Hora en el foro


Síguenos
Conectarse

Recuperar mi contraseña

TWITTER
afiliados


Project Fear.less

Crear foro

De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Ir abajo

De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 13, 2016 6:46 am

Crimea.
Tras pasar por el mercado de Melior,
el grupo se reúne en las afueras de la ciudad.
Mediodía. El sol se alza imponente en el horizonte,
aunque la brisa hace de aquél un día agradable.
Nadie sabe cuánto durará este momento,
ni si volverán a experimentar algo parecido.

Sus pasos lo habían llevado hasta Tellius; un territorio que, en un mundo signado por las desdichas de la guerra, había sabido mantenerse del lado de Akaneia, creando entre continentes una alianza que, pese a no saber a ciencia cierta cuán sólida resultaba, le permitía tener un lugar adonde ir. La entrada, una vez en tierra, le había sido fácil, incluso aunque la travesía hubiese significado días de tempestuosa incertidumbre. El camino hasta Crimea no había sido sencillo, y además de tener que batallar las inclemencias del viaje, debiendo a su vez sortear los obstáculos que el Destino decidiese poner en su camino, también hubo de mantener a salvo, no sólo a sí mismo, sino a su tripulación: aquellos valientes hombres y mujeres que, como él, buscaban hacer de la guerra una lejana sombra, un horrendo recuerdo que poco a poco podría olvidarse. Muy vano había su deseo, y aún más grande su decepción al ver que en aquel lejano páramo la situación parecía ser igual de desesperanzadora que en su tierra natal: las cicatrices de la batalla eran tan grandes como las manchas de sangre inocente, y ambas habían ya impregnado todos los territorios del mundo. Ya no peleaba para salvar sus hogares, para mantener lejos la oscuridad y la tragedia: peleaban para evitar que la ruina terminase por consumir lo poco que quedaba, conformándose tan solo con vivir un día más.

La idea le hizo gracia; incluso debajo de aquel casco de tinte carmesí que tapaba todas sus facciones, se dio el lujo de sonreír ante la idea de perecer en un territorio lejano, desconocido, siendo nada más que un hombre sin nombre, hogar ni legado. ¿Qué habría de quedar de él tras su partida? ¿Su armadura, teñida del rojo propio y ajeno? ¿Su espada, aquella que ya tanto le recriminaba por las noches las víctimas que bajo su filo hubieron de caer? ¿Su indómito espíritu, que plantaba lucha ante los más grandes peligros sin siquiera titubear, manteniéndose erguida incluso cuando su cuerpo hubiese de quebrar? Meditó, aún marchando, antes de llegar a una conclusión: quizá de él no quedaría nada, pero gracias a su sacrificio otros podrían seguir sus propios caminos, lejos de la muerte y la pérdida. Quizá, gracias a él, otros podrían ser felices.

Quizá, y tan solo quizá, ése era legado suficiente.

Miró en rededor; delante veía las planicies extenderse por el infinito horizonte, escapando de sus ojos y tentándolo a recorrer sus interminables caminos hacia destinos desconocidos, incluso aunque ya tuviese marcado el fin de su travesía. A sus espaldas se erigían los altos muros de la ciudad, que se mantenía expectante a la marcha de aquella pequeña caravana. Los hombres iban de aquí para allá; algunos con pesados paquetes al hombro, y otros ordenando la mercancía dentro del carro. Habían ido hasta el mercado de Melior, buscando no solo provisiones, sino mano armada dispuesta a hacer un bien en un mundo donde el mal acampaba a sus anchas. Su accionar era extraoficial, como debía serlo, y su mejor arma era el rumor y el boca en boca: muchos se habían presentado para combatir, y otros habían donado lo que les sobraba. Cualquier cosa era agradecida, y cualquier brazo capaz de levantar una espada, no sólo en beneficio propio, sino también ajeno, era más que bienvenido. Tras conseguir a sus compañeros de armas, hubieron de montar la caravana y andar en silencio hacia las puertas de la ciudad.

La caballada se mantenía expectante, y sus caballeros revisaban las provisiones que mantendrían a sus animales en condiciones dignas. El precario grupo terminaba de hacer las preparaciones previas, sorprendiéndolo cada vez que se volteaba a observarlos: no había una sobresaliente profesionalidad en ellos, pero sí una dedicación sin igual. No los admiraría por sus cuerpos o habilidades, sino por sus corazones y espíritus, dignos de alabanzas. Cada uno de ellos, haciendo el bien sin preguntar, era soberano de su propio destino, reyes y reinas que, sin corona, la merecían más que muchos: una cualidad que, lamentablemente, no todos tenían.

Él, por su parte, era el más adelantado; yacía de pie vislumbrando la lejanía, buscando ésta le develase los secretos que escondía, y a los enemigos que albergaba. Muy peligroso era su recorrido, y muy arriesgada era su idea: pero aquellas provisiones tenían un destino urgente, y no podía darse el lujo de perder más tiempo con paranoicas cavilaciones. Tomó su escudo, que era prácticamente tan grande como él. Lo arrancó de la tierra en la que estaba clavado, y pasó su izquierda por las correas, aferrándolo a su cuerpo. Todavía tenía las marcas de batallas previas, y una flecha estaba clavada en su superficie, una que no había tenido la delicadeza de arrancar. Volvió sobre sus pasos, acercándose a la caravana que esperaba, no órdenes, sino el visto bueno para comenzar.

¿Todos listos? —cuestionó, sacándose el casco y dejándolo bajo su brazo, atrapado entre éste y su cuerpo—. El viaje terminará en Daein, como ya han de saber. Desde aquí hasta allí haremos una serie de paradas en pueblos de Crimea, para descansar y reabastecernos —hizo una pausa, recuperando el aliento; miraba con determinación a sus compañeros, dejando éstos a su vez escaneasen bien su figura: serían hermanos por lo que durase el viaje, y la única ayuda a la que podrían recurrir—. Pero luego, hasta el puente, estaremos sólo nosotros. Cargad lo indispensable, no olvidéis nada pero tampoco os sobrecarguéis, o los caballos se cansarán y tendremos que hacer paradas a destiempo —explayó; vasta era su experiencia a la hora de dirigir encomiendas semejantes, y aunque no tenía nociones detalladas de su entorno, bien había sabido valerse de los mapas que a sus manos habían llegado—. Y una caravana anclada es exactamente lo que los bandidos buscan, y lo que planeo evitar. Así que ya sabéis: usad la consciencia, y mantened el paso. Nadie queda atrás. —musitó, terminando sus indicaciones. Su voz sonaba fuerte, imponente, y resaltaba por la seguridad con la que entonaba sus palabras. Su mente podía llegar estar nublada por las dudas, pero su prosa se mantenía impecable.

El camino es largo y peligroso —volvió a aclarar, como si no fuese suficiente el haberlo recalcado ya tantas veces—. ¿Alguno de vosotros quiere quedarse? Sois todos necesarios, indispensables, pero no os forzaré a nada. Aún estáis a tiempo de reconsiderarlo. Los que ya estéis listos para marchar, tomad un caballo y avanzad. Los demás habéis de ir a pie conmigo. Y por último... —se puso el casco de nuevo, su rostro adoptando uno parecido a un demonio sumido en la sangre de quienes hubieron de desafiarlo—. Os agradezco vuestra presencia. Os deseo una travesía sin contratiempos, y que los dioses en los que creáis os protejan. —finalizó, inclinándose ligeramente hacia delante, en señal de respeto, antes de volver a erguirse.

No quiso aclarar que necesitarían de aquella protección si es que querían volver vivos.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Miér Feb 17, 2016 8:38 am

Esta vez, los encargos no realizados del Colmillo me llevaron a Crimea, un país del continente de Tellius. Para evitar llamar la atención, tuve que hacer uso de todos los contactos que tenemos en la organización y tuve que hacerme pasar por un mercader. La misión era eliminar a un grupo de bandidos, tal y como cuando hice la misión en Sacae. Sin embargo, había una pequeña pero importantísima diferencia entre este encargo y el otro: en el informe se me hizo saber que estos bandidos se hacían pasar por escoltas para después llevar a los mercaderes por rutas que frecuenten.

