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[Social] Érase una final, dos magos arcanos y tres bollos de carne al vapor. [Priv. Roquentín]

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Mensaje por Hrist el Sáb Jul 06, 2019 6:52 pm

La gran final. El espectacular torneo de Regna Ferox, el Lord of the Arena, llegaba a su última ronda. Y no podía ser de otro modo más apoteósico que enfrentando a los dos únicos magos oscuros con los que Hrist había tratado recientemente: el príncipe de Daein, Pelleas; y el ex bibliotecario Sindri.

Hrist había seguido algunos de los combates anteriores. Tan pronto como se había visto capaz de soportar el griterío del público volvió a acudir como público a los combates. A la vuelta, le contaba a Logi las novedades: ‹‹Logi, ¡A Don Zifar le ha tocado contra Sindri! ¡Pero no ha aparecido!››, ‹‹hay un tal Eugeo, de Altea, que se ha enfrentado a un laguz gato… No sé, no acabo de ver claro lo de ese laguz…››, ‹‹esa Corina me suena de algo, pero no sé de qué, la verdad… Es como si la hubiese visto ya antes››, e incluso ‹‹he oído que el príncipe Pelleas ha ganado esta última ronda. Lástima que no lo haya podido ver esta vez. Sabes lo que significa, ¿verdad, patatita? Que se enfrentarán…››

—...¡PELLEAS CONTRA SINDRI! —vociferó el presentador.

La multitud rugió entusiasmada mientras Hrist se colocaba bien la falda del vestido para sentarse. Se revolvió un poco en su asiento y se tapó los oídos. La pañoleta le recogía el cabello suelto y notaba las orejas totalmente expuestas a las ovaciones y exclamaciones que la gente dedicaba a los contendientes. Empequeñeció los ojos, concentrándose en la arena. Tarde o temprano aparecerían los protagonistas absolutos. Oh, Anankos, tenía ya la cabeza más despejada que semanas atrás, pero el público lo compensaba con creces dejándose los pulmones. No había tenido la oportunidad de encontrarse a Sindri tras los combates anteriores. Le hubiese gustado felicitarle por avanzar en las rondas y desearle suerte en la ronda final. ¿Y Pelleas? No lo había vuelto a ver en persona y a corta distancia desde aquel encuentro en la taberna, tras su aparatosa derrota en la primera ronda. Él seguramente ya se habría olvidado de la charla con aquella plebeya nohria. Tendría cosas más importantes en las que pensar.

—Vaya, vaya, vaya…

Desenvolvió los tres panecillos rellenos de carne que había comprado antes de entrar. Despedían un delicioso olor a carne especiada. Tyamat la había introducido a algunos platos de cocina extranjera. Y uno de ellos eran unos panecillos rellenos de carne con especias. ‹‹Nikuman››, decía que se llamaban. Uno era para Logi.

—¡Hahahaha! ¿Charlatán que ha tenido suerte? —hacía tiempo que no soltaba una carcajada tan sincera— Parece que Sindri le ha cogido cariño al mote… ¡Ya verás cuando se lo cuente a Logi!

¿De qué se pondrían a hablar  Sindri y Pelleas en cuanto se encontrasen cara a cara? Probablemente de la Oscuridad. Oscuridad Oscura. Claro, ¿de qué iban a ponerse hablar dos magos arcanos? O sabios oscuros… Hechiceros, fuese el que fuese el rango que habían alcanzado. Dio un bocado a su adorado bollo de carne al vapor. Mmmh… Notó el sabor de las setas mezcladas con el resto del relleno. Necesitaba un trago de hidromiel para que ayudar a bajar la comida.

—Brffft… Cof… Cof… ¿Es… Está de broma? Cof cof cof… —Le saltaban ya lágrimas de tanto toser al atragantarse. Las palabras de Sindri habían llegado con la sutileza de un latigazo en el vientre— ¡¿Ha dicho el príncipe Xander?!

¡¿En serio?! ¿¡Iba de verdad?! Pensó en aquel combate que vio semanas atrás, en la primera ronda. Un laguz zorro, que ostentaba el título de —a aquellas alturas aún se preguntaba si lo había entendido bien— ‹‹Mascota Real de Altea›› se enfrentó a un tal Xander. A ese Xander no lo presentaron como el príncipe de Nohr, pero Hrist recordaba que su aspecto físico encajaba más o menos en los rumores que había oído: alto, rubio y a caballo. Se quedó clavada en el asiento, tiesa como una astilla de madera, tal y como se había quedado aquel día que oyó ese nombre entre los clientes de la taberna donde el príncipe de Daein acudió para hablar con ella.
Cerró los ojos unos instantes, con la mandíbula más tensa que los correajes de los jinetes de wyvern del ejército nohrio. Era él. Había presenciado el combate del hombre que había expulsado de sus tierras a su ex empleador, Sigurd de Calphy. Había incluso estado en la misma arena que él. Era una sensación difícil de describir. No es que hubiese sido su enemigo ni su archirrival, pero sí había supuesto la principal fuerza antagonista en frustrar los planes del duque de Calphy para expulsar a los emergidos de su hogar. Las Campañas de Conquista del su alteza Xander le habían costado sospechas de espionaje y traición por parte de los hombres de Sigurd. Gracias a Grima, el duque le había dado un voto de confianza y el beneficio de la duda. Aún se preguntaba si tras la victoria de las fuerzas nohrias, Sigurd le guardaría rencor o habría dudado de su palabra.

