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Mensaje por Judal el Mar Mar 05, 2019 1:09 am

No era necesario alejarse demasiado de la capital para encontrar zonas donde aún se podían encontrar emergidos incluso en un país oficialmente liberados. Como las cucarachas y las ratas, estas plagas podían declararse extintas pero simplemente era que no se dejaban ver, en la realidad siempre prevalecían en los rincones menos transitados de una cocina o despensa en pequeños números, lo mismo con los emergidos en un país. Y esto era conveniente cuando se tenía una escuela de magia oscura donde se estudiase de primera mano a estas criaturas y donde siempre se estuviesen necesitando especímenes tanto para estudios como para prácticas. Así que era rutina que el consejero real y segundo al mando de aquella institución, se encargara el tener programadas excursiones para ir a buscar especímenes vivos para solventar las demandas de manera regular.

El pequeño grupo había salido tarde en el día de la torre y llegando al claro al este ya el sol se estaba ocultando en el horizonte, nada que le preocupase a esta gente que solía estar más activa por la noche. En esta ocasión llevaban, a parte de lo tres soldados de siempre, dos magos jóvenes nuevos en la tarea y el príncipe mismo los acompañaba para educarlos en diferenciar a los emergidos que servían y cómo capturarlos sin matarlos así de cómo guiar a los guardias para que hicieran su trabajo. Aprovechando la salida, el consejero decidió acompañarlos para tener tiempo de discutir asuntos de importancia con el príncipe, últimamente ambos estaban tan ocupados que no tenían tiempo para sentarse propiamente a discutir y cualquier espacio de tiempo era preciado para ambos.

Sentado y guiando la carreta elegante reforzada con dos jaulas para llevar a lo emergidos y tirada por dos caballos, el pelinegro se mostraba pensativo mientras uno de los jóvenes magos oscuros, recién iniciado, sacudía su pierna nervioso en el espacio a su lado. El príncipe iba en la otra carreta similar con el otro jóven mientras que los soldados iban a caballo llevando en sus alforjas todo lo necesario como cadenas, cuerdas y demás. Cansado de sentir el constante sonido de la bota ajena golpear contra los apoya pies de madera el estratega dirigió una mirada asesina a su acompañante. - ¿Puedes dejar de moverte? En todo caso, no deberías estar tan nervioso, deberías estar feliz de que se te ha seleccionado para entrenarte en tan importante tarea. - El joven se tensó aún más y se sujetó las rodillas intentando mantener la calma, pero todo el asunto de los emergidos le tenía nervioso. - Me siento honrado, no piense mal Señor, solo que tengo una duda que no me he atrevido a hacer delante del príncipe… ¿Qué les ocurrió a los anteriores encargados de las expediciones? - La carreta seguía el camino marcado por los tres caballos que iban al frente, los entrenados soldados rastreaban con envidiable facilidad a los reducidos grupos emergidos que se movían por esa desolada zona, a su paso el ruido de los grillos era tan fuerte que cubría el crujido de la tierra y gravilla aplastada por las gruesas ruedas tachonadas. - Murieron por equivocarse y tratar de capturar un par de emergidos muy fuertes. Así que procura aprender bien tu trabajo. - Los grillos también ahogaron el pequeño gemido de terror del mago aunque no la risa gustosa del pelinegro.

