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[Campaña de liberación] Los problemas no piensan en el tiempo que invierten [Priv. Sissi]

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Mensaje por Isamu el Mar Jun 25, 2019 9:10 pm

La Ciudad Blanca. Capital del Reino de Sindhu. Ciudad de esplendor y luz llena de visitantes y habitantes, dándole un aspecto vivo y de movimiento a la activa ciudad. Repleta de ofertas, con un amplio mercado que, aunque no era comparable al del Valle Diamante, seguía siendo un interesante punto de visita tanto para nativos como para visitantes, en verdad no se podía decir que fuera un lugar desagradable. Si tenía que mencionar algo el kitsune, probablemente sería...

El calor.

Ese calor que parecía colarse por la piel hasta asentarse en los huesos, sin querer irse. Sin ser capaz de quitarlo. La humedad del ambiente no ayudaba demasiado a que esa sensación en concreto se desvaneciera, y ese día en concreto el calor que hacía era algo más notorio que otros días. Guarecido bajo la sombra que generaba la caseta que tenía puesta en el mercado, y armado con un paipai para al menos abanicarse un poco, observaba a los 'clientes' que pasaban, dedicándoles una sonrisa en cuanto alguno se acercaba un poco al expositor de las delicadas tallas de madera expuestas. El exceso de calor también se notaba en la cantidad de gente que se atrevía a caminar por el mercado. Y era normal...

La pregunta ahí era... ¿Qué hacía él allí? Siendo un noble... un Lord. Y haciéndose pasar por un vendedor más, como quien no quería la cosa. La respuesta haría reír a cualquiera. Realmente, era un Lord, pero un Lord bastante pobre. El viaje hasta Sindhu, aunque no se quejaba por las facilidades y la generosidad que había recibido al llegar, había sido simplemente desolador. En todos los sentidos. Al punto de que habían llegado prácticamente con lo puesto y, al menos el laguz, encima con un gran añadido de cardenales y heridas a medio sanar. No sería exagerado comparar su aspecto con el de un perro apaleado cuando llegó a las fronteras del reino de Sindhu. Y de alguna forma, quería aunque fuera de esa pequeña y tonta forma, obtener dinero por su cuenta. Por algo hecho por él. Por su trabajo. Estúpido, ¿verdad? ¿Qué clase de noble querría hacer esa tontería? No muchos.

Pero sentía que debía tanto... Sentía que le habían dado tanto sin esperar nada a cambio... Y era cierto. Pero quería devolver el favor de alguna forma. Aunque sus formas no es que fueran muy ortodoxas o normales. Pero lo lograría, de eso sí que estaba seguro. Como que su nombre era Isamu.

Y ahí, en medio de aquellos pensamientos mientras el inconfundible aroma a madera inundaba sus fosas nasales con un agradable tinte cálido, fue que comenzó a escuchar pequeños gritos. Gritos a la lejanía que parecían advertir, y que poco a poco fueron acercándose hasta acabar de alarmar a todo el mercado entero en cuanto la palabra 'emergido' fue diferenciada de la marabunta que formaba el gentío. Se incorporó, dejando todo de lado dentro de la caseta para salir fuera. Por encima del resto aprovechando en parte su considerable altura, se aseguró de que los guardias comenzaran a poner orden entre los habitantes que, asustados, comenzaban a intentar huir. Y aunque no pintara mucho allí... Él ya tenía experiencia en aquello. Y a tenía experiencia y más que de sobra...

Ayudó en la organización de la gente y hacia donde era dirigida, y poco a poco fue acercándose hacia donde parecían haber sido avistados los seres de apariencia grisácea, siendo seguido de cerca por una pequeña tropa de guardias que pronto mencionaron su nombre al ser reconocido, pidiéndole al kitsune que se retirara de allí, que era peligroso.

¿Retirarse? No. No iba a retirarse de una tropa de emergidos. A esas alturas, hacía falta mucho más para asustarle.

