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[Campaña de conquista] Una huella en el desierto no dura eternamente [Priv. Gangrel]

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Mensaje por Marisa el Sáb Mar 23, 2019 5:15 pm

Infectada con una sensación de lástima y nostalgia que crecía con cada paso que daba, Marisa caminaba guiando a un rey con fama de tirano y a su séquito por las bellas y temidas dunas blancas de Jehanna. Era un camino que había hecho multitud de veces y que, aunque llevase bastante tiempo sin repetirlo, se podía acordar perfectamente. La primera banda de mercenarios a la que se unió le mostró este camino a través de las arenas para guiarse hasta el castillo. Para no perderse debías partir con el primer rayo de sol y, si seguías correctamente el camino, podías llegar a ver las murallas reflejadas en los últimos reflejos de la luz del día. Era ya bien entrada la tarde y todo el trayecto hasta entonces se había hecho en un silencio sepulcral, pero Marisa tenía más miedo de ver su pesadilla hecha real cuanto más cerca se encontraba de su antiguo hogar.

Con el agua calculada a la perfección, Marisa tragó las últimas gotas de su cantimplora de cuero cuando en el horizonte se empezó a divisar una figura que rompía con el color de la arena. El verde de la vegetación indicaba agua y también le señalaba a la mercenaria que iban por el camino correcto y con tiempo de sobra. Marisa suspiró aliviada de saber que, al menos, ese pedazo de tierra seguía tal y como ella lo dejó. El contraste del azul del agua en el blanco del desierto era, para ella, una de las mejores vistas que podían existir. Cuando estaban ya cerca del agua. Marisa se tornó hacia el llamado rey loco.

-El agua es potable -dijo serena-. Podéis beber y rellenar vuestras reservas. En unos quince minutos deberemos retomar el camino... ya queda poco.

Ella se sentó cerca del agua y se llevó agua desde las manos hasta la boca. Luego se mojó el cuello y los brazos para paliar el calor desértico. Rellenó su bota de agua sumergiéndola en el agua hasta que las burbujas de aire dejaran de salir. El viento del desierto se templaba con el agua meciendo su pelo y brindándole un agradable frescor un la nuca. Alzó la mirada para encontrarse frente al déspota monarca que la había contratado. Los motivos del rey para con la tierra natal de Marisa despertaban su curiosidad y, saltándose la regla no escrita de los mercenarios de no hacer preguntas, ella preguntó:

-¿Por qué quiere Su Magestad visitar la antigua capital? Allí no queda más que piedra sobre arena y el rastro de destrucción que dejaron esos malnacidos...

Al formular la pregunta se le vino a la memoria el recuerdo del castillo asediado y la muerte de aquellos que no pudieron huir a tiempo, pero siempre le quedó la duda de entrar al castillo y verificar si la familia real pudo escapar a tiempo o si sucumbieron a la desgracia.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Mar 23, 2019 5:44 pm


Muertas las ruinas que en breves formarían parte de su grandioso y temible imperio colonial, un imperio que se alzaría más allá del horizonte, en el que nunca se pondría el sol. El gran emperador Gangrel I de Plegia se disponía ese día a tomar la antigua Jehanna, un punto del mundo que si bien de poco interés  y con poco que ofrecer, se encontraba en una situación geopolítica exquisitamente particular y que permitiría a Plegia controlar Magvel y los mares del oriente a su totalidad.

Y si bien era cierto que las tropas del Tercio eran poderosas y capacitadas en las dunas, no conocían con tanta maestría ese gran desierto. Por eso mismo, contrató a los pocos supervivientes que quedaban en esa muerta tierra. Se crearon mapas, misiones de exploración. Poco a poco, los plegianos conocían esa tierra tanto como las tropas de la marea gris emergida. Y para gran sorpresa de todas las personas que habitaran ese mundo, Gangrel fue compasivo. Los consideró vasallos de su corona y puso bajo su protección cada poblado que encontraban, convirtiendo automáticamente a todos los moradores del mismo en ciudadanos de su imperio en constante expansión. Y en cuanto obtuviera la capitulación de la tierra, ya sería oficial y se convertirían en legítimos siervos de su persona.

Era un tirano y un dictador. Pero estaba obteniendo cada vez más y más apoyo. Y para ganar todavía más apoyo, ese día se preparó para comandar una peligrosa misión en la antigua capital de Jehanna. La haría caer rápidamente (pues no estaba tan protegida como Carcino) tras los reconocimientos respectivos para ganarse el apoyo popular.

Y ese día, acompañado por un escuadrón al completo con todos sus piqueros y hechiceros, lideraría la primera misión de incursión. Sus tropas, acostumbradas a las altas temperaturas, se encontraban a sus anchas, avanzando en marcial formación detrás de su rey y señor. El león de azabache, símbolo de los Tercios del Hálito Negro y heráldica personal del emperador, era la bandera bajo la que marchaban. Ellos, y por supuesto… Esa joven mercenaria, una de las pocas supervivientes de la gran masacre que tuvo lugar en esas desérticas tierras.

