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Mensaje por Alm el Miér Jul 24, 2019 3:14 pm

La noticia del fin de la guerra y la presencia de emergidos en Senay había sido recibida con tan alegría que los siguientes días estuvieron llenos de celebraciones. Sin embargo, a pesar de ser unas noticias muy buenas, todos acaban de quedarse oficialmente sin trabajo. Por eso, una vez acabadas las celebraciones y sofocada la alegría de aquellos que podían regresar a su hogar, el líder del grupo organizó una reunión con sus hombres más cercanos, aquellos que habían estado a su lado desde el principio, para preguntarles sus próximos planes.

Alm ya lo tenía muy claro, fue casi lo primero que habló con Celica cuando se reencontraron. Una vez terminase la guerra, iban a volver a la villa donde se habían criado, tener una pequeña granja y una vida tranquila, lejos de líos políticos y el fragor de la batalla. Sin embargo, cuando el capitán expuso sus planes y sus intenciones de ir a investigar por el norte, el espíritu aventurero de Alm apartó esa idea de asentar la cabeza y echar raíces en una aldea.

"Esta será mi última batalla" se dijo para no sentirse culpable y se apuntó a la misteriosa expedición. No iba a ser tan egoísta como para arrastrar a su compañera hacia allí y le pidió que le esperase en la villa, que en cosa de un mes estaría de regreso. Celica no se lo tomó muy bien y al final terminaron discutiendo. Los dos eran tan cabezotas que ninguno estaba dispuesto a dar su brazo a torcer y lo que pensó que sería una charla amistosa, terminó en una pelea.

Como resultado, cada uno tomó su propio rumbo. Sin despedirse, sin decirse nada más. De saber que esa sería la última vez que vería a su querida amiga, sin duda se hubiese disculpado. Se reunió con el grupo, el cual había quedado bastante reducido pues muchos habían partido ya de regreso a sus casas, y marcharon rumbo al misterioso continente donde se encontraba el ahora llamado Imperio Blanco.

Un frío que parecía colarse hasta los huesos, fue lo que les recibió una vez tomaron tierra en el país. Tanto el cielo como el suelo estaban de un color blanco inmaculado y de no ser por pequeños accidentes del paisaje, costaría distinguir entre uno y otro. El silencio del lugar era tan denso que sólo se escuchaban las pisadas del pequeño grupo caminando por la nieve y el resoplido del caballo del capitán. Alm observaba todo con curiosidad y retenía el impulso de alejarse del pelotón, pues estaba convencido de que sería muy fácil perderse en aquel páramo de nieve.

La noche les pilló atravesando un bosque que parecía sacado de una historia de brujas. Los cuerpos de los antiguos habitantes de Mitgard aparecían colgados de los árboles cual tétrico adorno y de no ser porque ya había visto más de un cadáver en el campo de batalla, estaría bastante acojonado. No le gustaba estar en ese sitio bajo la muerta mirada de los señores colgados y por eso, cuando montaron el campamento, se ofreció voluntario a hacer una ronda de exploración, por si había emergidos cerca. Prometió que no se alejaría demasiado y uno de sus compañeros le prestó una de sus aves de cetrería para que enviase al animal en el caso de perderse o estar en apuros.

Así pues, partió a la aventura, con la espada firmemente atada al cincho y "Arquímedes", un pequeño autillo, acomodado en su hombro. Entonces, detuvo sus pasos cuando en la nieve descubrió las huellas de un caballo que parecía ser pequeño pero con herraduras. —Qué extraño ¿quién iría en un caballo tan pequeño? —le dijo a su compañero y siguió las huellas para descubrir aquel misterio.
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Mensaje por Veronica el Mar Nov 05, 2019 12:18 pm

En cuanto se supo de la desaparición del Príncipe Xander, Veronica había sido de las primeras en salir en su búsqueda.

