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[Social] Brisa de otoño [Priv. Leila]

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Mensaje por Byleth el Miér Sep 11, 2019 7:58 am

La vida en el monasterio le resultaba fácil y cómoda. Jamás hubiese pensado que instruir a los jóvenes fuese tan gratificante y le llenaba de orgullo ver sus progresos y comprobar cómo iban creciendo poco a poco en el arte de la batalla y la política. Eran las nuevas generaciones, el futuro estaba en ellos. No bastaba con expulsar emergidos, como si fuesen una tediosa plaga, sino también en mantener sus territorios, la política en los mismos y ser capaz de tomar decisiones que contribuyesen a un futuro mejor, teniendo en cuenta la situación de los aldeanos.

No sólo estaban sus alumnos, también mantenía un trato cordial con el resto de los profesores y caballeros al servicio de Garreg Mach. Si bien no era tan elocuente como con sus alumnos, de vez en cuando se permitía sonreír y disfrutar de una breve conversación. Por otro lado, la presencia de la Arzobispa le mantenía tranquilo, a pesar de que su padre le había advertido de que no se fiase de ella y guardase las distancias. No sabía cómo explicarlo, pero se sentía como un niño ante la presencia de su madre; seguro y en su hogar, sentimientos que no creía recordar por parte de su propio padre.

Pese a lo bien que se sentía tras las paredes del monasterio, el impulso por investigar y reconocer el país del que formaba parte hacía que los días libres los invirtiese en excursiones por los alrededores de Valm. No se alejaba demasiado, a petición de su señora la Arzobispa, pero a veces se aventuraba a dormir fuera y así conocer más cosas del pueblo llano. Al fin de cuentas, ese tipo de vida era la suya, no la de vivir entre algodones.

Ese día, había partido de Garreg Mach de madrugada. El cielo estaba aún en una tonalidad grisácea y tuvo que valerse de un candil de aceite para poder avanzar por el camino sin salirse de éste. Cruzó el puente de piedra que marcaba la frontera del monasterio con el resto del país y siguió todo recto, en busca de ruinas o terrenos olvidados por la gente. Se sentía muy identificado con esas estructuras en cierto modo. Cuando salió el sol, guardó el candil y dentro de poco tuvo que quitarse el abrigo y llevarlo sobre un hombro. Alzó la mirada hacia el cielo, ahora de un color azul y una agradable brisa revolvió su cabello. El verano estaba próximo a extinguirse y ya se notaban los primeros redaños del otoño, aunque el clima seguía siendo cálido.

Había caminado bastante, a pie y ahora con el sol mañanero no tardó en apetecerle una bebida fresca. Hacer una pequeña pausa en el camino siempre era una opción. Buscó por los alrededores un lugar que no estuviese demasiado en ruinas, pues aunque le gustaba el ambiente, no era idiota y sabía que esos sitios estaban plagados de timadores. Encontró una taberna restaurada, parecía tener cierto ambiente y eso solía indicar que era un lugar de fiar. Entró en silencio, saludó con la mano y fue a hacerse un hueco en la barra, antes de pedir un bebida. Era temprano, pero el ambiente estaba animado.
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Mensaje por Leila el Miér Sep 11, 2019 11:22 pm

Las ruinas de Valm se marcaban con autoridad, a pesar de ser eso -ruinas-, demostraban la importancia que había tenido aquel imperio en su época. Aquellas ruinas, tan bastas, que desprendían un aura de serenidad y quietud debido al casi inexistente número de personas que habitaban la zona, eran en realidad todo lo contrario. Era una zona plagada de emergidos, y muy peligrosa. No sólo por la presencia de dichas criaturas, pero también por el importante número de ladrones, asesinos y otros delincuentes que deambulaban por la zona. Los paisajes eran catastróficos, mostrando casi siempre los vestigios abandonados de aquel grandísimo imperio, ahora devorado por el barro y las hierbas secas. Los caminos estaban plagados de malas hierbas, por arbustos y plantas invasivas, dicho escenario estaba por lo general cubierto de cierta bruma.

