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[Campaña de Lib.] The road to Hell is paved with good intentions [Priv. Lucius]

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Mensaje por Invitado Jue Jul 05, 2018 10:03 am

Ostia. Curioso nombre debía de admitirlo. ¿Qué ciudad se dejaría llamar Ostia? Si bien en sus adentros estaba sonriendo con diversión y burla, se contuvo y permaneció con una mirada estoica, desinteresada, casi rozando lo amable. Porque claro, ella estaba ahí, pero que supiesen que era una bruja oscura no era como si fuese de ayuda para ella.

Así que... ¿Qué hacer? ¿Revelar sus habilidades ante un país en el que probablemente la magia oscura sería mal vista como en la mayoría de países? ¿Dejarse pasar por una muchacha cualquiera incapaz de protegerse? Inspiró hondo, pensativa. Colarse en un campamento militar tampoco sonaba tan fácil, pero... Siempre se podría encontrar alguna forma de colarse sin llamar demasiado la atención.

Porque esa era su intención. ¿Por qué sino ir vestida de aquella forma? Había cambiado su habitual y oscuro vestido por uno mucho más simple, rojo y blanco, largo y en sus pies ya no calzaba zapatos de tacones, sino simples zapatos de mujer que seguía sin acostumbrarse a ellos. No llamar la atención, no sentir sus propios pasos resonar, eso, por muy extraño que sonara, era algo nuevo para ella.

Caminó a paso seguro y calmado hacia una de las tiendas de campaña, amplia, probablemente el lugar donde los curadores se dedicaban a sanar a los hombres heridos en batalla. No estaban en la ciudad, más bien en el campo, se viese comos se viese solo había camino y hierba a un lado y otro, probablemente uno de los caminos que conducía a alguna otra ciudad. Y claro, si bien Lycia estaba limpia de emergidos, seguramente aún habían algunos, al atento, dispuestos a atacar en cualquier momento de despiste.

Desconocía pues si habían sido atacados por emergidos o no, pero sí estaba más que segura que en aquél campamento estarían enfermos y heridos... ¡Y claro! ¿Por qué dirigirse a semejante lugar? Porque por ley universal los curadores eran amables, no dudarían en ayudar a una mujer, o eso suponía ella...

Parpadeó ante la puerta de tela y con cuidado, antes de abrirla, subió la oscura capucha para ocultar dentro de lo posible sus orejas. ¿Qué dirían pues de una mestiza en medio de un campamento militar? Eso no tendría sentido— ¿Disculpen? —Inquirió en bajo, asomando su cabeza en el interior. Sus dorados ojos se fijaron en las personas tendidas en camillas, en aquellos que se quejaban en bajo sentados en el suelo... Vaya, vaya.

Me preguntaba —Comenzó. Echó a un lado la tela que impedía su paso y avanzó al interior, dejando que se deslizara de nuevo hacia atrás—Por Santa Elimine... —¡Blasfemia! Estaba más que segura que uno de esos días moriría por odio de Grima hacia su mala boca. A pesar de todo, sonrió— que problema... ¿Qué sucedió? ¿Emergidos? —Quiso saber en bajo, pretendiendo no llamar demasiado la atención de los heridos, por eso usó una voz suave, amable, casi amorosa mientras la preocupación se reflejaba en sus ojos.

Atuendo de Semi:
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Mensaje por Invitado Dom Jul 08, 2018 6:00 pm

No podía dejar de pensar que ya solo su mera estancia allí era sinónimo de pecado. Ah, pero no uno que afrentase a la Santa Elimine. No, no… Sus propósitos en Ositia eran, por supuesto, para traer su palabra allí como un acto de misericordia hacia los necesitados. A fin de cuentas, ese era su cometido. Pero, santísima Luz, la terrible sensación de estar cometiendo una afrenta hacia Lord Raymond seguiría atormentándole. Su señor no le perdonaría jamás si se enteraba que en su ausencia, había acudido a prestar ayuda al objeto de su frustración y venganza. Pero no podía hacer oído sordos al indefenso. Aquello ya era cuestión de fe y devoción.

En momentos así, tan solo podía rezarle a la Santa para que amparase a un pobre monje que sufría por un dilema de servidumbre.

