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Mensaje por Robin el Sáb Mar 30, 2019 6:24 pm

El golpe de Estado finalmente se había llevado a cabo y Plegia había cambiado de soberano con el chasquear de los dedos. El pueblo vitoreaba al nuevo rey, a quien los grimantes, concretamente Robin, observaba desde la distancia más que imponente, con inseguridad. ¿Cumpliría con sus promesas? ¿Haría de esta nación un lugar mejor? La guerra contra Ylisse ya había dejado suficiente mella como para que el nuevo gobierno hundiera todavía más al pequeño país en el fango. Valdar apretaba su hombro entre las masas, no para reconfortarlo, sino para que no dejara de mirar a quien sería el nuevo regente de Plegia, las masas vitoreando al victorioso, a quien había ganado al monarca de Plegia con su propio pueblo. No debía apartar su mirada de aquel hombre, pues en aquellos instantes su destino ya se hallaba en sus manos, destinado a dirigir el país y a los propios grimantes. No todos estaban presentes, sino el personal quizás “más destacado” de la Iglesia, con la que el nuevo rey cooperaría para levantar el país.

“Si no responde, hazlo Robin” le susurraba el Sumo Sacerdote a su oído, en una de las partes más profundas de la Iglesia, un hombre encadenado a la pared. El chico de siete años observaba a un individuo que llevaba más de una semana sin comer, la bebida manteniéndolo vivo, sus ojos rodeados de círculos negros por la falta de sueño, su intranquilidad. El albino se acercó a él, despacio y con serenidad. El encadenado intentaba estirar sus brazos, mas su falta de fuerzas se lo impedía al igual que las cadenas.

Una voz ligeramente aguda, mas con la severidad de el propio torturador, hizo finalmente la pregunta decisiva.

—¿Es Grima el Dios al que servirás, o te bañarás en pecado junto a los dracomantes?—era una mirada apática, una expresión indiferente, todo contrastado con el miedo, la frustración del prisionario, que desconocía cómo podía todavía realizar cualquier expresión.

“Que Naga se apiade de ti… y del horror que es esta Iglesia”

Por unos segundos Robin se vio sorprendido sin cambiar su expresión no obstante.

—Sea pues, Edgar, caballero de Ylisse. Que las llamas de Grima castiguen y purifiquen tu alma impía—y a continuación, la oscuridad rodeó al desnutrido caballero. Ruina. Casteado varias veces, lo mataba lentamente. Valdar no lo iba a ayudar, y aunque agotara toda su energía mágica, el niño lo haría. Y lo cumplió. Ese hombre había sido transmutado a un cadáver colgante. El albino, ligeramente exhausto, se echó hacia atrás unos pasos pero el sacerdote lo tomó a tiempo, su rostro revelando la satisfacción que sentía respecto a su propio hijo. Recibió incluso una caricia de su padre en la cabeza, mostrando lo que aparentemente era orgullo. Robin no era capaz de sentir mayor felicidad, una sonrisa aflorando en sus labios después de matar a un hombre. Era un acto justo, en pos de la nación, de su patrón, de su dios. Nadie les arrebataría su derecho de juzgar a los pecadores.



Los pasos de Valdar y Robin resonaban en los pasillos de Palacio, en aquellos momentos repleto de hombres de baja cuna puestos de guardianes, centinelas. Era un hombre corpulento quien los guiaba hasta la sala del trono, el pobre chiquillo nervioso. Solo había pasado un día. Un solo día y ya debía presentarse ante el monarca de Plegia.

“Yo ya presenté mis respetos Robin, ahora tú debes encararlo y demostrar ser un digno plegiano a su servicio. La lealtad es un lujo que no todos tienen, y debemos asegurarnos de que el nuevo soberano comprenda nuestras intenciones. Sabes lo que significa he de creer”.

El albino asentía. Lealtad al grandísimo soberano de Plegia, Gangrel. Rey Gangrel. ¿Su majestad?

“GANGREL, YA ETAH AQUÍ EL NIÑO” y cuando se giró aquel hombre corpulento con una sonrisa falta de varios dientes, Robin asintió levemente con la cabeza, forzando una sonrisa. Valdar sin embargo no ocultaba su desagrado a gente de tan poca clase, pero el hombre no tenía suficientes neuronas para darse cuenta. Una última mirada entre padre e hijo antes de que las puertas de la sala del trono se cerraran tras al pequeño, quien se encontró con un hombre modesto, bueno, hombre. Era un muchacho de dieciocho años. Era correcto llamarlo hombre…¿no?

Siendo los únicos en la sala, el grimante con capa larga, pantalones cortos y botas se acercó lentamente al que se hallaba sentado sobre el trono, pelirrojo, flacucho.

Ese… ¿Era su nuevo rey? No llegó a mostrarlo pero su escepticismo era asombroso. Debía mantenerse impasible.

—Yo, Robin, avatar del Gran Dragón Caído Grima, nuestro venerado y único dios, le felicita por su ascenso al trono, Su Majestad—hincó entonces la rodilla en el suelo, no demasiado alejado del trono pero sin tomarse la confianza como para acercarse más. Mantenía agachada la cabeza, sin saber qué más decir. Oh Grima, qué incómodo era todo eso.
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Mensaje por Gangrel el Dom Mar 31, 2019 8:11 am



La victoria era suya. No se lo podía creer todavía, pero era cierto. Las improvisadas fuerzas guerrilleras que había creado entraron en la capital y tomaron por la fuerza el palacio real. Qué sorpresa fue para él ver que ahí seguía el antiguo monarca de esa tierra muerta, tal vez dispuesto a hablar con él y a llegar a una solución… Pacífica. Pero estaba claro que ese maldito no había visto cómo se las gastaban los suyos. Fue él mismo quién lo ejecutó con un potente corte en el cuello. Y ya estaba. Unos minutos más tarde, llegaron los altos cleros al lugar con una nueva corona para él. Estaban dispuestos a hacer la ceremonia ahí. Pero él se negó.

Quería que se hiciera en la plaza central, con todas las gentes mirando, con todas las gentes esperanzadas por el que les sacaría de la miseria. Y así se hizo. Todas las gentes pudieron ver como aquel adolescente de cabello rojizo era coronado como su máximo señor. Y en los ojos de quienes volvían a sostener la bandera del país con orgullo veías una sola cosa: esperanza.

Pero Gangrel en ese momento no se veía capaz ni de sostener el gran peso que llevaba literalmente en la cabeza. No solo es que esa cosa tuviera un gigantesco simbolismo, pues en el preciso momento en el que se la habían entregado se había convertido en amo y señor de las vidas de todos los plegianos. También es que pesaba demasiado. Una vez volvió al palacio, ya ataviado con su primer modelo de vestidura imperial, consistente en la antigua corona del anterior monarca y una armadura de una calidad muy inferior a la que poseía a día de hoy, negra y con pequeñas líneas doradas. No era mucho, pero él mismo pidió que sus ropajes fueran lo más austeros posibles. Quién le diría a él que, tras unos diez años de gobierno, se le entregaría una armadura de oro puro.  

