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[Campaña de Conquista] Adalid de la Duna [Priv. Franz & Gangrel]

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Mensaje por Invitado Dom Abr 21, 2019 1:04 pm

Franz miró al horizonte, dejando el gran saco en el suelo. A sus pies se extendia toda Jehanna. Habia oido rumores en el primer momento en el que habia pisado las costas de Senay de que habian grandes masas de gente, mercenarios, dirigiendose al continente de Magvel para tratar de llevar a cabo una reconquista. Franz, incapaz de decirle que no a un viaje "gratis" escondido en el barril de la fruta, y una misión basada en matar a los pocos emergidos que se le acercaran... era un grito claro de las monedas a entrar de forma directa en el ya de por sí escualido bolsillo donde él guardaba cosas tan insustanciales como el dinero, las pulseras olvidadas de los niños pequeños y alguna que otra reliquia perdida que a nadie le importaba ya.

Franz bajó por la colina desértica en la que se encontraba. Arena, arena en todas partes. Con un poco de suerte ya tendria arena en los zapatos, y con un poco más la próxima vez que estornudara no echaria aire, sino motas de tierra y polvo por igual. Cubriendose de una próxima tormenta con el brazo, Franz trató de ubicarse en relación a las tropas de las que formaba parte. Era una situación bastante desfavorable, ya que él tenia la sensación de que los Emergidos no tenian ninguna desventaja al estar cubiertos de arena, ni parecian tener necesidades como las suyas, aunque no tenia forma de saberlo. Era él el que habia decidido quedarse a vivir con ellos? El que trató de descubrir sus rutinas? A decir verdad, no era algo que se plantease hacer, ni hoy, ni el dia siguiente, ni cuando él encontrase algún lugar donde quedarse quieto definitivamente. Franz alzó la mirada y se dió la vuelta, mirando al comandante del ejército.

- Vale... Supongo que me estoy haciendo ya la lapa de nuevo... pero podrias decirme donde los enemigos han decidido plantar el campamento y ponerse a quemar viandas? Caminar por todo este sitio no debe de ser nada cómodo para tus... "concubinos", si así se les puede llamar a todos los que van chupando los pies del primer rey, príncipe o noble que se crucen. Y aparte, no me gustaria que mi hacha se mellara sin antes clavarse a alguien.

Tras eso, Franz se dió la vuelta, esperando una respuesta pero esperando también a que apareciera el enemigo, solo por evitar ser tomado por sorpresa.
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Mensaje por Invitado Jue Mayo 02, 2019 2:57 pm

¿Y qué clase de líder sería él si no engrosara segundo tras segundo sus filas? ¿Qué clase de gobernante sería él si dejara que sus números disminuyeran? A parte de cuidar de cada vida como si fuera el mayor recurso (Que lo era), Gangrel no dudó ni un segundo en contratar una masa ingente de mercenarios de menor calidad que sus tropas, carne de cañón que se sacrificara en contra de los emergidos para mantener a salvo a las tropas del Tercio. ¿Qué clase de futuro amo del mundo sería si no usara todos sus recursos para poder mantener y construir el próximo nuevo orden imperial? Obviamente, uno pésimo. Y eso era lo que iba a tener que evitar. Él quería ser recordado en cuadros de oro. Y para que se cuelgue un cuadro así en el pasillo de un palacio, se ha de poner una pared de sangre detrás.

Una nueva remesa de mercenarios llegaba desde vete a saber qué punto del mundo. Incluso de entre los países más dracomantes, habían tropas que ahora le servirían por el poder del dinero. Y no había nada más que concretar.

Ataviado con su traje de general de la marina (que consistía en una simplificación de su armadura sin tanto metal y mucho más ligera, preparada para combatir rápidamente), y apoyándose por pura etiqueta sobre un bastón de marfil blanco, símbolo de su gigantesco poder como rey de Plegia y general de esos ejércitos que ahora intentaban dominar el antiguamente glorioso continente de Magvel.

Rodeado por los coroneles del Tercio, el emperador miraba el nuevo mapa del objetivo, en una de las muchas llanuras que tenían que invadir para llevar a cabo el plan: cortar en dos Jehanna para mantener divididos los ejércitos emergidos en cuatro sectores: el de Renais, que debería caer a manos del rey Ephraim, el de Carcino, que estaba ya dominado por Plegia en su casi totalidad, la antigua Rausten y Jehanna. Divide y vencerás. Eso lo sabía cualquier estratega plegiano, pues la rápida acción para recortar Manster en pedazos y apartar a las masas de emergidos las unas de las otras fue crucial para tomar las costas en cuestión de días.

Se rascó la barba mientras miraba cómo por la lejanía se situaban las tropas mercenarias, mezclándose con los experimentadísimos Tercios de Plegia, que se mantenían en sus formaciones rectangulares casi perfecta a pesar de la llegada de armaduras de todos los colores y soldados de todas las etnias y pueblos de los muchos países que en muy poco le acabarían perteneciendo.

Mas normalmente, estos soldados no se acercaban a Gangrel por puro respeto y temor al que iba a pagarles. Y esto solía ser ley imperturbable: solo si el rey hablaba con un mercenario este le dirigía la palabra.

Ese día vio cómo por sorpresa, uno de esos hombres se le acercaba. Miró por unos segundos impresionado al coronel que más a su derecha estaba, arqueando una ceja incrédulo, gesto que imitó el hombre. El protocolo marcaba que habían… Ciertas normas a seguir para hablar al emperador. La primera, no menos importante, es que no se podía hablar con el emperador de esa forma. Giró la cabeza para dirigirse a él, posando su mano derecha en la cadera y la otra rascándose la perilla, con severidad. Frialdad.

-…Mis… Concubinos. En fin –giró la cabeza de nuevo, para mirar al frente, señalando un pequeño montículo entre las dunas- Ahí se encuentra un importante fortín. Oculto entre las dunas, ese punto es estratégico en la máxima acepción de la palabra –uno de sus estrategas miró el mapa, mirando al lugar por el que apuntaba el rey para corroborar que en efecto, estaba ahí- Y… Vamos a atacarlo. Prepara tus armas y por favor, sé competente. Como vuelvas a insinuarte de esta forma ante Gangrel I de Plegia, Rey de Plegia, Futuro Emperador de Manster, Jehanna y Carcino, protector de Magvel y del Culto a Grima, Capitán General de los Tercios del Hálito Negro, señor de Ultramar y de los Océanos de Oriente, Gran Maestre Almirante de la Felicisima Armada de Plegia, Evangelizador de Occidente, Remontador de Poniente y Hermano Armado de los guerreros del Septentrión, vas a acabar tú siendo concubino de mi persona. Así que… Primero de todo, mi grandiosa y excelente persona va a preguntarte cómo cojones te llamas y por qué demonios has osado llegar hasta aquí, donde estamos los generales del Tercio

Cosita offrol:

Todo nombre que utilice Gangrel como título nobiliario más allá del de "Rey de Plegia" no tiene mayor utilidad que decoración pura para dar mayor complejidad a su figura.


Última edición por Gangrel el Jue Mayo 16, 2019 12:12 pm, editado 2 veces
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Mensaje por Invitado Vie Mayo 03, 2019 3:52 am

Franz miró detenidamente a aquel hombre. Ese bastón, junto con esa ropa. Un traje reforzado, con los adornos que debían ser típicos o de él o de su nación, ya que no se imaginaba a nadie llevando nada tan ostentoso, a menos que... ¿Rey de Plegia? Bueno, a decir verdad, ya se esperaba a un comandante de rango alto encargándose de toda la estrategia y demás pero... ¿Tanto se iba a arriesgar ese noble? ¿Qué le ocurriría a su pueblo si ese hombre moría? Alejando esas preguntas de su persona, miró de nuevo a Gangrel.

- ¿Quien soy? Supongo que hacer mención de que mi nombre es Franz de Lycia no le aclarará nada, pero decirle que soy el capitán de uno de los destacamentos de mercenarios supongo que ayudará a situaros.

