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Mensaje por Sindri el Miér Ago 21, 2019 3:00 pm


El bermellón casi carmesí del vino acarició las paredes de la copa de cristal cuando Sindri la alzó para observar su contenido mejor.

No es que hubiera mucha luz en la zona circundante de su mesa, la penumbra hacía tanta compañía como un comensal más en esa mesa. De hecho, cuando contactó con los encargados de la Mesnée d’Hellequin pidió expresamente una mesa discreta y situada en la penumbra. La penumbra. Él sabía lo que pedía. Ellos también. Esas mesas eran universalmente conocidas como “mesas en las sombras”, lugares donde los nobles llegaban a acuerdos que no querían que nadie más pudiera escuchar. Las paredes tenían oídos en los palacios y, por lo tanto, algunos establecimientos de renombre ofrecían en sus entrañas un más que atractivo servicio: discreción. No se hacían preguntas. Se anunciaba cada entrada para que los nobles no tuvieran que cuchichear a correprisa e interrumpir lo que no debía serlo. Y, lo mejor de todo, aseguraban que absolutamente nadie en este mundo tendría conocimiento de los tratos que se desarrollaban ahí. El hecho que te sirvieran una deliciosa cena era algo completamente incidental, pero muy bien recibido e incluso el factor decisivo para algunos. “Lugares sombríos y de mal augurio”, los llamaban los nobles de brillante armadura blanca y que se jactaban de no tener absolutamente nada que ocultar. “Pequeños remansos de tranquilidad”, no decía nadie, especialmente no los aristócratas con tantos tejemanejes detrás de su espalda que casi se caían redondos por el peso. No todos los restaurantes frecuentados por los nobles ofrecían este servicio, claro, sólo aquellos con suficiente mano de obra como para asegurarse un anonimato total y completo.

Sindri se llevó la copa a la boca y tomó un trago de vino de Nohr. “El mejor vino de todo Nohr”, de acuerdo con el sumiller, “Procedente de los viñedos situados en las más altas cotas de las tierras de Macarath, donde la niebla evita que descienda la luz del sol durante todo el año”. Al parecer, la falta de luz y la sobreabundancia de humedad creaban una uva oscura como la noche, pero rechoncha y extremadamente jugosa. Una uva oscura creaba un vino espeso y pesado en el paladar, pero, extrañamente, no estaba dulce. Era un vino áspero y amargo, que a cada sorbo parecía detestarte y querer hacer lo necesario para dejarte la lengua rugosa, casi adormecida, y pidiendo algún trago de algo que no fuera esa bebida. Pero una vez lo tragabas, dejaba un sabor fresco y diáfano con toques terrosos y azucarados que creaban una experiencia maravillosa para el sentido del gusto. Algunos pretenciosos sabelotodos insistían que no, que primero de todo hay que oler el vino para crearse una imagen mental, o algo así. ¿Acaso se creían que era plato de buen gusto meter el hocico en la copa? El vino estaba para degustarlo, no para olerlo.

Tuvo que emplear toda su voluntad para no acabarse la copa de vino y, para evitar tentaciones, la volvió a dejar sobre la mesa lo más inofensivamente posible. Buscando algo que ocupara su mente un rato, el Hechicero comenzó a mirar en derredor con unos ojos brillantes y más que acostumbrados a la oscuridad. Los pocos candelabros que estaban esparcidos por la sala aventuraban figuras ondeantes más allá de la penumbra y dejaban implícito que aquí y ahora había más figuras de carne y hueso repartidas en esa sala. Figuras enmascaradas (oh, cuán misteriosas) que hablaban cuchicheando y llenaban de silbidos las tinieblas para aquellos que podían permitirse el lujo de escuchar más allá de los límites de su mesa. Él no requería de máscaras, le eran molestas, y, de hecho, su identidad fue lo que le permitió conseguir aquella mesa en aquel lugar. El Campeón de la Arena de Regna Ferox, las noticias se esparcían como la pólvora y Sindri no tuvo más que dar su nombre ante el recepcionista de tal premiado lugar para poder hacer una reserva en menos de media hora. ¿Qué era una comida para dos comparada con la publicidad que podía hacer del establecimiento? Una publicidad, obviamente, en cuchicheos y una vez hubiera abandonado la velada que tenía por delante. Sonrió plenamente consciente que no podía verle nadie: aquí y ahora se sentía un noble nuevamente, con cinco juegos de cubiertos delante, tres copas distintas y un séquito para servirle. No podría decir que había olvidado lo que era ser un noble, una vez experimentas lo que es la nobleza y la vida en la corte no lo olvidas jamás.