- ¿Cómo me voy a retirar cuando sois solo unos pocos en contra de a saberse cuántos enemigos? Yo me quedo. Y que alguno se atreva a obligarme a irme de aquí - Dictaminó con seguridad, arqueando una ceja y todo en el proceso. Pero, el afilado sonido de una flecha pronto llegó, advirtiendo al fino oído del albino de aquello y causando que el pelaje de su cola se erizara por instinto, apartándose y pudiendo ver cómo la flecha se clavaba muy cerca de donde había estado él pocos instantes antes. Y ahí, su mirada se clavó al frente, viendo como algunos arqueros emergidos parecían haberse posicionado en los primeros edificios con buena colocación. A su vez, la tropa de emergidos avanzaban por la calle principal, pero pronto la vista del kitsune se fijó en varias calles secundarias que cruzaban con esa principal. No era seguro avanzar contra ellos... Podían aparecer más  por los costados... Y no conocía si iban a recibir más ayuda o no.

No se retiraría. Pero de ahí a ser un temerario había un paso. Era absurdo exponerse sin motivo, sin pensarlo.
Isamu
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Mensaje por Sissi el Jue Ago 01, 2019 11:13 am

Aunque Sissi hubiera nacido y crecido durante siglos en un desierto, eso no quería decir que fuera del todo inmune al calor. Lo aguantaba mejor que la mayoría, pero hasta ella tenía un tope. Ese día había sido mucho más terrible que los demás y hacía varias noches que arrastraba un persistente dolor de cabeza, una migraña incesante por no dormir o dormir a deshoras. La situación del mundo la mantenía en vilo. Sindhu lograba alejar a los emergidos de sus territorios y mantener la paz, estaban creciendo al igual que sus aliados Bern, Senay o Ylisse. Pero había mucho más allá de ellos. La mitad de Valentia había caído en las manos corruptas de los emergidos y en el resto del mundo habían aparecido potencias emergidas. Nada quedaba de las culturas que antes habían habitado allí y el corazón de Sissi lloraba por ese destino. No deseaba que algo así sucediera en su continente.

También estaba el asunto de Plegia y las cartas que había recibido de parte del rey Gangrel. Tenía miedo de que alguien así pusiera los ojos en algún territorio anexo al suyo. Tanto, que más de una vez había recorrido las fronteras de Sindhu en su forma dragón en busca de movimientos extraños o banderas que no reconociera como aliadas. Por el momento nada fuera de lo normal había aparecido, pero Sissi no lograba conciliar el sueño del todo. El calor no ayudaba. Así que esa mañana se había levantado y había decidido visitar las playas de la Ciudad Blanca. Debido a su geografía, había infinidad de calas de arena totalmente blanca, muy diferente al tono casi rosado de las arenas de Hatari. El agua era transparente y de un azul tan turquesa que los peces de colores se podían ver a la perfección. Las costas de Sindhu eran tan salvajes como el resto del territorio y las palmeras y vegetación lograban casi llegar al mar.

En las playas no solo había familias y niños que chapoteaban para alejarse del terrible calor y humedad; sino que también había elefantes y aves tropicales. Casi todos los comercios se habían movido a esa zona desde el mercado, pues tendrían más suerte de vender en la gran concentración de gente que allí había en vez de en las callejuelas desiertas del centro de la capital. Sissi disfrutaba de todo ello en la lejanía, consciente de que si se paseaba entre su gente no tendría ningún momento de paz y tranquilidad, que es lo que buscaba. Así, la reina se mantenía apartada en una cala diferente pero desde la que se podía ver el resto de playas. Con ella estaban otras señoras de la corte y un grupo de guardias por protocolo. Sissi vestía un choli blanco y una falda ajustada y blanca, de una tela de lino muy fina que, al mojarse, se le pegaba a las piernas y cadera. Tenía el estómago al aire y enseñaba una joya en el ombligo perforado.

Cuando era niña, había jugado miles de veces en el río que circundaba su ducado; pero hacía años que no había podido hacer nada así. Por primera vez en mucho tiempo, nadó en las aguas cristalinas y su piel se llenó de sal. Salió del océano con la cara sonrosada por el sol y el pelo rosa mojado. Su felicidad solo fue rota por el replicar de las campanas. No podía tener ni una hora de descanso, parecía. El número de toques indicaba el número de enemigos. Mucho más de los que se sentía cómoda que hubieran penetrado en territorio poblado. La gente en la playa comenzó a mirar en dirección a la ciudad, sin saber muy bien qué hacer. Sissi se giró a los guardias: –Proteged a los civiles, que los emergidos no lleguen a las playas. Mandad refuerzos al mercado, las campanas vienen de allí. Iré a ayudar.