Quizás podía ser una mentira casi obvia, pero la convicción con la que decía esas palabras era capaz de alejar cualquier pequeña duda que saliera entre los hombres de alrededor. Franz llevaba bastante tiempo preguntándole a soldados mercenarios y a soldados del "Tercio del Hálito Negro" por igual, consiguiendo solo unos "No lo sé" de los primeros y unos "Y a ti que te importa" de los segundos. Carraspeando, tratando de recordar lo poco que sabia de etiqueta, más concretamente de aquella tontería de hablar en tercera persona, aun sabiendo que iba a casi escupir toda palabra más formal de lo que seria ir en armadura a una boda del tío Hermenegildo con su hermana Leovigilda. Miró a Gangrel sin ningún atisbo de duda en su mirada.

- Digamos que los criajos que tenéis bajo su poder, a nombre de mercenarios, están más perdidos que una "respetable" anciana en un balancín. No saben donde ir y ninguno de ellos tiene el valor o las ganas de personarse ante "vuesa ilustrisima merced" por un nosequé de normas ante tal persona. Ahora que lo sé, supongo que iré a repartirles la información a esas infantiles criaturas que por tener un arma entre las manos ya se creen luchadores legendarios. Si me disculpas, oh, "Gran Rey I Emperador Evangelizador y Remontador de Occidente", iré a perder un poco más de mis habilidades de ser competente para arrearle una patada a la boca a mi destacamento y hacer que ellos se vuelvan competentes. Adiós y... "Que la fortuna sea con vuesa merced"

Tras ello, se dio la vuelta, mostrando su espalda, donde las marcas de una anterior lucha se hacían visibles con varios cortes en la ropa, remendados con hilo de la forma más rápida posible, aún dejando un aspecto visual algo pobre, que contrastaba con las dos hombreras rojas, bruñidas en bronce. Un fuerte en la arena... Iba a ser una misión difícil, encima a sabiendas de que no sabían nada de las fuerzas enemigas. No se iba a arrepentir si alguien moría y el no estaba atento. Sacando el hacha de su funda para revisarla, empezó a caminar lentamente en dirección a los campamentos, por si el "Gran Rey Gangrel" iba a decirle algo más, una reacción furiosa a sus comentarios, almenos.
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Mensaje por Invitado Vie Mayo 03, 2019 12:25 pm

Un hombre desafiante que se negaba a primera instancia a aceptar las normas de la etiqueta imperial. Sus favoritos. Era mucho más divertido ver cómo estos combatían que cualquier otro. Así, si morían, tenía doble motivo para reír. Y mucho mejor, hasta que llegaba el momento en el que algún emergido los empalaba, podía divertirse escuchándoles. Y lo mejor. Si estos eran capturados por el enemigo, solía ser menos necesario rescatarlos: desconocían demasiado como para llegar a ser un peligro para los planes de Gangrel. Movió el bastón entre sus manos mientras le escuchaba, mirando una pequeña esfera de rubí que había en la punta del mismo, y sobre la cual estaba inscrito el blasón imperial plegiano: un león coronado con un cáliz y una estrella sobre él. Meditaría con calma a medida que escuchaba. No. No necesitaba que los mercenarios supieran nada hasta el momento más útil y justo, para que no les diera tiempo a amedrentarse al saber que muchos serían carne de cañón para prescindir de las bajas entre los Tercios, tropas mucho más útiles y costosas de sacrificar. Lo mínimo debían saber. Solo los soldados del Tercio conocían las directrices de sus coroneles, y solo aquellos que verdaderamente eran voluntarios para realizar tareas de alto riesgo.

De todas formas, esa arrogancia potente que se mantenía a pesar de todo en el joven, hizo al rey “recular” en cierta forma. Le notificaría lo que iba a pasar ahí. Porque ya tenía ciertos planes en ese joven.

-Sea pues, capitán. Te llamaré Franz de momento. Escúchame. Me has caído relativamente bien, así que… Quédate por aquí. Ya enviaré a alguno de mis mensajeros para comunicar las órdenes correspondientes a la masa –el rey se acercó a él con lentitud, caminando sobre su bastón con lentitud para ir desenvainando una de sus dagas, que apuntaría ahora hacia el suelo y solamente por el momento- Escúchame. Sé lo que estás pensando. “Un niño de mamá, nacido en una cuna de oro y con sangre azul en las venas”. ¿Me equivoco? Pues bien. Te voy a contar un secreto –siguió caminando. Hasta colocarse a la misma altura que él. Un gesto casi inédito. Nunca nadie caminaba a su par si no era consejero suyo- Bueno. No es un secreto. Lo sabe todo el mundo y lo pone en los libros de historia. No tengo sangre noble y soy el único rey que ha llegado al poder con un golpe de estado en contra de la anterior monarquía… Y no soy un rey una vez estoy en este lugar. Soy un guerrero, estratega y general más, y muy experimentado en batalla. No llevo esta corona como otros, que no hay motivo alguno. Todo lo contrario. Soy un verdadero rey y mi pueblo así lo desea. Así pues… Compréndeme. En todo caso… Tú vas a tener cierta misión especial –arroja la daga hacia el frente, en dirección a aquel lugar que ese día tendrían que tomar- Verás. Para que mis campañas tengan éxito, siempre se necesita cierto “boicot”. Siempre se necesita que el Tercio acabe con el enemigo desde dentro. Una técnica que en clave llamamos “encamisada”. Armados con poco, un escuadrón debe infiltrarse entre las fuerzas rivales y acabar con ellos sigilosamente, debilitarlos y volverles débiles frente la gran columna plegiana

Se dibuja poco a poco una sonrisa en el rostro del emperador. Toda técnica que se ejecutaba en ese ejército era suya. Todas. Y todos sus estrategas se quedaban anonadados ante las técnicas maestras del rey. Inspirado por los antiguos tratados y los recuerdos de sus antiguas charlas con compañeros en la taberna respecto a cómo debían organizarse las tropas, había conseguido crear una estrategia inigualable y totalmente inimitable por ejércitos menos profesionales (es decir, prácticamente todos los que en ese momento habían en el mundo, exceptuando el de las grandes potencias como Nohr o Altea, a las que veía como los únicos que poseían un ejército capaz de competir contra el suyo en organización).

Ya no sería necesario ir con ese ostentoso bastón. Lo soltaría poco a poco, y en el mismo momento en el que parecía que este iba a caer por completo, ya había sido recogido por uno de sus coroneles, que se volvería a alejar poco a poco, haciendo una reverencia.

-¿Por qué te cuento esto? Obviamente, porque si diriges una guarnición de mercenarios… Vas a tener que informarles de ello. Me has caído bien. Si llegas vivo hasta que el fortín caiga, te recompensaré con un buen festín.
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Mensaje por Invitado Vie Mayo 03, 2019 1:13 pm

Franz paró en el momento en el que oyó hablar a Gangrel, y se dio la vuelta, expectante. Franz miró al rey, asintiendo al oír como explicaba todo el transcurso de su vida. Odiaba admitirlo, pero se había equivocado creyendo que aquel hombre era un noble. Aunque eso, a decir verdad, era algo que iba a guardarse de comentar, aunque por conceder una pequeña victoria no iba a ocurrir nada. Con una sonrisa a medias, aceptó quedarse ahí mientras veía como el emperador hablaba. Miró a la daga con curiosidad cuando este la sacó durante unos instantes, y volvió a mirar al rey cuando habló. Entonces, al ver que caminaba en su dirección y le pasaba por el lado, Franz siguió a la par mientras este le contaba sus orígenes.

- Un niño de mamá... Pues no, no puedo decir que te equivocas.

En ese momento, observó como la daga volaba hacia delante, apuntada en dirección al fuerte. El hombre empezó a hablar sobre un boicot, una emboscada a la fortaleza rival para mermar las fuerzas emergidas. Franz no pudo evitar contener una sonrisa pícara: Aquel hombre... Sabía como funcionaban las cosas. ¿Para qué pagarle a un mercenario muerto? Ese pequeño escuadrón estaría condenado a la muerte, y pocos supervivientes saldrían en buen estado de esa intrépida misión... Cosa que hacia increíblemente atractiva esa idea. De todas formas, estratégicamente no tenia ninguna falla: los emergidos serian debilitados sin ninguna perdida de tropas propias, el Tercio, si bien había mencionado antes el que quería coronarse emperador de Magvel, y encima se ahorraría parte de lo que iban a costarle los mercenarios. Era una jugada maestra. Si fuese una guerra entre naciones, en vez de luchar contra los emergidos, Gangrel seria un gran y duro rival para cualquier ejercito, cosa que iba a querer mantener en mente.

