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Mensaje por Sindri el Miér Ago 21, 2019 3:00 pm


El bermellón casi carmesí del vino acarició las paredes de la copa de cristal cuando Sindri la alzó para observar su contenido mejor.

No es que hubiera mucha luz en la zona circundante de su mesa, la penumbra hacía tanta compañía como un comensal más en esa mesa. De hecho, cuando contactó con los encargados de la Mesnée d’Hellequin pidió expresamente una mesa discreta y situada en la penumbra. La penumbra. Él sabía lo que pedía. Ellos también. Esas mesas eran universalmente conocidas como “mesas en las sombras”, lugares donde los nobles llegaban a acuerdos que no querían que nadie más pudiera escuchar. Las paredes tenían oídos en los palacios y, por lo tanto, algunos establecimientos de renombre ofrecían en sus entrañas un más que atractivo servicio: discreción. No se hacían preguntas. Se anunciaba cada entrada para que los nobles no tuvieran que cuchichear a correprisa e interrumpir lo que no debía serlo. Y, lo mejor de todo, aseguraban que absolutamente nadie en este mundo tendría conocimiento de los tratos que se desarrollaban ahí. El hecho que te sirvieran una deliciosa cena era algo completamente incidental, pero muy bien recibido e incluso el factor decisivo para algunos. “Lugares sombríos y de mal augurio”, los llamaban los nobles de brillante armadura blanca y que se jactaban de no tener absolutamente nada que ocultar. “Pequeños remansos de tranquilidad”, no decía nadie, especialmente no los aristócratas con tantos tejemanejes detrás de su espalda que casi se caían redondos por el peso. No todos los restaurantes frecuentados por los nobles ofrecían este servicio, claro, sólo aquellos con suficiente mano de obra como para asegurarse un anonimato total y completo.

Sindri se llevó la copa a la boca y tomó un trago de vino de Nohr. “El mejor vino de todo Nohr”, de acuerdo con el sumiller, “Procedente de los viñedos situados en las más altas cotas de las tierras de Macarath, donde la niebla evita que descienda la luz del sol durante todo el año”. Al parecer, la falta de luz y la sobreabundancia de humedad creaban una uva oscura como la noche, pero rechoncha y extremadamente jugosa. Una uva oscura creaba un vino espeso y pesado en el paladar, pero, extrañamente, no estaba dulce. Era un vino áspero y amargo, que a cada sorbo parecía detestarte y querer hacer lo necesario para dejarte la lengua rugosa, casi adormecida, y pidiendo algún trago de algo que no fuera esa bebida. Pero una vez lo tragabas, dejaba un sabor fresco y diáfano con toques terrosos y azucarados que creaban una experiencia maravillosa para el sentido del gusto. Algunos pretenciosos sabelotodos insistían que no, que primero de todo hay que oler el vino para crearse una imagen mental, o algo así. ¿Acaso se creían que era plato de buen gusto meter el hocico en la copa? El vino estaba para degustarlo, no para olerlo.

Tuvo que emplear toda su voluntad para no acabarse la copa de vino y, para evitar tentaciones, la volvió a dejar sobre la mesa lo más inofensivamente posible. Buscando algo que ocupara su mente un rato, el Hechicero comenzó a mirar en derredor con unos ojos brillantes y más que acostumbrados a la oscuridad. Los pocos candelabros que estaban esparcidos por la sala aventuraban figuras ondeantes más allá de la penumbra y dejaban implícito que aquí y ahora había más figuras de carne y hueso repartidas en esa sala. Figuras enmascaradas (oh, cuán misteriosas) que hablaban cuchicheando y llenaban de silbidos las tinieblas para aquellos que podían permitirse el lujo de escuchar más allá de los límites de su mesa. Él no requería de máscaras, le eran molestas, y, de hecho, su identidad fue lo que le permitió conseguir aquella mesa en aquel lugar. El Campeón de la Arena de Regna Ferox, las noticias se esparcían como la pólvora y Sindri no tuvo más que dar su nombre ante el recepcionista de tal premiado lugar para poder hacer una reserva en menos de media hora. ¿Qué era una comida para dos comparada con la publicidad que podía hacer del establecimiento? Una publicidad, obviamente, en cuchicheos y una vez hubiera abandonado la velada que tenía por delante. Sonrió plenamente consciente que no podía verle nadie: aquí y ahora se sentía un noble nuevamente, con cinco juegos de cubiertos delante, tres copas distintas y un séquito para servirle. No podría decir que había olvidado lo que era ser un noble, una vez experimentas lo que es la nobleza y la vida en la corte no lo olvidas jamás.

Su mesa también estaba en un lugar privilegiado en cuanto al arte y el buen gusto. La fría luz del candelabro revelaba un suelo de madera pulido y bien conservado donde reposaba una mesa de mediano tamaño, la típica que se pedía cuando sólo eran dos para comer. Sobre la mesa de ébano (Sindri lo había comprobado) reposaba un mantel blanco impoluto con un grabado de cenefas sinuosas de hilo de oro en sus bordes. Las paredes estaban oscurecidas en su mayoría por la distancia, pero un par de discretos candiles arrojaban la suficiente luz para que se viese sin problema alguno un enorme y elaboradísimo tapiz detrás del Hechicero. Incluso sin mucho ojo para el arte, uno podía identificar fácilmente un campo de batalla serpenteado con cipreses tras una cruenta batalla, con cuerpos sin vida esparcidos por doquier. En el centro del tapiz estaba la exquisita figura de una bella mujer en una armadura ornamentada montando un enorme corcel blanco salpicada por juguetones rayos de sol. La mujer parecía estar descendiendo grácilmente desde el cielo hacia el campo de batalla, con una lanza en su mano derecha y un escudo circular atado a su brazo izquierdo y, si te fijabas bien, podías ver cómo los cadáveres más cercanos parecían estar mirando hacia ella, expectantes. Un tapiz que podía ser considerado por algunos como macabro y morboso, pero nadie podía dudar del esfuerzo y de la maestría de aquellos que lo bordaron. Una muestra más de la exclusividad y del buen gusto del que hacía gala aquel restaurante tan selecto.

Aburrido por tener que esperar tanto, Sindri comprobó una vez más estar presentable en el prístino reflejo del plato de plata que tenía sobre la mesa. ¿Habría traído la mujer sus mejores galas tal y como había indicado en su carta? Seguramente no pasaría nada si no lo hacía, en un lugar tan oscuro nadie la podría juzgar, pero al menos esperaba que no viniera al restaurante embutida en su típica armadura. El Hechicero por su parte se había asegurado de vestir de manera adecuada a la sofisticación del lugar: llevaba una fina túnica de cachemir teñida de morado con detalles dorados en el cuello, en los hombros y las mangas, hechos sin duda alguna con hilo de oro. Llevaba también unos pantalones oscuros por debajo atados por encima de la túnica con un cinturón grueso y también muy decorado con cenefas que podía recordar a un tahalí, si Sindri se dignara a llevar ningún arma encima, claro. Remataban un par de resistentes y resistentes, pero estilosas, botas de cuero oscurecido y repujado, que ahora por ahora reposaban ocultas bajo la mesa. Por encima de sus hombros portaba un capuz totalmente negro y sin ningún tipo de decoración más allá de su buena factura, deslizado hacia atrás puesto que era de mala educación llevar cualquier prenda sobre la cabeza dentro de un establecimiento. Había abandonado el olor a lavanda para darse un buen baño con mirra y, por lo tanto, el almizcle dulzón lo acompañaba en aquella sala, un olor suave y bastante suntuoso que no se hacía pesado.

Finalmente, refulgía quedamente a la luz del fuego en su muñeca izquierda una pieza de oro pulido y de factura extrañamente simple para lo bien forjado que estaba. Varios medallones dorados decorados únicamente con un círculo perfecto unidos por una fina cadena sin ningún tipo de eslabones. Un premio especial por ser el campeón del Torneo de Regna Ferox y, de acuerdo con el coleccionista alteano que se lo entregó, un brazalete que la mismísima deidad Mila llevó en su momento. Un brazalete de una deidad en manos de mortales, menuda chanza... ¿Qué hacía un alteano con algo tan preciado para la gente de Valentia, exactamente? ¿Cómo habría llegado eso a sus manos? ¿Y cómo no lo había reclamado nadie de tal continente? A parte de por estar lleno de Emergidos, claro. Aunque, a decir verdad, se había encariñado lo suficiente con aquel circulito de oro como para llevarlo siempre encima a pesar de no llevar ningún otro tipo de joyas ni abalorios. Quizá era el valor sentimental de haberlo ganado tras varias luchas encarnizadas de las que guardaba magníficos recuerdos. O tal vez es que le resaltaba mucho los ojos. ¿Quién sabe?

