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[Social] El pueblo de los bosques [Priv. Pelleas]

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Mensaje por Aran el Miér Jul 17, 2019 8:43 pm

Sus ojos se entreabrieron al percibir apenas las primeras, tibias luces del amanecer. Un aliento vaporoso escapó de sus labios al dar su primera bocanada de aire, apoyando sus brazos contra la colcha, para así poder erguir su torso por fuera de las sábanas. Sintió su cuerpo tensarse al ser expuesto, más no tardó en buscar abrigo para aplacar el punzante frío de la mañana. Aquella no había sido su primera, sino ya su segunda noche en Nevassa, capital de Daein. Se había quedado mucho más de lo previsto en la ciudad, cosa que había sido necesaria, dadas las circunstancias. No podrían haber sido peores, puesto que en su primer día en esas tierras había peligrado su vida a punto de temer por quienes lo esperaban allá en su lejana Etruria. Sin embargo, no podía estar más agradecido de la hospitalidad que su príncipe le había concedido tras sus esfuerzos.

Sus heridas habían ya sanado, aunque esa no hubiera sido la razón por la cual decidiera quedarse. Su voluntad yacía enteramente en el deber de continuar protegiendo a Daein, y tras aquella batalla no había podido descansar tranquilo hasta saber de la muerte de los últimos invasores que se habían atrevido a cruzar las defensas de Nevassa. Por este motivo había pedido para sí la habitación más humilde posible entre las barracas de la guardia, quienes al conocer sus actos no tardaron en recibirlo como uno de ellos, por mucho que a unos u otros les desagradara su origen. Teniendo un lugar donde descansar había llevado a cabo una multitud de rondas de vigilancia por cuenta propia, auxiliando a los ciudadanos y asegurándoles que, de momento, estaban protegidos.

Pero a pesar de que se supiera que había defendido al príncipe, no habían conseguido verse más que en un par de ocasiones tras aquella batalla. Era de esperarse que las ocupaciones del príncipe, además de las suyas, intervinieran por sobre no más que una inocente reunión, que para entonces había quedado inconclusa. Sin embargo Aran no había permitido que el tiempo derrotara su interés y gratitud hacia aquel hombre, por lo que se había dado una tarea a sí mismo, especial sobre cualquier otra. Había decidido ese mismo día, con su debido temor, recurrir a Pelleas y así pedir que le abriera nuevamente el paso a los archivos que en un principio el príncipe había deseado mostrarle, solo con la intención de grabar en su mente la imagen de la deidad que se hallaba inscrita en esos libros. El por qué era simple, pues había quedado en deuda: debía de tallar la apariencia de aquella criatura con todas sus habilidades, para que así el príncipe se sintiera orgulloso de ver su figura a la entrada de su torre. No necesitaba de mayor explicación al respecto, aunque no tardó en detallar sus necesidades, indispensables para que aquella obra se llevara a cabo, incluso antes de haber visto las ilustraciones. “Necesitaré herramientas tradicionales, y el tronco de un pino adulto”.

Jamás habría pensado que, a partir de esa propuesta, hubiera llegado a mencionar su pueblo natal.

-La mejor madera que conozco siempre ha estado en Kisca. -comentó al príncipe con una sonrisa ya acostumbrada.- Es dura, resistente, y aún así los cuchillos se deslizan sobre ella como mantequilla. -emuló con sus manos la costumbre de tallar la madera como lo haría un profesional, con un gusto en la muñeca muy particular de un artesano.- Sería un placer, para hacer esta estatua, que tuviera una muy parecida… -sus ojos se iluminaron con interés, aunque pronto sintió un escozor debido a la vanidad de demostraba con sus conocimientos. No estaba acostumbrado a hablar de ellos, y mucho menos a alguien de la nobleza. Se rascó la nuca entonces, un poco dudativo.- Sabe, también… también he pensado que me gustaría volver a visitar mi pueblo, aunque sea solo una vez. El único problema es que no sé dónde queda pero, seguro el dueño de una carreta sí. -comentó mientras contaba mentalmente las monedas que le sobraban.- Debería irme por varios días, eso es verdad. -acabó por decir, sin recordar ya lo corta que se suponía era aquella visita.- ¿Como en cuanto tiempo quisiera esa estatua? -preguntó.

