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[Campaña de liberación] La Defensa de Nevassa [Hrist y Pelleas]

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Mensaje por Jill el Miér Mayo 08, 2019 6:50 pm

OFF: Esta es la continuación de una Campaña de Liberación que podéis encontrar AQUÍ.

Jill no tuvo mucho tiempo para descansar antes de dirigirse volando hacia palacio. Le hubiera gustado poder reponerse tras toda la carrera que habían dado ella y Diotima. O por lo menos en deferencia a Hrist y Logi, que ni siquiera forma parte del ejército. Pero no había tiempo, había que avisar de la situación cuanto antes.

Las campanas replicaban a todo volumen y no había rincón de Nevassa que no las escuchase. El mensaje era claro, y todo el mundo empezó a prepararse para ello. Los Emergidos venían. La guerra llegaba hasta la capital.

Niños y ancianos corrieron a encerrarse en sus casas. Adultos y jóvenes con edad para luchar fueron reclutados y llamados a formar a la plaza central. Ese tipo de situaciones solo ocurrían en situación de emergencia. Normalmente, el ejército profesional de Daein se basta y se sobra para defender sus territorios. Pero aquel ataque había pillado absolutamente a todos por sorpresa y con la guardia bajada. Nadie se esperaba que los Emergidos hubiesen penetrado tan al interior del país sin ser descubierto.

Pero era una realidad. Jill y Hrist fueron las dos primeras en descubrirlas, pero enseguida llegaron un par de exploradores más corroborando lo que las dos guerreras habían presenciado. Dos enormes pelotones de Emergidos avanzaban sin descanso hacia Nevassa, un contingente lo suficientemente grande como para poder ocupar toda la capital.

Aunque los mecanismos de alerta ya se habían puesto en marcha desde un principio, todavía hacía falta que llegasen las órdenes desde palacio para poder preparar las defensas de manera efectiva. Por esa razón, a pesar del evidente cansancio, Jill y Hrist volaban en dirección hacia el imponente palacio de Nevassa, residencia de la monarquía de Daein. Como testigos oculares que eran ambas, ellas eran ideales para poder informar con mayor precisión de las fuerzas enemigas, su número, su composición y el tiempo estimado hasta que lleguen a la capital. Por eso habían sido convocadas a la sala de estrategia que se estaba celebrando en el mismo palacio de la capital.

El Sol ya se había puesto cuando la soldado y la guerrera llegaron a puertas de palacio. Un par de soldados acudieron para hacerse cargo de Diotima y Logi, ya que estas no cabían por los pasillos y salas del magno edifcio, a pesar de su evidente grandeza.

-Podéis dejar a Logi en sus manos. Os doy mi palabra que le tratarán bien, igual que a mi Diotima ¿Verdad que sí, chicos?-ordenó más que preguntó Jill a los soldados, los cuales se limitaron a asentir con la cabeza y dedicarle un saludo militar a las chicas, antes de tirar de las riendas para conducir a los dos wyverns hasta un patio donde puedan descansar un poco.

Otros soldados de guardia en el palacio aparecieron para guiar a Hrist y Jill por el interior del mismo. El palacio era enorme, pero bastante sobrio, de paredes lisas y gruesas, sin muchos ornamentos, lo que mostraba el carácter pragmático y fuerte de los Daenitas. Sin embargo, hubo que caminar por varios pasillos hasta llegar a una enorme puerta, en donde se oían voces agitadas en su interior. El guardia se detuvo y se volvió a hacia las dos mujeres.

-Esta es la sala de conferencia de guerra. Aquí está el príncipe Pelleas reunido con varios de sus generales, preparando la defensa de la capital. Ahora entraré y pediré permiso para que podáis pasar. No hace falta decir que debéis actuar con el máximo decoro. Vais a estar en presencia de un miembro de la gran monarquía daenita. Consideraos muy afortunadas por tan alto privilegio.

Jill obviamente no podía saber que era lo que pensaba Hrist, pero desde luego ella estaba emocionadísima. Si la situación no fuera tan grave, hasta lo estaría celebrando. Ser reconocida por un miembro de la realeza de manera directa era un sueño fabuloso para una simple soldado como aquella. Era una de sus mayores aspiraciones. Claro que todo aquello no serviría de nada si no sobrevivían a aquella noche.

El soldado entró, cerrando la puerta tras de sí, y las dos chicas tuvieron que esperar un par de minutos que se hicieron eternos a Jill. Pero la puerta se volvió a abrir, y el mismo soldado salió mientras indicaba a las dos chicas que dieran un paso enfrente.

