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[Campaña de conquista] Seis Ojos, Seis Alas [Privado | Gangrel]

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Mensaje por Morgan el Sáb Jun 01, 2019 9:14 pm

En realidad, Morgan desconocía el motivo del mensaje de llamado que había recibido, pues bien era de esperarse que su autor nunca diera explicaciones a todo y en aquella instancia tampoco las había habido, pero acudía de todas formas. Habrían sido varias semanas de que no veía al rey Gangrel, mas sabiendo más o menos con qué asuntos él y las tropas de Plegia habían llegado a costas jugdralitas, podía imaginarse que la convocación sería para algo divertido. Cuanto menos, algo inmensamente interesante. Plegia estaba comenzando sus propios esfuerzos de conquista. La sombra del dios oscuro se cernía, se esparcía sobre todo el continente ahora y el panorama no dejaba de fascinar y entretener, con cada nuevo desarrollo que tomaba lugar.

En ese mismo momento, por ejemplo, Morgan provenía desde el recién tomado Grannvale, donde la imposición religiosa de Nohr sobre sus nuevos súbditos seguía siendo fuente de tensiones. La política y la interacción con el pueblo regentado no podían importarle menos ni aunque se esforzara, pero en lo que respectaba a imponer orden, o mejor aún, cuando ya era asunto de detectar insurgentes que se aferraban a su religión original y terminar con ellos, de buena gana prestaba una mano. Eso mismo había estado haciendo, como favor a un querido amigo, y tan bien dispuesta que inclusive al desplazarse seguía prestando atención a las tierras que cruzaba, a la búsqueda de un grupo bastante numeroso y organizado de seguidores de Naga que hacía poco habría terminado de huir de Grannvale en dirección Sur. Habían evadido sus estrategias de bloqueo ya un par de veces, se le habían escabullido de entre las manos y la espina de saberlos sueltos por ahí no se le quitaba. Moviéndose a lomos de un wyvern con que recientemente se había hecho, mucho más rápida en sus travesías ahora, confiaba en poder dar esa revisión a la zona y aún llegar temprana a su cita. Curiosamente, la dirección que conjeturaba que los rebeldes habrían tomado era más o menos la misma que desembocaba, sólo un poco más allá, en el punto de encuentro donde el rey plegiano la esperaría.

Aún más curiosamente, estaba divisando lo que no podía ser sino un combate en la ruta, bajo las últimas luces doradas del atardecer. Acercarse demasiado representaba cierto peligro, ella y su wyvern eran un blanco muy grande y muy obvio para arqueros o magos que decidieran que les lucían sospechosos, pero la intrigaba demasiado la disputa como para simplemente ignorarla. Llegó a pensar, incluso, que quizás Plegia ya había avanzado y estaban defendiéndose de un grupo emergido allí, mas todo combate con una concentración tan grande de magos oscuros ciertamente tenía un aspecto distinto. Rodeando sus manos con las riendas para sostenerlas más cortas, inclinó a su montura para que esta bajara en una pequeña picada más cerca del combate, para luego volver a remontar vuelo alto a toda velocidad, permitiéndole a la jinete una mirada pasajera: ahí tenía a su batallón de seguidores de Naga. Se habían encontrado con problemas, por supuesto, fuera de la Grannvale liberada las cosas no eran nada fáciles. - ¡Heh! Mira tú. - Morgan se murmuró, procediendo con renovadas ganas en su camino.

El ejército plegiano no estaba lejos, tampoco. No tardó en avistarlos también, apostados en espera o en preparativos. Supuso que, fuera cual fuera la intención por la que el rey la había llamado, ahora ella también tenía algo que contar. Dirigió al wyvern al frente en que imaginaba estaría el hombre mayor, buscando su figura desde lo alto para descender cerca. Las amplias alas del animal dieron batidas más cortas, en tanto sus patas se acercaban al suelo, hasta posarse pesadamente en un área despejada del camino. La joven a bordo, instando a la criatura con un par de golpecitos en el cuello para que se agachara, miró derredor hasta dar con quien necesitaba. Al hacerlo, dejó con rapidez las riendas y descendió agarrándose de donde tuviera que, aún desacostumbrada a tratar con el animal e ignorante de la técnica más adecuada.

- ¡Tío Gangrel! - Saludó, bromista. Ante de separarse del wyvern, cuyas escamas oscuras lo hacían poco más que una gran mancha en la caída de la noche, tuvo que darle un firme golpe en la nariz para que se quedara quieto, además de posicionarse por frente de la criatura, entre ella y todos los demás. La apuntó con el pulgar, por sobre su hombro. - Juguete nuevo, ¿a que es super bonito? Le llamo… wyvern. O lagartija. Creo que le da igual. Oh, pero no vengas a abrazarme, porque siempre se piensa que nos están atacando. - Explicó. No era que fuera a suceder, pero se adelantaba. En sí, lo que tenía era un wyvern todavía salvaje, con el que ella misma todavía tenía que mostrar dominancia constantemente para mantener su obediencia, y que no sabía comportarse ante otras personas o criaturas, pero la estratega estaba alegre de tenerlo. Establecido aquello, dio un paso más adelante. - Deben estar enterados de que se armó lío más adelante, ¿cierto? No creerás lo que es ese combate. Menuda coincidencia, en serio... -
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Mensaje por Gangrel el Dom Jun 02, 2019 3:16 am

Una sola cosa podía asegurar el rey que sabía. Desde su llegada al trono, podía afirmar que una sola cosa que él conocía no podía ser negada de ninguna de las formas. Ni tan siquiera si esta fuera proferida por un gran embustero, deberías desconfiar. Y es que, a su persona, no le gustaban lo más mínimo los imprevistos. Siempre tenía que estar un paso por delante. Y llevaba mucho tiempo sin estarlo. Llevaba mucho tiempo que, en un aspecto, iba muy rezagado a otras monarquías.

Había logrado la maestría en la batalla: tanto en cuerpo como en mente era un comandante perfecto, pulido en todos los campos en los que uno de estos debería destacar. Sus tropas poseían formaciones que otros reinos no podían ni imaginar que existían. Sus estrategas eran, sin lugar a dudas, los mejores del mundo, y él se podía incluir orgulloso en ese grupo. Sus guerreros cada vez eran más experimentados y profesionales. Y por supuesto, estaba haciendo que su soberanía se expandiera cada vez más.

Cualquiera, a primera vista, podía pensar que Plegia era una potencia emergente que amenazaba con ponerse en los primeros puestos de todas las clasificaciones. Pero a ojos de su monarca, faltaba algo. Montado en un caballo que solía utilizar para desplazarse, el cual era movido ahora por uno de sus pajes, el rey miraba pensativo un documento que le habían enviado desde la lejana Jehanna, informando de la situación en los frentes de Magvel. Sus Tercios, tal y como era de esperar, comandados por el momento por algunos de sus más fieles y capaces hombres (como Vincent… O Robin, que ya había mostrado su lealtad al pulir la estrategia del Tercio), seguían causando estragos en las filas emergidas de las formas en las que se ordenó: no aniquilar. Mover a un lado pacíficamente, concretamente, a las costas, para que salieran a Regna Ferox a nado, con barco, o como esas bestias prefiriesen. Y mientras tanto, en Manster… El suelo de esa tierra antiguamente nagardiana ahora ardía con la vuelta al lugar de Gangrel. Las órdenes eran claras. Empujar a los emergidos contra la frontera de Thracia. Y eso se iba a hacer.

Acabar con el enemigo. Gangrel, taciturno y con la mirada completamente vacía, contemplaba ya las estrategias que se podrían utilizar mientras sus hombres seguían avanzando. Completamente en columna, un bosque de picas alzadas se movía inexorablemente hacia el frente, en compañía también por los lados de cientos de magos oscuros. Y detrás de ellos, del campamento del que salían, se veía un desolador paisaje de bosques talados y líneas de trinchera. Con tal de explotar al máximo la tierra, esos hombres habían estado destruyendo su forma natural y habían empezado, incluso sin haber conquistado el lugar, una tarea de deforestación y conversión del terreno en campos de cultivo nada desdeñable.

Todo iba bien. No había movimiento alguno que no fueran pasos coordinados (produciendo un característico sonido cuya vibración hacía que se percibiera al suelo cercano temblar). Y esa compaña de soldados parecía que avanzaría sin problemas hacia el grupo más cercano de emergidos, aniquilando en cuestión de segundos a los pocos que aparecían solos por el camino de vez en cuando para luego seguir caminando, tirando el cadáver de esa… Bestia a un lado del camino con indiferencia. Que los cuervos fueran el entierro de aquel invasor. Y que la marcha plegiana siguiera sin perturbaciones.

Claro que a veces, las perturbaciones suelen venir de ángulos que uno no se puede ni imaginar. A veces, no puedes ni percatarte de donde provienen esas molestas rupturas del orden y la calma. Y ya que eso de venir por tierra parecía estar muy gastado para la adversa fortuna que padecía el rey… Ya que eso no parecía lo suficiente digno para molestar a su grandilocuente persona… Y porque claro, tantos meses en la mar ya habían inmunizado al rey de cualquier cosa que esta pudiera tener… Pues por qué no del aire, por ir probando cosas nuevas. Gangrel querría agradecer a quien controlara el hado lo mucho que se esforzaba en buscar formas de ponerle todavía más nervioso y merecedor del título de “Rey Loco”.

Un wyvern precipitándose justo frente a él, con la respectiva reacción por parte del caballo que fue moverse a un lado de tal forma que un inexperto jinete como Gangrel no pudo controlarlo y acabó por caer al suelo, mientras desenvainaba una de sus dagas por lo que pudiera suceder en ese instante, esperando que la amenaza fuera un emergido. Lo cual, por cierto, en comparación a la criatura que ahora tenía en frente, hubiera sido un alivio muy grande. Pero tendría que conformarse el rey con una cosa un poco diferente. Casi nada. Solo la hija de Grima todopoderoso y una de las mejores estrategas del reino de Plegia, que acababa de aterrizar frente a él con una criatura aparentemente indomable para alguien que no hubiera sido entrenado especialmente para ello. Pues maravilloso. Ya había un motivo más por el cual ella había sido llamada ante él.

