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[Social] El Último Paso [Priv. Sissi]

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Mensaje por Invitado el Jue Nov 02, 2017 9:49 am

Por fin había llegado a Sindhu, una vez más su capa blanca estaba muy sucia por los viajes, un verdadero desastre. Erk tenía dos opciones, o compraba una capa de otro color o siempre tenía dos capas blancas a mano por si una se le ensuciaba y necesitaba estar bien vestido por algún motivo. Al llegar a la capital de Sindhu se dirigió a una sastrería y pregunto que capas tenía y a cuánto, el anciano que lo atendió le mostró las capas que tenía pero si esperaba le podía hacer una nueva y solo tardaría unos dias. El joven mago soltó un suspiro y negó, tomo una de las capas blancas para probarsela pero le quedaba larga, el sastre era muy amable y se la ajusto a su medida en solo unos momentos, Erk salió de la tienda con su nueva capa y fue directo al palacio dónde podría encontrar a la duquesa y pedir una cita.

De camino al palacio vio caer a una niña que estaba jugando con otros niños, Erk suspiro, se estaba haciendo blando y probablemente había sido culpa de sus ganas por entrar a La Universidad, tenía que usar su conocimiento para el bien de otras personas, lo cual era muy molesto a veces porque le hacía perder el tiempo pero ya no podía mirar a otro lado, sentía la obligación de socorrer a quien lo necesitaba era extraño.

Cada vez estaba más cerca del palacio, cada paso que daba lo llevaban más cerca a entrar en la universidad, ya hasta podía ver el palacio desde lejos cuando sintió un olor delicioso, dado que todavía no había desayunado, este olor lo atrapó por completo y empezó a caminar hacia él provenía de una panadería que había recién sacado sus tartas del horno y las había sacado afuera para que se enfríen, Erk termino comprando un pastel de limón que comió en lo que caminaba su último trayecto.

Al llegar finalmente al palacio empezó a reír, porque no habían sido solo esos dos contratiempos que tuvo en esa ciudad, el niño y la panadería, sino que durante todo su viaje había tomado caminos distintos solo por su curiosidad y necesidad de responder a las preguntas que se formulaba, era algo extraño y quizás debería quitarse ese mal hábito e ir directo a algún lugar pero durante todo su viaje había aprendido mucho, había valido la pena cada paso.

Al llegar con un guardia pidió una audiencia con la duquesa de Sindhu, Erk abrió grande los ojos al escuchar que ya no era duquesa sino reina, esperaba que le den una cita para semanas después, sin embargo el guardia le pidió que espere unos momentos, vería si estaba libre ya que Erk no podía perder tiempo con el bimestre próximo a empezar.
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Mensaje por Sissi el Dom Dic 03, 2017 4:15 pm

- Y así, mi reina, es cómo se realizarían los impresos de la imprenta que hemos diseñado. – terminó de explicar la alumna de metalurgia, que se colocó en fila junto con sus compañeros. El grupo estaba formado por seis estudiantes de niveles muy avanzados, cada uno de una materia diferente al resto, y un profesor que les servía de guía. Llevaban varias semanas trabajando en un encargo que la misma Sissi había hecho al erudito: unir a los alumnos más avezados que tuviera, capaces de trabajar en grupo y de unir ideas, para encontrar un método de copiar los libros de la Universidad a un ritmo más rápido que el calco manual o la xilografía. Ahora que tenía el poder y los medios para ello, deseaba hacer llegar ideas y transmitir conocimiento de la forma más eficiente posible. Sindhu no era una potencia militar, por lo que debía tratar de encontrar otras maneras de hacerse valer en el mundo: lo haría a través de la sabiduría, el aprendizaje, y la enseñanza.

Esa era la razón por la que sentía que debían avanzar en materia de copias, y no quedarse en el mismo método que usaban en otros países. Pensando en fomentar la participación de los estudiantes de la Universidad, decidió darles a ellos la oportunidad de tener la idea maestra y así contribuir a la grandeza de la institución. La presentación de su trabajo había sido esa misma mañana, tras muchas semanas de intensas preparaciones. La misma reina estuvo presente como Patrona de la Universidad y mecenas del proyecto. Sentada entre cojines de colores, y tras una mesa baja en la que descansaban papeles y refrigerios, estuvo atenta a todas las explicaciones del grupo, que expusieron y pusieron en práctica el nuevo método copista, al que calificaron de “Imprenta”. La manakete no podía estar más orgullosa de lo que había visto y del trabajo presentado.

Delante de ella tenía los planos de la máquina, y las piezas del abecedario que se utilizarían para formar las frases del manuscrito original, talladas en madera y recubiertas en acero. Colocadas en una plataforma de sujeción, bañadas en tinta, y aplicadas a presión sobre papel, el grabado se hacía en poco tiempo y sin demasiada complicación. En la puesta en escena, el grupo de alumnos pudo lucir con luz propia, y todos los asistentes quedaron satisfechos y orgullosos de la excelencia que era capaz de salir de la Universidad. Era más que posible que la idea en bruto tuviera que pulirse un poco, pero eso no les restaba ningún tipo de mérito. Sissi les dio las gracias y les felicitó de todo corazón, por su esfuerzo y su enorme contribución a su país y hacia ella, lo que les provocó un sonrojo del honor que sintieron.

