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[Campaña de conquista] Something wicked this way comes. [Priv. Sindri, Hrist & Logi]

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Mensaje por Izaya Orihara el Lun Ago 19, 2019 4:04 pm

Hacía frío en la parte de proa, pero Izaya iba cómodo en su abrigo de estratega de Plegia, algo modificado para amoldarlo a sus gustos. A su alrededor la tripulación se hacía cargo de las velas y los aparejos en completo silencio, algo que el informante apenas había visto con anterioridad en viejos lobos de mar. Pero suponía que tenía sentido. Más allá de la niebla que les rodeada no se podía ver nada. Imperaba el sigilo si quería llegar vivos a tierra. Los pocos pasajeros que se atrevían a viajar hacia Begnion, la mayoría de ellos mercaderes, aguardaban escondidos de la humedad en el interior del navío, pero no Izaya. Él miraba a su alrededor con curiosidad, a veces incluso usando los binoculares que siempre guardaba en los bolsillos para poder ver quién hablaba con quién desde el castillo de popa al puesto de vigía; pero a poco más le llegaba la vista con el espesor blanco que les rodeaba. Habían tenido suerte de el tiempo fuera ese; tendrían menos posibilidades de encontrarse con un barco enemigo o evadirlo si se topaban con uno; sin embargo, el trayecto desde que habían zarpado había sido tranquilo. Demasiado, diría Izaya.

Bajo su abrigo también iba armado en caso de que una eventualidad sucediera. Hacía bastante tiempo que Izaya no pisaba Begnion; prácticamente desde que los emergidos regresaran al país con mucha más fuerza tras haber sido, al menos durante un corto tiempo, repelidos por las santas tropas de allí. Pero ahora era otra de las tantas regiones caídas, tan infestada de criaturas que los nobles y clérigos más inteligentes habían tomado hacía mucho todas sus pertenencias y riquezas y habían huido a Daein o más allá de Tellius. No había demasiada oportunidad de salvación en las naciones vecinas: entre los reinos subhumanos y los territorios tomados por armas emergidas, poco más podían hacer que huir como comadrejas llevándose con ellos su alijo. El mismo Izaya no habría tenido mucho interés en regresar después de lo sucedido la última vez: los soldados de Begnion se habían visto incapaces de defender las villas de los altos señores y, de un momento a otro, habían tenido que huir presurosos si no querían morir.

Izaya suspiró. Había tenido que dejar su bonita villa de señorito atrás. No es que le importara demasiado la propiedad, al fin y al cabo, por ese entonces aún tenía su casa de Ilia, la de Plegia y Lord Eliwood le había proporcionado tierras en el centro de Pherae, pero le había molestado la forma de evacuación. Ni siquiera siguiendo las rutas de contrabando había evitado el enorme gentío de nobles tratando de huir del país condenado. Por suerte, eso quería decir que nada más volver la cosa estaría más calmada. Habían pasado muchos meses desde entonces; y según la información que tenía del país, no muchos otros lugares aún seguían en pie tras el paso de los emergidos. Uno de ellos era, sin mucha sorpresa, el puerto secreto desde donde más subhumanos (y a veces humanos) se traficaban en el mundo. No pudo evitar soltar una carcajada sonora solo de pensarlo. Por supuesto que la zona más delictiva de Begnion iba a sobrevivir. Izaya no esperaba menos de las sanguijuelas y garrapatas que allí encontraría. Al frente, poco a poco entre la niebla, comenzó a aparecer el puerto de destino. Luces rojas sobre un fondo blanco.

