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Oasis Carmesí | Campaña Libre | Pelleas |

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Oasis Carmesí | Campaña Libre | Pelleas |

Mensaje por Invitado el Jue Dic 17, 2015 4:46 am


Oasis carmesí
Campaña libre | Pelleas |

Micaiah vio las primeras luces del horizonte amanecer sobre el vasto desierto de Grann. Más allá del lugar donde la arena se convertía en césped, para después volverse carbón. Más allá de los reinos de Gallia y Crimea, el sol comenzaba su trayecto por sobre las entonces frías arenas que yacían bajo los pies de la mestiza, las cuáles estarían por retomar su sofocante calor.

Había sido una noche de larga, la cual había pasado caminando en su enteridad. Le pareció que el frío del desierto, aunque horrorosamente gélido, no se comparaba con el abrasador calor del desierto durante el día. Por eso había decidido viajar de noche, y no había sido tan mala idea, con excepción de un par de detallitos.

Detallitos como ese de no haber dormido desde hacía unas 20 horas, por ejemplo. Además de otro par de pequeñeces como el hecho de que su visión en la noche era horrible. Aún contando con la luz de la luna y las estrellas, y de la de su antorcha, no pudo evitar tropezarse un par de veces con los pedrejones que solía encontrar en el camino.

Con ojeras en el rostro y raspones en las rodillas, Micaiah se apresuró a dar los últimos pasos para entrar al pueblo que llevaba horas buscando, tanto así, que había comenzado a dudar seriamente de su existencia. Después de todo, la única pista que tenía eran las palabras de un par de mercaderes del ducado que colindaba con las arenas desérticas, además del camino que guiaba al pueblo, el cuál era tan tenue y delgado que apenas se diferenciaba del resto del terreno.

Pero al fin estaba por cruzar el portal de la aldea. Ubicado sobre un oásis de agua dulce, y resguardado dos sólidas formaciones de roca natural, le habían dicho que el pueblo era un punto de partida para los pocos que se atrevían a viajar por el desierto, siendo además bastante popular entre los mercaderes de la zona. Micaiah había decidido proseguir su viaje hacia el sur por los terrenos montañosos que separaban los ducados de Begnion con la región de Grann, siempre de cara al desierto, y la ubicación del pueblo le parecía ideal para comenzar a aprovisionarse.

Pero al entrar, no encontró el avivado bazar del que tanto le habían hablado los posaderos de Seliora. La vista que se encontró tras cruzar el portal era desolada y silenciosa. Una gran multitud de puestos yacían sobre la calle principal, hecha de piedra, todos ellos vacíos, y el mercado sin ningún alma a la vista. A Micaiah le entró una desagradable sensación, entre el miedio y la curiosidad, que le revolvió el estómago. Embobada por el ambiente a su alrededor, tardó un poco en percatarse de que había pisado algo extraño.

Miró hacia abajo, sólo para encontrarse con un par de palos blanquecinos manchados de arena. Levantó uno de ellos, observándolo con detenimiento.

¡E-EEK!—, exclamó agudamente, tras soltar el hueso que recién había descubierto. Pero bien podría haber sido un hueso animal, ¿no? No quería apresurarse a sacar conclusiones. Suspiró, y continuó avanzando por la desolada calle.

El viento, que hasta entonces había permanecido quieto, sopló una leve brisa que le llevó un desagradable olor, similar al de la carne en putrefacción. Eran trazas tenues y apenas perceptibles, por lo que Micaiah decidió ignorarlas. Quizás un animal grande había muerto en los alrededores del pueblo. Eso fue lo que prefirió creer, y es que le asustaba pensar en otras razones acerca del nauseabundo olor.