- Me gustaría que marchasen de inmediato hacia la Universidad para presentar el proyecto a la Junta del Profesorado. No hay tiempo que perder. Esta idea tan buena debe ser implementada cuanto antes. – finalizó la Reina antes de que los presentes se pusieran en marcha cada uno a sus propios asuntos. Los estudiantes y su tutor pondrían rumbo a la Ciudad Universitaria, donde habían estado trabajando y donde tenían otra Imprenta. La que tenían frente a ellos era un regalo para la propia monarca de Sindhu, por lo que se quedaría en la capital para el deleite de la manakete, que no podía esperar a utilizarla ella misma. A la comitiva de jóvenes inventores beorc y laguz les acompañarían algunos secretarios presentes en la reunión, que habían anotado las opiniones y soluciones a las que se había llegado durante la mañana y que controlarían que el plan se llevarse a cabo sin problemas, a la par que informarían a Sissi de los avances e inconvenientes. Aún había mucho por hacer, pero por algún lugar se empezaba.

Cuando los invitados comenzaron a abandonar la sala de reuniones, un guardia llamó a la puerta y, tras un “adelante” por su parte, entró en el interior con expresión solemne: Su Majestad, un beorc extranjero solicita una reunión con vos. Está esperando fuera. – Sissi apenas se sorprendió con la ocurrencia. No era extraño que hubiera viajeros o personas extranjeras que desearan saciar su curiosidad sobre la reciente Reina de Sindhu. Entre las personas foráneas más interesadas en hablar con ella habían refugiados de países caídos del mundo, que no tenían lugar a donde ir, estudiosos que deseaban formar parte de la Universidad, y hombres que deseaban pedir su mano en matrimonio. Esperaba que el visitante no fuera de estos últimos, pues su paciencia no era infinita, como muchos creían. Había perdido la cuenta de la cantidad de cartas de rechazo que había escrito desde que hubiera ascendido al trono, en algunas ocasiones redactadas hacia la misma persona que no paraba en sus insistencias.

Educada como era, era muy desagradable para ella el tener que decir que no, pero había llegado a un extremo que había prohibido a sus soldados, servicio, y secretarios, dejar pasar a todos aquellos que fueran a verla con esa meta. ¿Acaso a los reyes del mundo sin una reina a su lado les hostigaban de la misma manera? Sissi lo dudaba, y le molestaba pensar que se acercaban a ella como buitres a la carnaza. Quizás esperaban encontrar a una chiquilla indefensa y estúpida, asustada del peso de la corona y deseosa de compartir esa clase de responsabilidades y poder. No había que confundir amabilidad con complacencia hasta el extremo, o suavidad con debilidad de carácter. Tras la negación, llegaban a menudo los insultos, e incluso las amenazas. Esperaba ese no fuera el caso y que el visitante estuviera allí por otras razones, pues nada le disgustaría más que tener que lidiar con alguien así después de la grata mañana que había pasado.

– ¿Ha mencionado acaso para qué desearía una audiencia? – preguntó, y el guardia no tardó en responderle, algo turbado por no haber añadido la información antes, que era por razones académicas en relación a la Universidad. De inmediato, Sissi sonrió y se relajó. – Muy bien. Hágale pasar si es así. – La reina se incorporó y colocó las manos enlazadas frente a su regazo. Tenía un poco de tiempo antes de su siguiente deber como Monarca de Sindhu, y aunque hubiera preferido probar la Imprenta, su deber como Reina primaba. Se debía a los posibles estudiantes, profesores y mecenas, al fin y al cabo, la Universidad era su orgullo, y eso llevaba mucho trabajo.

Paciente, esperó mientras pensaba en sus cosas, sus manos colocando bien las arrugas de su traje. Llevaba un saree dorado, de un color muy parecido al de sus ojos. Los patrones geométricos de los bordes y del interior recordaban a flores y a la naturaleza. Su camisa corta, por debajo del pecho, dejaba parte de su estómago al aire cálido de Sindhu. Las mangas eran largas y abombadas, de semitransparente tul blanco, que hacía luego con el lienzo que reposaba sobre su hombro izquierdo y se ajustaba a su cadera en un fino cinturón de oro y joyas. Llevaba el pelo semi-recogido con varias trenzas hacia atrás, y una pieza de joyería redonda con una perla en el centro reposaba en su frente. Los brazaletes, pulseras de los tobillos, y pendientes hacían juego con el conjunto.

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Última edición por Sissi el Vie Jun 29, 2018 7:51 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Invitado el Vie Dic 15, 2017 6:43 pm

Se sorprendió por lo "poco" que había tardado el hombre en volver, del mismo lugar de donde ahora venía ese hombre había visto un grupo de personas que tenían algo especial, sea lo que fuere, eran diferentes a todos los demás habitantes de Sindhu. El guardia le indicó al mago que lo siguiera por el palacio, uno bastante grande y lujoso para el tiempo que de seguro tuvieron para levantarlo aunque siempre estaba la posibilidad de que hubieran restaurado alguna ruina o la hubieran usado como base para la construcción del palacio.

Una vez más se encontraba frente a la puerta de Sissi la gobernante de todo Sindhu que, a ojos de Erk lo hacía bastante bien, la filosofía de ayudar a quien sea cuando sea era muy útil si todos los ciudadanos estaban de acuerdo con ella. Se tomó unos segundos para prepararse antes de entrar, la primera impresión era muy importante, debería mostrar en un segundo en una pose todo lo que había crecido en los último meses. Lo primero fue acomodarse el cabello en la parte derecha de su cara y acomodarlo detrás de su oreja para mostrar su cicatriz, después sacó el báculo, uno igual a los que tenían los clérigos por lo que no habría dudas de para qué servía, finalmente se acomodó su capa blanca que con los últimos sucesos aparentemente por ser mago y por llevar una capa blanca era algo más, era un sabio o algo así todo cuentos provocados por la gente de Lycia solo por esa vez que ahuyentó a los bandidos, cada vez que se contaba la historia de cómo Erk hizo arder el suelo se hacía más increíble pero no era algo que pudiera detener de todas formas.