Y dicho esto, Sissi se alzó en su forma dragón, levantando ráfagas de arena en su aleteo. Su sombra sobre el agua, las palmeras y más tarde las casas blancas, pronosticó la llegada de la reina para ayudar a su pueblo. Dio una vuelta alrededor de la zona de conflicto y, con un rugido, barrió con su hálito la zona entre la selva y la civilización para cortar el flujo de nuevos emergidos. Después, descendió en una de las avenidas más amplias en las que cabía si se mantenía recta y pegaba las alas a su costado. Volvió a su forma antropomórfica y corrió en busca de algún capitán que le informara del número de enemigos. En su lugar se encontró con Isamu.

–¿Qué hacéis aquí? ¡Poneos a cubierto!
–. Al notar un súbito ataque, Sissi volvió a transformarse. Al contrario que en las callejuelas estrechas de otras zonas, allí podía hacerlo si tenía cuidado. Tapó con su pecho y patas delanteras al kitsune y a los soldados sindhi que estaban allí y descargó su aliento contra la primera tanta de emergidos que avanzaban hacia ellos, calcinándoles al instante.
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Mensaje por Isamu el Miér Oct 02, 2019 8:28 am

Los soldados, aunque acostumbrados a aquello, parecieron ver lo mismo que había visto el propio kitsune y, por eso, dudaban con sus acciones. En parte agradecía esa precaución el albino, pues significaba que no eran solo carne de batalla, si no que sabía analizar las circunstancias. Y eso ya lo había comprobado otras veces. Pero lo que menos le gustaba de todo aquello eran esos arqueros posicionados en puntos clave. ¿Cómo habían llegado allí tan rápido? Eso no le gustaba ni un pelo, pero pronto cualquier tipo de pensamiento quedó ahogado ante una voz femenina que se alzó por encima, reprendiéndole por estar allí.

La reconoció, como para no, pero a su vez eso le causó gracia pues le hacía sentir un deja vu de escasos momentos. Le habían dicho lo mismo que los guardias. Se notaba quién era la que mandaba en ese 'cotarro'. Pero la verdadera ayuda no tardó en llegar en forma de un gigante dragón de escamas doradas que le cubrió a él y a la pequeña tropa de guardias que estaban allí. En verdad le maravillaba ver a la inmensa figura reptiliana, y pronto el aroma de carne y metal con cuero quemado inundó el ambiente con el característico tinte de guerra que eso avecinaba. Qué duda cabía que era una gran ayuda. De hecho, ella sola podía encargarse de varias tropas enteras de emergidos sin problema probablemente. - Oh... venga, no seas tan terca, déjame ayudar - Pero, de nuevo, lo que más le preocupaba al kitsune se hizo presente. El sonido característico de las saetas al rasgar el aire vibró, y las sensibles orejas del zorro albino se agitaron, asomándose lo justo para poder verlas. Sabía que era un dragón, que sí. Pero bien sabía que todos los seres vivos tenían sus debilidades.

Y ahí fue cuando aprovechó para colarse entre las zarpas de la manakete y poder transformarse él mismo en la figura de zorro de más de dos metros de altura. Ella tenía más difícil la movilidad en esas circunstancias, aun cuando tenía espacio para maniobrar. Él, no. Por eso, no tardó en comenzar a instigar a los arqueros, buscándolos igual que lo haría un depredador salvaje al buscar sus presas. Aprovechando las diferentes alturas de los edificios y su agilidad innata, se encaramaba sobre los tejados, derribando a los arqueros de un placaje o zarpazo para tirarlos del tejado y volver a la seguridad de las calles más secundarias para acabar con ellos

Cuando ya había derribado a tres de ellos, pudo tomarse un momento para poder visualizar el estado de la avenida principal y cuál era su evolución durante esos momentos en los que él se había centrado en derribar a los emergidos a distancia. Pero ahí, también fue cuando percibió energía mágica ir directa hacia él en forma de fuego, haciendo que un pequeño gruñido asomara por sus labios y tuviera que saltar del tejado que estaba para esquivarla. Así que también tenían magos... Ahí fue, una vez en una de las calles secundarias, que se dio cuenta de que sus sospechas eran reales. - ¡Están intentando rodearnos! - Advirtió en un bramido para ser escuchado, resonando la voz distorsionada con eco junto al gruñido que asomaba de entre sus fauces ya manchadas de sangre.
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