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[Misión] Doce Armas Santas [Sigurd, Hrist, Roquentin]

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Mensaje por Narrador el Sáb Jul 27, 2019 8:23 pm

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Advertía el diario de Kaltrina sobre los Fire Emblems: artefactos y armas de poder inmenso, inestables por ese mismo motivo, cuya aparición en la antigua gran guerra trajo la ruina. Es preciso resguardarlas del caos y evitar que la historia se repita.

Las espadas Tyrfing, Balmung y Mystletainn, las lanzas Gae Bolg y Gungnir, el hacha Helswath, el arco Yewfelle, el báculo Valkyrie y los tomos Valflame, Mjolnir, Forseti, Libro de Naga y Loptous… las 12 armas sagradas de los héroes de las cruzadas jugdralitas, cuyas características benditas no han hecho sino ahondar y crecer con el tiempo. Estas han sido muy cuidadosamente transportadas de su locación de descanso en Grannvale, hacia Thracia, debido a las dificultades que atravesaba el primero. Pero claramente, esto no ha bastado para que escapen a las guerras. Con Thracia caída y Grannvale bajo control extranjero sin posibilidad de ir a recuperarlas, se teme que caigan a manos emergidas. Por el momento, se supone que siguen estando en cierto templo de buenas defensas arquitectónicas que las criaturas quizás tarden en hallar.

[El equipo puede tomarse 1 ó 2 turnos completos de rolear a sus anchas para ingresar al área mostrada. Comenzarán la misión entrando por el lado Noreste del mapa.
El plazo para el post de cada jugador es de 14 días desde el último post en el tema, que en caso de no cumplirse conllevará a saltarse su turno o retirarle de misión según el caso.]
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Mensaje por Hrist el Sáb Ago 10, 2019 6:30 pm

Judgral. Hrist volvía a estar en ese continente. Su paso por el torneo le había proporcionado empleo bajo las órdenes de Eugeo de Altea, que necesitaba apoyo para buscar cierto documento en una catedral perdida de la mano de Naga, en Grannvale. Y mucho antes, había participado en campañas de liberación, a sueldo del mismísimo Sigurd, duque de Calphy… al que el príncipe heredero de su patria natal había logrado expulsar de sus propias tierras para anexionarlas a Nohr… Para luego esfumarse sin dejar rastro. Pero la suerte había querido que el duque de Calphy requiriese de nuevo sus servicios. Del mismo modo que había querido que no le guardase rencor ninguno por los males de cabeza que le había dado el ejército nohrio, empeñado en arrebatarle su hogar a patadas y hachazos. Era una oportunidad de oro para labrarse un nombre más allá de los fieles a Grima. O como mínimo, para asentar su reputación como alguien apta para contratar, se adorase a la deidad que se adorase.  

Hacía semanas que no oía ningún rumor acerca de los movimientos del ejército nohrio, pero Hrist no se creía que, por arte de magia, la sed de conquista de su país se hubiese saciado. Después de pasar una temporada en casa, quería asegurarse de no encontrarse ninguna sorpresa desagradable si tenía que volver a poner los pies en Grannvale. Imprevistos en forma de Milicia Antiescoria Nohria o grupitos de Resistencia Contra el Dragón Oscuro. O de caza de brujas –siendo las ‹‹brujas›› cualquier nohrio desprevenido que no viajase con una mole de escamas que le cubriese las espaldas y lo pudiese sacar de allí volando. –. Grannvale estaba ahora bajo el yugo de Nohr, con lo cual no eran las autoridades lo que debía temer, sino al pueblo llano. Desconocía hasta qué punto resentían a la gente nacida en el país que había vaciado sus hogares de emergidos a cambio de añadir la coletilla ‹‹de Nohr›› al lado de ‹‹Grannvale››.

