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[Entrenamiento] El último baile [Priv. Sindri]

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Mensaje por Khigu el Vie Nov 01, 2019 10:55 pm

Era época festiva en la mayoría de tribus de Sacae, y, siendo aquel día luna llena, los Khirin no iban a ser menos. Bajaban de su vida más corriente en los escasos bosques de Sacae a las extensas y descampadas planicies. El festival de luna llena implicaba una vasta área donde hacer arder el gran fuego funerario para que todos aquellos miembros fallecidos durante el mes fueran consumidos por la fuerza que les hacía particulares. Humanos y equinos, así vivían juntos, siendo un lazo mucho más fuerte que la propia en su cultura. Pues eran seres independientes, uniéndose en un mismo propósito de convivencia, de ideales. Ni siquiera se podría decir que dentro de esas familias fueran cercanos. Pero todos adoraban a aquellas criaturas, los cuidaban y viajaban con ellos. Los caballos representaban la fuerza suprema, guiados por la "diosa" a la que ellos respetaban; una unicornio, la diosa Khirin, dueña del nombre de dicha tribu, los únicos en venerarla. O más bien los únicos que sabían de su "existencia", desde tiempos ancestrales.

Khigu, la única miembro en nacer maldita, o más bien... Simplemente con la mala suerte de salir albina, pasó casi toda su vida, infancia incluída, mortificada por este hecho; ignorada, insultada, juzgada... Los Khirin siempre habían sido gente supersticiosa, hasta ella misma no podía evitarlo de vez en cuando. Tanta era la ironía que también, por costumbre, se le escapaba juzgar por las apariencias, aunque eso era algo que siempre detestó. "De lo que se come, se cría", dicen. Mas por suerte ella al saber que le faltaba algo, tenía otro tipo de hambre, un hambre insaciable de conocimiento, de mundos y culturas nuevas, de historias reales. De gente que no era como su tribu, de gente especial que la tratara por fin como a un igual.

Ella volvía a estar allí. Había pasado tiempo, ¿quizás una buena primavera? Desde poco después que se había encontrado con Lyn en Lycia, y poco después se había ido de viaje por otros continentes. El naufragio, la búsqueda en Tellius, el regreso a Regna Ferox y el torneo... Allí habían pasado tantas cosas, que no sabía qué de todo destacar, pero sí el resultado: se había vuelto a Elibe, pero no había pisado Sacae. Acompañaba a Lyn, de nuevo, y a la clériga Luzrov, ahora su amiga. Había sido un sin parar de aventuras, y todo porque había decidido seguir el camino de su mejor amiga. Khigu jamás pensó que su vida volviera a dar tantas vueltas en tan pocas lunas. Pero allí estaba, y no para quedarse. Había ya decidido que sería la última vez, la última noche en la que combatiría como una Khirin, en la que festejaría como una Khirin. Ni siquiera podía perder mucho tiempo allí; su destino actual era llegar hasta Sindhu, para traer de vuelta a Luz hasta Caelín, en donde la salvaje entrenaba con las tropas de Lyn.
Pero lo disfrutaría. Por hoy, no era viajera, ni cazadora, ni guerrera, ni comandante. Sólo volvería a ser Khigu la Khirin.

Así pues, aquella tarde de preparativos se dirigía a uno de los terrenos aledaños, rocosos, pues necesitaba recoger pedruscos para delimitar el fuego y también servir de asientos para aquellos espectadores que no participaran en el torneo del festival. Escogía aquel lugar algo alejado y poco transitado por nómadas, precisamente, porque no le gustaba trabajar junto a los demás de su tribu. El ambiente allí era hasta mágico, desértico, a pesar de toda la naturaleza salvaje que lo rodeaba. Ni ella misma en todos esos años en Sacae podría jurar si había pasado por allí alguna vez, pero sólo lo recordaba como lo que creía que era; un simple lugar rocoso.
 
Vestida ya con los harapos tradicionales, igual de frescos como los que solía usar --quizás hasta más reveladores, pues traía sus piernas y brazos destapados--, se sentía incluso algo extraña, siendo que hasta el día anterior llevaba una especie de "armadura" ligera y de cuero, más tapados a las ropas de guerrera que siempre había traido, a petición de Luzrov, y como consecuencia de su posición actual. ¿Quién lo iría a decir? Aún así, esas ropas Khirin mostraban los restrojos de algunas vendas aquí y allá, aguantando un par de parches por un lado de su espalda. No era nada en comparación a cómo había salido del torneo, y habían pasado ya meses, pero gracias a que Luzrov se había estado encargando se sus heridas, ya estaban curadas. Solamente estaban así porque quedaba terminar de protegerlas del sol, ya que ese par de cicatrices habían sido las ampollas más graves de todas la quemaduras que había sufrido, y que Khigu tendía a descuidar, bien por sí misma o bien porque se volvía a esforzar cuando no se lo recomendaban.
Más allá de eso, sólo su usual cuerno y una coleta alta recogía su cabello, en el cual decoró con la pluma de uno de los pegasos con los que combatió en Ilia.