En un principio, Aran había dicho que deseaba hacer tan solo una pequeña réplica. Sin embargo, aquello no daba cabida a su ambición. Si sabía que podía, si así demostraba su valor más allá de las armas no podría estar más agradecido por aquella oportunidad. Aquello por supuesto tenía sus complicaciones, pues ¿Cómo iba a transportar la escultura, siendo en verdad tan grande? y, ¿Cuánto le costaría? Todo lo pensaba bajo el punto de vista de que iría solo, pues hasta entonces no había tenido ningún compañero de viaje, y no imaginaba que hubiera alguien que deseara viajar junto a él a no más que un pueblo aburrido y pequeño. Miró entonces a Pelleas, con decisión.- Partiré hoy mismo si es posible, después de haber visto cómo es. -cerró los labios entonces, pues había tenido la ocurrencia más osada e imposible.- Supongo que… es imposible que me lleve una página y… menos el libro, ¿No es verdad? -entrecerró los ojos con debida vergüenza.- Pero no importa, si me recuerda bien lo más importante que tengo que hacer, no me olvidaré. -aseguró. Entonces se supone iban nuevamente a la biblioteca a encontrarse con la imagen de la deidad.
Afiliación :
- BEGNION -

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Halberdier

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Soldado de Begnion

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Mensaje por Pelleas el Miér Sep 04, 2019 10:10 pm

Habían sido días intranquilos y difíciles, repeliendo un intento de invasión a la capital tras otro, recibiendo fuera de las murallas a las hordas de ojos rojos una y otra vez, batiendo aquella larga guerra hasta el agotamiento. Pero habían pasado. Después de un par de combates particularmente complicados, de una seguidilla de defensas exitosas que habían reafirmado la implacabilidad de Daein y quizás agotado los contingentes emergidos en el territorio, las cosas parecían haberse tranquilizado. Los emergidos habían cesado de aparecer. No más campanadas de alerta, no más llamados a armas.

Y la vida se reconstruía, siempre reconstruía. No había mejor señal de fortaleza de espíritu que esa: si se les mostraba que era ya posible, que era ya seguro, los habitantes del reino libre querían volver a sus trabajos, continuar su ritmo de vida, quitar los escombros y levantar mejores techos sobre sus cabezas, todas las veces que debieran. Incansablemente dedicaban cada día de paz que se ganaba a todo ello, resumiendo el ajetreo en la ciudad, la salida de carrozas y carretas de viaje, el comercio, el trabajo en los campos, las reparaciones y las mejoras. Eran quedos, cautelosos despertares para días luego ocupados, animados. Desde luego, quienes luchaban hallaban en esos intervalos su descanso; la oportunidad de sanar y reposar, de remendar las armaduras, cambiar las armas, reponer recursos y saborear un poco de esa tranquilidad rara, duramente conseguida y aún nueva, pues había sido más el tiempo que habían sido atormentados que el que llevaban logrando sobreponerse a los invasores.

Incluso Pelleas se veía libre, por primera vez en esos días, de requerimientos halándolo en una dirección y la otra. Era otra vez el príncipe que se necesitaba muy poco en la corte, el sabio en la torre más que cualquier otra cosa, cuyos deberes oficiales iban a manos de su consejero y cuya responsabilidad volvía a ser sólo sobre sus discípulos de artes arcanas. Y para ellos, hasta acababa de declarar un par de días de asueto. No se trataba sólo de que deseara permitirles gozar la calma en la gran capital, sino también de saber que muchos habían estado colaborando en la defensa de Daein y merecían su reposo. Además, cierto era que se necesitaba con urgencia dejar hacer un inventario nuevo de tomos mágicos, báculos, pócimas y sus ingredientes, además de reordenar la sección de hechizos de la biblioteca interna de la torre. Así, los estudiantes quedaban en libertad y en buena parte él también. En suma, oportuno momento para recibir aquel aviso de que su amigo e invitado en la capital quería verle. Aunque ir a él fuese un poco de caminata de la vergüenza por su parte, culpable por no haber estado con él tanto como pensaba que un buen anfitrión debería.