Jill tomó aire hondo. Estaba nerviosa, se le notaba en las piernas, pero aun así no vaciló al entrar a la sala. En cuanto puso los pies dentro de la misma, se colocó en posición de firmes, saludando a todos los presentes.

-¡Jill Fizzart, soldado al servicio del 442º Regimiento de wyverns a su servicio!-y de manera inmediata bajó la cabeza e hizo una reverencia a todos los presentes, solo levantando la mirada un poco para buscar, de entre toda la gente ahí reunida, quien de ellos era el valeroso y gran príncipe Pelleas.
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Mensaje por Pelleas el Jue Mayo 16, 2019 10:44 pm

La realidad estaba dejándose ver y el cielo estaba cayendo sobre su cabeza. Lo que afrontaban esta vez no era nada como sus altercados con emergidos en sus viajes, no era nada como las batallas mayores con que se había cruzado. Ni siquiera era como lo que había experimentado en la guerra batida en Durban, ni como la defensa de Daein en la hora de su liberación. En todas esas instancias, Pelleas no había sido más que un individuo velando por sí mismo o puesto entre muchos. Si bien había habido casos en que la retirada no era una opción o una posibilidad y la apuesta por tanto ascendía, con toda una ciudad o un reino en la línea, siempre había tenido oficiales mayores dirigiéndolo todo, en quienes podía apoyarse por dirección. Sin pensar en las condiciones generales, sin cargar sobre sus propios hombros el peso del todo, había podido luchar con cuanto fuera puesto ante sí, su confianza ciega y plenamente puesta en aquellos cuya experiencia superior sobreveía la lucha. En todas esas ocasiones, los números habían permitido combatir así también.

Esto era distinto. Aún reclutando hasta a los últimos hombres y mujeres hábiles de la población, las guerras anteriores habían dejado notoriamente reducidos los números del ejército imperial en la capital, tanto como para que el contingente emergido que se aproximaba estuviera cercano a igualarlos. La defensa necesitaría agotar cada recurso. El mismísimo rey, su padre, saldría a la defensa de la muralla principal, el centro de todo. Cada uno de los cuatro grandes generales lideraría una parte del contraataque fulminante que se hablaba sobre lograr. Pelleas tendría que comandar la primera fuerza de ataque, la que tomara el choque contra los emergidos y, con suerte, los contuviera de modo que junto a la defensa de la muralla pudieran amedrentarlos. Tendría que liderar él mismo, eso era lo que todos le decían. Tendría que tomar las decisiones allí afuera, tendría la responsabilidad sobre todo ello. Y no habría otro modo. Esto no era práctica, no era un combate que estuvieran seguros de poder ganar. Era la hora del destino, era lo real, era para lo que vivían. Pelleas se sentía como si acabasen de poner la corona del reino sobre su cabeza, sin previo aviso, y las joyas le comprimieran el cráneo dolorosamente.

No había mucho que pudiera decir. Su consejero regular ni siquiera estaba con él, pues era un administrador, un excelente recurso político, pero no un estratega de guerra, así que el joven príncipe se hallaba por su cuenta. En los asuntos que trataban, los generales más antiguos llevaban la voz líder y él no podía sino escucharlos y acceder a sus propuestas y peticiones, como mucho cuestionarlas brevemente para comprenderlas mejor. Su estrategia parecía la más adecuada. Por aterrador que pareciese todo, no podía negar que era un plan sólido.

Se anunció un arribo, el de las jinetes wyvern que habían avistado inicialmente a los emergidos, a las que se permitió entrada a la brevedad. Pelleas permaneció en todo aquel intervalo en el asiento que ocupaba, revestido en completa túnica de sabio y cargadas condecoraciones de rango y cargo, rodeado de los generales mayores, mas callado entre ellos. Lo único en él que recordaba al rey Ashnard probablemente fuese un inusual color de cabello indigo, quizás un poco lo marcado de las cejas, aunque lejos de poseer una expresión naturalmente fuerte, la suya tenía un aire de constante melancolía que le restaba bastante en presencia. Era, además, un poco más alto que el resto, pero sentado aquello no era notorio. Y así seguía, pues no asumía que fuera a tocarle a él hablar con las jóvenes jinetes ni nada similar, sino hasta que las miradas que empezaban a caer sobre él de parte de sus mayores le dieron la sospecha. Inclusive se apartaban un poco de su alrededor para permitirle una vista más clara de las muchachas, una de las cuales tenía la clase de rígida mirada que él no podía ni sostener. Comprendió lo que le tocaba, tragó saliva y se alzó del asiento.