-Os saludo, Morgan. Deberéis perdonarme, pero creo que abrazaros desde esta pose sería algo difícil para nos, más que nada porque podéis ver que mi imperial trasero no se encuentra en su lugar habitual –dijo, señalándose a sí mismo, que todavía seguía en el suelo, para luego empezar a levantarse poco a poco. Detrás de él, las tropas no sabían ni como reaccionar. Podía escuchar palabras entre algunos de ellos, conversaciones que se podían reducir a un “¿Amiga o enemiga?” bastante fácil de responder si se veía la forma con la que se había presentado frente a Gangrel- Pues tu querida Lagartija casi mata a mi querido… –miró a su caballo, que ahora se dedicaba a pastar a un lado del camino, lo había empezado a usar nada más empezar las conquistas, y no se le había ocurrido mote algun- Cenutrio. No tiene nombre. Sea como sea… No pasa nada. No es como si ese bicho pudiera arrancarme la cabeza de un bocado. Parece evidentemente muy manso –hablaba con un tono sarcástico, no malhumorado, casi se podía pensar que se había tomado el suceso como algo divertido- Y supongo que armar lío es una expresión de los jóvenes de hoy en día para referiros a una batalla… Tengo que actualizar mi diccionario. Pero bueno, mientras avanzamos a esa contienda… Infórmame de lo que has visto… Y de qué tal están las cosas en ese país de arriba cuyo nombre no sé pronunciar
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Mensaje por Morgan el Sáb Jun 08, 2019 7:57 pm

La composición y el estado de las filas plegianas no tardaron en llamar su atención, ameritando de su parte un par de pasos hacia la izquierda, hacia la derecha, sólo para dar una ojeada rápida, sin atreverse a descuidar mucho al wyvern que ciertamente no estaba listo para relajarse y echarse ante tanto rostro desconocido. En verdad era una cantidad admirable de hombres y mujeres del reino desértico, y lucían listos para batir la guerra. Hacia donde marchaban a hacerlo, exactamente, se volvía un asunto aún más fascinante así. Uno que era claro con quién consultar. Al volver la mirada al hombre mayor y hallarlo en efecto alzándose del suelo Morgan soltó un gritito de sorpresa, mas apenas llegó a adelantarse unos pasos cuando escuchó que su nueva montura se removía inquieta tras ella también, debiendo girarse para darle un golpe sobre el puente de la nariz, gesto con que el animal entendía que había que echarse atrás. Para ese entonces, el monarca ya se hallaba bien y en pie por su propia cuenta. Al menos, parecía que se lo tomaba todo por las buenas.

Miró al caballo que le apuntaba, luego a su propio bicho, y sonrió como quien acabara de entender algo sutil. Apenas tenía sensibilidad hacia las otras personas; los animales estaban fuera de cuestión, eran cercanos a objetos en su mente y no consideraba que necesitaran tener nombres ni nada. Por supuesto, así eran las cosas. Quería tener a ese bicho como suyo, le gustaba tenerlo, pero no era como si quisiera al bicho en sí mismo, así que el que fuera útil era primordial. - Es un trabajo en proceso. Pero es plegiano, ¿sabes? Lo tenían unos emergidos vestidos de plegianos y dije bueno, este es para mi. ‘Enga. Si tienes algún libro sobre estrategia con unidades aéreas o alguien bueno en ello, le podríamos dar uso. - Expresó, por tanto. Gangrel era alguien de quien podía esperar algo de guía, según sospechaba. Dio un paso más cerca, más cuidadosa al hacerlo ahora, en tanto agregaba atentamente: - Nunca viene mal dominar cosas nuevas. - Lo cual no era un comentario inocente y servil, no, sino un intento de remarcar que estaba acumulando maestrías en todo lo que podía. Era un “mira esto, mira: estratega y jinete wyvern, a ver cómo se comparan los demás avatares de padre Grima” cazando por supremacía y validación. Todo el tiempo que había estado lejos, lo había invertido con ahínco en estudiar y amasar poderío, después de todo.

Como fuera, no era sólo para hacerse ver que estaba allí. La habían llamado por asuntos y para empezar, el rey plegiano le pedía su informe de ruta, en aquella forma algo graciosa de comunicar las cosas que Morgan siempre le hallaba. - ¡Mmhm! - La joven asintió de inmediato. Desde luego, no iba a hablarle tendido en voz alta ni parada a metro y medio de distancia, por lo que con un gesto de la mano llamó a su nueva mascota cerca, lo suficiente como para agarrarle las riendas; teniendo sujetado así se movió más tranquila para acercarse adecuadamente, y cruzando un brazo bajo el otro reportó:

- Sí es una batalla. Bando de emergidos contra humanos. Los humanos son locales, un batallón de ex-soldados de aquellos santos de Grannvale, en otras palabras, muy creyentes. Han bajado hasta aquí porque allá, con como está de controlado, no pueden ejercer su religión. Irónico… - Dijo, moviendo un tanto el dedo índice al explicarse, mas su humor jovial se había diluido un tanto. Se tomaba el tema con seriedad. Aunque no perdía la sonrisa, había algo más cruelmente burlón en ella, al pensar en la situación del enemigo. - Como sea, son bastantes y están aguantando, pero no hay posibilidad real. Es cosa de tiempo para que los emergidos se los coman vivos. - Juzgó, alzando la mirada con aún mayor atención al hombre, quien le quedaba alto por un gran trecho. Era quien tenía realmente los asuntos ahí, le interesaba más que nunca ver su reacción, su postura ante las cosas. Cómo ese pequeño gran detalle sobre la situación actual cambiara o dejara inmutado el tablero para él. - ¿Tú… qué tenías pensado hacer esta noche? - Consultó. Las posibilidades eran variadas, y muchas muy atractivas.
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Mensaje por Gangrel el Dom Jun 09, 2019 7:54 am

Otra mirada más a la inmensa criatura a la que Morgan trataba como si fuera un caballo. Para asegurarse de que esta no iba a intentar atacarle. Sí, en efecto, los wyvern eran un pilar de inconmensurable importancia en su ejército, pero… Normalmente, los que usaban sus soldados iban más amaestrados o con un bozal de metal muy útil en la boca. Pero no iba a negar los caprichos de la que era una de las estrategas con más victorias militares no solo de Plegia, sino que de todo el mundo, la cual era también una pieza primordial de sus… Planes a largo plazo.

-Entonces estoy frente a un camarada plegiano… Bien. Genial. Maravilloso. Pero sigue siendo una lagartija con alas que casi mata a mi caballo de un infarto –suspiró, intentando evitar mirar fijamente a los ojos de aquella criatura para no provocarla y evitar cualquier…. Tipo de malentendido- Obviamente, yo no sé montar a esas criaturas. Pero sí he estudiado cómo utilizarlas. El combate aéreo no es mi fuerte como estratega, pero… Podríamos aprender juntos. Aunque si de verdad quieres a alguien que te ayude a aprender a montar a esa cosa, te sugiero a su majestad, la Reina de Plegia –dijo con ironía, refiriéndose evidentemente, a la que era su concubina- Llámala mamá y creo que capaz es de enseñarte hasta cómo se peina a ese bicho. Claro, que tenéis la misma edad y sería raro –meditó, mientras acariciaba su perilla, recordando ese detalle. No era por nada, pero es que simplemente no podía evitar pensar que Morgan era más pequeña. Aunque siendo francos, eso era comprensible… Digamos que las diferencias físicas eran notables- Pero en fin. De momento deberías conformarte con aprender lo básico… Ya sabes, que no me mate

Por supuesto, Gangrel no comprendía nada al respecto el por qué del comentario de Morgan. De momento, estaba demasiado ocupado con que ese bicho no se moviera más del sitio. Sí. El terrible Gangrel de Plegia, emperador de media Magvel, prácticamente al borde de correr y echarse detrás de alguno de sus soldados por culpa de un wyvern. Pero al menos ahora que Morgan se había acercado parecía que había decidido tomar por las riendas al bicho. Aun así, dio un paso hacia atrás al verla acercarse. Pero ahora debía dar la imagen de general serio y poderoso que la gente esperaba de él. Más que nada, porque si el mismísimo Rey se achantaba frente a un wyvern, posiblemente, los que tenía detrás le perdieran completamente el respeto.

Pero las palabras de Morgan eran motivo suficiente como para relajarse. Entonces… Estaba teniendo lugar una batalla entre emergidos y dracomantes en dirección al lugar al que iban… Interesante. Muy interesante. Ahora bien. ¿Debían intervenir? Y en caso de hacerlo. ¿En qué bando deberían combatir? Porque la opción de apoyar a los emergidos se le estaba volviendo muy interesante… ¿En serio no podía? Miró hacia atrás, a uno de los coroneles que le acompañaba (un hombre de mediana edad, ataviado con una armadura de soldado raso, siendo lo único que le diferenciaba del resto una pequeña medalla que llevaba al pecho. Este, como si le hubiera leído la mente, empezó a hacer señas con la cabeza, ladeándola con insistencia, dando a entender lo que opinaba de la idea del rey. Claro que… Nadie iba a evitar que Gangrel hiciera lo que quisiera.

-Interesante, Morgan. Muy interesante. He de felicitarte… Vas a hacernos divertirnos mucho a todos. ¡Un dos por uno! ¡Herejes y emergidos de una tirada! ¿Cuál crees que vale menos? Yo creo que los herejes. –el rey desenvainó con emoción una de sus dagas, para luego apuntar con ella al frente. Este gesto ya fue suficiente señal como para que los soldados volvieran a ponerse en filas perfectas, alzando las lanzas y preparándose para salir al combate en cuanto el rey diera otra orden- Entonces creen que aquí van a poder procesar esa religión… Qué tiernos. Muy tiernos. ¿Por qué nadie nunca tiene en cuenta a la Inquisición Plegiana? –profirió en ese momento una fortísima carcajada, para luego tomar el arma que llevaba en su mano y arrojarla hacia arriba, para luego cazarla al vuelo y señalar hacia el bicho que Morgan llevaba con ella- Iremos… A ayudar a esos pobres desamparados. Ya tengo algo preparado para ellos. Se tendrán que integrar de forma voluntariamente obligatoria en nuestro proyecto imperial. Una verdadera honra para sus pobres almas. Al fin podrán conocer la verdadera religión por parte del más grimante de todos los reyes –la mano vacía del rey se alzaría en ese momento, realizando el saludo imperial que tan común se había vuelto en los últimos meses entre los suyos (alzar el brazo en un ángulo obtuso totalmente extendido, de unos 120º más o menos)- Que Dios se apiade de su alma inmortal

Y esa fue la señal necesaria para que el Tercio se moviera. Los coroneles de cada división se acercaron a Morgan y obviamente, a su propia persona. Debían preparar rápidamente el ataque para ser lo más eficientes que pudieran. La vida de un soldado de ese ejército era demasiado cara como para malgastarla. Al fin y al cabo, además de ser terriblemente experimentados, eran tropas que venían del desierto. Contar con tantas era de por sí un milagro.

