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[EVENTO] HE AQUÍ EL DESTINO, LUCHADOR

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Mensaje por Eliwood el Sáb Oct 19, 2019 8:59 pm

¡¡Nuestro mes de aniversario continúa on fire!!

Bienvenidos a un evento/concurso muy especial: el primero en la historia de FELW en otorgar puntos de experiencia puros como su recompensa. Este será el broche de oro, el cierre épico para nuestro Octubre de aniversario y celebración.

Este es un concurso de posts, o más bien, por su carácter autoconclusivo, lo podemos llamar un concurso de fanfics.

¿Qué hay que escribir? La temática que seleccionamos para esta especial ocasión es la de la muerte de su personaje. Sí, así es. Es hora de imaginar las cosas saliendo mal, un “que tal si...” terrible que resulta en el fin de una vida, como podría pasar en cualquier instante, en cualquier tema, si el destino así lo quisiera. Una muerte inesperada o que, en alguna forma, se ve venir; una muerte repentina y frustrante, o una satisfactoria y apacible; una muerte solitaria, o con las adecuadas despedidas. De cualquier modo en que se plantee, en esta ocasión, imaginaremos un final en que los emergidos están logrando su cometido y nuestros valientes perecen en esta época turbulenta.

Pero no todo luce tan oscuro: este escenario al que estaremos echando no más que un vistazo hipotético nos hará crecer. Nuestros personajes ganarán una cierta medida de experiencia de ello. A continuación, los detalles.

Bases y reglas:


1. Todos los minifics / posts de muerte deben ser posteados en este tema.
2. Su extensión debe cumplir con el mínimo de palabras de un post de rol común, que es 250. El máximo de palabras es 1500. Pueden usar un contador de palabras online para medirlo si no poseen una versión de office que lo haga. Recuerden que es el largo aproximado de un post y que será más divertido si podemos disfrutar leer a los demás, por lo que la extensión se mantiene así en algo liviano.
3. Esta narración de muerte, por supuesto, no tiene incidencia alguna en el rol. Podemos llamarlo un AU, sucesos de un universo alterno, que se quedan aquí dentro.
4. Pueden mencionar o mínimamente utilizar personajes ajenos si los necesitan, como por ejemplo, para mencionar que están allí durante lo que ocurre, pero no pueden controlarlos en detalle, ni darles diálogo ni nada que exceda el papel de un NPC de trasfondo.
5. Pueden participar con cada uno de sus personajes, independientemente de cuantas multicuentas tengan.
6. Este evento estará vigente desde hoy 19 de Octubre, hasta el día Viernes 1 de Noviembre inclusive.

En cuanto a los premios en EXP, cada personaje que participe cumpliendo con sus reglas recibirá 2 puntos de experiencia, directos a su barra.

Además, la administración seleccionará de entre los escritos participantes un favorito, aquel que más consideremos que porta el espíritu de Fire Emblem: The Liberation Wars, para premiarlo como ganador. Este personaje recibirá 3 puntos de experiencia por su escena de muerte.

Comunicado ya todo… les dejo aquí algo de inspiración. Como los conocedores de la saga de Fire Emblem saben, existe en estos juegos la muerte permanente de personajes, sin los cuales el juego todavía continúa, como la vida misma. Antes de morir, todo personaje suelta una o varias líneas de diálogo. Aquí hay algunas que según google han sido memorables para muchos jugadores.

“Príncipe Marth… dígales, por favor… que yo no huí…”
- Cain, Fire Emblem: Shadow Dragon

“Haha… quisiera reír mientras muero… ¿por qué no puedo parar de llorar?”
- Soleil, Fire Emblem: Fates

“¡Larga vida a Crimea! ¡Princesa Elincia! Que la suerte le sonría.”
- Kieran, Fire Emblem: Path of Radiance

“No soy humana. Esta menta y este cuerpo son confecciones. Sí, tal como lo es esta angustia.”
- Limstella, Fire Emblem: Blazing Sword

“¡Hahaha! No puedo imaginar un mejor final.”
- Dozla, Fire Emblem: The Sacred Stones

“Ha… al final… sólo soy una carga… no he ayudado… a nadie...”
- Cynthia, Fire Emblem: Awakening

“Hemos hecho lo correcto. Debemos seguir creyendo. Adelante, como soldados…”
- Nolan, Fire Emblem: Radiant Dawn

¿Con qué actitud mirarán sus personajes la muerte? Estaremos esperando ansiosamente leerlos.

¡Disfruten al máximo, gocen lo que escriban!

¡Todos a morir! ¡Yay!
Eliwood
Eliwood
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
espada de acero [5]
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Nils [EVENTO] HE AQUÍ EL DESTINO, LUCHADOR JEIjc1v
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Mensaje por Lyndis el Dom Oct 20, 2019 2:38 am

asdasds lei el evento estando fuera de casa en el movil y al llegar tenia que escribirlo. Tengo también la idea para mi niño pero tendrá que esperar para otro día esa me pa (?)

Ambienté esta en un destino final sin foro, donde Lyndis hubiera seguido su camino sin haber roleado más que mi creo que único flashback.

Spoiler:

Lyndis podía sentir el viento aciago de Bern soplar sobre sus heridas, aumentando el ardor y burlandose, insultandole, riendose de su destino, de sus decisiones. Los gritos y el calor de la batalla la envolvían, su espada ya mellada y sin filo era ya un garrote poco util y demasiado delgado.

El lider de los bandidos de Talibarn se encontraba ya muerto, también su segundo al mano y otro puñado de esas bestias que hacía llamar sus hombres, la mayoria de ellos abatidos por un filo que no era suyo. Cualquier placer en la venganza había sido arrebatado de entre sus manos.

La batalla aun continuaba, los bandidos con sus manos llenas repeliendo no solo su salvaje ataque sino a los silentes guerreros que con sus ojos de fuego venían a impartirles un destino final inevitable.

¿Era acaso suerte o desgracia que su ataque coincidiera con el de esos seres? La brisa de las montañas volvio a correr con fuerza, helando su sangre y haciendole gruñir de dolor, cualquier bendición de Hanon ausente de la fuente de aquel viento.

Lyndis obtuvo su respuesta.

Su visión le abandonó, sus piernas cedieron al fin bajo su propio peso, la fria piedra de las montañas de Bern abrazandole.

El silencio reinó sobre ella...

...Retorciendose con un gemido Lyndis volvió en si. Podía sentir calor sobre su piel.

Otro amanecer había llegado a recibirla.

Abrió los ojos e intentó incorporarse con mucho esfuerzo, la incandecente luz del sol cegando sus ojos. El viento de Hanon corría trayendole promesas de carne asada y festines que inundaron su nariz, trayendo balsamo a sus...

Su vista se aclaró.

Su sol se transformó en una poderosa pira a unos metros de ella, la oscuridad de la noche aun visible en el cielo; la carne tan solo un combustible de la tumba final del objeto de su venganza. El olor a sangre aun impregnaba la montaña.

Alrededor del fuego los silentes ejecutores le observaban con brazas en sus miradas.

El corazón de Lyndis dio un vuelco y supo al fin, sin lugar a dudas, que su destino había llegado. Bajo el filo de su espada había vivido los últimos 5 años en Sacae y bajo su filo caería.

Al rechazar un hogar con los Kirin había aceptado aquel destino. No había podido aceptar una nueva hermandad cuando la sangre de los suyos aun esperaba compensación.

A duras penas logró incorporarse, el viento en su pecho avivando las últimas ascuas de orgullo que aun ardían en su pecho. Sus brazos carecían de fuerza y su espada se alzaba ya sin proposito, una determinación vacía en sus ojos; su vista tentaba volver a abandonarle.

El rugido de un depredador caido, vencido, abandonó sus labios. Un rugido seco, cargado de dolor y orgullo, poderoso en su propia forma, lastimero, marcando una nota final inequívoca.

Lyndis soltó una plegaria al viento que jamás llegó a las llanuras.

-Que el viento de Hanon sople a tus espladas, anciana-
Lyndis
Lyndis
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Mensaje por Elise Nohr el Dom Oct 20, 2019 7:55 am

Así que habéis decidido hacerme sufrir. Está bien, pero no seré el único. Preparad vuestros corazones, pues no creo que sobreviváis a lo que se avecina…

Música para ambientar:


Muerte de Elise Nohr:

-¡¡FELICIDADES, ELISE!!

La princesa nohria se quedó sorprendida. Había acudido al comedor del castillo para cenar, y al principio lo había encontrado desierto y oscuro. Pero de repente, todas las luces de las antorchas se encendieron a la vez, y de debajo de la mesa apareció toda su familia, que había estado escondida debajo de la misma.

“¡Es cierto! ¡Es mi cumpleaños!” ¿Cómo se le había olvidado un día como ese? ¡Es su cumpleaños! ¡Y habían venido todos a celebrarlo!

Allí estaba Corrin, tan guapa con su melena plateada y sus pies desnuditos. Estaba Camilla, con su cuerpo exuberante. Estaba Xander, con ese porte magnífico. Estaba Leo, con esa mirada arrogante pero acogedora. Y todos ellos la sonreían con ternura y felicidad en su rostro.

No solo estaban sus hermanos. También estaba Azuquito. Normalmente no dejan salir a Azuquito del establo, pero aquel era un día especial ¡Era su cumpleaños! El poni se acercó hacia ella y Elise lo abrazó con mucha ternura.

También estaba su padre. Pero aquella vez era distinto. Por primera vez, desde que Elise tenía memoría, veía a su padre sonreír. No una sonrisa maníaca, no. Una sonrisa amable y dulce. La sonrisa de un padre que estaba feliz por que su hija se hacía mayor.

Y su madre también estaba allí. La última vez que vio a su madre fue en la cama, muriendo de una enfermedad. Elise trató de llamarla entonces por todos los medios, pero su madre no la hacía caso, repitiendo únicamente el nombre de Garon. Aquello debió de ser un mal sueño ¡Porque su mami estaba ahí! ¡Estaba viva! ¡Y sonreía! ¡Y la abrazaba! ¡Y le deseaba un muy feliz cumpleaños! Elise correspondía al abrazo entre lágrimas de felicidad.

No solo estaba su familia. También habían venido amigos que habían logrado hacer en el camino, gracias a sus escapadas. Ahí estaba Nagito, príncipe de los bosques, portando una corona de flores. Y Edelgard, la delegada de la clase de Águilas Negras, con vestidos de gala para la ocasión.

¡Y encima de la mesa estaba señorita ardilla, con toda su familia! ¡Incluso ella había venido a celebrar el cumpleaños de Elise! Señorita Ardilla se acercó a la princesa y le regaló una nuez semi mordida, que Elise recogió y guardó con mucho cariño.

-Querida familia.-Era su papá el que hablaba, con una copa en la mano para hacer un brindis.-Hoy es el día más importante de todos. Elise cumple años y se hace mayor. Su felicidad es la felicidad de todo el reino. Por ello mismo, he decidido suspender todas las guerras y declarar la paz mundial. Para que todos nosotros podamos vivir en armonía juntos con nuestra princesa, sin que ella tenga que preocuparse del bienestar de ninguno de nosotros.

Un aplauso generalizado inundó el comedor del castillo. Ni que decir tiene que la que más aplaudía con fuerza era la propia Elise.

-Nuestra hija se hace mayor, y eso significa que no es necesario sobreprotegerla continuamente. Así que se acabaron para ella las clases y el estudio, si no quiere hacerlo. Y le doy plena libertad para salir del castillo y visitar la ciudad y los bosques, siempre y cuando ella quiera.-una nueva oleada de aplausos siguió a las palabras del rey de Nohr. Su hermana Camilla le susurraba al oído que estrenarían aquel permiso con un picnic todos juntos en un campo de girasoles, cosa que hizo que la sonrisa de Elise se extendiese hasta el límite.

-La economía de Nohr ha sido siempre un problema. Los campos apenas dan fruto y el clima no ayuda. Sin embargo, la solución siempre ha estado delante de nuestras narices. En vez de dedicarnos a la agricultura o al negocio de la guerra, convertiremos a nuestro reino en la mayor productor de dulces. Inundaremos Akaneia y el resto de continentes de caramelos, chocolate y chucherías, ¡Y así Nohr será conocida como el reino acaramelado!
Por último, lo he estado pensando, y este castillo es demasiado feo y oscuro para mi querida hija, así como para toda la familia. Por eso mismo, pronto iniciaremos su derrumbe, y en su lugar construiremos uno sobre las nubes, para que siempre entre el sol por las ventanas y podamos gozar de unas vistas maravillosas ¡¡Brindemos por un futuro brillante, tanto como la bondad de mi querida Elise!!


Todos brindaron, aplaudieron y se regocijaron. Luego empezaron los bailes y los juegos. Xander y Leo jugaban al pilla-pilla, mientras que Corrin y Camilla bailaban. Su padre, por primera vez subió a caballito a Elise e imitando a Azuquito, le dio un paseo por todo el salón. Luego su madre la cogió en brazos y jugaron a hacerse cosquillas entre continuos abrazos.

Y llegó el momento de la tarta. Una gigantesca tarta de chocolate, la más grande que había visto Elise en toda su vida. Cubierta de nata, con piezas de cereza y fresa repartido por todas partes. Y velas encendidas sobre ellas. Elise se puso en posición…

-Recuerda pedir un deseo antes de soplar las velas, hija.-le recordó su padre. Más fácil decirlo que hacerlo ¡Ya tenía todo lo que deseaba! ¡Todo lo que había soñado alguna vez se encontraba en aquella habitación! ¡¿Qué más podía pedir?! Elise tuvo que meditar unos segundos, pero al final acabó soplando las velas…

[…]

En Garreg Mach asoló una fase de gripe que afectó a varios de los estudiantes de la Academia de Oficiales. En la mayoría de los casos, los casos no fueron de gran gravedad y todos los alumnos se recuperaron. Todos menos la princesa Elise, que seguía en cama, con una altísima fiebre y pronunciando palabras inconexas, seguramente fruto del delirio.

Quizás fuese la vida sedentaria que había llevado hasta ahora. Quizás fuese que no estaba acostumbrada al clima de otro continente. El caso es que sus defensas no parecían ser lo suficientemente resistentes para aquella epidemia de gripe. Los médicos y sanadores del monasterio lo intentaron todo para salvar su vida. Medicamentos y potingues variados, hielo en la cabeza para bajar la temperatura, magia blanca de todo tipo. Pero nada sirvió. La fiebre solo iba en aumento, su pulso se volvía cada vez más errático, su vida se escapaba de las manos.

La mirada de la princesa estaba completamente perdida, como si no se encontrase en aquel lugar, sino en otra parte completamente distinto. El final fue inevitable. A pesar de todos los intentos, la princesa acabó falleciendo rodeada de médicos que luchaban por su salud. Los allí presentes mencionaron que a pesar de las incoherencias que decía en aquel estado de delirio, la última frase que pronunció justo antes de fallecer fue perfectamente inteligible para todos los que estaban en aquella habitación.

-Muchas gracias por todo. Este ha sido el mejor cumpleaños de toda mi vida. Os quiero muchísimo a todos.
Elise Nohr
Elise Nohr
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- NOHR -

Clase :
Cleric

Cargo :
Princesa de Nohr

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★ ★ ★ ★

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Báculo de Heal [2]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

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2618


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Mensaje por Jafar el Dom Oct 20, 2019 5:48 pm

Lo que vamos a llorar con este evento...

Spoiler:
El olor le era familiar, pero su mente no conseguía descubrir de donde procedía tal familiaridad. Era el olor a carne quemada y a metal, el olor en el que había nacido envuelto. Pero había algo mas,algo mas que no...

No conseguía hilar sus pensamientos.

No conseguía averiguar que era lo que le pasaba.

Quiso soltar un gruñido de frustración, pero de lo profundo de su garganta solo salio un quejido lastimero. Un lamento tan impropio del que no fue capaz de relacionarlo con su voz.

Veía sus brazos frente a el. Machados de tierra y sangre fresca... no parecían propios. No tenia sus cuerdas, podía ver el brillo metálico de sus cuchillas en la lejanía, las cuerdas rojas que los ataban a sus brazos habían sido destrozadas. Su brazo izquierdo en una postura inusual,doblado en un angulo impropio ... un angulo que le permitía observar sus manos, carente de uñas. A sus espaldas se encontraban sus garras destrozadas, clavadas en la tierra. Revuelta y teñida de negro y rojo.

Rojo... todo era rojo... Era un dragón blanco pero todo lo que veía era rojo... La sangre de sus brazos, que no conseguía secar, porque la misma no dejaba de salir... El brillo rojizo del fuego que seguía propagándose a unos metros frente a el, la carne quemada del enemigo adoptando el mismo color... el mismo color que los ojos de esos seres...

No entendía que pasaba, no entendía porque ese elemento al que estaba tan acostumbrado  ahora se le tornaba desconocido, porque le perturbaba. No entendía porque le costaba recordar donde estaba. No conseguía rememorar lo que había pasado, ni siquiera conseguía frustrarse... no, no era frustración lo que le inundaba.

Era otro sentimiento, algo desconocido que solo había experimentado una vez en su vida... un recuerdo lejano, igual de confuso,que no conseguía rememorar...

Entonces se dio cuenta. No solo había rojo,no solo había sangre. También había tierra... estaba tumbado en el suelo,de costado. Debía... tenia que ponerse en pie... no recordaba porque,pero algo dentro de si había comenzado a gritar con desesperación para que lo hiciera.

