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Mensaje por Karurosu el Sáb Mayo 16, 2020 6:33 pm

Ilia. Un nevado y helado país. Azotado por una repentina amenaza, que lo destruyó casi por completo. Se llevó a su gente, se llevó a las pocas cosechas que le quedaban. Y le arrebató sus hogares a muchos de sus habitantes. Karurosu no comprendía muy bien porqué estaba ocurriendo aquello. Necesitaba a alguien con quién poderse informar apropiadamente sobre lo que estaba ocurriendo en el mundo, pues, en la Iglesia de Santa Elimine era escasa la información que los sacerdotes controlaban, es más, era casi nula, ya que vivían elevando plegarias y ayudando a la gente de Etruria, pero no tenían contacto con el exterior, el cual al parecer estaba mucho más devastado de lo que ellos creían. Una amenaza que al parecer ya era conocida en muchos lugares, respondiendo a diversos apodos, entre ellos "emergidos", eran los responsables de susodicho caos. El peligris hallaba interesante, pero sobre todo, curioso, que el mundo tuviera que luchar contra semejantes criaturas las cuales no parecían tener un objetivo claro, más que el de destrozar todo a su paso y matar a tanta gente inocente como pudieran.

No todos eran creyentes por lo que llevar la esperanza se hacía cuesta arriba para Karurosu, al menos si lo hacía predicando la palabra y mucho más todavía teniendo en cuenta lo que a leguas se veía al mirarlo: era un simple clérigo. Alguien que no era capaz de blandir una espada, utilizar un potente hechizo o proteger a los demás con una imponente coraza. Sencillamente era un joven con un báculo, que recuperaba a los demás, sanando sus heridas, siempre y cuando estuvieran en un rango al alcance de sus poderes curativos. A pesar de lo mal y poco útil que pudiesen sonar sus funciones en un campo de batalla, él lo veía de otra forma, en la que se perfilaba a sí mismo como una de las fichas más importantes del tablero. Por ello, decidió quedarse en Ilia para ayudarlos a salir de la amenaza, y además, recoger dinero, el cual aparentemente le estaban dando a todos los que prestaban su apoyo al país. El frío del lugar lo espantaba, ya que nunca había experimentado aquel clima, pero seguía dispuesto a quedarse tanto tiempo como estuviera entre sus posibilidades.

Vagó sin rumbo en Ilia; ya que era un lugar hundido en el misterio, donde parecía ser una extensión de la tierra totalmente vacía existía alguno que otro pueblo oculto entre los montones de nieve. El moreno cargó con su ligero equipaje a través de los desolados caminos. Su cuerpo poco a poco se sentía más agotado, ya que cada paso que daba significaba arrastrar un tumulto de nieve consigo. Hasta que entonces divisó, finalmente, un pequeño pueblo, sumido entre la nada. Algunas voces, unas pocas luces que parecían más antorchas, y se adentró en él. El pequeño lugar que llamó su atención parecía ser una taberna de mala muerte, pero igual terminó entrando en ella. Las personas dentro lo observaron, pero con la misma velocidad desviaron la mirada. Por alguna razón todos los que estaban dentro cargaban con brillantes armas e impecables armaduras. Quizá se tratasen de los tantos mercenarios y aventureros que habían acudido al grito de auxilio de Ilia, estando dispuestos a dar la vida, ya sea por hacer el bien, o simplemente por la paga que recibirían por ello. Karurosu ignoró que lucía como el más desprotegido de todos, pasó directo a la barra y tomó asiento en el puesto de la esquina, donde quedó lo suficientemente alejado de los demás como para sentirse cómodo. La chica al otro costado de la barra, pelirroja, con esbelto cuerpo, se acercó hacia Karurosu mientras tenía en sus manos una copa y un pañuelo con el que la limpiaba. - Bienvenido, caballero -, dijo ella con una enorme sonrisa. - ¿Puedo servirle algo? El especial de la casa es nuestra cálida sopa de cangrejo.

