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A Grima rezamos [Privado - Pelleas]

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Mensaje por Judal Lun Feb 15, 2016 10:33 pm

Creía que podía con el mundo, no le había faltado oportunidad de creerlo, su primera parada en el territorio de Altea le había salido como anillo al dedo, no le había costado introducirse a aquel mundo de terciopelos y té en los balcones, había hecho un amplio repertorio de contactos y hasta había conseguido un par de trabajos que le habían sustentado sus gastos y hasta había tenido extra para darse algún que otro gusto. Había encontrado la forma de pasar la noche en las camas más amplias, las tardes en los divanes más anchos y las cenas en las mesas más abundantes pese a apenas comer lo justo y necesario. Se le estaba haciendo demasiado sencillo aquella vida de aventurero ya considerándose como un mercenario trotamundos, definitivamente se sentía audaz, suficientemente audaz para seguir su camino casi sin reservas, solo con una alforja a su hombro golpeando contra su cadera con un cambio de ropa, dinero y una manta para dormir, en su brazo, improvisando un contenedor con una tela con dos nudos en esquinas opuestas y atadas entre si por las restantes, cargaba unos cuantos duraznos que había comprado en el mercado antes de partir. La fruta en Altea era dulce, jugosa y toda ella hermosa de aspecto, no se había resistido a su fruta preferida por lo que mientras caminaba calmaba su sed con jugosos duraznos, manchando sus manos y mentón con el jugo de los mismos.

Hacía bastante calor, bordeaba un desierto por lo que podía adivinar, envolviendo sus pies en una tela delgada para evitar quemárselos sobre la arena caliente al sol, usando unos pantalones amplios pero de tela sumamente ligera, su prenda superior apenas cubría parte de su pecho y hombros dejando todo su vientre al descubierto y envolviendo sus hombros y cabeza tenía una tela blanca donde por debajo caía casi hasta sus tobillos su larga trenza negra, sus brazaletes de oro brillaban al sol mientras se adentraba más en aquel desierto, veía estructuras en el horizonte y confiaba que no fuesen solo espejismos, altas estructuras blancas y no muy lejos un área verde, seguramente un oasis. Oasis en el desierto solo podía significar que había alguna clase de pueblo, grandes construcciones significaba nobleza y allí podía ser que estuviese su siguiente parada por lo que entusiasmado se separó del camino más firme y sus pies se hundieron un poco en la arena haciendo algo de resistencia al avanzar. Paso a paso el sol comenzaba a picar en sus brazos por lo que tiró de la tela sobre sus hombros para cubrirse un tanto más mientras daba otra mordida a su durazno alcanzando el hueso ya, al menos la fruta le mantenía fresco y sosteniendo la pulpa en su boca vencía a sed con facilidad.

No sabía cuánto tiempo había pasado caminando pero sentía que no llegaría nunca, no sabía medir a simple vista y acostumbrado a pueblos y ciudades consideraba que si algo alcanzaba su vista era por que podría llegar a pie, pero las distancias a campo abierto, o en este caso peor aún, en el desierto donde el calor engañaba la vista acercando las cosas por los reflejos en la arena, el dancer no había notado lo lejano que se encontraba. Sin lugar donde detenerse casi que corrió sobre la arena al ver una roca de gran tamaño y unos arbustos espinosos, se resguardó tras la roca intentando aunque sea que la mitad de su cuerpo estuviese a la sombra, jadeante ya la fruta no quitaba su sed, por el contrario esta, caliente y un tanto emblandecida por el calor, estaba aún más dulce dejando pegajosa su boca, no había traído agua, ignorando algo tan básico para un viajero. Sentía sus labios secos y sus ojos ardían ya por el reflejo del sol sobre la arena, la garganta la tenía como si hubiese tragado la misma arena, los primeros signos de deshidratación habían llegado más temprano de lo que deberían frente a un viajero tan inexperto. Un ligero mareo le sobrevino y terminó por cerrar sus ojos al sentir que su cabeza caía hacia atrás se obligó a levantarse, seguir caminando, no debía estar lejos de aquel oasis, sentía que había caminado por horas y no podía rendirse aún. Sus pies se hundían en la arena caliente y de tanto en tanto tropezaba, nunca en su vida había sentido tanta sed, nunca su garganta había estado tan rasposa, maldecía el desierto, culpaba a cualquier que viniese a su mente, aquel noble que mencionó Plegia en la conversación, al comerciante que le había vendido los duraznos demasiado a punto y ahora, por el calor, se habían puesto feos, al hombre que se había cruzado en el camino y no le había advertido de llevar agua o que no fuese, incluso culpaba a Suzuki por alentarle a seguir sus viajes. No podía creerlo pero finalmente veía más cerca el oasis, incluso podía ver figuras moviéndose, el alivio llegó tal a su cuerpo que sintió como simplemente caía hacia adelante, la arena caliente contra su vientre y contra su mejilla, intentó levantarse pero el mareo le sobrevino y cerró sus ojos. Escuchó el crujir de la arena, al entreabrir sus ojos vio borroso un par de figuras altas... ¿cabezas de animales? El blanquecino resaltaba al sol, el cráneo con cuernos de carnero se giró hacia el cráneo de caballo, juró que los escuchaba hablar y moverse. Asumió que estaba alucinando y cerró nuevamente sus ojos convencido que no despertaría.

No sabía cuanto tiempo había pasado cuando recobró la conciencia, sintió el frío duro bajo suyo, estaba sobre un piso de piedra, el murmullo de gente hablando le era un poco confuso pero podía diferenciar claramente al menos dos voces. Abrió lentamente sus ojos, aún sintiéndolos pesados, lagañosos por el sol tan intenso que le había dañado antes pero pudo ver que se encontraba en un lugar cerrado, vio paredes de piedra ennegrecida y piso de piedra sucia, olor a humedad y cera quemada llegó enseguida a su nariz, sentía sus labios un poco quebrados y un sabor espeso y amargo. Intentó levantarse pero no pudo, sus extremidades pesaban demasiado, cerró sus ojos de nuevo y con un quejido intentó enfocar alzando su mirada al techo... estaba boca arriba y al mover su cabeza y abrir sus ojos se dio cuenta que no estaba al ras del piso si no a una altura bastante considerable, poco más de un metro, vio cadenas en el techo, giró su vista al piso y vio velas rojas encendidas y líneas del mismo color... ¿pintura? demasiadas líneas, formaban un patrón, había letras que no comprendía pero llegaba a reconocer, había libros que estaban escritos en ese lenguaje... ¿que era... que era...? Las voces se detuvieron, seguro notando su movimiento, buscó con la mirada pero aún algo borrosa y con la oscuridad en aquella parte de la habitación no veía más que sombras. Intentó nuevamente levantarse pero ahora lo sintió con claridad, sus pies estaban atados por los tobillos, al mover sus hombros y brazos notó que estos estaban atados a su espalda - ¿Qué m....? - gimoteó con la voz algo tomada por la sed. Escuchó pasos y entornó los ojos atento... repentinamente todo tenía sentido, había visto esas palabras en libros de magia... magia negra... Plegia... - ¡Maldito noble mal nacido! ¡Maldito idiota! ¡Maldito vendedor! ¡Maldito Suzu! ¡Malditos todos! ¡Me lleva la Diosa! - maldijo retorciéndose sin fuerza ya, suspirando pesado mirando el techo con exasperación.


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Mensaje por Pelleas Mar Feb 23, 2016 1:35 am

Plegia había resultado ser un cómodo punto de retorno. La educación en su internado había sido extraña, ardua y hasta cruel, pero no cabía duda que los magos oscuros salidos de allí, unidos bajo las alas de Grima, eran un círculo abierto y leal; le habían recibido sin demasiadas preguntas en su visita, aceptando entre los superiores de rango los estudios e investigaciones que había deseado aportar desde el exterior, inclusive invitándolo con toda generosidad a cuanta práctica y experimento deseara él hacer. Aquel subterráneo escenario, construido desde escasas ruinas en la arena hacia abajo, era también parte de la generosidad de magos oscuros superiores, indulgentes con el príncipe de Daein por cuanto no estuviesen dando uso al sitio. Ni hablar de los sujetos de prueba; arcanos inferiores a él en rango se habían dispuesto de buena a gana a conseguírselos, capturando en conjunto esfuerzo un emergido tras otro, para descartarlos a medida que fuesen pereciendo o agotando su utilidad. Se sentía alegre y optimista, aunque estuviese recibiendo el cuarto espécimen de tan sólo aquella jornada, sin éxitos aún en invocar adecuadamente el hechizo superior que intentaba.

Por cuarta vez se repasaron las líneas del círculo arcano dibujando en el suelo, se encendieron las mechas cuatro veces ardidas de las velas rojas y se dispuso del cuarto varón atado sobre el altar. La cuarta pócima curativa fue forzada por su garganta en su inconsciencia, para asegurar un óptimo estado físico cuando todo iniciase, empero prevaleciendo aún algunas señas de la deshidratación que el hombre había estado sufriendo afuera. El príncipe discutió detalles, cambios que pretendía realizar en la nueva prueba, y cuando el hombre de larga trenza negra dio señales de despertar, se excusó por cuarta vez con una leve inclinación frente a sus compañeros, los cuales se retiraron de la recámara para dejarle a su trabajo.

Los gritos e imprecaciones del condenado fueron respondidos con el poderoso, certero ruido de una puerta de piedra prácticamente sellándose en su lugar, a su vez diezmando la luminosidad del ardiente sol desértico y, quizás de forma más agradable, cortando la oleada de calor de afuera para dejar prevalecer el fresco ambiente entre las paredes grises. Con tan sólo la luz de las velas permaneciendo en la estancia, el fuego hizo a la sombra del mago restante extenderse en la pared detrás, engrandecida, delineando una figura alta pero delgada revestida en un uniforme plegiano. Telas oscuras y ligeras, marcando el huesudo ángulo de hombros considerablemente anchos, sujetas en la cintura por una gruesa pieza de tela violeta bordada, que desde su nudo caía para mostrar los símbolos arcanos que la colmaban; en las muñecas y tobillos, grandes piezas metálicas que llegaban a parecer grilletes sujetaban la ropa, así como una capa de un violeta más grisado se aseguraba al cuello con una pieza ajustada alrededor del mismo, opresiva. Anillos de ónice tensaban la tela negra al dorso de las grandes manos que retiraron de la cabeza del mago un blanco cráneo de carnero, pues fuera del sol desértico no necesitaba protegerse con él. Lo dejó sobre una mesa al borde de la habitación, apenas pasando una mano por su cabello para cerciorarse de que le cubriese la frente antes de tomar un cuenco con agua, llevándolo hacia el cautivo.

Las palabras que tan fluidamente había articulado habían sido algo extraño ya, pero verlo con detenimiento lo confirmaba: era un hombre común, vivo y despierto, con piel de un tono perfectamente humano, aunque pálido, y vestimenta de viajero que daba cierta impresión de estar incompleta, al mostrar tan abiertamente el vientre. - ¿No es un emergido? Oh... este... - Pelleas dijo en voz baja, algo descolocado. Siempre había practicado en emergidos, y hasta el momento no se le había traído nada distinto. Se preguntó si podía haber sido sólo una confusión, aunque no había cómo perderse, los emergidos jamás pronunciaban una sola palabra. Pacientemente posó el cuenco de agua junto a la cabeza del hombre en el altar y se inclinó un tanto para verle, pensativo, notando entonces el sclera y los párpados aún enrojecidos por causa del sol; difícil notarlo desde lejos, con la sombra de pintura violeta que decoraba la mirada del hombre. Muy curioso, a su parecer; recientemente había aprendido que en ciertos reinos los varones también usaban maquillajes, aunque jamás había visto como el que llevaba él. - Ah, sus ojos están irritados por el sol todavía. Permítame. -

Mojó sus dedos en el agua del cuenco y los llevó enseguida contra los párpados del pelinegro. Algo de agua fresca aliviaría. Sus dedos presionaron con firmeza al pasar el agua por la piel irritada, hundiendo levemente contra la suavidad del ojo debajo; era blando en carácter, mas no así en gestos, fácilmente torpe o brusco con su cuerpo según la situación. Con alguien a quien percibía aún como su sujeto de pruebas, su sacrificio, no había motivo para ser particularmente delicado. Lo que hacía atendía a ese uso, después de todo, dado que con los ojos enrojecidos se le dificultaría ver si la magia hacía un efecto en los vasos sanguíneos después, lo cual ocurría tan comúnmente como para ser una posibilidad digna de vigilarse. Se dedicó a ello unos momentos, como preparación para lo que vendría, se resistiese o no el otro hombre, hasta que el agua fresca pareció disipar un poco el enrojecimiento al borde de los párpados. - Mejor. -
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Mensaje por Judal Jue Feb 25, 2016 7:37 pm

La puerta se cerró y con ella se aplastaron un poco la esperanza de poder escapar de manera fácil, sin embargo el frescor de la recamara era bien recibido, aún sentía calor sin embargo no parecía sentir consecuencias de su descuido, su piel no estaba enrojecida por el sol, poco a poco parecía recuperar su conciencia sin mareos, sin dolores de cabeza. La medicina administrada había curado los síntomas de insolación aunque no así los inicios de deshidratación por la larga exposición al sol seguía un tanto presente. Intentó enfocar su mirada en la nueva oscuridad, con la puerta cerrada se había bloqueado la única fuente fuerte de luz ahora solo quedando las velas y una pequeña línea brillante bajo la puerta, logró ver la figura moviéndose, quitarse algo de su cabeza y acercarse.