Los soldados se detuvieron y bajaron los cuatro dejando las carretas para continuar a pie, udal de inmediato mandó a los dos más jóvenes a ir detrás de los soldados que también dejaron los caballos atados a un árbol y continuaron a pie, así podía tener momento a solas con el príncipe. Sabiendo que iban a tener que caminar y moverse por terreno complicado había optado por hacer su trenza apretada y subiendo la punta hasta el nacimiento de esta, apretarla en la misma abrazadera de oro formando así una suerte de lazo a su espalda que solo colgaba hasta casi su cintura y no hasta sus rodillas. Para evita ensuciarse la ropa había optado por botas altas y pantalones ajustados en tono negro y una camisa liviana para el clima cálido que esa noche prometía, llevando la camisa abierta hasta la mitad de su pecho se veía el grueso collar de oro con la gema roja así como un anillo de plata y oro sujeto por una delgada cadena colgando de su cuello siendo este el sello como consejero del príncipe, una capa delgada se ajustaba a sus hombros y cortaba el viento de la noche, de su cinturón colgaban tres dagas que esperaba no tener que utilizar, tenía espacio para cuatro pero en una de las fundas llevaba un lápiz de grafito así como un par de hojas de caña dobladas, eran materiales caros para tenerlos tan descuidadamente pero se había acostumbrado a la abundancia al lado del príncipe. Posicionándose a su lado del pelivioleta comenzó a hablar de inmediato. - Su partida a Regna Ferox es en apenas tres días, espero que ya tenga todos sus asuntos resueltos, ya he enviado las cartas correspondientes para reservarle hospedaje y dejé encargada su comida, también los guardias que le acompañarán en el camino. -
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Mensaje por Pelleas el Jue Mayo 16, 2019 2:10 am

No era muy usual poder decir que Pelleas se comportaba responsablemente respecto a algo, que estaba a la altura y cumplía su papel, pero en lo que a sus deberes como maestro respectaba resultaba bien ser ese el caso. Aquello se debía, desde luego, a que realizaba lo que le apasionaba, justamente lo que solía rehuir de sus responsabilidades reales para hacer. Tal como un par de años atrás se retiraba cabizbajo de innumerables fallos ante la corte o el consejo de defensa del reino para enfrascarse en sus estudios mágicos, en aquella época no desempeñaba otro rol sino el de sabio y maestro; y lo hacía con excelentes resultados, contando ya con una afluencia de unas pocas de docenas de estudiantes, muchos para la época que corría, asistiéndoles en el desarrollo de su capacidad mágica, impartiendo con razonable éxito su conocimiento en cuanto a hechizos y maldiciones y trabajando aún en investigar más, ahondar más su propia relación las artes. Se dedicaba a aquella escuela de magia con todo de sí.

Desde luego, los asuntos externos relacionados con la institución, como presentar a la corona los informes de sus actividades o gestionar cual fuera a ser su participación en asuntos bélicos concretos, se los dejaba a Judal. Las tareas que el rol de príncipe heredero pusiera sobre Pelleas, que no eran muchas con un gobierno tan rígido como el de su padre y más que nada consistían en gestionar el relacionamiento con el reino aliado de Durban, también las dejaba a Judal, dado que él entendía mucho mejor la administración de la construcción del nuevo puerto y el flujo de gente que partía o venía. La delegación de tareas y mandatos respecto a la provincia de Crimea, Judal se había ofrecido encarecidamente a tomar y llevar a cabo de acuerdo a las intenciones establecidas por el príncipe, por lo que se lo dejaba también, concedido a él el título de gobernante del lugar. Incluso las decisiones a tomar de los movimientos de conquista sobre Begnion se las dejaba a Judal, dándole abiertamente su permiso de redactar en su nombre las propuestas, que Pelleas luego firmaba casi que sin leerlas. En todo ello dependía de aquel bailarín, quien hacía su existencia cómoda y le permitía dedicarse a lo que en verdad deseaba. Era insondable su gratitud hacia él.

