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[Campaña de conquista] Señores de las mareas [Priv. Vincent]

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Mensaje por Invitado Lun Jun 24, 2019 3:43 pm

¿Por qué? ¿Por qué? ¿Quién era el descerebrado capaz de realizar una acción de esa categoría? ¿Qué estratega emergido había osado atacar a la Grande y Felicísima Armada, la más imponente de Oriente? Un plan perfecto, siendo francos: con tal de erradicar el poderosísimo bloqueo naval que sufrían las costas de Magvel, una gran cantidad de barcos, principalmente provenientes de las costas de Renais, habían embarcado y entrado en contacto directamente con el centro de mando de la Armada, casi rodeando a los diez barcos imperiales, los más capacitados, con los marineros mejor preparados, en un difícil cerco. Obviamente, las demás embarcaciones, nada más ver esto, acudieron a su rescate, pero, si eran lo suficiente rápidos, podrían desarticular lo mejor del mar de Plegia en ese golpe. Una técnica maestra.

Claro que, lo que los estrategas plegianos no contaban, era el gigantesco y opulento barco que se encontraba en el centro de todos. Una embarcación del tipo navío de línea de casi cien metros de eslora, veinte centímetros de manga, nueve centímetros de calado y cuatro cubiertas repletas de soldados. El buque insignia de Plegia. El barco bautizado por Gangrel, que para construirse se debió comerciar y talar madera de prácticamente todo lugar disponible. Y efectivamente, era un buque recién botado que llevaba mucho tiempo en construcción. Se desplegó por primera vez para mover a las tropas de Plegia a Manster, y su gran tamaño había permitido llevar a una gigantesca cantidad de soldados al lugar. Todo barco cercano, por muy imponente que fuera, empequeñecía a su lado. El barco más grande de Plegia: El Colmillo de Grima, decorado con el rostro de un dragón negro en su proa, y con grandes velas que emulaban de forma elegante pero eficaz las alas de Grima. Un barco lento, que a duras penas se movía, efectivamente, pero que a cambio era casi impenetrable desde fuera. Una fortaleza en el mar la cual, por mucho que los emergidos intentaran atracar con sus cuerdas, tardarían mucho tiempo antes de poder llegar a la cubierta.

¿Y con qué más no habían podido contar los estrategas emergidos? ¿Qué más detalle se les podía haber olvidado? Muy simple. Lo más terrible de todo. El Almirante de ese barco aquel día. Gangrel I de Plegia, acompañado por algunos de sus fieles siervos. Se encontraba el monarca en su despacho y habitación personal dentro del barco cuando recibió la noticia. Y no le podía resultar más placentero: sitiados, sí, pero esa sería la primera batalla naval de Plegia en toda la guerra. Al fin, podría mostrar al mundo su poder marítimo. Aniquilaría ese día a la flota emergida en Magvel que había osado atacarle. Cincuenta barcos podrían estar rodeando a sus quince navíos principales… Pero eso no era un problema. Plegia ya estaba preparada desde el primer momento para ello.

Estas fueron las órdenes del rey, por orden. La primera, centrar todos los barcos de tal forma que no se tocaran entre ello, dificultando así que un emergido pudiera ir de embarcación en embarcación, y dejando un espacio de casi el doble de longitud entre barco en barco, pero cerrándose en el exterior de tal forma que resultaba imposible que un barco emergido se colara por ahí.

Luego, en cada cubierta, se colocarían… Ciertas sorpresas que ya llevaba teniendo preparadas desde hacía mucho tiempo. Barriles repletos de Agua de Grima. Y en la cubierta del Colmillo de Grima, comenzaría a armarse un misterioso artefacto del que solo el monarca y sus ingenieros conocían la utilidad. ¿La misión de los navegantes del buque insignia? Evitar a toda costa que la preparación de tal estructura fuera detenida. Y tenían permiso para utilizar la magia de viento o flechas de fuego si lo veían necesario, o incluso electrificar el agua con hechizos del rayo si caían demasiados emergidos en ella, como un método de aniquilación del rival masiva. Todo valía para hacer que los rivales cayeran en un océano diferente… El de las llamas.

Con esas órdenes dadas, el monarca salió también a cubierta, sentándose con calma al lado del timón, a la espera de que los emergidos decidieran atacar. Y estuvo en completo silencio hasta que vio algo digno de él. Uno de los nobles que había pedido que le acompañaran, Vincent, al cual ya consideraba prácticamente un amuleto de buena suerte.

