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[Campaña de conquista] Aún Hay Tiempo Para Todo [Privado | Alice]

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Mensaje por Eliwood el Jue Mar 28, 2019 3:06 pm

Eran asombrosos los cambios de perspectiva a atravesar, lo mucho que todavía podía aprender un hombre de su calaña, tan hecho a molde y tan inflexible, inclusive cuando parecía demasiado tarde. Pero un cambio estaba tomando lugar en Eliwood. Había cruzado la línea de "es suficiente"; había visto y oído suficiente, había tenido suficiente de esa guerra de una vez y había afrontado, con el alma sobre la balanza más justa que pudiera imaginar, que había estado luchando donde no debía, sin sentido y sin propósito. Había aceptado la temible idea que las pruebas comenzaban a sugerir: que las hordas de ojos rojos no eran su enemigo, sino piezas también de algo más grande, víctimas quizás. Por primera vez se había negado a servir como general contra sus huestes en otra campaña alteana, se había retirado formalmente de sus deberes de combate, había delegado a buen cuidado el sostener las defensas de Lycia y se había ausentado en un viaje propio, necesario y de indecible importancia. En algún lado estaba la verdad que necesitaba desenterrarse, poco a poco comenzaba a ser encontrada. Y él quería estar allí fuera, ayudando en la forma que pudiese, protegiendo lo que estimaba importante, buscando e intentando hacer algo más. Por una extraña y libre estación, viviría para más que sostener la formalidad y hacer lo estrictamente debido en su estatus.

Podía ser que el emperador Marth se decepcionase de que diera la espalda a su festivo y glorioso evento en la arena de Regna Ferox, podía ser que cuando regresara a Lycia los organismos de gobierno alteano se hubiesen tragado tan profundamente el mandato que no recuperase jamás la autonomía de su gobierno, ni siquiera cuando volviera en persona, pero habría de valer la pena. Porque si todo era resuelto, si aquel misterioso diario era encontrado y todo se daba por terminado, el mundo de después sería uno distinto. Y ya libraría en ese mundo todas las batallas de corte política que hicieran falta, cada una en su momento. Sabría agradecer la reconstrucción por los cimientos sobre los que se lograra, siempre y cuando se lograra.

En cuanto a aquel impulsivo viaje fuera de la cerrada estabilidad de Regna Ferox y a las infortunadas tierras de Silesse, casi en el cruce a Mitgard, era también un acto de libertad, un necesario paso a demostrar que podía, ahora, cesar de valorar protocolo y correcto proceder por sobre vida. Porque una persona cuya vida apreciaba había pedido su ayuda, y su silla y sus aplausos corteses en un evento de entretenimiento feroxi no podían ser comparados a ello. En cierta forma agradecía la preocupante carta que había recibido de Alice, por darle el empujón necesario para moverse enseguida, para sellar lo que había estado pensando todavía en cómo llevar a cabo. Había ultimado los detalles y partido enseguida a por lo que llamaba la única esperanza del Norte, con nada más que una mínima escolta de cuatro hombres consigo. El resto, estarían mejor empleados volviendo a defender su hogar.

Cinco siluetas eran, entonces, las que cabalgaban por el paisaje de blanco mancillado, con aliento condensado frente a las trompas de los caballos y liviano cargamento tras los hombres. Eliwood había compartido sus intenciones con ellos aún antes de partir, pudiendo confiar en la aprobación de aquellos pocos en cuanto a sus ideas y dejar atrás la culpa sobre llevarlos a tan extraña misión; aunque muy en claro había quedado que, ante todo, la función de la mitad de aquellos caballeros era la de dar media vuelta e informar si cualquier imprevisto relevante ocurriese en el viaje, si cualquier descubrimiento inesperado era hecho. Por lo pronto, atravesaban a toda prisa el nevado paraje, siguiendo las indicaciones del pedido de ayuda y considerando cada sospechosa señal de humo en su camino. A aquellas alturas, lo más probable era que todavía encontraran a Alice en Silesse, mas si la búsqueda se extendía por demasiado y los días pasaban, era posible que fallaran en coincidir y debiesen proceder a la nación aún más noteña. No paraban si no era absolutamente necesario, no lo habían hecho aún desde su desembarque, ni les era conveniente en un terreno tan distinto al que acostumbraban y tan fácilmente letal para sus inexpertas capacidades de guarecerse contra la gelidez. Cuando la noche cayera y fuera cerrada, considerarían sus opciones, mas idealmente no habrían de hacer más que bajar el ritmo de la cabalgata y continuar en alerta. Hasta entonces, habían sido sólo horas. Fue aquel el momento en que convinieron que los finos patrones de humo que se alzaban a la distancia debían corresponder a una batalla, o terminando o apenas comenzando.

