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Mensaje por Chrom el Miér Jul 31, 2019 6:08 pm

El corazón había empezado a latirle algo más rápido de lo normal cuando hubo divisado a lo lejos la costa del continente de Valentia, hacía ya unos cuantos minutos atrás. Suponía que incluso Naga deseaba que llegasen rápido a puerto y así poder reunirse finalmente con la monarca de Sindhu, con quien tenía más de una tarea pendiente. A pesar de todas y cada una de las preocupaciones que se agolpaban en su cabeza no podía evitar emocionarse con todas las posibilidades que pronto tendría ante sus manos. Lanzó una mirada hacia la pequeña escalera que llevaba hasta los aposentos que había ocupado temporalmente en aquel barco mercante, esbozando una pequeña sonrisa al recordar qué se encontraba allí, a buen recaudo: la Falchion.

Debido a la premura con la que habían tenido que partir, el único barco disponible se trataba de aquel mercante que cubría el trayecto Ylisse-Sindhu, intercambiando bienes entre ambos reinos. Formaba parte del acuerdo que habían firmado durante su primera estancia. Recordaba aquellos días como unos llenos de alegrías a pesar de la amenaza de los emergidos, pero cuando Ylisse se encontraba en paz y toda la familia se encontraba reunida. A diferencia de entonces, la situación de su reino había pasado por severos altibajos, recuperando la tranquilidad que le había sido arrebatada. Sin embargo, en lo referente a su familia todo había dado un giro de 180 grados. Emmeryn había desaparecido desde hacía unas semanas, sin dejar rastro. Se había lanzado a buscar a la mayor durante las primeras jornadas, pero no podía dejar desatendidos los asuntos de Estado, y contaba con los mejores hombres y mujeres cubriendo cada rincón del país en su búsqueda. Lucina había partido poco antes en auxilio de su estimado Virion, a tierras también de Valentia. Lissa también había decidido continuar sus pasos.

De una manera u otra, todo seguía siendo culpa de los emergidos. Las nefastas situaciones por las que todos pasaban, el devenir de su familia, de sus seres queridos y estimados. Si el viaje al antiguo imperio de Valm y la reunión de la sacerdotisa de Elibe conseguía acercar el final de los demonios de ojos carmesíes pararía absolutamente todo lo demás para lograrlo. Respiró hondo, pensando en todo cuanto debía realizar en apenas unos días que duraría su estancia en Valentia.

A lo lejos, la sombra de un barco de menor tamaño comenzó a cobrar forma. Parecía venir desde las tierras aún más al sur de donde se encontraban, bordeando la costa pero manteniendo siempre una distancia respecto a esta. Frunció el ceño por lo extraño del comportamiento. Un barco pesquero no navegaría tan rápido, pues espantaría los bancos de peces, y un buque mercante habría virado para dirigirse al puerto, en lugar de continuar su rumbo hacia el norte. Se dirigió a la proa, agudizando la vista todo lo posible. No ondeaba ningún estandarte a simple vista, y nadie parecía estar trabajando en la superficie. Sin embargo, sin motivo aparente realizó un nuevo giro, partiendo rumbo hacia hacia su posición, donde ellos se encontraban. ¿Acaso… serían bandidos buscando saquear embarcaciones? –¡Atención todo el mundo! Solo por si acaso buscad vuestras armas –Había aprendido que más valía prevenir que curar.
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Mensaje por Sissi el Jue Ago 01, 2019 8:43 am

Sissi jugó con el cordón que mantenía atada la lágrima de Naga alrededor de su cuello. Se había vuelto su posesión más preciada junto con su Dragonstone, y mantenía ambas a buen recaudo de los ojos de los demás, celosa y algo paranoica. Sus padres ya le habían avisado de la importancia de guardar su piedra dragón, pues sin ella no sería capaz de acceder a su otra forma y sus poderes se quedarían encerrados hasta que encontrase otra Dragonstone. En sus largos años de vida, Sissi solo había permitido a tres personas tocar su piedra, todas ellas de su máxima confianza. En cuanto la lágrima de Naga llegó a su manos, sintió la misma necesidad de protegerla del mundo y su avaricia. Era un objeto sagrado y mágico, su aroma desprendía un poder tan arcano y bueno que lograba conmoverla hasta lo más profundo del alma.