- En resumen, quieres que vaya con mi inútil escuadrón de mercenarios, nos colemos en su fuerte, deje que se maten entre todos e ir a abrirte la puerta, ¿no? - Con una sonrisa pícara observó de nuevo al emperador. Iba a ser complicado, pero esta vez no estaba solo. Había aprendido en Chon'Sin que el estar rodeado era muy peligroso, pero cuanto menor fuese la proporción, más posibilidades iban a tener. - Causar una distracción entre sus propias filas, obligarles a concentrarse en nosotros y luego vosotros los pilláis desprevenidos, ¿verdad? Si te digo la verdad, suena a reto. Me aseguraré de sobrevivir, y trataré de volver lo más ensangrentado que pueda, aunque eso me cueste un buen par de enjabonadas, también.

Tras eso, mirando al frente, se cruzó de brazos y asintió. Ya podían ser buenos esos mercenarios. ¿Esas hojas melladas? ¿Esos músculos tersos? ¿Todas las batallitas que se contaban entre ellos sobre quién consiguió derrotar a tal dragón o a tal demonio? Ya podían ser verdad, porque si ahora esos hombres caían a manos de emergidos... Emergidos normales... Se iba a reír. Reiría y luego seguiría luchando por su vida. Aún debía descubrir que demonios era la marca, ese grabado negro, con el emblema de una garza, que tenia en el hombro izquierdo. Ya le habían advertido varias veces sobre que debía alejarse de la sociedad, pero, ¿que derechos tenían ellos para decirle que hacer? Aún con la sonrisa en la cara, relajó los brazos y buscó con la mirada el destacamento al que pertenecía.

- Entonces iré a por mi destacamento y saldremos a atacarles desde dentro, ¿o hay algo más que se me deba de hacer saber?
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Mensaje por Invitado Sáb Mayo 04, 2019 10:53 am

Otra nueva mirada. Ese maldito seguía osando desafiarle con sus palabras. ¿Y qué debería hacer él? Lo normal hubiera sido darle una bofetada y enviarlo a algún burdel o cualquier otra cosa humillante. Pero no… Pensaba divertirse todavía más. Enviarlo a morir… No. Eso no era lo que tenía pensado. Debería divertiré un poco más con él antes. Como cierta represalia por esas innecesarias formas con las que se había dirigido a él. Hacía un par de meses, lo hubiera tolerado, pero cada vez necesitaba más respeto. Cada vez se volvía más importante en el mundo, y él lo sabía. Necesitaba dar la imagen de un líder respetado.

Miró las dunas del desierto nuevamente, poniendo ahora su atención en las tropas del Tercio. Se mantenían todos de pie. Todos en formación, manteniendo la calma con las lanzas en alto y conversando de una forma casi imperceptible. Eran un pilar. Podías ver a cientos de mercenarios hablando entre ellos, desorganizados, pero los pocos soldados que pertenecían a la que era la élite del ejército se mantenían impasibles. Desorden implicaba debilidad. Ni tan siquiera se esforzaban en mirar a los mercenarios de menor calidad que les rodeaban. No iban a codearse con ellos. Eso estaba completamente claro. Y eso era justamente lo que hacía a Gangrel enorgullecerse.

-Lo suponía. Pero sí. No te miento al decir que he nacido en la más humilde condición. Así que podríamos decir que somos bastante parecidos al respecto –su tono de voz sonaría un poco más cálido que anteriormente, casi desafiándolo a contradecirle- Pero bueno. No te voy a mandar a morir. Eso sería muy poco noble. Y es que… Voy a ir contigo, querido. Y créeme que solo con que yo esté, la victoria será clara. –rio. Su risa se extendería por todo el campamento- No solo soy un buen estratega. Soy también bastante bueno en eso de lo que es el sigilo. Ya lo verás. Bueno. En realidad no, porque la gracia es que si soy bueno en eso no deberías hacerlo. Pero ya se me entiende

Y entonces, el rey, en un acto bastante inusual, le daría una palmadita en el hombro al mercenario, sin parar de reír en ningún momento. Iba a poder combatir al fin contra sus rivales. Llevaba demasiado tiempo (tal vez eso fueran un par de días) sin poder clavar su arma sobre nadie. Una misión de alto riesgo era lo que necesitaba para mover su cuerpo un poquito antes de pasarse lo que le quedaba de vida preocupado por… Cierto proyecto imperial que tenía mucho que ver con su propia persona y Sarah.

-En fin. Creo que saldremos ya. No nos demoremos. Tú… Sígueme todo el rato y mantente tranquilito a mi lado sin destacar mucho.

Chasqueó los dedos. Sus coroneles comenzaron a movilizar los soldados, colocar la formación. Y Gangrel iría al lugar que le pertenecía. Una tarima alta que ya se había construido en especial para él. Con una silla por debajo para que pudiera esperar Franz y el resto de coroneles, hombres que a diferencia de él, destacaban por su edad que rondaba los treinta o cuarenta años y con rostros severos, todos ataviados con armaduras de materiales caros que solo dejaban al descubierto su rostro y parte de las manos.

Pero ahora Gangrel tenía otro deber. Ascendiendo por las escaleras, el rey pensaba ya en su nuevo discurso. Miles de personas estaban ahí, preparadas para el ataque. Gangrel empezaría colocando los brazos en jarra, con una sonrisa de oreja a oreja. El silencio inundaría entonces el campamento.

El monarca alzó la mano, haciendo el saludo a la romana, lo que sería imitado por todos sus soldados, y hasta por algunos mercenarios que se dejaban llevar por la ola.

-Camaradas míos –sus palabras resonaron por todo el campamento, hasta en las últimas filas. Su brazo volvió a descender, mientras el rey sacaba pecho con una mirada severa. La altura otorgada por la tarima y su imponente figura era suficiente como para hacer temer a cualquier soldado- ¿Queréis vosotros la guerra total? –Unas palabras comenzarían a expandirse entre las filas del ejército, con fuerza. “GRIMA SALVE A PLEGIA”, acompañando a su señor, que al escucharlas, dejaría de hablar, mirándoles todavía con dominancia. Hasta tuvo que hacer que se callaran moviendo con violencia su mano derecha hacia arriba, dejándola con la palma al descubierto, como si estuviera jurando ante la bandera- Si fuera necesario, ¿queréis una guerra total y más radical de la que hoy nos podamos imaginar? –“GUERRA, GUERRA”. Ahora hasta los mercenarios lo decían. Los soldados del Tercio se mostrarían nerviosos por primera vez- ¡SEA PUES! ¡QUE LA MASA EMERGIDA CAIGA ANTE NUESTRAS ARMAS! ¡DEMOSTRAD AL LEÓN DE AZABACHE, BANDERA IMPERIAL PLEGIANA, QUE LOS AQUÍ PRESENTES SON GUERREROS! –tomó aire, alzando las dos manos al aire con violencia- ¡HOY ESCRITO QUEDA EL DÍA EN EL QUE LA MAREA EMERGIDA VERÁ CÓMO NOSOTROS, EL MÁS NOBLE EJÉRCITO EN LA FAZ DE LA TIERRA, NOS IMPONEMOS SOBRE ELLA OTRA VEZ, COMO SE HIZO EN LOS GLORIOSOS DESEMBARCOS DE MANSTER Y RENAIS. ¡LARGA VIDA AL IMPERIO DE PLEGIA, EN EL QUE NUNCA SE PONDRÁ EL SOL!

El rey cesó su discurso con otro saludo a la romana, que sería correspondido por más y más gente mientras el rey descendía de la tarima, para dirigirse a Franz.

-Reúne a tus mercenarios. Nos vemos en la entrada del campamento para preparar el escuadrón de boicot en menos de cinco minutos. Y no me hagas esperar
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Mensaje por Invitado Sáb Mayo 04, 2019 2:48 pm

Franz asintió al rey, mientras lanzaba una mirada hacia las tropas. Había una gran diferencia entre ambos bandos: Mientras que el Tercio Plegiano se caracterizaba por su solidez, su buen aspecto y presencia y una formación intachable, los varios mercenarios a su alrededor hacían galán de su aspecto desgarbado, su nula organización, y solo contaban sus fantasiosas proezas, sin pararse a pensar en alguna estrategia. Tras ello, empezó a oír a Gangrel hablarle, para luego asentir. Había un cambio en su tono de voz, junto a las palabras "Somos bastante parecidos al respecto" le entraron escalofríos. Él había acabado siendo rey de la nación donde estaba, y Franz... Aún no sabía que le iba a deparar el futuro, pero no quería llegar tan lejos. No era tan ambicioso, al menos aún, pero todo podía cambiar. De todas formas, asintió al oír el comentario sobre el sigilo del emperador.