Su cabalgata se apresuró en aquella dirección. Y pese a todo, cuando arribaron al sitio, resultó claro que todo había terminado ya. La escarcha no había vuelto a caer sobre los rastros de lo sucedido, pero los pequeños incendios de magia o de herramientas de guerra terminaban de consumirse. Los sonidos que se oían derredor eran tenues, espaciados, y bien podían corresponder sólo al quejido de una catapulta de madera y hierro que caía a pedazos, o a los animales salvajes rondando cada vez más cerca por algo de carroña. Aún así, Eliwood ordenó proceder y revisar con cuidado el área, revisar los cuerpos de los caídos para establecer si eran civiles, soldados y a quién pareciesen haber servido. El sonido de algo removiéndose, arrastrándose en el suelo, llamó su atención como un llamado de distante esperanza, mas al volver la vista a los pies de su corcel no halló más que a un emergido halándose a sí mismo a través de la nieve y los destrozos, los brazos sanos para tal tarea, pero una de las piernas torcida en un modo en que de ninguna forma sostenía peso en pie. El hombre mayor suspiró pesadamente en el aire helado.

- Lo lamento. En algún lugar de tu corazón tienes que ser humano, por eso lamento que esto deba ser así. - Pronunció en voz baja, al tiempo que descendía de su caballo. El emergido no hallaba un arma que tomar todavía, aunque buscaba. Él, por su parte, desenvainó de inmediato su espada. No hallaba precisamente justicia en matar a las criaturas, mas resultaba necesario cuando una de ellas podía ser todavía un problema para los supervivientes de la batalla o quienes cruzaran después la zona. Tomó con ambas manos el mango del arma. - Pero algo has perdido. Y algo más tendrá que perderse antes de que encontremos la forma de enmendarlo todo. - Musitó, antes de bajar el ancho filo sobre el cuello del emergido. El cuerpo cesó su movimiento de inmediato, la cabeza separada de este. Eliwood blandió la espalda una vez más para quitar la sangre de esta mientras volvía a mirar a su alrededor, a aquel paisaje casi por completo quieto, antes de volver a envainar y subir a su montura. - Seguiremos. Aún debemos de encontrarla. -

La comitiva se adentró más profundamente en el terreno del combate. Los caballeros, haciendo algunos tramos a pie, comenzaron a revisar los cuerpos humanos que hallaran, volteándolos boca arriba para comprobar lo que se pudiese sobre sus identidades. Cuanto menos, resultaba un alivio constatar que eran muchos los emergidos caídos y escasos los lugareños, por lo demás todavía tibios algunos, recientemente muertos. Ninguno una dama joven de cabello rubio pálido. Eliwood, escuchando aquellos informes, sintió la necesidad de espolear a su corcel y adelantarse, tomando aire y llamando al vacío del paraje. - ¡Alice! ¡ALICE! - Gritó. Se aseguró de adelantarse buena distancia antes de volver a probar, de dar un rodeo amplio a la espera de alguna suerte de respuesta, volviendo a llamar a cada tanto. - ¡ALICE SCHUBERG! - Reiteró. Su voz hizo un extenso eco, retornada con claridad en la amplitud del sitio. Sólo era una posibilidad, pero valía la pena intentarlo. En algún sitio como aquel sería donde la hallaría, de eso estaba seguro.
Eliwood
Eliwood
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

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★ ★ ★

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[Campaña de conquista] Aún Hay Tiempo Para Todo [Privado | Alice] Empty Re: [Campaña de conquista] Aún Hay Tiempo Para Todo [Privado | Alice]

Mensaje por Alice Schuberg el Sáb Ago 17, 2019 12:40 pm

Apenas pasó una semana desde Alice se unió a las filas del príncipe norhio, o más bien aceptar guiar sus tropas a través del país en pos de voltear la situación en la que se había sumido el territorio. Esos pocos días fueron suficientes para trazar un camino de este a oeste del país, pasando por todos los castillos que se alzaban al sur de la cordillera para asentar los primeros trazos de reconquista. Ejércitos de Silesse y Norh colaboraban, quisiesen o no, y sin importar el resultado político después de su liberación. Era aquello o la desfragmentación irreversible de la nación. Los castillos principales, bien fortificados y provistos de suministros, eran lo poco que se mantenía en pie en contra de los emergidos mientras que las villas y fortines secundarios habían sido completamente tomados o arrasados. Ni siquiera la potencia militar de Akaneia era capaz de retomarlo todo de una vez, así que se ignoró todo objetivo estratégico que no fueran las fortalezas principales. Con el paso del tiempo -y las inevitables batallas- acabaron llegando a la zona costera oeste del país. El castillo de Sailane fue defendido, y entonces, Alice desembarcó en la isla más grande de Silesse, situada entre la región continental del país, la costa noroeste de Grannvale y la isla de Mitgard.