Pero no podía. Su cuerpo pesaba una tonelada, y no le respondía. Como si no fuera suyo, como si alguien hubiese desconectado la mente del niño de su cuerpo... Pero lo notaba. Pesaba,ardía.

"Muévete... muévete... muévete..."

No obedecía... Porque no obedecía? No importaba lo duro que fuese. El hambre o la sed que tuviera , la sangre que había perdido o lo herido que estuviera. Siempre se movía. Porque ahora no?

Porque pesaba? Porque ardía y se tornaba frió al mismo tiempo? Porque no respondía? Porque le faltaba el aire? Porque temblaba? Porque sentía como si mil agujas se clavasen en su piel? Como si le cortasen por dentro...

"Porque .... porque... porque....?"

Algo irrumpió en su visión. Sus ojos se centraron en el brillo del metal que se había presentando ante el, ocultando de su vista el resto del paisaje. El emergido había apoyado su arma en el suelo mientras se acercaba para comprobar si el infante seguía con vida.... Y Jafar se vio envuelto por una sensación desconocida acompañada de la sorpresa. Cuando se había acercado a el? Porque no lo había escuchado?

"Débil.... débil... débil..."

La espada fue alzada,su cuerpo actuó por impulso. Ni siquiera supo si dio la orden,solo sabia que había girado sobre su mismo esquivando a duras penas el filo que habría atravesado su garganta sin dudarlo. Con su brazo derecho tembloroso se intento incorporar,el izquierdo completamente inutilizado. Pero no pudo mas que levantar su pecho del suelo,colocarse de rodillas... antes de que su cuerpo venciese y quedase una vez mas sobre el suelo.

El enemigo se acerca a el,con lentitud,seguro de que su presa no huiría.

"Muévete... muévete... muévete..."

No podía caer allí. No podía dejar que esos seres que habían llegado desde Bengion,arrasando todo a su paso, alcanzasen la ciudad . Eran demasiados. La tierra se había visto deformada por las pisadas de esos seres con pesadas armaduras . Se había visto teñida por la sangre de las vidas que había arrebatado. Habia sido reducida a un mar de llamas y cenizas... pero eran tantos... demasiados para que el fuego de un solo dragón, de un niño, pudiera detener el avance de todo un ejercito de ese tamaño.

Sus garras habían quedado clavadas en la tierra . Enterradas entre los cuerpos de aquellos a los que había conseguido abatir se encontraban escamas sueltas que habían logrado arrancarle con fuerza... Si tuviera tiempo y energías para mover su lengua y pasar la misma por su dentadura vería que le faltaban algunos dientes, colmillos afilados que se habían quedado unidos a armaduras ajenas...

Y aun así... no iba a caer... la cuidad... la cuidad tenia que estar a salvo... no podían llegar.... Kurth... no podía dejar que se acercaran a Kurth... No podía caer... porque no era débil. No, no, no,no... Jafar no era débil... No lo era,no podía serlo... Porque los débiles no pueden proteger Goldoa...

Reunió la poca fuerza que le quedaba para transformar su cuerpo una vez mas, una de tantas. No podía recordar. Ni el tiempo que llevaba luchando, ni las veces que se había transformado para volver a ser llevado a su forma humana a la fuerza. Pero tenia que hacerlo... una y otra vez mas... hasta que no quedase nadie...

Dejo escapar un grito al mutar su cuerpo,a cambiar su forma de la de un niño a la de un dragón. Un dragón supuestamente blanco pero que en esos instantes bien podía haber sido considerado uno rojo. Un grito nuevo a sus oídos, irreconocible. Un alarido de dolor que resonó en el lugar, cuyo eco viajo lejos...

Su garganta se contrajo y escupió la sangre retenida en ella, intentando tomar aire entre jadeos. Sus pulmones parecían no retener el mismo, como si se hubieran llenado de ceniza y no cupiese nada mas en ellos. Sus patas temblaban y apenas sostenían su ahora mas pesado cuerpo, no podía aferrarse a la tierra al no tener garras para ello. Sus alas... Sus alas estaban perforadas, y cada aleteo hacia que un escalofrió recorriera su cuerpo. Uno desagradable uno...

Reconoció por fin aquella sensación que invadía su cuerpo. Aquello que antes no había podido identificar. Era dolor... Un dolor imposible de ignorar, uno que intento que no le detuviese... Pero solo pudo mover las alas un par de veces. Su cuerpo demasiado herido para volar, su ala izquierda fue perforada con una flecha por ultima vez. Cayo los pocos metros que había conseguido elevarse. Un cuerpo muerto,un golpe seco contra el suelo que levanto el polvillo acumulado.

Jafar sintió su cuerpo derribado ser rodeado por unas alas blancas destrozadas. Y entonces lo comprendió. Lo recordó. La familiaridad del olor, las alas que lo rodeaban... era como el día que el clan fue derrotado.Cuando el enemigo los superaba tanto en numero que se vieron completamente superados, derrotados. Cuando Jafar se salvo porque su pequeño y herido cuerpo fue protegido por unas alas blancas, las alas de...

-Mama...

Pero su madre ya no estaba. Hacia tiempo que ya no estaba... y las alas que rodeaban ahora su cuerpo no eran las de ellas,si no las propias... Su cuerpo muchísimo mas destrozado que la ultima vez....

-Mama... duele... duele mucho... Jafar nunca.... nunca doler tanto... No... no entiendo.... mama... Jafar no entiende porque duele...


Y en comparación a la ultima vez,a aquella única vez. Esta vez estaba solo.

Entonces lo identifico. Aquello que no era frustración... era terror.

Y como si su cuerpo se hubiese sincronizado con dicho pensamiento las alas que le envolvían desaparecieron. Dejando a un niño en el suelo,en un charco rojo de su propia sangre. El cuerpo lleno de golpes,heridas abiertas cubriéndolo por completo... No podía mover nada... La vista se le nublaba , la respiración le faltaba y la sangre le inundaba la garganta,la cual moviéndose por cuenta propia intentaba expulsarla. Tosía,se atragantaba... Pero el niño era ajeno a ello... Porque sus ojos se habían perdido en un recuerdo lejano... Una derrota mayor...

Estiro la mano por ultima vez,mientras el enemigo se acercaba a el. Su madre,aquella de los recuerdos,se había ido... cuando su cuerpo había vuelto al de un humano,cuando las alas ya no lo protegían ,había dejado de verla ante sus ojos... Le haba abandonado.... Porque había perdido...

Una lagrima solitaria cayo de su ojo,sin ser el consciente de ello. Sus labios se movieron ,su voz sonó por ultima vez.

-Mama... perdón... lo siento... Jafar lo siente... lo siente mucho... Jafar es débil... mama perdón por ser débil...

Y su mano cayo , junto con la espada del enemigo que se había colocado sobre el,atravesando su garganta de un solo golpe. Arrebatando de el lo único que le quedaba de vida...

Al final,era débil.
Jafar
Jafar
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- GOLDOA -

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Silver Dragon

Cargo :
Asesino

Autoridad :
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Elixir [1]
Tónico de res. [1]
Tónico de def [1]
Báculo de heal [1]
.
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Kurth [EVENTO] HE AQUÍ EL DESTINO, LUCHADOR JEIjc1v

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Mensaje por Onix el Dom Oct 20, 2019 6:35 pm

Ambiente este minific como una línea de tiempo alternativa entre los capítulos 3 y 4 del foro.

Muerte de Onix:
Y ahí estaba el cuervo, sentado en una de las mesas de una taberna, en el puerto de Durban a altas horas de la noche. La música que tocaban era fuerte, compuesta de instrumentos como la flauta y la pandereta, las luces de las velas daban un ambiente jovial y relajante en el lugar, y el laguz disfrutaba de la ingesta de alcohol, riendo y hablando con un grupo de personas a las que había conocido esa misma noche, con los que estaba gastando parte de su salario para apostar con ellos en un juego de cartas que llevaban teniendo desde hace un buen rato.

Para mala suerte de ellos, Onix se le daba bien los juegos de cartas, pues la clave de estos era la estrategia y saber leer a tu oponente. El laguz poseía varios trucos bajo la manga, como unos sentidos agudos que le brindaban cierta ventaja adicional y su inteligencia natural para la estrategia, que le ayudaba a saber cuándo debía apostar mucho o cuando debía apostar poco. No tardó demasiado en superar las ganancias de los sujetos con los que estaba jugando y comenzar a ganar mucha más veces de las que perdía.

- Vamos, anímense muchachos… Si no juegan bien sus cartas, acabarán perdiendo algo más que solo monedas- Comentó el cuervo, mientras agitaba un poco el vaso de ron con hielo que sostenía entre las garras- Ya saben, como su ropa, su pareja, su cabello, la virginidad…- Enumeró con sus uñas, sonriendo un poco para molestarlos- Aprendan cuando rendirse… Puedes ganar una vez, pero se aprende más con la derrota.

Después de haber bebido lo suficiente y ganar un par de apuestas más, Onix dejó de jugar a las cartas y se despidió de las personas que lo estuvieron acompañando durante todo aquel rato, devolviéndoles partes de las posesiones que él había ganado hasta ahora, pues se sentía culpable de que dársela cuando su razón de ir a la taberna fue solo para divertirse y pasar un buen rato.

De camino al lugar donde este se hospedaba, el silencio y la oscuridad invadieron las calles, por lo que Onix dió rienda suelta a su libertad creativa y comenzó a tararear una canción en el camino, dando pequeños saltos en las calles y realizando algunas rápidas maniobras en el aire para juguetear un poco durante ese rato.

La calle es una selva de pedruscos ~♪
Y de fieras salvajes, cómo no ~♪
Ya no hay quien salga loco de contento~♪
Donde quiera te espera lo peor~♪

De momento, parecía que las calles estaban vacías y que no encontraría a nadie. Pues no sería de extrañar que muchos de los humanos que vivieran aquí estuvieran en sus casas durmiendo y resguardándose del frío. En lo único que Onix pensaba era llegar a su cama y descansar en un lugar cálido y tranquilo esta noche.

A, la, la, le, le, le, le, le~♪

Sintiendo que el mundo daba vueltas si movía demasiado rápido la cabeza o el cuerpo, tomó precauciones, equilibrándose con ayuda de sus alas hasta que ya se adaptó mejor al retorno del estado de ebriedad justo cuando se le había ido bajando el efecto de la adrenalina.  Onix iba con los sentidos lo suficientemente embotados como para no darse cuenta de que había empezado a caminar zigzageando y se apoyaba en las paredes, riendo muchísimo más mareado de lo que pensaba.

Hay demasiadas personas que te conocen ~♪
Ellos te ven venir, ellos te ven irte ~♪
Ellos conocen tus secretos, y tú conoces los suyos ~♪
Esta calle es una selva de pedruscos; pero a nadie le importa~♪

Onix llegó entonces al lugar donde este se hospedaba y subió con calma hasta a su habitación. Al no encontrar a nadie, cerró la puerta tras él, y sin encender las velas, caminó hasta su cama para irse a dormir.

En esta época de efímera paz y alegría, donde los emergidos ya no solían invadir tanto países como Durban y Kilvas, Onix podía dormir tranquilo sin preocuparse de que fuese atacado por la noche. Para alguien que estaba acostumbrado al caos y a la destrucción, dicho escenario era como una bendición, algo difícil de imaginar, un sueño casi inalcanzable, que era demasiado bueno como para que se hiciera realidad.

Era algo digno de celebrarse. Y ahí estaba el cuervo, sentado en su cama pensando en la época que vivía actualmente, pensando en los seres queridos que ya no estaban con él, en el curso que había tomado su vida de acuerdo a las decisiones que había tomado. Si existía la paz y todos vivieran felices, ¿por qué no podía ser feliz también? Tenía un trabajo, un lugar donde vivir, amigos e incluso una pareja.

Aun así, sentía su cuerpo pesado. ¿Había bebido demasiado?  ¿Quizás estaba haciendo viejo? ¿Por qué se sentía tan fuera de lugar en este mundo? ¿Por qué se sentía tan solo en estas circunstancias?

Onix se sentó sobre el colchón de su cama, mirando la botella que había sacado de su bolsillo y con lágrimas en los ojos, recitó en voz baja una melodía que solía cantarle su madre de pequeño. Era una canción que apenas recordaba, tranquila y monótona, que no necesitaba de palabras y donde podía sustituirse los sonidos por sílabas sin sentido.

- Me rindo… Nos vemos en el otro lado, Hermes.

¿Alguna vez esta guerra con los emergidos acabaría? El cuervo no estaría presente para verlo.

Poniendo fin a su vida llena de remordimientos, Onix bebió del frasco de veneno. Mucha gente sueña con volar, pero el cuervo soñaba que caía, sin manera de poder salvarse.

Miro hacia la ventana una última vez, la luna y las estrellas iluminaba el firmamento y su habitación, justo como la noche que perdió a su mentor y su determinación. La vista era maravillosa, no podía quejarse esta vez. Se acostó en su cama y sin decir una palabra más, Onix cerró los ojos.
Onix
Onix
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Seeker Raven

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Inventario :
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Pócima Ligera
Escrito Mítico
Vulnerary [7]
.

Especialización :
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Experiencia :
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Mensaje por Alm el Lun Oct 21, 2019 3:54 pm

Esto es más complicado de lo que parecía...

Vino vestida de blanco, se sentó a mi lado y me hizo sonreír, mientras aún tirabas tú de mí.:
La tormenta había disminuido conforme la batalla fue avanzando, pero aún podía sentir cómo las gotas de lluvia caían sobre él como miles de aguijones congelados. El ejército enemigo era muy numeroso, demasiado y había perdido la cuenta de cuántos emergidos había hecho caer con el filo de su espada. El cielo estaba tan negro que parecía ser de noche y sólo los relámpagos iluminaban por breves momentos el caos en el campo de batalla.

"Ya queda poco" se decía para animarse, mientras se abría paso entre sus compañeros y seguía hacia delante, esquivando el golpe de la lanza de un jinete. "Un último esfuerzo".

Uno de sus compañeros estaba teniendo problemas, se enfrentaba a un emergido con una espada, pero al mismo tiempo un enemigo con un hacha se acercaba por detrás. Corrió para echar una mano y evitar el funesto golpe del hacha sobre la espalda de su compañero, sin percatarse de que muy cerca de él había un mago formulando uno de sus hechizos. Avanzaba todo lo rápido que el cansancio le permitía, sujetando la espada con las dos manos y salvando la última distancia con un salto. Se escuchó un trueno, el resplandor de una luz y luego un intenso dolor en el pecho.

El muchacho cayó de espaldas ante el fuerte impacto del hechizo. Su espada voló, dio un par de vueltas en el aire y se clavó en el barro a unos metros de dónde estaba él. Notaba cómo el respirar se le hacía difícil y cuando intentó incorporarse, el dolor en su pecho se hizo tan fuerte que soltó un grito. Volvió a caer sobre su espalda, sintiendo como la lluvia, cada vez más fina empapaban su cuerpo, las gotas resbalando por su rostro y el cielo tan oscuro como un abismo. Sentía su cuerpo pesado, los gritos de la batalla y el sonido del metal chocando contra el metal se fueron ensordeciendo, la sensación de frío iba ganando terreno al dolor y sus párpados cada vez eran más pesados hasta que finalmente se rindió y cerró los ojos.

Un abismo de oscuridad se cernió sobre él y a pesar de que volvió a abrir los ojos, todo a su alrededor seguía estando igual de oscuro. Ya no había lluvia, ni enemigos a su alrededor, ni siquiera suelo, sólo oscuridad. Intentó caminar, pero su cuerpo no le respondía. Tan sólo su conciencia estaba en ese lugar y justo cuando comprendió que se encontraba en una especie de limbo, apareció una hermosa mujer con un vestido blanco y se acercó hacia donde estaba. Tomó su mano, estaba muy fría, como si estuviese hecha de hielo y con la otra mano cubrió sus ojos.

La oscuridad se dispersó en ese momento y Alm volvió abrir los ojos. Estaba tumbado sobre una cómoda cama de sábanas blancas. A su izquierda, había una joven pelirroja sosteniendo su mano mientras murmuraba una oración. La joven apretaba contra su pecho el amuleto de la suerte que tiempo atrás le había regalado y que siempre había llevado a sus batallas. A todas menos a esa última, pues Alm había devuelto el medallón a su amiga con la promesa de volver a buscarlo.

Celica.

De sus labios no salió ninguna voz, ni siquiera tenía ya control de su cuerpo. La chica tenía el rostro cubierto de lágrimas y aún con esa expresión de dolor, Alm la veía más hermosa que nunca. Entonces, sintió un pequeño tirón en su otra mano, la derecha y volvió a ver a la mujer de blanco, tirando con insistencia de su brazo.

Celica, tengo que irme. Necesito que sueltes mi mano — dijo en ese lenguaje sin palabras, pero la chica seguía sujetando su mano, negándose a dejarle marchar. Alm sintió algo similar a una lágrima cayendo por su mejilla, a pesar de que hacía ya unas horas que su alma se había separado de su cuerpo. Miró suplicante a la Muerte y le pidió un minuto para despedirse. La mujer soltó su mano y retrocedió dos pasos. El frío que le había estado rodeando se dispersó un poco gracias al calor que le daba la mano de Celica. Podía sentirla, un poquito, al igual que su propio cuerpo.