Afortunadamente, el trayecto por los caminos de Grannvale fue lo más pacífico que había vivido en los últimos meses –aunque no tuvo la suerte de encontrarse con el tímido Tyamat de nuevo. Quizás había regresado a Mitgard–. Tanto la guardia como los habitantes de los pueblos y ciudades estaban atareados acomodando sus vidas y sus trabajos al nuevo orden impuesto por su nuevo soberano. En ocasiones se había cruzado con patrullas del ejército nohrio lidiando con bandas de bandidos oportunistas o controlando las fronteras con Thracia y Manster. Un rápido vistazo a alguna de esas patrullas había bastado para ver que eran soldados jóvenes. Sangre nueva en el ejército. Uno de ellos, un hechicero con una sombría capa de plumas negras a juego con su cabello, la había examinado de arriba abajo mientras le pedían el salvoconducto. Tenía la mirada oscurecida tras la visera de acero. Casi parecía que se escondiese del mundo tras ella. ¿Habría estado Hrist entre ellos si en su momento hubiese seguido los pasos del abuelo? ‹‹Mucha mierda y muy poco oro para pagar el trabajo sucio›› le había dicho él. Si quería pasarse la vida bajo las órdenes de alguien, le había recomendado la Guardia Fronteriza, donde los jinetes de wyvern estaban muy buscados para poder vigilar desde las nubes. Pero no había tomado ese camino. Había seguido la estela de sus padres y se había hecho mercenaria.

Y hasta Thracia había llegado. Tras salir de Nohr y vagar por el extranjero unos meses, un cliente habitual de una de las tabernas que Hrist frecuentaba –un guardia–, se le había acercado para decirle que alguien estaba interesado en contratarla de nuevo. La sorpresa llegó al descubrir que era Sigurd de Calphy. Había oído hablar de su trabajo para Eugeo de Altea y quería contar de nuevo con sus servicios. Así que Hrist había puesto rumbo a Thracia, y para ello primero tuvo que llegar a Grannvale atravesando Magvel.

Tras semanas de viaje, por fin había llegado a los llamados pueblos de las colinas. ‹‹Como los Acantilados Poblados de Nohr››, pensó. Aunque éstos de las colinas de Thracia eran mucho más accesibles a pie. Ni había riesgo de despeñarse a una muerte de altura si se daba un paso en falso por donde no se debía; o de perderse e ir a parar a senderos y desfiladeros frecuentados por bandidos y saqueadores desesperados. Y es que, si por algo destacaba el ejército de Nohr, además de por su capacidad de aplastar todo cuanto se interpusiese en su camino –y si no, que preguntasen a los emergidos que habían exterminado o expulsado metódicamente de Nohr, Hoshido, Grannvale y otros lugares–, era por actuar como repelente para salteadores de caminos y demás forajidos contra la ley. Pero en Thracia el problema iban a ser los emergidos.

Planeó sobre el camino, buscando si había alguien ya esperando. Pero no vio nada. La hierba que enmarcaba el sendero se mecía tranquilamente, sin nada que la perturbase. Igual que las copas de los grupos de árboles que aparecían allí y allá. Decidió aterrizar en la gran explanada donde el camino se bifurcaba hacía distintos pueblos o aldeas. A unos cuantos metros del sendero, no estorbaría si pasaba alguien, pero podría ver si era su empleador o no.

—Bien, Logi. El Jefe debería Sigurd no debería de tardar en llegar —Dio unos golpecitos en el cuello de su montura—. ¿Te acuerdas de los soldados de la frontera? El hechicero daba grima, ¿eh? Vaya capa de plumas que llevaba, me ha recordado al abrigo de…  

Un momento, un momento… No, no, no… No sería eso, no. No iba a serlo. Desde luego. Claro que no. El Eterno tenía un humor muy caprichoso, pero… pero ella había sido buena creyente y no se merecía eso. Por supuesto. Por supuesto que el siniestro hechicero que la había observado ocultando los ojos tras una visera no era… No… No era… Izaya Orihara. El respingo que dio pilló al wyvern por sorpresa.

—No pasa nada, Logi. No pasa nada… —aseguró con dulzura. Todo lo contrario a la bola de ansiedad y bilis que se le revolvía en el estómago— ¿Sabes qué? Vamos a estirar un poquito las piernas, ¿eh? Nos vendrá bien…

‹‹No pienses en eso, no pienses en eso, no pienses en eso››. Ese informante tendría mejores cosas que hacer –y mejor pagadas– que seguirla disfrazado para averiguar si se trenzaba el pelo con dos o con tres mechones,  si dormía hecha un ovillo o abierta como una estrella de mar, o en qué fecha caía su cita mensual. Mejor imaginarse que Sindri se había confundido de papeleo al firmar para entrar en una prestigiosa biblioteca y había acabado de patrullero en el ejército de Nohr pero no se había molestado en irse. Sí, eso la tranquilizaba más. Pero Sindri iba siempre con su sonrisa perenne por delante, por lo que el cuento se le desmontó enseguida.