Su primera impresión fue tensarse, delgado como era y con la falta de ropa en la mayor parte de su cuerpo, fue evidente el mover de sus músculos, delgados marcándose en un cuerpo claramente desnutrido. La voz pareció hacer eco  en el lugar, o sería simplemente su cabeza aturdida aún, pestañó un par de veces intentando enforcar logrando distinguir ahora mejor sus rasgos, al menos su cabello ondulado de color bastante característico, le sonaba de algo aquel color, aunque enseguida bajó su mirada a su ropa, el traje semitrasparente y decoraciones doradas le recordaban a las  que utilizaría un bailarín, pero a su vez claramente no era el atuendo de uno. Alzó su voz un poco chillona al estar aún alterado - ¿Te parezco un emergido? Si es una confusión acepto las disculpas solo suéltame... - se interrumpió al escuchar el cuenco junto a su cabeza, el sonido del agua le resecó su garganta de forma tan abrupta que lo que antes era una simple sed ahora era una necesidad dolorosa. La mano ajena se mojó y el pelinegro relamió sus labios aunque se vio obligado a cerrar sus ojos cuando los dedos firmes pasaron húmedos sobre sus ojos lavando un poco el pigmento violeta sobre su parpado quedando solo la línea negra en el borde del ojo siendo tinta y no simplemente polvo. Emitió un quejido más de impresión que de dolor, a decir verdad el agua fresca se sentía bien sobre sus ojos y aliviaba un poco el ardor quedándose quieto bajo su tacto, relamiendo cuando una gota cayó por su mejilla hasta sus labios.

Con los ojos cerrados se pudo concentrar mejor en lo que sentía, el tacto firme que presionaba sus ojos, no era delicado pero tampoco era doloroso, y dejaba que un poco de agua se filtrase entre sus parpados hacia sus ojos irritados aliviando un poco aquel ardor. Sus dedos se sentían bien, eran suaves, limpios y de tamaño bastante importante, su pulgar parecía ser tan ancho como su ojo y los dedos que tocaban su rostro para sujetar mientras le limpiaba le dejaban en claro que su mano era más grande que su cara, alguien de importante tamaño. Olía extraño, era un olor muy diferentes al de la cera derretida, era un aroma seco que le hacía picar un poco la nariz, olía metálico y un poco dulzón, no lograba identificarlo, no era precisamente desagradable pero tampoco era algo que pudiese clasificar dentro de sus gustos. Había leído sobre Grima en Begnion, siendo su padre comerciante a veces conseguía como pago algunos objetos curiosos y se había hecho de una colección de libros que más tarde había vendido a un muy buen precio a una biblioteca, entre esos títulos Judal se había quedado con uno que no era más que un diario de viajes por Akaneia, un mago de Begnion que había recopilado sus viajes por aquel continente nuevo en la época de las fronteras. En un principio apenas lo había ojeado pero al llegar a Plegia había leído con sumo interés el apartado de religión así como aquella magia tan "horrorosa" que hacía que con el mover de una mano os enemigos cayeran rendidos a sus pies, que con el recitar de un verso la sangre escapase por su piel y fuese al "mago del caos" como había sido referido en el libro. Ahora estaba en Plegia, seguramente aquel hombre no fuese más que un mago del caos, un deje de emoción le hizo agitar su respiración así como un poco de miedo le hizo tensar sus ataduras.

Cuando declaró que había terminado, abrió sus ojos, le costó un poco acostumbrarse, sintiendo sus pestañas pesadas por el agua pero enseguida enfocando con claridad, frunció su ceño al notar que parecía no tener intenciones de soltarlo - Tengo sed... suéltame y dame un poco de agua limpia. - no solía pedir las cosas si no que exigirlas, acostumbrado a siempre estar con sirvientes o con los dueños de dichos sirvientes, si bien aquel hombre tenía bastante presencia, no estaba vestido precisamente como un noble... aunque algo en su rostro se le hacía familiar.


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Mensaje por Pelleas Lun Mar 07, 2016 12:17 am

No suponía que todo aquello hubiese sido una confusión, nada más. No lograba imaginar por qué aquel hombre preocupantemente delgado había sido capturado y dispuesto para él sobre el altar, en lugar de un espécimen emergido, como siempre, pero suponía que debía tener motivo y propósito. Quizás algo familiar, una predisposición útil en su sangre o una conexión con el culto. Sentía cierta necesidad de preguntarle exactamente quien era, de donde provenía; intentar dilucidar si había algo de particular en él o si había sido sólo un fortuito devenir, pero si indagaba, corría el riesgo de humanizar demasiado al sacrificio para sus propios ojos. Podía ser que un nombre y una historia le tornasen incapaz de continuar, una posibilidad que sabía cercana y que preferiría evadir, ignorando inclusive las primeras palabras del cautivo. Se centró en prepararlo como si fuese a utilizarlo, apartando sus manos del rostro ajeno al terminar de aliviar sus ojos. Cuando los vio abrirse con un pausado parpadeo, tan sólo reparó en el extraño color de sus irises; estaba convencido de que el dorado era el color en los ojos de los verdaderos ruines, pero el rojo se aproximaba igualmente. Inusual de ver, mal omen dependiendo de a quién se le preguntase.

De todos modos dio una leve sonrisa al verle mejor, procediendo a tomar el cuenco de agua para apartarlo. A todas luces el mago se vio ajeno a las palabras del otro, sin escucharle o sin verse afectado ahora que sabía que estaba vivo y sano, apenas bajando la vista un instante al pensar en lo que pedía. El espécimen no parecía temeroso, sólo levemente irritado por su posición, pero no había mucho que pudiese o debiese hacer por él. Un par de segundos pasaron en frío y quieto silencio, hasta que Pelleas enderezó su cabizbaja postura y negó levemente con la cabeza. - No puedo hacer eso, me temo. Soltarle, quiero decir. - Dijo, la voz tomando una suave y queda resonancia entre las paredes de piedra. Debía utilizar a ese hombre, después de todo, emergido o no. Tenía una tarea que completar. Bajó la vista contemplativamente al agua, sobre cuya superficie danzaba el anaranjado reflejo de las velas. - Pero puedo darle de beber, sí. Ha venido del desierto, según me han dicho los demás, debe estar muy sediento aún. -

Se movió de su lugar, el agua haciendo un suave sonido al moverse dentro del cuenco, sus pulgares mojándose un poco al estar por dentro del borde, y pasó junto a la cabeza del hombre en el altar sin detenerse a ofrecérsela. Necesitaba algo de ese andrógino joven, algo que de un ser humano vivo y racional dudaba en tomar, tanto como él necesitaba favores de Pelleas. Aliviar su sed era tan sólo una cosa, querría ser soltado, seguramente también esperaría poder caminar libre, no era algo que quienes ingresaban atados y amordazados a ese sótano consiguiesen a menudo, pero podía llegarse a alguna clase de acuerdo al respecto. Primero, la sed. Recordaba que se le había dado medicina, pero el líquido espeso y amargo no era precisamente reconfortante a la lengua, quizás hasta hubiese realzado su necesidad. Estiró el brazo revestido de ligera y semitransparente tela oscura, deteniendo la mano varios centímetros por sobre el rostro del hombre, hasta que varias gotas de agua cayeron de sus dedos mojados. Era todo lo que en ese momento le convenía dar. Depositó el cuenco en el suelo de piedra y se irguió a cuenta nueva, silencioso como una sombra en cada uno de sus gestos.

- No puedo darle el agua ahora mismo. Si coopera tranquilamente con el, uhm, procedimiento que necesito realizar, le daré un trago. Si continúa cooperando le daré más. - Su tono era leve, amable, pero se trataba de reglas al fin y al cabo. No podía permitirse arruinar las cosas, mas inclusive con el pelinegro atado y vulnerable sentía la necesidad de establecer un trato. No se sentía correcto utilizarlo en la exacta manera en que utilizaría a un emergido. Pasó la vista por su frágil complexión una última vez antes de girarse en otra dirección, dirigiéndose fuera del círculo trazado en el suelo para buscar los materiales que necesitaría. Elegirlos y separarlos llenó la cerrada estancia de sonidos metálicos, a lo sumo algún golpe contra madera. - Creo que va a estar bien. Si se esfuerza y sigue las indicaciones que le de, sobrevivirá esto con facilidad; prometo que después de ello me aseguraré de sanarlo, tengo suficientes pócimas, también repondré sus provisiones como compensación. -

Envolvió en tela negra las herramientas que necesitaría consigo, cauteloso de no alterar al invitado con la visión de ellas. Regresó a él entonces, apoyando a un borde del altar lo que traía y desenvolviendo sólo por una esquina. Le convenía evitarle el estrés de mirar, aún si el hombre lo prefiriese; su zurda le tomó tras el cuello con firmeza, dedos largos presionándose contra la piel hasta sentir con claridad los huesos debajo y buscar buen asidero, mientras con la diestra le giraba sobre el altar, dejándole sobre su costado y con la vista irremediablemente al frente. No se le dificultaba en absoluto, el pelinegro era ligero, estaba sujeto de manos y pies y él mismo no carecía de fuerza. Tomó una pieza de suave madera trenzada envuelta en varias capas de cuero y la llevó a su boca, presionando contra sus labios. - Lo que haré es tomar de usted algo de sangre, no demasiada, realmente, y seré cuidadoso en extraerla. Lo que necesito que haga es sostener esto con sus dientes, pues es seguro de morder. Quizás sea un tanto incómodo, pero evitará que muerda su lengua o se lastime. -
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Mensaje por Judal Sáb Mar 19, 2016 8:30 am

El hombre parecía ser parte de todo ese escenario macabro, desde la silueta de los cuernos sobre su cabeza que había dado en un inicio hasta la capa que caía fatídicamente sobre su espalda y hombros, una tela oscura y pesada que se movía con su dueño pero de una manera que hacía pensar que tenía vida propia. Al verle más de cerca podía notar que la tela que cubría sus brazos era semi trasparente y mientras movía el cuenco pudo notar como pequeñas marcas más oscuras dibujaban extraños patrones en sus brazos, como líneas en los libros pero no lograba diferenciar letras en estas. Intentó no observar demasiado, no quería saber mucho mientras estuviese en esa posición, de estar libre seguramente se hubiese interesado pues había leído libros sobre aquellos ritos, libros sobre dragones sagrados, sobre la energía del dragón caído que alimentaba el vigor en los mortales concediéndoles las capacidad de controlar un poder ajenos a ellos, un poder oscuro que reinaba sobre la vida y la muerte. El poder de Grima. El poder de los magos oscuros. Un poder que él leía con envidia y no consideraba más que como cuentos de tierras lejanas, historias de terror, pero que veía que si había locos que se creían poseedores de dicho poder, o anhelantes de este jugando a hacer rituales para contentar a un montón de huesos.

El sonido de la voz profunda haciendo eco en el lugar centró su mirada en el rostro ajeno, en sus labios precisamente, sintiendo los suyos resecos se los relamió mientras escuchaba, frunciendo un tanto su ceño cuando su petición fue denegada ¿no pensaba soltarle? ¿Ni siquiera sabiendo que ya no estaba jugando con emergidos si no que con un humano real y vivo? pero la promesa de agua acallaba sus instintos de quejarse, si lo hacía seguro que le negaría aquella necesidad y mejor solo asentir quedamente mientras volvía a ver los movimientos ajenos. Tragó pesado y espeso, sintiendo el sabor amargo de su lengua realzarse al intentar pasar saliva por su garganta y miró el cuenco cuando este se movió, deseoso entreabrió su boca a los dedos húmedos, su lengua siguiendo los rastros de gotas que se deslizaron por sus labios, demasiado poca pero suficiente como para refrescarle y dejar que un pequeño quejido de ansiedad escapase de su garganta cuando apartó sus manos.