La chica abrió los ojos y aferró con más fuerza su mano, al tiempo que el chico se esforzaba para poder pronunciar unas palabras — Te esperaré... pero tú, aún tienes que estar aquí — dijo con un gran esfuerzo y flexionó los dedos en un vago intento de sujetar su mano —Suelta mi mano... estaré bien...

La Muerte volvió a acercarse y con ella regresó el frío. De nuevo, le tomó de la mano y tiró hacia ella, la habitación iba apagándose poco a poco, como si las tinieblas se la estuviesen tragando. La figura de Celica fue lo último en ocultarse y el muchacho esbozó una sonrisa al ser ella la última persona que veían sus ojos antes de apagarse totalmente. La fuerza en su mano izquierda se fue apagando hasta que finalmente quedó inerte, entre la cálida palma de su querida compañera. No sabía qué le esperaba más allá, si otra oportunidad o el final de todo, pero estaba feliz por poder haber tenido su último momento junto a la persona que más había querido.

La muy débil respiración del chico se detuvo, al igual que su corazón y el brillo en sus ojos se había apagado como una vela en la oscuridad. "Adiós Celica, vive tú por mí y nunca pierdas esa preciosa sonrisa."
Alm
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Afiliación :
- SENAY -

Clase :
Mercenary

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Vulnearary [2]
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Arco de bronce [2]
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.

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Mensaje por Seraphiel el Lun Oct 21, 2019 6:43 pm

Hasta el final del evento, voy a quedarme sin lágrimas. Que maldad más pura ;w; ¡Pero está bien! ¡Fue interesante la situación! Sobretodo porque nunca pensé en la muerte de Sera... Y bueno... A este paso el foro se queda sin personajes por el asesinato grupal(?) El fanfic está situado en algún mundo alternativo donde los emergidos están consiguiendo su cometido u.u

Ambientación:

No es la veleta que vuela, es el viento.:
Una última nota escapó de sus labios, una última canción que habría deseado poder salvarlos a todos, como un puente celestial conectando cielo y tierra, aunque fuese para salvar a aquellos pocos que le importaban, aunque fuese para salvar a aquellos pocos que aún apretaban sus mandíbulas y seguían protegiendo a los débiles. Pero fue inútil. Y él, con una esperanza a punto de ser aniquilada, no podía hacer más que observar desde lo alto de una torre, allá donde pensó que su cántico tendría más efecto.

Una repentina ventisca balanceó hacia atrás su largo y rubio cabello, sus ropajes claros. Pero donde antes era un cielo azulado, ahora había un jinete de pegaso con una lanza en mano que no tardó en arrojarla hacia él. Tomándolo por sorpresa, ciego por el viento y el polvo, la lanza atravesó su pecho inevitablemente, bastante estúpido, bastante simple. Al segundo después el ser de ojos rojos volvía a recorrer el aire y Sera supo que él nunca podría volver a hacerlo. Sonrió irónico mientras la sangre caía por la comisura de sus labios, mientras su túnica se manchaba de carmín.

Dio un paso al frente, en un final el peso pudo con él y cayó de rodillas al suelo. Entreabrió los ojos, miró una última vez hacia abajo, hacia la ciudad, hacia los guardias que luchaban con ánimo, hacia los ciudadanos que daban una mano de cualquier forma. Recordó a una muchacha que muchas veces había visto por el mercado armada con escoba, tan segura de si misma que golpearía a muerte a los emergidos que le sacó una sonrisa. Deseaba volver a pasar días así cuanto antes...

Pero aún de suceder, él no los vería. ¿O si? Pronto, su sonrisa perdió su brillo, una leve mueca de tristeza se apoderó de ellos, ladeó la cabeza hacia un costado y buscó más allá. Desde ahí no era capaz de verlos: no era capaz de ver a sus queridos amigos, no era capaz de saber lo que les estaba sucediendo. Hasta podía jurar que sus orejas dejaban de escuchar con claridad. ¿Qué sería de Sissi? Si él moría ahí, no sería capaz de volver a ver su dulce sonrisa, de escuchar sus ideas. De morir ahí, así, de la nada, observando a todos desde lo alto... No podría volver a verlos crecer, a sus ritmos, no podría volver a ver sus sonrisas, ni sus llantos, sus desesperaciones inciertas, sus esperanzas y anhelos para un futuro mejor.

Antes de darse cuenta sus ojos estaban húmedos, hasta el punto de molestarle a los ojos, hasta el punto de borrarle la vista por completo. En un acto de desesperación empeoró las cosas, con fuerza bruta que sacó de su mera desesperación arrancó la lanza que perforaba su pecho, haciendo caso omiso a sus manos manchadas de sangre, a su vestimenta igual de roja. Se arrastró hasta el frente dejando un camino carmín detrás de él. No quería morir así. No quería.

No quería dejar de ver a todos sus seres queridos, aún habían tantas cosas que conseguir, aún tenía que volver a Serennes, reconstruir las casas, plantar los pequeños árboles para que en unos años crecieran altos y fuertes, lo suficiente para enterrar lo pasado y abrir un nuevo futuro, un futuro para todos, no solo para las garzas. Pero... ¿Qué sucedería con aquél sueño suyo si moría ahí? ¿Qué sucedería con sus amigos? Aún tenía tantos planes por delante, aún quería hacer tantas cosas... Aún le tenía que decir a Sissi que no debía seguir trabajando... ¡Que salir era una buena idea! ¡Aún le tenía que enseñar aquella playa que encontró!

¡No quería morir! ¡No quería! ¡No quería! ¡No quería! ¡¡Quería seguir viviendo!!

Y entonces, cuando finalmente logró levantarse a duras penas, sosteniéndose de un pilar delante del enorme balcón, lo vio con claridad. Sus ojos se despejaron, dejó de llorar y solo quedaron las lágrimas de hace un instante, perdiéndose por su mejilla pálida.

Allá a lo fondo, en medio de las nubes de tormenta el sol empezaba a hacerse paso. Se encontró a si mismo maravillado, con labios fríos entreabiertos y su corazón dio los últimos vuelcos. Lo entendía, lo entendía con extrema claridad. Aunque él acabara ahora, no sería el fin. Muchos más quedaban detrás de él, seguirían avanzando, seguirían llevando su deseo al frente, eventualmente, dentro de miles de años, Serenes sería un lugar lleno de gente sonriente, eventualmente, dentro de unas semanas los ciudadanos de Sindhu seguirían sonriendo.

El mundo estaba lleno de luz a sus ojos. Las personas vivían juntas, sufrían, pero también demostraban felicidad. Probablemente, aunque él moriría y se llevaría consigo la existencia de las garzas, en los corazones de la gente, en la naturaleza que tanto amaba, en cada objeto que sus melodías resonaban quedaría algo de él, quedaría algo de ellos. Con el corazón en paz logró dedicar una última sonrisa a las vistas que estaba observando.

Se movió hacia el centro con la poca fuerza que le quedaba y cerró los ojos, inspiró hondo mientras otra hilera de sangre manchaba sus labios. Extendió los brazos con suavidad a un lado y otro de su cuerpo y una gentil brisa acarició sus mejillas. Con ojos cerrados y con pequeñas y solitarias lágrimas aún en sus párpados le pareció sentir la suave voz de su amada madre. Le pareció escuchar aquél "Está bien. Lo hiciestes bien" que tanto deseó escuchar en aquél instante.

Más allá de la lucha que había abajo, en aquél lugar olvidado del tiempo y perdonado por los enemigos, Sera se atrevió a susurrar una plegaria— Ashera... Cuida de ellos... Si me lo permites... Déjame ser el viento del amanecer... Déjame protegerlos de ahora en adelante... —Cayó hacia atrás, con una amable sonrisa, una sonrisa como muchas otras.

A pesar de las lágrimas, estaba en paz. Y quizás, el mundo sería acariciado por un viento diferente.
Seraphiel
Seraphiel
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Mensaje por Mallory el Mar Oct 22, 2019 12:45 am

ME QUEDE PELIGROSAMENTE CERCA DEL LIMITE. Perdon perdon, pero fue lo mejor que hice.

La muerte gira en torno al camino que quiero dar a Mallory a futuro. Sueños, pesadillas. ¡Todo para ella comienza con un sueño! Y todo por ende, debe terminar igual.

Ambientación que queda genial si le sigues el timing (?):

All dreams end when the dreamer awakes...:
Todo había iniciado con un sueño…

Y con una visita a su hogar que consideraba necesaria hacer desde hace un buen tiempo.
Mallory ha estado siendo atormentada con una pesadilla demasiado nítida para desmerecerla, una que comenzaba con una visita a la Granja Berger y el hallazgo de un infierno reduciendo a cenizas todo lo que una vez le colmo de felicidad. Ahora que aquella pesadilla toma forma en su realidad, la sospecha de haber sido advertida por una visión del futuro, le hace replantearse su decisión de seguir en aquel momento. Pero no solo por el dueño de aquellos ojos llorosos que la abrazan con fuerza, sino por la seguridad de su nación. ¿Qué tan rápido han de llegar a la Capital de Daien si toman esa ruta? ¡Hay demasiadas vidas en riesgo como para procurar darse la vuelta y dar parte a la Corona por ayuda! Ser cobarde solo traería más muertes… Y pensar en eso, le dio valor para encarar algo que sabe cómo ha de terminar.

-¡Ve a la capital! Ahí resguárdate y hazte fuerte ¡No solo en tu cuerpo, sino en tu espíritu! Y… ¡Recuerda, lo más importante!, ¿Si? Recuérdalo… Llena tu corazón de valor y amor, ¡Se integro!, Que es lo que siempre nos han enseñado nuestros padres…- Son las indicaciones que Mallory da a su hermano más pequeño, que ahora es el último sobreviviente de la familia Berger. No puede evitar limpiarle sus lágrimas con sus manos y besar sus mejillas con insistencia. Tampoco es como si ella no deseara llorar, pero no puede hacerlo cuando debe asegurar la ruta de escape de lo único considera le queda en el mundo. Una campesina conocida apura con mirada suplicante, antes de que un leve gesto dé la indicación final. –Y te amo, te amo y te amare siempre.- Son sus palabras mientras le da un último beso en su frente, con su bendición. Ahora lo ve irse, cobijados por la incertidumbre de la oscuridad…

Alza su mirada hacia el horizonte, buscando al enemigo que se acerca. Y llega junto a ellos una brisa hirviente, con el aroma de sangre, hierro y carne quemada. Entrecierra sus ojos, a la vez que unas lágrimas se retienen en sus pestañas cuando por un instante desvía su rostro hacia los cercos. Ahí donde estaban las vacas, solo hay bultos humeantes irreconocibles. Una sensación desagradable empieza a subir desde su estomago al resto de su pecho, buscando mancillar su apariencia estoica. No puede permitirse llorar.
Mallory sostiene con fuerza su grimorio familiar como un amuleto, enfrentándose a esa pesadilla que a cada instante se vuelve más y más conocida. Si todo continúa como lo ha soñado, escuchara el viento cortarse con flechas encendidas en llamas...

Su batallada inicia con ese silbido, pero ha logrado desviarlas a un lado con un manto de oscuridad que las ha repelido de manera exitosa. Al menos por ahora. Siente de algún modo tanta coincidencia de manera irreal.

En pie de guerra ahora, la misma oscuridad que la ha protegido, repta de manera violenta hacia sus enemigos que encuentran imposible de repeler a las penumbras ni con el propio fuego. La magia arcana se manifiesta inusual en un gran oleaje que trepa por todo lo que hay a su paso, ahogando sin escrúpulo a lo que sea que quede bajo su yugo. El fuego se extingue de a poco a su alrededor, dejando una humareda que hace difícil el ver y que extrañamente se siente fría. El infierno rojo se empieza a mutar poco a poco de una penumbra helada y asfixiante en el que la hechicera avanza a paso firme, apenada por disfrutar por primera vez del terror que algunos de los emergidos atrapados ahí sienten. Pero la brisa sopla a favor de los monstruos que combate, mientras Mallory reconoce esa situación, a la vez que imparte con hechizos sobre los ajenos que han quedado atrapados cerca de ella, a una tristeza tan atroz e insoportable que prefieren atravesar sus propias gargantas con sus espadas y flechas. Una tristeza que nace de ella, y la comparte con quienes la han causado.

Ahí justo en los campos donde las vacas solían pastar, y donde determino que eran sus animales favoritos.

Su visión continua tomando forma en su realidad, mientras avanza contra el enemigo que lo oye gritar como un monstruo malherido, y que  por supuesto busca venganza. El sonido es tan aterrador, que aunque finalmente reconoce de donde llega, como en su sueño, es incapaz de esquivar un corte que atraviesa sobre su hombro, dejando una estela de su sangre en el suelo y soltando un grito lastimero de ella. La joven cae arrodillada, antes que un éter oscuro tome forma de lobo y desgarre entre gritos a su atacante. Eso también sucedía en su pesadilla, calcando los acontecimientos como una mímica que anuncia su fin. Mallory sorbe su dolor, temblando, poniéndose otra vez en pie. El tomo de los Blacktall empiezan a mancharse en sangre, pero ¿No es acaso el destino de los Blacktall morir por sus seres amados? Sacara nuevamente valor del recuerdo de sus padres, y el amor por su pequeño hermano que debe vivir a cualquier costo.

Mallory continua pensando en lo que sucede, y porque. ¿Haber soñado su final es un castigo de Grima por haber atrapado todo lo que su presencia causaba para encausarlo dentro de su propio poder, o solo fue una advertencia extraña, para que en un acto de piedad, se deje apoderar por el miedo y se salve? Y de pronto, si considera que todo es un castigo… ¿Existe la posibilidad de ser aun mas insolente con los dioses, desafiando al destino? Sabiendo lo que iba a ocurrir, la idea de cambiar lo escrito le da un ápice de luz en su ser que duele por toda la rabia y tristeza que siente rebosar de su pecho. La decisión esta cuando la humareda comienza a disiparse por la misma brisa traidora, mientras la vista de otros ojos rojos acechándola se acerca peligrosamente.

¡Esto también lo había visto, y sabia era el último embate! Una lluvia de flechas se desploma sobre ella como estrellas fugaces desde el cielo; y aunque evita una que otra, no puede salvarse de ser clavada por algunas en sus hombros y sus piernas. Pero Mallory no cae a pesar de las heridas y el dolor, ahí donde sabe finalmente debió finalmente morir. Su grimorio vibra tras haber protegido su corazón de una flecha envenenada con su lomo, antes que la voluntad de la joven moldeé otra vez a la oscuridad que hay a su alrededor con la forma de pesadillas propias y ajenas, que durante mucho tiempo tuvo cautivas y encerradas en su propio corazón. Las mismas se adelantan con violencia sobre un pequeño grupo, encarnizando una batalla que Mallory, agotada, guía desde donde está. Y eso, no era algo que sucedía en su sueño.

Cree ahora,  con esperanza, que el destino podía cambiar. Una sonrisa prematura desea formarse en sus labios, a la vez que conoce una realidad nueva que puede torcerse a su favor. A lo lejos, un crepúsculo se asoma de manera prometedora, pensando en que ha cometido su mejor hazaña. ¡Hay esperanza, un nuevo día para la Gloria de Daien puede existir! Si ha logrado combatir, si logra sobrevivir, podría… Podría ella alcanzar a su hermano.

Pero es ella ahora, que siente como su grimorio se escapa de sus manos, cuando un dolor punzante le quita todas sus fuerzas y su sangre empieza a empapar su característico vestido de algodón. Las pesadillas que dominaba quedan libres nuevamente, deshaciéndose en un humo etéreo y abandonado a sus víctimas que intentan pararse otra vez. Un hilo de sangre se desprende de la comisura de los labios de Mallory y mientras su mirada baja, ve su pecho atravesado por el filo de una espada; antes que la misma se retraiga haciéndola, fiel a sus modos, suspirar llena de dolor.

Mallory cae arrodillada sin fuerzas. Una patada finalmente la hace abrazar el polvo.

Los primeros rayos del amanecer llegan finalmente a su cuerpo, reconfortándola con su calidez. La sangre de Mallory unge a la tierra que la vio crecer, a la vez que su mirada comienza a nublarse entre sus lágrimas, y su vida escapándose; y aun así, es capaz de ver algo asomándose desde el suelo. Algo que se ha salvado del fuego y la destrucción. Algo que en su interior, le sigue dando esperanzas. Sonríe. Su voz es casi inaudible, pero ¿Cómo no ser agradecida…?

-Que… felicidad…. No había… Una flor… En mi… Sueño…-    

Mallory
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- DAEIN -

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Mensaje por Eugeo el Mar Oct 22, 2019 8:05 pm

Ok, esto me llevó más tiempo del que planeaba...

Background stuff:

Osmanthus revelation:
Esto fue el resultado de una tragedia anunciada, la cual no fue respondida con la ayuda que se requería. No hubo ofrecimiento, no fue suficiente, o simplemente llegó tarde. Llegué demasiado tarde. Mi inexorable e ininterrumpida marcha por el imperio blanco no sirvió para evitar un desenlace que tendría que haber previsto antes. Para cuando llegaron las noticias de la caída del norte, éste se consolidó en el Imperio Blanco antes de que pusiera un pie en la frontera Grannvalita. ¿A ellos también les pilló por sorpresa? ¿Por qué no huyeron a otro lugar? Un mar de posibles explicaciones se arremolinaron en mi mente, en una lucha desesperada por encontrar una respuesta convincente. Mas no la había. No divisé rastro de humo o destrucción de camino al pueblo, salvo los horripilantes cuerpos colgados en los bosques. La locura se había instaurado en Mitgard, pero creí ingenuamente que la ausencia de fuego era una señal esperanzadora. La noche me negó la realidad hasta que alcancé la villa, entonces, incluso me costó reconocerla. La madera de las estructuras estaba calcinada parcial o totalmente, y los escombros de aquellas que cedieron habían formado un patrón irregular enterrado por la nieve.

