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Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

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Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Lun Nov 23, 2015 9:32 pm

No había ruta más larga ni más solitaria que la de los despojos de Begnion. No había en el mundo nación más extensa, antes orgullosa de aquellas lujosas villas y fértiles territorios, transformada ahora en el más grande reino fantasma. Era demasiado territorio como para protegerlo todo, Pelleas había leído al respecto y en su momento había comprendido que lo más sensato era abandonar todo y centrar las defensas en la capital, pero resultaba abismal ver todas esas rutas vacías y los palacios aún allí, como si a nadie le importase lo mucho que debían valer. Un desperdicio descomunal. Y no había nada que pudiese hacer al respecto, ni siquiera servirse él mismo de los palacios, pues no tenía motivos para detenerse todavía. Debía de continuar su camino hasta Sienne, suficientemente lento iba por sí sólo al no contar con un caballo o un carruaje, tan sólo un buen mapa de las rutas de la zona y su grandiosa paciencia para cruzarlas.

La gloriosa marcha a casa. El retorno del hijo pródigo. La ruta de Pelleas en aquel momento no era ni una cosa ni la otra, ni siquiera el final de su travesía. Se había propuesto no volver a Daein sino hasta que se tratase, efectivamente, del orgulloso retorno del heredero digno; se acercaría, se detendría en la capital Begnion un corto tiempo para encargarse de un par de asuntos y entonces probablemente se daría media vuelta, enviando a su tierra nada más que sus saludos. No había gloria en la larga y silenciosa caminata, sólo el tedio de una parada más y un tanto de melancolía por el hogar que debía mantener aún lejos de sí.

Arrastró los pies un poco en el camino de tierra, tomándose su tiempo en caminar. Nada ganaría agotándose de sobra o causándose dolor de pies antes de tiempo. Y suponía que nada tenía a lo cual temer; en mayor parte era invisible, pocos conocían su rostro como el del príncipe de Daein y tendía a llamar muy, muy poco la atención, especialmente a solas. Ver caer la noche en la ruta sólo le inquietaría si no veía refugio cerca, pero había avistado hacía rato ya un hilo de humo entre los árboles, por lo que suponía que aquella parte estaba cubierta. Tardaba horas en aproximarse, como mínimo hacía 2 que había comenzado a acercarse al humo, pero ya casi llegaba y el tiempo sobraba, pues aún había luz de día.

El olor a cosas quemadas llegó pronto a su nariz. Algo que venía naturalmente con el humo. No obstante, a medida que se aproximaba más, el aroma se tornaba abrasivo y desagradable, como a grasa quemada de sobra, como a una mezcla de sudor y metal. Consultó su mapa, debía de estar ingresando a un pueblo, el pueblo de un ducado pequeño. Estaba en la ruta correcta. Apresuró el paso, intentando hacer caso omiso del aroma y darse tiempo de acostumbrarse a ello, seguramente luego dejaría de notarlo.

Resultó estar casi en lo correcto. Sí logró acostumbrarse un poco al olor, que tan sólo se intensificaba al acercarse al lugar. Lo que encontró allí, sin embargo, no entraba bajo ningún estándar en lo que esperaba: viejos incendios se apagaban por sí solos ya, al haber carcomido hogares y establos hasta los cimientos. El olor a grasa quemada no podía provenir sino de los cuerpos que, ennegrecidos, yacían todavía dentro. Otros tantos permanecían en los caminos de tierra, algunos hinchados en la menos vistosa fase de la putrefacción, otros ya cubiertos de moscas. Las ropas de los cadáveres estaban rasgadas, los bolsillos volteados y, como era de esperarse, ninguna clase de joya o de moneda permanecía. Habían algunas armas en el suelo, más que nada rastrillos y lanzas de hechura barata, meras varas con puntas de piedra unidas, mas era fácil notar que las que habían allí eran sólo las que estaban quebradas, o demasiado simples como para ser de uso confiable. ¿Cuanto tiempo llevaba todo eso así? ¿Cuanto tiempo podía pasar sin que nadie notase tal destrucción? Aún había un hálito de humo siendo empujado por el viento de acá para allá, mas el resto era naturaleza muerta, un trasfondo quieto como una pintura, probablemente destinado a seguir así, solitario y estático en mitad de los páramos abandonados de Begnion. Pelleas se cubrió la boca con una mano, más por la impresión que cualquier otra cosa. Ese era el pueblo en que pensaba detenerse. Arrastrando aún los pies, dio algunos pasos hacia adelante, adentrándose y girándose de un lado a otro, sin terminar de tomar detalle de aquella horrorosa escena.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Lun Nov 23, 2015 11:58 pm

....Eran tiempos oscuros. Una época en la que la muerte parecía encontrarse al acecho cada día, y en cada instante. Los hombres necesitaban cuidarse no solo del misterioso enemigo que había emergido sin aviso y sin razón, sino también de sus propios congéneres. Hombres asesinando a hombres incluso ante la existencia de un enemigo común para todos. Una realidad profundamente triste y lamentable a la que los miembros de La Guardia tenían que hacer frente día tras día al proteger a viajeros, mercaderes o humildes poblados del ataque de bandidos y ladrones. Algo que siempre dejaba un sabor amargo en la boca.

....Días atrás, justamente, algunos exploradores del gremio habían conseguido en el bosque cercano el cuerpo de algún desgraciado. Yacía prácticamente desnudo sobre el piso, con múltiples puñaladas atravesando su ya cuerpo carente de sangre, y junto a él una maltrecha bolsa con múltiples pertenencias sin valor regadas por doquier. Seguramente lo poco que valioso que tenía había sido saqueado ya. Pero lo que eventualmente terminó por llamar la atención de los dos miembros fue una hoja de papel que se encontraba tirada junto al cuerpo, desenroscada y aparentemente leída ya por alguien más. Su contenido era breve y conciso: un llamado de auxilio que iba justamente dirigido a ellos, a La Guardia. Un poblado que se encontraba a un par de días de viaje de allá había recibido noticias, por partes de vendedores itinerantes, de que algunas tropas de emergidos habían sido vistas marchar en aquella dirección, y si bien algunos habitantes habían optado por huir, muchos otros deseaban defender sus hogares, lo único que tenían, antes que escapar con un rumbo incierto.

....Si ya la noticia por sí sola era preocupante, aún más lo era comprobar que el estado en el que se encontraba el cuerpo indicaba que había sido atacado, por lo menos, hacía unos pocos días. La noticia había llegado bastante tarde a manos del grupo, y eso produjo un estado de preocupación que se difundió por entre todos los guerreros. Defender a un puñado de personas era una cosa, pero que todo un pueblo se encontrase en peligro eran palabras mayores. No hizo falta publicar ningún anuncio ni reclutar a nadie. Bastó con que la noticia se difundiera entre los miembros para que cada hombre y mujer capaz de levantar un arma se pusiese a las órdenes de su líder para ir, y fue así como no hicieron falta más que unas pocas horas para que un pequeño y modesto ejército se encontrase listo para partir con una marcha presurosa en la dirección indicada en la carta.

....Un viaje que pudo haberles tomado dos días se redujo a un día y unas pocas horas del otro. Algo inspiraba a aquellos individuos a marchar e ignorar la fatiga o el hambre, y tal vez ese "algo" fuese el saber que cada minuto que ellos desperdiciaran sentándose o tomando un respiro podía significar una vida que había sido extinguida, un hijo que se había quedado sin padres, o una mujer que había perdido a su marido. El paso de los soldados se hizo mucho más acelerado cuando lograron ver una columna de humo en el horizonte. La tensión y la ansiedad se hicieron presente entre todos y cada uno de los presentes.

....Hasta que finalmente llegaron.


....- Maldita sea... - El líder, encabezando a su ejército, fue el primero que logró convertir sus pensamientos en palabras. Quienes le seguían se encontraban demasiado compungidos por la escena como para poder emitir sonido alguno más allá que un gimoteo o un sollozo. Lo que se presentaba ante ellos era el rostro del fracaso y de la tragedia. Calles tapizadas de cadáveres, y de estos una muy pequeña minoría estaba compuesta por los cuerpos de los atacantes. Hombres, mujeres, ancianos, niños, toda clase de víctimas podían observarse sin importar a dónde se mirara. Cuerpos calcinados, mutilados, retorcidos. Rostros de pánico, de dolor, de resignación. Lo que antaño fueron los hogares de las víctimas en ese instante no eran más que escombros repletos de polvo y ceniza. El aire se encontraba impregnado del nauseabundo aroma de la muerte: carne, grasa y cabellos quemados, sangre, y otros tantos aromas que los presentes no reconocían ni querían molestarse en identificar.

....Se produjo un silencio sepulcral entre todos los soldados. Era difícil decir si se trataba de un homenaje hacia los caídos, o si todos se encontraban demasiado afectados por lo ocurrido como para ser capaces de decir algo. Fue el pelirrojo quien, finalmente, volvió a dejarse oír. Su voz sonó firme e imperativa, lograron evitar que ésta se quebrase ante el dolor y la tristeza. -
Quiero que revisen cada calle, cada casa, cada rincón. Recojan los cadáveres y apártenlos. Si hay algún sobreviviente, asístanlo de inmediato. - Guardó silencio unos pocos segundos mientras volvía a recurrir a su fuerza de voluntad para evitar que se formase un nudo en su garganta. Creyéndose nuevamente en control de sí mismo, volvió a hablar. - No pudimos llegar a tiempo para ayudarlos. Lo mínimo que podemos hacer es darles una merecida sepultura, así nos tome toda la noche. - Se volteó para poder observar a sus seguidores. En el rostro de muchos logró contemplar la duda, y los comprendía. No debía de ser una tarea agradable el manipular aquellos cadáveres ya putrefactos, y no sería una tarea fácil ni siquiera para él. Endureció el gesto de su rostro y dotó su voz de mayor severidad en respuesta a la escena. - Ya me escucharon, a trabajar. No quiero ver caras de asco o repulsión ante estos desdichados. Si van a sentir asco que sea por nuestro fracaso, y por nuestra incapacidad de adelantarnos a las atrocidades del enemigo. Eso sí deberá darles asco, y no el poder enterrar a quienes no fuimos capaces de salvar.

....No esperó a escuchar una respuesta por parte de sus soldados, ni tampoco a que estos comenzaran a actuar. Él mismo ató a uno de los escombros al caballo que le había traído y acomodó sobre el lomo de éste su capa. Y así, sin perder más tiempo, avanzó por las calles hasta uno de los cuerpos más cercanos. Era esbelto y diminuto, y en su cráneo podían adivinarse los restos de hebras doradas. Seguramente días atrás se trataba de una niña hermosa e inocente. Con delicadeza y en silencio, como si pudiese llegar a despertarla de un profundo letargo de ser brusco, alzó el cuerpecito entre sus brazos y lo llevó a un lugar apartado. Hecho eso, regresó a buscar otros más. Los miembros del gremio se miraron entre sí, y poco a poco las dudas fueron disipándose. Con pocas palabras y en voz baja se organizaron: algunos fueron asignados para cavar agujeros con cualquier herramienta que pudiesen rescatar de los escombros, o incluso con sus propias manos, mientras otros colaboraban a buscar sobrevivientes o recoger cadáveres.

....Y poco a poco, mientras trabajaban en esa labor, fue haciéndose más claro lo ocurrido tras el ataque. No había objetos de valor, ni siquiera las armas de los caídos. Todo apuntaba a que los bandidos, luego de haber asaltado al desdichado mensajero, se enteraron de lo ocurrido por la nota y acudieron a ese mismo pueblo, mas no para ayudar sino para esperar a que los emergidos se marcharan para ellos mismos hacerse con cualquier cosa de la que pudieran sacar provecho.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Miér Dic 02, 2015 3:52 pm

Lo muerto, muerto estaba. No había nada que pudiese hacer. En ese sentido, una parte de sí no podía evitar pensar que lo único importante allí era encontrar murallas que siguiesen en pie, algún techo bajo el cual resguardarse y ver cómo pasar la noche. No era bueno acampando, tampoco sabía cocinar, había contado con pagar una posada allí. Podía ser que revisase su mapa y calculase la distancia con el siguiente pueblo o mansión vacía para simplemente seguir su camino hacia allí, aprovechando el tiempo que le quedaba. Y sin embargo, por apático que pudiese ser hacia las cosas muertas, por separado que pudiese sentirse de aquel pueblo que le sería para siempre anónimo, no quería dejarlo así. Algo había de horrendo en la idea de que tal destrucción quedase sin testigos, sin luto, sin importancia a los ojos de la historia.

Pero, nuevamente, no había nada que pudiese hacer. Tan sólo prestar su tiempo y su memoria, para lo poco que servían. En el puerto de Daein había dado muerte a muchos, no a civiles sino a emergidos, criaturas que consideraba malditas e inhumanas; en ese entonces había quemado los cuerpos y se había desecho de algunos en el mar, pues había parecido práctico. Una de aquellas cosas estaba hecha ya, la otra era imposible. Podía ponerse a cavar una fosa, pero tardaría días y ni siquiera tendría sentido hacerlo, si de practicidad se trataba. Sin idea alguna, Pelleas sólo pudo recorrer el lugar letárgicamente, hasta encontrar un recoveco despejado donde revisar su mapa.

Con el mapa en el suelo y sus manos sujetándolo extendido a cada lado, sintió el remecer de la tierra antes de oír al batallón que llegaba. La desolación cedió un buen tanto y el príncipe sintió alivio, tanto por el pueblo que recibiría la atención de alguien más que él, como por la posibilidad de encontrarse en los visitantes un medio de llegar al siguiente sitio poblado. Enrolló de regreso su mapa, metiéndolo aprisa por un costado de su bolso, y se asomó a ver al grupo. No parecían soldados, no todos ellos portaban armadura y los que la portaban, parecían bastante distintos los unos de los otros. Sin las ostentosas armaduras de Begnion, los cascos rojos de Daein o alguna otra señal clara, no podía identificar a qué reino representaban.