-Oh, Bean… Prepárate. Trae un barril de Agua de Grima aquí. No podemos permitir que toque un solo pie emergido nuestros barcos… Y expande también esta norma: está prohibido quemar los barcos enemigos. Los capturaremos para engrosar nuestra armada. En cuanto hayas dado las órdenes a los correspondientes miembros de la cadena militar, y si los emergidos siguen sin atacar… Forzaremos las hostilidades


Última edición por Gangrel el Dom Jun 30, 2019 10:36 am, editado 2 veces
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Mensaje por Invitado Lun Jun 24, 2019 4:20 pm

Obviamente los plegianos no podían viajar sin que unos emergidos los dejaran disfrutar del mar, que igualmente seguía siendo aburrido pues tardarían una eternidad en llegar al siguiente destino y ver el mar no era una actividad demasiado entretenida si no había animales saltando o por lo menos algo que fuera como... ni idea, una serpiente marina gigante. ¿Qué? Soñar era gratis, y en un barco donde iba a pasar bastante tiempo pues era lo más entretenido en lo que podía pensar. Dejó escapar un suspiro entre decepcionando y cansado. Emergidos por todas partes, no les daban ni un respiro. Hasta una guerra con Ylisse era preferible, eran humanos. Conociendo por supuesto a su Majestad Gangrel I de Plegia, tendría que ser un espectáculo en toda regla, sin excepción. He de ahí que cuando escuchó ser llamado, no pudo sino negar con la cabeza y desperezarse.

Otro día más, otros emergidos más. Deberían ya componer las canciones, era exagerado.

Recorrió el gigantesco barco hasta por fin llegar al timón donde se hallaba el capitán. Realizó una corta y breve reverencia ante su rey, solo para escuchar las instrucciones del caprichoso monarca. Era más fácil hundirlos conforme iban lanzando barriles mas sabiendo qué tipo de persona era, seguro haría un anillo de fuego alrededor de la flota plegiana. Lo visualizaba. Era muy típico de él—Iré transmitiendo las órdenes entonces su Majestad. Si me disculpa le dejo a solas—así pues el rubio bajó hasta cubierta, haciendo correr la voz entre los soldados del barco, luego a los demás gracias a dichos soldados. Eran una cadena de mando que no debía desviarse de su camino. Confiar ciegamente en Gangrel I de Plegia... A veces era una tarea difícil mas se había acostumbrado a ello.

Finalmente todos los barcos se habían colocado en posición, al igual que soldados, magos y arqueros. Era hora de que comenzara la obra, y así sería.

—Grima salve a Plegia, muchachos—resonó en todos los barcos, expandiendo la furia del dragón caído. Ahí sí que empezaba la batalla.
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Mensaje por Invitado Mar Jun 25, 2019 5:19 am

Grima salve a Plegia. Qué bellas palabras las que se escuchaba siempre que iban a la batalla. Esa era tal vez la única cosa en el mundo de la que el rey jamás podría cansarse. Y sí, triste era el por qué se tenía por costumbre recitar tal oración, pero bien que lo compensaba la belleza que se desataba en cuanto estas palabras eran proferidas por el ejército. La guerra iba a acabar, como siempre, de su parte. Pues estaba él para dirigir a las tropas. Y por supuesto… Estaba el arma secreta a bordo de su barco. No era posible que perdiera de ninguna forma.

Respondió al arquero con una sonrisa al ver que como siempre, aceptaba las órdenes sin miramientos. Ojalá todos sus soldados y mercenarios fueran como él… Todo sería mucho más fácil. Menos molesto a sus ojos.

-Disculpado quedas, Vincent de Manster. Estás cumpliendo órdenes al fin y al cabo… Por cierto, bien sé que hace poco hiciste cierta misión con mi esposa. Y sí, sé el resultado de la misma mejor que nadie… Pero lo que te quería preguntar es, ajeno a lo que sucedió en esa operación… –cesó sus palabras por un momento con máxima severidad, con una frialdad que pondría los pelos de punta a cualquiera de sus generales. Y así se mantuvo por unos largos segundos- ¿…Es guapa, eh? –su seriedad se rompió nada más terminar esa frase para dejar paso a una horda de carcajadas totalmente incoherentes con la situación- ¡Te doy de tiempo hasta que finalice la operación para intentar darme una respuesta que no ponga en juego tu cuello!

Lo decía con buen humor, claramente, dentro de lo que… Se podía llamar así. Porque era de un mal gusto increíble… Y porque lo último podía ir en serio, aunque dudara de que Vincent no supiera qué decir para salvarse. Pero de momento… Lo importante era que todos los ahí presentes pudieran salir con vida, y que ninguno de esos carísimos barcos acabara quemado. Porque sí, francamente, eso era de lo que más le importaba ahí.

Gangrel recibiría en esos momentos a uno de sus soldados, que le ofrecería un pequeño barril repleto de Agua de Grima. No se lo pensó mucho al dejar caer sobre él con suficiente cuidado para que ninguna empuñadura lo tocara sus dagas, una a una, preparándose para utilizarlas en cuanto fuera necesario. No necesitaría ni antorcha. Sabía perfectamente que el choque del metal con otro metal (como el de su armadura) podía producir una pequeña chispa… Una chispa suficiente como para hacer estallar en llamas al Agua de Grima.