Y no solo es que ya le pusiera nervioso el hecho de saber la gran cantidad de menesteres que debería tener y cumplir cada día, sino que el Sumo Pontífice ya le había dicho que ante él iba a presentar sus respetos el receptáculo de Grima. No daba crédito a nada. Y por si fuera poco, aquellos que eran sus consejeros… Como decirlo… Bien. Eran los mismos tabernarios con los que había compartido más de una vez mesa. Y sí, tal vez fueran útiles para combatir, puesto a que ni los mejores generales del anterior rey habían podido con ellos, pero… Nada más se sentaron en la mesa del Consejo de Plegia, el desmadre fue máximo. No sabía ni cómo, pero de alguna forma que desconocía, estos se las habían apañado para hacer entrar en la sala una cantidad indecente de bebidas alcohólicas de todo tipo. Más tarde se enteraría de que estas habían estado ahí desde el principio, en la gran bodega del anterior rey, cuyo cadáver ahora estaba colgado boca abajo en la plaza central del que sería su nuevo país (nuevamente, él tampoco sabía cómo demonios había acabado ese hombre ahí). Y habían muchas más… “Doncellas”, vamos a llamarlas así, de las que le gustaría.

Así pues, ahí estaba él, rodeado de bárbaros que cantaban celebrando y regocijándose en su victoria. Sabía que era gracias a ellos que estaba donde se encontraba, que gracias a ellos pudo destruir al mermado ejército que todavía se mantenía al rey… Pero debía juntarse con gente más capaz. Como rey, su deber sería el de ser la guía de ese lugar, no un bárbaro incívico como los que ahí estaban.

Por gran fortuna para él, pudo abandonar esa improvisada reunión en cuanto escuchó los gritos provenientes de vete a saber dónde. ¿El niño? ¿El avatar de Grima… Era un niño? No lo comprendía. Pero sin más dilación, se dirigió a la antigua sala del trono. Un lugar cerrado y con un trono presidiendo la sala. Alfombras rojas adornaban la sala y la única luz natural venía de una especie de vitrina con la imagen del anterior rey en ella (con un ojo atravesado por un ladrillazo de alguno de los suyo). No le gustaba ese lugar. En cuanto tuviera ocasión, lo remodelaría totalmente.

Suspiró, colocándose bien la corona en su larga y espesa cabellera. En la sala entró un pequeño niño, cuya edad no debía llegar ni a los diez años. Pero en sus ojos solo había la madurez de un hombre. Hasta le intimidó por unos segundos. Pero rápidamente recuperó la compostura, levantándose de su trono con calma y serenidad. Había una clara diferencia de alturas entre el uno del otro no solo causada por la diferencia de edad o porque Robin se hubiera inclinado, sino que además el propio rey estaba sentado en un trono precedido por unos pocos escalones que le hacían ganar altitud.

-…Yo os saludo, Avatar –a diferencia de muchos de los suyos, él había sido educado en el arte de la oratoria. Su voz sonaba grave e imponente, tal vez audible más allá de esa sala, y más importante, mucho más importante: utilizaba un léxico mucho más cultivado que el hombre que seguramente estaría intentando socializar con Valldar en esos mismos momentos- Y os agradezco como representante en la tierra de Grima todopoderoso que sois la ayuda brindada a la Santa Cruzada que ha llevado al país a la liberación. Atrás quedará el frío en el que nos sumió el tirano que otrora se sentó en este trono, siempre que la iglesia y la monarquía trabajemos juntos. Conmigo en el cargo, podéis estar seguro de algo: el gobierno descenderá del cielo que había creado ese sucio noble a la tierra, donde vivimos nosotros los mortales con fidelidad y temor al gran benefactor… Porque ahora expondré por y para todos una verdad infinitamente real.


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Mensaje por Robin el Lun Abr 01, 2019 11:11 pm

El joven albino levantó la cabeza, consecuentemente su cuerpo. Veía aquella poderosa figura -que tampoco imponía tanto como esperaba, a decir verdad, mas a la que debía respetar- haciendo su discurso, como cualquier otro monarca que existiera fuera de las fronteras de Plegia. Se había percatado de su sorpresa, o la intuía si esa era la palabra correcta para usarla. Lo que le dejaba más tranquilo era que sus expresiones no se compararan al que les había escoltado hasta la puerta. Sin embargo, el rostro de Robin continuaba impasible ante lo que salía de la boca de su nuevo rey. Era escuchar un ruido de fondo, al que tenías que prestar atención porque podía ser un hechizo viniendo hacia ti para hacerte explotar en pedazos. Debía mantener la compostura, que lo hizo.

—La relación de la Iglesia y la Monarquía serán mejor gestionadas por usted, nuestro soberano, y por el Sumo Sacerdote Valdar, líder actual de los grimantes que pueblan Plegia. Yo he sido simplemente enviado para mostrar la buena voluntad de la Iglesia hacia el gobierno que vaya a implementar en nuestro país. Hablar conmigo sobre esta relación sería un cometido inútil, ya que lo único que soy es eso, un avatar para que el Gran Dragón Caído ascienda. Me hallo simplemente en una posición de servidor de la nación y de mi religión, por lo que a pesar de todo, sencillamente soy una herramienta que la nación usará tarde o temprano. Agradezco sin embargo tal actitud hacia mi persona, Lord Gangrel—.

El niño realizó una reverencia, esta vez sin hincar la rodilla pues sino sería un proceso bastante repetitivo y tedioso. En sus ojos eras capaz de verlo, un rastro de aceptación a un destino inevitable, mas a la vez el orgullo de poder tener el honor de ser él quien consiguiera que Grima lograra cobrar forma de nuevo. Pero sabía que él desaparecía, fuera en unos años más adelante, o a lo mejor cuando muriera. Una mirada que, a pesar de todo los sentimientos que acumulaba, era vacía, llegando a remover el alma de hasta el más sucio de los prisioneros de los calabozos, como aquel caballero de Ylisse, rezando por el alma maldita de un niño que no aceptaba más que a Grima como su auténtico guía, destructor del mundo.

Hubo un leve silencio incómodo tras la última frase de su rey.

No respondía a aquella duda que había planteado, y Robin no sabía si llamarle la atención para quizás despertarlo de un sueño en el que se hubiera enfrascado, despierto pero más allá´de cualquier frontera terrenal, visiones de un futuro glorioso quizás, bañado en grandeza, victorias y satisfacción. Cruzó los brazos entonces detrás de su espalda, manteniendo ésta recta y sus ojos sin apartar la vista del monarca.

