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Mensaje por Sissi el Mar Mayo 28, 2019 4:11 pm

Valentia vivía una época de caos. Países caídos y sin gobierno establecido se mezclaban con reinos nuevos que, pese a las circunstancias, habían logrado sobreponerse a la amenaza emergida. Pero en Sindhu sabían que eso no podría durar, que los emergidos no se contentarían con abandonar el territorio sin tratar de retomarlo de nuevo. Durante semanas, exploradores habían avisado de la presencia de nuevos enemigos que regresaban del norte del continente hacia Sindhu. Al principio eran simples ladrones y mercenarios, grupos dispersos y fáciles de combatir. Pero pronto se volvieron más grandes, más complejos. Avisada de la situación, Sissi había mandado a varios laguz alados a investigar más allá de la cordillera norte. Solo había regresado uno de los tres rastreadores que había enviado y sus noticias pusieron en alerta a todo el reino. Hordas de emergidos, con sus respectivas armas de asedio y abanderados de todas las clases, marchaban hacia Sindhu. El sistema montañoso que separaba el país del resto de Valentia podría detenerles durante un tiempo, ralentizar su marcha, pero ni el terreno ni el clima podrían pararles por completo.

Se habían comenzado los preparativos de inmediato, y las huestes de Sindhu habían tomado el Valle Diamante en su totalidad. Cientos de soldados, laguz, beorc, mujeres y hombres, se armaban y se preparaban para la batalla. La ciudad comercial que allí se encontraba, famosa por sus piezas de joyería y otros artículos de lujo, había sido evacuada en los días anteriores, pues era un punto estratégico para evitar que los ejércitos emergidos llegaran más al sur. La ciudad serviría como primer punto de defensa, uno que Sissi no permitiría que cruzaran. Sus murallas, levantadas desde mucho antes de que la manakete llegara al trono, habían soportado la toma del país por parte de los emergidos y su posterior liberación. Sissi no dudaba de que aguantarían un nuevo asedio si se daba el caso, aunque la estrategia que seguirían no sería tan defensiva. Al contrario, reunido el consejo y habiéndose analizado el terreno del valle, las tropas disponibles y el número de enemigos, al final se había dispuesto una táctica mucho más ofensiva.

Sindhu era un reino que no se caracterizaba por su terreno llano. Al norte y al sur, existían las grandes cordilleras, con sus valles y sus acantilados y la enorme selva que se extendía desde el mar hasta el interior. La única llanura estaba se encontraba al este, lo que a menudo complicaba el enfrentamiento con gran número de emergidos, pues era apenas imposible enfrentar dos grupos en un lugar despejado y abierto. Además, tras la liberación del país la mayoría de los enemigos se habían retirado a la selva, en donde se debía luchar en pequeñas escaramuzas o asaltos, incluso a veces en los ríos, que era la forma más sencilla y directa de cruzar la selva del norte al sur cuando no se tenía un guía. Esta estrategia era la que los emergidos habían usado desde su traspaso por la frontera con los antiguos territorios de Valm. En enormes canoas, habían ido descendiendo por el río entre los valles y las colinas. Los exploradores que Sissi había mandado a investigar siempre volvían con las mismas noticias: que los emergidos seguían el curso fluvial hacia el sur; a veces en canoas de troncos hilados, otras caminando en hileras perfectas a lo largo del agua. No descansaban, no comían, no bebían. Las únicas ocasiones en las que montaban campamentos era para arrasar con los recursos que encontraban, en especial la madera de los árboles.

Sissi no lo había visto con sus propios ojos, pero, según le habían informado, la vera del río había sido totalmente aniquilada. Incluso había enviado a Kuroyuki para confirmar lo que otros exploradores le habían relatado. Solo había quedado una amplia estepa amarilla por donde habían marchado las huestes contrarias y un conjunto de cadáveres de animales que habían cometido el error de quedar en el camino de los emergidos. Otros, perdido su hábitat, habían huido hacia otros lugares, incluido el sur. El río desembocaba en un lago, que poco a poco se había llenado de cocodrilos y muchas otras especies de anfibios y reptiles. Pero, quizás, la presencia de los grandes saurios serviría para ayudarles en la cercana contienda. La única salida al lago era un afluente que se internaba en la selva, pero el flujo de agua se había cortado para evitar que los cocodrilos siguieran su travesía. Donde antes había un alto puente de piedra, ahora había un dique. El espacio por donde debería pasar el agua se había llenado de rocas y madera. La estrategia de aprisionar a los saurios era peligrosa, y a Sissi no le había gustado del todo, pero era innegable su utilidad contra los emergidos.

–Ya puedo ver las aguas manchadas de sangre. Que Naga nos proteja –dijo, su voz algo tomada por la aprehensión. Con un suspiro, se apartó de la ventana y miró a Kuroyuki. Era la única sirvienta que se había quedado con ella, las demás habían sido enviadas a un entorno seguro. Los cuernos que avisarían de la llegada de las hordas enemigas aún no habían sonado. Quedaba tiempo para los últimos preparativos. Aunque ella fuera a lucha en su forma dragón, Sissi iba igual vestida que el resto de soldados, pues aún podía ser débil a ataques si no estaba transformada. En el tocador reposaban todos sus brazaletes y anillos, e incluso los pendientes que siempre llevaba habían sido cambiados por unos más pequeños y poco llamativos. Las telas de su túnica, en vez de ser rojas o naranjas, eran de color arena, y encima de todo llevaba una finísima cota de malla y una armadura de pecho ligera con el emblema de Sindhu. También llevaba cubiertas las piernas y los antebrazos, y en los pies unas alpargatas de cuero. Estaba casi lista. Solo quedaba un último detalle antes de salir ante las tropas. Sissi se colocó en el asiento frente al tocador y cerró los ojos. –Quiero que me pintes como lo hacían los guerreros de nuestra raza, Kuroyuki. Hoy no tendré piedad alguna con nuestros enemigos.
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Mensaje por Kuroyuki el Lun Jun 17, 2019 8:33 pm