- Entiendo. Bueno, supongo que me tocará reírme mientras los emergidos caen.

En ese momento, notó como le daban una palmada en el hombro izquierdo, y Franz recordó al instante las palabras de aquel lugareño que conoció de camino a Bern:

- Los de vuestra clase no estáis a salvo en ninguna parte...

El miedo se asentó en su persona durante unos momentos, pero expulsó la idea de que Gangrel conociera que debía ser esa marca y el hecho de que supiera que la tenía, recordando que la gente solía salir despavorida ante esa marca. Entonces, oyendo como el rey se dirigía a él, dejó de centrarse en sus pensamientos y miró al emperador. - Bueno, supongo que como líder no tengo otra opción. Trataré de destacar menos que usted, cosa que tendré difícil al ser tan distinto de todos los hombres que le "acompañan". - Franz miró de reojo a los que le acompañaban mientras Gangrel subía a la tarima. Armaduras y telas lujosas, que contrastaban con la ropa de viaje que llevaba él, junto a los pantalones gastados, remendados después de la emboscada sufrida en Chon'Sin. La única cosa que quizás le daba un distintivo de entre todas las otras tropas eran las dos hombreras rojas como la sangre con el reborde de bronce que llevaba, antaño de algún luchador que se tenía en alta estima. Entonces empezó el discurso, y Franz se quedó absorto en sus pensamientos, mientras miraba en dirección a su destacamento de mercenarios. En ese momento el jefe de su destacamento lo vio, y ambos se miraron fijamente. Con una sonrisa, él vio como su antiguo capataz desviaba la mirada, dejándole el cargo de líder durante esa incursión, al menos.

- ¡GRIMA SALVE A PLEGIA! ¡GRIMA SALVE A PLEGIA! ¡GRIMA SALVE A...!

Franz observó como el Tercio empezaba a vitorear esas palabras, a raíz de algo que habría dicho el emperador. Entonces, este volvió a hablar. ¿Guerra total? ¿Con los emergidos de fondo? Franz fue incapaz de contener una sonrisa. Estratega, se había llamado. Tenía razón, ya que toda estrategia solía basarse en la oportunidad, pero... ¿Solo Gangrel había pensado eso? Trató de recordar quien más había hablado de lanzarse a las armas... No, nadie. Todos ocupados con los emergidos. Si Gangrel atacaba, la oportunidad de conquistar tierras iba a ser irresistible...

¡GUERRA! ¡GUERRA! ¡GUERRA! ¡GUERRA!

El griterío ensordecedor combinado de los mercenarios y los soldados sacó violentamente de sus pensamientos a Franz. Era... Extraño. ¿Como podían esos mercenarios querer aparentar ser tan buenos como los soldados entrenados, uniéndose a sus cánticos? Franz vio como Gangrel terminaba su discurso, se acercaba a él y le pedía estar listo en 5 minutos.

- Haré que mis tropas estén listas, ¿lo estarás tú? - Tras eso, Franz se retiró y llegó a donde estaba el líder de su destacamento de mercenarios.

- Hm... Y bueno, chico, ¿que te ha dicho el Emperador? - El hombre, Bolg, se mesaba la barba gris con su mano, observando con curiosidad a aquel muchacho. ¿Qué estaba haciendo él ahí arriba? ¿Qué había hablado con Gangrel?

- Bolg, me ha mandado a decirte que de momento me encargaré yo de este destacamento. - El hombre palideció. Después de todo este tiempo liderando, ¿le retiran el liderazgo de sus tropas? Esa paga extra le iba a hacer falta para poder comprar las medicinas de su mujer enferma. En ese momento, mirando al chico, tomó una decisión: lo mataría, y lo dejaría pasar como caído ante los emergidos. Ese chiquillo no iba a interponerse entre él y la salud de su esposa. - Nos han otorgado una misión especial, y consideran que, habiendo visto mi perfil, soy mejor partido para liderar esta misión. Mientras el ejército carga contra el fuerte, nuestro destacamento se infiltrará en la base y sembrará el caos en sus filas, mientras matamos a todos los emergidos posibles en la confusión. ¿Entendido? - Tras eso, Franz dio un paso atrás y miró al grupo de mercenarios. - ¡Vosotros! ¡Mercenarios! ¡Estáis a mis ordenes! ¡Seguidme! ¡Lord Gangrel os reclama! - Franz rió para sus adentros. Con solo gritar, hacerles creer que eres importante y las palabras correctas, podías causar estragos en las mentes de la gente.Los mercenarios, asustados, asintieron y formaron filas, siguiéndole mientras él volvía de nuevo a buscar al emperador, ahora acompañado de sus tropas.

- Gangrel, tus tropas. Cuando quieras. -
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Mensaje por Invitado Sáb Mayo 04, 2019 5:28 pm

Miró hacia el frente. Una turba de hombres dispuestos a dar la vida por la bandera. Una turba de hombres dispuestos a obedecer todas sus órdenes, y muchos de ellos solamente por el precio del oro. Y así le gustaba. Así tenía que ser. Los Tercios lo harían por fervor, y sobrevivirían, y los demás… Morirían. Y Plegia se ahorraría una cantidad importante de oro por ese motivo. Verdaderamente, lo único pragmático tenía que ser pagar a sus hombres, no a mucho más. Y si Franz conseguía llegar vivo, obviamente, también, porque le había caído bien. Pero muchos mercenarios morirían. Tal vez, si ahí hubiesen mil, quedarían cien. Y esos cien serían recompensados de una forma sustanciosa.

Sus coroneles le felicitaron tras el discurso. Había sido emocionante, y mantenía la épica que era útil para que sus hombres no pensaran en el miedo. Miraría cómo su nuevo juguetito comenzaba a moverse para obedecer las órdenes, dejándole a solas con dos de sus hombres, que comenzarían a hablarle de la nueva estrategia a seguir, sugiriendo cosas a las que Gangrel podía rebatir con un simple “¿y te has acordado de tener en cuenta X?” para luego pasar al próximo y seguir interrogándole y buscando brechas en el plan que estos intentaban presentarle.

-A ver si lo comprendéis. No es un fortín como tal. Es más bien un antiguo fortín con demasiadas entradas y con las barreras casi destruidas en su totalidad. No habrá problema alguno. Franz y su destacamento junto a mí entraremos y dañaremos sus estructuras mientras vosotros hacéis ruido para que no se enteren. Antes del anochecer, me habré llevado a las tropas a un importante festín y tal vez me acabe emborrachando para luego ir a dormir con mi concubina o el primero que me cruce por delante

No dijo más. Vio cómo los que le iban a acompañar ese día se estaban acercando. Con un breve y corto saludo de mano, se despidió de los coroneles, que tendrían el deber de dirigir a las tropas para que todo saliera según los planes del ansioso monarca. Ahora podría seguir hablando con Franz. Así pues, se volvió a acercar a él, analizándolo nuevamente con frío análisis. Algo raro había en él. Pero bueno, tampoco se iba a esforzar en nada. Era un mercenario y quién sabía si moría ese día.

Y los otros soldados… Tampoco parecían muy bonitos. Posiblemente acabaría volviendo él solo y Franz si decidía apoyarle un poco, y tampoco le importaría demasiado, la verdad. Eran mercenarios. A nadie le importaría verles morir. Bien era cierto que en Plegia las bajas eran mínimas, y los Tercios no habían reducido demasiado sus números desde que había empezado la guerra. Pero… Entre mercenarios otro gallo cantaba. Los que no seguían la estrategia infalible de su ejército, solían morir en el intento.

