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[Campaña de liberación] Sendas que dan al este [Priv. Tamamo]

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Mensaje por Invitado el Dom Abr 14, 2019 1:30 pm

Caía el sol sobre la tierra, moribundo y rojizo, sin dar siquiera un suspiro que diera constancia de la agonía que pasaba en aquel ciclo de muerte y renacimiento que era el pasar de los días, condenado al mismo en una infinita cadena de amaneceres y atardeceres como este que, alcanzando su máximo esplendor, tintaba el mundo con toques anaranjados, arrojando tras todo aquello que tocaba alargadas y difusas umbras, prólogo apresurado de lo que vendría en el momento del resurgir de la luna, amante plateada de los cielos nocturnos. No hacía mucho que había arrojado mis huesos doloridos y cansados a un lado del camino, una senda descuidada y de tierra removida en medio de una de las rutas menos transitadas de la nación, alejada de los ojos y rumores de los hombres, arrojándome a los brazos del descanso bajo el amparo vigilante de un anciano enebro, arraigado firmemente en el linde de la senda, rodeado de hermanos más jóvenes que, sin alcanzar la altitud ni imponente presencia de aquel bajo el que me encontraba, creaban una foresta diminuta en la que uno hacía bien en perderse en busca de la soledad necesaria para vivir en armonía con el mundo. Apoyado en el tronco pardo apagado de corteza laminada y desprendida, casi despegada en tiras del majestuoso árbol, me hallaba sentado en el polvoriento suelo, rodeado de sus raíces que, oscurecidas por el paso de los años, casi parecían estar formadas de inmutable piedra, pudiendo sentir a mi alrededor el aroma de las hojas que, a cada soplo del viento cambiante, caían a pares de las ramas de aquel árbol, oyendo el susurro que exhalaba el mismo cada vez que era tocado por la brisa que reinaba en aquellos lares, viendo morir lenta pero inexorablemente aquel día que, como la mayoría, pasaba sin pena ni gloria desde el fatídico día en el que tuve que dejar la belleza arrebatadora de la nación que me vio nacer. No podía sino hacer otra cosa, buscando la sombra como aquel famoso perro del refrán, apaleado por una marcha de meta incierta por Ferox, en la que cada paso no me llevaba más cerca de mi destino, de haberlo para mí a estas alturas, sino que me sumergía en aquello que tenía a bien llamar mi propia búsqueda de la iluminación, una larga y ardua travesía que debía atravesar para poder renacer como el astro rey que abandonaba el firmamento en estos momentos marchándose por occidente. A mi izquierda se encontraba mi desgastada hoja, dormida en su vaina cual sierpe en su cubil, acostada de lado junto a una raíz, mientas que mis pocas posesiones se hallaban en el hatillo que cargaba conmigo a mi derecha, siendo éstas poco más que ropajes de repuesto y algunas provisiones que, a este paso, no tardarían en gastarse.

Tragué saliva, sediento y hambriento, consumido por el calor que había hecho durante todo el día, habiendo azotado mis espaldas y cabellos el sol inclemente con sus rayos ardientes en aquella jornada, que casi llegaba a su fin, buscando con la diestra en la bolsa la calabaza en la que guardaba el sake, pues aunque no calmara la sed de todo, bien que podría usarlo para darme un pequeño impulso al frente para encontrar un cobijo mejor que este en el que me encontraba. No tardé en encontrar el recipiente y llevarlo a mis labios agrietados y ansiosos, derramando el líquido que contenía en mi interior apresuradamente, unos sorbos casi divinos que se vieron interrumpidos por la mayor de las crueldades que pueda sufrir un viajero: no me había percatado hasta ese momento de que se hallaba la calabaza en las últimas. Habiendo bebido menos de lo que deseaba, la aparté de mi rostro en un gesto entre indignado y desilusionado, observando la misma con mis ojos rasgados con una mirada descontenta, soltando un quejido amargo que no tardó en llenarme las tripas de malas sensaciones y la boca de una mala expresión.

-Mierda...- solté con la cara arrugada por la falta de sake en mi gaznate, guardando aquella cantimplora de mi tierra entre mis cosas con lentitud, buscando en aquel momento una tira de pescado seco que llevaba como comida de viaje, sacándola y llevándola posteriormente a mi boca para darle un mordisco con fruición, quedándome casi sin nada de ésta en la mano tras el primer asalto.