Lo que hubiera ocurrido, había sido hace mucho tiempo.

Un sentimiento de miedo, frustración y dolor se apoderó de mí, que se exteriorizó en un arrebato de furia incontenible. - ¡Aaahhh! - Desenvainé mi Blue Rose Sword y su poder latente se activó, evocando su poder en forma de luz y viento. Los emergidos que allí deambulaban no tardaron en aparecer atraídos por mi alarido, pero esas bestias despreciables no tuvieron nada que hacer conmigo. Ni siquiera cuando me abordaron tres a uno. Llegó un momento en el que ninguna maza común era lo suficientemente fuerte para igualar mis embates, ni daga lo bastante rápida para realizar una finta con éxito. Una espada y una lanza fueron las primeras en probar la derrota, la muerte. Si hubieran atacado al mismo instante podrían haberme alcanzado, pues no habría tenido espacio para defenderme. Esquivé la espada emergida y precipité la veraplata encantada para partir en dos la lanza de su compañero. Antes de acabar con el enemigo desarmado me volví para cortar la espalda del espadachín, un par de segundos después, el encantamiento del filo había congelado gravemente ambos cuerpos. Eso dejaba a un emergido en pie. La luz de mis espada reveló una saeta precipitándose sobre mi cuerpo. Para protegerme, desbloqueé el poder de viento de mi arma y el vendaval helado provocado por mi blandida al aire desvió la trayectoria del proyectil. Antes de que pudiera recargar otra flecha, mi filo separó los brazos de su cuerpo.

El final del asalto dio paso a un silencio momentáneo cortado por una explosión de vidrio, un destello, y el relincho de un caballo.

- ¿En los establos? - Fue mi primera conclusión, llevado por el sobresalto. - No... Eso es... - El centro del pueblo, donde se encontraban las residencias de los más adinerados. Donde estaba la mansión de mi familia. ¿Qué probabilidad había, después de tanto tiempo? Cabía una posibilidad, pues ésta era la casa más capaz de albergar a supervivientes y defenderlos. Callejeé tan rápido como pude hasta dar con la avenida principal. La plaza estaba vacía, pero el estruendo de acero chocando seguía vivo, al igual que la luz del último piso. - Supervivientes... - Susurré, aún incrédulo. - ¡Aguantad! ¡Padre, madre! - Estaba confuso, no sabía quien era la fuente de aquella luz, pero sí estaba seguro de que los emergidos trataban de extinguirla con todo lo que tenían. Había tantas cosas que no tenían sentido. ¿Cómo podía seguir viva una batalla en unas ruinas tan asentadas? La única forma de averiguarlo era despejando el camino hasta el autor de la magia de luz.

No sería tarea fácil, ni indolora. ¿Era un sacrificio que debía pagar para saldar cuentas con el destino? Por salvar a mi familia, ningún precio era tan alto.

Dentro del edificio había media docena ocupando el pasillo y las escaleras de la planta inferior. Arriba, habría un numero similar luchando con la otra persona. - “Por favor, que no llegue demasiado tarde.” - Llamé la atención de los emergidos para que se alejaran de las escaleras. Ellos se lanzaron a por mí, entonces, un baile de filos y estacas ocurrió durante algo más de treinta segundos. Demasiado caótico para describirlo, e irrelevante para el resultado. Me deshice de aquella escoria tan rápido como pude, exponiendo mi integridad física para acelerar el desenlace. Un hombro acabó con un profundo corte y mi costado fue perforado, aunque ningún órgano vital fue alcanzado.

Subí las escaleras, combatiendo la fatiga por la pérdida de sangre y el temor por lo que me encontraría más adelante. En el piso superior no quedaba nada con vida, al menos fuera de la habitación. La luz dorada se había apagado sutilmente, y los cuerpos humeantes de los emergidos cubrían cada rincón del pasillo. Se había acabado ¿verdad?

La habitación estaba completamente destrozada, llena de cortes y cadáveres, como si un torbellino de acero hubiera alcanzado todas las paredes de la casa. La mayoría de los caídos eran emergidos, sin embargo, a los pies de la desconocida figura. - ¿Qué? - Podía reconocerlos, eran ellos, pero su color, su vida, había desaparecido hace tiempo. El frío del norte los había petrificado. - No... Padre, madre... - Quise dar un paso al frente, pero el sujeto con magia de luz se interponía entre ellos y yo. Mis ojos se acostumbraron a su destello poco a poco, hasta que vislumbraron la verdad. La dueña de la espada luminosa. - ¿A-alice? - Su paradero había desaparecido en Silesse, temí que la hubiera perdido en combate pero allí estaba. - Por Forseti, ¿que ha pasado aquí? ¿Cómo ha podido pasar esto, hermana? - […] - ¡Como puedes decir eso con tal convicción! ¿Te autoengañas? No, no es eso. Tu espada... esa luz es una infección, no puedes controlarla, ha nublado tu mente. - […] - Si ese es tu deseo, sea pues, retomemos lo que dejamos hace tres años. - Te arrancaré esa espada de las manos, no puedo perderte a ti también.

La percepción del tiempo se desdibuja en mi mente.

Las espadas gemelas se prepararon para el choque final, al igual que la voluntad de los dos hermanos. Filo dorado y cian contactaron, provocando una explosión sónica que sacudió la sala. Las chispas de ambos elementos se agitaban con violencia a causa del forcejeo, el cual terminó cediendo a mi favor. Igual que hace tres años, mi espada destrozó la suya en mil pedazos y atravesé su guardia. Sin embargo, esa vez no fui capaz de detener mi ataque. El corte partió su coraza en dos y dejó en ella un profundo corte en el abdomen. Ella se dejó caer sobre sus rodillas, el hielo se había alojado en su herida, entumeciéndola e inmovilizándola temporalmente. - Se acabó. Vámonos, Alice. - Teníamos una oportunidad de salir de allí y empezar de cero, era lo único que nos quedaba.

Mientras sacaba el elixir de mi faltriquera, me perdí en el profundo azul de sus ojos. Tan puros y cristalinos que podía verme reflejado en su luz. Un momento ¿Su luz? Su diestra aún empuñaba la espada, de la cual solo quedaba el mango. Una ínfima porción de su filo aún estaba adherido a la guardia y brillaba con firmeza. Estaba fragmentado y cohesionado al mismo tiempo. ¿Como podía algo estar roto y unido al mismo tiempo? ¿Era la espada que rompí en el pasado? ¿La restauraron con magia? - Cómo... ¿Cuando estuviste en Illia?

Espera... ¿A quién le estoy narrando? Todo es confuso, siento que la luz se está materializando  detrás mía, ¿qué es esta sensación en el pecho? ¡Me arde! ¿Por qué no veo nada? Mi sentidos, mi respiración... Solo hay luz dentro de mi, siento que enloquezco...

Ahora lo entiendo, Alice...

- Alice... Yo... No lo comprendí... ahora... me doy cuenta...
Eugeo
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Mensaje por Jill el Miér Oct 23, 2019 3:45 pm

Un pelín de contexto. Esta muerte ocurre como AU de un ataque Emergido a la capital de Nevassa (Daein) que estamos roleando Pelleas, Hrist y yo. Disfrutadlo, y por ello quiero decir, preparad los pañuelos…

Música para ambientar:

Muerte de Jill Fizzart:
Un simple error en el campo de batalla puede costarte todo.

Jill había escuchado esas palabras cientos de veces durante los entrenamientos en el ejército. Sabía el significado de aquellas palabras, las había aprendido de memoria. Se podía decir que creía en ellas. Pero no estaba del todo segura.

Hasta que pasa. Cometes el error. Y no hay vuelta atrás.

Quizás fue por el orgullo. Estaba al cargo de una división de wyverns que hacía frente la invasión de la propia capital de Daein. Participar de forma tan importante en la defensa de Nevassa contra los invasores Emergidos era una gesta heroica que la llevaría a la gloria como soldado.

Quizás fue por el cansancio. Desde que volvió a la capital con Hrist para avisar del ataque, apenas había tenido tiempo de descansar. Terminada la reunión con el príncipe Pelleas, se la ordenó volver a su montura y marchar a la carga.

Quizás fue el exceso de confianza. Ya se había enfrentado a esos Emergidos en concreto, y había sobrevivido. Claro que de por medio ocurrió un milagro, Hrist apareció para salvarla en el momento crítico. Sin ella, ya habría muerto.

Es lo que tienen los milagros. Pasan una vez en la vida, si es que llegan a ocurrir. Dos veces, en un lapso tan corto de tiempo, es poner a prueba la paciencia de los dioses. Aquella vez, no volvió a ocurrir ningún milagro.

Fue cosa de un momento, justo al empezar la batalla. Su división había partido a interceptar a un grupo de pegasos, antes de que pudiesen atravesar las murallas de la ciudad. Jill tenía la mirada puesta en los Emergidos voladores, igual que Diotima. No se fijó en qué otros posibles ataques podrían venir por tierra. No tuvo suficiente cuidado.

No fue una flecha. Peor, fue un arpón. Un arpón de asedio que se había disparado para destrozar las murallas, pero que había sido lanzado demasiado alto. Impactando de lleno a Diotima en su lugar. Por primera vez en la vida, la wyvern verde fue derribada. Cayó del cielo directo a tierra. Y Jill con ella.

Pasó tan rápido que la soldado no entendió lo que ocurría. Solo podía sentir un inmensísimo dolor clavándose desde la espina dorsal por todo su cuerpo. No estaba muerta. No aún. La nieve y los árboles habían frenado la caída. Pero estaba lejos de estar bien. El dolor nubló su mente, y tardó tiempo en comprender lo que había pasado. Que había caído de su montura y que se encontraba tirada en el suelo nevado, herida.

Intentó incorporarse. Imposible. Piernas rotas. Brazo derecho roto. Varias costillas rotas. Sangre saliendo por su frente. Sangre saliendo por su boca. Apenas podía moverse. Apenas podía  mover la cabeza. Apenas podía ver lo que le había pasado a su compañera. Pero lo vió.

-Diotima.-aquello fue un intento de grito, pero su exclamación fue silenciada por un borbotón de sangre que bloqueó sus cuerdas vocales y tuvo que escupir al suelo.

Era horrible. El arpón había atravesado el abdomen de Diotima de lado a lado y había perforado una de sus alas. Ríos de sangre de wyvern salían de ambos agujeros, mientras la pobre criatura soltaba aullidos agudos de dolor como nunca había gritado. Jill empezó a llorar. Jamás había visto sufrir tanto a su amiga. Ni siquiera cuando enfermó y su vida fue salvada por el herbolario Dantalian.

-Ya voy… Diotima… Ya voy…-dijo en voz baja, entre toses, intentando acercarse a su amiga. Estaba cerca, a escasos tres metros, pero Jill tardó en llegar, porque lo tuvo que hacer reptando por el suelo con el apoyo del único brazo sano que le quedaba. La sangre que salía de su propio cuerpo la calentaba del frío de la nieve.

Llegó hasta Diotima. Intentó de nuevo ponerse en pie, pero fracasó de nuevo y acabó apoyándose en su cuerpo, al lado de una de sus heridas. La wyvern seguía gimiendo, Jill podía notar que estaba llorando. Cogió su mochila, que tenía justo a la espalda. Había pociones dentro. Jill las necesitaba, pero Diotima las necesitaba mucho más. Se las iba a dar todas a ella. No parecía que fuese suficiente, pero al menos podría ganar algo de tiempo. Cualquier cosa antes que ver como su amiga moría.

Logró quitarse la mochila aun usando solo un brazo, y la abrió. Miró su contenido. Y por fin pudo reunir fuerzas suficientes para gritar, pese a su propio dolor.

-¡¡NO!! ¡¡NO!! ¡¡POR TODOS LOS DIOSES, NO!! ¡¡MALDITA SEA!! ¡¡NO!!-todas las botellas con pociones estaban rotas, seguramente debido a la caída. Solo había cristales rotos en su interior.

Jill arrojó la mochila al suelo con furia. Jill maldijo a los dioses. Jill se maldijo a si misma. Jill abrazó a Diotima. Jill lloraba junto a su amiga.

Intentó  con su propio cuerpo taponar la herida. Un intento inútil, fruto de la desesperación. La sangre seguía saliendo, hiciese lo que hiciese. Y además estaba la otra herida. Jill lo sabía, a Diotima le quedaba muy poco de vida. Pero no quería aceptarlo ¡No podía aceptarlo!

-Aguanta, Diotima… La ayuda está en camino… Resiste un poco. Pronto estaremos a salvo.-Diotima soltó un gruñido lastimero. No la creía. Jill no se lo creía tampoco. El credo del soldado daenita era el de no perder el tiempo con los débiles que caían en combate, al menos hasta que la batalla hubiese terminado. Y una batalla de esas características estaba lejos de terminar.

Jill seguía abrazando a Diotima. No podía hacer otra cosa. No quería hacer otra cosa. Diotima dejó de chillar, dejó de llorar. No era un buen síntoma, los ojos se le cerraban. La wyvern estaba aceptando su destino.

-No, Diotima… No puedes… No te dejo… ¿Somos amigas, recuerdas? Mas que amigas. Nos criamos juntas. Somos almas gemelas. Sin ti no soy nada… No puedes…-Pero sí podía. Diotima movió la cabeza para echar un último vistazo a su amada jinete, y la reposó en suelo. Para dejar de respirar. Para dejar de latir. Para dejar de vivir.

Jill se quedó sin palabras. Su mente repasó todos los eventos que había vivido con Diotima, desde que su padre las introdujo a ambas. La primera vez que recibió un mordisco de Diotima. La primera vez que recibió un lametazo. La primera vez que dejó que la montara. La primera vez que lucharon juntos para Daein. Habían vivido tantas cosas juntas. Jill no podía aceptar que ya no estuviera. Continuó llorando apoyada en su pecho. El llanto la hacía olvidar sus propias heridas corporales, pero agrandaba la herida de su corazón.

Entonces los escuchó. Un escuadrón Emergido caminando en su dirección. No era extraño, aquel era un campo de batalla. Jill apenas pudo reunir fuerzas para darse la vuelta. Estaba desarmada, su lanza había caído varios metros lejos y no tenía fuerzas para alcanzarla. Ni ganas.

-Daein os maldice, criaturas inmundas.-no se le ocurrió un insulto mejor.

Un Emergido le arrojó entonces un hacha arrojadiza, que se clavó directo en su pecho. Jill sabía que no era piedad, que ellos mataban por matar. Pero dentro de sí, agradeció el hachazo. Su propia muerte estaba cerca. Con las pocas fuerzas que le quedaban, se recostó en el cadáver de su amiga.

-No temas… Diotima… Pronto volveremos… a estar juntas…-y su último movimiento fue levantar la mirada hacia el cielo, que todavía seguía nevando.-Lo siento… papá… Te he fallado… como soldado…

Jill murió sin cerrar sus ojos. Mirando hacia el cielo, recostada en el cuerpo de Diotima. Nevassa ganó la batalla aquel día y Daein fue salvada de la invasión de los Emergidos. Pero no encontraron el cadáver de Jill y Diotima hasta mucho después.
Jill
Jill
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Wyvern Rider

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Soldado (Ejército de Daein)

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Mensaje por Undertaker el Miér Oct 23, 2019 6:01 pm

Click aqui para llorar(?):
La taberna no era muy lujosa,pero tampoco era la mas destartalada en la que había estado. Estaba limpia y el mobiliario de madera no demasiado roto o desgastado. La comida parecía comida, el hidromiel estaba bueno y todo, y estaba a rebosar... lo único que fallaba era el ambiente. Y el silencio. Demasiado silencio para tanta gente. Pero quien podía culparles? Una reciente pelea entre los habituales había dejado el ambiente tenso y había echo que se perdiesen dos de los dados que habían estado utilizando para jugar y apostar,siendo ese el único pasatiempo disponible en el lugar.

Uno de los clientes golpeo la jarra contra la mesa, ayudandole el silencio del lugar a que el sonido resonase mas de lo debido. Tenia lo que tenia,todos los ojos sobre el. No era bardo ni cuenta cuentos de profesión,pero si que tenia mil historias que contar y cierto carisma que le podría ayudar en tal labor. No dejar de pensar que había estado en entierros mas animados que el ambiente de esa noche, y aquello era algo que no podía permitirse. Así que se puso en pie sobre la mesa. Tomo aire,alzo la voz, y comenzó...

Erase una vez....

[...]

... un apuesto wyvern rider errante. Vagaba sin rumbo por el mundo con ayuda de Pajarillo,su fiel montura y amigo. No tenia patria ni debía lealtad, y era esa libertad la que le permitía ayudar a todo aquel con el que se cruzase. Acumulando así mil y una aventuras.