La princesa de la nieve negra no dijo ni una palabra y a la vez un leve sentimiento de orgullo y felicidad recorría su cuerpo. Aún cuando se suponía que el país se enfrentaba a un 'jaque' por parte de la amenaza emergida, Kuroyuki estaba tranquila. La corriente fluvial había sido completamente arrasada por el viento aciago, pero la sirvienta no sintió cólera por la devastación de la naturaleza, se resignó sin apenas esfuerzo. Aún tratándose de algo intencionado, los resultados no se alejaban de las tantas inundaciones fluviales que habían sucedido durante siglos. Siempre que ocurrió, la vida acabó adaptándose al nuevo cambio, aquello era una constante que se impondría una vez más. Los emergidos saquearían la vera adentrándose cada vez más al corazón de la selva, como una plaga de saltamontes o termitas, mas nunca pasarían el umbral que había dibujado la reina. Ella era inevitable. El mismo fuego en sus ojos, la misma ira con la que usurpó su dominio en aquella tierra y la subyugó relucía en su mirada en aquella ocasión. Que fuera consciente de ello o un impulso ancestral era algo que Kuroyuki no necesitaba averiguar, pues no influiría en el efecto que tenía sobre ella. Servía para guiar su naturaleza interna, como un perro de presa al que le habían señalado su objetivo.

Con sus deberes de sirvienta temporalmente suspendidos, ella se limitó a guardar el letargo y vigilar los movimientos de los emergidos desde su lecho. En su estado, los días pasaron como minutos, la constancia en el ritmo y dirección de los emergidos se antojaban armoniosa incluso. Cuando sintió el aura de su matriarca alterarse, la manakete despertó de inmediato: Aunque faltaran unas horas para el encuentro, era el momento de presentarse ante la reina. Le hizo compañía hasta que la batalla fue inminente. Ella no había perdido ese fulgor en su mirada en todo ese tiempo, aquello le complacía. Sin embargo, su aspecto apático y neutral siguió imperando en su forma de ser. - Naga no tiene nada que hacer aquí. - Respondió, levantando un breve silencio que terminó rompiendo. - Todo depende de nosotros. - Esperó a recibir la última petición de Sissi antes de la batalla. Entonces, sus ojos reflejaron la luz solar, motivo de la fugaz sorpresa que provocaron aquellas palabras. No verbalizó afirmación alguna, simplemente asintió con normalidad, aunque la naturaleza del pedido saliera de lo habitual en la reina. Decorarse con pinturas de guerra no era una faceta que hubiera conocido de ella, al menos hasta ese momento.

Con total naturalidad, la sirvienta procedió a opacar las ventanas con las cortinas correspondientes y bloqueó la puerta desde dentro, llevando la habitación en la que se encontraban a la penumbra absoluta. Pocos segundos después,la llama de una antorcha se convirtió en el único foco de luz de su particular universo. Sin tacto alguno, Kuroyuki la arrojó a pocos palmos de los pies de la monarca, con la intención de que su calor estimulara sus sentidos. Sissi parecía haberlo planeado todo, los materiales necesarios para la ungimiento estaban a su alcance: Polvos de varios colores, platillos de madera y ánforas de agua. Ella nunca había practicado tal ritual, mas había leído lo suficiente para recrearlo. El negro y el rojo fueron los colores elegidos, y en menos de un minuto mezcló tierra y agua para convertirlo en una pasta granulada. El color oscuro sirvió para dibujar un grueso antifaz que cubría de cejas a pómulos, con diversos surcos verticales que le bajaban a la altura de los labios y mandíbula. El color rojo para representar el símbolo de su tribu, los manaketes sagrados, cuya máxima representante era y sería Naga. Kuroyuki pintó la corona alrededor del lunar, y la completó con dos lineas para que el círculo simulara una lágrima. La marca de los elegidos.

Una vez culminó su cometido, se alejó dos pasos de la monarca y declaró.

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Que la sangre de nuestros enemigos sea tu armadura.

Entonces, una nueva fuente lumínica entro en acción. La piedra de la sirvienta se despertó al tacto de su portadora, emitiendo un tenue brillo violáceo. El cuerpo asimilaba poco a poco aquél poder, empezando por la mutación de sus ojos cobrizos. Un todo dorado empezó a surgir, así como la pupila se afiló, recordando la mirada de los cocodrilos que aguardaban en el dique.

Pintura de guerra:

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Mensaje por Sissi el Mar Jun 25, 2019 1:44 pm

A través del reflejo del espejo, Sissi vio cómo Kuroyuki sumía a la habitación en la oscuridad. Había algo sagrado en todo ello, podía sentirlo desde los dedos de los pies a las largas orejas de manakete. El suave cabello de la nuca se le irguió al notar el calor de la antorcha en el suelo, cerca de ella pero no lo suficiente como para quemarla. Se giró un poco para enfrentarla. A veces creía que el fuego llegaría a lamer sus dedos, pero nunca lo hizo. Miró a su sirvienta y cerró los ojos. Ahora solo podía escuchar la pintura mezclándose, las respiraciones de ambas, el tambor en su pecho. Y recordó las palabras de su madre contándole las primeras transformaciones de dragón divino a manakete. En las criptas sombrías y desnudas, auténticas tumbas, las sacerdotisas de Naga dormían con hipnosis a los iniciados. Se les arrancaba de la luz, aislaba de los vivos y, en secreto, se les sumía en las profundidades de las tinieblas. A veces, los dragones salían muertos: muertos en su carne y en su alma. Pero aquellos que superaban las pruebas de la separación entre el cuerpo y el espíritu aprendían el secreto de la resurrección, de la transformación entre el alma dragón y cuerpo humano.

Sissi había nacido siendo manakete. Nunca había tenido que pasar por las pruebas de la iniciación, pero una sombra ancestral vivía en ella. En las últimas semanas había palpitado en su interior con fuerza y constancia. Por primera vez, había una llama que no quería apagar. Antes sentía miedo del poder que corría por sus venas: lo temía y renegaba de él, razón por la que su alma dragón había sido tan violenta, distante y difícil de controlar. Las cosas habían cambiado desde entonces. Había tenido que aprender a aceptarse a sí misma. Crecer. Madurar. Y eso había traído un nuevo cambio en ella. Amor propio. Saber quién era. Sí, su poder podía destruir con un simple hálito, pero también podía usarlo para proteger a su pueblo. ¿No era ella su reina? Sería también su primera línea de defensa y ataque, el escudo y la espada contra las tinieblas que deseaban dominar todos los países del mundo. Y aunque no había dicho en palabras lo que sentía, sí que había comenzado a obrar con nueva conciencia. Sus nuevas alianzas no solo tenían que ver con la similitud de culturas o religión; pues nada de eso compartía con Bern. Más sí la necesidad de crear fraternidades que fueran necesarias para la supervivencia de su reino.

