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[Campaña de liberación] Lord de Grannvale y Estratega de Ylisse

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Mensaje por Invitado el Jue Nov 02, 2017 9:36 am

۰•● Campaña de Liberación ●•۰
Lord de Grannvale y Estratega de Ylisse
_____________________________________

Había comenzado los preparativos para partir hacia Magvel con parada en Renais, prosiguiendo mi viaje educativo, cuando recibí información de que el gran lord Sigurd pedía para la liberación de su país. - Si no me equivoco Grannvale es un gran país de Jugdral, podría convertirse en un buen aliado de recuperarse en un futuro. - Pensé en aquel momento. Lo sé, no era un motivo digno, pero no creo que ningún lord quisiese caridad de nadie. Un honorable señor siempre debería poder agradecer la ayuda que se le presta, aunque no necesariamente con oro, la amistad también es un buen agradecimiento.

Eché un vistazo a Magvel mientras tomaba la ruta más corta a Grannvale bordeando Renais y Carcino, pensé en el increíble contraste que existía entre el país libre y los que habían caído por los emergidos, que prácticamente dividían el continente en dos. Me imaginé la situación del lugar al que me dirigía, con la diferencia de que el terreno ocupado de Grannvale era increíblemente más extenso. Sería más complicado que la misión en Kilvas, estaba segura.

Atracamos sin mayores problemas en la costa suroeste del país, allí donde había acordado la reunión con el Lord. Había elegido esa localización con el fin de tener una vía rápida de escape a Tracia en caso de complicaciones. A pesar de que esa debía ser una zona poco dominada, la niebla era tan espesa que apenas podía verme las manos a un palmo de la cara. Mucho menos esperaría ver a Sigurd con tanta dificultad. Pensé que sería más fácil bajando a tierra, esperaba que el noble hubiese tenido la misma idea.

- Capitán, siento haberle pedido que me trajese hasta estas tierras... - Le dije al pequeño y barbudo hombre con sinceridad - Si ahora decidiese dar la vuelta e ir a algún país más seguro, no sería capaz de juzgarle. Muchas gracias por toda su ayuda. - El hombre me miró con un semblante serio, difícil de distinguir por la niebla. - Muchacha, antes de que contratarás nuestro servicio para tu travesía tan sólo llevaba pescado de puerto a puerto... - Hizo una pausa para carraspear antes de seguir, - Ahora puedo decir orgulloso que pude ayudar a una hermosa estratega a eliminar a esos seres del aberno. Sólo espero que nunca dejes de contar con la ayuda de mi navío, y por nada del mundo daré media vuelta contigo aquí. - Pude distinguir perfectamente la sonrisa llena de dientes del pequeño hombre. - Deberías confiar más en este viejo testarudo - Dijo finalmente. Unas lágrimas rodaron por mis mejilla, aunque esperaba que el no pudiese verla. - Si... Gracias, Capitán... - Me serené y sequé la piel de mi cara. - Aunque no es usted tan viejo - Dije mientras soltaba una carcajada, a la que se sumó él también.

Bajé de la embarcación y miré alrededor para confirmar la asistencia de mi aliado. Ciertamente la niebla era menos espesa a esa altura, pero seguía siendo una complicación para la vista. - Me pregunto si los emergidos tendrán el mismo problema... - Dije en un tono de voz normal mientras pensaba cuál sería el siguiente paso.
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Mensaje por Sigurd el Sáb Nov 11, 2017 8:38 pm

Sigurd levantó la mirada hacia la extensión del mar, pero lo único que veía era una suave blancura grisácea cubriéndolo todo.

El duque se sentía algo inquieto. La niebla era normal en aquella época del año en Grannvale, y aquella playa en cuestión no era una excepción. De hecho, si había escogido Sigurd esa misma playa como su base portuaria era porque, entre otras razones, la niebla haría que fuera más difícil que dicha base fuese descubierta por los Emergidos. Pero aquello era un arma de doble filo, pues también podía el enemigo acercarse a la base sin que se dieran cuenta con más facilidad. Era una apuesta, que tanto podían ganar como perder.

En el mejor de los casos, podían usar esa misma niebla para organizar un ataque sorpresa sobre Calphy y retomar el castillo sin sufrir muchas bajas. Apenas había podido recuperar un par de centenar de hombres, a los que tenía trabajando en la construcción de la base portuaria, vigilando los alrededores y preparando el armamento para organizar el primer ataque. Eran hombres valientes, que le habían seguido hasta Magvel a liberar Renais de los Emergidos, además de unos cuantos que habían logrado escapar de la masacre de Grannvale y se habían unido a Sigurd para volver a reconquistar su hogar.

Sigurd contaba que para retomar Calphy serían suficientes. No sería fácil, pero tampoco era una causa imposible. El problema sería lo que vendría después. Retomar todo un reino es mucho más difícil que sólo un castillo. Requerirá mucho tiempo y sacrificios. Y lo peor de todo es que tenía que hacerlo contrarreloj. El reino de Nohr había acudido a Grannvale para combatir contra los Emergidos, pero con la intención de reclamar todo el reino para sí. Debía liberar Grannvale antes de que fuese tomado por el ejército nohrio. Toda una carrera contrarreloj.

Sigurd caminaba por la arena de la playa, dando vueltas continuamente, planificando planes y alternativas, pero tampoco es que se le ocurriesen muchas ideas. El duque de Calphy era un hombre de acción, alguien que prefería cargar de frente, con él en la vanguardia, cara a cara contra el enemigo. Pero se daba cuenta de que para recuperar su amada patria, aquello no bastaría. No con la situación de inferioridad numérica en la que se encontraban. Si luchaba contra los Emergidos como había luchado hasta ahora, lo único que lograría sería sacrificar vidas sin sentido ¿Pero cómo debía proceder entonces? ¿Había alguna forma de garantizar el éxito de la campaña de reconquista minimizando las bajas? Por más que se frotaba las sienes no se le ocurría ningún plan a largo plazo. Necesitaba un milagro.

-¡Mi señor duque!-llamó un soldado a Sigurd, sacándole de su ensimismamiento.-¡Un barco se está acercando a la playa!
-¿Un barco? ¿Se sabe de dónde viene?-el tono de Sigurd era de preocupación. Podrían ser Emergidos, o un barco del ejército nohrio. De ser cualquiera de esos dos casos, tendrían problemas.
-No lo sabemos señor. Parece pilotado por humanos, pero con la niebla nos es imposible ver qué estandarte portan.
-Preparémonos para lo peor. Dad la alarma y formad un pelotón armado en la costa. Pero no ataquéis hasta que dé la orden.-ordenó mientras miraba el mar, intentando ver por él mismo el barco que se avecinaba.
-¡A sus órdenes!-el soldado respondió con un saludo marcial y marchó a cumplir con su cometido.

Sigurd lanzó una mirada al soldado y se dirigió hacia el centro de la playa, acariciando con su mano diestra el puño de su espada envainada, preguntándose si tendría que desenvainarla tan pronto.

Detrás de él se fue formando un pelotón de soldados en formación triangular y listos para el combate, con el escudo alzado en posición defensiva. Como de costumbre, Sigurd volvía a estar al frente.

El barco no se encontraba lejos. Debido a la niebla, no había podido ser avistado hasta estar ya bastante cerca de la costa. Pero eso no hizo que la llegada del barco hasta la playa se hiciese eterna para el duque, quien odiaba ese tipo de tensión. Afortunadamente, cuando el barco atracó, no bajó de él ningún comando nohrio presto al combate. No, sólo descendió una mujer.

La niebla no permitía verla bien, pero parecía ser una jovencita de pelo plateado medio oculto por una capucha. Sigurd no la reconocía, podía apostar que nunca la había visto en la vida. Pero lo importante es que no parecía haber peligro. El duque dio un suspiro de alivio.

-Bienvenida a Grannvale, señorita.-saludó el duque de manera cordial con una sonrisa en su rostro.-Me presento, soy Sigurd de Calphy, señor de estas tierras… o más bien lo que queda de ellas.-la cortesía era fundamental incluso en casos como aquel.-¿Puedo preguntaros quién sois y qué habéis venido a hacer aquí? Pues imagino que con la situación en la que se encuentra mi querido reino, dudo que hayáis acudido simplemente para hacer turismo.

No era una burla, sino simplemente una broma amistosa que no buscaba ofender. El saber que no había peligro de aquel barco y que su base en la playa no había sido descubierto por Nohr o los Emergidos habían relajado la tensión del duque como para tomar una posición más distendida con aquella desconocida.

Pero eso no quitaba que realmente se preguntase que hacía aquella joven muchacha en un territorio que se había vuelto tan hostil como el reino de Grannvale.
Sigurd
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Mensaje por Invitado el Miér Nov 15, 2017 2:39 pm

Ciertamente, no tuve mucho tiempo para pensar, pues un gran conjunto de siluetas parecía haber estado esperando mi llegada. Me pregunté si serían emergidos, pues la visibilidad no era la mejor, eso sería un importante problema en aquel momento, ya que mi utilidad individual no era de las mejores en casi ningún aspecto. Mi trabajo se basaba en aprovechar la capacidad individual de cada guerrero y lograr una armonía en planes de conjunto... Y realmente estaba muy cómoda con esa ocupación.

Una de las figuras atravesó la espesa niebla, acercándose a mi posición, motivo por el que descarté la posibilidad de que fuesen enemigos. Lo lógico en un grupo de emergidos hubiese sido un ataque grupal, para garantizar un mayor índice de éxito con un menos número de bajas. La silueta tardó poco en transformarse en un hombre peliazul con un magnífico porte, debía ser un noble. Cosa que fue corroborada con la presentación que llevó a cabo instantes después.

- Sigurd de Calphy...  -, pensé en mi cabeza, - le imaginaba más... -. Por mi cabeza rondaba la imagen de un arquero con el pelo gris portando un enorme ramo de flores, aunque rápidamente deseché esa idea con un brusco movimiento de negación de la cabeza. - Nada, olvídelo -. Hice un gesto de negación con la mano para acompañar la frase anterior, me había sonrojado por algún motivo, esperaba que la niebla tapase aquel detalle.

No eran formas de tratar a un noble de otro país, pero mi forma de ser siempre había dejado la cortesía un poco de lado, pues daba por hecho que las personas con las que me acababa relacionando, si bien no eran encuentros casuales, acabarían olvidando aquellas pequeñas faltas de etiqueta al entablar mejores lazos. Por el momento, llevé una mano al pecho e hice una pequeña reverencia, era el momento de presentarme con mi nombre y cargo, no podía dejar mal al país del que venía. - Mi nombre es Daraen, soy estratega de Ylisse -, me incorporé otra vez, intentando mirar al duque a los ojos antes de continuar, - y una de las mejores -. No había duda en mi voz, realmente creía con completa fe en mis capacidades como planificadora táctica. - Si no me equivoco, habíamos contactado por medio de un intermediario... Me dijo que este era el punto de encuentro -, dije, buscando quizás aclarar más mi identidad y objetivo en aquellas tierras.

Me acerqué más a Sigurd, una vez presentados, no consideraba la necesidad de mantener la tensión en el ambiente o de seguir conversando de forma inútil. Si me encontraba en aquella nación era únicamente ayudar en la liberación del castillo del duque y ganarme su amistad y alianza futura. - Bien, ya que es su castillo, necesitaré cierta información sobre el mismo para poder elaborar un plan que no mate a todos sus hombres... -, fui directa al punto principal, perder más tiempo solo minaría la determinación de los allí presentes. - En primer lugar... ¿Cuántas entradas hay? ¿Y la disposición general del castillo? ¿Ya ha mandando algún equipo de exploración? -, le asaltaba con las preguntas más importantes, ya que cualquier dato relacionado con ellas sería de vital importancia.
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Mensaje por Sigurd el Sáb Nov 18, 2017 6:45 pm

-¿No soy lo que os imaginabais? No preguntaré que es lo que os esperabais, sólo deseo no haberos decepcionado demasiado.-respondió Sigurd alegremente, con la mano diestra detrás de la cabeza. Por lo general, el duque de Calphy era bastante serio, pero todavía seguía alegre ante el alivio de saber que su base en construcción no había sido descubierta.