Si algo hemos de saber era que este jinete era al mismo tiempo el ser mas afortunado y desafortunado del mundo. Se encontraba contándole a Pajarillo una de sus aventuras de la infancia, con gestos y demasiado movimientos para estar sobre su montura,sobrevolando unas montañas en esos momentos... cuando llegando a una parte demasiado emocionante de su relato se movió de mas... se resbalo de su silla... y cayo al abismo... Pajarillo se encontraba distraído por el relato y no pudo reaccionar a tiempo... la muerte era inminente...

... por suerte Pajarillo cayo en picado y con gran velocidad y habilidad atrapo a su jinete y amigo. Valiéndose de sus zarpas para engancharlo de la ropa... No era la manera mas adecuada, y con cierta torpeza acabaron aterrizando, ambos dejándose caer sobre el suelo con un pequeño golpe. La muerte había estado demasiado cerca, el susto aun en sus cuerpos... y acaba de amanecer...


-Bueno... seamos positivos... al menos hemos terminado de despertarnos...

Exclamo el con alegría. Pues otra de las cualidades que le caracterizaban era su inagotable optimismo. Uno que le hizo montarse una vez mas sobre Pajarillo,asegurarse de que esta vez se sujetaba bien a la silla, y volar una vez mas...

[...]

... habían estado volando en dirección al mar, hasta alcanzar un hermoso acantilado en el que se detuvieron para comer. Disfrutando del paisaje se hallaba nuestro valiente wyvern rider , paseando entre los arboles que decoraban el acantilado, cuando sus pies se tropezaron con un par de raíces poco visibles. Su cuerpo cayo al suelo y rodó y rodó y rodó hasta caer por el precipicio,en cuyo fondo le esperaban el mar y rocas puntiagudas...

... peros su reflejos eran rápidos y consiguió agarrarse a una raíz que sobresalía por el borde. Con ayuda de su compañero dejo de estar colgado en el aire y su cuerpo,golpeado y dolorido, se tumbo sobre suelo firme. Besándolo en el proceso.


-Ya veras los moratones que voy a tener mañana

Dijo riendo. Y una vez mas partió,dispuesto a seguir con su camino.


[...]

Pero el destino quiso que nuestro protagonista tuviera mas anécdotas que recolectar aquel día. Un grupo de emergidos se interpuso en su camino.

Normalmente ignoraría la situación, pues una de las ventajas de ser wyvern rider es el poder huir volando de cualquier lugar y situación, mas aun cuando ya hay un valeroso grupo de mercenarios luchando contra las criaturas... pero aquel dia la situación no era favorable. Los flechas tanto de emergidos como de humanos sobrevolaban el ambiente, poniendo las alas de Pajarillo en peligro. El protagonista de nuestra historia no tuvo que remedio que descender para proteger la integridad física de su montura. Se resguardaron en una cueva cercana al conflicto,sintiéndose afortunado ante tal descubrimiento.

Esperaron con paciencia a que el conflicto finalizase. Pero la impaciencia les hizo despistados, no se percataron que había magos de anima entre los luchadores. Magos que con su fuego prendieron una pequeña parte del bosque donde luchaban, una parte que el calor de la batalla les hizo olvidar. Una zona demasiado cercana a la cueva en teoría vacía... Para cuando se percataron del fuego jinete y montura ya habían inhalado algo de humo.Las llamas comenzaban a envolver la entrada de la cueva,estaban rodeados...

Sacrificando su abrigo se lanzaron contra el fuego,atravesándolo pues aun no había bloqueado por completo el paso. La única perdida,prenda aparte, fueron las puntas de la hermosa y sedosa cabellera del jinete,pues se habían quemado.


-Hay días que es mejor no levantarse...

Comento,con algo de resignación pero con su desbordante felicidad... Aun así decidió que bastante había tentado a la suerte aquel día. Llevaba tres desgracias y tres salvaciones casi milagrosas, mas de lo que era habitual. Lo mejor seria retirarse por el momento...

[...]

Dejo a Pajarillo en un pequeño claro del bosque, la criatura era lista y fuerte, sabría valerse por si mismo durante una noche, mientras su jinete descansaba en la posada del pueblo y porque no, se entretenía a la tarde noche en la taberna del lugar....

Lo que no espero fue que nada mas entrar a la taberna se encontrase frente a una pelea. Caotica como suelen ser las peleas de taberna los puños volaban, los cuerpos eran empujados unos contra otros, y los objetos se arrojaban convirtiéndose en armas casi letales! Fue una silla la que se estampo contra el rostro de nuestro protagonista. Haciendo que la inercia impulsase su cuerpo hacia atrás. Aparte del golpe por la silla, la cual salio con una pata rota, la cabeza del jinete choco contra una columna situada a sus espaldas. Perdió el conocimiento, su cuerpo cayo seco, olvidado en el desorden de la pelea.Un pequeño corte había sido abierto en su nuca, y así comenzó a sangrar,dejando bajo su cabeza un charco de sangre... perdiendo su cuerpo calor y color...

...por suerte el jinete había sufrido muchos golpes en la vida y era mas duro de lo que parecía. Así que no tardo en recuperar la conciencia,la amable tabernera le obsequio un vulnerary que curo su herida y le invito a un trago por las molestias causadas.


-No te preocupes, no es lo peor que me a pasado hoy!


Dijo el hombre intentando tranquilizarla,con un tono de voz cantarina . Y como lo peor del día seguramente ya lo habría pasado una desgracia arriba una desgracia abajo no hacían gran diferencia, lo mejor era disfrutar la bebida regalada!

Pero como se equivocaba nuestro heroico protagonista. Pues lo peor del día estaba por llegar. Lo peor del día era ver la taberna en la que se iba a alojar y relajar sin animo ni alegría. Con un silencio digno de el mejor de los velatorios. Eso si que no... podía caerse de su montura, haber estado apunto de precipitarse por un barranco, podía haber muerto calcinado o abrirse la cabeza... pero una taberna en silencio? Eso si que no lo iba a tolerar...


... se tuvo que poner en pie sobre una mesa y relatarles al resto de clientes del lugar su día....

-... Porque con el día que he tenido al menos merezco una noche animada!...y algo de comida y bebida gratis... Pero lo importante es! Que si después del día que he tenido yo puedo sonreír vosotros también!

Y de un salto bajo de la mesa,acompañado de las risas y los aplausos del publico que hasta ese momento le había estado prestando toda su atención.

No tardaron en acudir a su mesa, preguntándole si todo lo relatado era cierto, si se lo había inventado... trayéndole mas tragos y aperitivos. El jinete que en realidad era jinete y mercader consiguió lo que quería. Animo y alegría en el lugar, compañía feliz, tragos gratis... las bebidas no paraban y la risa tampoco.

Entre la bebida y los aperitivos que iba picoteando daba mas detalles de lo que había sido su día, y entonces ocurrió. Se atraganto con una uva. El aire comenzó a faltarle,intento darse golpes en el pecho para expulsar el objeto,sin éxito. Sus compañeros de bebida al principio pensaron que era broma, dada su historia.Tardaron en reaccionar. Las palmadas en la espalda no eran suficiente, nadie tenia conocimientos médicos, y la falta de fuerza sumada a la borrachera que llevaban hizo que no pudieran ayudarle.

Undertaker el branded dio su ultimo aliento en los brazos de un desconocido.
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Mensaje por Virion el Jue Oct 24, 2019 5:16 pm

1.500 palabras exactas. Pero es que Virion de Rosanne no podía morir de otra manera…

Música para ambientar:

Muerte del Virion de Rosanne:
Virion caminó tranquilo, en silencio, cuidado de no pisar la alfombra que cubría el pasillo. Llegó a la puerta del Salón de Audiencias. El enorme portón de madera oscura, con decoraciones talladas de antiguas batallas lo recibió. El arquero se recreó durante un segundo en la visión de aquella hermosa puerta, y la abrió de una sonora patada.

-¡HEEEE VUUUEEEEEELTOOOOOOO!-exclamó hacia el interior con la más amplia sonrisa que su rostro podía mostrar.

Todos los Emergidos que estaban en su interior se volvieron inmediatamente hacia él. Había cosa de una veintena. Virion no se esperaba que hubiera tantos. Pero realmente no le importaba.

-Vaya, imaginaba que estaríais casi todos luchando fuera. Bueno, comprendo que no queríais perderos mi recibimiento. Estoy sumamente conmovido.-saludó alegremente Virion a los Emergidos presentes, antes de volver la mirada hacia una pequeña botella de cristal con cierto líquido dorado en su interior.-Ram…-murmuró entonces por lo bajó, borrando su sonrisa por un instante. Solo un instante. Los Emergidos se lanzaron a la carga contra el arquero, pero Virion respondió arrojando la botella al centro de la sala.

La explosión hizo volar a la mayoría de los Emergidos por los aires. Las sillas, las mesas, los cristales, todo fue destruido. Las cortinas empezaron a arder. Virion estaba impresionado con el resultado. Pero no por ello se quedó sin hacer nada. Sacó su arco y empezó a disparar flechas aprovechando la confusión. Llegó a matar a tres de esas criaturas con ellas, antes de tener que huir, cuando el resto de supervivientes empezó a perseguirle.

Virion corrió a toda velocidad, volviéndose hacia atrás solo un par de ocasiones, disparando flechas para frenar el avance de los Emergidos perseguidores. Mientras corría se aseguraba que no pisaba la alfombra que recorría el pasillo. Cuando llegó al final del mismo, se detuvo y cogió una antorcha encendida que había colgada en la pared. Se dio la vuelta una vez más y miró otra vez a sus perseguidores.

-Eh aquí mi regalo por haberos tomado las molestias de esperarme, bazofia residual excremental nacida para sufrir.-y dejó caer la antorcha sobre la alfombra.

La alfombra estaba impregnada de aceite. Rápidamente prendió fuego y recorrió todo el pasillo en ardientes llamas. El olor de Emergido quemado empezó a impregnarlo todo. Virion volvió a utilizar su arco, disparando a toda criatura superviviente de aquel pasillo, antes de volver a huir por otro corredor.

Desde las ventanas del castillo oía los gritos de guerra. Gritos de soldados beorc luchando por traspasar las defensas del castillo, frente a una horda de Emergidos que luchaba por defender el castillo. SU castillo. El castillo del ducado de Rosanne.

Aquella era la última batalla. La batalla en que Virion cumpliría finalmente con su deber y reclamaría su hogar. Había sacrificado tanto por el camino. La vida de tanta gente querida, de sus propios hombres de Rosanne, de hombres de Ylisse, de hombres de Daein, algún que otro laguz… Y ella. También ella… No podía fallar ahora. Esa batalla tenía que acabar en victoria sí o sí.

Contaba con una ventaja. Él se conocía el castillo como la palma de su mano. Se lo conocía mejor que los Emergidos y que cualquier otro. Conocía sus secretos, sus pasadizos y trampillas. Mientras los soldados supervivientes de aquella campaña distraían a esas bestias inmundas alrededor de la muralla, Virion había encontrado fácilmente la forma de colarse, en solitario. Podía haber entrado con alguien más. Pero no iba a permitir sacrificar a más gente. Aquella era su lucha, y debía hacerla él solo.

El interior del castillo se había vuelto un caos. Para empezar, la explosión y la alfombra habían causado un incendio que rápidamente se extendía por el resto de las salas. A Virion le daba igual como acabara el castillo mientras ganase la batalla. Lo importante es que los Emergidos andaban desorientados, persiguiendo al arquero sin saber donde buscar, mientras intentaban esquivar las llamas. Un escenario excelente para el estratega duque.

Aprovechando puntos ciegos y escondrijos varios, iba disparando y asesinando Emergidos a la vez que entraban en su campo de visión, disparándoles en puntos débiles como la cabeza o el corazón. Era guerra de guerrillas dentro de su propio hogar. Tenía que ir racionando sus propias flechas. Afortunadamente, entre los enemigos había algún que otro arquero también, así que una vez lo liquidaba de un ataque sorpresa, se apropiaba de sus flechas y seguía su particular caza.

Cuando consideró que ya había matado suficiente en los pasillos, decidió dirigirse hacia otro pasadizo secreto que conocía, que nacía en las cocinas. Estas estaban abandonadas y llenas de polvo, los Emergidos no son muy de cocinar. Debajo de una pesada losa, oculta entre el resto, había unas escaleras que llevaban a un pasadizo subterráneo que comunicaba con la Sala de Audiencias. El lugar donde había comenzado su ataque. Recorrió el pasadizo en silencio, oliendo todavía el humo que inundaba ya todo el castillo.

El pasadizo terminaba en una falsa pared, que al dar la vuelta acababa detrás de una columna. Virion echó un vistazo dentro de la sala. Parecía que solo quedaban tres Emergidos dentro. La sala todavía estaba en llamas, en el suelo y por algunas paredes. El potingue dorado realmente era potente.

Virion disparó al techo, donde un pesado candelabro estaba ardiendo, pero todavía se resistía a caer. La flecha, en contacto con la ya debilitada cuerda hizo que el enorme candelabro de cristal cayera, golpeando y acabando con la vida de uno de los Emergidos. Virion salió de su escondite y con tres disparos sucesivos acabó con la vida del segundo Emergido, pillado por sorpresa. Solo quedaba un tercero. El que estaba sentado en el sillón del trono.

-Eh, tú. Tú, sí, el imbécil nauseabundo repugnante badulaque hecho de excrementos de pegaso con diarrea. Ese es MÍ sitio.-exclamó Virion y le disparó una flecha, directo a la cabeza.

Pero el Emergido reaccionó más rápido que el resto contra los que se había enfrentado y se levantó de un salto, mientras paraba la flecha con su propio brazo. El Emergido no estaba desarmado. Llevaba una jabalina en su mano que de inmediato arrojó al arquero. Impactando de lleno en su abdomen, atravesándolo sin problemas.

Enseguida Virion comprendió que había subestimado a ese oponente. Si ocupaba el trono era porque se trataba del comandante de los Emergidos, y por tanto, un guerrero superior a la media. Lo descubrió en cuanto el dolor recorrió todo su cuerpo, obligándole a caer de rodillas.

El Emergido desenvainó un enorme espadón, y avanzó en dirección al arquero. Virion ignoró el inmenso dolor y le lanzó otra flecha. Logró impactarle en el pecho, pero el Emergido seguía avanzando sin piedad.

-Maldita inmunidad vuestra al dolor… Realmente… es frustrante…-exclamó Virion mientras hacia titánicos esfuerzos por levantarse. El Emergido lanzó un enorme tajo contra el arquero, pero Virion supo reaccionar a tiempo y esquivar el ataque de un salto hacia atrás. No salió indemne, la espada logró cortar parte de su piel en el pecho, pero logró evitar que el daño fuese fatal.

El Emergido también saltó hacia delante, soltando su espada para agarrar a Virion por el cuello. De milagro no se lo partió de inmediato. El arquero notaba como la férrea presión le asfixiaba. El espasmo de dolor hizo que soltase el arco. Estaba desarmado. De momento…

Sus dos manos se volvieron hacia su carcaj, colgado a su espalda. Cada mano cogió una flecha y de un movimiento rápido, clavó ambas flechas en el cuello del Emergido.

La criatura le soltó. Ahora era ella la que no podía respirar. Intentó arrancarse las flechas, pero Virion no le dio oportunidad. Rápidamente cogió el arco del suelo y apunto a la frente de la criatura.

-Soy… Virion… de Rosanne…-dijo mientras recuperaba el aliento, con odio intenso hacia el Emergido en sus ojos.-Señor de estas tierras… He vuelto…

Disparó la flecha. Ésta penetró en el cráneo del Emergido, matándolo instantáneamente. Cayó hacia el suelo, su cadáver cubriéndose de los cristales del candelabro. Virion pisoteó a la criatura con una sonrisa en su rostro.

Ya no había más Emergidos en aquella sala. Desde la ventana podía escuchar como los ruidos habían cambiado. Ya no eran alaridos de guerra y de dolor, eran cánticos de triunfo. Lo había conseguido. Había ganado la batalla.

Virion caminó hacia el trono. Sangre derramándose. Sus propios intestinos cayendo. Dolor inhumano recorriendo todo su cuerpo. Además, el humo impregnaba la habitación, pronto se quedaría sin aire. Tenía que haber traído pociones… Tenía que haber usado a Narcissus. No, Narcissus no. Da igual el resultado, esos monstruos no merecen caer ante un arma tan preciada.

Virion ocupó su lugar. Tan tantos años de anhelos, de alianzas, de búsqueda, de lucha, lo había conseguido. Estaba de nuevo en el trono. Volvía a ser el señor de sus añoradas tierras.

-Y aquí termina… la epopeya… del gran Virion… Arquero de Arqueros… Héroe de Héroes… Duque de Rosanne…-Virion cerró los ojos. El dolor era insoportable pero no duró mucho. Virion era feliz.
Virion
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- ROSANNE -

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Mensaje por Arthur Kirkland el Jue Oct 24, 2019 9:20 pm

Todavía no se cumple ni un mes desde que le aceptaron la ficha a Arthur, y ya le llegó su hora de morir en un minific. Es bastante triste si se toma eso de contexto. Pero, disfrute mucho escribiendo esto, asi que no me arrepiento de nada. Y ya que estamos en el mes de halloween, trate de que sonara terrorífico.

Un poco de ambientación para la ocasión:


Forever lost:
Todo estaba perdido. Nada tenía sentido para él. ¿Cuántas horas llevaba caminando por ese lugar? ¿Llevaba días? ¿Semanas? Era muy tarde para dar marcha atrás ¿Qué hallaría al final de su travesía en cuanto saliera de ese deprimente terreno?