Sindhu era todo para ella. Haría todo por su hogar. Y si eso incluía alimentar el fuego en su pecho, una fuerza ancestral que nunca había domado, que así fuera. La pintura en su rostro solo era un símbolo de lo que en ella habitaba. ¿Acaso no nacían en la oscuridad más perpetua? Sissi estaba renaciendo de nuevo en aquella habitación repleta de negrura, salvo un único fuego como el que sentía arder en su sangre. Cuando Kuroyuki terminó, Sissi se incorporó y asintió. Al mirarse de perfil en el espejo fue como enfrentarse a una desconocida. No. Una conocida. Esa era ella: Sissi de la Tribu de los Dragones Divinos de Naga, Reina Manakete de Sindhu, Señora de las selvas y los volcanes, Patrona de la Ciudad Universitaria, Madre de los Refugiados y Guardiana de Valentia. Y si debía ir a la guerra, que así fuera. Y eso mismo dijo ante las palabras de su sirvienta: Que así sea.

Pasó por encima de la antorcha que, al contacto con el frío suelo de piedra, había ido consumiéndose. Era de las pocas veces que no llevaba falda larga, sino unos pantalones ajustados y encima una túnica que le llegaba hasta las rodillas. Sissi sorteó la llama sin problema. Su propia Dragonstone había comenzado a iluminar las sombras, como sintiendo el llamado de la piedra de Kuroyuki, pero no llegó a activarse del todo. –Si algo me sucediera hoy, ya sabes lo que debes hacer. Confío en ti, Kuroyuki –dijo, y salió de la sala. Recorrió los pasillos llenos de gente preparándose para la batalla y, a medida que caminaba, varias personas se quedaron mirándola, sus cabezas gachas en señal de respeto; otras, acompasaron sus pasos para seguirla al exterior. Fuera, se estaban terminando los últimos bordados de una inmensa tela roja, decorada en hilos brillantes con el símbolo nacional de Sindhu en el centro. La bandera, si acaso se podía llamar así a los cincuenta metros de largo y treinta de ancho, aguardaba una última inspección.
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Mensaje por Kuroyuki el Mar Jun 25, 2019 3:45 pm

Kuroyuki, con los sentidos ampliados gracias al poder que le otorgaba su piedra, pudo sentir el latir tenue de la de su reina, como si la energía que ella estaba desprendiendo la hubiera activado. Sin duda alguna, ambas estaban preparadas para lo que se venía, y así lo demostró Sissi cuando le dio una última directriz a su sirvienta. Ésta asintió, acompañándolo de una leve reverencia y sin decir una sola palabra. Cuando la reina se dispuso a salir de la habitación, se limitó a seguirla a unos cuantos pasos, hasta que sus caminos se dividieron. La manakete en proceso de transformación se encaminó hasta el torreón más alto de la fortificación tras una separación discreta, sin llamar la atención del resto de la corte y permitiendo que la matriarca siguiera alentándolos con su nueva presencia.

A medida que subía por la escalinata, sus extremidades fueron cambiando de forma y color, adoptando un estado intermedio ente el humanoide y el dracónido. De sus brazos y piernas fueron apareciendo escamas mientras que sus alas se alargaron y plegaron sobre sí mismas para abandonar su aspecto lepidóptero. El instinto primordial comenzaba a emerger del mismo modo y, aunque era un estado que podía controlar, tampoco sentía la necesidad de reprimirse. Hacía mucho tiempo que no luchaba por motivación propia, ni siquiera en el antiguo templo de los imperios caídos sintió aquella determinación. En aquella ocasión, y a pesar de las agresiones sufridas, se contuvo. Mas ese día purgaría la plaga emergida como lo haría con cualquier otra. Su transformación se completó una vez alcanzó el punto más alto de la atalaya, pues su forma cilíndrica y sus múltiples ventanales eran idóneos para que se sujetara. Se envolvió con sus alas cuando se aseguró el agarre en la pared exterior y en un par de segundos su pequeño cuerpo se había vuelto una masa de escamas negras y rosadas de varios metros de envergadura y cientos de kilos de peso. La buena estructura de la fortificación aguantó la anomalía sin problema alguno, mas allá de algunos desperfectos provocados por sus garras.

Desde la altura tenía una visión privilegiada del campo de batalla. En el horizonte podía ver la primeras filas de emergidos avanzar a través de la vera del río, así como barcos de transporte surcando sus aguas. Era cuestión de minutos que el coque tuviese lugar. En la parte inferior de su campo de visión estaba organizada las defensas de Sindhu engrosada por cientos de soldados, además de caballos e instrumentos de asedio. En el centro de la formación no había personas ni máquinas, si no una tela bordada cuya dimensión abarcaba varios regimientos, su fondo rojo y emblema dorado era el de la bandera del país. Kuroyuki había trabajado en ésta hace unas semanas, más su función no sería la de ser ondeada sobre un mástil. Estaba hecha de algodón y la capa era más gruesa de lo que el viento era capaz de arrastrar. Ideal para absorber líquidos, y en aquella ocasión, múltiples barricas de fluido aceitoso habían sido vertidas en ésta.


Última edición por Kuroyuki el Mar Jul 02, 2019 2:48 pm, editado 2 veces
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Mensaje por Sissi el Jue Jun 27, 2019 4:33 pm

OST:

–Majestad, está ya todo listo –dijo un soldado cuando Sissi salió al exterior. Con un movimiento de mano, invitó a la soberana a seguirle hasta donde reposaba la amplia tela roja que olía a aceite, colocada tras varias catapultas cargadas. Pasaron las jaimas militares, en las que se ultimaban preparativos de última hora: ajustar los cascos de acero, pulir una vez más las espadas, preparar los tomos de magia y las flechas. También despedirse. Había sonrisas fugaces entre compañeros; miradas que prometían no abandonase, pasara lo que pasara; abrazos, palmadas cariñosas en los hombros. Pero también había suspiros, lágrimas entre amantes que debían luchar en formaciones distintas, suaves rezos a Naga. Pero nadie se fue. Nadie abandonó su puesto incluso cuando los barcos emergidos y las filas de huestes enemigas aparecieron frente a ellos.