Daba gracias a la Diosa que el objeto hubiera ido a parar a ella y no a personas que hubieran corrompido su esencia. Más que nunca, Sissi creía que debía preservar todo aquello de importancia histórica. Los emergidos habían arrasado con todo aquello que podían, por lo que la reina se había tomado con mucha seriedad la recuperación de ruinas. La Universidad de Sindhu estaba creciendo poco a poco para albergar una especie de museo de investigación donde sabios y estudiantes de todo el mundo podían acceder a libros antiguos, grabados en paredes en lenguaje antiguo e incluso copias del diario de la estratega Katrina. El príncipe Chrom había sido tan amable de permitir a sus escribas duplicar el documento, que ahora se cuidaba en la Universidad a cargo de varios guardias. Sin embargo, no solo las páginas del diario interesaban a la reina: la situación en Valentia le preocupaba.

Valm y Chon’sin eran territorios cercanos y que, sin embargo, aún no se habían recuperado de la caída de los reinos. Sus líderes no se encontraban, su pueblo sufría y sus territorios eran saqueados y quemados. Si la lágrima de Naga había sido encontrada en el árbol sagrado de Chon’sin, ¿qué más reliquias de gran valor podrían estar siendo destruidas? Valm también le preocupaba. Su inestabilidad podía traer problemas no solo a Senay, si no también a Sindhu: había visto lo que había pasado con Phoenicis, un reino corrupto por emergidos. No deseaba que eso sucediera en Valentia, pues sería imposible llegar de Senay a Sindhu y viceversa. Senay eran aliados, algo de suma importancia en un mundo donde Plegia amenazaba con invadir países abandonados a su suerte por el resto. Tendría que hablar del tema con el rey Thoth, para ver qué soluciones necesitaban emplear para garantizar la paz en el continente y en sus propios reinos.

Sissi suspiró y se pasó la mano por el largo cabello rosa, que volaba con el viento, rebelde y libre. Estaba sentada en lo alto de uno de los minaretes de la Universidad. Desde allí podía ver la amplia extensión de océano que se perdía en el horizonte, los puertos de la zona universitaria y los barcos que llegaban y se iban del golfo. Cuando enfocó la vista al este, distinguió velas blancas. No podía ver bien la bandera que ondeaba encima, pero la dirección de la que provenía y la fecha de atraque eran todo lo que necesitaba saber. Sissi se incorporó y se agarró a la aguja del alminar con una mano y con la otra se cubrió los ojos del sol. Había estado esperando con ansias la llegada del príncipe Chrom. Abajo, empezaron a sonar las campanas que indicaban la presencia de un nuevo navío en las cercanías.

Sissi decidió ir a darles la bienvenida. Guardó la lágrima de Naga entre sus ropas de colores, tomó un poco de impulso y se lanzó al vacío desde la torre. De inmediato, una luz la envolvió y, en vez de un cuerpo cayendo, se elevó una inmensa dragona dorada. La manakete aleteó con  fuerza y sobrevoló la Ciudad Universitaria, su sombra una proyección perfecta al tener el sol sobre la cabeza. Al llegar a los amplios acantilados, planeó en dirección paralela a la costa y ahí fue cuando vio que había un barco más pequeño y sin bandera, que merodeaba los bordes de Sindhu sin ser visto, aunque por su nuevo rumbo prono sería avistado por los vigías. Iba directo hacia el barco proveniente de Ylisse. Sissi entornó los ojos almendrados y gruñó en el pecho. Fue volando hacia allí de inmediato.
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Mensaje por Chrom el Dom Ago 04, 2019 11:10 am

El resonar de los marineros mercantes corriendo de un lado a otro del navío buscando sus armas y preparándose para un posible combate inundaba el reducido espacio en el que se hallaban. Lanzó un rápido vistazo hacia atrás, asegurándose de que cada uno de ellos contaba, cuanto menos, con un arma. El vigía traía consigo un arco, por lo que sería el encargado de cubrir cualquier punto ciego del resto de sus compañeros. El silencio se hizo presente una vez que todos estuvieron es su posición, aguardando a que el lobo llegase a por ellos. En el cuento, solía ser Caperucita la peor parada, necesitando ser salvada por el cazador, pero en dicha ocasión ellos mismos serían el cazador con la capucha de Caperucita tendiéndoles una trampa. A simple vista no eran más que un mero barco mercantil, nadie contaba con el matiz de que había un puñado de guerreros versados entre sus filas.