Se adentró entonces, viendo cuales eran las mejores rocas para cada cosa y comprobando su peso, para saber cuántas podría cargar de vuelta a la vez. Pero entonces, escuchó un ruido, un grito. Más bien, un relincho de una de las criaturas que tanto conocía. ¿Qué hacía un caballo por aquellos lares? Más bien... ¿Qué es lo que había allí de más? Porque aquel tipo de relincho, era uno que denotaba agresión contra algo. Corrió a donde estaba teniendo lugar el suceso desconocido.
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Mensaje por Sindri el Dom Dic 01, 2019 7:10 pm

¡Has sido UN NECIO acercándote a este lugar! – exclamó el Hechicero con un alarido espeluznante que reverberó por todas las piedras del lugar. Su posición corporal era imponente y llena de poder otorgado por las Energías Arcanas, como si fuera un verdadero conducto viviente de su voluntad, incomprensible para la mayoría de seres humanos que no oían su llamada. Señaló con potencia al ser que se negaba a obedecerle y continuó diciendo con voz grave – ¡Hoy las propias tinieblas se darán un festín con tus entrañas! ¡Siente el PODER ILIMITADO de mi Señora y cae en la más oscura desesperación! – su mayor compañero en este mundo, el tomo de Magia Arcana Náströnd, refulgía con energías taumaturgas. Situado como estaba estratégicamente en su brazo izquierdo, la única percha que aceptaba, era un bastión y ejemplo imponente de los catalizadores de la Oscuridad: una visión completamente avasalladora. Desde ahí, Náströnd servía también como un aviso a su enemigo que, aquí y ahora, se estaba enfrentando a fuerzas que escapaban a su entendimiento – ¿Puedes notar las frías garras de la muerte apresándote el corazón? – con la mano libre, el Hechicero hizo el ademán de una garra aplastando algo que había, con su palma hacia arriba. Un espectáculo que podría helar la sangre de cualquier humano suficientemente supersticioso… y cualquier mago que tuviera conocimiento de lo que tenía entre sus manos. Era un último aviso para su oponente: o salía corriendo de ahí o iniciaría el combate mágico que tanto parecía ansiar. Y al ver que ni siguiera daba un paso atrás, Sindri exclamó a pleno pulmón – ¡Sufre, mortal, puesto que mi magia te va a obliterar! ¡A OBLITERAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAR! – y, acto seguido, comenzó a canalizar un hechizo. La Magia Arcana comenzó a arremolinarse alrededor de los dos seres que había en aquel lugar e incluso el suelo mismo tembló ligeramente al condensarse una magia tan antigua como el mundo…

Pero eso le dio igual al caballo que tenía delante, puesto que se lo quedó mirando con cara de circunstancias. Bueno, también soltó un señor relincho.

¿Qué había hecho él para merecer eso? Recapitulemos un poco.

Sindri había llegado a Sacae en busca de… algo. No lo sabía. Realmente no tenía ni idea de lo que buscaba, salvo que buscaba algo que hacer durante un tiempo. ¿Vacaciones? Algo así, volvía a Elibe tras una serie de tensos combates que acabaron coronándolo, contra todo pronóstico habido y por haber, en el Campeón de la Arena de Regna Ferox. Oh, y cómo olvidar la subsiguiente aventura en la lejana tierra de Nohr, aventura en la que había tenido la oportunidad de conseguir un libro de inimaginable poder que ahora mismo portaba bajo el brazo (más que nada porque no le cabía en su zurrón). Merecía un descanso. Un descansito. Que fueran otros los que se ocupasen de las cosas que debían ser ocupadas. Y, justo por eso, el muchacho había recorrido el pesado y largo camino desde Akaneia hasta las bellísimas tierras de Elibe. “Hogar, dulce hogar”, diría si hubiera algún lugar en este mundo que pudiera calificar como tal.

¿Que qué hacía en Sacae de todos los lugares posibles? Bueno, Lycia e Ilia estaban completamente descartadas por motivos obvios teniendo en cuenta su pasado. Estaba seguro que no quedaba mucho de Bern que visitar y Etruria no era más que un fantasma del pasado. Eso facilitaba mucho cualquier decisión que pudiera tomar. Además, el muchacho recordaba con pleno detenimiento una conversación que tuvo hace bastante tiempo en las níveas planicies de Ilia, una conversación sobre costumbres, lenguas antiguas y creencias de los nómadas de Sacae. Curiosidad era lo que le había llamado hasta las tierras llanas del país, que recorrió durante varios días de enclave en enclave, tratando de conseguir información sobre cualquier nómada que estuviera cerca. Pero resulta que los expertos en trasladar su hogar de un lugar a otro eran más rápidos cruzando el camino que conocían como la palma de su mano que un extranjero que insistía en dormir unas diez horas cada día. ¿Quién lo iba a decir?

Así pues, tras un día entero de persecución de un rumor que oyó hace casi media semana, Sindri decidió tomarse un descansito sentándose al amparo de… rocas. No había mejor manera de describir el lugar en el que estaba, quizá porque no había mucho que describir en Sacae. Eran unas rocas. Algo puntiagudas, pero tampoco mucho. El bibliotecario tampoco era geólogo, por lo que para él no eran más que planchas de piedra de tiempos immemoriables que era mejor dejar donde estaban. Pero mira tú por dónde, una vez que abrió su paquete de galletas marineras (“¡Tan comestibles hoy como en seis meses!” o, lo que es lo mismo, no mucho) encontró que tenía una visita. Una visita equina. Un caballo marrón con cuatro patas, una cola, una cabeza, dos ojos y dos orejas lo estaba mirando fijamente. Seguramente alguien que supiera más de caballos que él podría identificarlo más, pero para el urbanita no era más que un ejemplar de equus ferus caballusShoo. Largo. Fuera. – un Hechicero era tan amigo de compartir cualquier cosa como lo era un gato. Y cualquiera que hubiera pasado unos… digamos cinco minutos en la compañía de un minino sabrían lo poco dados a la generosidad que eran esos animales.

