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[Entrenamiento] Possess your demons back. [Priv. Pelleas]

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Mensaje por Veronica el Sáb Mayo 11, 2019 4:19 pm

La vuelta del torneo de Regna Ferox a Nohr había sido dura para Veronica. De tener todo el tiempo del mundo para relajarse y disfrutar de la competición, había pasado al estudio intensivo de toda clase de materias que sus tutores se empeñaban en hacerle aprender. Debido a que acompañaría al príncipe Xander en sus conquistas, esas semanas estarían dedicadas plenamente a ámbitos más académicos, sacerdotales e incluso de protocolo. La niña no entendía por qué debía saberse de memoria el uso de siete cuchillos para comer. Si al menos fueran para luchar, Veronica tendría más interés, pero la etiqueta de las cenas y festividades le provocaban un tedio inmenso. A lo que se le sumaba otros tipos de clases aburridas como bailes de salón o nuevos cánticos a Anankos que toda sacerdotisa debía aprender, incluso las conquistadoras. La niña estaba harta de aprender cosas que no juzgaba como útiles a su carrera. Ni siquiera había estado leyendo sobre maldiciones o conjuros, sino que más bien eran conocimientos que toda dama debía saber en la capital, según le habían dicho.

Pero lo peor era la falta de tiempo libre. Veronica no era sociable por naturaleza y los grupos inmensos de gente agotaban su espíritu. Necesitaba soledad para recuperarse, pero en las últimas semanas no había tenido nada de tiempo para sí misma. Siempre había una mucama que la duchaba y aseaba, y al dormir caía rendida en el lecho antes de apoyar la cabeza en la almohada de lo agotada que estaba. Ni siquiera podía tomar té sin que hubiera una tutora al lado que le explicaba una cosa o la otra, como si Veronica necesitara saber que la servilleta se doblaba de aquella manera para matar emergidos, que era a lo que se dedicaría en el futuro. No entendía por qué debía saber aquello y más de una vez hizo patente su disgusto con comentarios o muecas de desagrado. Cuando replicaba o se negaba a prestar atención, se le solían hacer amenazas veladas como que le contarían al príncipe Xander que no se estaba portando bien, o que, si no era buena en sus estudios, no le dejarían partir a Jugdral para reclamar tierras para Nohr. Así que Veronica obedecía, aunque de mala gana, y se trataba de portar bien.

Pero ese día, la niña había tenido suficiente: primero, se había pasado la mañana siendo acicalada por un corro de mujeres que le habían tirado del pelo y no habían sido gentiles. Además, a Veronica le gustaba tomar dulces cuando la peinaban y aquellas señoras le habían negado cualquier postre que había pedido. Y su mal humor había crecido cuando, creyendo que iba a tener un momento de recreo, su tutora de protocolo había aparecido de nuevo. –¿Otra vez tratando de holgazanear, Lady Veronica?– Y había añadido algo más que la niña no había escuchado. Estaba demasiado furibunda. Había estado a punto de disfrutar de una fiesta del té con cinco muñecas decapitadas y Feh, y aquella señora había arruinado su queda felicidad. Veronica se volvió hacia ella y dejó de un golpe la taza en la mesa. La porcelana se rompió en añicos. La niña se levantó sin acobardarse un momento. –¡No! ¡He dicho que no quiero! ¡Déjame en paz! –exclamó enfurecida y, de forma natural, un aura oscura comenzó a rodearla y expandirse por la habitación.

El mal augurio atacó a la tutora, a la que reconocía como enemiga de su usuaria, y la paralizó en el sitio. Presa del miedo, la mujer no pudo más que balbucear y temblar de terror. Veronica tuvo unas repentinas ganas de hacerle daño de verdad, de devolverle una parte de la ansiedad tan horrible que había vivido desde que regresara a Krakenburg. Una voz en su cabeza animaba a la niña a ello. Era tentador, ¿acaso no había sido esa mujer quién se lo había hecho pasar mal? Se merecía un castigo. Pero, tan pronto como le vino la idea, Veronica se asustó. Como recobrando el conocimiento, parpadeó y después salió huyendo de la estancia. Corrió entre los pasillos oscuros del castillo, sorteando en su camino a toda clase de gente. Algunos le gritaron, pero nadie le dio alcance. Se escondió en los establos, en la cuadra de su pony, Horacio. Y allí estuvo un rato hasta que por fin se calmó. De vez en cuando se asomaba para ver si alguien la buscaba, pero nadie parecía estar llamándola en la zona de las caballerizas o el patio interior de armas. No entendía muy bien lo que le había sucedido y le daba algo de miedo pensarlo, así que se dedicó a acicalar a su pony hasta dejarlo reluciente.