—¡Uff! —Un súbito codazo en el brazo izquierdo, donde aún quedaba algún resquicio de dolor de la herida sufrida en Daein al ayudar a Jill, la hizo aterrizar de nuevo en la realidad— ¡Perdón! Le hago sitio…

La dulce sonrisa cordial se le congeló al instante. Tuvo la sensación de hacerse una idea, durante unos breves instantes, de qué podía ser lo que llamase tanto la atención de Logi cada vez que veía el maldito sombrero.  Sus ojos se desviaron hacia la esbelta, tupida, insolente pluma amarilla que adornaba aquel sombrero verde que oscurecía la mirada de su dueño. El Eterno debía estar desternillándose de la risa mientras se llenaba los carrillos de dragón oscuro legendario con bollos de canela recién horneados.

‹‹Cómo no… No hay dos sin tres››, pensó. Don Resaca se cruzaba de nuevo en su camino —o ella en el de Don Resaca, seguro que él pensaría eso mismo, estaba segura—.
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Mensaje por Roquentin el Vie Jul 19, 2019 5:13 am

Me aburro. Después de haber ascendido al mundo de las ideas por el uso de drogas alucinógenas la vida mundana se me hace tan... Aburrida. No sé cuantas horas llevo en mi posada sentado sin hacer nada, creo que han pasado días, pero como tengo tapada la ventana tampoco puedo asegurarlo, ni siquiera soy capaz de asegurar si he dormido o no, estoy en un estado de semiinconsciencia permanente, supongo que algo habré descansado, no sé.

Me quiero levantar, empiezo a zarandear las piernas para romper las raíces que han acabado uniendo mi cuerpo al suelo, con mis ojos acostumbrados a la oscuridad cojo un mendrugo de pan que me dejé la noche en la que entré, horrible, pero es prudente llenar mi estómago de algo ligero.

Abro la puerta a los infiernos, mis ojos acostumbrados a la oscuridad de mi paraíso son incapaces de ver ante tal inmensidad de luz, me queman. A tientas intento llegar a la salida usando la memoria que tenía de ese sitio mientras mis ojos poco a poco comienzan a dibujar contornos que se hacen más nítidos por segundos, ¡no estoy ciego!

Al llegar a la calle ya veo casi perfectamente, aunque todavía todo ese brillo sigue incomodándome a la vista, aunque ahora que estoy fuera necesito pensar en otras cuestiones más importantes como... ¿Qué coño puedo hacer? No me interesa demasiado pero a lo mejor podría acercarme al torneo a ver qué tal va.

Mis piernas responden a mis pensamientos y me acerco al campo de batalla, allí me sorprende una gran afluencia de gente, ¿tan importante es el combate que va a tomar lugar? Aun sin poder leer bien del todo parece que en los carteles se menciona la GRAN FINAL, hostia, ¿tanto tiempo he estado vegetando en mi habitación? Los nombres sí que no los puedo distinguir, aunque tampoco me importan demasiado porque hay poca gente a la que conozca.

Tras una larga espera consigo introducirme en la arena de combate, buscando un sitio en el que seguir vegetando uno llama mi atención debido a que tenía un intenso brillo a su alrededor, ¿por qué? Decido acercarme como un cuervo y ponerme al lado de la fuente de brillo, ¿a qué se debía un fenómeno tan extraño? Esforzándome distingo que es una figura humana de largos cabellos dorados, que con el intenso sol deslumbra mis ojos adaptados a la noche, mola.

Intento fijarme en la arena, ¡hostia! Uno de los seres me suena... Sí, es ese mago oscuro con el que hice una misión y al final me acabó cayendo decente, la verdad es que parecía poderoso por lo que no me extraña que haya llegado a la ronda final, supongo que el hecho de conocerlo de antes me hace implicarme un poco más en su victoria. Me doy cuenta que al observar la arena la fuente de brillos empieza a ser incómoda -Pelo... Molesto...- gruño casi de manera inconsciente sin pretensión de obtener nada, ¿o acaso iba a cambiar el color de su pelo?