Y sin embargo, creía reconocer al corpulento hombre frente a ellos, presumiblemente su líder. No estaba del todo seguro, no era su aspecto lo que tan familiar le resultaba, sino la sensación generada al ver su noble postura y oír, lejana, la firmeza de su voz; una admiración familiar, no tanto un rostro conocido. El grupo se dispersó y Pelleas aguradó un poco, dubitativo, inseguro de cómo aproximarse y cuestionándose por qué sentía tan difícil ir a hablar con esa persona. Si esperaba demasiado y aparecía de improviso después, probablemente sólo se vería sospechoso. Respiró profundo en aquel pesado aire y se regresó al camino de tierra que hacía las veces de calle, adelantándose sin ocultarse hacia el hombre mayor, desarmado, cubierto en la túnica oscura y la capa blanca que había tomado ya suciedad en su borde inferior. Apenas ocultos bajo sus mangas, brazaletes y anillos dorados delataban la presencia de un noble más que un guerrero; aunque en realidad no fuese ni una cosa ni la otra.

- Disculpe, buenas t-- - Llamó. Al verle de cerca, percibir la forma exacta en que tenía que levantar la cabeza para mirarlo y el detalle de sus facciones, supo que no era la primera vez que le veía. El vivo rojo de su cabello era fácilmente reconocible, inclusive la forma en que portaba sus armas a su costado. - ¿G-General Argus? - Intentó. Su memoria respecto a nombres y rostros no era mala y aunque había conocido muchos en la milicia de Daein, recordaba a la mayoría, especialmente hombres de importancia o que hubiesen tenido, en su momento, su aprecio. Había visto al general Argus en más de una ocasión, parecía un soldado ejemplar y un buen sujeto, carente de la apatía de muchos otros en su posición. Aunque, claro, le había visto desde lejos, a través del juicio de su padre o andando junto a este; frente a los soldados, Pelleas no hablaba si no se le indicaba que lo hiciese, cosa que rara vez sucedía. Sumando eso al hecho de que era prácticamente una sombra, demasiado silencioso y fácil de pasar por alto en contraste a su padre, podía asumir que el reconocimiento no sería mutuo.

Y había sido un tiempo. Argus había dejado el ejército, Pelleas sabía eso; no entendía y no creía llegar a entender jamás motivos para abandonar Daein, pero sabía que se había retirado y que, de acuerdo a las leyes del reino, lo más probable era que no volviese. - General-- ex-general, quiero decir, yo... dudo que me recuerde, jamás tuvimos la oportunidad de hablar, pero... - Decidió asumir que no le recordase en absoluto y presentarse como era debido. Hizo una leve inclinación; no era alguien corto de altura, mas frente al pelirrojo parecía que cualquiera lo fuese, especialmente si se inclinaba. - Pelleas, hijo de Ashnard. Es un gusto verle a salvo. - Dijo. Miró con cautela, entonces, alrededor del hombre y hacia el batallón que venía con él.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Jue Dic 03, 2015 6:46 pm

....El objetivo que se habían propuesto no resultó fácil para ninguno de los presentes, y para algunos en particular fue aún más difícil. Las personas que le acompañaban eran guerreros, unos con más experiencia que otros; tanto hombres como mujeres que habían tenido que asesinar en algún momento de sus vidas durante una escaramuza. Pero no era lo mismo ver a un enemigo caído por heridas mortales que contemplar a criaturas inocentes, entre ellos niños y ancianos, masacrados cuando era evidente que ni habían sido capaces de defenderse. Igual de lamentable era ver los cadáveres junto a los cuales yacían rústicas herramientas que sirvieron de burdas armas al momento de defender sus hogares y a sus seres queridos, aun cuando fue en vano. Pero quizá lo peor era contemplar el lamentable estado de los cadáveres: algunos quemados, otros mutilados, y varios de ellos con un gesto de agonía, de lamento o frustración en sus rostros.

....No todos contaban con la misma fortaleza y en más de una ocasión algún mercenario, particularmente los más jóvenes, tenía que marcharse a un lugar apartado para poder vaciar su estómago y deshacerse así de las náuseas que se apoderaban de él, bien fuese por lo que veía o por el aroma que impregnaba el aire. El líder del grupo procuraba mostrarse estoico ante lo que hacían, muy a pesar de que en el fondo se sentía tanto o más atormentado que cualquier otro allí presente. Sabía muy bien que no fue culpa de ellos el no haber podido llegar, y que de no haber sido por los despreciables bandidos que acabaron con la vida del mensajero ellos hubieran recibido la carta a tiempo y auxiliado. Pero le era imposible silenciar a esa voz ponzoñosa que, en lo más profundo de su cabeza, le susurraba cómo su ineptitud también había sido cómplice de la tragedia. Prometía llevar a cabo una empresa para la que no estaba preparado. ¿Cómo podía proteger a la gente de los emergidos si no sabía absolutamente nada de ellos y tampoco podía informarse apropiadamente de las rutas que tomaban o la dirección a la que estos se dirigían? Sentía que, de algún modo, no estaba haciendo suficiente.

....Se encontraba absorto en sus pensamientos mientras su cuerpo actuaba de una forma prácticamente automática, y fue esa la razón principal por la cual no se dio cuenta de que alguien se le aproximaba por la espalda. Cualquier posible sonido fue ignorado, por lo menos hasta que una voz disipó el silencio que le rodeaba, y pronunciando palabras que inevitablemente le hicieron estremecer. "General Argus", algo que desde hacía bastante tiempo no había escuchado. Ni siquiera sus compañeros más cercanos, aquellos que abandonaron con él al ejército de Daein, le habían vuelto a llamar así desde aquella ocasión.

....Habiendo sido devuelto a la realidad de semejante forma, el pelirrojo se dio la media vuelta y observó al muchacho que tenía delante de él. Tardó un poco en reconocerlo, aunque era posible que esto se debiera más a su propia sorpresa y su estado de consternación que al propio muchacho y la forma en que mantenía un perfil bajo incluso en el reino. El príncipe no había obtenido un lugar en su memoria por su estatus social ni por quién era su padre. La principal razón por la que había captado su atención era su rostro, y aquel gesto que de algún modo producía una profunda compasión y benevolencia hacia el menor. Desde la primera vez que le vio creyó percibir cierta melancolía en su semblante y hasta en sus gestos, o una especie de fatiga hacia la vida, o quizá hacia algunos elementos en particular de su vida. Y esa sensación resultaba todavía más fuerte cuando, al anochecer, regresaba a la casa de sus tíos y veía a su hermano menor, más joven que el príncipe por unos cuantos años, con ese vigor juvenil y esa alegría palpable pese a las humildes condiciones en las que vivían y al trágico pasado que tenía detrás de sí al haber perdido a sus padres.

....Quizá en algo había cambiado el cuerpo del príncipe, o sus facciones, pero aquel gesto en su semblante y esa mirada característica seguían igual. -
Claro que te recuerdo, muchacho. Aunque debo admitir que me sorprende verte por estos lares. - Un saludo sencillo, familiar, y bastante confianzudo como era usual en él. Le daba igual si el chico que tenía delante era un príncipe o un verdulero, para él era una persona y su valor yacía en su condición de individuo. Sin embargo, no solo resultaba extraño observar a un príncipe viajando a solas en un pueblo que seguramente había sido olvidado por cualquier noble, sino que se tratara, además, de un pueblo en un reino vecino. Por un efímero instante surgió el temor de que lo ocurrido hubiese sido obra no de los bandidos o los emergidos, sino del propio ejército del cual él desertó, pero no tardó demasiado en descartar esa teoría. El regente de ese lugar era capaz de cualquier cosa por el bienestar de su gente, pero no veía ningún beneficio en masacrar a un pueblo tan humilde. Tampoco habían suficientes cadáveres de emergidos como para considerar la idea de que habían usado a los inocentes como carnada para emboscar a los misteriosos soldados. Además, estaba seguro que Daein tenía bastantes problemas entre sus manos con sus propios emergidos como para andar haciendo de las suyas tan lejos de casa.

....- Llámame Argus, lo de general o ex general quedó en el olvido para muchos, en especial para mí. - No estaba en él ser seguir el protocolo y la etiqueta, pero le parecía sumamente grosero y desagradable no responder a la educación del muchacho al presentarse con una reverencia con un gesto similar. Realizó una reverencia propia, breve y sencilla, para luego incorporarse y regresar la mirada hasta su rostro. - No me digas que... - Pausó la oración y observó los alrededores, para luego volver a observar a su interlocutor. - ¿Estuviste aquí durante la tragedia? ¿Te encuentras bien? - Su voz, en ese instante, mostró una auténtica preocupación, pero no aquella dirigida de un subordinado a un superior, sino un interés casi paternal.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Mar Dic 15, 2015 2:16 am

El ser reconocido le quitaba cierto peso de encima, pues facilitaba en buena medida las cosas para él, mas no cesaba de resultar sorpresivo. Aún como heredero al trono, su presencia siempre había sido tan secundaria. Y desde su anonimato era que había prestado atención a cada hombre y mujer en el ejército, tomando nota de aquellos que más interesantes le pareciesen, para ningún propósito más que su propio conocimiento; había llegado a saber tanto y conocer tan bien a cada general, la mayoría de ellos personas con las que jamás había hablado en su vida. Más aún debía de sorprenderse por el trato que el ex-general le daba, como si le conociese a su vez. Una parte de sí, alimentada por la educación martillada en él por su padre, le sugería enderezarse, pedir respetos y un trato de 'usted'. La acalló a la brevedad. Prefería aquellos modos, como si los años junto a su padre hubiesen contado y no fuese un extraño a los ojos del respetable varón. Era un toque de familiaridad casi olvidado en los meses de su travesía.

Oh, pero ninguna familiaridad grácilmente concedida le haría capaz de ir y hablarle de nombre a nombre, así sin más. El príncipe sonrió con cierta incomodidad, era una agradable intención, pero no se veía a sí mismo tomándola. - Me temo que eso es difícil, ex-general. Pero lo intentaré. - Dijo, agachando la mirada al comprometerse a algo que presentía que no haría, más transparente aún que si le hubiese mentido. De entre los dos, era claro que aunque el general careciese ahora de su título y hubiese dirigido sus pasos en direcciones enteramente distintas, no había cambiado mucho. ¿Y él? Pues antaño, en el castillo, jamás habría logrado hablarle. Eso era algo que su viaje ciertamente le había cambiado.

Ahora bien, le convenía dar una explicación que fuese buena y a la vez breve para su presencia allí. Se supiese o no su identidad y su cargo, cualquier persona que apareciese en el pueblo tras la tragedia paseando tan casual como se paseaba él, tendría que verse sospechosa. Entendía eso. Al menos el ex-general Argus no parecía en ánimos de interrogarle seriamente. No, su forma de cuestionarlo fue extrañísima a los ojos de Pelleas, una especie de golpecito en el pecho que le hizo parpadear y le dejó en silencio un largo momento. Esa preocupación habría sentado tan extraña y descolocada en un soldado, suponía que ahora que no lo era, le quedaba mejor. Impresionante, aún así, que además de recordar su rostro, tuviese espacio a preocuparse por el heredero de un reino que había dejado atrás, reino que en definitiva le rechazaba ahora. Impresionante, inusual y bienvenido. Aunque estaba seguro de estar desenvolviéndose de maravillas a solas, era agradable que se le preguntase.

- N-No, yo, este, eh-- - Las palabras le fallaron, carraspeó y volvió a empezar con renovada intención. Errores así, los tenía de vez en cuando, pero aprendía a minimizarlos. Se mantuvo derecho y pretendió normalidad al continuar. - He llegado hace poco, la verdad. Ya todo había pasado, supongo que desde hace un par de días, como mínimo. Es una historia demasiado larga como para molestarle con ella, pero en lo que a esto en particular respecta, me dirijía hacia Sienne y sólo pretendía tomar un descanso aquí... supongo que sólo en un sitio tan inmenso como Begnion puede suceder que una ciudad entera quede en este estado, y nadie sino el próximo viajero en visitarla se entere. - No sonaba del todo optimista, mas tampoco daba un grave timbre a sus palabras, sólo el aire naturalmente taciturno que era característico de él. La desolación del sitio era un hecho, lo cerca que estuvo de pasar desapercibido era otro hecho, nada que rehuyese a mencionar, ni siquiera a la impresión que hacía en él, todavía fuera de su entero entendimiento. - Estoy bien. No me afecta, realmente. - Sintió la necesidad de recalcar en voz baja. - Sólo tendré que encontrar otro modo de seguir adelante. Um... ¿me pregunto si podrá creer que no se trata de asuntos de Daein en absoluto? -

Estaba dejando a la sensación extraña pasar; la exploraría, quizás, en su diario personal la próxima vez que se sentase a documentar por escrito sus viajes, pero en aquel momento el pueblo había dejado de ser su responsabilidad. Habían suficientes testigos en ese entonces y parecía que las cosas estarían bien; los veía trabajando en apartar escombros, rescatar cuerpos, juntarlos. Naturalmente que encontrar supervivientes quedaba fuera de la cuestión, pero tales acciones parecían darle un mejor cierre al asunto. Curioso, se apartó del camino a medida que algunos miembros del batallón pasaban, casi que rodeando al corpulento líder al observar lo que hacían. No parecía haber un ritmo fijo ni un orden a la lúgubre tarea, mas les veía enfrascados igualmente en ella. Retiró cuidadosamente el bolso de viaje de sus hombro y habló sin mirar al líder, enfocado en el paisaje frente a sí, como una obra representativa del mismo fin del mundo. - Antes de decidir qué hacer a continuación, quisiera... en lo posible... ¿hay algo en lo que pueda ayudarles, ex-general Argus? No sé por qué hacen esto, pero me gustaría poner este lugar a descanso antes de irme. -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Mar Dic 15, 2015 11:45 pm

....Sus labios se curvaron en una pequeña mueca de duda. Las palabras del tímido príncipe y su lenguaje corporal le daban la impresión de que por mucho que le pidiera tutearlo o llamarlo directamente por su nombre éste no iba a ceder. Por lo menos no con facilidad. Y si bien intentaba ser un hombre lo más comprensivo posible estaban tratando un tema que era particularmente sensible para él. Ser denominado general, o ex general, traía varios recuerdos que no le resultaban especialmente gratos. Movió los engranajes de su mente para intentar idear una solución que aunara la postura de ambos varones, y finalmente su boca volvió a decorarse con una sonrisa cuando creyó haber llegado a un punto intermedio. - Tengo una idea. Me imagino que para un muchacho tan educado y cortés como tú es difícil llamar por su nombre, o tratar de manera tan directa, a alguien mayor que tú. ¿Qué tal si, entonces, me llamas señor Argus? Mantendrás la cortesía y así podremos evitar el término de general, con o sin el "ex" incluido. Digamos que... que no tengo muy buenos recuerdos del ejército, de la misma forma en que seguro el ejército tampoco tiene muy buenos recuerdos de mí. - Explicó de manera lacónica con un deje de melancolía en su voz.