Sin embargo, he de decir que me permití relajarme un poco cuando llegué al país. Parecía realmente pacífico. Si no fuese por ciertos detalles como, por ejemplo, los emergidos, casi podría hasta ser un país en el que no me importaría vivir. No he escuchado más que cosas buena de la realeza de este país, aunque me gustaría comprobar hasta qué punto no son exageraciones del pueblo o mentiras que se creen.

Pero bueno… Volviendo al tema, en esta ocasión mi forma de buscar a los bandidos sería la misma que en la anterior: convertirme en cebo. Sin embargo, no vi necesario travestirme. Hablé con uno de los mercaderes que me ayudó a viajar en barco y le expliqué la situación para que me permitiese acompañarlo en el viaje como otro mercader más y, si la situación se complicaba, defenderlos de los bandidos o, si aparecían, de emergidos de forma gratuita. Debido a que no perdía nada en absoluto, aceptó sin problema. Fue gracias a él que conocí al grupo de mercenarios que escoltaría la caravana con la que viajaríamos.

De entre todos los mercenarios del grupo, hubo uno que me llamó especialmente la atención. Y no en el buen sentido precisamente. ¿Era necesaria toda esa charla? Admito que da una impresión de seguridad a los mercaderes pero, considerando que he sido prevenido de lo que podía suceder, no podía evitar mostrarme realmente escéptico. Hasta podría asegurar que había planeado la ruta con delicadeza. Demasiado sospechoso…

Fue una buena suerte que dijese que estaría caminando. De esa forma, podría ponerme a su lado y empezar a interrogarle para ver si hay algo raro en su actitud.

Y… así hice.

¡Hola! ―saludé amistoso―. Mi nombre es Ion y soy uno de los que escoltáis ―me presenté con mi nombre real. Total, ¿cómo va a sospechar que soy parte del Colmillo considerando que, para empezar, estamos en otro país?―. Quería agradecerte personalmente que hayas aceptado el trabajo. Además, me entraron ganas de hablar contigo después de escucharte hablar. «Que los dioses en los que creáis os protejan» ―dije imitándole como buenamente pude―. Yo no sería capaz de decir algo así ―principalmente porque no creo que exista ningún dios―. Por cierto, siempre me ha interesado un poco la geografía y desde que dijiste que el camino sería peligroso, imagino que sabes por dónde vamos a ir. ¿Por dónde pasaremos?

Intenté sonar lo suficientemente amistoso para que, en caso de que estuviese con la guardia alta, no me considerase una amenaza y decidiese actuar antes de tiempo. Aún estábamos en territorio seguro, por lo que no estoy tan convencido de que vaya a hacer nada, pero eso no implica que no vaya a pasar nada en el futuro.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Sáb Feb 20, 2016 6:22 am

El viaje iba a comenzar; tenían la bendición de un clima apacible, donde el viento refrescaba las almas de aquellos que partirían a un agotador viaje, dejando su tierra natal a sus espaldas para hacer frente a un destino incierto, lleno de sinuosos caminos y traicioneros páramos de donde, y no le gustaba admitirlo, quizá no todos volviesen. Quizá la Muerte habría de rondar por caminos paralelos a los propios; quizá escucharían el repiqueteo del caballo de la Parca, pero no verían su sombra ni sentirían su gélido aliento susurrando letales palabras en su alma. Quizá, y tan solo quizá, aquella ocasión pudiese terminar como había comenzado: sin mayores dificultades.

Pero entonces recordó dónde estaba; recordó que estaba en una situación semejante porque los contratiempos eran moneda corriente. Le vino a la mente el momento donde había aceptado realizar semejante campaña, sin pago alguno, tan solo para ayudar a pueblos muertos de hambre y a campesinos heridos por las incesantes luchas contra bandidos y emergidos. Si tal era la situación, ¿realmente podía darse el lujo de suponer, siquiera por un mísero instante, que el Destino no tendría alguna sucia treta preparada para su osada aventura?

Un movimiento extraño lo sacó de sus internas cavilaciones. Se volvió sobre sí mismo, buscando con su amarillento vislumbrar la fuente de su incertidumbre. Cuando por fin lo halló, clavó su mirada en la persona; no porque estuviese analizándolo, aunque podía decir que lo hacía, sino porque había aprendido a mirar a las personas a los ojos, sin importar rango o posición. Creía firmemente que no debía agachar la cabeza ante nadie, ni ningún otro hombre o mujer debía agacharla ante él: si todos se miraban a los ojos, no eran ni nobles ni pobres, hombres de alta alcurnia o desdichados campesinos; eran, simplemente, hombres, unidos por los azares del destino en un momento y un lugar.

Buenos días —saludó, replicando a la amable introducción ajena. Le tomaba por sorpresa, pero no terminaba de dilucidar si esta era grata o no. Terminó inclinando ligeramente el cuerpo, como si hiciese una modesta reverencia, digna de un soldado semejante—. Es un gusto, Ion. Mi nombre es Hikaru —afirmó. No le daría el lujo de conocer su rango o su historia, pues ni sus más allegados podían darse semejante satisfacción—.  Lo cierto es que los Dioses en los que creo hace ya mucho tiempo dejaron de creer en mi. Pero si la fe sirve para inspirar aunque sea a un solo hombre a seguir adelante, entonces las palabras no son en vano. —replicó, convencido de su argumento.

Negó con la cabeza, despreocupado. No necesitaba agradecimiento alguno, ni lo hacía para recibirlo: su misión iba mucho más allá que la fama o la fortuna, que la gratitud o la deuda moral. Su objetivo era privado, y lo guardaba receloso para sí, pero estaba dispuesto a cumplirlo a como diese lugar.

No es necesario me agradezcáis, Ion. Yo he propuesto esta campaña, al fin y al cabo —explayó, quizá dando más información de la que era conveniente. Estaba acostumbrado a hacerse cargo de sus palabras, y no se retractaría de aquellas que habían visto la luz—. ¿Por dónde pasaremos? —repitió, dejando la pregunta flotase por unos instantes mientras hacía memoria—. Nuestro destino es Daein. Atravesaremos las planicies de los agricultores, parando en los pueblos más grandes para reabastecernos. El camino hasta allí está ya marcado y lo he verificado yo mismo, por lo que aprovecharemos el día para recorrerlo hasta la frontera —dejó de mirar a su interlocutor por apenas unos momentos, girando sobre sí mismo para escudriñar el horizonte. Su vista se posó irremediablemente el en Sol, que por ahora les daba protección, pero bien sabía esta no habría de durar—. De allí seguiremos un trecho directo al puente con Daein. Dependiendo de cuán rápido avancemos, pasaremos la noche de éste lado de la frontera, o acamparemos del otro. En ambos casos, cabe la posibilidad de toparnos con enemigos. Si estamos en los puestos fronterizos, éstos nos brindarán protección; caso contrario, habremos de montar guardia. Y al día siguiente, emprenderemos la marcha de nuevo hasta llegar a Nevassa —volvió a clavar su vista en el recién llegado, habiendo ya dado por finalizada la explicación—. Supuse que, siendo comerciante, ya habríais de saber la ruta óptima para llegar —afirmó, dejando entrever un poco lo que pensaba al respecto, y no solo sobre el tema del camino a seguir; había elegido la mejor ruta comercial posible, y ya la había recorrido una vez para llegar hasta allí—. ¿Alguna sugerencia o inquietud respecto al plan, mi geógrafo acompañante? —preguntó finalmente, dándole espacio a que respondiese y le comunicase lo que fuese necesario antes de comenzar.

Detrás de ellos, los caballos ya comenzaban a relinchar, inquietos ante la idea de emprender de una buena vez la marcha; sus caballeros yacían montados, y unos pocos comerciantes terminaban de acomodar las últimas piezas de cargamento. Todo yacía en su lugar, y prácticamente estaban listos para partir: él mismo quería hacerlo cuanto antes, pues poco podrían aprovechar la cobertura del Sol si se les ocurría salir a mitad de la tarde. Sin embargo, y como una acción prudente, preferiría escuchar lo que el otro tenía para decir, antes de dar la orden de avanzar.