—¿Sí, Lord Gangrel?—era un tono inocente, curioso, el de un niño, que es lo que era. Buscaba lo que rondaba por su cabeza, especulando él mismo cuál sería su respuesta.
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Mensaje por Gangrel el Jue Abr 04, 2019 9:50 am

Gangrel sonrió ante tal pequeña visita. No podía evitarlo, era adorable. Un pequeño niño mucho más severo y curtido que muchos de sus más fieles camaradas. Sentado en su nuevo trono, miraba a aquel albino con cautela, intentando buscar el por qué había sido elegido para ser representante y avatar de Grima en la tierra. Pero no lo veía. Era temible por su porte serio, sí, pero nada más. Solo era un niño, despojado de infancia y alma, pero un niño. Por mucho que su instinto le dijera que en el interior de ese ser existía un poder tan latente como letal, por fuera no podía evitar ablandarse ante tal pequeñín.

-…De todas las formas, me gustaría poder mantener una comunicación con el que por obviedad y falta de más eslabones en la cadena de mando debería convertirse el sucesor de Grima en la tierra. –dijo el nuevo rey mientras se levantaba poco a poco de su trono, colocando en su cabellera correctamente esa molesta corona a la que todavía debía acostumbrarse- Agradezco a la iglesia un gesto de tal magnitud y obviamente, lo corresponderé como es debido. Sin embargo… Antes de eso… Me gustaría decirte algo

Se acercó poco a poco al muchacho, bajando los escalones que separaban su trono del resto de la sala para dar esa sensación de poderío al anterior rey que Gangrel intentaría eliminar en cuanto pudiera. Pero eso ya tendría lugar en cuanto reanimara a ese putrefacto reino. Y sabía perfectamente que, lo que saliera de su boca en ese momento, sería de vital importancia para el desarrollo de su proyecto de nación.

Así pues, tomó aire con calma, posando sus manos en la cadera y sacando ligeramente el pecho, para dar una sensación de poder mayor y parecer más alto, algo totalmente imprescindible en sus debates. Exhaló unos segundos, pero sin destensar en ni un solo momento su postura, y cuando al fin se sintió cómodo para hablar, abrió la boca.

¡PUM


Un atronador sonido se escuchó detrás de él, concretamente, desde el gran mosaico que separaba la sala del trono de la luz natural. Gangrel miró hacia allá para encontrarse con que, efectivamente y tal como sospechaba, eso había sido el sonido producido por lo que parecía ser un martillo lanzado contra el mosaico, que lo destrozó por completo. Lanzó un largo suspiro. Desde la otra sala, pudo ver a sus más fieles “generales”, disimulando y fingiendo que no tenían nada que ver con ello. Tal vez, y solo tal vez, si no fuera por ese gigantesco martillo que había caído a pocos metros del trono, se creería que había sido un accidente. Y no quería ni saber por qué había sucedido eso, así que simplemente se giró.

-…Es por esto que necesito el apoyo de la Santa Iglesia, como puedes ver. Mis hombres son grandes generales, pero no capaces de dirigir un país. Comprende ahora el por qué me debo dirigir a ti. Pero ese no es el caso –lanzó una última mirada al grupo que seguía actuando y disimulando con pésima calidad antes de decidir que lo mejor era ignorar ese agujero y seguir hablando- Lo que te quería decir… Es que Plegia ha estado desde hace mucho tiempo encerrada entre las tinieblas. Pero ahora, el Sol ha nacido en ella. Dentro de poco, podrás ver el amanecer por primera vez en tu vida. El verdadero amanecer. El ocaso de un reino decadente y el nacimiento de una gran potencia. Y esto sucederá si la iglesia y la corona colaboran para la labor
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Mensaje por Robin el Vie Abr 05, 2019 5:10 pm

“No soy ningún sucesor, soy un receptáculo que en cuanto a Grima le de por ascender desaparecerá para dejarle lugar en su cuerpo” podría decir, pero entonces sería una falta de respeto hacia el rey responderle tantas veces, casi quitándole la razón. Robin prefería morderse la lengua, escuchando a su soberano con eso, soberana paciencia. Le recordaba a cuando el Sumo Sacerdote lo llevaba a la sala de torturas y el torturado solo podía decir “No sé, ¡ayuda! ¡No por favor!” y continuaba hasta que finalmente su vida era extraída del cuerpo. Sentía que estaban dando vueltas a algo y el rey no era capaz de ponerle palabras fuera su habilidad con la oratoria exquisita o no. Mejor que los de fuera seguro.

Bien, favores para la Iglesia; no lo estaba haciendo nada mal, ¿no Valdar? Eso pensaba el inocente Robin, adquiriendo un brillo en su mirada, mas no por la ilusión, sino por la luz que acababa de entrar tras el estruendo del techo rompiéndose.

El albino casi se mueve de su sitio, creyendo que le caería algún trozo de cristal o el propio martillo que aterrizó no tan lejos como le hubiera gustado. ¿Qué clase de gente había en Plegia? ¡Lo peor es que no trataban de disimularlo! ¡O bueno, eran malísimos! Hasta él era capaz de algo mucho mejor. Casi había agarrado su tomo para lanzar cualquier hechizo, mas aflojó el agarre de sus dedos paulatinamente. Qué ambiente tan errático, sin dudas. Tenía lugar para dormir y comida, pero si sufría un paro cardíaco, de eso ÉL no se haría responsable.

Dejó escapar un suspiro de alivio, retomando una postura tranquila mas digna.

—Comprendo sus inquietudes, Lord Gangrel. Acabo de...asimilarlo perfectamente—dirigió su mirada nuevamente al martillo antes de retomar la conversación, sus ojos cruzándose con los del ya el actual soberano de Plegia—Sin embargo, ya que se ha pactado dicha colaboración de antemano, deberíamos centrarnos en medidas que tomar, pues mi visita, sea Avatar del Gran Dragón o un simple niño, no era para confirmar una cooperación que ha sido ya hablada con el Sumo Sacerdote de la Iglesia. Tampoco es que mi poder actualmente sea algo considerable, mas por ahora debemos seguir a nuestro líder en el caso de los grimantes, a usted como soberano de esta tierra. Por lo que, si no lo consideráis una ofensa, puedo ofreceros mi consejo—aclaró el albino, observando de soslayo el agujero en la vidriera, Fue lo que encendió una llama en el cerebro del muchacho.

Levantó uno de sus brazos hacia el cielo, apuntando a la luz del sol que entraba por encima suya—¿No va a ser un nuevo amanecer? ¿Una nueva era para Plegia?—el chiquillo se acercaba a su rey con rapidez, movido por las ideas que rondaban por su cabeza.

