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[Social] La senda del guerrero [Priv. Takumi]

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Mensaje por Ryoma el Lun Mayo 13, 2019 11:16 am


Hoshido. Lo que otrora fue un país soberano e independiente, cuna de la civilización más bella que los ojos de cualquier hombre o mujer en Akaneia pudieran disfrutar. Ese lugar que anteriormente había visto florecer en él la cultura y las artes, el más riguroso sistema social y también esa inevitable pero bella forma incluso de hacer la guerra. Ese lugar del que tuvo que huir. Ese bello lugar en el que la masa emergida entró y rompió con todo. Y luego, la invasión nohria. Como una funesta hoja cortando una caña de bambú, miles de años de tradición habían sido derrotados frente a la fuerza de las armas.

Ni tan siquiera él podía comprender por qué había vuelto ahí. Todavía se conservaba, obviamente, esa belleza. Pero era una belleza vacía. Ryoma lo comprendía cada vez más a medida que caminaba por esas calles de la ciudad que una vez fue su hogar. Pero no había tiempo para lamentos.

Ryoma había vuelto a Hoshido tan ambiguo y difuminado como lo habían sido sus últimos meses de vida. Ataviado por encima de la armadura tradicional de príncipe con una túnica negra que la cubría por completo, con el cabello recogido en una coleta y la mitad superior del rostro protegida con una máscara que intentaba simular las formas de un oni, esas criaturas con las que se espantaba a los niños en aquella tierra, los pasos del samurái le iban llevando poco a poco a un lugar muy concreto. El antiguo palacio real.

Había calculado todo hasta el último detalle. Había elegido un día especial para la ocasión. Un día en el que la tormenta inundaba el cielo, los rayos atronaban con fiereza sobre esa zona del grandioso imperio nohrio y el agua mojaba a quienes, incautos, seguían por la calle. No le acompañaba nadie más que su sombra. Había conseguido convencer a Kagero y a Saizo para que se abstuvieran de actuar ese día. No quería ponerles en peligro.

Porque ni él estaba seguro de lo que estaba haciendo. Solamente, se estaba dejando llevar por un impulso. Solamente, quería conocer cuál era la situación de su familia durante el exilio que se auto-impuso. Mucha gente podría pensar que la entrada al palacio era algo imposible. Más bien, posiblemente, Nohr había puesto guardias hasta debajo de las piedras. Pero habían muchos caminos que llevaban al interior, muchos caminos que los propios vasallos de Ryoma se encargaron de ocultar en su máxima medida para que resistieran la ausencia del único hombre vivo que los conocía, a parte, por supuesto, de la reina Mikoto. Lugares tan recónditos que podían conectar al palacio… Como lo que parecía ser una aparente tienda de víveres.

Entró, saludando con la cabeza a la anciana que se encargaba de regentar ese pequeño establecimiento. Un gesto que le fue correspondido. Y es que esa mujer, además de sabia y curtida por la vida, era una de las pocas vasallas que aceptaron seguir los mandatos del príncipe en el exilio.

Una pequeña estantería era la entrada al pasillo secreto. Una estantería que, al quitar de ella un papiro aparentemente inofensivo, comenzaba a moverse para dejar paso a un largo y angosto pasillo completamente a oscuras.

-…Que el entrenamiento sea tan duro que la batalla parezca un descanso –rezó el samurái entre dientes, desenvainando la katana como una medida de precaución, comenzando a caminar hacia el interior del lugar- Si os adentráis en el camino inexplorado, al final aparecerán infinitos secretos.

Y así comenzó ese pequeño recorrido. Guiándose por la mano y fiándose del veredicto de su memoria, Ryoma comenzó a desplazarse por el lugar, contando los segundos que pasaban en su cabeza como una medida de precaución para no perder la compostura. Así, hasta que su mano se topó con lo que parecía ser el final del pasillo, que bajaba con unas escaleras hasta las antiguas mazmorras del palacio.

Una pequeña trampilla que le llevaría a una pequeña celda cuya puerta llevaba demasiado tiempo rota. Comenzaría a levantarla poco a poco, intentando hacer el mínimo ruido, para luego asomar la cabeza con cuidado.

No había nadie a la vista. Y la puerta, tal y como esperaba, seguía rota. No era algo fácil de percibir, pues estaba cerrada en apariencia. Era solo que… La cerradura no la bloqueaba nunca, y a propósito trucó el samurái eso en su debido momento.

