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[Social] Day and Night [Noire]

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Mensaje por Invitado Dom Sep 23, 2018 11:23 pm

El yo y el superyo de cada uno,
lados gemelos de una misma moneda.
Vastamente diferentes, hasta eso,
pero sin dejar de ser de la misma seda.

¿Quién es cada uno en realidad?

El Sol, de nueva cuenta, comenzaba a abalanzarse tras las montañas, a despedirse de todos y cada uno de los aldeanos que empezaron su día saludando ante su magnánima y astral majestad. Después de todo, el Sol dictaba si había luz sobre todos y cada uno de los ciudadanos o no, si los claros boscosos tendrían una nimiedad de rayos, o si permanecerían en la peligrosa penumbra. Si los trabajadores seguirían laborando por el bien de sus familias y sus propiedades, o si regresarían ya a sus hogares, descansando las últimas horas de la rutina para añorar el sueño y, poco después, volver a empezar el ciclo. Era una noche plácida y adorable como todas las demás, cielos plagados con un vasto mar de estrellas y, así, acompañados por la hermana adoptiva del Sol. Ella, quien alumbraba con un tenue manto sobre las ciudades y sus calles, crecientemente más calladas. Era la Luna, su despertar la señal de que era hora de regresar a casa.

O, en caso de Cormack, regresar de talar árboles en las afueras y, con eso, tratar de ganarse un poco de dinero. Era la única manera que tenía de generar ingresos para permanecer tras los muros de una buena vivienda, pese a ser rentada por cada noche. No tenía las facultades para ser un mercenario, tales como el conocimiento del entorno, o aptitudes para actos que iban más allá de la agricultura y la tala de madera. En la Puerta de Ylisse, su mano de obra era bien agradecida y recompensada con cada arduo día de sudor y sangre —por las astillas—. Era la forma que tenía esa ciudad de agradecerle por sus fuertes cortes y su dominio con el hacha, aún si su segur estaba en sus últimas.

Conseguirse otra herramienta comenzaba a verse menos imposible, conforme transcurría cada día. Pronto, tendría acceso a otra hacha de bronce, con esperanzas de ser una óptima para el combate, y no para un uso rudimentario como la caída de los troncos. Para eso, dejaría a su vieja aliada cerca suyo.

El Sol ya empezaba a caer, la Luna se levantaba para tomar su lugar por unas cuántas horas, y el leñador recibió la orden de aquellos quienes recibían la prestación de sus músculos. Fue un buen día, una buena cantidad de madera acumulada, y una mejor paga para el hombre que el día anterior. Con la ganancia, tendría derecho no solamente al de permanecer otro día en la cama, sino de conseguirse una buena cena e, incluso, dejar un poco como el ahorro para el futuro. Él y el grupo que le contrató por otro día más enfundaron de nuevo sus herramientas, y se retiraron de las arboledas, trayendo consigo las cosechas de madera y un espíritu revitalizado por el éxito y el descanso asegurado. Alegría para todos, como podría decirse. Tras su llegada a la Puerta, vislumbró la llegada de los últimos extranjeros y transeúntes, momento previo al deceso del bullicio, y el comienzo de una noche de sosiego. No más fue necesario, no más que una buena cena y bebida, antes de tomar de nuevo la misma habitación que la noche pasada y fingir que era un pueblerino más de ese lugar.

[…]

La siguiente mañana llegó en lo que parecía un abrir y cerrar de ojos, el leñador sin sentirse descansado, y casi refunfuñando por la luz que atravesaba el cristal de la ventana. Era un día más en el cual trabajar, pero la hora todavía no había llegado. — Bueno… — masculló hacia sí mismo, levantándose de la comodidad y sentándose sobre ella, liberando un bostezo junto a sus brazos, estrechados cual hombre descansado que no era. — Al menos puedo pasear un poco. Desayunar. O.. ¿entrenar? —. Esa palabra clave le hizo sonreír, y fue suficiente motivación para dejar atrás la sensación de músculos cansados y falta de ganas. Y era irónico, pues podría desgastarse más, pero el no hacer nada era una de sus perdiciones.

Tomando consigo sus pertenencias y listo para salir a las calles de la Puerta, el hombre abandonó su habitación, una voluntad renovada en su pecho mientras caminaba en búsqueda de un buen lugar por el cual pasearse, hallar algo bueno para desayunar, y prepararse para una sesión más de entrenamiento contra el aire mismo. Pronto, podría liberar más golpes contra ese contrincante invisible que imaginaba con todo el gusto de un luchador aspirante. El inn, siendo un lugar plácido en el cual podría conseguir algo para comer y beber, fue en donde permaneció, nada más bajando de las habitaciones de precio módico y llegando a las mesas, la mayoría ocupadas por la miríada de viajeros que madrugaban y hambreaban. Una de las mesas que comunicaba con el exterior, cerca de la gran entrada del inn, tenía sus espacios libres, sillas suficientes para hasta tres personas. Así, sin más titubeo frente a él, se acercó con rapidez para poder alcanzar el lugar antes que llegara alguien más. Una que otra presencia extra podría tener la intención de llegar antes que él, pero, ¿lo lograría?
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