No obstante, llevaba a cabo las ocupaciones que le correspondían. La expedición de aquel día la había pedido él mismo, con objeto de dejar a aquel par de aprendices en conocimiento verdadero y práctico de cómo tratar a los sujetos de prueba, de los cuales quedaban ya pocos en las celdas de la torre. Imaginaba que la voluntad de Judal de acompañarles se relacionaría también con el deseo de tenerlo todo en orden; francamente le era grato tenerle allí, por lo que no le incomodaba esa decisión. Él, por su parte, llevando a cabo en la manera usual aquel proceso, se ocupó en el camino en explicar lo mejor que pudiese al aprendiz con quien compartía transporte las precauciones a tomar y lo necesario a saber al respecto. Una vez bajados de los simples vehículos para continuar rumbo a pie, pasó su atención e intercambió algunas palabras también con los soldados, quienes le informaron las condiciones más detalladas de los emergidos que rastreaban ese día: un choque a mediana escala entre un grupo emergido que parecía imitar el aspecto de soldados daeinitas, con uno que lucía como una banda mercenaria del desierto jehan. Condiciones propicias y buenas, pues uno de los bandos ni siquiera les estaría atacando y si arribaban antes de que terminasen del todo su enfrentamiento, hasta podrían servirse del mismo para tener los números de las criaturas bajo control. Expresado todo aquello, reanudaron enseguida el camino.

Judal no tardó en aparecer a su lado, como siempre hacía. Pese al modo en que le hablaba, yendo directo a más asuntos sin siquiera una palabra de introducción, Pelleas no falló en recibirlo con una sonrisa amable. Instintivamente ajustó su paso, permitiendo a aquella leve distancia formarse entre ambos y el resto del grupo, a modo de prestar oído cómodamente a lo que el bailarín mencionaba. Claro, aún estaba ese asunto en qué pensar, el de Regna Ferox. El motivo por el que estaría lejos de casa cierto período. - ¿Tan pronto es? Cielos, el tiempo ha pasado tan rápido. Pero sí, contando con que usted mantenga el orden general en la torre, he dejado suficientes indicaciones de estudio individual. Los discípulos más avanzados estarán sobreviendo a los demás, también. - Comentó, asintiendo. La intención de decir más se quedó atascada en su garganta unos momentos, el aliento sostenido, andando algunos metros más. La forma en que Judal había explicado aquello le había dado a entender que no estaría a su lado.

- Es de esperarse, supongo, que no pueda acudir conmigo a Akaneia después de todo… aunque deseaba que pudiera… -  Agregó en voz alta su pensamiento, la mirada puesta en el suelo del camino algunos metros adelante. Comprendía que el trabajo de Judal era tan exigente y arduo, como crucial en el reino en ese momento. Un viaje que realmente no hacía falta que hiciera, sino por gusto o por acompañar, no sería lo más prudente. Aún así, le sonsacaba un breve suspiro. - ¿Cree usted que haya sido acertada mi decisión? Espero estar bien, espero que todo salga bien... -

La preocupación no tenía fundamento. Él mismo había tomado en cuenta el llamado al evento alteano y se había ofrecido a acudir, confiando lo suficiente en su magia y siguiendo el deseo aún imperativo de demostrar el valor de la misma a los ojos de su pueblo. El valor que su príncipe pudiera demostrar tener. El valor del reino guerrero en sí. Preguntarse ahora si sería capaz no tenía mucho sentido. Tampoco lo tenía preocuparse de estar bien sin el consejero, quien no era un estratega de guerra precisamente, sino un administrador y político. En combate Pelleas regularmente se las arreglaba por su cuenta y hasta solía asegurarse también de proteger al otro. Por lo demás, había viajado a solas extensamente desde antes de conocerlo y sin dudas podía volver a hacer como antes, habiendo estado en la misma Regna Ferox anteriormente. Ni siquiera se trataba de extrañar a la persona con quien intimaba con frecuencia, no había asomo de esa clase de actitud en sus palabras. No había inquietud que tener realmente, y sin embargo, cuanto había llegado a depender de los servicios de ese hombre le hacía titubear respecto a no tener su guianza.
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Mensaje por Judal el Miér Jun 19, 2019 5:42 pm