Siguió caminando, en busca de una señal de vida en aquél lugar, hasta que se encontró con una torre hecha de piedra amarillenta, la cual se apoyaba en uno de los muros naturales de piedra que bordeaban al pueblo, justo en el centro de la calle. Su forma semicircular estaba construida muy toscamente, y Micaiah habría jurado que dicha torre era un poco más ancha que alta. Sus pensamientos se vieron interrumpidos tras escuchar una voz suave e infantil, que parecía venir detrás de la gruesa puerta de madera que sellaba la torre.

¿Quién eres? ¿É-eres humano?—, le preguntó una vocecita que no pudo evitar encontrar tierna, poco antes de que se abriera la puerta que estaba frente a ella.

Micaiah encontró que, efectivamente, se trataban de dos pequeños, un niño y una niña, ambos de unos diez años de edad. Tenían cabello oscuro y piel morena, y estaban vestidos en ropas que no parecían ser propias de la gente común, sino de algún noble o de un mercader adinerado, pero que sin embargo mostraban algo de desgaste.

Pero hermano, mira sus ojos. Son horribles, ¡no la dejes entrar!

¿Qué? Ah… No, pequeña—. El par se veía bastante asustado, en especial la niña, por lo que Micaiah trató de hablar amigablemente, a pesar de los crueles comentarios sobre sus ojeras.— Éstas son por...

¡Un bastón!—, dijo repentinamente el niño, señalando el báculo que la viajera cargaba en su espalda—. ¡Mira, de esos como los que el clérigo Demian usaba!

Micaiah pudo ver una enorme silueta humana que aparecía por detrás de los dos niños, escondida por la sombra de la torre. No tardó mucho tiempo en darse cuenta de que no era la sombra, sino simplemente un hombre de piel muy oscura.

¿Un bastón, dijiste?— Tenía una voz muy oblicua y profunda. Su rostro era de facciones toscas y tan definidas que parecía labrado en piedra. A comparación de los dos hermanos, él sí que portaba vestiduras típicas de un pueblerino.

Señorita… ¿usted sabe usarlos?—, preguntó la tímida voz de la pequeña.

Micaiah ya tenía bien en claro que algo malo había pasado en el lugar. Habría preferido ignorarlo, pero… No podía ignorar a quienes tenía enfrente, ni aunque quisiera. Pudo ver que obviamente necesitaban alguna especie de ayuda.

Así es. ¿Necesitáis algo en particular?

Por unos segundos, se hizo un silencio espectral. Sólo podía escuchar el silbido del viento que se intensificaba cada vez más, mientras se preguntaba en qué tan seria sería la situación que tenía que afrontar.

¡Entre, rápido!—. El hombre parecía haberse alterado repentinamente. Micaiah apenas y tuvo tiempo para ver lo que estaba emergiendo detrás suyo.

¡Aaah!


La luz de su pequeño báculo apagó por completo su luz, mientras las heridas gangrenadas de la mujer de piel clara y cabellos caoba se emblanquecían poco a poco.

Ésto… Ésto es todo lo que puedo hacer por ahora. Debe descansar. También podría aplicar un ungüento, pero las hierbas no son del todo fáciles de conseguir, y…

¡Muchas gracias, señorita Micaiah! ¿S-se va a salvar, verdad?.

¡Por supuesto! Tú confía en mí—. Tomó a la pequeña de las manos, mientras le dirigía una sonrisa enorme. Sonreír. No podía permitir que esa sonrisa se esfumase de su propio rostro, jamás. Era difícil, sí, pero la satisfacción de ver dicha sonrisa transmitirse a los demás era inigualable.

Micaiah supuso que tal vez sería bueno quedarse un par de días más en el lugar. La torre guardaba provisiones de sobra, y con ella sólo sumaban cinco habitantes. Según las palabras del fornido guardián de la familia, todos los demás habían perecido en el ataque Emergido que había tenido lugar hacía cinco días. Desde entonces, los demonios de ojos carmesí merodeaban por el poblado. Micaiah se había salvado por pura casualidad, y se sentía en deuda con los curiosos habitantes de la torre.

