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Mensaje por Izaya Orihara el Lun Jul 08, 2019 3:49 pm

Después de lo sucedido en Thabes, Izaya había huido a territorio conocido. Aunque no tenía problemas con encontrar refugio en otros países, había algo especial en el país oscuro de Plegia. Regresar a sus tierras arenosas e infestadas de emergidos era casi como volver a casa. Y, ciertamente, la situación de Ilia era parecida, solo que en Ilia apenas quedaba gente viva y en vez de arena había nieve y los emergidos de Ilia te trataban de matar mientras que los de Plegia te dejaban en paz mientras no les molestases demasiado. Izaya lo había aprendido en un experimento hecho meses atrás en el que había tratado de comunicarse con los emergidos, sin éxito. Sabía que podían hablar, aunque él no estaba versado en el idioma. Al fin y al cabo, ya fueran seres humanos, bestias o emergidos; todo lenguaje escrito tenía su versión oral. Pero no había tenido suerte en ese aspecto.

Sin embargo, ir a Thabes había resultado ser un gran acierto. Primero, había podido ver con sus propios ojos el lugar donde Katrina había vivido y, quizás, muerto. Realmente no estaba muy seguro de lo que le podía haber pasado a la mujer. Aún. Tendría que investigar más para hallar respuestas. Y segundo: había podido marcharse con la única copia del pergamino y parte de la cara de la estatua. Sus excepcionales compañeras, excepcionales de excepción, se habían quedado con las manos vacías de conocimiento, aunque Izaya había juzgado que podían quedarse con un tomo de magia del que él no tendría mucho uso a futuro. Y, por suerte, no habían intentado seguirle y, si lo habían hecho, peor para ellas. Ya había llegado a la capital de Plegia y ese territorio era suyo. Lo conocía a la perfección, pues había viajado a él desde hacía años. Eso le recordó a la otra estratega que había conocido, la que llevaba el traje plegiano de su profesión. Menuda estúpida, creyendo que podía engañarle a él.

No puedo evitar soltar una carcajada. Debería haberse puesto él mismo su túnica plegiana, su estilo algo cambiado para amoldarse a su gusto, pero en ese momento no la había traído consigo. Le habría enseñado una lección. Él mentía mucho, pero en esa ocasión no había necesitarlo hacerlo. La moda decía toda la verdad sobre aquella mujer que pretendía esconder lo que era. ¿La razón? No le interesaba mucho. Y respecto a la niña hoshidiana, dudaba que tuviera la valentía (o la temeridad) de adentrarse en un país adorador de Grima, cementerio de sus supuestos huesos. De ese modo, Izaya tranquilo por las calles polvorientas, una sonrisa en sus labios. Daba un salto en vez de pasos y sus brazos acompañaban el movimiento sin preocuparse de molestar a los demás transeúntes.

Ahora que estaba en casa, pensó en colocarse su propio traje de estratega plegiano, modificado para amoldarse a sus gustos extranjeros. A pesar de su andar alegre, a veces molesto, los emergidos no le dirigieron ninguna atención mientras no se pusiera en su camino. A veces hacía un espectáculo de su travesía, esquivando a los seres en el último momento con una pirueta teatral. Estaba de buen humor y no se molestaba en ocultarlo. Un baño, un cambio de ropa y se pondría a redactar una carta a Lord Eliwood con sus nuevos hallazgos. –Ay, Katri, Katri. ¿Qué habrá sido de ti? Serías una gran maga y sabia, pero seguramente también un aburrimiento de mujer. Además, tu tema se está volviendo demasiado básico para ser de mi gusto, demasiados interesados. Demasiado poco caótico. Pero el trabajo es el trabajo. ¿No crees? –le dijo en voz alta a un emergido que pasaba a su lado y, al verse ignorado, Izaya continuó con sus brincos hacia su casa en la capital, que ya podía ver de lejos.
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Mensaje por Kagura el Lun Jul 08, 2019 5:12 pm