Luego de un leve suspiro Erk abrió la puerta y entró dando un solo paso con su pie derecho para quedar de perfíl, mostrando todo su parte izquierda del cuerpo como lo había planeado, sostenía su báculo con orgullo y mostraba su cicatriz manteniendo la frente en alto, luego hizo una leve reverencia. -Disculpe las molestias majestad pero he venido para quedarme en SIndhu si me lo permite.- Esas primeras palabras fueron difíciles para Erk, parecía que el corazón le estaba por salir del pecho según recordaba era la primera vez que hablaba con alguien con un cargo tan alto como era el cargo de rey.

Se recompuso de la reverencia y se acercó con pasos cortos hacia la mesa donde se encontraba Sissi. -Si me lo permite me gustaría tomar asiento, sin embargo antes de hacerlo he de avisarle que quizás necesitemos algo de tiempo, porque así como usted se ha convertido en reina, hay quienes me llaman sabio y si bien no veo la necesidad de contarle toda la historia de mis viajes... Hay algunas cosas que son cruciales, sin embargo, si no dispone de tiempo en este momento esperaré gustoso el día que pueda recibirme.-
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Mensaje por Sissi el Sáb Feb 03, 2018 11:03 am

Sissi esperaba a alguien bien diferente, un comerciante o un noble extranjero, quizás. Sus ojos se agrandaron al descubrir el conocido rostro, que tanto parecía haber madurado en las lunas que se no se habían visto. Erk se había marchado de Hatari como un joven mago, pero volvía como un hombre hecho y derecho. De forma inmediata, sus labios que antes mantenían una expresión cordial, aunque serena, se curvaron en una sonrisa gentil y verdadera, que demostraba la felicidad de la reina al verle de nueve. Parecía que había pasado una eternidad desde entonces, y en muchos sentidos había sido así. Ahora Sissi vivía en el otro extremo del mundo, había pasado de la nación más al norte, a la nación más al sur; mientras que Erk se había fortalecido, y se había labrado en cuerpo y mente, según podía ver a simple vista. Le dejó hablar, tranquila en su lugar junto a la mesa, pero cuando el joven beorc se le acerco, ella fue a su encuentro.

- Querido Erk, no es necesaria tanta formalidad. Eres como el hijo que regresa de un viaje y, como tal, mi deber es recibirte con un abrazo. – cuando le tuvo enfrente, le envolvió en mangas de tul, y le presionó con suavidad contra ella, en un abrazo bastante maternal. Tras unos segundos, se separó, pero no le dejó ir. Posó sus manos en ambos lados del rostro y lo movió con gentilidad de un lado a otro para observarlo con detenimiento. – Por Naga, ¿Qué le ha sucedido a tu dulce rostro? – frunció las cejas rosáceas con preocupación, y sus ojos se achicaron como para observarle con más minuciosidad. El mago había crecido, ya no era la cría de beorc que hablaba nervioso ante una duquesa. No, ante ella había alguien diferente, pero al mismo tiempo conocido. Una paradoja como el mismo paso de las eras.

Bajó las manos de su rostro y tomó las de Erk entre las suyas. – No sería aconsejable negarle a un sabio las palabras para expresarse. Siéntate conmigo, y comparte las historias que creas oportunas. El tiempo es algo que siempre le falta a una Reina, pero que a la vez le sobra a un manakete, por lo que ambas se contraponen y se equilibran. Aunque no pueda concederte todas las horas de mi día, algunas sí que son tuyas para que me cuentes tus aventuras. – asintió y le hizo un gesto para que la acompañase a la mesa baja, rodeada de cómodos asientos en los que uno se podía recostar o sentar con las piernas cruzadas. En el aire flotaban los olores que rodeaban a la nación: sol, incienso, especias, y el enigmático aroma de la salvaje jungla, que rodeaba toda civilización. Sissi inspiró, y al expirar se sentó entre los cojines de colores brillantes, decorados con patrones geométricos e hilos de plata. Su joyería tintineaba con cada uno de sus movimientos.

- He de reconocer que tu visita ha sido la sorpresa más grata. Con la movilización desde Hatari, temí que nunca encontrases este nuevo lugar, o que siguiendo nuestros pasos hallases demasiados enemigos. Hay tantos países asolados por los emergidos que reconozco que imaginarte en ellos me preocupaba. Aunque ahora que te tengo frente a mis ojos, casi esta preocupación era infundada.
– le sonrió y se rio un poco de sí misma. – Es increíble la capacidad de crecimiento de los beorc, nunca dejará de sorprenderme. – confesó. Ella era una manakete, y envejecía y crecía con mucha lentitud, tanto física como mentalmente. - Por favor, cuéntame sobre lo que te ha sucedido desde que nos vimos por última vez, y sobre tu intención de quedarte en Sindhu. ¿Acaso deseas acudir a la Universidad? – sus ojos se iluminaron con la idea.
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Mensaje por Invitado el Mar Mar 27, 2018 2:17 pm

Menos de un minuto en presencia de la reina de Sindhu y Erk ya estaba con los ojos bien abiertos, los labios de su boca se despegaron muy levemente cuando intentó decir algo aunque pudo hacer ni un ruido, sus mejillas se pusieron rojas y su corazón latía rápidamente. Un abrazo, hacía mucho tiempo que no lo abrazaban, pero eso no es lo que más le impresionaba, tenía en frente a una dama que no había pasado con el mucho más que una hora pero eso le había sido suficiente para quererlo como una madre, eso hizo que Erk se preguntara. "¿Cuantas veces más la voy a cagar? ¿Algún día abandonaré Sindhu y no volveré jamás?" Ya había dejado a su madre por estudiar con Lord Pent, después dejó a Lord Pent y Lady Louise solo porque quería demostrar que era un estudiante digno de Pent, ahora estaba junto a la reina de Sindhu y no sabía como tratarla, pero lo peor era que se tendría que cuidar, porque no era lo mismo que pasaba con Lady Louise que estaba en la casa siempre que el lo necesitara. Sissi debía estar muy ocupada todo el tiempo y si se llegaba a enterar de que Erk estaba enfermo, quién dice que no saldría corriendo a verlo, eso hacen las madres ¿verdad?