¡Alejaos los bordes; manteos por parejas y nunca le deis la espalda al enemigo! No pueden ser demasiados por el tamaño de su embarcación, pero si atacan de esta manera estarán acostumbrados a este tipo de escaramuzas, ¡no os confiéis! –Alzó un poco más la voz para poder ser escuchado por cada uno de los tripulantes del navío. Por su parte, él se mantuvo en la proa, en una posición desde la que podía ser visto fácilmente por sus futuros adversarios. Estaba actuando como un cebo, como una distracción para que centrasen su atención en él. Era quien contaba con mayor experiencia en el combate y podía ser capaz de enfrentarse a más de un enemigo a la vez, a pesar de que ello siempre dificultaba el buen resultado. No obstante, no iba a permitir que los inocentes mercaderes y marineros del barco se vieran envueltos en una lucha que no les pertenecía. No desde el momento en el que transportaban a un miembro de la realeza.

¿Acaso alguien se había enterado de su presencia en aquel lugar? ¿O era una pura coincidencia? Sacudió la cabeza para despejarse de tales pensamientos, aunque siempre quedaba un pequeño porcentaje de duda sobre si sus misivas habían sido interceptadas por alguien más. Alguien que no desease bien ni a Ylisse ni a Sindhu.

La embarcación contraria no amainaba su velocidad, sino más bien todo lo contrario. A pesar de tener la corriente en su contra, se propulsaba con una velocidad asombrosamente extraña. Una única posibilidad cruzó su mente: magia. Si contaban con un mago, o varios, en sus filas no se trataba de meros piratas ni bandidos, más acostumbrado al uso de hachas, espadas o dagas. Frunció el ceño, desenvainando la vieja espada que le acompañaba en esa ocasión. No había tenido tiempo de correr a sus aposentos a por una de mejor calidad, así que tendría que bastarse con una de calidad mediocre, pero cuyo filo podía ser tan mortífero como cualquier otro acero. No todo dependía del arma, sino de la habilidad de su usuario.

Exhaló una bocanada de aire cuando un fuerte golpe atizó el casco del barco. Había visto cómo una bola condesada y transparente golpeaba la madera del navío, causando el crujir de los tablones. Si los hundían tan alejados de la costa estarían en severos problemas. Cuando sus enemigos se encontraban a escasos metros, fue capaz de vislumbrar un destello al que, tristemente, estaba más que acostumbrado. El fulgor de los ojos carmesíes de los emergidos brillaban con rabia y odio, preparados para continuar con la batalla. Mas sus orbes no había sido lo único que había destellado. Una figura dorada se habría paso desde la costa, imponente en toda su figura alada mientras se dirigía hasta su posición. Se vio obligado a responder con una pequeña risa a pesar de lo complicado de la situación. La reina de Sindhu no podía brindarles mejor recibimiento –Todoooooos, ¡preparaos! –En cuanto el primer emergido logró subir al barco, un grito de guerra se hizo eco por toda la cubierta.
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Mensaje por Sissi el Dom Ago 04, 2019 3:50 pm


Desde la distancia no lo podía saber a ciencia cierta, pero Sissi podía intuir lo que aceleraba el rumbo de un navío. De no ser por la fuerza de sus alas y su capacidad de usar las ráfagas de aire en su beneficio, habría llegado mucho más tarde. Pero en los últimos meses, la reina se había transformado al menos una vez al día para sobrevolar su territorio y confirmar que todo estaba en paz; también para probar hasta qué punto sus habilidades eran efectivas y contra quién. Así, su capacidad de vuelo era mucho mejor que hacía unos años, cuando aún temía su alma dragón y apenas accedía a ese poder. Parecía que hubieran pasado siglos desde entonces. La situación del mundo la había obligado a crecer a ritmos demasiado rápidos para lo que estaban acostumbrados criaturas milenarias como ella; pero Sissi había aprendido a crecer y madurar, aunque solo fuera por lograr la supervivencia de su pueblo.

Ahora estaba mucho más preparada para defender y atacar antes de ser atacados. Sus escamas de habían endurecido. Su piel había cambiado de la porcelana, al marfil. Al acero. No iba a dejar que nadie más la avasallase o la insultara. Y no dejaría, por encima de todo, que nadie hiciera daño a la gente importante para ella.