¡ES INFERNAL! Intento zafarme y buscar un lugar más cómodo cuando, ahora pudiendo distinguir mejor la figura me encuentro con una cara conocida, aquella jinete de wyvern con la que he tenido tantos encuentros. Buscando saciar mi curiosidad de cuantos días he pasado encerrado sin darme cuenta decido preguntarle -¿Cuántos... Cuántos días han pasado desde nuestro último encuentro?- esto pondrá punto y final a tan importante cuestión.
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Mensaje por Hrist el Vie Ago 09, 2019 1:49 pm

Hrist había visto y conocido a gente muy diversa en sus viajes. De algunos no volvía a oír hablar nunca más, a otros se los encontraba alguna vez de nuevo: una siniestra mujer plegiana; una joven de orejas puntiagudas y que andaba descalza en el templo a Grima; un espadachín hoshidano imponente e intimidante que la salvó de unos gamberros en Windmire y del que no supo nunca nada más; una chica nohria de la que estaba segura que trabajaba para la Guardia Real; un joven campesino de Ylisse al que rescató de un río; un amable estratega también en Ylisse que le indicó dónde pasar la noche aquella vez que llegó a la capital a las tantas de la noche; una jinete de wyvern de Daein; el mismísimo príncipe de Daein (ni que hubiese sido una breve charla en una taberna); cierto ex bibliotecario dado a las frasecitas graciositas en plena batalla; un manakete tímido y versado en cocina; un señorito repelente que a la vez era clérigo; otro jinete de wyvern pero vetusto y dado a las gestas caballerescas pese a su edad; un empelador llamado Aran y su acompañante Mulitia; cierto individuo de cabellos negros que amaba vivir al filo de la navaja, (y de cuyo nombre no quería acordarse) que conoció en Ilia y obsesionado con quemar casas; una espadachina llamada Lyndis que la contrató en Elibe; el chico llamado Eust… Eutanasio y su wyvern Don Ataúlfo Emergildo V; Luken el cléri… no, espera, parecía más un estratega…; Eugeo de Altea; el mismísmo duque de Calphy…

… y Don Resaca.

De toda la gente que podía encontrarse, tenía que ser él. Aún andaba por Regna Ferox, entonces. Qué raro que no se lo hubiese encontrado por la calle. Claro que le pareció más que probable que hubiese pasado aquellos días enclaustrado en alguna taberna, bebiendo y bebiendo más, o comiendo vete tú a saber qué para que se le dilatasen las pupilas de forma malsana, o tal vez rompiendo más de la mitad de la vajilla de la ciudad porque no le dejaban beber tranquilo.

—Hola —acertó a decir, escrutándole de arriba abajo. La educación ante todo, decía mamá—. Ha pasado casi un mes. —respondió casi con un susurro.

Casi cuatro semanas había necesitado para recuperarse en gran medida. Y cuatro semanas había tardado el torneo en avanzar hacia la final. Era evidente que el último combate sería el que más atención atraería –sólo había que ver lo rápido que se habían llenado las gradas–, pero él era la última persona que esperaba ver allí. Él, que no deseaba volver a ver a sus compañeros de trabajo de Begnion –o eso se le escapó una vez–, que llegó a Regna Ferox fruto de la casualidad –o así lo formuló él– y se alimentaba de la esperanza –aún se cuestionaba si lo entendió bien aquel día–… El mismo que había tirado al suelo un vaso de agua que le habían ofrecido al verlo no muy fino en Begnion iba y se metía entre el barullo a ver la gran final. Claro, qué mejor lugar para lanzar por los aires vasos y más vasos.

—No esperaba encontrarte aquí…

¿Qué decirle a alguien al que siempre has visto con resaca, de mal humor, lanzando vasos al suelo o actuando como si estuviese drogado? Cada vez que recordaba el vaso roto en el suelo le hervía la sangre. Como futura ama de casa –porque aunque Anankos no paraba de ponerle piedras en el camino, ella no perdía la esperanza, aún era joven y le quedaba mucho mundo por ver–, aquello había sido una ofensa absoluta. Inaceptable. Pero tenía que calmarse. A menos que el chaval buscase pelea y se pusiese muy pesado, ella había venido a disfrutar de la final. ‹‹Pero como tenga las santas narices de tirarme los bollos de carne al suelo, lo lanzo a la arena de una patada››.

—La final es entre Pelleas y Sindri. A lo mejor inundan la arena de magia arcana y salimos tosiendo magia todos.

Recordó la abrumadora sensación de notar la magia arcana de Pelleas se filtrarse por todos y cada uno de los poros de su cuerpo, y lo asfixiante que resultaba intentar respirar, o tan siquiera ser consciente de lo que sucedía entonces. Pero esta vez no iba a agobiarse. No le iban a pagar por ello.  

Miró de reojo. Se fijó en su forma de moverse. Las pupilas no estaban tan dilatadas como la otra vez. Tampoco apestaba a alcohol o a vómito. ¿Sería buena señal?

—Ah, ya empieza.

Su voz se perdió entre los innumerables aplausos y gritos del público. Si Sindri y Pelleas habían dicho algo, no alcanzó a oírlo. Pero sí vio cómo empezaba a acumularse magia oscura alrededor de ambos. ¿Quién ganaría? ¿Sería un combate rápido? ¿El perdedor saldría rodando como un tonel como hizo ella, hasta estamparse contra la pared?

Mmmh… Definitivamente, los nikuman habían sido una buena compra.
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