–Voy a ver si encuentro unas manzanas o unos azucaritos. Ahora vengo –le dijo más tranquila y contenta. Quizás pasaría a ver a Tizón también, que hacía mucho que no le iba a visitar. Al comprobar que no estaban ninguno de sus tutores por ahí cerca, salió de su escondrijo. Al cruzar las caballerizas y mirar al patio, sin embargo, le pareció reconocer una figura amiga. La joven bruja se detuvo de inmediato y analizó el pelo ondulado y las vestimentas oscuras. La altura también era semejante y, al menos por detrás, no tuvo dudas de que debía de tratarse de Poe, a quién había conocido en Regna Ferox. Emocionada por volver a verle, olvidó que debía pasar desapercibida y corrió al encuentro del hombre. –¡Poe, Poe! ¡Soy yo, Veronica! –le dijo con voz alzada. No obstante, Poe no se giró a verla. Su gesto pasó de ser uno de grata sorpresa a uno de indignación. ¿Acaso se atrevía a ignorarla?, ¿a ella?, ¡qué desfachatez! Fue hacia él con pose de enfado. –¿Estás sordo o ciego, Poe? ¡Préstame atención! –le exigió con infantilidad mientras le tiraba de la capa para que no se alejara más. Una gran mueca de ira arrugaba su rostro aniñado.
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Mensaje por Pelleas el Jue Jul 25, 2019 7:55 pm

Una vez concluido el torneo en tierras alteanas, muchos eran los que elegían permanecer en la nueva colonia, fuera para instalarse a trabajar y subsistir en un sitio pacífico o tan sólo para disfrutar un poco más los aires festivos y el ajetreo del lugar. Después de todo, cada vez eran menos las reinos que podían gozar de un aire a vida más o menos común, evocando el modo en que las cosas eran tres años y poco atrás, y aún menos los que realmente alcanzaban una atmósfera alegre. Era perfectamente comprensible por qué resultaba deseable. No obstante, sumaban otros tantos los que se apresuraban fuera apenas el asunto se daba por terminado, de regreso a sus hogares o en continuación de sus viajes. Teniendo aún un amargo recuerdo de la impresión que él y su magia habían dado en Altea en el pasado, por lo demás atado por completo a sus deberes en el hogar que le esperaba de regreso cuanto antes, Pelleas estaba en aquella segunda categoría. Apenas había terminado el torneo y él había recibido los honores correspondientes al segundo puesto, había empacado sus pertenencias, ajustado cuentas con la posada en que se había hospedado y conseguido un carruaje cerrado, costoso, que le llevara sin interrupciones a Nohr. Imaginaba que desde allí o bien desde Hoshido podría tomar el navío que necesitaba a Durban, donde enfilaría enseguida a Daein.

Sus condiciones al movilizarse eran un poco incómodas, mas por supuesto, tenía también intención de parar a presentar respetos a la familia real en Krakenburg. No le restaría tiempo de viaje y lo consideraba no sólo necesario, sino que un agrado que no estaría tan mal tener. Como mínimo, para disculparse con el príncipe Xander por no haber podido verle tras su enfrentamiento y platicar más tendidamente, al menos una tarde. En no más que un día de viaje arribó y aunque, como siempre, se le dificultase hallar libre por mucho tiempo al príncipe, el recibimiento que tuvo fue más que cordial. Decidido que cenaría y pasaría la noche en el castillo, para partir a primera hora a abordar un navío en la costa de Hoshido, se halló a sí mismo con un intervalo desocupado en la capital oscura. Sin desear interrumpir más a su amigo y anfitrión ni a nadie, halló suficiente comodidad y aplomo como para pedir a alguien que pudiera escoltarlo al templo cercano, donde gustosamente pasaría el resto de su tiempo.