—¡Es una fiesta nacional, Lord Gangrel! ¡El resurgimiento de nuestra nación, una batalla ganada contra el tirano, su subida al trono como nuestro nuevo guía! ¡Eso es Su Majestad! —extendió sus brazos hacia los lados, eufórico— ¿Por qué no glorificar este magnífico momento en la historia de Plegia? Los ciudadanos se entretendrían también; actividades en las que puedan participar, lo que mejor se le ocurra—Robin bajó sus brazos, apartándose un paso nada más de Gangrel para mirarlo mejor, casi ilusionado—¿Qué le parece?—era un niño, y ese hombre pelirrojo le había sacado esa faceta que normalmente no debía mostrar a nadie. Aparecía en esos libros que tanto curioseaba. Era una costumbre típica de cualquier país, ellos no eran menos para tener una.
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Mensaje por Gangrel el Lun Abr 08, 2019 3:33 pm

Las palabras del joven le resultaron simplemente adorables. Aunque tal vez debería plantearse lanzar de vuelta ese martillo por donde había venido. Pero bueno… Ya se encargaría de poner orden en cuanto ese pequeñín se hubiera ido. Le parecía hasta vergonzoso que se comportaran así frente al hijo del gran sacerdote… Pero bueno. En su mente ya se esbozaba un plan. Por la noche, simplemente y llanamente, acabar con todos y cada uno de ellos, para luego poner al mando a los más que capacitados y experimentados cleros y generales que habían desertado del anterior ejército de Plegia para ponerse a sus órdenes. No podía permitirse estar rodeado de tal grupo de haraganes ahora que era el santo rey de ese muerto lugar.

Escuchó las palabras del joven con seriedad, intentando ignorar por muy difícil que fuera a los cenutrios que tenía como generales, que seguían haciendo ruido a pesar de estar a tan poca distancia del hombre al que técnicamente deberían respetar. Bien era cierto que el pacto con la iglesia había sido firmado desde el principio, y que gracias a ellos había llegado hasta donde estaba (obviamente. Tener el mundo del espíritu fiel a él resultó crucial.

Y lo que decía Robin era terriblemente inteligente. Una fiesta para celebrar el fin de la “cruzada” que les había liberado… Claro que sí. ¿Cómo no se le había podido ocurrir a él? Si lo celebraban, el fervor de la gente se volvería todavía mayor. Ya no se sentirían iguales. Pensarían que habían sido liberados. Que habían conseguido ser libres de un tirano. Que ahora su nuevo rey les guiaría hacia la prosperidad (y quién le iba a decir a ese joven Gangrel que, con el tiempo, lo conseguiría. Por mucho que los otros reyes lo intentaran negar, por mucho que sus detractores pensaran lo contrario) y hacia lo que muchos todavía ansiaban: la comida.

Debería ser una fiesta sinuosa, cálida, amigable. Eso estaba claro. Que no festejara la victoria de un ejército, sino el triunfo popular. Qué buena idea. Estaba claro que en los niños y sus inocentes sugerencias podría encontrar mejor consejero que en muchos de sus hombres. Tales sugerencias, tal apoyo hacia la corona, le hizo tolerar que ese pequeño se le acercara tanto. ¡Y es que se merecía ese privilegio sin duda!

Sus palabras mezclaban la seriedad y contundencia de un guerrero con la inocencia y emoción de un pequeño con un juguete nuevo. Y para ese joven y todavía sensible Gangrel, no había nada más adorable que ese espectáculo. Y no pudo evitar reír al verle extender los brazos al cielo, cual furioso y ferviente orador. Justo como él cuando se dirigía a la multitud. Justo como él cuando se emocionaba y llegaba al punto clímax de cualquier discurso.

Le acarició su albina cabellera como una recompensa, dedicándole una de esas curiosas sonrisas que rara vez daba a nadie. Cálida, paternal, como si fuera su pequeño y no un sacerdote destinado a devorar el mundo cuando llegar el momento.

-…Me gusta tu forma de pensar, pequeño. Una fiesta para los plegianos es lo mejor para aumentar la moral de este muerto país. Debe ser un festejo que guste a las gentes. ¿Y qué agrada más a los nuestros que el calor del sol naciente, el baile, y la comida? Aunque le cueste dinero al país, deberíamos tener esta fiesta como un ejemplo de sinuosidad y fraternidad entre los nuestros –el rey se rascó la corta perilla que ya había dejado empezar a crecer, bastante bien cuidada- …Debería ser un día en el que coincidieran muchas cosas. Una fiesta tanto… Política, para celebrar mi ascenso y el amanecer de una nueva era… Religiosa, para alimentar la fe de los nuestros… Y más importante. Ociosa. Que la gente se divierta. Un día en el que las sonrisas inunden las calles. ¿Tú qué opinas, pequeño?
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Mensaje por Robin el Sáb Abr 13, 2019 4:53 pm

El albino no supo exactamente cómo corresponder aquella caricia en su cabeza, gentil acompañada de una sonrisa sumamente curiosa, no como la de Valdar que desprendía su aura “Grima y mi objetivo por encima de todo”. No pudo evitar observarle por un largo tiempo hasta que despertó de su ensoñación junto a las palabras de Gangrel. Sabía lo que hacía, no era solo palabrería, y eso en un rey vale mucho, demasiado.

—Estamos en…¿primavera? Sí, primavera—dio una palmada en el sitio, las ideas volando en su cabeza con mucha rapidez. Se separó ligeramente del monarca para poder gesticular sin pegarle algún tortazo mientras explicaba su plan—La primavera está asociada a la renovación, la resurreción y el crecimiento. ¡Qué mejor estación para una fiesta de tal índole!—se movía debajo de los rayos del sol, haciendo leves círculos al ir preparando los detalles en su mente con cuidado—Si el nuevo Rey y el Avatar de Grima abren el evento, se consolida más todavía la colaboración de ambas partes, monarquía y clero, además de que por… poner alguna cosa, quizás la bendición de Grima al comenzar las fiestas, algunas antorchas quizás, la campana sonando… Sí, no sería un mal inicio. Tendríamos a algunos sacerdotes de guardia en la Iglesia para los más fieles que deseen entregarse a su fé… y por fuera tenemos una fiesta en la que cualquiera podrá divertirse. Música también. Aviva el ambiente—asintió para sí mismo, emocionado.

Súbitamente una de las puertas traseras del salón del trono se abrió de tal golpe que hasta Robin pudo sentir el temblor.
“¡GANGREL! LOS PETARDOS SE HAN ACABAO EL VINO”

Robin vio la figura de un hombre corpulento, musculatura exagerada mas no tan alto como para superar al rey. Avanzó hasta el centro de la habitación, no muy lejos del albino, quien por precaución, se alejó un paso más. No parecía de buen humor ni tampoco le guardaba tanto respeto a Gangrel como debía. Sí, habían accedido al trono gracias a personas así pero eso era, bueno… En su mente surgía las palabras “desagradable”, “deplorable”, “maleducado”. Era capaz de continuar con la lista de sinónimos mas la situación no se lo permitía.

“VAMOH A NECESITAR GOLD PARA REPONER LOS SUMINISTROH” declaraba el hombre castaño tan campante, con una sonrisa estúpida en la cara. Lo peor es que hablaba tan alto que se asemejaba a un grito. Santo subsuelo, qué escándalo por solo el vino.