El animal que había ahí, por su parte, no se inmutó lo más mínimo. Lo siguió mirando fijamente, a él o a la comida que tenía en sus manos – ¿No tienes nada mejor que hacer? ¿Zanahorias que comer? ¿Cosas que perseguir? – mencionó desconfiadamente mientras entornaba los ojos. Quizá la comunicación verbal no era la mejor manera que un equino te entienda, por lo que Sindri movió su mano libre un poco como para espantarlo – ¡Vamos! ¡Fuera! No voy a darte ni un pedazo. Laaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaargo de aquí. ¡Fus! ¡Fus! – pero toda respuesta del animal fue dar un paso hacia él – Ni se te ocurra dar otro. – pero el caballo dio otro sin cambiar la expresión – ¡Largo! ¡Dudo que esto sea siquiera sano para ti! – el bibliotecario se levantó con suspicacia y se guardó la comida en el zurrón para, una vez hecho eso, mostrarles las palmas de sus manos completamente vacías – ¿Ves? Ya no hay nada. Me lo comí todo. Ya puedes irte. – pero el caballo no se dio por aludido y siguió acercándose más, y más, y más. Y el muchacho, sin muchas más opciones y con cero conocimientos de cuidado equino, no se le ocurrió más que amedrentarlo como haría con un enemigo en el campo de batalla.

Lo que, como hemos podido comprobar, no surgió ni el más mínimo efecto.

Completamente derrotado, el bibliotecario ni siquiera llegó a completar el hechizo y lo hizo desvanecerse antes de ser canalizado a través de Náströnd. Si eso no servía tendría que emplear el arte prohibido de defensa contra animales salvajes, una técnica conocida solo a unos pocos que todavía vivían en aquel mundo – ¡Por las barbas de Atos! ¡¿Alguien puede salvarme de este animal?! – gritó al cielo y a nada en concreto. Sin embargo, el caballo se limitó a relinchar. No había piedad en su mirada.
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Mensaje por Khigu el Vie Ene 03, 2020 12:33 am

Podía identificar cómo por el relincho del animal, éste estaba molesto, casi como si lo hubieran ofendido. Y al no escuchar a otro caballo, descartó la idea de que fuese una lucha equina. Así que o era otro animal --algo altamente dudoso debido a la geografía del lugar--, o algún humano... En el peor de los casos, emergido, así que se acercó con cautela entre las rocas tras subir los pequeños desniveles del terreno, preparada para saltar a la pelea en cualquier momento.

- A ver quién es el imbécil que... -murmuraba para sí misma. Y, una vez se acercó algo más, pudo también escuchar una voz que ya le sonaba familiar. Al asomarse detrás de los causantes de aquel barullo, pudo confirmar que se trataba de una persona... Aunque no se pudiera decir que fuera alguien normal.
Porque por una vez, el motivo del brillo de sus ojos no era por ver un caballo que desconocía, si no la presencia, la figura y la voz, de aquel que había sido clamado por ella y por toda Regna Ferox como "el más fuerte"; Sindri, reconociéndolo finalmente.

¿Qué hacía allí? De todas las cosas que se podría haber imaginado... En aquel preciso momento y lugar, de ser una persona non-grata hubiera jurado que andaba persiguiéndola. O quizás a posta por otros motivos... ¿A no ser...?
Pero, aquel no era tiempo para gastar sin hacer nada, y no precisamente por la situación en la que se encontraba el dichoso.

Sin decir ni una palabra, salió de detrás de la enorme piedra, agarrando al pelimorado con un brazo alrededor de su cintura y jalándolo hacia atrás. Se apresuró ya que había visto cómo el equino comenzaba a patalear en el piso, visiblemente enfadado y apunto de colocarse a dos patas para atentar un golpe contra el hechicero, pero fallando justo en el momento.
Khigu dejó salir un suspiro, y soltó el cuerpo del hombre ahora que estaba a salvo, aún no mirándolo; pues dirigía su vista al animal, que seguía relinchando y se acercó nuevamente hacia ellos, con las mismas peligrosas intenciones.

Pero esta vez, nada más el caballo se levantó sobre sus patas traseras, relinchando, la peliblanca aprovechó y se interpuso en su camino, justo debajo de él, para agarrarlo al descender y detenerlo con sus solos brazos y empujó con fuerza hacia él. El caballo era joven pero aún así era fuerte y más grande que cualquiera de ellos dos, pero la mujer aguantó. Sabía que utilizar la fuerza física propia de tales criaturas sagradas era la única solución para ganar aquella lucha y hacerle saber al animal que ella era más fuerte, que debía calmarse ante su mando, como si se tratara de un semental mayor, de un caballo alfa al que seguir.

Sin dejarlo aun posar sus patas delanteras o podría retomar con más fuerza, el equino seguía pataleando en el aire, en una de estas Khigu recibió una patada en la mejilla de la cicatriz. - ...! - había sido un fuerte golpe, pero eso no fue el motivo de su silencio repentino. Aunque finalmente chasqueó sus dientes y volvió a mirar al animal, centrándose en restringir sus movimientos...
Al fin y al cabo prefería mil veces la pezuña de un sagrado animal en su cara, que la verdadera causa real que había sido. Hacia ya un año.