....Cuando el príncipe comenzó a narrar su historia el mercenario guardó un silencio sepulcral y se limitó a asentir de manera periódica para expresarle que le iba siguiendo. En los segundos siguientes se limitó a pronunciar un sencillo "hm" mientras se acariciaba la barba, pensativo. Al cabo de unos cuantos segundos recobró la sonrisa y dio una suave palmada en uno de los hombros ajenos. -
Pues déjame decirte que me alegra saber que te encuentras a salvo y que no estuviste aquí cuando todo ocurrió. Y no lo digo porque seas un príncipe, ¿eh? Da igual si eres de la realeza o no, que te pasara algo sería una verdadera lástima por el simple hecho de que eres un chico que tiene toda una vida por delante. Y ya muchos muchachos, incluso más jóvenes que tú, murieron acá como para que se hubiese sumado uno más. - Chasqueó la lengua y echó un vistazo a los alrededores, a ese tétrico escenario que se encontraba ante ambos. Un profundo suspiro cargado de tristeza brotó de sus labios justo antes de que regresara su atención al hechicero. - Y no te preocupes. Dudo que Daein haya tenido algo que ver con esta desgracia. Y si me dices que tus asuntos tampoco están relacionados con el reino, te lo creeré también. Me pareces un muchacho honesto, no creo que tengas el hábito de mentir.

....Así como el muchacho se hizo a un lado para permitir el libre tránsito de los mercenarios, el varón de mayor edad hizo lo mismo. Se trasladó unos cuantos pasos más hacia un costado para no obstaculizar la calle, o por lo menos lo que quedaba de ésta. Algunos de los miembros del gremio se trasladaban con cuerpos que habían logrado recuperar de los escombros, aunque de más está decir que todos y cada uno de ellos habían exhalado su último aliento.

....La pregunta de su compañero le tomó por sorpresa. Era verdad que veía en él a alguien bueno y honesto, pero no se imaginó que esa nobleza llegase a tal punto que le instaría a intentar colaborar con tal desgracia que fue totalmente ajena a él. Su rostro se iluminó un poco más, enorgullecido por las palabras de alguien que poco o nada tenía que ver pero que aun así de pronto le había resultado admirable, y con toda confianza colocó su zurda sobre la cabeza del más joven, dándole un par de palmadas y despeinándole de forma cariñosa. -
Ese es el espíritu. Así debe ser el corazón del futuro líder de una nación. - Elogió afectuosamente su gesto y, acto seguido, trató de pensar en una actividad apropiada que ofrecerle.

....El chico no parecía tener el físico apropiado como para remover escombros, y no sabía si poseía la condición física requerida para poder cavar agujeros sin cansarse en poco tiempo. Pero finalmente una idea iluminó su mente. -
¿Sabes? Creo que tengo la tarea perfecta para ti. Eres un chico bastante culto y educado, y no me cabe la menor duda de que en tu corto tiempo de vida has acumulado bastante conocimiento, a diferencia mía que incluso hasta el día de hoy soy solo un bruto. ¿Por casualidad conocerás algún rito funerario que podamos dedicarle a los fallecidos? En este poco tiempo que mis chicos y yo hemos trabajado juntos no nos ha tocado enterrar a los nuestros, y creo que esta gente se merece un poco más que simplemente ser metidos en un agujero y llenados de tierra.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Dom Dic 20, 2015 10:42 pm

¿Educado y cortés? Se preguntaba si era realmente ese el asunto, no se sentía como alguien exactamente experto en etiqueta, simplemente... no se sentía adecuado. Por lo demas, tampoco podía separar al ex-general de los recuerdos que tenía de él en Daein, los únicos por los que se guiaba. No comprendía cómo alguien podía decidir irse de su nación, dejar el glorioso servicio militar, albergar tanto rechazo a un cargo de tal honor alguna vez ostentado, pero sucedía frente a sus ojos. - Muy bien, señor. Así será. - Murmuró, apartando la vista. No lo comprendía y no le agradaba, dejaba un amargo sabor en su garganta, por más que respetase a aquel hombre.

Pero, como él mismo había dicho, no estaba allí por asuntos de Daein. Ni Argus ni él mismo. Las condiciones en que se habían visto anteriormente perdían su importancia en ese contexto, meses y meses después, en un mundo tan distinto al que habían tenido antes. Ya poco se trataba sobre naciones, poco se regían las cosas por las leyes y los hábitos de antes. No era extraño ver gobernantes atrincherados en sus castillos, como tampoco lo era verlos alejándose de sus reinos, huyendo del cataclismo. En su viaje, a Pelleas le tenía sin cuidado si le reconocían por quien era, aunque fuese poco probable, se enorgullecía lo suficiente como para no desear ocultarse, ni mentir siquiera si se le preguntaba. Hasta apreciaba que Argus mencionase sin chistar su título, en presencia de aquella tropa que desconocía. ¿Qué habia en su persona que fuese mejor que eso?

- Justamente porque debo regresar a Daein a salvo y en mejores condiciones de con las que salí, es que cuido mantenerme a salvo. Mi hogar debe estar esperándome. Además, esta es... una desgracia de Begnion, después de todo. No tiene mucho que ver conmigo. - Dijo, distante, siempre distante a lo que allí había ocurrido, que aunque hubiese sido hacía un par de días, sentía como si hubiese podido ser hace cientos. Era sólo el descubrimiento y los ojos de testigos los que cambiaban las cosas. Igualmente agachó la cabeza, y con una leve sonrisa continuó. - Está siendo usted demasiado gentil con alguien a quien no tiene ataduras ya. Gracias. No es necesario y no pretendo volverme un motivo de preocupación para usted en este momento, pero se lo agradezco. - Con cierta inquietud reconoció aquello. Le trataba bien, hasta sospechosamente bien si consideraba que era un desertor. Decía que no se trataba de su cargo, pero su experiencia le había demostrado que el simple estudiante Pelleas, solitario e involucrado en sus extraños estudios, jamás había sido particularmente popular; era el descubrimiento de su lineaje el que había traído atención a su persona. Argus podía decir que no era así con él y Pelleas podía decidir creerle, pero difícilmente sería más que una linda ilusión. No era como si hubiesen intercambiado palabras, no era como si existiese allí una verdadera relación, y aunque alagase su espíritu no podía hacer más que...

Retroceder. Retrocedió por instinto y encogió los hombros. Por un momento había vislumbrado una mano demasiado gruesa y pesada por sobre su cabeza y había temido a lo que se acercaba. Por supuesto que reconocía de quien era, no se trataba de memorias mezcladas ni halucinaciones de situaciones pasadas, pero no había otros motivos por los que un hombre mayor alzara una mano sobre él más que la disciplina. No escapó. Pesada, la mano del ex-general se posó sobre su cabeza y desordenó lo ya bastante desordenado. Tardó en siquiera comprender que sólo le acariciaba el cabello, confundido y levemente alterado. Entonces una sonrisa incierta y algo temblorosa curvó la comisura de sus labios, y con bastantes ánimos para su tranquila persona asintió.

- P-Por supuesto, no son secretos teológicos ni nada por el estilo, cualquier persona puede realizar los preparativos comunes. Me encargaré de las tumbas. - Sintió la necesidad de realizar una corta inclinación y se contuvo, no sería correcto, no por su rango. Algo perdido, hizo un gesto con la mano, titubeando. - Buscaré un par de cosas, no tardaré. -

Aunque se había involucrado bastante en la cultura plegiana y la religión de Grima durante su viaje, pues se relacionaba bastante con sus estudios de magia, no había olvidado detalle alguno sobre el culto a Ashera. Un entierro correcto entre sus seguidores, requería de una lápida de piedra lisa y una inscripción, retirando cualquier ofrenda de flores u otros objetos perecederos. El retorno de un alma a Ashera no era comparable con ofrendas efímeras, tan sólo con algo que resultase duradero y muchos de aquellos cuerpos, por fortuna, lo tenían: armas, rotas o enteras, que demostraban su caída en gloria. Pero primero tendría que encargarse de las piedras. Acelerando sus pasos de un lado a otro, a veces trotando, el príncipe comenzó a reunir una gran cantidad de piedras, tan grandes y lisas como podía recogerlas; no tenía grandes fuerzas pero tampoco era precisamente débil, podía con bastante más que un mago promedio. Según había llegado a entender en Plegia, se debía a que la magia oscura fortalecía, aunque personalmente lo adjudicaba más a la herencia de su padre. Una a una comenzó a depositar su gran colección de lápidas sobre las tumbas, y a rasgar en estas el luminoso símbolo de Ashera con la irregular punta de una lanza.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Mar Dic 22, 2015 11:39 pm

....El mercenario asintió con satisfacción cuando el príncipe accedió a cambiar el término con el que se refería a él. No parecía contento con el trato al que habían llegado, pero sabía que era algo necesario por su propio bienestar, al menos anímico. Aunque no fue demasiado lo que le duró la sonrisa, pues al cabo de poco tiempo su acompañante formuló algunos comentarios que captaron su atención. El gesto se desvaneció de sus labios, aunque no dio paso a ningún semblante serio ni severo. No se sentía ni ofendido ni molesto por la postura del príncipe. - Si me permítes decírtelo, chico, creo que estás equivocado. Muy equivocado. - Habló con un tono suave y casi paternal, como quien corrige a un niño. Lo que había surgido en el varón había sido cierta clase de lástima o de preocupación. Y es que no le extrañaba que el príncipe pensase como lo hacía pues parecía la clase de idea que sería apropiada inculcar en un príncipe, de la misma forma en la que a un campesino o a un guerrero se les cría de una forma específica para orientarles, un hecho que había aprendido durante su estadía en el ejército. - Tengo una responsabilidad hacia ti, claro que la tengo. Y es una responsabilidad mucho mayor que la que llegué a tener mientras formaba parte de la fuerza militar de Daein. Pero sospecho que no sabes a qué clase de vínculo me refiero, ¿no es así? - De pronto la sonrisa volvió a sus labios, aunque en esta ocasión fue menos radiante, más moderada. Era como si existiese una sonrisa distinta en el repertorio del varón para cada clase de situación. - Me interesa tu bienestar ya no porque sea mi deber, o porque esté obligado a causa de que eres el que heredará el país al que sirvo. Me intereso porque eres una persona, igual que yo, un individuo cuya vida es valiosa como lo es la del campesino y la del artesano. Da igual que seas de un reino o del otro. También da igual si eres mi príncipe, o si eres el que limpia los excrementos de los caballos. - Le costaba un poco tratar de plasmar de manera adecuada su idea, o de darle una forma exacta a su ideología para compartirla con el príncipe, solo podía intentar valerse de ejemplos o metáforas. Se encogió de hombros y trató de pensar en otro ángulo desde el que abordar el problema. - ¿Como la ropa? Sí, eso, como la ropa. Me parece que cosas como nuestro título, nuestra nacionalidad, nuestro género, nuestra raza, y todas esas cosas son como la ropa. No hacen lo que somos, debajo de todo eso está quienes somos. Tú eres más que "el príncipe Pelleas", y más que "Pelleas de Daein". Eres Pelleas, un chico inteligente, con el corazón lo suficientemente noble y amable como para querer dedicarle un poco de su tiempo a estas personas que, tal como has dicho, políticamente hablando no te incumben. - Soltó una pequeña risa en voz baja y dio una suave palmada en uno de los hombros de su interlocutor tras dedicarle aquel halago.

....- Por esa misma razón debe interesarnos lo que ocurrió en este pueblo. Es verdad, no es un asunto de Daein. No te compete a ti como príncipe, y tampoco me involucra a mí dado que solo llevo cerca de un año en este reino. Pero es que da igual si quienes murieron en este sitio eran de tu reino o del que sea. Murieron personas, muchacho. Gente con sueños, gente con lo que pudo haber sido un futuro. Y así como le ocurrió a estas personas que no conocemos, podría ocurrirle a nuestros seres queridos. - Concluyó su explicación con un profundo suspiro de congoja. Era evidente cuánto le había afectado la situación, e igual de evidente era que lo ocurrido le impactaba no por la ubicación geográfica de la tragedia, ni por implicaciones políticas. Le afectaba la tragedia en sí misma.

....Decidió dejar el tema hasta ahí por el momento. Si bien había sentido la necesidad de ofrecerle a su compañero aquella nueva visión del mundo, por alguna razón dudaba mucho que fuese a tener influencia alguna en el príncipe. ¿Quién era él, al final del día? Solo un ex general, y seguramente a ojos del muchacho, por mucho que no lo dijese por educación o conveniencia, un desertor más, un plebeyo. Suponía que sus palabras, sus lecciones y su opinión no estarían a la misma altura, jamás y nunca, de lo que los eruditos de Daein le habrían enseñado desde su más tierna infancia, o de los ideales que el imponente rey de aquel lugar le habría inculcado a su hijo. Seguramente insistir más en ello lo único que causaría sería una situación incómoda, y ese no era ni el momento ni el lugar.

....Su mente pareció distraerse cuando el noble contestó afirmativamente su solicitud de realizar alguna clase de ceremonia fúnebre, por humilde que fuera, hacia los difuntos. No solo le hacía sentir mejor realizar un cambio de tema, sino también el poder saber que le ofrecerían un entierro mucho más dignos a los presentes. A todos los presentes, humanos y emergidos por igual. Podía resultar sorprendente que el líder de los mercenarios insistiera en darle una sepultura adecuada a los causantes del desastre, pero por alguna razón le costaba terminar de verlo como monstruos sin corazón, o como seres despreciables que no merecían respeto u honor. No era capaz de comunicarse con ellos ni tampoco de entenderlos, pero por esa misma razón tampoco podía afirmar que fueran malos. ¿Y si eran solo soldados que obedecían órdenes y nada más? ¿Y si eran víctimas de alguna clase de maleficio que violaba su voluntad? Quería, por lo menos por esta vez, darles el privilegio de la duda.