—Perdone su…¿señoría? Pero estábamos en medio de una conversación relevante por lo que si no le...—fue entonces que unas grandes y poderosas manos tomaron su cabeza por detrás, empujándolo contra el suelo de cara. Llegó a cubrirse los ojos y la nariz, aunque eso no evitó que del impacto saliera disparado uno de sus colmillos, milagro que no le rompiera la boca entera. El colmillo cayó a los pies de Gangrel junto lo que parecía ser sangre.

“QUE NO TE METAH, ASCO DE NIÑO”. Lo liberó de su agarre, dejando ver que hasta había grietas en el suelo, disimuladas eso sí. Ese niño, mareado, se levantó con la frente roja y sangre saliendo de su boca, a trompicones y torpemente. Miró primero al hombre y luego a Gangrel sin saber bien de lo que se hablaría en ese instante, solo tenía la certeza de que la habitación le daba vueltas y que había perdido un diente. Sacó un pañuelo del bolsillo, limpiándose y luego tapando el hueco de su colmillo. Sus brazos habían resistido el golpe, lo que significaba que el entrenamiento estaba dando sus frutos. Ya no se rompía el hueso con tanta facilidad, aunque continuaba doliendo. Observaba a Gangrel con una expresión casi de anestesia, sin saber qué decirle ni hacer.

Había subestimado al vino.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Abr 20, 2019 8:20 am

El pequeño era una verdadera bomba de alocadas ideas aun siendo avatar de Grima. Algo gracioso a la par que curioso para el nuevo rey de Plegia. Pero sí. Una festividad era justo lo que necesitaba el reino para resurgir. Levantar los ánimos, hacer que las gentes tuvieran esperanzas en un futuro mejor a pesar de la deplorable tierra en la que vivían, no solo azotada por las arenas del desierto, sino que también por sus molestos y poderosos vecinos. Intentaría hacer que los propios aldeanos lucharan por defenderse. ¿Y qué mejor forma que el nacionalismo para ello? Cuando un pueblo se sentía orgulloso de sí mismo, se volvía poderoso y peligroso a partes iguales. Y tener a la población a favor de las campañas militares era lo mejor que podían hacer. Porque estaba claro que a pesar de que Gangrel había asegurado que no habría retahílas, las habría de una forma radical contra prácticamente todo país que hubiera puesto en algún momento sus garras sobre el reino de Plegia.

-…Sí, en efecto. Sería de buen ver que el avatar y el rey inauguren esta festividad. Una imagen de unidad. La fe y la felicidad de la mano. –se rascó la barbilla, pensando cómo seguir hablando. Y repentinamente, llegó una idea a su cabeza. Una muy buena idea que prácticamente parecía sacada de una de esas novelas que habían empezado a aparecer en el mundo- ¡Todas las campanas de las iglesias plegianas resonarán para iniciar la jornada! Sí, qué buena idea. Y por las calles se irá de rojo y amarillo, colores del sol y la festividad. Los guardias también, y para celebrar la ocasión, se perdonará la vida de todo aquel que fuera a ser ejecutado por crímenes corrientes en ese día si se une al clero o al ejército. Sí, sí… Eres un pequeño geniecillo, Robin

Y podrían haber continuado hablando de esa nueva fiesta por meses, pero algo lo detuvo. Alzó la cabeza para encontrarse con uno de sus simios gritando a todo volumen para informar de ese asunto tan nimio como era que se habían acabado… Todo el vino… De la bodega real. Esa bodega que el rey anterior había utilizado por los años de guerra y según se sabía nunca había llegado a vaciarse de lo grande que era. Para matarlos. Se llevó una mano al rostro para golpearse con ironía.

Y se disponía a decirle que no hasta que vio que las manos de ese gigantesco ser lanzaban al sagrado avatar grimante contra el suelo. Fue corriendo hacia el lugar bajando de dos en dos los escalones de su trono para asestar un potentísimo puñetazo contra la cara del sujeto en cuestión, lanzándolo al suelo con furia de la potencia con la que este golpe fue dado.

-¿¡PERO TÚ ERES TONTO O TE CHOCASTE CONTRA UNA PIEDRA AL NACER, PEDAZO DE BÁRBARO CON EL CEREBRO EN EL ANO?! –aprovechó para propinarle además una patada en sus zonas íntimas, que hizo al hombre rugir de dolor. Al fin y al cabo, el zapato de Gangrel no estaba hecho de cuero precisamente- ¡ESTE ES EL AVATAR DE GRIMA, DESGRACIAO’! –se dirigió rápidamente al pequeño para arrodillarse con la intención de estar a su altura y sacarse uno de sus guantes, con el que limpiaría a forma de trapo un hilillo de sangre que le salía a Robin por la boca- Pequeño… Siento desde el fondo de mi alma este percance… POR PARTE DE CIERTO CERDO QUE NO MERECE TENER NOMBRE –dijo volviendo a girar la cabeza momentáneamente, calvando una asesina mirada sobre el que era su soldado- Dime si puedo hacer algo para compensarte
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Mensaje por Robin el Miér Mayo 08, 2019 6:16 pm

Observó aquella patética escena entre amo y subordinado, este último recibiendo bastantes golpes, mas de los que se imaginaba Robin, y uno en la zona más débil de un hombre. Escuchó el doloroso quejido del fortachón en el suelo, impasible, incluso cuando el monarca se arrodilló para limpiarle aquel hilo de sangre que todavía bajaba de sus labios hasta el suelo, goteando. No tardaría mucho en parar, ya se le había caído un diente antes pero no de forma tan brutal. Eran nuevos métodos que explorar. No obstante, el albino miró al rey sin mostrar signo de dolor o enfado, sencillamente aceptación—Usted no debe responder por sus actos, Lord Gangrel. El Sumo Sacerdote Valdar me enseñó a lidiar con estos problemas—mantuvo un tono monótono antes de alejarse del rey de Plegia y acercarse al corpulento hombre que se encontraba en el suelo. Fueron cuestión de segundos hasta que una masa oscura comenzó a engullirlo, a rodearlo por completo.

Ruina. Un hechizo básico mas lo suficientemente doloroso como para que aquel cerdo suplicara que parase. No duró demasiado, ya que de por sí estaba debilitado. El chiquillo se arrodilló a su lado, cerca del rostro, perforándolo con la mirada—Le quitaste un diente al dragón y lo reclama ahora—sacó una pequeña daga de sus pantalones, el hombre incapaz de moverse entre su borrachera, la paliza y el hechizo. Con la punta de la daga tanteó el colmillo izquierdo concretamente. Tomó el diente con su mano libre y sin previo aviso empezó a tirar, a mover de arriba a abajo el diente, hasta que finalmente decidió hincar la punta en la encía. Con la suficiente fuerza y destreza, el colmillo salió finalmente junto a los alaridos de dolor de su dueño, aunque bueno, ya no lo era. Era de Robin—No voy a taparte la boca. Tendrás que hacerlo tú solo si consigues levantarte—murmuró el chico antes de dar un pequeño saltito y pasar al lado derecho del hombre.

