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Mensaje por Elise Nohr el Dom Sep 29, 2019 5:06 pm

Elise tenía un cúmulo de emociones encontradas en su interior.

En una parte, se sentía entusiasmada y eufórica ¡¡Era libre!! Tras años y años viviendo encerrada en el castillo Krakenburg, solo pudiendo echar un vistazo al exterior cuando se escapaba a escondidas en contadas ocasiones, por fin podía salir de aquel gris y oscuro lugar. No es que no quisiera su hogar, pero lo encontraba asfixiante y agobiante. Especialmente su habitación, donde pasaba forzosamente la mayor parte del tiempo. Tan gris, tan fría, tan aburrida. Alejarse una temporada de aquel lugar no eran más que buenas noticias.

Pero también tenía su parte mala. Durante el tiempo que estuviera ausente, no iba a poder estar con sus hermanos. Ninguno de ellos. Si algo había que le trajese felicidad en su viejo castillo era pasar el tiempo con sus queridos hermanos, los príncipes y princesas de Nohr. Xander, Camilla, Leo, Corrin… Los iba a echar tantísimo de menos… También iba a echar de menos a su amado poni Azuquito ¿Quién le iba a alimentar, peinar y darle sus abrazos diarios al pobre podenco en su ausencia?

Por lo que sabía, iba a estar un año en aquel lugar. Su nombre era el Monasterio de Garreg Mach. La princesa no sabía nada de aquel sitio, salvo tres cosas. La primera, que además de ser un monasterio, era también una escuela de formación para todo tipo de futuros líderes de naciones u oficiales de ejércitos. Elise no esperaba ser una cosa ni la otra. La princesa era la quinta en la línea sucesoria, con lo que las probabilidades de heredar algún día el trono nohrio eran muy remotas, por no decir imposibles. Elise no se  imaginaba a nadie que no fuese Xander ocupando el puesto, eso si alguna vez su padre decidía abdicar, cosa tampoco nada probable.

Y Elise no era ninguna guerrera, eso era más que obvio, por lo que tampoco se imaginaba en el campo de batalla en ninguna circunstancia. Cierto que desde pequeña siempre tuvo cierto talento para la magia, pero lo suyo era utilizarla para curar. Aparentemente, también se daba instrucción sobre la magia sanadora en Garreg Mach, pero no era la única formación que iba a recibir. Sus tutores la avisaron que iba a recibir adiestramiento de todo tipo, y que se fuera mentalizando, que no iban a ser tan amables como ellos. En cuando escuchó eso, un nudo se le hizo en la garganta a la jovencita princesa.

La segunda cosa que sabía, y la que más la inquietaba, era que Garreg Mach era un monasterio dedicado a Naga. Elise no sabía mucho de política, por no decir casi nada, pero al menos entendía que Nohr le había declarado la guerra a varios reinos que adoraban a Naga. Por lo que le habían enseñado, Naga era una diosa muy mala, muy mala, que era responsable de todas las penurias y males que asolaban en Nohr. Cuando preguntó a sus mentores si no le pasaría algo en un lugar donde se adora a ser tan maligno, le respondieron que aun siendo un monasterio dedicado a tan pérfida divinidad, los alumnos no tenían por qué compartir la misma fe. Pero que por si acaso, que los rezos a Anankos los hiciese a partir de ahora en su propia habitación, en privado. No le consolaron mucho esas palabras.

La tercera cosa que sabía era que estaba bien lejos. Pero que bien lejos. Para Elise, que lo máximo que había hecho era caminar por la ciudad de Wildmire y pasear por bosques cercanos al castillo, la idea no ya de salir de Nohr, sino de toda Akaneia y llegar hasta otro continente era algo inconcebible en un principio.

Y lo siguió siendo durante todo el viaje. Montar en barco fue toda una aventura para ella, que disfrutó muchísimo mirando las aguas, los peces y las gaviotas, aunque hay que admitir que se mareó en cubierta unas cuantas veces. De allí la llevaron en carroza hasta el mismo monasterio, en un viaje que duró varios días. Elise se pasó todo el viaje mirando por la ventana, asombrada de los distintos paisajes que se encontraba en Valentia.

