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Mensaje por Bankotsu el Sáb Nov 02, 2019 6:18 pm

El edificio de la catedral se alzaba imponente, el sol ocultándose lentamente tras su figura, recortándolo del cielo naranja azulado con un contorno dorado. La construcción de como 100 metros de altura le daba al joven la impresión de ser diminuto, a pesar de sus 195 cm de altura, y contrapuesto a semejante edificio con una entrada principal igual de colosal, el mundo se le hacía inmenso y aterrador. No quiere decir que él estuviera asustado, para nada, la sola idea le haría reír.

Su hermana y él habían acordado volverse a encontrar en ese punto específico. La idea de reunirse con ella en un territorio no arrasado por completo a causa de los Emergidos era gratificante. Estaba cansado de combatir sin parar día tras día, ayudando a cualquier pequeño pueblito que encontrase en problemas, dentro de sus posibilidades. Siempre lograban pagarle, no tanto como cuando era mercenario, pero si obtenía algo de comer y algún abrigo. Había logrado conseguir a base de trueque un lindo broche dorado que pensaba darle a Zoe ese mismo día.

Al entrar a la catedral se percató de que la inmensidad por fuera se replicaba perfectamente por dentro, los vitrales coloridos contando diversas historias de la cultura de la zona eran lo más llamativo, en especial con el tono dorado de la luz que penetraba el vidrio. Si Bankotsu fuera más apreciativo con respecto al arte, seguramente encontraría interesante toda la edificación, las volutas, los vitrales, hasta el órgano gigante y los tallados en las paredes… pero no, él no apreciaba tal belleza, el lugar era un simple refugio por el cual pasar temporalmente.

Sus pasos hacían eco por la acústica típica de una catedral, el recinto aparentemente estaba vacío, por lo que decidió sentarse en uno de esos bancos largos que acostumbraban a presentarse en lugares sacros. No llevaba mucho consigo, un saco humilde con sus pertenencias, su vestimenta de combate y su espada. Todo él estaba manchado en barro y sangre secas de hace días atrás, aunque su espada estaba en impecables condiciones. Un vendaje improvisado con una tela en su antebrazo derecho era el único indicador de que pudiera haber tenido problemas con algo en particular.

Bankotsu sabía detalles sobre esas tierras, uno no es nómade y se pasa la vida sin saber dónde mierda se encuentra y qué carajos pasa por cada zona. Sabía del renombre de la milicia de Bern y estaba entusiasmado por ver pruebas de ello, se imaginaba con entusiasmo la posibilidad de pelear contra algún Wyvern Rider o un Guerrero fuerte y capacitado sin montura. Ante la idea de otra batalla, el joven colocaba su mano derecha sobre la empuñadura de su espada, no cerrando completamente la mano en ella para sujetarla pero si con las mayores ganas de hacerlo. Sentía que dentro de la Catedral no tendría la oportunidad de pelear mucho en sí, pero uno siempre puede soñar despierto.


Última edición por Bankotsu el Lun Nov 11, 2019 12:47 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Zoe el Lun Nov 11, 2019 12:28 pm

Pese haber dormido plácida y largamente en una de las habitaciones de alquiler dentro de la taberna de la ciudad, aún se sentía cansada. El trayecto desde Lycia hasta Bern fue extenuante; a sabiendas de lo militarizado que era éste último, en su momento temió acortar camino transformada pensando en que podrían asumirla como un peligro y prohibirle el paso. Dentro de sus bonitas y humildes zapatillas blancas sus pies cosquilleaban extenuados, percibía la tensión en sus muslos y una pesadez permanente sobre ambos párpados. Sabía que semejante condición se diluiría con el paso de los días, de la mano de una cama cómoda y comidas abundantes... pero antes tenía que cumplir con un objetivo muy importante.