Y se mantuvo en completo silencio desde ahí hasta que llegó el momento. En cuanto pudo ver que pequeñas embarcaciones (básicamente barcas, siendo sinceros con la realidad) comenzaron a intentar acercarse por los bordes que ya había preparado Gangrel a propósito, a sabiendas de que los emergidos intentarían algo así en vez de una colisión con los barcos de mayor tamaño, pues sería un desperdicio para los dos bandos.

-¡Empezad, hermanas y hermanos! ¡QUEMAD LAS BARCAS EMERGIDAS Y A ELLOS! ¡QUIERO A TODOS LOS SOLDADOS DE TODAS LAS CUBIERTAS DE LOS BARCOS AQUÍ PRESENTES DISPARANDO!
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Mensaje por Invitado Vie Jun 28, 2019 2:16 pm

El rubio se quedó en el sitio mirando a su monarca. Primero no quemadlos, luego que sí. ¿Qué ha sucedido entonces? Que la brea estaba preparada y él para dar la extasiante orden de prender los barcos al igual que unas antorchas en medio del mar. Lo voluble que era su rey resultaba en ocasiones molesto pero si no tuviera a alguien que hiciera de la vida algo inesperado entonces todo sería muy aburrido. Lo que sí se jugaba era su propio cuello si respondía mal sobre Sarah. No iba a mentirle, por supuesto. Ya sabía lo que responderle en cuanto al asunto. Solo debía disparar a la vez que se le ordenaba.

Tomaba flechas del carcaj, sumergiendo la punta en brea y encendiendo "la vela". Los magos de fuego, eufóricos por ser útiles a la causa una vez más, comenzaban a lanzar bolas de fuego que hundían barcos enemigos. Serían el centro de una columna de llamas de la que nadie podría escapar, bueno, nada.   Tomó las flechas ya empapadas en ese líquido pegajoso para subirse a la cola, donde se encontraba igualmente un vigía. Se sobresaltó al verle pero nada más. Lo que era importante era la posición estratégica.

Desde arriba las flechas tenían una mejor curvatura de caída y podía calcular mejor la trayectoria. Lo importante eran las embarcaciones, entonces ese sería su objetivo. Comparados con la flota plegiana eran pequeñas pulgas pidiendo que la parca se los llevara, y ésta tenía forma de llamas. Tenía una cesta con flechas preparadas en la cola, el vigía rellenando el carcaj del hombre cuando se iba quedando sin flechas. Se preguntaba cómo era capaz de actuar de aquella manera, tan automática, sin que se le cansara el brazo. La respuesta era muy sencilla pero no era capaz de verla. La vida, querido vigía. Si se te cansaba el brazo continuarías porque aquella era tu misión, Una persona que no resultaba útil era fácilmente desechable, y esa era la peor imagen que podía demostrar.

La madera crujiendo, deshaciéndose bajo el yugo de los representantes del Dragón caído. Velas ardiendo que extendían el fuego hasta los mástiles y el resto de la barcaza. Barquita si nos poníamos a comparar. No existía piedad para el estúpido.
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Mensaje por Invitado Dom Jun 30, 2019 1:40 pm

Sí. Ahora quería quemarlos. ¿Algún problema? Le gustaba cambiar de ideas y esa era especialmente divertida. Los barcos emergidos eran de peor calidad que los plegianos, y eso se notaba de lejos. Al final, tampoco creía que los pudiera utilizar para nada que no fuera decoración. Solo un botín de guerra innecesario. Ni tan siquiera tenían lo que debían tener los barcos imperiales para ser temibles. Más que galeones o cualquier navío de guerra, parecían carabelas de exploración. Triste, muy triste… Claro que él estaba a casi el doble de altura que la punta más alta de cualquiera de estos barcos y era normal que pudiera opinar así. Cualquier navío de ese mar empequeñecía al lado del suyo. Incluso los que supuestamente estaban ahí para protegerlo. Al fin y al cabo, lo que se estaba construyendo más o menos un delante de las velas centrales era de un tamaño considerable... Y el barco que lo cargara debía ser grande, resistente, aunque lento, justo las condiciones que cumplía el Colmillo de Grima.

Tomó una de las dagas, a la espera de que alguno de sus siervos se acercara con una antorcha para poder prenderla ahora que estaba imbuida en Agua de Grima. Y en cuanto pudo, nada más tener las llamas, arrojó el arma contra la vela de uno de los barcos enemigos, que obviamente se podía diferenciar por no llevar la bandera de Plegia. ¿Y a dónde apuntó exactamente? Fácil: a la vela. Un barco que no se podía mover era carroña. Si conseguían destruir todas las velas, la armada enemiga caería sin bajas para los suyos. Y no podría haber mejor victoria que esa. Tomó otra daga. La pasó por la antorcha para que estallara en llamas.