Por unos segundos más, ella siguió siendo ligeramente arrastrada por la tierra, hasta que finalmente el caballo pareció calmarse un poco más, al menos no en la medida de lo violento, y se bajó hacia atrás, sacudiendo la cabeza mientras resoplaba. La albina entonces dio unas suaves palmadas en el aire, colocándose a un lado del animal, para captar su atención. - Sooo... Vale... ya está... -le dijo en un tono relajado, mientras se rebuscaba con una mano en la bolsa a su espalda, manteniendo la otra a la vista del caballo. Por suerte tenía algo de trigo que se había llevado para masticar y lo sacó, dándoselo después de dejar que lo olisqueara. Aquel comportamiento le había hecho saber que la criatura solamente estaba hambrienta.
- ¡Eres un muchachito muy bravo! - exclamó acariciándolo en el hombro, dándole unas palmaditas para que se fuera. - Ea, ahora sigue tu camino.

Sin borrarsele el buen humor, miró hacia atrás, frotándose la mejilla golpeada con la palma de su mano, pero aún así no pudo evitar esbozar una sonrisa amplia, de estas que mostraban sus fauces casi afiladas como si de una bestia se tratara... Pero era Khigu. - Heh... ¡eso dolió! ¿Me pregunto si lo habría soportado el señorito campeón~?

Aunque no sabía si el impulso había sido por evitar que acabara herido o por lucirse frente a él, en cualquiera de ambos casos era suficientemente vergonzoso admitirlo. Así que trató de esconder con aquel gesto su rostro sonrosado, tras mirarlo finalmente, después de tanto tiempo.
Y más teniendo en cuenta lo de la última vez.
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Mensaje por Sindri el Vie Ene 24, 2020 5:10 pm

¡Menuda mala educación! ¿No le enseñó su mamá yegua a no piafar a extraños? – el Hechicero lanzó un dedo acusatorio al equino que estaba bastante lejos de tranquilizarse. Pero eso no le importaba mucho a Sindri para quién los caballos eran poco más que animales de tiro y nunca había sentido mucho aprecio por ellos. De hecho, al Hechicero no le hacían especial gracia la mayoría de animales salvo los gatos, los perros, las cabras, las ovejas, las vacas y, por raro que parezca, las ardillas. El resto de animales estaban… ahí. Ellos cumplían sus funciones. Sindri las suyas. Se respetaban desde la distancia y tal, no había mucho que decir al respecto. Pero aquel caballo… aquel caballo… aquel caballo se estaba pasando ya de castaño oscuro – Si quiere guerra la tendrá, créame. Me he enfrentado a wyverns solo. ¡Wyverns! Mírese, si usted no tiene ni escamas ni fauces. ¿Quién se cree que es? – quizá discutir con un animal no se considera el colmo de la cordura pero, siendo sinceros, ¿Qué otra cosa podía hacer ahí? Llevaba días y días sin ningún tipo de compañía y le hablaría a una piedra de considerarlo oportuno, necesario o simplemente entretenido. Y si era menester, le dibujaría una carita a la roca. No es que tuviera muchas opciones para divertirse en aquella planicie sin fin que se extendía durante quilómetros y quilómetros y jugar al veo-veo contigo mismo se volvía aburrido tras cuatro horas sin parar.

Oh, ¿Con que quiere jugar rudo? ¡No más Sindri el Amable, pues! – mencionó con decisión tras ver que el animal no se allanaba y parecía más que dispuesto a comenzar un combate. El ex-bibliotecario se arremangó y dio un par de pasos determinados hacia la bestia embravecida totalmente preparado para darle una somanta de palos suficiente para que aprendiera quién mandaba ahí cuando notó una fuerza irresistible en su cintura que lo catapultó hacia atrás. Se dejó llevar, aquello le había pasado veces y veces y veces durante los últimos años y pronto aprendió que lo mejor era no luchar contra los envites del destino y dejarse llevar. Aprender a caer para aprender a levantarse, todo muy poético sí, pero la costalada que se ganó el muchacho hizo que perdiera el poco aire que tenía en sus pulmones y se retorciera brevemente en el suelo hasta que los colores y formas se alinearon unos con otros y pudo ver lo que estaba sucediendo – ¿Guerrera Khigu? – preguntó al éter tras reconocer la figura que estaba lidiando con la bestia encabritada. ¿De dónde había salido? – Tenemos que dejar de encontrarnos así. La gente hablará. Habrá rumores. – y desde el suelo rio secamente un poco antes de ser interrumpido por un brote de tos. Una vez amainó y pudo respirar tranquilo, el extranjero medio inspiró medio suspiró y trató de incorporarse poco a poco y sin ningún tipo de prisa.

Tras levantarse pudo advertir cómo la mujer se ganó una verdadera coz en la cara, lo que hizo que Sindri se contrajera de dolor en solidaridad con la mujer. Pero ella, lejos de amedrentarse, soportó el golpe sin inmutarse y pareció acabar calmando al animal de alguna manera desconocida para el buscador de las Artes Arcanas – Ah, muchas gracias, pero tras enfrentarse a lo que se esconde en la Oscuridad uno pierde el temor a todo lo terrenal, como a ese caballo. – comentó mientras se frotaba las lumbares con algo de dolor residual. Caerse nunca era plato de buen gusto para nadie, al fin y al cabo, y sólo tenemos dos riñones que cuidar durante toda nuestra vida – El señorito campeón soportó dos ataques a quemarropa de una espada mágica y varios hechizos de alto nivel. Creo que una coz o dos no habrían hecho ni mella en él. – puso los brazos en jarras e hinchó el pecho en símbolo de orgullo, quedándose así unos instantes antes de llevarse una mano al mentón y mirar al cielo durante unos instantes – Creo. Quizá ha hecho usted bien de quitarme de encima al animal. – nunca llegó a enfrentarse a nadie que llevara una montura y no estaba seguro que le hubiera ido bien. Eso era una especie de dos contra uno, ¿verdad?