Y Sissi sabía que la gente tenía miedo. Podría haberles consolado, haber hablado de su futura victoria, pero los discursos ya se habían hecho la noche anterior, una noche de despedidas. En ciernes del combate, imperaba el silencio y la solemnidad. Pero había algo que también ardía en todos ellos mucho más fuerte que el terror: valentía, amor, honor. Estaban luchando por proteger su país, un reino logrado a través de dolor y de pérdida. Su oasis del sufrimiento. No volverían a perder ningún hogar. Ella tampoco lo permitiría. Ahora, todos ellos eran sindhi. Un pueblo pacífico de gente diversa, alegre y académica, pero aún mucho más: aquellos que eran valientes ante cualquier situación eran sindhi; aquellos que aceptaban todos los desafíos, a pesar de la victoria o la derrota, eran sindhi; y aquellos que nunca se rendían y luchaban contra su enemigo hasta su último aliento eran sindhi. Mujeres, hombres, laguz, beorc, medio-hijos. Sissi podía ver gente de todo el reino allí reunida. Era la mayor concentración de soldados que Sindhu hubiera visto jamás, para hacer frente al mayor ejército jamás encontrado.

Los tambores comenzaron a sonar. Su ritmo llamó a filas a todos los soldados. Era el corazón de Sindhu, latiendo hacia la batalla. No se detuvieron incluso cuando Sissi llegó al frente. Estaba delante de las tres catapultas y la primera fila de arqueros. Sus generales se situaron a su lado, dispuestos a dar las órdenes oportunas. A su espalda ondeaban los banderines en las lanzas, los laguz ya se habían transformado y el murmullo constante de los instrumentos era lo único que podía escucharse. Sin embargo, más allá, a la cabeza, el lago se había llenado de emergidos. En las orillas se podían ver varios grupos alistándose en un orden propio a pesar de la carencia de órdenes dichas. En la otra vera, un grupo de contención sindhi aguardaba la señal para entrar en combate desde el otro lado. Un laguz halcón, desde el aire, dejó escapar un gañido agudo y Sissi asintió.

Mientras aún las barcas navegaban por el lago, la reina alzó el brazo con el puño cerrado. Un grito a su espalda le hizo saber que su mandato había sido dado: una de las catapultas fue liberada y una piedra gigante, redonda y pulida cruzó el cielo. Impactó entre las primeras barcas, sin ocasionar que ninguna se rompiera, mientras los emergidos continuaban avanzando sin apenas inmutarse. Sissi miró al cielo. El laguz halcón había desaparecido, sin duda de vuelta a su fila. Su cabello rosa flotó hacia delante. Incluso el viento estaba de su lado. La reina miró al frente y abrió el puño de la mano que aún mantenía alzada. Y siete soldados corrieron a agarrar la enorme bandera por parte ancha y enlazaron sus dos extremos a las argollas metálicas de dos nuevas piedras redondas, colocadas cada una en las catapultas que aún no se habían usado.

–Fuego.

Las catapultas se doblaron y las piedras surcaron el aire, la bandera era una estela roja que viajaba con ellas. Pudo oler el aceite que empapaba la tela. Entonces, Sissi se transformó y, como una dragona, se alzó al cielo por encima de la bandera con el emblema de Sindhu. Otros dragones y manaketes, todos los residentes de esa clase que habitaban en Sindhu y que habían sido llamados a la guerra, se unieron a su rugido de llamada. Sissi surcó el aire, por encima de la bandera que, propulsada por la trayectoria de las piedras, llegó hasta el lago. La fuerza del impacto rompió varias barcazas y arrastró otras tantas hacia atrás, donde se chocaron violentamente entre ellas. Sin embargo, la mayoría quedaron cubiertas por la inmensa tela roja, empapada de aceite. Los emergidos trataron de escapar pero, en el cielo, Sissi y los dragones atacaron.
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Mensaje por Kuroyuki el Sáb Jun 29, 2019 8:29 am

El dragón ónice contempló la situación desde la altura de la atalaya esperando a que su momento llegara. ¿Cuál era ese momento? En realidad no había acordado nada con Sissi, no estaba acostumbrada a una batalla con tanto orden, y en aquella ocasión era importante para no alcanzar a soldados aliados. Le bastaría con reconocer la disposición de todas las fuerzas cuando la contienda estallase y se lanzaría contra los objetivos que estuvieran más aislados. Por ese motivo, los barcos que bajaban a través del río parecían los blancos ideales. El tiempo pasaba, los emergidos avanzaban, pero el ejército Sindhi esperaba a que los enemigos estuvieran al alcance, hasta que al final un primer proyectil fue lanzado desde una de las máquinas de asedio. Aquello, como no podía ser de otra forma, llamó la atención de Kuroyuki. La piedra sobrevoló el campo de batalla hasta impactar con una de las barcazas del lago sin causar mayores consecuencias, entonces, dos nuevas piedras fueron propulsadas. Estas iban atadas a la enorme tela nacional, la cual arrastraron por el cielo hasta el centro del lago. En su perspectiva, los vivaces colores de Sindhu recorrieron gran parte de su rango visual, mientras su sombra se proyectaba en las filas enemigas, asemejándose a cómo lo haría una red para atrapar a una presa. Como si de una chispa se tratara, su mente reaccionó de forma instintiva, soltando sus garras de la torre de piedra e iniciando el vuelo en dirección a la bandera. En el recorrido, varios destellos la deslumbraron, producidos por las transformaciones laguz de los soldados de Sindhu, la reina incluida.