-Muy bien, caballeros. Vamos a ir de frente, así que… Sugiero que dispongáis a las gentes con El Prolongado de Gran Frente. Una primera línea de 45 piqueros, con 16 filas a poder ser. Intentemos que las “Mangas” se coloquen en su posición rápidamente. No quiero errores, ¿entendido? Y tú –dijo señalando al coronel que antes había estado comunicándose corporalmente con él- Trae el Agua de Grima. La necesitaremos para lo que tengo pensado. Y tú, Morgan, no preguntes qué es eso hasta que lo hayas visto. Para divertirnos más cuando veas lo que hace –ahora se dirigió a otro de los coroneles. Uno que se diferenciaba del resto por su mayor edad (teniendo en cuenta que el que menos de esos miembros de tan alto rango era de unos cuarenta años… Ese debía ir por los sesenta perfectamente)- Musiquita alegre. Ordena a los tamborileros que pongan el ritmo de alguna canción que mis hombres puedan cantar sin demasiado problema… Que Morgan pueda enorgullecerse de mi obra maestra: El Tercio. Una formación simplemente incomparable. ¡Me oyes, pequeña! –se había girado repentinamente para estar mirando a Morgan, agarrándola por los hombros con emoción. En sus ojos empezaba a brillar el frenesí de la batalla que se iba a librar- ¡Incomparable! ¡Una obra maestra! ¡Relegará a la última línea las cargas de caballería! ¡Destruirá todo ejército, emergido o no, que se nos ponga por delante!

Sí. Ya empezaba. Ni se estaba dando cuenta de lo que iba a hacer en cuestión de segundos. Más bien, muchos podrían dudar de si Gangrel estaba siendo consciente de que iba a combatir y muchos de los que iban tras él morirían si las cosas iban mal. Claro que… Eso no podía importar menos al Emperador.

-Bueno, Morgan. Esta noche pensaba pasarla escribiendo, como siempre, y tal vez luego haciendo cosas que tú no debes saber por la conveniencia de la corona con Sarah. Pero antes de eso… Tú y yo tenemos algo que hacer. Ya cuando terminemos la batalla te lo explicaré mejor. Guíanos, Morgan. Cuando tú quieras, el Tercio se moverá

Esto es lo del Frente (?:
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POR CIERTO. COSA QUE SE ME OLVIDÓ COMENTAR DKÑADK. No son arcabuces ni mosqueteros, en el foro son hechiceros porque no hay armas de fuego (?? solo para que lo tengas en cuenta XD
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Mensaje por Morgan el Lun Jun 17, 2019 4:05 pm

Últimamente, aquel Rey Loco mostraba que movilizarse y atacar exitosamente eran acciones en las que tenía perfecta lucidez, cualquier otra cosa que pudiera decirse de su mente puesta aparte. Tenía dotes de estratega, sí. Dado aquello, dedicarse ambos a aprender más sobre combate aéreo eficaz sonaba suficientemente bien a oídos de la joven, un aporte decente del que su ego podía aprobar. - Pues va, tendremos que conseguir algo de material de estudio luego. Por ahora, aseguro que puedo controlarlo lo necesario, sólo no creo que pueda compartir el aire todavía. - Comentó, asintiendo. En ese sentido, le parecía que un animal medio salvaje, agresivo, era mejor que uno entrenado; atacaría más fácil y más brutalmente. Erraba, pero era su impresión. Igualmente, con poder retenerlo de comerse lo que no debía y dirigirlo a la hora de luchar parecía bastar por ahora. De sus contemplaciones la sacó la sugerencia sobre a quién pedir ayuda directa; sabía bien a cual jinete se refería eso, si bien no la conocía cercanamente. - ¡”Mamá”...! Antes sería otra hermana. - Rió, una risa liviana y sin incomodidad. Era Plegia, después de todo. Había poco que juzgar respecto a las relaciones interpersonales y menos tenía ella para decir, con su historial de intereses.

Pero todo eso eran asuntos para después. No era como si debiera preocuparse verdaderamente de vivir otro día o no, el combate entre los dos bandos antagónicos más adelante terminaría por sí sólo de forma favorable si lo dejaban, por lo que no había riesgo para ellos, mas aún había que ser inteligentes al respecto. Cuanto menos, tomar las decisiones pertinentes a cómo tratar esa batalla. Por lo pronto al rey parecía agradarle el panorama. Concordaba ella en que era una oportunidad irrepetible, de por sí, pero ver al hombre mayor disfrutarla tanto le contagiaba también de incrementados ánimos al respecto. Eso era, combatir y poner su aprendizaje a prueba tenía ese elemento de diversión también.

- ”Ayudar a esos desamparados”, eh. - Repitió, su atención dirigida inevitablemente a esas palabras clave, en tanto el rey echaba a dirigir y poner las cosas en cauce. Llevándose los dedos al mentón, sopesó el significado de aquello. Estarían optando por salvaguardar la vida de los paladines de Naga entonces, los que quedaran aún; dado su número y el agotamiento del tiempo que llevaban huyendo, no serían un riesgo considerable tampoco. Lo que pasaría con ellos después dependía de muchos factores, pero inicialmente, así sería. Una barrida de atacar sólo emergidos, entonces.

Eventualmente el rey se dirigió nuevamente a ella, callándole la curiosidad por los elementos desconocidos que iba nombrando, mas lo aceptó sin rechistar. Quería montar aquella ola de maníaco júbilo también, incluso tomó aire sonoramente y mostró una mirada emocionada al oír que entrarían hasta con música y cánticos, dejándose llevar por ese humor del hombre que la tomaba por los hombros. No sabría decir si un general supremo que se reía y miraba así era la mejor opción, pero era algo que le divertía y con eso estaba bien. - ¡De acuerdo, de acuerdo! - Exclamó. Raro que para ella fuera difícil seguirle el paso a alguien, usualmente era una parlanchina empedernida, pero estaba dándole pensamiento a las cosas e imaginando los movimientos que se describían. Sólo una duda le quedaba. Agarrándose del brazo del otro, y alzándose un poco para compensar por su corta altura y el ruido derredor, preguntó: - Una cosa, hey. Sé que la idea es dejar a aquellos vivos para integrarlos, pero, ¿qué postura tomamos si se les da por atacarnos a nosotros? - Lo cual podía ocurrir. Podían no notar que los grimleales sólo iban a por los emergidos, o podían entrar en pánico, o podían tomar conscientemente esa decisión.

Como fuera, partirían rápido, por lo que era necesario realizar sus propios preparativos cuanto antes. Con un “¡tch!” no muy cortés llamó a su lado a un par de los sacerdotes oscuros siempre incluidos en los batallones de magos, y separándose unos momento del monarca se ocupó en que tomaran nota de quién era y atendieran sus pedidos por algo de indumentaria correspondiente. No tardaron en cumplir, pues cargar los símbolos de su dios era menester en todo viaje: para ella, un refulgiente collar con el ojo abierto de su padre, además de un cuenco de pintura ceremonial con el que hicieron veloz trabajo de decorar su juvenil rostro, pintando en sus mejillas dos adicionales pares de ojos que, con los suyos, completaran seis en total, unidos en la forma de V de una cabeza draconiana; símbolo simplificado de la mirada de Grima. Para el uso del rey, una capa corta y negra, color que no podía usarse a menudo en el desierto, pero cuyo corte dividido la hacía abrir en seis secciones como alas en movimiento, sostenidas en posición por el peso de sus bordes de pluma negra. Morgan vistió la vieja y querida chaqueta de estratega que había dejado en su alforja, apretó la faja y correas de cuero que sostenían el peso de sus armas a su cintura por sobre la demás ropa y se consideró lista. Quería darles una impresión digna a los desamparados.

Los preparativos no tardaron en estar completamente al punto. Visto aquello, no le restó más que acercarse al wyvern, halando por las riendas la cabeza escamada para darle un par de reprimendas preventinas en la nariz, necesarias para que pudiera tenerlo más cerca del rey sin malos comportamientos. Llamando la atención del hombre con un gesto de la mano, le apuntó el lomo del animal. - ¿Vienes conmigo o por tierra? Pienso mantenerme sobre la primera formación. Quiero ser de lo primero que vean. - Expresó, mordisqueando la comisura de su labio con algo de impaciencia. En instantes subió ella, mostrando la forma en que trepaba a la criatura y manteniéndole el cuello bajo para que se siguiera comportanto, la invitación al otro todavía abierta. No obstante, ese era el último detalle. Tras ello, sin mayor dilación, indicaría la partida y alzaría el vuelo, levantándose en el cielo ya nocturno la negra figura alada. La movilización empezó.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Jun 22, 2019 5:34 pm

Sí. Parecía ser que ese día iba a tornarse mucho más emocionante de lo que esperaba. Tal vez, podría completar sus planes de una forma más amena de lo que estaba dentro de los cálculos que en su cabeza había estado esbozando hasta ese momento. Solo debía llevarlos a la práctica. A una ejecución perfecta para no ver su victoria ensombrecida por ningún otro factor. Sí. Así tenía que ser. Otra victoria perfecta para su palmaré, era justo lo que deseaba para impresionar a la que era la verdadera voz de Grima hasta que Robin tomara de nuevo sus funciones.

Hasta ese momento, seguirían preparándose minuciosamente, preparando cada detalle a tal punto que acababa siendo perfilado a niveles microscópicos. Todo debía ser idéntico a lo que Gangrel imaginaba. Porque ese día, al igual que sería una dura batalla, también se convertiría en un verdadero espectáculo para demostrar a las fuerzas dracomantes el poder del ejército plegiano.