En parte, era que intentaba no abrumar; no dudaba que Aran tuviera sus propias cosas que hacer y en qué pensar, reencontrarse con Daein en su propio tiempo y demás. No quería invadirlo. Luego, claro, había comenzado a estar terriblemente ocupado. Pero las veces en que había preguntado por él, si seguía allí y en qué circunstancias estaba, había recibido respuestas tan sorpresivas como gratas: que la guardia local ya lo conocía bien, que al final se había hospedado con ellos y que se le consideraba de buena ayuda. No podía haber estado más alegre al respecto, si bien con la curiosidad picando anzuelos, deseando saber con más exactitud qué habría de escribir a continuación en su diario sobre el soldado peregrino que regresaba a su origen; pero se alegraba y se contenía, al fin y al cabo. De allí que, al reunirse con Aran, no se apresurase a colmarlo de preguntas o a hacerlo hablar, sino sólo dar él sus mil disculpas por cómo había estado todo en el reino, por estar él fuera de alcance, et cétera. Fuera de eso, la verdad era que había resuelto escuchar, dejar que Aran hablase de lo que le apeteciera, que guiara él el curso de los asuntos pues a fin de cuentas, con tener aquel tiempo libre y poder reunirse otra vez, Pelleas se hallaba ya feliz.

Y curiosa dirección en la que había terminado yendo. No había anticipado que el otro hombre estuviese tan decidido a tallar para él, ni que pensara en tanto detalle sobre los mejores métodos y la mejor madera. Asombrado por el entendimiento que claramente tenía sobre ese oficio, más de lo que el mago originalmente había pensado, tardó un poco en comprender todo lo que planteaba y considerar la pregunta que le hacía. - ¿Cuanto tiempo? No hay un momento en particular, quiero decir… con que alguien pueda hacerla, ya es… ¡además! Si tiene que ir hasta Kisca por la madera… - Empezó. La entrada de la torre había estado incompleta tanto tiempo, sin carpinteros que se hicieran cargo, que a esas alturas ya no había urgencia, con tal de que alguien en alguna forma terminara el trabajo. Por otro lado, que fuera un motivo para mandar a Aran de regreso a su pueblo natal era una oportunidad excelente. A la brevedad continuó, más firme en sus palabras al apoyarle. - Lo cual debería hacer. Sí, creo que será importante, para que pueda trabajarla más fácilmente y lograr un resultado aún mejor. - Lo cual no era mentira, tampoco. Por la forma en que se había decidido el viaje, lo pronto que Aran quería partir, Pelleas creyó comprender la profundidad de su deseo de volver a sus raíces, y por tanto no dudó en asentir con la misma decisión. - Sí, le encargaré que así sea. -

La idea de acompañarlo en aquel viaje por la madera ideal había aparecido en su mente de inmediato, súbita pero insistente. Estaba libre, estaba aprovechando su tiempo con su invitado y si este tendría un reencuentro aún más significativo con su origen, un pueblo que Pelleas en verdad no conocía en persona, uno de aquellos sitios de los que nunca se oía en la capital, aparecía con naturalidad el impulso de ir también. No obstante, era tan incapaz de pedir de frente ser invitado como de declarar e imponer con soltura su voluntad de acompañar. Por fortuna, no tardó en hallar una cierta esperanza, una vía a lo que quería pedir a través de los libros que Aran necesitaría tener a mano. Sutil, una media sonrisa se dibujó en sus facciones. - Bueno… hay una forma. Venga conmigo. - Expresó enseguida, volviéndose y echando ya a andar en dirección a la biblioteca. Aquello podía funcionar. A medida que se aproximaban al ya familiar edificio, el joven príncipe se animó a comenzar con un comentario más bien ligero, que le ayudase a arribar a su verdadera intención. - También imagino que va a necesitar ayuda para, uhm, cargar la madera en sí, o la estatua después de hecha… ¿dónde la trabajaría, en realidad? ¿Allí, o aquí? -
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