Gangrel avanzaba en un noble caballo blanco (ya entrenado para la labor) por las blancas dunas justo por detrás de ella, para poder seguirla por el camino que les debería llevar a la antigua capital. No dirigió su palabra a nadie por horas. Simplemente, caminaba con la vista al frente, portando con orgullo su corona y armadura doradas y girando la cabeza cada cierto tiempo para asegurarse de que los suyos seguían en perfectas condiciones. Y así se mantuvo, hasta que llegaron al oasis.

Obedeciendo las palabras de la joven, un escaso grupo de soldados se acercaría al agua, llevándose las cantimploras de todos. Bien sabía el rey que si iban todos en tropel sería un caos. Y lo último que quería hacer era parecer débil frente una nueva sierva de su glorioso reino.

Gangrel sonrió ante la pregunta de esta. ¿Se había dirigido directamente a él? Eso era un acto de suma valentía. Pocos en ese mundo podrían hacerlo con la seguridad que mostraron las palabras de esa mujer que si bien recordaba, se llamaba Marisa.

-…Porque esa es una ciudad de mi imperio, mujer. Y debo verificar que puede ser recuperada. No dejaré codo en tierra sin investigar de estas tierras, que con su pasividad afirman que se quieren volver mías y formar parte del más glorioso imperio que jamás verá la humanidad. Un imperio que se alzará sobre Nohr, sobre Altea, sobre Durban, sobre Daein… –la señaló indiferente en ese momento, como el que debe indicar una calle o una dirección- Un imperio en el que todo será mío. Y tú, te recuerdo, también lo serás, como ahora lo son mis soldados y mis consejeros –sus palabras sonaban serias, frías, sin ningún tipo de emoción. Un soldado se le acercó para entregar al rey una cantimplora, de la que bebería rápida y viperinamente antes de volver a entregársela. No había bebido mucho. Tampoco lo necesitaba- Así pues, mujer, indica el camino. No nos detengamos. Movimiento implica cambio. Y este ejército necesita cambio para ser perfecto. ¡Avanzaremos ahora mismo! ¡Deseo llegar al campamento antes de que la luna corone el cielo!


Última edición por Gangrel el Miér Abr 03, 2019 2:17 pm, editado 1 vez
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Mensaje por Marisa el Dom Mar 24, 2019 8:14 pm

Ninguno de los hombres de Gangrel mostraba signos de parecer exhausto o sediento. Eso era algo que realmente sorprendió a Marisa sobre la determinación de la armada plegiana, sin embargo, al fin y al cabo, seguían siendo humanos con necesidades como beber y descansar. No había quejas, no había resoplidos, ni ninguna conversación amistosa entre soldados -que era lo más común de ver en cualquier formación-, ni desmayos... Ni siquiera abandonaban su perfecta alineación a no ser que su rey le diera alguna orden. ¿Cómo consigue un rey rodearse de un ejército tan leal que no parece tener alma? Y, lo más importante: ¿Por qué iba un ejercito de ese calibre brindar su apoyo a un monarca que ha demostrado tanto desapego por la vida de su gente? Para Marisa, su espada era algo que se podía comprar, pero su lealtad solo se la podía dar a aquellas personas que demostraban ser realmente dignas de ésta. Y tenía claro que nunca le sería leal a alguien como el gobernante de Plegia.

Pero Marisa realmente necesitaba el dinero. Su intención era partir en busca de sus allegados. Gerik... Tethys... Apenas se había acordado de ellos antes de que todo el mundo se pusiera patas arriba, pero ahora cada conocido por lejano que fuera se sentía en el alma de la espadachín como una inmensa sensación de pérdida y por ello tuvo que ofrecerse a realizar este contrato.

Cuando el monarca dió la firmen orden de continuar sin dar a sus hombres ni un minuto de descanso, Marisa se agachó de nuevo hacia el agua y se mojó la cara una vez más y tal vez la última en esas aguas hasta mucho tiempo después. Ella podía continuar sin problemas a pie, el caminar sobre arena ya era tan familiar para ella que podía seguir prácticamente la misma velocidad que si fuera por un camino de pastoreo o por las calles de una ciudad. Así pues tomo la posición líder del pelotón y comenzó a caminar. Decidió no prestarle atención alguna a aquella especie de reclamo de propiedad que había hecho Gangrel sobre ella. "Palabras de un loco" -pensó-.

-Estas tierras ya eran propiedad de los descendientes de la heroína Jehanna -dijo tras unas horas de silencio meditativo con un tono firme pero formal-. Hasta que la pesadilla asoló esta tierra la Reina de las Dunas Blancas y el Príncipe de la Tormenta gobernaron y fueron amados por su pueblo. ¿Y si la familia real viniera a reclamar lo que lleva siendo su hogar desde el principio de los tiempos?

No esperaba nada más que intentar plantar en el monarca la semilla de la duda, aunque tampoco pensaba que fuera a ser útil dado la fría personalidad del mismo. Cuando terminó de hablar empezó a notar en sus pies un suelo más duro. Había empezado el último tramo hasta la capital donde la arena lentamente se iría convirtiendo en un camino de piedras que se habían fabricado con la misma arena del desierto. El volver a pisar el suelo de su tierra le devolvió al tiempo en el que, cada vez que se acercaba una festividad, todos los mercaderes ambulantes y nómadas del desierto visitaban la ciudad, vendían sus mercancías y celebraban bebiendo todos juntos... pero esa época ya era historia, porque lo que había más adelante no era nunca más la ciudad que ella conocía.