Pronto se resolvió la incógnita de quién era la mujer, en cuanto ella misma se presentó. De nombre Daraen, se trataba de  una estratega enviada por el reino de Ylisse. Bastante orgullosa, decía de sí misma que era una de las mejores. Sin embargo, había algo que no cuadraba en el relato que la había contado…

-Es cierto que hemos solicitado ayuda formal a todos los reinos posibles para salvar mi patria, incluida Ylisse.-empezó a hablar el duque, con un tono mucho más serio, sin dejar de responder a la mirada de la estratega.-Sabíamos que el Sacro Reino de Ylisse estaba dispuesto a echarnos una mano en estas horas oscuras, pero no hemos recibido ninguna carta avisando de vuestra llegada a esta base. Vuestra llegada nos ha sido toda una sorpresa.
-A lo mejor la carta anunciando la visita de la estratega se perdió en el camino hasta aquí.-sugirió uno de los soldados situados detrás del duque.
-O quizás ha sido interceptada. Puede que quien tuviera que traer el mensaje fuese emboscado por piratas Emergidos.-razonó otro a su lado.
-¿Y si lo ha interceptado el ejército nohrio?-razonó una tercera, con un tono de voz claro de alarma.-Dudo que los Emergidos sepan leer en nuestro idioma, pero si el mensaje ha sido cortado por los nohrios ¡sabrán que estamos aquí!
-Puede que toda esta historia sea una mentira ¿Quién nos dice que esta mujer no es una espía nohria que se hace pasar por estratega para engañarnos?-interpeló un cuarto, señalando con el dedo acusador a Daraen.
-¡¡SILENCIO!! ¡¡CALLAOS DE UNA VEZ!!-ordenó furioso Sigurd, y todos se encuadraron, poniéndose en posición de firmes y cerrando sus bocas de manera instantánea. El duque soltó un nuevo suspiro y se volvió de nuevo a la estratega avergonzado.-Lamento que hayáis tenido que ver este triste espectáculo. La pérdida de nuestra tierra y la traición de Nohr nos han puesto a todos la semilla de la desesperación y la paranoia. Espero que podáis perdonarnos.

Sigurd confiaba de entrada en aquella mujer. Cierto que no tenía nada en qué basar su confianza, puesto que era verdad que él no había recibido ninguna carta de Ylisse avisando de la llegada de la estratega. Pero tampoco tenía ninguna prueba que demostrase que no podía confiar en ella. Y para Sigurd, todo el mundo era inocente hasta que se probase lo contrario, incluso en circunstancias tan oscuras como aquellas. Además, el Dios Baldo sabía que Sigurd necesitaba toda la ayuda posible y no iba a rechazar una mano amiga que pudiese servirle para la gigantesca empresa que tenía por delante.

-Bien, si de veras eres una de las mejores estrategas, no te importará ponerte a trabajar ya mismo…-inquirió el duque, quien obtuvo como respuesta una serie de preguntas acerca de la situación de para la toma del castillo de Calphy. Al duque le resultó interesante el entusiasmo que mostraba.-Como ya habréis anticipado, nuestro primer golpe es recuperar el Castillo de Calphy. Aparte de ser mi castillo personal, y del cual conozco más y puedo reconquistar más fácilmente, es el que se encuentra más cerca de la costa y permite establecer un punto de unión con el exterior para poder recibir ayuda y provisiones de fuera. Recuperar Calphy es vital como primer paso para recuperar Grannvale.-explicó el duque a la estratega, antes de pasar a responder a sus preguntas, para dejar bien claro el motivo de aquella misión que estaban preparando.-Entrada al castillo sólo hay una, la principal. El castillo está rodeado de una muralla cuadrada de tres metros y medio de altura, de piedra sólida y resistente. En cada esquina hay situada una torre, que sirve de vigía y para disparar flechas desde lo alto. Sin embargo, no hay mucho más. No hay foso, ni trampas preparadas. Una vez superada la muralla, El castillo tiene diversas entradas por las que es posible acceder a cualquiera de sus recovecos, incluido el Salón de Audiencias. Si superamos la muralla es como si hubiésemos tomado ya el castillo. Como podéis ver, no es que tenga una defensa elaborada. Nunca nos habíamos enfrentado a una situación de asedio en las últimas décadas, es por ello que los Emergidos han podido tomar el castillo tan fácilmente de entrada. Pero eso significa que también es fácil para nosotros retomarlo.-expresó el duque con optimismo y determinación en su voz, como si diera por hecho que la victoria estuviese ya garantizada.

El resto de hombres empezó a murmurar por lo bajo, hasta que una mirada de Sigurd los volvió a hacer callar. Era obvio que no compartían el entusiasmo del duque, y mucho menos que le contase de buenas a primeras todos sus planes a aquella mujer que acababan de conocer y de la cual no sabían absolutamente nada. Esa confianza desmedida era la que para ellos había tenido como consecuencia la pérdida de Grannvale y la traición de Nohr. Pero Sigurd no parecía dispuesto a cambiar su forma de ser, a pesar de tan trágicas experiencias, algo que ni sus propios hombres eran capaces de comprender.

-Contamos con cien hombres armados y adiestrados para el combate. También tenemos un puñado de supervivientes, entre los cuales hay unos cincuenta jóvenes dispuestos a unirse a la batalla para recuperar su hogar. Su valor y fuerza es indiscutible, pero carecen de entrenamiento y disciplina militar. Con estas fuerzas deberíamos ser más que suficientes para tomar Calphy. Otra cosa es lo que haremos a partir de ahí…-continuó explicando el duque a la estratega para luego dirigir su mirada hacia el bosque, en un intento vano de ver algo a través de la niebla.-Hemos enviado un pequeño grupo de exploradores para evaluar la situación y saber de cuántas fuerzas cuenta el enemigo. En cuanto regresen, que no debería faltar, podemos elaborar un plan más al detalle. Pero de entrada ¿qué os parece la situación a vos?-preguntó curioso por saber de la opinión de una de las mejores estrategas de Ylisse.
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Mensaje por Invitado el Vie Nov 24, 2017 3:21 pm

La frase “si de veras eres una de las mejores estrategas”, había hecho que me encogiese por dentro... Si bien era cierto que no me conocía y tampoco había mucho que haber oído hablar de mi por el momento, cosa que entendía, aquellas palabras se fijaron en mi cabeza como un reto hacía mi, como si me pusiese a prueba. No importaba si había sido con otro motivo en mente, para mi ya era un desafío en toda regla, me lo tomaría con toda la dedicación que pudiese alcanzar. Escuchaba atentamente la lógica explicación del duque, aunque eran puntos básicos en la economía de un asedio a gran escala, siempre estaba bien conocer las ideas de aquellos a los que consideraría aliados.

Miré comprensivamente al duque. Por como explicaba el plan general parecía completamente seguro de que no habría ningún fallo... Pero un ataque frontal supondría la pérdida de muchos hombres, era lo único con lo que no podía estar de acuerdo. - La situación, objetivamente, me parece completamente favorable... Pero... -, me acerqué más al duque, para susurrarle las siguientes palabras sin que oídos indiscretos captasen alguna, - no estás pensando en lo que tendrás que sacrificar para lograrlo... -. Me separé con una sonrisa inocente, no quería minar la moral de las tropas antes de comenzar.

- Tienes razón, deberíamos esperar al grupo de infor... -, me interrumpí mirando a algún punto detrás de Sigurd, donde acababan de aparecer nuevos aliados. Traían un largo papiro enrollado con ellos, concretamente en las manos de un hombre especialmente bajito que se acercaba hacia el duque. - Señor, hemos hecho un pequeño boceto de las defensas exteriores del castillo junto con la posición de los emergidos, como ordenó... Aquí tiene -. Con una reverencia se fue con el grupo del que había venido.

Sin ningún tipo de reparo, cogí el mapa de las manos del noble y lo examiné con cuidado. Había una inmensa cantidad de emergidos en la zona exterior, ciertamente... Sería complicado lograr una entrada en aquel lugar sin perder hombres. Fue poco después que abrí mucho los ojos, recordando la descripción del castillo que me había dado el duque. - Perdona, Sigurd, ¿no? -, comencé mientras tramaba algo, - ¿Te importaría mucho si derribo una pequeña parte de la muralla exterior? -. Mi sonrisa inocente era quizá como la de una niña que piensa que ha descubierto algo increíble juntando dos piedras imán.
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Mensaje por Sigurd el Dom Dic 24, 2017 3:58 pm

La estratega de Ylisse no pareció incomodada por la reacción que había despertado en los hombres de Sigurd. Si se había ofendido por las acusaciones recibidas, no lo mostró en absoluto, ni siquiera hizo un comentario al respecto. El duque de Calphy pensó para sí que debía ser toda una profesional, si no permitía que los comentarios ajenos la perturbasen lo más mínimo. Tanto mejor, Sigurd necesitaba a una auténtica profesional.

Por desgracia, los demás soldados que se acompañaban no estaban tan convencidos. Si bien se habían callado y sólo murmuraba por lo bajo, seguían desconfiando de la mujer casi como dando ya por sentado que era una espía o algo peor. Sigurd podía volver a hacerlos callar, pero no solucionaría nada. Odiaba tener que admitirlo, pero si la mujer quería ganarse la confianza de sus hombres, tendría que hacerlo por sus propios méritos, demostrando su valía. No había otra manera.

A falta del informe de los exploradores, Daraen se tuvo que conformar en un principio con las palabras de Sigurd para elaborar sus primeras impresiones. Era cierto que el duque se veía bastante confiado, al menos para aquella primera batalla. Sin embargo, en un tono bien bajo, casi en un susurro, de forma que sólo él pudiese escucharle, la estratega de Ylisse le preguntó si había considerado las bajas que tendría lugar en un ataque frontal.

Sigurd se quedó pensativo unos instantes. Claro que había calculado que habría riesgos, pero tampoco tantos como para cuestionar su plan de entrada. Aunque también era cierto que no quería perder ni una sola de las vidas de sus hombres, y no sólo porque les necesitaba a todos para las siguientes batallas sino porque como su señor, era su deber proteger las vidas de todos y cada uno de ellos. Por lo que no hería su orgullo escuchar otras posibilidades, si realmente servía para salvar más vidas.

-Claro que quiero asegurarse de que perdemos el menor número de hombres posible. Todas y cada una de las vidas de este ejército es invaluable, y es mi deber hacerme responsable de cada uno de sus destinos. No voy a enviarlos a una muerte segura en vano.-replicó en tono serio el duque de Calphy, y detrás de él se oyeron murmullos de apreciación, por parte de los soldados que bien se sentían a salvo sirviendo a alguien tan honorable.-Precisamente, había pensado en hacer un ataque sorpresa para garantizar que pillábamos al enemigo desprevenido, lo cual garantizaría no sólo nuestras posibilidades de éxito, sino que reduciría de manera importante el riesgo de incurrir en bajas en nuestro propio campo. Cerca del castillo hay pequeños bosques, podemos utilizarlos para acercarnos sin ser vistos y entonces atacar antes de que esos monstruos tengan oportunidad de reaccionar a tiempo y preparar sus defensas. Además, aparentemente los Emergidos no tienen una visión distinta de la nuestra. Si les atacamos de noche, podemos acercarnos sin ser descubiertos con más facilidad todavía.

Era una estrategia básica, pero Sigurd bien creía que podía ser útil. Si había alguna forma de vencer a los Emergidos, la desconocía. Estaba preparado para escuchar las opciones de la estratega de Ylisse, pero antes de eso, una parte del grupo de exploradores regresó, trayendo un informe pormenorizado de los descubrimientos llevados a cabo en el territorio a conquistar.

-Buen trabajo, señores. Descansad por el momento, pero quedaros por aquí cerca, por si tenemos que haceros alguna pregunta aparte de lo que aquí venga referido.-ordenó el duque a sus exploradores, quienes respondieron haciendo un saludo marcial antes de retirarse a descansar.

Sin embargo, Daraen se le adelantó a la hora de coger y leer el documento. En vez de quejarse, se limitó a ponerse detrás de la estratega, que por fortuna era más bajita que él, y leyó el informe por encima de su hombro.

El informe estaba bastante detallado. Parecía revelar que aparte de las fuerzas concentradas en el castillo, había varios grupos de Emergidos situados en los bosques cercanos. Parecían un pequeño pelotón apostillado para asegurarse precisamente que el enemigo no utilizaba los bosques para sorprenderlos ¡Maldita sea! Esas criaturas habían previsto el plan de Sigurd, era obvio que no podían infravalorarlas.