Los encargados habían sido informados acerca del aspecto de la señorita con la que iba a compartir aquella cena, por lo que no tenía nada más que hacer salvo esperar que se dignara a aparecer. Podía tardar momentos. Minutos incluso. Así pues, podía tener una corta o larga espera por delante. Y, justamente por eso, levantó la copa y comenzó a apurar.

Todo –absolutamente todo– era infinitamente mejor con algo de vino.
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Mensaje por Hrist el Jue Ago 29, 2019 4:17 pm

‹‹Traiga sus mejores galas, es un lugar de festín y de postín››, decía la carta. ‹‹Desearía invitarla a una comida estrictamente de negocios››, ponía en la misiva. Si sólo es una comida de negocios porque quiere contratarla para algo ¿por qué narices tenía que ir vestida como la señorita que no era?

Hrist llevaba todo el camino dándole vueltas. ¿Sus mejores galas? Lo más ‹‹de vestir›› que tenía era la ropa de ir a los festivales (cuando los había): el vestido de color claro y azulado por encima de los tobillos, el corpiño bueno a juego, las medias oscuras y los botines. Y aún había necesitado ayuda para arreglarse, hacía mucho desde la última vez que fue a un Festival de la Cosecha de Otoño y ya ni se acordaba de cómo demonios funcionaba aquella condenada pieza de color azul oscuro:  

‹‹—Y este tal Sindri —le había preguntado papá hacía unas cuantas horas, mientras mamá la ayudaba ceñirse el corpiño bueno. El de mamá ya no le venía desde que había cumplido los dieciséis, así que había tenido que ahorrar para comprarse uno más grande, uno de su talla.—, ¿es ése al que acompañaste para robar libros a los emergidos que ocupaban su biblioteca helada en la otra punta del mundo?  

—Sí —A decir verdad, se había sentido aliviada por no tener que responder preguntas así sobre cierto muchacho delgado de cabellos negros y aficionado a quemar casas.

—¿El mismo que ha ganado el torneo de Regna Ferox? —papá había enarcado una ceja.

—Sí… contra el príncipe Pelleas.

—Oye, cielo —había preguntado mamá al oído—, ¿qué tal es el príncipe de Daein? Tú que lo has visto de cerca… ¿Es apuesto?

—Pueeees… —Hrist había notado un extraño rictus en los músculos de la cara— Bueno… es mono, sí. Tiene el cabello lila oscuro muy alborotado… —‹‹Y la mirada más esquiva que recuerdo hasta ahora››—  Y es más alto que yo.

—Lástima que no los haya más así por aquí, ¿eh? —la había compadecido mamá, estirando de los cordones.  
—En el ejército de Nohr los magos oscuros no se andan con tanta parafernalia —había intervenido el abuelo—. Adornitos, los justos. Palabrería la justa.

—Son los que van con esas viseras que casi les ocultan los ojos y esas mangas llenas de farolillos y moneditas doradas que hacen ‹‹trinqui trinqui››, ¿no? Parecen bailarines en vez de magos. —había comentado Hrist, que notaba el cosquilleo de los dedos de su madre trenzándole algunos mechones de cabello.

—Ésos son los enchufados de la Guardia Real. Los que pringan en las guerras como lo hice yo no van tan arreglados…
››

Así que, tres horas y pico después, allí estaba ella, caminando por las calles más refinadas de todo Windmire, rígida como una lanza de acero bajo su mejor capa de viaje con capucha (una de color azul oscuro) y con una fina capa de sombra de ojos azul en los párpados. Pasó junto a tres jóvenes chicas, todas ellas ataviadas en capas con armiño, vestidos de seda y con más pedrería encima que un cargamento de piratas de Durban. Incluso la forma de reír era distinta, ella nunca había soltado esas carcajadas tan… tan… soberbias. Menos mal que nadie reparaba en ella.

Había dejado a Logi en los establos de una taberna de la parte humilde, donde el abuelo se había reunido con unos viejos amigos. Por lo menos el wyvern estaría en compañía de conocidos y en un ambiente familiar. No como ella, que se dirigía a uno de esos extraños lugares de los que la gente modesta sólo oye hablar en rumores y canciones de bardos. Había oído decir a las malas lenguas que los ricos que comían allí usaban distintos tipos de cubiertos según el plato. Por Grima, esperaba que no fuese el caso. Un momento, cómo se llamaba el sitio… Mesonne… No, mesas… Urgh…

‹‹Mesnée d’Hellequin››. Sí, tenía que ser aquel el lugar.

—Los ricos y sus nombres extravagantes.

Se llevó la mano hacia el pelo sin darse cuenta. Con los dedos, notó el par de trencitas finas que le salían de cada lado y se le unían en la parte trasera para hacer una un poco más gruesa, que quedaba por encima del resto de la cabellera rubia. Mamá incluso le había enseñado un truco para rizarse un poco las puntas del pelo, para que no fuese todo tan lacio.

—Maldito Sindri —murmuró, casi inaudible— ¿Qué clase de ropa espera que lleve?

A lo mejor esperaba que se presentase disfrazada de bailarina. O peor todavía, de maga oscura.

Dio un paso al frente y entró en sitio donde la había citado. Tras cruzar el umbral de la puerta y notar que los ojos se le adaptaban a la penumbra del lugar se arrepintió de inmediato.

Aquello no era su hábitat natural. Hrist sabía moverse entre gente de los bajos fondos y entre campesinos. Incluso entre los guardaespaldas de los comerciantes más ricos. Pero entre esa gente tan… FINA, iba a destacar demasiado. Por favor, ¿es que no había infinidad de lugares más discretos e igual de válidos para una ‹‹reunión de negocios››? Hasta el olor de las bebidas que servían allí le decía que no eran de su mundo. La indumentaria de los que servían en las mesas, la mantelería, los cubiertos… la araña que colgaba del techo con velas coloridas y cristales colgando, el material del que estaba hecho todo… ¿Dónde se estaba metiendo? No, más bien ¿en qué se estaba metiendo?

Un joven bien vestido –trabajador del lugar, desde luego–, tan alto como ella, se le acercó a preguntar si podía ayudarla en algo. Hrist supo que no había vuelta atrás.

—Me ha citado aquí… —por favor, por favor, que no se notase que era una pueblerina extraviada en la capital— Sindri.

‹‹Que sea lo que el Eterno quiera››
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Mensaje por Sindri el Jue Oct 10, 2019 12:20 pm

Esperó, esperó y esperó. Luego esperó un poco más. Siguió esperando y, para variar, tuvo que esperar más tiempo.

¿Quizá se había perdido por el camino? ¿Tal vez se había negado a pedir indicaciones cuando eran necesarias y estaba dando tumbos por la otra parte de la ciudad? ¿No encontraba aparcamiento para su wyvern? ¿O lo había aparcado mal y tenía problemas con la guardia de Windmire? Fuera lo que fuere, Sindri estaba comenzando a impacientarse. Tendría que haber sido más preciso con el tiempo y haber indicado una hora con más firmeza, no era tampoco plato de buen gusto esperar, y esperar, y esperar, y esperar sin que hubiera ningún tipo de cambio. Por suerte para él, los camareros eran rápidos en rellenar su copa de vino una vez se la terminaba, por lo que al menos podía pasar el tiempo bebiendo algo bueno y repasando una y otra vez el plan que tenía tejido para aquella noche. Iban a tratar temas importantes y necesitaba una cabeza clara… pero no tan clara como para no disfrutar de una buena bebida por una vez en hacía años. ¿Años? Sí, seguramente años.

Finalmente, tras un número indeterminado de copas más tarde, fue informado que había llegado su compañera de mesa y estaba siendo escoltada hasta la sala. En preparación a ello, el Hechicero tomó una mejor postura corporal, estirándose tan alto como era en el respaldo de la cómoda silla donde estaba. Comprobó por decimoquinta vez estar presentable, concretamente que su ropa no tuviera ni la más mínima arruga incluso protegida por una fina capa de penumbra. Tras unos momentos de arreglos de última hora, Sindri se dio el visto bueno a sí mismo y esperó, ahora sí, pacientemente a que llegara la otra parte del contrato que quería formalizar aquí hoy. Un contrato bastante… atípico, estaba seguro que nadie nunca habría pedido tal cosa a la mercenaria antes, pero confiaba (¿Confiaba? Quizá aquella era una palabra demasiado grande, “suponía” encajaba mejor) que la nativa de Nohr podría llegar a completar la tarea que quería encomendarle.