¡Mira, Belri!— Belri era el nombre del único guardia de la familia que había sobrevivido— ¡Alguien viene! ¿Es papá?— Parecía ser que el padre de los niños, y esposo de la dama que se encontraba postrada en la cama, se encontraba lejos, en Begnion. Pero los chiquillos afirmaban que volvería pronto.

A Micaiah le entró la espinita de la curiosidad, y decidió mirar por el ventanal junto a los niños. En efecto, un hombre parecía acercarse. ¿Acaso era el padre que tanto extrañaban los pequeños?

¿Quién es ese de ahí? ¡No se parece en nada a papá!— Bueno, eso respondía a su pregunta.

Micaiah—, le dijo Belri, con un tono que activó las alertas de la curandera—. Mire hacia la otra entrada.

El inclemente sol brillaba por sobre el cielo del mediodía. El pueblo fantasma parecía ondular con el calor del desierto, y ahí, por el lugar opuesto a donde Micaiah había entrado, una brigada de unos diez emergidos entraba con una marcha tan silenciosa como terrorífica.

¿Más muertos? P-pero estaremos seguros aquí, ¿verdad?

Por supuesto que sí, s-sólo resguardaos junto a los aposentos de su madre. Les avisaremos cuando se hayan ido—. Estaba haciendo todo lo posible para no preocupar a los niños.

Micaiah… creo que usted debería ir también—. La mirada de Belri estaba llena de consternación.

Me encantaría hacerlo—. Micaiah desvió su mirada hacia el suelo. Por su propia seguridad. de verdad que quería resguardarse en el lugar más seguro de la torre, junto a los pequeños y a su madre. Sin embargo, no podía dejar de pensar en el hombre que se acercaba al poblado. Estaba segura que Belri no podía dejar el lugar, pues era su deber proteger a quienes ahí habitaban.

Y lo haré—. Exhaló un pequeño suspiro—. Pero primero tengo que avisar a la persona de allá del peligro. Lo siento.

Alguien como yo no está en condición de juzgarla. Pero tiene que volver a salvo.



Micaiah apenas había alcanzado la entrada al pueblo, pero su cuerpo estaba ya comenzando a cansarse, y podía sentir como el aliento se le iba con cada paso. Pero aún así no aminoraba su correr ni un poco. Tenía que llegar a aquél sujeto, antes de que fuera demasiado tarde. ¡Y estaba por lograrlo! Sólo un poco más. Incluso había comenzado a inhalar aire con sus pequeños pulmones para gritarle al viajero.

Al mirar hacia atrás, dicho aire se escapó de su boca con un grito lleno de terror. Dos emergidos, ambos portando una espada que por el óxido apenas brillaba ante la luz del sol, se acercaban hacia ella. No había dormido desde hacía más de un día, y aunque había hecho todo lo posible, el cansancio había terminado por agotar su físico.

Desde que había llegado al pueblo, había comenzado a empujar su cuerpo y su mente casi hasta el límite. Sus bastones sanadores solían drenar su propia energía para crear esas milagrosas curaciones. Y en aquél caso, había quedado agotada. Había decidido ignorarlo, pero finalmente el inclemente calor del mediodía y el cansancio habían comenzado a cobrar deudas en la mestiza.

“Aún puedo hacerlo”, pensó, mientras su cuerpo caía al suelo de piedra. No podía rendirse todavía. Había gente que dependía de ella.
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Re: Oasis Carmesí | Campaña Libre | Pelleas |

Mensaje por Pelleas el Lun Dic 21, 2015 10:01 pm

Era hora de continuar su camino, despedirse de Tellius otra vez. Había terminado con sus asuntos en Begnion y hasta había permanecido más días de los necesarios en la capital, enviando un par de misivas a casa, reuniéndose con emisarios, recibiendo nuevos fondos, planeando, descansando; demorando, en el fondo, su partida a otro mar y otra costa. Cumplido el deber, agotadas las excusas y extendido de sobra su reposo, no quedaba más que hacer sino dar media vuelta y regresar a la inmensidad del mundo, nuevo oro en sus bolsillos como único símbolo de su Daein.

