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[Campaña de liberación] Estrategias variadas [Nozomi]

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Mensaje por Invitado Jue Jun 29, 2017 12:46 pm

Hoy iba paseando por los campos de arroz de Hoshido. Estos tenían en una buena cuenta la tranquilidad existente para dar su producto, y por tanto permitir a todos los Hoshidanos tener comida sobre la mesa para alimentarse. Era una bendición el que tuviéramos acceso a estas tierras tan fértiles, y suponía que podía entender que Nohr quisiera al menos algo de terreno de estos campos para poder llegar a alimentar su tierra, pero igualmente iban en mal propósito en este caso para llegar a obtener eso. Y sobre todo, estos campos pacíficos son terreno perfecto para tratar de hacer grandes batallas que teñirían los cultivos con la sangre de ambos bandos. Un campo plano, donde la caballería tendría su peso en oro arrasando la infantería... habría que ver algunas contramedidas para evitar eso en las tropas hoshidanas, eso sí decidían hacer caso a un viajero de su propia tierra claro está.

Mientras iba caminando, vi como un pueblo estaba en plena actividad. Era extraño, no era habitual ver un pueblo con tanta actividad, y que yo supiera no era un día de la cosecha, así que dudaba que estuvieran celebrando un buen año al respecto. Me fuí acercando al pueblo, y pude ver como había tropas hoshidanas preparándose para una batalla, si uno podía deducir a través de las katanas y armaduras que portaban los soldados. Seguramente habían detectado una incorsión de Nohr, o en todo caso, emergidos que intentaban ir a arrasar este pueblo. En mi caso, iba a tratar de ofrecer mi ayuda, como siempre hacía en estos casos, pero en este momento dudaba que fueran a aceptar mi ayuda como estratega. Solo tuve suerte en un pueblo porque ya me conocían, pero en este caso no me conocían de nada, por lo que solo fui a tratar de ofrecer ayuda.

Como esperaba, pasaron a rechazar mi ayuda, por lo que decidí al menos estar en el pueblo con mi libro de magia en la mano, mientras trataba de ver como avanzaría la batalla. Si los emergidos tenían tropas montadas, seguramente fuera una batalla bastante dura por su carga inicial, que causaría demasiados estragos en las tropas. Si eran infantería, sería cuestión de ver como avanza la batalla para organizar tropas y luego flanquear con las restantes para eliminar rápidamente a los demás. Y si había voladoras, tenía al menos mi libro de fuego para intentar hacer que se cayeran al suelo, pero no habrían venido mal algunos arqueros para lograr reducir las tropas enemigas antes de que llegaran o también algún mago más para hacer lo mismo. Como siempre, tendría que apañármelas como pudiera.
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Mensaje por Invitado Vie Jun 30, 2017 2:16 am

Los labios de la maga se tensaron en una fina línea. Un temblor ligero recorriendo todo su cuerpo, siendo más notorio y evidente en la mano que tenía extendida sobre la mesa. Insegura fue que comenzó a juntar los dedos formando un puño que, sin dudarlo, en un arrebato de impotencia golpeo la mesa.  La estructura siquiera se movió, las cartas deslizándose apenas unos cuantos milímetros de su posición original ante su exabrupto. Cerró los ojos. Deseando por un instante que, al momento de volverlos a abrir, aquello que había visto previamente desapareciese o mutase en un mejor augurio. No fue el caso. Las cartas seguían igual. Misma posición y ubicación. En un gesto demasiado amargo para ella fue que se permitió emitir una ligera risita cargada de ironía. Esto se sentía como un terrible déjà vu.

Pero… pero todavía quedaba una carta. La sexta carta, en la cima de la pequeña pirámide, se encontraba aun boca abajo. Suspiro largo y tendido como si eso fuese a darle el valor suficiente. No era el tiempo de ser cobarde. No ahora. Debía concentrarse, mantener la pregunta en su mente y corazón tal como lo había hecho desde un principio. Solo cuando pudo centrarse de nueva cuenta en ello, fue que extendió su mano para proceder a girar la última carta sin titubear.

Tuvo que morderse el labio inferior para no maldecir en nombre de todo lo que conocía. Lo hizo con fuerza, la suficiente como para tragarse la angustia que poco a poco en ella crecía. “Lo siento Corrin” pensó, fugazmente. Su cuerpo destensándose, perdiendo la rectitud y firmeza de una buena postura seiza, emitiendo un suspiro resignado. Al parecer el mal presentimiento que venía arrastrando durante los últimos días, semanas en realidad, llegaría a concretarse antes de lo esperado. Y, como solía suceder, no había nada que pudiera hacer para evitarlo.