-Puede que a partir de aquí encontremos resistencia
-dijo Marisa con una notable sensación de lástima-.
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Mensaje por Gangrel el Lun Mar 25, 2019 10:46 am

Las palabras de la joven le resultaron adorables. Cómo se notaba que en esa tierra no se habían visto todavía las formas plegianas de actuación… Si daba la casualidad de que se encontraba con la reina de esas antiguas tierras, si esta osaba reclamarle algo… Bien. La pondría de rodillas y la obligaría a reconocerle como su supremo amo. Porque al fin y al cabo, ya lo era. En el mismo momento en el que en la primera ciudad de Jehanna se puso la santa bandera del imperio, esta ya había cambiado de gobernador. Tal vez debería desvelar esa triste verdad a la mercenaria… Lo intentaría hacer de una forma agradable, eso sí.

-Si esa mujer cometiera tal insensatez, la venderé como esclava en la capital de Plegia –sí. Esa era la forma más dulce y amable que se le ocurría. El amor de un pueblo muerto no le iba a servir para nada. Solo el miedo y la fuerza acababan volviéndose efectivos- …No ha sabido gobernar esta tierra. Su caída es la prueba. Un rey que no puede mantener su tierra no es digno de llevar la corona. Eso está claro. Yo daré estabilidad y fertilidad a las gentes de este lugar. El orden que ella no ha sabido mantener

Sonrió. No era un completo tirano. No tenía pensado oprimir en demasía a las gentes que le servirían con la toma de esa tierra más allá de lo justo y necesario para que se comportaran con las formas correctas.

De todas formas, lo que le importaba es que su orden se había cumplido a la perfección. La procesión de guerreros siguió en su marcha hacia la antigua capital. Poco le importó la advertencia de la joven, que decía que a partir de ahí podrían encontrar resistencia. Sus tropas acabarían con todo eso en segundos. El rey descabalgó, para analizar el terreno con sus propias manos. Se dirigió hacia el antiguo camino. Se arrodillaría para acariciarlo con frialdad. Por el relieve del mismo, pudo deducir que estaba agrietado por más motivos que los naturales. Ahí se había librado una batalla.

Miró a los lados. Empalizadas de diversos materiales cubrían los caminos, y si tus ojos eran entrenados como los que poseía el monarca, podrías descubrir cadáveres, tanto de emergidos como humanos. No valdría la pena enterrarlos. Sería un desperdicio. Y dudaba que algún cadáver mantuviese algún objeto útil. Suspiró. Miró al frente.

A una distancia que no debía superar los cien metros, se erguían los muros de la antigua capital. Ese lugar era tan inútil que hasta los emergidos habían prescindido de él. Algo habitual era que cuando una de esas mareas grises tomaba un país, colocaban una especie de “centro de mando” en la capital del mismo. En Jehanna no pasaba eso. Patético. Simplemente patético. Hasta la capital en sus mejores días le parecía diminuta y poco sinuosa, a diferencia del gran capitolio imperial de Plegia, que mezclaba los huesos del dragón caído con edificios elegantes y sinuosos, imponentes a la par que sobrios en decoraciones innecesarias.

Giró la vista para mirar a sus tropas. Y luego tornó la cabeza para dirigirse a la pelirrosa.
-…Sería útil que nos dijeras lo que recuerdas de ese lugar. Arterias principales, formas de acceso a la ciudad… Edificios importantes… Cualquier detalle, por minúsculo que sea, tiene su utilidad, mercenaria. Esta es una misión de reconocimiento. Como puedes comprender, no tenemos la capacidad de enfrentarnos a un ejército mayor en número que nos pueda sitiar. Cuanto más salidas y posibilidades de fuga tengamos mejor. Y créeme… Si una de mis tropas cae por un error tuyo, reservaré para ti mis más oscuras pasiones
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Mensaje por Marisa el Mar Abr 02, 2019 2:52 pm

A cada palabra que pronunciaba aquel rey se arrepentía más de haber aceptado el trabajo. Ya no sabía si Jehanna estaría mejor ocupada por los retornados hasta que la reina Ismarie o su hijo dieran señales de vida. Tal vez se había equivocado al pensar que Jehanna estaría mejor si se echaba cuanto antes a aquella plaga pero... ¿a qué precio? No tiene ningún sentido liberar tu hogar si se lo vas a entregar a otra persona. Sobre todo cuando esa persona es más cruel que cualquiera de los retornados. Tal vez la tierra que conoció en su día ya no estaba hecha para Marisa. Una gran sensación de pesar inundó el alma de la joven espadachín que no era capaz de levantar la vista de sus botas cubiertas de arena.