Fuera de cangrejo o no, Karurosu asintió y la chica se alejó de la barra en busca del especial. Todos parecían estar preparándose para una batalla, por lo que el clérigo sentía una inmensa curiosidad. Se quedaría en el lugar para poder descubrir qué se traían entre manos tantas personas armadas. Probablemente tuviera algo que ver con esos "emergidos" y la aparente campaña en contra de ellos. Además de que tenía hambre, fuera sólo se encontraría con un frío y abandonado desierto.
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Mensaje por Garou el Lun Mayo 18, 2020 1:02 am

Una ventaja había en viajar a Elibe por sobre Tellius. Simplemente, no tenía que tomar un barco para llegar, por lo que podía ahorrarse las náuseas, las predicciones catastróficas, y todo lo que le aguardaba cada vez que se sometía a estar en altamar. Sacae además era un sitio muy agradable, sin emergidos, y mucho trabajo libre. Las tribus le agradaban en su mayoría, aunque claro, tan solo conocía las más abiertas a los extranjeros como él. Se localizaban cerca de la frontera, buscando a quienes pudieran ayudarlos con una misión en particular. Garou estaba allí más que nada por las experiencias, pero si cabía la oportunidad de ganar oro en el proceso, no iba a negarse a una buena paga. Claro que ese tipo de ganancias no se comparaba a lo que podía obtener con su “empleo”, pero le agradaba no tener que meter parte de su bolsillo en la tesorería de vez en cuando.

Hablando de esa misión que las tribus encargaban, al parecer se trataba de ayudar al reino vecino. Illia se llamaba. Era una tierra de invierno eterno, según le hicieron entender. Muchos mercenarios habían ido en auxilio de ese territorio, pero hasta entonces ninguno había vuelto. ¿Era el lugar tan peligroso como los rumores decían? Aprovecharon de ofrecerle ropas cálidas, cada una a un módico precio. Recordando lo que sucedió con él en los desiertos de Hatari, Garou se resignó a seguir el consejo de la gente y se abrigó lo mejor que pudo para el viaje. Acomodado con unas botas gruesas y varias otras pieles, el branded cargó con todo su equipaje en dirección al norte de Elibe.

Lo del frío acabó siendo muy cierto. En Rosanne los inviernos eran muy fuertes, pero no podían compararse a ese sitio. La ventisca lo recibió potente y helada, perdiéndolo entre las colinas blancas. ¿Qué era peor, la nieve o la arena? No se atrevía a decidir, pero lo cierto es que le molestaba mucho menos el frío que el sol azotando su cabeza.

Después de caminar un largo rato sin destino aparente, Garou llegó a parar a una villa con luces encendidas. ¡Fuego! Debían ser los pocos habitantes de Illia que quedaban en el país. Garou apuró el paso, contento de por fin haber encontrado a otras personas. Tocó la puerta del edificio más grande, el cual imaginaba la posada. Al cabo de un rato una mujer lo dejó pasar, notando el branded la cantidad de personas que había allí adentro. ¿Eran acaso ellos los mercenarios perdidos? Probablemente se habían rendido de buscar a los emergidos por Illia, si es que no habían vuelto aún a cobrar su paga. Garou resopló y se adentró en la posada, acercándose a la chimenea.

-...¿Y entonces qué? ¿Ninguno de ustedes ha logrado encontrar ni un solo emergido? -alzó la voz, mirándolos de reojo. Los extraños fruncieron el rostro en su dirección, pero parecía que el branded había dado en el clavo.-... Haaah, ya entendí. Como no pueden hallarlos en la nieve, están esperando a que vengan por este pueblo en particular. -sonrió, mirando las llamas.

-Puede que sea cierto. -respondió una mujer de voz mayor.- ¿Pero acaso no te ha pasado lo mismo? Buscar emergidos por esta lugar es prácticamente un suicidio. Santa Elimine ha abandonado Illia…

-¿La santa qué…? -respondió Garou, arqueando una ceja.- No me digas que le están echando la culpa a una santa por que este lugar haya quedado así. -bufó a gusto. Varios de ellos lo miraron con hostilidad, pero el branded hablaba con sinceridad. De todas formas en  Rosanne no había santos ni nada parecido. Por allá en sus tierras estaban muy a gusto venerando dragones y cosas parecidas. El caso era que ser un bandido ya lo volvía un pecador desde un principio hacia esas doctrinas.
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Mensaje por Karurosu el Miér Mayo 20, 2020 4:57 am

