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Mensaje por Gangrel el Mar Jun 11, 2019 3:39 pm

Escribía el monarca en un libro en blanco, utilizando para tal labor una pluma roja ya adaptada por el uso a la forma de sus dedos. Sentado en una cómoda silla de madera con un cojín para cubrir su espalda, el monarca estaba frente al más bello espectáculo posible: una antigua ciudad que había osado resistirse al avance imperial en ese muerto país. Emergidos y humanos parecieron ponerse de acuerdo para resistir contra Gangrel y los suyos. Pero lo que ellos no esperaban es que la muerte… Les vino del cielo. La ciudad había quedado pasto de las llamas esa noche, con todos los habitantes dentro. Y los pocos que sobrevivieron, fueron rápidamente interceptados por las tropas de Plegia y esclavizados. Sin más. Si acaso esos seres pensaban que el ejército plegiano se iba a limitar a sitiar la ciudad, lo tenían crudo. Brea, brea incandescente del cielo, era la respuesta verdadera.

Gangrel estaba trabajando con el espectáculo de las cenizas frente a él. El monarca de Plegia dejaba así una muestra a los soldados de su total frialdad como comandante. Solo le faltaría una buena taza de té y a su amada concubina a un lado y ya podría fingir ser un simple escribano. No le gustaba tener que llegar al punto en el que acababa con la vida de vete a saber cuántas personas, pero era totalmente necesario para mostrar el nuevo régimen sobre el que se cimentaría su imperio.

“En consecuencia, el general hábil somete a las fuerzas enemigas sin luchar, captura sus ciudades sin sitiarlas, derroca los reinos sin recurrir a prolongadas operaciones en el campo de batalla”

Seguía escribiendo. El agradable sonido del papel chocando con la afilada punta de su pluma resultaba mejor música a oídos del rey que la de cualquier violín. El saber que su gran sabiduría se estaba inmortalizando sobre el papel era mejor orgasmo que el que le podían otorgar las noches de placer.

Y podría haber estado así mucho más. Escoltado por unos pocos soldados, el rey había permanecido escribiendo ahí por horas, utilizando sus propias piernas de soporte del libro. Pero todo tiene un final. Y el final llegó cuando uno de sus consejeros se arrodilló frente a él. Un hombre de mediana edad, ataviado con un peto de hierro y las ropas típicas de un piquero raso, solo diferenciándose por la cinta roja que rodeaba su armadura. Como debía ser. En su ejército, solo el rey podía diferenciarse de los iguales.

-Nueva remesa de mercenarios, mi señor. Debemos aprovechar inmediatamente para atacar. La pregunta es… ¿Qué objetivo será liberado hoy?

Preguntó para luego dejar un mapa sobre las piernas del rey. Gangrel lo tomaría con delicadeza y miraría con atención. A unos pocos metros, se encontraba una ciudad costera de la cual no se sabía mucho, solo que estaba hasta arriba de emergidos hostiles. La señaló con solemnidad para luego doblar el mapa y devolvérselo a su siervo, sin dirigir mayor palabra. No todavía.

-Volvamos pues al campamento. Nuestros soldados os esperan, mi señor

La mirada del rey denotaba todo lo que era necesario para ver lo que él opinaba: estaba molesto… Porque le habían interrumpido. El pobre hombre tragaría saliva al ver tal gesto en la faz de su señor, antes de ver cómo el rey ya se estaba adelantando, dirigiéndose él solo hacia el campamento… Con el libro en mano.

***

Mercenarios y Tercios. Qué bonita escena digna de los cantares estaba ahí preparada. El rey entró en el campamento con discreción, siendo recibido por un fortísimo “¡Grima salve a Plegia!” gritado por los soldados que a él le acompañaban, para luego él alzar el brazo, haciendo así el saludo a la plegiana (simplemente, alzar el brazo y mantenerlo erguido en un ángulo de aproximadamente 120º) que tan característico se había vuelto en su régimen, gesto que sería correspondido por sus oficiales cercanos.

