Todavía nos atacan por allá. -lo que decía era cierto. Todavía se podían escuchar las armas chocando hacía más dentro del campamento. Entonces, Aran miró a su alrededor. Los rostros de los hombres todavía se veían nerviosos y asustados, mirando al animal, pero había una confianza en su poder  en sus intenciones. La muestra eran los cadáveres que yacían a pocos metros de ellos, inertes por completo. El peliverde volvió a asentir para sí mismo, volviendo a dirigir sus palabras a la garza.

- Por favor, ayúdanos otra vez. Tan solo… quiero salvar la vida de mis compañeros. -dijo esto mucho más seguro, con su ceño fruncido.- ¡Sígueme! -sin más, corrió al sitio en cuestión, siendo seguido por los otros. Sus energías estaban muy lejos de acabarse, y con esa nueva esperanza no podía sino buscar a sus enemigos. Detrás de las tiendas, casi al principio del asentamiento, los jinetes emergidos seguían atacando a los ya acorralados daenitas. Sin haber aún escuchado el canto de la garza, proseguían con sus actos de manera inhumana y mecánica. Tan solo debían comprobar que dicho canto volviera a surtir efecto, corroborar que el laguz verdaderamente fuera su aliado.
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Mensaje por Kaworu Lun Ago 24, 2020 4:03 pm

Sus alas extendidas bajaban un poco para mantener bien el equilibrio sobre una base viva y móvil como lo era el soldado, al balancearse su peso pasaba un poco de un hombro al otro hasta que el emergido cayó en una montaña de huesos y armadura, así como los que estaban a su alrededor y llegaban a oír su canto. Con su pico entreabierto, respirando algo agitado por el esfuerzo y el desgaste emocional que aquel acto tan destructivo le causaba bajó su cabeza curvando el largo y delgado cuello gris, rozando la punta de su pico entre los cabellos del otro como si los acomodase, casi como un saludo entre los de su raza.

El tacto en su pata le alegró, ya no sentía aquel nerviosismos en el otro y en sus compañeros, la amenaza quedaba reducida a solo los emergidos y él podría solo prestar su ayuda sin necesidad de preocuparse de los demás, aunque por seguridad se mantendría cerca del peliverde que acaba de conocer.

Su canto fue diferente al volver a alzar vuelo, sobrevolando sobre los soldados les restauró las energías para que pudiesen enfrentar con más fuerza a los enemigos a los que se dirigían. Trazado el círculo en el cielo volvió a acercarse al soldado que le había pedido que lo siguiera y como un can fiel voló apenas un metro por encima de él a su mismo paso, haciéndole sombra con sus alas y apenas rozando su hombro con las plumas largas de su cola que caían algo pesadas y claramente sólo de decoración, pues restaba movilidad y hasta lo hacía más lento y torpe en el aire.

Al llegar con los enemigos, sin embargo, no se quedó tan cerca, la violencia hacía el aire pesado y asfixiante, obligando a la garza a bajar a tierra y hacer uso de sus largas patas para avanzar o mismo esquivar algún ataque, perdiendo algunas plumas al ser empujado por una pierna que casi lo pisa. Para nada acostumbrado a un campo de batalla su ayuda recayó en sólo cantar y mantenerse tan cerca como podía de los soldados que reconocía como de Daein, interpretando alguna agresión como simple confusión o que simplemente se había puesto en su camino sin intención. Pero más pronto de lo que esperaba el campo de batalla quedaba limpio y con el canto purificador todo rastro de aquella magia ancestral se deshacía dejando un aire de paz que la garza encontraba revitalizante.

Dejando a los soldados diesen sus remates finales a los últimos enemigos, la garza ya había tomado su forma bípeda e inclinándose sobre los soldados agonizantes acariciaba su cabello, cerrando sus ojos y tarareando canciones que podrían dar un poco de paz a su corazón y quizás aliviar un poco su dolor en el paso al otro lado. La muerte era parte natural de la vida, había consolado a varios enfermos y ancianos en sus últimos momentos de vida cuando había vivido junto al pueblo y aquello no era diferente. Los que sólo estaban heridos eran revisados y les decía cómo debían cuidarse, especialmente lavarse las heridas… práctica que parecía no muy común entre los beorcs por lo que había visto en el pasado.

Se acercó al peliverde cuando lo vio desocupado, bajando un poco su cabeza en señal de disculpa. - Lamento haberte interrumpido, sólo quería agradecerte por la ayuda… y por liberar a la liebre. Aún está en pie mi oferta de ayudarte a conseguir comida… y ahora hiervas para tus compañeros, algunas para agregar al agua con que se limpien las heridas para ayudar a sanar y mitigar el dolor, y otras para ayudarles a dormir en la noche. - Desconocía las medicinas más potentes que utilizaban comunmente, pero era lo que podía aconsejar dentro de sus posibilidades y una buena alternativa si los fondos escaseaban así como las provisiones.