—¿Fue con esta mano, verdad? Con la que usaste más fuerza y me empujaste contra el suelo—tanteó dicha mano hasta llegar al pulgar, daga en mano nuevamente. Igualmente, sin mencionar palabra, cortó el dedo con bastante facilidad, aprovechando los huecos entre huesos y fibras musculares. Era grande, sí, comparado con el suyo. Los gritos plagaban la sala del trono, pero para el joven Robin no eran nada más que sonidos habituales. El sangrado de su boca había parado, pero el del sujeto en el suelo no hacía sino aumentar, ya que no era un diente caído, sino arrancado además de haber perforado la encía. Dejó el dedo en el pecho del hombre, esbozando una suave y dulce sonrisa—Ya tienes algo para comer, su señoría. Lo que más me intriga es si llegará a la mesa antes de que pierda más sangre. No hay ningún sanador aquí, lamentablemente. Tendrá que acudir urgentemente al médico más cercano… Si puede—se levantó entonces en el sitio, limpiándose las manos con un pañuelo que perfectamente podría haberle dado al desconocido.

—Disculpe este lamentable espectáculo, Lord Gangrel. El Sumo Sacerdote siempre dice que sea contundente… No sé si lo he sido lo suficiente, pero creo que ha aprendido la lección—no le dedicó ninguna mirada más a alguien de tan poca relevancia—Creo que ambos hemos llegado a un acuerdo sobre cómo levantar la moral de este país… y cómo hacer que ascienda. Es usted un hombre sabio, Lord Gangrel. No deberemos temer por el futuro de Plegia con vos al mando. No sé si ésto podría considerarse un buen final para una gran charla… o podemos continuar. Lo que usted prefiera—se cruzó de brazos por detrás de la espalda, mirando indiferente a Gangrel.
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Mensaje por Gangrel el Vie Mayo 17, 2019 4:47 pm

Poco a poco, el nuevo monarca de Plegia se iría apartando poco a poco del espectáculo. Estaba claro que ese pequeño era de armas tomar... Y menuda desgracia amparaba a quien intentase detenerle. Obviamente, él no iba a arriesgarse. Si quedaba claro que ese pequeñín algo de Grima tenía… Simplemente brutal y peligroso. No podía hacer otra cosa que mirar cómo aquella pequeña fiera hacía pagar con sangre al que le había atacado anteriormente. Una escena macabra… E imparable. Y tal vez era por eso mismo que lo que tenía delante debía ser respetado mucho más de lo que algunos de los generales ahí presentes.

El silencio y la frialdad eran la única decoración del rostro del rey. No podía hacer mucho más. Obviamente, poca piedad mostraría hacia el que ahora era torturado con fría pero justa forma por su delito. Ni tan siquiera con su recién adquirida capacidad como rey se creía con derecho a eso.

Más bien. En su cabeza, verdaderamente, empezaron a maquinarse miles de planes. Podía ver esa muestra de fuerza como una demostración del poder de la iglesia, que si bien había estado apoyando, a fecha de ese día no tenía ningún tipo de representación dentro del gobierno. Eso debería cambiar. Los teócratas deberían tomar más puestos si quería hacer que Plegia prosperara. Ellos eran mucho más inteligentes que sus generales, e incluso se atrevería a decir que más aguerridos en la batalla si se les daba la suficiente oportunidad como para lucirse. Una reforma era necesaria. Siendo sinceros con la realidad, simplemente, era lo mejor para el país. Y ese bruto que ahora estaba retorciéndose de dolor parecía haber sido testigo mayor que el propio Gangrel.

-…Puedes retirarte –fueron las únicas palabras que le dedicó el monarca a su subordinado cuando este pudo librarse del ataque y huir con rapidez, para luego volver a mirar al pequeño sacerdote con temor en parte. Pero bien oculta bajo la máscara de total indiferencia que debía poseer como gobernador de esas tierras- …No pongo en duda bajo ninguna circunstancia que en ti debe haber más poder que en muchos de los que han luchado a mi lado. No, sin duda, está claro que es mejor no cabrearte. Posees la furia del gran Grima en tus venas, y se nota

El silencio inundó la sala por unos pocos segundos. Sí, sin duda, la reunión con ese pequeño le había permitido crear una más que segura nueva festividad con la que otorgar cierta alegría a sus compatriotas, pero… Eso no era ni de lejos lo más importante que se había tratado ahí, aunque el joven no se hubiera dado cuenta… Acababa de entregarle con sus actos un poder inimaginable a la iglesia, al menos, por parte de lo que el monarca podía darles. Necesitaría rodearse de gente así en las esferas que pudiera. Por ejemplo, en la economía, y por supuesto, también sería necesario tenerlos en los tribunales judiciales y de control, porque estaba claro que si esa era la madera que gastaba un solo niño del clero, el resto no deberían andarse con tonterías.

-…Vamos a ir a un sitio, y tú te sentarás a mi lado un momentito, ¿entendido? Considera esto una forma de purificar las altas esferas de este estado… Será solo un momento. Quince minutos como máximo
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Mensaje por Robin el Sáb Jun 01, 2019 3:37 pm

Observó impasible cómo el corpulento hombre se marchaba por donde había venido, no sin antes mirarle de nuevo la cara a ese monstruo con el que dejaba a su actual rey. El albino elevó ligeramente la cabeza, moviendo sus labios mientras susurraba “Gracias por tu sangre”. Salió espetado al igual que una flecha en pleno campo de batalla, el resultado que esperaba, su intención. Quería comprobar si sería capaz de nuevo de levantar la mano contra el avatar de Grima, si tenía, como había escuchado a unos hombres, los cojones de hacerlo. Cuando escuchó lo que dijo su rey giró en seco su cabeza, alzando las cejas levemente en confusión.

—Por supuesto que sí, Lord Gangrel. Soy el Dragón Caído, no debería esperar menos—era una realidad para ese pequeño muchacho, quien había sido criado con esa idea en su mente. Él era Grima y debía ser lo suficientemente poderoso como para sumergir el mundo en el caos, la destrucción. Otra duda que recorría su mente era si Gangrel era consciente de esa circunstancia. Cuando despertarse de su profundo sueño, ni siquiera Plegia se salvaría de la ira del Dragón. Nadie lo haría. Ese era su cometido al fin y al cabo. Si ese sujeto aún seguía confiando en la Iglesia Grimante, entonces apostaba con un gran coste de por medio… Aunque bueno, eso era lo que Valdar quería, más poder para la Iglesia.