Puede que gran parte de las gentes de Lycia ya celebrase las nuevas de que la invasión Emergida fue repelida, pero no era ni de lejos un contratiempo que hubiesen resuelto del todo. Muchos civiles ignoraban la cruda verdad, que varios pelotones seguían defendiendo las fronteras con uñas y dientes para que la catástrofe no se volviese a repetir. Y como no, la iglesia debía estar al corriente para proceder y auxiliar a los soldados que se encargaban de defender su patria.

Lucius, aun así, no se esperaba la carga de trabajo desorbitada que le estaba esperando en aquel pequeño puesto militar a las afueras de la urbe. El corazón le dio un vuelco tremendo al toparse con un tropel de soldados malheridos para los que no había ni camillas suficientes. ¡Qué horror! Por unos instantes, su arrepentimiento por viajar a espaldas de Lord Raymond ya no le pesaba tanto. Afrenta o no hacia su señor, debía atender a esos pobres hombres de inmediato.

Fueron unas horas durísimas en las que creyó que desfallecería de tanto recurrir a la magia de su bastón, pero su devoción fue lo bastante fuerte para que lograr estabilizar a todos los heridos de la tienda. Ya más sosegado, Lucius se dedicaba a deambular por la tienda y atender las dolencias menores de los heridos cuando escuchó el frufrú de las telas que servían como entrada. Las hojas se abrieron para revelar a una silueta roja y blanca que se asomaba entre ellas. La reacción del monje fue de perplejidad, pues lo último que se esperaba en un campamento militar era a una humilde mujer con atavíos de campesina. ¿Acaso sería familiar de un solado?

El caso es que la joven dama se acongojó al entrar de lleno en una habitación repleta de soldados maltrechos. Pobre, menudo susto se llevaría. Lucius sintió la necesidad de dirigirse hacia ella para tranquilizarla, con una mano en alto y una expresión de apuro dibujada en el rostro. —M-milady, no os asustéis, por favor. No hay de qué preocuparse —le aseguró. El monje le tendió de inmediato la mano y la posó con suavidad en su antebrazo. De normal solía ser demasiado medroso para tener contacto físico con alguien al que acaba de conocer. Para él,  era un gesto que le resultaba “atrevido” en un primer momento. Aunque dada la reacción de la mujer, vio preferente transmitirle un poco de seguridad como fuese.

Pareció funcionar pero, evidentemente, a la muchacha le rondaba la curiosidad y la preocupación. Lucius entornó lo ojos al escuchar la palabra “Emergidos” y meneó la cabeza. Le afligía que las noticias sobre los ataques ya se estuviesen extendiendo de tal forma que los ciudadanos de a pie ya no pudiesen ignorarlos. —No… no es un caso por el que debáis temer, milady. Esta buena gente ha hecho una gran labor conteniendo a un grupo de Emergidos que intentaba entrar en la ciudad. Además, os puedo garantizar que estos hombres han sido tratados y no corren peligro ninguno. —Se permitió esbozar una media sonrisa. No es que le hubiese mentido. En efecto, se detuvo a los emergidos antes de que llegasen a la zona urbana, pero con varios percances de por medio. Entonces se dio cuenta de que todavía tenía la mano sobre el brazo de la mujer y dio un ligero respingo. ¡Qué descortes! La retiró de inmediato y carraspeó. —De todas formas, ¿puedo ayudaros en algo? ¿Tal vez buscabais a alguien por este campamento?
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Mensaje por Invitado Lun Jul 09, 2018 11:23 am

En sus ojos destelló la curiosidad, y si el color dorado de sus iris tuviese vida, probablemente brillaría como el de un gato. Pero no, claro que no, solo era una mestiza, humana y subhumana a partes iguales. Y aun así, era inevitable para ella no sentir curiosidad por la aparición que estaba viendo.

¿Era acaso una mujer aquella? Ladeó la cabeza hacia un costado y casi temió que la capucha se cayese, revelando sus orejas puntiagudas, pero aguantó bien. Calma, Semiramis, calma. No era ese momento adecuado para preguntarse el género de un curador ¿qué más daba si fuese hombre o mujer? Era, supuestamente, más allá de la verdad, una mujer de fe, debía preocuparse por los malheridos, por los moribundos...

¡Ah! ¡Cuanta energía oscura podría recolectar de ellos de poder!
Venganza, odio, terror... Desesperación...


Quizás por eso su corazón daba un ligero vuelco cada vez que se topaba con uno de aquellos personajes: curadores que salvaban la vida de los más necesitados con sus báculos infundados de luz. ¿Admiración? Imposible, ella era oscuridad, ellos luz, no se mezclaban, era imposible, tal como el aceite no podía mezclarse con el agua. Pero...