Los mercenarios, que según las normas y el protocolo plegiano debían esperar hasta que el rey o el general de mayor rango diera la orden en un gran patio central que había en el campamento, tendrían el honor de encontrarse con que Gangrel había ido directamente a ellos. Deberían haber unos veinte, no muchos, pero tampoco necesitaba más: posiblemente, solo saldrían vivos cinco. Gangrel ya usaba a esos seres como carne de cañón para salvar la vida a sus Tercios, mucho más valiosos y entrenados que ellos. Pero eso no significaba que no pudiera darles un discurso digno.

-Vaya, vaya… –las palabras del rey sonaban directas, fuertes, imponiendo el respeto y el porte regio que debía tener uno de su clase social- Es un honor para mí daros la bienvenida a la familia que somos los Tercios del Hálito Negro. Nos, Gangrel I de Plegia, rey de Plegia, Futuro Emperador de Manster, Jehanna y Carcino, señor de Ultramar y los mares de Levante, y un millón más de títulos que tenemos detrás del nombre y que no nos apetece decir, os saludamos, mercenarios. Es un honor estar frente a quienes van a dar su sangre por Plegia –hizo una pequeña reverencia, como muestra de sincero respeto. Y sí. Estaba usando el plural para hablar de sí mismo. Era su derecho como rey referirse a sí mismo como “Nos”, la máxima forma de respeto que se permitía dentro del ejército- Y es que, aunque no lo creáis, hermanos míos, una vez fuimos como vosotros: una hormiga minúscula e insignificante para un rey que simplemente me parecía incompetente. ¿Pero sabéis qué? Le sustituí. Y ahora, estamos aquí, con la corona en la cabeza. Fijaos. Venís de Nohr, de Hoshido, de Thracia, de cualquier tierra donde el ascenso social es algo que solo existe en sueños. Pero eso en Plegia, no pasa. Esta es la tierra de las oportunidades. Llevamos nuestra soberanía más allá de donde se pone el sol y a cambio damos la oportunidad de crecer y volverse un verdadero noble a quienes den sangre por nuestra bandera –el rey chasqueó los dedos, haciendo que dos soldados cercanos dejaran al descubierto un gigantesco cofre, que dejarían al lado del monarca para luego abrirlo. Estaba lleno de dinero hasta los topes. Monedas doradas que resplandecían como el sol. La voz del rey comenzaría a volverse más… Cálida, enérgica, a partir de ese momento- Y este es vuestro salvoconducto a la buena vida. Pero antes, debéis luchar. Y lucharéis junto a los míos. Y junto a mí. Lucharemos en Rausten, lucharemos en mar y en océano, lucharemos sin importar el costo. Lucharemos en las costas, lucharemos en las villas, lucharemos en los campos y montes, y nunca nos rendiremos. Y si llegara el momento en el que, el padre grima reclamara vuestra alma, que sepáis que yo mismo me encargaré de hacer que se os entierre como héroes –alzó la mano violentamente, dando todavía más dramatismo a la escena- ¡Así pues, mercenarios, os pregunto! ¿¡Por qué lucháis vosotros!?


Última edición por Gangrel el Sáb Jun 15, 2019 8:06 am, editado 1 vez
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Mensaje por Kiram el Mar Jun 11, 2019 7:49 pm

Kiram había estado ocupandose de su armamento y de su armadura hasta último momento, en combate podía significar la diferencia entre la vida y la muerte. Los días anteriores se había estado ocupando de la segunda cosa más importante -o la más importante, según la situación en la que se encontrase- y esa era hacer aliados en el campamento. No conocía a nadie, asi que se ocupó de solventar eso, de buscar y hacer amigos y aliados entre los mercenarios que formasen una suerte de camaradería con él, algo que vendría bien en combate. Los seres humanos eran criaturas sociales, tribales, y pocos realmente podían sobrevivir en aislamiento, emocional o físico, por demasiado tiempo sin terminar consumiendose a si mismos. E incluso aquellos que lo hacían, no salían indemnes de la ordalía. Fue uno de los primeros en estar listo, tanto asi que al principio tardó en reconocer quién era la persona que se había adentrado al campamento.

