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Desayuno de campeones [Social - Saabirah]

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Desayuno de campeones [Social - Saabirah]

Mensaje por Haar el Dom Ene 03, 2016 8:54 pm

Nuevamente el sonido del  viento hacía que su cuerpo se apegase más contra su montura, la ligera lluvia helada eran como agujas de hielo que golpeaban contra su armadura y dejaban al lagarto bajo su cuerpo en un estado aletargado de un reptil en un ambiente frío. Sin llevar guantes pasó sus manos frotando el cuello del animal intentando darle algo de calor, aunque el mismo temblaba y veía su propia respiración formar nubes frente a él. Espesa y blanca juraba que veía formas en su aliento antes que se dispersase en el aire, el metal de su armadura tomaba la temperatura del ambiente, quien sabe cuántos grados bajo cero, y ni siquiera la gruesa capa de ropa de lana le abrigaba. No estaba solo, pero sus compañeros no eran más que sombras entre las rocas varios metros detrás suyo, cubierto ellos y sus wyverns con mantas grises donde el agua-hielo se acumulaba dando más el tono de rocas. Él llevaba su armadura gris y el tono oscuro de su wyvern le hacían pasar más desapercibidos contra as rocas... ¿gris...? Su armadura debía ser roja...  No prestó atención al detalle que rechinó en su mente. Todo estaba preparado, el ejército enemigo avanzaba hacia el poblado, allí tendría que permitirles atacar, trancar su paso y cerrarles camino cuando estuviesen dentro... vidas inocentes perecerían pero órdenes eran órdenes.  Su cuerpo se estremeció por completo al ver de una de las casas salir a su esposa con su hijo en brazos, el primer avistamiento de un jinete con la espada en alto, la mujer sujetando a la criatura contra su pecho y con el rostro deformado en horror retroceder. Sintió una fuerte presión en su pecho y por más que golpeó con sus talones los costados de su montura esta no respondió a tiempo, por más que forzó el aire salir de sus pulmones no hubo grito saliendo de su garganta y el hielo que se formaba en la entrada de la humilde casa se teñía de rojo.

Despertó alterado, con su corazón latiendo con tal fuerza que sentía que tenía a un pequeño hombre golpeando con un martillo desde dentro intentando partir su pecho para abrirse un camino hacia afuera, el sudor perlaba su rostro pese a que el frío le hacía estremecer sus huesos, su cuerpo se había caído en algún momento de la cama y estaba tirado en el piso de piedra fría de aquella barraca. Las frazadas estaban hechas un bollo en una esquina de la cama y su almohada parecía haber sido lanzada al otro lado de la habitación, pero a juzgar por la ropa tirada y el pequeño wyvern regordete durmiendo sobre estas como si fuese un nido, podía adivinar que había ocurrido en la noche. El viento se colaba por la ventana abierta y la cabeza de un wyvern de mayor tamaño ingresaba allí apoyándose sobre un par de cofres que llegaban a la altura de la ventana para hacerle de almohada en el interior sin que el marco de esta lastimase su cuello. Un sonido ronco y rítmico indicaba que la gran criatura no se había despertado, ni siquiera turbado por el abrupto despertar de su jinete. Se levantó recogiendo algo de ropa y buscando alguna que estuviese limpia, que estuviese lavada y que no hubiese sido humedecida por baba de wyvern cachorro, y se vistió sin ponerse armadura alguna.

Ya hacía un par de días que había llegado a aquel lugar después de haber conocido al líder en un encuentro con los emergidos en unas cuevas, si bien aún no decidía su estadía definitiva en aquel lugar estaba en deuda con Argus y se quedaría allí hasta saldarla, prestando su hacha para la causa que perseguía aquel grupo y si bien tenía la invitación hecha, juzgaría si era verdad todo lo que se le había contado. Desconfiaba demasiado de un Ex-general de Daein, pues siendo él mismo uno sabía de que eran capaces los hombres al mando de ese ejército. Por el momento estaba seguro en el grupo, tanto él como su hijo y sus monturas, viajar solos era peligroso en esos momentos, más si su cabeza tenía precio en la mitad del continente y los emergidos no les permitían permanecer quietos en un solo lugar, al menos en grupo podría darle algo de seguridad a su hijo.