Hacia allí salía, guiado por una mucama, cuando comenzó a llamarle por otro nombre una voz que ni siquiera reconocía. Desde luego que no se dio por aludido y siguió adelante con lentitud, en extremo cuidadoso en su andar, hasta que el tirón en su capa reclamó sin fallo su atención. Esa vez sí tuvo que parar, confundido y embargado de ansiedad. En particular, porque la acusación de sordo o ciego ameritaba una respuesta muy, muy incómoda. Pelleas vestía en ese entonces una gruesa capa negra, de pesada caída, cuya capucha alzada cubría no sólo la cima de su cabeza, sino que caía hasta la mitad de su rostro, asegurada por una pieza dorada propia de un sacerdote. El motivo de ello era, precisamente, cubrir sus ojos bajo sombra segura. No estaba lo que se llamaba “ciego” per se, mas había incurrido en la misma Regna Ferox en un accidente con magia de luz, que había quemado su vista; como resultado la tenía aún en exceso sensible, incapaz de abrir los ojos en siquiera la menor luminosidad ambiental sin que le doliese terriblemente la cabeza entera. La necesidad de explicarse, de excusar aquello ante alguien que sonaba tan ofendida con él lo dejaba varado. Más aún, sin siquiera saber quién lo reclamaba así. Intentó volverse en la dirección en que los tirones lo querían, aunque era difícil definirla.

- Uhm-- ¿q-quién es? ¿Princesa… Corrin? ¿P-Princesa Elise? - Balbuceó entre tanto. Apenas conocía a los demás miembros de la familia real de forma distante, a nivel de saludo y de saber nombres. No pasaría a tener más sentido ese trato si fuera alguna de ellas, pero él no estaba para cuestionar ni mucho menos. En la confusión de momento, ni siquiera razonó que “Poe” era un primer nombre e incluso uno que conocía, por haberse topado ya en una instancia con un Poe Malthus. - ¿Me llamaba a mi? No entiendo… -

Por supuesto, la mucama no dejó las cosas seguir marchando como iban. Apresurándose junto a Verónica, le instó a soltar la capa ajena, amonestándola por lo bajo, con urgencia y nerviosismo, y pidiéndole que se diera cuenta de que trataba con el príncipe Pelleas de Daein. Enseguida le habló también a él, disculpándose con tres inclinaciones por lo que acababa de suceder. - No, está bien, es sólo que no puedo… un momento. - Intercedió el hechicero. Creyendo haber comprendido entre todo en donde se hallaba la joven de voz aguda que le pedía, y confiándose un poco a los cielos siempre grises y oscuros de Krakenburg, alzó sólo un poco su capucha. Entreabriendo los párpados, sus ojos cegados, con las pupilas tan dilatadas que hacían ver ennegrecido todo el iris, buscaron a la persona. A la escasa luz de tarde nohriana, que aún parecía demasiado brillante, distinguió un poco la figura bajita, de cabello claro y frondoso. Incluso mal vista, no creía que fuera Elise. Ni nadie que conociera.


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Mensaje por Veronica el Vie Ago 02, 2019 12:21 pm

Veronica no pudo creerse que el hombre al que agarraba de la capa no se tratase de Poe. Lo primero que pensó fue que la había engañado descaradamente con esa capa que llevaba. La impresión que la joven bruja tuvo del desconocido no mejoró con las palabras que pudo escucharle decir entre balbuceos. Alzó una ceja y arrugó la nariz. –¡Soy Veronica de Emblia! ¿Cómo voy a ser Corrin o Elise? Corrin ni siquiera está aquí –le informó con tono pedante. El nombre de Corrin le provocó una punzada en el pecho. No quería admitirlo, pero echaba de menos pasar tiempo con la princesa como lo habían hecho durante el torneo en Regna Ferox. Sin embargo, Corrin había tenido que partir a Hoshido y ella se había tenido que quedar en Nohr para acompañar a Xander en sus conquistas. Había preguntado ya; quizás le dejarían ir a Hoshido dentro de poco con la princesa Camilla, pero aún no estaban hechos los planes del todo. Mientras, Veronica debía estar sola en todas sus clases, solo acompañada de sus tutores y a veces de Feh, pero incluso su mejor amiga se cansaba de estar siempre enjaulada.

¿Por qué había tenido que recordarle ese señor que Corrin no estaba allí para comer manzanas de caramelo con ella? Le miró con aún más enfado por ello, culpándole con ojos rojos de todas sus desgracias. Poco a poco, una energía oscura y pesada comenzó a emanar de ella. Primero como una simple sensación de inquietud que iba aumentando hacia el miedo absoluto según Veronica se enfaba más.