Si esto no era una fiesta, estaba cerca de serlo. Los presentes en la taberna estaban contándose chistes, disfrutando de los platillos que ofrecía el establecimiento y pasando un buen rato en el cálido edificio oculto entre la nada. Sus imponentes armaduras y iluminosas armas estaban solamente de adorno en lo que era un panorama bastante confuso, pues parecían estar listos para una guerra de la que estaban seguros de su resultado, ya fuera ganar o morir, por eso, se veía fácilmente que disfrutaban de lo que ocurría mientras tanto. El moreno fue bien recibido por esa camarera que le trajo el supuesto especial de la casa, una sopa hecha con cangrejo que la verdad se veía bastante desagradable, casi igual que las bebidas que él sabía preparar a base de hierbas. Le dio un sorbo y aunque su sabor no era el más exquisito, de alguna forma era reconfortante. La sopa era lo suficientemente agradable para el paladar, y la temperatura que emanaba de ella simplemente eliminaba cualquier sensación de que te encontrabas en un lugar frío. - Que la disfrute - dijo ella con una hermosa sonrisa, mientras el clérigo hizo todo su esfuerzo por responderle de la misma forma.

Regresó su vista a un costado para observar lo que estaba ocurriendo, pero algo le llamó la atención cuando observo como un muchacho entró al sitio, yendo directo hacia la chimenea. Una vez allí alzó la voz, confrontando a todos sin importarle cuan armados estuviesen, preguntándoles si ninguno había visto todavía a un emergido. Karurosu entonces olvidó por un completo la sopa de cangrejo, el molesto frío del país en el que estaba y su aterrador entorno, para concentrarse en la verdadera razón de estar allí, la cual eran esas cosas que todavía no conseguía comprender qué eran. Aunque él luego alegó entender todo, y al parecer se trataba de una estrategia empleada por los presentes que consistía en esperar el golpe. Una mujer habló, y Karurosu casi se atraganta con su último sorbo de sopa cuando escuchó la frase "Santa Elimine ha abandonado Ilia". - Santa Elimine no ha abandonado a nadie - respondió él con una voz igual de alta que los contrarios. - Quizá nosotros somos los que abandonamos Ilia.

Las palabras de Karurosu resonaban en el lugar, mientras todos lo veían con rostros que atravesaban infinidad de sentimientos y expresiones en ese momento, él no permitió que le afectase concentrándose en terminar su platillo, pero también en expresar su preocupación. - Ilia ha estado sufriendo durante años por sus climas, su gente dependía de los trabajos más complicados para poder comer - si bien sus palabras eran ciertas también eran muy hirientes, y algunos de los que estaban presentes en el lugar parecían sumamente condolidos por lo dicho. - Así que salvar a Ilia no será solamente acabar con los emergidos - finalizó con contundencia. Su mirada chocó fugazmente en ese momento con la de varios de los presentes, hasta que se puso en pie. - Sin embargo sé que ustedes están aquí por ellos, así que lo mejor será que nos dividamos en grupos.

Hubo sorpresa en que aquel sujeto, de apariencia desprotegida y despreocupada, de pronto tomase el mando de todos los presentes, pero aunque ninguno parecía creer sus palabras lo suficientemente valerosas como para obedecerlo, él no se detuvo y continuó relatando su quisquilloso plan. - Obviamente no podemos dejar éste pueblo solo. Los emergidos vendrían en cualquier momento por él. Pero tampoco podemos esperarlos eternamente aquí, en las comodidades de la taberna, mientras se corre el riesgo de que estén destruyendo y matando en otro lugar - explicó. - Dividirnos en grupos es una mala idea. Desconocemos la cantidad de emergidos y mientras menos seamos, nos irá peor - contraatacó uno de los mercenarios. - Entiendo. Pero tampoco me agrada la idea de ser emboscado aquí, en uno de los pocos pueblos que a duras penas sigue en pie.