El consejero mantenía los asuntos de la torre, al menos los académicos, en excelente orden, a decir verdad, si no fuese por su personalidad segura y abrumadora, así como su constante presencia al lado del príncipe, probablemente no tendría el respeto que ostentaba por parte de los alumnos. No era un mago oscuro aún, pese a que controlaba casi todo en la escuela y dedicaba su tiempo libre a estudiar de los mismos libros que los alumnos, aún se negaba a recibir la iniciación. Siendo un tanto obsesivo, prefería saber exactamente donde se estaba metiendo y que consecuencias podría traer, la idea del poder le seducía de forma constante, sobretodo cuando veía al príncipe tener tanto control sobre aquella entidad casi viva y arrasar con enemigos con solo el mover de su mano… pero también veía ahora de cerca el precio que esa magia cobraba a los que no sabían manejarla de la manera adecuada; alumnos que susurraban temerosos de la oscuridad, heridas como llagas supurantes en la piel irritada, síntomas de envenenamiento tras el uso de un hechizo demasiado poderoso, y claro, no podía faltar alguno que otro que perdía capacidades mentales tras esforzarse demasiado. Y no era solo las cosas de las que ahora era testigo, si no también las que leía en libros, rituales que salían mal, maldiciones que afectan al lanzador si solo una entonación era equivocada, tónicos o pociones que el solo cambio de temperatura ambiental podría cambiar totalmente su resultado. Todos esos factores le hacían irse con pies de plomo a la hora de adentrarse en aquel mundo… pero claro, estaba Pelleas, la prueba de cuanto poder podría ganar en aquel camino si lo transitaba de manera correcta.

Apenas lo miró mientras el otro hablaba, mirando el entorno con cautela aunque sus pasos fuesen firmes y seguros. - Lamento si eran sus deseos, pero no puedo acompañarle. No ocurre nada malo en Crimea, pero debo hacer un par de viajes para asegurarme que todo siga manteniéndose acorde a lo trazado, hay aún muchas cosas que hay que traer de allí, libros principalmente, después de la primera selección que realizó quedaron muchos detrás que sería bueno traer antes… eh… para tenerlos más a mano, a parte hay varios documentos que sería bueno tener en territorio nacional, por seguridad. - Las cosas en Crimea no iban tan bien como él decía, los emergidos habían tomado bastante terreno y los locales ya dejaban de responder al gobierno habiendo varios focos de rebeldes, y es que la administración estaba siendo derechamente abusiva. Altos impuestos para las clases altas, las clases trabajadoras habían perdido sus propiedades en tierras y ahora trabajaban los campos para el gobierno, quedándose con una mísera fracción de lo que cultivaban, todo recurso natural estaba siendo explotado, las minas de piedra y los bosques con árboles idóneos para la construcción estaban siendo trabajados día y noche, el total de materiales de la torre de magia había salido de aquellos cuasi campos de concentración haciendo que el costo de la misma fuese ridículo. Tenía claro que no era un plan que funcionase por mucho tiempo, era más un “exprimir hasta la última gota y descartar”, y habían muchos factores por los que podría alegar ante una pérdida de territorio, desde invasiones laguz hasta los mismos emergidos, filtrando él mismo la información confiaba que podría hacer creer lo que deseara al daenita.

Un poco despreocupado asintió con la cabeza ante las preocupaciones del otro y feliz de poder cambiar el tema antes que surgieran preguntas. - Fue la mejor decisión que pudo haber tomado para su imagen. Ya ha peleado mucho con emergidos y sabe que son más fuerte que los mortales que caminamos sobre esta tierra, será pan comido para usted y si algún héroe alteano se le cruza, solo haga humito y verá que se hará sobre sus pantalones. Son temerosos del poder oscuro… tontos adoradores de Naga… casi tan cegados como Begnion con Ashera. - Murmuró entredientes mientras miraba cómo los guardias se detenían junto a los ayudantes y con un par de señas indicaban que ya habían avistado a los emergidos. - Confíe en su magia y en su fortaleza para manejarla, llegará lejos en la competencia y tiene altas chances de ganarla, es un título que portará con honor y que su majestad no podrá negar. Haré mi mejor esfuerzo para ir a ver la final cuando llegue a ella. - Habló en tono bajo pero seguro para trasmitirle aquella seguridad. Tenía mucha fé en la habilidad de su empleador y maestro, pero siendo alguien realista también consideraba que podría cruzarse con héroes del mundo que harían pasar un mal trago al príncipe daeinita.