Daraen no parecía molesta por esa información. Al contrario, con una sonrisa dulce en su rostro, preguntó si estaba de acuerdo con destruir una parte de la muralla del castillo.

-En principio no me molesta. Lo importante es tomar el castillo, luego se puede reconstruir, no hay prisa. Lo que ocurre es que no tenemos armas de asedio que puedan dañar la estructura de forma tan considerable. Lo que tenemos son los restos de un pequeño ejército, no contamos con catapultas ni torres de asalto. Podríamos dañar la muralla y llegar a romperla con mazas, pero nos llevaría un tiempo ¿Por qué lo preguntáis? ¿Alguna idea en particular?

Tenía curiosidad por saber qué era lo que pensaba Daraen, y comprobar si realmente era merecedora de considerarse una de las mejores estrategas.
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Mensaje por Hrist el Mar Mayo 22, 2018 11:50 am

Spoiler:

Tras hablarlo con el otro usuario de esta campaña, me incorporo a ésta para que avance de nuevo

Hacía ya unas semanas que Hrist se había alistado a las campañas de liberación de Grannvale. La primera campaña que le encomendaron (patrullar caminos) acabó bien. Encontró a un misterioso joven acompañado de un anciano wyvern, a los que ayudó a escapar de un ataque emergido por aquellos lares. Su segunda campaña, de reconocimiento en las Ciudades Bendecidas, también se había saldado relativamente bien: el joven extraviado con el que se había topado pudo seguir con su camino, y ella informó del estado del lugar. Los que manejaban el cotarro a nivel intermedio debieron pensar que daba la talla para algo con algo más de responsabilidad.

-¿Has visto, Logi? Será por gente… -comentó arrastrando la voz Hrist al wyvern, que estaba repantingado de forma poco elegante sobre una enorme roca, bostezando con muchísima pereza. Éste le respondió con un lánguido gemido.  

Ahí estaba ella, engrosando las filas de soldados y mercenarios apuntados a la causa de cierto noble, un tal duque de Calphy. Iban, nada más ni nada menos, que a recuperar el castillo del noble. ¡Casi nada! Para la mercenaria, aquello era como un pasito adelante en su carrera. Hasta el momento, sus deberes en las campañas de liberación o conquista habían sido patrullar, patrullar, cruzarse con algún soldado que necesitaba asistencia, patrullar, llevar un mensaje a un batallón a través del abrasador desierto, patrullar otra vez… Quizás en parte había influido que tuviese un wyvern junto a ella, parecían necesitar gente con una montura resistente a los golpes.

Sin embargo, las dulces mieles de sus fantasías de avance en su carrera pronto habían dado con unas oportunas gotas de vinagre que lo agriasen. Alguien se había molestado en leerse de cabo a rabo su formulario de inscripción (cal cabo de semanas), y habían caído en la cuenta de que Hrist era… ¡Horror! ¡Nohria! Estaba acostumbrada a que los oriundos de un país desconfiasen de los extranjeros. Estaba acostumbrada a la cara de recelo y de estar oliendo heces que ponían la inmensa mayoría de los hoshidanos al ver o hablar con un nohrio (no sin razón, sin embargo, la peculiar relación entre Nohr y Hoshido tenía más años que el difunto wyvern del abuelo). Estaba también acostumbrada al recelo que levantaba un wyvern en tierras donde éstos no habitaban o eran escasos (o directamente, mal vistos). Aunque la gota que colmaba el vaso la había descubierto hacía apenas una semana, entre susurros y comentarios por lo bajo de los compañeros de trabajo.

Nohr combatía también a los emergidos en Grannvale, sí, eso lo sabía… Pero el detalle que se le escapaba era que su objetivo no era simplemente expulsarlos del lugar y forjar algún tipo de alianza con Grannvale, una mera ayuda a cambio de favores futuros. No. También pretendía reclamar para sí los territorios que iba limpiado de tales seres.

-Pffft… -bufó Hrist, con el ceño fruncido y los brazos cruzados, los labios prietos en un rictus gélido, apoyada en la roca mientras esperaba alguna orden. –Con la Madre Patria hemos topado…  

Sabía que su tierra natal era conocida por su carácter fuertemente militarista, que no en vano le había permitido ser de las primeras naciones en patearle el trasero a los emergidos y expulsarlos de su interior… pero también por su predisposición a comerle terreno a los países vecinos. Le habían llegado noticias de que Nohr tenía al caído Hoshido ya prácticamente a sus pies, pero aquello no debía ser lo suficientemente entretenido, al parecer. Así que lo que Nohr debía tener entre manos eran campañas de conquista. El recelo de sus compañeros no estaba injustificado del todo, pues. Esta vez su propia nación podía meterla en un lío. Ya podía ella ir a su aire y prestar sus servicios a quién le pareciese, que si Nohr le tocaba demasiado las narices a al país al que prestaba servicios en ese momento, podía dar gracias si lograba salir del país con unos cuantos huesos rotos y con Logi capaz de mantener el vuelo unas cuantas horas. Podía acabar encarcelada de por vida. O muerta.

La posibilidad de que la tomasen por espía le helaba la sangre. Los espías y traidores, a nivel de política, no solían salir muy bien parados. Y decir que “salían” ya era decir mucho. No sabía hasta qué punto tenía valor su oficio de mercenaria, alguien que vendía su fuerza bruta en combate a quién fuese mientras le pagasen. Cierto, las campañas de liberación en las que se había metido no tenían una paga desorbitante, pero por el momento, le merecía la pena y pensaba seguir en ello. Ella trabajaba para quién le daba la gana, independientemente de su afiliación, pero ese aspecto parecía fácil de pasar por alto cuando una nación se jugaba no solamente el expulsar a los emergidos, sino también su propia libertad y soberanía.

De repente, un soldado se le acercó. Dijo que uno de sus “superiores” quería verle. De por sí el hombre parecía cohibido, intimidado, quizás por el hecho de que Logi giró de inmediato su enorme cabeza hacia él y lo perforó con su mirada de reptil. Si bien el wyvern no gruñó  ni hizo ademán de atacar, sabían de sobras que no era plato de su gusto que agrediesen a su jinete. Logi no tenía su semblante curioso habitual. Más bien observaba con recelo al resto, y se había vuelto muy posesivo con Hrist. A la mercenaria no le había pasado por alto ese detalle, e intentó minimizar los inconvenientes de esa actitud al máximo… aunque no lo instó a que la abandonase del todo. Al fin y al cabo, si un grupo de hombres armados se le tiraba encima, sólo un wyvern iba a poder sacarla del embrollo.

-Voy. –Dijo escuetamente.

En efecto, siguió al soldado, pero no dio a su montura el típico recado de portarse bien y esperar. Le estaba dando permiso indirectamente para seguirla a distancia. No quería disturbios innecesarios, pero tampoco iba a dejar que la acusasen falsamente de lo que fuese y la ejecutasen al momento. ¿Para qué negarlo? En esos momentos, Hrist tenía un nudo en la garganta, el corazón a cien y los músculos tensos. Lo único que impedía que nadie se diese cuenta de que estaba a punto de saltar era su rostro indiferente a todo lo que la rodeaba. Si no podía calmarse de verdad, lo fingiría.

Tal como imaginaba, al cabo de pocos pasos unos cuantos soldados más se añadieron. La wyvern rider siguió callada al soldado, haciendo caso omiso de los compañeros que se acoplaron por los laterales y por detrás. La llevaron frente a un hombre joven muy bien vestido, alto, de cabellos azules y porte elegante. Estaba claro que tenía que ser un noble, quizás incluso el cabecilla de las campañas. Sin embargo, algo había en su actitud y sus gestos que transmitían seguridad… o por lo menos, falta de hostilidad y nula arrogancia. El hombre escuchaba a uno de los oficiales, y éste, al ver llegar a sus subordinados con el “recado”, les indicó que se acercasen. Hrist no esperaba nada bueno. No le habían dicho absolutamente nada sobre lo que se llevaban entre manos pero estaba convencida que tenía que ver con su afiliación.

Esta segura, ser nohria podía costarle caro aquella vez.
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Mensaje por Sigurd el Mar Jun 19, 2018 12:55 pm

Sigurd siguió discutiendo durante un tiempo los planes de ataque con la estratega de Ylisse. Estuvieron valuando cual era la mejor forma para acercarse al castillo de Calphy de forma que no fuesen vistos, y cómo penetrar la muralla. Todo tenía que estar bien planificado, planeado al detalle. Recuperar el castillo debía ser una misión sencilla, pero no quería ninguna mala sorpresa.

Sin embargo, nada más terminar de hablar con la estratega, otro soldado se acercó para avisarle de una cuestión de urgencia. Aparentemente ¡habían descubierto a una espía nohria en el ejército! El duque pidió a la estratega que les dejase solos, y esta no dudó en obedecer, marchándose para prepararse para la batalla.

Sigurd pidió al soldado que le explicase la situación. En un primer momento estaba alarmado, el saber que se les había colado una espía con tanta facilidad era bastante preocupante, pero por otro lado, bien podía interrogar a aquella mujer y sacar información acerca de los planes de Xander para con Grannvale y cómo poder contraatacar a su malévola invasión. Pero cuando el soldado explicó en detalle cómo habían descubierto su procedencia y la causa por la que él valoraba que esa mujer era un espía, el duque no pudo más que soltar un alargado suspiro de resignación y molestia.

-Por favor, traedme a la mujer aquí.-se limitó a ordenar en tono bien bajo, tratando de contener la rabia como bien podía.

La orden no tardó en ser obedecida. En cuestión de minutos, tenía a una mujer de cabello rubio delante de sí. Era joven, de ojos azules y complexión atlética. A pesar de su edad, era visible para el duque que esta mujer tenía bastante experiencia para el combate. No se le escapó de la visión el wyvern que se mantenía a una distancia prudencial, mal escondido. Seguramente era de ella, ninguno de los hombres de Sigurd usaba wyverns. Esos animales eran comunes en Thracia, pero no en Grannvale, y ninguno de sus soldados eran expertos a la hora de montarlos.

-Lamento haberos llamado tan de repente, señorita ¿Vuestro nombre es Jrist? Reconozco que lo encuentro un poco difícil de pronunciar.-el tono de voz de Sigurd era amable y calmado. Había tenido tiempo para relajarse mientras acudía la mujer y el trato que la estaba dando pretendía ser exquisito.-El motivo de mi llamada es porque ha llegado a mis oídos las sospechas de que sois una espía infiltrada de Nohr ¿Y podéis volver a decirme cual es el origen de esas sospechas, mi querido súbdito?

La pregunta, obviamente, no iba hacia la mujer, sino hacia el soldado que momentos antes había hablado con Sigurd para advertirle de la existencia de la mercenaria y la posibilidad de que fuera una agente nohria. El soldado, algo confundido por la pregunta, carraspeó unos segundos antes de responder.

-Revisamos la documentación y los formularios sobre la mercenaria y descubrimos que provenía de Nohr, mi señor.
-Cierto, cierto. Documentación que ella misma presentó y formularios que ella misma rellenó ¿verdad?-preguntó de forma retórica y cierto tono hiriente al soldado, el cual respondió asintiendo con la cabeza, en posición de firmes pero con un leve tembleque en las piernas.-¡¿Y no se os ha ocurrido pensar que si fuera realmente una espía, sería completamente absurdo, estúpido y ridículo afirmar ella misma que proviene de Nohr?! ¡¿O es que pretendéis venderme que estoy delante de la espía más estúpida del mundo?!

El enfado era más que evidente. Sigurd podía llegar a comprender que tras la traición de Nohr los ánimos y las inquietudes de sus hombres estuviesen muy agitados ¡Pero aquello estaba llegando al ridículo! ¿Qué será lo siguiente? ¿Afirmar que su hijo desaparecido es un espía de Xander?