Sissi rugió para llamar la atención sobre sí misma, para que así no concentraran toda la ofensiva sobre el navío mercante y para que los mercaderes y el príncipe Chrom supieran que estaba con ellos. Casi de inmediato, una esfera transparente de olor mágico salió despedida hacia su posición, pero la manakete logró sortearla con un giro de alas. Planeó sobre ambos barcos, giró un poco y después abrió las enormes fauces de dragón. Descargó su hálito, como energía pura, en la parte del castillo de popa enemigo. La madera se tornó astillas y una de las velas cayó hacia un lado. Volaron las flechas en su dirección, pero los arcos primitivos que llevaban los emergidos no podían hacerle ningún daño. Estaba más preocupada por la magia. Había al menos tres magos en la embarcación y no podía predecir su poder.

Después de su ataque, Sissi volvió a los cielos en busca de refugio de la magia de aire que, de nuevo, trataron de hacerle llegar. En su camino se llevó por delante a un par de arqueros que, desde la cofia, podían suponer un problema para los demás. Podía escuchar los gritos de la batalla, aunque aún no le parecía ver demasiados emergidos al abordaje. Eso era bueno para lo que planeaba hacer. No quería a ninguna persona aliada en el navío enemigo cuando lo enviara al fondo del mar, pero confiaba en que todos fueran lo más inteligente posible para evitar ponerse en el lugar donde una dragona desembocaba sus ataques. Sissi usó una nueva oportunidad para embestir en el mismo lugar de antes. Ahora, la madera sufrió un enorme boquete por el que comenzó a salir agua salada. Solo era cuestión de tiempo y, quizás, de algún ataque más. Quizás sería el momento de usar flechas incendiarias, aunque se le complicaba dar órdenes en ese estado.

Desde lo alto, en un momento dado que miró hacia la costa, descubrió que había otro navío que, sin bandera, iba hacia las costas. Achicó los grandes ojos almendrados. Debía de haberse escondido otro barco tras un desfiladero de rocas, aguardando el momento idóneo para atacar la costa mientras ella estaba ocupada en alta mar. Debía encargarse de estos enemigos cuanto antes. Gruñó. Pero mientras intentaba encontrar un nuevo punto donde acometer sin causar daños a sus aliados, una esfera de magia de aire le impactó desde un lateral. Le dolió un poco, pero  solo necesitó una sacudida de cabeza para despejarse y dirigir la mirada a la hechicera emergida. Su pupila fina y dracónica se clavó en ella con tanta atención que dejaba patente quién había osado atacarla. Era una de las que había abordado el navío mercante. Sin embargo, cuando Sissi rebatió no lo hizo con su hálito; sino que empleó una neblina blanca que silenciaba a todos los magos y les impedía conjurar magia durante un tiempo. Y dejó que las personas del barco acabaran con ellos.

Ahora que estaba tan cerca, entre los pasajeros descubrió al príncipe Chrom. No podía saludarle por la situación en la que se encontraban, pero Sissi le dijo una única cosa: Agarraos. – Y cuando volvió al cielo, lo hizo solo para tomar impulso. Avanzó como una flecha imposible de detener hacia sus enemigos y, extendiendo las alas en el último momento, chocó contra el lateral trasero. El barco enemigo comenzó a balancearse con precariedad, sus astas se rompieron y la mayoría de los emergidos cayeron por inercia al suelo o al mar. Pero había logrado lo que quería: separar ambas embarcaciones para que fuera más sencillo acometer contra ellos.
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Mensaje por Chrom el Jue Ago 29, 2019 9:10 am

Solo un pequeño número de emergidos habían sido lo suficientemente rápidos como para conseguir legar hasta su navío antes de que las distintas acometidas de la dragona les impidiera continuar con sus maquiavélicas acciones. Sabía que no tenía que preocuparse por la reina, había combatido a su lado previamente, y sin haber mostrado ni la mitad de su poder fue capaz de deshacerse casi sin despeinarse de una oleada de emergidos. ¿Los dragones y los manaketes se podían despeinar? Sacudió la cabeza, regresando su atención a un de los emergidos que amenazaba con vencer a uno de los marineros mercantes del navío. Era un muchacho joven, no llegaba a la veintena. Seguramente en su corta vida no había tenido que enfrentarse a enemigos tan sanguinarios como lo eran los emergidos. Quizás algún pirata, algún bandido, pero nada comparado con un ser cuya única meta en la vida era sesgar la de los demás, sin mostrar ni un ápice de remordimiento ni de sufrimiento.

