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[Social] Campos de Ylisse [Privado Keiko]

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Mensaje por Invitado Lun Ene 07, 2019 11:41 am

Céfiro cautivador, soplo de vida, no abandonaba mi amada Ylisse en este radiante día, en el que el brillo del sol era la prueba de que, aun con el horizonte enturbiado, Naga nos reservaba espacio para la esperanza. Caían los rayos del astro rey sobre las lomas tapizadas de reluciente y fresca hierba que,  mecida por el clemente viento, parecía mar de primavera, inabarcable y evocador, salpicado de la pureza ignota de las flores, que de pétalos bañados en rocío tras el albor del día, al llegar el rey a su trono en el firmamento, se encontraban arrebatadoras. La pureza de los campos de Ylisse, lienzo de pasión ornamentado de plata y sinople, era el reflejo sempiterno de una nación que, castigada por su inocencia, se negaba a dejar que su semblante, risueño y exultante, vistiera de luto ante la tragedia. Ajenos eran los prados, sordos y ciegos ante mal y pesar, a la realidad del mundo exterior, pues de plácido que resultaba su ambiente, pudiera cualquiera dejarse morir en el sitio. Desde la grupa de Lirio, podía observar en la cima de una de las colinas, hogar de un sosegado almendro, que floridas sus ramas, se exponía al mundo con orgullo, enarbolando por bandera yemas de blanco y rosado color, que sin ninguna duda, invitaban a la contemplación. No pude sino descubrirme el rostro, de leves sudores cubierto por la cabalgada, para poder llenar mis ojos de aquella belleza silenciosa que, desde el fondo de mi corazón, buscaba proteger con mi propia vida si era necesario. Solté las riendas, embelesado por la fragancia de los campos, pues el olor a hierba, fresco y embriagante, se mezclaba con el de las flores del árbol a mi derecha, en una mezcla que, irremediablemente, me tentaba al reposo.

Desmonté frente al árbol, llevando de las riendas a pie a Lirio frente al almendro, para luego, con suma delicadeza, retirárselas en justa liberación. El camino había sido arduo para los dos pues la travesía por las tierras de la Venerable no había sido corta, y desde luego, estaba lejos de terminar. Abandonando la capital, marché a la frontera, buscando arengar a mi paso a los soldados que las defendían de la amenaza que se cernía sobre nosotros, brindando apoyo en tan noble causa, como era mi deber sagrado, por la providencia de Naga. Mas ni la empresa más justa está exenta de esfuerzo, ni mucho menos, y lo que había sido un viaje de campaña corto se había convertido en una aventura en sí misma, pues entre humildes aldeas, imponentes cuarteles y postas entre los mismos, desfacía entuertos a destajo. Mas hoy los caminos parecían seguros, libres de la mortandad fingida que transportaban los enemigos, y en los que, por la gracia de Naga, podría yo descansar. Poniendo mi mano en el hocico de la noble bestia que me acompañaba, compañera hermanada de penuria y gozo, de paz y conflicto, decidí que daríamos un alto en el camino.

-Lirio-susurré, dando una palmada cariñosa en el cuello del corcel. -Pasta libre, querida amiga. Mas no te alejes, que aunque merecido, este descanso no será eterno. Me acerqué a la silla entonces y, con cuidado, le retiré la silla, después de coger mis enseres y dejarlos junto al tronco del árbol.

Oí el trotar de Lirio, buscando pastar, a mis espaldas mientras, con gesto apacible, me desabrochaba la capa, dejándola a un lado sobre los fardos. Dando un suspiro, comencé a desarmarme, de cabeza a pies, dejando sólo los guanteletes, como la norma dictaba, apoyándome entonces en el árbol, sentado. venían a mis recuerdos las trovas de mi tierra, que narraban visiones como aquella, vividas por gentes de bien que, a la vera de los ríos y hermosos lares de nuestra amada Ylisse, celebraban con gozo sus delicias. No era mi papel ese, desde luego, pues aunque bien amaba mi patria, no era aún un caballero digno de tales cantares y leyendas, aunque fueran de amoríos y encuentros a la vista de campos floridos, como este, lleno de albos lirios.

Con calma y ya desprovisto del metal, me encontraba preparado para reponer fuerzas. Saqué una bota con agua, bebiendo de ella a continuación. El refrescante líquido bajó por mi garganta, dejándome repuesto al instante del cansancio que suponía a vida a caballo, oficio que, aun noble, distaba mucho de ser reposado. Mas esta vida, desde luego, tenía sus recompensas. Apoyado en el almendro, veía a Lirio pastar con fruición, mientras el sol bañaba con su mágica luz el lugar, de evocadora atmósfera, relajante y sosegada. A la sombra, el viento mecía mis cabellos leoninos, como hebras de oro, mientras la satisfacción y la paz de un día en calma me embargaban por completo, al paraje de tan bello paisaje, profundo y exquisito como el más melodioso cantar. ¿Acaso podía mejorar aquel mediodía en campos de Ylisse?
Anonymous
Invitado

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