Podía no conocer mucho sobre estrategia o combate organizado, pero lo que sí conocía era a los emergidos, probablemente de forma más cercana que cualquier otra persona en la habitación. Esa era la parte en que podía ser de utilidad. Conocía lo que se aproximaba a Nevassa y si ellas lo habían visto, sí habían cosas que quería preguntarles. - Gra-- - La primera sílaba se atascó. Siempre era la primera sílaba el mayor problema, como una puerta oxidada que no deseaba ser abierta. Carraspeó, pretendió que eso no acababa de pasar. - Gracias por traernos las noticias. Hemos oído ya que el enemigo no ostenta una fuerza tan grande como las defensas de la ciudad, pero he de preguntar… ¿qué tan amplia es, exactamente, nuestra ventaja numérica? Si planteo que cada emergido lucha casi por dos hombres nuestros… ¿es que seguimos en ventaja? - Cuestionó, buscando mayor detalle en aquello que les había sido informado vagamente, y empleando los términos que sentía necesarios para ello. - Lamentablemente, es así como es. Imagino que han de saberlo… que donde toma una sola herida profunda anular a un hombre de un combate, tan sólo toma la muerte para detener a un emergido de continuar. Por eso, si su número es inferior al nuestro, es necesario conocer si por un trecho suficiente. -

Conocer si, en el fondo del asunto, era esa una batalla donde podían perderlo todo. Si era eso lo que pendía de sus manos. La voz que nunca se alzó con particular brío ni autoridad luchó por mantenerse en su media neutra, por proceder agregando una petición más. - Tam… También, cualquier otra cosa que puedan decirnos de la composición de las tropas, si acaso poseen algo de lo que los platones aéreos deban preocuparse… cualquier detalle, por favor. -
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Mensaje por Hrist el Mar Jul 02, 2019 12:38 pm

El repicar de las campanas era ensordecedor. Resonaba en todas direcciones y no había una sola esquina o callejón de Nevassa donde se oyesen menos. A esa conclusión había llegado mientras seguía el vuelo de Jill y Diotima, pasando por encima de la ciudad en dirección al palacio de Nevassa. Hrist estaba convencida de que tardaría días en dejar de oír aquellas campanadas. Le taladraban el cerebro con la misma insistencia que los quejidos de Logi.

         —Sí, Logi, sí… a mí también me carga la cabeza. —Le dio unos golpecitos afectuosos en el cuello repleto de duras escamas.  

El animal había soltado algún gemido de queja y estaba dando paso a los gruñidos. Por Grima, ¿de qué material estaban hechas esas campanas? ¿Era un secreto de arquitectura daeinita?

Aunque poca importancia tenía el volumen de la señal de alarma en comparación con el peligro del que advertía. Los dos grupos de emergidos que habían divisado Jill y Hrist hacía escasas horas eran enromes. Había tantos que era imposible verlos a todos sin tener que desviar la vista hacia los lados. Se acercaban a Nevassa a paso lento pero constante. Obviamente, había que hacer algo. Sobre todo Jill, que era soldado del ejército de Daein.

Hrist desmontó mientras Jill se movía con total naturalidad en aquella construcción de la realeza. Los rayos de sol del atardecer hacía rato que se habían apagado, y en su lugar se veía el cielo teñido de colores oscuros. La luz de la luna rompía de tanto en tanto los bloques de nubes cargados de nieve.

         —Ah, claro, claro… —Dio unos golpecitos en el morro del wyvern— Ya sabes, pórtate bien, ¿eh?

Se quedó observando el saludo militar que le dedicaron a Jill y cómo se llevaban a las dos monturas. Le pareció que tenían mucha soltura a la hora de tratar con wyverns. ‹‹Claro, en muchos ejércitos hay wyverns, no todos son como el de Hoshido…››. Mientras, Jill la guiaba por el laberinto de pasillos. Hrist pensó en sacudirse los copos de nieve del pelo y la ropa, pero la visión de la mancha de sangre, ya más seca, en su brazo izquierdo la distrajo. No le dolía tanto como antes, pero más le valía prestar atención a la herida en cuanto todo acabase.
Finalmente, Jill se detuvo y se puso a hablar con otro guardia, uno que custodiaba un gran portón.  

         —Espera… ¡¿Qué?! —susurró apresuradamente a Jill, con los ojos amenazando de salírsele de las órbitas— ¿Lo he entendido bien? ¿Yo también voy a entrar? ¿Voy a estar en la misma sala que alguien de la realeza?