El mago dejó que su cabeza siguiera a las manos de Sissi, sus ojos seguían sin moverse como si hubiera cambiado de un punto fijo a otro, por más que quisiera responder las preguntas de la reina, no podía, de su boca no salió ni una sola palabra y de repente fue como si hubiera un hueco en el tiempo, unos segundos en los que Erk no estuvo en sí, porque de repente  la reina le estaba pidiendo que le cuente lo que había pasado en sus viajes. -¿Ah?- Fue el primer sonido que emitió Erk muy bajo, casi imperseptible. No sabía si debía tomar asiento, pero si no debía ser tan formal significaba que podía tomar asiento, pero había otro problema. ¿Cómo debía llamarla? Porque madre no la llamaría, sería demasiado raro, pero tampoco podía llamarla Reina y, definitivamente no podía llamarla Sissi a secas, eso pasaría de ser poco formal a ser una falta de respeto.

-Si... Deseo acudir... Ehmmm.- A Erk le costaba mucho hablar, pero de a poco empezaba calmarse y por más que intentara discimular su nerviosismo le salía muy mal. -Verá... Mi reina... Disculpe... No sabría como llamarla de otra forma... Ehm...- Hizo una leve pausa y empezó. -Mi viaje comenzó en las islas de Durban. Fui con la intención de aprender algo sobre la magia oscura, pero la reina de las islas me prohibió acceder a ese tipo de contenido en sus libros, había ido simplemente por amor a los libros, todavía no tenía un objetivo claro, solo quería saber más. Allí me encontré con mi maestro, Lord Pent. La verdad algunos días después de nuestro corto reencuentro me sentí extraño, porque... En un ataque de emergidos pude liberar un poder tan grande que no puedo explicarlo fácilmente. Casi muero. Si no fuera por el señor Sion que me cuidó después de que la magia le hizo tanto daño a mi cuerpo... No estaría aquí, ese fue el inicio, conocí un nuevo poder y me costó controlarlo, este consistía en poder combinar todo tipo de magia y liberarla como si fuera una sola. También aprendí mucho más de los tres elementos, viento, trueno y fuego. Había leido algo sobre los dragones que no terminaba de entender, entonces tomé el primer barco que saliese hacia Goldoa, ahí es cuando el viaje empezó a complicarse.- El joven de cabellos morados respiró hondo, luego buscó los ojos de Sissi, era una falta de respeto estar hablando mirando a un punto fijo lejos de la persona con quién se conversaba. -Disculpe... ¿Tendrá algo de agua fresca? Me vendría bien, eso o quizás alguna bebida frutal si no es mucha molestia, mientras esté frio lo agradeceré.- Erk intentó componer una sonrisa, pero lo único que logró fue que las esquinas de sus labios se torcieran muy sutilmente hacia arriba.
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Mensaje por Sissi el Sáb Jun 30, 2018 8:49 am

Para Sissi, era obvio que Erk estaba viviendo un momento de angustia muy severo. Le miró con preocupación y trató de leer en su rostro lo que podía necesitar. Le escuchó atenta, sus cejas fruncidas y sus labios en una expresión de horror. Las aventuras que le narraba no sonaban en absoluto como algo ameno e interesante, al contrario, pareciera que el joven beorc había pasado por los mismos infiernos en los que estaba Grima. ¡Qué idea más loca, tratar de acercarse a las artes arcanas! Sissi casi lanza un grito de sorpresa y enfado al respecto. Por suerte, la Reina Yuuko era una persona sensata que no dejaría a un niño jugar con fuerzas que no conocía. El dulce Erk, queriendo aprender magia oscura sin saber que ese conocimiento nunca le llevaría a buen puerto. Tendría que regañarle al respecto más tarde, pues no esperaba tal conducta de su parte, ni siquiera en pro de adquirir un mayor saber. Se alegraba de que se le hubiera negado y no hubiera perdido el rumbo en el camino de la luz.

La ambición era algo que ella entendía como educadora, pero, ¿hasta el punto de casi causar la muerte? Para Sissi, estaba claro que en la enseñanza de Erk había faltado un poco de sentido común. O quizás era resultado de su sangre beorc. Sus cortos años de vida a veces les hacían cometer estupideces con tal de superarse y alcanzar la gloria en la menor cantidad de tiempo posible, y eso era algo que ella nunca lograría entender porque no era humana. Nunca había visto la magia de la que hablaba, la capacidad de que fuera combinada para crear algo mucho más grande y poderoso. Arrugo las cejas rosáceas y giró la cabeza a un lado, dubitativa. Había mencionado que Erk había crecido, pero no sabía hasta qué punto eso era verdad. Ella también se había hecho muy fuerte en el tiempo transcurrido y había pasado a través de sus propias aventuras, no siempre divertidas, pero nunca hablaba de ellas con la mirada lejana, sudor en la sien y temblor en la voz.