-Pe… pero señor ¡Realmente viene ella de Nohr! No podemos ignorar la posibilidad de que pueda estar al servicio de su país de alguna forma.-replicó el soldado de forma timorata, aunque sin dejar de lanzar miradas desconfiadas hacia Hrist.
-Soldado, por lo que me habéis comunicado antes, la mujer es una mercenaria, no una soldado de Xander. Los mercenarios no tienen patria, solo sirven a quien les paga.
-Cabe la posibilidad de que Nohr le haya pagado.-volvió a replicar el soldado. Sigurd se frotó la frente cansado. Había que reconocer que era persistente.
-Ese argumento vale con cualquier mercenario, independientemente de su procedencia ¿Queréis que ahora empiece a considerar espías a todos los mercenarios que hemos contratado para liberar a nuestra patria? ¿Lo decís en serio?-el soldado calló, sabiendo que volver a responder solo serviría para cavar aún más su propia tumba. Pero era claro como el agua que no estaba satisfecho. Ni él ni el resto de hombres que escuchaban la conversación. Sigurd soltó otro suspiro, no le habían dejado elección. Se volvió para encarar nuevamente a la mercenaria, con gesto más amable.-Hrist ¿lo he dicho bien ahora? Os ruego que combatáis conmigo en primera línea, juntos los dos, para recuperar el castillo de Calphy.

Los murmullos de desaprobación volvieron a rodear al duque, pero él volvió a ignorarlos. En vez de eso, siguió centrando su atención a la mercenaria, a la que debía una explicación.

-Mis hombres viven en estado de completa paranoia debido a la traición que hemos sufrido por parte de la familia real de Xander, como podéis comprobar.-dijo Sigurd a Hrist en un tono que dejaba claro que aquello no le agradaba en lo absoluto.-Temo que si no tomo alguna medida ante la “posibilidad” de que seáis una espía, los voy a tener más agitados que nunca. Así que pido que en la próxima batalla luchéis a mi lado para poder “controlaros” de cerca. Espero que este gesto sirva para apaciguar la inquietud de mis hombres.

La última frase la dijo en voz alta, dejando bien claro que hablaba al resto. Ninguno pareció más tranquilo, pero nadie se atrevió  a cuestionar directamente la decisión del duque. No había vuelta atrás. Hrist marcharía con él al campo de batalla.
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Mensaje por Hrist el Jue Jun 28, 2018 2:07 pm

La cara que puso el mandamás del lugar hablaba por sí sola. A saber qué le estaban contando. Hrist estaba convencida que no sería un escueto “Señor, tenemos una mercenaria NOHRIA entre nuestras filas, ¿Qué hacemos?”. Probablemente algo más en la línea de “¡Señor! ¡Nuestras fuentes nos han confirmado que tenemos una ESCORIA NOHRIA entre nuestros efectivos! ¿En qué horca la ajusticiamos sin oír su versión?”. Escoria nohria… hacía tiempo que no oía una lindeza así. Qué atrás quedaban esos tiempos en que cualquier hoshidano que se preciase la llamaba “escoria nohria” (o el menos sofisticado “perra de Anankos”, y derivados).
Lo único que se le ocurría a su favor era que en ningún momento había ocultado su origen. Lo había puesto en el formulario de inscripción, con todas sus letras: N-o-h-r (“Escoria nohria” era demasiado largo y no cabía). Su tono de voz era aparentemente sereno y bastante cortés, aunque a Hrist le dio la sensación de que, por dentro, debía estar que mordía.

-N-n imp-porta… -de repente, cayó en la cuenta de que tenía la boca completamente seca. Una gota de sudor empezaba a resbalarle por el lateral de la sien. Lentamente, pero inexorable.

Que no pronunciase bien su nombre era lo que menos le preocupaba en esos instantes. Seguir manteniendo la cabeza unida al resto de su cuerpo, sí que le preocupaba. Y ver el estado de nervios del soldado que respondía ante él, muy similar al de ella, no ayudaba. Especialmente las miraditas cargadas de desconfianza que le disparaba ahora sí, ahora también.
A decir verdad, no podía culparles por desconfiar de todo lo que tuviese denominación de origen nohria. Tener a unos vecinos del sur, que de repente limpian de emergidos tus tierras para, posteriormente, reclamarlas como propias, no era algo que sirviese para estrechar lazos o generar buen ambiente.

-S-sí, señor… -Ahora sí lo había pronunciado bien. ¿Era eso buena señal? ¿Podía fiarse de ese tono más relajado que mostraba? –M-me hago cargo, lo entiendo.

Por descontado. En aquellos momentos, todo lo que llevase un cartelito donde pusiese “Nohr”, sería motivo de sospecha. Probablemente ella también sospecharía de cualquier hoshidano si fuese Hoshido el que estuviese comiéndole terreno a Nohr.

Tragó saliva instintivamente al oír lo de “tomar alguna medida”. Era como estar acercándose a la parte en que el inhumano hace trizas a la linda pastorcilla extraviada en el Bosque de Forlorn, saber que las escenas de sangre y miedo estaban a la vuelta de la esquina, acechando en el siguiente párrafo.

O no. ¿Lo había oído bien? ¿No iba a mandarla a la horca?

-S-será un honor, señor. –dijo apresuradamente, con los ojos como platos y casi sin aire, mirando al suelo.

Ni que fuese hasta que acabase la ofensiva que tenían entre manos, parecía que le perdonaría la vida. No le pasó por alto el tono que usó para decir “controlaros”, pero no supo adivinar si era o no un buen presagio. Quizás el tono de “posibilidad”, idéntico, indicaba que confiaba más en sus credenciales de neutralidad como mercenaria que en la paranoia fácil que reinaba entre sus hombres. Fuese como fuese, iba a vivir unas cuantas horas más.

-Voy… Voy a buscar a mi montura. –titubeó. Mantener la compostura ante un mandamás de aquel calibre no era fácil para ella. Estaba rodeada de sus subordinados. –Si me disculpáis…

Atravesó las filas de soldados, que le lanzaban miradas tensas, confusas, y desconfiadas a la vez. Fue flechada a buscar a Logi, que observaba la escena, mal escondido entre carretas de suministros y sacos de contenido dispar. Al verla acercarse, el wyvern relajó replegó un poco las alas y se sentó en el suelo, con la cola tranquila.

-Logi, parece que el Jefazo nos ha dado una oportunidad. –
le comentó en voz baja. Logi la escuchó sin decir nada. –Quiere que luchemos a su lado.–Acabó de acariciarle el morro, y le puso bien las riendas, por inercia. –Es nuestra oportunidad de demostrarles que somos de fiar. -La oportunidad de acallar rumores.

Se preguntaba cómo debían de ir de avanzadas las campañas de conquista de la familia real de Nohr. Si les pisaban demasiado los talones, el Jefazo lo iba a tener complicado para expulsarlos de allí. Aunque recuperar el castillo de Calphy podía ser un buen comienzo a la hora de darle la vuelta a la tortilla. Pero al igual que mercenarios como ella se habían apuntado a las campañas del Jefazo, otros habrían hecho lo mismo con las de Xander. Si al final Grannvale sucumbiese a Nohr… ¿le echarían a ella la culpa? ¿La perseguirían pensando que era un acto de justa venganza?

Espantó esos pensamientos de su cabeza con una sacudida, como quién espanta moscas. No era el momento de pensar en eso. Comprobó que tenía los guanteletes bien sujetos, cogió su casco, y su hacha larga de bronce. Con ésta bajo la axila, cogió las riendas de su montura y volvió al epicentro de los cinco minutos más intensos de su vida: ante el mandamás. Las pesadas pisadas de Logi bastaron para que el nutrido grupo de soldados le abriese paso, temerosos quizás de que el animal los pisase por accidente (o que intentase quitarles el casco o la lanza).  

-Estoy lista… –logró decir, tan serena como le fue posible, después de hacer acopio de fuerza (y de respiraciones hondas). - … Y a sus órdenes.atinó a añadir. Quería que quedase claro que ella obedecía al que la contrataba, y punto.
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Mensaje por Sigurd el Lun Jul 09, 2018 3:30 pm

La pobre mercenaria estaba temblando. Tartamudeaba al hablar y sus frases eran extremadamente cortas. No le pasó desapercibido al duque la gota de sudor frío que corría por su sien. Era más que obvio que la pobre muchacha temía por su vida.

Quería disculparse de nuevo. Quería consolarla. No quería  que siguiese sufriendo así. Para Sigurd, esa mujer era inocente desde el minuto uno, y no merecía lo que la estaba pasando. Cualquiera que derramaba su sangre por su querida Grannvale, aunque fuese una mercenaria que lo hiciese para ganarse la vida, merecía no solo respeto sino también una enorme gratitud. Aquello era claramente injusto.

Y aun así, no podía hacer nada por evitarlo. No si quería que se mantuviera el orden en su ejército. Temía que si no tomaba alguna medida, la que fuese, sus hombres la tomarían por él a sus espaldas. O peor aún ,se podría organizar un motín. Y lo último que necesitaba tras haber llegado hasta ahí era que el ejército se dividiera antes siquiera de haber empezado a reconquistar su hogar.

-Relajaos, señorita. Me aseguraré que cuanto todo esto haya acabado, y vuestra lealtad sea más que probada, que seáis recompensada gratamente por vuestra labor.-fue lo máximo que pudo decirle a la mercenaria, con la finalidad de calmarla un poco antes de mandarla a ir en busca de su montura.

La muchacha obedeció de inmediato, como si la vida le fuese en ello. Sigurd se sentía fatal porque en cierto modo así era. Esperaba que al menos, cuando reconquistasen el castillo y sus hombres experimentasen su primera victoria, los ánimos estarían más calmados y estarían dispuestos a aceptar a Hrist en sus filas, pese a su origen nohrio.

Cuando Hrist volvió, Sigurd lanzó una larga mirada, estudiando al animal que traía consigo. Sigurd no era un experto con los wyverns, pero algo sabía de ellos. Irónicamente, la última vez que vio una de estas criaturas fue precisamente en Nohr, cuando ilusamente había decidido acudir para ayudar al reino de Anankos frente a los Emergidos. Sus hombres tampoco estaban acostumbrados a ver a un wyvern, y la desconfianza hacia la mercenaria pasó casi de inmediato a temor hacia la criatura alada, mientras ésta avanzaba en compañía de su jinete.

-Un ejemplar curioso. Parece fuerte y valiente. Debéis perdonar otra vez a mis hombres, en Grannvale no hay wyverns y no saben cómo interactuar con ellos ¿Cómo se llama el animal?-preguntó Sigurd de manera casual, quizás como medio para intentar relajar la obvia tensión que todavía mantenía la mercenaria.-Pasaré a explicaros vuestras órdenes. Son bastante sencillas. Como sabéis, nuestro objetivo es recuperar el castillo de Calphy. Para ello, llevaremos a cabo un ataque sorpresa con el que tomaremos el castillo de un solo golpe. Para poder acercarnos sin ser vistos, nos ocultaremos en bosques cercanos. Por desgracia, mis rastreadores me han informado que esos bosques ya están siendo ocupados por Emergidos. Así que nuestro primer paso será tomar esos campamentos, uno a uno, de forma rápida, para que no puedan alertar al resto. Es importante que a la hora de atacar, no escape ni uno de los Emergidos. Uno que huya  puede alertar al resto dentro del castillo y entonces perderemos el factor sorpresa, obligándonos a sitiar el castillo. Una estrategia que nos llevaría ya demasiado tiempo y recursos. No lo podemos permitir.

Sigurd miró al cielo para contemplar la posición del Sol. Pronto se ocultaría y sería la hora de llevar a cabo el plan. La estrategia solo podía funcionar al amparo de la noche. Le extendió un mapa de la zona alrededor del castillo a Hrist para que pudiera seguir la siguiente parte de las explicaciones.

-En total, hay tres campamentos Emergidos localizados. Están situados al este, sur y oeste. Nosotros dos, junto con un pequeño escuadrón, atacaremos el del sur. Los tienes marcados con una X roja. El resto del ejército atacará al mismo tiempo los otros dos campamentos. Si la operación tiene éxito, procederé a dar la señal y asaltaremos el castillo desde los tres francos, ¿alguna pregunta?

Terminada la conversación con Hrist, dio unos pasos para dirigirse ahora al resto de la tropa que allí estaba reunidad.

-¡Escuchadme todos! Mucho hemos perdido por culpa de los Emergidos. Nuestras familias, nuestros hogares, nuestra patria. El dolor nos abruma a todos por igual. Pero no solo hay dolor en mí, también hay esperanza ¡La esperanza de salvar Grannvale y devolverla a su gloria! ¡La esperanza de reunirme con mis seres queridos y levantar de nuevo nuestro reino! ¡La misma esperanza de cada uno de vosotros! ¡Y hoy, daremos el primer paso para convertir esa esperanza en realidad! ¡Hoy volveremos a casa! ¡Y lo haremos todos juntos!-los hombres de Sigurd escucharon las palabras en silencio, pero en su rostro se veía como calaban en lo más profundo de su corazón. El miedo o la tristeza se transformó entonces en determinación. Todos se pusieron en posición de firmes ante el duque.-Avisad al resto y preparaos ¡Marchamos al combate!