Al menos así se veía la escena cuándo llegó. Se había apegado a un grupo de mercenarios, quienes habían decidido dirigirse a este lugar tan lejano que era el viejo imperio de Valm. Al ser extranjera y recién llegada en el continente de Valentia, no conocía del todo el peligro de esta zona. Unos pocos meses no eran suficiente como para conocer absolutamente todo sobre un continente entero, ¿o sí? El caso era que la joven se había embarcado en un grupo de dudosas intenciones. Se había unido a ellos, convencida por lo insistentes que habían sido, decían que necesitaban un arquero en el grupo. Sumándole su convicción personal, quería viajar y la única forma de hacerlo era uniéndose a grupos de este tipo, ya que no tenía dinero suficiente para ir en solitario. Estaba acostumbrada a ello, claro está, el problema estaba en que, cada que pasaba el tiempo, se daba cuenta de pequeños detalles en sus compañeros que la dejaban cada vez más inquieta. No tardó en darse cuenta de que el supuesto grupo de mercenarios se trataba en realidad de un grupo de saqueadores.

Dichas circunstancias la llevaron a separarse por completo del grupo. Sabía que la maniobra sería bastante peligrosa, se jugaba el pescuezo, pero prefería alejarse a tiempo, antes de estar en posible ‘deuda’ con ellos por equis circunstancia. Decidió entonces, dos días antes, que se quedaría despierta la noche de su fuga, y se marcharía cuidadosamente del campamento (el grupo se había asentado en las ruinas de un viejo templo, a la intemperie de los peligros). Habían pasado cerca, los primeros días después de acomodarse en las ruinas del  pequeño templo, de unas cuantas casas amontonadas. Un pueblucho que, milagrosamente, seguía en pie -era de esperarse al estar a las afueras del corazón del imperio abandonado-. Tenían una posada, varias tiendas, y por supuesto, una taberna.  

La noche cayó con lentitud, cosa normal durante la estación de verano. Era el día en el que se daría de fuga. Se había retirado, como de costumbre, bastante temprano para ir a descansar. No había pegado ojo, hasta que dejó de oír ruido. Eran avanzadas horas de la madrugada, el viento soplaba en una tonalidad extraña, pero probablemente sólo fuse ella, exagerando los rasgos naturales de la noche, debido a su creciente ansiedad. Caminó lentamente, para salir de las ruinas. Se obligó a caminar sigilosamente hasta dejar atrás las ruinas del templo durante bastante tiempo, sólo para asegurarse de no hacer ruido.
Cuándo estuvo lo suficientemente lejos, echó a correr. En ese momento, todo su cuerpo parecía, a su criterio, hacer un escándalo tremendo. Su bolsa con sus pertenencias chocaba de vez en cuando, por sus movimientos bruscos. Las flechas titilaban en el carcaj que estaba en su costado izquierdo. El arco parecía vivo, y se movía de manera furiosa en su espalda. Finalmente, sus botas le parecían provocar toda una sinfonía de sonidos húmedos cuando aterrizaban en el barro después de cada zancada que daba.

Había corrido durante unas horas, y a su suerte, su memoria no le había fallado. Había acertado, el pueblo no estaba del todo lejos de dónde el grupo se había asentado, pero lo suficientemente apartado para que no la fuesen a buscar ahí enseguida. Tendría tiempo de esperar un día antes de darse a la fuga ‘oficialmente’ y salir de esa zona. Aunque, realmente, no le era de utilidad al grupo, y su presencia no se vería extrañada del todo. Paró de correr cuándo avistó una primera luz, tenue, apagada. Era la luz de una vela en lo que ella suponía era la posada. Le costaba respirar, y no sentía del todo las piernas. Estaba cubierta de lodo hasta las rodillas, y tenía una que otra salpicadura en la mejilla y nariz. Tenía el pelo completamente desacomodado, y la frente perlada por gotas de sudor.

Agarró la pequeña bolsita de monedas de oro que tenía en el costado derecho, y se siguió adentrando entre las casas, en busca de la taberna. Se merecía un trago, y que mejor compañía para beber que ella misma. ¡Sobre todo después de tal maratón! Entró por la puerta de la taberna, eran avanzadas horas de la noche, y el sol no tardaría en salir. Pero a pesar de eso, el lugar estaba repleto, y el ambiente era agradable. Al entrar, se notó el desmadre que era su persona, se le enrojecieron las mejillas -más de lo que ya estaban- al provocar la carcajada de ciertos clientes. Tantas miradas sobre ella la incomodaron, y perdió la postura imponente que había adoptado al abrir la puerta con tanta fuerza como lo había hecho. Avanzó lentamente, y de manera un poco torpe, hacia la barra. En dónde se sentó y pidió una primera jarra de cerveza. Le costó pedir la orden, se enrojeció de nuevo, sentía que absolutamente todo el mundo la veía -lo cual no era cierto, simplemente producto de su ansiedad-. Tomó sin problema, acabando con la jarra de un solo golpe, tragando el líquido dorado con facilidad. Siguió así, pidiendo una segunda jarra.