No quería ni imaginar qué había pasado una vez llegado a Goldoa si era, como él había dicho, la parte complicada de sus viajes. Tellius estaba abandonado de la mano de los dioses, y aunque le constaba que Goldoa no tenía problemas para mantener a los Emergidos a raya, lo mismo no podía decirse de otras naciones. Incluso le habían avisado de que Phoenicis, aquel que fuera el país propio de los laguz halcón, había sido completamente invadido y tomado por el viento aciago. La situación era complicada en Tellius, ella mejor que nadie lo sabía. Con un nudo en la garganta y algo alterada, trató de sonreírle. – Por supuesto. Ahora mismo haré que te traigan un zumo de mango. Son los predilectos por mi sirvienta. – le comentó y lo comenzó a guiar del brazo hacia otra habitación más pequeña donde había sillones bajos. - Pareces algo enfermo, Erk. ¿Por qué no te tumbas un rato y descansas? Haré que vengan a verte porque estás muy nervioso y muy rojo. Puede haberte dado un golpe de calor, son muy comunes aquí.

Lo hizo tumbarse en una de las hamacas de mimbre, apoyado contra los cojines de seda de colores y entre los terciopelos que los decoraban. – Espera aquí, haré que alguien venga con un refrigerio. Tú quédate aquí hasta que te encuentres mejor. – habló amable, pero no cabía dudas de que aquella era una orden. Sissi salió entre vuelos de falda dorada de la estancia y cerró la puerta, a fin de darle un poco de privacidad. Llamó a un sirviente y le pidió con amabilidad que cuidaran del joven mago, que le llevaran zumos y algo de comer que fuera picante. Necesitaba algo consistente para quitarle esa mala cara. Meditó unos instantes si debía mandar a por un sanador, pero al final pensó que no hacía falta. Lo que Erk necesitaba era descansar, y por suerte los amplios balcones traían una agradable brisa oceánica que hacía maravillas en recuperar el ánimo. Mientras aún estaba dando especificaciones a los sirvientes, el mismo guardia de antes apareció en la puerta y anunció que la visita que la Reina estaba esperando estaba fuera.

Sissi se puso roja de la vergüenza. Con la emoción de ver la nueva Imprenta y la súbita aparición de Erk, se había olvidado que esperaba a alguien. Bueno, mientras el mago descansaba y desayunaba, ella podía dedicarse a sus otras cosas. Una vez terminadas, volvería para continuar su charla con él. La Reina hizo un gesto con la cabeza y el soldado procedió a hacer pasar a la persona invitada. Más tranquila, una sonrisa volvió a decorar sus labios.
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Mensaje por Hana el Jue Ago 16, 2018 9:09 pm

Delante del enorme portón que daba a la sala en la que la reina Sissi debía estar aguardando su llegada, Hana procuraba respirar hondo para tranquilizarse. Los guardias que custodiaban el lugar la observaban de arriba abajo, analizando su exótica indumentaria hoshidana y observando con desconfianza la katana que portaba con orgullo en su obi. La samurái era consciente de que su apariencia y sus modales contrastaban demasiado con el estilo de vida sindhi, pero aun así le costaba acostumbrarse a ser objeto de atención de los nativos constantemente. Antes de acudir a la audiencia real prometida por carta, había sopesado incluso la posibilidad de presentarse en palacio ataviada con las vestiduras típicas de la región para eludir las miradas curiosas. Pero la idea quedó descartada en cuanto reparó en que sus ahorros ya no eran tan abundantes como al momento de desembarcar en Sindhu. Muchos días habían transcurrido desde entonces, y los trabajos informales de mercenaria que se veía obligada a aceptar para sobrevivir tampoco suponían una fuente considerable de ingresos. Por ese motivo esperaba rogarle a la reina Sissi que le concediese un oficio más acorde a sus habilidades como espadachina. Quizá un puesto temporal en su ejército sería de lo más apropiado, aunque tampoco desdeñaba la idea de servirle como instructora de soldados noveles. Cualquier ocupación que le permitiese subsistir hasta que decidiese qué hacer ahora que Hoshido había dejado de existir como reino.

Mas el atrevimiento que albergaba tan inusual petición hacía que sintiese sus nervios a flor de piel. Sabía que su posición como noble hoshidana le habría abierto casi cualquier puerta frente a la corte del país del alba, pero estando en suelo extranjero sus títulos de nacimiento o la herencia de su sangre significaban más bien poco. Imaginaba que, si la reina Sissi albergaba la más mínima semejanza con la bondadosa y humilde reina Mikoto, no habría muchos problemas a la hora de exponer sus deseos. Pero comprendía también que no estaba en posición de exigir absolutamente nada, por lo que su destino dependía enteramente de la confianza que la soberana decidiese depositar en ella.

“Padre, llevo esperando este momento durante semanas. No puedo echarlo todo a perder justo ahora”, pensó mientras acariciaba la empuñadura blanca de su espada con pulso inseguro. La joven pretendía mostrarse ante su anfitriona vestida con el uniforme que solía llevar mientras aún pertenecía a la guardia real del Shirasagi. Los colores morados y rosados adornaban una indumentaria de tela elegante y ligera, ideal tanto para servir en el castillo como para combatir en campo abierto contra los enemigos de Hoshido. Al mismo tiempo que la coraza de cuero lacado protegía parte de su torso, de sus antebrazos y de sus piernas sin comprometer movilidad. Dos sandalias zori cubrían sus pies desnudos, mientras que su cabeza estaba coronada por la inseparable cinta blanca que llevaba ya de manera habitual. El aspecto de sus ropas preparadas para combatir, junto a la expresión decidida de su rostro a pesar del nerviosismo, le confería la apariencia de toda una joven guerrera comprometida con la causa de su pueblo. Apariencia que reflejó fielmente en el momento en el que las enormes puertas se abrieron de par en par, y la condujeron a través de una serie de pasillos hasta que por fin pudo ver a la reina Sissi.