Parada frente a la catedral entendió que no existía descripción oral o escrita que pudiera hacerle justicia a semejante edificio. Todo en él era muy alto, sobresaliente e inspiraba un temor respetuoso. Apenas atravesó las gigantescas puertas de madera, de portada ricamente decorada, Zoe sintió que se introducía en la garganta oscura y fría de un monstruo elongado muy grande. En el sotacoro fue recibida por altísimos pilares, tallados preciosos de pinceladas precisas, y monumentos enormes en piedra cuyo significado y razón de respeto se le escapaba.  Se arrimó a una de las estatuas que custodiaban el lateral izquierdo del arco mayor que conducía a la nave principal,  extendió su mano blanca y tocó con la yema de sus dedos finos los pliegues de las largas faldas esculpidas. Entrecerró los ojos. Se apenó de no poder apreciar ese tipo de cosas más allá de su propio criterio de belleza; sabía que aunque inspeccionará cada palmo del lugar lenta y exhaustivamente no podría entender ni un diez por ciento de todo lo representado. Miró hacía el frente, con la barbilla ligeramente levantada. El esqueleto del techo, compuesto por arcos y construcciones abovedadas, se le antojó como un costillar extenso que se desarrollaba hasta la pared final, más allá del presbiterio y de todo monumento. Al mismo tiempo descubrió los bellísimos vitrales situados en los muros de cada nave lateral, arrojando luces coloreadas que se derramaban sobre la piedra y los bancos de maderas ordenados en dos hileras de a varios dentro de la nave principal.

Empezó a caminar en grueso sendero habilitado por la separación por éstos dos grupos de asientos. En un principio pensó que no había nadie más en esa zona, aparte de ella y el eco tenue de sus pasos, pero entonces reparó en una persona sentada mucho más adelante, a mano izquierda. Se trataba de alguien de hombros anchos, con una trenza que descansaba en el intermedio de sus omoplatos y mano en el mango de una espada envainada. Zoe sonrió re-vigorizada por el entusiasmo, apresuró el paso y el discreto tacón de sus zapatitos repiqueteo con más intensidad en el ambiente. Su pelo renegrido onduló tras ella con la ligereza de su larga falda blanca, que estaba abierta por un tajo vertical sobre cada muslo. Aferró contra su cuerpo el pequeño morral de piel de armiño que colgaba cruzado desde su hombro derecho (el cual dinero, su peine de plata, dos botellitas de aceite, los Vulnerary, y un delicado cuaderno negro en el que practicaba caligrafía cuando encontraba pluma y tinta) evitando derramar su contenido en el apuro.  

Se posicionó en la fila de bancos justo detrás del sujeto de interés y, con confianza, lo abrazo por el cuello —¿Me extrañaste, cielo? ¿Estás esperando hace mucho?— arrimo su rostro al de él, confirmando cualquier sospecha. Beso la mejilla izquierda de su hermano y suavemente sumergió una de sus manos bajo el haori para tocar la piel tibia del pecho ajeno —Vamos a tener que comprarte uno nuevo, creo que a éste ya le has dado un buen uso...—  agrego mientras observaba los enormes manchones de barro y de sangre esparcidos sobre la indumentaria característica  de su mayor.
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Mensaje por Mallory el Lun Nov 18, 2019 12:27 am

Las armas benditas o legendarias terminaron siendo una especie de nueva obsesión intelectual a Mallory luego de la última misión que tuvo… ¿Cómo era que existían armas tan increíbles y ella estaba confiada hasta hace unos meses que cosas así solo eran propias de cuentos maravillosos o similares? Aun tenía en su mente historias de caballeros con espadas luminosas capaces de cortar de un solo blandir a dragones por la mitad, o de hechiceros con cetros tan poderosos que eran capaces de abrir un lago para ver su fondo… Obviamente, y tras la información recolectada, un poco en los libros y un poco por lo propiamente visto, Mqallory estaba segura que cada cuento de niña tuvo un héroe vivo que camino por la tierra para crear tan maravillosas historias… ¡Podría ser incluso que ella conociera a alguien así, sin siquiera haberlo notado! Es por eso también, que ha decidido dejar por un rato las bases militares donde descansaba momentáneamente el jinete de Wyvern que debe devolverla a Rosanne, si no hay imprevistos; para visitar la tan afamada catedral museo.

-Un lugar tal alto que su pináculo apuñala las nubes…- Es la frase que con ilusión repite mientras camina rumbo a ese lugar. Consigo no lleva particularmente mucho equipaje encima, puesto que no era un viaje demasiado largo el que pretendía hacer. Un poco de agua fresca, un pan –tristemente sin mermelada-, su grimorio, otro libro pequeño para guiarse y menudencias varias que le serían necesarias si es que no ocurría nada demasiado grave.
Mallory se detiene por unos segundos a mitad de camino al empezar a observar no tan lejos, la catedral que tal como dicen, parece apuñalar a las nubes con su cúpula. Ni siquiera el camino que le falta por recorrer es capaz de empañar los colores vibrantes que se mezclan en una especie de extraño arcoíris, siendo esos sus vidriales. -¡Ah, que maravilloso!- Exclama emocionada ahora, apurando el paso con unos cuantos saltitos, como si con ello ya pudiera sentirse muchísimo mas cerca de aquel lugar. ¡Nada podría opacar el bello recuerdo que ahora mismo su cabeza guarda, con sumo detalle! Al menos claro, hasta que un extraño sonido la hace voltear…
...