Nadie se lo había impedido. Al fin y al cabo, ella era Señora de Emblia. Tenía títulos, tierras y tropas para hacer lo que quisiera con ellas. Había sido Xander quién más había insistido sobre la importancia de darle una buena educación y un buen lugar en la corte de Krakenburg. En cuanto Veronica se marchó hacia Jugdral, la mayoría de sus tutores dejaron de interesarse por ella; y las mucamas que el mismo príncipe le había asignado de repente encontraron otros huéspedes más amables e importantes a los que atender. Al principio Veronica se había molestado un poco, y había tenido un par de rabietas que había pagado con sus muñecas, pero al final se había dado cuenta de que en realidad eso estaba a su favor. ¿Acaso no se había estado quejando todos los días de las innumerables clases que tenía, cada cuál más aburrida que la anterior? Ahora ya no había señoras con cejas juntas y nariz de cuervo que le dijeran lo que tenía hacer; nadie la obligaba a aprender protocolo, piano y bailes de salón. De repente, no había nadie para decirle que hiciera ninguna de sus deberes. Salvo las sirvientas que organizaban sus aposentos, Veronica no recibía apenas visitas; solo las de la princesa Camilla y Corrin cuando se encontraba en Nohr.

No muchos sabían la noticia de la desaparición del príncipe Xander. O, al menos, Veronica no había escuchado nada al respecto en la corte. Y ella no iba a decir nada tampoco. Así que sin dar muchas explicaciones a nadie, solo a su propia gente a la que llevaría consigo, había mandado que recogieran todas sus cosas para partir hacia Jugdral lo más pronto posible. Armada con su tomo y en la compañía de Feh y su pony, Horacio, la joven bruja puso rumbo por barco hacia Grannvale. Allí le informaron de que el príncipe había ido hacia el norte y que esa había sido la última noticia que habían tenido de él. Le dijeron que no era seguro aventurarse hacia Silesse o Mitgard, que ambas regiones estaban tan infestadas de emergidos que habían pasado a llamarse el Imperio Blanco. Pero a Veronica esa clase de cosas no le daban miedo. ¿Pensaban que se iría de vuelta a Nohr sin traer a su príncipe de vuelta? Estaban muy equivocados. Veronica de Emblia no se echaba atrás sin haber luchado con todas sus fuerzas. Tenía a su pequeño ejército compuesto de magos y soldados de Emblia, y ninguno de ellos temía luchar contra los emergidos por recuperar a su príncipe.

No podía pedir tanto de aquellos en Grannvale, seguidores de Naga y perdedores en la conquista por parte de Nohr del reino. En los mapas quizás pondría que eran una provincia de Nohr, pero Veronica no había sentido en ellos el más mínimo espíritu nohrio: orgullo, lealtad y fuerza. Daba igual. Ella y su séquito serían suficientes para ir más allá. Mataría a todos los emergidos en su camino de ser necesario. No obstante, llegar hasta Mitgard no había sido tan sencillo. Pocos eran los barcos que se aventuraban a esos parajes insólitos y llenos de peligro; pero, por suerte, habían logrado pasaje en un barco de mercenarios. No eran los únicos. El capitán les había explicado que más de un interesado había partido rumbo al ducado en busca de gloria y que había personas de fuera que pagaban buen oro por ver la zona despejada de emergidos. Veronica no dio explicaciones de porqué viajaban y se limitó a meterse en su pequeñísimo camarote, solo reservado porque era una noble y había pagado extra por ese privilegio. Allí estuvo metida, enferma y vomitando por el movimiento del barco, hasta que llegaron a tierra.

El frío la pilló de improvisto y le cortó el malestar casi de inmediato. Nunca había nieve en su vida. Sus soldados le colocaron encima varias capas de pieles. También pusieron algunas bajo la silla de montar de Horacio, para que el pony no sucumbiera a las bajas temperaturas. El barco se marchó entre la bruma espesa del puerto tan rápido como había llegado, y los grupos de mercenarios que iban abordo se desperdigaron cada uno en una dirección. El grupo de Emblia partió también en su dirección particular, hacia los bosques en los que, más allá, debía encontrarse la capital de Mitgard. El frío, el hielo y el blanco eran algo nuevo para Veronica. Miraba atenta a todo a su alrededor y, al comenzar a nevar, había incluso abierto los labios para comer los copos que caían del cielo. Sin embargo, dejó de disfrutar del paisaje al ver los primeros cuerpos colgados en la primera línea de árboles. Oteó los rostros de los muertos con el corazón en un puño. Cada cabello rubio le subía la bilis de nuevo a la garganta. Pero, por el momento, no había reconocido ninguna de las caras heladas y tiesas.