–¿Qué es lo que no entiendes? Me has hecho confundirme de persona con esa capa que llevas. Pero ya me queda claro que no eres Poe… –habló Veronica por encima de la voz de la mucama, a la que apenas dedicó un gesto torcido antes de apartarse de ambos con un “hmp” de indignación. Tanto balbuceo le ponía de los nervios. Su madre había odiado a las personas que balbuceaban, había dicho que eran débiles de espíritu, y Veronica había crecido con la misma opinión. Ella hablaba alto y claro para que todos supieran lo que pensaba. No pudo contener el malhumor ante las palabras de la criada que la regañaba delante del extraño como si fuera una niña pequeña. ¡No había sido culpa suya! ¡Príncipe, le llamaba! La joven bruja no se lo creía. Si fuera un príncipe habría llegado con su comitiva real y un caballo o algo, y la gente gritaría su nombre como lo hacían con el príncipe Xander. Pero ese desconocido viajaba cual mendigo. Sin ninguna pompa ni circunstancia.

Veronica se giró hacia la mucama, algo envidiosa además por las reverencias que él recibía y que ella no. –A ver, ¿cómo va a ser un príncipe si no tiene tiara? ¡Lo que tiene ahí arriba no cuenta! Lo tienen otros sacerdotes, que les he visto yo. Pero eso no vale como tiara. –Veronica pensaba más en líneas de los adornos reales que había visto en los príncipes y princesas de Nohr. No había conocido a mucha más realeza ni sabía bien el modo en el que se vestían en Daein. Y mientras Veronica lanzaba dardos y más dardos verbales contra el forastero, la criada quiso arrastrarla lejos para evitar un conflicto mayor, pero el aura que la sacerdotisa emanaba se lo impidió. La habilidad atacó a la pobre mujer con salvajismo al reconocerla como un enemigo. La hizo temblar de miedo, pero Veronica ni siquiera se dio cuenta de lo que estaba haciendo. No sabía siquiera que su poder se estaba manifestando de esa manera.

–Y, para tu información –continuó sin descanso–, esconderse la cara no es NAAAADA principesco. –Y podría haber seguido diciendo cosas, pero la identidad del hombre quedó a descubierto. Veronica se quedó con la boca abierta de par en par, los ojos rojizos atónitos. Tras unos instantes de muda observación, salió de su cuerpo un chillido infantil de sorpresa. Señaló a Pelleas con el dedo índice de una mano y exclamó:

–¡YO SÉ QUIÉN ERES! ¡TE VI EN EL TORNEO! –entrecerró los ojos y, con un tono muy acusador, dijo: –Tú venciste al príncipe Xander. –Nunca se olvidaría de aquel combate donde había primado una oscuridad tan densa y feroz que le había puesto la carne de punta. Aunque el resultado no había sido el que ella hubiera favorecido, y después hasta había llorado un poco por preocupación ante el estado del príncipe, había disfrutado como nunca ese enfrentamiento. Y había admirado al sabio arcano capaz de derrotar a un honorable conquistador y príncipe de Nohr. No sabía si debía caerle bien o mal. Esperaría a que hablase y ahí ya decidiría. Por el momento, le retó con la mirada.
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Mensaje por Pelleas el Vie Sep 20, 2019 12:49 am

Presionado, inquietado bajo los tirones, la voz imperiosa y todo lo que seguía ocurriendo a su alrededor, no sabía ya si clarificar que no conocía a alguien llamada Veronica ni a la localidad de Emblia, que sí conocía a un Poe si es que de algo servía el hecho, ambas cosas o ninguna de ellas. Lo único que sabía con certeza era que debía disculparse, sentía poderosa necesidad de, aún si no terminara de explicarse cómo era su culpa aquella confusión; sólo hacía falta un carácter fuerte indicando que así eran las cosas, para que él también así las tomara. Y si bien conseguía, entre su confusión e indecisión, comenzar a vocalizar inútiles “um”, “eh” y demás amagos de sílabas para al menos tomar turno de habla, siempre atascándose en la temible carga que era una primera palabra, nuevamente se presentó algo capaz de anonadarlo y callarlo: su identidad, su título, era cuestionado con fiereza. No podía sino llevarle a la mente la noción de cuanto le gustaría, aún entonces, poder presentarse como un mero hechicero, un estudiante persiguiendo más conocimientos de lo arcano, pero si aquello se tornaba en un verdadero problema, si tenía que ser molestado su anfitrión u otro miembro de la familia real para corroborar quién era él…