Su mesa también estaba en un lugar privilegiado en cuanto al arte y el buen gusto. La fría luz del candelabro revelaba un suelo de madera pulido y bien conservado donde reposaba una mesa de mediano tamaño, la típica que se pedía cuando sólo eran dos para comer. Sobre la mesa de ébano (Sindri lo había comprobado) reposaba un mantel blanco impoluto con un grabado de cenefas sinuosas de hilo de oro en sus bordes. Las paredes estaban oscurecidas en su mayoría por la distancia, pero un par de discretos candiles arrojaban la suficiente luz para que se viese sin problema alguno un enorme y elaboradísimo tapiz detrás del Hechicero. Incluso sin mucho ojo para el arte, uno podía identificar fácilmente un campo de batalla serpenteado con cipreses tras una cruenta batalla, con cuerpos sin vida esparcidos por doquier. En el centro del tapiz estaba la exquisita figura de una bella mujer en una armadura ornamentada montando un enorme corcel blanco salpicada por juguetones rayos de sol. La mujer parecía estar descendiendo grácilmente desde el cielo hacia el campo de batalla, con una lanza en su mano derecha y un escudo circular atado a su brazo izquierdo y, si te fijabas bien, podías ver cómo los cadáveres más cercanos parecían estar mirando hacia ella, expectantes. Un tapiz que podía ser considerado por algunos como macabro y morboso, pero nadie podía dudar del esfuerzo y de la maestría de aquellos que lo bordaron. Una muestra más de la exclusividad y del buen gusto del que hacía gala aquel restaurante tan selecto.

Aburrido por tener que esperar tanto, Sindri comprobó una vez más estar presentable en el prístino reflejo del plato de plata que tenía sobre la mesa. ¿Habría traído la mujer sus mejores galas tal y como había indicado en su carta? Seguramente no pasaría nada si no lo hacía, en un lugar tan oscuro nadie la podría juzgar, pero al menos esperaba que no viniera al restaurante embutida en su típica armadura. El Hechicero por su parte se había asegurado de vestir de manera adecuada a la sofisticación del lugar: llevaba una fina túnica de cachemir teñida de morado con detalles dorados en el cuello, en los hombros y las mangas, hechos sin duda alguna con hilo de oro. Llevaba también unos pantalones oscuros por debajo atados por encima de la túnica con un cinturón grueso y también muy decorado con cenefas que podía recordar a un tahalí, si Sindri se dignara a llevar ningún arma encima, claro. Remataban un par de resistentes y resistentes, pero estilosas, botas de cuero oscurecido y repujado, que ahora por ahora reposaban ocultas bajo la mesa. Por encima de sus hombros portaba un capuz totalmente negro y sin ningún tipo de decoración más allá de su buena factura, deslizado hacia atrás puesto que era de mala educación llevar cualquier prenda sobre la cabeza dentro de un establecimiento. Había abandonado el olor a lavanda para darse un buen baño con mirra y, por lo tanto, el almizcle dulzón lo acompañaba en aquella sala, un olor suave y bastante suntuoso que no se hacía pesado.

Finalmente, refulgía quedamente a la luz del fuego en su muñeca izquierda una pieza de oro pulido y de factura extrañamente simple para lo bien forjado que estaba. Varios medallones dorados decorados únicamente con un círculo perfecto unidos por una fina cadena sin ningún tipo de eslabones. Un premio especial por ser el campeón del Torneo de Regna Ferox y, de acuerdo con el coleccionista alteano que se lo entregó, un brazalete que la mismísima deidad Mila llevó en su momento. Un brazalete de una deidad en manos de mortales, menuda chanza... ¿Qué hacía un alteano con algo tan preciado para la gente de Valentia, exactamente? ¿Cómo habría llegado eso a sus manos? ¿Y cómo no lo había reclamado nadie de tal continente? A parte de por estar lleno de Emergidos, claro. Aunque, a decir verdad, se había encariñado lo suficiente con aquel circulito de oro como para llevarlo siempre encima a pesar de no llevar ningún otro tipo de joyas ni abalorios. Quizá era el valor sentimental de haberlo ganado tras varias luchas encarnizadas de las que guardaba magníficos recuerdos. O tal vez es que le resaltaba mucho los ojos. ¿Quién sabe?

Los encargados habían sido informados acerca del aspecto de la señorita con la que iba a compartir aquella cena, por lo que no tenía nada más que hacer salvo esperar que se dignara a aparecer. Podía tardar momentos. Minutos incluso. Así pues, podía tener una corta o larga espera por delante. Y, justamente por eso, levantó la copa y comenzó a apurar.

Todo –absolutamente todo– era infinitamente mejor con algo de vino.
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Mensaje por Hrist el Jue Ago 29, 2019 4:17 pm

‹‹Traiga sus mejores galas, es un lugar de festín y de postín››, decía la carta. ‹‹Desearía invitarla a una comida estrictamente de negocios››, ponía en la misiva. Si sólo es una comida de negocios porque quiere contratarla para algo ¿por qué narices tenía que ir vestida como la señorita que no era?

Hrist llevaba todo el camino dándole vueltas. ¿Sus mejores galas? Lo más ‹‹de vestir›› que tenía era la ropa de ir a los festivales (cuando los había): el vestido de color claro y azulado por encima de los tobillos, el corpiño bueno a juego, las medias oscuras y los botines. Y aún había necesitado ayuda para arreglarse, hacía mucho desde la última vez que fue a un Festival de la Cosecha de Otoño y ya ni se acordaba de cómo demonios funcionaba aquella condenada pieza de color azul oscuro:  

‹‹—Y este tal Sindri —le había preguntado papá hacía unas cuantas horas, mientras mamá la ayudaba ceñirse el corpiño bueno. El de mamá ya no le venía desde que había cumplido los dieciséis, así que había tenido que ahorrar para comprarse uno más grande, uno de su talla.—, ¿es ése al que acompañaste para robar libros a los emergidos que ocupaban su biblioteca helada en la otra punta del mundo?  