Antes de salir revisó al menor, acomodando sus cobijas le arropó y dio una ligera caricia a la cría de wyvern, que para su desgracia despertó y aparentemente con mucha energía. Sin querer despertar al menor se apresuró a sacar por la puerta al lagarto que apenas superaba el tamaño de un pony robusto... muy robusto, y salió él mismo desperezándose, estirando sus brazos al cielo mientras abría su boca dejando escapar la pereza con un sonoro bostezo. Tras de sí, a paso pesado, el wyvern de gran tamaño imitaba el bostezo de su dueño estirando sus alas mientras ignoraba a la cría que intentaba treparse por su costado iniciando ya, a tempranas horas, juego con su padre.

Era un hombre de rutina, por lo que, incluso en un lugar nuevo enseguida se puso a trabajar, limpiar el área delante de la barraca que ocupaba, pues tener wyverns era mucho más desastroso de lo que podía parecer, llenar de agua el bebedero, que si bien era para caballos los reptiles enseguida se acercaron a utilizarlo. Y asegurando nuevamente que su hijo seguía durmiendo se dirigió al área común donde unos pocos de los mercenarios se servían del desayuno y conversaban animadamente sobre lo que harían en el día, aún demasiado temprano como para que estuviesen todos de píe, sin aún conocer a nadie solo tomó una pieza de pan y queso y se sentó en una zona apartada de la mesa donde no tardó en quedarse dormido tras un par de bocados. Los demás le miraron pero no interrumpieron, acostumbrados a ver nuevos reclutas de tanto en tanto. No muy lejos los dos wyverns jugaban, el mayor le enseñaba al pequeño a cazar, escondiéndose en lugares poco aptos para su tamaño esperaban a que las aves bajasen a picotear los insectos del pasto antes de saltar hacia ellas, a veces cazando alguna y otras veces solo espantándolas. Ya dejando algunas plumas en el lugar de las presas que se comían en el acto.

Un estruendoso sonido despertó al jinete así como llamó la atención de algunos de los que estaban en la mesa, alzando su ojo entrecerrado, cansado, soltó un largo suspiro levantándose, el sonido metálico le resultaba familiar y sabía que podía llegar a ser. A paso lento, aún con el pedazo de queso en su mano se acercó al área donde estaban jugando los grandes lagartos, un estandarte de armas tirado en el piso con las espadas y piezas de armadura desperdigados por el lugar y ambas criaturas mirando al jinete como si no hubiesen hecho nada. No llegó a hablar que el de menor tamaño salió corriendo, huyendo del regaño. Se llevó una mano al rostro y dejó escapar el suspiro más largo de todo el día mientras el wyvern mayor rozaba con su trompa su mano y cuidadosamente le quitaba el trozo de queso, se lo permitió renunciando a parte de su desayuno siguiendo los pasos del wyvern de menor tamaño, alzando trote al escuchar madera crujir y quebrarse, viendo al regordete lagarto meterse en una de las ventanas de una de las barracas rompiendo el marco con sus garras.

Se asomó por la ventana observando el interior, oscuro aún y escuchó los pasos pesados del animal, sus garras cliqueteando contra el piso y el sonido de objetos cayendo - Malva... maldición wyvern estúpido, sal de ahí, no es tu lugar. - escuchando un rugido chico el mayor suspiró y se metió por la ventana con cuidado, asumía que no habría nadie en el lugar por la oscuridad.
Afiliación :
- DAEIN -

Clase :
Wyvern Rider

Cargo :
Mercenario

Inventario :
Espada de acero [4]
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Support :
None.