Los pasos de Ryoma prosiguieron, sin producir sonido alguno. Las pocas celdas que se crearon en su momento para aquel palacio no eran de su atención. Su objetivo era llegar al que una vez fue su cuarto. Mas cuán caprichosos eran los designios de Amaterasu, la entidad pagana a la que el samurái rendía culto, cuán cruel era la madre Mila, cuán irónicas podían ser las enseñanzas de Naga…

Que tal vez, había encontrado una verdadera razón para entrar en ese lugar.
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Mensaje por Takumi el Miér Mayo 15, 2019 8:55 pm

Luego de un pequeño tiempo en el que el aislamiento casi se le había hecho costumbre, el segundo príncipe varón de Hoshido fue liberado de las mazmorras y ahora podía caminar por los pasillos del palacio con cierta libertad. No era mucha considerando que debía seguir en el recinto, sin embargo, le bastaba por ahora. Takumi, si bien no era de aquellos que obedecían de buenas a primeras, tampoco era idiota o del todo ingenuo y prefería acatar de la mejor manera posible el mandato de la que era la señora actual del lugar fuera o no nohria. Comenzaba a sospechar, mas, cuando intentaba rebuscar entre sus recuerdos, un ligero dolor de cabeza hacía acto de aparición de forma paulatina y aumentaba exponencialmente su normalmente controlado mal humor.

Después de varios intercambios tanto de golpes como de palabras, pudo volver a portar un arco y pasearse por los pasillos durante las noches; con sus dificultades para dormir, aquello también le servía para poder vigilar a sus hermanas y asegurarse de que no corrían peligro alguno. Seguía manteniéndose desconfiado y alerta ante todo, notándose en los círculos negros alrededor de sus ojos cada vez más pronunciados y en el tiempo invertido en el campo de tiro flecha tras flecha dando en el centro de la diana. Ahora mismo, los pasos silenciosos lo llevaban sin rumbo en plena noche, esquivando guardias y, a los que no podía, intentaba convencerles con las mejores -y, cuando su paciencia mermaba, no tanto- palabras que incluían muchísimo su casi incapacidad para conciliar el sueño de manera normal.

El haber estado tanto tiempo encerrado en los calabozos terminó por agarrotarle un poco las piernas al prácticamente haberse quedarse sentado o acostado en el desvencijado catre y el cabello le costó la vida entera el poder deshacerle los nudos que le habían quedado producto de la suciedad y la falta de cepillado, así que se limitaba a que la velocidad de sus pasos fuera perezosa y apenas y sí avanzaba, a veces quedándose mirando por las ventanas que permitían tal acción y otras el ir ensamblando flecha tras flecha para que su carjad permaneciera abastecido, un viejo hábito que le seguía siendo difícil de ocultar y evitar.

Estaba en medio de aquella ronda cuando el leve sonido que producía la madera vieja al ser pisada con cautela se abrió paso a través de sus oídos sobre sensibilizados frente a la ausencia de sonido y su permanente estado de alerta justo en la dirección en la que la habitación que solía ser de su hermano mayor -y que a estas alturas creía muerto- se hizo presente en el pasillo. Por reflejo y con la mayor cautela que podía tener, sacó una flecha del carjad y la colocó en el arco, posicionando lentamente los dedos a través de la cuerda y tensándola al tiempo que se acercaba hacia donde había detectado la fuente del sonido, topándose con un hombre cubierto por una túnica oscura larga y algo que podía ver como una máscara entre las tinieblas que habían en ese sitio. —Tú, quien demonios seas, acércate a la maldita luz y responde: ¿cómo entraste y por qué estás aquí? Si haces algún movimiento brusco, dispararé—. Su voz salió en forma de un gruñido bajo y más ronco de lo que cualquiera pensaría que pudiese proyectar Takumi, las sombras que proyectaba su rostro producto de la luz de la luna solamente acentuaban sus ojeras y le daban un aspecto más demacrado de lo que realmente estaba.

No sabía el porqué, pero, había algo en aquella figura que se le hacía extremada y dolorosamente familiar, pero, desechó el pensamiento al no saber si la persona a la que estaba haciendo referencia seguía viva o no, siendo que el príncipe hoshidano consideraba lo segundo como la mejor opción posible. —"Álzate sobre las masas de gente que teme actuar. Ocultarse como una tortuga en su caparazón no es vivir. Un guerrero debe tener valor heróico"—. La única parte de los siete estamentos del Bushido que Takumi quería seguir a rajatabla, éso era como un mandato para sí mismo aparte del credo del guerrero, algo que le habían enseñado desde que había llegado al mundo y había puesto en práctica desde que pudo lanzar su primera flecha con todas las de la ley. —"No tengo espadas. Yo hago de mi no-mente mi espada"—. Una ironía siendo que él era un arquero, no un espadachín. Al menos no tanto como la mayor parte de su familia lo fue.
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Mensaje por Ryoma el Jue Mayo 16, 2019 4:44 am