Hicieron descampado en un pequeño claro. Quitaron los cuerpos que hubiera a la vista y los amontonaron en otro lugar. Los soldados estaban inquietos. Veronica también. Aquel lugar rodeado de muertos tenía una atmósfera opresiva, casi como de maldición. Sin poder estar tranquila al abrigo del único fuego, Veronica se montó en Horacio para dar una vuelta al campamento. Quería revisar de nuevo los cuerpos colgados en caso de que algún detalle se le hubiera pasado por alto. Quizás encontrara a alguien de Nohr entre ellos. –Feh, ve tú delante. Dime si ves algún enemigo –le indicó a su ave de presa, y la mandó al cielo blanco. La avisaría si había algún emergido y así poder regresar al campamento. La nieve había caído y Veronica pudo avanzar solo gracias a la altura de Horacio. Si hubiera intentado caminar se habría quedado estancada. Con su tomo de ruina en la mano, la joven bruja se internó en el bosque, aunque aún podía ver el naranja del fuego del campamento entre los troncos de los árboles.
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Mensaje por Alm el Miér Nov 20, 2019 7:47 am

Las huellas le alejaban cada vez más de su campamento y antes de seguir adentrándose en aquel inhóspito terreno, Alm echó un vistazo hacia atrás. La pequeña ave que le acompañaba le daba seguridad, al menos si se perdía o se encontraba con un ataque sorpresa del enemigo, tenía un medio rápido y directo para comunicarse con los demás. Sin embargo, estaba seguro de que si tardaba mucho terminaría preocupando al capitán y eso acarreaba consecuencias... Como por ejemplo, el que no le dejasen explorar más veces.

¿Crees que deberíamos regresar? —le preguntó a su compañero, como si esperase realmente una respuesta. El autillo se encogió y erizó las plumas para protegerse el frío, al tiempo que ululaba bajito.

Alm volvió a ver las huellas del caballo pequeñito y dejó que su curiosidad le diese la respuesta. Dudaba mucho que un emergido utilizase ese tipo de montura. Probablemente, fuese un tipo de caballo adaptado a la altura de un niño o de una persona muy bajita que no pudiese manejarse con la altura normal de un caballo. Sabía muy poco de monturas, en su aldea sólo había ovejas y vacas -y estas últimas eran escasas por considerarse un lujo-; pero había viajado lo suficiente como para comprender que al igual que había diversidad entre las personas, también podían existir muchos tipos de caballos.

Había retomado la marcha y conforme seguía las pequeñas huellas, el nivel de la nieve iba aumentando, al mismo tiempo que el frío le hacía temblar y echar en falta un abrigo. Había protegido su cuerpo con una capa de borrego debajo del chaleco, pero estaba claro que no era suficiente para ese maldito clima.

Al cabo de un rato, las huellas se habían transformado en una especie de carril, como si el animal hubiese hecho un surco con su cuerpo al atravesar la nieve. Eso hizo más fácil la marcha, pero también ocasionó que Alm fuese más rápido, al no tener la nieve como resistencia y no tardó en dar alcance al misterioso jinete.

Cuando sus ojos visualizaron la figura de un caballo pequeñito y rechoncho, se detuvo y alzó el farol para intentar descifrar la identidad del jinete y también descubrir su posición. Parecía que se trataba de una niña, pero por sus ropas, no parecía una niña cualquiera. Qué extraño, ¿qué estaría haciendo ahí? ¿se habría perdido?

¿Hola? —volvió a caminar, avanzando con cautela, no por la niña sino por lo que podría salir de entre las sombras — ¿Va todo bien?
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Mensaje por Veronica el Mar Mar 17, 2020 4:46 pm

A medida que se internaba en el bosque era más difícil avanzar con Horacio. La nieve fue amontonándose desde el cielo y llegó a cubrirle hasta las botas, allí donde estaban fijas a ambos lados del lomo de su poni. Nadie debía de haber caminado por ahí en tiempos recientes, pues sus huellas eran las únicas en formar un surco sobre el suelo. Pero los ojos de Veronica miraban al cielo. Arriba, en los árboles, había algunos cuerpos que nadie se había preocupado en bajar de sus sogas. Lo único que agradecía era la falta de hedor. Algunos de los cadáveres estaban tan mutilados que, en otros climas, hacía tiempo que se habrían podrido; pero con la temperatura gélida de Mitgard eso era imposible. Las víctimas estaban petrificadas e inmóviles como estatuas. ¿Se levantarían de sus tumbas como lo habían hecho los emergidos? La recorrió un escalofrío que le hizo encogerse encima de su silla de montar. Feh aún no regresaba y, aunque Veronica no se consideraba una cobarde, pensó seriamente en regresar al campamento a pesar de que apenas se había alejado.