Especialización :

Experiencia :

Gold :
11


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Re: Desayuno de campeones [Social - Saabirah]

Mensaje por Invitado el Dom Ene 03, 2016 11:20 pm

Una vez finalizada la batalla que había involucrado a su novio y a su amigo tanto como a sí misma, los tres tuvieron que afrontar los percances que surgieron de la misma, que no fueron pocos. No había sido sencillo, en absoluto fácil. Tenían heridas importantes por aquel desmadrado intento de matarse entre ellos y la muchacha no había dudado en cargar a Kija como buenamente pudo hasta la clínica que su padre había montado en la ciudad de Sienne, donde hacía las veces de sastre para aquellos que deseaban poseer prendas que luciesen en su cuerpo como si hubiesen nacido para exponerlas ante el mundo. Era bueno en ambos oficios y le permitían una vida modesta, con la que se encontraba contento, empleando el tiempo restante para seguir estudiando la magia. Pero Athos jamás habría pensado que llegaría a presenciar en su vida, a medias consumida, la existencia de una criatura mágica tan mítica, así como tampoco daba crédito a que su hija hubiera sido herida por él. Recordaba todas sus miradas de reproche y su sinfín de berridos. -¿En qué demonios estabas pensando, Saabirah? Un colosal dragón te afrenta y tú, que ostentas el poder de los elegidos del rayo, permites que prácticamente te arrebate la vida. Lo más importante es tu supervivencia, sin importar las consecuencias y quién tenga que caer. ¿No te importa quiénes debamos soportar tu pérdida? Eres tan irreflexiva como siempre y así no llegarás siquiera a rozar mi nivel. -le espetó, severo, muy severo y maquiavélico. Recordaba esas palabras con que le había sermoneado y la ira electrizante que recorrió sus ojos ambarinos como si portasen una destructora chispa. Pero se contuvo, apretó los dientes y desvió la mirada, su mayor prioridad era que el sabio atendiese las heridas de su amigo, por quien sentía gran preocupación. No tardó en descubrir por palabra de su padrastro que se encontraba en letargo, durmiendo para restaurar un gran daño, no había mucho que el bastón de su padre pudiese hacer pero sanó las magulladuras físicas. Nada podía favorecer la sanación psicológica hasta que despertase. Mientras el padre curaba a la imprudente hija, la discusión entre ambos no hizo sino volverse tremendamente más acalorada, ambos eran personas temperamentales que no iban a dar su brazo a torcer. Finalmente, algo puso fin al enfrentamiento, él estaba equivocado y acabó arrastrándola a cometer otro error del mismo calibre. -¡¡No seré tan cobarde como tú fuiste al abandonar a todos los que te importaban!! ¡No quiero tu misma vida desgraciada! Quiero a Kija y estos arañazos no son nada comparado con tenerle con vida. -un golpe bajo en todo el corazón del hombre puso fin a la trifulca, en que se marchó de allí sin ninguno mediar palabra y con el desfallecido Kija en brazos, haciendo un gran esfuerzo para poder portarlo. Aquella noche había comenzado su arrendamiento de la habitación de La Guardia y era la excusa perfecta para llevarlo allí a descansar hasta que su cuerpo decidiese reactivarse. La gente que había por allí se sorprendía de la visión de una niña enana roja del esfuerzo que estaba haciendo para cargar a un hombre que era claramente más alto y fornido que ella, carente ésta de fuerza. Era tan bizarro y cómico solo escuchar los ruiditos de fuerza que emitía que ni siquiera se ofrecieron a ayudarla -quizás su cara de furia hacia el mundo en aquel momento también tuviese cierto impacto sobre aquella decisión. Al llegar, lo posó en la cama, tratando de olvidar el mal sabor de boca que le había dejado la riña familiar, desconocedora de que volverían a reconciliarse.

-Olvidaba que solo había una cama... -se dijo a sí, misma, jadeante tras poder asentar a su mejor amigo entre las sábanas. Le puso una mano en la frente para comprobar que su temperatura corporal era correcta y luego trasladó sus dedos a la yugular para controlar su pulso. Era como si sólo estuviera durmiendo por un largo lapso de tiempo. Conservaba aquel rostro inocente tan característico suyo y parecía que nada hubiese pasado. Le acomodó el cabello y sonrió un poco, aliviada de haber podido salvarle pero, ¿qué pensaría al despertarse? Esperaba poder aclarar el malentendido pero no se le ocurría cómo comenzar a argumentar cuando él abriese los ojos. Y es que eran los de ella los que se cerraban lentamente mientras velaba su sueño, acabando dormida toda la noche a su lado pero fuera del abrazo de las sábanas, agotada por el esfuerzo descomunal de haberle trasladado hasta las mansiones abandonadas.