-Hace calor, y sé que a diferencia de mis Tercios no venís de un desierto, así que seré compasivo si os cansáis por el camino y os dejaré beber agua, aunque os recomiendo gestionarla muy bien. Y si alguno muere, tomad su cantimplora. Consejo de amigo –fue su manera de presentarse ante el que sería su nuevo grupo de ataque, acompañado de una larga risa- Soy Gangrel I de Plegia y ahora vendría la parte en la que digo todos mis títulos otra vez, pero me da pereza. Solo intentad seguir mi ritmo y si lo conseguís tal vez lleguéis vivos para cobrar vuestro sueldo… –dirigió su mirada de nuevo a Franz, con una chispa de felicidad, como un niño que estaba a punto de jugar con sus amigos tras una larga temporada sin salir de casa- En fin, Franz. Cuando quieras salimos de aquí. A ver si no solo eres una cara bonita y me impresionas
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Mensaje por Invitado Dom Mayo 05, 2019 11:01 am

Franz vio como el emperador analizaba sus tropas y, él, con una sonrisa taimada, se dio la vuelta y observó a los suyos, recordando todas las cosas que le habían explicado esos mercenarios. Algunos hablaban de haber sobrevivido andadas inacabables de flechas, con solo el apoyo de su arma y su armadura, otros hablaban de haber derrotado a peligrosos dragones, seres que por sus motivos se escondían de los seres humanos por seguridad. Los más honestos limitaban sus hazañas a derribar pegasos y wyverns con un golpe de flecha, o haber conseguido defender un fuerte de tropas emergidas. De entre todos ellos, solo creía que había alguien realmente honesto y poco mentiroso, y justamente era el hombre al que acababa de pegarle la patada al trasero.

Teniendo en mente las palabras sobre el sigilo y la misión de sabotaje, Franz tomó el hacha y empezó a atarla a su brazo derecho usando trozos de tela que sacó de su saco, restos de la ropa que usó en un anterior combate. ¿Porqué hacía tal cosa? Ir blandiendo una hacha de pared a pared no entraba dentro de los estándares de la conducta sigilosa. Pero, ¿realmente valía la pena perder rango? Franz negó con la cabeza y soltó las cuerdas, estirándose levemente. En el momento de llegar Gangrel y dirigirse a ellos para contarles el cometido de su misión, Franz asintió. Entonces, vio como el hombre hacía comentario del escenario y de los suministros de agua.

- Bueno, mercenarios. Ya sabéis que vas a pasar por una época dura. Esto será un combate difícil. Tendremos una ventaja por el factor sorpresa, pero debemos hacer eso valer antes de que nos encontremos rodeados por las fuerzas. Si es posible, vamos a intentar que no seamos rodeados en ningún momento, pero... Esa es vuestra responsabilidad. Ni yo, Franz, ni Gangrel, vuestro empleador, vamos a ser capaces de hacer esto solos. - Franz recordó las palabras que le había dicho Gangrel hace nada: "Y créeme, con que yo esté aquí, ya está este combate ganado." Con eso en la mente, se corrigió. Mentalmente, al menos, ya que a esos mercenarios iban a luchar mejor si creían que tenían alguna posibilidad. Miró a Gangrel con una mirada de "lo que hay que hacer por los críos".

- Bueno, supongo que ha llegado la hora de prepararse y luchar. Con suerte se habrán muerto la mitad de sed para cuando lleguemos. De todas formas, supongo que tampoco nos harán falta tantos hombres. La cuantía no sustituye a la calidad.
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Mensaje por Invitado Mar Mayo 07, 2019 9:59 am

El análisis de las tropas prosiguió. Gangrel miraba a cada uno de los ahí presentes como si se trataran de esclavos a los que podía manipular. Y es que lo eran. Y muchos iban a morir ese día. No se iba a encariñar con uno solo de ellos. Escuchaba sus estúpidas historias con una sonrisa de oreja a oreja, fantasmadas que él sabía que no habían cumplido. Podía notarlo. De todos los ahí presentes, él como monarca y sus tropas eran los más capacitados. No había duda al respecto. Y hasta se atrevía a mostrarse arrogante colocando los brazos en jarra para así intimidar todavía más, ganando unos pocos centímetros extra solo con erguirse de hombros.

-Me duele la garganta de tanto hablar así que sí, lo que diga el niño este. Como sea –carraspeó, desenvainando otra de sus dagas y apuntando con ella hacia Franz, casi despectivamente- Pero que conste en acta que este es mío, así que viene a mi lado todo el caminito y si alguien tiene algo en contra de ello… Bueno. Un navajazo en la frente –guiñó el ojo hacia el joven, para luego acercarse un poco más a él y acariciarle con suavidad la mejilla, a pesar de estar cubierto con el guante- En fin… Vayamos a la carga, ¿sí? He escuchado mucha tontería sobre que sois tan poderosos y tal. Así que… Vamos a verlo. Comprobemos si seguís vivos cuando caiga la noche

Las tropas imperiales comenzaron a moverse. Y con él, los mercenarios. Había llegado la hora. Sus generales ya comenzaban a moverse, y con ellos el terrible emperador y los suyos. Ya había llegado la hora. Ese pequeño fortín caería como todos los que Gangrel había atacado. En cuanto terminara con su encamisada, volvería a tomar el mando y se divertiría dando por finalizada la operación con el menor número de bajas que pudiera. Las dunas no serían un problema para las experimentadísimas tropas del Tercio, y mucho menos lo serían los casi totalmente derruidos muros del lugar que iban a tomar. Todo estaba dispuesto para salir a pedir de boca. Y tenían como líderes a los más preparados. Tenían como mariscal a Gangrel. ¿Qué podía salir mal? Nada. Y nada saldría mal.

***

El sol todavía estaba coronando el cielo. Sí, no era un buen momento para un ataque. Pero eso era justo lo inesperado. La pequeña guarnición emergida debería hacer frente a un gran imperio que les rodearía por todos lados. El primer ataque empezó en el frente, mientras Gangrel y los suyos esperaban ocultos entre las dunas, estando el rey siempre cerca de Franz con el arma envainada, mirando cómo las tropas principales iniciaban la clásica técnica de avanzarse para luego mantener una posición defensiva, dejando a los mercenarios la tarea de rodear posteriormente la masa emergida que saliera a la defensa. ¿Y por qué las tropas imperiales se ponían tanto en juego? Simple. Porque nada más tomar una buena posición, las picas descenderían, y los magos se arrodillarían para estar protegidos por ellas. Y no habrá ser en el mundo que pueda romper la barrera sin masacrar la totalidad del ejército. Mientras quedara una sola decena de hombres, el Tercio seguía siendo problemático, inexpugnable para los soldados ajenos y que solo podía romperse con experimentadísimos arqueros que supieran a lo que estaban golpeando. Si la caballería atacaba, era empalada por las lanzas. Si lo hacían los soldados de infantería, eran destruidos por una lluvia de hechizos. Y más importante.

Las fueras emergidas habían quedado divididas en dos. Un grupo muy grande rodeado por mercenarios mientras el Tercio empujaba desde el interior, y otro defendiendo el fortín, la gran mayoría de los cuales eran arqueros.

El deber de la emboscada sería acabar con ellos. Así pues, Gangrel, en cuanto vio que era el momento adecuado, comenzó a avanzar, haciendo señas a los otros para que le imitaran. Encontró algunos pocos emergidos vigilando y patrullando la muralla trasera, hacia la que se acercaban. Dos en total. Armados con largas hachas. Y muy grandes. Lentos. Pesados.

Solo necesitó acercarse lo suficientemente rápido como para que estos dos se le acercaran, con las armas en alto, quedando al descubierto sus cuellos, punto al que rey siempre recurría para finalizar rápido cualquier disputa.

Arrojó dos de sus dagas hacia el cuello de los emergidos, avanzando hacia delante mientras lo hacía para esquivar el largo filo del rival. Los dos seres cayeron al suelo. Había tenido suerte, sí, pero estaba vivo. Eso era lo importante.