Pronto una nueva figura acompañada de un trabajador del restaurante entró a escena. Con unos ojos más que acostumbrados a la falta de luz de la sala, casi soltó un suspiro de alivio al ver que no portaba consigo armadura de ningún tipo. Eso era lo que más temía, que incluso si le decía que trajera galas entendiera que tales ropajes debían ir debajo de la cacharrería andante que algunos caballeros llamaban “armadura”. Simplemente no era fino llevar una cosa tan… basta y sin clase a un establecimiento de tal alto standing. Las corazas eran para los campos de batalla y, si había alguna clase de guerra aquí, debería ser ganada con palabras y no con armas – Señorita Hrist, celebro verla en buen estado de salud. Disculpe mi repentino mensaje, pero podrá comprobar como la materia que trataremos hoy no permite mucha demora. – mencionó de forma afable el Hechicero mientras observaba como el encargado le separaba la silla de la mesa para que ella se sentara. No dijo nada más mientras el camarero les dedicaba una reverencia y salía de escena, para perderse entre las sombras y sólo volvió a hablar cuando se aseguró de estar en privado – Mas no adelantemos acontecimientos: tenemos toda una cena por delante de nosotros para hablar de negocios. – había que seguir las reglas de las comidas de negocios, al fin y al cabo: cada cosa a su tiempo. Aprovechó que estaba más cerca para echar un mejor vistazo a su indumentaria: si bien no era lo que el noble consideraba “lujosa” sí que cumplía su función a la perfección. Le gustó especialmente aquellas dos capas oscuras que había decidido portar en su persona hoy: la capa que llevaba sobre sus hombros, que parecía de bastante buena factura, y la capa de sombra de ojos que resaltaba el color de sus espejos del alma. Ahora que lo pensaba, ¿Había visto alguna vez a la señorita Hrist con maquillaje? Hizo memoria y no logró recordarlo. Quizá simplemente había una regla no escrita de los mercenarios sobre no llevar ningún tipo de complemento ni maquillaje durante las horas de trabajo.

Espero que el lugar sea de su gusto, señorita Hrist. He elegido el lugar más exclusivo de todo Windmire por su privacidad… y por el talento de su cocinero. No se preocupe en absoluto, pronto llegará el primer plato. – aquello era un restaurante del más alto nivel, por lo que no había ningún tipo de “carta” ni de “recomendaciones”: el chef hacía la comida que más le apetecía hacer y que consideraba que los comensales iban a disfrutar más hoy. Una de la miríada de excentricidades de los lugares nobles de alta sociedad – ¿Un poco de vino? Es el mejor de la región y, por lo que he podido probar, completamente excelente. Un magnífico inicio para una velada, si se me permite decirlo. – aconsejó mientras señalaba suavemente la botella que había allí en la mesa… y las cinco copas que tenía delante la mercenaria. ¿Podría adivinar cuál era la copa del vino? ¿Le importaría siquiera? ¿Le gustaría el vino? Pronto lo descubriría.
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Mensaje por Hrist el Jue Dic 05, 2019 5:44 pm

Y ahí estaba él, con la misma sonrisa de siempre. Y cómodo, seguro. De algún modo, le sorprendió la naturalidad y la tranquilidad con la que parecía desenvolverse Sindri. A lo mejor no era la primera vez que iba a un lugar así. O no, incluso… ¿Sería asiduo de ir a comer a esa clase de sitios? Mmmh… Eso suponía una cascada de dudas y cábalas. Y lo último que necesitaba en esos momentos era estar más nerviosa de lo que ya estaba.

—Igualmente. Siento si le he hecho esperar, no frecuento esta parte de la capital.

Se sentó en la silla que el camarero le preparó. Según el reloj, había llegado puntual, pero esa persistente sensación de llegar tarde a sitios desconocidos le pinchaba el esternón como la punta de una lanza.

—Nunca he estado en un lugar así, si le soy sincera —Por Grima, si lo que había por allí no eran nobles, poco les faltaba. Calma, calma…—. Pero si como usted dice es conocido por el talento del cocinero, seguro que habrá sido buena elección.  

La comida tenía que ser muy extraña para que fuese incapaz de comérsela. Esperaba, confiaba –más bien rezaba– en que no fuese comida cruda con la excusa de que era ‹‹sofisticada››. El abuelo había oído de compañeros del ejército con parientes en la Guardia Real que la cocina de palacio no era ni por asomo nada que implicase servir carne sin cocinar o cosas parecidas. Incluso el ex bibliotecario, con todas sus… peculiaridades… disfrutaba de un buen trozo de jamón o de chorizo –como aquella vez en Carcino–.  Empezaba a pensar que Sindri se sentía sospechosamente como pez en el agua en semejante ambiente. Y aún más sospechoso era que valorase la ‹‹privacidad›› que ofrecía el restaurante. ‹‹Nada bueno va a salir de aquí, a este paso…››.

—Usted dirá. Soy toda oídos.

Argh, tal y como temía, la mesa estaba repleta de distintos cubiertos y… copas. ‹‹¿En serio? ¿De veras hacen falta… CINCO copas distintas? ¿Necesitan tantos tenedores diferentes para comer?›› Las cucharas tenían un pase… una cuchara de sopa no era útil ni cómoda para platos pequeños, pero… aquello era una exageración. A medida que iba de un cubierto a otro tenía que tensar más la mandíbula para que no se le notase el rictus que intentaba contener. Respiró hondo tan delicadamente como pudo. ¿Por qué tenía la sensación de que Sindri intentaba reírse de ella? Y peor aún… ¿Había hecho bien aceptando la invitación?

—¿Vino? Claro. Si le parece excelente, habrá que probarlo.

¿Qué iba a decir? ¿‹‹¿Sabe qué? Prefiero un poco de cerveza…››?. El rápido vistazo al entrar le había permitido ver que la cerveza debía considerarse una especie de herejía. Qué más daba, cabía la posibilidad de que si el vino era suficientemente fuerte la ayudaría a relajarse… por las malas. Pero no le iba a ayudar con el primer obstáculo. Intentó endulzar la cara de póquer tanto como pudo –malditos gajes del oficio…– antes de encarar el milagro del vino y las cinco copas.

—Mucho me temo que tendrá que disculparme —¿de verdad esperaba que supiese para qué servía cada una de las copas?—, pero no tengo la más mínima idea de cuál de las cinco copas debería utilizar para el vino. No suelo moverme en ambientes tan exclusivos —Si hasta los murmullos tenían un deje de nobleza repelente. Quién sabía, a lo mejor se estaban riendo de su sombra de ojos de calidad no exclusiva— ¿Sería tan amable de indicármelo, por favor?  

Si sabía qué copa servía para qué… Entonces Sindri era una caja de sorpresas. ¿Realmente podría haberlo leído en un libro de la Gran Biblioteca de Ilia? ‹‹Las apariencias engañan… o eso dicen siempre papá, mamá y el abuelo››. Y Sindri era cada vez un misterio más críptico. Más confuso. Un bibliotecario que pierde su puesto de trabajo por culpa de los emergidos… y se dedica a viajar errante por el mundo… y acaba como campeón de un torneo en Regna Ferox. Demasiadas piezas para hacer encajar en un ambiente tan desconocido.

—Dice que lo que hay que tratar le urge —dijo tras saborear el vino. No estaba mal. Vamos, suponía que no estaba mal. No le parecía que supiese mal. Más bien no estaba acostumbrada a esos sabores tan refinados. ‹‹Así que ésta es la copa adecuada…››. ¿Tengo que preocuparme? ¿Alguien quiere hacerle daño? ¿Le han robado algo?

Contempló unos instantes cómo el vino se diseminaba en lágrimas lánguidas y alargadas a lo largo del vaso tras acabar de beber. A  decir verdad,  Sindri sabía ir solo por la vida. Eso no lo dudaba. Pero ¿qué diantres le habría ocurrido para citarla allí con tanta prisa y necesitar tanta… privacidad? –y tanta penumbra–.

Y volvió a fijar la mirada en él. Esperaba que su relato arrojase algo de luz sobre tanto misterio.
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Mensaje por Sindri el Vie Ene 24, 2020 3:10 pm

Sindri siguió sonriendo amparado por la penumbra. No le extrañó lo más mínimo que la mujer no hubiera pisado un sitio así puesto que era el dominio de los nobles y los ricos, de hecho él sólo estaba ahí por pura publicidad y por el hecho de haber vencido un torneo en la otra punta del planeta. Pero eso, en cierto modo, era bueno: si no era un lugar que frecuentaban entonces nadie los buscaría ahí y el tema que el Hechicero que quería tratar era algo… delicado. No quería que se extendiera mucho puesto que podía resultar extremadamente contraproducente para sus intereses.