Tras unos instantes se llevó la mano a la nuca y la frotó levemente a pesar de no tener ningún tipo de daño, como si acabara de recordar algo. Oh, y tanto que lo recordó. Algo que sucedió durante el Torneo de Regna Ferox entre él y la señorita que la casualidad había portado delante de él. Un silencio incómodo se instauró en el lugar, al menos para el dicharachero Hechicero que siempre intentaba espantar la falta de sonido con todo tipo de conversación por muy banal que sea. Sí, decir algo sonaba una buena opción – Bueeeeeeeeeeeno. Sí. Bueno. Así que está usted aquí, ¿sí? Yo también lo estoy. Qué casualidad, ¿verdad? – ¡Magnífico! ¡El hielo roto con la gracia y la distinción de una almádena! Miró en derredor, tratando de aferrarse a algo en concreto. Campo. Cielo. Piedras… – Y… bueno… pues… ¿Qué le trae a estas… piedras? ¡Sí, eso! ¿Qué le trae a estas piedras tan extrañas de aquí, Guerrera Khigu? – eran unas piedras extrañas, de eso no había ninguna duda. Viendo que no había ningún tipo de distracciones cerca, Sindri guardó Náströnd con todo el cariño del mundo en su bolsa para sacar de ella a la vez el paquete de galletas – ¿También ha hecho una pequeña parada para almorzar? Parece un lugar tan bueno como cualquier otro para hacerlo. – fijó su mirada en la faz de la mujer y frunció en entrecejo al advertir los estragos del golpe del animal… al fin y al cabo se había llevado aquella coz por su culpa, ¿verdad? Con parsimonia se llevó la mano libre a la espalda y alcanzó su báculo rojizo de Heal – ¿Requiere de atención para ese golpe? Atención sanadora. Atención sanadora mágica. Ando practicando la magia curativa, ¿sabe? Curárselo me vendría bastante bien para practicar un poco. – lo mínimo que podía hacer era ofrecerse a sanar, a pesar que no se le diera muy bien y tampoco pudiera hacer muchas virguerías todavía. Pero por algo se empezaba, ¿no?
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Mensaje por Khigu el Mar Mar 24, 2020 12:38 am

No pudo evitar carcajear un poco ante aquella respuesta. Era Sindri, al fin y al cabo. - Sí, lo vi. -admitió, pese a que esa vez estuviera más vendada que una momia, y escondida en las primeras gradas con el orgullo dañado- ¿No te dije que eras fuerte? -asintió- Pero sólo recordé que no se te daba... "lidiar" con los caballos.~ -Fue un comentario breve, en una conversación  que tuvieron meses atrás, pero se acordaba. No porque la memoria de la albina fuese la gran cosa, pero más bien porque el encuentro con el hechicero le había dejado mella. - ¡Hahaha! Lo que ya no sé si es peor lidiar conmigo... -cierto, ¿qué había querido decir recién con lo de... "dejar de encontrarse"? Lo había escuchado, pero al estar concentrada en los gestos mientras se enfrentaba con el joven caballo, su mente no lo procesó bien hasta ahora. - Oye, ¿de qué rumores hablabas? Acaso... ¿te molesta que... -¿la vieran con ella? ¿Porque le causaba vergüenza ajena por el aspecto de ella? ¿Porque había perdido patéticamente frente a él, el campeón, a la vista de todo Regna Ferox?- Como sea, da igual. -negó con la cabeza, desechando cualquier idea que pudiera afectar al encuentro del presente. Sí, de nuevo, aquella era solamente Khigu, no debería importarle lo que dijesen los demás... ¿Pero a él?

Por suerte, ésta vez fue él quien dio el paso para romper aquel silencio. Era extraño, Khigu siempre se atrevía a comentar cualquier provocación, pero... era la primera vez que le pasaba ésto. Mentira, no era la primera vez, pero sí que era una situación que hacía años que no tenía, ¿de qué se trataba y cuál era el motivo? Al menos, se había puesto contenta por ver como Sindri seguía interesado en darle conversación a ella. - La verdad es que... sí. -comentó, con visible sorpresa y confusión. Sobretodo porque de todo el tiempo que ella podría haber pasado en Sacae anteriormente, justo tenía que ser aquel día que estaba de paso por su antiguo "hogar"- No imaginé que nuestro próximo encuentro sería hoy... aquí. ¿Qué haces por Sacae? ¡Ah! No me digas... ¿viniste a escribir esas cosas tuyas sobre los nómadas? -supuso, con una sonrisa media cómplice y media traviesa. ¿Habría seguido finalmente su "consejo" de seguir hacia delante sin más, viajar a donde fuera?