Marisa temblaba, no de frío ni de tristeza, si no de rabia. Las ganas de ensartar el cuello del monarca con su espada iban creciendo en su interior, pero aquello no solucionaría nada. Solo conseguiría que la ejecutasen al instante. Respiró profundo un par de veces. Una única lágrima cayó en la arena que pisaba y, resignada, decidió continuar su misión, terminarla cuanto antes, recibir su pago y desaparecer.

- La entrada del castillo está encarando al sur. Ese es el centro exacto de la ciudad y la plaza principal de la ciudad se encuentra cerca de las puertas de palacio. Desde cada esquina del castillo salen cuatro arterias principales diagonales. La ciudad está dividida en cuatro distritos: uno por cada punto cardinal. La mayoría de calles son rectas, amplias y largas. Todos los edificios son o casas o comercios pequeños de los que ya no queda nada. Los pocos callejones que tiene son espacios entre algunos edificios por el que no cabría más de un hombre a la vez. Solo un idiota caería en emboscada en esta ciudad.

Miró hacia el frente para poder observar esa pirámide escalonada que era el palacio de Jehanna y desenvainó su espada aunque manteniendola baja. Miró a Gangrel con los ojos aún vidriosos, pero con la mirada más desafiante que podía lograr en ese momento en el que su corazón se le iba a salir del pecho.

- Si un hombre cae derrotado no es culpa de otro mas que de sí mismo... -dijo parafraseando a su mentor- Ahora si Su Majestad lo desea, me gustaría terminar mi trabajo, cobrar y salir de esta tierra maldita.

Aunque en realidad la frase no estaba ni completa ni exacta. La cita original dictaba: "Si un soldado cae en el campo de batalla, la responsabilidad es de sí mismo por débil y de su comandante por necio. Lucha por ser fuerte y no tendrás que estar bajo las órdenes de ningún necio". Lecciones como esa son las que se habían quedado grabadas a fuego en la mente de Marisa y que, últimamente parecía estar olvidando o, al menos, no aplicándolas tan a rajatabla como solía hacer antes.
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Mensaje por Gangrel el Miér Abr 03, 2019 3:01 pm

El monarca se detuvo en mirar a los ojos de la fémina por un momento. Casi no dio crédito a lo sucedido. ¿Estaba llorando? Maravilloso. Eso era lo mejor que podía causar. Los años pasaban por sus hombros y sin embargo, no perdía esa capacidad para destrozar las débiles corazas mentales de quienes le rodeaban. Y solo con palabras. Era increíble. Hasta él mismo temblaba ante su grandioso poder, puesto a que ni siquiera se percataba de esas cosas. Simplemente hablaba, y lo que sucedía luego era lo que el hado considerase más adverso. No pudo evitar descabalgar ante tal situación para dirigirse hacia ella, con un semblante frío y carente de toda forma de humanidad.

La escuchó, mirando sus vidriosos y quebrados ojos como si fueran dos hermosas joyas. Mostraban impotencia, arrepentimiento, debilidad. Y eso era perfecto para él. La verdadera faz de la única belleza que Gangrel podía apreciar. En su rostro se dibujó poco a poco una sobria y analítica sonrisa. Sus tropas se estremecían en silencio. ¿Qué pensaba ese que era su emperador? Normalmente, solía apartarse y mantenerse alejado de los soldados rasos, pero ahí estaba, a un escaso metro de la contraria.

Se mantuvo taciturno hasta que esta finalizó su descripción del territorio enemigo. Una ciudadela obviamente creada para los civiles y no pensada para defender a la corona. Penoso. Por eso mismo, habían caído. Por eso mismo, el estandarte de Plegia se posaría en esa ciudad. No era una fortificación. Todo capitolio debía tener suficiente capacidad como para resistir un asedio, ¿y cómo se hacía eso? Pues con mil puertas no.

La miró por unos segundos más y lanzó un largo suspiro, desenvainando una daga de uno de los compartimentos secretos de su armadura, que colocaría en la yema de su dedo corazón, intentando equilibrarlo en el sitio.

-…Todo mantiene un orden natural, Marisa. Todo. Existe una santa jerarquía natural que ha organizado a los humanos como están y ha establecido a algunos por encima de otros. El sistema ha funcionado bien por mil años, tal vez más. Tal vez desde el inicio de los tiempos. Pero la llegada emergida destruyó todo. Y los que ascendieron en el mundo sin tener el poder natural para ello, cayeron presas de la desdicha. A tu reina le pasó eso. A mi rey le pasó… Y quien sabe si algún día me pasará a mí –se rascó la barba, pensando cómo proseguir. Tras unos pocos segundos, movió la daga con agilidad, para guardarla nuevamente en uno de los secretos compartimentos de la armadura- …Con esto quiero decir… Que lo que ha sucedido por desgracia va a condenar a tu país a un cambio. Pero es que el cambio implica mejora. El cambio implica cercanía a la perfección. Quién sabe, igual hasta la voluntad de Grima es que tú quisieras irte de este lugar. Nunca estaremos seguros… –su tono de voz se agravó rápidamente. Por unos segundos, había parecido que hasta intentaba consolarla, pero rápidamente contrarrestó ese error por su parte- Y ahora tampoco urge saberlo. Lo importante es explorar esta muerta ciudad. Y si tan disconforme estás con tu país… Tal vez, si sigues siendo eficaz para el Tercio y… –sonrió pícaramente- Tan difícil de domar, tal vez, y solo TAL VEZ, te permita coordinar los planes de concordia entre mis gentes y las tuyas. Y así… Quién sabe. A lo mejor consigues ver a los habitantes de Jehanna felices… ¡Pero antes guía el camino!