-…Posiblemente encontremos tratados de estrategia aérea en nuestras bibliotecas. Plegia siempre ha sido tierra de wyverns. Ya leeremos al respecto, pues, como debes comprender, ahora no hay tiempo. De momento, dejemos que las tropas aniquilen a nuestros rivales tal y como debe ser –dijo el monarca, todavía meditando sobre sus futuras acciones en esa batalla para realizarla con el éxito correspondiente. Y por supuesto, sobre cómo tratar a esas… Moscas con las que iba a tener que lidiar tras liberarlas- Respecto a las… Pobres almas en desgracia… A las que vamos a ayudar… Si resultasen ser demasiado desagradecidos… Tendrías como orden, al igual que el resto del ejército la tendría, de… No hacer prisioneros. Y todos los aquí presentes saben lo que significa no hacer prisioneros. Esa es mi voluntad. Y esa es la justicia que se merecen quienes osen atacar a mis Tercios

Sí. Se refería a dar un tiro de gracia a todo aquel que hubiera levantado armas contra ellos, o no. Sin compasión alguna. ¿Cruel? Era Plegia el reino que invadía esas tierras: aquellos actos más repulsivos, aquellos actos más despiadados y maquiavélicos, que podrían hacer asquearse incluso al más malvado y despótico señor de la guerra, no eran nada para el reino de las arenas, donde el mismísimo Gangrel dictaba literalmente lo que era moral o no en sus tratados. Y Gangrel no era precisamente una persona muy empática que se dijera, teniendo en cuenta que ahora mismo estaba con una exultante sonrisa en su rostro, al borde de entrar en combate, contrastando por completo con los rostros severos y fríos de sus soldados.

Y sí. Mientras iban colocando sobre su armadura las piezas dignas de su figura, mientras el rey se arrodillaba para recibir la bendición de uno de sus sacerdotes más cercanos mientras recibía la capa negra, mientras rezaba como era normal en un hombre temeroso de Grima, sonreía. Oraciones salían de su cabeza acompañadas de pequeñas risitas rápidas, y ligeros temblores en su cuerpo por ese estado de ánimo alterado. La aceleración previa al combate, ese extraño éxtasis que le hacía entrar en un estado de locura más… Útil para las tácticas militares.

Así pues, en cuanto la capa estuvo bien atada a su cuello, lo próximo fue colocar en su cabeza la corona de Plegia. Una circunferencia de oro en la que se encontraban de forma simétrica doce rombos de oro, siendo uno en el centro el doble de grande que el resto. Sobre ellos, se alzaba una pequeña punta completamente afilada que ya todos los de su ejército conocían perfectamente. Sí. Esa corona significaba que simplemente, iban con todo. Era el símbolo de la soberanía plegiana. Y con todo ese innecesario pero increíblemente imponente ritual de vestidura, el monarca se levantó poco a poco, para situarse frente a sus tropas. Tenía algo que decir antes de dejarlas marchar. Era tan habitual en él que hasta hubiera sido extraño no recibir un discurso del monarca antes de ir a la batalla. Dio un largo suspiro para luego mirarse a sus propios pies por unos segundos, intentando entrar en calma.

-¡SOLDADOS! –dijo con fuerza en cuanto su estado emocional se volvió algo más equilibrado, tras unos pocos segundos en completo silencio- Sí. Hoy, una vez más, os estaréis preguntando: ¿qué planea este loco? Pues aquí tenéis la respuesta: lo que planeamos nos, Gangrel I de Plegia, es hacer la guerra. La guerra por mar, la guerra por tierra, la guerra por aire. Hacer la guerra contra dos grandes tiranías que han atado a la humanidad, intentando llevarla hacia el caos total. Hablo pues, del Eje del Caos que forman las fuerzas de Naga y los emergidos, que si bien separados, han estado siempre siendo los culpables del debilitamiento de nuestra raza y de todas las demás. ¿Y cuál es pues nuestro objetivo? Victoria. Victoria, victoria, e indiscutible victoria. ¡ESE ES EL OBJETIVO DE PLEGIA! ¡ESE ES EL POR QUÉ DE NUESTRA SANTA CRUZADA QUE NOS HA LLEVADO MÁS ALLÁ DE LA MADRE PATRIA! Que quede claro: ¡NO HABRÁ SUPERVIVENCIA PARA AQUELLOS QUE ALZARON SUS ARMAS CONTRA PLEGIA! ¡NO HABRÁ SUPERVIVENCIA PARA SUS DÉBILES TEORÍAS! ¡NO HABRÁ SUPERVIVENCIA PARA SU GANADO, NI PARA SUS CAMPOS, NI PARA NADIE QUE HAYA ALZADO HOY LAS ARMAS EN CONTRA DE NUESTRO GRAN IMPERIO! ¿Y qué daré yo a Plegia para ello? –tomó aire, alzando la barbilla y posando las manos en jarra para imponer así todavía más. Un hombre de 185 cm, no demasiado alto teniendo en cuenta el resto de gigantescos monarcas que fácilmente llegaban a los dos metros, se volvía al hacer eso incluso algo más aterrador de lo que ya era- Pues lo único que yo tengo para la nación… Solo eso que puedo dar como rey: ¡SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS ES LO QUE DARÉ! ¡Y QUE GRIMA SALVE A PLEGIA!

El pequeño lema del ejército volvió a expandirse una vez más entre las filas de sus soldados que ahora tomaban las armas todavía más emocionados si cabían, manteniéndose incluso emocionados por lo que antes podría haber aterrorizado a todo aquel con un poco de ceño: la guerra. Sí. Solo las palabras podían hacer que eso temblara. Solo cuando terminó con eso, se acercó a Morgan, dando un fuerte golpe de capa para hacer valer su presencia.

-Iré contigo, Morgan, a tu lado. Espero que ese bicho no haga nada raro cuando me siente encima de él –dijo con humor mientras colocaba el pie poco a poco para montarse sobre el wyvern de la joven con todo el cuidado que pudo… Para no recibir él un mordisco de parte de nadie, más que nada porque no se fiaba lo más mínimo… Ni del wyvern ni de su inexperta jinete- Confío en ti, pequeña. Ahora… Vayamos a enseñar cuál es la verdadera religión

***

Y las tropas comenzaron a marchar. En total formación, siguiendo una forma imperturbable y completamente constante que no se rompía en ningún momento. El Tercio de Plegia en columna, avanzando inexorablemente mientras el rey, desde las alturas, miraba el espectáculo asombrado, en un ataque de risa que no parecía detenerse. Desde las alturas, a tan peligrosa distancia del suelo, estaba el rey ahí, casi al borde de la caída constantemente (lo que solucionaba agarrándose constantemente a Morgan al punto de estrujarla cada vez que notaba que se podía caer, sin cesar de reír en ni un solo segundo) y de vez en cuando correspondiendo a las miradas preocupadas que le lanzaban sus coroneles con un saludo de mano que hacía que el rey se arriesgara todavía más al vacío.

Pero poco a poco, iban avanzando, al fin y al cabo. A pesar de las estupideces del rey, que seguía pareciendo querer tirarse por el wyvern en cualquier momento. Y avanzar… Significaba que en un momento dado, Gangrel pudo ver perfectamente a lo que se enfrentaban. Sí. Los emergidos estaban ahí. Y… Esas bestias a las que tenían que liberar ese día.

-¡Prepárate Morgan! ¡Hay que entrar en combate antes de que nos localicen! ¡Vamos!
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Mensaje por Morgan el Miér Jun 26, 2019 12:35 am

Eso le dejaba las cosas en claro. Desde luego, si bien las pautas estaban puestas y las decisiones estaban tomadas de antemano de acuerdo a lo aclarado por el rey, el modo en que se desenvolvieran los hechos en la realidad, lo que fuera a suceder allí afuera, dependería de las reacciones que aquellos seguidores de Naga mostraran en el momento crucial. Ese pensamiento le agradaba a la estratega; algo de improvisación y de espacio a seguir el flujo de la batalla eran agradables de tener, no fuera sino que pelear se hiciera un baile aburrido. Aumentaba de antemano su satisfacción con todo el asunto. Después de todo, según contempló mientras escuchaba al hombre dirigirse a las tropas una última vez antes de partir, le gustaba dedicarse a lo que hacía, el rol que jugaba. Le gustaba pensar en cómos, estudiar condiciones, calcular su arremetida, gozaba inmensamente el acto mismo de luchar y más aún el de contar otra victoria. El papel que desempeñaba Gangrel era muy distinto. Aquel rol de general y líder político englobaba responsabilidades mayores, justamente como dirigirse a las tropas, controlar la moral y cuanto más se le atribuía al hombre mayor, en el proceso de movilizarlos hasta allí. No le atraían tales asuntos, pero le agradaba mirarlos desenvolverse. Resultaba un buen preámbulo a la parte clímax.

Y ver al ejército enardecer resonaba también con ella. Compartía las ansias de comenzar, impulso que le incitaba a comprobar la firmeza de sus riendas, tantear el arma en su funda y, a la hora de recibir al rey sobre su montura, agacharse a tomarlo por el brazo y darle una buena halada de ayuda. Mientras tuviera el cuello del wyvern rodeado con las piernas y lo apretara un poco en señal de que se quedara con la cabeza vuelta derecho al frente, el animal no se quejaba por el nuevo pasajero en el lomo, que a fin de cuentas no era más que un poco de peso adicional. - Hecho. - Le contestó al pelirrojo, acomodándose un poco para hacerle espacio. Ir juntos sería interesante. - No olvidemos pasarla bien y disfrutarlo, ¿eh? Oh, ¡y agárrate fuerte! - Sonrió. Y con un par de golpes del talón dio a su nuevo wyvern la señal necesaria.

Alzaron vuelo. En cuanto el animal pudo desplegar a cuenta nueva sus grandes alas sin impedimento alguno derredor, Morgan le permitió dar un rodeo para que se estirara y calmara de las tensiones anteriores, en tanto el ejército se iba moviendo bajo ellos. Era propio de ella todavía soltar algún ruidito de agrado o diversión con los primeros movimientos aéreos o el primer emocionante giro, pero ni comparación había con su pasajero, que desde el primer momento reía maníacamente. Resultaba más que un poco extraño, porque agarrándose como hacía parecía a medias que temía por su seguridad en las alturas y a medias que se pasaba el momento de su vida, pero la estratega optaría por interpretar positivamente. No era como si hubiera una opción de hacer el viaje más leve, de todas formas. Sobre aquella perspectiva elevada se apreciaban con inefable claridad los patrones de desplazamiento del ejército, la separación de sus escuadrones y el avance de estos hacia el objetivo, con el que no tardarían en dar. Resultaba especialmente sencillo seguirlos, ver el campo de batalla como si de un dibujo en un plano se tratara y considerar su posición.