- Pero sé que me has dicho varias veces que me vaya y que no esté aquí… así que entenderé si no quieres mi ayuda y sólo me iré. Gracias de nuevo por tu ayuda. Tienes un corazón gentil pero siento que está herido y confundido… quizás por el ambiente en el que te encuentras. Por favor, cuídate. -
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Mensaje por Aran Mar Ago 25, 2020 5:59 pm

La garza lo siguió, en verdad podía entender y escuchar de esa forma animal, algo que había dudado al principio, pero que pronto olvidó al sentir al animal tan cerca suyo, volando a esa distancia. Su canto además había sido distinto al primero; cuando el otro había conseguido asustarlo y confundirlo, este ahora le devolvía las energías de manera que había olvidado su cansancio al correr, y los demás ignoraban sus heridas. El ave podía dejar el resto del trabajo a los daenitas, que ahora reunidos alzaban sus armas contra el enemigo. No parecía que el laguz pudiera “destruir a los emergidos” muy seguido, además, no era un ser que quisiera hacer daño, Aran lo sabía. Por eso dependía de ellos atacar, en lo posible derribando solo a los jinetes para poder conservar los caballos. Las lanzas atacaron fervientemente, motivadas por la melodía que los circulaba. El peliverde siempre se mantuvo cerca del ave, protegiéndola de los choques y los enemigos que intentaban derribarlo.

Eventualmente, los emergidos tuvieron que ceder. Los daenitas descargaron toda su animosidad contra los cadáveres de los enemigos, que tantas vidas les habían robado. El regreso al reino sería triste, contando a quienes no estarían con ellos. Pero antes de contar sus muertos, sorprendió a todos la transformación del laguz a su forma humana. Aran lo seguía un poco de cerca, vigilando que nadie interrumpiera lo que hacía, incluso si también causaba en él inseguridad que se acercara a quienes agonizaban, y a los heridos. No podía quitar los ojos de sus actos. Era tan… gentil. Los auxiliaba a pesar de que, en otras circunstancias, los soldados hubieran querido hacerle daño. Jamás había visto cosa similar en un campo de batalla, junto a un ejército. Quizás solo cuando los clérigos hacían lo posible por sanar a los moribundos, pero, siempre lo hacían con su fe puesta por delante, como un estandarte. La diferencia era enorme, estaba seguro de que no podría olvidarlo. Verdaderamente, había quedado absorto en sus propios pensamientos, al punto de dirigir su vista en la nada misma, sosteniendo su lanza ensangrentada mientras miraba hacia dentro del campamento.

Después de un rato, la garza se acercó a él. Aran sonrió ante sus agradecimientos y su oferta, porque en parte ya se había olvidado de todo eso. No quería nada de él, más que encontrara un lugar seguro, lejos de los humanos y de batallas como esa. Lo que dijo después lo confundió un poco. No acababa de entender del todo lo que intentaba explicar. Pero asintió, mirando hacia otra parte. Herido y confundido, tal como cuando había desertado de Begnion, ¿Verdad…?

-Estaremos bien. Creo que más falta nos hacen unas medicinas, si... si pudieras dejarlas en la noche cerca e irte, yo las recogería y las repartiría antes de que nos vayamos. Pero sí, no deberías dejar que te vieran más. Ahora peleamos juntos, pero luego, puede que se olviden de que los has ayudado. No sé explicarte, pero creo que así será... -intentó justificar su decisión.- Te agradezco muchísimo, pero, sí, estaremos bien. -sonrió de nuevo, intentando de alguna forma levantar los ánimos ajenos. De todas formas, en peores situaciones había estado. Dicho esto vio a la garza partir, y se tranquilizó, yendo a auxiliar a los compañeros que quisieran su ayuda.

Había sido un día duro, pero se regocijaron en la calma y en algunos alimentos que otros habían recogido antes del ataque emergido. Era hora de regresar a Daein, y aunque Aran sabía que los demás no callarían lo que habían visto, él haría lo posible por guardar a la garza en sus recuerdos y desear su bienestar. Pero si ya había vivido tantos años, ¿Qué más podía pasarle? Seguramente seguía allí cerca de la frontera, sanando a otros animales, o a otro humano torpe en su camino.

Spoiler:
Utilizo mi lanza de bronce
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Mensaje por Eliwood Lun Ago 31, 2020 6:54 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante, 40G adicionales a Aran por efecto de 'Servicio' de parte de sus actuales empleadores.

Aran ha gastado un uso de su lanza de bronce.

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