Intentó girar la cabeza para mirarle al alejarse pero el cuerpo del mago se fue de su rango de visión, y aún mientras aprovechaba su cuerpo ágil y elástico para contorsionarse suficiente sobre su brazo y su cintura solo logró ver la espalda del mago, aquella odiosa capa oscura y opaca que parecía absorber la luz en lugar de reflejarla, de cuello alto que apenas dejaba ver su cabello de curiosa tonalidad por encima... ¿donde había visto esa tonalidad de cabello antes? Había conocido numerosos nobles pero ese tono le recordaba que tenía que prestar atención... quizás solo seguía confundido. Aunque la manera de hablar del joven era demasiado correcta como para ser simplemente de un loco más bajo tierra. El sonido metálico de las herramientas le arrancó de sus pensamientos y sintió un escalofrío recorrerle, intentó hablar pero la resequedad de su garganta solo le hicieron toser un poco, su cuello tenso por estar estirado para verle no ayudaban a su sed. Tragó costosamente y volvió a acomodarse en una posición menos dolorosa, o lo menos incómoda dentro de las posibilidades, cuando le vio acercarse, siguiendo con recelo el bulto dentro de la tela negra. Quería ver, quería saber, odiaba la ignorancia o perder control de la situación, y aquello ya estaba demasiado fuera de su control para su gusto, todo eso parecía una locura. El aroma de la cera quemada solo empeoraban las cosas. Midió las palabras que el mago decía sintiendo un escalofrío de miedo recorrerle la espalda y tensar la boca de su estomago, "sobrevivir" no era exactamente una palabra que le tranquilizaba, como parecía ser utilizada por el otro y ya comenzaba a temer de lo que sea que hubiese en la tela negra.

Abrió su boca pero su voz le falló dejando escapar un quedo gemido tembloroso cuando los dedos firmes le sujetaron por la nuca, una sensación extraña de impotencia le hicieron estremecerse, el sentir solo la punta de sus dedos como prensas contra su piel y no la mano completa lo hacía aún más extraño, más antinatural, desligándole demasiado como si lo que estuviese ocurriendo allí no fuese contacto humano. La pieza amarga y rugosa fue puesta entre sus dientes y mordió por instinto intentando apartarlo enseguida, ni aunque lo intentase podía girar su mirada al hombre ni tampoco podía mover su cabeza como para acceder o negarse a sus palabras. Intentó convencerse que decía la verdad... sería solo un poco de sangre y le daría de beber, un poco de sangre y podría salir de allí de las manos de ese loco que juraba que estaba haciendo magia, mitos oscuros de los desafortunados que no habían mostrado habilidad para la magia de los elementos. Rechazados de la naturaleza y de la sociedad, se repetía en su mente, cerrando sus ojos y apretando sus dientes, esperando que todo aquello terminase rápido.


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Mensaje por Pelleas Jue Mar 31, 2016 3:25 am

Por supuesto que sentía un poco de empatía por el hombre que tosía al intentar sacar voz de su garganta reseca, audible hasta en su forma de respirar. Era su sacrificio, pero seguía siendo una persona, no un simple emergido. No llevaba las cosas de una forma en que se le dificultasen mucho más, ni llorando ni luchando desesperadamente contra las ataduras, mas la noción de que debería de soltarle luego permanecía invariablemente en las ideas del mago. Temía perderla de vista. Entre tanto, controlarlo a través de la necesidad de agua se lo hacía todo más fácil, francamente; no iba a morir de sed allí, tan sólo sufrirla por cuanto le durase, haciéndola un recurso que podía continuar negándole sin mayores problemas. Sospechaba que era por hechos tan inescapables como aquel que el hombre de reveladora vestimenta se mantenía dócil y más o menos calmo, resultaba conveniente. De pasajera forma examinó la expresión en su rostro, su mirada, sólo para constatar su disposición en ese entonces. Lucía despierto y atento.

Ni cómodo ni resignado, por supuesto. Interpretó como miedo el pequeño gemido cuando le acomodó y sujetó contra el altar, suponía que era inevitable que lo tuviese, aún si le era asegurada su supervivencia. Pero estaba siendo cooperativo en suficiente medida como para que no importase. Pelleas bajó los hombros un poco, aflojó la presión de su agarre cuando le vio entreabrir la boca y aceptar la mordaza, mostrando una sonrisa casi que de alivio. - Se lo agradezco mucho. - Murmuró, asumiendo con ello un trato. Alguien incapaz de modular palabra, atado y con casi nulas opciones cerraba tratos con inusitada facilidad, después de todo. Y con ello, el trato del arcano hacia su sacrificio se tornó un tanto más cuidadoso; dejaba de temer a una confrontación o a una situación incómoda, tener que lidiar con lágrimas y ruegos o similar, aquello restaba tensión a sus manos y facilitaba sus quehaceres. Si los hubiese habido, bien sabía él que habría sopesado soltarle antes de tiempo. Cuanto se aliviaba de que no fuese. Exhaló tendidamente y soltó al hombre unos momentos.

Ponía el cuenco donde recogería el líquido, uno más pequeño, situado bajo sus brazos a la altura del codo. Latón sobre la superficie de roca. Metódico, silencioso y paciente en lo que hacía, el varón de cabello ondulado abrió la tela en que yacían sus instrumentos y eligió un punzón de buen filo. Se sentó al borde del altar, necesitaría estabilidad para hacer las cosas con la debida precisión, y cerró una mano firmemente alrededor del delgado brazo del otro; preocupantemente delgado, a su impresión, pues los largos dedos llegaban a tocarse al rodear. Le miró con mayor consternación entonces, repasando la fragilidad de su figura. No era notoriamente bajo en altura, sólo demasiado delgado, y la palidez de su piel dejaba de parecer un engaño de las velas, sino señal de pobre salud. Sorprendía no sentirlo frío al tacto. Tenía la temperatura de cualquier hombre sano. No dudó, pues, en apretar el agarre para sujetar el brazo a lugar, y sin ruido o señal alguna que advirtiese tanteó con el pulgar al interior de su codo, presionado, rebuscando antes de apartarlo y reemplazarlo con la punta del punzón, metiéndolo de inmediato a través de la blanda piel. Exacto en el proceso, tan sólo necesitó un mínimo movimiento antes de que la sangre se agolpara alrededor de la fina pieza metálica y brotara, mucha más cuando retiró el punzón, cayendo de su brazo con un estable goteo hacia el cuenco donde era recogida. Suponía que tenía que despreocuparse, el hombre estaba sano y la pérdida de sangre no sería excesiva. Era sólo que sentía una extraña consideración por él, una necesidad de tener un trato gentil, aunque ni en su mente definiese cómo hacer tal cosa, dada la situación. Una caricia reconfortante habría servido de algo, pero tocar a otra persona no era algo que se le diese con facilidad. Tan sólo atinó a recoger a leve tacto la larga trenza de su cabello, pasándolo sobre su hombro hacia el frente para evitar que se ensuciase.

- Ah... claro, el agua. - Susurró al recordarla. Por los primeros instantes lo mejor era sujetar el brazo ajeno, pero una vez que era claro en qué posición debía quedar, no creía que hiciese falta. Soltó para recoger el cuenco de agua, sosteniéndolo entre sus manos. Había dicho que le daría un par de tragos y lo haría, pero en cuanto eso sucediese, claro le quedaba que perdería en cierta medida el control sobre el pelinegro. La necesidad sería menor. Fue por ello que, a medida que pasaba el brazo sobre él para acercar el cuenco del otro lado y hacia su rostro, los dedos de su mano libre rozaron los ajenos, presionando con cada dígito uno de los del cautivo, sujetando contra la roca debajo. - Uhm... - Bajo la vista a los dedos pensativamente, buscando y fallando en encontrar muchas formas de decir lo que debía. Presionó un poco más. El cuenco se acercó considerablemente al rostro del hombre. - Dígame, si debiese usted de elegir, de diez dedos, uno del que pudiese prescindir... ¿cual cree que sería? - Preguntó con ligereza, sin mayor explicación. Era muy posible que estuviese sintiendo él más ansiedad que el hombre sobre el altar; en ese momento era muy posible, también, que aquello cambiase. De todos modos apoyó el borde cuenco de agua contra sus labios, inclinándolo con sumo cuidado para que bebiese, aunque la posición hacía inevitable que un poco goteara fuera. Un par de momentos, suficiente para dos tragos largos o un poco más si se apresuraba, y luego lo apartaría nuevamente. - Los pulgares se utilizan mucho, no así los meñiques. El dedo anular no cumple mucha función, fuera de contener el anillo matrimonial. -
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Mensaje por Judal Dom Abr 03, 2016 3:50 am

Sentía la presión en sus dientes cuando apretó su mandíbula, el miedo le hizo recorrer un escalofrío por su espalda y repentinamente las ataduras le resultaron sumamente apretadas e incómodas, intentó relajarse, respirar, sabía que era solo por estar al borde del pánico... ¿y como no estarlo? en el momento que el mago se movió y pudo llegar a ver apenas las puntas de las herramientas que había traído sintió que el alma le dejaba el cuerpo, puntas agudas y plateadas se veían sobre la tela negra, filos y púas que no podían significar nada bueno, mucho menos en el escenario en el que se encontraba y en compañía de un mago oscuro, o al menos un wanna be.

El primer contacto despertó un sentimiento encontrado, el conocido miedo y una tensión que conocía pero enseguida descartó, totalmente ilógica de sentir en tal situación, pero la mano firme y ancha del pelivioleta le sujetó con demasiada firmeza su brazo delgado y aquello no era del todo desagradable. La manera que le tocaba tampoco, dedos firmes que se hundían entre su músculo y tendón buscando su vena, intentó girar su rostro para ver pero al visualizar el punzón en la mano ajena desvió su mirada apretando más sus dientes, cerrando sus ojos con un miedo renovado. No era tanto al dolor que le temiese, si no a la vulnerabilidad, al saber que una herida no era algo a tomar por menos, en tiempos donde los antisépticos no existían así como tampoco métodos más complejos que solo un torniquete para parar una hemorragia, una herida podía significar la pérdida de una extremidad en los peores casos y feas cicatrices en los mejores. Para alguien que trabajaba en gran parte con su imagen era impensable, pero no parecía tener opción más que quedarse sumamente quieto para que la herida no fuese más grande de lo necesario. Emitió un quejido cuando el agudo dolor le recorrió el brazo tensando su espalda, un dolor demasiado localizado y frio como para mantenerse quieto por más que lo intentaba, sintiendo algo de alivio cuando el instrumento se apartó de su piel dejando que el dolor se extendiese y fuese más soportable.

Escuchó el goteo, primero seco y después de un rato ya cayendo sobre un charco, haciendo un ligero eco por el latón en donde era recogido, sentía también la calidez del espeso líquido recorriendo unos centímetros de su brazo antes de caer y el ardor en la herida donde la sangre brotaba. Respiró con más calma cuando se sintió seguro de que aquello era todo, que solo restaba esperar a que la herida dejase de sangrar, así que solo empujó el mordillo con la lengua para librar su boca, emitiendo un corto jadeo antes de hablar - Argh... sabe horrible... - musitó antes que la gruesa trenza cayera sobre su boca al deslizarse sobre su hombro, movió la cabeza para que cayera en su cuello y se acomodase allí - ¿Q-que tanta sangre quitarás? E-el cuenco es demasiado g-grande ¿sabes? - dijo con la voz más débil de lo que le hubiese gustado y más inseguridad de la que le convenía mostrar. El sonido del agua le hizo entreabrir sus labios y cuando sintió la humedad contra estos abrió su boca acomodándose lo mejor que pudo contra el cuenco bebiendo con avidez llegando a tres gruesos tragos, volcando poco por su mejilla.

La pregunta le hizo tensarse y forcejar un poco contra el firme agarre intentando apartarse, pero no de manera violenta, más bien con miedo renovado. ¿Acaso pretendía no solo quitarle sangre si no también partes de su cuerpo? Eso si que no lo permitiría. Arqueó un poco su cuerpo acentuando su cintura y alzando un poco su cabeza para hacer como que observaba sobre su hombro hacia sus manos - ¿10? Será solo en las manos, pues hasta donde sé, tengo 20~ - intentó ser un poco más relajado en su respuesta, entonando un poco más sus palabras - No podría prescindir de ninguno de ellos, ni siquiera de los pies. Son mi sustento y sin ellos no podría trabajar. Incluso si es solo uno, o siquiera medio. Sería como si le pidiese que entregase la vista o su lengua. Sin ellos no podría conjurar ¿o me equivoco? - mago o intento de mago, asumía que sería agradable ser reconocido sin que fuese presentado.