Comenzó a reír mientras volvía a subirse a su caballo, dando la orden con la mano para que sus tropas avanzaran en formación. De entre todos los soldados ahí presentes, comenzarían a avanzar sacerdotes ataviados en negro, escribanos que se encargarían de esbozar un mapa de la ciudad y analizar lo que encontraran por el camino.

Ya quedaba menos. Solo eran unos pocos pasos antes de entrar en la antigua capital de esa ciudad y la podría analizar como lo que era: una futura colonia más de su emergente imperio. Y mientras avanzaban, Gangrel solo podía hacer una cosa.

Reír.
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Mensaje por Marisa el Dom Abr 07, 2019 5:16 pm

Caminaba recto por la avenida sudeste camino al palacio, antiguo hogar de aquella familia de cabellos rojos que tanto le había dado a Marisa. Pero volver a pisar la ciudad le hizo revivir el día en el que todo cambió. Ya no había Jehanna y no había forma de hacerla volver. Su príncipe ya no iba a necesitarla. Ella le buscó... ¿por qué él no hizo lo mismo? No... era demasiado temerario. Probablemente luchó hasta caer en la lucha. Marisa tenía que preocuparse por si misma, por sobrevivir hasta que encontrase un nuevo objetivo. En el fondo ya lo sabía y por eso se puso al lado de un rey tirano por unas simples monedas. Eso es lo que era. No era más que una mercenaria, sin patria ni honor, solo fiel al señor que más monedas lleve en su bolsa.

- Ya pertenecí a una nación y ya véis como acabó. Me halaga que queráis que sea vuestra súbdita o que penséis que vuestro Dios tiene algún plan para mi, pero ya no creo en dioses o reyes aunque siempre podéis contar conmigo si tenéis más oro que vuestros enemigos.

Ya no lloraba. Ya no sentía nada, solo pensaba en cual iba a ser su próximo objetivo. Pensó en Renais en un primer momento... Pero el mundo era más grande. Podía buscar algún contrato fuera del continente... alejada de todo. Caminaba en el frente cabizbaja mientras reflexionaba sobre todo. No había un ruido más que el de el resto de hombres que marchaban a su espalda, no desenvainó al no sentir ningún peligro aunque instintivamente caminaba con la diestra en la funda de su espada.

El atardecer se estaba apagando y el naranja del atardecer no tardaría en dar paso a la luz de las estrellas cuando entraron a la plaza principal de la capital. Donde antes solo había un incesante bullicio de mercaderes, nómadas del desierto y residentes de la ciudad ahora solo quedaban losas de piedra algunas agrietadas y levantadas dando evidencia del galope de pesadas y numerosas monturas. Marisa levantó la cabeza y observó las puertas de palacio abiertas de par en par con evidentes síntomas de haber sido abierta a la fuerza. Parecía que el tiempo se había detenido desde que se libró la batalla, pero ya no quedaban ni los cadáveres de los caidos. Marisa no pensó en ello. Al fin y al cabo era mejor para ella no ver el cadáver de nadie. Estaba todo muerto, ya no era más que piedra sobre arena. No había nada que hacer allí.

- Mi misión era guiaros hasta aquí y así se ha hecho -dijo con cierto todo de confianza-. Soy mercenaria y se me prometió un pago, Majestad. Pagadme y me retiraré hasta que tenga otro negocio que pueda interesarme.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Abr 20, 2019 7:21 am

…Acabar ahí… No. No lo veía precisamente factible. Todavía quedaba hacer un mapa de la ciudad exacto, y asegurarse de que no habían supervivientes a los que socorrer (y posteriormente utilizar como si fueran mano de obra esclava, aunque eso era algo que él negaría por completo). No podía dejar ir a la guía hasta que no hubieran llegado al campamento de vuelta. Luego, sería libre para hacer lo que quisiera, sí. Pero el contrato seguía siendo vinculante y Gangrel iba a hacer que se cumplieran sus designios a rajatabla. Nunca se había encontrado con una mercenaria tan… Extraña. Y eso le resultaba un verdadero reto.

-…Siempre tendré más oro que cualquiera que se ose enfrentar a mí, eso no lo dudes. Pero si no crees en dioses ni reyes… Te aconsejo que vayas a la tierra de los laguz: Gallia. Un lugar sin dueño en el que el caos no parece ser problema para permitir a sus habitantes vivir con austeridad en los bosques de lo que otrora fue un reino. Toma mi consejo y acátalo como quieras. Pero te aviso: el paraíso solo espera a los guerreros de Grima todopoderoso

Sí. Había sido amable otra vez, aunque fuera un segundo, y es que sabía perfectamente que esa tierra ni el poder de un emperador podía imponerse. Gallia era el paraíso de los forajidos, puesto a que no había ley que nadie pudiera imponer. Triste a ojos de Gangrel pero cierto. Tal vez debería plantearse el hecho de llevar la cultura grimante ahí también.