Las condiciones climáticas en la ínsula diferían a las de la capital. Su superficie transitable, así como la variedad de accidentes geográficos, era escasa y en consecuencia estaba a merced de los temporales provenientes del mar. La capa de nieve era menos gruesa a causa del fuerte viento y la ausencia de reservas de agua dulce subterráneas impedía que los bosques proliferaran. A ésto se le sumaba la bruma generalizada de la costa norte, por lo que las condiciones de visibilidad lo hacían un enclave poco valioso a nivel estratégico, mas con la situación actual podía servir de puente entre el país continental y el ducado independiente. Como no podía ser de otra forma, las fuerzas emergidas estaban presentes en la isla y la contienda entre las dos facciones no se hizo esperar. En comparación con los atacantes de los castillos la oposición no supuso ningún reto y al poco tiempo se vieron obligados a retirarse hacia la costa. Las fuerzas libertadoras abandonaban el campo de batalla con rapidez a causa de los pocos heridos y bajas en sus escuadrones. El frente avanzaba inexorablemente con el fin de acorralar a los emergidos, los estrategas revisaban mapas y reportes, asumiendo que la batalla final por el control de la isla estaba a punto de llegar.

Sin embargo, una noticia inesperada llegó hasta el campamento: Un grupo escaso de individuos, media docena a lo sumo, que se aproximaban al ejército desde la retaguardia. Por su comportamiento se asumió que eran lugareños, y se envió una partida de dos pegasos a acudir al encuentro. Alice era una de ellas, ya que había sido la encargada de mediar entre norteños y norhios durante la campaña. La distancia de una hora a pie fue cubierta por las monturas aladas en menos de quince minutos, momento en el cual pudieron ver un puñado de manchas cerca de los restos de la última batalla. Tras sobrevolar la zona unos minutos y confirmar que no eran emergidos, iniciaron su aterrizaje, y en pocos segundos las dos siluetas de los pegasos se hicieron visibles sin necesidad de volver la vista hacia el cielo.

La pareja tocó tierra a una distancia considerable del grupo, a unos cien metros, e iniciaron el trote hacia el caballero más adelantado. En un inicio la figura era irreconocible en cuanto a colores y ropajes, pero a medida que fueron aproximándose, el semblante de aquél individuo comenzó a despertar un terrible sentimiento de familiaridad. Alice aguantó la respiración cuando le llegó aquél presentimiento, jalando de sus riendas para frenar al animal de golpe. Una lucha interna se produjo entonces, por una parte quería desentrañar aquella sensación, mientras que por otro lado temía por el hallazgo en sí. Y no era para menos, no quería encontrarse a ningún ser querido en una situación tan peligrosa como en la que se encontraba.

La incertidumbre se volvió sorpresa cuando los reclamos del caballero se hicieron eco a través del aire. No lo habían escuchado hasta entonces debido a la distancia, pero el hombre no cesó en forzar su voz para llamar a quien estaba buscando. Aquella vez con más ahínco ya que había dos desconocidas siluetas que escucharían su reclamo. No reconoció la voz en un primer instante, pero si su nombre, el cual estaba exclamando. Su cuerpo se heló mientras que su corazón comenzó a acelerarse. ¿Quién era ese hombre? Él se acercó a pasos acelerados, y los primeros trazos rojizos comenzaron a vislumbrarse en su cabellera. No llegaba a reconocer la voz, pues nunca lo había escuchado gritar, mas con la ayuda visual logró atar cabo rápidamente.

- Eliwood... - Susurro con la voz temblorosa, tratando de que sus emociones no la sobrecogieran por completo. Un aluvión de sentimientos se arremolinaron en su pecho en ese mismo momento: Alegría, esperanza, miedo, arrepentiemiento... Era obvio que leyó la carta que le envió, pues de lo contrario no habría sabido dónde buscarla. Sin embargo... - ¡¿Por qué?! - Gritó a media voz, sin garantías de que su remitente escuchara el mensaje. Se suponía que él estaría presenciando el torneo, y de ningún modo podía tener interés en acudir a aquellas tierras devastadas de no ser pura motivación personal. ¿Interés por salvarla? No podía comprenderlo.