Y tras varios días de viaje, llegó al monasterio de Garreg Mach. Sola, ya que las instrucciones que habían recibido sus guardias es que la acompañasen hasta allí y la dejasen una vez alcanzado el destino. Elise llevaba su vestido de princesa negro, una maleta con muda idéntica para varios días, así como su báculo sanador, monedas de oro, enseres de higiene y tinta y papel para escribir. Ni que decir tiene que estaba a rebosar. La princesa hacía esfuerzos con sus bracitos, pero la mochila pesaba demasiado. Tenía que hacer un montón de fuerza solo para arrastrarla siquiera. Maldita sea ¿sus guardias no la podían haber acompañado un poco más? ¡Al menos hasta su futura habitación, para dejar sus cosas! Pero nada, ahí estaba, en el patio de entrada del monasterio, con una maleta de cuero enorme que se las hacía imposible transportar.

El patio era un sitio bastante concurrido. Por lo visto, había muchas tiendas de todo tipo, lo que le recordó bastante al mercado de Wildmire. Sentía una inmensa curiosidad por qué vendían en cada estante, pero era algo que no podría hacer ahora. Primero tenía que encontrar el lugar donde poder dejar su maleta. Sin embargo, aquel sitio inmenso ya la desorientaba solo con haber dado sus primeros cuatro pasos. Así que no le quedó más remedio que dirigirse a la primera persona que se encontró.

-¡Perdone, señorita! ¿Puede ayudarme por favor? Tengo que dirigirme a la aula… cual era… ¡Oh, sí! ¡El aula de las Águilas Negras! Tengo que entrevistarme con su delegada y… ¡Perdón! Ni siquiera me he presentado…-Elise soltó la maleta que tanto le costaba cargar e hizo una leve reverencia hincando las rodillas y extendiendo su falda con ambas manos.-Mi nombre es Elise Nohr, quinta princesa del reino de Nohr, en Akaneia ¡Un placer el conocerte!

Y le dedicó una brillante y radiante sonrisa a aquella mujer de pelo plateado y ojos violeta a la que acababa de presentarse y que no conocía absolutamente de nada.
Elise Nohr
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Mensaje por Edelgard el Sáb Oct 12, 2019 11:06 pm

La vida en el monasterio era sin duda alguna muy diferente de aquella a la que estaba acostumbrada en palacio. La Academia de Oficiales de Garreg Mach se trataba de una institución de renombre internacional, y como tal, solo aceptaba como estudiantes a los futuros líderes de las naciones aliadas o a los plebeyos que conseguían superar las duras pruebas de acceso. Sin embargo, poco importaba la procedencia de cada cual. El apellido que uno portaba no tenía por qué determinar su valor o los caminos que tendría que seguir en la vida. Pues siendo noble o no, los valores de la academia prevalecían sobre cualquier distinción jerárquica tradicional, y por ese motivo lo común era ver a aristócratas y plebeyos compartiendo aulas, y no lo contrario. Al final del día, la nobleza de la sangre tenía una relevancia tan ínfima, que no existía impedimento alguno para que los estudiantes de alta alcurnia tratasen de igual a igual a aquellos que no lo eran. Sin barreras sociales, ni prejuicios. En la Academia de Oficiales de Garreg Mach era posible ser simplemente eso: un alumno y nada más.

A pesar de que al ser la legítima heredera del ducado de Adrestia muchos no entenderían su postura, Edelgard von Hresvelg admiraba esa filosofía. Acostumbrada a presenciar cómo auténticos incompetentes ocupaban cargos importantes solo por tradición familiar, no sentía más que un gran aprecio por la postura neutral del monasterio a la hora de tratar con sus estudiantes. Nadie estaba por encima de otro por defecto, así que el verdadero valor de cada individuo debía de quedar reflejado en su desempeño académico diario, además de en sus méritos durante las prácticas.