- N-No, yo… esto… - Intentó, mas casi enseguida se detuvo, tragadas las palabras, permaneciendo quieto y atento a lo que de repente estaba notando. Su mano aún sostenía su capucha, sin embargo Pelleas se permitía cerrar los ojos de regreso, más capaz de prestar atención de ese modo a lo que ocurría. Sobre el trasfondo de la niña y la criada, podía percibir en la aceleración de su propio pulso, en el escalofrío danzando por su columna y en las oleadas pesadas de su inquietud algo ajeno, como la impresión de una presencia avecinándose o de algo helado cerniéndose sobre su cabeza, cuando verdaderamente no eran más que tres allí, en un sitio en que ni siquiera el viento se movía. Un mal augurio. Quien conocía la bebida reconocía el ardor preciso en la garganta; así mismo él, quien tantas veces había percibido esa inquietud particular e inexplicable, no tenía la menor duda de lo que era. Y tras un instante más de sopesarlo, tampoco de su procedencia.

Mas antes de que se diese cuenta, la joven de quien se originaba aquella aura estaba recriminándole directamente otra vez. Le rozaba la capa con el dedo al apuntarlo, le gritaba, pero Pelleas no podía sentir sino alegría por su aparición ahora, aún contra el nefasto efecto presionándolo por dentro. Esta vez, por tanto, su respuesta no se hizo demorar. Bajando la mano, y con ello la capucha de regreso sobre sus ojos y la mitad de sus rasgos, habló por primera vez seguro y claro. - Y usted es una bruja. Una usuaria de magia negra. - Hubo hasta ánimo en su forma de decirlo. No había momento en que no se regocijara de hallar a otro como él, aquellos que hasta juraría sentir familiares, sólo por cultivar en su interior algo de la misma energía que conocía tan bien. Desde luego, comprendía que sus palabras podían resultar algo sorpresivas, algo fuera de lugar, por lo que se apresuró también a explicarse, una sonrisa dibujándose instintivamente en sus labios. - Lo siento, no le veo… no veo, quiero decir. Pero estoy seguro de que lo es. Siento su maldición. - Y al mencionarlo, aún a ciegas, su cabeza se volvió en la dirección general de la criada que retrocedía y se miraba las manos temblar, pasmada por su propia reacción. - ¿Por qué maldice…? Creo que será mejor si… -

Allí sus palabras se perdieron, reemplazadas por el murmullo de un pasaje particular, un conjuro para el que no necesitaba abrir un tomo. Su mano, gruesa y poblada de anillos enjoyados, se alzó como si intentase apuntar a la mujer, si bien erraba y se dirigía un buen trecho más a la izquierda. Aún así, su propia contramaldición no tardó en mostrarse: un vapor intensamente púrpura brotó fuera del pecho de la criada, se arremolinó en torno a la mano de Pelleas y pronto desapareció en el interior de su palma, que se cerraba como para contenerlo. El mal augurio siendo extraído del cuerpo de la víctima y absorbido por el del otro hechicero. Respetaba el trabajo de una compañera de disciplina, pero dada la circunstancia de que esa criada era la escolta de un casi ciego que en verdad la necesitaba y que, por lo demás, le inspiraba demasiada empatía sentirla aterrada, consideraba necesario aliviarla del efecto. - Muy bien. - Se susurró, apretando la mano un poco más para contener el temblor casi espasmódico de todo su brazo, luego bajándola para que la manga de su túnica lo ocultase. Mucho más habituado a experimentar esa sensación que una persona ajena a tales artes, era capaz de aceptarla, de recibir dentro de sí el temor artificial, hasta que pudiese disiparlo por completo. Respiró leve y, ya habiendo perdido el sentido de la dirección de la pequeña bruja, se dirigió a ella con un ladeo vago de la cabeza.