El manakete negro profirió un ensordecedor rugido, inspirado por la presencia de la bandada, y aceleró su marcha para colocarse a la cabeza. El tejido gigante ya se había precipitado sobre el lago, y el agua reflejaba flujos multicolor producidos por el aceite inflamable que lo empapaba. La tela había sido visiblemente dañada por los barcos que había cubierto. Los mástiles más altos provocaron agujeros en su superficie y pequeños rasgones habían sido producidos por el roce con la madera en la violenta caída. A pesar de todo, el resultado había sido satisfactorio, ya que la mayor parte de las embarcaciones habían sido atrapadas, su silueta podía intuirse a través de la bandera. Sin duda habían quedado inutilizados y eran un blanco fácil. Un objetivo aislado e inmóvil era lo que kuroyuki estaba buscando. Sus ojos y escamas rosáceas se iluminaron cuando empezó a generar su niebla desintegradora, era una señal fácil de interpretar por todos independientemente de si habían visto un dragón antes o no.

Era una 'pena' que los emergidos enterrados en lana y aceite no advirtieran esa información visual.

Tan pronto como sobrevoló el primer barco abrió sus fauces y descargó un haz de color violáceo sobre éste, deshaciendo la bandera que lo cubría y partiendo en dos su quilla. Aunque la naturaleza de su ataque no era ígneo, sus efectos eran similares si no más devastadores cuando entraba en contacto con su víctima. Trozos de madera y astillas saltaron por todas partes, y la bandera había sido privada de una tira de su superficie. La energía desprendida fue suficiente para prender el aceite de alrededor, desencadenando una lenta pero inevitable reacción en cadena en todas direcciones. Kuroyuki no se detuvo ahí si no que continuó bombardeando los barcos vecinos con hálito, solo descansando un segundo entre éstos para tomar las inspiraciones necesarias. Desde la orilla empezaron a llegar las primeras flechas, pero las duras escamas soportaron la gran mayoría, y el resto se sintieron como pequeñas agujas clavándose superficialmente. Los proyectiles de origen físico no podrían detenerla.
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Mensaje por Sissi el Sáb Jun 29, 2019 11:22 am

Cuando los emergidos entendieron qué es lo que estaba sucediendo, ya era demasiado tarde. No importaba que varios hubieran raspado la tela para sacar la cabeza, o que apuntaran con sus flechas a los laguz; en cuanto los primeros hálitos y llamaradas de los manaketes y dragones tocaron la bandera, no pudieron hacer más que desaparecer en silencio. No hubo gritos, ni gruñidos. Los emergidos no hablaron cuando el fuego entró en contacto con el aceite que empapaba la bandera y el conjunto entero de la tela comenzó a arder. El aceite también mojó los cuerpos que había debajo: emergidos y madera que se prendieron en las llamas. La cercanía con las aguas frías hizo que el calor ascendiera por debajo de la tela y se propagase con mayor rapidez. Bajo la bandera, barcos y enemigos comenzaron a quedar reducidos a cenizas. Y no solo eso: los ataques de todos los manaketes y dragones sindhi ayudaron a la tarea de destrucción de las barcazas. No importaba que la bandera se rompiera, su cometido había servido ya.

Si Sissi hubiera sido una mera espectadora, habría encontrado la situación estremecedora: dragones en el cielo, descargando su poder contra enemigos que no habían tenido la oportunidad de defenderse. Pero la reina no podía sentir pena por ello, ni remordimientos. Estaba defendiendo su país, y si tenía que quemar un ejército hasta sus cimientos, lo haría. En tierra, el resto de las tropas sindhi ya deberían haber comenzado a atacar ellos también. La estrategia era arrinconar a los emergidos hacia el lago, incluso aquellos que habían llegado por tierra. Cuanto más cerca quedaran de las aguas, más posibilidades tendrían de derrotarles. Los dragones sobrevolaban el lago y atacaban las astas más altas de las barcazas, así como a cualquiera que aún sobreviviera al fuego, en especial arqueros o magos, que podían atacar a la distancia. Los cocodrilos también parecían estar cumpliendo su función: a veces podía observar cómo unas fauces hambrientas saltaban y atacaban a emergidos más concentrados en mirar arriba que abajo y, en las orillas, también había grandes posibilidades de que tratasen de devorar a los emergidos.

Sissi rugió grave, audible en todo el valle, cuando un golpe de magia eléctrica sacudió su cuerpo. El impacto le quemó algunas zonas del pecho, pero no había sido un ataque de gravedad. Con ojos almendrados y furiosos, dirigió la mirada hacia un compendio de barcos que no habían sido alcanzados por la bandera, que solo podía cubrir hasta cierta distancia. Allí se había formado un escuadrón de magos que amenazaban con herirles si no acababan con ellos antes. A un lado, la reina divisó a Kuroyuki y voló en su dirección. Al estar cerca, gruñó, dio una vuelta sobre sí misma para alzarse por encima de la contraria, arañó con suavidad su lomo para que la siguiera, y volvió a dar una vuelta para descender de lado hacia los hechiceros. Cargó su hálito que iluminó las escamas de su garganta y, al dejarlo escapar, se dispersó como una neblina que, aparentemente, no era ofensiva. Sin embargo, los enemigos pronto descubrirían que no podían conjurar magia. Contaba con que Kuroyuki les diera el golpe de gracia mientras ella tomaba una nueva bocanada de aire para cargar un nuevo ataque.

A lo lejos, un compendio de rugidos hizo que Sissi alzara la cabeza al terminar de exhalar su habilidad de silencio. Decenas de jinetes wyvern entraron en combate aéreo con otros dragones. Una lanza de bronce rozó una de sus patas pero rebotó en las durísimas escamas y cayó al agua. De inmediato, la reina dirigió la atención al origen del proyectil y, con dos poderosos aletazos, se lanzó con las garras extendidas hacia el wyvern. El emergido que iba en su espalda no tuvo tiempo de sacar una nueva lanza o jabalina. Sissi le atacó primero a él al morder con fuerza la zona de montura. Sus enormes fauces se cubrieron de rojo. El wyvern clavó sus dientes también en ella, aunque su mordida era inferior por tamaño logró sobrepasar la defensa de las escamas doradas y penetrar en la carne del lomo derecho. Ambos revolotearon en el aire, atacándose mutuamente y sin apenas despegarse antes de volver a apresar con la mandíbula una nueva zona que desgarrar. Sin embargo, Sissi comenzaba a cansarse. Dejó que el wyvern le mordiera una zona del pecho, cercana al cuello pero sin llegar a él y, entonces, hizo que su hálito de energía le impactara en la enorme cabeza, fulminándolo al momento. Su cuerpo cayó sobre una barca, que se partió en dos.
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Mensaje por Kuroyuki el Sáb Jun 29, 2019 1:04 pm