¿Era un rey? ¿Para el que estaban trabajando, ese rey? Kiram no había conocido a muchos reyes, asi que había tendido a fantasear al respecto como casi cualquier persona. Se lo habría imaginado al principio de sus años como soldado como una persona a caballo con un aura dorada a su alrededor y un coro de harpas que lo seguía, un hombre enorme fuerte y diestro. Después, a medida más tiempo pasaba como soldado y cuando llegó a ver a los nobles que poblaban las cortes pasó a imaginarse a los reyes como gordos inútiles, que solo iban a las batallas para ser un ornamento no muy diferente a los estandartes de los soldados. Raro era ver el ideal del rey-guerrero que marchaba junto a sus tropas, inspirandolas en combate.

Y después estaba Gangrel entonces, que no ocupaba ninguno de esos lugares. A medida hablaba, más o menos mientras éste iba por la mitad de los títulos Kiram dejó de escuchar, adentrandose en sus propios pensamientos. ¿Éste era el rey? ¿De verdad? ¿O sería un doble de cuerpo? Lo dudó por un momento. ¿Y había venido solo? ¿Que tal si alguien había puesto precio a su cabeza? Claro, uno podía hacer el caso de que si la persona fallaba entonces sería torturado horriblemente y/o moriría en el intento. ¿Pero no era esa la vida de un mercenario? ¿Ser victorioso en combate o morir? Lo único que los diferenciaba de los asesinos era su entrenamiento y su sentido del honor, que con bastante frecuencia escaseaba entre los mercenarios. Kiram no estaba pensando en eso por él mismo, por supuesto, era consciente de que no poseía las habilidades necesarias, tal como sería el caso con un asesino, para moverse rápidamente, asesinar al rey y luego irse.

Pero lo había pensado. ¿Por qué? Porque si él fuera un monarca eso era lo que habría hecho, infiltrar algún asesino entre sus filas esperando ese momento para asesinarlo... Y en ese momento se encontró esperando que tal cosa -no- sucediera. Ya que, sería difícil de explicar que él no tenía nada que ver, siendo que estaban siendo comprados con dinero para luchar por él. Para cuando volvió a prestar atención a lo que Gangrel estaba diciendo, escuchó como había sustituido a un rey. Eso le llamó la atención, y pensó en si no estaría inflando la historia demasiado o mintiendo. ¿Un plebeyo, convertirse en rey? Imposible. Pero quizás era un pariente lejano o algo similar. Dudaba de que el rey les estuviera diciendo a un grupo de mercenarios armados que sustituir a un rey era una posibilidad para ellos... Pero más dudaba también de que alguno le creyera. La posibilidad de volverse un noble era algo por lo que muchas personas arriesgaban la vida, pero era como apostar con tu vida sobre que árbol caería un rayo en la próxima tormenta. El dinero si le llamó la atención, pero su mirada no permaneció allí demasiado tiempo. Solo era dinero. Lo que importaba mientras tanto era su propia vida, y, por supuesto la oportunidad de conseguir algo de gloria y renombre si se daba.

El discurso de Gangrel terminó con vehemencia, le recordó a un noble de un reino en una isla al cual había oído alguna vez, al enfrentarse a un gran imperio naciente. Kiram le creyó tanto como le había creído hasta entonces a todos los nobles anteriores. Es decir, no le creyó, pero sabía mejor que llevarle la contraria en frente de todos por lo que cuando los más sedientos de sus compañeros alzaron las armas en vitores, el hizo lo propio pero sus labios no se separaron. Sabía que no debia decir nada, que debía quedarse callado. Y eso hizo. No dijo nada, permaneció callado. Los vitores descendian. Apretó los dientes. No debía decir nada.

¿Alguna vez un mercenario se ha convertido en noble de Plegia, bajo tu reinado?