No muy lejos de donde ellos se encontraban se podía llegar a ver los despojos de una batalla, cuerpos en el piso y el pesado y metálico olor de sangre derramada. Quedaban unos pocos emergidos peleando, un par de mercenarios con ropas de desierto cargando uno una cimitarra y el otro una lanza corta, estaban siendo rodeados por tres soldados con lanzas que bastante heridos se movían con cautela pese a la superioridad numérica. Había heridos en el piso, aún vivos pero que no se quejaban, incapaces de moverse por las heridas solo sujetaban sus armas y miraban la batalla esperando… fuese la muerte o ser levantados por sus compañeros. La escena era aterradora para quien no estaba acostumbrado a ver el funcionamiento de estas criaturas y esto se podía presenciar por la mirada del joven aprendiz que había viajado con el estratega momentos antes en la carreta.
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Mensaje por Pelleas el Jue Jun 20, 2019 11:05 pm

Ciertamente la forma de hablar de su consejero sobre Crimea despertaba algo de curiosidad. En primer lugar porque ya era inusual que el gobernador no pasara más tiempo en la provincia, cosa que podía entender como el resultado de una organización eficaz que marchaba igualmente por sí sola, mas sumado ese hecho al de todos los bienes que estaban siendo transportados en gran volumen últimamente, como también a ese comentario sobre documentos, se tornaba algo que merecía atención. Habría querido platicar al respecto, consultar a qué documentos se refería y cuál era el mérito de tenerlos en la capital imperial, sólo para comprender mejor la situación y quizás aprender de la habilidad administrativa del jehan, pero este dejaba de lado el asunto con tal rapidez y simpleza, que no parecía darle espacio. No pudo más que murmurar un “ah, claro”, algo perdido. Quizás en otro momento retornaría a ello. Después de todo, había un asunto de más presión que discutir, de más relevancia personal para el heredero en ese momento.

Judal, por fortuna, tenía una opinión favorable sobre todo el asunto de Regna Ferox. La seguridad con que podía hasta condescender a los posibles adversarios, forma de habla que el príncipe realmente nunca se molestaba en desalentar ni corregir, conseguía transmitirle a él mismo cierta confianza. En ese sentido, era influenciado en una forma que necesitaba. - Entonces sí ha sido lo correcto… - Suspiró, relajando sus facciones para poner en sus labios una sonrisa aliviada. Claro que confiaba en su magia; era lo único en lo que confiaba respecto a sí mismo, y tan profundamente como para haberse decidido a una prueba de tamaña envergadura. Aún andando, su mirada descansó en el rostro severo pero para él confortante del bailarín, sin temor a explayarse respecto a eso, una expresión casi serena en sus ojos. - Haré todo lo que sea necesario para derrotar a los enemigos que sean puestos ante mi. Deseo que mi rey pueda saberlo… que mi reino pueda saber… que su príncipe, aunque sólo sea un erudito, es suficientemente digno como para ser llamado su efectivamente su príncipe. Tengo entendido, además, que la recompensa es una suerte de artefacto que creo podría defender muy bien nuestra tierra. - Explicó. Ante alguien de su confianza, no temía hablar con honestidad ni dudaba en exponer sus motivos, que en suma, eran esos.

- Aún así, Judal… - No tardó en añadir, en tanto la compañía entera se detenía. Estaban cerca de su destino, debían comenzar a ejercitar mayor cautela, bajar sus voces y preparar sus armas. Pelleas, hechicero mayor en la excursión, no omitió el preparativo necesario y sacó de la bolsa de tela a su lado un tomo mágico, que sostuvo concienzudamente sobre un antebrazo, preparado para uso. Sus discípulos le imitaron. No obstante, aún cuando volvían a avanzar, entrando en el campo de batalla fresco, su mirada retornaba una y otra vez a su consejero, permaneciendo cerca de él. Había oído una sugerencia vaga, posibilidad apenas, pero que le hacía incapaz de cerrar allí su conversación.