En la punta de los dedos sintió la carga eléctrica de su magia. El poder arcano palpitaba desde su interior, respondiendo a los sentimientos de su ama. Solo necesitó escuchar unos pocos pasos a su espalda para exhalar un grito ahogado y atacar con mal augurio a quien fuera que estuviera a su espalda. Horacio relinchó, más asustado por las acciones de Veronica que por los supuestos peligros que pudieran rodearle. Veronica se giró como pudo sobre la silla de montar, aguantando con la mano extendida la maldición sobre la única figura que podía ver. –¡D-da otro paso más y te juro por Anankos que no quedarán huesos que tu madre pueda llorar!–exclamó y, aunque su voz tembló un poco, la amenaza no podía ser más sincera. Sin apenas mirar, abrió su tomo de ruina y posó la otra mano encima. Estaba preparada para conjurar de un momento a otro, más llevada por el pánico que por la razón.

No ayudaba que el haz de luz la cegaba. No podía distinguir quién era aquella persona. Una parte de su cerebro sabía que no podía ser un emergido, porque nunca antes había escuchado a uno hablar, pero no podía fiarse de un extraño que hacía aparición en medio de un bosque de cadáveres. Veronica apretó el embrujo de su magia sobre el desconocido. Se escucharon pasos metálicos en la penumbra a su alrededor. –¿Quién eres y qué es lo que quier–…

Una flecha incendiaria salió disparada de entre la espesura y se clavó en uno de troncos helados que formaban el bosque. Horacio relinchó de nuevo con fuerza y se echó unos pasos hacia atrás. Expulsando grandes bocanadas de aire helado por el hocico, el poni se encabritó; lanzó un par de coces hacia delante y, al ponerse sobre sus cuartos traseros, Veronica perdió el equilibrio. Cayó hacia atrás al no estar agarrada a las riendas, ambas manos en el aire para poder dirigir su magia hacia el extraño. Horacio se removió en su sitio, sin apenas espacio para escapar de su prisión de nieve. Aterrado, con las orejas hacia atrás, su única salida fue galopar en línea recta hacia delante. Al principio, Veronica no fue consciente de lo que había pasado. Le dolía el cráneo ahí donde se había golpeado la cabeza al caer. Su falta de concentración rompió el hechizo de mal augurio. Trató de palpar con los dedos a su alrededor, en busca de su tomo de magia, pero no lo encontró.

–¿Qué…? –musitó con los ojos muy abiertos. Se incorporó un poco y vio como avanzaban ante ella varios arqueros armados con flechas de fuego. Sus ojos rojos como luceros de sangre.
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Mensaje por Alm el Mar Mar 17, 2020 6:45 pm

Parecía que su aparición había asustado a la joven y tampoco era algo de extrañar. En ese campo en el que la muerte era la mayor guardiana y el silencio podía ser más frío que la nieve que se acumulaba a su alrededor, lo raro sería no estar asustado. Él mismo tuvo que reconocer que el temblor en su cuerpo no era sólo a causa del frío, aunque agradeció el encontrarse con una niña y no con un muerto viviente o cualquier otro tipo de aberración.

Tr-tranquila, no voy a hacerte daño —trató de explicar mientras bajaba el farol. No conocía mucho de magia, pero lo poco que sabía era que, independientemente del tamaño de su agresor, cualquier hechizo podía ser terriblemente doloroso. Alzó su mano izquierda, con los dedos extendidos en una señal de paz. Sentía como su corazón latía nervioso en su pecho y sus ojos verdes no se apartaban de las manos de la niña, suplicando por dentro para que no hiciese verdad su amenaza.

Separó los labios para presentarse, pero justo en ese momento una flecha de fuego rasgó la pálida luz de la noche invernal, dejando un claro mensaje de peligro. La flecha se calvó en uno de los árboles que estaban al pie del siniestro bosque, pero Alm no se detuvo para ver de dónde venían los enemigos, sino que corrió hacia delante en cuanto el poni empezó a encabritarse, sabiendo lo que podría ocurrir después.