Un par de metros más allá, varios marineros cuchichearon y le miraron con recelo al escuchar su inquietante y extraña risa. Parecieron dudar en si mandarle callar o no, pero el capitán, que no estaba muy lejos, había hecho oídos sordos. Fue de lo más interesante para Izaya ver en sus caras el proceso de aceptar que lo mejor sería no hacer nada. Les sonrió de vuelta e hizo un movimiento sobre sus labios como quién cierra con llave un cofre. Tonterías. Ni sus labios eran una cerradura ni tenía en las manos una llave invisible; pero esos hombres parecieron creerlo porque asintieron muy serios y volvieron a sus aparejos y cuerdas. Izaya tampoco les prestó mayor atención. Se giró al frente con una sonrisa de oreja a oreja y pensó en todo lo que tenía que hacer. Primero vender algunas cosas que llevaba con él por un módico precio (¿cuánto pagarían por una escama de manakete? ¿y por diez? Tendría que hacer ofertas si quería deshacerse por fin de material que no le era útil a él); después buscaría algún tipo de transporte que le llevase a Crimea o a Daein, el verdadero objetivo de su viaje. Tenía la mira puesta en los mercenarios que ahora poblaban esas regiones en las que uno se podía hacer de oro. Quizás un jinete wyvern sería la mejor opción y si era mono, mucho mejor.

De buen humor, Izaya descendió desde su puesto en las alturas poco antes de que colocaran la tabla para que bajaran a puerto sin problema. Si se permitía la observación, diría que las cosas habían mejorado mucho desde la última vez que estuvo allí, la cuestión era “para quién”. Los negocios que antes se hacían en la sombra ahora estaban expuestos para el gusto de todos. A Izaya le pareció algo zafio, pues prefería las cosas con un poco más de discreción y arte; pero no podía pedir clase a esos tipos. La fama de Begnion como país de clero y gente educada y adinerada no tenía lugar en un sitio como ese. Aun así podían verse compradores de esclavos con dinero escondidos bajo sus capas de color claro. Varios establecimientos gritaban sus espectáculos. Un hombre incluso incitó al informante a probar los placeres de su establecimiento de luces rojas. – Lamentablemente tengo prisa. Ya sabe, mercancía fresca –dijo antes de lanzarle un guiñó de ojo y dirigirle una sonrisa amistosa, como si fuera uno más.

El mercado negro no debía de estar muy lejos de allí si se dejaba llevar por el bullicio que le llevaba calles adentro.

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Mensaje por Hrist el Lun Ago 19, 2019 8:08 pm

La última vez que Hrist anduvo por las calles de Begnion fue para acabar trabajando para el Jefe Aran. Un encargo interesante: asaltar una mansión llena de emergidos para recuperar unos escritos. Y unos compañeros de misión aún más fascinantes: la adorable Mulitia… y cierto mago huraño con predilección por arrojar vasos al suelo. Allí había probado la cerveza del tabernero donde los dejó el Jefe. Ciertamente, no había estado mal. Después de eso, no había vuelto a ver nada de interés en el país.

Hasta aquel momento. Tras su paso por el torneo, Hrist había vuelto a vagar por el mundo en busca de lugares prometedores. Y Begnion era uno de ellos. Caído bajo la sombra de los emergidos, las ofertas para participar en campañas de liberación se anunciaban más alto que la comida en el mercado y que los rugidos de un wyvern. A sus oídos llegó que el príncipe Pelleas hacía campañas de conquista del país vecino. Y como muchos otros, había llegado allí a sueldo del hombre de la Esquiva Mirada y la Espesa Cabellera Ondulada.

Y por enésima vez, su actual cometido era patrullar las calles por si aparecían emergidos. Pero su obligación se limitaba a los emergidos. Los altercados con ladrones, traficantes y bandidos debía dejarlos a la guardia de la ciudad. Para más inri, la habían destinado al Puerto Sin Nombre, lo más parecido a los peligrosos callejones de las zonas más pobres de Windmire. Con la diferencia de que allí los delincuentes aún se molestaban en ocultarse de la guardia. Pero aquí…

—Parece mentira que esto sea parte de lo que queda del Begnion en que estuvimos hace tiempo, ¿eh, Logi?

El animal soltó un fuerte soplido. De sus fosas nasales salió un vaho blanquecino, y un súbito golpe de viento se lo llevó callejón adentro. Hrist se ajustó la capa de viaje, pero aun así le azotaba violentamente contra la silueta. Le había reforzado la parte de los hombros y la espalda con la piel de un oso que cometió el error de intentar encarase a Logi mientras salían de Regna Ferox en dirección a Ylisse. Los bajos de la capa se revolvieron una última vez antes de reposar sobre el hocico del wyvern. Hrist le apartó la capa del morro con cuidado y le rascó la garganta.