Despertó temprano en la mañana y el estado del joven seguía siendo el mismo. Esbozó una mueca de resignación, mientras su estómago rugía tan fuerte que tuvo que mirar de nuevo para el albino y asegurarse de que no se había transformado. -Kija se molestaría si supiese que ya va a hacer un día que no como. Le dejaré una nota por si despierta, seguro que lo comprenderá. -además de que ella era una gran amante de la gastronomía y no le gustaba saltarse un solo plato siquiera. Redactó un pequeño escrito aclarando lo sucedido, pero estaba completamente segura de que su hibernación duraría un tanto más. Acudió al cuarto en que se servía el desayuno a todos los miembros del gremio, pero sin mediar palabra con nadie. En medio de miles de conversaciones alegres y bromistas se encontraba una muchacha solitaria de mirada inquisitiva que escuchaba todo sin mediar palabra, enterándose de sus preocupaciones pero despreciándolas por considerarlas banales y aburridas. Sabía que el líder de todos ellos la había instado a conocer a sus compañeros pero, ¿por qué todos le parecían tan vacíos? No se relacionaría con cualquiera, eso lo tenía muy claro, menos incluso cuando estaba de tan pésimo humor porque todo eran problemas.

Un estruendo la sacó de sus cavilaciones. Unos wyvern estaban jugueteando y habían derribado unas armas que se hallaban en un estandarte. Se levantó discretamente, como si se dirigiese a servirse una porción de comida, y pudo verlos a ellos con claridad, así como a su aparente propietario. Una lucecilla se encendió en su cabeza e iluminó en gran medida su día: ¡Los wyvern, en cierto sentido, eran dragones! No eran como aquella persona que había sentido dentro de ciertas escamas tornasol, se trataba de mascotas adorables y sin un raciocinio tan complejo. Pero podría ayudarle el hecho de observarles de cerca y comprenderlos como si fuese una labor de investigsción, por lo que no dudo en seguir al hombre del parche cuando salió corriendo detrás de su escamoso par de responsabilidades.

-¡Hey, espera! -exclamó, pero no parecía que la hubiesen escuchado ninguno de los tres, por lo que continuó con su odisea en la semana de los dragones problemáticos. Echó a correr tras ellos sin dudarlo un solo instante, esquivando los obstáculos a base de saltos y recurriendo a la flexibilidad, que era una de sus escasas virtudes motrices. Consiguió alcanzarles tras seguir su periplo hacia las barracas, en donde él estaba mirando hacia la penumbra a través de una ventana, para luego introducirse en el interior. Asomó la cabeza y se coló también, en actitud algo ingenua, hasta que quedó tras de él, y posó la mano sobre su hombro. -Hola, me llamo Saabirah, ¿y tú? Encantada de conocerte en este lugar tan... Tenebroso y poco acogedor. -lo abordó, sin darse cuenta de que la situación y su manera de presentarse podrían resultar abruptas a más no poder. Estaba siendo brusca y el ambiente podía resultar lo suficientemente lóbrego como para meterle un susto. Sin embargo, quien se sobresaltó fue ella al ver que unos  ojos rasgados relucían en la oscuridad con un fulgor digno de criaturas no humanas. Tras haber leído tantas leyendas antiguas acerca de monstruos imbuídos en supuesta energía oscura, fue incapaz de asociar que era el dragoncito pequeño haciendo un estropicio de los suyos por pura travesura y se temió estar viendo a un ser del inframundo. -¡Socorro, una criatura maligna! ¡¡No quiero morir, haz algo!! Iba a convertirme en una prometedora archisabia y ahora me van a comer. ¡Esto me pasa por salir sin mi tomo! -exclamó, con lamentos a voz en grito, mientras se lanzaba hacia el cuerpo de Haar y se colgaba de su lateral haciendo pinza con piernas y brazos por igual. Ella solía ser la que tenía agallas de todas las veces en que se había encontrado en peligro, pero no había bajado el tomo a desayunar, por lo que no pudo evitar ceder a sus pavorosos instintos. Era mejor para el wyvern el hecho de no ser electrocutado, pero ella estaba histérica hasta el punto de aferrarse a un desconocido de manera indigna.
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