Afuera, se podía ver que el sol había salido, alumbrando, despacio, el suelo de la taberna. La joven se había desplomado encima de la barra, medio dormitaba entre sorbo y sorbo. Por no haber comido nada y tomar tan rápidamente, la bebida le había subido a la cabeza. Estaba, más que todo, exhausta. Estaba jugando con dos detonantes peligrosos, estaba mezclando el alcohol con el cansancio. Si seguía así, estaría realmente en un estado vergonzoso.
Mantenía una mano sobre el agarre de la jarra -la tercera, que había dejado a la mitad-, la frente apoyada en la barra y el brazo colgando.  Abrió los ojos con dificultad, al oír un ruido un tanto irritante, a dos sillas de diferencia un joven había tomado asiento.

Se levantó suavemente, todo le empezaba a dar vueltas. Sobre su frente una evidente marca se mostraba por haberse quedado apoyada sobre la barra, se veía como un pequeño pero presente círculo rojo. El alcohol subía con voracidad. Había esbozado una leve sonrisa, se estiró con discreción, y se limpió la cara para quitarse los rastros de barro que quedaban. Se acomodó lentamente el pelo, con una lentitud que no era propia de ella. Se giró, penosamente, para ver a quién estaba cerca de ella. Era un joven que debía de tener, más o menos, su misma edad. Se podía deducir que tenía un cargo importante por la manera en la que estaba vestido. No pudo evitar sentir cierta admiración, le sorprendieron los rasgos finos y bien definidos del joven. Hasta se le habían enrojecido levemente las mejillas.
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Mensaje por Byleth el Vie Sep 13, 2019 6:12 am

Había pedido una infusión de menta y limón, una de sus bebidas favoritas si estaba lo suficientemente fría. El sabor amargo de la cerveza no terminaba de convencerle, aunque supuso que sería como el café. Una vez te acostumbrabas, era de las bebidas que más solían apetecer. No obstante, aquel no era el día ni el sitio de atreverse con la cerveza, ni con ninguna bebida alcohólica en general. No había mas que ver los efectos que causaban este tipo de brebajes en las personas, sobre todo en una chica que estaba recostada sobre la barra y que parecía estar manteniendo algún tipo de lucha interna.

El tiempo que tardó en sentarse y esperar a que el ocupado tabernero sirviese su pedido, la chica se había acercado. Reconocía bastante bien esos andares, su padre solía regresar de la cantina del monasterio con uno de sus colegas con ese ritmo extraño y prestó atención a sus movimientos, preocupado por si la joven tropezaba y perdía el equilibrio o chocaba contra alguien también con el tono subido y desencadenase la típica pelea de taberna.

Con disimulo, empujó uno de los taburetes con el pie, hacia la chica, para hacerle más corto el camino si es que era su intención sentarse a su lado. Cuando estuvo bastante cerca, miró fijamente su rostro, sin expresar ninguna emoción. La marca rojiza que tenía en la frente le resultó entrañable, pero le preocupaba más su estado. No que hubiese bebido unas cervezas de más, sino esa especie de fatiga que parecía padecer. ¿Tendría fiebre? Cuando llegó, la joven ya estaba en la taberna así que desconocía si había entrado así a la taberna o era también uno de los efectos de la cerveza.

¿Te encuentras bien? —preguntó finalmente, en un tono que aunque no era serio ni severo, parecía demasiado directo. El tabernero finalmente le sirvió su bebida y Byleth aprovechó que estaba cerca para pedir también un vaso de agua, el cual le sirvió de inmediato al tener a mano el cubo. Sacó su pañuelo, una tela de seda como el símbolo de la Santa Seiros bordado en una de las esquinas y empapó una parte con el agua. Sin preguntar, sostuvo el mentón de la chica con la mano izquierda, con firmeza pero a la vez siendo delicado para no asustarla ni dañarla, mientras su diestra pasaba suavemente el pañuelo por el rostro, retirando el último rastro de barro.

Disculpa si he sido un poco invasivo — comentó apartándose un poco y tendiendo el pañuelo por si quería recogerlo. — Me estaba poniendo nervioso ver el rostro de una bella dama manchado por el barro — esta vez dibujó una pequeña sonrisa. Apenas sus labios se curvaron. — ¿Una noche movida? — se giró para coger su vaso y tomar algo de la bebida, antes de que se calentase. — Yo soy Byleth, ¿con quién tengo el placer de hablar?
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Mensaje por Leila el Sáb Sep 14, 2019 2:43 am

Se sentía que el día avanzaba lentamente, y que se ponía progresivamente más cálido. El ambiente era invadido por cierta humedad, lo que provocaba que se sintiera todavía más cansada. Era entendible, no haber dormido casi nada los últimos días por miedo, y sumándole además la noche en vela, su estómago vacío y el alcohol que había consumido de más. No estaba en la mejor de las condiciones.