....Observó cómo el más joven terminó por marcharse para encargarse de los preparativos para las exequias, y él mismo decidió avocarse una vez más a sus propios quehaceres. Durante largos minutos cada integrante del gremio se mantuvo en constante actividad, examinando cada rincón del pueblo para intentar dar con algún sobreviviente, o sencillamente el cuerpo sin vida de una nueva víctima. El lugar no era demasiado amplio, así que luego de casi dos horas todos los cadáveres habían sido colocados uno al lado del otro en varias hileras. Si bien hubieran deseados cubrir a más de uno con algún manto o tela para ocultar las increíbles deformidades presentadas a causas de golpes, mutilaciones y quemaduras, no contaban con materiales suficientes para algo así. Todos los presentes tuvieron que hacer acopio de toda su voluntad para que su temple, o siquiera su estómago, permaneciera impasible.

....Con la ayuda de varios de los soldados lograron cavarse docenas y docenas de tumbas, y ahora que varios de los que buscaban sobrevivientes se encontraban ya desocupados se unían a los demás para continuar cavando, pues quedaban algunas tantas por terminar. El líder, mientras tanto, se aproximó con paso lento hacia el príncipe y se situó a un lado de él, al mismo tiempo en que ubicaba una mano sobre la espalda de éste. -
¿Está todo listo, Pelleas? ¿Procedemos a enterrarlos o hay alguna clase de... no sé, procedimiento o rito? - Resultaba obvia su ignorancia al respecto, y en su mirada podía captarse un pequeño deje de curiosidad. No solo esperaba que el chico le dijese cuál era el siguiente paso en el procedimiento, sino también aprender un poco más al respecto. Por dolorosa que fuese la idea, no descartaba que un día podría tocarle repetir aquellos rituales fúnebres con algún miembro caído de La Guardia.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Jue Dic 31, 2015 4:48 am

Estaba siendo ingenuo, lo sabía. Estaba dejándose llevar. Quizás no debía, seguramente tendría que ser más desconfiado respecto a un hombre que había abandonado la patria, por mucho que le hubiese admirado alguna vez, no podía simplemente tragar cada palabra amable que alguien le dedicara. Pero tan tentadora era la ilusión de ello, que no podía evitarlo. Dejaba que esas amables palabras se asemejasen a la verdad, dejaba que se quedaran en su mente; como todo aquello que se le dificultaba procesar, las tomaba por lo que eran en ese momento y dejaba que sus pensamientos las desenredasen mucho después. Argus no oiría la suma de sus impresiones al respecto ni sería testigo de lo que el retraído príncipe llegase a sentir, pero quizás sí su bitácora personal, por cuantas páginas de reflexión a tinta le tomase entender lo que quedaba inconcluso.

Tener una vida valiosa por sobre la corona. Había tenido una vida sin la corona antes y no había valido mucho en ese momento, no más de lo que soñaba él hacerla valer uniéndose a la milicia si las condiciones se lo permitían. El hecho de que entonces, después de haber sido puestas las sedas sobre sus decaídos hombros y los anillos en sus huesudos dedos, apareciese aquel hombre a intentar decirle que sí había más que ver allí, resultaba casi irónico. Irónico pero confortante de considerar.

- Pero es así como yo mismo lo prefiero, señor Argus. Es algo que me sienta bien. Me aligera las cosas. - Se defendió en un murmullo, pues era lo más fácil en ese momento, y lo dejó así al retirarse, casi que huyendo de todo ello. No le molestaban los cambios, pero había cosas que no estaba exactamente preparado para soltar. Alguna vez ya le había comentado a un noble hombre de Ylisse que sentía más fácil de cargar su propia existencia como príncipe, que el peso de su sola e inadecuada persona, y aquello seguía siendo cierto.

De cualquier modo, algo perduraba en él con más fuerza aún, en el momento de enfrascarse en la tarea asignada. Así como había ocurrido en ese lugar, podía ocurrir... podía estar ocurriendo o haber ocurrido en otro. Las ciudades de Daein no estaban aisladas ni incomunicadas como había estado aquel anónimo pueblo, la milicia tampoco las tenía abandonadas a su suerte y quería pensar que la situación general no era ni por cerca tan desventajosa. Era muy, muy improbable. Aún así, mientras cargaba piedra tras piedra para acomodar en fila y gravar manualmente, la noción seguía dando vueltas en su cabeza, insistente y perturbadora. Entre más intentaba perderse en lo que hacía, gravando una buena cantidad de piedras antes de ayudar a ponerlas centradas sobre cada tumba, más ruido blanco generaba todo aquello en su mente, al punto en que la voz de sus pensamientos resonó contra su oído de una forma demasiado real, preguntándole por su Daein y haciéndole alzar la cabeza como si le hubiesen hablado. Por supuesto, nadie lo había hecho. No era la primera vez que oía cosas; negó con la cabeza cuando uno de los mercenarios amablemente cuestionó si algo le sucedía y continuó en lo suyo.

Conseguir la piedra lisa, gravar, ponerla sobre la cabecera de una tumba. Mirar cada cuerpo por lo que yacía en él, apartando las armas que habían tenido consigo. Cargaban los cadáveres cerca de él, pasando a su lado cada vez que los dirigían a sus lugares de descanso, que al estar precisamente allí, le dejaban al rabillo del ojo la visión de todos ellos, algunos cubiertos y otros no. Descubrió que, si bien el impacto incial había sido remecedor e intenso, fuera del olor y la molesta presencia de moscas, le costaba encontrarse verdaderamente estorbado por aquel paisaje. Lo muerto, muerto estaba, y el daño que quedaba difícilmente lograba afectarle. Por más que viese la carne ennegrecida, retraída sobre los dientes o reducida a mero carbón, no imaginaba el dolor ni conseguía sentir misericordia al respecto. El hecho de que fuesen tantos de ellos o de que algunos cuerpos no superasen el tamaño de un infante, poco hacía por cambiar las cosas. Al pasar su melancólica y ojerosa mirada por el macabro desfile, pensó que debía de ser aquella la más intrínseca diferencia entre él y el noble ex-general: lo que fuese que aquel hombre estuviese sintiendo por esas personas, aquello que con tanta claridad lo movía, Pelleas simplemente no lo sentía. No estaba allí. Habían otras cosas sobre el pueblo fantasma que le inquietaban, pero creía que no las correctas y no hacían sino reafirmar lo lejos que se hallaba de tanta virtud.

Ese era él, nada que hacer al respecto. Se puso de pie y se enderezó, tronando sonoramente su espalda al hacerlo, seguida de sus nudillos al doblar sus dedos un par de veces. Quizás se había metido demasiado en las cosas. Miró a su alrededor como no había hecho en lo que parecían horas, y se encontró con un paisaje distinto: más fantasmal ahora que antes, el pueblo yacía vacío por cuanto los mercenarios dejaban de recorrerlo, y en su lugar, lo que se había llenado era aquella área, colmada de fila tras fila de tumbas de tierra, un testimonio de la más absoluta desolación. Eran demasiadas, al trabajar Pelleas no había notado realmente cuantas, tan sólo se preocupaba de ir acomodando las lápidas en hileras y si aparecían más, ocuparse de ellas también. En su momento había inclusive ayudado a bajar un par de cuerpos a sus respectivas fosas, era alto y podía salir con facilidad después, pero ni siquiera entonces había notado la magnitud de todo ello.

Sintió una mano en su espalda, mas no despegó los ojos del lúgubre paisaje. La grave pero pareja voz de Argus no le sorprendió, le había reconocido por su mano ya, por lo que enseguida respondió con calma. - Pueden enterrarlos. No se supone que la persona lleve nada consigo, lo más correcto es que se les entierre desnudos, pero no ha sido... posible. - Dejó aquello sin mayor explicación, esperando que el ex-general pudiese imaginárselo por sí mismo. En los cadáveres calcinados, piel y tela acababan en la misma negrura y aunque pudiese distinguirse una cosa de la otra, separarlos no era fácil. - Sobre la tumba no debe haber nada más que tierra, una lápida de piedra y, um, en este caso el arma con la que combatió la persona. Cuando no la hay se usan otras cosas imperecederas, como piedras preciosas, objetos de metal... - Le explicó a él lo que a sus hombres no había explicado, pues no acostumbraba dar órdenes siquiera a los suyos. Aún así, por su cuenta se había ido asegurando de tener todo a mano, dejando las lanzas rotas y las piezas de improvisadas armas junto a cada tumba, a modo de no separarlas de quienes habían sido sus dueños.

- Señor, ¿ha visto usted cosas así antes? N-No en Daein, supondría, pero quizás aquí en Begnion, o durante algún viaje... - Preguntó finalmente. Había cierto sentido de orden en lo que veía, las tumbas en filas y el pueblo vacío; como un verdadero y cerrado final, a diferencia del estado congelado en el tiempo y perdido en la historia en que había visto el lugar al llegar. No se le hacía muy desagradable, si lo veía así, mas imaginaba que no siempre sería de ese modo. Quizás, según pensaba, habría un motivo por el que a Argus le afectase de tal modo. - Cosas como estas, tan distanciadas del mundo, sólo han ocurrido en este último tiempo. He tenido oportunidad de estar en varios lugares, algunos de ellos bastante peligrosos, pero jamás había visto... esto. - Apretó los labios un poco, bajó los hombros. Que no le afectase emocionalmente no significaba que no lo desconcertara. -  ¿Es esto lo que sucede con cada lugar por el que los emergidos marchan? ¿Es esto lo que... queda? -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Jue Dic 31, 2015 6:44 pm

....El mercenario asintió silenciosamente con la cabeza cuando el príncipe le indicó la imposibilidad que había para poder enterrar a los difuntos desnudos, como debía ser. E incluso si en la mayoría de los casos la piel y la carne no se hubiesen fundido en una única amalgama, o si la sangre ya seca de los cadáveres mancillados no tuviese adheridos los ropajes, no se sentía capaz de ordenarle realizar aquella labor a sus muchachos. Por el rostro que estos mostraban era evidente que era su primera vez realizando una labor de esa índole y tratando tan de cerca con cadáveres tan maltrechos. Estaba seguro de que aquellas personas, en caso de estar vivas, agradecerían lo poco que estaban logrando hacer por ellos incluso si no conseguían replicar el rito fúnebre con absoluta exactitud. - Ya escucharon, muchachos. Comencemos a enterrar a esta gente. - Sí, gente, porque incluso después de muertos deseaba darles el debido respeto y considerarlos como personas. Era una consideración que estaba teniendo incluso contra los monstruos, como algunos los consideraban, que habían sido causantes de aquella masacre.

....Con un solemne silencio los mercenarios comenzaron a depositar lenta y cuidadosamente los cadáveres dentro de las fosas, a llenar éstas de tierra y colocar las respectivas lápidas, así como alguna pertenencia. Le resultó sumamente admirable ver al príncipe participar de manera más cercana en el procedimiento, ayudando a que los cuerpos fuesen colocados en sus respectos sitios de reposo. Para el hombre aquello solo era una muestra más de que detrás del título de príncipe, las delicadas sedas y toda esa absurda parafernalia existía un individuo digno de respeto, pero que posiblemente no era consciente de su propio valor.

....La pregunta del hechicero le tomó por sorpresa, aunque no pareció producirle ninguna incomodidad o consternación. No contestó de inmediato sino que se tomó el tiempo necesario como para poder terminar de llenar con tierra la fosa en la que recientemente habían colocado el cuerpo de uno de los habitantes del pueblo. Y solo al terminar regresó la mirada hasta el muchacho, dedicándole una sonrisa melancólica. -
Sí, la verdad he tenido que ver esto antes. Y me duele decirte que también lo he visto en Daein. No sé si ha vuelto a ocurrir en tus tierras pues hace meses que no he regresado. - Frotó una y otra vez sus manos contra la armadura para intentar limpiar un poco la tierra que había en estas, y luego condujo su brazo derecho hacia el rostro para secarse el sudor con el antebrazo. - La guerra siempre ha estado presente. Pero, tal como dices, de manera tan intensa y cruenta solo ha sido desde la llegada de esos... soldados. No sé qué buscan ni qué objetivos les guían. No hablan, no negocian, no perdonan. Simplemente... arrasan. - Esta última palabra la acompañó con un gesto de su brazo abarcando el pueblo, un ejemplo bastante gráfico de a qué se refería con esa descripción.

....- En La Guardia hemos recibido a muchas personas que han sobrevivido ataques de Emergidos, y por lo que he escuchado de algunos pareciera ser que esos individuos no se molestan en perseguir a quienes huyen. Pero no es algo que te pueda asegurar por mi propia experiencia. - El mercenario se cruzó de brazos y tras inhalar una bocanada de aire exhaló éste en un profundo suspiro. Era lamentable pensar en todas las vidas que habían acabado a causa de esas figuras misteriosas, y de cuántas personas, a pesar de seguir viviendo, ya no poseían un hogar o una familia. - No todo el mundo se cree eso, lo de que se puede escapar. Y tampoco todo el mundo tiene el deseo de huir a pesar del peligro. Es todo lo que tienen... sus hogares, sus tierras. ¿Qué se les puede prometer si huyen? No tienen a dónde ir, y allá afuera, ¿qué les espera? Más emergidos, bandidos, bestias salvajes. Otras veces algunos se quedan para darle tiempo a otros. - No eran pocas las historias que había escuchado de boca de los sobrevivientes. Los entendía perfectamente, si bien no estaba de acuerdo con poner en riesgo sus vidas por la incertidumbre que les podía ofrecer el futuro si huían.