Se había quedado rancia la condenada tras el viaje que llevaba haciendo, expuesta al calor de las sendas cubiertas de polvo y las inclemencias del tiempo, y aunque no estaba podrida del todo, sí que su textura endurecida y  su sabor casi avinagrado me creaban aún mas sed, la cual se alojaba en el interior de mis mejillas y mi paladar, secándolos de tal forma que parecía que iba a morir desecado como aquella mala pieza de pescado, ya apenas comible. La devoré por completo por aliviar el hambre que se adueñaba de mis tripas, sacudiendo la cabeza de lado a lado al terminar, desagradado por la mala dirección que parecía tomar la noche, perdido en aquel bosque en el que ni siquiera podía acampar, pues había oído en la última posta que atravesé que los emergidos habían comenzado a moverse por estas zonas, aunque en pequeñas patrullas, y no deseaba que ese hatajo de patanes me degollaran como a un cerdo mientras dormía. Aunque no lo quisiera, había llegado el momento de buscar la civilización, aquella que tantas veces me repugnaba, pero que en esta situación haría de mi salvadora, por mucho que el orgullo me impidiera reconocerlo. Me levanté pesadamente, casi trastabillando al dar el primer paso, algo entumecido por el cansancio que cargaba, tintineando la bolsa de monedas que llevaba en el interior del kimono y que, ya fuera por gracia de mis ancestros o por un golpe de suerte, se hallaba medianamente llena, o al menos lo suficiente para reponer mis provisiones y buscar un lugar en el que pasar la noche. Levanté la cabeza, mirando al cielo que se teñía de rojo antes de dar paso a la oscuridad, en el que ni siquiera un par de nubes eran visibles en aquel crepúsculo que parecía plácido, infinito el tapiz sobre mí y la tierra, en medio del silencio de los caminos en los que sólo las bestias campaban a sus anchas, acompañadas de mí, un invasor que trataba de fundirse con la naturaleza. Trinaba algún ave que parecía irse a descansar, transportado su canto por el débil viento, el cual me animaba a seguir adelante mientras recogía mis escasos bienes y mi arma, cargando los primeros a mi espalda como solía hacer y mi acero al cinto, preparado para combatir si se daba el caso aunque fuera en medio de la más absoluta negrura salvaje. Apoyé mi mano derecha en el tronco del árbol que me había ofrecido cobijo, cerrando los ojos mientras con los labios entonaba una letanía muda, enfocando mi concentración a la imagen mental que poseía del rosario que era mi único amuleto, tras la cual me giré sin mediar siquiera un sonido entre aquel ser y yo mismo, haciéndome al camino dando un breve vistazo al horizonte en el que, por suerte, pude ver una voluta de humo danzante que, más allá de la senda en la que me encontraba, ascendía a los cielos cual dragón, retorciéndose en su conquista de lo divino.  Mis ojos rasgados en los que el demonio vivía habían dado con lo que necesitaba, y sin más dilación, me tocaba caminar, mientras mi mente, embotada, luchaba por dar con unos versos adecuados para el momento que acababa de vivir, si bien no los más bellos, los más reales.
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Mensaje por Tamamo el Dom Abr 14, 2019 3:52 pm

Desde el surgimiento de los Emergidos, no habría alma alguna que se hubiera visto ajena al cambio que azoto a todos, en menor o mayor medida. Mientras algunos solo les tocaba pensar fugazmente si las acciones que sus líderes políticos y militares serian suficientes para mantener controlada esa plaga venida desde las mismas entrañas de la tierra; otros les había tocado mantener su mirada firme hacia adelante, para no contemplar todo lo que dejaban… O peor aún, les arrebataron. No obstante, sería muy pesimista abandonar toda esperanza, permitiendo que la tristeza terminara embargar lo que para muchos, fue lo único que mantuvieron: su vida. Tamamo, se consideraba una de esas.