Alrededor, parecía que la gente se movía y abandonaba la taberna para dejar pasar otro tipo de clientela. El ambiente mutaba, y se convertía en un lugar más familiar y tranquilo, nada que ver con el ambiente al que se adentró horas antes. Varios de los empleados dejaron la taberna y fueron reemplazados por otros, seguramente un cambio de turno.
Sobre su rostro, grandes ojeras se veían marcadas, y su pelo enmarañado terminaba de darle este aspecto de completa dejadez. Además que sus botas estaban llenas de barro, el cual se había secado. Parpadeaba con lentitud, en general se movía de manera calmada. Esforzándose por no hacer movimientos bruscos, trataba tal vez de más.
Se había sentado junto al joven, este había percibido su estado. Parecía que el joven entablaría conversación, pero su respuesta fue seguir perdida en sus pensamientos, aún abrumada por la creciente admiración por el individuo que se encontraba ahora más cerca suyo.

-¿Te encuentras bien? -El joven procedió entonces a acercarse todavía más. A incluso limpiarle los rastros de salpicaduras de barro que ella no había logrado quitar. Con una delicadeza que no era, generalmente, propia de un joven de su edad -debido a los estigmas sociales, que dictaban que un hombre debía mantenerse hombre a toda costa-, pero lo hacía con una precisión de lo más peculiar. La reacción de la pelinegra fue, no muy sorprendente, enrojecerse bastante. Independientemente de su estado, nadie se había acercado a ella de esa manera en bastante tiempo. Tragó saliva, y acto seguido, colocó su mano sobre la mejilla que el muchacho había limpiado tan minuciosamente instantes atrás. Dejó salir una sonrisa de borracho, cuestión que resultaba ser bastante cómico. El joven había parecido acomodarse.

-Disculpa si he sido un poco invasivo. Me estaba poniendo nervioso ver el rostro de una bella dama manchado por el barro. -No lograba percibir si este último comentario estaba lleno de ironía o no, al considerar su estado casi precario. Al estar bajo la influencia, hizo caso omiso y siguió viviendo en su fantasía. Soltó un pequeño refunfuño, aún con la mano sobre la mejilla, y poniéndose progresivamente un poquito más roja. Era casi seguro que el barro de sus botas que se secaba  poco a poco, empezaba a desprender su olor tan característico.

-¿Una noche movida? -Analizó sus movimientos, y la manera tan ligera con la que había tomado el vaso que había pedido. ¿Qué tomaba el joven? Esa duda despertó en ella, y provocó un cambio en sus rasgos faciales. La sonrisa dejada que tenía dibujada, pasó a ser más bien una mueca que demostraba su duda, mientras veía como el joven tragaba y volvía a poner el vaso sobre la barra. Después de unos instantes de estar, de nuevo, en otro lugar, asintió con la cabeza frenéticamente para responder a la pregunta.

-Yo soy Byleth, ¿con quién tengo el placer de hablar? -Dejó escapar una risita, mientras a la vez se acomodaba en su silla y abandonaba la postura levemente encorvada que tenía antes. Cruzó las piernas, agarró un mechón de pelo y empezó a juguetear con este.

-Leila… -Había pronunciado su nombre de manera no articulada, y muy lenta. Actitudes propias del borracho. Siguió observando al joven, y su nombre resonaba en ella. Aquel encuentro había sido realmente particular, pero el joven se mostraba amigable, esto le provocaba cierta emoción. Soltó una pequeña risita, y alejó la mirada mientras sonreía. El alcohol seguía calentándole el pecho, pero no cómo antes.
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Mensaje por Byleth el Lun Sep 16, 2019 6:18 am

No sabía con certeza si los movimientos de la chica eran naturales o se debía a su estado y por eso mismo, no iba a juzgarla. Esperó su respuesta con paciencia, mirando fijamente su rostro hasta que la joven movió los labios para presentarse. Su cabeza tuvo que hilar las sílabas que la muchacha había arrastrado en esa jerga tan característica de los borrachos. —¿Leila?— preguntó para asegurarse de que la había entendido. Escuchó su risa y volvió a sonreír, admitiendo que la situación se le hacía cómica.