Quizá aquel chico, que poco de mercader le parecía tener, pudiese sorprenderlo con información útil y ser un gran aliado, o darle un pretexto para desconfiar de él y mantener en alto su escudo.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Dom Feb 21, 2016 8:33 pm

El mercenario era, por lo menos, educado. Además, me confesó que fue quien organizó la campaña. Una información bastante interesante, desde luego. Me explicó la ruta y, por lo menos en principio, no parecía haber problema. El único problema sería el territorio de Daein. Las zonas montañosas eran frecuentadas por los bandidos y era obligatorio pasar por ahí. Supongo que es seguro asumir que no tiene nada que ver con los bandidos. ¿Me habré adelantado a las conclusiones? ¿Será alguno de los que está aquí presente?

Mi situación es un poco distinta al resto del grupo ―dediqué una mirada a los otros mercaderes―. Técnicamente hablando, no soy miembro de la caravana, pero tengo una buena relación con el líder y de vez en cuando viajo con él para aprender un poco del terreno. A cambio de ello, siempre les mantengo informados sobre las zonas más frecuentadas por los bandidos y, hablando de eso, creo que tendremos que prestar especial atención en la zona montañosa de Daein. De vez en cuando se han avistado bandidos además de emergidos ―informé―. En ese caso, sería mejor ir por zonas en las que no haya escondites, para mantenernos a salvo del grupo inteligente ―dije, suponiendo que los emergidos no pensaban―. En el peor de los casos, en el peor de los casos confío en mi capacidad de escape ―mentía a medias. Si era necesario y él no estaba de parte de los bandidos, le ayudaría en el combate―. Visto esto… Eres alguien bastante detallista, señor Hikaru ―dejé escapar―. La mayoría de escoltas que he conocido cuentan con la fuente de información que manejan los mercaderes. Sin embargo, tú has asegurado el camino de antemano. Tranquiliza tenerte aquí con nosotros, la verdad

Lo último fue una verdad sincera. Suponiendo que todo lo que dijo fuese cierto. Yo no iba a ser quien lo juzgase. No ahora mismo, al menos. Sin embargo, yo iba a seguir hablando un poco de mí una vez empezase la marcha. Obviamente, no iba a decir la verdad absoluta. Solo hablaría de mi relación con el mercader, visto que realmente era nuestro único nexo.

Conocí al jefe en Begnion. Estaba explorando el terreno montañoso cuando me perdí y me resbalé. Tras caer, él y su caravana me rescató y me cuidó en aquel entonces ―tras mirar un poco más lejos al camino, me acordé de un pequeño detalle―. Casi lo olvido… Y mira que es importante ―miré a Hikaru―. Hay una zona de Daein que sí es necesario evitar. Y no lo digo solo en caravana, sino en general. Cuando crucemos debemos evitar pasar por Talrega. He escuchado rumores de que ahora mismo la zona es muy difícil de transitar y no puedo evitar asociar el caos a emergidos y a los bandidos…

De hecho, es posible que después vaya yo a investigarlo para estar completamente seguro de lo que puede haber. Es hasta posible que los bandidos se oculten ahí.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Mar Mar 01, 2016 5:05 am

De alguna forma, las palabras del joven no le sorprendían en absoluto. Su ojo analítico podía no ser el mejor, pero la experiencia que tenía y las cicatrices que llevaba encima le habían otorgado ciertas cualidades especiales —un sexto sentido, por así decirlo. Una corazonada especial que aparecía cada vez que se encontraba con un nuevo personaje y las explicaciones que éste daban no parecían concordar con la impresión que daba: tal era el caso con el joven Ion. Podía imaginar una vida de comerciante para él, desde luego, pero por lo que podía ver sería aprovechar un ínfimo porcentaje de su potencial. Había casos en los que se equivocaba, donde las vueltas de la vida sabían jugarle una treta a las apariencias y engañarlo para llevarlo a falsas conclusiones; pero, aún así, estaba orgulloso de poder dilucidar la verdad incluso aunque ésta buscase ser ocultada o revelada parcialmente.

Así que eres un informante —concluyó, guiándose de las palabras ajenas; la idea de contar con alguien que, ajeno a las finanzas y al comercio, pudiese brindarle de guías útiles le resultaba conveniente—. Quizá quieras compartir tu información conmigo, para evitar trazar rutas directo al corazón del enemigo —por un momento se dio el lujo de sonreír, sus ojos resplandeciendo ante la idea que por su mente había cruzado—. No me gustaría condenar este viaje incluso antes de que comience. —finalizó.

Asintió, agradecido ante los comentarios ajenos, aunque sin saber qué responder. Para un soldado, el recibir halagos era algo que rara vez se daba, y cuando por fin hacía acto de presencia, no se sabía cómo recibirlo. Como un extraño que se aparecía incluso sin invitación, pero que era bienvenido de todas formas.

Yo confío en mi escudo —respondió, solemne, ante la idea ajena de escapar a la mínima de problemas—. Y en mi capacidad de proteger a quienes merecen ser protegidos —continuó, alzando levemente el escudo; lo cubría de punta a punta, siendo tan alto y robusto como él. Podía ponerse detrás de éste, clavarlo en la tierra, y ser una muralla inamovible—. Si la situación se torna desfavorable y huyes, tan solo puedo desearte buena suerte. Pero si te quedas y peleas, tendrán que pasar sobre mí para dañarte —aseguró, de alguna forma buscando establecer confianza entre ambos: la camaradería era un factor esencial para cualquier hazaña semejante—. Siempre me gustó ver yo mismo los caminos. Nunca se puede saber quién miente y quién dice la verdad en situaciones así: la codicia hace de los buenos corazones los mejores mentirosos. —finalizó.

Se tomó el tiempo de revisar con la mirada todo el estado de la caravana; ya estaban listos para avanzar, y esperaban el visto bueno de quien, para bien o para mal, había decidido comandarlos en aquella ocasión: él. No podía ponerse en duda el hecho de que estaba capacitado para ser la cabecera de semejante expedición, pero tampoco podía ponerse sobre sus hombros la carga de llevar el destino de tantos hombres y mujeres, y esperar la soportase sin siquiera titubear. Le preocupaba lo que podría pasar si fallaba, y sabía que cualquier error podía ser fatal para cualquiera. Se ajustó el escudo al brazo y dio la orden de avanzar.

Será mejor avancemos —dijo, haciéndose a un lado; primero pasarían aquellos hombres que anduviesen a caballo, y luego la caravana en sí. Los de a pie caminarían en fila por detrás y por los costados, rodeando la mercancía y los bienes. No habría punto ciego en la formación—. No quiero perder la ventaja de la luz. —concluyó, invitándole a seguir su paso.

¿Talrega? —cuestionó. De alguna forma creía recordar el nombre, pero la imagen del mapa o del camino no le venía a la mente. Quizá realmente no conocía ese pasaje, y estaba torturándose, buscando información que nunca había tenido en primer lugar—. No pienso tomar riesgos innecesarios con la caravana... —murmuró, esta vez buscando la conversación quedase entre ellos dos, como un secreto que no debía ser divulgado—. Pero, si las cosas están tan mal por allí, quizá sea conveniente ir a explorar luego, sin la carga de mercancía y bienes. Quizá haya gente que necesite ayuda —afirmó, dejando que sus ojos cambiasen de objetivo y se posasen en el contrario, como si de esa forma comunicase que realmente estaba considerando el ir en soledad al ojo de la tormenta con tal de ayudar al necesitado—. Pero por ahora preocupémonos por llegar bien a Daein. Luego, ya allí, veré qué puedo hacer para ayudar en Talrega. En todo caso, estás invitado, si prefieres luchar en vez de escapar. —apuntaló; no con maldad, sino basándose en lo que Ion mismo había dicho antes.