Imperdonable, imperdonable… —murmuró una pequeña figura asomada detrás de unas cajas de madera, con el rostro torcido en una expresión iracunda. Escondida en el interior de un callejón oscuro, y amparada por las sombras que el sitio ofrecía, Kagura tenía su mirada clavada sobre aquel joven de cabello oscuro que transitaba con tanta alegría por las calles de Plegia. Sus ojos de color azul analizaban el comportamiento relajado del estratega, tratando de averiguar hacia donde se dirigía en aras de preparar alguna emboscada, o bien para planear la mejor manera de acercarse a él sin ser descubierta. Se trataba de una tarea bastante complicada, pues cada fibra de su ser temblaba de rabia ante la vergüenza de que el estratega hubiese herido su orgullo de kunoichi en Thabes. Quizá por ese motivo los únicos pensamientos que rondaban por su cabeza tenían que ver con la venganza. ¡Había tantas posibilidades! Robarle el documento y, de paso, también todo el dinero que llevase encima podría ser una buena forma de quedar en paz, aunque si se detenía a pensarlo un poco mejor, dudaba que eso satisficiese su particular sentido del honor. También podía probar a atacarle por sorpresa. Aunque el joven fuese diestro en el combate con dagas, no llegaba a superar en absoluto a una ninja entrenada específicamente en esa disciplina. Pero intentar una venganza así de directa le parecía pecar de bruta y, en el peor de los casos, existía el riesgo de que el estratega se escabullese de la pelea como la vil rata que era en realidad. Por el momento, se contentaba con seguir espiando al joven, gruñendo disgustada cada vez que le veía hacer alardes gestuales de cuán alegre se encontraba.

Decisiones, decisiones, decisiones. Kagura sacudió la cabeza mientras intentaba alejar esos pensamientos y centrarse en lo que tenía delante. Era bastante rencorosa, y por ese motivo no había titubeado a la hora de seguir la pista a su presa a través de toda Regna Ferox y Altea. Después de todo, los shinobis de su clan solían ser excelentes rastreadores, por lo que ella no pretendía ser menos. Por otro lado, tenía que reconocer que el estratega era bastante hábil a la hora de moverse por el mundo. Lo hiciese aposta o no, lo cierto era que cubría bastante bien cada paso que daba. Dar con su paradero exacto se convirtió una tarea mucho más complicada de lo que había creído en un principio, pero por fin ese mismo día había dado con él. La distancia que los separaba debía de ser de unos quince o veinte metros, y Kagura ardía en deseos de ver cumplida su venganza.

“¡Lo he decidido! ¡Ya sé cómo borrarle esa estúpida sonrisa de la cara!”, pensó mientras se preparaba para ejecutar una de sus técnicas. Aunque el joven de cabello oscuro caminaba sin prisa, pronto desaparecería de su campo de visión si no abandonaba su escondite y buscaba uno nuevo. Necesitaba acercarse si de verdad quería hacerle algo, pero Plegia era un reino bastante soleado y caluroso, y si salía a la calle principal corría el riesgo de ser descubierta. Necesitaba convertirse en una “sombra”, metafórica y literalmente. Fue así como, juntando las palmas de las manos y extendiendo sus dedos índices, cerró los ojos para concentrarse y murmurar una retahíla incesante de conjuros protectores hoshidanos. Si bien era cierto que los ninjas carecían de las aptitudes espirituales de un augur tradicional, también era verdad que estaban adiestrados para conocer algunas técnicas rudimentarias con las que mejorar sus capacidades físicas hasta límites que casi rozaban lo mágico. Cuando Kagura volvió a abrir sus ojos, se sentía más ligera que nunca. Podía moverse tan deprisa para esconderse entre las sombras que ningún transeúnte, fuese emergido o humano, llegaba siquiera a percibir su presencia.

Fue acercándose poco a poco al estratega, resguardándose tras cualquier recoveco que encontraba en su camino hasta que por fin pudo alcanzarlo. Con la intención infantil de burlarse un poco de él, se dedicó a caminar detrás suyo durante unos segundos, haciéndole muecas y sacándole la lengua sin que éste se diese cuenta. El sonido atenuado de sus pasos no hacía ningún ruido gracias a la técnica que estaba utilizando. Su figura ni siquiera proyectaba una sombra definida en el suelo, así que cuando se cansó de jugar, no dudó en poner en marcha su plan de venganza.