Se alejó de la ciudad de Sienne a solas, como hasta entonces se había mantenido y como al fin y al cabo le sentaba mejor. Si tan sólo el viaje no se le hiciese tan infinito ya. Los meses lejos del hogar habían comenzado a pesar sobre sus hombros, pero más que cualquier otra cosa, lo que apenas soportaba era el saber que aún no estaba listo para mostrarse de regreso en Nevassa. Aún no sentía que hubiese cambiado, que se hubiese fortalecido, mucho menos que se hubiese vuelto digno de su sangre y su futura corona. ¿Cuanto tiempo más sería hasta que sintiese correcto volver? Nada le ataba sino su propia decisión, pero aún debía regresar al instituo en Plegia para algunas pruebas, no visitaba todavía la escuela nigromante de Renais y si estudiaba allí, tendría como mínimo otro medio año lejos. También había oído de un culto espiritista en algún lugar de Elibe, lo mismo en Jugdral, y si lo investigaba, podía ser que ambas cosas valiesen un viaje, por no mencionar la visita que debía a las iglesias de Grima en Nohr. Faltaba tanto camino por recorrer. El ya añorado Daein, añorado continuaría.

Sólo quedaba una cosa más que quería hacer mientras estaba en tierra y Begnion se le antojaba el lugar indicado para hacerla, tan extenso y silente. Había comprobado ya el aislamiento de sus más lejanos ducados, los terribles sucesos que podían ocurrir en estos sin que un sólo testigo existiese para reportarlos. La realidad podía ser abominable. Pero un lugar así, algo perdido de los ojos de la historia, era exactamente lo que necesitaba.

Algo como el desierto de Grann y los pequeños asentamientos que oía que existían en él, a los cuales se disculpaba ya, en fuero interno, por lo que haría.

Primero, necesitaba un poblado recóndito y pequeño. Necesitaba que estuviese en la ruta usual de los emergidos, aunque suponía que de fallar eso, podía llegar a arreglar un desvío o atraerlos de algún modo. Estaría bien, no era como si planease sacrificar a nadie, las ideas que probaría serían para un bien bastante mayor y, a fin de cuentas, ese era sólo Begnion. Los territorios fuera de su capital estaban desamparados ya. Aunque era la primera vez que hacía algo así... al borde del desierto, en la última gran ciudad en pie, pidió direcciones para cruzar Grann de lado a lado, enfatizando en que necesitaría lugares de descanso, pueblos más pequeños en el camino. Sus manos temblaban de sobremanera en ese momento, aferradas a la correa de su bolso o apretadas contra sí, hundiendo sus uñas en las palmas de sus manos para mantenerse tranquilo. Obtenidas las indicaciones, pagó con un generoso manojo de monedas de cobre un aventón que le adelantase en su camino, y en lúgubre silencio dirigió sus pasos hacia el más pequeño oasis del que se sabía, un pueblo poco más grande que un fuerte, pues justamente se alzaba sobre los restos de uno.

Apenas culminaba la mañana cuando se aproximó lo suficiente como para ver el lugar en el horizonte, perdido entre la area, pero con un claro deje atrayente en el aire, el aroma del agua dulce. Hasta ese momento, jamás había notado que el agua pura tuviese aroma. Desprendido de su capa blanca y sujetándola sobre su cabeza como única fuente de sombra, pues francamente no había estado pensando en eso, el mago oscuro evaluó el lugar en cada paso que le acercaba a él. Parecía tranquilo. Si tenía el lugar pero no a los emergidos, no serviría de nada. Por otro lado, parecía vacío, y si estaba completamente despoblado tampoco serviría. Realmente esperaba no tener que seguir andando hasta otro sitio...