Fuera como fuese, aquella idílica mañana de otoño, la joven de cabello tan blanco como la nieve se dirigía a las puertas del monasterio con paso firme y seguro. Tras devolver algunos libros en la biblioteca y saludar tanto a profesores como alumnos, Edelgard no olvidaba que ese día tenía un compromiso muy importante, puesto que su deber como delegada de la clase de las Águilas Negras la comprometía a dar la bienvenida a una nueva estudiante. Elise, quinta princesa de la familia real de Nohr, una importante nación que quedaba allende el mar del este, se incorporaría a la Academia de Oficiales desde ese mismo día. Era de especial importancia recibirla sin demora para ayudarla a orientarse por la gigantesca institución. Los guardias le informaron de que la muchachita no tardaría mucho en llegar, por lo que Edelgard se apresuró en bajar los peldaños del vestíbulo con premura y salir al patio del mercado.

La futura duquesa vestía con su impecable uniforme. Ni una sola arruga estropeaba la tela tersa de color negro y dorado, lo cual le aportaba un aire digno y estilizado que suscitaba el respeto de todo aquel que la veía pasar a su lado.

Tantos puestos a rebosar de alimentos, armas y artículos de diversa naturaleza la tentaban a detenerse a curiosear, mas su fuerte sentido de la responsabilidad la ayudó a apartar la mirada y a centrarse en la tarea que tenía entre manos. Era un auténtico infortunio que fuese día festivo. Gran parte de los alumnos se encontraban compitiendo en el estanque para ver quién era capaz de pescar más peces, mientras que los demás merodeaban por los pasillos del monasterio para participar en otras de las muchas actividades que la academia tenía que ofrecer. El problema radicaba en que, por el mismo motivo, el mercado estaba a rebosar de gente, por lo que Edelgard no supo reconocer a la princesa hasta que un golpe de fortuna quiso que Elise la encontrase a ella primero.

La joven bajó la vista para mirar a la propietaria de aquella vocecita tan infantil como adorable, quedando sus sospechas confirmadas ni bien la chica se presentó con su nombre. Parecía nerviosa, y se notaba a la legua que le pesaba cargar con su equipaje. Edelgard arrugó el rostro brevemente en consecuencia. ¿Acaso nadie había visto que la pequeña necesitaba ayuda con la maleta? La caballerosidad y los buenos modales brillaban por su ausencia, por lo que decidió tomar la iniciativa y recibir a la princesa de la mejor manera que supo en ese momento.

¡Pues creo que has dado con la persona indicada, Elise! —exclamó con una sonrisa amable, antes de proferir una pequeña carcajada para aliviar la tensión—. Soy Edelgard von Hresvelg. Legítima heredera del ducado de Adrestia, pero no tienes que preocuparte por las formalidades. Aquí solo soy una estudiante más, aunque también la delegada de la clase de las Águilas Negras. Permíteme darte la bienvenida al monasterio, y decirte que es un placer conocerte por fin.

A pesar del tono serio de sus palabras, la joven de cabello plateado trató de mostrarse cercana para que la nueva alumna se sintiese más cómoda. Era su trabajo guiar a los suyos, después de todo, por lo que antes de que Elise pudiese responder a su presentación quiso adelantarse para recoger su maleta.

Deja que yo me encargue de esto. Supongo que estarás agotada después de un viaje tan largo, así que ¿por qué no vamos a tu nueva habitación? El dormitorio está cerca. ¡Sígueme!
Edelgard
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Mensaje por Elise Nohr el Lun Oct 14, 2019 3:00 pm

La mujer a la que se presentó Elise para pedirle ayuda no tardó en presentarse a sí misma. Una presentación que llenó de asombro y alegría a la princesa ¡Por Anankos! ¡Era la delegada de la clase de Águilas Negras que estaba buscando! ¿Qué probabilidades había de acertar a la primera entre tantísima gente?

Además, mostraba ser una persona elegante y madura, pero también dulce y confiable. La sonrisa que le lanzó a Elise dio de lleno en su puro corazoncito, y ella no supo más que responder de la mejor forma que sabía, por no decir única: abalanzádose sobre la heredera al ducado de Adrestia para darle un poderoso y caluroso abrazo con toda la fuerza que era capaz de acumular.

-¡Encantada de conocerte, Edelgard!-exclamó a viva voz la princesa mientras procedía al abrazo. Aunque la delegada no era precisamente alta, Elise era bastante más bajita, por lo que su cara apenas llegaba al pecho de la peliblanca. Algo que no impidió a la princesa alargar durante unos largos segundos aquel abrazo, apoyando y restregando con dulzura sus mejillas en el cuerpo de Edelgard, casi como si fuese la primera vez que abrazaba a alguien.-¡Muchísimas gracias por tu bienvenida! ¡Espero que lleguemos a ser grandes amigas!