—Se acerca el invierno. —susurró.

O, en realidad, casi lo tenían encima. Cada vez hacía más frío, pero gracias a Anankos, aquello no iba a ser ni de lejos la locura de Ilia. Estaba reuniendo pieles para hacerle algo de abrigo también a Logi. Una vez lo hubiese acabado, podría ponérselo debajo de la silla de montar y del arnés cuando hiciese un frío extremo, y el animal tendría el esternón, el vientre y gran parte de la espalda menos expuestos al frío.

‹‹Expuesto al frío››. Le vino a la cabeza la imagen de un wyvern tumbado ante una lápida de cementerio, agitando la cola con desgana a medida que los copos de nieve le caían encima. Habían pasado muchos años desde aquello. ¿Haría Logi lo mismo cuando ella ya no estuviese? ¿La añoraría mucho? A lo mejor los wyverns se añoraban más a medida que se hacían mayores y pasaban de un jinete a otro…    

—Será mejor que sigamos. Vamos.

Aquel lugar la deprimía. Cogió las riendas del animal y siguió el camino, con las pisadas del animal ahogando el ruido de las suyas a lo largo de los adoquines de piedra del callejón. Hizo caso omiso al trafiqueo de esclavos, los intercambios de dudosa legalidad que tenían lugar a ras de pared… y a la lúgubre entradita con farolillos rojos. Del interior llegaban risitas, carcajadas y un extraño olor a perfume y humanidad. Hrist observó el cartel que daba nombre al local durante unos instantes, hasta que un hombrecillo al que le sacaba prácticamente una cabeza le insinuó que las chicas más hábiles de todo Begnion aliviarían su pesar en aquel local. En cuanto Hrist se giró y ordenó a Logi que dejase de gruñir al desconocido, el hombre no pudo reprimir una mueca de terror. Durante unos macabros segundos, Hrist se sorprendió al darse cuenta de que le parecía divertido el no estar segura de si aquella cara se debía a Logi… o a que ella era una mujer. Probablemente debía de ser lo segundo, puesto que en cuanto se recompuso, el hombre le aseguró que aquellas chicas sabían complacer a cualquiera. Se excusó tan amablemente como pudo diciendo que estaba de servicio y se alejó del local.

Durante las siguientes horas el tiempo pareció pasar con extrema lentitud. Por favor, no había suficiente oro en el mundo para pagar las patrullas por aquel lugar. Claro que seguramente a muchos guardias les pagaban algún extra de forma no oficial, y por supuesto no provendría de la Guardia de Begnion.

—¿Qué pasa, Logi?

El wyvern se había detenido en cuanto habían llegado a los astilleros. Olisqueó la brisa que el mar traía y gruñó, golpeando el suelo con la cola como si fuese un látigo. Se revolvió un par de veces en su sitio y volvió a gruñir, con la mirada fija en la lejanía del agua salada.

—Ya está, ya está —A la cuarta vez, Logi se calmó y se dejó acariciar el hocico. Hrist miró también hacia el mar, sin contraer un solo músculo del rostro—. Tengo un mal presentimiento.

Como si darse prisa en alejarse del olor a sal fuese a arreglarlo todo, Hrist tiró de Logi y volvió a meterse en los serpenteantes callejones. No acababa de entender de qué serviría patrullar las zonas más interiores de aquella parte de Begnion en busca de emergidos, pero le pagaban por hacerlo, no por cuestionar si tenía sentido o no. Si aparecían emergidos, el revuelo que provocarían los precedería con mucha antelación. ‹‹Pero supongo que también puede ser que conozcan las mismas entradas y pasadizos secretos que usan contrabandistas y traficantes››. Claro, claro. Al fin y al cabo, los emergidos habían demostrado no ser tan estúpidos.

