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Mensaje por Invitado el Vie Feb 22, 2019 3:38 pm



La campaña de conquista en Manster era un rotundo éxito en todos los sentidos. Nadie podría imaginar una operación militar tan perfectamente organizada y con tan pocas bajas, habiendo perdido el ejército plegiano una cantidad minúscula de tropas (casi imperceptible) en comparación a los miles que mataban cada día. Tal éxito les permitía tener siempre un tercio de su ejército en descanso, lo cual aumentaba brutalmente la moral. Entre ese tercio, por primera vez durante toda la campaña militar, se encontraba Gangrel. Estaba francamente agotado. En menos de un mes, había liderado tal vez una veintena de batallas, todas ellas victoriosas. Tal vez una centena de antiguas ciudades había tomado él personalmente. Y según calculaba, en ninguno de los combates que forzó murieron más de cien personas. Esos eran datos verdaderamente buenos. Tanto que hasta los más experimentados estrategas del imperio se preguntaban cómo podían ser reales, teniendo en cuenta que Gangrel iba a batallas que muchos consideraban perdidas o difíciles de ganar sin bajas y las convertía en abrumadoras victorias. No era un rey de adorno. No. Era un general con todas las de la ley, un luchador más de Plegia cuyos únicos privilegios eran portar la corona y dormir en una cama matrimonial. No comía ni un gramo de comida de más. Solo bebía alcohol cuando se celebraba algo muy importante, y hasta ayudaba en las tareas más molestas, como ayudar en la forja. Y mucho más importante. Se estaba encargando prácticamente en solitario de la comunicación con la madre patria y los soldados destinados en otros puntos del mundo. Era cuestión de días que volviera a Carcino, pues tenían preparado un nuevo ataque a la capital para intentar tomarla, pero hasta ese momento, debía organizar las cosas en Manster. Desde su salida, las cosas habían ido bien para el imperio. Se había empujado a los emergidos contra la frontera thraciana y contra Grannvale tal y como él dijo. Y mucho más importante. Cada vez que el frente avanzaba, tras de él empezaba un proceso de remodelación de la tierra que dejaba a Manster irreconocible. Donde hubieron bosques, se estaban creando campos de cultivo tremendamente efectivos. Incluso habían podido empezar a enviar unas pocas provisiones a Plegia. Aquel país era terriblemente fértil. Con comida y su ya de sí extenso ejército, Plegia se volvería indestructible. Por eso mismo había decidido ese punto del mapa para tomarlo. Y por otros detalles… Que todavía no debían ser revelados. Pero sí, efectivamente, el plan de Gangrel era terriblemente eficaz y las pruebas eran la constante expansión de los territorios plegianos.

Sin embargo, habían… Ciertos… Individuos (por no llamarlos “cucarachas”) que se oponían a la política agraria plegiana. Y esos eran los nativos de Manster. De alguna forma, se habían organizado en una especie de comité para intentar hacer que su voz tuviera fuerza. Gangrel no lo comprendía. Les había prometido que todos tendrían una pequeña parcela de tierra siempre que pagaran los impuestos, pero estos parecían más interesados en algo tan estúpido como mantener la pureza de la tierra. Cuando un anciano le comentó eso y además informó de que hablaba por todos los mansterianos que ya vivían en territorio de la corona imperial, prácticamente estalló a risas. Chasquear los dedos, un par de cabezas cortadas y ya estaba. Parecía haber frenado esa pequeña crisis.

Una crisis que le llegó a hacer tanta gracia como para apuntarla en el diario que estaba redactando en su trayectoria de conquistador. Prácticamente se deleitaba en el interior de su tienda de campaña escribiendo eso, describiendo con todo lujo de detalles absolutamente cualquier detalle que recordara de ese asunto. También el rostro que puso el anciano cuando el rey ordenó su ejecución. Bien. Se lo merecía. Iba a morir de todas formas, porque la política plegiana poco permitía que existieran hombres mayores que no fueran útiles en el ejército.

Lo que no se esperaba es que un soldado cualquiera entrase alarmado en la pequeña tienda de campaña que utilizaba el emperador de hogar, colocada en el centro del campamento para su mejor protección, sin realizar la correspondiente reverencia. Se saltó ese paso para ir directamente al saludo a la romana, símbolo del poder de Plegia.

-Grima salve a Plegia, mi señor. Tenemos noticias de la retaguardia. Como bien sabréis, hay una ciudad a escasos metros rodeada por completo de bosques, cuyo nombre no conocemos. El hecho es que se ha encontrado en ella una mujer no identificada. Tal vez puede tratarse de algún tipo de rebelión de los ciudadanos de Manster. ¿Deseáis que tomemos medias, mi grandioso emperador?

Gangrel tardó unos segundos en responder. Cerraría primero el libro con parsimonia. Adaptaría los ojos a la luz solar que había entrado con violencia en la tienda de campaña y se levantaría de la silla, para colocarla correctamente. Luego salió de la tienda de campaña sin mediar palabra. Y se iría a las cuadras donde se encontraba su corcel sin decir tampoco nada, acompañado constantemente por el joven soldado.

Y seguía sin hablarle. Incluso cuando se subió sobre su corcel blanco y llamó a un par de sus generales de mayor confianza para que le siguieran con sus respectivas monturas se mantuvo totalmente taciturno. No tenía ni ganas ni tiempo para hablar. Pasaría ese día de vacaciones… Sofocando revueltas. Sí, le parecía más divertido que estar escribiendo.

-Llévame ahí

Había tardado casi una hora en dirigirle la palabra, porque antes había preferido ir a hacer una visita a la capilla para hacer un rápido rezo y aun con esas no había hablado hasta llegar a la puerta del campamento… Y no le hubiera hablado si no fuera porque él sabía dónde se encontraba esa mujer. ¿Tanto revuelo por una persona que no conocían? Sí. Así eran los plegianos. Y con esa desconfianza habían llegado hasta donde estaban. Con esa velocidad de actuación estaban sometiendo a Manster.

***

Calculó el rey que estuvo cabalgando por cinco minutos a toda velocidad, mientras sus generales le seguían por detrás y el joven soldado iba dando las indicaciones, temeroso por el rostro severo del monarca plegiano.

Pero al fin, habían llegado. Poco quedaba del bosque. Se podía ver que tantos tocones y madera siendo talada solo podía significar que la poda había empezado, e incluso estaban preparando ya la tierra para el futuro cultivo. Lo poco que quedaba del bosque no debía ser ni una cuarta parte de lo que fue antes de Plegia. El rey se detuvo al llegar al inicio del mismo, descabalgando y dejando ahí al soldado con su corcel y el de sus generales, que le seguirían a una distancia prudencial.

No fue hasta llegar a lo que parecía ser el centro del lugar que se la encontró. Un pequeño lago decoraba la zona y el único sonido era el de los animales cantar. Más allá, viniendo del rey, lo que había era el sonido de la madera siendo cortada y de los soldados trabajando sin descanso. El contraste era evidente. Y enorgullecía a Gangrel. Estaba demostrando al fin y al cabo que su poder superaba al de la madre naturaleza.

Se acercaría a la figura femenina sigilosamente, escondido entre los matorrales, hasta estar a escasos metros de ella.

-...No eres plegiana. Y este no es tu sitio. ¿Puedo preguntar qué hacéis en este lugar, doncella?

Solo había indiferencia en él. Nada más. Un rostro tan frío como el hielo, labios sellados como una tumba y los ojos apagados, mirándola despectivamente. Ese era el Gangrel más temible… Porque podías predecir muy bien lo que iba a hacer siempre. Y nunca fallaba cuando decidía hacer algo.
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