La copa indicada para el vino es la conocida como “tipo borgoña”, señorita Hrist. Si tuviera que adivinar cuál es el origen del nombre aventuraría que es por el típico color del vino que se suele verter en ella. – mencionó Sindri sin mucho reparo mientras señalaba una de sus copas, justamente una que todavía tenía un poquito del maravilloso fruto de la vid. Concretamente era una copa de pie largo con un recipiente extremadamente ancho, casi como si fuera un círculo al que le habían rebanado la parte superior para poder emplearlo de vaso – Si quiere hacerse la interesante ante un noble ostentoso y presuntuoso coja la copa llena y muévala circularmente unos instantes. Huélala. Y diga que está segura que el vino tiene “trazas de cítricos” o fue “madurado en barrica de roble”. – Sindri sirvió una copa de vino a la señorita y, aprovechando que tenía la botella en la mano, se rellenó la copa. Mostró entonces una demostración práctica de lo que acababa de explicar y sostuvo un poco en alto la copa para entonces decir – Yo prefiero beber antes que olisquear vino, si le soy sincero. Pero quedar bien ante potenciales clientes finolis nunca está de más, ¿no? – mencionó de manera juguetona mientras le guiñaba un ojo para, acto seguido, tomar un sorbo bastante ingente de vino. Ah, iba a necesitarlo.

El alumno de los Poderes Más Oscuros observó con fruición como la mujer bebía también más acabó algo decepcionado. Esperaba algún tipo de charla sobre el vino o algún tipo de discusión sobre si le gustó o no, pero la mercenaria pasó directamente a tratar el tema del trabajo. Siempre diligente, siempre al pie del cañón, siempre profesional, ¿eh? Ahora que lo miraba desde esa óptica tampoco era tan extraño – ¿Preocuparse? No llega a tanto la cosa, no se preocupe usted lo más mínimo. Es un tema urgente porque se me está acabando el tiempo, no por el hecho que sea especialmente apoteósico ni apocalíptico. – dejó eso claro desde un principio. No era un evento cataclísmico ni el destino del mundo reposaba en los hombros de nadie. Era más bien un encargo que seguro que había hecho varias veces durante su vida – Alguien quiere hacerme daño, sí, pero me temo que forma parte integral de mi oficio. Ser Hechicero quiere decir que otro usuario de las Artes Arcanas tiene tu espalda a la vista y un cuchillo en mano, pero es algo a lo que acabas acostumbrándote, ¿sabe? No es un trabajo de guardaespaldas ni nada por el estilo, descuide. – movió negativamente la mano, como si quisiera despejar toda duda. No quería protección, no le interesaba para nada ser supervisado durante las veinticuatro horas del día y perder la libertad que tanto preciaba. Y respecto a la última opción... – Robado… tampoco, no, no. Mis posesiones están todas malditas. Malditas de verdad, quiero decir, repletas de maldiciones hasta colmar. Y no son las de mercadillo, precisamente. El ladrón que intente birlarme algo tendría muchos más problemas que tratar de encontrar un establecimiento que comprara objetos considerados heréticos en más de la mitad de países del mundo... – se llevó la mano al mentón y se quedó pensativo. ¿Acaso los mercenarios se dedicaban también a perseguir amigos de lo ajeno? ¿O a hacer trabajo detectivesco? ¿Quizá incluso ayudaban con los impuestos de los lores? Qué cosa tan rara.

Sin embargo, dos camareros vestidos totalmente de negro trajeron de manera dantesca y elegante dejaron dos platos de plata delante de cada comensal y desaparecieron tan rápidamente como habían llegado en una dirección desconocida – ¡Oh! ¡Pero aquí está el primer plato! Permítame que cese mi charla por unos instantes… – en cada uno de ellos reposaba una humeante hogaza bastante grande de pan duro y negro al que habían recortado a consciencia superior y vaciado de toda miga por dentro. Un cuenco de pan, por así decirlo. En su interior se había servido un guiso en el que abundaban los puerros, las zanahorias, la cebada y los nabos, tanto blancos como amarillos, y además llevaba almejas, bacalao y cangrejo, todo ello en un caldo espeso de nata y mantequilla. Y, en el centro del guiso se había esparcido con garbo un pequeño toque de azafrán y de pimienta negra para resaltar un poco más el sabor de la verdura y el del mar – La comida de cuchara entra bien en el clima frío de Nohr, a mi parecer. Al menos hace que uno entre en calor. – opinó tras coger la cuchara de la sopa y comenzar a darle unas pocas vueltas al guiso para que las especias dieran sabor a la totalidad del plato.

Quizá esto le sirva de práctica de cara al futuro por si tiene alguna reunión con un noble pomposo, señorita Hrist. – dijo de repente el Hechicero cuando estuvo conforme con el nivel de mezcla del delicioso manjar hecho a consciencia por un chef de cinco constelaciones. Levanto la cuchara ligeramente con una sonrisa picaresca antes de continuar como si nada – En las reuniones de negocios con la nobleza hay tres fases, una por cada plato que acabará en la mesa: entrante, plato principal y postres. Durante el entrante se suele discutir el contexto de la reunión en sí, es un tiempo para la charla banal y el presagio místico. – tomó con su cuchara un trozo de bacalao todavía humeante y se lo llevó a la boca de forma sistemática. Se deshacía en la lengua y su sabor salado combinaba muy bien con la del resto de hortalizas, sobretodo los puerros – Durante el plato principal se discute el tema en sí y sus detalles. Por ejemplo, en nuestro caso bien podría ser el contenido de mi petición, sus detalles, y el precio que usted quiera obtener como retribución. – volvió a dejar la cuchara en el cuenco de pan para beber un poco más de vino y, tras apurar la copa, continuó – Y, al final, el postre. ¿Qué si no? El momento de la verdad en el que se llega a un acuerdo… ¡O no! Nunca se sabe hoy en día. – y volvió a mirar entonces a la mujer con una sonrisa de oreja a oreja, ufano de su explicación que quizá le serviría de algo a la mujer. O quizá no. Pero el saber no ocupa lugar, ni siquiera en la dura mollera de un mercenario.

Quiero avanzarle que lo que le voy a pedir no es exactamente legal. Peeeeero tampoco es ilegal. No hay ninguna ley que lo impida, vaya. Y si la hubiera yo no la he escuchado. – asintió con decisión puesto que había estudiado a consciencia lo que iba a pedir. Era necesario dejar un par de cosas claras antes de comenzar aunque fuera para introducir mejor el tema en cuestión – Y por el pago… no se preocupe, tengo capital con el que pagarle. Lo crea o no el premio de un torneo tan importante como el de Regna Ferox hace maravillas para llenar la cartera de uno. – y habiendo introducido el tema esperó a que la mujer probara la comida y diera su visto bueno a lo que acababa de decir. Tenían toda una cena por delante, no es que hubiera prisa alguna…
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Mensaje por Hrist el Lun Mar 23, 2020 2:35 pm

‹‹Tipo borgoña››, murmuró Hrist para sus adentros. Así que las distintas copas tenían nombre y todo. Qué cosas se podían aprender tras el mostrador de una biblioteca… Aunque dudaba que la soltura y elegancia con que se desenvolvía con los cubiertos la hubiese aprendido también sólo con leer cómo hacerlo.

Clavó sus ojos azules en la actuación de Sindri. En cuanto él acabó, miró su copa ‹‹tipo borgoña›› y la sujetó con tanta delicadeza como pudo, mientras el vino se tambaleaba en silencio en su interior, marcando lágrimas rojizas y oscuras en el cristal a medida que manchaba las paredes.

—Tiene… trazas de cítricos —concluyó tras mover en pequeños círculos la copa y olisquear como una dama repipi el vino de dentro, como si estuviese en tránsito por tener una bula del Eterno que la hiciese automáticamente una señorita de alta cuna que nunca ha tenido que apartar heces de wyvern con una pala. Luego buscó la mirada de Sindri—. ¿Así? ¿Lo hago bien? Tomo nota… Dicen que el saber no ocupa lugar.

Aunque lo dudaba. De lo contrario, la Biblioteca de Ilia no sería la ‹‹Gran›› Biblioteca de Ilia. Ni harían falta edificios más grandes que una posada para albergar taaaaaaaaanto conocimiento a lo largo de los siglos. Pero qué más daba, la vida se basaba en contradicciones y en saber sortearlas cuando había que hacerlo.