Vio a Jill emocionada. Casi diría que exultante.  No, no, no… No podía ser. No tenía la más remota idea de qué hacer ante un príncipe o una reina. Lo más alto de la nobleza con lo que había trabajo jamás –y por razones de trabajo– era un señorito engreído y un conde. ¿Pero alguien de la familia real? ¡Si ni siquiera sabía exactamente qué aspecto tenía la de Nohr!

         —Un momento, yo no tengo ni idea de qué hacer ante gente de ese rango, tú tienes claro qué hay que hacer, ¿no?… ¿Jill? —susurró de nuevo. Jill parecía absorta en su momento interno de gloria— ¿Jill? ¿Me estás escuchando?

Demasiado tarde. Jill no parecía hberla oído y además, las hicieron entrar. Hrist se limitó a seguir a Jill por detrás, consciente de que sobresalía de mala manera tras ella. Bueno, Jill iba vestida de rojo, seguro que llamaba más la atención ella. No había de qué preocuparse. O eso quería pensar… ¿Se notaría demasiado que no era daeinita?

Hrist reprimió un respingo ante la súbita presentación de Jill. Por el Eterno, cómo reverberaba cualquier voz en aquella sala… ¿Hacía falta hablar tan alto y recio? ¿O eran imaginaciones suyas y era la acústica del lugar?

Apenas tuvo unas décimas de segundo para darse cuenta de que Jill estaba haciendo una… reverencia. ¿Era una reverencia? Sí, sí… No era una genuflexión, no, eso requería arrodillarse… Una reverencia. Con la cabeza a punto de explotar, hizo un barrido con la mirada a la velocidad de la luz a la gente allí congregada, e inmediatamente copió la reverencia de Jill en un intento desesperado por mimetizarse con ella. ¿Se habría notado mucho? No, peor… ¿Y si se suponía que tendría que haber dicho algo, como Jill?

‹‹Ay, mamá… papá… abuelo… ¿cómo me meto en estos líos?››
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Mensaje por Jill el Jue Jul 04, 2019 8:43 am

Jill no tardó en identificar al príncipe. Su túnica y sus ornamentos delataban su elevada posición por encima de todos en Daein salvo el mismísimo rey Ashnard. Estaba sentado frente a la mesa de estrategia, rodeado de generales viejos y adustos, pero fuerte y musculosos. El propio príncipe no parecía como ellos. En primer lugar era claramente joven. No tenía músculo, pero eso no importaba. Aunque no lo conocía directamente hasta ahora, ya había oído rumores de lo poderoso que era como mago arcano, tanto como para llegar a fundar una escuela. Posiblemente, tuviese hechizos en su poder capaz de fulminar a alguien a kilómetros de distancia con solo pensarlo en su cabeza, sin necesidad de grimorio alguno. Tan alto valoraba la soldado a su príncipe, feliz de contar con el honor de poder estar ante su regia y elevadísima presencia.

Primero se fijó en él, pero luego echó un vistazo a sus alrededores. En concreto al resto de generales. Por desgracia, él no se encontraba entre ellos. Era normal, lo más seguro es que estuviera junto al propio rey, defendiendo la muralla como auténticos héroes de la nación que eran los dos. Pero entristecía un poco a Jill que su padre se fuera a perder el emotivo momento en que la soldado se encontraba por primera vez cara a cara con un miembro de la realeza de Daein.

Quería decir tantas cosas… Quería decirle al príncipe el infinito honor que era el estar ante su presencia, y lo mucho que respetaba y veneraba a la Familia Real de Daein, tanto como a su patria. Quería decir lo mucho que significaba para ella que una simple soldado estuviese presente en aquella sala de estrategia con tan altos generales y jurarle delante de él que le serviría con la mayor de su devoción. Estaba en situación de éxtasis.

Sin embargo, cuando el príncipe habló, la soldado volvió al mundo real. No, el príncipe y sus generales no estaban reunidos por ella. Lo estaban porque se cernía sobre Nevassa, la capital del reino al que había jurado proteger, el mayor de los peligros. No podía permitir que la ciudad cayera, costase lo que costase. E iba a hacer todo lo posible para impedirlo, empezando por responder de inmediato a las preguntas que el príncipe le formulaba.