Aunque… había algo que podía intentar. “Algo que quizás evite el peor resultado”, pensó, mientras desviaba la mirada de la mesa para observar a través de la ventana hacia el cielo nocturno. Estaba en una pequeña y sencilla habitación dentro de la única posada del pueblo. Un pueblo pequeño, dedicado al cultivo de los campos. Un pueblo de agricultores, que desde la aparición de los emergidos contaba con cada vez menos labradores: era un pueblo fronterizo, la gran mayoría de los ciudadanos ya se había movilizado hacia el centro del país, incluso si eso iba en contra de todos sus deseos por permanecer en sus tierras. Las cuales, gracias a todos los espíritus, habían tenido la suficiente fortuna de no sufrir ataques… a diferencia de los pueblos vecinos. Con el tiempo solo se hacía evidente de que los guerreros impasibles y fríos pasarían también por el lugar. Y aparentemente sería más temprano que tarde.

No sabía cuanta gente habría en su totalidad en todo el sitio, pero durante el transcurso de los días se había percatado de que la población carecía de niños. Y que, por el contrario, se encontraba conformada mayormente de gente mayor: demasiado apegada a lo suyo como para irse, demasiado terca y orgullosa como para abandonar todo lo que conocían. Sumado a uno que otro joven muchacho: ya eran considerados adultos, y los motivos por los cuales se quedaban eran variados. Algunos solo querían ayudar a sus abuelos, tratar de convencerlos de irse. Otros… otros a pesar de no tener formación formal en ningún área deseaban tener la oportunidad de probar su brío.

Finalmente opto por incorporarse. Aun no era tan tarde, así que la posadera que le alojaba aun debía estar despierta: la mujer no trabajaba el campo, pero le había confiado a la consejera hacía ya varios días atrás que no permanecía en el pueblo por sentir un particular apego, sino porque simplemente prefería esperar allí la llegada de su muerte antes que ser una carga en otra aldea o pueblo. No tenía familia que la pudiese mantener, y no tenía más recursos que los que le quedaban acá. Pero… la maga considero que no perdía nada con intentar que la mujer se fuese al día siguiente a primera hora. Quizás incluso y podría convencer a otras personas de la posada de retirarse.

Lamentablemente no tuvo suerte. Pudo hablar con la mujer y con otras personas que estaban comiendo en él lugar, y solo consiguió que la dueña prometiese meditarlo contra la almohada. La maga no pudo dormir bien, en lo absoluto, recordando la expresión de temor y angustia que la abuela portaba. Era esperable, durante el tiempo en que estuvo en el pueblo le había hecho lecturas bastante acertadas a la venerable anciana. Cuando la adivina despertó a la mañana siguiente, luego de una noche llena de sobresaltos, lo hizo con la boca y la garganta secas, junto a un sabor agrio en el paladar.

El cielo apenas y comenzaba a tomar tonos rosáceos y anaranjados mientras se vestía, señal inequívoca de que apenas y había dormido un mísero par de horas. Con cansancio se acercó a la mesa, arrodillándose para quedar a la altura correcta de la estructura. Manteniendo la postura firme, con la espalda recta, comenzó a observar las cartas que no había vuelto a tocar desde la noche anterior. Después de tantos años practicando el arte, le resultaba fácil memorizar la posición y orientación de las cartas.

Durante unos instantes se preguntó el porqué de sus decisiones recientes de vida. Quizás la lectura no sería tan negativa, si su pregunta no hubiese sido tan determinante… o quizás, luego de una mala noche, ella simplemente trataba de quitarle peso a lo que veía. Sin verdaderos ánimos comenzó a recoger las cartas, tensándose al escuchar cómo comenzaba a haber bullicio en el exterior. En las calles. No quiso asomarse a ver, se dedicó a recoger las cartas que le faltaban, a las cuales agradeció quedito por sus consejos, antes de envolverlas en un trozo delicado de tela. Así como estaban las introdujo dentro de un saquito que solía llevar sujeto a su cintura.

Tomó su bolso, siempre listo y preparado, y rebusco en su interior hasta dar con el preciado Tomo de Viento. La Hoshidana prefería llevar sus cartas a mano, y el tomo que le permitía hacer magia casi en el fondo de su equipaje. Ya con el libro en mano y luego de revisarse a sí misma un par de veces, porque nunca se era lo suficientemente cuidadosa, fue que salió de la habitación.