- ¡Mmhm! Aquí vamos. - Dijo, sorprendiéndose de cuan leve escuchaba todo contra el viento y el ruido del pesado batir de alas, pese a tener a literales cero centímetros a su interlocutor. El ejército plegiano chocaba ya, claramente imprevisto, contra la retaguardia del grupo emergido, creando en sus filas un caos a través del que se abrían paso con eficacia. No había tiempo para que organizaran una defensa en sus dos frentes, ni siquiera para que invirtieran su posición para enfrentar adecuadamente a los plegianos. De cualquier modo, con la escasez de sus números a esas alturas, simplemente no había modo; el resultado sólo podía ser uno. - ¡Bah, este lado es pan comido! ¡Voy a adelantarnos! - Morgan avisó. Fuera del choque de tropas, en cuyo resultado podía confiar, algo más había llamado su atención. Soltando una mano de las riendas, desenfundó su espada y la utilizó para apuntar más allá, a donde se hallaban los escasos supervivientes del otro extremo del combate. Parecía que se dividían y alejaban, en un intento de huir sin descuidar del todo sus espaldas. - ¿Los ves ahí? Deben estar aprovechando que los emergidos se ocuparon… ahí es donde está lo nuestro. - Rió por lo bajo. Todavía se podía hacer algo al respecto.

Apresuró al wyvern, inclinándose hacia adelante para cuidar su estabilidad y esperando que su pasajero hiciera lo propio. Volaron bajo sobre el combate, tanto como para que, al proponerse tocar tierra, las patas del wyvern se aferraran con hostilidad a lo que estuviera al alcance y lo arrastraran bajo sí, hasta terminar de plegar las alas y quedarse en suelo. Desde luego, Morgan no descendió, ni dejó quieto al animal; apremiándolo lo hizo adelantarse entre los emergidos desperdigados en esa área, avanzando inexorablemente hacia el blanco real: un paladín de la santa orden grannvalita, que a lomos de caballo era quien más había podido alejarse en huida.

El hombre los vio y frenó de inmediato su caballo. Por un momento, un sólo segundo que pareció extenderse indefinidamente, no hizo más que mirar atónito lo que había venido por él. Al atisbar su expresión, Morgan intentó por morboso entretenimiento imaginar lo que debía de estar corriendo por su mente, el golpe que quizás fuera a su pecho verlos, teniendo por la espalda el combate con los emergidoa y por delante a ellos. Por eso permanecía quieta ella también, detenida a escasos metros por frente, deseando que pudiera contemplarlos en el mayor detalle posible. Que comprendiese que Grima le cubría con su sombra otra vez, que le enviaba emisarios cada vez peores. Desde luego, seguía teniendo presentes las instrucciones de Gangrel, que cumpliría al pie de la letra: matar sólo a los emergidos y a los grannvalitas dejarlos, a menos que ellos decidieran ser problemáticos. Por eso mismo no alzaba la espada, por eso mismo estaba esperando, regocijándose en ese encuentro. La reacción del otro primero. A ver qué tendría que suceder.
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Mensaje por Gangrel el Miér Jun 26, 2019 9:19 am

¿Acaso había algo más vello que ver la primera carga de un Tercio? Tal vez fuera porque llevaba aproximadamente… No sabía ni él cuánto viéndolos una vez y otra hacer lo mismo hasta tal punto que le había cogido cariño y todo. Podía resumir perfectamente lo que debía estar pasando en tierra sin mirar, pues era lo que siempre acababa pasando. Lo primero, que la dura línea inicial de hechiceros daría un fuerte impacto con hechizos de rayo, mucho más potentes que los demás, para romper las primeras filas sin demasiado problema, y en cuanto el ejército rival intentara atacar, hechiceros de fuego de las filas posteriores les darían la bienvenida con miles de llamas que rápidamente les obligarían a retroceder o caer en una muerte tan dolorosa. En cuanto esta primera carga sucediera, los hechiceros se agacharían para dejar que las largas picas de los soldados que fueran detrás de ellos formaran una imponente coraza que impediría el paso de infantería enemiga o caballería, que caerían pasto de los hechizos de nuevo. Una vez, y otra. Una especie de enrevesada falange mucho más potente a larga distancia y casi impenetrable por otra cosa que no fueran ataques a distancia cuerpo a cuerpo.

Y aun si después de las primeras descargas los emergidos consiguieran de alguna forma realizar alguna formación, o incluso rodear al Tercio, eso no sería nada más que perjudicial para ellos, pues en todos lados, de forma equitativa, los soldados defendían de la misma forma. Más bien, en las mangas (es decir, los costados de la formación) se encontraban soldados especializados en moverse más rápido, hechiceros de viento o incluso arqueros que podían atacar de forma más ágil. Era así que Gangrel confiaba en la victoria de su ejército. Esa formación era la única que había permitido, aunque fuera una sola vez, ganar una batalla sin bajas en su bando. Era la única formación que hacía algo maravilloso en sus soldados: unirlos. Pues si un solo eslabón de la cadena se rompía, todo iba con él. Era como una casa: no podía soportar sin sus pilares. Y los pilares de esa formación eran tres: los magos de hechizos más contundentes, los que se movían entre las filas para disparar desde donde pudieran, y por supeusto, los piqueros, defensores del resto de la formación.

Y sí, le encantaría poder comentar todo aquello con la que era la encarnación de Grima en ese plano, pero… Estaba demasiado ocupado en ese instante riéndose como para intentar dar una explicación técnica de los fundamentos del Tercio a una joven de diecinueve años. Pero esa obra de arte era fruto de su inteligencia y se enorgullecía más de ella de lo que nunca podría ni tan siquiera sentir por un hijo. Porque al fin y al cabo, ¿podía un bebé recién nacido acabar con tantos emergidos como lo estaban haciendo esos soldados mientras combatían? ¿A qué no? Ese era el razonamiento de Gangrel, y nadie le iba a hacer cambiar de opinión, por mucho que se esforzara en ello.

Pero no había tiempo para ello. Ahora, lo divertido estaba en tierra. En ese caballero de la disidente orden que todavía intentaba mantener su hegemonía en las zonas nohrias. El monarca sonrió ante ello. Era tan irónico… Ahora, por primera vez en la historia, eran los grimantes quienes oprimían al hasta en ese entonces mayoritario pueblo creyente de Naga. Y no le podía parecer más justo. Gangrel, en cuanto la joven jinete del wyvern se detuvo, dio un pequeño salto para salir de aquella bestia, cayendo con gracilidad sobre el suelo con las rodillas ligeramente flexionadas, pero no necesitó demasiado para recomponerse, colocando la corona imperial correctamente entre su totalmente desordenado cabello.

-¡Pero qué coincidencia! Veníamos a hacer una excursión por aquí, al campo… ¡Y mira tú por donde, me encuentro con una panda de herejes! ¡Es que me venís de perlas siempre, caramba! ¿No podríais moriros todos e ir a lloriquear a las piernas de mami Naga? –el monarca comenzó a reír de nuevo, alzando el brazo para hacer el saludo a la plegiana sin razón aparente, en vista de la total inactividad de ese hombre- Bueno, bueno, saluda querido plebeyo al rey Gangrel I de Plegia, con tantos títulos a su espalda que si los digo todos me quedo sin aire –señaló ahora al gigantesco número de emergidos que había ahí, como si se tratara de algún tipo de insignificante elemento de un paisaje cualquiera- Bueno, a ver, que no es por insultar, pero creo que vuestra diosa como que no está ayudando mucho para sacaros de esta, eh. Así que… El ejército plegiano, de forma totalmente altruista, va a encargarse de vuestra protección en el día de hoy. Y ya que te veo demasiado… Nervioso… Morgan, querida, por favor, ¿puedes hacerme el favor de administrar a este buen caballero algún tipo de anestesia o algo así que tú conozcas? Ya me entiendes. Y luego… Creo que deberíamos entrar en combate también, somos los líderes de un país, y eso comporta ciertos sacrificios a hacer. ¡Qué irónico porque seguro que no hay ni un solo líder creyente de Naga que piense lo mismo! Bueno –giró la cabeza para volver a mirar a Morgan, moviendo su mano a un lado del cuello, constantemente de forma nerviosa, intentando dibujar con ese gesto lo que verdaderamente quería: que lo matara. ¿Qué? No estaba cerca del grupo y a pesar de no haber hablado le parecía molesto, así que…- Administra a este caballero lo que necesite y cuando tú quieras nos movemos de aquí, querida mía
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Mensaje por Morgan el Sáb Jun 29, 2019 4:08 am

La posición que habían tomado, literalmente al otro extremo del campo de batalla, permitía cierto intervalo de tranquilidad. Cuanto menos permitía que el pequeño encuentro entre creyentes se produjera sin interrupciones, pues a espaldas del paladín, allí donde se libraba ahora la mayor parte del combate, los plegianos mantenían completamente ocupado ahora al ejército emergido. Comenzaban a sobreponerse a él y diezmarlo a tan buen ritmo, de hecho, que Morgan no podía sino tomar nota de ello con algo de impaciencia, pues significaba a su vez que el juego no les podría durar demasiado. Pero no suponía que fueran a necesitarlo. Todo lo que hacía falta era una reacción, una señal de la postura que esos caballeros tomarían, para que todo estuviera decidido.