—Oye, ese pelo…

Su cabeza giró mucho antes que sus pies reaccionaran y se detuviesen. Una llamativa pelambrera de color morado, que iba inclinándose hacia allí y hacia allá en un puesto donde un comerciante parecía explicarle algo, captó su atención. No estaba segura de qué mercancía se trataba… ¿Aquello eran báculos curativos?
Pero Logi ni siquiera necesitó que le ordenase parar. Él ya estaba olisqueando la curiosa silueta a distancia. No podía ser. ¿Realmente era… Sindri?

¿Sindri, el campeón del Lord of the Arena? No había podido verle tras el torneo, y no quería perder la oportunidad de felicitarle en persona si realmente era él.
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Mensaje por Sindri el Mar Ago 20, 2019 1:15 pm

Canaliza la magia a través del catalizador, recuerda establecer restricciones.

En una mano portaba un libro bastante decrépito y mal conservado. Amarillentas y polvorientas, cada página era una atrocidad y una afrenta a la buena conservación de cualquier tomo en este mundo. La portada había sido hecha de cuero sin cuidado y todo lo que quedaba eran jirones descoloridos que no aguantaban más que el toque más delicado. El muchacho estaba completamente seguro que si lo hubiera levantado con más fuerza de la pila donde estaba de cualquier manera, el amasijo de papeles hubiera implosionado en sí mismo y no hubiera quedado nada de valor. Pero para Sindri no fue difícil aplicar la experiencia de los años que pasó en la biblioteca para asegurarse que tal… abominación repleta de conocimiento y unida por el más barato de los cordeles seguía de una pieza. Incluso pasar sus páginas requería tal nivel de suavidad que tenía que entrecortar su ritmo de lectura. Casi no merecía el apelativo de “libro”. Era más papiros unidos en unidad de conjunto y por un mismo tema. Trabajo de amateurs. O, como comenzaba a sospechar el Hechicero, alguien sin mucho tiempo.

Imagina el resultado, trata de recrearlo en tu mente.

No había soltado todavía pila de hojas descoloridas sobre las que reposaba una letra de alguien que, claramente, valoraba más la eficiencia que la caligrafía legible. El mercader trataba de convencerle que aquello había sido escrito “por un gran mago de antaño”, pero la tinta y la manera como no había calado en el papel le indicaba que, como mucho, aquel escrito tenía un par de meses de antigüedad. Pero poco importaban las circunstancias circundantes siempre y cuando los diagramas de los que hacía gala la celulosa mal empleada tenían valor alguno y, en este caso, tal vez podía sacarles algo de utilidad. Dudoso conocimiento, pero era más del que disponía en aquellos momentos, y, dentro de lo que cabía, era un lugar bastante apropiado, aunque seguía sin tenerlas todas consigo. No era un lugar exactamente legal pero, a decir verdad, aquello lo hacía todavía mejor para él. Viendo que la mayoría de tiendas de báculos mágicos estaban asociadas con los Magos de Ánima y con los distintos cleros… ¿De dónde sino podría un Mago Arcano conseguir un objeto así? Aún más cuando el vendedor te ofrecía totalmente gratuito un…

Moldea el hechizo de curación y mantenlo activo, a diferencia de otros hechizos requiere tu atención.

El conjunto de información sobre magia curativa era todo un hallazgo. No es que fuera un vademécum que encontrara su lugar en las mayores bibliotecas del mundo, pero incluso el más mínimo atisbo de información sobre magia que no perteneciera a la rama de Ánima era algo a tener en cuenta. Cuánto más cuando estas enseñanzas solían estar guardadas a cal y canto por los Magos de Luz y algunos selectos Magos de Ánima, conocimiento que querían evitar que cayera en manos de los Magos Arcanos a todo precio. Era un conocimiento prohibido, pues. Y esa era la razón por la que Sindri, el charlatán con mucha suerte se encontraba en aquellos momentos ponderando si realmente adquirir tales objetos. No es que le llamase mucho la senda del curandero, no tenía mucho interés en curar a otros (¿Altruismo? ¡Bah!) y más cuando era bien conocido que no te podías curar a ti mismo con tales objetos, pero todo conocimiento era valioso para la Oscuridad. Y, además, había algo malévolamente dulce en ser partícipe de unas enseñanzas que la gente intentaba por todos los medios que no cayeran en tus oscuras y corruptas manos.