¡¡Eh!! ¡¿Te acuerdas de mí, Izaka?! —exclamó en voz alta, rompiendo por completo el conjuro que ocultaba su presencia de los demás. El grito fue acompañado de una súbita patada voladora a la espalda que, de encajar, haría que el estratega se cayese de bruces sobre un emergido que deambulaba cerca. Kagura sonrió brevemente con malicia ante una repentina ocurrencia. A lo mejor el joven y el emergido se acababan dando un beso por accidente al caer al suelo, y así su venganza sería doble.
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Mensaje por Izaya Orihara el Lun Ago 19, 2019 4:26 pm

Aunque Izaya caminase con paso alegre, incluso a veces silbando una melodía inventada por él mismo, no por ello dejaba de estar atento a todo lo que sucedía a su alrededor. Plegia era un país que podía matarte de un descuido. Había peligros en cada esquina y solo los más astutos o los más fuertes podían lograr vivir en el país tomado por los emergidos. Tenía enemigos allí también, gente del bajo mundo que desearía verle muerto por algunas cosas que había hecho a lo largo de su vida que, de una manera o de otra, había terminado por arruinarles la existencia. Al llegar a Plegia, Izaya era un simple joven extranjero. Había tenido que probarse. Y el modo plegiano no tenía nada que ver con el honor, algo de lo que él carecía porque solo servía para matarte. Así que había hecho lo que fuera por subir en el escalafón del hampa. Había engañado, manipulado y hecho que grupos mercenarios se mataran entre ellos. Unos le admiraban por ello; otros le odiaban.

Hacía tiempo que Izaya había aprendido a que lo subestimasen. ¿No parecía un loco caminando así por las calles? Le bombeaba el corazón pensar que otros se hicieran una idea equivocada de él, mientras que, por su parte, no perdía atención de lo que verdaderamente sucedía a su alrededor: las miradas de complicidad entre balcones, aquel hombre que entraba en una casa por una puerta trasera, la mujer que dejaba algo bajo una caja que otra persona recogía al poco tiempo. Era satisfactorio saberse el ser más inteligente en esas calles. No habría sobrevivido tanto tiempo si no fuera así, incluso había podido salir vivo de las mazmorras de Bern e investigado Thabes sin apenas un rasguño. Solo quién tenía un paso por delante de los demás podía llevar la vida que él llevaba. Había conocido a muchos otros informantes, unos mejores que otros, pero la mayoría habían durado muy poco en el negocio. Había que tener una personalidad especial para serlo y no morir en el intento.

Por eso, solo necesitó los segundos entre el grito y la voz para actuar. Escapó de la patada directa, aunque la rapidez del ataque contrario le hizo salvarse solo por los pelos. Se echó hacia un lado antes de que el golpe le diera en los omoplatos, algo que seguro que habría dolido, y se limitó a dar un par de brincos hacia atrás, alejándose de la mujer y del emergido contra el que había caído por culpa de la energía de la patada. En sus labios asomó una sonrisa cortante y burlona. La verdad era que no había escuchado a la chica llegar. Afiló la mirada, aunque no perdió en ningún momento la actitud despreocupada. –¡Cuánto tiempo, Kazurra! Si parece que nos vimos hace unos días… y yo que pensaba no tener que verte nunca más –dijo con el tono más falso y dulce que podía tener. Comprobó que en el callejón no estaba la maga de Thabes con ella. Esa mujer sería mucho más difícil de derrotar por sus habilidades mágicas que Kagura, a la que podía enfrentar de igual a igual con sus dagas o kunais.

Aún seguía algo sorprendido por el ataque. Su habilidad como estratega le permitía tener bastante claro lo que sucedía a su alrededor, pero no había siquiera notado a la kunoichi. ¿Acaso había logrado dominar alguna técnica ninja? Había viajado y trabajado en Hoshido, y sabía bien de las habilidades de sus asesinos. Haría bien en no subestimarla de nuevo, de la misma manera que no subestimaba a los emergidos, por más estúpidos que le parecieran. A su espalda, un nuevo enemigo se había acercado con el hacha en mano. Izaya suspiró. Por eso había que tener cuidado al caminar por Plegia. A veces, los emergidos atacaban porque sí, porque algo de lo que hacías les molestaba. Quizás, en su caso, tenía que ver con haberse interpuesto en su camino. El callejón en el que estaban era estrecho, apenas cabrían tres personas delgadas a la vez.
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Mensaje por Kagura el Vie Ago 23, 2019 7:22 pm