Una muchacha cubierta de barro en una taberna perdida de la mano de la Diosa, con unas cervezas de más, era sin duda mucho más agradable que un señor lanzando improperios y buscando gresca con cualquiera con el que cruzase su mirada. Podía incluso decir que era adorable, aunque no era muy prudente estar sola, en ese estado. La gente podía ser mucho más cruel que las bestias que merodeaban en el exterior o los propios emergidos.

Volvió la atención a la barra, sin saber qué más podía aportarle a Leila. No era alguien muy dado a la conversación y aunque lo fuese, dudaba que la chica pudiese hacer una frase compuesta en ese estado. Se fijó en el vaso de agua y lo movió por la barra, en dirección a Leila, con un movimiento de su diestra. Los nudillos tocaron el frío cristal. El agua aún estaba fresca, sería un lástima desaprovecharla. — Seguramente te entre sed después, yo aprovecharía para beber — comentó, volviendo a mirar a la chica.

Estaba pasando por alto su sonrojo, pues lo relacionaba con su borrachera, pero le costaba ignorar sus botas llenas de barro. ¿Estaría huyendo de alguien? No tenía pinta de ser una ladrona, aunque las apariencias y más en esa situación, nunca le servían de guía. —Leila — la llamó en un tono firme, pero lejos de ser severo—. Si me permites la pregunta, ¿por qué tienes las botas llenas de barro? ¿Alguien te quería hacer daño?

No era raro encontrar bandas de asaltadores en esas tierras. Las ruinas era el cebo perfecto para los curiosos y era raro que un erudito o un académico estuviese versado en las artes del combate. Era dinero fácil, una presa suculento para la más baja de las calañas. Aunque, si la joven había logrado llegar a esa taberna y no llamar la atención en ese estado, podía decir que sabía apañárselas bien. Tampoco parecía de Valm, aunque no vio oportuno preguntar pues él mismo, pese haber nacido allí, no se sentía parte de esas tierras.
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Mensaje por Leila el Miér Sep 18, 2019 7:54 pm

Se había apoyado en la barra con los codos, y con sus manos sostenía su rostro. El muchacho había vuelto a pronunciar su nombre para ‘confirmar’, a lo cual volvió a asentir. Su pecho seguía ardiendo, y sentía como su estómago se achicaba, rugiendo por el hambre voraz que había estado ignorando las últimas horas. Cerró los ojos con fuerza, tratando de disimular el sonido que emitieron sus tripas. Estaba agotada.

-Seguramente te entre sed después, yo aprovecharía para beber. -Volvió la cabeza para mirar al joven, este acercó el vaso de agua a ella. Con una mueca, acercó con lentitud la mano para alcanzar el vaso. En el fondo sabía que el joven tenía razón. Antes de tomar el vaso, dejó ir un largo bostezo. Acto seguido, tomó un sorbo de agua.

-Leila, si me permites la pregunta, ¿por qué tienes las botas llenas de barro? ¿Alguien te quería hacer daño? -Volvió a dirigir la mirada hacia el joven. La angustia que había sentido unas horas atrás volvió a subirle por la garganta. ¿Debería contarle? La situación era particular, ella estaba borracha y acababa de conocer a aquel joven.

-Estaba huyendo. Por eso estoy llena de barro. -Muy tarde para pensar bien las palabras, empezó a contarle lo sucedido al muchacho. -Llegué a Valm hace unas semanas. Me uní a un grupo de… -Se interrumpió, no sabía cómo llamarlos. ¿Ladrones? -mercenarios... El caso es que ya no era interesante para mí seguir con ellos.

Hinchó el pecho, algo ofuscada. Le había mentido al joven. Estaba consciente de que no estaba bien, y que en realidad no tuvo que haberlo hecho, puesto que el muchacho se había comportado bien con ella. Y sobre todo, no se parecía en nada a las personas que había conocido hasta el momento en Valm. Era diferente, claro está. Más que todo, se había puesto en evidencia, ya que su mentira no tenía sentido. Si eran mercenarios, ¿por qué huir de ellos cuándo el interés ya no era el mismo que al inicio del viaje? Después de razonar unos instantes, decidió volver a hablar

-Eran ladrones, y bueno… -Volvió a interrumpirse, parecía apenada, volvió a adoptar algo de color. Tomó unos instantes para volver a beber algo de agua, antes de que un aparente momento de claridad la hiciese añadir -Soy consciente de que haber continuado mi viaje con ellos me hubiese podido traer una suma de dinero importante, pero… no es una acción noble, no soy así. No me sentía segura con ellos.