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Mensaje por Pelleas Lun Abr 04, 2016 3:45 pm

En la recámara de piedra, la voz del cautivo resonaba con facilidad. Pelleas pensó, entonces, que era una excelente señal de la que podía servirse, mientras estuviese consciente y su garganta más o menos sana; los quejidos le indicarían el nivel de dolor y cómo estaba soportándolo. Al final, era mejor para el mismo hombre sobre el altar. Resolvió que no le acallaría en absoluto, menos aún si desease gritar, aunque por el momento era tan sólo eso: la primera seña de dolor ante la primera punzada en piel sana, única herida que le daría en ese momento. El mago oscuro le soltó y retrocedió, a su vez apartando el cuenco con agua de su alcance, estimando que dejaba su sed temporalmente aliviada pero no disipada del todo. Un poco de líquido se había volcado en el proceso y mojaba la superficie del altar, mas no era un detalle digno de atención, no como la mordaza que ahora sólo yacía junto a la cabeza del hombre. No estaba volviendo a morderla. Sin los labios resecos y algo partidos como habían lucido antes, parecía mucho más inclinado a hablarle que a eso. Sorprendía aún más que preguntase sobre el proceso; habría creído que preferiría pensar en cualquier otra cosa y, algo descolocado, el mago demoró algunos instantes en siquiera pensarlo.

- ¿Uhm...? Llenará el cuenco, luego la mitad de otro. - Respondió con simpleza. Grave pero difícilmente sobre el volumen de un murmullo, su voz no generaba la misma resonancia que la de Judal, aunque se hacía oír lo suficiente en la subterránea quietud. Al igual que incesante goteo, marcando cual mecanismo de reloj el ritmo al que el cautivo perdía sangre. - Descuide, es una cantidad que puede perder sin mucho riesgo. C-Claro, luego tomará ciertos cuidados que se recupere, pero... nos encargaremos de todo, estoy seguro. - Titubeó levemente al hablar. No estaba muy seguro. Habían estado usando emergidos hasta el momento y, por supuesto, estos eran descartados después. Con una persona viva, asumía que serían razonablemente cuidadosos. Al menos él pensaba serlo. Su mirada volvió a la mordaza descartada junto a su rostro, necesaria parte del cuidado, y habló en paciente tono. - ¿Está seguro de que desea dejar la mordaza? Tener algo que apretar, así sea con los dientes, es buena distracción de, um, sensaciones desagradables. Quisiera ayudarle a soportar el dolor, cuando debo inflingirlo. -

Hablarle al hombre de cabello negro no le resultaba tan difícil como con otros desconocidos habría sido, podía responderle, hablar hasta algo de sobra. Había algo en la vulnerabilidad, el inseguro tono o la dócil posición que ayudaba. No ser la persona que hablaba en voz baja y temía a las reacciones del interlocutor, quizás. Lo importante era que se le hacía mucho más simple. No cambiaba, sin embargo, que no pudiese tener ciertas consideraciones para con él. El hombre se movió, quitando de debajo de sus dedos los ajenos; y era sólo un poco, no llegaba a derramar la sangre fuera de donde debía recogerse, pero previniendo a ello Pelleas le tomaba ya por la más hundida parte en la curva de la cintura, pequeña y fácil de sujetar entre sus manos. Le atrajo de regreso hacia atrás, le acomodó los brazos atados, el codo propiamente sobre el cuenco, como debía ser. - No vuelque, por favor. Hágame saber si preferiría simplemente no continuar despierto. - Dijo enseguida, sin demorar el soltarle. Él mismo sopesaba la conveniencia todavía, el dolor impregnado en ciertos materiales era un necesario componente en cuanto a ritos; a su vez, habían materiales que se introducían en los sacrificios con el sólo propósito de que absorbieran su sufrimiento por algunas noches. En ese caso, no era una necesidad, así que quizás pudiese concederle la opción. Inconsciente todo se daría con facilidad. Era sólo que no le agradaría mucho no darle a conocer lo que le sucedía y sucedería, menos aún si ahora le mostraba que podía estar calmo.

- Sabe algo sobre magia. - Dio una suave, breve sonrisa. Al soltar al sacrificio se tomaba un instante para limpiar la sangre del punzón utilizado, alzarlo a su vista para constatar que quedase sin empañar su platinada superficie. Le oía; no podía no hacerlo, era llevadero y no estaba en contra de generar un acuerdo. - Tiene que ser de las manos, pero, ahora que lo menciona, un medio sirve también. Es muestra suficiente. Ah, también se utilizan los lóbulos de los oídos, pero los suyos... ¿están perforados? - Se inclinó por sobre él nuevamente, llevando consigo el sonido de piezas metálicas moviéndose, y apartó el cabello tras su oído con suma delicadeza. No así cuando tocó el lóbulo, el que presionó con el pulgar para comprobar la suavidad de la carne, buscar seña de una perforación. Era cuidadoso y metódico, pero aplicaba fuerza cuando debía hacerlo. - ¿Cómo es que no podría prescindir siquiera de medio anular, de todos modos? Son escasas las profesiones en que es tan... oh, no será usted un ladrón, ¿o sí? - Su mano soltó pero permaneció quieta allí. Sólo le miró desde ese ángulo al rostro, un gesto serio en el suyo. La primera vez que le veía de cerca con claridad y no le parecía que tuviese al aspecto de un ladrón, pero los mejores de ellos seguramente no lo tenían.
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Mensaje por Judal Lun Abr 18, 2016 8:15 pm

La urgencia por beber se había esfumado pero aún quedaba la espesa pegajosidad en sus labios y en su paladar, la sed aún no desaparecía pese a tener ya la urgencia calmada, el cuenco alejándose solo le dio un par de instantes para respirar relamiéndose las gotas en las comisuras de sus labios y volver a sentir la sed en la base de su garganta. Miró con anhelo el cuenco, nunca había pensado que simple agua iba a ser tan deseada, no acostumbrado a otra cosa que no fueran jugos de frutas, vinos o cervezas, ahora miraba aquel cuenco de latón como si fuese la copa de plata más apetecible de todo el mundo. Finalmente el velo de dudas se disipó cuando el mago nombró la cantidad de sangre que pretendía de él y eso le tensó, incluso pudo sentir como una gota de sudor se resbaló por su frente, era demasiada sangre y más encima parecía ir enserio con el tema del dedo.

Fuera de lo que normalmente pasaría con una persona corriente, su mente no se trabó en ese pensamiento si no que quedó más dispuesta a buscar rápidamente una solución, atado como estaba su única salida era lo que mejor se le daba, hablar. Había estudiado sobre Grima, había leído libros de Akaneia y de Plegia, sabía lo que era la magia oscura en ese país, conocía la teología de aquel lugar, los dragones y las energías, incluso creía en ello tanto como creía en Ashera, aquello tenía que servirle. Primero mantendría la calma, solo mostrando una sonrisa ligera en sus labios convenciéndose de que podría mantener el control de la situación, al parecer captaba la atención del mago al mostrarse conocedor, al menos reconocedor de lo que era - Teóricamente sé sobre magia, he leído sobre magos y no cuentos o relatos si no diarios y estudios. No poseo la habilidad del control de los elementos y de donde vengo la magia oscura no es siquiera conocida... en parte mi viaje es para conocer un poco más de lo que en mi tierra se ignora. - no era totalmente mentira pero tampoco era totalmente una verdad.

Algo... había algo en la manera de hablar del pelivioleta que le sonaba familiar, quizás fuese su acento o las palabras que utilizaba, pero le recordó enseguida a su tiempo trabajando en la frontera con Daein. Hecha esa conexión ahora le resultaba obvio, la altura y el ancho de hombros era algo que no había visto en aquellas tierras, aquel hombre era de Daein y con un color de cabello muy similar al rey de dicho territorio. Emitió una risa suave procurando mostrarse permisivo y sumiso, no ser una amenaza y ganar algo de confianza, manteniendo el codo quieto por más que la sensación de su propia sangre goteando por la herida que aún dolía le diese escalofríos - De hecho... preferiría no perder ninguna parte de mi cuerpo. Verá, trabajo con mi imagen y tanto cicatrices como partes faltantes no son atractivas, sobretodo entre las más altas esferas... ¡Por Ashera, no! No soy un sucio ladrón. - dijo mostrándose ofendido al notar la reacción negativa del mago a dicha profesión... y con razón, el hombre parecía ser, por menos, de cuna acomodada por las palabras que empleaba y la manera en que se desenvolvía en sus tareas, incluso había notado que las herramientas, bien cuidadas, eran de materiales caros, no así los cuencos de latón, pero sabía que podría diferenciar las herramientas como objetos personales y el resto como objetos que simplemente dispondría donde sea que estuviese trabajando. Así mismo la mención de la diosa de su país le haría sentirse más cercano al reconocerle como hombre de su patria, o al menos de mismo continente - Lamento decirte que mis oídos están perforados por más que no estoy usando caravanas ahora. - los tratos buscos y firmes del hombre le daban escalofríos, aún en la posición que se encontraba, sorprendiéndose a si mismo disfrutando de aquel tacto de dedos fuertes y largos.

Cada gota que caía hacía un pequeño sonido, un sonido que le hacía muy consciente de que el tiempo corría y debía utilizarlo de la manera más ágil que pudiese, sin apresurar, tenía que ser tan sutil que fuese de aquel mago que viniese el deseo de no dañarlo y no que simplemente rogase por su vida. - ¿Podría darme un poco más de agua? Aún siento la garganta seca... no me moveré esta vez. ¿Cómo es que un noble de Daein terminó tan lejos de su tierra? - aventuró con una sonrisa cómplice, su rostro le resultaba terriblemente conocido pero necesitaba un poco más de tiempo para que la campanilla sonase, sin embargo actuaría como que le reconocía mostrándose seguro en sus palabras.


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Mensaje por Pelleas Mar Abr 19, 2016 10:17 pm

No anticipaba ocuparse en charlar con su sacrificio, mas no lo rechazaba en absoluto. Quería comunicarle lo que necesitase respecto a su situación, lo que sucedería, lo que debía de hacer él para minimizar su dolor y mantener su calma; ayudarle a soportar, si de algún modo podía. Hablar de algo distinto podía servir como distractor, enfocando la mente del cautivo en lejanos asuntos mientras el mago trabajaba. Pelleas tan sólo podía suponer ese como el motivo por el que el mismo hombre le hablaba más de lo que resultaba necesario. Sin queja alguna respecto a la atención, claro, pues eran pocas las veces en que él mismo hacía algo por socializar y habrían sido semanas desde que otro ser humano sostenía una conversación entera con él. Innegablemente le agradaba. Y su sacrificio tenía un plácido tono en su habla, fuera de la resequedad de garganta que el agua no había terminado de quitar. Dócil, respetuoso, hasta sumiso. Le acomodaba bastante, facilitaba tratarlo. La leve e insegura sonrisa permaneció en sus labios, una pequeña muestra de su contento con la forma en que se desenvolvían las cosas.

- Así que estaba usted en un viaje... ¿ha sido uno extenso, hasta ahora? ¿De dónde es que ha partido, si no le molestase mencionarlo? - Habló en voz baja, como siempre. Él también estaba en mitad de una travesía, había mucho que podía decir al respecto, si tan sólo fuese más dado a hablar de su persona. Prefería escuchar. La voz de su sacrificio era agradable y se conformaba de constatar que tenía que ser un hombre de buena cuna, pues apreciaba leer. Pelleas estaba suficientemente familiarizado con la clase baja, de todos modos, como para distinguir a un hombre del populacho de uno de recursos un tanto superiores al instante. Le miraba con otros ojos entonces, al apartar los dedos del lóbulo que no le serviría cercenar, viendo contestadas prácticamente por sí solas sus interrogantes a medida que el hombre de ligera contextura hablaba.

- ¿Tellius, entonces? Ha viajado un gran tramo lejos de casa. Um, discúlpeme por asumir de ese modo, ya veo que he errado... mucho. - Dijo. A su nivel descartaba que fuese un ladrón, y en segundad mirada, era cierto que tenía un aspecto muy cuidado. Sobradamente grato a la vista, si acaso no fuese la disposición de las cosas lo que le generaba tal impresión; el círculo trazado en el suelo que centraba la imagen del hombre en el altar de piedra, su docilidad en permanecer en el sitio que debía, la complaciente sonrisa que por unos momentos le había dirigido. Aún sin particular aprecio por lo masculino, estéticamente reconocía que era alguien agraciado. Aún consideraba su vestimenta demasiado reveladora como para que el respeto y el pudor le dejaran bajar la vista pasado su pecho, pero podía creer que trabajase con su imagen, aunque no comprendiese en absoluto a lo que se refería. - Um... ¿a qué es lo que se dedica, sino...? Quiero decir, habiendo terminado usted aquí... - Titubeó con sus ideas un poco y, avergonzado de la torpe forma en que se estaba expresando, se apresuró de sobra al culminar. - D-Digo, m-me parece que sabe más que yo sobre cómo ha terminado aquí, o por qué usted. -

Otrora temeroso de esa misma respuesta, ahora se sentía mucho más curioso por saberla. Aquel hombre tenía demasiadas particularidades como para ser un sujeto de prueba aleatorio, o así le parecía. No quitaba, claro, que Pelleas continuase su labor indistantemente, aunque en esos momentos tal labor no consistía en mucho más que esperar. Se sentó en el borde del altar, saliendo de la vista del pelinegro al estar tras su espalda, vigilando la estable caída de la sangre. Si cesaba y la ínfima perforación comenzaba a sanar, tendría que reabrirla o hacer otra, pero hasta entonces no hacía más que ver el nivel del líquido en el cuenco aumentar con lentitud. El goteo y el nivel que subía contaban en reversa el tiempo hasta que tuviese que hacerle verdadero daño a su sacrificio, mutilar una de sus manos si nada mejor surgía. Aquella intención no había cambiado. Ni siquiera pensaba darle agua, no antes de avanzar más en el proceso, pero cualquier negativa fue acallada al oír que le reconocía. Recién en ese entonces se lo mencionaba, pero le reconocía, no cabía duda.