El hombre que llevaba de pasajero descendió del wyvern, como quien simplemente necesitase estirar las piernas tras un viaje incómodo. Curiosa de lo que tuviera intención de hacer Morgan lo siguió atenta con la mirada, moviéndose a su vez una pizca adelante para mantenerse cerca, pues asumía como su rol también el protegerlo si hacía falta. Las palabras que soltó entonces incrementaron más aún su interés en la situación. Alzando ambas cejas con viva curiosidad, se inclinó adelante hasta poder apoyar los antebrazos sobre la cabeza semi alzada de su wyvern, mentón sobre sus propias manos enlazadas, observando. Era posible que Gangrel sólo estuviese saludando francamente al paladín, que estuviera hablando a gusto y antojo sin filtrar por amabilidad lo que corría por su cabeza; nunca sabría exactamente qué había en ella. Pero entendía que, de un modo u otro, funcionaba como provocaciones. En el rostro del hombre santo, el terror inicial fue reemplazado lentamente por el entendimiento, luego la severa expresión característica de los justos y aburridos. La tensión del momento aumentaba de forma fascinante, la joven podía sentirlo.

- ¿Mmh? - Retornó su atención de lleno al rey cuando este se le dirigió en particular. Mientras sus palabras podrían haber dejado espacio a interpretar o improvisar exactamente qué tan lejos ir con su blanco, su gesto había sido del todo claro: mandaba matar. Morgan parpadeó algunas veces, grandes ojos violeta tomando una expresión casi inocente por un momento, sobre los otros cuatro pintados quietos en sus mejillas. Eran instrucciones extrañas considerado lo definido antes, pero qué diablos. Imaginaba que algún motivo debía tener, incluso si el motivo era que la estrategia anterior había dejado de parecer atractiva. - Oh. Le ayudaré a tranquilizarse, entonces. - Respondió, volviendo lentamente a sonreír. No era como si le molestara hacerlo. El hombre santo, notando perfectamente lo que ocurría, preparó su arma y retomó postura combativa sobre su caballo, espada lista. En el mismo momento en que cargó hacia adelante, también lo hizo la estratega sobre su wyvern, que abrió las fauces para ir a por el cuello del equino. Apenas lo atrapó, sosteniéndolo quieto un momento, la estratega se alzó sobre el cuello de su mascota para saltar fuera de la misma, espada en mano, para terminar con el jinete caído.

Para aquel entonces, habían dado alcance a ese lado del campo de batalla un par más de los agotados grannvalitas. A tiempo para atestiguar a su líder ser atacado por el par de intrusos, separados del resto de los llegados, pero inconfundiblemente plegianos a su vez. La situación no podía resultar más clara. Aún con los emergidos tras sus talones y el resto del ejército plegiano casi sobre ellos también, sin mediar palabra ni pausar más que aquel único segundo de entendimiento, se lanzaron al ataque. Morgan, apenas habiendo hundido su espada en el pecho de su oponente y apoyando todo su peso en el mango para que bajara a través de la cota de malla, levantó la cabeza alarmada por el movimiento irregular. Seguramente no fuesen más que instantes hasta que los Tercios aparecieran a despachar a los que quedaran, y con gusto; podía ver sus coordinadas ráfagas mágicas allí atrás, pero no era momento para descuidar a la persona de importancia que tenía con ella. - ¡Gan! ¡Más visitas! - Exclamó, silbando inclusive para enfatizar.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Jun 29, 2019 4:55 pm

-Caramba, qué bien pareces tranquilizar a la gente, querida mía. Mira, si parece que no respira incluso de lo tranquilito que está. ¡Ah, no, espera, que está muerto! –dijo el rey para luego proferir una fuerte carcajada- Ah, no, espera, que lo está. ¿Tal vez he sido muy infantil? Sí, creo que sí. –se quedó mirando el cadáver del caballero grannvaliano por unos segundos- …Y me da a mí que no respira, sí. Muy bien, Morgan, se nota que eres plegiana de pura cepa

Siempre, por supuesto, hablaba en clave de humor, totalmente indiferente ante lo que acababa de pensar (para él, esa cosa no era más que un hereje, un ser inferior incluso al más común de los cánidos), e incluso le dio una pequeña patadita al cuerpo del hombre para asegurarse, deseando que todavía siguiera vivo para rematarlo. Pero no, se dio el caso contrario. Suspiró con pesadumbre al ver eso. Aplaudió cuando vio ese espectáculo con vehemencia a la estratega, fingiendo estar impresionado por tal acto, con el mismo rostro que pondría un niño pequeño al ver un pequeño truco de magia.

-Está muerto. Muy muerto –detuvo sus aplausos para saludar al pobre cadáver con una mano- ¿Me prometes que en el palacio no desenvainarás el arma nunca más? Porque cada vez veo más conveniente eso de asignarte un guardaespaldas… Para la seguridad del resto

Y eso último, de todo lo que había salido por su boca en los últimos diez minutos, era lo único totalmente cierto. No quería imaginarse a la hija de Grima entrando verdaderamente en un estado de furia, porque dudaba de que hubiera algo que fuera capaz de detenerla… Y tal vez ni la muerte. Pero ya pensaría en ello más adelante. Al fin y al cabo, la fuerza de Morgan era también un importante factor a tener en cuenta en cualquier ecuación logística que quisiera realizar Gangrel. Un factor, por cierto, también muy interesante y curioso de ver.

Pero tuvo que volver a poner los pies en tierra al ver a esos dos… Seres acercándose a ellos. Maldijo por todo lo alto, decepcionado. ¡Él quería matar emergidos! ¡Todo era ventajas con ellos! Solían ser más tontos que las piedras individualmente hablando, ¡su sangre era de un color diferente y a ojos de Gangrel mucho más bello que el de los humanos (muy digno de manchar sus imperiales ropajes)! Pero no, esos eran humanos: seres racionales, inteligentes, con emociones y que tenían la sangre de un color rojo metálico asqueroso con un sabor repugnante. Totalmente inútiles, caramba. Porque además estaban agotados. Iba a ser un combate demasiado simple.

-Oye, ¿recuerdas tú cuando estaba en palacio y era literalmente un cenutrio de categorías titánicas que no podía ni levantar el cuchillo del suelo porque me dedicaba literalmente todo el día a leer libros y el único ejercicio que hacía era para simplemente pensar que todavía valía algo a pesar de ser el más mayor de los reyes humanos? –tomó aire tras esa pregunta, mientras desenvainaba del compartimento de su armadura más cercano a la mano (concretamente, se encontraba en la muñeca) una daga, arma a la que ya estaba acostumbrado y se había mostrado como la favorita del monarca- Pues bien. Ahora verás. Grima todopoderoso me ha premiado por mis servicios a su ser.

Un paso hacia delante. Dos. Tres. Tan rápidos que se volvían difíciles de seguir para el ojo humano. Más rápido que los grannvalianos, más rápido que la propia Morgan. Sin llegar al punto de correr, solo centrándose en dar los pasos más exactos y precisos que podía, el monarca llegó al cuello de uno de los que iban frente a él antes tan siquiera de que este hubiera podido desenvainar. Y antes de que la espada saliera de su funda, ya tenía una daga clavada en su cuello.

-Eterno es mi amor por Grima. Eterna es mi servidumbre al dios de las sombras –comenzó a retirar poco a poco el frío metal del ya casi totalmente inmóvil cuerpo, limpiando la sangre sobre su guante de cuero- Encomiéndate al Dios de las amargas verdades… Y ante sus heraldos del desierto de blancos huesos

No dio tiempo a más. En cuanto terminó con esas palabras, se dirigió hacia el otro, que ya llevaba una larga lanza preparada para ensartarle. No podría ni él asegurar cómo demonios logró moverse lo suficientemente rápido para moverse a un lado, paralizando con un fuerte corte de daga cualquier movimiento que esta pudiera hacer, pues en cualquier momento, solo con que el que la llevaba se moviera, le bastaría con mover el arma hacia arriba para obligarle alejarse… Porque si se acercaba, si intentaba defenderse con un ataque a su persona… Igual el arma acababa acercándose demasiado a una parte del cuerpo muy difícil de proteger y terriblemente débil llamada “cuello”. Un verdadero desarme, caramba.

-¡Ahora, Morgan! Ataca… ¡QUE TENEMOS COSAS IMPORTANTES QUE HACER DESPUÉS DE ESTO!
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Mensaje por Morgan el Sáb Jun 29, 2019 10:55 pm

Verdaderamente había que resignarse, tomar las palabras del rey como venían e interpretar como más pareciera, no sólo porque preguntar cada vez si hablaba en serio o qué quería decir con una cosa o la otra terminaría siendo una empresa de increíble tedio, sino a su vez porque dejarlo ser era dejarle tener su encanto. No sería divertido de otra forma, como no lo era, a los ojos de la joven, cuando hablaba de cosas graves o se mostraba responsable. Mejor dejar las cosas así. Sin seña de preocupación por la falta de respeto demostrada al ahora cadáver, pues a un cuerpo ya nada le podía importar y por tanto a los vivos mucho menos, miró la figura ser movida lánguidamente con la patadita y se quedó contemplando unos momentos aquello de tener asignado un guardaespaldas. Concluía que debía ser broma. No imaginaba ninguna utilidad para una pobre alma que tuviera que acompañarla, escucharla y cuidar de ella a través del día. Así que, a la hora de responder, lo hizo accediendo con ligereza, encogiéndose de hombros. - ¿Por qué sacaría un arma en el palacio? Va, te lo prometo, te lo prometo. -

Sacando su espada con considerable dificultad de donde se hallaba incrustada, se enfocó ella también en la amenaza venidera. Aunque Gangrel no parecía preocupado ni en la más mínima medida. Soltaba reminiscencias del pasado inclusive, mientras los encaraba con aire despreocupado. Cautelosa aún del asunto, de las condiciones, de la presión de la batalla allí atrás, Morgan fue incapaz de dejarle por completo y avanzó algunos pasos tras él, wyvern a su lado, gruñendo al par de grannvalitas.

- No tengo buena memoria, oye. ¡Lo sabes! - Se quejó. Todo el pasado era nebulosa desordenada y vacía, que le dolía la cabeza intentar considerar con detenimiento. Con suerte que los dos últimos años, desde que había cesado todo ritual que intentara manifestar a Grima a través de ella, eran lo que podía ver claro; el mundo sin los emergidos y un Gangrel de antes eran cosas demasiado distantes y vagas para ella, ajenas, fácil confundir si habían existido o no siquiera. - Pero creo que el Gangrel de ahora está mejor que mejor. - Replicó, casi al mismo tiempo que el truhán se ponía a sí mismo y a su navaja a trabajar. La velocidad del ataque la sobresaltó un buen tanto, pues en un parpadeo tenía el cuello de un hombre abierto, reduciendo el número de sus enemigos. Ni siquiera recordaba la última vez que lo habría visto pelear o entrenar o cualquier cosa por el estilo, pero claramente era capaz de defenderse. Al llamado que siguió en breve, ella no demoró en obedecer.