Preguntó, lanza en mano. Kiram realmente no conocía las etiquetas de la corte, y nunca había tenido que hablarle a un noble en persona, lo suyo había sido una vida de asperezas y esquivar las flechas que caían sobre él.
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Mensaje por Gangrel el Miér Jun 12, 2019 6:24 am

Recordaba el rey ahora el porqué de su discurso. Sí. Recordaba haber leído esas palabras en uno de los cantares de la biblioteca de su palacio, una leyenda según la cual un tiránico imperio cayó frente a la resistencia de los ciudadanos de una pequeña isla. Más o menos, pero posiblemente, la mitad de los ahí presentes ni sabrían de donde lo había sacado, así que sin problema. Podría darse a sí mismo la autoría del discurso y punto. Pero eso ahora no era lo importante.

Ahora lo verdaderamente divertido era regocijarse en los vítores. Era arrogante, sí, por supuesto. Y le encantaba ver que sus palabras podían producir ese tipo de sensaciones en los que le servían. Incluso a mercenarios que solo estaban ahí por el dinero. Era algo… Aterrador. Para el enemigo, por supuesto. Ese discurso estaba bien, sí… Pero mejor sería el que daría cuando volvieran a tomar el festín de la victoria para celebrar su más que seguro éxito en ese día. No podía ser de otra forma.

Sus ejércitos tenían tácticas preparadas para todas las ciudades de ese reino. Cada cálculo había sido supervisado y corregido por el propio monarca, cada cálculo había sido meticulosamente hecho bajo el asesoramiento del mejor general de ese ejército: él. Sabía perfectamente cuándo, cómo y por qué caería ese bastión emergido. Al ser una ciudad mercante, sus murallas eran más débiles que las que podría encontrarse por ejemplo en la capital. Caería rápidamente frente al Tercio. Los hechizos de fuego serían suficientes para hacer caer las puertas de ese lugar. Luego, las picas entrarían a toda velocidad y formarían dentro del lugar, sin permitir la salida de los emergidos por otro lugar que no fuera el mar. Si tenían barcos, conseguirían irse, sí, ¿pero a dónde? Sencillo. A Regna Ferox, o a Thracia. Y posiblemente, esos estados caerían si muchos emergidos desembarcaban ahí. Justo lo que él quería. Por supuesto, para luego invadirlos. ¿Qué? No era precisamente muy moralista que se pudiera decir. Para él, la soberanía de un país no grimante valía lo mismo que un trozo de madera. Puede que menos porque al fin y al cabo, el trozo de madera podía servir para hacer un remo con el que seguir expandiendo los territorios plegianos.

Gangrel, en ese escenario, estaba exultante, con la mano alzada ligeramente y una pícara sonrisa en el rostro: brazos en jarra, sacando un poco el pecho y con la barbilla alzada, una postura fuerte y severa que mostraba su total dominio sobre la situación. Una postura que, en cuestión de segundos, se rompió. Todo por la pregunta de un mercenario. Alzó las dos cejas impresionado, mientras uno de los soldados que había abierto el cofre tomaba ya la pica furioso ante tal falta de respeto a su señor, dispuesto a acabar con quien había proferido tales palabras de una forma vulgar y totalmente irrespetuosa hacia su persona. Pero Gangrel le detuvo en ese mismo instante, posando su mano sobre el peto de aquel fiel oficial.

-…Qué buena pregunta. Podrías haberme destruido si yo fuera un demagogo en cuestión e segundos. Te felicito –dijo el rey con sinceridad, comenzando a caminar ahora hacia él mientras chasqueaba los dedos, como una especie de sucedáneo de aplauso. Los chasqueó una vez, y otra, hasta que se encontró a un metro escaso de él- Tienes ingenio, demasiado a mi parecer. Pero eso nunca es una falta. Pues te lo voy a contar, mercenario. En este, que es mi reino, en este, que es mi imperio, en esta, que es la tierra bendita por Grima… El derecho de sangre no existe. Si se llega a un puesto determinado, es por el mérito. El general fue entonces soldado, el obispo tuvo que pasar por el más bajo escalafón y el rey tuvo que nacer en la más fría situación para poder llegar hasta donde está. No miento al decir que yo nací en la calle, joven. Mis padres me abandonaron. Fui adoptado por un desdichado anciano que otrora fue sacerdote, y por eso sobreviví. Él me enseñó que noble o campesino, si le cortas el cuello a cualquier persona, la sangre siempre será roja. Al final, frente a la muerte, todos somos iguales, muy a pesar de quién fuera nuestro padre. Eso quiere decir, que frente a la vida… Así debe ser. Todos tenemos las mismas oportunidades, pero el talento te hará ascender. Demuestra que eres digno de ello, y te contrataré para el Tercio si lo deseas. Demuestra que en ti hay fervor por la batalla, y serás sargento. Demuestra que eres un verdadero guerrero, y te volverás coronel. Demuestra que eres fiel a la corona tras todo esto, y obtendrás la mayor recompensa que puede obtener un amante de la guerra.