Miró por sobre su hombro; unas pocas personas seguían la formación por detrás, mientras que otras aparecían por delante de él, a los costados de la caravana. Los caballeros iban por delante, marcando el camino a seguir: uno que todos habían repasado infinidad de veces, y que él se había cansado de explicar en detalle. Ya poco a poco comenzaba a quedar lejos la ciudad: los altos muros de la ciudad empezaban a parecer meras figuras en un difuso horizonte, eliminando así paulatinamente la sensación de seguridad que hasta entonces había reinado —o, aunque sea, haciendo desaparecer la falsa sensación de que estaban a salvo. Pues, ¿cómo podían estarlo de los Emergidos, si no había lugar al que no temiesen atacar?

Tardarían bastante en llegar a Daein; era un viaje de días. Pero esperaba pudiesen llegar por lo menos a cruzar los campos de los agricultores antes del anochecer, acampando luego bajo la tutela de las resistencias fronterizas. Si quedaban muy atrás, deberían apartarse del camino y quedar muy expuestos, a merced de la noche —y si se adelantaban demasiado, no solo estarían exhaustos, sino que estarían solos en territorio desconocido. Por ahora no importaba: debían avanzar, y debían hacerlo rápido pues, apenas media hora después de empezada la travesía, le pareció ver por el rabillo del ojo figuras que se movían a lo lejos y no eran parte de la caravana. Varias figuras, y algunas sobre caballos; entidades que se movían por caminos paralelos a ellos, pero que terminarían cruzándose de frente en un punto más adelante. Quizá, si se apuraban, podrían pasarlos antes de que les diesen alcance.

Su mano se cerró en un puño y ordenó apretasen el paso.

No quería una pelea tan pronto; pero, por lo visto, la pelea vendría incluso sin invitación.

Quizá quieras comenzar a escapar —dijo, finalmente, ya la mano sobre la empuñadura de su espada—. O a prepararte a desenvainar lo que sea tengas como arma. Creo tenemos compañía. —terminó.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Mar Mar 01, 2016 6:13 pm

Desconozco hasta qué punto puedo confiar en sus palabras, pero no me está pareciendo un mentiroso. Al menos, no de momento. ¿Cómo he de tomarme su muestra de, según me ha parecido por la leve incomodidad, modestia? Además, era alguien perfectamente sociable aunque transmitiese un poco de respeto hacia su persona. Debía asegurarme de que era un buen hombre, pero lo cierto es que se estaba llevando bastantes puntos a su favor. O bien es un genio en el arte del engaño, o bien la caravana ha logrado conseguir a un buen escolta.

Dije en el peor de los casos. Y ese sería que me quedase sin escolta ―aclaré―. Sin embargo, agradezco esas palabras, señor Hikaru. No sé hasta qué punto podré ayudar en el combate, pero haré todo lo posible.

Me aclaró la razón tras escoger la ruta. Fue un detalle bastante interesante. Si me está diciendo la verdad, claro. Pero… admito que está siendo cada vez más difícil dudar de él, especialmente viendo que aparenta preocuparse de verdad por la caravana o, por lo menos, su contrato.

La codicia y otros tipos de emociones pueden convertir al más sabio y bondadoso de los hombres en el mayor de los tiranos. La historia lo ha demostrado y así seguirá hasta que aprendamos de ella, nos guste o no ―y evitar que surja el tirano usando los medios que sean necesarios.

Estuvimos avanzando más camino hasta que, tras la advertencia, decidí prestar especial atención y hacer cómo decía. Era una formación bastante interesante. En el Colmillo hubo que hacer encargos de protección de civiles y así era como íbamos. Fue bastante gratificante ver que no era solo algo propio de Elibe, sino de todos los países en generla.

Y… de nuevo, me volvió a sorprender gratamente. En serio, ¿cómo se supone que voy a desconfiar de él si hace ese tipo de comentarios altruistas? Confieso que a mí no me hacía especial ilusión vigilarlo, pero si iba a ir hasta allí simplemente para ayudar, ¿por qué no? Nunca se necesita una verdadera razón para ayudar a alguien. Tan solo el deseo.

Si no es problema, me gustaría acompañarte a Talrega. Dudo que puedo hacer nada en especial por ellos, pero eso no es excusa para no ayudar. Además, quiero saber si lo que escuché es o no cierto.

Continuamos avanzando y mis sentidos empezaron a estar alertas. Me acerqué un poco más a la caravana con las dagas listas para sacarlas y hacer frente a quien se nos acercase. Probablemente bandidos. Pero de estos no tenía ninguna información… Se suponía que esta zona era más segura. Pero esos movimientos no dejan ninguna duda al respecto. Se mueven rápido pero no se acercan a nosotros directamente. En su lugar, nos acechan. Me acerqué a Hikaru para tranquilizarlo.

No te preocupes, puedo defenderme yo también. Si murieses, tendríamos un leve problema. Sin embargo, no tengo conocimientos de tácticas, así que me gustaría seguir tus órdenes de ser posible ―era mentira, pero se supone que soy un simple amigo de los mercaderes.

Mis oídos empezaron a escuchar los pasos y mis ojos a captar los movimientos con más facilidad. Uno, dos, tres… ¿Entre 8 y 10 bandidos, quizá? Y eso sin contar aquellos que hayan ocultado sus huellas. Iba a ser una noche larga… Muy larga.

Por los pasos y los movimientos, puedo captar por lo menos a cinco, aunque creo que son más ―murmuré―. Además, me ha parecido ver algún caballo entre los enemigos. Por sus movimientos, dudo que sean emergidos. Habrían sido más directos.

Fue decir aquello y ver cómo el primero de los enemigos apareció por el lado en el que me encontraba a lomos de un caballo, listo con su espada para atacar a los que estaban allí. Su objetivo en este caso: yo, porque estaba en línea directa con su presa: el dinero. Me agaché para esquivar el ataque y saqué las dagas para, aunque sea, hacerle un pequeño corte en las piernas al caballo. El jinete cayó rodando y, aunque estaba consciente, pude ver que se quejaba por el dolor de la caída. Normalmente lo mataría, pero en esta situación decidí ocuparme de la defensa, por lo que no lo perseguí.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Lun Mar 07, 2016 1:09 am

En el peor de los casos.

La palabra resonó en su subconsciente como un eco distante, que poco a poco aumentaba de volumen e intensidad. "El peor de los casos". ¿En cuántas situaciones así se había visto ya, preso de las circunstancias y de la agónica impotencia que traía semejante ambientación? ¿Cuántas veces se había encontrado a sí mismo entre la espada en la pared, entre trágicos escenarios y funestos destinos? Ya no sabía diferenciar un buen caso de uno malo: para él, todos tenían el potencial de ser el peor. Ya no existía ningún ápice de confianza en su ser; antaño, cuando joven e inocente, había creído que el mundo no sería capaz de dañar a alguien que erigía la bondad como su más grande bandera. Pero las cicatrices que ahora llevaba, con cierto nostálgico orgullo, le decían cuán equivocado había estado. Pero, incluso aunque pudiese obviar las heridas, aunque pudiese no mirarse al espejo y notar las marcas de las batallas pasadas, no podía voltear la vista de aquellas lápidas que ahora le esperaban, silenciosas, donde antes hubo de tener un hogar.

Entonces eso es suficiente —murmuró, convencido del argumento contrario. No podía pedirle a un comerciante que usase una espada como él habría de usarla; pero debía reconocer que, aunque sea, tenía espíritu. Eso le serviría—. Y no me digas «señor». No merezco tal respeto. —afirmó, esta vez adelantándose a la caravana. No había lugar para discusión en ese aspecto.

Tan solo una persona se había ganado, en su opinión, el derecho a ser llamado con respeto. Él era apenas un soldado: una consecuencia de un horrendo pasado, y la esperanza de un mañana más brillante. Gente como él moría de la misma forma en la que vivía: en el anonimato, luchando batallas que otros relatarían a sus hijos, de héroes sin rostro ni nombre que cedieron la vida evitando otros perdieran la suya.