-…No hay muchos guardias –informó en cuanto se le acercaron el resto de mercenarios- Debemos dirigirnos rápido a las torres de arqueros y matar a los que hayan dentro sin llamar la atención. Máximo sigilo
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Mensaje por Invitado Mar Mayo 07, 2019 2:13 pm

Franz había cerrado los ojos para cuando un movimiento de una de las personas allí presente le sorprendió: Gangrel le estaba acariciando la mejilla. Perturbador. Bueno, no tan perturbador como el hecho de casi haberse dejado asesinar vivo, ya que de otra forma no se puede, bajo hojas emergidas mientras huía de un barco hundiéndose, pero la perturbación conoce muchas formas y se manifiesta de variadas maneras. En eso, tras fruncir el ceño y mirar a las tropas, se sorprendió de ver una mirada asustada y temerosa de Bolg. ¿Qué es lo que se le había cruzado por la cabeza? En ese momento Franz se dio cuenta. Oh. Oh, vaya faena. Franz comprendió que Bolg creería ahora que la razón por la cual ahora estaba en cargo, más allá de sus mentiras, era porque suponía que él y Gangrel... Oh. - Parece que los hombres de hoy en día solo piensan en una cosa y es extremadamente repugnante. - Franz soltó esto por lo bajo mientras negaba con la cabeza. Mala suerte que no tenía ninguna mujer en que pensar, ya que la poca gente con la que se había cruzado o eran hombres o le habían dejado un mal sabor en la boca, no literalmente aún, pero sí metafóricamente.

A Franz no le quedó otro remedio que caminar hacia delante junto a las tropas, asegurándose de que su hacha seguía ahí. De todas formas, se olía que algo iba a acabar mal, aún sabiendo que lo normal era que saliera vivo de esa, ya que el decirle adiós al pago y huir no sería un problema si todo se ponía cuesta arriba, aunque solo lo haría si Gangrel moría. De otra forma, ¿para qué valdría la pena huir? Con el hacha en la espalda, Franz siguió dando pasos sobre la duna.

* * *

Mediodía. No precisamente el mejor momento para mantener una lucha bajo el sol en un desierto, ya que la extenuación iba a ser algo común entre los mercenarios. Por algo Franz prefería ir a la cola: los muertos, si dejaban una cantimplora con agua, iba a ser más fácil quitársela si estabas detrás de él que si ibas delante con otros veinte mercenarios ávidos de hidratación. En las cercanías el combate ya había empezado: los soldados del Tercio habían entrado en una formación defensiva, ganando terreno cuando los mercenarios golpeaban los flancos de las fuerzas emergidas, destrozándolas a su paso, con gran ayuda de las lanzas y los hechizos Plegianos. Esa estrategia había causado la división de las fuerzas: en el fuerte solo quedaban en gran mayoría arqueros, aquellos que sin moverse podrían atacar al frente del ejército desde el mismo fuerte, y algunos que otros soldados casuales. Gangrel mismo empezó la acometida al grupo recluido en el fortín, donde ahora dos soldados de gran armadura yacían en el suelo. Ahí empezaba la misión de sigilo. Rápidamente se dividieron en dos grupos, colocando a Bolg en el otro, con la excusa de que era un buen luchador para tener a ese hombre lejos de sí. Con suerte moriría antes de que tuviera la oportunidad de atacarle.

- Los arqueros están en las torres, mientras que la mayoría de los guardias deben de estar guardando la puerta y la planta baja, si más no es posible que haya algunos patrullando por aquí, cosa que es poco probable, ya que como mucho deberían de estar guardando entradas, como por la que nos hemos abierto paso.- No esperó a ver si Gangrel estaba de acuerdo o no, pero tenía la sensación de que esa era la decisión adecuada. Avanzó con un grupo de mercenarios y encontró uno de los asentamientos de arqueros. Rápidamente, con las ansias de sangre latentes, los mercenarios se lanzaron rápidamente hacia las supuestas indefensas tropas. Después de que cayeran 3 arqueros, cayó el primer hombre contratado. Aquel que dijo haber derrotado al Dios Oscuro de nosequé nación caía muerto por una mísera flecha. Franz, algo asqueado por la ineptitud de sus tropas, flanqueó a los oponentes, poniéndose a la espalda de estos sin que se dieran cuenta y, rápidamente, tomó de los pies al primero y lo arrojó de la muralla, haciendo que se precipitara al suelo. Otros dos arqueros cayeron bajo este método sin que los otros se dieran cuenta. Las hojas mercenarias abatieron al resto, solo para ver como el recuento de bajas era de cuatro personas. ¿Tan inútiles eran como para perder cuatro hombres contra unos seis arqueros? Franz casi fue incapaz de aguantarse la risa. La misión se iba a poner difícil. Trató de acercarse a Gangrel.

- Han caído cuatro hombres, pero hemos acabado con el primer destacamento de arqueros. Con suerte, la próxima vez tirarán las armas al suelo y suplicarán por una muerte rápida. Hay que buscar la siguiente torre. - Con eso, Franz se preparó para seguir por la zona, justo cuando oyó un grito de alarma desde abajo. El otro grupo había sido descubierto. Era de esperar. Inútiles varios incapaces de mantenerse en silencio. Quizás el tener a soldados en su retaguardia desmoralizaría al enemigo, pero con los emergidos nunca se sabía. Al pensar en eso, dio una palmada. - Bueno, mercenarios, os podéis consolar sabiendo que vuestros compañeros son hasta más inútiles que vosotros si cabe. Conseguisteis manteneros "ocultos" al enemigo, si ese combate es una muestra de vuestras habilidades para tomar a alguien por sorpresa. - Tras eso, caminó lentamente, en busca de la próxima torre. Podría haberse ido dando brincos, pero hay que respetar a los pobres, poco lúcidos, mercenarios.
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Mensaje por Invitado Jue Mayo 09, 2019 10:00 am

Sí. La sangre recorrer los campos de nuevo, fruto de la daga que Gangrel usaba para acabar con la vida de todo aquel que se le ponía por delante. La herida que había sufrido combatiendo por proteger a la que era su concubina le había dejado sin poder gozar de esa sensación por demasiado tiempo. Y ahora podía desatar su furia de nuevo sobre quienes se interponían en su camino. Se podía notar en su forma de moverse, errática pero a la vez tan harmoniosa que parecía un baile. Acercarse contra un enemigo en sigilo, casi sin hacer ruido, y luego acabar con él. Miraba cada pocos pasos hacia atrás para ver lo que tenía detrás. Sabía que sus Tercios no tendrían problemas, pero los mercenarios… En fin. Un verdadero desastre que tenía por grupo, sin organización ni verdadera fuerza en sus hombres como para poder luchar separados. Bien era cierto que las tropas de Plegia eran poderosas, pero eso no quería decir que lucharan separadas. En el Tercio, se había enseñado que lo que uno no puede hacer, dos sí. Y si no son dos, la lanza de tres seguro que acabará con el problema. Esa era la doctrina que seguían sus hombres, y esa era la doctrina que tal vez hubiera salvado la vida de muchos de los que estaban cayendo por las flechas. Simplemente decepcionante.

En cuanto Franz se le acercó, escucharía sus palabras sin interrumpirle. Cuatro hombres muertos en tan poco tiempo. Posiblemente, cuatro hombres serían lo que perderían sus tropas imperiales en toda la batalla, y eso con mucha suerte.

-…Entonces, querido mío, vamos a jugar a una cosa –se acercó en ese momento hacia el joven, sonriendo mientras pensaba en su respuesta- Como muera uno solo más, tú vas a pagar por ello. ¿Es que acaso no eres su líder? Ya verás, ya verás. Tengo muchas sorpresas preparadas para ti

Escuchó tan rápido como Franz esa nueva alarma. Les habían descubierto. Tan pronto… Y de una forma tan poco preocupante. Eran arqueros los que estaban dentro del edificio, no podían protegerse demasiado. Pues todas las tropas importantes estaban muriendo aplastadas por todos los frentes fuera de ese lugar. En cuanto un emergido se acercó a él para intentar imitar a muchos de sus compañeros, el emperador arrojaría con destreza una nueva daga contra la frente del mismo, acertando por pequeños desvíos en el ojo del emergido. Da igual, seguía siendo efectivo. Y un mercenario algo más avispado que el resto consiguió entender rápidamente lo que tenía que hacer y asestar un potente hachazo contra la cabeza del emergido, acabando él con su vida.