Él no quería esto, su cuerpo estaba empapado, sucio y sus piernas no podían caminar más. Tenía mucho frío y no había comido o bebido nada en mucho tiempo. El sol apenas se asomaba sobre su cabeza para ayudarle a calentarse un poco, y la luz que se proyectaba a través de las hojas de los árboles apenas le servía para poder guiarse en el camino y generaban sombras deformes que muchas veces las llegaba a confundir con enemigos que no estaban ahí. No quería estar ahí. Él quería darse la vuelta y volver a casa, pero debía ser valiente y seguir adelante a como dé lugar si quería tener una segunda oportunidad.

Ruidos extraños que venían del fondo del agua interrumpieron su caminata, como si fueran ruidos rocosos. Molestos ruidos que le recordaban que no era el único individuo perdido en ese lugar.

¿Eran emergidos? ¿Bandidos? ¿Depredadores? No sería la primera vez que se había encontrado con uno, así que decidió acercarse al agua y mirar con cuidado. En todo momento no dejo de abrazarse a sí mismo pues su cuerpo no dejaba de recordarle la sensación de frío, descubriendo entonces, a varios cuerpos humanos flotando en el agua a varios pasos de donde él se encontraba.

- Puagh- Murmuró haciendo una mueca de asco, pero brevemente hipnotizado por la mirada vacía de uno de los cadáveres momificados que flotaban sutilmente hacia él, fijándose en sus ropas sucias, su pelo grasiento, su piel pálida y blandengue, y el hedor que desprendían que era como el “olor a fruta podrida”.

Un pensamiento inquietante pasó por su mente, que aumentó cuando de repente sintió que alguien estaba en las cercanías, quizás observándolo, oculto entre las sombras de los árboles.

¿Y si el cadáver se levantaba?

- N-no seas… tonto- Se regañó a sí mismo con un murmullo, y se sintió un poco mejor cuando oyó el tono serio en plan “no digas tonterías” en su voz. A menudo se preguntaba si alguna vez se libraría de su imaginación desbordante. Soñando despierto como un niño con la idea de atrapar a los tipos malos y luego inventarse a unos monstruos con forma de muertos vivientes que acechaban en los bosques- Oye, Arthur… Intenta comportarte según la edad que tienes, ¿d-de acuerdo?... Por Grima, eres… eres un taguel, un laguz orgulloso de Plegia… Un adulto en años humanos.

Había una canción sobre una sirena que la bruja le había cantado una vez. Una sirena se ahogó en un pantano una noche. La sirena estaba maldita. La sirena era hermosa. También había escuchado historias de muchos adultos jóvenes que se fueron de viaje por las montañas y terminaron cerca de un pantano. Dos de ellos murieron, dos de ellos estuvieron a punto de morir. Pero cuando murieron, murieron maravillosamente con sus cuerpos preservados en el agua, y se quedaron en ese lugar.

Continuó avanzando por aquella agua estancada, empujando a todo cuerpo flotante que estuviese en su camino para poder abrirse paso. Entonces escuchó de nuevo ese ruido extraño de antes y vio a una de aquellas criaturas, las que conocía como emergidos, saliendo de uno de los árboles al otro del camino. Un emergido con brillantes ojos rojos, una armadura manchada y el pelo recogido, portando el escudo de Etruria en su capa y una espada oxidada.

Otro gruñido a su espalda. Miró por encima de su hombro y esta vez vio a un joven de pelo oscuro con los brazos podridos que salía de debajo de las sombras de los árboles.

Arthur levantó su beaststone y se la mostró al individuo más cercano, el emergido de la armadura etruriana, aunque todos sus instintos le gritaban que saliera corriendo. Estaba aterrorizado, pero su lógica entrenada insistía en que debía haber una manera de razonar con esas criaturas.

- ¡Muy bien! ¡Ya os habéis acercado bastante! ¡Todos quietos! ¡No querrán meterse conmigo!

El hombre con la armadura etruriana gruñó en una lengua desconocida, sin hacer caso de la piedra que el taguel estaba sosteniendo, con los demás emergidos siguiéndolo de cerca a cada lado, a menos de tres metros de él.

- ¡No se muevan!- repitió Arthur, pero esta vez a voz en grito.

El pánico reflejado en su propia voz lo hizo retroceder un paso mientras miraba a izquierda y a derecha. Vio que más emergidos empezaban a salir de todas las sombras del pantano.

Algo lo agarró por el tobillo.

- ¡Ah!- Gritó, con su cuerpo desplomándose y cayéndose en el agua.

Tomó un gran respiro e intento levantarse para sacar su cabeza fuera, entonces lo vio y lo sintió, como su pie derecho ya no estaba donde debería, y que sangre empezaba a fluir por el agua espesa.

- ¿…En qué momento?

Y así como así, sintió un peso caer sobre su espalda y obligando a su cuerpo a hundirse de nuevo. Lo primero que experimentó fue el pánico, la sensación de fetidez en su boca, el agua fluyendo progresivamente hacia su boca, su nariz y quemando sus ojos. Sus gritos se apagaron porque no había sonido que saliera del agua, solo el aporreo sordo del agua mientras la golpeaba con los brazos y piernas.

Golpeaba, con todas sus fuerzas. Luchando contra lo que estuviese manteniéndolo hundido. Aplastando su cuerpo, oprimiendo sus costillas y evitando que pudiera respirar adecuadamente.

El agua estaba fría, burbujas salían a su alrededor hasta la última porción de aire que escapaba de sus pulmones. Eso no era bueno. No era bueno. ¡Pero no podía rendirse sin luchar!

¿Se estaba ahogando? Si, se estaba ahogando. Él lo sabía, lo sabía perfectamente y dolía mucho. Cómo miles de brasas quemando sus pulmones. Quería matar a ese bastardo que no lo dejaba respirar. Solo necesitaba un respiro. Solo uno.

Si no hubiera gastado todos los usos de piedra y no se estuviera ahogando, tal vez pelearía.

B-bastardo…

Muriendo, ¿estaba muriendo? Se veía como algo bastante lógico, pero a la vez, como algo terriblemente malo. ¡El debería estar luchando! ¡El debería estar sobreviviendo! No quería simplemente rendirse, pero se estaba quedando sin fuerza.

No me rendiré… No me rendiré, idiota…

Pero sabía que no era tan simple como eso, incluso cuando la oscuridad comenzó a arrastrarse a su alrededor y comenzó a nublarse. Apacible, cuerpo flácido y sin vida. Flotó allí, viendo, pero no realmente viendo todo a su alrededor. Una experiencia fuera del cuerpo… Pff… Sí, claro.

Y tenía que admitir que, era un poco pacífico. De una manera macabra y solitaria. Tranquilo porque no había un sonido, no había dolor y no había preocupación. Su mente estaba entumecida por su cuerpo, su pie perdido en alguna parte, distante, insensible, muerto.
Arthur Kirkland
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- PLEGIA -

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Beaststone [3]
Vulnerary [3]
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Mensaje por Khigu el Vie Oct 25, 2019 5:51 pm

Bueno, en mi caso no creo que sea tan dramática o tan triste, de hecho me he divertido escribiéndola. Pero tampoco es ninguna comedia, sólo un juego entre ustedes y yo~ (?)

La ley del más fuerte:
- ..jefa! ... ¡¡Jefa!! -aclamaban los soldados, sin una respuesta, a pesar de que volvían victoriosos de una batalla intensa, de duraderos meses; todos agotados, cansados. Khigu se encontraba entre ellos, tenía los ojos cerrados, en aquel momento sólo quería sentir la suave brisa marina en sus mejillas. Entonces, suspiró, casi con pesar.
Había sido un largo viaje... Pero el "Cuerno Blanco" desembarcó, al fin, a las orillas de su destino. Y aún habiendo terminado su deber, Khigu se sentía insatisfecha: Quería mas. Volver a viajar...
Así que los demás, en tierra quedaron.

"Vuelvan a su hogar, con ella..."

- ¡¡¡Jeeefa!!! ¡No te vayas! -Ella se giró, y los miró de una forma intimidante, eran pocos los hombres que allí quedaban, pero podía ver perfectamente como tragaron saliva frente a ella. - ¿Cuántas veces os lo he dicho, panda de idiotas?... -entonces, relajó la expresión, sonriendo- ¡Llámenme Mencey Khigu! -Khigu miraba el cielo, y sus cejas volvieron a fruncirse. El clima presentaba un problema, pero como las tantas otras mil veces anteriores, eso jamás la iba a detener. - Espero que esta vez se os quede en la cabeza, porque no lo repetiré más. -Tenía que ir atrás, buscar una respuesta a algo que había ocurrido.

A las horas de haber partido, su inmenso silencio era combatido por el mal temporal. Nubes rebeldes, marea salvaje. La tormenta se apoderaba de la soledad de aquella travesía. Pero finalmente un fuerte trueno la alcanzó, rompiéndolo todo y dejando el barco en llamas. - ¿Te crees más poderoso que mi hacha, eh...? -Alzó su arma hacia el cielo, orgullosa. Tras tantos combates, por fin se habían entendido mutuamente. Por fin había aprendido tanto...

Pero el negarse a soltarla en mitad de aquella batalla, le había costado su seguridad. El vaivén de las olas enseguida tragó el inútil esfuerzo de Khigu por salir a flote. Dentro de aquella marea, en mitad de aquel océano, Khigu seguía observándolo todo, como si se tratara de un nuevo mundo. Azul, oscuro, y húmedo... pero sobretodo, infinito y hermoso. Ah, allí al fondo estaba su vieja hacha... ¿Cuántos años hacía de aquello? No sabía si recordar cosas le estaba haciendo mal, pues sólo sentía presión en el pecho. Hasta que vio una mano, alcanzándola.

Pero, Khigu nunca aceptaba ayuda. Nunca la había aceptado, y nunca la aceptará... o al menos, normalmente. Pues entonces, reconoció esa mano. - Al final... soy débil, ¿verdad, Guz...man...? -Tomó la mano, soltando su hacha. Era él, estaba ahí. De otra manera, ninguna otra persona le habría quitado el aliento de aquella manera como él.

Para cuando despertó y volvió a abrir los ojos, se encontró de nuevo en la nieve. La fría ventisca soplaba, y lo notaba en su cuerpo, por fin sentía esa temperatura. Le hacía sentirse viva, como una persona normal, al fin... - ¿Guzman...? ¿Dónde estás...? -había jurado verlo antes de perder el conocimiento.

Entonces, vio algunas caras conocidas. - ¿Dónde está Guzman? ¡Lo vi! ¡Yo lo vi! -exclamó. Pero los jóvenes se miraron entre sí. - Nuestro capitán no está aquí, Khigu. -¿qué querían decir? Se suponía que viajaban todos juntos... ¿Por qué él siempre se iba sin ella? ¿Por qué todos lo hacían?

Pronto estaba de nuevo a bordo de la "Perla Roja", con sus piratas. - Es posible que... ¿no sea tan fuerte como la naturaleza? -Miró hacia abajo, a través del mar. Era... Guzman, estaba al otro lado. Pero también allí estaba Lyn, Luzrov, Sindri... y todos los demás. - Ya veo... Ya lo entiendo. Al fin, entiendo algo. -Se miró las manos, pálidas- Por eso no pude encontrar jamás tu cadáver.

Tras unos breves segundos que se sintieron como eternos, ella se giró, al fin, dejando atrás aquellas personas, y se dirigió a sus hombres, y a la tripulación de Guzman. - Bueno, entonces... ¿qué os parece si seguimos viajando? -Ahora que ya eran libres, ahora que vivían en un mundo liberado.


Porque... En realidad, ¿quién siquiera podría atreverse a decirle exactamente cuándo había muerto?
¿En qué momento había terminado su largo viaje y había comenzado el eterno viaje?
Khigu
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Escrito Mìtico
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Mensaje por Lucina el Sáb Oct 26, 2019 12:23 am

Bueno, bueno, bueno. No sé si habré logrado mi cometido, pero, he de admitir que todos me han tocado fibras sensibles. Espero estar a la altura de la ocasión ^^.

Ambientación:
Forgive me, Father. I had to fall...:
Lucina solamente podía sentir sus sentidos completamente entumecidos, nada le generaba una reacción ya fuesen gritos de batalla, aullidos de dolor, el crepitar de las llamas o el olor de la carne humana siendo carbonizada por el aliento de laguz, las antorchas y las flechas incendiarias. Frente a sus ojos, todo se veía a cámara lenta; la caballería cayendo uno por uno ya fuese con las coces de los pegasos y los caballos o por las garras de los wyvern y las hachas de los luchadores. No lo entendía, no entendía absolutamente nada. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo llegaron a ese punto? ¿Acaso no le estaban ganando terreno a los emergidos a pasos agigantados? ¿Por qué el destino les quería tapar los ojos a la realidad? ¿Acaso Naga les había abandonado de forma definitiva? No lo sabía, ahora mismo, no entendía nada, la confusión le estaba embargando a medida que veía gente caer bajo las armas de los emergidos, no sabía en donde estaba su familia, no sabía absolutamente nada.

Y el miedo comenzaba a embargarla. No, el pánico en su máxima expresión mejor dicho era lo que comenzaba a cerrarle la garganta y le producía escozor en los ojos. Nunca le había gustado el perder, como a todo adolescente, debía reconocerlo, pero, ésto iba más allá que una riña infantil. No podía respirar bien producto del humo y su normalmente blanca piel comenzaba a volverse más y más pálida a una velocidad alarmante; si antes tenía un leve sonrojo producto del calor de las llamas a su alrededor, ahora mismo su rostro comenzaba a ponerse más y más violeta. No podía respirar, dioses santísimos, no podía respirar. Si bien seguía ahí de pie sin entender nada, aquel viejo monstruo que la perseguía desde que tenía diez años volvía a alzar sus alas, volvía a sentir manos ajenas que realmente no estaban ahí cerrándole más y más la garganta al punto en el que sus respiraciones comenzaba a volverse erráticas, como si estuviese asfixiándose.

El ataque de pánico estaba ganando más y más terreno, desconectando aún más su mente de su cuerpo y aumentando el miedo en su estado más puro, el mismo que ya comenzaba a ser visible para todos, aquel que estaba causando que el trabajo que había tenido por años para que nadie descubriese esa debilidad suya se iba a la basura. ¿Acaso no había alguna solución? ¿Acaso había siquiera un resquicio de esperanza por muy pequeño que fuese? El mareo iba intensificándose, los puntos blancos en su campo de visión le dejaban bien en claro que podría desmayarse en cualquier momento. Y ya no era solamente su garganta la que se sentía oprimida, también su pecho, como si no pudiera hacer ingresar el aire necesario para poder calmarse lo suficiente como para pensar y los fuertes latidos de su propio corazón en las sienes no le ayudaban a intentar calmarse.

Pese a todo, su cerebro no podía procesar que todo éso le estaba pasando a ella, Lucina casi veía como si fuese alguien más la persona que ahora mismo soltaba la espada producto del temblor incontrolable y los escalofríos en todo su cuerpo y del ya no tener la fuerza suficiente para mantenerla sujeta, ni siquiera para seguir en pie. Cayó de rodillas al suelo, temblando y mirando a un punto en la lejanía sin realmente verlo, no teniendo el control en absoluto de sus movimientos. —"No quiero morir. No quiero morir. No quiero morir, no quiero morir, no quiero morir. ¡NO QUIERO MORIR!"—. Se le revolvió el estómago, especialmente al ver como arrojaban a un cadáver a una pira sin cuidado ni respeto alguno, su consciencia y cordura pendiendo de un hilo tan delgado y delicado que en cualquier momento, cualquier acción, podrían romperlo de forma irremediable. Y pasó, pasó lo inevitable, pasó aquello a lo que debía estar preparada al ser la única verdad en el mundo.

Pudieron reducir a Frederick y a su padre en un momento, superándoles en número, su tía Lissa había sido capturada...

Y Lucina por fin pudo ponerse de pie precariamente, temblando como un cervatillo, mas, con la furia en los ojos y algo que parecía decir que su mente se había roto en alguna parte. Intentando volver a sentir las manos y las piernas como correspondía, recogió su espada del polvoriento y erosionado suelo con ambas manos. Aún tenía la respiración tan agitada que lucía como si hubiese corrido como nunca antes en su vida; con pasos torpes y arrastrando tanto la espada como los pies, fue acercándose lentamente hasta donde por fin había visto con la mirada llena de cólera y, por primera vez, mostrando que podía ser tan peligrosa como cualquier otro guerrero veterano. Una mirada que si bien aún mantenía el dolor, el pánico y la sensación de irrealidad aún presente en ella, también transmitía que había perdido algo realmente importante, algo con lo que, estando ausente, no podía seguir respirando por muy mal que fuese.

No avanzó más que tres pasos cuando sintió un empujón en su hombro derecho, obligándole a soltar la espada de forma inmediata y, antes de levantar una mano para revisar su herida, un emergido le atravesó el abdomen con una espada ya ensangrentada y el líquido carmesí no dejaba de fluir a través de ella. No sintió el dolor hasta un par de segundos después, tomando una bocanada de aire y una expresión de terror al bajar la vista y ver el arma atravesándole incluso a pesar de la armadura que traía con ella. Por un exceso de confianza, no se había puesto la cota de malla, ni siquiera había previsto que intentarían usar una maniobra tan ruin. Ella siempre había sido el tipo de guerrera que iba de frente sin parar, su propia ingenuidad la había terminado por condenar y solamente le quedaba aceptarlo. No podía detener las lágrimas, no podía mover los brazos, no podía el no detener el grito de furia y dolor emocional que tenía atorado en la garganta desde el primer minuto en el que sus ilusiones de niña habían caído.