- ¿¿Yo?? Ehh... -eso sí era extraño, que le preguntara qué hacía una nómada en su tierra natal, como si el hechicero hubiera adivinado que estaba ahí de paso y no porque todavía viviera allí- ¿Qué no me podría traer? Son piedras, ¡así que vine a buscar piedras! -pero aquello quizás sonó demasiado estúpido hasta para ella, así que soltó una inevitable risita corta que había intentado aguantar- ¡Pff...! No es común encontrar páramos así por aquí, ¿verdad? -continuó riendo un poco entre frase y frase. Aunque ahora que lo mencionaba... sólo se había traído aquel trigo para mascar que ahora andaría en el estómago del caballo, así que la vista se le desvió hacia aquellas galletas. Pero entonces, vio como el muchacho también sacaba otra cosa de su espalda. Algo muy parecido a lo que portaba una de sus amigas, quien la había "obligado" tanto a ser curada que se había acostumbrado a él; un báculo de sanación. ¿Qué hacía Sindri con eso? ¿Que acaso no le bastaba con aquel poder extraño que en su día le demostró?
- ¿Ah? -por instinto, se tapó la mejilla. Aunque cualquiera ya la hubiera visto, era como una acción reflejo siempre que quería ocultarle alguna a Luzrov, una acción evidente y nada discreta. Pero aparte de no gustarle ser sanada, tampoco le gustaba que su amiga perdiera el tiempo en tonterías como esas, cuando podría atender mejor al resto de la tropa en sus campañas. Khigu estaba acostumbrada a los golpes, cortes y cualquier tipo de herida grave; era por eso, al fin y al cabo, que su cuerpo era un mapa de cicatrices. - No es nada, pero... -Sindri estaba hablando de práctica. Así que, ¿estaba aprendiendo sobre ese tipo de magia también? ¡Menudo erudito! Lo miró unos segundos, pestañeando un par de veces; de verdad le parecía que quería hacerlo, aunque no era una mirada como la de Luz, más bien le recordó a los soldados de Caelin, pidiéndole a la albina no más práctica. Sólo que en el caso de Sindri era "sí a la práctica". Y, sí, si bien siempre había compartido el ideal que todo el mundo aprendiera de forma independiente, de no hacer favores ni ayudar a nadie. Quizás... estaba cambiando, sin ella misma darse cuenta. Así que entre eso y que seguramente la misma Luzrov le regañaría si la veía con aquel golpe encima de la cicatriz cuando se encontraran, ¡no pararía de darle la lata con la charla sobre el cuidado de las cicatrices! - Grrñ... -Sacudió la cabeza, definitivamente no era algo para tanto. Era un golpe, no una herida, un entrenamiento para aprender, nada más... y era Sindri. Había visto lo bien que se había curado sus heridas. Suspiró. - Está bien, supongo. -contestó, aunque algo de morros. Entonces se acercó a él, aproximando su rostro, dejándolo quieto dándole ese lado de su cara. Pero mantuvo su mirada dirigida a él y a lo que hacía.

Esa situación, de nuevo...

¿Qué podía hacer para no pensar más en ello? No soportaba ser curada, era un hecho. Ni siquiera terminaba de saber por qué diablos le dejaba a Sindri, siendo que en aquel aspecto era más "fiel" a Luz... No, no temía a nada, no tenía nada que perder. Necesitaba, sin embargo, una distracción. ¡Eso era! Una broma como las que le hacía a la santa. - Aunque preferiría un beso de sana-sana~ -Luz siempre ignoraba aquella clase de bromas, pero con el pelimorado... es decir, ¿qué podía salir mal?- Hmm... Es verdad, ¿quizás nos encontramos tantas veces así porque te atraigo y no puedes vivir lejos de mí? -continuó la broma, era más divertido esperar su reacción que la sanación.
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Mensaje por Sindri el Sáb Abr 18, 2020 5:10 pm

Ah, bueno es saber que tuve audiencia de honor en mis combates. Quizá incluso, en retrospectiva, compensa todo el dolor de las quemaduras mágicas por hielo, ¿hm? – mencionó el pelimorado con bastante buen humor llevándose ligeramente las manos tras la espalda. No se arrepentía de haberse enfrentado a alguien con una espada mágica, no, en absoluto. Cierto era que Eugeo de Altea no es la persona más amigable y abierta al intercambio dialéctico que ha encontrado en toda su vida, y decir que tuvo la ocasión de absorber ingentes cantidades de información sobre su combate también sería una soberana exageración. ¡Pero de todo se aprende! Y al menos Sindri podía jactarse de la experiencia de haberse enfrentado contra alguien con un arma sacada de una leyenda, lo que no era poco – Los caballos son otro cantar. No atienden a razonamientos de ninguna clase por mucho que se los simplifiques. Sólo entienden una cosa: el soborno. – movió la mano de izquierda a derecha de forma medio cansada. No confiaba en los caballos, pero… ¿Acaso era algo tan extraño? Simplemente había que echarles un pequeño vistazo para poder comprobar que no eran entes de fiar. Los ojos tan separados y siempre moviéndose… ¿Qué veían? ¿Qué vigilaban? ¿Qué sabían que tú no? – Y justamente decidí viajar esta vez sin zanahorias en mi alforja, por lo que todos los equinos que me he encontrado hoy se quedan sin postre. Uno, para ser precisos. – aseguró Sindri mientras asentía con la cabeza de forma vehemente. Tendrán que encontrar su dosis diaria de azúcar en otra parte.

Sonrió entonces y movió su cetro de curación un poco para dotar a sus palabras de un cierto aire místico – ¡Pues sí, acertó de pleno! ¡Estoy en Sacae en calidad de investigador! – un investigador era, por fuerza, alguien que descubría algo que estaba oculto. Oculto para él, claro está. Por lo tanto, atendiendo a la más estricta y exacta de las verdades que hay en este mundo, el Hechicero era un investigador. Sea como fuere, quedaba mejor que “turista” – Llevo tras la pista de algunos nómadas desde que entré en estas planicies… ¡Pero es que los nómadas no se quedan quietos! Y tampoco es que los persiga deprisa y corriendo, por lo que nunca consigo atraparlos. Así no hay quién les pregunte nada. – el Mago Arcano no creía retener por mucho tiempo a los nómadas, tenía las preguntas ya pensadas y repensadas, por lo que consideraba una falta de respeto que no se pararan un tiempo y dejaran que los alcanzase. Obviamente, el hecho que no conocieran que él estaba tras su búsqueda no se le cruzó por la mente ni por el más mísero instante – Ah, bueno, qué se le va a hacer, ¿verdad? Al menos es un viaje agradable y sin muchos sobresaltos. Se puede caminar tranquilo por Sacae, no es como Ilia que los Emergidos campan a sus anchas… – ¿Cómo estarán los libros de la Gran Biblioteca de Ilia? A parte de fríos y cercanos al punto de la congelación, claro. Los Emergidos no parecían especialmente dados a dañar los libros pero, a su vez, la falta de cuidado de éstos podían acabar pasándoles una terrible factura. Una que no podían pagar.