-…Hay que ir rápido. Dividámonos en dos grupos iguales. Que la mitad vayan a la derecha. Franz, tú conmigo. Trae a los hombres que más fuertes consideres y vayamos rápido al torreón de la izquierda. Tengo una buena sensación al respecto de ese lugar… Llámame loco, pero tal vez sea cierto que lo soy. ¿Algún idiota va a intentar negarse a acatar mis órdenes?
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Mensaje por Invitado Vie Mayo 10, 2019 3:17 am

Franz suspiró al oír la "propuesta" de Gangrel, mostrándose molesto a todas luces. - Em... ¿que si muere más gente voy a pagar por ello? Gangrel. Si fuera gente que conociera o soldados expertos con un costo real, me aseguraría de que no murieran, pero créeme, no tengo apego alguno a esta gente. De hecho, si soy líder ahora... - Franz meditó su respuesta. ¿Porqué era líder ahora? ¿Por un malentendido? ¿Por el miedo? ¿Por su fuerza? No, había otra cosa que podía responder. - Como tú quieras, aunque el hecho de que prefiera verlos muertos antes de que me claven un cuchillo por la espalda influirá a tu favor en esta... Apuesta, lo que sea que sea. - Franz, interiormente negándose a hacerlo, se obligó a soltar una palabra de la cual se iba a arrepentir toda su vida. - Cariño. - Tras eso, Gangrel lanzó una de sus dagas hacia un emergido que había aparecido por el pasillo trasero, el cual fue neutralizado por uno de los mercenarios aún vivos. Aún tenían capacidades aceptables, por lo visto, aunque eliminar a un emergido en una proporción de 5 a 1 fuese una muestra de ello.

- De todas formas, supongo que dividirse es tan buena idea como lo haya sido la anterior, que ha acabado con el otro grupo descubierto... - Franz avanzó al lado de Gangrel, dividiendo de nuevo a los mercenarios. Para él con suerte acabarían muertos, no era algo que le preocupase realmente. Subieron las escaleras a toda prisa, en dirección a la siguiente torre.

***

- Ngh... Maldito niñato... - Bolg se tiró al suelo, cerrando los ojos, rodeado de cadáveres mercenarios. Su unidad había sido lamentablemente inútil en el momento de emboscar por detrás a las fuerzas emergidas que guardaban la puerta, y aquellas vistas se ganaron unas risas desalmadas de parte de los soldados del Tercio. Habían sido derrotados de una forma aplastante: aquel emergido llevaba tal armadura que los golpes que se lanzaran contra ella parecían rebotar y todo... Esperando que pasaran de él, Bolg se quedó quieto, esperando a que volvieran los otros.

***

Tras desenfundar su hacha, lentamente se abalanzó sobre uno de los emergidos y le rebanó el cuello, antes de que los otros supieran como. Acto seguido, los otros mercenarios atacaron a los arqueros. Sin saber como, uno de los mercenarios se lanzó con tanta fuerza que empujó al emergido al vacío, cayendo él en el proceso. Un hombre muerto y un alivio para la cartera de Gangrel. Franz señaló el hueco por el que había caído. - Tengo que pagar yo por ese inútil, ¿verdad? - Suspiró molesto. Algo le decía que Gangrel tenia planes malvados para él. Ahora solo quedaba que él no se pasara con lo que fuese que quisiera hacer.
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Mensaje por Invitado Vie Mayo 10, 2019 5:56 pm

Una rápida mirada al reducido grupo de mercenarios le permitiría saber que esa panda de idiotas era simplemente descartable. Debería haber enviado a sus Tercios para la encamisada, hubiera sido mucho mejor… Bueno, en realidad no. Se había ahorrado bastantes salarios de lo más inútiles. Así que no estaba mal. De todo se podía sacar algo bueno. Pero no pensaba ni lamentarse un solo segundo más por los caídos. Posteriormente, seguiría avanzando sin más, escuchando a Franz mientras seguía con su danza de cortes y gargantas de arqueros rebanadas. Era obvio que unos arqueros no podrían defenderse en el cuerpo a cuerpo. Y se notaba en ellos. Sus pasos eran torpes. Intentaban atacar, ¿pero cómo un arco podía competir contra una cuchilla o un hacha? Era imposible. Todas las tropas que podrían defenderles estaban en la entrada del fortín. Y cada vez habían menos. Los Tercios y las unidades mercenarias convergían ya, haciendo que los pocos emergidos que todavía resistían no tuvieran demasiado más que hacer.

-¿Me has llamado cariño? –preguntó repentinamente al mercenario con el que había estado hablando, mientras peleaba en un lance a quemarropa contra un arquero, al que había conseguido desarmar- Qué tierno que eres. Luego, en el festín, cenaremos juntitos en la tienda de campaña imperial, ¿sí? –esta vez, en medio del ataque, el rey volvió a tocar a aquel joven. Dejó su mano en la cintura de este. Sí. Estaban luchando, ambos, y hasta tuvo que arrastrar a su rival para poder hacerlo, pero tampoco le importaba. Iban ganando, al fin y al cabo- Ya me entiendes. Pero bueno. Antes de eso… –acercaría con un agarre de muñeca al arquero con el que había estado combatiendo hasta ese momento, dejándole incrustada la daga en la frente para luego tomar otra de los compartimentos secretos de su armadura- Quedan un par más que matar, así que sigamos. Luego te castigaré por ese mercenario que se ha caído

***

La batalla se prolongó por una hora más. Gangrel había combatido contra todo emergido que se le había puesto por delante y si bien había acabado empujándolos para que se encargara otra persona de él, había conseguido combatir. Sus dagas se habían acabado. Se había metido en demasiados combates y la única arma que le quedaba en ese momento era un puñal romo de tanto haberlo utilizado para cortar cuellos. Ya no quedaba nadie. Los Tercios habían aniquilado a los rivales que se les había encargado y más allá del grupo de Gangrel, los mercenarios habían conseguido sobrevivir hasta el final. Aunque luego el monarca miraba hacia atrás y se encontraba solamente con Franz y alguno de esos irrelevantes seres más, pero bueno.

La jornada en esa tierra había terminado. Sobre el antiguo fortín se erguía ahora el León de Azabache, la bandera heráldica del que se consideraba emperador del continente, y los coroneles se habían acercado a Gangrel para darle el parte de guerra. A duras penas habían bajas entre los soldados verdaderamente útiles, que eran los suyos. El resto, más o menos, se había conseguido conservar. Pues los únicos que habían sufrido de verdad, eran los que habían realizado la encamisada, quedando por culpa de la ineptitud de los mismos vivos solo el ágil y escurridizo rey junto a Franz y algún superviviente que no se sabía por qué había huido. No necesitaba demasiado más que saber. Había sido un éxito y podrían volver al campamento tranquilamente, dejando ahí una pequeña guarnición que vigilaría el lugar hasta que estuviera asegurado. Obviamente, el monarca no estaría ahí. Estaba cansado y quería volver a su cómoda cama cuanto antes mejor.

Pero antes, antes de todo eso… Tenía una cosa seria que decirle a ese joven con el que había combatido. Chasquearía los dedos para hacer que uno de sus subordinados le trajera aquel bastón de marfil sobre el que había estado descansando anteriormente. Lo volvería a tomar con calma para dirigirse hacia Franz, acercándose a él por la espalda y posando su mano derecha con calma sobre el cabello de este.

-…¿Sabes una cosa, querido? Me has caído bien. Demasiado bien. Has sobrevivido y… Me recuerdas a algunos mercenarios que encontré antes de ti. Muchos de ellos están ahora en Manster y no me puedo reír con ellos... Así que en fin. Iré al grano, pequeño. Podría pagarte y dejarte libre tal cual, sí. Pero también podría darte un trabajo en Plegia. Serás un soldado del ejército si así lo deseas, y obviamente, obtendrás dinero cada mes. Acepta, cariño, y no encontrarás mejor forma de vivir en el mundo
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Mensaje por Invitado Sáb Mayo 11, 2019 7:48 am

Franz siguió avanzando, mientras el grupo de mercenarios seguía cayendo. Con todas las tropas mercenarias encargándose de los oponentes, el combate ya había terminado para él. Con el hacha entre las manos, notó como le agarraban de la cintura. Gangrel, de nuevo. .- ¿En la tienda de campaña imperial? Me tientas, pero no les voy a quitar el puesto a tus concubinos. De todas formas, no tengo tanto tiempo libre. - Dios, si Gangrel era un "hombreriego" o como quisieran llamarlo, parecía que no sabía como se comportaban hoy en día los casanova, si más no, iba más rápido que aquel mercenario cayendo desde las alturas hacia su muerte. Suspirando, se separó un momento de Gangrel y, tras virar sobre si mismo, lanzo su hacha hacia el arquero que estaba más lejos, que había tratado de alejarse y atacarles con sus flechas.