Algo terriblemente útil del Colmillo es que su elevada altura permitía a los que en él estaban poder apuntar sin problemas y estar protegidos por ese mismo factor. Era casi imposible imaginarse una derrota de Plegia en esa batalla, más teniendo en cuenta los refuerzos que empezaban a visualizarse en el horizonte.

Las llamas se expandían rápidamente entre los navíos emergidos. Se les veía saltar al agua, presas del pánico, para luego ser atravesados por una flecha corriente. Y si bien en los barcos más cercanos a la primera fila se podían ver a tropas emergidas consiguiendo llegar a las cubiertas, eran rápidamente masacradas. No había piedad alguna para esos seres que ni humanos eran.

Esos infieles invasores. Esos bárbaros atacantes de su armada, del orgullo de Plegia, del más fuerte ejército de los mares que había en todo Oriente, que habían intentado destruir sus más poderosos buques. No. Él mismo haría que esas barcas sirvieran como leña para las frías noches de Carcino.
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Mensaje por Invitado Dom Jun 30, 2019 2:35 pm

Un mar de llamas se había formado a su alrededor, deshaciéndose de los soldados emergidos que buscaban escapatoria en el agua. Los hechizos de rayo eran bastante efectivos y el olor a quemado, como el de una fogata, se propagaba por el aire. Parecía más una cocina que una guerra, lo que era decir bastante. Continuaba sin embargo lanzando saetas al aire, las cuales aterrizaban en los mástiles, las cubiertas enemigas. Todo se había convertido en leña húmeda conforme se iba hundiendo el barco. La desventaja numérica era significante, mas lo que los emergidos tampoco esperaban era la llegada de refuerzos que los rodeaba a ellos también.

Una carnicería, sin duda.

Las flechas de la cesta se habían acabado de su constante uso, su brazo medio dormido por tantas veces que había tensado la cuerda del arco. El vigía todavía miraba al arquero con admiración y a la vez el temor a una bestia que no conocía el agotamiento. Mas era igual de humano que él, solo que con los brazos bien entrenados... Bueno, más de una cosa bien entrenada. Dejó escapar un suspiro al ver que no solo se habían acabado, sino que más compañía plegiana venía a apoyar a la flota central. Era cómico ya que muchísimos de los barcos emergidos se encontraban ya o hundidos en el proceso. Se sentó nada más que un momento para a continuación bajar de la cola, pisando de nuevo cubierta. Había sido un dolor en el culo, o mejor dicho, en el brazo. Lo que eran batallas en alta mar, y eso que era de sus primeras.

Se acercó con lentitud al puesto donde se encontraba el rey de Plegia, Gangrel I. Estaba extasiado con la batalla, mas terminando ésta, se permitió el derecho de dirigirle las palabras que le había pedido en su momento—Ya que me ha preguntado, su Majestad. Sí, su esposa es hermosa, pero no solo es SU esposa, sino que si lo que le ha pasado por su cabeza es quizás yo haciendo un intento de acercamiento inapropiado hacia su persona, debo confesarle que... no me atraen las mujeres. No debe preocuparse por mí en ese aspecto, y lamento las molestias que le haya podido causar si ha malinterpretado alguna acción mía—realizó una breve reverencia, esperando su respuesta de pie, espalda recta, y mirada fija en la silueta de su rey.
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Mensaje por Invitado Dom Jun 30, 2019 3:46 pm

Reír. No podía hacer otra cosa que reír frente a la situación. Era inevitable. No sabía cuántas bajas hubiera podido haber, pues era cierto que en un inicio los emergidos habían conseguido lanzar alguna ráfaga de ataques incomparable a las fuerzas plegianas. Velas chamuscadas, algún que otro pequeño agujero en algún barco. Casi nada. La Armada Plegiana había ganado ese día como tenía que ser: de forma indiscutible. Tal vez la mayor fuerza naval no de Oriente, sino de todos los mares. No había nadie en ese mundo que pudiera negárselo. Nadie. Ni tan siquiera la poderosísima marea gris tenía derecho a ello.

Y seguiría riéndose tanto como pudo, todavía lanzando dagas en llamas a algún emergido que veía que quedaba con vida entre los mares, como si se tratara de un bizarro juego. Hasta que llegó Vincent. E inmediatamente, paró. Estaba emocionado por ver su respuesta sobre ese tema que ambos sabían. Y cuando la escuchó, no pudo hacer más que no fuera reír. En serio. No se lo esperaba bajo ninguna circunstancia. Jamás lo hubiera podido imaginar. Tomó aire, mirando con fingida y muy bien ensayada seriedad al rubio, esperando a que terminara de hablar para darle una respuesta digna.