Ah. Bien, bien. Las piedras son especialmente importantes por su… eh… por ser piedras en un lugar donde no hay piedras. Supongo. – mencionó Sindri mientras miraba con interés los monolitos que habían ahí. ¿Quizá estaba en lo cierto y a los nómadas les gustaban las piedras? Pensémoslo bien, los que van de un lugar para otro deben empacar sólo lo esencial y más ligero que tenían. Por lo tanto, no podían llevarse, por ejemplo, sus piedras favoritas. Ni estatuas de ninguna clase. Ni el paisaje. En la mente del bibliotecario era claro como el agua por qué a los nómadas de las planicies de Sacae les gustaban las piedras – ¡Ah! ¡Magnífico! ¡Magnífico! ¡Un sujeto de pruebas! Esté quieta unos instantes, esto no debería dolerle lo más mínimo… – con la alegría de un mago que no tiene especial tiempo que dedicar a según qué asuntos, especialmente por una crónica falta de altruismo, el Hechicero guardó su almuerzo con premura y repasó mentalmente todos los pasos para una correcta sanación.

Inspiró con solemnidad, agarró bien el Báculo de Heal y abrió los brazos, comenzando a concentrar las energías mágicas en él. Curar, no herir. Era algo que parecía simple, pero cuando moldeas de una forma las energías taumatúrgicas durante toda tu vida hacerlo de otra forma era… impensable. Pero era necesario, los cetros de sanación eran herramientas útiles, pero también especialmente quisquillosas que te mandaban un mensaje día sí y día también con su gélida indiferencia: “o lo haces como yo quiero, o no lo haces”. Así pues, el muchacho tuvo que resignarse y comenzar a bailar al cruel son de las energías de curación, hasta que ciertas palabras hicieron que su concentración se rompiera por completo – ¿Que qué? ¿Qué? ¿Qué? – el báculo de curación se bamboleó peligrosamente de su mano cuando ésta aflojó su agarre, de forma que por pura inercia se acabó precipitando hacia el suelo. Lo que ocurrió a continuación fue un verdadero espectáculo de habilidades de prestidigitación, movimientos de manos azarosos, memorias de sus años como malabarista en la troupe que lo acogió en sus años mozos y, seamos sinceros, una gran dosis de suerte por doquier.

El báculo no acabó destruido, ni roto, ni inservible. De hecho ni siquiera llegó a rozar el suelo. Sin embargo, Sindri el Hechicero sí que había quedado hecho cisco a causa de todos los movimientos súbitos a los que no estaba acostumbrado. Con unos ojos desorbitados, lanzó una mirada de incredulidad a la mujer que tenía delante, pensando qué decir con un cierto rubor en las mejillas. ¿Sería posible? ¡Él había ofrecido un buen trato y mira cómo lo llegaban a tratar! – Haciendo jugarretas al pobre Sindri en el momento que baja la guardia, ¿eh? – logró decir tras recuperar el aliento tras unas pocas inspiraciones por la boca. Agarró con más fuerza todavía el báculo, no fuera a escapársele una vez más. Suerte que llevaba guantes y el sudor de las palmas de las manos no le iba a traicionar… – ¿Jugando con su pobre corazoncito? ¡Pues sepa usted que no funcionará! – afirmó después de mostrar que sí había funcionado. Si es que había cosas con las que uno no podía bromear, eso desde luego – ¡Los Hechiceros nos arrancamos el corazón como ritual para obtener nuestro poder! Y ahora, un momento, que el genio tiene que trabajar. – y tras tranquilizarse, Sindri volvió a concentrarse para poder canalizar la magia a través del báculo y conseguir un pequeño hechizo de sanación. Aquello que dijo sobre el corazón era, de hecho, un rumor que había escuchado durante sus viajes y le había hecho especial gracia. Obviamente que no era cierto, ya se había intentado en el pasado y lo único que se conseguía al final era un estropicio, que alguien tuviera que limpiar un literal mar de sangre y un ex-hechicero con un fantasma muy, muy, muy, muy decepcionado.
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Mensaje por Khigu el Sáb Abr 18, 2020 11:28 pm

Hablaba de quemaduras como si no recordara el propio regalito de su parte. - Como sea, ¡ya sabía yo que ese rubiales no lograría vencerte! Pfé. -y su espada maldita, con ella había jugado sucio también contra Luzrov, ¡seguro! Además, qué era eso de "Héroe de Altea"? "Héroe"... Dudaba mucho de que aquel chico hubiera vencido jamás a un dragón. ¡Khigu sí lo había hecho! ¡Había ganado a Jafar! Y también una vez con ese tipo, Azazel... aunque éste no hubiera estado transformado cuando lucharon bastante tiempo atrás, y mucho menos había sabido que era un dragón hasta el propio torneo. ¡Aquello sí había sido una sorpresa! - ¡De todas formas, con la que sí me emocioné fue tu última ronda! Con ese otro hechicero arcano, como tú. ¡Fueron impresionantes, ambas magias! -exclamó con genuina sinceridad, haciendo gestos con las manos. Se alegrabra que nadie lo hubiese derrotado, porque eso significaba que el esfuerzo de la albina no fue en vano, contra él. - Ah, pero... -lo miró mal por un segundo- Tú definitivamente no usaste eso contra mí. -se cruzó de brazos, un poco decepcionada de que la hubiera subestimado. Pero, al fin y al cabo... la había vencido de todas formas con aquellas llamas. Eso sólo significaba que Sindri era bastante más fuerte que ella. Y le gustaba a la par que le molestaba.