El rey se alejó en ese momento, dando la espalda con un lento movimiento de cadera que haría que su larga capa chocara contra los que estuvieran demasiado cerca. Una dramática pausa en la que estuvo totalmente callado, con una mano llevada a su pecho, en el lado donde se encontraba su corazón.

-El honor de pasar a las páginas de los libros de historia. Y esto va por todos. Demostradme vuestra fuerza, y podréis trepar más allá de lo que jamás hubierais podido imaginar –en ese momento, dedicó una fría mirada a sus soldados del Tercio, dando así de forma indirecta una nueva orden que ellos ya comprendían. Salieron disparados para informar de lo que sabían perfectamente que Gangrel quería: movilizar a las tropas- Me has caído bien, chaval. El resto, iros con los dos que acaban de desaparecer por ahí: poneos en formación con los míos y luchad por la santa corona de Plegia. Tú… De momento quédate a mi lado.

El rey realizó de nuevo el saludo a la plegiana para despedir a los mercenarios que habían recibido la orden, que todavía con la mente eclipsada en las ideas del discurso de Gangrel, no dudaron demasiado en salir corriendo en tropel hacia donde fuera que estuvieran preparándose los soldados para la salida. Gangrel no habló hasta que se aseguró de que habían desaparecido.

-…Tengo muchas preguntas que hacerte. La primera, por supuesto, sería cómo te llamas. Y la segunda, mucho más importante… Es quién eres
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Mensaje por Kiram el Jue Jun 13, 2019 8:16 pm

Kiram se mantuvo en silencio cuando tuvo la atención del rey, y al ver la actitud de su guardia supo que no estuvo solo en su imaginación el hecho de que debería haber permanecido en silencio, probablemente. Se mantuvo estoico ante el gesto no en menor parte debido a que Gangrel actuó rápido ordenandole al guardia en cuestión que mantuviera su arma en donde la tenia. Esta vez y cuando el rey volvió a acercarse chasqueando los dedos consideró, por primera vez, le hecho de matarle. No porque realmente quisiera hacerlo, si no porque estaba dudando de si iba a ordenar a sus guardias que le matasen por su atrevimiento. No era la manera en la que tenía pensado terminar su vida, pero si había de morir quizás podría derivar algo de satisfacción llevandose al rey consigo. Sorprendentemente nada de esto ocurrió, y Gangrel continuó hablando. Esta vez hizo su mejor esfuerzo por permanecer en un silencio indemne y aparentar escuchar el discurso del rey. Trató, lo mejor que pudo de no responder, simplemente por el hecho de que no era tan bueno en el arte de las mentiras y no tenia mucha experiencia fingiendo cosas.

Lo que se le cruzaba por la cabeza mientras tanto, era que no estaba diciéndole que no. Es decir, no estaba negándole que ningún mercenario se había convertido en noble de Plegia bajo su reinado, solo estaba reiterando la posibilidad y la idea de una meritocracia. Kiram estaba en desacuerdo con ello. Si bien consideraba que una meritocracia era un ideal digno no veía como un reino podía construirse sobre ese ideal solamente, al menos, no en la práctica sin que al convertirse en actos comunes, esperados, y aceptados, eventualmente no se convirtiese en una refriega entre aliados si existía la suficiente ambición, dejandolos en bandeja para los de afuera. Quizás simplemente, era que al no haber pertenecido apropiadamente a esos circulos era la impresión que le daba.