Pero una pregunta restaba en el aire preguntada por absolutamente nadie… ¿Qué hacía el hechicero en el lugar conocido como “El Puerto sin Nombre” un lugar tan lejos de su último paradero conocido? Era un secreto. Un secreto que se contaba en cada taberna una y otra vez incluso en un continente distinto, pero todo el mundo insistía que era un secreto, por lo que debía serlo. Al parecer, en cierto puerto sin nombre de un país arrasado por los Emergidos se había congregado diversas personas de dudosa moral y todavía más dudosas mercancías que habían decidido que, ante la inminente devastación lo mejor que podían hacer era negocios. Sin ningún tipo de ley ni orden. Sin ningún tipo de escrúpulos. Sin ningún tipo de control. Una oportunidad de conseguir todo tipo de mercancías excepcionalmente ilegales y que podrían hacerte acabar en la horca si las vendías en cualquier otro país. Y, claro, donde no hay ley, la Magia Arcana podía campar a sus anchas como la reina que verdaderamente era. No tenía tampoco nada mejor que hacer con su tiempo libre y, la verdad, la curiosidad de ver todo aquel conjunto de “mercancías ilegales” pudo con él tras una larga discusión con el espejo. ¿Qué importaba un viaje en barco o dos? Sindri ya se había acostumbrado a los navíos y no le suponían más inconveniente que tener que soportar la bazofia que servían como “comida de abordo”.

¿Y, exactamente, cómo han llegado estos objetos a su tienda? Sobretodo éstos… – preguntó inocuamente el hechicero al nada oficial tendedero mientras señalaba los libros y papiros desperdigados sin cuidado alguno. Sin embargo, el muchacho ya sabía que todos aquellos objetos mágicos provenían de un saqueo a alguna torre de magia despoblada a causa de los Emergidos. Y, lo mejor de todo, es que el vendedor sabía que lo sabía, por lo que tampoco tenía mucho que perder ocultando el origen de sus mercancías – En ese caso, creo que me llevaré estos documentos y, bueno, ese bastón de principiante de ahí. Quizá pronto me surja la oportunidad de practicar… – la rapidez del mercader en entregarle tales objetos a cambio de una bolsa de monedas delataba el poco éxito de su empresa. Pronto fue el nuevo propietario de las notas de un Sabio sobre el uso de bastones que de aquí a nada enriquecerían su investigación y de un robusto cayado de madera indeterminado coronado con una esfera roja y refulgente que, tras un pequeño estudio, había resultado ser verdaderamente un catalizador mágico de calidad suficiente. Había algo… curioso en llevar un bastón de tal tipo. Como si fuera adecuado para su imagen. Como si… le faltara hasta ahora.

Su tren de pensamiento se paró cuando advirtió que por la calle que venía había aparecido una mole marronuzca que hacía que la gente se dispersara, algunos inclusos tomados por el pánico. Un wyvern. ¿A quién se le ocurría pasear un wyvern por un lugar así? ¿Que no veía que si el animalito pasaba la gente tenía que apretarse contra las paredes? Menudo wyvern más marrón. Wyvern marrón. Marrón. Oye, tiene una cara bastante conocida, pero quizá es que todos los wyverns tienen la misma cara. Buscó con la mirada el dueño de tal animal que hacía que la gente casi se lanzara por las ventanas de las casas y, de pronto, encontró entendió por qué le sonaba tanto. Si la coraza acorazadamente acorazada no era la pista definitiva, aquella cabellera rubia trenzada indicaba sin ningún tipo de duda que estaba ante una conocida para él mercenaria de Nohr. Con una sonrisa radiante, acortó los pasos hasta ella y, de forma diestra, dio vueltas en su mano al cayado, que zumbaba a cada revolución juguetona, como si fuera un bastón de mera decoración.