....- Déjame contarte una historia. Es algo que experimenté hace un tiempo, en algún lugar. - Permaneció en silencio durante unos largos segundos y observó el rostro del muchacho que tenía en frente. Su bien le miraba a los ojos, de alguna forma podía sentirse que no le estaba viendo a él, que estaba viendo algo un poco más lejano, un recuerdo. - En aquella época yo ya tenía una vaga idea de cómo eran los Emergidos. Había oído historias y visto a víctimas de sus destrozos, pero nunca algo tan directo como lo de ahora. La persona que me... empleaba me había dado órdenes muy precisas: que mis muchachos y yo acabásemos con un grueso ejército de Emergidos que se dirigía, posiblemente, se dirigía hacia la capital. Los enemigos iban a tener que pasar, antes, por un pueblo tan humilde como este, aunque menos aislado. De acuerdo a la conducta que estos individuos han mostrado todo apuntaba a que iban a hacer una pausa en su avance para causar los típicos destrozos. - De pronto el gesto del ex-general se transformó. Lo que comenzó siendo melancolía ahora parecía ser dolor, y quizá incluso un poco de enfado. - Eso significaba un retraso en el avance de las tropas de Emergidos, lo cual daba más tiempo a que llegasen refuerzos. Todo apuntaba a que en el pueblo no sabían lo que les esperaba, y los Emergidos tampoco parecían conscientes de que les seguíamos. Mi trabajo era quedarme de brazos cruzados, esperar a que esos soldados llegasen al pueblo, y que hicieran... bueno, ya has visto lo que hacen. Esto. Y entonces, mientras se enfocaban en los civiles, emboscarlos. Atacar de distintos flancos junto con las demás tropas. Aprovechar el factor sorpresa y el caos.

....Al terminar de explicar se produjo, al menos por su parte, un profundo silencio. Sus ojos se cerraron durante un prolongado instante y al cabo de un momento, al sentir que ya volvía a estar en control de sus emociones y de sus propios recuerdos, reabrió los párpados y observó a los ojos del hechicero. - Me imagino que para algunos será bastante válido sacrificar a unos pobres desdichados si a cambio se salvan a otros. No sé, que mueran cien y salvar a mil. Y a veces por decisiones como esas ocurren cosas como esta. A veces no hace falta que un pueblo esté aislado para que lo arrasen de esta manera, solo hace falta con que alguien considere que sus vidas valen menos que las de un grupo todavía mayor. - Su mirada finalmente se trasladó hasta las numerosas hileras de tumbas. En cada una de ellas había una persona que había perdido la vida, personas que, para él, valía tanto como cualquier otro individuo. No podía imaginarse a sí mismo dejando morir a pocos para salvar a muchos, aun cuando sabía muy bien que en ocasiones esas decisiones eran inevitables. - Son tiempos oscuros, muchacho. Estoy seguro que un desertor como yo no tiene derecho a darle consejos a un príncipe sobre cómo gobernar, pero aun así me tomaré el atrevimiento. Eres un gran muchacho, y sé que Daein tendrá mucha suerte de estar a tu mando el día que eso ocurra. Pero cuando llegue ese momento no olvides que incluso personas como estas... - Con un gesto de su mano señaló las tumbas. - ... confían en su rey, y confían en que él les cuidará, incluso siendo tan humildes o estando tan aislados.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Miér Ene 06, 2016 12:34 am

Un silencioso y cínico disgusto obscureció su mirada. No había tenido el infortunio de que se le encomendara a él mismo poner a descanso el cuerpo de un emergido, pero llegó a ver a un par de ellos ser cubiertos paulatinamente en tierra. Un cadáver era sólo un cadáver, un rito fúnebre era un regalo de buena voluntad, no un derecho que a todos correspondiera; no veía motivo para darle al enemigo aquel trato, pero aunque el desagrado envenenara sus pensamientos en ese momento, no osaba imponerse para reclamar que fuese de otro modo. Al final, su silencio le daba más justa imagen de la que se habría ganado interviniendo. Reconocía a cuenta nueva la nobleza en el corazón del ex-general, pero en ese entonces se sintió lejos de admirarla. Más nobleza de la necesaria.

Mas su enemigo era otro. Su enemigo había marchado y marchaba aún por Daein, y Pelleas oía por vez primera lo que había dejado en su estela: destrucción como la de ese lugar, Argus aseguraba haberla visto también en Daein. El joven heredero palideció y su concentración se vio atascada enseguida, repitiendo aquellas palabras en su mente, conciliándolas con la imagen que veía frente a sí. Un paisaje de tumbas de tierra en un pueblo de Daein, o peor aún, el completo abandono y olvido que primero había presenciado. Le hacía querer retirar a los emergidos de sus tumbas y ver que se pusieran a un uso más acorde, el internado de Plegia siempre apreciaría más sujetos, aunque a él mismo no le molestaría comenzar a practicar por su cuenta lo aprendido allí. La ira le tomó el pecho, no con un rugido que le impulsara a hacer algo, sino con un gélido, silencioso y duradero agarre. Cerró los ojos. Apenas se enfocaba en oír, pero las palabras del mercenario le hacían ver en nueva luz ese pueblo y su tragedia. Ya no era para nada indiferente a ella y no sabía si debía aliviarse o no. Quizás fuese mejor que no sentir nada. No era alguien dado a la ira ni deseaba serlo, pero aunque respirase e intentase dejarlo pasar, el frío allí se quedaba.

- D-De ser ellos, los que han escapado y sobrevivido, yo estaría enfurecido. - Dijo, buscando justificación para todo aquello. - Si Begnion es lo que usted considera ahora su hogar, ha de sentirse enfurecido por todas esas cosas también, por esto... - Intentó, aunque distaba en demasía de lo que percibía de parte del mercenario. Su hablar no era muy elaborado, en la frontal simpleza con que se expresaba no había espacio a pensar que ocultaba nada; y hablaba de las víctimas tanto más de lo que hablaba del enemigo. No era furia lo que cargaba, claramente, sino responsabilidad.

Había algo que quería decirle, y el tono en que pedía turno para relatar remitía al príncipe a tiempos anteriores. En sus gentiles modos, el general Argus siempre había inspirado respeto. Era una forma de control que desconocía, aquella en la que no necesitaba ser la más ruidosa de las voces para ser la que los demás escucharan, o inspirar temor a represalias si no lo hacían, mas descubría que funcionaba así con él también: había algo en la voz del mercenario que le hacía poner atención enseguida, en instinto. Apenas y parpadeó, atento a un relato de batalla en el que, por más que no lo dijese, se hacía obvia su posición. Ningún 'empleador' ponía sobre los hombros de mercenarios, sin importar lo numerosos que fuesen, la defensa de una capital, ni disponía con tanta soltura de pueblos y posiciones. Sus 'muchachos' eran militares, su 'empleador' probablemente un general de mayor rango. O Pelleas conocía demasiado bien el funcionamiento de esas cosas, o Argus era incapaz de mentir inclusive en modificar un par de palabras de una verídica historia; se inclinaba más a pensar que era lo segundo.

- Eso... eso ha sido en Daein. ¿No es así? - Se aventuró a decir, sin siquiera apartar la mirada. No podía reconocer el planeamiento de su padre o sus generales, pues muy pocas veces compartía estrategia con él o le hacía partícipe de sus ideas, pero intuía sus sombras tras ese método. No quería reconocerla, realmente no quería, pero estaba casi seguro. El entrever finalmente un asomo de molestia o cualquier emoción que no fuese misericordia en el semblante de Argus ya le decía bastante, que hablase de la forma en que algún día el príncipe gobernaría sólo se lo confirmaba. En el mismo silencio tomó otro rumbo su propia frustración, y en abstenerse de opinar contra lo que sentía absolutamente prohibido, acabó por apretar la mandíbula un poco, cerrando las manos en puños discretamente, uñas hundidas en sus palmas.  - No he sabido de ello, quiero decir, n-no lo digo porque lo haya presenciado, o lo haya oído, pero estoy seguro de que así fue. Y e-es que, es... - Se tragó sus palabras rápidamente. No opinar, no debía opinar, no sabía cómo había sido todo. Agachó la cabeza un poco, lo suficiente para cortar el contacto visual, le hacía sentir demasiado presionado. - Valoro su consejo. ¿No cree que deberíamos ayudar con esto? -

Se adelantó. Quizás era un obvio corte al tema de conversación, pero no había sido descortés, o eso creía; peores huidas había tenido cuando sus nervios lo dominaban, esa no era nada. Además, estaba demasiado tenso, necesitaba moverse un poco, al menos ocupar sus manos, antes de que acabase atravesándose a sí mismo las palmas. Marcas en enrojecida medialuna habían quedado ya en su piel al abrir las manos, tomando enseguida los detalles finales de las tumbas, las armas que debían ir con el filo hacia abajo, en una posición de finalización y descanso. Comenzó a clavarlas tras las lápidas, rectas y simétricas. Ocuparse le tranquilizaba, mas no le detuvo de volver casi enseguida a hablar. - A veces deben tomarse muy difíciles decisiones. Son escasas las veces en que existe tal cosa como la solución perfecta. A veces no hay tiempo o forma de pensar en el país vecino, o minimizar el gasto de recursos, o cosas así... pero el culpable es el invasor, primero que todo. No el invadido que se ve forzado a tomar acciones para sobrevivir. - Dijo con cuanta calma podía mantener. - Lo que un buen líder tendría que hacer, para proteger a los suyos... sería castigar y eliminar al invasor antes de que le arrincone de ese modo. Entonces todo se trata de tener la fuerza suficiente para hacerlo. Creo... creo que eso es lo que mi padre también diría. -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Miér Ene 06, 2016 4:39 pm

....Era totalmente ignorante del disgusto que sentía el príncipe al ver cómo algunos emergidos eran, también, honrados con un rito fúnebre apropiado. Pero el muchacho no era el único que se sentía incómodo en mayor o menor medida con aquel gesto por parte del líder. Podía percibirse la duda y el descontento entre uno que otro integrante del gremio, en especial en aquellos que sí tenían la labor de sepultar los cuerpos de quienes causaron la masacre. El pelirrojo, sin embargo, se veía estoico ante esa situación. Incluso si no era consciente de cómo se sentía el noble, sí que lo era de cómo debían de sentirse algunos de sus chicos, pero ese hecho no era suficiente como para que el varón desistiera de sus intenciones.

....- Lo he estado. He estado enfurecido al contemplar escenas así en Begnion, y también en Daein. No es necesario que dañen la tierra en la que me he establecido o he nacido para que sienta la rabia y la frustración al ser testigo de una matanza injustificada. - Su rostro de pronto mostró un gesto de cansancio, y es que no podía sentirse de otra forma al recordar sus primeros encuentros con las huellas dejadas por los emergidos a su paso. Al cabo de unos segundos negó con la cabeza. - Eventualmente esa furia fue convirtiéndose en algo más. En muchas cosas más, siendo exactos. Por ejemplo, en impotencia. Que nuestros enemigos sean capaces de causar el daño que causan significa que nosotros, los que deseamos proteger a la gente indistintamente de si somos soldados o mercenarios, estamos haciendo mal nuestro trabajo. Además la furia suele nublar el juicio, y algo así puede llevarnos a cometer muchas estupideces. - Tenía la fortuna de que hasta ese día jamás se había dejado llevar impulsivamente por sentimientos negativos, pero sí había presenciado cómo el dolor, la ira o el resentimiento llevaron a grandes hombres y mujeres a realizar actos de los cuales luego se arrepintieron, o perdieron su norte.

....Luego de ofrecerle al príncipe aquel relato, destinado enteramente a poder ofrecerle a su interlocutor algo de perspectiva y un consejo con buena intención, se sorprendió un poco de que éste supiera discernir el verdadero origen de la historia. Por un instante había creído disfrazar de la mejor forma posible los eventos para que aparentasen ser simplemente uno de los tantos trabajos realizados por La Guardia. No llegó a pensar que el chico fuese lo suficientemente intuitivo como para ver más allá de eso, aun cuando en realidad la culpa recaía en su ineficiencia al mentir en algo así. -
Así es, fue en Daein. Fue el motivo por el que decidí marcharme. - Admitió con total honestidad ahora que su compañero sabía la verdad.

....De pronto había quedado cierta incomodidad presente en el pecho del mercenario, así como en su mente. Sentía que tal vez había sido algo imprudente en contar aquellos eventos en particular, o que quizá lo que había comenzado como un noble detalle de aconsejar a un futuro rey se había convertido en un insulto accidental hacia su padre o hacia su forma de dirigir el ejército. Y a causa de eso en su cabeza buscaba las palabras apropiadas que decir, o cómo remediar lo ocurrido.


....- No dudo que a veces un líder debe de tomar decisiones complicadas, y que en ocasiones no hay tiempo para buscar mejores alternativas. Créeme que no considero a tu padre, o a quien haya sido que dio la orden, un monstruo por idear semejante estrategia. - Caminó hasta ubicarse a un lado del hechicero y contempló la manera en la que realizaba los preparativos finales a cada tumba. Luego de unos instantes, tras considerar que había captado cómo era el procedimiento, empezó a ayudarle con las demás tumbas. - Quizá me equivoco, pero considero que una persona debe de seguir a aquel con quien se sienta identificado. Un soldado o un guerrero en general, cuando obedece a una persona, no solo le está prestando sus armas y su tiempo, sino también su vida. Podría morir siguiendo a ese individuo, y por lo tanto lo mejor es que, si eso ocurre, lo haya hecho porque sus ideales coincidían con los de aquel a quien obedeció. Lamentablemente aun si yo podía comprender los motivos de mis superiores, no era capaz de compartirlos. Preferí tratar de perseguir mis propios ideales y labrar mi propio camino. Buscar una vía en la que no haga falta sacrificar a unos para salvar a otros. Aunque, como puede ver, mis métodos continúan fracasando hasta ahora. - Intentó hacer ese último comentario como una suerte de broma para aligerar el ambiente, si bien en sus labios se dibujó una sonrisa débil y triste al hacer evidente cómo todavía no era capaz de salvarlos a todos por igual. De hecho en aquel pueblo no había sido capaz de salvar a absolutamente nadie.