Ah, que no se preocupase. Mal empezaban. Cuando un posible cliente decía ‹‹No se preocupe usted›› es que hay mucho de lo que preocuparse. ‹‹No se preocupe usted, el señorito sabe cuidarse solo… simplemente es un poquiiiito difícil de manejar››, le dijo una vez cierto criado de un duque sanador insoportable al que había estado tentada de tirar a más de cincuenta metros de altura a lomos de Logi mientras acompañaba al ‹‹señorito de Seliora›› a hacer unas compras a un pueblo cercano. ‹‹No se preocupe usted››, le dijeron los encargados de las inscripciones a las campañas de liberación de Grannvale, encargados que tardaron varias semanas en reparar que una ESCORIA NOHRIA se había inscrito para luchar a favor del duque de Calphy y empezasen a considerar la pena capital sin juicio previo. ‹‹No se preocupe usted››, le dijo una vez una adivina a la que, por capricho, le había pedido que le leyese la fortuna en el amor… ‹‹Está más cerca de lo que usted cree, jovencita. Abra bien los ojos y no se limite a mirar. Observe››.

—La verdad es que… —Cerró los ojos unos instantes y se le dibujó una sonrisa nerviosa en los labios tras acabar de beber otro sorbo y contemplar el vino danzar dentro del cristal. A lo mejor fue el efecto de la bebida lo que le suavizó el semblante y la hizo parecer más dulce y relajada, incluso con la ceja izquierda enarcada— Cada vez que me han dicho que ‹‹no me preocupe››, ha resultado que había motivos más que suficientes para preocuparme…

Y con Sindri siempre había algo de lo que preocuparse. Si no era él sepultando emergidos para que no saliesen de una mina abandonada, era su preocupación por hacer un tentempié con jamones y otros embutidos de la despensa de una granja –de nuevo, abandonada–. O su propósito de infiltrarse en una biblioteca descomunal llena hasta los topes de emergidos y en medio de una ventisca para robar libros. ¿Qué estaba haciendo con su vida? ¿Se estaba equivocando en algo?

—Oh, bien, bien. Me quedo más tranquila, sí. —aseguró con su sonrisa más dulce.

Desde luego, saber que había estado viajando con alguien que llevaba el zurrón y los bolsillos llenos de cachivaches con maldiciones a cuestas le relajaba las pulsaciones por minuto.

—Mmmh… qué bien huele… —murmuró distraída— Sí, es difícil decirle que no a un manjar así cuando hace frío.

¿Qué clase de plato era ése? ¡Almejas! ¡Por El Eterno! ¡Al abuelo le daría un patatús si supiese que había probado cangrejo! Era tan difícil conseguir algo así fuera de la capital… Ugh… qué pelmazo era ser pobre…

—Soy toda oídos.

Desde luego. Todos los nobles ‹‹pomposos›› –o empleadores ‹‹pomposos›› sin más– tenían algo en común con Sindri. Y era que les gustaba escucharse y recrearse en el proceso de explicar qué querían y cómo. Por hora, ya había aprendido algo útil de él: cuál era la copa del vino y cómo darse el pegote con una copa en la mano.

—Es la hora de la charla banal y el presagio místico, pues. —concluyó sin perder detalle de la enorme sonrisa que se dibujó en el rostro del ex bibliotecario.

Recogió de nuevo las piernas bajo el mantel, procurando mantener a raya el tic nervioso que amenazaba con hacerse con el control de una de ellas. Por Grima, ese lugar no era para ella…  Probó una primera cucharada de aquel caldo con sabor a nata y mantequilla. El bacalao estaba tierno, no podía negarlo. Así que el cangrejo tenía ese sabor… interesante. ¿Y si…? ¿Y si intentaba reproducir la receta en casa? Aunque fuese en versión más modesta, sin cangrejo ni almejas. Pero algún pescado más barato quizás podría dar un resultado similar para paladares más humildes. ‹‹Tengo que hablarlo con Mamá…››, pensó.

En cuanto oyó que lo que iba a pedirle ‹‹no es exactamente legal. Peeeeero tampoco es ilegal›› y que ‹‹no hay ninguna ley que lo impida››, clavó de nuevo los ojos en los de Sindri. Acabó de masticar y tragar y respiró hondo.

—Vamos, que se cuida usted muy mucho de que no puedan tirarle de las orejas con ‹‹minucias legales››.

Ah… esa omnipresente expresión escupida por las bocas más cultas y charlatanas de todo el mundo le solía hacer poner los ojos en blanco. ¿Pero con Sindri? Ese chico era una caja de sorpresas. Había que extremar las precauciones.

—El pago puede quedar en un segundo plano, por ahora —señaló con voz suave y llenando de nuevo la cuchara—. Me tiene usted intrigada. No es la primera vez que me piden algo que ‹‹no es del todo ilegal, porque, al fin y al cabo, la ley no lo prohíbe››, pero que a la vez puede enfurecer a gente que se sienta demasiado arriba en la larga escalera de la jerarquía de la nobleza —dio un sorbo de vino y bajó el tono de voz—. Anécdotas de mercenaria, si quiere llamarlo así. Pero admito que es usted una caja de sorpresas. Nunca imaginé que acabaría huyendo de la Gran Biblioteca de Ilia con un ex bibliotecario en el asiento trasero que carga con una bolsa llena de libros ‹‹técnicamente no robados›› porque pertenecen a su biblioteca… O que hoy aprendería de usted que estoy bebiendo vino en una copa ‹‹tipo borgoña››.

… Para luego toparse con cierto informante de cabellos negros y tendencias pirómanas contemplando una hoguera como quién mira el cielo estrellado. Hrist sintió un escalofrío que le recorrió la espalda. Pero lo reprimió. Aquel camarero tenía el pelo negro y era delgado, sí… pero… No, las facciones no eran las de aquella condenada lagartija escurridiza. Más le valía calmarse o se le indigestaría la comida. Sí, era el momento de ponerse en modo profesional y adaptarse al cliente.

—Así que… tiene toda mi atención, Sindri. No hay prisa alguna, sólo una prometedora cena por delante.
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Mensaje por Sindri el Sáb Mar 28, 2020 6:30 pm

Ahuhuhu~ Lo hace usted muy bien, señorita Hrist. ¿Acaso me ha estado engañando todo este tiempo y es noble en realidad? – mencionó de forma jocosa Sindri tras tomar otro generoso sorbo de vino. Era una verdad universalmente desconocido que los nobles únicamente aparentaban saber más que los plebeyos pero, para enmascararlo, habían aprendido a hablar con absoluta seguridad sobre todo tipo de temas. Quizá por ello la mejor manera de convencer a alguien de la aristocracia no era hacerle llover datos y razones sino aparentar una irrompible confianza en lo que se estaba diciendo por estúpido o imposible que pareciera. La lucha de verdades se volvía una lucha de voluntades, una mucho más fácil de influenciar y sencilla de ganar – Cuentan las malas lenguas que algunos vástagos nobles se han mezclado entre el vulgo aprovechando el caos en el que se está sumiendo nuestro mundo. ¿Quizá es usted uno de ellos? ¿Una duquesa o una princesa que hasta hace poco vivía en un castillo con sirvientes? ¿Tal vez estos suntuosos manjares no son más que humildes viandas comparado con lo que come cada día? ¿Hmm? – semi-interrogó el muchacho con un explícito aire lúdico y una enorme sonrisa lupina en su rostro. Parecía incluso orgulloso de haber pensado en ello él solito… y, bueno, tampoco era tan descabellada la cosa: la buena mujer debía tener suficiente capital para costearse una armadura, armas y un wyvern de combate. Quizá tenía ayuda extra de las arcas ducales de papá… ¡O tal vez no! La incertidumbre siempre era lo más interesante de cualquier situación.

Sin embargo, Sindri se calmó un poco cuando la mujer mostró su aprehensión sobre las palabras que eran, en un principio, tranquilizadoras – ¡Oh! ¡Pero yo lo digo en serio! Me he encargado personalmente de mover todos los hilos habidos y por haber para asegurarme que lo que quiero pedirle es una tarea fácil. Simple, incluso. No tiene muchos pasos ni contingencias. – movió una mano en gesto negativo, como si quisiera despejar una nube de dudas y conceptos etéreos. Realmente la petición no tenía especial chicha ni recovecos para complicarla, ya había tenido tiempo de darle vueltas en su cabeza y limar la mayoría de asperezas de la misión… sí, la mayoría. Tal y como ya había dicho, se le estaba acabando el tiempo y dudaba que los pocos granos de arena que quedaban en el reloj le sirvieran para muchas pruebas – Mas, si usted quiere, preocúpese todo lo que crea que es necesario. ¡Preocúpese del todo si es menester! Yo sólo pretendo tranquilizarla, el resto es cosa completamente suya. No deje que alguien como yo le diga cómo tiene que sentirse. ¡Tome su vida por las riendas! ¡Sólo usted es ama y señora de su destino! – si la mujer quería preocuparse, adelante, Sindri nunca diría a nadie lo que tiene que hacer o no hacer. Podría recomendar, sí, pero jamás forzar… tratar de convencer ya le chirriaba demasiado, incluso en temas en los que tenía experiencia. La libertad era uno de los aspectos fundamentales de la vida y Sindri se cuidaba de no pisarla.