-…Entonces… Te van los estoques –comentó con naturalidad, para luego continuar con sus risas como si no hubiera un mañana. ¡Maravilloso, maravilloso! No le podía parecer mejor que uno de sus más atractivos nobles no se sintiera atraído por las mujeres, y eso, siguiendo el simplísimo esquema mental del monarca en todo lo referente a la sexualidad, no podía llevar a otra cosa que prefería su propio género. Tan refinado como podía ser Gangrel para todo lo militar, y tan simple y bruto como una piedra cuando se trataba de ese tipo de razonamientos- ¡Qué monada de chaval! Ya veía yo que hablabas mucho con un hoshidano… ¡MUAJAJAJA! ¡Pues menos mal que has nacido en nuestro lado del charco, chaval, porque llegas a hacerlo en Ylisse y te apalean por hereje! –comentó, totalmente desconocedor del pasado del joven que tenía por delante, y francamente, tampoco es que hubiera nunca dedicado el tiempo suficiente a comprender si aquel joven rubio tan fiel a la corona había sufrido para llegar hasta ahí- Bueno, bueno, Vincent. No lo sabía, no lo sabía para nada… ¡Y no te disculpes tanto, que eres el único noble de mis futuros virreinatos de Ultramar por el momento!

El monarca se quedó entonces en silencio, mirando al mar, a las docenas de barcos plegianos que se habían arremolinado ahí para proteger al rey y que de nuevo volvían a sus posiciones, conocedores de la evidente victoria plegiana sobre el enemigo. Era un digno espectáculo para poder hablar sin preocuparse demasiado de lo que le rodeaba. No podía estar más que satisfecho por sus acciones como comandante de la flota ese día. Se apoyaría sobre la barandilla del gigantesco navío, mirando el agua con calma.

-¿No es preciosa, Vincent? El agua, digo. El poder, la delicadeza, a partes iguales. Imparable cuando tiene que encontrar su camino, fuerte cuando la lluvia cae sobre la tierra… Y sin embargo, parece que ahora es fiel a nuestro imperio, pues se ha mantenido estable para ayudarnos en la batalla


Última edición por Gangrel el Lun Jul 01, 2019 3:40 am, editado 1 vez
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Mensaje por Invitado Dom Jun 30, 2019 4:21 pm

El arquero mantuvo una expresión estoica, sin sonreír ni fruncir el ceño, solo asimilando las palabras de su monarca. El que mencionara a un adolescente hoshidano le removió las tripas. Respiró profundamente, hasta se hizo una cola. Él... él ni había sido un adolescente. Pasaban numerosos pensamientos por su cerebro, pero no era capaz de responder mal a su soberano. Prefería aguantar la presión en su pecho, y que las imágenes desaparecieran de su cabeza. Incluso su alrededor pareció cobrar aroma a una flor en particular. Le dieron arcadas, disimuladas obviamente.

—El océano es un ser indomable sin voluntad. Si nos confiamos un día acabará por engullirnos su Majestad, aunque he de decir que me gusta. El agua, las olas rompiendo en la costa. Me recuerda a cuando desembarcamos en Manster. Nunca antes había visto lo que nos rodeaba ya que jamás salí de la capital. Debo decir que no me arrepiento en absoluto—el paisaje de destrucción que habían dejado no obstante no le causaba ningún sentimiento en particular; quizás la satisfacción de haber sobrevivido otro día más y haber ganado la batalla. Era demasiado básico comparado a lo que un rey debía tener en su cabeza. Nadie ajeno a Plegia lo reconocía, mas tenían a una mente brillante gobernando un país. Deberían estar preocupados.

—Lord Gangrel, sobre lo que me gusta o lo que no...—Vincent hablaba a trompicones, pensativo, intentando pronunciar las palabras adecuadas. No sabía exactamente cómo explicarse. Ese sujeto le hacía darle vueltas a la cabeza—No...no me van los estoques. Ni los hombres. No tengo ningún tipo de interés—finalmente aclaró el rubio de ojos heterocromáticos, de nuevo mirando al mar. Seguro escuchaba nuevamente la risa de su monarca mas era inevitable. Vincent era un payaso a sus ojos a fin de cuentas con todo lo que le estaba contando. No quería que nadie pasara por ahí. Sería muy vergonzoso.


Última edición por Vincent el Lun Jul 01, 2019 9:33 am, editado 1 vez
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Mensaje por Invitado Lun Jul 01, 2019 8:21 am

No podía entender a ese joven. Tan rápido como se convertía en el más frío de todos los soldados grimantes, podías incomodarle con algo así de simple hasta tal punto que alguien tan poco empático como Gangrel lo podía notar.