Portas razón en tus palabras, Ion —dijo. Podía tomarlo como un halago, una reflexión, o un simple comentario: en todos los casos, las palabras ajenas no perdían su valor—. Pero cuanta más razón tenga un argumento, más personas harán oídos sordos. Los tiranos existen porque nadie escucha a los sabios, ni presta atención a las señales. Enseñar es una tarea que se nos es encomendada... —soltó un bufido, como si estuviese exhausto de la incompetencia de la sociedad, como si le molestase el hecho de que, en su conjunto, desaprovechasen sus habilidades, sus inconmensurables capacidades—. Pero no se puede enseñar a quien no quiere escuchar. Solo el dolor y la pérdida abren los ojos de quienes no quieren ver. —finalizó, nuevamente convencido de sus propias palabras: no era su mente la que hablaba, sino las marcas sobre su cuerpo quienes atestiguaban su argumento.

Pues, si gustas, eres bienvenido —afirmó. No tenía razones para rechazarlo, especialmente luego de que dejase abierto el tema—. Pero no nos adelantemos. Una travesía a la vez.

Preocuparse de un viaje era suficiente: no necesitaba la carga de planear un segundo. Especialmente en momentos como aquel, donde todo lo que podía salir mal comenzaba a salir mal: podía ver, a lo lejos, cómo los primeros obstáculos se hacían presentes en el horizonte. A juzgar por la forma en la que se organizaban, podía deducir que no eran Emergidos, o los habrían atacado apenas verlos. No, este enemigo era un poco más inteligente.

¿Mis órdenes? —contempló la idea. Era una persona diestra en el arte de llevar adelante una campaña, pero no se veía en las condiciones para ser solo él quien llevase ese peso. Sería apenas un consejero, uno que se preocupaba más de la cuenta por la salud ajena, incluso por encima de la propia—. Mantente vivo. Mantén vivos a los demás —lo miró, clavando sus amarillentos ojos en los ajenos; la seriedad que transmitía era palpable, y necesaria para lo que iba a decir—. Incluyendo al enemigo. Si no es Emergido, y puedes evitarlo, no lo mates. ¿Entendido? —finalizó.

Eran simples indicaciones para lo que sabía estaba a punto de llegar. Las palabras ajenas confirmaron sus sospechas: no era paranoia, eran sus ojos captando la realidad, que se aproximaba rápidamente en busca de lo que ellos llevaban. Su acompañante, aquel que le había seguido el ritmo hasta entonces, fue el primero en verse involucrado, pero pronto la acción reclamó su intervención también. Se ajustó el casco, apretó el escudo, y comenzó a trotar.

Por el costado opuesto al que el primer caballo había usado para llegar hasta ellos, se aproximaba un segundo: el caballero iba levantado, esgrimiendo una espada por sobre su cabeza, dispuesto a cortar lo que se pusiese a su alcance. Apuró el paso, que se convirtió en una apurada marcha: corrió, tomando impulso, y justo cuando el caballo hubo de pasar por su costado, saltó hacia éste.

Todo su cuerpo dio una rápida maniobra: su brazo, aquel donde llevaba el escudo, se estiró hacia atrás, para volver como un látigo hacia delante. Sintió cómo el metálico borde de su escudo chocaba contra la frágil carne ajena: tal fue la fuerza del golpe, sumada al impulso tomado, que el jinete salió volando y cayó de espaldas al suelo, incapaz de seguirse moviendo. Miró a los hombres de la caravana, los que atrás se habían quedado y seguido a pie.

Que uno vaya y recupere el caballo. Los demás, aprieten el paso y defiendan los flancos de la caravana —ordenó, moviéndose al frente de todos, casi alcanzando a la caballería propia que iba delante.

Allí la situación era peor. Podía ver a los que no iban a caballo, cargando desde la lejanía. Los otros, jinetes, ya estaban mucho más cerca. El problema era que, mucho más atrás, pudo ver las distantes figuras de hombres que, a diferencia de los demás, no se movían, sino que estaban convenientemente quietas.

Arqueros —concluyó.

Se volteó, tan sorprendido como preocupado.

¿Qué haría? ¿Qué podía hacer? No tenía arqueros. No había contado con la presencia de éstos. No estaban aún a rango de tiro, pero pronto lo estarían. ¿Podía darse el lujo de seguir avanzando? La respuesta fue obvia.

Detengan la caravana —murmuró; algunos lo escucharon, pero su voz necesitaba ser oída por todos—. ¡Alto! ¡Arqueros delante! —aclaró, ahora consiguiendo la atención de todos.

Un hombre apareció con el caballo que habían recuperado. El otro, por lo visto, había sucumbido a las dagas de su compañero, que bien había sabido defenderse. Le hizo un gesto de que se acercara, y esta vez, tenía una misión para él.

Hay que deshacernos de los arqueros. No podemos avanzar hasta que ya no estén. Pero hay que pasar por entre los bandidos, y exponernos a las flechas. Hay dos opciones —dijo, mirando tanto a Ion como al horizonte, donde el enemigo se postraba, avanzando lenta y gradualmente—. O esperamos a que el enemigo venga a nosotros y lo enfrentamos aquí, rogando los arqueros no nos acribillen —se paró esta vez a mirarlo—. O te subes conmigo a este caballo y cargamos hasta ellos. Puedo abrirte paso y protegerte de las flechas, pero necesito de tus cuchillos. Puede acabar con enemigos donde mi espada no llega —se subió al caballo y le tendió la mano.

Era una idea suicida, pero la única que tenía sentido.

¿Qué decides? ¿Pelear, o huir? —concluyó.

Él ya había decidido.

La columna enemiga seguía avanzando, y la caravana se había detenido. Tenían más caballeros, que lo seguirían y le ayudarían en el avance, pero en específico, ellos dos deberían atravesar todo para alcanzar a los arqueros y despejar el camino para los demás. Su escudo era a prueba de flechas, pero no sabía si el otro confiaba tanto en él como para poner su vida a disposición de un desconocido. En todo caso, no había demasiadas opciones. Era, lamentablemente, matar o esperar la muerte, que se acercaba lentamente por el camino que ellos habían elegido. Una idea comenzó a surcar su mente.

Había un traidor entre ellos.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Mar Mar 08, 2016 10:39 am

Las palabras de Hikaru me parecieron muy acertadas desde un punto de vista ético. Matar a alguien que no sea un emergido implica que esa misma persona se vea como asesino, incluso si los muertos eran unos asquerosos bandidos. No estaba de acuerdo con esa idea pero, como dije que iba a obedecer sus órdenes, no me quedaba otra que hacer esta tara mucho más difícil, especialmente considerando que mi trabajo era eliminarlo. Supongo que puedo dejarlos malheridos y luego, tras alejarme un poco de la caravana, eliminarlos. En ese caso, supongo que tendré que rechazar la oportunidad de ir a Talrega con él. No puede uno tenerlo todo.

Tras el ataque sorpresa que me hicieron, Hikaru tuvo que enfrentarse a otro jinete. Aquello fue, literalmente, resuelto en un solo golpe. Hasta podría haberme sentido mal por aquel bandido que, lleno de valor, se encontró con aquel muro que presentó ser aquel mercenario. Noté cómo los ánimos se subían en los mercaderes tras ese movimiento tan eficaz y rápido.

Sin embargo, aquello no duró mucho. Nuestros compañeros siguieron las instrucciones que Hikaru les había dado, pero la amenaza de los arqueros apareció y él se encargó de comunicarlo mientras avanzábamos y me ofreció aquellas dos alternativas. La opción era lógica. Desde luego, no creo que Hikaru fuese un enemigo. De lo contrario, no le habrían atacado justo después de mí. Sin embargo, no podía evitar pensar que había algo que no encajaba en todo esto. Esto fue planeado. No había ningún movimiento de bandidos en teoría por estos lares. Sin embargo, aquí estaban. Y no pocos, precisamente. Esto… quizá era más de lo que podría hacer yo solo. Necesitaba reunirme con otros miembros para hacerles frente. Así que mi decisión estaba clara: sobrevivir.