Atacó como se le pedía. Su técnica no era especialmente veloz, más bien contundente, pero en tanto el rey tenía bloqueado a su oponente no se le dificultó cerrar en pocas zancadas la distancia que les separaba, meterse junto al grannvalita y blandir la espada cual mandoble con todas sus fuerzas, descargándola contra los brazos que sostenían la lanza. El filo se hundió hasta atascarse momentáneamente contra hueso, y con un crujido que parecía más el de raspar dos rocas que algo que un cuerpo humano pudiera producir, terminó de atravesar. La víctima cayó casi al instante lánguido hacia adelante, probablemente inconsciente en lugar de muerto, aunque no habría de tardar en pasar de un estado al otro. Haciéndose a un lado para dejar el cuerpo caer, la joven de cabello oscuro se volvió inmediatamente hacia el hombre mayor. Su intención era preguntarle de qué había estado hablando con ese importante asunto que tenían que atender, que no era la primera vez que le mencionaba, mas en ese mismo instante el ejército plegiano terminó de romper a través de las filas emergidas, cercano a donde ambos se encontraban. La formación parecía separarse para cambiar a una táctica de búsqueda y eliminación de los enemigos que quedaban y que huían, en tanto el grupo central se aproximaba a su rey para resguardarlo y pedir mayores instrucciones para el fin del combate. Escuchando que su wyvern se alteraba y temiendo que no distinguiera entre amigos y enemigos en un momento así, la estratega debió también apartarse del lado del rey, retomando control del animal y, por qué no, poniéndose a echar una mano con la eliminación.

----

Al final, no hubo modo en que pudiera preguntarle a Gangrel lo que había querido. Terminando separada de él por un largo intervalo, su deber pasó a ser también el de eliminar emergidos rezagados en ese entretanto. El ejército entero se dedicó a sus actividades post-batalla; revisar, recolectar, mover cuerpos, contar bajas, sanar heridos, seguir instrucciones de su monarca y un complejo y extenso et cétera que a fin de cuentas no estaba incluyendo manejo de rehenes, mas resultando igualmente en que Morgan perdiera de vista por la mayoría de aquel tiempo al hombre. Además, la noche había terminado de caer sobre el sitio, cerrada y con pocas estrellas, complicando distinguir lo que ocurría o lo que hubiera fuera de la luz de las antorchas. Hasta que, de forma curiosamente conveniente, un soldado le hizo saber que el rey la requería ahora, informándole en qué área del amplio terreno del combate lo hallaría. Dejó atrás a su wyvern, al que permitía la libertad de husmear la carroña o cazarse algún animal para comer fresco. A solas se apresuró desde el extremo más periferal del escenario de guerra para responder el llamado, colmada de curiosidad y de elevados ánimos, mas sin particular expectativa.
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Mensaje por Gangrel el Dom Jun 30, 2019 5:15 am

Y con un solo movimiento de manos de la pequeña jinete, la vida de ese hombre llegó a su fin. Un golpe de mandoble acabó con él tan rápido como su paso por la vida seguramente hubiera sido: discreto y sin ser recordado por absolutamente nadie. Miró su daga una vez pudo soltar a ese pobre desgraciado, todavía con pequeñas manchas de sangre del anterior ataque. En realidad, no tenía por qué utilizarla de nuevo. Así que la tiró al suelo. Podría hacer una ruta turística de lugares donde él recordaba que arrojaba sus armas tras utilizarlas. Tendría muchísimo éxito, sin duda. Pero en especial esa ruta… Sería la parada más importante de todas, el colofón a ese maravilloso viaje. Ya tenía un nombre preparado y todo: “Visita los sitios donde un tío loco dejaba sus armas porque era demasiado vago como para limpiarlas o afilarlas”. Qué maravillosa idea. Pero lo más importante no era ponerse a imaginarse formas de lucrarse para su jubilación, porque dudaba que fuera a llegar a tener de eso.

Gangrel pudo percatarse de la llegada de los Tercios a ellos, procediendo a realizar por separado todo lo necesario para la “limpieza” de ese horrendo espectáculo. La captura de todos los caballeros que hubieran sobrevivido… Rematar a los pocos que seguían en pie y no suponían una amenaza, pero obviamente, no podían dejar que fueran a sus anchas a pedir refuerzos. Así era como se tenía que hacer. Pero no era su sitio todavía.

Giró la cabeza de nuevo, buscando a la única razón que había tenido para ir de Jehanna a Manster. Morgan… Dónde estaba ella cuando lo necesitaba… Pero necesitaba encontrarla rápidamente para poder terminar el día de una maldita vez. Ahora llegaba la parte más tediosa. Dio un par de chasquidos para que uno de sus coroneles se acercara a él.

-…Supongo que llevaréis lo que pedí hace dos estaciones. Y espero que esté preparada

Una leve reverencia fue toda la respuesta necesaria. Se escabulló tan rápido como había venido para ir con el resto de coroneles y volver a los pocos minutos, con un pequeño cofre de cuarzo en sus manos. Parecía pesado, debía llevarse con las dos manos, pero era hermoso. Con relieves de pequeñas hojas de cedro en sus extremos, y en el centro, los seis ojos de Grima. El monarca, con sumo cuidado, abrió el cofre para encontrar justo lo que había pedido.

Una tiara que emulaba a su corona, hecha en plata y con seis pequeños fragmentos cristal de cuarzo púrpura pulidos. No demasiado compleja en relieves, tal vez lo único verdaderamente inscrito en ella que no fueran dibujos de las llamas a los lados de la tiara, estaba en la parte interior de la misma. En refinadas letras, cuidadosamente redondeada, había una pequeña frase: “Última Ratio Regis”, que traducida, vendría a significar lo siguiente: “El último argumento de los reyes”. ¿Y por qué había ordenado que se realizara esa tiara, tan reducida de cabeza que solo la podría llevar una mujer más bajita incluso que su propia esposa? Bueno. Cualquiera con dos dedos de frente lo sabría.

-…Quiero que los sacerdotes que estén en el campo de batalla preparen un altar a Grima con lo que sea necesario. Que los soldados ayuden en lo que sea necesario, pero no les obliguéis, buscad solamente voluntarios. Y respecto a los grannvalianos… Evaluemos su fidelidad y que se presenten de forma voluntaria como público. Ya sabes lo que pasará hoy. Y no quiero esperas. –carraspeó por unos segundos, mientras su tono se volvía repentinamente más animado y relajado- Por cierto, ¿has visto a Morgan de un casual?

La negativa del hombre fue motivo suficiente para que él mismo diera la orden de buscarla… Cuando hubieran pasado quince minutos. Tenía que darles tiempo a los sacerdotes de improvisar algo en tan poco tiempo.

***

Y lo habían hecho. No sabía ni como, pero se las habían apañado para en quince minutos tener un hermoso altar en el centro del campo de batalla, representando el símbolo de la religión grimante… con cadáveres emergidos, y los grannvalianos capturados al frente, justo detrás de una bandera grimante. Y por supuesto, frente a esta, estaba el pequeño cofre, con un hermoso florete de plata clavado en el suelo. Una espada larga, muy flexible y con un filo extremadamente pequeño. Obviamente, de poco servía en comparación a otras armas del estilo como el estoque, pero era increíblemente útil para las ceremonias oficiales por su elegancia. Dos soldados del Tercio frente a ese arma, y el resto, apartados, esperaban en el exterior de los seis ojos, todavía en formación y con las armas ahí presentes.

¿Y dónde estaba Gangrel? Pues paseando de lado a lado, mirando a la nada absoluta con nerviosismo. Hasta que al fin, apareció su silueta por la lejanía. Se acercó rápidamente a ella, con una pequeña venda de color negro en su mano.

-Ah, hola, Morgan. Te voy a poner esto en la cabeza y tú no vas a preguntar por qué demonios lo hago. Si te sirve de consuelo, no vas a despertarte atada a una cama ni nada así –dijo para luego soltar una pequeña risa, girándose a la espalda de la joven para ponerle la venda en los ojos con cuidado, asegurándose de que no pudiera ver lo más mínimo frente a ella- Es el protocolo. Las tonterías típicas, no debes preocuparte. Ni que te fuéramos a ejecutar. A los reos los llevamos directamente sin venda para que puedan ver a su verdugo a la cara

Sí. No sabía solucionar las cosas muy bien tampoco, porque le daba exactamente igual lo que sintiera la joven, siendo francos. En cuanto se aseguró de que la venda estaba bien atada, la tomó por la mano con cuidado, guiándola con cuidado hacia el lugar donde estaba el altar. Y en cuanto se encontró a la suficiente distancia, la dejó por libre. Todos habían aguardado en silencio para no darle pistas a Morgan de cuántos estaban ahí.

-Ya. Puedes quitártela.

Y en cuanto dijo esas palabras, el monarca abrió el cofre, tomando con sus manos la tiara de plata y volviendo poco a poco a girarse para estar frente a Morgan con ella.

-Ultima Ratio Regis. El último argumento de los reyes. Son palabras que tal vez no entiendas, están cargadas de retórica… Pero te definen completamente. El último argumento de Plegia está frente a mí ahora mismo. El azote de Naga, el dedo más largo de la mano de nuestro dios –se arrodilló poco a poco, dejando al nivel de la cadera de Morgan la tiara- Es por eso que así se llama esta corona. Ultima Ratio Regis. Aquello que puede hacer terminar toda discusión, toda batalla que sea menester –se levanta poco a poco desde ahí, colocando él mismo la corona sobre el cabello de Morgan, apartándole el pelo que cubría su frente como un padre lo haría a su hija y dejar así la tiara como debía estar: sin nada que la cubriera, dejando las seis gemas al descubierto- La plata como símbolo de juventud, de belleza. El cuarzo como símbolo de veracidad, de claridad, pero también de elegancia. Yo mismo pedí por esas razones que esta se formara con estos materiales. Y ahora, es tuya la corona. Pero ya sabes… Que todo tiene un motivo. Y no podría darte tal regalo sin un honor añadido

En cuanto terminó con esas palabras, volvió a darse la vuelta, tomando el florete del suelo y colocándolo frente a él, con la hoja hacia arriba, girándose sin moverla en un solo instante para luego extender su brazo, dejando la afilada punta del arma sobre el hombro derecho de Morgan.