Y sólo entonces Sindri pasó a comer un poco de la sopa que tenía delante. Ah, comida de la nobleza, hacía décadas que no probaba algo que no fuera carne simplemente asada de cualquier manera al fuego. Bueno, eso no era verdad, en la posada cerca de la Gran Biblioteca de Ilia la cocinera era muy capaz y el único problema era lo repetitivos que eran los platos… ¡Pero eso no era culpa suya! Muy pocas cosas podían crecer en el inhóspito clima de Ilia y todavía menos caravanas se atrevían a enfrentarse a las terribles ventiscas que asolaban el país – Bueno, sí, charla banal y presagio místico. ¡Pero con la panza llena! Creo yo que es un buen trato, ¿sí? – para él el frío de Nohr no era nada del otro mundo, ni siquiera el del propio invierno. Hacía más frío en verano en Ilia que en el peor de los inviernos de Nohr, pero no por ello iba a negarse a tomar ningún tipo de plato de cuchara. Eran sus favoritos… o eso creía. Seguramente sí los eran. Algunos sí, al menos. Hacía tanto y tanto y tanto tiempo que no lo probaba que ya había olvidado cuál era su plato preferido.

¿Oh? ¿Tirarme? ¡No, tirarle! En beneficio de usted, no mío. Realmente yo ya tengo problemas con la mayoría de las autoridades de este mundo. Hechicero, ¿sí? Magia herética y prohibida en la mayoría de países conocidos. No creo que con las medidas que estoy tejiendo me ganen ninguna exoneración… quizá una muerte menos violenta. A todo el mundo le gustan las piras, salvo el que está en ella. Ya sabe usted. – negó con la cabeza de forma jovial y todavía con la sonrisa en sus modos, como si estuviera hablando de algún tema entretenido y no de cómo la mayoría de nobles lo querrían en el cadalso más cercano – ¿Pero usted? Lo último que querría es que se negase a la petición por ser “ilegal” o acarrearle consecuencias nefastas en el futuro. O, todavía peor, mancharle su reputación que seguro que es completamente intachable. La buena ayuda es difícil de encontrar al fin y al cabo. – puro pragmatismo, nada de amabilidad ahí. Si por alguna razón aquella petición fallara, el bibliotecario quizá requería las capaces manos de la mercenaria nuevamente… y seguramente no podrían hacer mucho desde una prisión. ¿Quizá el hecho de ayudarla a escapar se podía considerar como suficiente pago por sus servicios? Mejor ante la duda no arriesgarse…

Sólo cuando el volumen de la sopa comenzaba a escasear, Sindri asió con fuerza la apertura de hogaza de pan y rompió un trozo. Crujiente pan con la miga llena de sabor por el caldo que había absorbido. Una maravillosa delicia que se llevó a la boca para masticarla pulcramente mientras miraba fijamente a su interlocutora. ¿Había despertado verdaderamente su interés o no era más que un truco de alguien que estaba acostumbrada a negociar? Trató de escudriñar su cara taciturna y sus ojos azules como el hielo en busca de respuestas, mas se rindió prontamente al recordar a quién se estaba enfrentando. A la Mercenaria de Hierro en carne y hueso, con unos nervios de acero y un autocontrol que ya querrían los manaketes más ancianos… le sacaría antes respuestas a la hogaza de pan antes que a ella – Es un trabajo simple. Y cuando digo simple, realmente quiero decir simple. Nada de huidas esta vez… salvo que a usted le apetezca hacer esas cosas. De hecho, salvo un pequeño detalle, seguro que es algo que ya ha hecho millares de veces. Decenas de miles, tal vez. – el muchacho se encogió de espaldas levemente, intentando dotar de algo de misticismo al encargo, pero no tanto como para que la mujer se lo pensara dos veces. No mentía, eso sí, seguro que el tipo de misión estaba harta de verlo hasta en la sopa… concretamente la sopa que se estaban tomando en aquellos momentos.

Antes de continuar, Sindri alzó el dedo índice de su mano derecha hacia el cielo, teniendo el codo doblado y bien colocado en la mesa. Tenía que explicarlo bien sin explicarlo demasiado. Al menos todavía – Seguro que usted ha actuado de cazarrecompensas alguna vez, ¿no es así? Alguien piensa que ha llegado el momento que otra persona abandone el mundo y, por lo tanto, lo encarga a un profesional. – sí, profesional. Requería alguien con pericia y con cierta finura… y por qué no decirlo, con una montura voladora, que seguro que le ayudaría a completar satisfactoriamente su misión. Misión que se explicaría a continuación – Exactamente lo mismo le voy a pedir yo, sólo que con algunas salvedades. La primera es que, según tengo entendido, la persona que quiero ver desaparecer es un criminal, por lo que dudo que nadie se lo vaya a impedir siquiera. ¡No se preocupe lo más mínimo por su conciencia! Es alguien que lo merece. – Sindri no era alguien vengativo, no señor, pero había ciertos… “asuntos” que lo preocupaban y necesitaba dejar atados antes de continuar con su investigación. Y un Hechicero tenía muchos rivales y personas en su contra que, en aras de un bien mayor, debían desaparecer. Su bien mayor, obviamente. En cuanto la mujer tuviera toda la información seguro que vería las cosas como él, pero como bien ha dicho, “no hay prisa, sólo una prometedora cena por delante”.

Una vez más, el Hechicero rompió un pedazo de pan del cocido cuenco y se lo llevó a la boca con la intención de probar una vez más lo que quedaba de sopa antes de continuar. ¡Ojalá hubiera más lugares que hicieran comida así!– Mas seguro que se está preguntando: “¿Y por qué este bufón no contrata a un asesino en vez de un mercenario?” Pues verá usted, no necesito simplemente alguien que inhume a otro, sino que lo haga si se dan concretas y específicas circunstancias, lo que no puedo asegurar que suceda. Necesito alguien que siga instrucciones, no una mera daga en la oscuridad. – quizá podía arreglarse de otro modo. Quizá nunca era necesario el derramamiento de sangre. O tal vez había mejores maneras de solucionarlo. El charlatán con mucha suerte necesitaba alguien con inventiva, una buena óptica y una mente aguda, no alguien que llevara a cabo una tarea de forma automática y sin pensar. Sobre todo no sin pensar – Y, antes que surja la pregunta, no, no puedo encargarme yo de hacerlo. Me sería total y absolutamente imposible. No creo que la Magia Arcana, vasta y poderosa como es, pueda (o quiera) ayudarme en este caso… y por eso recurro a usted alguien fuera del mundo de la hechicería. – Sindri afirmó eso con soberana seriedad y rotundidad, una manera de actuar de la que el muchacho no solía hacer gala. Era algo que no admitía discusión y en lo que no quería entrar, pero estaba seguro que un hacha funcionaría mucho mejor que cualquier hechizo o maldición en su arsenal.

Tras varios educados bocados, no quedó nada del pan ni de la sopa que hace un rato habían dejado ante el hechicero. Tras limpiarse de manera pulcra con la servilleta, el muchacho le dedicó a su interlocutora una sonrisa enorme y radiante antes de decir – Charla banal y presagio místico completados satisfactoriamente. Querría saber si hasta aquí usted tiene alguna duda o podemos continuar al quid del asunto. – y, con él, al segundo plato de la velada que pronto asomaría por el tenebroso horizonte.
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Mensaje por Hrist el Mar Ago 04, 2020 7:57 pm

¿Hija de nobles? Ojalá… Ni que fuese para tocar una ínfima parte del dinero que manejaban al cabo del año. Había oído que, muchas veces, la nobleza no pasaba hambre ni frío pero tenían menos control sobre su vida que un wyvern de criadero para el ejército. ‹‹Supongo que casi todos a su manera lo tienen mal en algun aspecto?››, pensó. Si ella fuese hija de ricos nobles, a lo mejor no tendría a Logi. A lo mejor no le habrían permitido aprender a luchar. A lo mejor… la obligarían a casarse con… ‹No, no, no, no, no››. Sacudió mentalmente la cabeza para hacer desaparecer la imagen de cierta lagartija de pelo negro y cara tremendamente abofeteable. Ser rico pero no decidir quién hace qué con tu cuerpo… O ser pobre y a lo mejor tampoco tener elección en ello. ‹‹La vida es un chiste de mal gusto, a veces››, concluyó para sus adentros.

—Mmmmh… Quién sabe… —dio otro pequeño sorbo de vino e intentó descifrar si realmente tenía trazas o no de cítrico—. Habrá que preguntarle a Logi. Él es el catador oficial de postres de la familia.  