Asintió al gobernante, siguiendo su guía por los pasillos del castillo—¿Es acaso una declaración pública, una muestra de buena voluntad entre ambos organismos del estado?—al crío se le iluminaron los ojos por unos instantes, agudizándose sus palabras—¿Alguna sala secreta?—tras ese arrebato infantil volvió a componer su postura, dejando los hombros más sueltos, la espalda recta y un tono de voz más relajado, serio, bajo—Simple curiosidad si no le ofende—caminaba sin conocimiento de su destino, mas no sentía peligro alguno. No le correspondía de todas formas.
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Mensaje por Gangrel el Dom Jun 09, 2019 3:25 pm

Sí. Lo iba a hacer. Era algo que no tenía que meditar más. Solo hacerlo, sin compasión alguna. Como lo había hecho ese niño segundos atrás. Él era unos años mayor, técnicamente, no debería tener problema. Tomó por la mano al niño, llevándole con él con una sonrisa totalmente inexpresiva en su rostro.

-Ahora verás, ahora verás… Nada de eso. Mucho mejor. Solo espera

Fue su única respuesta, mientras salía de la sala del trono para dirigirse al lugar por donde antes se encontraba un mosaico, y ahora, había un gran agujero que comunicaba el trono con la sala en la que estaban sus hombres descansando… O haciendo lo que fuera que estuvieran haciendo, que tampoco quería saberlo. Sus gritos llegaban de forma molesta hacia sus oídos, los gritos de hombres que estaban demasiado… Alegres con el alcohol de las bodegas. Muy triste. Decepcionante. Había estado ciego demasiado tiempo… Y ahora tenía una sola oportunidad de enmendarlo.

Nada más ver al monarca, los hombres alzaron sus cervezas, invitándole a sentarse junto a ellos. Gangrel miró a los lados para asegurarse de que ahí se encontraban algunos soldados completamente ajenos a la situación, simples peones que a ojos de aquellos bárbaros ni merecían estar sentados junto a ellos. Eso ya le serviría.

El monarca tomó su lugar presidiendo la mesa, colocando al pequeño sobre sus piernas como si se tratara de un niño normal y corriente, acariciándole el pelo de forma paternal y rechazando una jarra de cerveza que ya se estaba acercando a él. No… Lo que iba a hacer era de todo menos alegre. Y se podía ver en su rostro. La mirada cariñosa que dedicaba a Robin contrastaba rápidamente con la que segundos más tarde lanzaba a sus generales. Alzó la mano, esperando a que el barullo desapareciera. Y sí, en efecto, desapareció, pero al cabo de unos minutos en los que estuvo esperando sin hacer lo más mínimo. Solo esperar.

-Caballeros… –bajó poco a poco la mano, haciendo en su rosto aparecer una forzadísima sonrisa- Nuestras campañas nos han llevado hacia la gloria en toda Plegia. Y en efecto, cautivo y desarmado el antiguo ejército, hemos alcanzado nuestros últimos objetivos nacionales… Estoy francamente orgulloso, no cabe duda –gritos de júbilo salieron desde las diferentes gargantas que ahí estaban. Pero en el rostro del rey no había emoción de ningún tipo ya. Solo la ira. La ira de alguien que veía sus planes perturbados, y con razón: frente a él ya no veía a camaradas, solo peones. Ahora, él llevaba la corona. Y eso le diferenciaba de la escoria que tenía delante, que ni tan siquiera podía mantener las formas que comportaban estar en la sede de los poderes del estado que ahora tenían que gobernar- Pero… La situación de la nación comporta el cambio, caballeros. Lo que una vez luchamos por eliminar, a fecha de hoy, es en lo que nos hemos convertido: en el gobierno. Imaginaos esta situación: un grupo de bárbaros, liderados por un hombre que lo único que les diferencia de ellos es que ha tenido estudios, llegan al poder de un país. Estos seres no tienen sangre azul –dijo con severidad, remarcando con especial fuerza la última palabra: azul- Han llegado al poder por la fuerza –remarcó con el dedo índice, señalando a sus labios, cuando dijo la última palabra- Y no han recibido apoyo internacional, más bien, han destruido un gobierno que lo tenía. Si vosotros fuerais ministros de otro reino y tuvierais que decirme lo que hacer al respecto, ¿qué sugeriríais?

Suspiró. Ya vio cómo esos ineptos comenzaban a pensar, balbucear, posiblemente muchos sin entender lo que Gangrel estaba insinuando. Hasta que al fin, uno más cercano a él, como si hubiera recibido una iluminación divina, alzó la mano, para luego dar un golpe en la mesa.

-¡Meterles de ostias y decirles que sus van a cagar

Sí, más o menos, al idioma del resto de mortales, eso podía significar algo como “Conquistarlos y hacerles ver su error”. Más o menos. Gangrel dudaba de que hubiera una traducción del todo directa al idioma plegiano corriente.

-Exacto. Entonces… ¿Qué puedo usar para respaldar mi reino? ¿Qué debo hacer para mantener la soberanía del gran reino de Plegia? –ahora acarició la cabecita del pequeño al que seguía intentando mantener sobre sus piernas- Exacto. Este pequeñín. Representante de la Iglesia de Plegia. ¿Y qué reino osaría enfrentarse a uno que fuera amparado no por un ejército, sino por Grima todopoderoso? Ninguno. No es que estemos hablando de una armada, no estamos hablando de nada tangible… Estamos hablando de la protección del verdadero dios. Sea pues… Lo que voy a decir ahora es verdaderamente importante –tomó al niño por los sobacos para quitárselo de encima, volviendo a dejarlo en la silla cuando se levantó. Ahora, iba dirigiéndose poco a poco hacia un ventanal que daba directamente a la gran plaza que se encontraba justo frente al palacio- Quiero que alce la mano todo aquel que esté dispuesto a aceptar de buen grado la instrucción por parte de sacerdotes de la Iglesia en teología, estrategia militar, y todo lo que sea necesario

Habían veinte personas sentadas en la mesa, sin contar a Robin. Solo cinco alzaron la mano. El resto, simplemente estallaron a carcajadas. El rey miró en ese mismo instante a los soldados que permanecían alrededor de la mesa. Y esos mismos soldados se acercaron con sigilo a los generales más cercanos a ellos.

-Sea pues. Muchas gracias, caballeros

Y chasqueó los dedos. Las lanzas de esos soldados se clavaron inmediatamente sobre los que no habían alzado la mano. Muertos. Muertos en un instante. Quince personas muertas, que habían colaborado en la rebelión y ahora simplemente habían visto su vida terminarse en ese mismo instante. Los otros generales miraron por unos segundos con temor al monarca, que ahora se había girado para mirar la plaza de nuevo.