- ¿A-Ah? ¿C-Cómo ha sabido...? - No se sorprendía de mala forma, al contrario, quedaba fascinado. No atinó a responderle sino pasados un par de segundos. - Pues, um, yo tambén me hallo en un viaje. Estudiando magia, justamente. Sin embargo... - Buscó el cuenco de agua y lo recogió. Si le pediría hablar más, razonaba que sería mejor darle un poco de beber. - ¿Es usted de Daein? No me explico que me conozca, de otro modo. No he estado en público muchas veces-- junto a mi rey, quiero decir. - Dijo, ocupándose ya de acomodar al hombre para que bebiese. De costado era incómodo, volcaba, pero tampoco podía distanciarlo mucho del cuenco sobre el que desangraba. Desentendido ya de disculparse o excusarse a la hora de manipularlo, pues su posición seguía siendo la de un cuerpo de ofrenda, dejó el agua un momento para pasar las manos bajo el torso del cautivo y alzarlo de donde yacía contra la roca. Una mano tras la espalda baja y la otra tras el cuello, le acomodó sobre el contenedor de sangre, casi que arqueado sobre este para que continuase llenándolo. Permaneció sujetándole tan sólo tras la base del cuello al llevar el contenedor de agua a sus labios para un único y breve trago, sosteniendo con facilidad el escaso peso de tan delgado hombre.
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Mensaje por Judal Miér Abr 27, 2016 2:38 am

Encontró sencillo de captar la atención, esperaba que estuviese menos dispuesto a hablar con su sacrificio, aquello podía significar dos cosas, o el mago realmente era un desalmado que no tenía problemas con conectar empáticamente con su sacrificio y seguir con su rutina impaciblemente ó no estaba acostumbrado a tratar con sacrificios conscientes o incluso con sacrificios humanos, a fin de cuentas le había confundido por emergido y aquel cráneo de cabra sobre la mesa no era el primero que recordaba ver en Plegia. Esperaba realmente que fuese la segunda, la que le daba más posibilidades a salir vivo y quizás en una sola pieza. Ese pensamiento le hizo estremecerse y concentrarse más en intentar despejar su mente para complacer al mago, mostrarse sumiso parecía estar funcionando así como cooperativo.

El danzante no tenía simplemente un aspecto cuidado, en sus muñecas y cuello pesadas piezas de oro y la brillante gema dejaban en claro que no era un simple plebeyo, no habrían muchos, por no decir ninguno, que pudiese permitirse tales joyas, en sus dedos también poseía anillos de plata y oro así como una pulsera en su tobillo que esperaba que la fina cadena no se hubiese roto, aquella pieza valía sus buena bolsita de oro e iba a ser la próxima que vendiese si llegase a necesitar nuevamente dinero... ¡Dinero! no tenía sus pertenencias encima y cargaba con el pago que había recibido en Altea, suficiente dinero para vivir cómodamente un par de meses de viajes si se sabía administrar, uno si iba con comodidad. No creía que el mago le hubiese robado, no parecía estar en necesidad, aunque los que le habían acompañado era otro tema. Quizás aquello podría servir para acercarse más, a fin de cuenta nos nobles se juntaban entre ellos y acortaría la distancia si se hacía pasar por uno, a fin de cuentas lo era, mientras no mencionase que no fuese por sangre si no que por dinero - Soy consejero político, trabajo especialmente con condes y senadores, aunque he trabajado para un marqués... a su vez soy artista, pero no confundir con bailarines de las calles que muestran sus gracias por monedas, sirvo a las cortes y de manera bastante exclusiva. Entenderá por que es necesario que conserve mi cuerpo intacto, aunque no lo parezca, es más amplio el pago por bailar y actuar que por prestar mi consejo. - suspiró mostrando indignación alzando su rostro lo suficiente para poder verle con comodidad - Soy de Begnion, pero trabaje un tiempo en Daein. - mintió con naturalidad, si bien no era una mentira total - Presté mis servicios a un marquesado allí, asistí a muchas reuniones y he visto su rostro allí. Tengo una buena memoria. - dijo con una sonrisa un tanto más cómplice.

Y allí estaba lo que buscaba, el joven había dado un dato que era vital "junto a mi rey", era un contacto directo del rey de Daein, aquel hombre con fama de demente y... finalmente todo cobró sentido, de allí le notaba conocido, aquel tono de cabello similar y contextura ancha y alta, se había enterado de que Daein había presentado públicamente a su príncipe y apenas le había visto. Perfil demasiado bajo, se había rumoreado que había algo malo con él por su poca presencia en asuntos políticos y ahora verlo allí, en un circulo de invocación con un sacrificio ponía todo en una perspectiva diferente. Ahora era tan obvio y reconocible que se maldijo a si mismo por no darse cuenta antes - Haría mal mi trabajo si no conociera lo más básico como la nobleza de Daein, especialmente a su príncipe. Aunque desconocía que fuese un practicante de las artes oscuras, mis admiraciones por poseer tal afinidad. Pese a que lo he intentado no he encontrado manera, parte de mi viaje era justamente estudiar más sobre el tema, ni en Begnion ni en Daein encontré información alguna, solo un par de libros que he comprado en el mercado del puerto a viajeros... una pena. - elaboraba a medida que se le daba la información, el príncipe expresaba que estaba de viaje de estudios, así que si se interesaba en una materia de la cual el otro estuviese avanzado caería en la casilla de admiración y necesidad, cosas que llamarían un poco más el lazo entre el pelivioleta y él... plus, el interés si era genuino hacia las artes oscuras.

El goteo continuaba y el cuenco se llenaba, no debía apresurarse pero el tiempo corría y ya no sabía si era por la perdida de sangre o simplemente la impresión de estarla perdiendo que sentía ya un ligero malestar y mareo. Las manos firmes y grandes del mago nuevamente le sujetaron manejándole como si no fuese más que un muñeco de trapo, estiró un poco su cuello para alcanzar con más comodidad el cuenco y esta vez sus tragos no fueron tan apresurados, lentos y más abundantes suavizó su garganta saciando un tanto más su sed. Era extraño, pero ya reconocía que disfrutaba aquel trato firme de sus manos, sosteniéndole con tal cuidado que pese a la firmeza no le estaba lastimado y podía simplemente descansar su incómoda postura sobre las manos ajenas.


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Mensaje por Pelleas Vie Abr 29, 2016 5:25 pm

Por supuesto que el pelinegro no era alguien carente de clase, mas no había anticipado que se moviese en tan altas esferas de poder. Un consejero político, hasta donde entendía él, no era alguien de quien se prescindiese con tanta facilidad, menos siendo descartado a tan remota locación y a tan aciago destino, a no ser que se hubiese metido en enormes problemas. Una lástima que fuese un hombre de Begnion y no uno de Daein, pues de los primeros Pelleas no pensaba de la más alta forma. De un bailarín no podía decir mucho, era la primera vez que conocía a alguien de la profesión, había visto a una que otra bailarina en sus viajes pero razonablemente no había ni dirigido la vista en pudor. - Oh. No sabía que un hombre pudiese tener el oficio de... uhm. - Su voz fue bajando en volumen a lo largo de su oración, hasta silenciarse sin terminarla. No venía al caso, quizás hasta fuese descortés de mencionar. Sin embargo, le explicaba bastante sobre su aspecto y el maquillaje en su rostro, inclusive lo delicado de su figura, confundible con la de una dama; de no haber intercambiado palabras con el sacrificio, seguramente la confusión le hubiese durado más. Comprendía su necesidad de cuidar su aspecto, pero no veía mucho que pudiese hacer al respecto. - Medio dedo, en ese caso. Entiendo que un dedo de los pies podría afectar su desempeño, pero medio en una mano no. Pasaría desapercibido, estoy seguro. -

Aún discutía el asunto con tranquilidad, pero si no cedía a las necesidades de su dócil y comportado sacrificio, era en gran parte porque resultaba ser sólo un noble de Begnion. Su padre habría recomendado que lo matase por si las dudas, seguramente. Pero había trabajado en Daein, al menos, y eso era bastante más agradable. Daba lugar a flexibilidad. Además, había estado tan cerca de su pequeño círculo como para haber visto su rostro, lo cual era fascinante y un poco vergonzoso, pues jamás le había gustado mucho lo público. - Así es. Príncipe Pelleas, encantado de... reencontrarle, supongo, a-aunque me temo que yo mismo no recuerdo haberle visto... espero pueda confiarme su bienestar, de todas formas. - Dijo, más cortés de lo que la situación, la recámara de piedra y el círculo de invocación sobre el que estaban ameritaba. Normal contexto, para él. Honestamente no recordaba haber visto a ese hombre, pero su memoria no era precisamente la mejor y él si que le reconocía y recordaba, así que creía en él. - ¿No es extraño que un noble de Begnion, que trabajase inclusive en sus círculos políticos, termine buscando trabajo en otro reino? No me malentienda, me alegra mucho que haya visitado Daein y haya residido el tiempo suficiente como para familiarizarse tanto, sólo es un poco curioso... igualmente, espero que haya sido provechoso para usted. - Lo preguntaba pues realmente no estaba seguro de cómo se daban esa clase de situaciones. De un modo u otro, se dirigía a él con buenos ánimos y una agradable sonrisa en los labios, así que suponía que sus recuerdos o su opinión de Daein no eran malos.

- Así que le interesaba la magia oscura. - Murmuró al tiempo que alejaba el agua del cautivo. Le había dado tiempo de beber con calma aquella vez, debía estar bien ya. Al dejar aquello de lado pudo disponer nuevamente de ambas de sus manos para sujetarle, más cuidadoso ahora que nunca; sus dedos no jalaron en absoluto del voluminoso y largo cabello negro al sujetarle tras la nuca, gentil en aquel trato tanto como en sujetar con ligereza tras su espalda baja, darle un apoyo allí donde recargar su peso. Se sentía más inclinado a cuidar de él. Más deferencial, inclusive, hacia la frágil contextura de quien sabía era un bailarín y un hombre de letras, no de armas, aunque eran aquellos mismos hechos los que le causaban leve inquietud. Saber su oficio le hacía aún más consciente de que no tendría que mirarlo, y a la vez atraía su atención con mayor curiosidad a la flexible curva de su espalda sobre sus manos atadas y el cuenco de latón debajo. Volvió la vista de inmediato a la mirada carmín, con la cabeza tan gacha como para ocultarse un poco tras su desordenado cabello. - No ve uno muchos hombres de Tellius con tales inclinación. Me pregunto si es así como ha acabado usted... oh, un momento. Disculpe. -

Sentía humedad contra los nudillos, bajo el cuerpo del pelinegro. Apartó la mano para confirmar que se trataba de sangre, el nivel de esta había subido lo suficiente como para llegar a mojarle los nudillos. Sin preocuparse de limpiarla, al menos por el momento, se ocupó tan sólo de apartar el cuenco lleno del líquido espeso y rojo oscuro, reemplazándolo con uno nuevo. Sólo medio cuenco más antes de que debiese cercenar la muestra de tejido vivo, y ya estaría liberando al hombre. - Uno listo. Ya casi. ¿Cómo se está sintiendo? - Preguntó, bajando la vista a él con gentil ademán. No le acomodaba mucho estar tan cerca de otra persona, menos por tanto tiempo, menos aún en tanto contacto, pero tenía que sujetarlo. Especialmente para cuando comenzase a sentirse débil.
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Mensaje por Judal Dom Mayo 01, 2016 1:23 am

Como imaginaba un hombre de Daein, enseguida cuestionaba su oficio poco convencional, recordaba incluso haber tenido bastantes problemas en sus visitas a Daein respecto a su imagen, sobretodo cuando decidía utilizar su maquillaje. Al menos el príncipe no le estaba mirando en menos o riéndose de su imagen, por el contrario parecía interesado en sus palabras, extrañamente solo en sus palabras pues notaba que su mirada evitaba a toda costa su cuerpo arqueado y delgado. Podía trabajar con ello, no solo se había valido de su cuerpo anteriormente y era más normal los hombres que no tenían a otros hombres por gusto que los que sí, incluso de estos últimos los que juraban que no pero encontraban ese perfecto vacío legal en su profesión y en su aspecto poco masculino. Igualmente aquel hombre no estaba exactamente vestido como alguien que se considerase un macho raudo y rudo, no con aquellas telas volátiles y semi trasparentes... bastante similares a las suyas.