Aunque estaba tan poco acostumbrada a esos vinos que le sabían a todo. Era una sensación embriagadora. Le costaba distinguir cuándo era ácido y cuándo dulce. Volvió a mirar unos instantes las lágrimas rojizas del vino deslizándose cristal abajo. Hmpf… Tanto lujo… Ni de lejos ella tendría ascendencia ricachona perdida, seguro. Por lo que le había contado el abuelo… su familia era de las que sobrevivía –‹‹vivir›› era algo que escapaba a sus posibilidades- con el sueldo del ejército… y la de su abuela… mejor ni pensarlo. Que su madre se hiciese sanadora mercenaria y se casase con otro mercenario casi había supuesto un salto cualitativo en la prolongada línea de falta de recursos crónica de su familia.

—Oh, bien, bien —Dejó la copa y se centró de nuevo en la sopa. Se preguntaba si tardaría mucho en dar con otro trozo de cangrejo—. Entonces, de momento, me preocuparé un poquito. Sólo un poquito.

Mientras se llevaba otra cucharada de sopa a la boca, pensó en cómo hacía ya años que había tomado las riendas de su vida. Literalmente. Desde que había empezado a ir por libre a los dieciséis, era ella quién decidía a dónde debía llevarla Logi y cuándo preocuparse de que un empleador le ocultase información. Tuvo que reprimir un bufido al oír lo de ‹‹mancharle la reputación››. Era difícil definir qué era una reputación intachable en un mercenario –¿armas siempre limpias? ¿cobrar por adelantado siempre la misma cantidad de dinero? ¿No calentarle la cama a la señora del empleador cuando éste no estaba en casa?–, y no tanto dar ejemplos de qué lo hacía poco fiable —vender a su empleador a las primeras de cambio, matarlo y quedarte con su dinero tras una negociación que acaba en desacuerdo, acostarse con la hija y amanecer con la madre, etc., etc.–.

‹‹Bien, un trabajo “simple”››, pensó tras tragar un trozo de nabo y ver los vaivenes de los camareros como sombras en la penumbra. Simple, lo que de toda la vida se conocía como “simple”. Lo había hecho millares de veces. Hrist se preguntaba qué era eso que había hecho millares de veces. ¿Comer? ¿Beber? ¿Cepillarse el pelo? ¿Intentar parecer buena pretendienta? ¿Recoger las heces de Logi para usarlas como abono en los huertos? ¿Fijarse en el chico equivocado que las prefería pequeñitas y peleonas?

—Hmmm… ‹‹Cazarrecompensas›› no significa necesariamente matar a alguien —añadió. Empezaba a perder la cuenta de las cosas que había hecho millares de veces—. Normalmente suelen quererlos vivos… Ésos sí que dan faena —recordó, con la mirada perdida en la llama de una de las velas más cercanas. Ah, qué recuerdos…

Vale. Por el momento, parecía que se trataba de…  alguien que ‹‹se lo merecía››. A saber quién le había metido el dedo en el ojo a Sindri. Y cómo. Según decía, necesitaba a alguien que hiciese algo más que matar a otro… Hacerlo sólo si se daba el caso. Genial, por lo menos la veía como algo más que fuerza bruta de alquiler. Qué alivio. De todos modos, Hrist seguía preguntándose qué demonios había detrás de todo eso como para que la magia neg… arcana no fuese a solucionarle la papeleta. ¿La magia no le serviría pero sí un hacha larga?

‹‹A lo mejor es alguien muy resistente a la magia pero sin aguante a los golpes físicos››, aventuró mientras empezaba a desmenuzar la hogaza que había servido de cuenco. Saboreó la tierna miga del pan, empapada de los restos de sopa. Todavía quedaba un interesante regusto a cangrejo. Hrist se recreó unos instantes en sentirlo, antes de mover ficha y saltar al vacío del siguiente plato.

—No le considero un bufón —tomó un sorbo generoso de vino y dejó la copa en la mesa con tanta delicadeza como pudo imitar tras echar una ojeada alas mesas vecinas—. Aunque sí me despierta la curiosidad el por qué la magia arcana no podría ayudarle esta vez.

Mientras observaba al camarero acercarse y retirar los platos vacíos del entrante, Hrist se preguntó qué podía ser total y absolutamente imposible para Sindri. Tenía que haber muy pocas cosas fuera del alcance de alguien capaz de concebir la simple idea de colarse en una biblioteca ocupada por emergidos para robarles libros delante de sus narices. ‹‹Podría ser... que quiera negociar un intercambio de libros con algún bibliotecario emergido››, supuso mientras, por fin, le llegaba el aroma del plato principal.
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Mensaje por Sindri el Dom Sep 13, 2020 12:45 pm

Un wyvern que era a la vez sirviente de altos vuelos de la familia y devora dulces (y devora jamones también, eso todavía no se le ha olvidado, no). Los hay con suerte en esta vida. O tal vez no, quizá le daban las viandas al pobre bicho escamado por si acaso no estaban rica y, bueno, todo el mundo sabe que estos animales tenían estómago a prueba de explosiones mágicas por lo que dudaba que le hicieran mucho daño una vez tragados. Sin embargo, quizá la pobre cosita acababa teniendo que lavarse las fauces en el riachuelo más cercano al hogar de la mercenaria para sacarse el mal sabor de boca. Quizá incluso para ser wyvern uno tenía que tener suerte. O la suerte estaba echada ya fuera wyvern o humano. Eh, ya le daría un par de galletas de miel la próxima vez que viese al armatoste dracónico, sólo para curarse en salud. La salud del wyvern, claro.

¡Oh, créame! No es nada que no haya escuchado jamás. Es decir, hace bien en preocuparse un poco, pero una vez tenga toda la información verá cómo preocuparse más sería una soberana estupidez. – mencionó el Hechicero de forma animada mientras arrancaba un trozo de hogaza de pan y se lo llevaba a la boca distraídamente. Realmente la diferencia entre la comida que uno encontraba en las posadas y las cocinas de palacio. No en calidad… no en calidad la mayoría de las veces puesto que todavía recordaba unas remolachas asadas con mantequilla que aún a día de hoy le repetían y, cuando menos lo esperaba, notaba el sabor dulzón de aquella verdura en la punta de la lengua. No, se refería a que la comida de a pie estaba hecha para llenar primero y para saber bien después, mientras que la que se servía a los lores era todo lo contrario. Quizá por eso una olla de guiso podía llenar el buche de quince personas y en la mesa de palacio uno requería de diversos platos sobre la mesa para quedar bien saciado. Pero había algo en la cocina de palacio, quizá la habilidad de un cocinero que sabía que si no se esforzaba al 120% cada vez acabaría de patitas en la calle o tal vez la multitud de cubiertos que tenías, que hacía esos platos todavía más deliciosos. O simplemente era la añoranza del muchacho de un tiempo ya pasado. Todo podía ser. Todo podía ser.

Y, sí, esperaba la respuesta de la mujer. Un cazarrecompensas… bueno, caza recompensas, estaba todo ya en el nombre. Sí, sí, Sindri sabía bien que estos sujetos a veces trabajaban en lado de la ley y les encomendaban que trajeran a alguien vivito y coleando para ser interrogado y castigado. Pero también había escuchado que algunos nobles no tenían tantos escrúpulos y sacaban fácilmente la carta de “traédmelo vivo o muerto” sin especificar cuál de las dos preferías. Y no podemos olvidarnos de aquellos que sólo querían que le trajesen la cabeza de un maleante y el resto del cuerpo se lo podían quedar como souvenir el primero que lo encontrase. Sí, el muchacho pelimorado contaba exactamente con eso, que un cazarrecompensas era alguien que seguía al pie y la letra el pedido y no pasaba directamente al plan de “¡Muajajajaja! ¡Matar matar matar!” como cualquier matón del tres al cuarto. Necesitaba precisión, arte y que tuviera el seso como para seguir las guías que le iba a dar… más que nada para garantizar su seguridad, que luego pasa lo que pasa y luego la gente se pasa la culpa como los piojos – ¡Ah! ¡Curiosa! ¡Curiosa! ¡Tiene curiosidad! Pero es muy buena pregunta. – mencionó una vez el camarero se llevaba el plato de su mesa, un plato tan vacío que uno dudaría que hubiera habido ningún tipo de comida en primer lugar. Si él estuviera en sus zapatos seguramente estaría muy incómodo, más que nada porque la mujer parecía tener el pie más pequeño que él. Pero es que además estaba siendo así como muy misterioso y poco dadivoso que la información… pero todo tenía una muy buena razón para ello. Una que quizá hiciera que la mujer se replanteara si verlo como un bufón al fin de la noche.