Estuvo tentada a rechazar la mano sobre su antebrazo, pero no demostró nada, después de todo, era él quién había empezado el contacto... ¿O ella? Como fuese— Comprendo... —Musitó en bajo. Levantó una mano, la posó sobre su pecho y soltó un ligero suspiro de alivio. Poco le podía importar la vida de aquellos hombres, pero para el caso. Sonrió con suavidad a la persona.

Negó con un gesto de la cabeza ante sus palabras. Observó unos instantes más hacia los hombres heridos en camilla y haciendo el ademán de invitar al curador hacia las afueras del campamento, deslizó a un lado las telas que actuaban de puerta— Verá... —¿Querido? ¿Querida?—amor... —Sí, mejor. ¡Pero que atrevida!

Rió en bajo, con suavidad, elegante como una mujer de alta alcurnia—Lo lamento... No logro distinguir si es usted hombre o mujer... Que vergüenza —Un ligero rubor se asentó en sus mejillas claras y sonrió con dulzura—verá... Estaba de camino a la ciudad más cercana, vi la base militar y pensé que sería mejor avanzar en grupo que enfrentarme sola a posibles amenazas —Admitió. No estaba mintiendo... No del todo.

Soy una hechicera, pensé que mis habilidades con la magia podrían ser de ayuda... —Nuevamente, su sonrisa se suavizó— ¿Hay algo con lo que pueda ayudar? A pesar de no poder usar magia de curación como usted... —¿Podría alguna vez? Era imposible, no había forma. Ella había sido maldecida desde el instante en que nación, no podría acercarse a algo tan santo como aquello. Pero... No importaba.
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Mensaje por Invitado Sáb Jul 21, 2018 2:44 pm

En las facciones de la joven dama podía ver que la preocupación iba perdiendo fuerza. Lucius se quedó satisfecho con los resultados y que la mujer ya se estuviese sosegando. Mas hubo cierto detalle que le desconcertó tan hilarantemente. Pensó que fue a causa de su pequeña iniciativa por mostrarse tan receptivo. ¿Quizás por su gesto anterior con el brazo de la mujer? El caso, es que su sorpresa se llevó al escuchar aquella palabra que salió de los melosos labios de la dama. «¿A-amor?», se repitió a sí mismo en su mente, abriendo los ojos de par en par. Era tan… ¿cómo decirlo? No negaba que recibir un trato tan cordial por parte de los demás era de agradecer. Pero, cielos, ¿le habrían llamado así alguna vez en su vida?

Luego descubrió que las palabras de la mujer fueron más por incertidumbre que por otra razón. Lucius dejó escapar un disimulado suspiro por la nariz y meneó la cabeza. —No es necesario que os disculpéis. Lo cierto es que… no es la primera vez que me ocurre. —La historia de su vida: ya le habían confundido tantas veces con una mujer que le resultaba imposible indignarse por más que quisiese. La razón, como siempre, bien podía ser por su fino rostro, su larga cabellera, o por tener una complexión poco desarrollada. Sobre todo esta última porque, vaya… Acostumbraba a que la gran mayoría de los hombres le sacasen cierta estatura, pero no que le ocurriese con las mujeres, siendo este el caso.

Atendió pues a la escueta historia de su visitante y cómo acabó en un campamento militar. Le llamó la atención de una forma curiosa que estuviese buscando compañía de soldados para proseguir con su viaje. Ya comenzó a hilar cabos en cuanto mencionó que estaba versada en las artes mágicas. Curiosa individua les había llegado, desde luego. No obstante, que la joven estuviese expresando sin reparos que su intención de aportar al campamento era participando en combate le sacó una mueca de circunstancias. —Vaya. Es, cielos… muy gentil y loable por vuestra parte, aunque… ¿Estáis segura de…? —¿De querer unirse a las filas? ¿De estar en primera línea de batalla? Difícil de decir cuando quería evitar por todos los medios ser descortés y no ofenderla. Ya no era cuestión de prejuicios cuando la figura de la mujer en el ejército era más corriente en esos tiempos. Sin embargo, por la mente del monje rondaban ciertas inseguridades al respecto. Él no era nadie para alentar a una viajera a que pusiese en riesgo su vida, ni tampoco a que se sintiese obligada a ello.