No se sorprendió en absoluto al ver a la anciana allí, sentada como si nada sucediese bebiendo un poco de té. La mujer emitía un aura estoica, solemne y a la vez resignada. En el interior de la posada se escuchaba ya con fuerza los gritos de las tropas, de los guardias, que se preparaban para la batalla. Posiblemente un ninja llego a tiempo con noticias de un inminente ataque emergido. No encontraba sino otro motivo por el cual los soldados contasen con tanto tiempo para preparase: el ruido se lo indicaba, se estaban gritando ordenes de manera clara. Podía escuchar como daban indicaciones a algunos aldeanos aun estando al interior de la morada. La pelimorada podría no haber pisado campo de batalla previamente, pero dudaba que en medio de este se pudiesen dar órdenes tan precisas que permitiesen la evacuación de la gente.

La señora rompió el hilo de sus pensamientos con facilidad.- Si sales, estarás a tiempo de ir al siguiente pueblo.-diría, sin siquiera dirigirle una mirada. Bebiendo nuevamente de su té, de manera larga y tendida. La serenidad que emitía la dama estaba comenzando a pesar de manera dolorosa en el pecho de la maga.

-Se lo agradezco, pero no se preocupe. Estaré bien. -pronunciaría la maga con una sonrisa tranquila y seguridad plasmada en cada palabra. “Eres una mentirosa, Nozomi” se reprocharía en cambio a si misma: su postura firme mientras ladeaba el rostro esta vez en un gesto un tanto más aniñado no eran más que un vil intento de darse confianza y de espantar el miedo que sentía. - ¡Le agradezco por haber cuidado de mi durante este tiempo!.-Sus palabras sonaban a despedida. No le extraño ver como una sonrisa se formaba poco a poco en el rostro de la mujer. -Así que… por favor, confié en mi para hacer lo mismo ahora. -pronuncio finalmente, dedicándole una pequeña reverencia.- Saldré, pero no para retirarme. Haré lo que esté en mi mano para ayudar a los soldados y proteger su hogar.- No se atrevió a alzar el rostro mientras hablaba, en cambio espero durante unos minutos que se le hicieron eternos por una respuesta que nunca llegó.

Suspirando se enderezo en silencio, y se dirigió a la salida del lugar. Desde allí le dedico una mirada de reojo a la mujer, conteniendo su respiración durante unos segundos ante la imagen: en silencio, y de manera bastante contenida, era que la anciana estaba llorando. Buscando pasar desapercibida, fue que se retiro cerrando la puerta con cuidado, casi con reverencia. En el exterior, en las calles, los soldados estaban ya agrupados por aquí y por allá en formaciones que la maga no comprendía. El Sol ya se alzaba majestuoso en el cielo, y de manera sumamente contradictoria el pueblo se veía más vivo que nunca. Reconoció a muchos labradores, jóvenes intentando convencer a los soldados de que podían luchar. Ancianos discutiendo con sus pocos familiares, reticentes incluso ahora de retirarse de sus hogares. Entre tanto rostro que aprendió a reconocer entre las últimas semanas, hubo uno que le llamó la atención: no le sonaba de nada. Era un hombre alto y de cabellos oscuros, que en sus manos portaba un libro y que observaba todo con aparente calma.
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Mensaje por Invitado Vie Jun 30, 2017 8:37 am

Podía ver como los soldados hoshidanos se preparaban para una batalla, que por lo que iba escuchando quizás fuera demasiado grande para lo que este pueblo pudiera resistir sin ninguna estratagema. Si, podrían permitir a varios escapar, pero el pueblo y todo su cultivo se perderían ante los emergidos, y se tardaría bastante tiempo en tratar de hacer que volviera a ser lo mismo. Y eso era algo que Hoshido en estos instantes no podía permitirse, así que decidí que era mejor tratar de hacer que las cosas fueran a nuestro favor en ciertas maneras, dado que si se hacían unas cuantas preparaciones en este campo abierto, las tropas enemigas seguramente se vieran con bastantes problemas en el sentido de que al ser estúpidas y sin mente, solo pensando en eliminar al enemigo sin sentir dolor alguno, no les era fácil cambiar de estrategia en si. E iba a jugar con eso al máximo para poder pasar a ganar esta batalla.

Vi como varios de los más jóvenes eran rechazados por las tropas hoshidanas, diciendo que eran demasiado jóvenes o inexpertos, y tenían razón los soldados. Pero eso no quería decir que estas personas no pudieran ayudar. Respiré hondo, mientras pasaba a acercarme hacia esos jóvenes. - Si queréis ayudar, tengo unos planes que requerirían ayuda para prepararse. - Dije simplemente, y los jóvenes pasaron a mirarme raro, pero entre la necesidad de proteger lo que ellos querían, y la curiosidad acabó ganando su aprobación. Rápidamente les ordené que fueran a coger herramientas como palas y picos para poder llegar a cavar una de mis estrategias en el campo, dado que las tropas enemigas llegarían en todo caso en unas horas más o menos, el tiempo exacto para llegar a preparar las defensas para los enemigos.