Pero no era el momento. Siguió caminando mirando el desolador panorama: solo quedaba ruina. Lo que una vez fue una capital de un reino más o menos poderoso, se había reducido ahora a escombro. Ni tan siquiera se veían emergidos. Tal vez quedaba alguno, pero aun así… No serían amenaza. Suspiró. No encontrarían seres vivos ahí, y eso lo tenía muy claro.

Pero merecía la pena intentarlo. Descabalgó para acercarse a uno de los coroneles del tercio, hablando en un codificado lenguaje de signos que solo los altos mandos plegianos conocían. Básicamente, se podía resumir lo dicho con la mano a una frase simple: “envía a tus hombres a explorar”. No podían hacerse grandes explicaciones, y había lugar para que lo ambiguo se apoderase del coronel, pero una frase así no podía tener otro significado. Dio un potente bocinazo para que todos los soldados que se encontraban a la espera comenzaran a dispersarse, en grupos de diez piqueros y cinco hechiceros cada uno. En poco tiempo, el Tercio se había descompuesto para explorar la ciudad.

Gangrel volvió a mirar a Marisa, sacando de un pequeño bolsillo de la capa puesto ahí para esas ocasiones un pesado zurrón que cabía en la mano del rey, del que sacaría una sola moneda con el blasón imperial (el León de Azabache con un cáliz sobre él y una estrella coronándola), lanzándola hacia la mercenaria con un movimiento de dedo.

-…Considéralo un adelanto. En este zurrón está la paga entera. Ya lo tenía previsto, Marisa –comenzó a jugar con el pequeño saquito y lanzándolo al aire para después recogerlo- Y sí, eres la legítima propietaria ya de todas las monedas que hay aquí. Un pago suficientemente grande como para que te pagues una casa más o menos humilde y puedas comprar algún que otro animal para tener un negocio honesto, e incluso sobraría para darte a ti misma una dote suficiente como para casarte con algún hidalgo atractivo. Pero sé que tú vales más que eso y vas a querer duplicar lo que hay aquí. Podrías ser un soldado regular de mi ejército y cobrar este zurrón mensualmente, pero sé que eso no te gustaría. Pero… Aun así, si me acompañas hasta que finalice la operación y me permites combatir a tu lado si se diera el caso, te daré el doble. Así pues… –dejó caer el zurrón al suelo, apartándose de él para que Marisa decidiera si cogerlo o no desde ahí- Toma el zurrón y vete o sé paciente y llega al campamento con nosotros. Recibirás suficiente dinero como para comprar una armadura completa, con sus armas y demás complementos. Y creo que como mercenaria eso te lucraría bastante
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Mensaje por Marisa el Lun Abr 29, 2019 2:16 pm

Mientras las tropas que acompañaban al monarca plegiano se iban disgregando y sus voz tomaba el silencio de la desierta ciudad. Marisa recapacitaba pensando en si merecía la pena marcharse o, si por el contrario, permanecer junto a aquel hombre con delirios de grandeza y poder ganar algo más de dinero.

Cogió la moneda al vuelo cerrando el puño en el aire sin apartar la vista de Gangrel. Se pudo oir sus dedos chocar contra la palma de su mano y se pudo observar el resplandor de la moneda desaparecer entre sus dedos. Solo una moneda brillando grabada con unos dibujos extraños para ella al no haber salido nunca del continente. Una bolsa entera de esas podría ayudarla muchísimo pero, ¿y el doble?

El doble significaba poder pagarse un transporte y provisiones para poder llegar de forma cómoda a prácticamente cualquier lugar del mundo, también podría comprar un equipamiento decente y sobrevivir durante un tiempo antes de pensarse siquiera buscar meterse en otro trabajo con cualquier ejercito desequilibrado que hubiera en aquel mundo de locos. En ese momento estaba en un momento de necesidad y cualquier dinero le venía bien para empezar su viaje. Tal vez se estaba metiendo en terreno pantanoso al hacer tratos con gente tan desequilibrada, pero en Magvel ya quedaban pocos que pudieran permitirse contratar mercenarios y la vida de campesina no era ni siquiera una vaga posibilidad en la mente de Marisa.

Se guardó la moneda en un bolsillo dando las gracias con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza y caminó hacia el zurrón. Estaba lleno de monedas y la tentación de llevárselo era fuerte, pero ya había tomado una decisión, así que, tras coger el oro, dio otro par de pasos hacia delante y puso la bolsa en manos de Gangrel.

- Valgo mucho más que una casita en el campo y algunas cabezas de ganado, usted mismo lo ha dicho - dijo con confianza - y no creo que el matrimonio o la vida de madre de familia esté hecho para una mujer como yo, en eso tiene toda la razón. Es usted muy observador y eso hace que le tenga más aprecio que al resto de personas.

Ofreció su mano para dar un apretón a su contratante y le miró a los ojos esperando que él hiciera lo propio aunque sabía perfectamente que no era algo que se hiciera con ningún miembro de la realeza de ningún país. Con la zurda se dió un pequeño golpe en la cadera donde se encontraba envainada su espada.