Cuando soltó a Edelgard, Elise escuchó que la delegada de Águilas Negras se iba a ocupar de su equipaje. Rápidamente reaccionó, señalando la maleta.

-¡Ten mucho cuidado! ¡Pesa mucho! ¡Quizás debamos llevarla entre las…!-las palabras de la princesa se quedaron en el vacío cuando sus ojos contemplaron la facilidad con la que Edelgard cogía y transportaba ella sola la mochila. Sorprendida, con la boca abierta, tardó unos instantes en responder.-¡Que guay! ¡Eres super fuerte! ¡Es increíble!-alabó con sinceridad la princesa, ante la proeza de fuerza que la delegada estaba mostrando en ese momento.

Empezaron a caminar en dirección a los dormitorios. Elise no lo dijo abiertamente, pero reconocía dentro de sí que estaba cansada. No estaba acostumbrada a este tipo de viajes tan largos. Mejor dicho, era la primera vez que hacía un viaje tan largo. Y aunque su cuarto era el sitio que más aborrecía del castillo, en cuanto que pasaba allí la mayor parte del tiempo encerrada en contra de su voluntad, en ese mismo instante necesitaba tumbarse un poco y echarse una siesta. Además, tenía que desempaquetar la mochila y ordenarlo todo, lo cual llevaría también algo de trabajo.

Durante el trayecto, llegaron a una especie de estanque donde había un grupo de jóvenes con uniforme, seguramente alumnos de la academia, que estaban usando palos de madera con hilos que arrojaban al agua y se quedaban a la espera. Elise, confundida, preguntó mientras pasaban por allí a su nueva amiga y delegada de clase.

-Perdona, Edelgard ¿Qué están haciendo esos chicos con esos palos en el agua? ¿Es algún tipo de juego en Valentia?-Sí, aunque pueda parecer incomprensible, Elise no sabe lo que es pescar ¿Cómo iba a saberlo si ha estado encerrada toda su vida en el castillo Krakenburg?-Oh, cuando haya guardado las cosas en mi nuevo cuarto y descansado un poco, me apetece probar ¿cómo se juega? ¿Cuáles son las reglas? ¡Si hay tanta gente seguro que es diver…! ¡Oh, mira! ¡¡GATITOS!!

Y Elise se puso a saltar de la emoción al ver a un grupo de gatitos cerca del agua, atraídos por el olor a pescado. Sin pensarlo ni un segundo, salió corriendo hacia ellos con clara intención de abrazar al primero que pudiera. Pero los felinos, ante la visión de la princesa avanzando hacia ellos con los brazos extendidos y los ojos brillantes, debieron pensar que estaban ante un temible depredador, por lo que acabaron huyendo cada uno por un rincón distinto del monasterio. Elise se volvió a Edelgard con cara triste y deprimida.

-Los he asustado… Lo siento… No me pude contener, hacía tanto tiempo que no veía un gatito que me he emocionado. Se ven tan bonitos y tiernos…-la muestra de culpa y depresión solo duró unos instantes, puesto que enseguida volvió a mostrar un rostro alegre ante la delegada.-¡Este sitio es increíble! ¡Es tan grande y abierto y espacioso y muy muy grande! Espera… ¿Es eso un invernadero? ¡¿Hay flores dentro?!-preguntó señalando un recinto de cristal justo al lado del estanque de pesca.-¡¡Me encantan las flores!! Si quieres, un día te hago una corona de flores a modo de regalo por haberme ayudado. Oh, pero primero la habitación, cierto…-incluso la propia Elise se daba cuenta de que sus actos suponían un retraso para la pobre delegada que la guiaba hasta su habitación. Volvió a seguir los pasos de Edelgard, pero no pudo contenerse a la hora de hacer una pregunta más.-Este lugar es realmente maravilloso. Completamente distinto del castillo de donde vengo. Solo una preguntita más… ¿Hay algún parque con columpios aquí?-si la respuesta llega a ser afirmativa, Elise sentiría que había alcanzado el paraíso prometido por Anankos.
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