Mas qué desagradable decepción, qué triste voluntad del fatum, fue caer descubierto en tan poco tiempo. Ni tan siquiera cuando entrenaba con Saizo era interceptado tan rápidamente. Por debajo de su hakama, las piernas del samurái ya se prepararon para moverse en cuanto fuera necesario, cubiertas gracias a la larga pieza de tela que las volvía invisibles para quienes no estuvieran demasiado cerca. No desenvainaría todavía. No era necesario. Si tuviera de verdad que acabar con la vida de quien estuviera delante. La oscuridad no permitía identificarlo, mas él solo se había delatado: usaba un arco. Un verdadero error, pues si no lo supiera, Ryoma hubiera caído en el engaño y no podría defenderse con tanta seguridad como podría hacerlo en ese momento.

Amparado por la poca luz que tenía el lugar, el samurái podría moverse lo suficientemente rápido como para esquivar un movimiento tan rectilíneo como el de una flecha. O eso creía él. Tenía la saya a un lado de su cintura. Solo necesitaría moverse rápido y a ese maldito no le daría tiempo ni a respirar. Luego, bastaría con llevar la hoja de la katana a su ropa y limpiar la sangre con un rápido y único movimiento de mano. ¿Por qué no lo hizo? A saber. Pero antes de moverse, cometió un gran acierto al esperar a que su vista se adaptara al lugar. De lo contrario, muy seguramente, el que tenía delante estaría muerto antes de que a Ryoma le surgiera la necesidad tan siquiera de tomar el arma.

Un silencio sepulcral inundaría el lugar en cuanto vio el rostro de quien estaba delante de él. ¿Cómo no podía haberle reconocido antes? Gran error suyo. Un error que evidentemente, no podía perdonarse. Ese que tenía delante, aquel ser al que segundos antes había estado al borde de atacar, no era nadie más ni nadie menos que su hermano. Takumi.

Alzó las manos en ese preciso instante como una muestra de rendición, devolviendo los pies a su lugar. Bueno. No era rendición. En ese preciso instante, la respiración de Ryoma se volvió mucho más pausada, y sus ojos se clavaron sobre los del contrario. Una pose más intimidatoria que cualquiera de las que podría dedicar antes, incluso teniendo las manos levantadas.

-…El verdadero Budo, el verdadero espíritu del guerrero, es aceptar el espíritu del universo, mantener la paz del mundo, producir, proteger y cultivar correctamente todos los seres de la naturaleza. –su mano se dirigiría poco a poco, sin muestra alguna de hostilidad, hacia la máscara que cubría la mitad de su rostro- Mas se ve que tú prefieres ser un guerrero en el jardín que un jardinero en la batalla... –Una frase que el samurái había repetido mucho a esa persona en concreto desde que le vio combatir por primera vez. La mano comenzaría a retirar a un ritmo paulatino y sosegado la máscara, dejando poco a poco el rostro del samurái totalmente desnudo- Y me enorgullezco de que así sea. No has flaqueado ni un solo segundo al atacarme. Ese es el verdadero espíritu que todo aquel que se consagre al ejercicio de armas debería poseer.

Un fuerte rayo caería en las cercanías, siguiéndole cual compaña su equivalente en forma de trueno. Y aun así, el samurái se mantuvo indómito, dejando caer sus brazos para luego cruzarlos. No había ápice de emoción o sentimiento en el rostro de Ryoma. Pero poco a poco, comenzó a aparecer, en forma de una paternal sonrisa hacia el que era su hermano pequeño.

-De todas tus acciones, solo has fallado en una. No has disparado. No sabes hasta qué punto llega el poder de un rival. Me has despreciado al no matarme rápidamente. Y eso me daría oportunidad a mí para acabar contigo. Sabes que una katana puede ser más larga y llegar más lejos que cualquiera de las saetas de tu carcaj. Pero eso es indiferente. –sus palabras cesaron repentinamente, mientras el samurái tomaba el arma con la vaina todavía cubriéndola, dejándola caer con gracilidad y sin producir el más mínimo ruido sobre el suelo- Yo también he cometido errores. El aprendizaje no cesará nunca en ninguno de los dos. Y tú vas por el buen camino. Te he echado de menos, hermano mío. Ahora, por favor… Baja el arma.
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