-Haciendo una estimación rápida… Sí, seguiríamos teniendo ventaja. Pero no por amplio margen, me temo. Sería 4 a 3 aproximadamente, si multiplicásemos a los Emergidos por dos.-A Jill le extrañó en un principio que el príncipe dijese que un Emergido valía por dos, cuando el ejército de Daein es uno de los más disciplinados y preparados, ya no solo de Tellius sino del mundo entero. Por mucho que esas criaturas fueran inmunes al dolor, como recordó el príncipe, los soldados tenían la habilidad y el entrenamiento suficiente para superar aquella desventaja. Pero luego la propia soldado recordó que en esa batalla también lucharían civiles. Y sí, claramente los Emergidos tendrían clara ventaja contra ellos. La pregunta que le hacía el príncipe era más que correcta y se avergonzó en sus adentros por haber dudado de su gigantesca sabiduría.

El príncipe preguntó entonces por la composición de las tropas de los Emergidos. Jill solo necesitó un par de segundos para hacer memoria.

-Cuentan con un amplio destacamento de arqueros. Hrist y yo tuvimos que sobrevolar bien alto para esquivar sus flechas. También cuentan con escuadrones enteros de jinetes pegasos. Nos estuvieron persiguiendo durante un buen rato, aunque solo éramos ella y yo. Lo que significa que no quería que escapásemos con vida tras haberlos descubierto.

Jill echó un vistazo a la amplia mesa de estrategia,  repleta de mapas de Nevassa y sus alrededores, pero también de la todo Daein. Jill cogió su lanza, a falta de punzón, y con la punta señaló la zona de las montañas donde se produjo el encuentro.

-Estaba sobrevolando de regreso a Nevassa de una misión de reconocimiento en la frontera cuando me encontré con una sola sombra de alguien caminando. Cuando descendí a investigar, fui emboscada por un grupo de Emergidos, no muy numeroso pero el suficiente para acabar conmigo y mi montura. De no ser por Hrist, aquí presente, no estaría ante ustedes con vida.-Jill le dedicó una profunda mirada de agradecimiento a la mercenaria. Jamás olvidaría la deuda que tenía contraída con ella.-Entre las dos logramos derrotar a ese grupo. Pero mientras estábamos sanando las heridas que había sufrido mi wyvern en la batalla, escuchamos el oído de un cuerno. Muy probablemente, el enemigo llamando al grupo que acabábamos de liquidar, preguntándose por qué no habían vuelto. Y cuando alzamos el vuelo, los vimos. Tantos Emergidos como para llenar la propia montaña, avanzando en perfecta formación, con escuadrones de casi todo tipo: infantería, caballería y jinetes pegaso principalmente. Están estructurados como si perteneciesen al ejército de Begnion.

Jill tomó aire, no acostumbrada a dar tan extensas explicaciones. Normalmente, cuando volvía de reconocimiento, lo único que tenía que decir era que no había visto nada. Además, lo suyo era pelear, no planear estrategias. Sin embargo, había algo que creía que era merecedor que todos allí presentes lo supieran, si no lo habían imaginado ya.

-El enemigo ha hecho grandes esfuerzos para no ser descubierto, a pesar de su amplio número. He recorrido la zona multitud de veces y hasta ahora no los había descubierto, lo que indica que han recorrido el camino con extrema prudencia. Quizás hasta conocían nuestras rutas de reconocimiento, si es eso posible. Antes he mencionado que me tendieron una emboscada, pero lo más probable es que ellos la organizasen de improviso en cuanto descendí a investigar. Ante todo, no querían que nadie supiera que estaban de camino a la capital. Lo que nos lleva a que su intención inicial era dar un ataque sorpresa contra Nevassa.-Jill movió la punta de su lanza desde el lugar donde fueron descubiertos los Emergidos hasta la ciudad, en una casi perfecta línea recta. Luego retiró la lanza y miró al príncipe a los ojos ¡Por Ashera, encima es guapo y todo!-Sin embargo, saben que logramos escapar. Saben que no cuentan ya con el factor sorpresa. Pero imagino que ya han recorrido demasiado camino para retirarse. Lo que significa que cambiarán su estrategia ¿tratarán de convertir el asalto en un asedio? No lo sé, pero debemos estar abiertos a la posibilidad, supongo. Soy una simple soldado, hay muchas cuestiones que todavía se me escapan cuando hablamos de estas criaturas.-entonces volvió a mirar a Hrist, a quien hasta ahora no se había dado cuenta de que se veía algo nerviosa, posiblemente porque compartía la feliz excitación de Jill de estar ante el mismísimo príncipe de Daein.-¿Tú qué opinas, Hrist? Si crees que me he olvidado algo de importancia dínoslo. Imagino que cualquier dato, por banal que parezca, pueda ser necesario para la batalla que se avecina.[/color]
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