La situación no era favorable en cuanto a orden y sobriedad: proyectiles se estaban lanzando a un lado y al otro del lago, el fuego estaba llegando a todos los extremos que el aceite había impregnado, y la multitud de criaturas en el aire completaban un escenario donde el caos estaba más que servido. No era fácil para la manakete en su forma dragón el mantener un foco determinado que seguir, y su actuación se limitó a deambular por el espacio aéreo y calcinar toda criatura humana que estuviera en las cubiertas de los barcos o que detectara un brillo antinatural en sus ojos. De ese modo siguió desintegrando algunas embarcaciones a medio hundir para que los cocodrilos terminaran el trabajo mientras trataba de encontrar algo en el aire lo suficientemente estático como para que su aliento lograra alcanzarle. A grandes rasgos no estaba siendo eficiente, sus patrones de ataque se habían relajado y su infructuosa búsqueda de objetivos entre dos frentes opuestos la estaban distrayendo más que otra cosa.

No fue hasta que llegó Sissi que Kuroyuki se recompuso, con dos simples gestos de la primera para que la siguiera, y encontró un buen objetivo que eliminar. La dragona sagrada lanzó el primer ataque en forma de niebla densa que encvolvió por completo el escuadrón de hechiceros. Y al instante sus peligrosos tomos se apagaron, convirtiéndolos en una masa de entes indefensos. Kuroyuki no necesitaba nada más para actuar y se abalanzó inmediatamente sobre aquél grupo. Inició con una bocanada que borró a un puñado de la existencia para seguir con un picado que aplasto a otros dos bajo sus garras. Tiempo suficiente para recargar. El siguiente hálito lo trazó con un arco de cuarenta y cinco grados el cual vaporizó a gran parte de los emergidos y otros tantos soldados de infantería que trataban de auxiliar a sus compañeros. A todo esto la niebla se estaba disipando, los más hábiles supieron encontrar huecos en los que preparar sus sortilegios y lanzaron magia muy rápida que provocó algunos daños. Kuroyuki se defendió zarandeando su cola para tumbar a los que tenía a su espalda, sus garras atravesaron a los que estuvieron al alcance mientras que la exhalación pulverizó a los de media y larga distancia. A los pocos minutos lo único que quedó alrededor del dragón eran soldados de infantería corriente después de que los magos fueran eliminados tras sendos ataques de la manakete.

No había un objetivo mejor para ella entonces, por lo que se mantuvo en tierra lidiando con las endebles lanzas y espadas.
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Mensaje por Sissi el Dom Jun 30, 2019 11:55 am

Tras derrotar al primer wyvern, Sissi y otros dragones se enfrentaron al resto de las criaturas aladas. Los choques fueron rápidos y brutales, un compendio de hálito, fuego y mordiscos. Mantener la hegemonía aérea era de suma importancia, pues eso podía indicar la victoria o la derrota de las tropas sindhi. No había jinetes de wyverns en Sindhu, por lo que enfrentarse a ellos era tarea de los laguz más poderosos. De aquellas emergidas sobre pegasos se encargarían los halcones y los arqueros, al ser ellas débiles contra ataques directos. Los manaketes y dragones, pues, debían enfrentar al grueso del ejército enemigo en el aire. Habría sido más sencillo si solo hubieran sido wyverns, pero los jinetes lograban ser contrincantes mucho más difícil de matar que sus monturas. Al ser mucho más pequeños y resguardarse en el lomo de sus reptiles, resultaba mucho más complicado atacarles de frente. Además, contaban con lanzas y jabalinas, armas que fácilmente se podían incrustar en los salientes de sus escamas. Uno de esos proyectiles se le quedó clavado en un ala, y otro en la parte trasera de una pata. Era un dolor intenso y continuo, que distraía.

Sin embargo, Sissi no permitió que eso le impidiera arremeter contra el resto de enemigos. La sangre encima de sus escamas ya no podría decir si era suya o de todos aquellos a los que había matado. Al derrotar al último wyvern en su rango de visión, la reina se tomó unos instantes para mirar alrededor. A lo lejos, podía ver cómo los soldados de a tierra mantenían su posición. No podía ayudar allí, porque sus ataques podían herir a un aliado con facilidad, así que Sissi volvió la vista nacarada al lago. Parte del fuego se había disipado, casi todos los barcos estaban hundidos y los cocodrilos daban cuenta del festín de carne y huesos que caía directamente en sus fauces terribles. Sissi se pasó la lengua bífida y áspera por el morro, para quitarse la sangre de allí. A su lado, un compañero dragón aleteó. Estaba herido, pero al menos seguía en pie. Ambos se miraron, como viendo a dónde podrían ir juntos en su próxima cometida, cuando una flecha larga, negra y de acero, le traspasó la garganta, donde las escamas eran más delicadas. La manakete pudo ver como el proyectil le arrebataba la vida a su soldado y le mandaba al abismo de llamas que era el lago.

Al girar la enorme cabeza, descubrió que había un nuevo adversario en el aire: era una estructura de madera en forma de X, con una especie de plataforma en el centro en el que había una balista que Sissi nunca había visto en su vida. Las flechas que disparaba tenían el tamaño de una lanza y estaban hechas de un material capaz de traspasar las duras escamas de un dragón. Pero, lo que más aterró a Sissi, es que la estructura iba tirada por cuatro wyverns y sus jinetes y estaba a una altura considerable por encima del suelo. Sus proyectiles podrían acertar con facilidad a cualquier manakete o dragón que no estuviera atento al peligro. De inmediato, Sissi lanzó un bramido de advertencia y preocupación y, sin pensarlo, se abalanzó contra ese nuevo enemigo. En la parte de la balista había tres emergidos que cargaban el arma y decidían dónde apuntar. La siguiente flecha estaba dispuesta en otra dirección, pero, con su rugido, Sissi hizo que ahora fuera ella el nuevo blanco. Los emergidos cargaron la balista. Sissi cargó su hálito.