No esperó ni un segundo más, en su rostro se trazó un semblante de disgusto, casi agresivo, y afianzó las riendas con fuerza. Indicó con autoridad a su compañera que la esperara allí y se encaminó al encuentro del marqués extranjero. Se aproximó casi a galope, y detuvo el pegaso con brusquedad una vez que estuvieron a distancia verbal. Su rostro seguía mostrando agravio, mas no pudo esconder unas lagrimas sinceras por el reencuentro. - ¡¿Qué haces aquí?! ¡Solo con una guardia escasa! ¡Irrisoria! ¡Esto no es Pherae, Lord Eliwood! ¿¡Acaso quieren que lo maten!? - Gritó, sin dejar que la otra parte expusiera respuesta, antes de que los primeros llantos terminaran de arrebatarle la voz.
Alice Schuberg
Alice Schuberg
Afiliación :
- SILESSE -

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Falcon Knight

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Mensaje por Eliwood el Miér Oct 02, 2019 10:40 pm

Una voz, atrás, llamó a su lord, pidiendo su atención y cautela sobre los pegasos que habían sobrevolado el paisaje, claramente monturas de uso militar en lugar de meros animales libres. Pero el enemigo nunca esperaba antes de dar ataque y, fuera de eso, cualquier otra aparición no sería motivo de frenar su misión. Así que continuó. Continuó hasta que las unidades montadas se hallaron más claramente a su vista y no hubo duda que una de ellas iba específicamente hacia él también, por tierra, una intención a la que habría de responder con gusto. Entendía la importancia diplomática de anunciar quién era y qué hacía en tierra foránea. Entendía, también, que le sería conveniente a él mismo la oportunidad de hablar con alguien, de preguntar a guerreros locales por la persona que buscaba.

Pero no se trataba de cualquier otro norteño quien iba a su encuentro, sino una jinete pegaso de largo cabello rubio pálido, sus facciones delimitadas por una pieza de color mucho más oscuro sobre uno de los ojos. Rasgos distintivos que a la distancia sólo evocaban cautelosa curiosidad, pero que a la cercanía se volvían un inmenso alivio: era ella. Ella los había encontrado antes de que la encontraran. No caída en la tundra, no uno de los cuerpos tibios que cuyos rostros sólo conocían al mover boca arriba, sino todavía viva y sobre un pegaso otra vez. Desde luego, el hombre mayor no perdió detalle de la mirada intensa y algo hostil que le dirigía, pero se alegraba demasiado del mero encuentro como para que una nimiedad así hiciese mella. Incluso cuando su primer recibimiento fueron palabras gritadas, no las más cálidas como bienvenida, no hizo más que continuar acercando su caballo cuanto podía ante el ajeno, hasta poder ver con toda claridad el rostro familiar, no visto ya en muchas semanas. El suyo traía ya la nariz algo enrojecida y los labios secos por el frío, desacostumbrado a las condiciones, pero sonreía amplio igualmente.

- Bueno. No cabe duda de que es usted. ¡Se le ve en buena salud! - Estaba riendo, de hecho, si bien por lo bajo y con mesura. Si le hubiese hallado difícil de reconocer físicamente, por seguro la muestra de carácter lo habría convencido. - Así que no he llegado tarde… - Escapó también aquel comentario en una blanca exhalación, antes de que pudiese pensárselo. Podía ver, sin embargo, que Alice no estaba compartiendo la repentina tranquilidad y gratitud que le embargaba a él y, francamente, ¿qué podía o debía decirle? Lo que le recriminaba era todo perfectamente válido, no tenía nada menos que completa razón. Era consciente de que su aparición era cercana a la nada, sin haber traído un número de hombres con que verdaderamente prestar ayuda, sólo llegando casi que por sí mismo a lo que otros llamaban tierras rojas, sitios cuya batalla con los emergidos se consideraba perdida. Debía parecer una locura. El pheraen buscó palabras, pero no las había tan breves para todo lo que había ocurrido y las decisiones que había tomado para terminar allí. Incluso su escolta, en cierta forma aludida por el riesgo en que estaba puesto su señor, se aproximó más. Alguna respuesta tenía que ser dada. - Yo… es tanto… no estoy seguro de cómo explicarlo. Pero es la única forma en que podía venir aquí. - Eliwood tuvo que admitir, negando con la cabeza.

El llanto de la joven quizás fuese justificado. Motivos podía imaginar. Pero su rígido sentido de modales en sociedad le decía que cuestionarlo de frente, que referirse a ello siquiera, no sería lo adecuado. Con ella en particular, menos aún. Fue por eso que, antes de cualquier otra cosa, bajó la voz en calmada y clara petición. - ¿Podemos hablar a solas, Alice? Le estaría muy agradecido. - Intentó. Tanto por ella como por él, por las explicaciones que le debía, todo lo que sentía que debían de decirse primero. Ladeando un poco su caballo, volvió la cabeza hacia los demás jinetes con él, indicándoles a la compañera que Alice había también traído. - Aguarden, por favor. Vean si podemos ayudar con lo que ha ocurrido aquí a estas jóvenes oficiales. - Con lo cual quería decir que a él y a sus asuntos personales, por el momento, no se les debería interrumpir. Volviéndose de regreso a Alice dio una mirada rápida derredor, intentando identificar un sitio en que guarecerse, aunque incluso sólo con alejarse un poco entre los árboles habría de serle suficiente. Sabría ella mejor que él de cuanto peligro era esa zona particular. Espoleó a su corcel para andar.
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