Como un martillo dándole a un clavo, Karurosu pareció asestar el golpe crítico que dejó en silencio al mercenario. Dejó un buen manojo de monedas al alcance de la camarera que le había atendido, junto a su vacío tazón de sopa, mientras continuaba observando a los numerosos combatientes que el sitio tenía. Los vio por última vez mientras estaba parado frente a la puerta, sosteniendo la manilla. - Soy un clérigo, por lo que no podré luchar. Pero si algo puedo hacer es atraerlos hacia aquí, así que espero que estén preparados para cuando pase... si es que pasa - dijo seriamente, marchándose firmemente del lugar ante la mirada atónita de todos. Con su báculo en mano, hallarse fuera del calor hogareño que acogía a la taberna no era una agradable decisión para Karurosu. El peligris sintió como el viento gélido golpeó contra su cuerpo una vez que se encontró en el exterior. La brisa te detenía en seco, si te estabas moviendo. Así que decidió caminar tan rápido como pudiese para no perder mucho tiempo. ¿Cómo encontraban a los emergidos? ¿Qué podía hacer si hallaba a uno? ¿Realmente le darían chances de escapar? Aunque se tratase de un suicidio, estaba muy inconforme por la actitud mostrada por los guerreros los cuales además osaban pronunciar el nombre de Santa Elimine al pensar en responsables de la tragedia. Inspirado por sus creencias divinas, quiso ser el héroe que arriesgó su vida, o la perdió, buscando a las aparentes bestias sin escrúpulos que estaban causando caos en el mundo entero, para eliminarlas con ayuda de sus sagradas oraciones, por poco o mucho poder que éstas tengan.

Iba rezando, esperando encontrar algún "emergido" antes de que el frío lo matase.
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Mensaje por Garou el Sáb Mayo 23, 2020 12:02 pm

Aunque a Garou no le incomodaba la presencia de más mercenarios, sí que le molestaba que estuvieran todos atiborrados en un mismo lugar, y con la misma misión. Probablemente solo hacían tiempo, para después salir de Illia con la excusa de que no habían conseguido encontrar nada. Si ni el ejército ni los soldados mercenarios podían levantar a Illia, ¿Qué iba a ser de ese sitio? Había escuchado rumores sobre una isla en Tellius de la cual los emergidos se habían apoderado completamente. Garou comenzaba a perderle el gusto al oro y a la batalla tan solo con ver el interior de esa taberna. Aunque claro, la molestia no hacía sino meterle ideas en la cabeza, como ir él solo y ahora mismo a cazar a esas alimañas de ojos rojos.

Una voz se alzó por sobre la pequeña discusión que estaba teniendo. El branded miró hacia atrás con ojos abiertos sin decir nada, pero interesado en esa voz. "Este tipo al menos sabe de lo que habla", murmuró en sus pensamientos. No lo había visto al principio entre la multitud. Parecía querer esconderse a propósito en esas ropas planas y descoloridas. Lo único que verdaderamente destacaba de él era el bastón que llevaba en las manos. Hasta donde podía ver, era el único en ese sitio que parecía dispuesto a curar a los demás. Garou miró al techo y se puso a recordar al puñado de curanderos de su guarida. ¡A ellos jamás los mandaría a luchar en medio de la nada! Entonces, ¿Por qué estaba ese sujeto allí, solo?

Garou sonrió. La forma en que se refería a Illia también lo estaba educando, de paso. Jamás había estado en un país tan frío, por lo que no había tenido en consideración la situación de los habitantes, y mucho menos el obstáculo que iba a ser la nieve eterna. El bandido eso sí no estaba allí para salvar a nadie; no iba a hacer su misión personal rescatar un país que visitaba tan solo por vez primera. No era un héroe, era un líder, y como líder, tan solo debía preocuparse de los suyos. Volvió a poner las manos cerca del fuego, pensativo… más las palabras del extraño no cesaron. Garou volvió a mirarlo, aunque esta vez arqueó una ceja con incredulidad. Parecía que se estaba emocionando mucho, tomando las riendas de la situación.

Pero hacer grupos no era tan mala idea, no para ese montón de mercenarios que ya parecían ser amigos. Garou, en cambio, no confiaba en ninguno de esos tipos para que le cuidara la espalda. Garou tenía una mejor idea, pero calló de momento, oyendo la pequeña discusión que se formó entre el clérigo y uno de los extraños. No se imaginó que después de todo eso, quisiera salir solo. Garou miró alrededor con confusión. Todos los demás mercenarios se quedaron en silencio, siendo él el único que caminó y los interrumpió, parándose frente a la puerta por donde el clérigo acababa de salir.