Kagura había estado convencida de que su patada encajaría perfectamente. Se trataba de una técnica que llevaba perfeccionando durante muchos años, por lo que era consciente de que se necesitaban muchos reflejos para esquivarla. El estratega necesitaría reaccionar en menos de un segundo si de verdad quería salir indemne de su ataque sorpresa, algo que era bastante improbable cuando se tenía en cuenta que aparentaba estar con la guardia baja. Quizá por ese motivo la muchacha pelirroja se permitió proferir un grito antes de que su pie diese justo en medio de sus omóplatos, algo de lo que no tardó mucho en arrepentirse. Sobre todo cuando en un abrir y cerrar de ojos, quien se había terminado cayendo sobre el emergido no era Izaya, sino ella misma. Con la energía de la patada había perdido el equilibrio en el último momento, chocando contra la criatura antropomorfa y cayendo con estrépito al suelo junto a ella. La kunoichi ni siquiera tuvo tiempo para protestar y decirle a Izaya que era un auténtico bellaco además de mala persona, pues irónicamente y en contra de lo que había planeado en un principio, encontró sus labios tan cerca de los del emergido que había arrastrado en la caída, que lo primero en lo que pensó tras recuperarse de la impresión fue en alejarse a toda prisa y a gatas. ¡Había estado a escasos centímetros de ser ella misma quien se diese un beso con esa patética y desagradable criatura que encima olía fatal! Confundida por todo lo que había sucedido en un lapso tan corto de tiempo, no se detuvo hasta que su espalda dio contra una pared.

¡¡Nooo!! ¡¡Quéascoquéascoquéasco!! —exclamó con tanta fuerza, que fue inevitable que captase la curiosidad de todos los transeúntes que deambulaban por las avenidas paralelas al callejón. Por otra parte, algunos de los otros emergidos que vagaban sin rumbo por los alrededores se detuvieron de repente, y tras voltear sus rostros en dirección a la callejuela en la que Izaya y ella se encontraban, empezaron a acercarse sosteniendo con firmeza espadas y hachas en las manos. El estratega, sin dar muestras de percatarse todavía del peligro, estaba demasiado ocupado burlándose de ella con sus mordaces palabras.

¡Es Kagura! ¡¡K-A-G-U-R-A!! ¡¿Cuántas veces voy a tener que repetírtelo, asquerosa víbora sabelotodo?! —le respondió con una mirada realmente iracunda. La muchacha pelirroja estaba muy enfadada con todo el mundo. Todavía le costaba procesar que su pequeño plan de venganza no había funcionado en absoluto, y que probablemente nunca tendría otra oportunidad así de buena para asegurarse de que Izaya pagase por lo que había hecho. Por desgracia, la situación en la que ahora ambos se encontraban no les dejaba mucho espacio para seguir insultándose tranquilamente. El callejón era estrecho, y ambas salidas estaban bloqueadas por emergidos que no parecían tener cara de querer hacer amigos. Las armas que empuñaban estaban desgastadas por el uso, y las alzaban con intención de eliminarles. Kagura frunció el rostro al verse sin escapatoria. Sabía que esas criaturas solían volverse hostiles si alguien se interponía en su camino o si se las agredía directamente, por lo que no quedaba más alternativa que luchar para salir del callejón. Una vez de regreso a las avenidas principales de Plegia, podría tratar de esconderse un tiempo hasta que los emergidos se cansasen de perseguirla. Pensó también en volver a utilizar su técnica ilusoria para huir sin que nadie notase su presencia, pero tampoco quería perder de vista a Izaya. Seguramente el estratega procuraría ocultar su rastro con más ahínco todavía en el futuro, por lo que encontrarle podría convertirse en una tarea casi imposible.

“En fin. No queda otra. ¡Tendré que pelear!”, se dijo a sí misma mientras se incorporaba. Con una sonrisa burlona que dedicó al emergido que había caído al suelo con ella, agitó sus brazos e hizo aparecer dos kunais de bronce, uno en cada mano. Estaba lista. Pero antes de que lanzase su primer ataque, notó que un enorme emergido se acercaba a Izaya por detrás. Portaba un hacha, y parecía dispuesto a atacar al estratega porque éste se había interpuesto en su camino. Kagura no titubeó al comprender la situación, y lanzó uno de sus cuchillos contra ese mismo emergido, al que cegó de un ojo cuando la hoja de bronce se hundió en su rostro.

¡Estúpido Izaka! ¡No te quedes quieto como un pasmarote! —dijo enfurruñada, para acto seguido dirigirse al emergido al que acababa de herir—. ¡Y tú! ¡Que sepas que solo yo puedo matar a Izaka! ¿Me has oído? ¡Solo YO! ¡¡Así que no te entrometas o te arrepentirás!!
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