-Bueno, ahí tienes razón, pero lleva siendo durante todos mis viajes bastante amable… Así que tal vez, quién sabe, le caemos bien –dijo hablando en lo referente al océano, sin darse la vuelta, siempre mirándolo fijamente- Manster, Manster… Qué bellos recuerdos me trae esa palabra. Nuestra primera expansión territorial… Todavía en proceso, sí, pero hermosa es nuestra conquista de esas tierras muertas. Cuando llegamos a ellas, no sé si te acuerdas… Pero… Todo era muerte. Cada cinco pasos habían cadáveres. ¿Y ahora? Agua de Grima para todos los emergidos, y poco a poco, estamos implantando en nuestro territorio ocupado las formas plegianas de vida. No podría haber nada mejor… El haber salido de nuestra madre patria para poder ver lo muerto que ha estado el mundo siempre

Suspiró con nostalgia al recordar sus primeras acciones militares, las primeras ciudades tomadas, el olor a emergido quemado por primera vez penetrar en sus fosas nasales. Hermosas imágenes de miles de planos sobre la mesa, de cientos de miles de soldados embarcando, del desfile militar previo a la invasión que se realizó en Plegia… Todo fue hermoso. Y recordó un detalle común en todo aquello. De alguna forma, aquel rubio se las había ingeniado para estar siempre a su lado. Y él se lo había permitido a pesar de haberle advertido en un primer momento de su total desconfianza ante cualquier persona, incapaz de creer en la fidelidad total. Caramba. Ahora que se daba cuenta, ese rubio había escalado más en su círculo de confianza que muchos miembros del clero…

-Entonces no te van las dos cosas, no te va solo una por separado… Has tenido contacto con las mujeres sin embargo, por lo que se cuchichea en palacio… Y porque no lo vamos a negar, la que era tu anterior señora era un poco furcia como para dejar a un hombre virgen en su hogar… ¿Por qué no nos vamos a mi camarote para que me expliques esto mientras yo tomo una buena taza de té?
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Mensaje por Invitado Lun Jul 01, 2019 10:27 am

—Sí, Manster... nuestra primera conquista en esta serie de campañas—sonaba como algo muy lejano mas no había pasado mucho tiempo desde entonces. El olor a sal marina solo acentuaba ese recuerdo, el barco en la playa, los ejércitos formando y el discurso. Consiguió que Vincent se aislara de la cubierta, del resto de personas, solo pensando en un pasado no tan distante. Mas el monarca también tenía el don de interrumpir los bonitos recuerdos y clavar una daga donde más dolía. Fue un golpe bajo.

—Sí...bajemos—asimiló el hombre apesadumbrado. Tenía que ser... uno de esos días. Disimuló otra arcada. Ambos bajaron los escalones hasta dicha sala, unos muros que se convertirían en su confesionario, porque no podía negarse a contar su historia personal si era precisamente pedido del rey. Trató de mantener una faz serena, controlada. Se sentó junto al rey en la mesa, actuando éste como su confidente. Quiso esperar hasta que todo el personal saliera de la habitación para que fuera capaz de hablar. Sencillamente esa tarea iba a resultarle de las más difíciles, sin duda. Creía que el corazón se le iba a salir del pecho. Con la espalda recta se fijó en la pared, sin pronunciar ninguna palabra, abstraído en sus recuerdos. Tenía que ordenarlos cronológicamente, reviviéndolos. En una ocasión se apretó tan fuerte la mano que se escuchó un crujido. "Entumecida", dijo, una excusa barata claro está.

Una vez solos, con su taza de té servida y mirándolo con obvia curiosidad, el joven se hizo una coleta, dejándose de formalismos y echándose en el respaldo de la silla, cerrando los ojos. Tomaba aire con profundidad, soltándolo lentamente.

—Yo...fui esclavo, Lord Gangrel. Mis padres me echaron de casa a los cuatro años y a los cinco finalmente me convertí en un producto de mercado. Quien me compró fue una noble. Margaret Collingwoods—hizo una breve pausa. Dudaba de seguir con la historia, mas no había alternativa. no existía—A los cinco años me dieron mi propia habitación, me alimentaban, comencé mi práctica con el arco. Pero cada noche Margaret abría la puerta de la habitación, la cerraba y se desnudaba. Tendría ella 17, ¿18 años? Todavía recuerdo sus rulos castaños, su silueta, sus ojos azules... Prefería estar en la cama con un niño que con un hombre de su edad. Anhelaba el mañana y temía la noche. Fueron cinco años en los que la nocturnidad fue mi peor enemigo—tragó saliva, dándole un sorbo al té que también le habían servido a él. Controlaba su respiración, mas sus pulmones comenzaban a doler.