—Sí —A decir verdad, se había sentido aliviada por no tener que responder preguntas así sobre cierto muchacho delgado de cabellos negros y aficionado a quemar casas.

—¿El mismo que ha ganado el torneo de Regna Ferox? —papá había enarcado una ceja.

—Sí… contra el príncipe Pelleas.

—Oye, cielo —había preguntado mamá al oído—, ¿qué tal es el príncipe de Daein? Tú que lo has visto de cerca… ¿Es apuesto?

—Pueeees… —Hrist había notado un extraño rictus en los músculos de la cara— Bueno… es mono, sí. Tiene el cabello lila oscuro muy alborotado… —‹‹Y la mirada más esquiva que recuerdo hasta ahora››—  Y es más alto que yo.

—Lástima que no los haya más así por aquí, ¿eh? —la había compadecido mamá, estirando de los cordones.  
—En el ejército de Nohr los magos oscuros no se andan con tanta parafernalia —había intervenido el abuelo—. Adornitos, los justos. Palabrería la justa.

—Son los que van con esas viseras que casi les ocultan los ojos y esas mangas llenas de farolillos y moneditas doradas que hacen ‹‹trinqui trinqui››, ¿no? Parecen bailarines en vez de magos. —había comentado Hrist, que notaba el cosquilleo de los dedos de su madre trenzándole algunos mechones de cabello.

—Ésos son los enchufados de la Guardia Real. Los que pringan en las guerras como lo hice yo no van tan arreglados…
››

Así que, tres horas y pico después, allí estaba ella, caminando por las calles más refinadas de todo Windmire, rígida como una lanza de acero bajo su mejor capa de viaje con capucha (una de color azul oscuro) y con una fina capa de sombra de ojos azul en los párpados. Pasó junto a tres jóvenes chicas, todas ellas ataviadas en capas con armiño, vestidos de seda y con más pedrería encima que un cargamento de piratas de Durban. Incluso la forma de reír era distinta, ella nunca había soltado esas carcajadas tan… tan… soberbias. Menos mal que nadie reparaba en ella.

Había dejado a Logi en los establos de una taberna de la parte humilde, donde el abuelo se había reunido con unos viejos amigos. Por lo menos el wyvern estaría en compañía de conocidos y en un ambiente familiar. No como ella, que se dirigía a uno de esos extraños lugares de los que la gente modesta sólo oye hablar en rumores y canciones de bardos. Había oído decir a las malas lenguas que los ricos que comían allí usaban distintos tipos de cubiertos según el plato. Por Grima, esperaba que no fuese el caso. Un momento, cómo se llamaba el sitio… Mesonne… No, mesas… Urgh…

‹‹Mesnée d’Hellequin››. Sí, tenía que ser aquel el lugar.

—Los ricos y sus nombres extravagantes.

Se llevó la mano hacia el pelo sin darse cuenta. Con los dedos, notó el par de trencitas finas que le salían de cada lado y se le unían en la parte trasera para hacer una un poco más gruesa, que quedaba por encima del resto de la cabellera rubia. Mamá incluso le había enseñado un truco para rizarse un poco las puntas del pelo, para que no fuese todo tan lacio.

—Maldito Sindri —murmuró, casi inaudible— ¿Qué clase de ropa espera que lleve?

A lo mejor esperaba que se presentase disfrazada de bailarina. O peor todavía, de maga oscura.

Dio un paso al frente y entró en sitio donde la había citado. Tras cruzar el umbral de la puerta y notar que los ojos se le adaptaban a la penumbra del lugar se arrepintió de inmediato.

Aquello no era su hábitat natural. Hrist sabía moverse entre gente de los bajos fondos y entre campesinos. Incluso entre los guardaespaldas de los comerciantes más ricos. Pero entre esa gente tan… FINA, iba a destacar demasiado. Por favor, ¿es que no había infinidad de lugares más discretos e igual de válidos para una ‹‹reunión de negocios››? Hasta el olor de las bebidas que servían allí le decía que no eran de su mundo. La indumentaria de los que servían en las mesas, la mantelería, los cubiertos… la araña que colgaba del techo con velas coloridas y cristales colgando, el material del que estaba hecho todo… ¿Dónde se estaba metiendo? No, más bien ¿en qué se estaba metiendo?

Un joven bien vestido –trabajador del lugar, desde luego–, tan alto como ella, se le acercó a preguntar si podía ayudarla en algo. Hrist supo que no había vuelta atrás.

—Me ha citado aquí… —por favor, por favor, que no se notase que era una pueblerina extraviada en la capital— Sindri.

‹‹Que sea lo que el Eterno quiera››
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