Haré todo lo que sea necesario para sobrevivir ―declaré y decidí tomar la oportunidad―. Te dejo a ti cabalgar. No tengo ningún conocimiento de eso.

Me acerqué al carruaje y tomé unos pocos cuchillos más. Me harían falta para poder, por lo menos, incapacitar a los arqueros mientras cargábamos. Aquella sería la primera vez que atacaría desde un caballo. He de admitir que estaba nervioso. En cierto sentido la vida de los demás dependía también de mí. Hice ejercicios de respiración antes de partir, buscando calmarme como pudiese y, cuando terminé de hacerlo, di un cuchillo al mercader de la caravana que me permitió viajar con ellos.

En el peor de los casos, debes protegerte tú también ―dije, intentando mantener la calma―. Estoy listo, Hikaru.

Y me monté en el caballo con aquel mercenario, listo para acabar con ellos.

El movimiento fue bastante rápido. Los arqueros empezaron a disparar y, tras averiguar el ritmo de los disparos, empecé a lanzar cuchillos con cuidado de no recibir flechas al mismo tiempo que evitaba caerme. Fue complicado. De hecho, aunque pude acertar todos porque apunte al torso, lo cierto es que ninguno recibió heridas fatales, aunque alguno que otro no pudo seguir usando su arco debido a que acerté en sus brazos, nuevamente por el movimiento del caballo.

Una vez llegamos a donde los arqueros, me bajé rápidamente del caballo y usé las dagas que siempre uso para continuar atacando a los arqueros. Debía ser rápido y eficaz; aprovechar la oportunidad que Hikaru me dio para disminuir los números de los bandidos. Especialmente considerando que hay altas posibilidades de que uno de la caravana fuese un traidor, y ya dudaba que lo fuese Hikaru. De lo contrario, ¿por qué habría sugerido este plan? Alejarse de la caravana es algo que no le convenía si fuese un bandido disfrazado.

Acabemos con estos rápido, Hikaru ―dije, ya más serio―. Me preocupa el resto.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Mar Mar 15, 2016 11:36 pm

Cabalgar era algo que, a todas luces, no dominaba aún. Peor era el saber que debía andar sobre un caballo en pleno asedio, con tropas de a pie por delante, y con arqueros más allá dispuestos a acribillarle; como si todos aquellos factores ya no fuesen, por sí mismos, considerablemente desventajosos, debía sumar el hecho de que tenía una armadura casi tan pesada como él, el escudo por sobre su cabeza (limitando así su visión, previamente limitada por el casco) y un acompañante que debía de cuidar. Era una idea horrenda, y ahora que la ponía en práctica, se daba cuenta de cuán mala había sido. Pero, en retrospectiva, no creía hubiese otra mejor.

Ion no tardó en aceptar su propuesta; era valiente, o igual de tonto que él. Sea como fuese, sabía que podría contar con que el otro cumpliese con su parte del trato: le interesaba saber hasta qué punto era bueno con esas dagas, pero si podía derribar a un jinete con ellas, es porque al menos debía saber más que agarrarlas por el lado donde no había filo: algo que no todos en aquella caravana tenían el lujo de poder afirmar.

Bien, yo tendré las riendas —afirmó, tendiéndole una mano para ayudarle a subir al caballo—. No te preocupes por mí. —concluyó, sin dar ningún otro comentario al respecto. El protegerse a sí mismo, o no, era irrelevante.

Él mismo se acomodó: su armadura era grande, y complicaba las maniobras sobre el animal, que si bien no se quejaba de su peso, lo haría dentro de poco. Miró hacia atrás, por sobre su hombro: los demás caballeros se habían agrupado a sus costados, en diagonal: era una formación de punta de flecha, con ellos siendo quienes penetrarían primero. Debían incapacitar cuanto antes a los arqueros, o no serían los únicos en sufrir las consecuencias de sus errores.

Levantó el brazo con el escudo, y lo posó por encima de su cabeza, inclinado hacia atrás: no se protegería él, sino que estaba intentando no le cayese una flecha del cielo a su acompañante. Dijo que protegería a quienes le acompañaban, y planeaba cumplirlo, incluso aunque se pusiese él mismo en peligro; aferró las riendas con su mano libre, y golpeando con los talones los muslos del caballo, cargó a toda prisa, los demás caballeros siguiéndolo de cerca.

Los de a pie desenvainaron sus espadas, dispuestos a encarar al primero de la formación: ellos. Pero el General tiró de las riendas, obligando al caballo a desacelerar la marcha: la formación se convirtió, de pronto, en una flecha inversa; una confusión muy efectiva que los tomaría por sorpresa. La táctica era simple, pero muy provechosa: el enemigo se enfocaría en atacar la punta, cuando de pronto recibiría los golpes por los indefensos flancos.

Los demás caballeros los pasaron, creando confusión en las filas contrarias: las espadas desenvainadas atacaban desde tierra a sus pares montados, chocando acero contra acero en una persecución a toda velocidad. Pero, entre todo ese caos, logró encontrar un camino abierto, por lo que apuró el paso. Más de una vez tuvo que hacer girar bruscamente el caballo, evitando le abrieran los costados de un sablazo, pero no redujo la marcha. No le importaba el acabar con ellos, tan solo pasarlos.

Las dagas comenzaron a volar, y las flechas disminuyeron su cauce: fuese la suerte o la habilidad quienes les acompañasen aquella tarde, lo cierto era que Ion lograba impactar con sus dagas. El contrario se bajó el caballo, y él mismo se deslizó por uno de sus costados. Puso el escudo por delante de su cuerpo, y comenzó la carrera hacia el arquero más cercano.

Tuvo que refugiarse tras éste, resistiendo el impacto del primer flechazo; pero, antes de que un segundo estuviese listo, lo derribaría de un escudazo en el pecho. El pobre arquero intentó cubrirse con su arco de madera, solo para verlo romperse a la mitad ante el contacto de la sólida protección ajena.

De pronto, sintió su cuerpo tambalear hacia delante; como si algo le hubiese dado un empujón en el hombro, una fuerte palmada en la espalda. Luego, casi al instante, sintió otro empujón, esta vez muy cerca del omóplato. Se volteó de inmediato, la mano en la empuñadura de su espada, listo para combatir a quien estuviese cerca: pero no había nadie. Nadie, salvo el arquero que había logrado impactarle dos veces.

Estaba furioso: no porque sintiese los finos ríos de sangre corriendo por su piel, allí donde la punta de una de las flechas había logrado abrirse paso entre las capas más finas de su armadura, sino porque habían logrado dañar su armadura, y la había cuidado como oro hasta ese momento. Ni siquiera se molestó en poner el escudo por delante: cargó a toda marcha contra el arquero, como un rinoceronte furioso. Recién en el último tramo, cuando vio el enemigo tenía otra flecha preparada, interpuso el escudo por delante: y con éste de por medio, chocó con toda violencia contra el arquero, mandándolo a volar medio metro hacia atrás. Estaba seguro no se levantaría, pues a parte del arco, había escuchado un par de huesos crujir. Ni siquiera se molestó en arrancar las dos flechas que sobresalían de su espalda. Luego tendría tiempo de quejarse de las heridas.

Se volvió, buscando a Ion, que ya había hecho su parte. Sin embargo, recién entonces recapacitó en sus palabras, y el significado que éstas podían tener. Su mirada cambió de él a la caravana, que seguía en su lugar, y al camino por el que habían llegado. Pero algo era diferente. Había demasiado silencio.

Algo está mal —murmuró; si le escuchaba o no dependería de cuán atento estuviese. Se le acercó—. Deberían haber más personas aquí.