Finalmente su arribo a la catedral no es en las condiciones que la joven hechicera hubiera querido.  Su suerte al menos durante para tan sacrificada llegada, es una indicación que puede darle un misericordioso guarda que señala una entrada a la catedral; no por la puerta delantera para no perturbar a los que estén ahí: la gente herida debe pasar por la puerta de atrás, donde una enfermería podrá revisarlos. ¡Parecía más complicado, pero a la vez era un alivio tan grande!

-Mallory… Creo que voy a vomitar en tu cabello…- Dice una voz medio moribunda, una muerte propia del que ha abusado del alcohol y su alma empieza a abandonar su cuerpo… Al menos por unas cuantas horas. Un joven guardia de la base donde estaba quedando, que parece ha salido de celebración con algunos compañero, y los mismos ebrios, lo habían olvidado en el camino. Sin duda lo que se llama ser un ejemplo de camaradería.

-Por el bien de nuestra amistad,  mas te vale que no lo hagas…- Es una advertencia cansada de la joven, luego de haberlo cargado en su espalda desde aquella parada en el sendero donde lo hallo. Sin duda un viaje que podría haber sido muy ligero se convirtió en una travesía agotadora, casi tanto como cuando le tocaba traer de nuevo a su casa a algún ternero travieso que se escapo de la granja… ¡Sobretodo por lo que pesaba el maldito fulano! Unas cuantas gotas gordas de transpiración caen sobre la frente de Mallory, antes de que con alivio, sea capaz de dejarlo en manos de alguien capaz de darle una cama, y un té de boldo. Justo a tiempo, se debe mencionar, antes de que la jovencita saliera espantada por el sonido de una arcada seguida de vomito demasiado cruda hasta para su misericordia. Su rostro incluso refleja cierto asco, antes de empezar una vez por toda, a dedicarse de lleno a lo que vino.

Sus pasos son un poco silenciosos, mientras procura olvidar un poco el sonido de lo anterior con imágenes que… Se verían muchísimo mejor con un sol a pleno iluminándolas desde afuera. No obstante, no dejan de ser un hermoso paisaje a sus ojos que empiezan a descubrir tantas maravillas en el mundo. Su rostro va acomodándose paulatinamente a una sonrisa emocionada, buscando recordar a detalle lo que las historias de los vídriales podrían contar… Y de no llegar a hallar tales historias, ya se encargaría de inventar alguna acorde para sus hermanitos cuando pudiera al fin regresar… ¡Aunque esta tan cansada…! ¿Habría bancos en aquel lugar…? Una respuesta que hallara casi de manera automática antes de ver una hilera de ellos. -¡Que alivio!- Pensó, antes de apurar su paso casi en un pequeño correteo y sentarse casi como si fuera dueña de la casa, aunque algo llamo su atención. Un repiqueteo producto  una hermosa señorita también se deslizaba rápido por aquella ala, casi como si estuviera acechando…. A un hombre que estaban unos bancos no tan atrás de ella. La señorita ahora estaba tras ese hombre, antes de darle un abrazo tan juguetón y un beso tan cariñoso que Mallory quedaría boquiabierta y con sus ojos cual platos mirando la escena.

-¡Esas… son cosas de adultos!- Murmuro tapándose la boca con sus manos, antes de notar como la mano traviesa de la jovencita se metía sin descaro dentro de la ropa del muchacho, en lo que parecía le susurraba algo… ¡Algo seguramente de adultos!

-¡AH!- Chillo de manera contenida, considerando que lo que fuera a pasar ahí, era definitivamente mejor no presenciarlo. Algo apurada internaría levantarse para huir, aunque no habría contado con el pequeño imprevisto de su bolso atascándose en el respaldar de los bancos, haciendo que con su apuro… El banco se corriera, haciendo suficiente escándalo para que la misma estructura de la catedral hiciera eco del mismo… Mallory se detendría obligada, tratando de desenredar ahora su bolso, mientras un tono bermellón empezaba a pintar sus mejillas. Por supuesto que su mirada se levantaba furtivamente hacia aquella pareja… Y sus pensamientos eran repetitivos.

-¡Ellos seguramente saben que los vi!- Se decía con culpa y vergüenza.
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