Los hombres de Sigurd saludaron de manera marcial a su señor y corrieron a cumplir su orden. Sigurd fue a por su caballo, su querido Eolo, y montado en el equino blanco se dirigió hacia donde se encontraba Hrist.

-Os pido que voléis bajo, al menos hasta que lleguemos a cabo el ataque del castillo. La niebla y la oscuridad pueden ocultar vuestra presencia, pero es mejor no correr riesgos. Un error puede ser fatal.-sugirió el duque a la mercenaria. Aunque realmente era una orden implícita. Había demasiado en juego.-¿Estáis preparada?
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Mensaje por Hrist el Vie Jul 20, 2018 11:44 am

Los soldados no eran los únicos que parecían haber visto un wyvern por primera vez. O por lo menos, claramente no estaban acostumbrados a tener uno tan cerca. El mandamás también miraba con curiosidad al animal, si bien enmascaraba muy bien con solemnidad cualquier inseguridad que le pudiese inspirar.

-Logi, s-señor… Es un wyvern nohrio, su aspecto es un poco diferente de los que se pueden encontrar en otros continentes que no sean Akaneia. –Respondió Hrist, en un intento por no sonar demasiado escueta ni atontada. –Mientras no hagan amago de atacarle, no tienen de qué preocuparse. –dijo con un hilo de voz, más preocupada por el recelo de los soldados que por la inquisitiva mirada del Jefe. Logi miraba a cada uno de los soldados, sin decir nada, y finalmente posó sus pupilas de reptil sobre éste. -Y aún así, yo le puedo ordenar que pare.

Si de algo se enorgullecía Hrist, era que Logi era algo menos agresivo que el resto de wyverns. Aunque sólo en comparación. Si se le enfurecía, era tan brutal y violento como cualquier wyvern que se preciase. Pero si no se le tocaban las narices, tenía tendencia a ir a su bola y a ignorar al resto de humanos. Algo que le facilitaba en gran medida el transitar por zonas muy pobladas.

Hrist escuchó con atención todos y cada uno de los detalles de la explicación que le dio sobre el plan a seguir. Recuperar el castillo de un solo golpe, eso estaba claro. El problema eran los tres campamentos emergidos que custodiaban los accesos. En teoría, el anochecer tenía que servirles para ocultar su avance tanto como fuese posible.

-No, señor. –Por el momento, le había quedado todo claro.

Hrist se dirigió a Logi, mientras el mandamás levantaba los ánimos de las tropas antes de meterse en la boca del lobo de cabeza.

-Logi, vamos a atacar un campamento emergido. Hay que ser discretos. Nada de gritar ni rugir.

Pedirle a un wyvern que no rugiera era como pedirle a un perro que no ladrase, o a un gato que no miase. O a un gallo que no cacarease. Pero una cosa era el relincho de un caballo, y otra muy distinta era el estruendo que producía el rugido de un wyvern, tan fuerte que podría oírse a muchos metros de distancia y frustrar, así, el factor sorpresa.  

-No grites, ¿vale? ¡Shhhht! En silencio. –Le aclaró, llevándose el dedo índice a los labios mientas chistaba, para hacerle más explícita la orden. Si lo había conseguido en Begnion, en aquella misión junto al Jefe, Mulitia, y Don Resaca, tenía que poder lograrlo también ahí.

Logi la miró con las pupilas destelleantes, y asintiendo con un gruñido ronco. Se giró en ese momento, apenas unos segundos antes de que el mandamás acabase su discurso. Todos escuchaban en silencio, aunque su efecto era más que una simple subida de ánimos. Hrist creyó ver algo más que simple convencimiento, más que puro empeño con cumplir su deber. Aquellos hombres creían en él. Tenían FE en él. Se preguntó si el príncipe Xander conseguía los mismos resultados con los mismos métodos. Aunque había que tener en cuenta que uno de los rasgos más conocidos de Nohr era su militarismo. Muchos prácticamente llevaban en la genética el alistarse al ejército y obedecer a sus superiores sin rechistar. No había visto nunca al príncipe heredero de Nohr en persona, ni siquiera a distancia. No sabía qué aspecto tenía. Tampoco a ninguno de sus hermanos menores. Pero el retorcer de su fuero interno que le provocaban las palabras del hombre que le acababa de dar un voto de confianza no era el mismo que le provocaba el pensamiento de la realeza de su patria natal. A lo mejor, tuvo que reconocer, el ambiente oscuro y taciturno de Nohr se reflejaba también en su realeza. Nunca había estado a sueldo de la familia real por ningún trabajo puntual que requiriese de efectivos mercenarios, pero algo le decía que el efecto no sería el mismo.

-Sí, señor. –respondó obedientemente Hrist, mirando primero al suelo, y luego al bello corcel blanco sobre el que montaba su superior. –Ya lo has oído, Logi. –indició al wyvern. –S-sólo un apunte, señor… -titubeó, insegura de decirle nada que pudiese contrariarle. –Los wyvern no son animales muy silenciosos… Puedo hacer que no grite y que así no nos detecten, pero tenga en cuenta que si me ordena aterrizar a pocos metros del campamento, habrá un pequeño temblor de tierra que quizás noten los emergidos, o si me hace ir junto a los primeros atacantes, su aleteo puede frustrar el factor sorpresa. –No se atrevía a mirarle a la cara, pero hizo acopio de fuerzas y se arriesgó. Intentaba desesperadamente sugerirle, hacerle pensar, muy educadamente, que hacerle participar en la acometida que tenía que sorprender podía llevar al traste el sigilo, pero que hacerle entrar una vez los emergidos ya estuviesen peleando le permitiría entrar a saco y arrasar con todo emergido que se pusiese al alcance de las fauces de Logi.

Hrist puso un pie en uno de los estribos, y montó sobre Logi. Se aseguró de ajustar las sujeciones (que empezaban a pedir que las renovasen), y una vez bien sujeta, se recogió el pelo dentro del casco, dejando la visera levantada. Ya se la bajaría al entrar en combate. Al igual que en Begnion, no quería ninguna flecha inoportuna en la cara, ni ningún tajo certero que la cegase. Indicó a su montura con un golpe de estribos que debía alzar el vuelo, y le hizo mantener una altura bastante baja para seguir al mandamás y cumplir sus órdenes.

Les siguió a pocos metros por encima de ellos. Por fortuna, los árboles eran extremadamente altos, con lo cual Logi tenía margen de maniobra a la hora de ganar o perder altura. Las corrientes de aire no eran ninguna maravilla a tan escasa distancia del suelo, pero podía mantenerse en el aire sin problemas. Estuvieron marchando un buen rato, hasta que por fin llegaron. Un campamento perfectamente humano, de no ser por aquellos ojos rojos como faros en medio del anochecer. La luz de las antorchas y de una hoguera iluminaba tenuemente los quehaceres de aquellos seres procedentes de vete a saber qué plano del inframundo.

Al verles detenerse, su cabeza empezó a ir a mil por hora. Esperaba, por todo lo que más amaba, que el mandamás supiese ver que era menos arriesgado hacerla entrar una vez ya hubiese choque de espadas. La posibilidad de que el fracaso del ataque sorpresa se lo achacasen a ella le estaba desintegrando el estómago. Con la visera levantada, y mecida por el suave aleteo de Logi, camuflado por la fría brisa que recorría el claro del bosque, Hrist buscó con la mirada las instrucciones de su superior.
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Mensaje por Sigurd el Mar Jul 24, 2018 4:00 pm

La mercenaria no tenía dudas. Normal, era un plan bastante sencillo. El problema no era comprenderlo, era ejecutarlo con éxito. Pero Sigurd tenía las expectativas de éxitos bastante altas. Aunque no despreciaba en lo táctico a los Emergidos, se había enfrentado ya decenas de veces contra ellos y siempre había vencido. Cierto era que aquella era la primera vez que trataba de tomar un castillo de las manos de esas criaturas (el suyo propio, en concreto), pero tal y como estaba todo planeado, si no había ninguna sorpresa desagradable, Sigurd confiaba en que pudieran ganar sin problemas, y lo que era más importante aún, sin bajas.

Pero si Hrist no tenía dudas, no podía decir lo mismo del resto de sus hombres. Aunque en su caso, no era por el plan en sí, sino por el hecho de dejar participar a la “escoria nohria” en la batalla. Nadie se atrevía ya a cuestionar al duque en voz alta otra vez, pero Sigurd volvía a escuchar los murmullos de nerviosismo y desconfianza hacia la jinete wyvern. Incluso tras su pequeño discurso motivador, que había elevado el espíritu de sus hombres, éstos todavía no se encontraban conformes con la presencia de Hrist. Sigurd no podía hacer nada más, por más que regañara a sus hombres, éstos harían oídos sordos a todo lo que dijese. Hasta que la mercenaria no probase su valor en el campo de batalla, la situación no cambiaría. Y el duque temía que ni aun así aquello llegase a ser suficiente.

Sigurd pudo contemplar como Hrist daba instrucciones a su wyvern, de nombre Logi, para que se mantuviese lo más en silencio posible. El duque no sabía suficiente de este tipo de animales, pero él mismo podía comprender que aquella tarea no era especialmente fácil. Hacer lo mismo con su querido caballo tenía sus complicaciones, y Eolo no rugía o gruñía como lo hacía un wyvern. La propia Hrist se acercó para avisarle del problema que mantener el silencio a lomos de un wyvern supone y Sigurd asintió con un gesto de comprensión.

-Entendido, mis hombres se encargarán de cargar. Nuestra misión será la de asegurarnos que ningún Emergido logra huir del campamento, o que si lo hace alguno, que sea lo último que haga en su vida. Sé que para eso os bastáis vos sola, pero temo que mis hombres no estarían conformes con dejaros al cargo de un objetivo tan importante sin supervisión. Después de todo, si uno de esos Emergidos logra llegar al castillo antes de nuestro asalto, la situación se complicará terriblemente.

A Sigurd no le hacía gracia quedarse en la retaguardia. No era donde estaba acostumbrado a luchar. La filosofía de Sigurd era simple: no puedes pedir a tus hombres que arriesguen su vida si tú no eres el primero en arriesgarla. Pero en aquella situación concreta, no le quedaba más remedio que ceder. Se imaginó que la situación era idéntica para la mercenaria, ella tampoco querría tener al duque mismo como su perro guardián y vigilante.

Una vez asegurados todos los preparativos, Sigurd dividió a sus hombres en tres escuadrones y se aseguró por última vez que tenían el objetivo claro. Los tres escuadrones se acercarían en silencio cada uno al campamento Emergido correspondiente. A las dos horas de haber anochecido, se producirá el ataque simultáneo contra los tres campamentos Emergidos. Al ser de noche y haber niebla, la única forma de calcular el tiempo era con relojes de arena que llevaban los capitanes de cada escuadrón. El propio Sigurd tenía uno, que había que dar vuelta cada quince minutos. Ocho vueltas desde la puesta de Sol.

Una vez tomados los tres campamentos, si todo había ido bien y los Emergidos no habían dado la voz de alarma (por estar muertos), avanzarían directos hacia el castillo. Dos horas más, otras ocho vueltas. Y los tres escuadrones cargarían a la vez contra las murallas para recuperar su hogar de una vez por todas.

Sigurd despidió a los dos escuadrones y marchó junto al suyo, en compañía de Hrist. Pudo notar que la mercenaria se esforzaba por cumplir las órdenes y volar bajo y en silencio. Los árboles eran altos y eso permitía maniobrar al wyvern, pero aun así el animal no debía estar acostumbrado a moverse tan abajo.

El camino fue tranquilo, sin sorpresas, y lo más importante, en silencio. Absolutamente nadie abrió la boca para nada, y sus movimientos eran lentos y cuidados. Sigurd había calculado el tiempo para llegar a los campamentos de sobra, para no tener que correr y arriesgarse a ser descubiertos por la premura. Aunque fuese una misión sencilla, no quería correr ningún riesgo innecesario. Su hogar estaba en juego.