No estaba seguro de ser capaz de llegar lo suficientemente rápido como para asegurar la supervivencia del joven, por lo que necesitó optar por una opción diferente. Se acercó hasta una de las cajas de mercancías que transportaban, como buenos comerciantes. No contenía nada de especial valor más allá de unas cuantas semillas y plantas secas. Agarró la caja y, calculando, la lanzó con fuerza hasta la posición donde se encontraba el emergido dispuesto a hundir su hacha sobre su adversario. Una caja de madera no era suficiente para acabar con él, ni siquiera para dejarle inconsciente o herido, pero sí para captar su atención. Sonriendo de medio lado se acercó hasta él, optando por una posición de ataque –Yo soy su superior, si me vences a mí, los habrás vencido a todos –No estaba seguro de si el emergido comprendía el desafío que le acababa de lanzar, pero cuando su cuerpo se giró hacia su posición supo que lo había logrado.

Se atrevió a lanzar una mirada hacia el mar, comprobando cómo una nueva embarcación continuaba su recorrido, mucho más cercana a la costa. ¡Hacía un momento solo había un barco enemigo! Chasqueó la lengua, los problemas no hacían más que acumularse, pero para ellos el segundo navío estaba demasiado alejado como para poder siquiera acercarse a él.

Justo en ese momento escuchó un gruñido. No procedía de la garganta del emergido, sino que era uno mucho más grave, más potente, más draconiano. Solamente le dio tiempo a agarrarse con una mano a uno de los cabos que se hallaban cerca del mástil central antes de notar una fuerte sacudida que, como un efecto colateral, había azotado la embarcación. Los emergidos se tambalearon, así como algunos marineros a los que no les había dado tiempo a reaccionar. Pero él no iba a desaprovechar la oportunidad que les acababa de servir en bandeja la manakete. Se abalanzó hasta la posición del emergido asestando un único pero certero corte en la base del cuello, con la precisión propia de quien lleva años blandiendo un poderoso filo en sus manos. Tras retirar la espada, le sostuvo durante un par de segundos la mirada al emergido, antes de que esta se tornara vacía, dejando que la vida se le escapase sin poder remediarlo.

Pronto fue capaz de vislumbrar el mayor peligro que se cernía sobre ellos. Como mínimo, uno de los magos de viento había conseguido abordar y obtener una buena posición, resguardada por otro emergido que portaba una lanza –¡Tratad de manteneros alejados de la hechicera enemiga! –Procuró advertir a todos sus compañeros de armas, antes de pensar el siguiente paso a tomar. Luchas contra un mago siempre era complicado, pues contaban con la ventaja de poder luchar a distancia. Había visto cómo intentaba atacar a la manakete, así que ahora era su misión acabar con la hechicera, no iba a permitir que dañase a la reina de nuevo ni a ninguno de sus compañeros.
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Mensaje por Sissi el Jue Sep 26, 2019 1:13 pm

El barco emergido ya empezaba a hacer aguas, ladeado allí donde el casco comenzaba a llenarse de mar. En poco tiempo la estructura interior cedería y ya no habría nada que pudiera salvar a sus enemigos. Una de las inmensas velas se había partido por la mitad ante el ataque de Sissi, evitando su huida a través del viento y los emergidos aún estaban recuperando el equilibrio tras el golpe. Antes de que eso sucediera, la manakete voló alrededor del navío y dejó escapar su aliento sobre el timón, destruyéndolo en miles de astillas para que nadie pudiera dirigir el rumbo hacia su embarcación o hacia tierra firme. Las personas que venían de Ylisse se recuperaron pronto. Pudo escuchar órdenes de lanzar fuego cuanto antes. Un mago que debía haber viajado entre los mercaderes lanzó una ofensiva hacia las velas emergidas que aún quedaban en pie, aunque por su valentía sufrió la herida de una flecha que aún lograban llegar desde el barco contrario. Sissi gruñó cuando alguna quiso acertarla, pero las flechas de madera simplemente resbalaban en sus escamas como agua en la piel.