....Guardó silencio durante varios segundos mientras reflexionaba las palabras del príncipe. Sus ojos se entrecerraron mientras su semblante cobraba un gesto meditabundo. Finalmente sus manos cesaron toda actividad sobre la lápida que tenía frente a sí y se acomodaron sobre el regazo masculino en lo que el mercenario volteaba hacia su compañero de charla. -
¿Sabes, chico? Creo que tienes razón. Tal vez... tal vez el secreto y la solución está en la fuerza. Pero no en la fuerza que permita al líder someter, castigar y eliminar a los invasores. Quizá un buen líder hacía eso. Pero... ¿Y qué tal si se obtiene la fuerza suficiente como para disuadir al enemigo de que siquiera inicie su invasión? Pienso que tal vez eso lo haría un excelente líder, no simplemente uno bueno. Una fuerza lo suficientemente grande e indiscutible como para evitar la lucha y el derramamiento de sangre por parte de cualquier bando. Un poder tal que el enemigo ni se molestaría en ir a la guerra porque conocería sus posibilidades de perder. - Había algo en sus palabras y en su tono de voz. Era como si no solo estuviese explicándole aquella idea, recientemente concebida gracias a las palabras de su interlocutor, sino también explicándoselo a sí mismo.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Miér Ene 06, 2016 7:52 pm

Dudaba tanto que su ira se fuese a mejor lugar y se transformase en algo más correcto, como en el caso de Argus. Pero supo apreciar aquel momento, el imaginarles similares en algo aunque fuese efímeramente, pues más allá de ello, sabía que difería mucho de su persona y por más que envidiase lo heróico de la ruta que el ex-general había elegido, tal cosa no era para él. Era muy, muy consciente de ello. Estaba en la edad de un hombre ya, pero continuaban sintiéndose un muchacho, uno al que le desagradaba horriblemente tomar decisiones y prefería ir con lo que fuese más fácil. Inclusive en su presencia allí, en todo aquel viaje, se encontraba porque otros lo habían decidido por él. Ni siquiera lo había discutido, sólo había agachado la cabeza y aceptado que si parecía ser lo mejor para él, pues tendría que hacerlo. Si no podía decidir por sí mismo ni en cosas como esa, ¿cómo podía criticar a alguien que guiaba con entereza su propia vida?

No le sorprendía, al fin y al cabo, que admitiese las condiciones bajo las que había decidido retirarse de Daein. Era de anticiparse, apenas y se detuvo al final de la hilera de memoriales, le miró y asintió con la cabeza, sin emitir juicio alguno. Entonces tomó la siguiente hilera y continuó, recogiendo de un arma improvisada por vez y acomodándolas con el filo hacia abajo, hundido en la tierra hasta donde lograba enterrar. Una tumba era lo que único que aquellas personas estaban recibiendo a cambio de su sacrificio; era menester a sus ojos que fuese una buena.

- Está bien. Ha hecho lo que ha sentido necesario, ha tenido sus motivos. Estoy seguro de que siempre ha sabido lo que se juega a favor y en contra de tal decisión, sería muy tarde si le hablase en contra de ella ahora. - Dijo, entre tanto. No pretendía romper el andar del ex-general, menos castigar su humor, que de ningún modo le correspondía. No se le dificultó en absoluto sonreír con calma, bajando los hombros con un suspiro algo derrotado. - Supongo que yo realmente no debería estar aquí, no debería estar hablando con usted... no demoraré demasiado antes de seguir mi camino, así que le ruego que en ese momento olvide todo, asuma que no me ha visto en estos años. - Volvió la vista a él, y al encontrarle ocupado en la misma tarea, emitió una leve y corta risa. Algo había de curioso en verle hacer lo que era tarea de clérigo o de sabio.

Se le acercó en su usual andar de pasos arrastrados y pausados, casi apesadumbrados, para agacharse a su lado. En la tierra sana entre aquella tumba y la siguiente crecían algunas hierbas, diminutos dientes de león que se mecían en el viento. Las tumbas de aquellos fieles a Ashera no podían tener nombres, pues los nombres eran pasajeros. Tampoco podían tener flores, pues las flores perecían. Mientras escuchaba al mercenario se ocupó de cortar algunos dientes de león, soplándolos para dispersar las hebras blancas. Al menos tenían su momentáneo uso y ya lejos crecerían más. - Poseer un poder tan grande que intimide hasta ese punto... tan abrumador, que se vuelva incuestionable. ¿Algo así como los dioses, o los grandes conquistadores de antaño...? - Musitó. Era un concepto fantástico, aunque difícil de alcanzar. En su mente tan sólo evocaba al internado de Grima y sus capillas, las estatuillas del dragón de numerosos ojos, al que los hombres comunes jamás se habían atrevido a oponerse sin la ayuda de Naga. Sólo dioses tocaban dioses. Eran lindas ideas, al final. - Sería fantástico. Pero me conformo con el poder suficiente como para oponerme, no permitir que en mi hogar suceda lo que sucedió aquí. No quiero esto para Daein... - Exhaló. Ya no era tan desagradable paisaje, pero la primera imagen había quedado gravada a fuego en su mente y no podría dejar de pensar en ella pronto. Probablemente preocupándose a cada momento de si su Daein estuviese bien, de si estaban sucediendo cosas similares mientras él no estaba. Volver a la patria en ese momento, con intención de protegerla, habría sido totalmente inútil consideradas sus cortas capacidades. Pero mientras continuaba viajando y estudiando, seguiría preocupado. - No puedo volver a casa por un tiempo más todavía... pero sé que cuando lo haga, me habré vuelto realmente capaz de protegerla. Más bien, no volveré hasta que sea capaz de hacerlo. -

Le habían enviado a salir en ese viaje, pero era él quien elegía cuando regresar y había decidido no hacerlo aún. Él mismo había elegido su meta y había puesto Daein fuera de su anhelante alcance hasta lograrla. Esa era su voluntad, y eso lo hacía su propio camino. Era al menos una cosa de la que podía estar orgulloso. Seguramente algo había de similar en la meta del ex-general; y quizás la abrumadora fuerza que hablaba de obtener se refería a lo que tenía a su alrededor, ese batallón de rostros desconocidos y armaduras anónimas que claramente le obedecía. En algún momento había mencionado un nombre. Hizo memoria y enseguida preguntó. - Este ejército... lo ha llamado "La Guardia", ¿no es así? ¿Puedo saber qué es, exactamente? -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Jue Ene 07, 2016 2:15 pm

....- ¿Por qué habría de olvidar el encuentro que he tenido con no un príncipe, sino un noble muchacho que ha empleado su tiempo en enterrar a unos desconocidos? Lo siento, muchacho, pero no podré hacerte ese favor. - Negó con la cabeza para enfatizar su postura al respecto. Sin embargo su mirada, así como sus manos, continuaban ocupadas en la labor de realizar el debido procedimiento sobre cada una de las tumbas: recoger una pertenencia del individuo, enterrarla adecuadamente sobre la sepultura, etcétera. Solo fue capaz de voltear cuando algo llamó verdaderamente su atención por encima de cualquier otra cosa: escuchar al muchacho reír. Si no le fallaba la memoria jamás le había visto siquiera sonreír en los breves y cortos encuentros en Daein, e incluso hasta ese momento el rostro del muchacho era el de alguien agobiado por una pesada carga que yacía en sus hombros. Difícilmente lo creía una persona capaz de sonreír abiertamente, no por una incapacidad misma de su ser sino por las circunstancias que le rodeaban. Mucho menos pudo haber imaginado que el chico reiría. Eso era un buen augurio, pensó para sí, y no pudo evitar reír por unos pocos segundos en voz baja.

....Algunos dientes de león pasaron frente al rostro masculino, distrayéndole y haciéndole cesar cualquier labor que realizaran sus manos. De todos modos ya había terminado con aquella tumba en particular. Su mirada regresó hasta su interlocutor mientras escuchaba con gran interés lo que éste acababa de decir. El poder del que él hablaba ya había tenido precedentes y había sido ostentado por otros seres: dioses y conquistadores. Muy a su pesar era demasiado poco lo que conocía sobre ambos temas. Sus padres habían sido muy creyentes, aquella época había quedado atrás, muy atrás, como para recordar aquellos detalles; y si bien sus tíos compartían el mismo afán religioso fue apenas uno o dos años lo que compartió con ellos. Conocía lo básico, nada más. Pero desconocía de qué tan poderosas fueran esas entidades o si era siquiera posible que un hombre común y corriente pudiese poseer un poder similar.

....Todavía peor era su dominio de la historia. Nació como campesino y más o menos la mitad de su vida la vivió como tal. Había recibido una educación bastante básica gracias a sus padres pero no se comparaba ni remotamente con la que algún noble o adinerado tendría, y su carencia de conocimientos se incluía, especialmente, la historia. No era sino hasta ahora que escuchaba sobre la existencia de antiguos y grandes conquistadores, y mucho menos sabía cuáles habían sido sus nombres o proezas. Por alguna razón siempre había dado por hecho todo aquello: ese continente, esos reinos, como si hubiesen existido desde el principio junto a todo lo demás.


....- Así que eso es lo que te trae por aquí. - Las palabras de su compañero le hicieron volver en sí, en especial por lo reveladoras que habían sido. Hasta ese momento no veía motivo alguno para que el príncipe de Daein estuviera en las tierras de Begnion. Incluso si aquello tuviese que ver con algún plan de conquista o expansión, el muchacho on estaría solo. Pero luego de su comentario creía entenderlo todo un poco mejor. - Has decidido abandonar los seguros muros de la capital de tu hogar para conocer el mundo y fortalecerte. Para convertirte en un hombre capaz de proteger a los tuyos. Admirable, muy admirable. - Finalmente, luego de minutos de platicar temas tan melancólicos y desafortunados, el mercenario podía dedicarle al muchacho una auténtica sonrisa carente de nostalgia. Su mano izquierda realizó un par de palmadas suaves sobre uno de los hombros ajenos. - Estoy seguro que lo conseguirás. Se ve que tienes potencial, y lo más importante es que también tienes determinación. Te lo dice un hombre que tiene buen ojo para juzgar a sus reclutas, ¡ja, ja, ja!

....Aún hincado frente a una de las tumbas mientras platicaba con el hechicero, el mercenario decidió acomodarse y sentarse finalmente sobre la tierra. La conversación se prolongaba, cosa que disfrutaba sobremanera, y era apropiado ponerse cómodo. Además tenía intenciones de formularle ciertas preguntas al muchacho y eso seguramente alargaría todavía más la plática. Sin embargo su interlocutor se adelantó, planteando él mismo una duda que parecía surgir en su interior: ¿qué era La Guardia? El pelirrojo, ante esa interrogante, se llevó la diestra hasta el mentón. - ¿Qué es, eh? - Su mirada se elevó por unos segundos, contemplando el oscuro cielo nocturno. - Esperanza. Creo que eso es lo que es. Por lo menos estos chicos, este gremio, son la mía. Y quiero creer que yo, o que nosotros más bien, somos la de muchos otros. - Compartió aquel pensamiento con un tono de voz calmado y solemne mientras su sonrisa se ensanchaba un poco; parecía satisfecho con la explicación.

....Pero sabía muy bien que la respuesta otorgada distaba de ser precisa, y poco o nada ofrecía sobre los detalles de La Guardia. Su mirada regresó hasta el rostro del príncipe mientras se disponía a contestar con más propiedad. -
Discúlpame, supongo que no te dije mucho con eso. La Guardia es un gremio que fundé con la intención de brindarle ayuda a los desamparados, y de colaborar a mi manera, por ese sendero que te dije que iba a construir, a la gente. No a la de Begnion, no a la de Daein, no a la de Tellius. A la gente, sin importar su origen o su raza. Proteger cada vida que me sea posible, sin determine a distinguir a quién pertenece. Muchos de los chicos que ves aquí ni siquiera fueron soldados. - Con un movimiento de la cabeza señaló en dirección a los hombres que continuaban trabajando, si bien ahora mostraban un semblante más sereno, quizá por encontrarse acostumbrados a trabajar con aquellos cuerpos. - Ejercemos como mercenarios para ciertos trabajos. Nada de asesinatos, nada de hacerle el trabajo sucio a otros. Trabajos que involucren ayudar a las personas: lidiar con bandidos, escoltar, proteger, recuperar cosas robadas, incluso ayudar con construcción, con recolección, etcétera. Hasta hemos hecho de mensajeros. Con eso mis chicos ganan algo de dinero para sus propias cosas, y además le dan una porción al gremio como tal. No estamos bajo el mando de nadie así que no ningún reino nos ayuda con los gastos, y con esos encargos podemos compensar eso. - No tenía por qué aclarar aquellos detalles, pero se sentía conforme consigo mismo dejándole claro al príncipe los motivos por los cuales ejercían tal profesión en vez de, por ejemplo, unirse a algún ejército o formar uno propio en vez de ser simplemente mercenarios. - También somos... ¿cómo decirlo? ¿Una especie de refugio? En nuestro hogar no hay simplemente guerreros. Hay campesinos, gente que nunca ha levantado un arma ni pretende hacerlo, o incluso niños, ancianos y enfermos. Personas que no tienen un sitio al que llamar hogar, o que perdieron el suyo gracias a los emergidos o incluso por culpa de las guerras o los bandidos.

....Había sido una explicación algo más larga de lo que él mismo se había imaginado, pero sabía muy bien que La Guardia se había transformado con el paso del tiempo, y si bien inicialmente la imaginó como simplemente una fuerza militar independiente que combatiese contra los emergidos u otros individuos que atentasen contra la gente, con el paso de los años fue mutando, adquiriendo nuevos matices y funciones, hasta convertirse en lo que era en la actualidad. Y, en su opinión, no se arrepentía en lo más mínimo de que hubiese ocurrido aquella transformación.

....El pelirrojo decidió aprovechar el breve momento de silencio para ser él quien, ahora, compartía sus dudas. -
Dime, muchacho. ¿Sería posible que compartieras conmigo tus saberes sobre... cierto tema en particular? Hace poco, cuando hablábamos acerca del poder, me platicaste que la idea que había planteado sonaba como el poder que ostentaban los dioses, pero también los grandes conquistadores de antaño. ¿Quiénes eran esos conquistadores? Da igual los nombres si no los sabes, me refiero más que nada a... ¿Qué proezas realizaron? ¿Realmente llegaron a ser tan poderosos como para que nadie se atreviera a desafiarlos? ¿Alguno de ellos fue capaz de lograr la paz, o al menos la seguridad de su gente, gracias a su fuerza?
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Miér Ene 13, 2016 3:10 pm

Era fácil perder un poco la tensión junto a la robusta figura del ex-general, escuchando el grave tono de su voz y su risa. Una versión más gentil del rugido de una voz paternal. Un viento cálido pasó por sobre las tumbas que paulatinamente se veían terminadas, una a una, mas el aroma a sangre y a grasa quemada tardaba en disiparse; en similar modo se asentaba tercamente su furia, poco común dentro de él. Frustraciones, tenía muchas, pero no creía haberse sentido tan sinceramente colmado de ira en su vida y no conseguía forma de expresarlo o liberarse, más allá del temblor en sus manos cuando se distraía. Tan sólo dejaba que la sensación se quedase en su pecho, alimentando un incipiente odio sobre el que actuaría después, cuando las condiciones fueran propicias. Por el momento, podía guardarlo allí y casi que ignorarlo como un veneno más a su conciencia, poniendo una leve e incierta sonrisa en su rostro.