—En realidad, si me imagino que tenía el pelo castaño me recuerda más a…

Logi interrumpió su profunda reflexión con un rugido. Hrist se apresuró a mirar hacia dónde apuntaban su enorme bocaza llena de dientes. Le pareció distinguir una, no ¿eran dos?, siluetas en la distancia. Estaba muy lejos. ¿Sería el Jefe Sigurd?
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Mensaje por Sigurd el Vie Ago 16, 2019 3:38 pm

Los emblemas de fuego. Las doce armas sagradas. Sigurd de niño soñaba con ellas. Armas de gran poder mágico, portadas por valerosos caballeros que hicieron justicia y salvaron al mundo de la oscuridad.

Claro que uno se hace más grande, y empieza a despertar de ese tipo de ensoñaciones infantiles. Para el Sigurd adulto, las doce armas no era más que un mito glorificado. A pesar de que su casa, el condado de Calphy, se suponía que era heredero del héroe Baldo, portador de la espada Tryfing y como religión oficial se adoraba a tal héroe como un santo de la guerra, en su corazón realmente no creía que fuese más que una bonita historia que contar a su hijo antes de irse a dormir.

Pero aunque no creyera en sus historias, las armas sí que existían. Guardadas con celo en la capital de Grannvale, Sigurd temió que hubiesen caído en manos de Nohr. Aunque no tuvieran el poder real que se le atribuyen en los mitos, o así creía Sigurd, eran todo un símbolo del poder de Grannvale. Que estuvieran en manos de los nohrios era una terrible noticia, que se sumaba ya al puñado que había sufrido últimamente.

Sin embargo, recientemente recibió una carta de un viejo amigo de Manster. Dicho amigo le informó en la carta que un destacamento de soldados de Grannvale había logrado huir del reino con las armas, y habían acudido de paso por Manster para esconderlas en un antiguo templo de Thracia.

Sigurd sintió alivio al recibir la noticia. Pero también temor. La misma carta alertaba de que la situación en Thracia con los Emergidos se había vuelto inestable, y temía la posibilidad de que pudieran caer en manos de aquellas criaturas. Sigurd no podía permitir que algo así llegase a suceder. Si los Emergidos se hacían con los Fire Emblem, aquello sería un golpe para Grannvale mas duro que si las tuvieran los nohrios.

Por ello mismo, el exduque no dudó ni un instante en marchar hacia Thracia para recuperarlas y traerlas a salvo en Altea, donde estaba como refugiado. El viaje supuestamente era simple, ir a Thracia, recoger los Fire Emblem y volver. Pero en la vida nada es tan simple.

En primer lugar, porque las relaciones entre Grannvale y Thracia eran bastante peliagudas. Y con Nohr de por medio no habían cambiado. Por ello mismo, no podía acudir con sus hombres, ya que una vez atracase en puerto, debería responder muchas preguntas que no quería responder. No quería que las armas sagradas acabasen en manos de los Emergidos y los nohrios, pero tampoco que acabase en manos del reino de Thracia. Eran símbolos de Grannvale, y solo alguien del reino debía poseerlas.

Tenía que ir solo, y disfrazado. La única compañía sería la de su fiel caballo Eolo. Sus ropajes nobles iban tapados con una capa de montaña con capucha que permitía hacerle pasar por un mercader o un peregrino. No solía recurrir a este tipo de estratagemas, Sigurd era de los que no les gustaba el engaño e iban de frente con todo. Pero aquella situación no podía evitarse.

Tampoco es que fuera a ir completamente solo. Lo haría la mayoría del viaje, pero llegados a la zona cercana al pueblo gozaría de la compañía de dos guerreros. En concreto, mercenarios que había contratado utilizando las mismas vías que usó cuando estuvo luchando por recuperar su patria perdida. Lo bueno que tenían los mercenarios es que no tenían patria, por lo que a diferencia de sus hombres, no tendrían problemas a la hora de cruzar fronteras ni se verían obligados a responder ante nadie, o al menos así pensaba Sigurd.

El viaje en barco fue largo y pesado, pero puede que en aquello influyera la sensación de impotencia que atormentaba el corazón de Sigurd todos los días. No había noche que no soñara con su familia desaparecida o con su reino caído. Los había fallado a todos.

El disfraz pareció funcionar. A pesar de llevar consigo un precioso corcel blanco, los guardias fronterizos del puerto thraciano no hicieron al exduque las típicas preguntas de rigor que Sigurd había ensayado ya previamente para responder sin vacilación. Pasó la noche en una taberna de ese puerto e inmediatamente después se dirigió con su caballo al punto de encuentro que había acordado con los dos mercenarios.