Ambos dispararon a la vez.

Su aliento dio de lleno a uno de los extremos de la X de madera, liberando al wyvern y a su jinete, que rápidamente se lanzaron a atacarla al mismo tiempo que la flecha le atravesaba la fina membrana de sus alas, provocando en la reina un alarido de dolor que le hizo detener su ataque. Por el rabillo del gran ojo pudo ver que los enemigos llevaban banderas de Hatari. Le enfurecieron. Con el ala herida y varias jabalinas sobresaliéndole de la carne, Sissi comenzaba a cansarse de verdad, pero no se detendría hasta derrotar al último invasor. Disparó de nuevo su aliento contra el wyvern, que lo esquivó usando una corriente de aire. Sin embargo, pudo ver cómo las demás figuras dracónicas dirigían su atención hacia ellos. De nuevo, las tropas sindhi aéreas se unieron con un único objetivo.
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Mensaje por Kuroyuki el Dom Jun 30, 2019 2:19 pm

Con el paso del tiempo la manakete había sido fagocitada por la formación enemiga, y la superioridad numérica era evidente. Era un hecho que no parecía preocuparla, pues las armas que lograban colarse entre sus escamas apenas le provocaban arañazos en la piel. Las más grandes como hachas a dos manos o alabardas se mantenían fuera del alcance en todo momento, ya que había aprendido a reconocerlas y a tratar con ellas antes de que supusieran un peligro. Su defensa era principalmente frontal y los latigazos de su cola mantenían a raya a los enemigos que trataban de alcanzarle por la espalda, pero no tenía medios para defenderse de los ataques que venían desde el costado. La situación se le hizo familiar, un vago recuerdo del pasado que pensaba haber olvidado, de cientos de años atrás. En una de sus vigilias fue emboscada un grupo de maleantes, atraídos por la falsa leyenda de los tesoros que tenía en su guarida. Decenas de ellos acudieron a la contienda para acabar con ella, creyeron que fueron suficientes, pero erraron. En aquella ocasión eran cientos los enemigos, mas no estaba sola en batalla. Laguz y beorcs estaban aunando fuerzas para vencer a las fuerzas emergidas.

Entonces, un bramido familiar captó su atención y miró hacia el cielo. Una estructura que nunca había visto estaba sobrevolando el cielo, y la reina aproximándose hacia ésta. El chirrido había sido de peligro, preocupación. Del mismo modo se sintió Kuroyuki, quien decidió acudir a su llamada de inmediato. En primer lugar, para ser capaz de alzar el vuelo, lanzó su propio hálito bajo sus patas para que se extendiera en todas direcciones. El haz de energía dañó un poco su propio cuerpo pero sirvió para mantener a raya a todos los emergidos que la estaban rodeando. Extendió sus alas y empezó a aletear, permitiéndole separarse del suelo después de la cuarta repetición, ascendió lo más rápido que pudo mientras contemplaba como Sissi lidiaba con la situación. Sus sentidos se afilaron cuando el vientre de la matriarca se iluminó, y entonces ocurrió algo que no había esperado. No sabía cuan peligrosa era aquella plataforma en realidad, pero lo comprobó en el momento en el que un enorme virote salió disparado hacia el dragón sagrado. El lamento de la reina fue suficiente para hacer que la sirvienta entrara en cólera. Con un ensordecedor rugido, la manakete redobló sus esfuerzos para alcanzar la plataforma aérea.

Sus fauces se aferraron a uno de los extremos una vez estuvo al alcance. El material era de especial resistencia, aquella madera crujió por la fuerte presión, pero no parecía ceder a los daños de inmediato. El jinete de wyvern que tenía más próximo trató de defender la estructura lanzando varias jabalinas que se clavaron en su lomo. El dolor fue notable pero sólo lo exteriorizó con un grave gruñido mientras seguía apresando el eje de madera para desestabilizar la estructura. Siguió mordiendo, la cobertura de madera acabó por astillarse mas en el centró se topó con una barra metálica. era el esqueleto de la plataforma voladora, uno que no podría quebrar.


Última edición por Kuroyuki el Mar Jul 02, 2019 2:48 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Sissi el Dom Jun 30, 2019 5:53 pm

Su rugido llamó la atención de muchos de los dragones y manaketes que surcaban los cielos. Terminaron sus batallas personales y, tan rápido como pudieron, acudieron al llamado de la reina. Los emergidos que estaban sobre la plataforma trataron de volver a lanzar una nueva lanza, pero Sissi se encargó de desestabilizar el soporte tanto como pudiera. El proyectil falló al intentar derribar a uno de sus aliados, un dragón rojo que atacó de inmediato al wyvern que la monarca había liberado y que, al revolotear a su alrededor, era una amenaza para ella. Confiando en su soldado, Sissi dirigió su atención a los emergidos que manipulaban el soporte. Aún con su peso, la X de madera se mantenía a flote con los demás wyverns y sus jinetes dirigiéndolo. Sin embargo, ya no sobrevolaba los cielos con tanta ligereza como antes.

La figura de Sissi desestabilizaba a las monturas que, por mucho que quisieran, no podían llegar a ella. Sin embargo, los jinetes trataron de arrojarle lanzas y hachas arrojadizas, al menos tuvieron la intención, hasta que un compendio de laguz chocaron con fuerza contra ellos. Sissi pudo ver a Kuroyuki encabezando el movimiento de defensa y rugió durante unos segundos para animarla, para hacerle saber que estaba bien. En el centro de la X de madera, había un trono en el que estaba sentado un emergido de rostro cubierto con un yelmo, una corona de picas en la cabeza y una capa rasgada de color amarillo. Llevaba el estandarte de Hatari. Sissi le odió. Le enseñó los dientes afilados y manchados de sangre, inspiró y dejó escapar su hálito contra la extraña balista, tras la que estaba el trono. La bandera comenzó a arder. Los tres emergidos que allí estaban fueron derribados, alguno incluso cayó a su muerte. No obstante, el metal debía ser especial, quizás estar influido con magia o algún tipo de arte arcana, porque no explotó en un primer contacto.