Después de todo, éso era lo que Lucina era: una simple niña más que había sido llamada a los brazos de las deidades del descanso eterno. Su sangre real, la sangre de Ylisse y de Altea, al fin y al cabo eran una simple decoración más.

Padre... Perdóname...—.

Todo fue justo antes de que un jinete wyvern le cortase la cabeza en un tajo limpio con su hacha y el cuerpo de Lucina cayera de bruces al suelo en silencio gracias al ruido que la batalla a su alrededor aún producía, levantando una pequeña nube de polvo en el lugar que la vio nacer, crecer e internarse en las aguas del olvido.

Le encantaban las mariposas. Era una lástima que no podría volver a ver una nunca más.
Lucina
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Mensaje por Sigurd el Sáb Oct 26, 2019 5:56 pm

Contexto: Este minific es un AU que ocurre durante el periodo en que Grannvale estuvo en rojo, y Nohr luchaba por conquistarlo mientras Sigurd luchaba por liberarlo.

Música para ambientar. No podía ser otra:

Muerte de Sigurd de Calphy:
-Parece que hemos subestimado el número de enemigos…-comentó Sigurd desde su montura en voz alta, en un extremo de una larga planicie de los campos de Grannvale.

Sigurd no se encontraba solo, le acompañaban un centenar de sus hombres más leales, en su lucha por liberar a su patria y encontrar a su hijo perdido en combate. Sin embargo, al otro extremo de la llanura, organizados y preparados para el combate, había cosa de quinientos Emergidos. El duque de Calphy consideraba que sus hombres y él mismo eran superiores en fuerza y destreza al Emergido corriente, pero ni siquiera su optimismo era capaz de aceptar que una batalla en la que el enemigo les superaba cinco a uno fuese a ser fácil.

No podía dar marcha atrás. Los últimos rumores que había escuchado alertaban de fuerzas de resistencia luchando al oeste de Grannvale. Era posible que su hijo estuviera entre esas fuerzas ¡De ser así, debía acudir cuanto antes!

-Mi señor. Un mensajero acaba de llegar. Trae un mensaje para vos… de parte de Nohr.-expresó uno de sus soldados, con cierto disgusto al final.

Y no era para menos. Sigurd no era el único que había acudido a Grannvale para limpiarlo de Emergidos. El reino de Nohr también lo había hecho. Pero Nohr buscaba también quedarse con Grannvale, algo que ni Sigurd pensaba aceptar. Igualmente, por mucho que odiase a Nohr, no era lo suficiente inhumano como para acabar la vida de un mensajero. Decidió escuchar lo que tuviese que decir.

El mensajero, un soldado con armadura negra propia del oscuro reino, hizo una reverencia al duque antes de hablar.

-Sigurd de Calphy. Os saludo de parte del general Sivra, del cuarto regimiento de infantería de Nohr. Recientemente hemos sabido de vuestra situación y se me ha ordenado acudir a vos en pos de una alianza temporal.-las palabras del mensajero generaron murmullos entre los caballeros de Sigurd, pero el duque le apremió a que continuase hablando. El mensajero pasó a leer una nota con las palabras del general Sivra.-“Estamos avanzando ahora mismo con la intención de eliminar al contingente Emergido, pero su número sobrepasa nuestras estimaciones. No somos suficientes para acabar con ellos. Aparentemente, estáis en un similar predicamento, según me han informado mi patrulla de wyverns. Por ello mismo, os propongo que por hoy en exclusiva, ignoremos nuestras diferencias y nos unamos contra el enemigo común. Si ambos luchamos contra los Emergidos, tenemos muchas más posibilidades de victoria que si nos enfrentamos a ellos por separado, o peor aún, les damos la ventaja peleándonos entre nosotros. Tras la batalla podemos incluso negociar una tregua. Espero su respuesta.”
-¡Inaceptable! ¡Pretenden utilizarnos como escudo!-gritó uno de los hombres de Sigurd, el cual fue acompañado con otros soldados que asintieron a sus palabras. Sigurd los mandó callar con el brazo y se dirigió hacia el mensajero.
-Acepto la propuesta de vuestro general, mensajero. Pero con una condición. Que vuestros hombres sean los primeros en hacer frente al enemigo. Vuestro reino ha demostrado ya lo dado al engaño y la traición. Si de verdad vais en serio con esta tregua, demostradlo con hechos. En cuanto vea que vuestros hombres luchan contra la horda de Emergidos, acudiremos presto en vuestra ayuda. A diferencia de vosotros, yo tengo honor.

El mensajero escuchó en silencio y en cuanto el duque hubo terminado, dijo que informaría de inmediato a su general y se despidió de Sigurd con una reverencia.

Sigurd reunió a sus hombres y los llevó a unos bosques cercanos con la suficiente altura para poder contemplar la acción. Pero al mismo tiempo evitar que los hombres de Nohr los atacasen por sorpresa. La idea de tener que luchar junto con Nohr no le agradaba nada. Pero necesitaba cruzar el otro lado de la llanura. Y aparentemente, aquella era la única opción disponible.

Durante una hora no pasó nada. Pero después, desde otro bosque cercano, empezó a escuchar cánticos y gritos de guerra. Era el ejército de Nohr, que salía al campo de batalla. Mayoritariamente compuesto por soldados de infantería, cargaban con fuerza contra los Emergidos enemigos que les aguardaban al otro lado. Sigurd pudo confirmar que el número de soldados de Nohr no era muy diferente al suyo propio. Si los dejaba luchar sin más, el bando de Nohr probablemente caería sin mucha dificultad.

Pero Sigurd no dejaría que eso pasase. Como había dicho, él si tenía palabra. Si los de Nohr cumplían su parte, él cumpliría la suya. Levantó el brazo para dar la señal, y tirando de las riendas de su fiel montura Eolo, cargó hacia la batalla, seguido de sus hombres.

Con la espada desenvainada y cargando de frente, Sigurd fue el primero en llegar a donde se encontraba el ejército Emergido y el primero en manchar su arma con la sangre de aquellas diabólicas criaturas. Sus hombres pronto le siguieron, y la llanura se convirtió en un caos de hierro, sangre, gritos y muerte.

El combate estaba bastante reñido. A pesar de luchar unidos, las tropas de Sigurd y las de Nohr seguían estando en inferioridad numérica. Sigurd eliminaba Emergidos a diestro y siniestro, pero por cada uno que mataba, otro ocupaba su lugar. Tan concentrado estaba en el combate que no se dio cuenta que un mago nohrio estaba luchando prácticamente a su lado hasta un buen rato. Cuando Sigurd fijó la atención en él, vio que no era un mago cualquiera, su armadura brillante, rojiza y dorada, demostraba un alto cargo. Además, de sus manos no solo salía bolas de fuego, también instrucciones a sus hombres.

-El general Sivra, supongo.-saludó Sigurd desde su montura.
-Un honor el conocerle, Sigurd. Gracias por acudir. Realmente sois un hombre de palabra.-respondió el general con una reverencia, para luego conjurar un hechizo y matar otro Emergido.-Escuchad, seguimos en desventaja, pero tengo un plan. Hacía aquí están acudiendo refuerzos wyverns. Pero no se pueden acercar porque los Emergidos han creado una Balista sobre una plataforma de madera. Vosotros, al ir a caballo, podéis llegar antes a la balista y destruirla. Mis hombres y yo nos encargaremos de abriros camino.

A Sigurd no le pareció un mal plan. Realmente la batalla le resultaba complicada, así que con un asentamiento de cabeza, aceptó. El mago señaló donde se encontraba la balista y lanzó otro hechizo de fuego para empezar a despejar el camino. Sigurd y sus hombres cargaron con fuerza en esa dirección.

Llegar a la balista no fue difícil, los hombres de Nohr hicieron un buen trabajo en despejar el camino. Había unos cuantos arqueros Emergidos, pero Sigurd esquivó sus flechas, desviando algunas con su espada. Eolo ágilmente saltó sobre la plataforma de madera en la que estaba apoyada la balista y Sigurd la inutilizó fácilmente cortando las cuerdas.

El duque siguió peleando contra los Emergidos sobre la plataforma, cuando un grupo de wyverns empezó a asomar por el horizonte. Sigurd sonrió, Nohr volvía a cumplir con su palabra. Entonces dirigió su mirada hacia el general Sivra, que le saludaba con la mano.

Ah no, no le saludaba. Le estaba lanzando una bola de fuego.

La bola de fuego no fue directa a él. Fue hacia la plataforma, que al ser de madera enseguida prendió en llamas. Sigurd se dio cuenta de lo idiota que había sido ¿Para qué cargar él cuando un mago podía destruir aquella plataforma desde la distancia? ¡Era una maldita trampa!

No solo él, sus hombres también fueron atacados. Mientras la infantería nohria se retiraba, los wyverns atacaban desde el aire indiscriminadamente, tanto a Emergidos como a soldados de Calphy. El número de los jinetes wyverns era superior al esperado y barrían al resto sin problemas. Realmente Nohr no tenía problemas de números. Seguramente tenían todo aquello planeado desde el principio.

Sigurd se dio cuenta de todo ello, pero demasiado tarde. Las llamas consumían tanto a Eolo como a él mismo. Consumía sus botas, consumía su capa, consumía su piel. Intentó saltar de la plataforma y rodar por el suelo, pero las llamas no se apagaban. El dolor de las quemaduras era insoportable.

El duque se levantó, aún en llamas. Escuchaba los gritos de dolor de sus hombres mientras eran masacrados. Escuchó el lamento de su caballo mientras él también era consumido por las llamas. Los ojos de Sigurd brillaron de rabia, como el fuego que consumía su vida.

-¡¡Yo os maldigo!! ¡¡Sigurd de Calphy maldice a cada uno de los nohrios que pisen esta tierra!! ¡¡Que vuestras alegrías se conviertan en llantos!! ¡¡Que vuestros sueños se conviertan en pesadillas!! ¡¡Y que llegue el día en que deseéis no haber nacido!!

Sigurd gritó esas palabras lleno de furia, empuñando su espada hacia los nohrios a pesar de tener todo su cuerpo ardiendo. Pero no pudo dar ni dos pasos más antes de caer al suelo, presa del dolor.

Acabada la batalla, su cuerpo estaba completamente calcinado. Pero aquellos que lo encontraron afirmaron que su mirada parecía brillar durante unos instantes, un color rojizo como el de las llamas.
Sigurd
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- NOHR (GRANNVALE) -

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Duque de Calphy

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Mensaje por Frederick el Dom Oct 27, 2019 6:57 pm

Lo siento Freddy.
Veo correr mi sangre y la vida de mi escapar.:
Ya casi habían terminado, el improvisado estandarte del enemigo yacía en el suelo, pisoteado y roto, como una metáfora de lo que estaba ocurriendo en el campo de batalla. Había sido una batalla larga, bajo un sol que observaba el transcurso de la misma de manera inclemente, agotando a los soldados de ambos bandos con sus ardientes rayos y aumentando la sensación de agobio. Más, ese no era obstáculo alguno para los Custodios. Sobre todo cuando un grupo de bandidos había osado saquear una aldea y pasar por la espada a gran parte de la población.

Frederick no podía tolerar ese tipo de actos, al menos no durante su guardia y partió con sus hombres raudo y veloz en cuanto les llegó una señal de aviso por medio de una rapaz mensajera. Los bandidos eran duros y muy numerosos, además de que varios se habían unido a su causa por miedo a ser asesinados y eso aumentó el grueso de la tropa. Sin embargo; no eran rivales para unos caballeros experimentados y al contrario que los emergidos, éstos sí que sentían el miedo a la muerte y en cuanto se vieron superados, muchos decidieron tirar las armas y rendirse.

Al ser consciente de la derrota, el líder del grupo intentó huir, pero Frederick se dio cuenta y espoleó a su yegua, lanza en mano para detenerle. La velocidad de su montura no era rival para un hombre desesperado que se daba a la fuga a pie y rápidamente le ganó terreno. Se inclinó hacia delante, con la intención de ensartar al bandido con la pica de la lanza cuando de pronto, el suelo pareció abrirse bajo los cascos de su yegua y los dos cayeron a un foso lleno de afiladas astas de madera. La trampa oculta en la arena había hecho su función y tanto jinete como montura quedaron completamente atravesados.

La armadura de Frederick había conseguido esquivar la mayor parte de las afiladas picas, pero tuvo la mala suerte de que una de ellas estaba colocada en diagonal, de tal manera que se coló por la parte de debajo del torso y le atravesó el lado derecho del pecho, muy cerca del pulmón. Cerró los ojos y apretó fuerte los dientes al sentir aquel punzante dolor. Notó como se le iba la visión a causa de un ligero mareo, pero gracias a la adrenalina aún pudo espabilarse y con las dos manos agarró uno de los extremos del asta clavada hasta partirla. Su grito de dolor fue ensordecido por el relincho de su yegua, la cual estaba ensartada como si fuese una pieza de caza. El pobre animal no había tenido tanta suerte, cuatro palos afilados se clavaban en su vientre.

Rebecca... — llevó una mano temblorosa al cuello de su leal corcel, cerró los ojos, cogiendo aire y con la otra mano, que aún sostenía el trozo de asta que había partido, lo clavó con fuerza en la frente marrón del animal, ahorrándole aquel sufrimiento.

Escaló por aquel amasijo de madera hasta el extremo del hoyo y apenas dio dos pasos y se desplomó en el suelo. "No puedo morir aún, tengo que dar el reporte al Señor Chrom" pensó e hizo un gran esfuerzo para incorporarse, clavando una rodilla en el suelo y sintiendo de nuevo aquel mareo. El respirar se sentía como si le clavasen mil flechas en el pecho y su boca sabía a sangre. Alguien vino a su encuentro, uno de sus compañeros y quiso llamar a uno de los magos blancos para curarle, pero Frederick le detuvo. —La gente de la aldea necesita esa ayuda... no perdáis el tiempo conmigo... Llévame al castillo.

Una vez en la casa de Ylisse, Frederick fue renqueando hasta su dormitorio, donde se quitó la armadura y las ropas que había bajo ella. La herida en su pecho lucía terrible, estaba abultada y no dejaba de sangrar. Intentó curarse así mismo; con un cazo con agua hirviendo y un cuchillo, hurgó en la herida para sacar las astillas que aún estaban en su interior. Tuvo que morder un palo para no gritar por aquel intenso dolor, lavó la herida y la cosió, mientras las lágrimas bañaban su rostro. "Voy a morir" pensaba "la muerte está llamando a mi puerta".

No podía morir aún, tenía muchas cosas que hacer. Dentro de nada llegaría el invierno ¿y quién cosería mantas, guantes y bufandas? Había prometido hacerle una bonita bufanda a la señorita Lucina, unos calcetines calentitos y de punto a la señorita Lissa, terminar esa manta con tantos colores para su señora Emmeryn. Si él no estaba, ¿quién cazaría el oso que tanto le gustaba comer a la señorita Daraen? ¿quién quitaría las piedras del camino? y lo más importante ¿quién le pelaría las naranjas a su señor?

Agitó la cabeza, tratando de dispersar esos pensamientos, los cuales eran mucho más dolorosos que la herida en su pecho. Empezó a sentir calor y notaba su respiración pesada, como si acabase de volver de la batalla, a pesar de que hacía ya unas cuantas horas que estaba en el castillo. Decidió darse un baño, pensando que eso le entonaría y si al día siguiente la cosa empeoraba, pediría ayuda a Lissa o a Emmeryn. Sólo cuando fuese estrictamente necesario, pues no quería importunar con  algo tan simple como una herida en batalla.

El baño le había ayudado a dejar de sentirse pesado y durante unos instantes pensó que el cansancio también había desaparecido. Sin embargo; cuando fue al salón para leer un rato y hacer tiempo hasta que volviese el príncipe para poder dar su reporte, se sorprendió a si mismo quedándose dormido en el sillón. El libro había caído de sus manos y se había cerrado sobre la acolchada alfombra, más no fue la ausencia del volumen lo que le despertó, sino un repentino ataque de tos. Dolía tanto que hasta la vista se le nublaba y al cubrirse la boca con las manos descubrió sangre en la palma. Fue a levantarse, pero de nuevo la sensación del asta atravesando su pecho le hizo sentarse de nuevo y llevarse la mano al pecho. Su herida no se había abierto, parecía que estaba desangrándose por dentro ¿era posible?

Observó la sangre en su mano y pensó que aquello no podía ser más que un símil de su propia vida escapándose. ¡No! Otra vez esos horribles pensamientos. Sintió un escalofrío y se acurrucó contra el respaldo del sillón. Si había algo que le aterraba, algo que le hacía temblar como un crío, era la presencia de la muerte.

Tiritó y despertó, se había quedado dormido de nuevo y otra vez no había sido consciente de ello. Ya estaba anocheciendo, el salón estaba casi a oscuras, iluminado sólo por los candelabros que había en las pequeñas mesitas. Fue a la cocina a beber algo de agua, la sed era mucho más apremiante que el ardor en su pecho. Al llegar a la sala, vio que una de las cocineras había dejado en la larga mesa donde se colocaban los platos para servir, una cesta de naranjas. Una pequeña y última sonrisa se dibujó en su rostro, pensando que quizás el señor Chrom volvería hambriento y le apeteciese una de esas naranjas.