Sin gestos innecesarios ni palabras baratas carentes de significado, la muchacha se limitó a postrarse tal y como el protocolo hoshidano exigía en el castillo Shirasagi. Hana hincaba solo la rodilla izquierda, mientras que con la otra adoptaba un ángulo casi recto para posar con comodidad la planta del pie en el suelo. Inclinaba levemente la cabeza en señal de respeto y hacía descansar su brazo derecho sobre la misma pierna, mientras que con su mano izquierda sostenía la vaina de su espada.

Mi nombre es Kazahana de Hoshido, y acudo a vos para agradeceros el asilo que me habéis concedido en vuestro reino, y para responder también a la llamada de vuestra misiva—dijo con porte militar y en un tono bastante formal. La samurái se refería a la carta recibida por parte de la monarca durante su breve estadía en Ylisse, y que le había servido como invitación para solicitar aquella audiencia tras su llegada a Sindhu.
Hana
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Myrmidon

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Guardia Real

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Mensaje por Sissi el Lun Ene 07, 2019 1:34 pm

Al principio, Sissi no reconoció a la muchacha que tenía delante pues nunca antes la había visto. Se fijó en que era extranjera, no solo por sus ropajes impropios de Sindhu, sino también por su forma de moverse y de hablar. La observó con curiosidad, y un poco de sorpresa, ante el tremendo acto de formalidad con el que se presentó y arrodilló, pero al momento pudo hacer las conexiones pertinentes. Por supuesto que recordaba el carteo que había intercambiado con Kazahana de Hoshido, una de las tantas hijas de la nación que, como Hatari, había sucumbido al poder de los emergidos. Sus ciudadanos habían abandonado el país y, en muchos casos, habían terminado en Sindhu como refugiados. No solo beorcs, sino también laguz se podían contar entre los que habían pedido asilo y ayuda. El corazón de la reina lloraba por el destino de Hoshido, tan parecido a lo que ella había vivido en sus propias carnes, y le era imposible no empatizar con el deseo de ser protegidos, de hallar al menos un hogar transitorio al que pertenecer. Sindhu tendría siempre las puertas abiertas para los hoshidianos, y la joven Kazahana no era una excepción.

Se acercó a ella y con un movimiento suave de la mano la instó a que se levantase. – Poneos en pie, Kazahana de Hoshido. Lamento mucho lo que le sucedió a su país. Quiero que sepa que mis condolencias son verdaderas y mi corazón llora por vos y por su gente. Venga, siéntese conmigo. Hablemos. Materias de esta importancia son mucho mejor discutirlas con un té caliente y algo en el estómago. ¿Ha comido algo hoy? – y con naturalidad, dirigió a la joven beorc hacia la zona de asientos, donde ambas podrían estar mucho más cómodas. Era cierto que para poder hablar de pérdida y del futuro Sissi prefería un trato más cercano y privado. ¿Acaso no hablarían ambas de algo que les había roto el alma, como lo era la pérdida del hogar? Algo así no podría decirse con una persona de pie y la otra arrodillada. No, en ese terreno las dos eran iguales, hermanas de sufrimiento. Y por tanto, le hizo un gesto para que se sentase a su lado como una comensal más a su mesa.

A los pocos minutos, varios secretarios trajeron una tetera humeante, el olor especia del té chai inundando el ambiente a su paso, y una bandeja de plata con todo tipo de frutas cortadas, así como comidas saladas y fácil de llevarse a la boca con la mano, como pequeñas tartas de patata rebozadas en especias o panes que podían mojarse en salsas de diversos colores y aromas fuertes. – Por favor, atended al joven Erk, que no le falte de nada. – indicó y señaló a la sala contigua en la que había dejado al mago descansando. Estaba algo preocupada, pero con los dos sirvientes allí, no había nada de lo que tuviera que tener temor. Sabía que le cuidarían y que velarían porque estuviera bien. Sissi estaba segura de que el calor había tenido mucho que ver. No por nada insistía a los extranjeros a portar ropa cómoda y ligera para el clima, pues los golpes de sol eran más comunes de lo que uno podría creer.

Asintió contenta al verles desaparecer tras la puerta y dirigió de nuevo su plena atención a la samurái. Ya habiendo solucionado el problema, no había nada que pudiera distraerla de su invitada. – Joven Kazahana, ¿cómo fue su viaje desde Ylisse? Confío en que tuviera buen temporal y que no encontrase enemigos en el camino. Naga sabe que tratamos de hacer lo posible por proteger Sindhu de los emergidos, pero son una criaturas muy difíciles de expulsar, regresan sin haber desfallecido y no temen a la muerte o la aniquilación. Nuestro ejército es pequeño pero ha logrado grandes avances en repeler la plaga. Sin embargo, cualquier ayuda es bienvenida. En cuanto me dijo que era una samurái, profesión altamente valorada en Hoshido como he podido aprender, y que me ofrecía sus servicios, no pude más que querer agradecerle su iniciativa y su voluntad, y quizás ofrecerle, si acaso lo deseara, un puesto en el ejército de Sindhu. Confío en sus credenciales como guardia de la familia real de Hoshido.