Sissi no se detuvo; siguió con las fauces abiertas, atacando directamente el arma que, poco a poco, comenzó a fundirse. Algunos compañeros dragones mataron a los emergidos que aún se mantenían agarrados a la estructura y, al ver el esfuerzo de la reina por acabar con la balista, se unieron a ella. El conjunto de alientos, de una magia primigenia y ancestral, creó una intensa red de energía que, en poco tiempo, fundió el arma. La estructura estalló al no soportar tal carga de potencia: fuego, hálito, magia. Una enorme expansión de humo y fuego cubrió el cuelo allí donde habían estado los dragones. La nube gris se unió a la de las cientos de barcas que ahora plagaban el lago, reduciéndose a cenizas. En tierra, los soldados sindhi mantenían una línea de defensa estricta, obvia desde arriba por los cuerpos de los fallecidos que marcaban la limitación de los dos ejércitos. Sin embargo, los emergidos no tenían escapatoria. Era la lanza o el fuego para ellos. Incluso si alguno lograba retirarse a la selva, les perseguirían durante el tiempo que hiciera falta para que, finalmente, desaparecieran de la faz de la tierra.

------------

Tiempo después, cuando los fuegos aminoraron y fueron más los cuerpos de los muertos que de los vivos, y las hogueras no eran de barcas sino de cadáveres enemigos, solo había en el aire solitarias figuras, entre las que se hallaba Sissi. La sangre y la luz del crepúsculo daban a sus escamas doradas el tono del cobre fundido. El humo había ido desapareciendo y, en su lugar, flotaban numerosos copos de ceniza. El gris era casi blanco y se había posado por doquier. La selva estaba ahora cubierta por una fina capa de un hollín tan claro que el verde no se podía ver. El lago era una mancha roja. Lago Dorado, era su nombre, pero ahora Sissi no podría llamarlo así. Habían ganado, pero el precio había sido demasiado alto. Había pilas de muertos que eran su gente, ciudadanos sindhi que habían muerto por su país, sacrificados por el bien de la protección del hogar, sacrificados como la bandera de su reino que se había quemado para derrotar a sus enemigos. Posara donde posara los ojos, su corazón se retorcía, palpitaba y dolía. Vencedores eran, pero a Sissi le supo a cenizas en las fauces. Y en el cielo, lloró.
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Mensaje por Kuroyuki el Mar Jul 02, 2019 3:56 pm

Su falta de conocimiento sobre la inventiva humana le había jugado una mala pasada, había perdido el tiempo. De igual modo pensó cuando vio las cadenas metálicas que la unían con los wyverns y la mantenían en pie. Un rugido de ira y frustración salió de sus fauces antes de reposicionarse dando una vuelta alrededor de la plataforma. Tomó algo de altura en el proceso, pudiendo ver aquello que soportaba la parafernalia de hierro y madera: Un artilugio que Kuroyuki evidentemente desconocía, lo controlaba un emergido con una vestimenta que destacaba entre el uniforme de los demás. La reina y éste se encararon durante unos instantes hasta que la manakete comenzó a calcinar el trono de hierro. Los demás dragones se mantuvieron expectantes unos segundos, suponiendo que cesaría su aliento una vez el artillero fuera calcinado del todo, pero siguió quemando la aleación sin importar lo inservible que se había vuelto, y que no habría nadie cerca para poder maniobrarla. Simplemente, quería que desapareciera. El objetivo brillaba con una candencia que nada le tenía que envidiar a una fragua, la intensidad de la luz aumentaba con cada segundo. Algunos dragones se unieron a la reina y antes de que Kuroyuki decidiera unírseles la estructura acabó cediendo en una explosión de lava metálica y humo. Ese objetivo suponía tener el control total del cielo en ese campo de batalla. Eso suponía un frente menos con el que lidiar y permitiría una estrategia más ordenada a la hora de acabar con los emergidos. La infantería sindhi reforzó la linea defensiva para delimitar con claridad donde estaban los enemigos, fuego y garras se precipitaron desde el cielo para cribar a los objetivos con letal eficiencia.

[…]

Pasaron horas hasta que el campo de batalla fue completamente purgado de emergidos, dejando un escenario devastador al igual que familiar para la guardiana de la selva. El fuego había consumido todo lo que estuvo a su paso, y el producto restante era ceniza y brasas repartidas por hectáreas enteras. Los volcanes no eran los únicos en producir nieve negra. Los efectos serían presentes hasta que llegaran las próximas aguas torrenciales, diluyendo el hollín y filtrando las contaminadas aguas del lago. Kuroyuki sentía pena por la profanación del equilibrio natural, mas sabía que fue un daño necesario. Como cuando vaporizó miles de árboles para impedir que los incendios volcánicos se extendieran por toda la selva. En la mitad de una década no quedaría rastro alguno de la batalla, como si nunca hubiera pasado. Con ese pensamiento, la manakete aguardó apartada de las piras funerarias, aprovechando su soledad para sanar sus propias heridas. Sólo la cabeza sobresalía de la envoltura de sus alas, permitiéndole ver todo lo que ocurría a su alrededor. Al igual que ella, la matriarca estaba sola, sobrevolando el lago. Kuroyuki podía notar su aura compungida antes de que sus lamentos fueran sonoros. No podía entender su dolor espiritual, o más bien, no podía compartirlo de la misma forma. Había conseguido evitar un golpe duro a la sociedad de la que estaba a cargo. La estabilidad de su ecosistema se había salvado, aunque el coste fuera la vida de alguno de sus individuo. La sirvienta no podía compartir el dolor de una perdida tan efímera, aún así, la dragona tomo el vuelo para reunirse con su hermana de raza.

El dragón ónice tomó altura y la encaró en la distancia antes de emitir un gruñido juguetón similar a un ronroneo. Se acercó tanto como pudo, donde el batir de alas de ambas pudiera coexistir sin molestarse, y extendió su cuello para frotar su cabeza por debajo del mentón ajeno. Era un gesto animal de sumisión, mas también de lealtad y compañía, tratando de hacerle ver que no estaba sola, que podía contar con su ayuda.
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Mensaje por Eliwood el Vie Jul 05, 2019 7:03 pm

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Sissi ha gastado un uso de su dragonstone.
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