Tras lavarse bien las manos y beber agua como si no lo hubiese hecho en días, tomó un cuchillo y una pieza de la fruta. Se sentó en el taburete que había justo al lado de la mesa y empezó a pelarla, despacio, como acostumbraba a hacer. La monda de la naranja caía sobre un platito en forma de caracola, y cuando finalmente terminó, la fruta resbaló de sus manos y cayó al suelo, rodando hasta el umbral de la puerta.

Frederick se había rendido al dolor, a la fiebre y al cansancio. Ahora descansaba en los brazos de la muerte. Su cuerpo estaba inclinado sobre la mesa, como si estuviese durmiendo y había mantenido la sonrisa. Por lo menos, había logrado cumplir su última tarea: pelar una naranja a su señor.
Frederick
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Mensaje por Aran el Lun Oct 28, 2019 2:16 am

Tardé lo mío, pero aquí iré posteando uno por uno. Nada de lo que escribí tiene un contexto on rol específico. Quizás todos son durante la caída de un reino, antes de tener relaciones con otros personajes, solitarios y abandonados en sus momentos finales.

La defensa de un pueblo:

Por fin hubo caído el último de ellos, despedazado tras la última carga de una ahora lanza endeble. Frente a sí, un destripadero de cuerpos inertes, donde la sangre negra se confundía con una más roja y brillante, más pura y acelerada. Provenía de aquella herida desgarrada que, en aquel intercambio, había abierto su estómago de par en par, desafortunado en recibir el corte de un cuchillo que ni siquiera había sido capaz de reconocer. Aran nunca habría creído ese color tan brillante, como el de un animal recién abatido un día de caza. Parecía artificial, una farsa. Tanto que ni siquiera sentía de la herida nacer dolor alguno.

Pero sí se sentía desproporcionado, como si no fuera capaz de sostener su propio peso. Sus piernas, aquellas que siempre lo habían sostenido durante sus interminables horas de guardia, aquellas que le habían permitido marchar horas sin descanso, flaqueaban. Pronto comenzaba a perder el sentido de sus pies y manos, como al momento de despertar de un mal sueño. Las sentía temblorosas, le molestaban, quería agitarlas, más no tenía la fuerza ni siquiera para ello. Se relamió los labios entumecidos, tragando el líquido rojo que brotaba de su garganta.

Sus lágrimas comenzaron a bañar su rostro sin darse cuenta, un reflejo involuntario. Casi apenas sentía el agobio del llanto en sus ojos, confundiéndose con el sudor que bañaba su frente. De todas formas, la niebla en sus pupilas apenas se debía a la humedad que las concurría, pues por mucho que intentara limpiar o parpadear, aquello no tenía remedio.

Buscó a sus compañeros. Probablemente ellos sabrían qué hacer si lo veían, podrían llevarlo a un médico, o lo que fuera. Pero los demás se encontraban desplazados por los alrededores, aislados el uno del otro. Habían caído antes, le habían permitido ganar tiempo, quizá. Ahora yacían, como si se hubieran echado a descansar, invitándolo de alguna forma a que hiciera lo mismo. Aran se vio tentado a recostarse también, pues no podía soportar su cansancio. Pero primero intentó acercarse a uno de ellos, temeroso de perturbar sus sueños. Hallo antes que nadie a una compañera, cuyo rostro relajado se le hacía artificial e inhumano. Aún abrazaba su pecho donde había roto el arma punzante, llegando a su corazón. Con su mano indolente, Aran hizo el esfuerzo de tocar su rostro y cerrar sus párpados, alejándose poco después, tan solo para apreciar cómo descansaba. Mientras sus ojos ciegos recorrieron sus alrededores, captando apenas el brillo de las llamas que consumían por igual los tejados y muros de aquel pueblo. Emitían un calor verdaderamente reconfortante.

Se abrazó a su lanza como lo haría al tronco de un árbol, al brazo de una madre. Solo gracias a ella podía todavía mantenerse de pie. En su mente tan solo corría una secuencia de imágenes, el ensueño de ver que las personas que quería se encontraban allí, a su alrededor, orgullosas de que hubiera podido defenderlos. Sí, lo había hecho por ellos. Y por eso corrieron hacia él, lo abrazaron tiernamente, lo tomaron del torso, de los hombros y de las manos, y lo ayudaron a sostenerse, para así poder al fin descansar.

-G-gracias... -murmuró con la cabeza gacha, creyendo que sonreía. Tanto había sucedido que tan solo podía desear, más que nada, el consuelo de quienes más apreciaba.

“Quiero… irme ya a casa”, pensó para sus adentros. En su mente, la pequeña casa comerciante de su familia adoptiva, repleta hasta el fondo de sus hermanos. “Debe estar lloviendo con fuerza” pensó después, recordando los inclementes temporales de Kisca, los cuales lo obligaban a encerrarse en casa junto a sus padres, horneando pan, hablando y riendo juntos “...debe estar la chimenea encendida”.

Sus piernas terminaron de ceder, chocando sus rodillas contra el suelo. Sus brazos se mantenían todavía sujetos a su arma, con tanta fuerza que parecía no más que una elongación de su cuerpo. ”Lo siento… no pude. Nunca fui un héroe. Nunca hice nada. Y nadie... recordará esto”-apretó los ojos, encerrado en la oscuridad de sus propias palabras. Igual que sus compañeros, había caído sin razón. Aquella batalla no había sido más que un despropósito. Habían seguido órdenes que, vieran como se vieran, eran suicidas. Y aún así las había obedecido ciegamente, siendo no más que un peón, una mala excusa. No había lección, no había qué rescatar. Eso, simplemente, había sido todo.

-P-pero… yo… -respiró, por fin percibiendo el rigor de sus lágrimas. Entonces, notó una última mano recorriendo su mejilla. Una mano pequeña, quizás una amiga perdida con el tiempo. “Aran, descansa. Si sufres, solo significa que has triunfado.”

-... -se rindió bajo una última sonrisa, quieta y tranquila.
Aran
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Mensaje por Makalov el Lun Oct 28, 2019 2:43 am

Hermano e hijo:

Trotaba hastiado el animal junto con su jinete, incapaz ya de correr. Herida por toda parte visible, la yegua respiraba y exhalaba con dificultad, cada vez deteniendo más el paso. No había caso, pues por mucho que su dueño gritara y espoleara a su montura, esta se había detenido. Incapaz de abandonarla, el pelirosa bajó desesperado a tirar de sus riendas con toda fuerza posible. Sin embargo el animal había perdido la voluntad por completo, y con cada tirón no hacía sino agachar más y más la cabeza.

-¡No, no, no! ¡Camina, CAMINA! -le gritó, acercándose y agarrándole de la crin. Sin embargo su empeño no era suficiente, jamás lo sería. Pero cerró sus ojos y siguió intentando, incluso cuando podía ya oír a aquellos monstruos buscándolo, persiguiéndolo. No quería pensar que estaban allí, ¡Aún podían correr! La pateó, la golpeó y la empujó innumerables veces de un lado a otro, todo hasta extenuarse por completo.- ¡Nuez...! -intentó llamarla, tocando su hocico. Tampoco respondió.

Fue entonces que oyó el tronar de botas, aquellos cuerpos inagotables que, incluso tras aquella carrera, fueron capaces de hallar su rastro, rodeándolo por completo. Makalov sintió su corazón detenerse al oír los murmullos incomprensibles de aquellos monstruos, haciendo el iluso intento de desenvainar su espada para enfrentarlos, incluso cuando sabía que eran demasiados.

Aquellas monstruosas manos atraparon a su animal, llevándolo a él consigo a los suelos. La yegua gimió asustada antes de ser su cuello destrozado como el de un cordero. Apenas al oír aquel ruido, Makalov apartó la cara hacia otra parte, intentando erguirse y echar a correr. Sin embargo las criaturas lo atraparon antes de que lograra ponerse de pie, golpeando su espalda y piernas para retenerlo. Apresado, alcanzó a blandir su espada para librarse de sus cuerpos. La sangre de aquellos monstruos salpicó su rostro tras asestarles unos golpes, aprovechando el momento para saltar y levantarse una vez más, intentando huir lo más rápido posible. Pero no había manera de escapar, pues poco tardó una de las armas enemigas en encontrarse con uno de sus hombros, trozando la armadura que lo cubría hasta alcanzar su espalda baja. Su hueso y carne se quebraron, y no dejaron más que una hilera de tejido disforme. Paralizado ante esta enorme herida, el jinete no pudo sino gritar.

Cayó disparado hacia delante, tropezando sobre sí mismo. Miró apenas por el rabillo del ojo la sangre brotar de su herida, no soportando ver más que el borde descolocado de su armadura. Vuelto en pánico, volvió a intentar correr, sosteniendo el brazo herido con su otra mano y abandonando la espada a su suerte. La sangre que lo abandonaba era tanta que incluso logró traspasar el rigor de sus  guantes de cuero, empapados por completo. Huyó todo lo que pudo hasta rendirse al agotamiento, dejándose caer sobre el pasto reseco y la tierra polvorosa. En ese lugar, Makalov se abrazó a sí mismo, sin comprender aún la verdadera gravedad de su herida. No podía saberlo, no podía verla. Y de todas formas, no valía la pena descubrirlo.

Buscó desesperado en sus bolsillos el auxilio de alguna medicina, hallando no más que desesperación. En ese momento de flaqueza, no pudo sino taparse el rostro con su mano, manchándose por completo mientras aguantaba las lágrimas. Murmuró angustiado, sabiendo que nadie podría escucharlo.-A-ayúdenme… Ayúdenme… Ayuda, ayuda, ayuda… -su rostro se retorció de dolor, rascando su piel con sus dedos, buscando algo de lo que sostenerse para poder soportar aquella angustia.- Hngh… ¡Aaaah!...

La herida pulsó, erizándole cada vello de la piel. Cayó de lado, agitándose como quien no ve fin a su sufrimiento. Mordió su guante con todas sus fuerzas, gimiendo y ahogando grito tras grito de su voz.

Pero en medio de aquella desesperación, y apenas por un breve momento, tuvo la ilusión más descontrolada que pudo llegar a su mente. Imagino que era Marcia quien le punzaba con una lanza, exigiéndole que dejara de gritar de una buena vez. Makalov abrió los ojos y la boca, mirando hacia el horizonte baldío.

-M-Marcia… -murmuró apenas-...Ghh… -no pudo contener su llanto, completamente desgarrador. Logró recomponerse tan solo para murmurar a la imagen inexistente de su hermana- ...p-perdón… ”hasta el último momento… sólo soy un patético...”

Cerró los ojos, sintiendo cómo de ellos brotaban lágrimas gruesas y pesadas a borbotones. Cosió sus labios con gran ímpetu, y obligó a su cuerpo a quedarse quieto. En ese momento, parecía que los emergidos lo habían abandonado a su suerte. Probablemente no veían motivo siquiera para perseguirlo.

Por fin pudo volver a mirar a su alrededor. Todo en su cuerpo se hallaba empapado y helado, más pronto descubrió que por una parte todavía podía moverse. Giró sobre sí mismo, más con cuidado de no poner la espalda contra el suelo. Hizo el mayor esfuerzo posible por volver a ponerse de pie, aunque no pudo sino gatear. De esa manera se arrastró hasta su yegua, la cual descansaba inmóvil, abandonada por completo.

Una vez hubo llegado a su lado, se abrazó a su cuello inerte por la nuca, y apoyó su cabeza contra la del animal. Recordó sus días en los establos, cuidando de los pequeños potrillos y jugando con ellos. Cargando heno de un lado a otro, y sacando a los caballos adultos a pasear. Sus padres siempre le ofrecían consejo, atentos, alegres.

Nuez había sido la última yegua que había visto crecer.

Lástima que no pudieran regañarle… qué tan mal había cuidado de ella.
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Mensaje por Zephiel el Lun Oct 28, 2019 3:05 am

La resistencia eterna:

Hacía mucho tiempo, cuando aún no había sido siquiera coronado, Zephiel había creído firmemente que conocería su destino entre cuatro paredes, siendo no más que un prisionero dentro de Bern, el reino que se suponía estaba destinado a gobernar tras Desmond, su padre legítimo. Clausurado dentro del palacio, encerrado en una trampa adversa hecha en su contra. Siempre en cautela, había esperado el día en que así sucediera, más con su voluntad había desfigurado esta predicción hasta volverla incomprensible. Año tras año había resistido los avances de sus enemigos, cercanos e inhumanos por igual. Una voluntad para existir incomparable a toda otra persona que conociera. Zephiel siempre se había resistido a caer si no era por cuenta propia, acariciando la noción de memento mori hasta la última hora de su existencia.

Qué fácil había sido, en un hecho de segundos, torcer la más complicada estratagema de su vida.

No se hallaba dentro de los muros de su castillo, sino rodeado por la capital y sus anchas, las más antiguas construcciones de Bern postradas a su nombre. A sus alrededor apenas habían unos pocos soldados que, asombrados por ver a su rey fallar, e incluso superados aún en número por el enemigo, corrieron en su auxilio sin siquiera comprender la gravedad de la herida que había sufrido. Bajo su coraza, el corte limpio de una espada que había atravesado su torso de abajo hacia arriba hasta anclarse por entremedio de sus costillas. Sus pulmones habían sido perforados sin remedio, siendo tan solo sus ojos su único medio de expresión. Zephiel no era un ignorante. Sabía de sobra que aquello sería su fin.

¿Cómo había sido capaz de resistir tanto tiempo al más cruel de los destinos? Había llegado tan abruptamente, tan fácil que incluso lo decepcionaba. ¿Por qué había sido que había luchado por vivir cada día de su existencia, si esta cesaría de una forma tan ridícula? ¿Por qué era que ahora, que había permitido al enemigo penetrar sus defensas, imaginaba que por fin había acabado aquella larga y agotadora guerra?

Claro, había sido su orgullo todo ese tiempo. Su dignidad. Su declaración a los cuatro vientos. La desechada inocencia de su juventud, en la cual creía que había una razón para defender su honor, clamar por el respeto de seres egoístas que no deseaban más que su completo exterminio. Recordaba quizás esos días en que las cosas más simples lo alegraban, y tan solo el sufrimiento más pequeño lo entristecía.

¿Hace cuánto había querido dejar de ser sí mismo?

Recordaba aún el dolor de Guinivere al creerlo muerto, apenas habiendo podido sobrevivir el veneno de aquella copa maldita. Le había lastimado incluso más que la muerte de su padre, quizás. Probablemente había sido la única persona que había acabado de comprender por qué solo uno de ellos había sobrevivido aquel desafortunado día.

Pero era cierto que todo agotamiento cesaba. Toda secuela de su esfuerzo se desvanecía. Toda la fuerza que había cultivado para sobrevivir le era entonces arrancada de las manos, sin que nunca le hubiera pertenecido. Nada poseían los humanos; mucho menos sus vidas y sus recuerdos. Todo eso estaba condenado a desaparecer en los recovecos del tiempo.

Hacía mucho tiempo, había jurado que miraría a la muerte a los ojos una vez viniera a él. Se armaría contra ella como lo haría contra una bestia salvaje. Usaría sus puños, y no sus armas, para contener sus garras y colmillos. Pero sobre todo, se mantendría fiel a sí mismo. Si había algo que defendería sería la potestad de sus palabras y la rectitud de su pensamiento. Pues conocía que, en los últimos momentos, el ser humano se debilitaba tanto en cuerpo como en espíritu. Ofrecidos a un Dios, clamarían por él hasta exhalar su último aliento. O aún peor; atosigados por la culpa, se retractarían de aquello que, antes con orgullo, los había llevado a entregarse a la muerte. Sin embargo, sin embargo… conocía también a quienes morían por una verdad. Quienes entendían que sus nombres, las naciones y la historia ya poco importan cuando la oscuridad colma los ojos. La verdadera honra humana de cultivar el pensamiento, de desistir de la propiedad, de reducirse al nivel de todas las bestias. En una vida plagada de pecados, incluso sin nunca aspirar a una redención, pudo deleitarse siempre con el don de comprender su propia existencia. Incluso sin ser más que una alimaña que plagaba la tierra, Zephiel siempre había comprendido aquello.

Verdaderamente, ser humano era… la única razón…

Siempre había tenido razón.

- “Espléndido…” -masculló para sus adentros. De su boca escupió sangre, un torrente interminable. Sus finas telas pronto se tiñeron de carmesí, oscureciendo sus prendas al punto de volverlas incomprensibles. El agarre de su arma se debilitó, más nunca desistió su fuerza, manteniendo el mango en su puño como su aún pudiera blandir su arma y luchar. Observó con claridad cómo su enemigo era abatido delante de sus ojos, ignorando, por otra parte, las voces que clamaban por su nombre. Sus oídos estaban sordos entonces, colmados de estática. Lo único que podía comprender en ese momento era su propia voz, redundante e incansable, tal como lo había acompañado toda su vida. Eran aquellos pensamientos eternos los cuales, uno por uno, huían de su consciencia como animales otrora enjaulados, por fin libres.

Dobló inevitablemente una rodilla, y apoyó una mano en el suelo, suficiente para sostenerse unos segundos. “Una tragedia condenada a repetirse… para siempre. La ilusión hermosa... de existir”
Zephiel
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