El mago arcano respiró hondo y se colocó bien los ropajes antes de continuar la conversación – Pero créame, en cuanto termine la noche entenderá perfectamente por qué no puedo emplear mi magia para este cometido. A ver, tampoco quiero mentirle, poder hacerlo puedo, pero quizá no es exactamente la mejor opción. ¿Sí? Todos queremos siempre caminare por la mejor carretera y no por uno de esos caminos forestales llenos de piedras, desniveles y… ¡Oh! ¡Ya llega nuestro plato principal! – mencionó con emoción mal contenida, como si fuera algo que llevaba esperando durante bastante tiempo. No movió mucho las manos, pero hizo un gesto que no podía ser otra cosa que “por ahí viene la manduca”. Dos casi idénticos camareros dejaron con extrema sincronía dos platos de blanca porcelana con detalles de plata bruñida ante los comensales. Tres formas había en cada plato, dos más pequeñas y una considerablemente grande que lo coronaba de derecha a izquierda.

La más grande era, sin lugar alguno a dudas, un enorme pescado. Una trucha de río a la que le habían sacado diestramente las tripas, pero habían dejado, como era natural, los ojos para que los comensales supieran cuán fresca era. Y los dientes, claro, no podemos olvidar los afilados dientes que se podían ver incluso con la boca del animal cerrada completamente. Incluso con aquella luz tan tenue, el animal brillaba con luz propia: la piel, las escamas, reflejaban el brillo del fuego con intensidad. Una carne blanca y jugosa asomaba por el corte de su tronco, blanco que solo era interrumpido por unas virutas de romero para otorgar algo de frescor al amargo pescado. Pero eso no era todo: dos largas tiras de panceta habían sido envueltas a la trucha, panceta con amplias vetas de grasa que confirmaban su calidad. Algo crujientes, puesto que la grasa se había fundido ya… ¿Quizá era esa la razón por la que la piel era tan lustrosa? En un extremo del plato, un pequeño y ligero cuenco de ébano que contenía una simple ensalada de nabiza, hinojo rojo y hierbabuena. Un toquecito de sabor dulce y un poco agrio, con un aliño de vinagre más dulce de lo habitual. Mordisquitos para limpiar el paladar del sabor salado sin tener que recurrir a ingentes e ingentes cantidades de vino.

Pero, ¡Oh! ¡La tercera en discordia! Una tira de carne que recordaba a una anguila delgada y sin cabeza enroscada un par de veces alrededor de un pequeño vasito de alabastro. La carne era muy firme, casi gomosa, y de color marrón, notándose las marcas del fuego y de las brasas. No olía a pescado ni a ningún tipo de plato conocido… pero quizá la culpa era totalmente del contenido de aquel vasito. Un líquido caliente y bastante espeso de tintes rojizos y un olor que hacía que a uno se le saltaran las lágrimas de puro picante: una nariz aguda podría adivinar vino, pimiento, zumo de limón, miel, cúrcuma, semillas de mostaza y guindillas de dragón, llamadas así porque te hacían sentir como si echases llamas por la boca con solo probarlas. Y… algo más. Quizás. ¿Qué podía ser? Demasiado largas y delgadas para ser anguilas, no digamos ya un congrio – Serpiente de Plegia con salsa picante. O eso dicen, yo no la he oído hablar. – desveló la sorpresa el Hechicero con una sonrisa de oreja a oreja – Todos los que la han probado afirman que sabe a pollo. ¿Será así? ¿No será así? ¿Importará con la salsa picante? Tengo entendido que la mejor salsa de serpiente debe llevar una gota de su veneno… – y empleó una cucharita para dar vueltas al susodicho condimento que puede, o no puede, tener tal ingrediente.

Tras canturrear de forma entretenida y probar la ensalada, Sindri el charlatán con suerte miró fijamente a la mujer y, con una nueva sonrisa, volvió a hablar – Dígame, señorita Hrist. ¿Qué es lo más importante para usted? ¿La gloria? ¿El dinero? ¿La amistad y esas cosas bonitas que los héroes gritan a los cuatro vientos? – movía la cabeza con cada opción, como si quisiera enfatizar cada una de ellas. Empleó el tenedor de la verdura para ensartar un trocito de nabiza de forma juguetona, dando un espacio de tiempo a la mujer para responder – Cualquier respuesta es correcta, siempre que sea la suya. No juzgo, igual que espero que no me juzguen. O júzgueme si quiere, pero juzgar a los demás toma demasiado esfuerzo en mi opinión. – se aseguró entonces que los camareros abandonaran la escena antes de continuar con una voz más melodiosa que de costumbre – ¿Para mí? Lo más importante en el mundo es el tiempo. Es el recurso más escaso de la humanidad y el que menos en cuenta se tiene. Memento mori, señorita. Recuerde que usted morirá. Aproveche bien su tiempo. – y con aquellas palabras, levantó la cucharita y dejó que unas gotas carmesíes cayesen como rubíes líquidos en la tacita.

Pero, a diferencia de muchos otros seres, los humanos hemos sido maldecidos con una mortalidad más cercana. Su montura, sin ir más lejos, la sobrevivirá sin muchos problemas. Y a sus hijos seguramente también. Por no hablar de los Laguz, algunos de ellos pueden superar el milenio. – sin mirar a la mujer, Sindri cogió uno de los tenedores y, con maña, comenzó a separar un trocito de la carne del animal. Verdaderamente gomosa, seguramente el cuchillo tardaría tanto como el utensilio romo en romper aquel manjar – ¿Mas los humanos? Unos sesenta años, y eso siendo generosos. ¿Sabe cuántas cosas se pueden conseguir en sesenta años? Menos de las que querría yo. – enarboló entonces el utensilio de mesa y lo apuntó a su interlocutora de forma juguetona. Sí, juguetona. Como si todo lo que sucediera ahí fuera una diversión pasajera – Pero… ¿Y si hubiera una manera de aumentar nuestra esperanza de vida? ¿Algún ritual? ¿Alguna manera mística? ¿Alguna…? – y, tras mojar bien el trozo de serpiente en la salsa picante, se lo llevó a la boca directamente. Algo que una persona normal (léase, con dos dedos de frente) no haría jamás: si te daban tan poca salsa para tanta carne era por una muy buena razón. Pero el Hechicero nunca dejaba que la sensatez nublase su juicio e hizo lo que quería hacer desde que entró en aquel restaurante. Desgraciadamente, al mundo le gustaba que la gente aprendiera por las malas, y aquella salsa bajó por la garganta del pelimorado como una cascada de lava incandescente. Carraspeó una vez. Dos. Tres. Y comenzó a sudar por la frente mientras sus ojos casi le salían de las órbitas, empañándose con más y más lágrimas a cada segundo que pasaba. Y, sí, aún viviendo años en Ilia y tomando los más hirvientes potajes creados por la humanidad no le prepararon para la comida del desierto. Tuvo que llevarse una mano a la boca para evitar un ataque de tos.

Pero por suerte para el muchacho, tenía la salvación a mano: un líquido de uvas fermentadas, para ser preciso. Con suprema velocidad, alcanzó la copa y se la llevó a la boca, de la que bebió como si la vida le fuera en ello. Y sólo cuando estuvo completamente vacía… – Aaaaah… Está… fuerte… la salsita… – comentó con voz aquejada, como si aquella salsa le hubiera quemado el esófago. Lo que podía ser verdad si realmente aquella pócima llevaba veneno de serpiente de cascabel – Lo siento, quería hacer algo de pantomima y tomarle el pelo antes de contarle la verdadera razón pero… uf… creo que… – tosió gangosamente un par de veces, con la frente todavía empapada de sudor – Ya… no me apetece mucho… así que… ahí va mi petición. – y sorbió aire por la boca, tratando de calmar su lengua en llamas. Ni corto ni perezoso, se sirvió otro copazo de vino, que también bebió con fruición, pero menos de golpe que el anterior. Sí, el vino traía alcohol y el alcohol era bueno para las heridas, por ende, el vino era bueno para el dolor que estaba sintiendo ahora mismo en su boca. Y en su garganta. Y en lo más hondo del paladar. ¿Había algo para lo que no sirviera el vino? Pero… bueno, la verdad es que la salsa no estaba tan mal. Quitando el mal trago (y los buenos tragos) tenía un sabor así muy… exótico, como decían muchos. Y la serpiente… tenía textura de pollo demasiado cocido pero, a la vez, firme. Era raro. Era muy raro. Necesitaba otra prueba, esta vez sin tanta salsa. Porque obviamente no iba a dejar de tomar aquella salsita sólo por eso. Así pues volvió a cortar un trocito de serpiente, ahora más pequeño y…

Ah, sí, la petición.

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