Aunque nadie dijo nada, Sigurd pudo notar como más de uno lanzaba miradas desconfiadas a la mercenaria o a su wyvern. El duque tampoco podía decir nada con lo que aliviar la tensión o relajar a sus hombres. O a la mercenaria, dicho sea de paso, a la que se le notaba todavía bastante tensa, imaginándose seguramente que su cuello estaba en juego aquella noche. Sigurd se sentía fatal por ella. Una vez demostrada su inocencia, se aseguraría bien de compensarla como merecía.

Al final llegaron al campamento de los Emergidos escondido en el bosque. Una fogata, y en torno a una docena de esas criaturas alrededor. No había problema, los hombres de Sigurd les superaba ampliamente en número. Pero nadie hizo nada, no hasta que fuese el momento. Se limitaron a ponerse en posición, ocultos entre la maleza y los árboles, haciendo el menor ruido posible y esperando a que la arena en su octavo giro acabase de caer en el reloj de arena del duque.

Cuando el momento llegó, Sigurd bajó el brazo derecho, dando la señal. Sus hombres se movieron al unísono, cargando todos al mismo tiempo desde distintos flancos. Los Emergidos fueron pillados por sorpresa, algunos ni siquiera llevaban armas encima. De una manera arrolladora, el acero de los hombres de Calphy fue bañado de sangre de Emergido con enorme rapidez. Y sin embargo…

-¡Mirad, Hrist! ¡Dos Emergidos al fondo! ¡Rápido, debemos darles caza!-expresó Sigurd señalando a dos de esas criaturas que aprovechando el caos natural de la batalla, se escurrían entre los árboles para escapar de la matanza.

Sigurd marchó al galope espada desenvainada en mano, esperando que Hrist la siguiese, para acabar con esos dos Emergidos. No podía permitir que ninguno de ellos lograse huir. Si llegaban con vida al castillo, todo el plan se habría echado al traste.
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Mensaje por Hrist el Jue Jul 26, 2018 9:42 am

No hubo mayores imprevistos durante el recorrido que las puntuales miradas de desconfianza del resto de soldados. Quitando eso, Hrist sólo tenía que preocuparse de que Logi supiese mantenerse en las delicadas corrientes de aire que había a esa altura. Tras un rato de marcha, llegaron finalmente a su objetivo: el campamento emergido.

-Cinco, seis… -Hrist contó cuántos había, en apenas un susurro, para hacerse una idea de la situación. –diez, once… doce.

Se quedó más tranquila al comprobar que el escuadrón con el que iba tenía clara superioridad numérica. Eso aseguraba la supervivencia de casi todos, pero no el éxito de la misión, que era llegar por sorpresa al castillo de Calphy, sin que los emergidos de allí estuviesen advertidos de nada. Esperó la orden del mandamás, suspendida en el aire, viendo cómo los emergidos iban a lo suyo, ajenos a la que se les avecinaba. Casi podía ver cómo se les tirarían encima de la nada. La espera se hizo tensa. De hecho, volvía a sentir la gotita de sudor desplazársele por las sienes, si bien esta vez no era por miedo, sino por tensión. Se le hacía eterno. Tenía ganas de empezar para acabar cuanto antes mejor, pero temía que algún emergido inoportuno se alejase demasiado del campamento y lo mandase todo al traste.

-Ya empiezan. –le indicó al wyvern, en voz baja.

En cuanto el mandamás dio la orden con el brazo, el grueso de hombres se lanzó al ataque. En opinión de Hrist, el momento no podía haber sido mejor. No sólo no les vieron venir, sino que algunos encima no iban armados. Pero lo que realmente le disparó la adrenalina fue la rapidez con que aquello se convirtió en una escabechina emergida. Los aplastaron rápidamente, con una eficacia fulminante. Sólo había que preocuparse de que no hubiese supervivientes.

-¡Los veo! –gritó Hrist, visualizándolos en el perímetro del campamento.

Hizo que Logi bajase en picado hacia ellos, adelantando unos metros al líder de la operación. Pero se separaban, claro. No eran estúpidos del todo.

-¡Se separan!

Tenía que tomar una decisión. Y fue dar un hachazo en la espalda del emergido que más cerca estaba de ella, para dejarlo a merced del mandamás, que en pocos segundos les alcanzaría. Una vez hecho, fue tras el que quedaba, que en un intento de despistarla empezó a serpentear en la vegetación.

-¡Que no se nos escape! –advirtió a Logi, al ver que le se adentraba en la vegetación.

Aún no había acabado de pronunciar la frase, que una daga pasó silbando por su lado izquierdo. Eso sólo podía significar que estaban cerca del objetivo. Iba bien encaminada. Pero el wyvern ya había detectado movimiento entre los arbustos, y sacó al emergido a rastras de su escondite por una pierna. Le dio un par de sacudidas con la boca y lo lanzó hacia atrás, lejos de la espesura. Para entonces, pudieron acercarse de nuevo y perseguirlo con más claridad. Tras unos buenos cuantos golpes fallidos, logró acertarle en las piernas y dejarlo herido en el suelo el tiempo suficiente para que Logi lo apresara con sus garras y llevarlo de vuelta al campamento, donde lo dejó caer cerca del mandamás, y ella lo pudo rematar con un buen golpe de hacha larga.

-Buff… Dan más faena de lo que parece. –masculló entre dientes mientras se aseguraba de que el emergido ya no respiraba. Había ido de poco, pero habían logrado que no se les escapase.

Dio un rápido vistazo al campamento, donde ya unos pocos emergidos que quedaban en pie daban sus últimos coletazos, y buscó con la mirada al mandamás, que tenía que haberse ocupado ya del otro emergido a la fuga. El cadáver a sus pies le confirmó que ese tampoco daría la voz de alarma. Ya sólo le quedaba esperar a que le diese la orden de añadirse a la refriega.  

-Queda… ¿Queda alguno más por perseguir? –se atrevió a preguntar al líder de los soldados, algo insegura, sin dejar de vigilar la carnicería que había en el campamento.
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Mensaje por Sigurd el Vie Ago 17, 2018 4:40 pm

La mercenaria no tardó apenas en alcanzar al duque, y a los pocos segundos, ya le había superado. La velocidad de aquel wyvern sorprendió a Sigurd. Su caballo no era para nada lento, y aun así, el lagarto alado había logrado sobrepasarle sin demasiado esfuerzo. Realmente no se podía subestimar a esos animales. El duque lo tendría en cuenta si algún día le tocaba enfrentarse contra aquellos seres, algo bastante probable si las tensiones crecían todavía más.

Por fortuna, Hrist estaba de su lado esta vez. Sigurd no tenía duda alguna de ello, pese a todas las precauciones que se había visto obligado a tomar para calmar la paranoia de sus hombres. La mercenaria alertó al duque que los dos Emergidos que pretendían escapar con vida del campamento se estaban separando, un plan astuto para intentar distraer a sus perseguidores. Realmente no eran idiotas, por mucho que hablaran con gruñidos. Pero no les sirvió de mucho. Hrist dio alcance a uno con la espalda para dejarlo medio muerto y enseguida marchó hacia el otro sin dejarle cuartel.

Cuando Sigurd llegó adonde se encontraba el Emergido herido, se limitó a darle una muerte limpia con un corte en el cuello. El monstruo, distraído por el golpe recibido y desorientado por los movimientos de la mercenaria, no pudo hacer nada para defenderse. La muerte del Emergido fue rápida, algo totalmente inmerecido a impresión del propio duque, pero la situación no daba para hacer verdadera justicia contra esos seres. Cuanto antes acabase con la vida de esos seres, mejor para el éxito de la misión.

Y exitoso había sido el ataque al campamento, primera fase de la susodicha misión. Pudo observar complacido como sus hombres habían liquidado con soltura y sin problemas a los Emergidos acampados. Y Hrist volvió, triunfante ella también, y preguntando si quedaba alguno con vida al que tener que dar alcance.

-No, todo está perfecto. Todos los Emergidos han sido asesinados. El plan va según lo previsto.-le reportó Sigurd a la mercenaria, una vez que sus hombres le confirmaron que efectivamente no había ningún Emergido vivo en los alrededores, ni un rastro reciente de alguno que hubiese podido escapar sin ser visto.-En circunstancias normales, quemaríamos los cuerpos. Pero no tenemos tiempo. En dos horas, toca dar la verdadera batalla.

Para acentuar sus palabras, Sigurd dio la vuelta al reloj de arena. Tras ocho vueltas, los tres escuadrones cargarían contra el castillo por tres flancos distintos. Los soldados miraron los cadáveres con desconfianza, lo normal era quemarlos tras matarlos, para asegurarse que no volvían a levantarse de nuevo. Pero en aquella ocasión, ninguno se atrevió a discutir con el duque. Mas que nada porque todos sabían que si se ponían a quemar cadáveres, aparte de perder un tiempo valioso, alertarían con el fuego y el humo a los Emergidos del castillo y todo el plan se iría al garete. Igualmente, cuando el castillo estuviese tomado y la batalla hubiese terminado, Sigurd mismo enviaría a un grupo de soldados para quemar a esas criaturas, y asegurarse que no volvían a herir a ningún habitante de Grannvale nunca más.

El escuadrón de Sigurd retomó la marcha, esta vez en dirección al castillo, y en el más absoluto silencio. Obviamente, era para mantener el sigilo y no alertar a los Emergidos de su llegada, pero había algo más. Era una mezcla entre depresión y nostalgia, el peso de recorrer el mismo camino que habían recorrido ya miles de veces, pero con un objetivo totalmente distinto. Desde luego, Sigurd sentía aquellas emociones, pero no permitía que se le notase. Marchaba con la cabeza levantada, tratando así de alzar la moral de sus hombres. No podían perder.

El punto positivo de haber recorrido ese trayecto tantas veces es que, salvo Hrist, todos se lo sabían de memoria. De esta forma, no era necesario encender luces ni nada que pudiese alertar el enemigo para reconocer el camino y seguir adelante, pese a la oscuridad que los envolvía.

No tardaron en tener el castillo a la vista. Todo parecía normal, nada parecía indicar que ninguno de los Emergidos que se resguardaban en su interior estuviera en posición de alerta. Eso indicaba que los otros dos escuadrones habían triunfado también en su cometido y que los otros dos campamentos Emergidos habían sido exterminados. Aquello eran muy buenas noticias.

Sigurd y sus hombres se refugiaron en unos matorrales al sur, escondido de la mirada de los vigías Emergidos colocados en las murallas. Todavía quedaba una vuelta de reloj de arena, así que el duque decidió repasar en voz baja una vez más el plan con la mercenaria, para asegurarse que todo estuviera en orden en aquel momento tan crucial.

-Para vencer, hay que traspasar la muralla. Una vez dentro, echar a los Emergidos será cosa de comer y cantar.-explicó Sigurd completamente seguro de sí mismo. El castillo era suyo, y sabía que más allá de la muralla no había defensas que los Emergidos pudieran usar para refugiarse.-Con nuestra carga, distraeremos a los Emergidos que estén sobre las murallas. Mientras tanto, tú sobrevolarás la misma y colocaras estas cuerdas con ganchos, para que podamos trepar por ellas. Después de colocarlas, te asegurarás que ningún Emergido las derriba o las corta, manteniendo siempre la distancia de los arqueros que haya al otro lado ¿Alguna pregunta?

Sigurd le dio un total de cuatro cuerdas, todas con ganchos al final con el que poder engancharse en los bordes de la muralla. Otros soldados también llevaban cuerdas que arrojarían desde la base, pero contar con alguien que pudiera volar en aquella ocasión era una ventaja que el duque no dudaba en aprovechar.

Y llegó la hora. Los últimos gramos de arena caían del reloj de arena. Sigurd podía escuchar cómo, desde otros dos escondites, los otros dos escuadrones cargaban contra el castillo. El duque levantó la mano para dar la señal.

-¡¡POR CALPHY!! ¡¡POR GRANNVALE!!-gritó a viva voz. Y él y sus hombres se lanzaron también, hacia la batalla final para recuperar su hogar.
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Mensaje por Hrist el Vie Ago 17, 2018 9:11 pm

-De acuerdo.

Fue todo cuanto se le ocurrió responder. Los emergidos no darían la voz de alarma, y eso era todo cuanto importaba. Por ahora, había hecho bien su trabajo. Le vio dar la vuelta al reloj de arena otra vez, y una sensación de urgencia y desasosiego se le instaló en el estómago. Era como un recordatorio de cómo el tiempo iba corriendo en su contra, y en contra de todos también. Como si cualquier fallo pudiese serle achacado sin necesidad de discusión.