El viaje hasta allá fue agradable, hacía buen tiempo. El camino era un poco escarpado, pero no tanto como se imaginaba. Eolo no se quejó ni un solo momento durante todo el trayecto. Al final del mismo, tras varias horas y un pequeño descanso para almorzar, llegaron a la zona correspondiente. Y aunque Thracia era famosa por sus wyverns, a Sigurd no le costó reconocer el animal que allí los aguardaba, así como a su rubia jinete.

-¡Saludos y bienhallada, Hrist! ¡Es un gusto volver a veros tras tanto tiempo! ¿Cómo ha ido todo desde nuestro último contrato? ¿Os ha tratado bien la vida?-preguntó Sigurd quitándose la capucha para revelar su identidad a la mercenaria y descendiendo del caballo para saludar a la mercenaria con un buen apretón de manos.-La misión esta vez es mucho más sencilla que cuando tomamos mi castillo. Ahora solo tenemos que llegar a un templo a recoger una serie de armas.-Siigurd desconocía si Hrist sabía de la existencia de los Fire Emblem, así que por si acaso, decidió ser así de vago.-Aun así, decidí contratarte a ti y a un mago más por si acaso, ya que con los Emergidos nunca se sabe. El templo está cerca y no he visto ninguno de estos monstruos por el camino, así que quizás tengamos suerte y vuestra ayuda no sea necesaria. Os pagaré igualmente, no lo dudéis. Esperaremos un rato a que aparezca vuestro compañero mercenario y marcharemos hacia el templo.-y oteó hacia el horizonte, para ver si veía llegar al otro mercenario que faltaba por acudir a aquella cita.
Afiliación :
- NOHR (GRANNVALE) -

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Lord

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Duque de Calphy

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★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [3]
Esp. de bronce [2]
hacha larga de bronce [2]
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Mensaje por Roquentin el Jue Ago 29, 2019 5:22 pm

Me apetecía irme y por eso me fui. Ahora soy un espíritu totalmente libre, no tengo ataduras, librado durante bastante tiempo de la maldición que es el alcoholismo el único vicio que me queda es el de fumar y el de vivir. El de fumar tiene fácil solución ya que no soy demasiado exquisito, la mayoría de zonas están plagadas de plantas con ciertos efectos relajantes o vigorizantes de las cuales poder disfrutar, por lo que el fumar es algo que lejos de hacerme menos libre como el alcohol me ayuda a conectar más con mi entorno. Lo de la vida no tiene remedio, no es que le saque mucho provecho pero ahora por lo menos no vivo en demasiada agonía.

El objetivo que había dejado que decidiera mi próximo destino era una misión bien pagada y bastante excitante, pondría pie en un continente que no había visitado nunca antes lo cual siempre es bastante alentador. Mis pies atraviesan una región escarpada donde crecen algunos matorrales interesantes, sin saberlo me he convertido en un aficionado a la botánica, sin embargo sé que mis conocimientos son paupérrimos y puesto que no parece haber ningún local a quien preguntarle qué arbusto es conveniente para el consumo humano decido abrir mi bolsa donde guardo especímenes de otros viajes.

Decido preparar una mezcla bastante vigorizante para prepararme para el combate, además he experimentado bastante con esta y conozco bastante bien los efectos, por lo que puedo disimularlos bastante bien para que no se note que me drogo antes de una misión mientras aprovecho sus ventajas. ¡Un plan sin fisuras!

Mientras me fumo mi mezcla mi cuerpo se llena de calor a un nivel que no he experimentado antes, creo que el cambiar tantas veces de continente me ha trastocado. Intento aguantar pero la sudoración es extrema, huelo mal y es incómodo, ¿qué hago? Me quito el sombrero, una sensación de alivio llena mi cabeza; mi capa es innecesaria, meda mucho calor... Poco a poco voy deshaciéndome de más prendas de ropa que guardo en mi bolsa, quedándome solamente con mis botas y mis paños menores, las botas no me las quito por lo escarpado del terreno y los paños menores porque aunque tenga calor conservo un poco la decencia.

Noto como el viento choca contra mi sudor y produce una sensación de alivio suprema, definitivamente ha sido una gran idea desnudarme, tampoco debería pasar nada. Honestamente noto mucha ligereza al andar y sumado al efecto vigorizante decido que sería una buena idea empezar a correr, siento como si solamente con el poco movimiento de aire que hay (que es bastante satisfactorio) pudiera simplemente dejarme llevar que llegaría a mi destino.