Torció los labios en una media sonrisa ante la idea del honor y pasar a los libros de historia, una mueca. Si, a quién no le gustaría. A él ciertamente le gustaría no solo ser un héroe reconocido si no también estar vivo para disfrutar de esa fama, aún conservaba esos sueños de niño pero la tierra, la suciedad y la violencia tenían un hábito de enseñarle de manera tozuda que uno no puede comer el honor, y que el honor no va a mantenerlo vivo. Todo parecía marchar bien, parecía que se había librado de alguna represalia, dentro de todo consideró que las cosas podrían haber salido peor. Hasta que al final de todo, le dijo que no se fuera.

Kiram permaneció en su lugar como una estatua, ladeando apenas el rostro con cierta curiosidad. Había en él, en su expresión, en su lenguaje corporal algo honesto y fiero. En esa carencia de falsedades que tenía, que no poseía la sumisión propia de un sirviente. A diferencia de otros mercenarios le miraba a los ojos sin miedo cuando este hablaba, y sin embargo era una mirada carente de desafío también, de expectativa.

Kiram —Respondió, una declaración firme y sin titubeos. Estuvo, por un breve segundo, a punto de responderle con sarcasmo respecto a quién era pero rescató la oración antes de que comenzase a formarse en sus labios.

Un mercenario, previamente miembro de la banda Garras de Grifo.

Terminó por decir nombrando la previa compañía de mercenarios de la que había sido parte antes de que ésta se desbandase. No se le había pasado por alto el detalle de que había esperado a que el resto de las tropas se fuesen. ¿Por qué? Se preguntó, naturalmente no sería un accidente o la cantidad de tiempo que le habría llevado a Gangrel pensar en algo que decir; durante el escaso tiempo que lo había conocido, es decir, la primera impresión que acababa de darle, se le hacía como una persona a la cual las palabras se le daban con relativa facilidad.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Jun 15, 2019 9:20 am

…Nuevo objetivo tenía el rey ahora: iba a presentarle a ese niño a Vincent aunque fuera lo último que hiciera. Ese sirviente que acabó como Barón de Manster. O a Sarah, que básicamente era la futura emperatriz y la encontraron como una mera mercenaria. Y sus generales… De los cuales la mitad como mínimo eran también plebeyos que apoyaron la revolución. La meritocracia en Plegia era un hecho probado, y el único lugar donde no estaba todavía instaurada, en la iglesia, era porque estaba completamente fuera de su alcance. No podía controlar lo que ahí sucedía. Triste, pero cierto. A parte de eso, en Plegia, al igual que en otro reino que solo existía en las leyendas, la nobleza nacía del mérito. Solo los dignos acababan tomando lo que se merecían, independientemente de su etnia o raza. Solo un factor importaba, y era, efectivamente, la religión. Se debía ser evidentemente grimante o jurar lealtad a ese dios para llegar a ser algo importante. Era el único limitador.