- Pues que sea el doble, Su Majestad y mi espada estará contigo hasta que lleguen usted y sus tropas sanos y salvo a su campamento.
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Mensaje por Gangrel el Vie Mayo 03, 2019 5:08 pm

Y su tesis se corroboraba, por fortuna o por desgracia. El oro servía más en esa mujer que cualquiera de las artes de las que pudiera disponer, incluida la labia. ¿Tal vez cortejarla serviría de algo? Podría ser divertido intentarlo. Pero debía ser pragmático, y debía limitarse a llegar con vida para un nuevo plan a futuro de alguna ciudad que conquistar. Y tal vez seguir pagándola a ella para que guiara al ejército por un desierto que todavía no conocían demasiado.

Sonrió desafiante a la joven al ver cómo esta declaraba que un par de cabezas de ganado no iba a servirle para nada. Obviamente. Solo la guerra saciaba el corazón del verdadero humano. Y ella era fuerte aunque no lo pareciese. Y eso le gustaba en un soldado. Una buena característica a tener en cuenta y que venía prácticamente gratuita, puesto a que no tenía conocimiento alguno sobre cómo era la mercenaria. Solo le faltaba verla en combate para poder pagar satisfecho.

-Ese es el espíritu que debería tener toda mercenaria, Marisa. Me gusta –sonrió desafiante, rascándose el mentón para mirar a algunos de sus soldados que seguían por las cercanías, solamente para tomar atención en más cosas- Te invitaré a un festín cuando terminemos. Solo para comer, soy hombre prometido –acentuó con excentricismo, soltando una breve risa tras su comentario- Y luego podrás irte. No te detendré… Pero recuerda que a mi lado obtendrás mil misiones más mucho más cotizadas que en ningún otro lugar del mundo

Se apartó poco a poco, desenvainando el arma para mirar hacia el lugar en el que según había contado la joven se debería encontrar la plaza principal del antiguo capitolio. Quería verla. Necesitaba hacerlo. Quería ver ese antiguo lugar que otrora llegó a ser la arteria principal de un antiguo reino que hasta anexionó en el pasado a otro. Chasqueó los dedos, para hacer que algunos soldados cercanos comenzaran a hurgar en las cercanías con más intensidad. La miraría por unos segundos, dudando sobre si sería más útil ir él solo o por si acaso escoltarse con ella.

-…Ven conmigo. Vayamos a la plaza central. Y mientras tanto… –miraría el filo de su arma con tranquilidad para luego comenzar a caminar hacia el frente, decidido y sin detenerse un solo segundo en el proceso. La capa de elegante terciopelo se movería a la par que él, dando así al monarca la figura de poderoso rey que le gustaba imponerse- Ten cuidado, anda. No me gustaría tener que dejarte por ahí tirada y no poder pagarte, ya me había hecho a la idea de verte con un saco gigante de monedas entre las manos

Se acercaría entonces a una calle bastante estrecha completamente vacía, suponiendo que Marisa le seguía. Por los antiguos rótulos y demás, podía deducir que ese antiguo callejón debió ser otrora una pequeña zona repleta de posadas, armerías y herrerías, puesto a que esos tres negocios deberían ser los que más debía haber en un país que se volvió famoso por exportar en toneladas a miles de mercenarios cada día.

Escuchaba algo. Solo algo, efímero, fugaz. Posiblemente algún gato, ¿no? Era poco posible que fueran humanos. Pero en la mente de Gangrel ya se esbozaba una posibilidad.

-Me juego una ánfora entera de vino a que ese ruidito de pasitos van a ser emergidos

Y, tal y como decía eso, de un hogar cercano comenzaron a surgir unos pocos emergidos. Tres. No. Eran cuatro. No demasiado, pero molestos incluso para él, que ya era un guerrero bastante más experimentado de lo que se esperaba de un rey.

-Muy bien… ¿Yo voy a por tres y tú a uno? ¿Lo hacemos a partes iguales? Este sitio es un poco estrechito… Habrá que tener cuidado, cariño. También podemos huir, pero no creo que te guste esa idea –arrojaría en ese mismo momento la primera daga con fiereza frente al primer emergido, que armado con una lanza, poco podría hacer. La daga se incrustó sobre la cabeza del mismo, y en pocos segundos, cayó de rodillas hacia el suelo- Uno. Venga, ahora es más fácil. Que comience el baile
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Mensaje por Marisa el Mar Mayo 14, 2019 3:33 pm

La repentina amabilidad de Gangrel hacía que los radares de peligro de Marisa se disparasen. No solía confiar en la bondad o la generosidad de la gente y mucho menos de la gente que le pagaba. Ella sabía que la intención del monarca era atarla a su nación, pero su única nación ya no existía y no iba nunca más a pertenecer a otra, sin embargo, ella solo sonrió y le siguió el juego al monarca. Solo deseaba el dinero prometido y poder conocer mundo.