Una vez esos jóvenes llegaron, nos dirigimos hacia los campos, y pasé a señalar las partes que debían excavar, mientras que otros iban a por maderas sueltas. Yo también cogí una pala y empecé a excavar, tratando de acelerar el proceso lo máximo posible. La idea principal de la estrategia era hacer una serie de líneas de fosos, donde se taparían con maderas sueltas cubiertas de tierra para evitar que fueran detectados. Luego, cuando fueran pisados por las tropas enemigas, si iban a caballo o a pie, seguramente alguno que otro pasaría a caer en esos fosos, donde podrían tardar en salir, o incluso morir si caían de mala manera. Era una manera de contención bastante básica, pero útil sobre todo cuando se usaba la caballería, dado que el jinete al caer en el foso, tenía más probabilidades de morir por culpa del peso del propio caballo que de otra cosa, y aun así, el caballo quedaría inutilizado también. Eso erradicaría la carga de los enemigos y evitaría que cayera el grueso de la defensa.

Sin embargo, ahora venía lo importante que era calmar al capitán de las tropas hoshidanas, que venía hacia nosotros con cara de mal agüero hacia donde estábamos cavando. - ¿Qué estáis haciendo? Deberíais estar en el pueblo, y dejar el resto a las tropas, no hacer tonterías como esta. - Dijo el capitán, mirando con disgusto los fosos. Yo simplemente enarqué una ceja, pasando a cruzar mis brazos dispuesto a ir con mi mejor arma contra ese capitán. La lógica. - Muy sencillo, estamos estableciendo las defensas del pueblo. - Dije con calma, y eso parecía estar enfureciendo más al capitán. - ¡Os ordeno que volváis al pueblo ahora mismo! - Ordenó, pero antes de que los jóvenes hicieran caso, levanté la mano en señal de parada, y luego indiqué que siguieran su trabajo con otro gesto, no era cuestión de que se frenaran las obras por una mera discusión, y cuanto más se avanzaran las cosas, mas cosas darían pie a construirse para eliminar a los enemigos con las menos bajas aliadas posibles.

- No comprende el valor de estas defensas. Las tropas que tenemos son sobre todo infantería, sin apenas algún arquero o mago en el lugar. Esto hace que en este terreno seamos demasiado débiles ante una embestida provocada por una caballería, haciendo que mas de la mitad de sus hombres mueran en la primera embestida. - Dije de forma fría, mirándole a los ojos al capitán. Parecía que iba a decir algo como que eso era imposible, o que sus soldados eran los mejores y que no iba a pasar algo así, pero francamente me daba igual las excusas que me fuera a dar. - Es un hecho, da igual la habilidad de sus hombres. Luego, después de haber perdido la formación sus hombres, los jinetes simplemente les flanquearían y estaría el pueblo destruido. - Terminé, y pude ver que el hombre por fin iba entendiendo algo, pero no le gustaba lo que iba diciendo. Seguramente no le gustara que alguien desconocido le estuviera dejando tan en evidencia, pero no es que me importase lo que pensara de mi. Hasta podía llamarme bastardo si quería, pero mientras se salvaran vidas me daría exactamente igual.

- Pero lo que tienen los emergidos en común, es que no cambian su estrategia. Por lo que estos fosos harán que la caballería y posible infantería se vea estancada, y pierdan tropas en el asalto inicial. Los que sobrevivan, tendrán que ir a pie y eso dará oportunidad a sus soldados. Ahora, ¿querrá ayudarme con esto para poder intentar establecer más defensas y dar mas posibilidades a sus hombres para vivir otro día, o decidirá mandarnos al pueblo, y hacer una batalla donde lo mas probable sea es que todos mueran? - Dije, manteniendome con esa calma que para muchos quizás le sonaba innatural, pero era una especie de juego de shogi, solo que había que tener mas imaginación en cuestión de las piezas. Morirían algunas, de eso no tenía ninguna duda, pero la cantidad de piezas restantes con unas construcciones en el tablero pasaría a ser bastante diferente. Pero igualmente, eso no dependía ahora mismo de mi mismo. Y por la cara del capitán, si no ocurría algo me temía que las construcciones no iban a realizarse...
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