Pero sus dudas fueron engullidas por un ruido sordo que le sobresaltó e hizo que se levase la mano al pecho. Un cuerno reverberó por todo el campamento, poniendo en alerta e inquietando a los presentes que reposaban en la tienda. Los soldados empezaron a revolverse en sus camillas y, quienes estaban en condiciones, a alzar la cabeza con sendos rostros de angustia. —¡Se acercan Emergidos! ¡Que todos los que estén en condiciones se pongan en posición! —advirtió una voz a pleno pulmón afuera de la tienda.

La cara de Lucius se volvió tan pálida como la nieve. Emergidos. Justo en aquel preciso instante. Sus orbes barrieron con urgencia todas y cada una de las camillas ocupadas por soldados, formándosele un nudo en el estómago. Por lo menos, allí dentro tenía a medio destacamento, y ninguno en condiciones de empuñar una espada, o alzarse siquiera. Tenía constancia de con cuántos hombres sanos contaba el campamento, y sí por una desdicha tuviesen que enfrentar a un destacamento Emergido semejante al anterior… Para mayor escarnio, no fue el único que debió llegar a tal conclusión, ya que captó por el rabillo del ojo que uno de los heridos trataba de levantarse entre resuellos. El monje ahogó una exclamación y corrió hasta el soldado como si le fuese la vida en ello. —¡No! ¡No debéis levantaros! —le advirtió, aferrándolo de los hombros. Sintió por parte del miliciano una mirada llena de aflicción e impotencia, quien trataba de forcejear y desprenderse de su agarre sin éxito. Fueron esos ojos de pura lástima los que le desgarraron el alma pedazo a pedazo, y de cerciorarlo que aquello que le oprimía el pecho hasta doler era el peso de su propia inutilidad en esos momentos.
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Mensaje por Invitado Miér Ago 15, 2018 8:29 am

Le sonrió de vuelta con un deje de culpa. No podía culpar a todos los demás que lo habían confundido con una bella dama, aquél joven clérigo probablemente era mucho más bello de muchas otras mujeres que había visto durante su viaje y, no estuvo del todo segura que aquello fuese justo pronunciarlo con sus propios labios.

Divertida le sonrió con suavidad, dejando la culpa por una constante y permanente diversión que no intentó ocultar. Ladeó la cabeza hacia un costado, escudriñando la situación con sus afilados ojos de reptil— Pero si os agrada... Puedo seguir llamándolo "amor" —Pareció acariciar la palabra en un susurro bajo, como una creyente a su Dios. Como un plebeyo a su rey. En realidad no tenía problemas, pronunciar aquellas dulces palabras como si fuesen un hechizo.

Pero ahí se quedó, sin dar ni retroceder un paso. Permaneció con sus dorados ojos clavados en la grácil figura del joven hombre que tenía delante. Admitiría que le agradaba, aquella aura de bondad que desprendían en general los clérigos, probablemente era como el polen para las abejas, como la luna para un lobo, o como la noche para el día. Era tan diferente a ella que, naturalmente se dio cuenta que lo diferente la atraía. Ella era una estratega, una maga oscura, una plegiana, lo único que conocía era gritos de terror y maldad.

Se preguntó en aquél momento, observando los claros ojos ajenos, como un mar en calma, si su deseo realmente era el de romperlo o simplemente observarlo como un trofeo. Ladeó hacia un costado su cabeza, nuevamente— ¿Hum? —¿Por qué no continuaba con su pregunta? Ella no estaba ciertamente allí para obligarlo a algo que no consideraba oportuno pronunciar. Y aun así... Y aun así...

El cuerno resonar no la removió: se lo esperaba, como una gacela en constante atención para atacar en el mejor momento. Claro que sabía que se acercarían antes o después. Y en cuanto el caos se hizo presente en el interior de aquella que se había vuelto una enfermería, sus ojos se entrecerraron, dejando una fina y única línea dorada, incluso sus comisuras por un instante se solevaron en el asomo de una sonrisa.

Avanzó como salvadora de los ofendidos y se acercó con un grácil paso hacia el clérigo. Posó una mano en su hombro y sonrió— Yo me encargo de aquellos seres de ojos rojos... Usted intente mantener a los heridos recostados —Si tan solo se hiciese ella misma un examen de moral, se daría cuenta, de todas formas, que en realidad no tenía motivo de ayudar y que, simplemente actuaba por capricho— Sé que aún hay soldados fuera de las campañas capacitados para luchar, me uniré a ellos —Y acabaría al mal con su propio mal.