Casi como si le hubiesen hecho caso a sus plegarias, los bandidos que antes habían pasado aparecieron. Pero no estaban solos: sentía también ruido de cascos, pertenecientes a caballos que reconocía de antes. Sobre cada animal yacían dos personas: el jinete, y un muerto, que pronto cayó al suelo. Un soldado leal caído en combate, defendiendo provisiones para los necesitados, y los traidores, saliendo a la luz en el momento oportuno. Sacó su espada y alzó el escudo, retrocediendo. Se acercaban por delante; por detrás yacía el caballo en el que habían llegado, y los arqueros inconscientes que habían servido de carnada. Quizá, si corrían, podían alcanzarlo y huir. Pero aquello no era una solución si querían hacer avanzar la caravana: si no lo hacían, la muerte de aquellos sería en vano. Alzó el escudo y dio un paso adelante de Ion.

Esto es traición —afirmó, su imponente tono de voz quebrando el sepulcral silencio de la expectativa—. La gente requiere esas provisiones. ¡Mueren de hambre! Y aún así, ¿ustedes osan intentar quitarle a los más necesitados? —su mano se aferró con fuerza a la empuñadura de su katana, ya desenvainada: tal fue su agarre que los nudillos se tornaron blancos—. No merecen ser caballeros, jinetes o soldados. Bájense y luchen como hombres, si es que aún les queda algo de dignidad. —afirmó, golpeando la superficie de su escudo con la hoja de la espada, creando un estruendo que asustó a los caballos.

Si los hacía bajar: si los hería mortalmente y los metía en su juego, podrían incluso revertir la situación. Debían eliminar la ventaja de los caballos ajenos, subirse al propio y reagruparse con la caravana: si alguna de todas esas cosas salía mal, podían darse por muertos. Tan solo esperaba su compañero tuviese una mejor idea, o ganas de empezar a tirar cuchillos.

Si se pone feo, sube al caballo y vete —susurró, dejando que tan solo su compañero le escuchase—. Te ganaré tiempo si puedo. Reagrupa a los hombres y retrocedan hasta encontrar una posición apta para defender, o vuelvan a la ciudad. —finalizó.

No estaba seguro si volvería, pero tampoco le importaba demasiado.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Jue Mar 31, 2016 6:45 pm

CComo si fuese un presentimiento que no debería haberse dado, Hikaru me informó de que la situación no iba bien y, como era de esperar en este tipo de situaciones, ahora nos encontrábamos en un problema importante: la caravana había sido atacada por traidores. ¡Maldita sea! ¡Había bajado la guardia! Y ahora, por culpa de mi pequeño fallo, ¡esos pocos mercaderes que sobrevivieron estaban ahora en peligro de morir también!

Hikaru fue el primero en dejarse llevar por sus emociones y eso me sirvió para intentar tranquilizarme lo máximo posible para empezar a pensar en algo que pudiese usar a mi favor. Los árboles…no. Podría escapar por mi cuenta, pero no quiero dejar morir a ninguno más si puedo evitarlo. Y menos cuando sus muertes habían sido provocadas por esta escoria humana. Ya me daba igual la instrucción que Hikaru me dio anteriormente: iba a matarlos a todos. Sin excepción. Este tipo de personas no se merecían ni la más mínima contemplación. ¿Cómo podría vengarme de ellos?

Dirigí mi mirada a los bandidos y me di cuenta de que, si me iba, nuestro leal guardaespaldas moriría sin ninguna duda. Por eso, empecé a pensar en lo que a nuestros enemigos les interesaba y sobre si podía hacer algo para volver la situación a nuestro favor o, por el contrario, al menos permitir que ellos se vayan y escapar después por mi cuenta usando los árboles como apoyo. Fue entonces cuando se me ocurrió la idea más brillante y, al mismo tiempo, más loca del mundo.

No será necesario ―le respondí―. Gracias por todo lo que has hecho hasta ahora ―ahora me dirigí a los bandidos―. ¿Os interesan las riquezas y el dinero? ―hubo una respuesta afirmativa por uno de los bandidos seguida de burlas de otros―. De ser así, entonces os bastará conmigo únicamente ―tomé aire y corregí mi postura para asemejarme a la de un noble―. Pertenezco a la casa real de Daein. Mi nombre es Ashley, el príncipe heredero ―así verían el parecido con el rey de Daein, aunque sea en el nombre―. Para evitar ser objetivo de bandidos, me hice pasar por un viajero. Sin embargo, si mi vida sirve para evitar muertes innecesarias, entonces estoy dispuesto a entregarla sin problemas. Podríais pedir un rescate a la corona y se os sería otorgado. Después de todo, si fallezco, no habrá más príncipes. Sin embargo… solo me entregaré voluntariamente si permitís que los supervivientes y este hombre puedan seguir su travesía en paz.

Hubo un tiempo de pensamiento entre los bandidos hasta que al final parecieron haber aceptado. Por mi parte, para evitar que Hikaru hiciese nada innecesario, me acerqué a él y esbocé una sonrisa triste, fingiendo totalmente mi posición. Solo esperaba que se diese cuenta de que era una farsa, aunque no tenía ninguna pista de ello. Era, después de todo, una mentira que se me había ocurrido en el momento.

Lamento haberos engañado, sir Hikaru. Ha sido un placer haber estado viajando a vuestro lado hasta entonces y espero que en el futuro podamos tener la oportunidad de hacerlo de nuevo.

Entonces empecé a caminar con los bandidos alejándome poco a poco del grupo. Lo que ninguno de ellos pudo ver fue que me había hecho un pequeño corte en el dedo que sangraba, dejando caer gotas continuamente para que después Hikaru me pudiese seguir cuando la caravana estuviese a salvo. En caso de que no fuese a mi auxilio, podría usarlo para volver al camino principal.

Por ahora, mi objetivo era ganar tiempo hasta que la caravana estuviese a salvo. Ni siquiera habían tomado mis armas. Probablemente pensaban que no se me ocurriría combatir a todos yo solo. Soy un buen asesino, sí, pero no soy ni de lejos ni invencible ni idiota. Sé que no puedo con todos estos yo solo.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Mar Abr 26, 2016 3:35 am

A veces, para bien o para mal, las cosas no salían como uno esperaba; los planes, sin importar cuántas veces fuesen revisados, cuántas veces fuesen probados y enmendados, cuán perfectos pudiesen parecer, tenían la única cualidad de poder fallar en cualquier momento. Eran incontables las variables a tener en cuenta a la hora de esbozar un plan de semejante magnitud, y si bien Hikaru se dignaba de haberlas contemplado todas, debía de admitir que ciertas cosas simplemente escapaban de sus capacidades. Él aún pecaba de inocente: creía en la bondad de las personas, en aquel noble sentimiento de querer ayudar a quien hubiese de necesitarlo, al utópico sueño de que todos dejasen de lado el egoísmo para  asistirse mutuamente. Los bandidos que ahora se postraban ante ellos eran la viva muestra de que tales valores ya no existían en los tiempos que corrían.

Se mantuvo quieto, exánime. Su mano se apretó alrededor de la empuñadura de su espada con tal fuerza que los nudillos se tornaron blancos, preso de la impotencia. ¿Cómo podía haber sido tan ciego, habiéndose dejado guiar por la luz de la ignorancia y el utópico deseo? ¿Cómo había podido dar la espalda a la oscuridad, bajar la guardia, en un momento como ése, donde los hombres más corruptos ya alistan sus ponzoñosos puñales? Era su culpa, y lo sabía. Pero no podía hacer ya nada para remediarlo; su única alternativa era seguir adelante, sin importar qué fuese lo que aquello conllevase. Podía morir, pues a eso no le temía: más miedo le daba la idea de vivir sabiendo que nada había hecho para vengar a los nobles caídos y llevar suministros a aquellos que agonizaban de hambre y sed.

Movió el escudo hacia adelante, poniéndolo entre él y los caballeros: no sería una presa fácil. Podría irse al Averno, pero se llevaría a un par consigo. Al menos, esa era su estrategia: ser una carnada, una distracción para que su compañero huyese, si es que no planeaba traicionarlo también. Por un segundo la idea de que éste también estuviese metido en semejante estratagema cruzó su mente, pero la misma se desvaneció de inmediato ante los comentarios ajenos, que la sustituyeron con nuevas incógnitas.