El hacha voló lentamente a ojos del emergido, que tenia el cuerpo en tensión, tratando de alcanzar las flechas que estaban a su espalda. Primero fue el crujido del arco romperse por la mitad, seguido de la mano derecha del oponente, para luego sesgar el brazo de este y quedarse clavado en su abdomen, con el filo sobresaliendo por su espalda. Entonces, lo siguiente que notó aquel arquero fue como súbitamente el arma penetraba aún más en sus carnes, haciendo que la totalidad del arma saliera por su espalda, para luego ver como delante de él Franz alzaba el hacha, levantando al emergido con ella, para luego, con un movimiento casi imperceptible, inclinó el arma para luego arrancarla de las tripas del oponente, dejando una herida abismal en forma de cruz al oponente. El emergido, caído en el suelo, no tuvo tiempo a soltar ninguna palabra en su lenguaje para cuando su cabeza fue partida en dos por el hacha ensangrentada.

Los mercenarios se quedaron atónitos. ¿Que acababa de suceder ahí? ¿Porqué alguien en su sano juicio lanzaría el arma hacia el oponente? Franz posó su mano en el filo del arma, y tras eso, con una floritura, dejó el hacha posada en su hombro izquierdo, y se dio la vuelta, viendo abajo todas las tropas del Tercio y de los mercenarios habiendo derrotado a todos sus oponentes. Ahora solo quedaba una única cosa. - ¿Castigarme? - Una sonrisa pícara se asomó por su cara. - Bueno, estaré esperando ese momento.

***

Se había acabado el combate, y viendo que ya estaba a salvo, trató de levantarse de entre los cadáveres. En ese momento, vio a alguien bajar por las escaleras, llevando un hacha ensangrentada, el abrigo verde y las hombreras bronceadas. Había vuelto. Estaba vivo. Y parecía haber luchado más que él. Se alzó, y rápidamente sacó su espada de la funda. Sus miradas se cruzaron, y Bolg retrocedió asustado. Aquello que veía en sus ojos era... ¿resolución? Puso la espada enfrente de él, preparándose para lo que pudiese venir. - ¿Asustado? ¿A esto has llegado? Te has ocultado entre los cadáveres de tus aliados, y tu hoja aún está limpia. Eres una decepción, por lo visto. ¿Esta era tu familia? ¿Tu gran cuadrilla de legendarios mercenarios? Bueno, habéis demostrado algo. Lo único legendario que hay de vosotros... Son vuestras mentiras. - Bolg era incapaz de aguantar más: aquel niñato... ¿Como se atrevía? ¿Quien se creía que era? Nadie.... Nadie podía atreverse a hablarle así de esa forma. Se iba a enterar. En ese momento, se lanzó a la carrera para acercarse y golpearle.

La oscuridad llegó antes de lo esperado. Pasó en un solo instante.

***

Franz tomó el hacha del cadáver de Bolg, clavada en su cabeza, justo donde estaban antes sus ojos. El lugar se encontraba bajo el silencio de los soldados del Tercio y los mercenarios restantes. Ese silencio era... Extraño. ¿Respeto? ¿Indiferencia? ¿Temor? Habría gente que sentiría eso. Le conocían, contrastaba increíblemente con los maduros generales que estaban junto a él en el momento que Gangrel hizo su discurso, mucho antes de su batalla. Era alguien, y si no era así, lo sería. Se hizo camino entre las tropas Plegianas, dejando detrás de sí solo juguetes rotos.

***

Franz caminaba por la duna, en el momento en el que oyó a Gangrel detrás de él. Que era, ¿una oferta? Era... Tentador, pero... No quería ser soldado. No era algo que le llamara la atención. A veces, la mejor vida era aquella en la cual podías permitirte no tener ataduras a algún lugar, pero... Quizás se podía llegar a algún termino medio. - No quiero ser soldado. No es una vida adecuada para mí. Aparte... Tengo cosas que hacer, una pequeña duda a vista de todos, pero algo que se me antoja demasiado importante para mí como para dejarlo de lado. Aún y así... - Franz se dio la vuelta y miró a Gangrel. - Quizás en un futuro, cuando termine mis obligaciones, me plantee volver. Aunque... - Franz recordó lo que pensó en Ilia, cuando estaba viajando entre esos poblados nevados. - Si puedes encontrarme una posada, una taberna, un pub, o cualquier cosa así, harías mi vuelta muy segura. Dando por obvia la parte de que te ayude con cualquier asunto militar. O de espionaje, no seria algo... Bueno, me gustaría hacer ese tipo de cosas, y con una fachada de tabernero, sería todo bastante fácil, la verdad. - Franz asintió y volvió a darse la vuelta. - Eso es todo lo que cuesto, ¿puedes permitírtelo?
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Mensaje por Invitado Lun Mayo 13, 2019 5:04 am

Una ceja arqueada fue la gran respuesta a las palabras del joven. Interesante era escucharle, mas no del todo conveniente para sus planes. Gangrel suspiró unos segundos antes de responder, posando su mano con calma sobre el bastón mientras pensaba. Sí. Cada vez encontraba más a quienes la vida de hombre de armas no les parecía bella. No los entendía, pero no era quién como para criticar su estilo de vida. Tampoco se imaginaba a sí mismo en ningún lugar que no fuera el trono. Las tabernas, si bien eran agradables, no eran un trabajo que permitiera demasiado.

Sí. Podía hacerlo. Le gustaba ese chaval, ¿y qué más le importaba a él cómo quisiera Franz gastar su vida? Era el rey, sí, y en su imperio, todo ser vivo debería poder ser quien quisiera ser siempre que fuera digno de ello. Esa era su filosofía, y defender los intereses de ese joven sería una muestra absoluta de su buena fe. Y por unos segundos, aprovechando que nadie estaba haciendo caso a esa escena, el monarca lanzó un largo suspiro, recordando así sus tiempos en los que las tabernas fueron lugar de sus mítines. Esos mítines que causaron el fin del anterior reino. Tal vez, y solo tal vez, la taberna de ese joven podría dar lugar algún día a un increíble orador, un orador adoctrinado para seguir los designios de Gangrel, que decidiría combatir por Plegia y llevar a cuantos más reclutas mejor a las filas de alistamiento.

Hasta le conmovió esa tierna idea. No tenía ya argumento en contra de esa contratación. Tenerle trabajando en alguna taberna de Carcino (que era donde pensaba crear una urbe del nivel de la capital plegiana) y utilizarlo si fuera necesario, o incluso pasarse a emborracharse algún día si tenía que hacer de emperador por esos lugares en cuanto fueran suyos. Tal vez le cedería algunas exportaciones prioritarios como la deliciosa vid de Manster, que algunos ya habían podido catar y era mil veces mejor a la que se hacía en Plegia, y la carne de oso y jabalí que se cazaba en los interiores de Carcino por sus Tercios y se conservaban terriblemente bien. Podría ser un buen regalo por si algún día podía pedirle un “favor”, por ejemplo, si Sarah se mostraba… Reacia a determinados actos. Muy buena idea. Iba a resultar al final que ese pelirrojo no era solo un genio en el combate, sí.

-…Sea pues, tendrás tu recompensa, chaval. En Plegia, encontrarás un hogar y una taberna, y si lo deseas, podrás luchar por Plegia, simplemente, porque me has caído bien. Luchas bien, pero debes pulirte y vivir una vida para seguir entrenando… Ya me entiendes. En todo caso, podrás tener lo que quieras dentro de este que es mi reino y conquista. Pero este no es el momento. Ahora, volvamos al campamento. Creo que te mereces celebrar un festín digno de lo que tus acciones te han llevado.

El rostro del monarca se iluminó con una sonrisa, mientras giraba su rostro para mirar al sol, que ya comenzaba a morirse con los rayos del atardecer. El emperador puso su mirar sobre el fortín en el mismo momento en el que la bandera de Plegia se alzaba.

La bandera de su imperio
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Mensaje por Eliwood Vie Jun 14, 2019 9:27 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Franz ha gastado un uso de su hacha de bronce.
Gangrel ha gastado un uso de sus dagas de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.
Eliwood
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- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

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Inventario :
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