- Me halaga, señor -dijo imitando el acento de una dama de alta cuna-, pero como bien sabrá el espíritu de todo mercenario es no dejar de serlo nunca. Mi libertad vale para mi más que todo el oro del mundo.

Cuando Gangrel le dijo que le acompañara, Marisa desenvainó como antes él había hecho. Caminó rápido hasta ponerse hombro con hombro al lado de su empleador.
- Tranquilo -dijo en cierto tono jocoso-, me iré de aquí vivita y coleando con el oro, procure que no tenga que tomarlo de su cadáver.

Caminando por un callejón que recordaba por su bullicio habitual, el ir y el venir de las mercancías y la charla de la gente se distrajo de su objetivo durante unos instantes, pero cuando miró que su mano estaba casi instintivamente calentando la muñeca derecha para la batalla y entonces se percató del ruido de pasos que se acercaba hacia su posición. Movió su pierna derecha hacia atrás, la hoja iba paralela a su pierna y su cuerpo inclinado hacia delante para mantener el equilibrio.

- Descuéntamela del sueldo.

Cuando los enemigos empezaron a llegar, ella esperó paciente en su guardia. Hizó un primer amago de atacar cuando vió un cuchillo clavarse sobre la cabeza del que estaba más cerca. Un espadachín saltó sobre Marisa a lo que ella respondió con un leve giro de espalda y llevando su hoja al frente para parar el impacto. Los metales sonaron fuerte, pero antes de que el sonido se disipase en el aire, Marisa aprovechó la fuerza del impacto para dar un giro completo y encallar su hoja en el costado de su enemigo.

Cuando desencajó la espada de las costillas ya tenía encima a otro enemigo que le asaltaba con su lanza. El alcance de la lanza era superior al de su espada por lo que tuvo que esquivar y desviar varios ataques de ésta para encontrar un hueco libre. Consiguió dar un paso al frente y clavarle verticalmente la espada en su barbilla hasta que sintió en la empuñadura como la hoja topó con el cráneo de su contendiente.

- Creo que a partes iguales vamos bien, pero si quieres te ayudo.
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Mensaje por Gangrel el Miér Mayo 15, 2019 6:38 am

El combate era una forma divertida y… Verdaderamente pragmática de analizar el poder de un mercenario. Más importante. Era la única forma de juzgar hasta qué punto tenían valor las palabras de un individuo. Contra emergidos, contra otros seres. Solo cuando un corazón se tenía que poner frente a la crudeza de la guerra se sinceraba con lo que le rodeaba. Eso no era nada más que interesante y hasta lúdico a ojos del emperador. No había sido capaz de comprender algo así hasta que al fin, tras años siendo amo y señor de Plegia, tuvo que luchar por sus conquistas, mejorando tal vez en pocos meses más que en toda su vida. Pero ya meditaría sobre el asunto más adelante. Tal vez, en medio de un lance contra un emergido, no fuera una gran idea ponerse a reflexionar en eso.

Clavó una mirada desafiante al próximo emergido contra el que se dirigiría, dando un largo paso para acercarse lo máximo posible para que el corte de su daga pudiera acabar con él lo más rápido posible. Este emergido estaba armado con una larga espada, con la que se lanzó hacia el frente, viendo que Gangrel iba por ahí. Pero no. Verdaderamente, lo que había hecho el monarca era acercarse por un lado a ese ser, evadiendo el corte para luego colocar su manos sobre la muñeca del emergido. En cuanto le tuvo agarrado así, el resto salió solo.

Avanzar un paso hacia el frente, para luego girar, llevando el brazo con ese arma con él, de tal forma que el filo quedaba por la parte contraria, de tal forma que la espada quedaba totalmente inutilizada. Luego, avanzó, llevando hacia arriba el brazo, y volviendo a acercarse a ese maldito rápidamente.

Obviamente, en cuanto eso pasó, el brazo, ahora recogido, cayó con el arma. Desarmado completamente, Gangrel solo tuvo que desenvainar su daga y clavarla contra la frente de su enemigo.

-En el mismo momento en el que necesite ayuda para un combate, méteme en una caja de pino y entiérrame. –dijo el monarca con humor, lanzando el cadáver hacia el otro emergido que quedaba vivo, tomando una tercera daga que empuñaría por la mano izquierda, dejando la parte filosa hacia arriba, preparándose para defenderse, retrocediendo con su arma en ristre constantemente- Pero bueno, eso te toca a ti. Dos cada uno, ¿no? Pues venga

Esperaría con una pícara sonrisa en su rostro, girando su cabeza al escuchar un nuevo sonido proveniente de su espalda. Más emergidos.

-Jum, querida, creo que les gusta cómo combates… Porque en serio, aquí hay más… Jum. Creo que deberíamos retirarnos. Sí, mejor que sí. Mata a ese y vamos por ahí. Mis Tercios nos seguirán posiblemente –se fue acercando poco a poco por precaución hacia ella, todavía con el arma apuntando a esa nueva media decena de enemigos. No. Ni siquiera un soldado de élite del Tercio podría protegerse de tantos enemigos estando solo. Volver al campamento era la opción más inteligente en ese caso- Cuando tú quieras. Pero… Esto no me gusta un pelo
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