No tenía sentido. El muchacho, Ion, podía llegar a ser un noble; había escuchado que existía la entidad a la que él hacía referencia, y si bien nunca le había visto u oído nombrar directamente, había algo que simplemente no tenía sentido para su mente. Si realmente era noble, y como él decía, único heredero de la corona, por más oculto que hubiese buscado estar, habría sido acompañado por al menos un par de guardaespaldas personales, altamente entrenados. Y no había nadie allí, incluyéndole, que cumpliese con aquella descripción. Y el susodicho príncipe no parecía contar con la capacidad de defenderse por su cuenta ante todo enemigo; sus dagas podían ser efectivas, sí, y precisa su puntería, pero los trucos funcionaban pocas veces cuando no se contaba con la disciplina propia de un hombre de armas. Había ciertas cosas que no encajaban, y eso provocó en él un nuevo pensamiento: ¿y si todo era una farsa, una estrategia elaborada por el contrario para que nadie muriese? Eso tenía más sentido, y podía justificar todas las falencias existentes.

Se quedó quieto, procesando la información. Podía seguirle el juego; era un plan arriesgado, pero él había estado a momentos de cargar directo a su muerte. Por lo menos, de esa forma, ambos tenían posibilidades de salir vivos. No bajó el escudo, pero envainó lentamente la espada, sin haberla usado aún. Parecía que tendría que esperar, aunque no todo había terminado, y así lo decía el contrario.

El futuro es incierto, Príncipe Ashley —pronunció, haciendo una ligera inclinación, en señal de respeto, ante el aparente noble que tenía delante. Después de todo, fuese príncipe o no, debía de rendirle respetos para que todo fuese más creíble—. Pero le aseguro este no será el último de nuestros viajes. —asintió, afirmándole así que, de alguna forma, entendía que ahora ya formaba parte de un plan que no conocía en absoluto, pero del que participaría con todo su ser.

Los vio comenzar a marchar; las figuras montadas, al lento trote, seguidos por aquel bandido que había pasado de ser un comerciante a un príncipe, y luego a un rehén. Pero, en aquel crepúsculo, había algo más: algo que brillaba tenue en el suelo, como estrellas que salpicaban la tierra. La más cercana estaba casi frente a él; se agachó, y con un dedo, tocó la mancha. Era roja, y por su textura, supo de inmediato que era sangre. No era propia, pues las flechas seguían clavadas aún en él: la parte buena era que las flechas, al seguir incrustadas, detenían en gran parte la hemorragia. Podía quitarlas en cualquier momento, pero luego de hacerlo comenzaría a debilitarse: y necesitaba todas sus fuerzas si quería seguir el camino de sangre que su compañero le estaba dejando para llegar a él.

No podía simplemente seguirlo: lo verían. Además, todavía tenía que llevar la caravana. Volvió sobre sus pasos con rapidez, usando el único caballo que le había quedado a su disposición. Debía movilizarse con rapidez, o el rastro se secaría. Una vez con la caravana, el panorama era muy diferente: todos los traidores se habían ido, dejando únicamente a mercaderes asustados y a guerreros sometidos. Uno por uno los desató, recuperando para ellos las pocas armas que habían quedado de los bandidos caídos en combate. No eran un ejército, ni podían cargar hacia la lucha, pero aquel pequeño grupo serviría para, al menos, asegurar que la caravana llegase a salvo. Sacó el mapa y trazó una nueva ruta: era un poco más larga, pero también más segura, bordeando los puntos de control del reino que estaban constantemente vigilados. Debían de cuidarse de los Emergidos, pero aquella era una norma que siempre estaba vigente. Además, si seguían ese trayecto, le darían tiempo al general a efectuar su improvisado rescate, o a morir en el intento. Seleccionó a uno de los hombres, y tomando un papel, escribió apurado unas instrucciones.

Tú ve de nuevo al mercado a darle este papel. No te demores. ¡Ve! —lo apuró, sabiendo que el tiempo era ahora crucial.

Había suficientes instrucciones como para que nada fuese dejado al azar, salvo lo que no podía planearse. Se subió de nuevo al caballo, y esperó a que la caravana comenzase a retroceder, volviendo al inicio del camino para tomar una ruta alterna, una que sabía no les presentaría mayores obstáculos. Con una carga menos, se enfocó a otra cosa que sí le preocupaba: Ion.

Dio vuelta al caballo, y comenzó a andar a toda velocidad, siguiendo el rastro de sangre, contentándose por lo pronto con ver sin ser visto.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Invitado el Mar Abr 26, 2016 10:03 am

Me alegró ver que mi mensaje oculto había sido captado, aunque fuese un presentimiento. Tenía la sensación de que Hikaru había captado mi indirecta y que podría acudir pronto a mi ayuda, aunque en esta situación poco se podía hacer. Lo mínimo era alejarlos de los mercaderes cuanto más mejor y, si era posible, deducir dónde está su guarida y dar el soplón al ejército de Daein para que los eliminase.

Íbamos caminando bastante rápido. Probablemente era debido a que pensaban que cuanto antes hiciesen el intercambio, antes conseguirían el dinero. Una mentalidad muy simple. Tanto que me hizo sentir un poco de pena por ellos. Aunque mi mayor preocupación era cómo escapar.

Mis ojos observaban toda la zona, sin dejar escapar ni un solo detalle, buscando por dónde podría huir con más seguridad. A estas alturas, la caravana debía estar a salvo. ¿Qué mejor momento para huir? Era una pena que no fuese así.

Al menos, así lo era hasta que empecé a escuchar ruidos. Bueno, empezamos a escuchar ruidos. Como de un caballo. Los bandidos se pusieron en guardia, todos delante de mí y ninguno vigilándome. ¿En serio son tan estúpidos? Bueno, supongo que tomaré las oportunidades que me den… Especialmente, si el sonido que estoy escuchando es el que creo que es…

En completo silencio, tomé una daga y me acerqué al que estaba más alejado de la formación. Entonces, rápidamente, lo acerqué a mí y le arrastré hacia atrás, siempre con aquel cuchillo sobre su cuello. Tras el grito del hombre, todos los demás me prestaron atención a mí.

Un paso en falso y este hombrecito no lo cuenta ―amenacé―. No sería el primero de vosotros que mato ―vi que uno se acercaba y entonces acerqué más la daga―. ¿No me habéis escuchado?

Tras otro paso, al final cumplí mi amenaza y le corté el cuello. Tenía un segundo plan. Los hombres se acercaron y entonces volví a usar un rehén para amenazarlos. Solo que esta vez… el rehén era yo mismo.

Estoy acostumbrado a matar. Soy el príncipe de Daein. ¿De verdad esperabais que me fuese a dejar mandar por unos simples bandidos de tres al cuarto? ―pregunté retóricamente―. Antes prefiero acabar con mi propia vida.

Esta vez, la amenaza surtió efecto. Se habían quedado paralizados. Claro, un príncipe muerto no les sirve para solicitar un rescate. Solo me quedaba esperar a averiguar en qué consistía aquel ruido que escuché antes. Porque me resultaba familiar. Lo que sí que no entenderé es por qué no me quitaron las armas. ¿Será que el culto a Ashera, Naga o lo que sea es más que un culto? Porque no se me ocurre otra explicación para tal estupidez. En serio, ¿a quién no se le ocurre desarmar a un rehén? Es básico. Por favor… Qué inútiles.

¿Y bien? ¿Qué os parece si hacemos una pequeña apuesta, queridos bandidos? ―sonreí―. Yo apuesto a que las tropas de Daein vendrán a mi auxilio antes de que llegue a vuestra base. ¿Y bien? ¿Qué creéis vosotros?

Tenía que ganar tiempo. Al menos, para poder ver por dónde escapar.
avatar
Invitado

Volver arriba Ir abajo

Re: De buenas intenciones está hecho el camino al Infierno | Campaña - Libre.

Mensaje por Contenido patrocinado

Contenido patrocinado

Volver arriba Ir abajo

Ver el tema anterior Ver el tema siguiente Volver arriba

- Temas similares

Permisos de este foro:
No puedes responder a temas en este foro.