Era cierto lo que decía, tal vez haber seguido su viaje con aquella pandilla de delincuentes le hubiese traído más dinero del que había tenido hasta el momento, pero como lo había mencionado, no era el tipo de persona que le gustaban lucrarse arrebatándole las cosas a los demás. Creció en un ambiente en el que la escasez era presente de vez en cuando, y sabía que laspresas de los ladrones eran generalmente estos personajes, que viven en la escasez, ya que son mucho más vulnerables ¿Qué pensarían sus hermanos si se enteraban? -En el caso hipotético de haber seguido a los ladrones-. Los decepcionaría, y más importante aún, se sentiría profundamente culpable ¡Y cómo olvidar también la creciente incomodidad que había estado experimentando los últimos días! Parecía que sus ideas tomaban gradualmente más y más claridad. Se aclaró la garganta

-¿Tú cómo te llamas? -Le devolvió la pregunta, llena de curiosidad. -¿A qué te dedicas? -Finalmente, dejó salir la pregunta -con un tono un poco más bajo-, y esperaba con ansias la respuesta. Estaba convencida de que aquel joven tenía un cargo importante.
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Mensaje por Byleth el Mar Sep 24, 2019 7:27 am

La respuesta de Leila se acercó a sus deducciones. Por desgracia, en aquellas tierras era muy común encontrarse con bandidos en los caminos, los cuales se aprovechaban del caos y el miedo que provocaban los emergidos para asaltar a los viajeros. Byleth no recordaba los tiempos en que el Viejo Valm era seguro, sólo tenía recuerdos de batallas y más batallas, así como gente pidiendo auxilio. Siguió escuchando la historia de la joven, levantando una ceja con cierto esceptismo cuando mencionó al grupo de mercenarios. Guardó silencio cuando la chica terminó, esperando con una mirada seria que rozaba la severidad, por si la muchacha quería corregirse.

Estaba acostumbrado a ese tipo de mentiras, era el pan de cada día en el monasterio y la práctica le había enseñado que a veces un silencio bastaba para que el contrario confesase. Si se presionaba con preguntas o acusaciones, lo único que se conseguía era que la persona se pusiese más nerviosa e hiciese más grande la mentira. Su estrategia funcionó una vez más, Leila terminó confesado que su grupo de mercenarios no eran más que ladrones.

Rectificaste a tiempo — respondió, asintiendo con la cabeza—. En estos tiempos de guerra, es muy difícil dejar pasar un botín y anteponer el honor.

La gente noble le agradaba y aunque tampoco era nadie para juzgar los medios en los que la gente se ganaba el pan, admiraba a los que terminaban manteniendo su postura y no manchaban su orgullo. —Me alegro que hayas podido huir sana y salva. Hay demasiadas víctimas en los caminos de Valm, mejor tener jolgorio en las tabernas.

Volvió a coger el vaso con su bebida y se la acercó a los labios, con la intención de dar otro trago, pero en ese momento escuchó la pregunta de Leila y abrió los ojos con cierto asombro. —¿Aún no me he presentado? ¡Qué descortés por mi parte! Lo siento, señorita —dijo con cierto apuro y dejó el vaso sobre la barra para llevarse una mano al pecho y hacer una ligera reverencia con la cabeza —Soy Byleth, Bylteh Eisner. Estoy al servicio de Garreg Mach, soy profesor del monasterio.

Podría dar más detalles y especificar que era la mano derecha de la arzobispa, pero no le gustaba ponerse títulos importantes y tampoco quería llenar de información la cabeza de la chica. No por desconfianza, sino porque seguro que no le sentaba nada bien el escuchar una perorata de la Santa Seiros y la situación religiosa en Valm.

¿Puedo preguntarte de dónde vienes? — tenía cierta curiosidad, ya que sus recuerdos se limitaban a las ruinas de Valm y las paredes del monasterio. Le encantaría viajar a otros países, recorrer el mundo y conocer distintas personas. Pero su trabajo le impedía moverse poco más que el continente en el que estaba, así que sólo le queda preguntar a los viajeros sobre sus lugares de origen.
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Mensaje por Leila el Dom Sep 29, 2019 2:56 am

Una sonrisa se dibujó sobre su rostro. La respuesta del joven le había sentado bien, se sentía orgullosa de sí misma, incluso. Devolvió la mirada hacia el vaso que tenía entre las manos, perdiéndose entre la claridad del líquido. Aquella joya, aquel tesoro que tenía la habilidad de traer consigo la vida y la prosperidad. Y aparentemente optó por devolverle la vida a su cuerpo -que lo pedía a gritos-, ya que tomó el resto del agua del vaso de un golpe... Tres largos tragos bastaron.