Cuando estuvo ya cerca, lanzó con todas sus fuerzas el objeto mágico hacia el cielo y procedió a dedicarle una reverencia a la mujer que tenía justo delante de él. Y, ya que estaba, ¿Por qué no hacerla doble y dedicársela también al animal escamado? – Mercenaria Hrist de Nohr, dichosos los ojos que la ven. No supe nada de usted tras su combate en la Arena de Regna Ferox; espero que se haya recuperado de su combate con el Príncipe Pelleas de Daein. – Mamá Gravedad obró su magia y el bastón mágico de curación se precipitó contra el suelo a una velocidad bastante elevada, pero el Hechicero lo había previsto ya. Ni corto ni perezoso hizo gala de su entrenamiento como el equivalente temporal de una majorette y lo cazó al vuelo, para apuntar juguetonamente a la mujer y al wyvern con la joya del cetro – ¿Y qué les trae por un lugar como éste? Dudo que sea el jolgorio y el color de este puerto que, por no tener, ni nombre tiene. – asumió que, siendo mercenaria, o bien estaba en busca de trabajo o bien tenía algún tipo de encargo que desarrollar en aquella zona. Pero podría estar todo el día asumiendo sin acertar, por lo que se dedicó a esperar la contestación de la mujer.
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Mensaje por Izaya Orihara el Vie Sep 27, 2019 3:53 pm

Al final resultó que el mercado negro era el mercado normal. La última vez que había estado allí las cosas habían sido diferentes, pero en Begnion ya no quedaban mercaderes como los de antes. Se habían marchado corriendo a lugares más seguros con sus pieles, sus joyas y sus artículos de lujo. En su lugar habían quedado múltiples puestos centrales abandonados. La oportunidad había sido demasiado buena para no usarla a su favor, así que los comerciantes que antes trabajaban en las sombras habían salido a la luz de los faroles rojos. Ahora operaban de forma abierta, llamando a gritos a los interesados. Los espectáculos de doma de subhumanos eran muy populares, por lo que podía escuchar. Pero Izaya no era tan ingenuo como para meterse en un teatro cerrado cuando el país estaban tan infestado de emergidos. En cualquier momento podrían ser atacados, como bien lo habían sabido los marineros del barco. Pasó de largo de los que gritaban “¡El mejor espectáculo de bestias de todo Begnion! ¡Pasen y vean, señores y señoras!” y se internó en otra clase de callejuelas más tranquilas, aunque igual de pobladas que el resto.

Un par de manos trataron de colarse entre los pliegues de su abrigo de estratega, pero Izaya estaba atento a los ladronzuelos, niños que vivían en las callas. No esperaba menos de un puerto abandonado de la mano de la Fortuna y de un país consumido por la guerra, sus líderes desaparecidos, su ejército derrotado. Había muchos que sacaban provecho de la desgracia ajena, pero muchos otros habían terminado allí porque no había más lugares a los que huir. Daein quedaba demasiado lejos y, sin dinero, uno no podría salir de allí por mar o por aire. Los niños, como podía verse, eran los más afectados.

Con un giro de muñeca, Izaya agarró la mano que trataba de colarse en una de sus bolsas. Dentro no llevaba oro, pero sí las escamas que pretendía vender más tarde. Retorció el miembro hostil y se giró para enfrentar al pequeño rufián. Sonrió con una mueca afilada. El niño inhaló aire y trató de liberarse cuando los anillos del informante se le clavaron en la muñeca. Sin embargo, al mirarle a la cara a la luz de los faroles paró al instante.