Sintió una gota de sudor frío recorrer su espalda cuando mencionó que sería solo medio dedo, un pequeño triunfo y seguía ganando terreno, pero no llegaba a ser considerada una victoria, seguía entre la espada y el mar y aquel goteo de sangre era lo que le pinchaba hasta el borde de la planchada. Siguió buscando en las palabras ajenas su pasaje de salida - Nunca intercambiamos palabra y seguramente debió de ver a mucha gente, no pretendo que me recuerde, príncipe. Tal como le he dicho, tengo buena memoria, de hecho es uno de mis fuertes, podría reconocer a cada miembro de la corte de Daein así como su familia, se extiende mucho más en la nobleza de Begnion, me he codeado con senadores y sus siervos de sangre azul lo suficiente como para conocerle más de un esqueleto en el closet~ - recalcó su habilidad, quizás para endulzar el oído del príncipe y hacerse alguien de utilidad, el saber de la vida privada y los trapitos sucios de muchos nobles de un país potencialmente enemigo era una ventaja bastante grande, sobretodo en guerras políticas y no de acero. Se apresuró a desmentir lo que el pelivioleta parecía creer - Mi último empleador pasó a mejor vida tras un ataque de emergidos, no quiso escucharme cuando le aconsejé una retirada, quiso quedarse en su mansión con sus riquezas e intentar defenderlas; pena que ahora sea una de los muchos terrenos abandonados en las áreas de la frontera. Si bien podría haber continuado mi trabajo como consejero pues no me faltaron ofertas, preferí aprovechar la oportunidad para hacer un viaje de estudios. Tal como le dije, estoy interesado en lo que escasea en Tellius y abunda en Plegia. Razón similar por la que un príncipe se encuentra en una habitación de piedra bajo tierra en el desierto y no formándose como próximo regente de Daein. Supongo que buscamos nuestros propios caminos. - apresuraba un tanto aquello, manteniendo su tono calmo y manteniendo siempre que podía la mirada con su interlocutor, apelaría a su empatía, hacerle asociar las intenciones y deseos suyos con los propios.

Las manos volvieron a hacerse presente contra su piel, distrayendo de su atención por un momento, extrañamente agradable sentir como le manejó su cabello esta vez, con una delicadeza que no había mostrado antes y dándole el apoyo necesario para poder arquearse mejor sacando su pecho y dejando más notorias sus costillas y vientre ligeramente hundido, apoyando parte de su cuerpo contra el mago. Se sentía cómodo pese a la situación, la presencia de aquel hombre, seguramente aterradora para cualquiera, no le resultaba agresiva ahora, podía razonar con él y creía que estaba llegando a algún lugar con ello, sin mencionar que poseía el mejor estatus que pudiese pedir. Si lograba salir bien de esta se dispondría aganarse la confianza de aquel hombre y conseguirse un buen puesto en Daein. Se distrajo demasiado en sus pensamientos, dejando quizás un espacio muy amplio de silencio, pues sintió que enseguida el cuenco se había llenado y el pánico le hizo perder un poco la nitidez en su visión - Débil... mareado... creo que está exigiendo demasiado para alguien de mi tamaño... - dijo con la voz un poco más baja, apelaría a su delgadez y su palidez, era un poco obvio que la perdida de sangre no era algo menor para alguien así - ¿Su comitiva no le acompaña en estas prácticas? Tenía entendido que Daein no tenía demasiada simpatía por los usuarios de la magia. -


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Mensaje por Pelleas Dom Mayo 01, 2016 4:36 pm

Aún si el hombre sobre el altar resultaba ser uno de Begnion, no parecía tener su patria en la estima que Pelleas tenía la suya, ni mucho menos. Un hombre que mencionase aún de forma pasajera los secretos de la alta sociedad de su nación no era uno con su lealtad en el lugar. Era un concepto ajeno y extraño a la impresión del mago de cabello ondulado, el imaginar esa clase de indiferencia respecto al lugar en que había nacido uno, el lugar que le diese gran parte de su identidad, pero suponía que era posible. Mientras fuese de Begnion de donde desertaba, no le importaba en demasía. Bajo el mandato de su padre, hombres de la teocracía así como de otros sitios habían llegado para acoplarse al régimen de Daein y en el fondo, le agradaba saber que le había sucedido de forma similar a su sacrificio. Le congraciaba a sus ojos. Habría querido tenerle un poco más a su lado, hablar con él de otra forma, en un contexto distinto al que en realidad les había reunido. Trabajar con los secretos de los demás no era una clase de táctica que le agradase, pero era interesante. Ese hombre habría sido buena y útil compañía. Si tan sólo hubiese sucedido de otra forma.

- Hmm. Me alegra que vea así las cosas. Ha tenido buenos motivos para el camino que tomó. - Dijo, mostrando una leve pero satisfecha sonrisa. - A Daein y hasta este lugar... realmente compartimos ese camino. - Concordó con facilidad, ajeno a lo convenientes que sonaban todas esas coincidencias, tan sólo bajando su voz hasta el silencio para oír el rítmico golpeteo de las gotas de sangre. Se aseguraba de oírlas caer sobre la superficie de latón, indicándole que desangradaba donde debía y en el espesor y frecuencia que debía. Confirmado aquello, prosiguió con soltura; hablando al fin más que un par de palabras sobre sí mismo, pues se tranquilizaba en la presencia de un hombre que había preferido Daein y que compartía su doctrina, al menos en teoría. Por algunos momentos, la voz grave pero de bajo volumen llenó la recámara subterránea. - Me temo que no hay mucho que pueda dar yo por Daein, en mis condiciones actuales. Ni como un soldado lo suficientemente fuerte, ni como un regente lo suficientemente entendido en las artes diplomáticas. Estudiar aquí, frecuentar habitaciones de piedra, como dice usted, me es más provechoso que aguardar pasivamente en mi hogar. La escuela de Grima me ha ayudado a progresar muchísimo en lo que en Tellius me era imposible. No aprendo precisamente lo que hace a un monarca digno de su trono y su bandera, pero ocasionalmente la observación y el cambio de ambiente me dejan alguna lección... y me fortalezco, al menos. Ha de ser de utilidad. -

Mientras hablaba sujetaba al hombre con cuidado, le permitía acomodarse sobre sus manos, sintiendo hombros demasiado huesudos contra sus dedos y la línea marcadamente hundida de la columna. Podía estar en sus más óptimas condiciones para su trabajo, de aquello el mago oscuro no sabía mucho, pero le quedaba claro que estaba lejos de preparado para soportar heridas o pérdida de sangre. Al verle acentuar su posición, su mirada cayó entre consternada y fascinada a la cintura estrecha y el vientre hundido, que alzaba y mantenía sin aparente incomodidad. No sabría decir si era normal en él o no, pero parecía aún más pálido bajo sus prendas negras. El sudor frío se obviaba a los reflejos de las velas, atribuido por el mago al dolor que resistía en lugar del miedo. Misericordioso del joven pelinegro, Pelleas miró su rostro con preocupación y se preguntó, al fin, si debiese parar allí. Por la jornada, quizás. O terminar en definitiva. - Quizás debamos apresurarnos, entonces... - Murmuró. Las puntas de sus dedos rozaron los del sacrificio, no había decidido cual cercenar, pero podía sólo tomar lo que fuese más fácil, el meñique quizás. Medio, como había dicho.

- Mi padre-- mi rey, quiero decir, aprueba de mis propósitos aquí. Pero no estoy escoltado, no desearía retirar hombres de Daein, menos en una travesía tan larga... así que esoy a solas. - Retiró la mano de la espalda ajena para llevarla a su rostro, apartando su cabello con un roce tan ligero que apenas y le tocaba, atento a cuan despierto o cuan adolorido luciese. Sí tenía la mirada algo distante, pero no parecía en tan mala condición. La suavidad de sus facciones permanecía agradable a la vista, grandes ojos carmines sólo un poco nublados por lo que podía ser cansancio, o la misma escasez de luz. Todavía no terminaba con el segundo cuenco de sangre, pero estaba dispuesto a acortar las cosas un tanto por él. - Puedo tomar la, um, muestra de tejido ahora mismo y terminar más rápidamente con todo esto. ¿Le parece mejor de ese modo? - Preguntó, aunque estaba ya dispuesto a ello. Buscó sus herramientas con la mirada. Sería ese el último momento de espera.
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Mensaje por Judal Dom Mayo 01, 2016 6:17 pm

Finalmente, no podía creer que le hubiese tomado tanto tiempo, el mago oscuro se sentía suficientemente a gusto como para hablar un poco más de dos oraciones. Había notado que era bastante reacio a dar charla, incluso algo tímido para dejar escuchar su voz, siempre manteniendo perfil bajo y su tono solo del volumen justo para ser escuchado pero fácilmente perdible si había alguna distracción, adivinaba ya que era fácil que su voz y opiniones se perdiesen en una reunión, incluso su presencia siendo alta y ancha no era especialmente imponente... y lo pensaba el bailarín atado sobre una mesa de sacrificio.

No perdió detalle de lo que decía y como lo decía, cada información era valiosa para él y era su mejor herramienta, si bien prestaba atención se preocupaba por no fijar demasiado la mirada, siempre ligeramente perdida y centrándose más en escucharle que en mirarle, aunque no podía evitar hacerlo cuando se movía o alguna parte de él entraba en el campo de su visión. Ya sentía adormilados los brazos por la posición , no incómoda pero sí bastante tensa, agradecía ya no sentir el espeso líquido acariciando su piel aunque la herida seguía dándole un dolor punzante y presente que no parecía menguar, pero si bastante acostumbrable al ser constante, con su espalda arqueada su respiración lenta se hacía más evidente, alzando su pecho en profundas inhalaciones - Ashera no permita, pero puede que en cualquier momento debas tomar el trono de Daein, y permítame decirle que no será fuerza lo que necesitará. No he asesorado a reyes, pero si a senadores, duques y marqueses, no solo de Begnion si no también en Daein y volveré a ser insolente en decirle que lo los pasos que está dando aquí son de crecimiento personal pero no como regente. - eran palabras arriesgadas pero confiaba en la pasividad que había mostrado el hombre para aprovechar a picar un poco en la crítica - ¿No ha considerado tener un tutor que viaje con usted y le ayude a crecer como regente? Comprendo que es algo difícil de llevar, pero alguien que sepa de política para poderle hacer notar los diferentes tipos de gobierno y podrá sacar mayor provecho de sus viajes, no solo como mago si no como gobernante. - el pelinegro planteaba una necesidad que el príncipe no sabía que tenía, pero basándose en lo que le decía podía ver que buscaba hacerse útil a su propio país, la ligera pausa le había indicado que buscaba una excusa para justificar sus intereses personales con su papel como príncipe y futuro rey. Con sus palabras buscaba evidenciar esa falta y generar la urgencia de llenar ese vacío en sus estudios.

Trató de mantener la calma cuando el tiempo se agotó, solo tenía una oportunidad y la presión ya comenzaba a hacer que su mente se llenase de ideas, se volviese un poco caos que necesitaba ordenar, tenía las herramientas, podría hacerlo. Cerró sus ojos soltando un suspiro quedo ignorando lo que decía sobre apresurarse - No es muy sabio viajar solo, mi príncipe. Se me ha formado en las artes sociales, no solo en política y entretenimiento, sino también en la estrategia social entre los de alta alcurnia, literado también en economía e interesado en las artes oscuras como le está usted ¿no cree que le valdría más cómo compañero y aliado que como sacrificio? No quiero acusarlo de ignorante, pero conozco mi trabajo y también mi límite, el perder una parte de mi cuerpo afectaría mi trabajo y creo que podría serle de más utilidad en mis totales capacidades. Le he cooperado con brindarle mi sangre pese al evidente costo que ve que resulta para mí, perdone mi extremidad y estaré en deuda con usted. - no podía arriesgarse a que el noble siguiese ignorando sus intenciones, había intentado que fuese "idea" del mago llevarle consigo exponiendo sus habilidades y su utilidad pero no podía seguir esperando asumiendo que el pelivioleta estaba demasiado centrado en su labor como para ver más allá de lo que le convenía a futuro. Con las cartas sobre la mesa esperaba salvar su integridad física o... quizás si gritaba demasiado le rompería los tímpanos al mago y se arrepentiría de haberle hecho eso a él. Como nunca rezaba a Ashera, Grima y quien más estuviese escuchando para haber captado de manera correcta el interés del príncipe.