El monótono paisaje hacía que las distancias engañasen y pensó que estaba mucho más cerca de la joven jinete más, cuando vio al poni correr como una pequeña centella a su lado y a lo lejos la niña casi enterrada en el surco de nieve que había dejado la montura, apretó el paso y desenvainó la espada, dejando atrás su farol. Sus pies se enterraban en la nieve y se sentía más pesado que habitualmente, pero no dudó en salvar la última distancia con un gran salto y con ello, su espada logró desviar una de las flechas flamígeras de los arqueros, que iban directas a la cabeza de la pequeña maga.

¡Emergidos! ¡Y son bastantes, hay que marcharse de aquí!

Había tenido suerte frenando las primeras flechas, pero sabía que la ráfaga que vendría después no sería tan sencilla. Por eso, en cuanto aquel grupo de personas que parecían moverse de manera automatizada, empezaron a cargar el siguiente disparo, Alm tomó a la niña en brazos y dio media vuelta.

Las saetas de fuego empezaron a caer como si de una lluvia se tratase, iluminando momentáneamente el terreno, hasta que la nieve apagaba el fuego. El espadachín esquivaba las flechas como mejor podía, moviéndose en zigzag o echándose hacia atrás, observando con temor como algunas de esas flechas caían justo a sus pies. La adrenalina y su nerviosismo natural ayudaban a que se moviese con rapidez, pero fue cuestión de tiempo que una de las flechas le alcanzase.

¡Agh! — gritó al sentir como la punta de hierro se clavaba en su hombro, justo donde ya cicatrizaba una herida mucho más antigua. Por suerte, esa flecha no estaba incendiada, aunque el golpe fue lo suficientemente fuerte como para hacer que cayese al suelo, haciendo la croqueta y soltase a la niña. Menos mal que la nieve amortiguaba en parte los golpes.
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Mensaje por Veronica el Miér Mar 18, 2020 9:35 am

A Veronica solo le dio tiempo a palpar su tomo de ruina, semienterrado en la nieve, antes de que el desconocido la levantase en volandas. Tardó unos segundos en entender todo lo que había pasado: el desconocido no era un enemigo, sino un potencial aliado, y los verdaderos enemigos habían aparecido al frente. Ahora estaban huyendo como podían. Veronica era mucho más partícipe de pelear de cabeza, pero también era consciente de que nunca antes se había enfrentado a un grupo tan grande de emergidos ella sola. Si tan solo pudiera avisar a las tropas de Embla que estaban un poco más adelante… Pero Horacio se había perdido en la espesura y Feh no estaba con ella tampoco; había salido volando mucho antes. Quizás estuviera revoloteando despavorida al ver las flechas de fuego, demasiado asustada como para volver con Veronica.

Y, sin embargo, no estaba sola. El muchacho de pelo verde, que ahora podía ver con claridad, la había salvado a pesar de que no debía de poder caminar muy rápido entre la nieve con ella en volandas. Y aun así lo estaba intentando. La joven bruja sintió un enorme respeto y admiración por la valentía demostrada. ¿De dónde sería? No era parte de sus tropas, eso lo tenía claro porque conocía a todos sus soldados y ellos la conocían a ella. Pero al haber llegado de la nada, en medio de tétrico bosque helado, no mucho más se le ocurría salvo que fuera parte de uno de los grupos de mercenarios que habían llegado con ellos a Mitgard. ¿Qué hacía perdido en el bosque? Si acaso tuviera algún cuerno o método de llamada con el que poder llamar a refuerzos, esos emergidos no tendrían nada que hacer frente a ellos.

–¡Mis soldados están cerca! ¡Hay que llamarlos! –exclamó. No podían huir sin más. Horacio debía de estar totalmente solo. Asustado. Debía ir en su auxilio y rescatarle. Los emergidos se caracterizaban por su violencia. Veronica no quería ni pensar en lo que podrían hacerle a su preciada montura. Era un poni gordo y viejo, pero era su poni gordo y viejo. Solo pensar en que pudieran hacerle daño le provocaba un enorme dolor en el pecho. Si tan solo las flechas dejaran de llover sobre ellos… Tendrían que acabar con los arqueros antes de nada. Levantó la cabeza por el hombro del muchacho. Solo necesitó rozar las páginas de su libro de magia para comenzar a conjurar. Pero una de las saetas les acertó antes de que Veronica pudiera hacer nada. No le dio tiempo siquiera a avisar de que se agachara o esquivase a un lado. La flecha impactó al chico en un hombro y le obligó a soltarla.