-¿Zeñor Izaya? ¿Zeñor? ¿Ez uzted? –preguntó. Le faltaban los dientes de delante. Izaya tardó unos momentos en reconocerle, pero pronto recordó quién era. Uno de sus tantos pajaritos, niños perdidos que le susurraban lo que sucedía en un país. Él les enseñaba, les daba cobijo, comida y dinero; y después les lanzaba al mundo para que trabajasen para él recopilando información. Hacía meses que había dado la orden de evacuación para que toda su gente abandonase Begnion. A algunos les mandó a Daein, a otros a su nueva propiedad en Pherae. Lamentablemente, hubo aquellos que se perdieron en el camino y otros que ni siquiera estaba seguro de que recibieron sus misivas de aviso. El asunto con los emergidos había cortado algunas de sus vías de comunicación y había perjudicado en gran medida a su negocio. Canales que antes corrían como la seda ahora eran intercambios de correspondencia esporádicos y superfluos. También había perdido a mucha gente a su cargo, gente a la que había enseñado y alimentado y que trabaja para él, como ese niño. Al menos uno de ellos había vuelto a casa. El hijo pródigo.

–Criatura, ¿qué te ha pasado? Me tenías muy preocupado –dijo y le acarició el pelo mugriento de la cabeza. El niño moqueó un poco, a lo que Izaya le tendió un pañuelo que mojó en lágrimas mezcladas con suciedad. Le explicó lo que ya suponía: no había llegado a tiempo a los barcos que se marchaban del puerto, le habían robado el dinero que tenía en una paliza (ah, los dientes) y, desde entonces, había tratado de mandar cartas para avisar de su posición, pero los mensajeros nunca regresaban con una respuesta. –Puedo decirte, criaturita mía, que nunca he recibido ninguna carta tuya. Pero deja de llorar, no te voy a dejar aquí. Venga, venga, toma el pañuelo, quédatelo. Lávate un poco la cara. Así, mejor. Ahora, no puedes venir conmigo a donde voy, pero te voy a mandar a la nueva casa. La que me dio Lord Eliwood en Pherae. Están casi todos allí. Los de Plegia también, ahora tampoco es seguro vivir allí. Te va a encantar. Pero primero tengo que resolver unos asuntos aquí.

El niño asintió. Aún tenía las mejillas llenas de churretones, pero comenzaba a respirar mucho más tranquilo. Le informó que debía darse prisa, había escuchado que un guardia había dicho que un mercader había dicho que un vigía había visto emergidos en la zona este del puerto. Eso complicaba el asunto un poco, pero había formas de salir victorioso. –Muy bien. Trabajemos juntos de nuevo, ¿está bien? Toma estas monedas y trata de encontrarme a un jinete wyvern dispuesto a llevarme a Daein hoy mismo y de inmediato. Busca a alguno con aspecto de ser de Daein y que pueda hacer un buen trabajo por el precio que diga, eso no es un problema. Dale una moneda por las molestias y dile que estaré en esa tienda de pieles que puedes ver –Izaya señaló un comercio cercano con un cartel que anunciaba prendas de vestir y para el hogar– Las otras monedas son para el capitán del barco en que irás hacia Tellius. Le encontrarás en el muelle, aún deben de estar cargando de nuevo la bodega. Tiene un parche en el ojo izquierdo y el pelo blanco. Pregunta si tiene espacio para ti y dile que vas de mi parte.

En cualquier otro puerto del mundo los barcos atracarían y se quedarían un tiempo en la ciudad, pero el peligro de los emergidos les hacía ser mucho más cautelosos allí. Izaya no dudaba en que partirían lo más pronto posible. La duda era si tendrían espacio para un grumete más. Por suerte, siempre hacían falta y no consumían mucho espacio y comida, por lo que el informante confiaba en que le hicieran un hueco abordo sin que él tuviera que presentarse y pedirlo en persona. Las monedas de oro no le alcanzarían para que le dejaran entrar, eso lo sabía bien (y era una forma de controlar que no se marchara con su oro sin encontrarle un jinete wyvern antes), pero el capitán ya le conocía y sabía que Izaya no escatimaba en gastos. Le pediría más oro del que el niño valía, pero Izaya prefería pagar por un trabajador ya formado y que le conocía que entrenar de nuevo a uno desde cero. El niño asintió a todas sus órdenes e Izaya le sonrió, contento al notar esa expresión que tanto adoraba ver en sus pequeños pajaritos.