Sissi se tomó la libertad de tomarle de una mano y apretarla con suavidad. – Lamento lo sucedido, joven Kazahana. Sé que esto no debe ser fácil para vos. Pero quiero que sepa que puede hacerme partícipe de sus dudas o necesidades. Le tenderé una mano amiga en la medida en la que pueda cumplir su petición.
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Mensaje por Hana el Mar Jul 02, 2019 8:28 pm

A pesar de que ya habían transcurrido varios días desde su llegada al puerto de Sindhu, Hana seguía sin acostumbrarse al estilo de vida local tan diferente de todo lo que conocía. Para alguien como ella, que nunca había abandonado Hoshido con anterioridad debido a sus numerosas responsabilidades como guardia real, ver a tantas personas ataviadas con telas de todos los colores imaginables, adentrarse en rígidos edificios que estaban construidos con piedra blanca y no con madera, o tener una audiencia real con la mismísima reina de aquellas tierras parecía algo sacado de un sueño. Se maravillaba al presenciar nuevas costumbres, y dado a que los nativos poseían una cultura tan ajena a la suya propia, el hecho de que se sintiese fuera de lugar podía considerarse algo inevitable. Incluso cuando alzó la mirada tras escuchar el permiso de la monarca para ponerse en pie, y aprovechando la corta distancia que las separaba para fijarse mejor en ella, no pudo evitar asombrarse al comprobar que la vestimenta de la reina Sissi no era tan sobria como las ropas de sacerdotisa que solía llevar la reina Mikoto en el castillo Shirasagi, sino más bien todo lo contrario: aquellas telas doradas con motivos exóticos eran desde luego llamativas, pero también parecían bastante preparadas para soportar el clima caluroso del país. La camisa corta dejaba parte del torso de la mujer al descubierto, mientras que las joyas que adornaban todo su cuerpo eran sin duda extravagantes. En silencio, Hana juzgaba no solo las amables palabras de la reina, sino también la manera en la que vestía. Si estaba dispuesta a ofrecer su espada y lealtad a la causa sindhi, primero quería saber el tipo de monarca que era en realidad Sissi.

Agradezco profundamente la gran compasión y generosidad que brindáis a mi pueblo cada día, alteza —dijo con sinceridad mientras se levantaba del suelo. A pesar de que las palabras de su ilustre interlocutora invitaban a que empezasen a tratarse con mayor cercanía e informalidad, la samurái todavía se negaba abandonar el protocolo. Evitaba mirar a la reina Sissi a los ojos directamente, y mantenía una postura marcial hoshidana impecable.

Creo que hablo por todos mis compatriotas al afirmar que nunca olvidaremos que el reino de Sindhu nos tendió una mano amiga cuando más lo necesitábamos. Somos buenos trabajadores, así que esperamos poder devolveros el gesto aportando nuestra artesanía tradicional, y no siendo un lastre para vuestra economía.

La voz de la muchacha sonaba firme y madura para ser alguien tan joven, pero como antigua miembro de la guardia real conocía bastante bien las formalidades que abundaban en las relaciones diplomáticas. Aunque los hoshidanos que habían decidido buscar refugio en Sindhu eran una minoría si se les comparaba con los que decidieron quedarse en Akaneia, no les faltaban ganas de ponerse a trabajar para colaborar en el desarrollo del reino. Algunos eran sastres que sabían confeccionar toda clase de prendas orientales, otros eran herreros que conocían los secretos de la forja de katanas auténticas. A pesar de que por naturaleza sentían algo de reticencia a la hora de compartir sus costumbres y tradiciones centenarias con los demás, el deseo de querer corresponder las buenas intenciones de los ciudadanos de Sindhu primaba sobre cualquier orgullo hermético que pudiesen conservar. Lo cierto era que Hana compartía el mismo sentimiento, y estaba dispuesta a prestar sus servicios como espadachina para lo que fuera necesario. Quizá la esgrima hoshidana no fuese tan famosa como la de Chon’sin, pero estaba convencida de poder servir no solo como soldado sino también como instructora. No obstante, ese sería un tema a tratar más adelante, pues la reina Sissi la invitó a sentarse junto a ella para tomar té caliente, para acto seguido preguntarle si había comido algo ese día.

Así es, alteza. Forma parte de la rutina de todo samurái alimentarse apropiadamente. Esta mañana probé además una fruta muy extraña a la que llaman Ma-N-Go, o algo parecido. Aunque reconozco que no he tomado mayor bocado hasta ahora —mencionó en un tono mucho más relajado, aceptando por cortesía a tomar asiento cerca de la monarca. Quizá en otras condiciones habría titubeado ante tan informal invitación, pero la reina Sissi parecía alguien bastante humilde a pesar de su posición. La cercanía con la se dirigía a sus súbditos e invitados le recordaba a la señora Mikoto, y eso era algo que la tranquilizaba.

El té solicitado no tardó en llegar, pero no olía igual que el hoshidano. La sorprendió de igual forma descubrir la ausencia de cualquier tipo de ceremonia a la hora de servir la bebida, pero prefirió no manifestar su confusión por respeto a las tradiciones del reino anfitrión, que una vez más, distaban demasiado de todo aquello a lo que estaba acostumbrada. Hana seguía tratando de evitar mirar directamente a Sissi, así que sus ojos de color pardo estaban tan solo posados sobre la tetera que acaban de traerles. Fue entonces cuando la reina volvió a hablar ofreciéndole de repente un puesto en el ejército de Sindhu, preguntándole también por su viaje por Ylisse. Lo primero tomó algo desprevenida a la muchacha de cabello ondulado, que parpadeó confundida antes de responder. No porque no se esperase una propuesta semejante, sino porque no pensaba que fuesen a tratar el tema tan pronto.

Sería un placer serviros durante mi estancia indefinida en vuestras tierras. Pero, si me permite expresarme con libertad, desearía poder ofreceros algo más que mi antiguo cargo para demostrar mi valía y lealtad a vuestra causa.