No se preocupe tanto —Susurró. Soltó el hombro ajeno, dio media vuelta y avanzó, sin diferencia alguna, hacia la salida de aquella tienda de campar. En realidad una compleja sonrisa danzaba en sus labios y su mano, tanteó el tomo oscuro para sujetarlo con cuidado.
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Mensaje por Invitado Sáb Dic 01, 2018 8:13 am

Lucius estaba tan abstraído en sus intentos de sosegar al malherido soldado, que no se había percatado de los pasos que se escuchaban a sus espaldas y se acercaban poco a poco hacia este. Demasiadas preocupaciones avasallándole para darse cuenta, de ahí que el roce que sintió en su hombro le sobrecogiese y ahogase una bocanada de aire. Giró la cabeza para contemplar una vez más a la joven damisela, dedicándole lo que parecía una sonrisa misericordiosa. Una de esas tan gentiles, que delataba en la gente sus intenciones por quitarle hierro a toda tribulación que atormentase a quienes las sufrían.

Aunque lejos de tranquilizarle, más bien consiguió el efecto opuesto. Pues nada más revelarle a lo que estaba dispuesta para solventar su escasez de efectivos militares contra los Emergidos, los ojos del clérigo se abrieron de puro horror.

Pero… ¿Qué estáis…? —Las palabras se le agolparon en la garganta de lo abrupta que fue la situación. Y aunque consiguiese hacerlas salir de cualquier modo, ya era demasiado tarde. La mujer se volteó, decidida, y se fue alejando cada vez más. Lucius trató de articular cualquier cosa para detenerla, pero en su estado actual de perplejidad, lo único que logró fue alargar un poco el brazo inútilmente.

Para entonces, la dama ya había atravesado las hojas que servían de entrada a la tienda y desapareció.

Lucius se quedó congelado en aquella posición humillante durante unos segundos, mortificado como él solo. No solo había permitido que una completa desconocida que acababa de llegar al campamento se lanzase a las fauces de esas bestias de ojos rojos. Sino que, además, no había tenido ni la voluntad, ni las agallas para disuadirla de sentirse obligada a participar en semejante carnicería. Y él lo había permitido.

El monje se incorporó como un resorte en menos de un segundo, más por la frustración que le carcomía que por cualquier otra cosa. Frustración que redirigía hacia su misma persona y que le hacía apretar los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Se suponía que tales situaciones no debían permitirse. Que él, como mensajero de la palabra de la Santa, no debía permitirlas bajo ningún concepto. Y aun así, su debilidad había vuelto a jugar en su contra, engañándole para creer una vez más que el único papel del que podía ser merecedor, era el de quedarse relegado en un rincón para atender a los heridos, para no ser un estorbo a quienes arriesgaban sus vidas en el campo de batalla.

Pero al final, ¿de que le servía reducirse a sí mismo a tal función, si antes de sanar heridas no impedía que se produjesen más? Tal vez, fue eso lo que la mujer percibió desde un principio, y lo que la llevó a tales medidas. O el mismo soldado maltrecho al que detuvo momentos antes de levantarse de su camilla. A fin de cuentas, eran ellos los que ponían su seguridad al frente, y no él. De solo pensarlo le generaba más y más rabia consigo mismo de lo egoísta e inútil que estaba siendo con todos. ¿Cómo se suponía que iba a ayudar así a aquellos que necesitaban más que nunca la palabra de Elimine? ¿Cómo se suponía que así les sería de utilidad a aquellos milicianos? ¿O incluso a Lord Raymond de llegar el momento?

Dedicó una profunda mirada a los maltrechos que yacían allí, abarcando toda la tienda en un solo movimiento. No estaba en su potestad el prometerles que defendería el campamento y a sus compañeros como lo harían ellos de encontrarse en condiciones, aunque sí ofrecerles un leve margen de sosiego en el que pretendía asistir como mejor pudiese a los que estuviesen luchando. Era lo mínimo que podía hacer por ellos. Así pues, fue a agarrar su báculo, el cual descansaba en un rincón de la tienda. Acercó la cabeza de este a su frente, cerrando los ojos y ofreciéndole una última oración a la Santa en un susurro. Nada más terminó, se dirigió hacia la salida de la tienda, dispuesto a buscar a la joven dama.
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