Volvió a esbozar aquella sonrisa de borracha que había puesto antes, relajando los hombros y los músculos de la cara. El pequeño instante de serenidad e incomodidad no duraron mucho, su naturaleza inquieta empezó a manifestarse una vez más. ¿Qué le preocupaba? Simple y sencillamente, sus botas y su vestimenta. El pensar en limpiarles el barro le daba dolor de cabeza. Tendría que encontrar un río, adentrarse en un bosque para hacerlo. O en un pueblo, pagar por usar alguna de las tinas anchas de madera que se utilizaban para lavar las telas.

-¿Aún no me he presentado? ¡Qué descortés por mi parte! Lo siento, señorita. Soy Byleth, Bylteh Eisner. Estoy al servicio de Garreg Mach, soy profesor del monasterio. -Volvió para mirar al joven, sacudiendo levemente la cabeza. Se había perdido entre sus pensamientos y se había olvidado de su acompañante por unos instantes. El muchacho se llamaba Byleth. Estaba contenta, puesto que podría ponerle un nombre a aquel peculiar e interesante joven que se sentaba a su lado.

Volvió a invadirla aquel sentimiento de realización. Felicidad e incluso comodidad que había sentido unos minutos atrás. El joven era profesor. Saber que Byleth era profesor la dejaba con un número de preguntas mucho más alto. ¿A quién le daba clases? ¿Un monasterio? ¿Qué tipo de profesor era? Respiró hondo, realmente no estaba en el estado adecuado como para roerse la cabeza a preguntas que no podía responder sola, si de verdad quería saber las respuestas, tendría que preguntarle directamente.

-¿Puedo preguntarte de dónde vienes? -Byleth se le adelantó, antes de que pudiese bombardearlo con preguntas, había hecho su jugada. La pregunta era simple, pero un gran dilema se alzaba en su interior.

No había entablado conversación de este tipo con nadie desde hacía ya varios meses. Había partido de Alkaneia junto a su grupo habitual, llena de esperanza. Pero por diversas razones, había abandonado aquel grupo de compañeros. Desde que se había adentrado en Valentia, había cambiado de identidad, había incluso adoptado otro nombre para ciertas circunstancias. Cambiaba de identidad por la situación política del presente en el que tenían la dicha de existir. Ya le había dicho su nombre a Byleth, ¿por qué no decirle también de dónde venía?

-Vengo de Alkaneia, de Nohr. Vine a Valentia hace unos meses en barco.

Había hablado de manera rápida, con un tono de voz particular, incluso infantil. Sus ojos estaban llenos de emoción. Había dicho la verdad, de nuevo. Se sentía liberada, como si hubiese dejado atrás un gran peso. Aunque su yo sobria hubiese inventado algún otro disparate para evitarse las miradas de recelo, y sobre todo evitar el hecho de tener que dar explicaciones para todo, decir la verdad la hacía sentirse realizada, y se le llenaba el corazón con una sensación dulzona. Era probablemente el alcohol que seguía calentándole el pecho.

-Puedo preguntarte... ¿Qué tipo de profesor eres? -Se aclaró la voz con discreción. Volvió a dejarse llevar por la curiosidad, sin parar para reflexionar sobre las palabras empleadas. Nunca se había topado con un profesor, estaba convencida que aquella profesión debía de ser de lo más tediosa.
Leila
Leila
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- NOHR -

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Mensaje por Byleth el Mar Oct 01, 2019 1:38 pm

A pesar de su rostro carente de emoción, se pudo vislumbrar un pequeño brillo de curiosidad en su mirada. Hizo memoria de un mapa del mundo, tratando de ubicar el continente del que venía la chica y recordando que había leído algo acerca de Nohr en los libros de la biblioteca. Si mal no recordaba, era un reino con una potente fuerza militar. Había expandido sus dominios e invadido al país vecino, sometiendo a los príncipes que antes reinaban esas tierras. No pudo evitar hacer una analogía de esas tierras, totalmente desconocidas para él, y la situación en la que se encontraba Valm actualmente.

Eres toda una viajera— sonrió un poco y colocó la mano sobre la cabeza de la chica, dejando una ligera caricia. Tenía costumbre de hacer ese gesto cuando escuchaba algo que le gustaba o para confortar a la gente que simplemente buscaba desahogarse. Era un gesto simple, pero podía utilizarse para muchas cosas —. Lamento que te hayan recibido de esta manera en Valm.