Todos quienes conocían algo de etiqueta palidecieron. Los dos soldados que estaban con él, con las armas en alto, incluso retrocedieron. Los coroneles se miraban atónitos, los sacerdotes comenzaron a murmurar entre ellos. Y los grannvalianos, obviamente, no sabían ni qué demonios estaba pasando, y se les podía incluso escuchar especular entre ellos sobre qué hacían esos siervos del maligno dios contra el que una vez habían luchado.

-Morgan. Soy un hombre mayor, y no sé si podré dejar a alguien que tome mis responsabilidades cuando yo muera. Y francamente, no quiero arriesgarme. Tú eres joven, Morgan. Una mujer joven y valiente, inteligente y sé que en el fondo, posees también un sentido del patriotismo que está por ahí, en algún lado de tu corazón –sonrió, sin moverse del sitio- Es por eso, Morgan, que no quiero que te vuelvas a llamar así sin algo detrás. Quiero que tomes mis títulos. Y es por eso que pongo a tus espaldas mis títulos imperiales, para cuando yo no esté, puedas dirigir a la nación como su legítima emperatriz –tomó aire, callándose repentinamente a la espera de que todo sonido que estuvieran produciendo los soldados desapareciese, emocionados por lo que estaban escuchando. Sí, era comprensible, pero nada acorde- Morgan I de Plegia, Princesa Imperial, Futura Reina de Plegianos y Emperatriz de Manster, Jehanna y Carcino. Protectora de Euronoto y del culto a Grima, Gran Coronel de los Tercios del Hálito Negro, Maestra Almirante de la Felicísima Armada de Plegia y de los Ejércitos del Aire, señora de Ultramar y de los Océanos del Levante, Pacificadora del Ábrego, Civilizadora del Aquilón, Invicta de Vulturno, Evangelizadora del Céfiro, Remontadora de Poniente y Hermana Armada de los guerreros del Septentrión. Semper Augusta. –y ahí el por qué había sido necesario estar inhalando un rato. Volvió a tomar aire cuando terminó de hablar y justo en ese entonces, su voz se tornó más fuerte, imponente- ¿Aceptas pues, Morgan, los títulos que te ofrezco? ¿Aceptas la Grandeza de Plegia y prometes proteger a sus ciudadanos, así como ellos te ofrecerán su vasallaje? ¿Aceptas expandir la Única Fe más allá de donde la vista alcanza? ¿Aceptas ser el escudo de los fieles, la espada de nuestros ejércitos y el amor de todo un pueblo hacia ti? ¿¡Aceptas ser la futura ama del mundo?!

Un dato curioso/importante de entender:
"Ultima Ratio Regis" es lo que inscribían los reyes Federico II de Prusia y Luís XIV de Francia en sus cañones y armas más poderosas, dando a entender que su "último argumento" era la aniquilación del enemigo. Entonces, lo que Gangrel quiere decir es que considera a Morgan su arma más poderosa. Una importante traducción Gangrel-Idioma humano a tener en cuenta (?
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Mensaje por Morgan el Mar Jul 02, 2019 2:01 pm

A medida que se aproximaba a su destino veía aumentada considerablemente la iluminación, gracias a las antorchas puestas en intervalos cada vez más regulares. Nada bastaba para disipar la noche cerrada en parajes tan abandonados como aquellos, mas cuanto menos le permitía ver el suelo bajo sus pies, notar si había o no algo antes de tropezar o meter la bota en las mil irregularidades blandas por ahí. El número de emergidos parecía también aumentar en lugar de disminuir, por seguro a causa de que simplemente no había habido ocasión o sido priorizada la quema de sus cuerpos todavía. Por lo demás, llegaba a notar la presencia de alguna clase de masa en la penumbra, alguna clase de estructura a nivel de suelo que a la vez no veía exactamente como sólida y definida, pero aquello, no llegó a curiosearlo en detalle. El rey llegó a su encuentro antes de arribar del todo, cubriendo su vista al plantarse frente a ella, venda negra en mano.

- ¿Eeh? Claro que no, hombre, si no es domingo de misa ni nada. - Sin chistar, dio su respuesta predilecta a las bromas sucias, lo mismo que para las amenazantes. Todo entraba en la categoría de cosas que ocurrían ocasionalmente en misas y procesos rituales. Intimidarse, claro, estaba fuera de cuestión. Se irguió hasta más recta para demostrar que no le preocupaba el asunto, que estaba bien con la sorpresa que hubiera para ella. La tela se posó sobre sus párpados cerrados y fue atada tras su cabeza. Luego una mano perfectamente reconocible, bastante más grande, tomó la suya para guiar. Tuvo la impresión de que no se movieron muy lejos, no fueron demasiados pasos, pero se sentía a su vez como si algo en el ambiente hubiera cambiado con esa transición. Curioso.

Sacó la venda casi con cautela cuando le fue indicado, desatándola desde atrás. El mundo se dibujó otra vez en los fuertes contrastes de luz de antorcha y negrura de tinta derredor. Aparecieron ante su vista los soldados, los caídos, los capturados atados y confusos. Sólo tuvo un momento para dar repaso a lo que había en torno a sus pies y más allá, antes de que robaran su atención las palabras claramente enunciadas de Gangrel, así mismo lo que llevaba entre las manos. Aunque fuera breve, el gesto de arrodillarse frente a ella le hizo soltar un gritito ahogado, el entendimiento de todos los factores agolpándose en su mente; ese lenguaje corporal, esa joya, ese entorno. Desde luego, no adivinaba con exactitud lo que se le otorgaba, pero era claro que era una condecoración honrosa e importante. Se tensó un poco de más, su pulso disparándose en su pecho, sus ojos abriéndose ampliamente en emoción. Al centro de todo estaba, con todas las miradas sobre su persona, con el rey poniendo una preciosa corona de colores sublimes sobre su cabeza. En su mente, el universo entero estaba aplaudiéndola. No se movió mientras el objeto era puesto en su cabeza, sólo mordiéndose el labio fuerte para contener la emoción que quería brotar por su garganta. Se aguantó. Cuando el sable fue dirigido hacia ella inclusive cruzó un tobillo tras el otro y dobló las rodillas en una pequeña inclinación, cooperando con el proceso.

Y al fin, su propósito se hizo claro. Gangrel explicó con exactitud qué honor deseaba otorgarle. La verdad superó cualquier idea a medio cocinar en la imaginación de la joven, y una mezcla de regocijo y confusión la inundó. En iguales partes extasiada, de ego satisfecho y en debate consigo misma al respecto, no se contuvo más de hablar. - ¡Te lo debiste haber pensado mucho, Gan…! Yo… - Sus palabras, desde luego, tuvieron un volumen suficiente tan sólo para alcanzar al rey. La sucesión de gobierno no era un asunto que pudiera haber decidido de impulso. Pero a su vez... - No es que me vea gobernando algo… - Admitió su reserva inicial. Seguía bien erguida, seguía sintiéndose y mostrándose satisfecha, pero aquello surgía también. La renuencia a la responsabilidad y al trabajo lento que competía con la tentación de esos títulos, de ser el azote de Naga, el escudo de los fieles, la espada de la patria y tantas otras cosas que seducían su ambición. La seducían tanto como para que ella misma, notando que verdaderamente deseaba lo ofrecido, se razonara cómo podía funcionar. Lentamente se dibujó una sonrisa en sus labios, entre las marcas de la pintura de piel. - Pero es una buena decisión. Porque yo soy más que yo. ¿Lo sabes? - Alzó la mirada al rostro del otro. Había llegado a la respuesta personal que necesitaba. - Puedo usar a mi otra mitad también, tal como si fuera yo. Ese empollón se preocupará y encargará de todo lo aburrido, para que yo pueda... mh. Sí. Me gusta la idea. -

Eso era. Ella podría ser el azote, la bota sobre las cabezas de sus enemigos, la dueña y ama, la única y la mejor. Y para todo lo demás, su inseparable gemelo trabajaría para ella. Estaba segura de que no le molestaría. En el fondo sería como poner las cabezas de dos estrategas a ello, tener el doble de ojos sobre los asuntos, el doble de prácticamente todo, aunque desde luego su nombre y sólo su nombre sería el que se oiría. En efecto, era más que sólo ella. Y si se le preguntaba, era más que esos viejos huesos de Grima enterrados en la arena también. Con esa corona sobre su cabeza, ni siquiera le importaría que otro de los avatares fuera confirmado y tomara lugar como la reencarnación del dios oscuro. Segura, más que satisfecha, tomó ambas manos del rey ante sí, apretándolas, inconscientemente halándolas un poco para atraerlo más cerca de su altura.

- La Hija de Grima será tu heredera. ¡Acepto! ¡Lo tomaré todo! - Su voz se alzó en aquello, sin querer quedar demasiado atrás en comparación a la voz oradora del mayor. Además, era un título más que agregar y aquello era digno de mención. Le dedicó su más radiante sonrisa, hasta rió un poco por lo bajo, inundada de gratitud por el reconocimiento que se le otorgaba y la oportunidad de atención en que se deleitaba. Ese hombre sabía hacer feliz a una joven mimada, al menos cuando se lo proponía, seguro que sí. Soltó eventualmente sus manos, enderezándose, tomando un profundo respiro y volviendo el cuerpo hacia el escenario general desde el centro del altar. - Todo. - Se repitió. No sólo lo que Gangrel le heredara. Sabía que querría más. Los soldados saludaron, se inclinaron respetuosamente hacia las dos figuras reales, hasta los cautivos fueron obligados a inclinarse. Morgan pensó que podría acostumbrarse a lo que veía.

Spoiler:
Termina así o quieres poner una última respuesta? Lo dejo a tu criterio, si está bien así mándalo a cerrar please! :DD
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Mensaje por Eliwood el Vie Jul 05, 2019 9:58 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Morgan ha gastado un uso de su espada de plata.
Gangrel ha gastado un uso de sus dagas de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.
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