- En efecto, combatí contra el príncipe Xander. Es, um, es cierto que soy Pelleas, hijo de Ashnard, príncipe de Daein… - Había un cierto tono de disculpa en ello; disculpa por no hacer su estatus notorio con más claridad. Aunque suponía que ahora, por fortuna, podía contar con que se le creyese. Se abstuvo de decir más sobre su enfrentamiento con el príncipe Xander, pues aún resultaba increíble para él que hubiese existido un ámbito en que superó a tan excelsa figura, y sólo preguntó ya con más soltura, con ánimo. - ¿Estaba usted participando en el torneo? -

Spoiler:
Por si las dudas, lo que usé con libertades narrativas (???) fue [Entrenamiento] Possess your demons back. [Priv. Pelleas] Maldicion Inventir maldición <3


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Mensaje por Veronica el Mar Nov 05, 2019 6:27 pm

Por un lado, Verónica quería que Pelleas le cayera bien: no todos los días se podía conocer a un sabio de magia arcana que pudiera derrotar al príncipe más poderoso de Nohr y a uno de los mejores conquistadores de su era. Alguien así era digno de su total admiración. Sin embargo, al mismo tiempo, tenía cierto recelo; aquel hombre había vencido al Príncipe Xander y, por ende, había hecho daño a la persona a la que más admiraba. Ambas posturas se enfrentaban en su cabeza, por lo que prefirió que fuera el mismo Pelleas quien la convenciera con sus palabras ya que ella no se ponía de acuerdo. Siempre estaba la posibilidad de que fuera un estúpido que había ganado gracias a la suerte, aunque la magia que pulsaba a su alrededor desmentía tales pensamientos. Fuera como fuera, Veronica esperaba palabras muy diferentes a las que recibió. El tartamudeo del príncipe de Daein había dado paso a un tono de voz mucho más directo, sorprendido pero emocionado. Había agrado en la forma en la que se refirió a ella como una bruja, como una igual. Veronica se quedó mirando al hombre momentáneamente muda, con los ojos rojos muy abiertos y la tez de las mejillas ruborizada.

Habiendo nacido en una familia que se había dedicado al sacerdocio de Anankos y a las artes oscuras por generaciones, la joven bruja nunca había echado en falta a otros como ella. Lo había tomado como la norma. Solo al llegar a Krakenburg había descubierto que su pequeña burbuja no era lo usual. Los elegidos por la oscuridad no eran tantos como había pensado en un inicio. Había muchos más soldados diestros en la espada o en la lanza, e incluso aquellos que habían elegido la magia elemental en vez de la arcana.  En Regna Ferox la situación había sido incluso peor: había tenido que mantener ocultas, en la medida de lo posible, sus habilidades como maga oscura y su vinculación con Nohr y Anankos. Salvo con algunos participantes del torneo, no había sentido ningún tipo de conexión mágica con nadie, no de la manera en la que notó cómo el poder de Pelleas reaccionaba al suyo como si de viejos amigos se tratasen.

Algo dentro de ella se removió de forma extraña. Por un lado, la candidez y alegría del príncipe al reconocerla como una compañera de profesión hizo que Verónica dejara de lado sus comentarios mordaces. Se le subió un rubor inusual a las mejillas pálidas y le palpitó el pecho con fuerza y una emoción que no supo bien de qué podía tratarse. Tenía un sabor demasiado parecido a cuando Xander, Corrin o Camilla le decían algo agradable o reconocían su valía. Pero no tuvo mucho tiempo de pensar qué era. ¿Qué era esa maldición de la que hablaba? Observó con ojos atónitos, grandes en su rostro de niña, como una magia púrpura, densa y familiar era extirpada del cuerpo de la sirvienta. Verónica frunció las cejas, claramente sin entender muy bien de dónde había venido tal poder. –Por Anankos, ¿qué …? –preguntó y miró a la criada como si le hubiera salido otra cabeza. La mujer parecía que ya podía respirar con más facilidad, pero apenas pudo moverse se colocó al otro lado del príncipe para no tener que estar cerca de la joven bruja.

¿Era eso obra suya? No tenían a nadie más a su alrededor. Solo ellos. Y no tenía sentido que el príncipe la hubiera maldecido para luego quitarle la maldición. Pero ella no recordaba haber deseado que eso le sucediera… aunque sí que había querido que se callara y que la dejara en paz y que desapareciera de su vista. Aún estaba meditando el asunto cuando el hechicero le volvió a hablar. –... ¿El torneo? No pude participar porque… –empezó a decir, pero la sirvienta intentó dirigir al príncipe hacia otro lado con un brazo, como recordando que tenía un trabajo que cumplir. Aún respiraba agitada, pero la compostura había vuelto a sus gestos y expresión corporal. También cierta desaprobación que no dudó en usar contra la joven bruja.