En efecto, la reina ya sabía que había sido vasalla de la princesa Sakura, pero eso no probaba su habilidad con la espada, o su compromiso en la defensa de la nación que le estaba prestando asilo. El sentido del honor de Hana le impedía aceptar un puesto en el ejército así sin más, por lo que esperaba que la monarca le pusiese alguna prueba mediante la cual demostrarle que merecía su confianza. Sin embargo, mientras esperaba la respuesta de la reina Sissi, decidió hacer una pausa antes de contestar a la pregunta sobre su travesía.

Y con respecto a Ylisse, en realidad me sorprendió no encontrar ningún tipo de percance a la hora de cruzar la frontera. Algunos de los nuestros decidieron quedarse allí, donde las tierras son prósperas y también se venera al Dragón del Alba… pero otros necesitábamos… alejarnos todo lo posible de Hoshido... —el rostro de la samurái se ensombreció al pronunciar lo último, pero recobró su semblante sereno al notar cómo la mujer tomaba su mano, y le dedicaba unas palabras tranquilizadoras—. Gracias...
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Mensaje por Sissi el Mar Ago 20, 2019 12:08 pm

Después de unos breves momentos en los que apretó la mano ajena, Sissi la soltó con suavidad. Ante la mención de la palabra “mango”, la reina asintió y sonrió un poco ante la pronunciación extranjera, pero pronto frunció un poco los labios al escuchar que era lo único que había comido en todo el día. Hizo un gesto hacia la comida y acercó los platillos que los sirvientes habían dejado en la mesa hacia la joven beorc. Desprendían un olor especiado y familiar que inundaban sus fosas nasales. La mezcla entre sabores dulces y sazonados era perceptible a través del olfato. Había algún bocado incluso picante, pero según lo que había podido leer de Hoshido, allí tomaban comidas con mucho sabor, aunque quizás no tanto como gastronomía de Sindhu. Y puesto que Kazahana era su invitada, Sissi tomó la tetera de estilo sindhi y vertió el contenido en dos tazas de arcilla, finas en su elaboración pero desprovistas de mayores adornos. El té no era semi-transparente como el que se podía tomar en otras regiones, sino que era de un color marrón claro y espumoso por la leche.

–Muy bien, joven. Si deseáis probaros antes de entrar a mi servicio que así sea; Sindhu necesita toda la ayuda posible para combatir a los emergidos, pero también para patrullar las ciudades y mantenerlas a salvo, y evitar los ataques por parte de los salvajes que viven en la selva. La gente necesita sentirse a salvo, pero también necesitan ayuda para reconstruir sus vidas. Si lo desea, puedo enviarla a ayudar a los refugiados hoshidianos. Tengo entendido que muchos de ellos se han establecido en el Valle Diamante. Otros han tenido más interés en marchar desde Sindhu hasta Senay, con intención de asentarse más tarde en Chon’sin si el país logra liberarse –le dijo Sissi. Sopló un poco sobre su propia taza de té y después tomó un ligero sorbo, lo suficiente como para poner una mueca por lo caliente que estaba la bebida aún. Continuó:

–Tenéis muchas formas de contribuir a nuestra economía y seguridad; os ofrecería, si pudiera, ayudar en la construcción de la aldea kitsune que ahora se está estableciendo en la selva, pero los zorros son muy desconfiados, no creo que deseen ningún tipo de ayuda beorc.

Aunque quizás la pérdida les hiciera más adeptos a la unificación con la raza humana. Cuando pudiera, debería hablar con Isamu del tema, pues podría existir la posibilidad de una nueva amistad entre las gentes de Hoshido. Les unía un enemigo común y el abandono de su hogar, motivos de fuerza para olvidar la mala sangre y empezar de cero. Pero primero debía de hablarlo con otra gente, pues las heridas aún eran profundas y cada uno debía de sanarlas como pudiera. La joven Kazahana no se le hacía una muchacha descortés o racista con los laguz. Las personas para las que había trabajado en su breve estancia en Sindhu le habían dicho que no había tenido contratiempos con ningún compañero; aunque Sissi sabía que la mayoría de los beorcs eran un poco racistas en el fondo, pues la falta de convivencia con otras razas les hacía sospechar y temer a lo desconocido. Habría de ver cómo se desenvolvía con compañeros laguz, pues era importante en su pequeño ejército que todo tuviera su equilibrio y pudieran confiar los unos en los otros.

–Pero no debéis obsesionaros con pagarme ninguna deuda, joven Kazahana. No ha sido compasión lo que me ha movido a ayudar a Hoshido. En Sindhu sabemos lo que es perder un hogar y huir a través del mar en busca de uno nuevo, prácticamente sin saber si un lugar así pueda ser encontrado. Sabemos lo que es pasar miedo y hambre y no poder dormir porque nuestras casas arden y nuestra gente está siendo masacrada. Y sabemos, mejor que muchos, lo que es que nadie pueda o quiera ayudarten–dijo con la voz tomada. Guardó silencio. Para Sissi, la palabra compasión se quedaba muy corta para lo que sentía por Hoshido.

–…Solo lamento no poder ayudaros de otra manera. La situación política me impide hacer nada más que proporcionar cobijo a vuestra gente. Mi deber es primero con mi pueblo y con mi continente. Valentia necesita toda la ayuda posible, en especial cuando hay tantas regiones caídas que puedan impactar negativamente contra nosotros. Nohr, además, es demasiado fuerte, demasiado grande, demasiado versada en el arte de la guerra. No desearía empezar ningún tipo de conflicto contra un país tan militarizado como ellos. Todos perderíamos demasiado, incluido Hoshido.
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