Nuevamente el gesto de la mano ajena sobre sí le hizo retraerse, tensar cada músculo en su cuerpo y aferrar sus dedos a la caída de su túnica sobre su regazo, mas en aquella ocasión supo dejarlo pasar, aceptando lo que sería nada más que un par de inofensivas palmadas, por pesada que fuese la mano del mercenario. - ¿Potencial, dice usted...? - Murmuró, poco más que exhaló las palabras. Su cansada mirada cobró cierto brillo. - Un sabio caballero en Ylisse me ha dicho que el máximo mérito de un gobernador yace en el amor a su pueblo. Que, teniendo este, es inevitable que el reino reconozca y comprenda la intención de quien le guía. Pienso en ello cuando parece que no hay nada que yo pueda hacer... sin embargo... ¿cree que es posible para mi? - Preguntó con un contenido deje de esperanza. Confiaba en la honestidad del ex-general, como confiaba en su juicio.

Comenzaba a dificultarse mantener la vista en los gestos del hombre tanto como en cualquier elemento del entorno, pues la noche caía cada vez más cerrada y las tareas en lo que quedaba del pueblo debían apresurarse. Divisó un par de pequeñas flamas danzando a la distancia, antorchas que se encendían y se pasaban de mano en mano para darse pequeñas fuentes de luz. Oía con agrado, entre tanto, la definición del líder de la Guardia; apreciaba lo poético, quizás no fuese algo que a menudo mencionase en voz alta, pero lo hacía. Y la idea entera del grupo no sonaba sino como lo correcto para el pelirrojo ex-soldado, aunque un ambicioso concepto en teoría, parecía que el camino que había elegido le llevaba exactamente a donde debía de llevarle. - Ya veo... no podría imaginarme algo así de parte de otro hombre. No le ha ido mal en absoluto, entonces, construyendo tal cosa en tan breve tiempo. En un impresionante corto tiempo, siendo sincero. Aún si no vuelvo a verle, estoy seguro de que oiré sobre usted. - Asumía, pues, que una vez que separasen sus caminos aquel día, sería otro par de años hasta que por coincidencia se reencontrasen. Si es que volvía a suceder. Una vez que regresara a Daein, lo más seguro era que no saliese; una clase voluntaria y hasta anhelada de restricción, realmente.

- Son muchas las historias de conquistadores antiguos, parece que hay muchas más de ellas en el nuevo mundo también. Muchas pueden ser sólo mitos, es difícil saberlo. Pero si son de su interés, puedo hablarle de las que conozco. - Dijo. No percibía motivo secundario a la curiosidad del mercenario, a sabiendas de que cualquier extraña intención probablemente se notaría en alguien tan incapaz de manipular verdades, pero el interés académico por sí sólo le parecía perfectamente válido y él sabía de la materia, después de todo. La historia de los nuevos reinos era lo primero que se había estudiado respecto a ellos, y para ese entonces estaba en privilegiada posición para acceder al conocimiento. - Le contaré de ello con la condición de que olvide, al menos, que el príncipe de Daein ha estado con usted. - Pidió puntualmente; no tenía por qué olvidar todo, ni él ni Argus, pero era un hecho que no se suponía que estuviese a su lado de tan buena gana. Puesta la condición, comenzó sin pensárselo en demasía, iniciando por historias del mismo Tellius. - El mismo Begnion fue fundado por una heroína, ¿lo ha sabido? La primera apóstol, Altina, quien ostentaba las bendiciones de Ashera. En su tiempo consiguió establecer el orden entre los reinos subhumanos y la teocracia, pero con el tiempo, nacieron de esta Crimea y Daein, e inclusive la autoridad de Altina y sus descendientes menguó. Es lo mismo con todo el continente de Elibe, fundado por un grupo de héroes similares; cada uno fundó su propio reino, incluida Santa Elimine debió de luchar por ello en su momento, nada menos que expulsando a los dragones del territorio y conquistando sus tierras. Gracias a ella fue fundada a Etruria, y la lista sigue de ese modo. Muchísimos de los reinos actuales fueron fundados por un sólo gran guerrero. -

Parpadeó algunas veces, acostumbrando la vista a la oscuridad. Los soldados del gremio parecían estar terminando con su tarea, por tanto alejando las antorchas de aquel sitio en particular. No era que le molestase demasiado, los ambientes oscuros eran cómodos. No se molestó en moverse de su lugar al continuar, la vista puesta en un punto incierto del suelo y las manos firmes en la tela de su túnica. - Tener a una respetable línea de sangre por líder le confiere seguridad al reino. Aún así, si bien se ha dado incontables veces, nunca ha existido un caso tal en que la autoridad del guerrero sea suficiente como para evitar conflictos... han continuado habiendo guerras, desde el inicio y hasta ahora. Peores, entre más reinos se han generado y dividido. Es simplemente el curso de la historia. -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Vie Ene 15, 2016 11:07 pm

....Le robó una sonrisa el notar que sus palabras habían causado un impacto en el príncipe, y que algo en él parecía haberse iluminado una vez que el pelirrojo puntualizó el potencial que veía en el chico. Dejó escapar una pequeña y suave risa, sin el menor deje de burla o ironía en aquel gesto, mientras asentía con la cabeza. - No solo creo que sea posible para ti, sino que estoy totalmente seguro. Y tengo la fuerte impresión de que ni tú mismo eres consciente de todo el potencial que hay en ti. Potencial para ser un rey, un líder, y mucho más. - En el fondo, además, también esperaba de que en aquel muchacho existiese la capacidad de superar a su padre en cada uno de los aspectos. Deseaba creer que realmente veía en el hechicero la capacidad de ser un mejor rey, en vez de pensar que proyectaba en él el futuro mejor que esperaba para Daein. - También aprovecho para decirte que ese sabio de Ylisse ha dicho palabras muy certeras. Ama a tu pueblo, a tu reino, a tu gente, y ellos eventualmente se darán cuenta de que la persona a la que siguen es digna de su fe y de su confianza. Pero siempre recuerda: el "reino" no es simplemente un concepto, y tampoco es un lugar físico. El reino está compuesto por sus personas, por cada una de ellas. Quiérelos a todos, y vela por el bienestar de ellos sin distinción, y entonces cada uno de ellos dará todo por ti y por tu causa, incluso su propia vida.

....Poco a poco la sensación de estar hablando con un príncipe resultaba cada vez más distante e irreal, y en su lugar le daba la impresión de que platicaba sencillamente con un hermano menor. Esto producía en el mercenario un mayor grado de empatía hacia su interlocutor, y un deseo mucho más fuerte de ayudarle en su travesía, o siquiera en su crecimiento. Y con aquellas ideas en mente no pudo sino sonreír cuando el más joven compartió el hecho de que tal vez no se volverían a ver. El mercenario solo negó con la cabeza un par de veces y sonrió antes de hablar con suavidad. - Tengo la impresión de que nos volveremos a ver. O tal vez es solo la esperanza, pues verdaderamente me gustaría presenciar con mis propios ojos la fabulosa persona en la que irás convirtiéndote. Gracias, sin embargo, por tus palabras. Aunque te puedo garantizar que quien merece más mérito por todo esto que ha sido construido no soy yo sino todos estos muchachos que ves aquí. - Hizo un gesto con la cabeza para señalar hacia una de las tantas direcciones en la que podía observarse a los mercenarios movilizándose con las antorchas para ir finalizando las labores sepulcrales

....Aun sentado en el suelo el pelirrojo flexionó las piernas y cruzó los brazos encima de las rodillas para, finalmente, acabar por apoyar el mentón sobre los antebrazos. Una postura que le resultaba cómoda en aquel momento, y comodidad era justamente lo que buscaba tener ahora que la charla no solo prometía alargarse, sino también tomar una dirección que a él le parecía fascinante: el muchacho había accedido a compartir con él sus conocimientos con respecto a las historias de aquellos héroes o conquistadores. Ante la condición que se le impuso simplemente asintió con la cabeza mientras se podía atisbar una curiosidad infantil en su mirada.

....Tal vez estaba siendo un poco deshonesto, pues impulsado por su propio deseo de indagar un poco más con respecto a esos eventos de un pasado distante le había asegurado al príncipe olvidarse de haber compartido tiempo con él, sin embargo sabía bastante bien que aquello era algo que no podría cumplir. Ese encuentro lo mantendría en secreto, sin lugar a dudas, y no tenía razón alguna para asegurar de que había visto al príncipe durante su peregrinaje. Pero algo que jamás podría hacer sería borrar de su mente ese tiempo juntos, las palabras que compartían, y en especial la buena impresión que el muchacho le estaba dejando. Se justificó a sí mismo haciéndose ver aquella mentira como una pequeña e inocente.

....Los minutos siguientes el varón conservó un profundo silencio mientras dedicaba toda su atención, absolutamente inmerso, a las historias que se le relataban. Totalmente ignorante a las historias sobre las fundaciones de los reinos, no había sido hasta ese momento quién fue la fundadora de Begnion. Nada más el término de "subhumano" hizo ruido en el discurso del príncipe, mas no creyó prudente interrumpirle para corregirle o sermonearle, en especial cuando el tema a tratar era uno que le interesaba tanto.

....La conclusión no pareció desanimar al mercenario ni frustrar sus ideas. Todo lo contrario, pues parecía que algo en todo lo que había dicho el hechicero dejó totalmente pensativo al líder de La Guardia. Éste se mantuvo en silencio algunos minutos más mientras organizaba las ideas, hasta que finalmente acabó por compartirlas con su interlocutor. -
... Entonces el poder, por sí solo, no es suficiente. Hace falta más que autoridad y poder. Según lo que me has dicho, las guerras han empeorado cuantos más reinos han habido y más divisiones han existido. Por lo tanto... quizá unificando... - Las últimas palabras se escaparon casi como un susurro, y era difícil discernir si iban dirigidas precisamente hacia el muchacho o hacia sí mismo. Pero de lo que no cabía duda es de que algo se había sembrado en su mente, algo que quizá tomaría tiempo en crecer, pero que definitivamente tarde o temprano lo haría.

....- No me hagas caso, disculpa. Balbuceos de un viejo. Dime... Me has dicho que te encuentras en un viaje para hacerte más fuerte y prepararte, y que no volverás a Daein hasta que estés listo. En ese caso, ¿cuáles son tus planes? ¿A dónde planeas ir o qué pretendes hacer? Tal vez podría ayudarte, y si no tienes dónde quedarte podría alojarte por unos días en el gremio. Dudo que alguien de allá te conozca, y puedes ir sin el menor compromiso de unirte, simplemente como un invitado de mi parte. - La sonrisa volvió a su rostro y cualquier rastro de reflexión abandonó su semblante ahora que cambiaba. Sus preguntas, sin embargo, no eran realizadas para distraer con respecto a lo antes dicho, pues en su voz podía notarse un auténtico tono de interés y preocupación.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Lun Ene 18, 2016 1:09 am

No veía de donde podía proceder, posiblemente, la inverosímil fe que el mercenario le mostraba. Sin embargo, escuchar y seguir las creencias de otras personas era lo que mejor sabía hacer y quería creerle, independientemente de lo difícil que pareciera. Si tan sólo se convencía a sí mismo de seguir el juicio de un hombre que sabía lo que hacía, que sabía guiar a otros y que tomaba un camino mucho más luminoso que el suyo. Se encomendó a ello y permitió que la idea le diese cierto sosiego. Largo era el camino que debía recorrer aún, resultaba agradable soñar con que se viese a sí mismo distinto al final de él.

Y lo cierto era que creía, en efecto, que cruzaría caminos con Argus otra vez. No sólo por los azares del destino, sino porque en gran parte querría volver a tener esa oportunidad. Muchas cosas habían cambiado en él durante el viaje, pero ninguna que pudiese mostrar, ninguna de la que pudiese enorgullecerse frente a Argus o con la que demostrase que había fundamentos a su fe. Deseaba tenerlo cerca cuando existiese algo así, algo concreto a su favor. Sabía, de igual modo, que si aquel día jamás llegaba sólo se abstendría de verlo y permanecería oculto en su propia sombra, un príncipe mediocre escuchando de las proezas de hombres más grandes. Pero si las cosas se desenvolvían como Argus las hacía sonar... ese sería el poder que usaría, precisamente, para evitar que la desolación del Begnion abandonado cruzara las fronteras de Daein. Nada sería más glorioso ni más digno que eso.

Encontró escasa conección entre la ruta que el ex-general tomaba y su interés en los antiguos conquistadores, figuras bélicas y en muchos casos genocidas, mas no repudiaba el interés simplemente por lo que era. Las altas clases podían descartar aquello como historia básica, pero el deseo de instruirse era digno de mérito por sí sólo y lo apreciaba; nostálgico, quizás, de la mayor parte de su vida, en que tales cosas habían estado completamente fuera de su acceso. Le habría concedido prácticamente cualquier conocimiento que él cargase, si sólo mostraba interés. Sin embargo, su murmullo pensativo llevó cierta curiosidad al mago oscuro, que por largos momentos tan sólo permaneció atento a él en la oscuridad casi absoluta, intentando discernir lo que había cruzado su mente. No se arriesgaba a conjeturas, pero no dudaba que algo nuevo había aparecido.

- Por supuesto... - Accedió fácilmente a dejar de lado el asunto, aunque su atención estuviese ahí ya. Había muchas cosas que aprendía y ocultaba, muchas más que conocía y callaba, simplemente porque tal era su naturaleza. No obstante, ante las generosas ofertas del mayor se apresuró a replicar, agachando la cabeza y negando rápidamente. - N-No quisiera volverme un inconveniente, señor. Por favor, no se preocupe. -

No era que estuviese en contra de la idea, pero no había forma en que se sintiese un acompañante digno a aquel grupo, tan distante a sus ideales, su honor. Cambiar días de su viaje por la compañía del ex-general no era una idea desagradable en absoluto, pero también a aquella sensación tenía su justo temor; a la mano que ocasionalmente ponía en su hombro, a las expectativas colmadas de fe, a la felicidad que sentía cuando le alababa y la fraternal conección que tomaba con él. Como tantas otras veces, más que explicarse en profundidad deseó retirarse del asunto, y con un gesto algo torpe en su prisa se puso de pie. - Lo que quiero decir es, um, que no puedo perder días de viaje en este momento. Me dirijo a hacer una breve parada en Sienne, debo recibir algunos documentos y relegar algunos mensajes antes de continuar. Luego de eso, saldré del continente otra vez. Tan sólo he visitado una de las grandes escuelas de magia, faltan muchas más... - Se explicó, consciente del nerviosismo que se colaba e impregnaba su hablar, cada vez más decaído, cada vez más silencioso.