Siguieron avanzando hacia su objetivo, en medio de la oscuridad. Tuvo que estar mirando constantemente al suelo para no perder de vista al mandamás y su corcel de color claro, una de las pocas cosas que podía ver en la distancia estando en una profunda penumbra. Debían de conocer muy bien el camino si se atrevían a ir sin luces como si nada. Así que Hrist les seguía sobre Logi, planeando sobre las corrientes de aire más flojas, a poca altura. Al cabo de un buen rato, Hrist vio la silueta del castillo de Calphy despuntar tímidamente en el cielo nocturno. “Parece que no hay alboroto”, pensó. “Eso es que los otros escuadrones lo han conseguido también”. Aliviada, bajó de nuevo la vista y vio que le hacían señas para bajar. Hizo aterrizar a Logi tan suavemente como pudo, sin dejarse caer de golpe en el suelo.

El Jefe le explicó el plan una vez más. Penetrar en la muralla, desahuciar a la fuerza a los emergidos. Se le veía muy convencido. Hrist cogió las cuatro cuerdas con ganchos que le dieron y se las miró, visualizando lo que tenía que hacer. Tenía que colocarlas en lo alto de la muralla, y luego protegerlas para que ningún emergido las cortase o las tirase. No parecía tener mayor complica...

-Arqueros… -musitó.

Cómo no. No todo iba a ser tan fácil como el asalto al campamento. Siempre tenía que haber un arquero o un mago de viento para aguarle la fiesta a las monturas voladoras. Aunque quizás podía dar gracias que fuesen arqueros, y no magos. La magia no entendía de armaduras; las flechas, sí. Las partes de armadura podían hacer algo contra las flechas, pero no contra una ráfaga de aire, un rayo o una bola de fuego. Pese a ello, seguía siendo peligroso.

-Cuatro cuerdas con gancho. –dijo escuetamente. Tragó saliva. –No. Ninguna pregunta.

Volvió a subir sobre Logi, y alzó de nuevo el vuelo a la señal del potente grito del Jefe. Siguiendo a éste, la mancha borrosa de color blanco que era en la oscuridad de la noche, Hrist planeó unos cuantos metros tras él hasta estar segura de por dónde empezar a encarar la muralla.
Los otros escuadrones ya estaban prácticamente apostados en las murallas. Vio a los emergidos al otro lado, muy probablemente ajenos a la que se les venía encima. Dos parejas de emergidos patrullaban lo alto del perímetro de la muralla. “No sospechan nada, de lo contrario no tendrían tan pocos efectivos en la muralla”. En cuanto se acercase para colocar las cuerdas, sería cuestión de segundos que la descubriesen.

-Más nos vale no entretenernos. –masculló mordiéndose el labio. –Empezaremos por aquí…

Hizo virar a Logi hacia la pared más oscura, y a pocos metros, se desabrochó las sujeciones. El wyvern pasó volando a apenas tres metros y pico, planeando, sin batir las alas. Hrist se dejó caer y aterrizó rodando tan finamente como pudo, buscando no hacer ruido. No hizo caso de la leve punzada que sintió en el codo derecho. Era de esperar, lo suyo era entrar a saco, no las infiltraciones sigilosas. Pero por lo menos el hacha larga no había chocado contra el suelo. Haría todo cuanto estuviese en su mano. Hizo señas al wyvern para que se retirara. Asomó unos instantes la cabeza para asegurarse de por dónde veían… y de que seguían tan en la parra como hacía unos segundos. Se asomó de nuevo por el otro lado, y pudo ver al mandamás y a sus hombres esperando abajo. Por el rabillo del ojo veía una enorme sombra difusa, que sobrevolaba en círculos el castillo. Tal y como esperaba. Sacó una de las cuerdas, ancló bien el gancho, y la soltó. Al ver que el primer soldado la asía y empezaban a trabajar con ella, se agachó inmediatamente, y repitió la operación a unos cuantos metros del primer gancho.

-Mierda…

Unos pasos, lentos y rítmicos, empezaron a resonar a su izquierda. Una de las parejas de guardias vigías se acercaba. Asomando la cabeza a más distancia, pudo atisbar un único par de ojos rojos avanzando tranquilamente. ¿Dónde estaba el otro? Ah… recostado sobre el otro extremo de la muralla, de espaldas, quizás contemplando el cielo estrellado nublarse. Ella sola no iba a poder neutralizar a los cuatro sin que la descubriesen, así que tendría que ir colgando las cuerdas sobre la marcha. Pero si alguno se acercaba demasiado, había que remediarlo como fuese. Empezaba ya a oír a los primeros hombres del jefe escalar la cuerda, muchos metros abajo.
Se apostó contra la esquina, con una gota de sudor recorriéndole el tabique nasal. Tragó saliva, quizás creyendo que así no se le escaparía el corazón por la boca. Se pegó a la pared tanto como pudo. Alcanzó a ver un trozo de pedrusco, desprendido de la muralla tras tiempo sin recibir el mantenimiento debido, y tomó nota mental de su posición. Y dejó el hacha larga en el suelo, en silencio. En cuanto tuvo al emergido al lado, y la antorcha de éste iluminó el primer gancho, Hrist lo agarró bruscamente por el cuello y le sujetó la mano de la antorcha. Lo arrastró hacia dentro de la esquina, fuera de la línea visual de su compañero, y le apretó la muñeca hasta hacerle soltar la antorcha. Una vez ésta estuvo en el suelo, forcejeó durante unos instantes que se le hicieron eternos, y logró tirarlo al suelo con una llave en la cuello que le impedía emitir sonido alguno. Acercó con el pie el pedrusco, y le sacudió tan fuerte como pudo. Hasta que dejó de moverse. Obviamente no estaba muerto, sólo estaba aturdido. Peor con eso le bastaba. Lo agarró como un fardo, y lo despeñó a unos cuantos metros de distancia del segundo gancho. La fuerza de la gravedad haría el resto.

-Vale, dos cuerdas en su sitio… -susurró para sí misma, secándose el sudor de la frente. –Quedan dos.

¿Cuánto tiempo habría empleado en ello? Qué más daba… lo importante era que aún no los habían descubierto. Pero era cuestión de tiempo que eso sucediese. No había tiempo que perder.

Recuperó el arma y se acercó a la esquina opuesta, y una discreta ojeada relámpago le permitió ver que la otra pareja iba a dar la vuelta por la otra dirección, hacia el emergido solitario. Ésa era su oportunidad. En cuanto la luz de las antorchas se chivó de que ya habían doblado la esquina a una distancia prudencial, Hrist dobló también su esquina y se asomó brevemente a la muralla. Allí estaba el otro escuadrón. Puso el gancho, comprobó que estaba bien anclado, y dejó caer la otra cuerda. Los hombres de abajo la cogieron y se pusieron manos a la obra.

-Queda una. Y poco tiempo…

Volvió a espiar a la pareja de emergidos. Estaba a medio recorrido de aquella cara de la muralla. Hasta que no doblasen la siguiente esquina, y otra más, no verían los dos primeros ganchos que había colgado. Para aquel entonces, unos cuantos soldados ya estarían arriba, listos para reducirlos. Iba a tener muy pocos segundos. El emergido solitario no iba a estar toda la vida dándole la espalda. Preparó el gancho, y rezó a Grima para que fuese aquella la muralla donde el tercer escuadrón estuviese apostado. Le llegó ruido de pasos amortiguados por detrás. “Por favor, que sean los hombres del Jefe…”.
En cuanto, doblaron la esquina, se acercó agazapada a la muralla, cuál ladrona aficionada con gorjal y hombreras. Se asomó un par de segundos, y comprobó aliviada que aquél era el lado donde colocar el cuarto y último gancho con cuerda. Y si tenían que descubrir algo, que fuese a ella. Mientras estuviesen ocupados yendo a por ella, no verían los tres primeros ganchos, y los soldados que subieran por ellos ganarían un tiempo precioso para subir y empezar a despacharles. No se molestó en llegar a la mitad de la muralla. No podía arriesgarse más. Si la pillaban antes de empezar, no le daría tiempo. Se sacó el silbato y lo dejó colgando debajo del gorjal, fuera del escote.  
Desde aquel rincón, apenas a un par de metros de la esquina, colocó el gancho, lo aseguró y dejó caer la cuerda hacia la derecha, para que cayese encima de alguno de los hombres de abajo y se diesen cuenta de dónde estaba la cuerda. Justo a tiempo de oír un gruñido rasposo y que unos pasos frenéticos empezasen a oírse, avanzando hacia ella a toda velocidad. El emergido solitario corría hacia ella a la carrera, y apenas un segundo y pico después los otros dos le siguieron. Tres contra uno. Aún no debían de haber descubierto los dos primeros ganchos. Tenía que entretenerles sin dejarles llegar al último, y que de ahí no descubriesen los otros.

“Mierda, mierda, mierda… ¡¿Y ahora qué?!”

Su única baza era que el que venía a la carrera llevaba espada (más manejable para esquivarla), aunque a cambio los otros dos llevaban lanza. Lanzó el pedrusco, y pasó por al lado del emergido con espada, pero impactó en una de las rodillas de los lanceros, retrasándolo unos segundos. Algo era algo. Se llevó el silbato a los labios y dio un escueto silbido. Corto. Tan corto y brusco que, con un poco de suerte, los otros emergidos no estarían seguros de haber oído nada. No oyó ningún rugido de wyvern en la lejanía, cosa que desconcertó su mirada unos instantes. Volvió a usar el silbato.
Ya casi tenía al emergido encima. Paró el mandoble torpemente con el mango del hacha larga, y lo apartó de una patada en el estómago. Le asestó un puñetazo en medio de la cara, provocando un desagradable crujido en la nariz, y lo empujó con todas sus fuerzas. Cayó de espaldas contra los dos emergidos con lanza que casi les habían alcanzado. En lo que tardasen en reincorporarse los tres, tenía que entretenerles hasta que Logi llegase o los otros soldados estuviesen ya arriba.
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Mensaje por Sigurd el Sáb Ago 18, 2018 6:49 am

La situación era mejor de lo que Sigurd esperaba. El duque se imaginó que cuando cargasen contra el castillo, los Emergidos descubrirían que estaban bajo ataque y organizarían como buenamente pudieran sus defensas. La idea original del duque era precisamente distraer a los Emergidos, lanzando jabalinas y otras armas a distancia, mientras Hrist desde las sombras colocaba los ganchos para poder trepar.

Pero resultó que ni eso hacía falta. Porque cuando el escuadrón llegó a la base del castillo, pudieron comprobar que todavía no habían sido descubiertos. Y eso parecía ser para el resto de escuadrones. O una de dos, o aquello era una trampa… o Baldo estaba esa noche realmente se su parte.

-Eolo. Temo que vamos a tener que separarnos un rato. Corre sin hacer mucho ruido hacia los árboles y mantente escondido. Pronto volveré a buscarte.-le susurró Sigurd a su querido corcel, el cual respondió con un entristecido relincho de aceptación.

El duque comprendía a su caballo, el animal quería estar siempre con su jinete. Pero en aquella misión era imposible, no había forma humana o equina de que un caballo escalase aquella muralla. Sigurd se bajó de Eolo y le dio una pequeña palmada en el lomo, a manera de señal, para que marchase con cuidado hacia los árboles, para mantenerse escondido mientras la batalla tenía lugar dentro del castillo.

Hrist cumplió su parte y la primera cuerda cayó por su lado. Un soldado se aseguró que el gancho estaba bien colocado y la cuerda lista para poder escalar la muralla. Entonces, Sigurd le arrebató la cuerda y empezó a escalar por el mismo. Esta vez, Sigurd iría en la vanguardia. Como debería ser.

Hacía tiempo que Sigurd no trepaba por una cuerda, pero no tuvo demasiado problemas. Era una de esas cosas que cuando las aprendes, nunca las olvidas. No tardó en escalar la muralla. Una vez arriba, evaluó la situación. Había varios Emergidos haciendo ronda, el duque podía distinguirlos gracias a las antorchas que portaban. También pudo ver una sombra que se movía en otro lado de la muralla, seguramente Hrist colocando el resto de los ganchos.