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Mensaje por Pelleas Dom Mayo 01, 2016 8:16 pm

Cuanta complicidad parecía haberse desarrollado entre él y su sacrificio. Demasiado en común como para no tener en qué converger, aún si la idea, originalmente, hubiese sido sólo hablarle para evitar que se perdiese en el dolor del proceso o el temor a lo que sucedía a su alrededor. Ahora hablaban ya de sus viajes, de los objetivos que les habían puesto en Plegia; y de algún modo el pelinegro era capaz de ofrecerle consejo respecto a lo que hacía. Acertado, además. No podía negar que no tenía la más ínfima idea de cómo aprendía un hombre a ser rey, sino observando al monarca anterior. Sabía que lo que hacía por su cuenta, en esos meses, era sólo volverse alguien capaz de defender a Daein, no tanto un líder para el reino. Pero le sorprendía que fuese capaz de enunciarlo con esa claridad. Su mirada se detuvo con leve desconcierto en el otro. - Aprecio su preocupación y su punto de vista, pero mis tutores se hallan en Daein, y... c-como dice, llevar tal compañía conmigo no habría sido fácil. A-Así que no he hecho de tal aprendizaje mi mayor prioridad, sino el desarrollo de lo que conozco mejor. - Se explicó, un ápice de titubeo colándose en sus palabras. Aprender lo necesario para gobernar era algo que deseaba fervientemente, sólo desconocía cómo obtenerlo, por donde empezar, cómo hacerlo exactamente. Atesoraba las lecciones que había llevado consigo desde Ylisse y Plegia, pero era poco, realmente.

No obstante, no significaba que de ese hombre pudiese aprenderlo. Tener allí a un consejero y un adepto a la magia oscura era una fantástica unión de coincidencias, más aún si se trataba de alguien con quien, de hecho, era capaz de hablar. La sumisa disposición ayudaba en gran parte, mas no quitaba que fuese un hombre de Begnion. Se le dificultaba en demasía pasar por alto ese detalle. Especialmente si hablaba de serle útil. - ¿Preferiría usted acompañarme...? - Preguntó con un deje ya pensativo. Era la primera vez que la idea siquiera le cruzaba la mente, pero allí estaba entonces. Llevarse al sacrificio consigo, sacarlo de ese sitio y emplear su servicio. No dudaba demasiado en la idea de sacarlo, no era un emergido, Pelleas no estaba en absoluto a favor de dejarle entre sus compañeros o permitir que fuese utilizado para prácticas mas dañinas; en ese sentido, sí estaba dispuesto a salvarle. De lo demás, no estaba tan seguro. - Es cierto que ha dado bastante, tanto como pensaba pedirle. Ha sido muy fácil de tratar y eso he de agradecérselo. Le he hecho saber desde el principio que mi intención es dejarle libre después, inclusive asistirle en recuperarse si es necesario, pero me temo que se me... dificulta imaginar a un hombre de Begnion como un consejero a mi lado, en la clase de puesto que ejerce usted. Entiendo que antes de su partida hacia este lugar vivía y hacía su trabajo ya en Daein, pero aún así... no sé si es una oferta que deba de tomar... - Miró el rostro del hombre, indeciso. Con los ojos cerrados lucía aún más frágil. Parecía cómoda la posición de ser a quien debiese favor, mas no terminaba de decidirse.

En primer lugar, retiró el cuenco de sangre de debajo del hombre. Medio lleno, todo lo que necesitaba. Entonces le enderezó cuidadosamente, quitándole de su tensa posición para dejarle sentado sobre el altar, las manos aún atadas tras la espalda. Ni una palabra más salió de sus labios en aquellos momentos, ninguna indicación de qué era lo que decidía hacer con el pelinegro; sólo le manipuló con facilidad y le dejó allí, tomando sus instrumentos con un repiqueteo metálico. Se alzó del lugar él también, tomando la tela en que estaban envueltos sus intrumentos así como los dos cuencos de la sangre tomada del bailarín, y se alejó del altar y de él. Lo que cargaba fue dejado en la mesa auxiliar. Con un suave soplido apagó la vela en una esquina de la misma, y de forma lenta y metódica comenzó a apagar las siguientes, lamiendo la punta de dos dígitos para apagar entre estos las velas al nivel del suelo. Restaron tan sólo un par en torno a la habitación, lo suficiente para no enceguecer por completo, mas deshaciendo el patrón de luces en el círculo de invocación.

- Prescindiré de la extremidad. E-Eso es todo. - Pelleas finalmente habló. En la oscuridad casi total, cesaba de proyectarse su sombra a las paredes de la recámara al moverse; las mismas no eran ya visibles, tragadas por la negrura y dejando tan sólo la iluminación justo sobre el altar, así como una segunda vela cerca de la puerta de salida. El mago oscuro regresó a su lugar tras Judal, comenzando a deshacer los nudos que aseguraban la cuerda a sus brazos y piernas. No había necesidad de cortar, si bien habría sido más fácil, si tenía el tiempo y la paciencia para desatarle apropiadamente lo haría.

- Ha dicho que no ha conseguido iniciarse en artes oscuras. Si me permite conjeturar al respecto, lo adjudicaría a su procedencia; como capital del culto de Ashera, ha de ser difícil que un hombre de Begnion reciba la presencia de Grima. - Dijo mientras trabajaba, soltando tramo a tramo las ataduras del sacrificio, paciente en enrollar la cuerda sobre sí y dejarla de lado ordenadamente. Asumía que de alguna forma era así como el pelinegro había terminado sobre el altar, intentando vincularse al arte pero incapaz de dominarlo él mismo. En consecuencia, le hablaba como si fuera ese su enfoque, dando su propio consejo a cómo proseguir de allí en más, cuando saliese de ese lugar. - Puede que se someta aquí a grandes esfuerzos y a toda clase de sacrificios, pero la más plausible solución, según creo, sería probarlo en otro sitio. Uno desligado de cualquier religión. La escuela nigromante de Renais, quizás. - Dicho aquello, terminó de retirar el último tramo de cuerda. Enrollándolo como los anteriores, juntó los mismos y se apartó un paso, dando al bailarín su espacio a moverse.
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Mensaje por Judal Vie Mayo 06, 2016 4:51 pm

No esperaba que dudase tanto por el hecho de su lugar de nacimiento, pero confiaba que podría trabajar con eso también, sobretodo siendo Begnion una nación tan diferente a Daein, cuestión de fidelidades eran mayores cuando era por elección propia. El lazo que les conectaba era más grueso de lo que el mago era consciente, muchas coincidencias puestas sutilmente en hilera para que las fuera descubriendo, un lazo que cuidadosamente había tejido  fortalecido para salvar su pellejo, y al parecer había funcionado. Era un triunfo que aún no celebraba, no hasta estar caminando fuera de aquella habitación, pero al menos ya veía la duda en la voz ajena y no dudó en asentir cuando el pelivioleta se dirigió a él - Claro que si, príncipe. ¿Cómo cree que no sería de mi conveniencia acompañar a un letrado en las artes oscuras y más aún un príncipe de un país tan prolífero? - su sonrisa seguía en sus labios mostrándose relajado aunque no lo estuviese.

Su espalda se movió algo incómoda cuando retiró el cuenco finalmente pudiendo relajarla y regresarla a una posición más normal, intentó mover sus hombros pero las ataduras no se lo permitiendo demasiado, ya comenzaba a sentirse un poco contracturado y adolorido, el movimiento reavivó el flujo de sangre y la punzada en su brazo le hizo emitir un quedo quejido, tenía las manos adormecidas así como las muñecas y si apenas sentía sus dedos, sus piernas no estaban en mejores condiciones, el estrés pasado no era de mucha ayuda tampoco. Cansado solo se dejaba mover por las manos ajenas mientras le manipulaba, estremeciéndose con los agarres fuertes cuando tocaban partes de su cuerpo que no estaban cubiertas por telas - ¿Me cree fiel a Begnion? Se ve que como hombre de Daein no conoce a su vecino. No se puede ser fiel a un país inestable, donde sus gobernantes se estén constantemente apuñalando por la espalda y la apóstol, ni siquiera aún en edad suficiente para tener consciencia del puesto en el que está, incluso con la guianza de la misma diosa, no hace nada al respecto. - no era mentira realmente, no creía que la apóstol estuviese capacitada para gobernar, veía como los senadores complotaban contra ella e incluso contra ellos mismos, no, no era fiel, no por esas razones, si no que estaba donde el dinero fuese más abundante, pero conociendo la interna, no pondría las manos en el fuego por ninguno de ellos. - En mi estadía en Daein pude constatar la trasparencia de sus hombres, incluso de sus nobles, mucho más sencillos de tratar y obviamente de depositar confianza. ¿Cree que trabajé en Daein porque pagaban más? Sin ofender, príncipe, pero gozaba de más comodidades y soltura económica en Begnion que en Daein. - en una posición más cómoda pudo estirar su espalda y mover su cuello ya adolorido. El mago parecía seguir como si él no estuviese, apagando velas y acomodando los instrumentos, aún demasiado cerca el peligro. La mirada nerviosa del bailarín pasó hacia la puerta y por un momento pensó en escapar, pero no llegaría muy lejos en ese estado y si el mago ya apagaba las velas asumía que había terminado.

Que comunicase efectivamente que no le quitaría más de su cuerpo sintió que el alma caía al piso, un peso tan grande sacado de su hombros que sintió ligera la cabeza y un sutil mareo, efectivamente sentía ya una gruesa gota de sudor correr el filo de su rostro y un malestar subir por su estómago, el alivio le había llegado tan fuerte que su cuerpo simplemente estaba colapsando, o sería que miedo le había mantenido desinhibido y ahora comenzaba a tomar nuevamente control sobre si mismo - He leído que necesito asistencia para poder iniciarme. Como le he dicho, solo he conseguido información escasa en Tellius y es parte de mi viaje el estudiar más al respecto. - hablaba mientras sentía que sus manos retomaban algo de movilidad, no era consciente que le estaban quitando las cuerdas hasta que la tensión de sus hombros se liberó y enseguida el dolor de miles de agujas contra su piel al retomar el flujo natural de la sangre a sus extremidades. Al estar finalmente libre se intentó parar, dio un paso lejos del altar y comenzó a mover sus hombros y sus brazos para reacomodarse, movimientos amplios y flexibles, miró la herida en su brazo, mucho más chica de lo que había pensado, se sentía mucho mayor. Decidió no tocarla, apenas sangraba y seguro en un rato ya dejaría de sangrar por completo - Eh... ¿mis pertenencias? Viajaba con un morral y una tela con duraznos... Por favor, dígame que los tiene. - tomando consciencia de lo que podía haber perdido sintió urgencia en recuperar sus cosas, ya tenía la libertad, o al menos eso parecida, y las prioridades se iban moviendo. Así mismo asintió al consejo - Renais queda bastante lejos de aquí y viajaba hacia Hoshido donde me han recomendado pedir trabajo, al menos para reabastecerme de fondos para seguir mi viaje... más aún si no tengo mis pertenencias. - entre sus cosas estaba una gruesa cantidad de oro que había ganado en Altea, perderlas significaría quedarse en Plegia por más tiempo... y no era una idea del todo atractiva.


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Mensaje por Pelleas Vie Mayo 06, 2016 7:14 pm

Un deje de preocupación y una considerable dosis de misericordia le tenían atento al pelinegro, cauteloso de la facilidad con que cedía al ser tocado o movido y el estremecimiento de la piel bajo sus dedos. Interpretaba que se trataba de debilidad, si acaso no tuviera él las manos demasiado frías. Se tanteó dedos y palmas para comprobar que no fuese el caso, incrementando así su preocupación por el estado físico del otro. Parecía tan frágil de por sí, y tan débil en esos momentos. Sin embargo, no parecía perder fuerzas para hablar; y nada de frágil había en sus firmes y algo ácidas palabras, su voz profunda y tajante, poniendo bajo tela de juicio su patria y realzando la del príncipe. Era un hombre hábil en expresarse, al menos eso le quedaba claro. Y despiadado cuando se trataba de poner las cartas sobre la mesa.

Pero Pelleas admiraba y disfrutaba eso. Admiraba la firmeza de carácter en quien la poseía, particularmente en alguien del aspecto de su sacrificio, así como la soltura con que se expresaba. Por supuesto, también disfrutaba silenciosamente lo que tenía para decir, resonando sus palabras con las que en Daein siempre se repetían respecto a Begnion. Le miró con renovado agrado, siguiendo instintivamente el movimiento de sus hombros y su espalda, ágil y fluido. Después de todo, sí era como ver a una bailarina moverse; atrayente y más que un poco vergonzoso. Desvió la mirada enseguida. Contemplaba igualmente cierta extraña diferencia en el hombre de larga cabellera, había parecido mucho más delicado y dócil cuando estaba atado en el altar, motivo por el que había sentido necesario ayudarle un poco, mas ahora que su posición era menos incómoda y definitivamente menos riesgosa, súbitamente parecía estar bastante bien. Más enérgico, al menos. No representaba el haber estado por desfallecer hacía algunos momentos. Pero no era que importase mucho, seguro estar recto y moverse le hacía mejor. Esperó a que terminase de hablar, nada inclinado a interrumpirle.