–Alteza, por favor, sígame. Lady Veronica, ¿no tendría que estar en clase de protocolo? Debería llamar a su tutora para que la venga a buscar.

Veronica entornó los ojos al reconocer de inmediato lo que la mujer trataba de hacerle. ¡Quería dejarla de lado! Por cosas como esas odiaba la corte y a todos en ella. Xander, Camilla y Corrin no contaban porque, para empezar, no eran personas muy interesadas en esos asuntos, según ella había podido ver. Pero los demás eran otra cosa. Veronica no se dejó amedrentar. Agarró al hechicero del brazo, encima de la capa, y tiró de él en su dirección. –No tengo tiempo para el estúpido protocolo. El príncipe Pelleas y yo tenemos mucho de lo que hablar. Cosas de sabios arcanos, tú no lo entenderías. –Una idea se iluminó en su cabeza y exclamó, satisfecha y con tono de mando: –¡Una fiesta de té! Eso tendremos. Con esas galletitas que hace Seimei y el té que me trajo Corrin de Hoshido… Aunque… –Sus tutores debían de estar buscándola después de haber huido de ellos. Y había roto una taza… No, no podían ir a sus aposentos, no estaban preparados para una visita.

–¿A dónde vas a llevarle? –preguntó Veronica a la criada, pero no esperó su respuesta antes de seguir hablando, más pendiente de sus ideas que escuchar las de los demás–, porque nos pueden poner allí una mesa del té y así hablamos del Torneo… Tengo muchas preguntas y quejas. Dejar participar a subhumanos… No esperaba algo así incluso de la patética gente de Altea… ¡Vayamos ya!

La joven bruja fue a tirar del brazo del príncipe de nuevo para arrastrarle en la dirección que ella quería, cuando, por culpa de la diferencia de altura entre ambos, le agarró de la mano enjoyada en vez de tirarle de la capa. Antes había tenido cuidado de no cometer un error de principiante, pero con la emoción se había olvidado de que una bruja que se preciara no debía tocar las maldiciones o conjuros de otro mago si no quería atenerse a las consecuencias. Su magia, en posesión del príncipe, reaccionó al contacto directo con su usuaria en forma de masa púrpura, que salió despedida entre ambos.  Veronica no pudo controlarla sin tener abierto su tomo de ruina. Un fuerte dolor de cabeza le traspasó la sien y la obligó a agarrarse la cabeza.

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–No, ahora, no… –dijo. No era momento de escuchar esas voces que después siempre la dejaban confundida y cansada.
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Dark Mage

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Sacerdotisa de Anankos

Autoridad :
★ ★

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Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
Gema Opaca
.
.
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Support :
None.

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Gold :
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Mensaje por Pelleas el Lun Dic 16, 2019 9:51 pm

Realmente no le molestaba la idea de detenerse a hablar con una hermana de doctrina, más bien le infundía de ánimo, aún si no la conociese de antemano y aún si su aproximación inicial hubiese sido un tanto confusa e imperiosa. Hacía falta mucho para que Pelleas reaccionara en contra de actitudes ajenas, y aquel elemento en común que tenían haría que faltase tanto más. Pero la criada, que de repente sentía por su lado y tomándole el brazo para guiarlo, tenía razón. Estaba siendo escoltado a un destino en particular, donde ya se le había avisado a su anfitrión que estaría hasta la cena, sería problemático de su parte cambiar de idea y hacerle llegar al príncipe heredero los avisos de que deambulaba por ahí, lo mismo para con ocupar el tiempo de la criada en vueltas adicionales, cuando suficiente debía pesarle tener que guiarlo físicamente gracias a su actual discapacidad. Recordado de su propósito, enseguida se dispuso a excusarse. Como todas las veces, su cabeza se volvía en la dirección en que suponía que estaba la persona a la que pretendía dirigirse, nunca atinando con exactitud. - Es verdad… espero que me disculpe por haber tocado su magia, sé que no es cómodo, pero ahora yo debo… -