—A los 10 años se cansó de mí y fui un regalo para una amiga, una marquesa. Laura se llamaba. Creía que solo, por fin, iba a ser un sirviente normal y corriente. Pero lo que ella deseaba no era un sirviente. Deseaba que la complacieran mientras su marido decrépito se moría en cama. Recuerdo su nombre porque le gustaba que se lo susurraran al oído. En esa casa ya no importaban los horarios. Debía estar disponible en cualquier momento. Con ella fueron cuatro años. Disfrutaba de una vida de sirviente ligeramente privilegiado, todavía con un arco y una diana a la que disparar. Sin embargo a los catorce años ya sabía cómo satisfacer a cualquier mujer de esa mansión. Quiso pasarme a otra de sus amigas pero qué reputación tendría una mujer que se iba a casar de nuevo si se enteraran de que se acostaba con un niño. Conseguir acabar en la casa de una familia de verdugos, pero fue la mejor etapa de mi adolescencia—No pudo evitar que una risa se escapara de lo ridículo que sonaba aquella afirmación.

—Aprendí a torturar, mas fue la mejor familia que tuve. No tenía por qué temerle a las noches, ni a que una mujer me tomara. Solo debía arrancar uñas, quemar cuerpos, despellejar. Algunos eran personas enviadas por usted, ¿sabe? Eso es bastante irónico, hablar con quien me daba trabajo. Ah, perdone su Majestad, mas sigue siendo irónico. Déjeme que termine ya mi relato, pues tenía curiosidad, ¿verdad?—apoyó ambas manos en la mesa de un golpe, haciendo temblar su taza. Volvió a tomar ésta, en esos instantes con manos temblorosas, aguantando la sonrisa. Dio un largo sorbo, dejándola donde estaba—A los 17 años fui comprado por Odelia Eilhart. Y no, no era virgen ni tampoco me dejó descansar. Quería hijos, acostarse con todo hombre de esa casa y tener el placer de una vida acomodada. Me convertí en uno de sus favoritos porque bueno, ¿cómo le voy a negar la experiencia? Posiblemente uno de esos infantes sea mío y yo ni lo sé. No soy el único hombre rubio en esa fortaleza, qué quiere que le diga, y si se acostaba con un hombre cada día, de quince no puedo distinguir a ninguno. Y sí, me acosté con más nobles. ¿De dónde cree que sacaba información, mi Lord? No entraba en las casas y conseguía información gratis. Solo debía hacer lo que me habían enseñado y ya está. Las doncellas preferían una buena noche al saco de dinero. Ambos incluso. Creo que eso despeja muchas de sus dudas—y con todo dicho, se terminó el té y volvió a echarse en el respaldo de la silla, cerrando otra vez los ojos, ya sin poder disimular sin incomodidad. Respiraba con fuerza, quitándose el chaleco y quedando nada más que una camisa blanca, gotas de sudor cayendo por su cuello. Qué viaje más horrible.
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Mensaje por Invitado Mar Jul 02, 2019 5:23 am

El monarca se mantuvo en silencio mientras él y Vincent iban hacia el camarote, a sabiendas de que ya le estaría esperando ahí lo que él quisiera para poder descansar y comer algo, porque al fin y al cabo, como rey, tenía derecho a algunos caprichos. Y por supuesto, aprovechó lo que duró el camino para admirar la arquitectura de su gigantesco barco, su gran fachada y resistencia, como si fuera una pequeña ciudad sobre los mares. Podías ver a los respectivos marineros reparando lo poco que había sido dañado, izando las velas… El claro ejemplo de cooperación que el monarca quería expandir a los demás campos de su reino. Suspiró, para luego tomar por el hombro a Vincent con camaradería, de forma cariñosa, pues le había acabado por coger cariño. Así, hasta que bajaron por las pocas escaleras que se necesitaban para llegar a su elegante camarote. Y tal y como esperaba, en la mesa ya había una taza de té caliente. Maravilloso. Sus mayordomos le conocían perfectamente, así que no había problemas. Se sentó frente a su siervo, dispuesto a escucharle en lo que hiciera falta para comprender por qué demonios ese chaval tenía tan exquisito concepto del amor.

Y ahí empezó la historia del joven, mientras Gangrel comenzaba a dar un pequeño sorbo a su taza de té. Sí, esclavitud, eso era muy típico… Ser abandonado por los padres a la más tierna edad, de eso sabía mucho Gangrel. Todo dentro de los márgenes de lo relativamente normal, hasta que empezó la parte de las nobles plegianas. El monarca siguió tomando té, aprovechando que la taza le cubría parte del rostro para disimular así una muy notable mueca de asco. Ni él, como máximo defensor del libertinaje sexual, comprendía eso. Qué demonios… En qué clase de país vivía él antes de reinarlo. Ese tipo de historias le ponían los pelos de punta, y era casi mejor no haberlas conocido ni escuchado. Los niños eran inocentes, símbolo de la pureza, que no debía ser mancillada por algo como la lujuria de una mujer o de un hombre mayor. Simplemente, estaba mal. No podía evitar dejarse llevar por la empatía que tanto criticaba al escuchar hablar del tema. Pero no podía permitir que se viera para el resto del mundo lo horrorizado que estaba por esa historia. Así pues, hizo lo que tenía que hacer como rey.