-¡Escuchen, montón de vagos! -los ordenó, aprovechando el estado en que se encontraban. Garou sabía imponerse sobre los otros, su garganta estaba acostumbrada a ese tipo de palabras, después de todo.- Si quieren vivir y de paso matar emergidos, hay que salir de aquí. Preparar una defensa, ¡Pero no esperarlos como idiotas! Así que vayan armando grupitos para hacer un cordón alrededor de pueblo… ¡Y rápido! ¡Los espero! -los señaló, abriendo la puerta y cerrándola de golpe.

¿Cómo estaba Garou tan seguro de que ese era el momento de salir y preparar una defensa? Tan sólo adivinaba, pero conocía a los emergidos suficiente como para saber cuándo andaban cerca. Aunque no los había podido ver mientras caminaba al pueblo, sabía que siempre habían estado alrededor. Además era de noche, y la brisa era inclemente. Los emergidos siempre aprovechaban ese tipo de situaciones para tomar a la gente desprevenida. Pensando en esto, el branded se apresuró a coger el ritmo al clérigo, quien estaba unos metros más delante de él.

-¡Eeeyyy, curandero! -lo llamó de la primera forma que se le ocurrió, dando pasos largos sobre el suelo.- ¡No seas idiota! ¡No van a salir solo por ti! -se burló de paso. Cuando lo alcanzó se puso un poco más adelante que él para hablarle.- Oye, tienes agallas… pero también estás bastante hueco de la cabeza. Aunque, supongo que un subidón de energía les hacía falta a todos esos idiotas. -sonrió con picardía. Después hizo silencio, pensando mientras miraba al horizonte.- Mira, ya sé. Necesitamos una hoguera, una hoguera enorme. ¿Y si prendemos fuego a una casa abandonada? ¡Llamará la atención de cada emergido y sus madres! -le miró. Después de decir eso, Garou notó que los mercenarios comenzaban a salir uno a uno de la taberna.- ¡Perfecto…! Ve a contarles de mi plan, diles que se pongan en guardia. ¡Ya lo hago yo!

Sin decir más, Garou partió a buscar algo de fuego con el cual encender en llamas una casa. Sin pensar mucho más allá, cogió una antorcha plantada al lado del camino y comenzó a vagar por el pueblo, hasta encontrar un edificio destartalado y negro al fondo del lugar. No parecía haber nadie dentro, excepto mucho heno, así que simplemente lanzó el fuego en su interior.- ¡Hiyaaa! -exclamó. Las llamas comenzaron a consumir lentamente la madera, mientras Garou vigilaba que pudiera crecer sobre el frío y el viento.


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Mensaje por Karurosu el Lun Mayo 25, 2020 7:14 pm

Tal vez fuera algo estúpido. La decisión que acababa de tomar era demasiado impulsiva y con poco razonamiento. Pero fue lo único que se le ocurrió a Karurosu para llamar la atención y provocar alguna respuesta. Sin embargo, una vez fuera del cálido edificio, sintió en su cuerpo la gélida brisa de Ilia que lo trata de forzar bajo todos los medios de rendirse, regresar a la taberna y pedir otra sopa de cangrejo. El moreno no podía dejar que sus palabras fueran en vano por lo que sencillamente rodeó su cuerpo con ambos brazos, abrazándose a sí mismo para tratar de mantenerse lo más caliente posible en tanto buscaba emergidos, sumergido en la nada. Los desiertos no siempre tenían que ser de arena, ya que frente a él comenzaba a divisar uno de nieve.