Una persona parecía estar saliendo del pueblo. Entornó la vista, apenas distinguiendo la figura contra el brillo del sol y los reflejos de la arena; un manto blanquecino destellaba también sobre ella, como si su cabello y su piel carecieran de color, pero bien podía ser el calor jugando con sus sentidos. Ya tenía una presión incómoda en la cabeza y si la mujer estaba intentando decirle cualquier cosa, no podía oírla, no a través de sus oídos tapados. Al menos así sabía que el lugar no estaba vacío, pero alguien debía decirle a la pobre muchacha que no corriese, que en tan arduo clima no le haría bien. Surgiendo de entre la arena ondulante y cegadora, dos personas más aparecieron tras ella. Personas armadas. ¿Bandidos? No era asunto suyo para interferir, pero ella parecía estar a solas y al verla caer, seguramente por un tropiezo, Pelleas sintió su garganta cerrarse en pánico. Había visto tantas terribles cosas, ciudades infestadas, lugares caídos, paisajes muertos y quietos como si el fin del mundo los hubiese alcanzado, pero nada tan real como lo que frente a sus propios ojos podía suceder, en ese momento, y no creía que su estómago lo soportase. No se creía capaz de dejarlo suceder.

Estaba demasiado lejos aún. Apenas sujetó su capa en su brazo al apresurarse adelante, metiendo torpemente una mano en su bolso para buscar un libro de magia; correr y buscar a tientas a Ruina probó ser bastante más simple que correr, sujetar el libro entreabierto y recitar el conjuro a memoria, perdiendo su aire y maldiciendo su mediocre condición. Al menos no necesitaba leer tan familiar encantamiento. Entre la luminosidad del mediodía desértico, surgió a su alrededor una familiar y reconfortante oscuridad, un espeso humo que disipaba aquel infernal calor. Al notarlo, aliviado, Pelleas se detuvo para adelantar el hechizo de sí, desplazando la sofocante negrura por sobre la muchacha y alrededor de ella. No suponía que le fuese agradable, la magia oscura no tendía a producir mucha confianza, pero podía controlarla con suficiente cuidado como para no dañarla, apenas  resguardarla del sol tanto como de sus atacantes; el humo ingresaba en sus bocas, sus oídos, cubría sus ojos, atravesaba sus pechos como si de nada sólido se tratase, torciendo sus facciones en gestos de mudo dolor.

Eso le daba un poco más de tiempo. Alcanzó finalmente a la muchacha, agitado y más mareado que antes, titubeando al intentar hablarle. - S-Señorita. Señorita, despierte, hay-- - Se interrumpió al ver a los bandidos despabilar de la maldición que les había afectado. No tenía exactamente tiempo para hablar. En susurros volvió a recitar, preparando otro hechizo, mas el proceso era terriblemente lento en comparación al simple blandir de un par de espadas; la primera, no vio más opción sino bloquearla con lo que tenía entre manos, el mismo libro de magia. La hoja se incrustó en la dura tapa y allí quedó unos momentos, mientras no lo rompiese por completo, supuso que estaría bien, y con la voz temblorosa continuó recitando, aumentando la fría sombra que se alzaba a su alrededor. La segunda hoja no fue tan desventurada y en un momento de pavor y falta de reacción, el mago la bloqueó con su propio brazo. El dolor tardó en venir, estallando apenas cuando el filo chasqueó contra hueso. Gritó a quebrada voz, y contra el sonido húmedo de la sangre cayendo de a borbotones pudo volver a conjurar, envolviendo en humo oscuro a los emergidos y apartándolos. La magia se encargaría de sofocarlos.
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Re: Oasis Carmesí | Campaña Libre | Pelleas |

Mensaje por Invitado el Jue Ene 07, 2016 6:06 am


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"¡Aún... puedo...!" sus piernas habían comenzado a temblar, y de su frente surgieron un par de gotas de sudor. Eso era un problema considerable, y es que, a pesar de la pobre condición física de Micaiah, rara vez sudaba. Pero tenía un par de cosas de las que preocuparse más en ese momento. Y ese par de cosas le estaban persiguiendo a una velocidad abrumadora.