-…Kiram. Kiram. Kiram. Kiram el mercenario. Creo que no lo has entendido cuando te he preguntado eso de “quién eres”. Siempre hay algo más allá del nombre. Siempre hay aspiraciones. Creo que la verdadera pregunta que debería haberte hecho hubiera sido… –sus labios se sellaron por unos momentos, mientras meditaba con cautela lo que quería decir- ”Quién deseas ser”. La épica del mercenario seguro que es hermosa, pero todos queremos llegar a algo más… ¿O tal vez no? Tal vez… ¿Deseas lo que he dicho? ¿Pasar a la historia como un gran guerrero, al igual que yo lo haré una vez muera? Sí… Posiblemente sea eso… Todos ansían algo. La fama. El poder. La sabiduría. El dinero. Todos, al final, sucumben ante los pecados que Naga dejó en este mundo. Es el destino de la humanidad. Y es algo que en Plegia sabemos que se puede saciar –el monarca le miraba ahora a los ojos con seguridad, intentando imponer su dominante presencia sobre el joven que tenía delante, a pesar de la diferencia de alturas que había entre ambos- Soy un hombre mayor, Kiram. He tenido tu edad y sé perfectamente que estás en un momento donde toca cumplir aspiraciones e intentar alcanzarlas. Y… ¿Sabes qué? Podrías llegar a cumplir esas metas… En este, que es mi ejército. Pero en fin. Solo plantéate eso. –sonrió, tomando de su vaina una de las muchas dagas que llevaba consigo para apuntar con su dedo la hoja de la misma, señalando a Kiram el pequeño símbolo que se encontraba dibujado en ella: el relieve de su heráldica, un león con un cáliz coronándole- Podrías acabar teniendo uno igual. Un símbolo heráldico. Ser miembro de la nobleza de este reino. No sé si es lo que deseas, pero por si acaso… Te daré un consejo. Hoy iremos a atacar una pequeña ciudad costera. Sus murallas están ya dañadas, pero aun así, creemos que los emergidos van a dar resistencia. Y posiblemente esos mercenarios acabarán muertos. Como no me gusta la idea de tener que ver cómo te tiran a una fosa… Te daré un consejo. Toma tu pica, colócate junto a mis Tercios, detrás de la fila de hechiceros, e imita lo que verás. Esta técnica ha servido durante mucho tiempo para mantener a salvo a los míos. Y contigo funcionará también.

Sí. La formación que él mismo había creado hacía meses. Totalmente desconocida para el resto de reyes, y que los emergidos, aun intentando imitarla con todas sus fuerzas, eran incapaces. Había algo que se les escapaba. Algo que diferenciaba completamente a los humanos de esas bestias. Y que él mismo había visto que los miembros de esa triste marea gris eran incapaces de obtener, por mucho que lo intentaran: eso era justamente, la terrible irracionalidad humana. Esos sentimientos tan en apariencia inútiles como la hermandad formaban al terrible Tercio. La necesidad humana de proteger al camarada era lo que convertía a unos cuantos hombres con picas y grimorios en un pilar inamovible, casi indestructible si no era bombardeado literalmente o contrarrestados con otro Tercio. Lo cual, por cierto, era casi imposible de ver. Así que… No se preocupaba.

-…Sea pues, con esto dicho, Kiram… Te deseo suerte. Que el padre Grima todopoderoso te bendiga. Sigue mis consejos, y si esta noche, para cuando estemos de vuelta, tienes algo entre manos en lo que te pueda ayudar… Ya sabes dónde estoy. Ahora ve. Nos veremos si Dios lo quiere en el campo de batalla.

Y no dijo nada más. Alzó la mano como un saludo antes de irse, envainando de nuevo la daga en su funda. Tenía la sensación de que ese día… Iba a poder divertirse mucho. Masacraría a todo el que se pusiera por delante de él. Con sus propias manos. Porque era así mucho más divertido, y punto. Chasqueó un par de veces sus dedos para hacer que uno de sus oficiales se le acercara. “Tráeme el mapa”, dijo con los labios, para luego ver cómo este se alejaba para cumplir sus designios. Y sí, volvió en cuestión de segundos con un plano de la ciudad a la que se disponían a atacar en sus manos, obviamente creado a partir de un par de visitas aéreas, lo cual lo volvía relativamente preciso. Un par de ojeadas, mirar que las líneas marcadas para mover a las tropas fueran las correctas… Y ya. En cuanto vio que todo estaba en orden, devolvió el mapa en manos de quien se lo entregó y encontrarse de sopetón con el caballo que estaba frente a él, esperando ya. Sería tan rápido como montarlo en un simple salto y ya estaría preparado para salir al galope hacia su nueva… Adquisición.

-¡Que salgan dos Tercios completos al ataque! ¡Y media guarnición de mercenarios para cada uno! Yo lideraré la situación por un lado. ¡Que otro me acompañe para hacer de comandante del otro! ¡Así es la voluntad de Grima, y así haremos que se cumpla! ¡A por ellos!
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