-…Robin… Es un placer haberte recibido. Por favor, informa a Valldar de que necesitaré que me traiga a los mejores consejeros que pueda para que instruyan a estos… Caballeros. Y sustituya a los que ya no están con nosotros –alzó la mano, extendiéndola para hacer el saludo de sus tropas (el brazo totalmente erguido, con un ángulo de 120º)- Grima salve a Plegia, pequeño. Nos veremos pronto. Doy por finalizada la audiencia, si te parece adecuado

El rey miró al frente, a su reino. Más allá de ese cristal, estaba su nueva propiedad. Más allá de ese cristal, estaba el lugar que tendría que sacar de las ruinas. Eliminar la escoria de sus calles. Volver cada casa feliz y estable, convertir a cada niño en un futuro trabajador del reino que mantenga a una familia y repetir el ciclo. Ser recordado. Y forjar un imperio que se expandiera hasta más allá de lo que la vista alcanzaba.
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Mensaje por Robin el Dom Jun 09, 2019 10:21 pm

El pequeño albino se sorprendió al verse sentado sobre las piernas del rey de Plegia, quien le dedicaba gestos de cariño a un niño que simplemente conocía la destrucción. No era desagradable en absoluto a decir verdad. Valdar realizaba gestos parecidos cuando lograba completar su cometido de forma satisfactoria, mas Gangrel lo hacía sentir no solo útil sino apreciado, dándose cuenta Robin de éstos sentimientos o no. La mesa no estaba repleta de gente demasiado respetable que se dijera, mas eran las personas que habían llevado al poder a su Majestad allí presente; no obstante, la conversación comenzaba a oscilar del júbilo a la duda, de la duda a la inquietud, de la inquietud a la negación y al escepticismo.

No era relevante la existencia de Grima para una panda de pueblerinos que creyendo haber ascendido al pico más alto ya abandonaban las ambiciones con las que habían escalado hasta aquel salón. La pregunta clave en dicha conversación:

“Quiero que alce la mano todo aquel que esté dispuesto a aceptar de buen grado la instrucción por parte de sacerdotes de la Iglesia en teología, estrategia militar, y todo lo que sea necesario.”

Robin se tapó la boca al ver solo las cinco manos levantadas y los soldados detrás de los desprevenidos hombres. Estaba controlando la risa que quería desbocarse al igual que un río tapado por un dique. No les dio ni tiempo a gritar al ser atravesados por las lanzas. La mesa se ensució con la sangre ajena, obviamente no azul como había dicho antes el monarca. ¿Qué tan estúpidos eran capaces de ser? Aquella purga era lo mejor que había hecho el gobernante desde que ascendió al trono. No aplaudía pues arruinaría su imagen, mas había heredado del Sumo Sacerdote ese retorcido sentido del humor, o mejor dicho, se lo había inculcado a base de noches sin dormir, estudio, pruebas.

Se levantó de la silla, asintiendo con energía a Gangrel.

—Informaré a Valdar de sus planes su Majestad. Tenemos muchas personas para ocupar esta mesa, no se preocupe—iba a realizar una reverencia pero se fijó en uno de los cinco hombres que habían levantado la mano. Sudoroso, mas a la vez con una mirada de asco en su feo rostro. Era un hombre bajo, corpulento -no con músculo, sino con grasa-, entradas en el pelo. Quizás unos cuarenta años. No dudó en acercarse a él, llamando la atención con su mano—¿Puede agacharse un momento por favor?—el sujeto miraba a su rey, luego a quien dicho rey había alabado instantes atrás. Se arrodilló junto al muchacho, quien se colocó a su lado, muy cerca, quizás demasiado.

—¿De verdad aceptas a la Iglesia, estimado señor?—preguntó Robin a su derecha, observando sus rasgos faciales. El hombre tragó saliva, frunciendo ligeramente el ceño, sus dientes apretados. Su confirmación casi murmurada no le dio lugar a dudas, sacando la daga de entre su capa y tomando el cuello ajeno con la mano izquierda.

—Mentiroso—fue un corte rápido, pero lo suficiente como para que la sangre brotara cual explosión por el suelo, cayendo el cuerpo sobre éste a la vez que producía sonidos gulturales, quizás pidiendo ayuda, o solo ahogándose. El albino utilizó la silla como escalera para subirse a la mesa, todavía sucia entre cerveza, comida y sangre. No le importaba en absoluto, cosas peores se han visto. Los otros cuatro que faltaban se echaron hacia atrás, intimidados, levantándose de sus asientos, sus miradas cambiando del niño al rey y viceversa. Dio entonces tal niño un pisotón que llamó finalmente por completo su atención. Los guardias observaban en sus puestos, lanzas en mano mas sin ningún movimiento, solo hombros rígidos y cascos que servían como máscaras de valentía.

—¡A todo el que se halla en la sala!—comenzó con fuerza, aunque luego se giró hacia el monarca—Por supuesto Lord Gangrel, espero se me dé permiso para una pequeña charla. Será corta—de nuevo, en medio de la mesa, señaló ésta—¿Creéis que éste es vuestro peor destino? ¡Construistéis vuestro gobierno sobre sangre, sobre ideales que la derramaron. Si el infierno es una idea que ha cruzado vuestra mente alguna vez, no dudéis. ¡Nos encontramos en él! ¿Por qué? ¡Porque nadie nos va a aceptar!—se giraba ante los presentes, manos apretadas y daga en mano—¡Derrocar a un tirano inútil nos ha convertido en criminales ante los ojos de los demás continentes, de los demás países! ¿Acaso no teníamos derecho a una vida mejor, a un futuro al que aspirar? ¡No, porque somos Plegia, un país desértico ignorado en un rincón de Akaneia, del que nadie va a preocuparse! Si somos criminales en este mundo, entonces seremos los peores bandidos, la horrorosa escoria por la que nos toman. Mas cuando nos alcemos de entre las cenizas, ¡que nadie diga que Plegia no luchó! ¡Que cuando nos oigan, tiemblen, se arrodillen! Porque ese patético país del que nadie echaba cuenta se ha alzado con la cabeza bien alta—el niño miró a su gobernante no solo con determinación, sino esperando aceptación.

—Este reino era el Infierno, lo sigue siendo. Pero somos nosotros los que lo destruiremos. Reduciremos nuestros obstáculos a cenizas, ¡nuestro Rey al frente y Grima cubriendo a nuestro pueblo con sus alas! ¡Si quieren que continuemos como un diminuto desierto, entonces serán testigos del álito negro del Dragón Caído! ¡Como Avatar, como Grima, este país jamás deberá caer! ¡Seremos esta vez los que manejemos el destino y no unos monarcas de otros continentes! ¡Ni Ylisse, ni Altea, ni Nohr, ni Hoshido, ni siquiera Regna Ferox! ¡Todos deberán aceptar nuestra existencia, y serán los testigos de nuestro resurgir!—los orbes castaños del muchacho fulminaron a los miembros de la sala, e inmediatamente alzó su brazo.

—¡GRIMA SALVE PLEGIA!—.
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Mensaje por Eliwood el Vie Jun 14, 2019 9:56 pm

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