Sus pies y sus piernas se movían torpemente por sobre la piedra cubierta de arena, a pasos tan abruptos como irregulares, hasta que finalmente su pie izquierdo le traicionó, tropezando con una piedra que sobresalía abruptamente del camino.

El impacto de la caída no le sentó nada bien. A pesar de aterrizar sobre sus rodillas y brazos, pudo sentir el golpe en todas sus extremidades, acompañada de un pequeño y agudo gemido. Sentía como su aliento se escapaba de su boca, mientras intentaba recuperar recuperar el aire en vano. Los latidos de su corazón le pesaban tras cada pulso, y pudo sentir como sus ojos se cerraban, mientras la oscuridad engullía todo a su alrededor. Agachó su cabeza hasta que ésta tocó el suelo, mientras sentía como incluso el opresivo sol del desierto se disipaba a su alrededor.

Aún así, los retumbantes latidos que sentía en su pecho nunca se detuvieron. Sólo se atenuaron, a la par que su respiración. A sus oídos llegó un curioso sonido, similar al que hacía el viento al soplar con fuerza. Abrió los ojos para dejar salir una pequeña lágrima de su ojo derecho. La arena a su alrededor estaba teñida por una robusta línea sombría que delimitaba los rayos de luz a los costados de ésta. Una vista bizarra que Micaiah no pudo terminar de comprender.

Logró escuchar una voz farfullante y suave, tan delgada como un fino hilo de seda. Finalmente, levantó la mirada. Se encontró observando un rostro forastero, un hombre de cabellos azules y ojos temblorosos. Sostenía un libro grande, y de su cuerpo emanaban torrentes de un aura oscura que opacaba el sol que ardía sobre sus cabezas.

¿Quien…?—, balbuceó mientras se frotaba los ojos. Aún tardó un rato en tomar consciencia de lo que estaba sucediendo. Después de todo, nunca había visto uno de ellos. Un mago de oscuridad. Había escuchado y leído sobre ellos, sí, pero jamás había presenciado con anterioridad a alguien ejecutar tales ritos de magia arcana. Después de todo, no era particularmente común ver alguno de ellos en las calles. Tampoco eran muy bien vistos en los pueblos y aldeas que solía visitar. Y podía comprender más o menos el por qué. Después de todo, eran poseedores de una reputación cruel y desagradable. Se les conocía como portadores de plaga y malestar, de ruina y destrucción. Y había quienes se atrevían a decir que habían tenido papel en la aparición y el control de los emergidos.

Le dio la impresión de que pronto descubriría si dichos rumores de nigromancia eran verídicos o si se trataba de simplemente eso, un rumor. Se arrastró por detrás del mago, vacilando sobre el curso a tomar. Sin embargo, estaba segura que jamás se habría perdonado abandonar a los supervivientes que habitaban la torre. De todos modos, nada cambiaba el hecho de que el poder que estaba presenciando era uno definitivamente aterrador. Pero al parecer, el hechicero estaba intentando protegerla, ¿verdad?

Los emergidos estaban siendo atravesados como el mismo aire por esa sustancia negra que el mago parecía manipular a voluntad. Sin embargo, no dudó de su poder al ver como detenía el avance de los emergidos. Volvió a cerrar los ojos con un momento, mientras hacía lo posible por reincorporarse. Una vez que se puso de pie, miró hacia el suelo y apretó su puño contra el pecho suavemente, en un gesto que desde hacía tiempo estaba acostumbrada a hacer. ¿Podía confiar en el chamán?

Ah, pero no tenía tiempo para vacilar. Los muertos andantes se aproximaban. ¡Y tenía que hacer algo más que rezar! Se preguntó también si los de la torre podrían resistir. Ese tal Belri estaría solo, y...

Sus introspección se vio interrumpida al observar como los viles enemigos se acercaban al mago.