El camino que recorría a pie empezaba a volverse ligeramente molesto, con cada paso que daba. Y aunque tenía a favor que pronto el sol se ocultaría, trayendo consigo la brisa fresca de la noche, lo que le mantenía ocupada en sus pensamientos era que tan lejanos se le hacia su destino para esa jornada. ¿Llegaría a tiempo como para hallar a alguien despierto que pudiera orientarla y tuviera la disposición de hacerlo?  La idea de no encontrar una posada, mininamente digna o peor aún, encontrarse a algún conversador prejuicioso que se la negara por su especie, le hacía mover levemente sus labios sin darse cuenta, en un gesto molesto. Algo inútil, considerando que no existía el problema real aun, sino una sombra de lo que podría ser.
Ya debería ocupar mas sus proyecciones ante las posibles apariciones de alguna tropilla de enemigos, que decían los rumores, parecían estar explorando la región. Algo que ciertamente le traía sin cuidado, ni miedo ¿Acaso Altea sería capaz de resignar tanta tierra? El avistamiento de guerreros y mercenarios pagados por ellos, ya hasta era un pequeño fenómeno que perdió su encanto, aunque mantenían cierta sensación de seguridad aun. Momentánea, y que de corazón, esperara se extendiera hasta algo más seguro.

Libero un suspiro, algo agotado, mientras detenía su andar constante y elegante. Girando un poco la sombrilla que llevaba, que si bien iba ligera de equipamiento, no por eso sacrificaría comodidad. El sol a su gusto, no era de sus mayores placeres desde que había abandonado Hoshido, donde la luz acariciaba con ternura en vez de quemar su cuerpo. ¿Qué tan inoportuno podría ser hacer una pequeña parada, para tender sus piernas un rato en alguna sombra bien habida…? Su mirada inspecciono brevemente la zona, buscando algún refugio que la naturaleza pudiera regalar al viajero. Y pronto lo hallo, como si su suerte hubiera dispuesto que era en efecto, el lugar correcto para dar una breve pausa a su andar.  Eso, la hizo cambiar su temple serio, a una tenue sonrisa.

Acercándose mas al lugar, hubo algo que hizo pronto que su sonrisa se borrara a una mirada ligeramente extrañada, rozando peligrosamente el disgusto. No era que hubiera visto algo, sino mas bien, que lo sintió. Una tenue peste, que reconoció casi instantáneamente. Si había algo que le desagradaba al punto de hacer arrugar su nariz, era el característico olor de las comidas humanas en conservas. Por alguna razón, terminaban considerando que era mas aceptable comer algo con todas las características de algo en mal estado, que permitir que las cosas siguieran su curso natural a la putrefacción. Cerró sus ojos, meditándolo por un segundo, concentrándose en continuar su camino hacia algún lugar que no la perturbara en lo absoluto, pero parecía demasiado pedir. ¿Quién se supone que es, aquel que se levanta de lo que sería su parada, y ahora irrumpe su ruta por igual tomando ligera delantera? El causante obviamente, de impregnar ese sendero con aquella peste que de tan mal humor la puesto. No pudo evitar que su cola se sacudiera, como si fuera capaz de convertirse en un látigo que espantará a aquello que la maltraía.

-Tsk…- Rechista, sujetando con más firmeza el mango de su parasol, antes de bajarlo con la delicadeza que una dama nacida en Hoshido demanda. Su andar se ha detenido, mientras se dedica a inspeccionar mejor a aquel hombre, con cierta precaución. No es un soldado de Altea, y por su apariencia, tampoco cree que este regido bajo el orden de nada, ni de un peine siquiera. No obstante, carga consigo una katana, y eso supone cierta alerta para la vulpina, que continua con sus suposiciones. ¿Es seguro seguir caminando, cuando su compañía puede ser algún desclasado de su misma sociedad? Un vagabundo agresivo, o un delincuente con mala suerte. Cualquiera fuera la opción, no es de su agrado, ni de su comodidad. Creería que tampoco la ha visto, y su sigilosa presencia metros atrás de su espalda es su mejor aliado de momento.

Esperar, si… Sera la clave. Aun si no se sienta, detenerse lo verá como un descanso mas. Su pecho se desinfla con elegancia, pero resignación… La luz de se va, dejando que los tonos rojizos de un atardecer se vuelvan azules profundos, como el kimono tan fino que lleva, aun si es para viajar.

Pero el graznido escandaloso de un cuervo a lo lejos le llama la atención. ¿Porque?
Afiliación :
- ALTEA (REGNA FEROX) -

Clase :
Kitsune

Cargo :
Viajera | Estudiante

Autoridad :
-

Inventario :
Beaststone [3]
Vulnerary [3]
.
.
.
.

Support :
None.

Especialización :
[Campaña de liberación] Sendas que dan al este [Priv. Tamamo] Piedra-1

Experiencia :
[Campaña de liberación] Sendas que dan al este [Priv. Tamamo] Jm5byz1

Gold :
277


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