Fueron pocos los minutos que disfrutó en soledad, ya que una de las voces que había escuchado recientemente en la taberna parecían estar llamándolo. Karurosu se frenó, tiritando, hasta que el chico lo alcanzó y lo confrontó. Con una sonrisa después de ser llamado idiota, el clérigo vería a los ojos momentáneamente al contrario. - Supongo que sí, algo idiota, sí. - dijo, para luego observar al suelo. El chico frente a él siguió hablando reconociendo la valía del moreno, aunque no sin dejar de hacerle saber que no había pensado bien las cosas. - Sí, también son idiotas, creo que más que yo... - bromeó riéndose un poco. Se sentía sin apoyo en ése instante, así que lo único que veía viable en una situación así era tomárselo lo mejor posible antes de continuar con su salto al vacío. - Bien, si me disculpas, seguiré mi camino... - y tras lo dicho, dio algunos pasos más, pero el chico fue rápido en continuar hablando, haciéndolo parar en el acto. El contrario sugería una estrategia, que consistía en quemar alguna estructura abandonada de aquel pueblo, para llamar la atención de los emergidos con el fuego que lograran crear a partir de allí. Entonces habló de que fuera a contarles a los demás del plan, a lo que el clérigo le respondió con una pequeña risa burlona mientras volteaba su mirada hacia atrás, suprimiéndola por completo cuando observó que los mercenarios estaban saliendo de la taberna, uno tras otro, como si las palabras del propio Karurosu realmente hubieran surtido efecto no solo en el chico en frente de él sino también en los demás. Independientemente de sí fue ó no así, Karurosu sencillamente le asintió al chico que se marchó a crear el fuego, dirigiéndose de nuevo hacia los mercenarios quiénes por algún motivo estaban haciendo una formación alrededor del pueblo.

- Hey... oigan... oye... ¡escúchenme! - gritó finalmente, logrando captar la atención de los mercenarios presentes. Levantó su báculo para terminar de atrapar las miradas alrededor de él. - ¡Aquel chico que está allá va a hacer una hoguera! ¡Una hoguera enorme! ¡Atraerá a todos los emergidos hacia acá y tenemos que estar preparados para enfrentarlos! ¡No sabemos cuántos de ellos serán así que les sugiero estar en guardia, preparados para que aparezcan en cualquier momento! - exclamó a todo pulmón, asegurándose de que el mensaje llegara a todos y cada uno de ellos. Los mercenarios comenzaron a adoptar posiciones de combate, expectantes de lo que pudiera pasar a continuación. La mayoría de ellos empuñaban sus escudos por sobre sus armas, priorizando la defensa inicialmente antes de querer salir a atacar. Entonces uno de ellos volteó observando como algo comenzaba a arder, siendo consumido lentamente por las llamas. Uno de los mercenarios mencionó que debía tratarse de la supuesta hoguera antes comentada. - ¡Prepárense! - avisó Karurosu ante la inminente señal, y tras eso, sencillamente se dispuso a abandonar a los mercenarios, no sin antes pedirle a uno de ellos una antorcha, corriendo hacia el chico lo antes posible. Desconocía qué tan rápidos eran los emergidos realmente, así que lo trató con extrema precaución. Una vez que llegó hasta el chico trató de recuperar el aliento lo más rápido posible antes de encararlo. - Muy bien, puedes dejar ése fuego ahí, hay que volver con los demás. - dicho lo cual, lanzó también su antorcha al interior para que aumentara el fuego, y entonces tomó del brazo al contrario a la fuerza para llevárselo consigo ante la inminente sensación de que el peligro estaba cerca.

Ahora entendía por qué los mercenarios estaban tan alerta una vez que se mencionó la estrategia de la hoguera.

Comenzó a escucharse un sonido similar al de un silbido desde el cielo. Se oyeron gritos venir de parte de varios mercenarios, quiénes indicaban entre ellos que se debían de cubrir con lo que fuera. El misterio se resolvió rápidamente por sí solo, cuando comenzaron a clavarse contra la nieve una gran cantidad de flechas, algunas de ellas prendidas en fuego. El clérigo no tenía muchas alternativas en ese momento así que se dirigió a toda velocidad hacia los mercenarios, quiénes cargaban los escudos a modo de protección. Uno de ellos los vio acercándose y de momento tenían que protegerse, no era posible atacar en ésas condiciones. Así que el susodicho hombre también corrió en dirección al moreno empuñando su escudo, como si se tratase de un paraguas, para repeler las flechas con las que aparentemente los emergidos anunciaban su llegada al lugar. Por suerte los civiles estaban bien resguardados, pues lo que parecía venirse encima iba a ser todo menos fácil. Gritaban sobre tener que resistir la oleada primero, y entonces tendrían que esperarlos antes de poder contraatacar. En ese momento Karurosu estaba impaciente por estar bajo refugio antes de morir por una flecha incrustada en su cráneo.

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