¡Cuidado!— Como era de esperar, su advertencia sirvió de poco, y dos hombres de piel pálida y putrefacta se acercaron demasiado al mago, y Micaiah no podía hacer más que observar como una de las espadas penetraba en el brazo de quien la estaba defendiendo... ¡se sentía tan inútil!

Micaiah tomó el báculo que colgaba de su espalda, y lo levantó en dirección al peliazul.

¿E-estás bien? ¡Tienes que resistir!— de la cabeza de su bastón surgió una luz blanca que apenas se lograba distinguir bajo el brillante sol del desierto.

S-soy Micaiah—. Bueno, lo cierto es que las formalidades le parecieron algo innecesarias en ese momento, mas su nombre salió por mero instinto— Me encargaré de sanar tus heridas . P-pero necesito tu ayuda... En la torre de allá hay un par de personas indefensas, ¡tenemos que salvarlas! ¡hay niños ahí! —. Sus palabras salieron tan rápido de su boca que Micaiah comenzó a dudar de la inteligibilidad de éstas.

La tarea sería un tanto complicada, pues tendrían que avanzar de cara hacia los emergidos, pero Micaiah sabía que darse la vuelta y huir no era una opción. No para ella.
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Re: Oasis Carmesí | Campaña Libre | Pelleas |

Mensaje por Pelleas el Miér Ene 13, 2016 6:25 pm

Escuchaba a la chica tras de sí murmurar y quería volver su atención hacia ella, asegurase de que estuviese bien, tan pálida que temía que el sol o el contacto con la arena caliente la dañaran. Pero no tenía momento para dedicar a ella, más que una rápida mirada por sobre el hombro, que muy poco reveló fuera del hecho de que estaba despierta aún. Eso era bueno, al menos, aunque saber que estaba allí y que era consciente de cada acto suyo le hacía sentir increíblemente presionado. Parecía imposible, que algo así pudiera afectarlo cuando tenía una preocupación mucho mayor en frente y el dolor le paralizaba el brazo, tan surreal como ver un filo enterrado tan profundamente en él.

¿Por qué debía de ponerse nervioso en un momento tan crucial? La garganta se le cerró otra vez, cortando su voz. Aquella era una responsabilidad que jamás había tenido, la de ser el único interpuesto entre la supervivencia y la muerte de alguien. Siempre habían estado protegiéndolo a él, después de todo, fuesen los soldados del reino, la servidumbre, inclusive la gente que había conocido en su viaje... si lo pensaba, apenas y se había cuidado a sí mismo en alguna ocasión, ni hablar de cuidar a otra persona. Le alegraba y a la vez le aterraba tener la posibilidad entre manos y haber intervenido a tiempo, pero creía, creía que podía lidiar con ello. Quería poder hacerlo, cuanto menos.

Con un sonido metálico que resultaba enfermante a sus oídos, la espada fue retirada de su brazo por la fuerza del mismo soldado que la portaba, al ser empujado hacia atrás por el hechizo. No tuvo la más mínima idea de qué hacer consigo mismo en el segundo siguiente, en que se avivó el horrible ardor de la herida expuesta, mas no llegó a hacer más que presionar su capa contra la herida cuando un cosquilleo le robó del dolor. Sus pupilas se habían contraído en pánico, las piernas le temblaban de sobremanera y sentía una gota de sudor bajar por el borde de su mandíbula, pero el insoportable dolor se estaba desvaneciendo así como así, y con un cosquilleo extraño la herida se cerraba a sí misma, reparando la piel como si no hubiese sucedido nada. Una fresca y revitalizante sensación le envolvió el cuerpo entero. Reconocía el milagroso efecto de un báculo sanador, sin embargo había fallado en notar que la muchacha cargaba uno, para empezar. El sosiego le inundó.