–Ahora vuela, criaturita mía. Estaré esperando. Tráeme noticias cuando termines todo –se despidió. Mandó al niño con un gesto de la mano a explorar las calles del puerto sin nombre. Él, por su parte, entró en la tienda mencionada con rapidez, dispuesto a armar un trato lo más rápido posible para salir de ese país antes de que los emergidos lo destruyeran del todo.
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Mensaje por Hrist el Jue Nov 21, 2019 4:42 pm

—¡Sindri!

Cómo no, tenía que ser él. Sólo había visto a una persona con aquel peinado y aquella sonrisa perenne. Y sólo había una persona capaz de montar una escenita cómica en medio de la calle porque sí. ¿Qué se le habría perdido en un país caído bajo la fuerza de los emergidos? Difícilmente serían las bibliotecas. Pero tenía que admitir que en los tenderetes de aquella zona de tan mala reputación había mercancía interesante y difícil de encontrar en los comercios legales.

—Dichosos los ojos que lo ven a usted, Lord of the Arena —dijo con una sonrisa en los labios—.

Se abrió paso entre la gente –la poca que parecía no oír las pisadas de un wyvern y al ‹‹Disculpen, ¿nos dejan pasar, por favor?››–, echando una mirada fugaz al bastón. Allí estaba el pobre artilugio, ascendiendo en el aire, preguntándose seguramente cómo había ido a parar allí y sobre qué cabeza caería. Sujetó las riendas de Logi. El animal seguía la trayectoria del objeto con la atención propia de quién se dispone a cazarlo al vuelo… y probablemente partirlo en dos al apretar demasiado con la mandíbula.

—¡Enhorabuena! ¡Fue un enfrentamiento espectacular! Que conste que no me lo perdí… Ah… —Faltaría más, tenía que recordárselo. Era algo que la iba a perseguir hasta el fin de sus días, estaba segura de ello— ¿Eso es que vio el combate? —Se le hizo un rictus en los labios a medida que le ardían las mejillas—  Sí… Ya ha pasado tiempo y me he recuperado. Pasé dos buenas semanas que apenas podía levantarme de la cama, pero pude asistir a la final para verles.  

Tenía la vaga esperanza de que nadie conocido hubiese presenciado aquel desastre de enfrentamiento en el que no tuvo la más mínima posibilidad. Pero supuso que era pedir demasiado. O que El Eterno se aburría y estaba desenterrando momentos incómodos que intentan caer en el olvido porque, obviamente, no iba a permitirlo.

—Oh, un bastón de curación. ¿Sabe usarlos? —preguntó distraída, la mirada fija en el objeto. Logi olisqueó a Sindri y su báculo volador— Pues… No, no es el jolgorio. Trabajo —Se encogió de hombros, sonriendo a modo de disculpa—. En los países caídos en la guerra contra los emergidos abundan las campañas de liberación, o de conquista si se trata de un reino vecino, o incluso contratar apoyo para el ejército o la guardia en las calles —echó una mirada rápida a los alrededores.

Pararse a hablar no significaba bajar la guardia. Una ráfaga de aire vino desde los serpenteantes callejones que llevaban a los muelles. Notó las riendas de Logi tensarse cuando éste giró la cabeza y empezó a gruñir por lo bajo. ‹‹¿Qué diantres le pasa? No parece que haya altercados en el muelle…››. Sólo alcanzaba a ver transeúntes y más transeúntes, algún crío correteando entre la muchedumbre y un par de gatos observando el tendido desde lo alto de un tenderete.

Le dio unas palmaditas afectuosas en el cuello. El wyvern se calmó y volvió a fijar sus ojos amarillos en Sindri y su bastón.  

—Me han encargado patrullar esta zona de Begnion —aclaró, aún acariciando el robusto cuello del animal—. Debo ocuparme sólo de los emergidos. Las escaramuzas entre delincuentes o civiles siguen siendo tarea de la guardia —Se ajustó la capa de nuevo— ¿Y a usted? ¿Qué le trae por aquí?
Hrist
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Afiliación :
- NOHR -

Clase :
Wyvern Master

Cargo :
Mercenaria

Inventario :
Vulnerary [3]
Hacha larga de acero [4]
Vulnerary [2]
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