- Desde pequeño he admirado el régimen de Daein, aquel que en mayor parte mi padre ideó e implementó. Aún antes de ser presentado públicamente como su heredero, conocí el orgullo y el amor a la patria. Cualquier hombre que desee desempeñarse y triunfar en Daein, siempre que sus intenciones estén en el lugar correcto, podrá hacerlo. Es algo que se desmuestra en su caso. - Dijo en voz baja, carente de la firmeza con que Judal podía definir una cosa o la otra, pero al menos había honestidad y convicción en sus palabras. Le vio ponerse de pie, ahora sí un poco inestable, y le dedicó una suave sonrisa seguida de una inclinación de la cabeza. - Sus palabras me dan ánimos, de alguna forma. Se lo agradezco mucho-- todo lo que ha dicho, realmente me alegra oírlo. - Dijo. Era alguien transparente de por sí, no podía sino comunicarlo. Como otra muestra de lo satisfecho que se encontraba, se aproximó un para ofrecer al menos su brazo o su mano al hombre, por si necesitase sujetarse de algo para estabilizarse mientras se reponía de su entumecimiento.

- Así se dice, aunque en lo personal no he necesitado a otro para iniciarme... claro, no es que contara con alguien tampoco, pero... - Se explicó. Mantenía la vista fuera del bailarín que se estiraba, agradecido de que la oscuridad cubriese cualquier muestra de pudor en él. Realmente los bailarines iban muy escasamente vestidos. Metió una mano bajo el collarín dorado del uniforme plegiano, desenganchando la capa oscura que portaba para extenderla hacia el pelinegro, a medias por abrigar y a medias por que se cubriese. - Um. Tenga, sírvase. Sobre sus pertenencias... - Dudó un poco. Le habría gustado responder, pero la verdad era que no estaba muy seguro. - Este... mis compañeros no me han mencionado nada al respecto, tan sólo que han conseguido hoy a un sacrificio. Como sabe, tampoco me fue aclarado que no se trataba de un emergido, sino un ser humano vivo y normal. Me temo que no estoy seguro de cómo sea tomada su liberación tampoco, por lo que le pediría que su retirada sea discreta, s-si fuese tan amable. -

Darle una capa y ofrecerle su brazo a un hombre en vulnerables condiciones era poco, si hasta su equipaje había sido perdido en todo ese altercado. Sintiéndose culpable por lo que la escuela había hecho allí tanto como responsable del bienestar de su sacrificio, liberado ya de tal deber, lo pensó unos momentos más. Retomando el habla con lentitud, replanteó su solución. - O... puedo ayudarle a llegar a su destino. Pensaba dirigirme hacia Nohr dentro de poco, si me aguarda unos días podría... no en su oficio de consejero, diría, o no lo sé-- p-pero podría acompañarme. Y quizás, en este tiempo, pueda buscar su equipaje. Seguramente han de tenerlo en alguna parte. - Ofreció. Era un hombre que favorecía a Daein y era buena compañía, si no se ataba a ningún trato no veía problema en viajar con él. Aunque en ningún momento de su viaje, hasta ese entonces, había estado en compañía. Suponía que no sería muy difícil.
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Mensaje por Judal Dom Mayo 08, 2016 1:24 am

Trastabilló un poco antes de retomar el equilibrio suficiente para permanecer de pie, sin perder oportunidad de tomar el brazo del hombre que quería ganarse, veía oro en ese futuro y comodidades que no conseguiría fácil en otro lado... y claro, poder, ser la sombra de un cabecilla siempre era mejor que ser el mismo cabecilla en sí. Sonrió en agradecimiento apenas poniendo su escaso peso contra el brazo del mago, la cercanía y dependencia seguirían manteniendo vivo aquel sentimiento de protección y quizás culpa que estaba mostrando tener, era bastante honesto y fácil de leer en ese momento y le convenía seguir un poco en posición inferior e inofensiva aún sin las ataduras, más aún si quería ganarse la simpatía del príncipe. Aún casi colgado de su brazo mantuvo la quebrada en su cintura acentuando la curva de su espalda y cadera, el pantalón estaba algo flojo y desarreglado, tan bajo que parecía que en cualquier momento se caería y por el asomo de líneas verticales que no era correcto mostrar se veía que no llevaba ropa interior, o al menos no una que cubriese hasta allí. Su mano pasó suave, apenas metiendo su pulgar por el borde de su ropa para subirla un poco, no demasiado, recibió la capa sobre sus hombros y la pasó por debajo de uno de sus brazos y subiendo por s clavícula hasta doblar las puntas en los bordes para sujetar sin hacer un nudo, tenía habilidad para vestirse simplemente de telas y cruzada esta dejaba casi la mitad de su vientre al desnudo y cubría su espalda - Es muy amable y un hombre razonable y de palabra, ojala en Begnion hubiese noblesa así... a decir verdad, no, agradezco que haya un ambiente tan turbio. Educándome y trabajando en aquel lugar he podido aprender a detectar esa clase de comportamiento, pudiendo no pasar como ciego por sus engaños. Criarse en la adversidad da ventajas a quien se crió en la comodidad, dicen~ - y no mentía en ello, vivir y trabajar en ambientes tan tóxicos le había enseñado a ver a  la gente con otros ojos, a detectar más fácil una mentira o incluso discernir de halagos sinceros de aduladoras alabanzas que endulzan oídos para ganar favores.

La noticia sobre sus pertenencias le hizo perder su sonrisa, urgente alzó la mirada mostrando un tono más agudo en su voz al estar más urgido - Por favor, necesito recuperarla. Portaba objetos de valor, no solo monetario si no político, recomendaciones con sellos reales, medicina y claro... el oro que financiaba mi viaje. - que no era poco... en parte sabía que podría recuperar el oro, de hecho, lo tenía tomado del brazo en ese instante, pero mostrarse en necesidad y alterado ayudaría a ese bolso de monedas aflojar su cuerda - Estaría muy agradecido si pudiese hablar con sus compañeros y aunque sea recuperar mis papeles. El oro... si me guía hacia la ciudad podré buscar trabajo. - hablaba en voz baja como si pensase en voz alta, preocupándose de mantener un tono consternado, esperando hasta que el ofrecimiento fue hecho. Mostrando una sonrisa alzó nuevamente su mirada l hombre de mayor altura - ¿Me permitiría acompañarle? Sería de gran ayuda, le agradezco mucho, príncipe. Si no desea que le acompañe como consejero podré hacerlo en calidad de artista~ le aseguro que encontrará beneficio en ambos de mis oficios. Me gustaría poder escuchar su historia de como se inició sin asistencia, si bien he llegado a tener en mis manos un tomo oscuro, nunca he podido despertar eso en mí... tampoco he comprado el tomo, su valor excedía demasiado lo que me parecía justo pagar por él, supongo que el comerciante solo intentaba aprovechar de tener un libro único en Tellius... - recordaba aquel tomo medio usado, viejo y maloliente, bastante básico según había leído después aunque en su momento el comerciante había dicho que era sumamente poderoso - Jm... mil quinientos de oro creo que es excesivo incluso para un príncipe por un libro ya utilizado. - dijo aún sujeto de su brazo.

Poco a poco recuperaba un tanto su equilibrio, el shock inicial se estaba pasando, el alivio acomodaba su respiración y el latido de su corazón, sin l piel al frío el sudor de miedo que había corrido por su piel ya se estaba secando y si bien sentía aún sus labios resecos ya no tenía la sed tan vivaz que momentos antes había quemado su garganta. Aún tenía un ligero mareo que suponía que sería por la perdida de sangre, pero nada que una cena sustanciosa y una noche de sueño no repusieran, claro, no diría aquello. Observó la puerta cerrada y dio un paso hacia esta sin soltarse del hombre - Lamento si le soy una molestia pero... ¿le importaría llevarme a un lugar donde sea seguro que descanse? Siento mis piernas muy débiles y aún me cuesta enfocar mi mirada... - con algo de suerte sería llevado a donde se estuviese hospedando el príncipe, asumía que una taberna de buena clase o incluso la mansión de algún noble de la zona, allí podría descansar a gusto y abusar un poco de la servidumbre y hospitalidad, sobre todo porque era en parte responsabilidad del príncipe que él no tuviese dinero ni para alimentarse... ni medicina para recuperarse.


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Mensaje por Pelleas Mar Mayo 10, 2016 2:36 am

El hombre no estaba poniéndose la capa de la forma en que había esperado, realmente tampoco estaba cubriéndose mucho. Sin entender del todo la forma en que se rodeaba con la tela, cruzándola por su pecho, Pelleas se limitó a fiarse en que supiese lo que hacía y a esperar que no se le dificultase lidiar con la noche allí afuera; el cambio entre el día y la noche era inclemente y drástico en el desierto. Tan sólo asintió a sus palabras con una leve sonrisa, pues pese a su aparente fragilidad y a los extraños oficios que desempeñaba a la par, parecía que sería alguien conveniente de tener cerca. - Ah, está usted lleno de sorpresas. Creo que habrá mucho en lo que podamos ayudarnos, así que esto no será problema en absoluto. -

Recibió al bailarín en su brazo, dejó que se sujetase y recargase su peso cuanto le hiciera falta para estar estable. Cada palabra apesadumbrada, cada gesto vulnerable y cada cambio en la voz le tenían comprado, culpable del estado en que estaba y en acrecentada necesidad de ayudarle a salir de todo eso. A aquellas alturas, había decidido ya que no informaría a la escuela que había soltado al sacrificio, sino que se adjudicaría el haberse deshecho de él tras utilizarlo. Tenía una buena cantidad de sangre del pelinegro para quedar como prueba, si de algún modo fuese necesario. Como fuese que debiese de hacerlo, se encargaría de él, como se habría encargado de cualquier daein leal. Bajó la vista a su expresiva mirada, tomada en ese entonces por la preocupación. - Sí, yo... comenzaré por buscar sus pertenencias, no se preocupe demasiado, por favor. Cuanto menos, si las cosas no funcionan bien, me encargaré de algún otro modo. - Le animó como podía respecto a la situación, ayudándole ya a andar en pasos lentos primero, de prueba, acomodándolo lo mejor que podía. Le escuchaba sin decir mucho, pues en fuero interno todavía consideraba una variedad de cosas. El que le sacaría de allí era un hecho, llevarle consigo también, pero si su lealtad estaba donde parecía estar, quizás reconsiderase darle empleo. Dejó aquellas ideas en el tintero por el momento, y se contentó con oírle hablar de sus esfuerzos en indagar en las artes oscuras. Entre más oía de ello, más se alegraba de haberle hallado. - No sabría decirle si intentaron timarle, con esa clase de mercancía, en Tellius... puede llegar a suceder. Pero no ha de volver preocuparse de eso; si desea ver tomos podrá servirse de los míos, o de los que en este reino me es fácil obtener. -

Fuera del hecho de tener a un acompañante consigo en los siguientes pasos de la travesía, eso era lo que más le emocionaba: los curiosos intereses de Judal. Por él no había el menor inconveniente, le enseñaría lo que desease, respondería a cualquier pregunta si esta se relcionaba con su doctrina. A la petición del bailarín fácilmente asintió, hasta asegurándose de afirmar el brazo al oír que se sentía débil. - No me es inconveniente para nada, pensaba ya hacerlo. Venga, le llevaré a donde me estoy hospedando yo mismo y quizás después pueda contarle, con más calma, sobre la iniciación. Ahora mismo, lo primordial es que descanse. - Habló pacientemente, en extremo considerado hacia quien había sido su sacrificio. Por descontado que le permitiría su habitación, si no le costeaba otra. Sería su invitado y su acompañante, y quizás aún su sacrificio, si la situación lo ameritaba y podía convencerlo.

Le guió hacia la puerta de salida, soltándole apenas unos momentos para ocuparse en abrir la gruesa puerta que sellaba la recámara de piedra. Un viento gélido y cortante ingresó enseguida. La oscuridad allí afuera, con las estrellas y las lejanas luces de la ciudad visibles, no se comparaba en absoluto con la profunda negrura que dejaban atrás al salir de la habitación subterránea. Cuidadoso, lento y siempre asistiéndole, Pelleas se llevó al bailarín por la escalinata de piedra hacia la superficie desértica y posteriormente hacia la ciudad de Plegia, sacándole a una renovada y mucho más cómoda libertad.
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