- M-Me encuentro bien, descuide, lo ha solucionado muy rápido... cielos, no puedo creer que lo ha hecho tan rápido, muchísimas gracias. - Exhaló sus palabras con sumo alivio, bajando los hombros. El primer crítico instante había pasado y estaban ambos vivos. Pelleas retrocedió un par de pasos, y mientras sus perseguidores se esforzaban por quitarse el paralizante dolor que los obligaba a caer de rodillas, escuchó las palabras de la chica.

Realmente no era bueno con el contacto visual, pero hizo un esfuerzo por mirarla, aunque fuese un efímero segundo. Una sanadora de cabello plateado casi blanquecino, ojos dorados... de algún modo, se le hacía familiar. No reconocía su rostro, estaba seguro de que tampoco había oído su nombre antes, pero era como si de un personaje novelesco se tratara, alguien cuya sola descripción le acudía a la mente, sin nada más tangible. Por más que lo intentase, nada acudía a su mente. Supuso que no era importante e intentó reaccionar rápido frente a la urgencia de la situación, aunque la prisa tan sólo lo hacía torpe; volvió la vista rápidamente hacia la torre que Micaiah nombraba, a tiempo para ver una puerta entreabierta y una pequeña cabeza asomarse, antes de retroceder y cerrar de regreso. - Entiendo, - Dijo, asintiendo. - Haré, um, lo que pueda. Soy-- - Enseguida decidió en contra de presentarse, sería engorroso dar explicaciones en ese momento y se limitó a callarse y echar a andar.

No sin Micaiah, por supuesto; no sólo porque le preocupaba, sino porque de lo contrario estaría a solas con la responsabilidad, algo que la parte más cobarde de su mente no querría tener que afrontar. Llevó una mano a su espalda y la impulsó adelante, pretendiendo ir siempre detrás, donde podía vigilar a los enemigos que ya se ponían de pie nuevamente. No se había dado el tiempo de terminarlos, mas de algún lugar entre la arena había surgido el resto de lo que debía ser su escuadrón. Casi una docena de ellos. Y entre un mago y una sanadora no estaban exactamente bien defendidos; tragó saliva y se dijo, desde ya, que era afortunado de tener una alta resistencia al dolor. Abrió de regreso el maltrecho tomo, la tapa casi partida en dos; el humo oscuro de antes volvía hacia él, regresando a su tomo y a sus manos. No había otra forma de manipular la magia oscura, que residía dentro del iniciado, obraba conforme al hechizo le ordenaba y regresaba a su dueño. Contando aún con bastante energía para gastar, Pelleas dirigió un segundo ataque a los espadachines, llevando el humo rápidamente a través de una caja torácica y la otra con un gesto decisivo de la mano, para extraerlo de regreso con un similar movimiento. Esta vez la vida sí fue vaciada por completo de los rostros inexpresivos, que con el pulso detenido cayeron de regreso a la arena. Dos menos, y sin tiempo para hacer más, corrió tras Micaiah.

- ¡Vaya adelante! - Avisó sin chistar, mirando constantemente por sobre su hombro para confirmar la posición de sus enemigos. Al menos no había arcos de los cuales preocuparse, tan sólo aquellas espadas oxidadas y un par de hachas cortas. Muy cortas. Pelleas comprendió que se trataba de arrojadizas demasiado tarde, cuando un emergido alzaba la suya por sobre su cabeza y la aventaba con un gesto brusco, apuntando a derribar a la sanadora. - ¡Micaiah! ¡Baje la cabeza! - Avisó, sin poder creer que no tartamudease en ese momento.  Estaban demasiado cerca de la torre, no pudo evitar notarlo con un deje de ansiedad. Habían personas allí, personas indefensas. Más responsabilidad sobre sus hombros. Se le antojó huir del asunto inmediatamente, las manos le temblaron, pero ya estaba allí y la verguenza no le permitiría volver a dormir si abandonaba.
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Re: Oasis Carmesí | Campaña Libre | Pelleas |

Mensaje por Marth el Mar Mayo 03, 2016 11:54 pm

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