Sin embargo, no le extrañaba. Todos querían ese pedazo de tierra que nadie había reclamado en los últimos años. La gente del Imperio, lo del reinado de Faerghus, la alianza... gente que provenía del propio país y por eso se hallaban con el derecho de reclamarlo. Los países colindantes también se habían puesto en marcha y eso hacía que la gente estuviese nerviosa. Valm llevaba demasiado tiempo en guerra, quién sea que se hiciese con el trono, ojalá que llevase al país a un remanso de paz.

Se había distraído con sus pensamientos, pero el escuchar de nuevo la voz de Leila le hizo regresar. —Militar —respondió conciso, pero su respuesta le sonó a él mismo demasiado seca, así que decidió dar algún detalle más. —Enseño a los jóvenes a defenderse y a prepararse para la guerra —volvió la cabeza y bebió el último trago de su bebida —. Muchos acusan al monasterio de estar creando un ejército de niños, pero yo no lo veo así. Valm es muy peligroso, la juventud necesita armas para defenderse. No soy el mejor guerrero del país, pero al menos me reconforta enseñarles mis estrategias.

Se quedó un rato en silencio, cayendo en un pequeño detalle. La gente acusaba al monasterio básicamente por la fuerte influencia de la Iglesia, más que el hecho de estar adiestrando a muchachos. ¿Sería así en todos los lugares? ¿habría escuelas donde se enseñasen ese tipo de cosas? Sabía que existía una universidad y una academia de magia, pero desconocía si había una institución que se hubiese creado específicamente para enseñar a luchar.

¿En Nohr también os enseñan a luchar? Tengo entendido que es un país muy fuerte.
Byleth
Byleth
Afiliación :
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Tactician

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Profesor en Garreg Mach

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Mensaje por Leila el Miér Oct 09, 2019 1:48 am

Byleth colocó su mano sobre su cabeza, a lo que reaccionó tomando -de nuevo- ese característico color rojo que generalmente poblaba sus mejillas.  Cuando el joven retiró su mano, la pelinegra aclaró la garganta, acomodando también una de sus mangas, para distraerse un poco, y tal vez también para retomar algo de seriedad.

Byleth respondió entonces a su pregunta. Sonrió, perdiéndose de nuevo entre sus pensamientos. Pensó en sus dos hermanos mayores, Piero y Reeve. Ambos habían recibido una formación militar. Se preguntó entonces cómo había sido aquello. Sabía que Piero se había formado para integrarse a las tropas de la fuerza militar, entonces lo más probable es que no recibiera dicha formación de parte de un profesor, sino de un general. Reeve había optado por el camino de los caballeros, ¿tal vez su formación había sido dada por alguien parecido a Byleth?

Fuese como fuese, admiraba la causa de Byleth. Era cierto que Valm era peligroso, era fácil deducirlo -porque incluso ella, una extranjera que llevaba en el territorio poco más de varios días, había notado la hostilidad del territorio-. Aunque no lograba entender el porqué de esto. No conocía la historia de aquel territorio, por lo que empezaron a formarse pequeñas disyuntivas en su interior.

-¿En Nohr también os enseñan a luchar? Tengo entendido que es un país muy fuerte. -La pregunta causó un pequeño eco en ella, al recordar, de nuevo, su país de origen y su distante familia. Asintió con lentitud.

-Es un país con líneas de ataque ofensivas… -Frunció el ceño levemente -Se dedican a eso, atacar. Forman a militares capaces. Correctos, aunque no muy empáticos… -Sonrió con cierta ironía.

Pensó en el posible destino de sus hermanos mayores. Piero había muerto, muy probablemente, durante el combate. La probabilidad de que un soldado saliera vivo era bastante baja, teniendo en cuenta la frecuencia con la que las operaciones ofensivas eran efectuadas- Aunque vivía en la mentira que se había construido desde siempre, en la que creía que su hermano aún seguía vivo por ahí. Reeve había podido tener un poco más de suerte, tal vez lo habían contratado para servir a algún noble, o alguna persona de rango. Tal vez un estratega. Aunque lo que a ella le gustaba pensar, era que habían contratado a su hermano para proteger la vida de algún niñato noble.

Pensó en si misma, y en su recorrido. Se había introducido en el mundo militar, pero indirectamente. No había recibido ninguna formación militar, a diferencia de sus hermanos. Y no dependía de nadie. Lo más importante era que seguía con vida, y había aprendido a sobrevivir. Tragó saliva, algo nerviosa.
Leila
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