Ambos rodaron en la nieve, pero Veronica no tardó en levantarse porque no estaba herida. La adrenalina en sus venas la hizo incorporarse con rapidez al mismo tiempo que activaba de nuevo una oleada de intimidación dirigida contra los emergidos para aminorar su paso. Con las manos blancas de la fuerza con la que apretaba su grimorio, Veronica invocó su poder arcano y lo lanzó contra el primero de los arqueros. Le temblaban las manos del frío. Estaba empapada después de haberse caído en la nieve dos veces y, aunque su mente aún lo procesaba, su cuerpo comenzaba a helarse. A pesar de tener los labios morados, Veronica no vaciló al pronunciar las palabras de su conjuro. Extendió una palma, que no estaba protegida por ningún guante, hacia el primer emergido con un arco que divisó y le atacó.

–¡Vamos! ¡Levántate! –gritó, su voz algo histérica por el pánico. Ella no sabía si podría llevar a cuestas el cuerpo de un chico hasta el campamento donde esperaban sus tropas. Y dentro de poco no podría contener a todos los enemigos que iban hacia ellos, algunos caminaban a pesar del miedo y los temblores que les sacudían. Necesitaba que el mercenario empuñara la espada a pesar del dolor. Cargó de nuevo un hechizo contra otro emergido, estaba vez mucho menos poderoso que el primero porque no le había dado tiempo a descansar. La nariz de Veronica comenzó a sangrar. –¡Se acercan!


Última edición por Veronica el Miér Mar 18, 2020 7:25 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Alm el Miér Mar 18, 2020 3:31 pm

–¡Vamos! ¡Levántate!

Al escuchar la voz de la chica y la urgencia en esas palabras, se puso en pie todo lo rápido que pudo, sacudiendo la cabeza para apartarse la nieve y echando un breve vistazo a su alrededor para orientarse, mientras la joven peliblanca atacaba a uno de los emergidos. Sostuvo la espada con las dos manos y corrió a ponerse a su lado, manteniendo la mirada en aquel grupo de personas de ojos carmesís y miradas vacías. Eran demasiados para sólo dos personas, por muy habilidosos que fueran. La huida era la opción más segura, pero parecía que la chica quería hacerles frente para, suponía, recuperar su montura.

¿Has dicho que tus soldados están cerca? —preguntó, aún con la atención en los enemigos. Parecía que la ráfaga de flechas había cesado por el momento, aunque ahora se acercaban los soldados con espadas, hachas y lanzas, por lo que no habría que bajar la guardia —¡Arquímedes puede enviarles el mensaje!

El pequeño autillo, que había estado revoloteando cerca a lo largo de toda la carrera, se posó sobre la cabeza de Alm y se estiró con orgullo, como si estuviese ansioso de ser útil en la única misión que le habían encomendado. El único inconveniente era que no tenían tiempo para escribir un mensaje, pero confiaba en que la rapaz sería lo suficientemente pesada como para llamar la atención de algunos guerreros, sobre todo cuando llevaba en las patas una cinta de cuero que indicaba su función de ave de cetrería.

¿Puedes regresar con unos cuantos soldados? Si no, ve al campamento y avisa al capitán ¿de acuerdo? — ordenó, antes de que Arquímedes alzase el vuelo y se perdiese en la lejanía. Ahora sólo les quedaba aguantar hasta que llegasen los refuerzos o abrirse paso hasta dar con la montura de la chica.

Eh... yo te cubro ¿de acuerdo? — no pasó por alto la sangre de la maga y pensó que quizás su magia requería un esfuerzo mucho mayor a los hechizos habituales. Lo mejor sería evitar que los enemigos se la acercasen y tuviese tiempo para lanzar sus hechizos. Cielos, no pintaba que iba a resultar sencillo en la práctica.

Los enemigos estaban cada vez más cerca, era momento de actuar y mantener la cabeza fría. Bueno, en el caso de Alm despejada. Moverse y lanzar tajos a todo lo que se cruzase por delante era su especialidad, luego ya se preocuparía por las heridas. Además, se sentiría fatal si llegaban a hacer daño a la chica. Se echó hacia delante con la espada en alto, haciendo un quiebro en el último momento y descargó un revés con la espada en el primer enemigo, luego se agachó para esquivar una espada y al girar arañó el pecho de este segundo enemigo. Por suerte, no era la primera vez que se veía rodeado por un grupo de emergidos.
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Mensaje por Eliwood el Miér Jul 22, 2020 4:25 pm

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