- Lo lamento. Si fuera posible, apreciaría poder viajar con ustedes hasta la siguiente ciudad. Pensaba parar aquí por esta noche, pero será imposible, después de todo. - Acabó por decir. No le hacía feliz su propia decisión, aquello por seguro, pero no se veía con muchas opciones. Se mordisqueó el interior de la mejilla, haciendo una pausa para sacudir la tierra de su ropa, y sin atreverse a ver al rostro del hombre mayor murmuró. - Pero, si fuese... quizás... - Se aclaró prontamente la garganta, y enderezándose un poco se replanteó. - De enviar correspondencia a La Guardia, ¿llegaría a sus manos? ¿Sería posible tal cosa? -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Mar Ene 19, 2016 11:05 pm

....La conversación con el príncipe poco a poco parecía convertirse en un respiro de aire fresco en medio del desasosiego que le producía el terrible escenario en el que se encontraban, y aligeraba el peso de cada rostro desconocido que yacía sobre una de esas tumbas. Creía, o quería creer, que sus palabras realmente producirían algún impacto, por mínimo que fuera, en el muchacho que tenía delante de él, e igual esperaba que la desolación que podía contemplar con sus propios ojos le hiciese ver el impacto que podían causar las decisiones de un gobernante. No dudaba que el chico había sido instruido bajo la misma doctrina de su padre, considerando perfectamente válido sacrificar a unos por el bien de otros. Sin embargo, esperaba que para el chico fuese distinto oír la teoría a contemplar por sí mismo las muertes ocasionadas por desproteger regiones menos importantes.

....El rechazo ante la ayuda que ofrecía no pareció desanimar al mercenario, pues no llegó siquiera a borrar su sonrisa. Negó con la cabeza y enfatizó un poco más el gesto haciéndolo también con una mano. -
Está bien, descuida. Echarte una mano no me resulta ningún inconveniente, pero puedo entender perfectamente que tienes otras cosas importantes que hacer. De todos modos insistiré en ofrecerte algo, y no aceptaré una no por respuesta. Dame un momento. - Se reincorporó tras sus palabras y, haciendo un gesto al chico para indicarle que no se moviese, el varón se marchó del punto en el que se encontraban platicando, perdiéndose durante algunos minutos en las innumerables sombras que empezaban a reinar en el lugar. Al regresar, sus pasos no fueron los únicos que podían escucharse acercándose hasta el príncipe, y es que en compañía del hombre venía un equino de pelaje suave y castaño, y una amplia mancha blanca en la frente que se extendía hasta el hocico. El animal, evidentemente joven todavía, se veía algo delgado pero saludable, y en su piel podían apreciarse los músculos de una criatura que ya estaba acostumbrada a galopar.

....- Ten esto. Por lo que me has dicho aun tienes algunos sitios a los que ir, y el camino que tienes por delante es largo. Perderás demasiado tiempo yéndote a pie a cada sitio. Este caballo te servirá, si bien no es tan fuerte y veloz como los que seguramente acostumbran a montar los príncipes y reyes. - Extendió su brazo derecho, en cuya mano sostenía las riendas, hacia el hechicero. Ya momentos atrás había dejado claro que no aceptaría una negativa como respuesta, así que solo estaba esperando a que el muchacho sujetase las riendas. - Míralo como un préstamo. Cuando nos volvamos a encontrar, si así lo deseas, me lo podrás devolver. Además... has dicho que no quieres que yo recuerde este encuentro, pero yo sí quiero que tú lo guardes en tu memoria, y este chico será un buen recordatorio. Un recordatorio de que siempre habrá alguien en estas tierras dispuesto a recibirte y ayudarte, o simplemente oírte, si un día lo necesitas. ¿Está bien? - Pronunció cada palabra de forma amable, cálida y fraternal, concluyendo la explicación con una sonrisa ancha y afable. Y aunque no lo decía, ese pequeño préstamo le servía como garantía de que volvería a ver al chico, o eso esperaba, pues realmente esperaba que sus caminos se volviesen a cruzar.

....- Con respecto a las cartas, puedes enviármelas sin temor alguno a La Guardia. Te puedo garantizar que la correspondencia me es entregada por mis muchachos sin que alguno ande de fisgón. Si lo deseas puedes firmar con algún apodo, si eso te hace sentir más seguro. - Comprendía la renuencia que podía tener el muchacho de enviarle misivas al mercenario salvo que fuese por medios seguros, al fin y al cabo él era, ante todo, un desertor de Daein, alguien que por muchos seguramente era visto como un traidor, y se vería muy mal que el príncipe le enviase cartas a alguien así. - Eso sí, de enviarme alguna me servirá que me indiques en ella a dónde debo escribirte yo en el caso de responderte. Claro, si es que te parece bien.
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Pelleas el Vie Ene 22, 2016 3:32 pm

Incansable en sus modos, Argus persistía aún por sobre el melancólico humor del príncipe, cuya compañía jamás había sido definida exactamente por transmitir energía o divertir; menos en un momento así, en que su propio torbellino de penurias y frustraciones le estaba desbarataba el humor, y los buenos intentos del mercenario de aproximarse un poco le generaban una mezcla inentendible de felicidad y pánico. Jamás había tenido la oportunidad de hablar de ese modo con el admirado general y jamás habría sospechado, de todos modos, que le viese en tan positiva luz. La fraternalidad cómoda y bien intencionada era una novedad inmensa y un alivio, pero de ningún modo algo que se suponía que tuviese. No esperaba que lo comprendiese si él no se expresaba al respecto, tampoco tenía intención de hacerlo, pero Argus continuaba tratándole de ese modo y estaba feliz, a fin de cuentas. Cuando se apartó a buscar algo y le dejó a solas en la pesada noche del nuevo cementerio, Pelleas supo que lo mejor habría sido aprovechar el momento y desaparecer, pero no fue capaz de hacer otra cosa sino esperarlo con curiosidad pura.

Un regalo para él. Casi no cabía en sí de contento. Al verle aparecer con el caballo debió de preguntarse, por supuesto, si un hombre en las condiciones actuales del ex-general podía costearse el prescindir de un animal de carga y transporte, seguramente los utilizaban muchísimo, y él era sólo un mago con mucho viaje por delante. - Señor, um, ¿está esto bien? Hasta ahora he pagado transporte normalmente, puedo costearme carruajes, sólo es esta vez que he tenido ciertos problemas para... - A veces pasaban cosas fuera de lo previsto, como salir apresuradamente de un puerto en llamas, o llegar a otro bajo ataque y tener que seguir el camino rápidamente para no arriesgar la vida. Aún así, Argus estaba siendo bastante claro, y por más que se lo negase, el príncipe estaba alegre con el gesto. Acabó por agachar la cabeza obedientemente. - De acuerdo. Lo llevaré. Tener algo de compañía será bueno. -

Y saber que podía volver a Tellius era bueno. No al añorado hogar, no a su sitio junto al trono de Daein, sino a un techo de cierto modo más invitante y amistoso. Ya vería cómo se las arreglaría para transportar al animal en sus viajes; así como el caballo lo llevaría buenas distancias, tendría que preocuparse él después de llevarlo por mar, o por terrenos arduos. Quizás lo dejase en el continente, quizás se las arreglase para transportarlo a cuanta esquina del mundo pisara. De eso, se preocuparía un poco después. Por ese entonces, era suficiente tomar las riendas y saludar a su nueva montura con una palmadita dubitativa sobre la crin.

- Muchas gracias. Por todo. - Murmuró, acudiendo al costado del mercenario con el nuevo acompañante tras de sí, que ciertamente parecía tener más ánimos que él. Las estrellas no servían de demasiada iluminación en un lugar tan perdido en la espesura, pero podía seguir las antorchas que se movían, se alejaban y se juntaban entre las manos del resto del batallón. La luminosa guía de un luminoso personaje a seguir. - No olvidaré lo que he visto aquí, ni mi decisión... ni a usted. Pero no pretendo molestarlo, así que seguramente sólo oirá de mi cuando se trate de algo importante. - Aclaró con una risa nerviosa. Había pensado en lo difícil de contactarlo de todos modos, de allí su preocupación por la privacidad del asunto, pero la solución que el ex-general ofrecía era suficientemente buena como para aplacarlo enseguida. - Ah... seguiré su consejo, por supuesto. Recibirá mis cartas bajo la firma de Yotsmungand-- el nombre de un viejo hechizo de magia oscura descubierto en el continente de Jugdral. Si me parece prudente, cambiaré tal firma por el nombre de otro hechizo u otro libro. Quizás sea un poco rebuscado, pero... siempre podrá preguntárselos a un mago y sabrá sin dudas que se trata de mi. Ahora bien, sobre el lugar... -

Hizo una pequeña pausa, sorprendido a cuenta nueva de lo mucho que estaba hablando. Pensaba más, sin embargo, en el siguiente destino en que pudiese establecerse. Había tantos de ellos, tantas rutas, pero si partía de Tellius tenía una idea más o menos clara de cual sería el siguiente punto. Mientras ponía en marcha al caballo y a sus propios pasos leves, arrastrados, hizo su elección. - La Gran Biblioteca de Ilia, en Elibe. Allí es donde estaré por un tiempo, he oído que es un fantástico lugar de aprendizaje para toda clase de artes mágicas. Cuando continúe mi camino, se lo haré saber. -
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Re: Olvida al hombre, recuerda la historia [Privado; Argus]

Mensaje por Invitado el Sáb Ene 23, 2016 5:46 pm

.....Todo parecía indicar que el detalle que decidió tener hacia el príncipe había dado en el clavo, pues algo creía notar distinto en el muchacho. ¿Tal vez un nuevo brillo en sus ojos o cierta alegría, aunque muy oculta, en su semblante? Se sintió sumamente satisfecho por el resultado del obsequio, o del préstamo en caso de que el príncipe luego quisiera devolverlo, y soltó las riendas en cuanto éstas pasaron a las manos de su nuevo dueño. Y es que aun cuando no era quién para juzgar la vida de las personas, dudaba mucho que un chico criado por el implacable rey Ashnard tuviese una infancia, o siquiera una adolescencia, llena de regalos o palabras de ánimo. Tal vez estaba siendo prejuicioso con ese hombre tan imponente que había sabido guiar con mano de hierro a su reino, pero realmente le costaba imaginárselo dándole a su hijo algo que no fuese una bofetada.

.....- No te preocupes, chico. Ya me encargaré yo de conseguir un animal nuevo que sustituya a éste. No me cabe duda de que puedes costearte un buen transporte, pero tener a tu propia montura te dará algo más de libertad. Además un príncipe mantendrá mejor un perfil bajo si no anda mostrando que está lleno de dinero, y si cabalga a una criatura así de humilde, ¿no? - Si bien esgrimió lo que parecía ser un argumento sensato o racional, había sido algo totalmente improvisado y en lo cual no pensó al momento de decidir hacerle aquel favor al hechicero. Pero suponía que cuantos más motivos lógicos le ofreciera al chico éste se sentiría menos renuente a aceptar, e incluso tendría menos remordimientos o dudas una vez que hubiese reanudado su viaje.

.....Se hizo a un lado unos cuantos pasos de modo que su interlocutor pudiese moverse libremente con su nueva montura. El animal, bastante dócil, parecía sentirse cómodo en presencia de su nuevo dueño y reaccionaba de buen ánimo ante las palmadas que le ofrecían. Aquellos caballos no llevaban demasiado tiempo con el gremio, pero habían sido comprados a personas de confianza que, previamente, los habían entrenado un poco para que no le causasen problemas a los mercenarios.

.....Su atención regresó enteramente al hechicero en cuanto éste volvió a hablar, sonriéndole y negando con la cabeza en cuanto éste le agradecía. Sentía que lo que él había hecho no merecía en lo absoluto la gratitud o tales palabras, pues a fin de cuentas solo le había ofrecido una simple charla y un animal de compañía, nada más. -
¿Yotsmungand? Ese... definitivamente es un nombre bastante peculiar. Lo suficiente como para que no se me olvide, ¡ja, ja, ja! - Soltó una risa estridente mientras se cruzaba de brazos. Sentía la imperiosa necesidad de preguntarle al muchacho cómo conocía tanto acerca de la magia oscura, pues no podía ni sospechar hacia dónde se orientaban las aptitudes dl príncipe, pero eventualmente terminó por asumir que tal era la inteligencia y la sabiduría del muchacho que abarcaba, incluso, conocimientos básicos de magia elemental y oscura.

.....- Esperaré a que te encuentres en la Gran Biblioteca y, cuando gustes, me envies una carta. Tu correspondencia me servirá para saber que ya has llegado, y que podré enviarte algunas cartas. Procuraré no molestarte demasiado pues me imagino que tendrás demasiado por hacer en ese lugar. - No podía negar que el lugar del que le hablaban le resultaba atrayente. Su afición por los libros y por la lectura era algo siempre presente en él, y un sitio llamado "Gran Biblioteca" debía de ser un paraíso repleto de tomos antiguos o documentos creados en los anales de la historia. Se preguntaba si algún día podría poner un pie en semejante lugar. - Bueno... Supongo que aquí es cuando nuestros caminos se separan pr ahora, ¿no? - El mercenario miró a su alrededor. Ya había anochecido y lo único que alejaba a las penumbras eran las sencillas antorchas que manipulaban los mercenarios, así como la luz de las estrellas. Además los otros integrantes del gremio se encontraban ocupados concluyendo los entierros. La partida del príncipe podría pasar completamente desapercibida, y difícilmente las personas serían capaces de distinguir apropiadamente su rostro u otros rasgos. - Durante tu viaje, muchacho, no te olvides de que si llega el momento en el que necesitas alguna ayuda, sea de la clase que sea, solo deberás avisarme en una carta y yo haré lo que pueda, ¿está bien?
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