Dejar la taza completamente vacía sobre la mesa con calma, todavía con un poco de té en la boca que no se había terminado de tragar… Girar poco a poco la cabeza, excusándose con una mano con toda la calma del mundo… Para luego comenzar a toser, dejando que todo el líquido saliera involuntariamente de su boca. Una tos nerviosa, como si se estuviera ahogando, pero era su única forma de tener una reacción acorde a la situación sin mostrar demasiado sus emociones. Pero bueno, al menos de esa conversación había extraído un dato como mínimo, interesante: se podía decir que su reino se sostenía en parte, al menos en lo que a espionaje respectaba, por el miembro viril de uno de sus siervos.  Maravilloso dato gracias al cual ahora entendía el por qué de la eficacia del que era su antiguo espía preferido. Pero bien sabía él que debía hacer algo ahora para solucionar haber casi forzado a Vincent a declarar tales cosas, sacar de su mente esos horrendos recuerdos. En cuanto terminó con su ataque de forzada tos, se levantó del asiento, dirigiéndose hacia Vincent por la espalda para tomarle de la mano.

-…Eres un verdadero patriota, Vincent. Un verdadero servidor de la Madre Patria

Y sin decir nada más, sin pedir permiso o dar justificación, haría alemán de intentar levantarlo, para que en cuanto este se pusiera de pie, empujarlo hacia él, rodeándole con los brazos para darle un fuerte abrazo, llevando la cabeza del joven a su hombro para que la dejara descansando ahí. Una de sus manos estaba sobre la nuca del joven, y la otra, por su parte, acariciando un poco por debajo de la cintura del joven, sobre su nalga derecha (¿qué? Gangrel era así. No se le podía pedir más dignidad ni en un momento como ese)

-Y un hombre muy valiente. Te felicito por todo lo que has tenido que pasar para llegar ahora hasta aquí. Pero esa vida ya ha pasado para ti, Vincent. Ahora eres un hombre libre, te lo recuerdo, y un miembro de la nobleza de Plegia –suspiró, recordando él mismo también su infancia, que no era secreto para nadie, pues en sus obras había dejado constancia de ella- Y lo más importante, sin duda, es que no vas a tener que volver nunca más a esa vida, pues… Eres de las pocas personas a las que puedo llamar “amigo”, con todo lo que eso implica
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Mensaje por Invitado Mar Jul 02, 2019 9:41 am

El rubio se vio sorprendido por la efusividad de su gobernante, de repente levantándolo de la silla y abrazándolo. No esperaba tal reacción, aunque como decía su apodo, nunca deberías poder saberla. Casi le enterneció hasta que sintió una mano en su nalga derecha. Frunció ligeramente el ceño a espaldas del rey, aprovechando que no le veía para poder expresar su descontento con la pared. Luego paso a mera indiferencia y al aguantarse. Qué paciencia, Grima. Sin embargo las palabras del rey guardaban verdad. Ya no tenía por qué hacerlo...salvo que se lo ordenase él mismo. Consiguió, a pesar de la incomodidad, devolverle el abrazo. Era un rey caprichoso, mas como había dicho, era su rey.

—Nunca he tenido un amigo y que el primero sea el rey de Plegia es bastante...curioso—se le escapó una leve risa, y no era mentira. Un amigo... qué palabra tan curiosa para el arquero. Menos se creía que fuera el mismísimo monarca de su nación. También podría decirse que era un factor algo triste. Hablaba por los codos cuando se le pedía pero después se quedaba sin palabras que decir. No era tan ingenioso como el pelirrojo pensaba y declararlo su amigo era hasta... algo que no merecía. Mas si eso quería, se lo daría. Un amigo, un confidente.

Consiguió relajar su respiración pero no su agitado corazón. Incluso apretó las manos con más fuerza en la espalda de Gangrel, súbitamente sintiendo miedo escénico. No quería subir a cubierta, no tenía espíritu para celebrar. Que alguien cercano al rey no saliera con una sonrisa victoriosa, sin ganas ni de alzar el brazo -que a todo ésto, lo tenía todavía medio dormido- era poco respetuoso conforme a tu país. Cerró los ojos, apoyando más en la cabeza en el hombro ajeno—Lord Gangrel, no quiero salir a celebrar ahora mismo... Me puedo ir al camarote, ¿por favor? No me encuentro muy bien ahora mismo que digamos—hasta le faltaba potencia en la voz. Su desgaste mental había sido potente contando flashbacks de la peor época de su vida... O bueno, ¡si es que era su vida entera! Qué decía. Intentaba apelar a la piedad que guardara ese hombre en su corazón para que le liberara de sus deberes por un día. Solo aquel día. Descansar y volver a levantarse al siguiente. Ni hambre, ni energía. Solo cansancio y pesadez.
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