Sigurd dejó que la mercenaria hiciera su trabajo y se puso manos a la obra con el suyo. Vigilaría que el resto del escuadrón subiera por su cuerda y atacarían cuando todos estuvieran juntos. Volvió a desenvainar su espada y se ocultó entre las sombras, esperando a que los Emergidos se acercasen. Un par lo hicieron, y Sigurd acabó con ellos rápidamente con su espada, lanzando sus cuerpos por el lado exterior de la muralla, de la forma más silenciosa posible. Cuando el grueso de sus hombres escalaron la muralla, se dirigió a ellos en voz lo suficientemente alta para ser escuchado por ellos pero lo suficientemente baja para no ser escuchado por nadie más.

-Dirigíos hacia el patio y acabad con todos los Emergidos. Luego entrad dentro de las distintas habitaciones del castillo. Matad a todo Emergido que veáis.-los soldados asintieron con la cabeza y corrieron a cumplir con las órdenes recibidas inmediatamente.

Sigurd quería seguirles, pero no lo hizo. Él tenía otro objetivo, uno que solo él podía cumplir: asegurarse que Hrist estuviese a salvo. No podía encomendar su protección a ninguno de sus hombres. Las dudas sobre la mercenaria todavía seguían sobre sus cabezas, y Sigurd pensaba que si se lo pedía a alguno de ellos, vacilarían a la hora de cumplir la orden. Es por ello que le tocaba a él evitar que la guerrera nohria sufriera algún mal.

Sigurd avanzó por la muralla sin ningún problema, hasta que pudo ver como la mercenaria hacia frente a tres Emergidos. Resistía con fiereza y destreza, pero era evidente que tres Emergidos, sin ayuda de su montura, eran demasiados para la mercenaria. Pero al estar con la vista puesta en ella, los Emergidos tenían la espalda descubierta para el duque. Ventaja que Sigurd no pensaba desaprovechar.

Uno de los Emergidos, portador de una lanza, avanzó despacio contra Hrist midiendo sus pasos. Pero se detuvo de repente, seguramente cuando notó que la punta de una espada sobresalía de su pecho. El duque liberó la espada de la espalda del Emergido y con un corte rápido acabó con la vida de un segundo. Solo quedaba uno que portaba un sable, pero cuya vida no fue difícil de acortar con el esfuerzo combinado de la mercenaria y el duque.

-¿Estás bien? ¿Han logrado herirte?-preguntó el duque a la mercenaria. Se veía sana y salva, pero con la oscuridad no podía estar seguro si había recibido algún golpe indeseable.-Lamento haber tardado tanto en acudir, pero tenía que asegurarme que el resto de mis hombres lograran escalar la muralla sin problemas ¡Vamos! ¡Tenemos que tomar el castillo de una vez!

Justo acabada de pronunciar la frase, cuando gritos de vítores inundaron todo el castillo originados por varios rincones del mismo. Aparentemente, sus hombres habían sido lo suficientemente rápidos para tomar el castillo en tan poco tiempo. Realmente era como el duque había pensado: una vez cruzada la muralla, tomar el castillo no costaba absolutamente nada.

Sigurd y Hrist descendieron hasta el patio del castillo. Allí les rodearon la mayoría de los hombres, junto con un cúmulo de cadáveres de Emergidos. Ninguno de sus soldados mostraba heridas de gravedad. No había bajas que lamentar, la misión había sido un éxito absoluto. Sigurd levantó la mano que sujetaba su espada, apuntando al cielo.

-¡¡HEMOS RECUPERADO CALPHY!! ¡¡NUESTRO HOGAR!! ¡¡¡VICTORIA!!!-gritó Sigurd con la voz más fuerte que jamás había pronunciado.

Sus soldados enseguida le acompañaron, gritando más vítores, vivas al duque, gritos de júbilo y canciones de celebración. Fue un momento mágico, feliz. Todavía quedaba muchísimo por hacer, pero aquella oscura noche se había convertido en una luminosa esperanza para todos aquellos. Grannvale no estaba del todo perdida. Sigurd se volvió hacia Hrist:

-Parte de esta victoria os la debemos a vos, y por ello os estoy eternamente agradecido. Solo os pido que sigáis con nosotros un poco más, luchando por mi patria. Pagaré lo que haga falta, ponedme un precio y si está en mi mano os lo daré. Además, creo que tras esta experiencia, mis hombres ya no albergarán estúpidas ideas sobre vos.

Algunos todavía miraban de reojo a Hrist, pero eran ya la minoría. La mayoría estaban tan contentos con aquella victoria que se habían olvidado. Y era innegable que Hrist había arriesgado su vida por ellos, por lo que la acusación de espía de Nohr con el fin de boicotear el ejército de Calphy ya carecía totalmente de fundamento. Hrist estaría ya a salvo y podría trabajar para Grannvale sin ningún problema.

Y no es que faltase el trabajo. Habían dado el primer paso, pero la inmensa mayoría de Grannvale todavía estaba ocupada por los Emergidos. Además, estaba el ejército nohrio y la desaparición de su hijo como fuentes de preocupación. Todavía quedaba un largo camino por recorrer. Pero Sigurd estaba dispuesto a recorrerlo. Estaba dispuesto a todo para salvar a su familia y a su país, y no descansaría hasta haberlo conseguido.
Sigurd
Sigurd
Afiliación :
- NOHR (GRANNVALE) -

Clase :
Lord

Cargo :
Duque de Calphy

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Esp. de bronce [2]
hacha larga de bronce [2]
hacha larga de bronce [2]
.
.

Support :
None.

Especialización :
[Campaña de liberación] Lord de Grannvale y Estratega de Ylisse Espada%201

Experiencia :
[Campaña de liberación] Lord de Grannvale y Estratega de Ylisse 2aYlcp6

Gold :
3043


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Mensaje por Hrist el Sáb Ago 18, 2018 1:32 pm

El mandamás apareció detrás de los emergidos, como una aparición providencial enviada por el mismísimo Eterno. Empaló por la espalda al lancero más rezagado, ¡Como si nada! Y todavía dio alcance al segundo y le propinó un certero tajo, matándolo también… ¡Qué habilidad! Las espadas se veían tan elegantes en plena lucha, y las hachas tan burdas y bruscas… Hrist rápidamente se lanzó hacia el emergido con espada, y lo inmovilizó usando el mango de su hacha larga como elemento de presión contra el cuello. El emergido quedó totalmente expuesto a la hoja del Jefe, que aprovechó sin dilación tal oportunidad. En esos instantes, Logi bajaba en picado hacia ellos.

-Sí, sí… estoy bien… -repuso, comprobando que no tenía ningún corte en el abdomen o las piernas. -¿Ha salido bien, entonces? –preguntó, dándose el lujo de sonreír un poco pese al agobio que oprimía todo su ser por dentro.

Pero algo iba mal. En la torre que quedaba a metros de distancia del Jefe, haciendo esquina entre dos murallas, una puertecilla se abrió con un golpe seco, y dos pares de ojos brillantes y rojos asomaron.

-¡Detrás! ¡Detrás! –indicó Hrist, sin perder de vista los dos emergidos que habían surgido de la puertecilla de la torre esquinera.

Corrió a ponerse al lado de su superior, hacha larga en mano, pero justo cuando un tercero salió de ahí, una enorme figura cubierta de escamas aterrizó sobre los dos primeros. El último en salir se quedó con un palmo de narices, puesto que chocó, literalmente, con el trasero del wyvern, y cayó de culo. Salió disparado hacia la pared cuando el animal le sacuió un coletazo, como el que espanta una mosca molesta cerca de su tartaleta de fresas.  

-¡Logi! –exclamó. - ¡Ya te vale! –lo reprendió mientras subía a la silla de montar y se ataba las sujeciones de nuevo. El wyvern respondió con un bufido lento y un gemido quejoso, lo que venía siendo un "haber silbado más fuerte, Doña Perfecta". -¡Vamos!

Se puso manos a la obra, y lo primero que hizo fue asestar hachazos a los dos emergidos inmovilizados bajo las garras del wyvern. Tres o cuatro hachazos por individuo bastaron para darlos por finiquitados. Acto seguido, persiguió al tercero, que huía a lo largo de la muralla. Un hachazo en la espalda bastó para hacerle caer. Luego Logi se encargó de levantarlo y soltarlo unos cuantos metros por encima de la altura de la muralla.

-Aún quedan dos más. ¡Vamos!

Con un rugido, Logi se lanzó en picado hacia los dos últimos emergidos que acosaban al Jefe. Hrist acertó en la espalda de uno de ellos, pero calculó mal y no pudo desenganchar el arma de la espalda, con lo cual se lo llevó arrastrando unos cuantos metros. Tras una sacudida y un empujón con el pie, el emergido cayó al suelo, retorciéndose erráticamente. Hrist le dio el golpe de gracia para que dejase de dar estertores, y poner fin así a esa desagradable agonía.

Al volver con el mandamás, éste ya había despachado sin problemas al emergido que le estaba engorrando.

-¿E-Estáis bien? –preguntó con un hilo de voz. –S-Siento el despiste, no volverá a ocurrir… -acabó, mirando prácticamente al suelo, temiendo algún rapapolvo o toque de atención. –Sí, señor.

Logi los bajó a ambos hasta el patio del castillo. Entre los montones de emergidos sin vida, esparcidos por allí y por allá, se reagrupaban los soldados, que rezongaban con el ceño fruncido sobre los emergidos, o se quejaban de algún golpe que había acertado muy cerca de ellos, o del típico "Estos bichos tienen la cabeza muy dura, se me ha hecho una grieta en la hoja de la espada, ¿es posible que me pase estó a mí?". En cuanto los vieron, los rodearon inmediatamente. Hrist esperó, con los músculos tensos, que el jefe bajase del wyvern y se dirigiese a sus hombres. Por unos instantes, temió que enfureciesen y la bajasen como una muchedumbre embravecida del wyvern para hacerle vete a saber qué.  

-Ha salido todo bien… -le murmuró a Logi, acariciándole la enorme cabeza mientras el Jefe proclamaba en voz recia la victoria. El wyvern roncó satisfecho, y le dio un cabezazo suave a Hrist en el estómago, instándola a seguir rascándole.

Los soldados se entregaron a vitorear y vociferar presos del subidón del momento, de la victoria, tan estridentes como las fiestas de Fin de Estación del pueblo. Logi puso de su parte con unos cuantos rugidos intermitentes, entrecortados con bufidos escuetos, que quedaron ahogados en el jolgorio general.

Pese a la intensa penumbra, Hrist dedicó unos instantes a contemplar lo poco que alcanzaba a ver del castillo. Era enorme, pero ya por las formas de la muralla y los repuntes de las torres y del castillo, pudo ver que la arquitectura de Grannvale tenía un estilo distinto al nohrio. ¿Cömo sería por dentro? Nunca había visto el palacio real de WIndmire por dentro, de modo que no tenía una referencia con la que comparar nada. Pero sus cábalas sobre interiorismo en Calphy se interrumpieron súbitamente con la voz de su superior.

-Ah… -los músculos de brazos y piernas se le tensaron con el respingo que reprimió a duras penas. –No, yo… s-sólo he hecho mi trabajo, como ordenasteis… -Sentía las miradas de todos clavadas en ella, pero no se atrevía a averiguar si eran acusatorias, de curiosidad, o de otra cosa. Hasta el momento, sólo se había atrevido a mirar a la cara al mandamás de la expedición. –Claro, con mucho gusto. - Las mejillas se le mancharon un poco de rosa al responder. –No hace falta ningún precio en especial… Con el pago estándar por campaña me basta.

Conservar la cabeza sobre el cuello era la mejor recompensa a la que podía aspirar en aquellos momentos. Eso, y que el nivel de recelo entre los compañeros de fatigas se rebajase, ni que fuese un poco. Quizás algunos compañeros de oficio, también nohrios e interesados en las campañas para el duque Sigurd de Calphy, tendrían una bienvenida más acogedora que la que había tenido ella al principio.

Pero por el momento, lo importante era que ella había cumplido su trabajo, y que los demás estaban satisfechos con ello.
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Wyvern Master

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Mensaje por Eliwood el Lun Ago 20, 2018 6:13 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Hrist ha gastado un uso de su hacha larga de bronce.
Sigurd ha gastado un uso de su espada de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.


Ficha | Relaciones | Cronología
Gracias a Roxy por el nuevo avatar!! <3


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