Pero no sería así, al parecer. En contraste al cuidadoso y formal contacto de su guía y lazarilla temporal, apareció en su otra manga un nuevo tirón de parte de la pequeña bruja. Quería quedarse con él, al parecer, pese a no haber sido quien esperaba que fuera. Cosa que al daeinita no le molestaba en absoluto, desde luego, si de “cosas de sabios arcanos” quería hablar, difícilmente podrían sugerirle opción que le gustara más que esa para la disposición de su tiempo. Era sólo que resultaba difícil expresarse entre la criada que intentaba formular excusas de un lado, y la voz aniñada que sugería fiestas de té del otro. Y valía la pena preguntarse exactamente quién era la chica en verdad, para hablar tan cercanamente de una princesa de Nohr y del sirviente personal del príncipe Xander, todos nombres que Pelleas también reconocía pero que ni él utilizaría con tan personal confianza. Pero para aquello habría otro momento. Por lo pronto, lento en quitarse lo pasmado, Pelleas atinó a aclararse la garganta y responder la pregunta que se había hecho con claridad.

- ¡Um…! Me dirigía al templo, quería visitarlo nuevamente. Y, bueno, mientras sea allí donde permanezca, no creo que sea problema que la señorita Veronica venga, ¿no es así? - Empezó por allí, esta vez sabiendo volver el rostro encapuchado y cubierto hacia la mujer a su derecha exitosamente. No necesitaba verla para percibir, en alguna forma, la incredulidad y confusión que la frenaban ante el príncipe poniéndose del lado de la niña en el asunto. Pelleas carraspeó. - Quiero decir, no creo que sea necesario molestarse con una mesa de té, pero… a mi no me molestaría, en efecto, creo que tenemos bastante de qué… - Fue justificándose, su voz perdiendo volumen y convicción progresivamente, hasta que se convenció de que sólo estaba siendo redundante y, en cambio, se interesó en responderle a cuenta nueva a la joven bruja. Lo que había oído de ella no sólo le hacía sentir muy capaz de responder, sino que le inspiraba necesidad de hacerlo, hablando algo aprisa al espacio sobre la cabeza de ella. - ¡Yo también tuve que enfrentarme a una subhumana en el torneo…! Justo después del príncipe Xander. Fue desagradable… no sabía que los habría allí. -

Cuanto coincidían, sin dudas a coincidir en más. Sin palabra que mediar si tan de acuerdo estaban los invitados de Krakenburg entre ellos, la criada no tuvo más opción sino olvidarse de sus reservas para con Veronica, permitirle al príncipe extranjero su voluntad e indicarle en un suspiro largo a la menor que les siguiera. No estaban lejos del destino. Sonrisa culpable en los labios, Pelleas intentó mantenerse orientado al momento de continuar camino, mas el roce en su mano y la pequeña corriente mágica causada, naturalmente, llamaron también su atención.

Aunque echó a caminar por donde se le llevaba, su cabeza se movió como en instintiva respuesta a un llamado sordo. Había sentido la maldición escaparlo de golpe, en lugar de morir paulatinamente en su interior. Un intento sin mucho sentido de retornar a la conjuradora original, lo que ocurría ordinariamente con los hechizos interrumpidos o fuera de control, siempre lanzándose de regreso a sus dueños; uno de los efectos adversos contra los que debían guarecerse los magos negros si no conjuraban con suma atención y presencia de sus facultades mentales. Sintiendo a la magia redirigirse con una nota de su inherente agresión hacia la niña, el daeinita comprendió a la perfección lo ocurrido. Comprendió, también, que contrario a su impresión anterior, la maldición había estado fuera de control desde el principio, que se había alzado como un animal oportunista que encontraba las aperturas de su jaula. Ahora que la había tomado ya una vez, no era difícil terminar con ella, en ese caso.

- ¿Veronica? - Sin ser su intención, hizo eco a la voz de las sombras. Algo como eso no debía de haberla lastimado gravemente, pero valía la pena cerciorarse. Deteniéndose un instante, se murmuró tenuemente, apenas moviendo los labios, la palabra final que equivalía al deshacer de la maldición, uno de tantos términos arcanos intraducibles, pero cuyo sentido aproximado los magos podían comprender. La magia rebelde y suelta se desvaneció en el aire con un siseo, como ascua terminada de quemar. - No debería haber más de eso ahora. Cuando se lanza una maldición, es mejor que se le de un punto de finalización también… se torna errática si queda suelta. - Se explicó con calma. En Nohr, no temía hablar de tales asuntos en voz alta, en público. Reanudó el paso, excusándose con la criada a la que había hecho parar con él.


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