Resopló, era inútil quitarle esa idea de la cabeza a Sindri, ¡por eso prefería hablar con criaturas sagradas! Ellas sólo le daban importancia a lo único válido en la vida. La fuerza... y la comida. No estaban para paliquearles con temas de "gente civilizada".

Rió ante el comentario sobre los nómadas de Sindri. - Bueno, así somos. Y puedo entender que no les guste que se metan en sus vidas... -sólo a Khigu le sorprendía ser preguntada sobre ella, pero sí era cierto que muchas veces los de fuera eran demasiado.... Demasiado. Dejémoslo en eso.
Y en general en su tribu también eran así, excepto entre ellos... demasiado juiciosos, demasiado cotillas sobre lo que uno hace o deja de hacer... Y menos mal que eran independientes los unos de otros. - ... ¡Oh! Ya sé. -se le había ocurrido una idea que tal vez ayudara al hechicero, mas no era tan buena noticia para los propios Khirin- ¿Quieres... ver... ir a donde mi tribu? -No, definitivamente no les iba a causar nada de gracia pero, a ese punto de su vida... ¿qué más daba? Era su último día, su última noche, formando parte de aquella comunidad. Aunque siempre sería una Khirin en el fondo, ya no iba a poder llamarse Khigu la Khirin jamás. Ahora tenía... otra vida, otra familia. La misma meta, el mismo sueño, pero otro camino. - Sinceramente no creo que te den una cálida bienvenida tampoco, pero... -le sonrió- Te puedo asegurar que no se moverán de su lugar hasta mañana. -además, tal vez, con Sindri allí... quizás su último festival de Luna Nueva no sería tan aburrido.

- Ah, Ilia... -recordó todo lo que allí había sucedido, junto a Lyn y Luz- ¿Sabes que pasé cerca de tu biblioteca? -su voz intentaba tomar un tono interesante- ¡Pero resultaba ser uno de los edificios pequeños! Aunque no tenían nada de pequeños... Esos, cómo se llamaban... ¿Archivas... anchovis...? Hmmm... algo de eso, síp. -asintió. - Pero... siento decirte que allí encontramos sólo un pedazo de libro... Se lo quedó Luz, yo no entendía nada. Es decir, ¡ya te dije que sé leer! Pero aquellas letras eran raras, ella dijo que era idioma emergido... ¿Te lo puedes creer? -contaba, para cuando se dio cuenta de algo- ¡¡Ah, cierto!! Tú... Las conoces, a mis amigas. Además, ambas participaron también en Regna Ferox; Luzrov, la santa. Y Lyn de Caelin, ¡mi mejor amiga de toda la vida! -dijo con orgullo- Supongo que era ella la única otra nómada que me contaste que conociste, ¿cierto?

¿Un "sujeto de prueba"...? ¿De verdad le había llamado así? Por poco se iba a arrepentir y separarse, mas se quedó quieta por el momento. - Hmpf, ¡a mí nada me duele! -murmuró, mientras esperaba.

¡¡Vaya que había valido la pena su reacción!! No pudo evitar aguantar la risa en su garganta, aún con su boca cerrada, cuando lo vio intentando evitar que no se le cayera el báculo. Oh, ésto SÍ era divertido. - Óoo... puede ser que en realidad sea yo quien te esté siguiendo los pasos, porque eres mi presa... ¡Ahahahah! -añadió a su insinuación anterior.
- ¿Guardia? ¡¡Entonces sí me temes, al fin y al cabo!! -no dejaba de mirarlo, esta vez de frente, cerca suyo- Cualquiera pensaría que te atraigo de verdad~... -no dejó escapar ni un segundo para seguir con aquello.

- ¿Huuuh? Tú empezaste el juego, que no se te olvide. -respondió, ligeramente indignada, porque al fin y al cabo era cierto. Desde su encuentro le había tirado aquellas bromas que él hacía pasar por halagos, ¡incluso en el torneo no había dejado de provocarla!

¿El corazón...? Por un momento la mujer bajó la vista al pecho de Sindri. No, aquello sólo era un cuento estúpido, ¡cualquiera sabía que sin corazón uno no podía respirar! - Quizás soy superticiosa, lo admito. -y que creia casi cualquier historia- ¡... pero no tonta! -gruñó y señaló el báculo- Sólo hazlo, ¡no tengo todo el día! -volvió de inmediato a darle la mejilla, que entre el golpe y la cicatriz no dejaba ver bien el sonrojo evidente que ella tenía, el cual sí se había asomado en su otro lado de la cara. Por suerte, pronto sintió aquella sensación familiar... Símil, que no igual, a la curación de Luz.

Tan pronto dejó de sentirla, se apartó nuevamente y se tocó, frotando la mano un par de veces y probando a abrir y cerrar sus dientes. Por supuesto, la cicatriz seguía ahí...
Pero, efectivamente ya no le dolía el golpe, ni sentía el inminente hinchazón que le iba a haber provocado tal coz. - ¿¿Satisfecho??
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