Tan ensimismado estoy en la liberada sensación que por un momento se me olvida lo inapropiado en mi no atuendo y cuando comienzo a detectar a gente no paro en que debería vestirme por si acaso son mis compañeros de misión. Me acerco en paños menores, tras un rato (segundos) quieto sin saber reaccionar y analizando a las personas que tengo en frente... Mmm, esa cara me suena... ¡Ah, si con esa mujer he estado en una misión y en alguna otra ocasión! ¿Debería saludarla? ¿Se acordará de mí? No, me limitaré a hacer un saludo neutro.

-Ho... Hola.- alcanzo a decir, no sin un poco de dificultades.
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Sage

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Tomo de Bolting [3]
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Tomo de Elwind [4]
Tomo de Fuego [4]

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Mensaje por Hrist el Miér Sep 11, 2019 10:01 pm

La silueta se perfilaba con más claridad a cada paso que daba. O más bien a cada paso que daba el caballo sobre el que iba la persona. Las ropas no le sonaban de nada, pero aquella voz…

—¡Saludos, don Sigurd! —ese porte, esas facciones tan agraciadas… oh, Anankos, ella también quería un marido así de apuesto… ¿tanto pedía?— H-han sido unos meses agitados, pero no me puedo quejar… Y… ¿Y a vos?

¿Qué decirle a un hombre que había perdido su hogar y sus tierras a manos de un príncipe que luego se había esfumado? Tantas campañas de liberación para nada…

—Siento… —Sujetó las riendas de Logi, que había acercado su enorme hocico para olisquear a don Sigurd y su corcel— Espero que no tuvieseis demasiados problemas tras…

‹‹No, no, mierda, mierda, no saques el tema… no saques el tema…››. Bastante tendría con seguir adelante y mantener sus objetivos, fuesen los que fuesen. Aún recordaba las miradas de sospecha y recelo de los soldados del duque Sigurd. Qué metedura de pata, enterarse de que su propio país quería comerse Grannvale justo cuando ya estaba trabajando para Grannvale. Don Sigurd le había dado un voto de confianza y ella había hecho todo a su alcance para no decepcionarle. ¿De qué se lamentaba? Si había vuelto a contactar con ella para otro trabajo era porque no le guardaría demasiado rencor… O eso quería pensar.

—Claro, claro. Estoy a vuestras órdenes, como la otra vez… ¿Verdad, Logi? —El animal bufó satisfecho y se distrajo mirando hacia otro lado— ¿Eh? ¿Qué pasa? ¿Has visto algo?  

Claro que veía algo. Una segunda silueta se les acercaba. Poco a poco. Bueno, Logi les cubría las espaldas…

—¿Un mago? Nos será útil, seguro —afirmó, con una sonrisa leve—. Yo no sé hacer magia, mi función es atacar y proteger, pero no puedo atacar a distancia… No puede tardar mucho en…

El estridente rugido de Logi retumbó en los alrededores. ¿La otra silueta sería el mago que faltaba? Oh, no…

—… Aparecer.

Era él. Él. No estaba borracho, no –o eso parecía-. Tampoco tenía resaca –tampoco lo parecía-. De hecho…

—… —Hrist boqueó unos instantes, sin atinar a vocalizar nada— N-n… No… No lleva ropa... —acertó a susurrar, con los ojos como platos, mientras mantenía bien sujetas las riendas de Logi, que buscaba alcanzar el…—B-bueno, sí, su sombrero…

Oh, Anankos. Oh, Eterno… ‹‹¡¿QUÉ COÑO TE HE HECHO PARA MERECER ESTO?!››. ¡De toda la gente que podía aparecer… tenía que ser él! ¡ÉL! Y es que encima… ¡IBA EN PUTOS PAÑOS MENORES!

—S-sí… Hola… —jadeó, sin aliento. ‹‹Tierra, trágame››.

No se atrevía a mirar a la cara a don Sigurd, pero reunió valor suficiente para mirarlo de reojo unos instantes, rígida como una momia. ¿Qué pensaría el Jefe si se enteraba de que aquél individuo la conocía? No, espera. Un momento… No podía ser… Era mago, lo recordaba. Usó magia de viento en Begnion. No, no…

No podía ser… ¿Era él el mago que faltaba?
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