Lo que sí sintió fue un ataque mágico que logró acertarle en la cola dracónica. De no ser porque estaba en continuo movimiento, seguramente le hubiera dado en la cabeza o en el tórax y el daño hubiera sido mucho mayor. Por suerte, su cola estaba también protegida por escamas y, aunque fuera una parte algo sensible, al ser mucho más pequeña, la magia la había rozado en vez de impactarle de lleno. Sin embargo, fue suficiente como para que Sissi dirigiera su atención a los pocos emergidos que habían logrado abordarles. Entrecerró los ojos almendrados, su pupila fina y analítica. No podía desatar su aliento sobre ellos porque destrozaría su propio barco y podía herir a los aliados que hubiera cerca, y las velas y demás elementos náuticos estaban en medio, apenas podía acercarse sin romper algo en su camino. Sissi emitió un sonido ronco de aviso. Dio un par de vueltas en el aire, esperando la oportunidad perfecta. En cuanto vio una apertura expulsó por las fauces un hálito ligero, casi como una niebla, que en un principio no pareció hacerle nada a los emergidos. No obstante, la maga de aire no pudo conjurar ningún hechizo cuando lo intentó. Probó y probó, pero la voz no le salía.

Pero eso no duraría mucho y Sissi era consciente de que las personas de ese barco no sabían seguramente que ese era uno de los poderes de un manakete.  Haciendo uso de toda su fuerza de concentración, la reina enfocó la vista en el castillo de proa. Nunca había intentado algo así en un espacio tan pequeño, pero las circunstancias le habían obligado a ello. Planeó directa hacia la parte trasera del barco y, cuando estuvo a punto de chocarse, se transformó de nuevo en su forma antropomórfica, aunque se llevó un trozo de la baranda de madera con ella. Por el impulso del vuelo y la súbita transformación, el cuerpo de Sissi salió disparado hacia delante. Sus pies corrieron por la madera del barco y solo se detuvo porque la barandilla hacia la cubierta la detuvo. Se le quitó todo el aire de los pulmones por unos instantes. Tenía la cabeza mareada por hacer el cambio de forma en esas circunstancias que requerían tanta concentración y los pies le dolían ahí donde se había clavado astillas sueltas de la madera.  

Respiró agitada, medio cuerpo doblado sobre la barandilla. A su lado, varias personas habían acudido a reunirse con ella. Aún recuperándose y tomando grandes bocanadas de aire, Sissi dijo: –… Lan-zad fue-go al barc-o –tosió un poco y eso ayudó a liberar su garganta. Miró a su alrededor. –He silenciado a la ma-ga, pero no por mucho. Ocu-paros de ella. Hay otro barc-o emergido que va a tie-rra. ¿El príncipe Chrom? –preguntó. Una muchacha le señaló la figura combatiente del príncipe de Ylisse. En cuanto sintió que la miraba, la reina alzó el brazo y lo movió con vehemencia para que fuera con ella lo más rápido posible. Los demás ya estaban ocupados con lo que había mandado. Una hechicera que no podía conjurar magia era una persona normal. Era débil. El emergido de la lanza no podría defenderla siempre. Solo esperaba no haber acertado con el hálito a ninguno de los demás tripulantes, pues era un poder difícil de dominar. Aprovechó los momentos antes de que Chrom llegara a su posición para ver a los pasajeros, comprobar sus heridas y tranquilizarse al notar que nadie había muerto, aunque había algunos heridos que deberían ser tratados de inmediato.

En cuanto vio aparecer al príncipe de Ylisse, Sissi corrió a su encuentro –No es la manera más agradable de vernos, pero me alegro de que estés aquí –dijo, y le dedicó una pequeña sonrisa, no del todo la que solía tener por las circunstancias. Carraspeó y miró hacia la costa, su mirada seria y agitada. –Hay otro barco que va a tierra. Necesito que vengas conmigo, Chrom. No sé si podremos pararlo, pero de no ser así tendremos que avisar a las tropas que haya cerca. Hay muchas personas en la playa, y yo no puedo hacerlo todo al mismo tiempo. Necesito tu ayuda–. Le puso una mano en el antebrazo y volvió a sonreír. –Y necesito que confíes en mí, nunca te dejaré caer. Lo prometo. –Sissi se alejó unos pasos hacia la barandilla rota y una luz blanca la envolvió. Se alzó al cielo. Su forma dracónica se hizo de nuevo presente, volando al lado del barco pero sin apoyarse en él por miedo a hundirlo. La reina dio una vuelta alrededor y, cuando hubo puesto dirección a la costa, se lanzó en picado, agarró al príncipe Chrom con una de sus garras y lo levantó del castillo de popa con la mayor suavidad que su enorme cuerpo le permitía. Voló a ras de mar hasta que pudo colocarle en su lomo, entre sus alas, y notó que se había agarrado bien.

No esperó mucho antes de alzarse hacia el cielo.
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