- ¿I-Iría? Ya es tremendamente considerado de su parte que dispusiera las cosas de modo que pudiera estar aquí ahora, ayudarme en la capital, en lugar de estar en su puesto en Crimea. E-Eso ya se lo agradezco. También entiendo que tiene mucho de qué encargarse aquí, pero… sería tranquilizador… - Murmuró, consciente del entorno que les rodeaba y de la necesidad de moverse a por sus objetivos, mas a su vez en exceso absorto en ese asunto. Cumplido el extraordinario caso de que se desempeñara satisfactoriamente en el torneo, por seguro apreciaría el apoyo en persona. Pero pensarlo despertaba también otras preocupaciones. - Oh, no. ¿En qué pienso? Usted debe quedarse. No tengo nadie más a quien pueda confiarle la Torre, ni los asuntos para con la corte. Tiene que quedar todo en sus manos. - Se respondió a sí mismo con rapidez; la Torre, desde luego, era la denominación breve que se le había terminado dando a la Escuela de Magia Oscura. De cualquier modo, Judal estaba bastante ocupado. Sería imprudente pedirle que hallara tiempo para salir del reino, cuando lo cierta era que con Pelleas fuera, sus responsabilidades hasta aumentarían. El grupo detuvo sus pasos, demasiado cercanos a la posición de los emergidos como para sólo seguir avanzando, pero el joven hombre seguía enfrascado en aquellas inquietudes, pasando la mirada de las criaturas al bailarín repetidas veces. - Deberé dejarle mi sello, lo necesitará para encargarse de todo sin necesidad de mi… no hay otro modo… pero aún… - Persistía murmurándose, indeciso. Los combatientes reaccionaban a las presencias; emergidos daeinitas reconocían otros daeinitas allí y, como si de su propio bando enviando refuerzos se tratara, retrocedían hacia ellos. El lancero líder, que portaba un ya desgarrado estandarte del mismo reino en el asta de su arma, se acercaba en demasía al grupo, inquietando a los discípulos. Había que comenzar la operación, pero el príncipe no lo hacía.
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Mensaje por Judal el Vie Jun 21, 2019 10:03 pm

- ¿Un artefacto? ¿Qué clase de artefacto? - Preguntó interesado de inmediato que al escuchar esas palabras. La verdad no había prestado tanta atención al torneo en el que Pelleas se había interesado, no más allá de lo que le competía como eran los detalles de locación, duración, si tenía que pagar para participar y si había alguna cláusula tramposa que pudiese enrredar al príncipe en algo más allá que solo un encuentro amistoso. Pero nunca se había detenido a ver el tema del premio, lo cual era tonto de su parte si pensaba en que el país que organizaba era uno de los más ricos del continente, solo había asumido que sería una ridícula suma de monedas de oro o alguna arma de oro… pero ahora tenía su curiosidad a tope con lo mencionado por el príncipe.

Y era verdad que tenía mucho trabajo y responsabilidades, incluso dejando de lado Crimea que poco a poco se iba desmoronando y él solo intentaba salvar objetos de valor. Pero la torre por si sola requería atención, más si no se encontraba el príncipe. Si hacía varios arreglos, ponía gente a cargo y cancelaba una semana de clases, creía poder ausentarse ese par de semanas que serían necesarias para el viaje y la estadía en Regna Ferox, todo si viajaba no tan cómodo y utilizaba métodos de viaje más rápidos como a lomos de caballo y wyvern y no en carromato o barco. Pero una parte era verdad en lo que decía el príncipe… los asuntos de la corte. Esos no podía atenderlos desde la distancia y la idea de tener un control tal como el sello del príncipe, lo que significaba que cualquier cosa que dijese sería tan fuerte como salida de la boca del mismo heredero a la corona era abrumadora, hasta podía sentir algo de nauseas de la emoción ante la idea de tal control y poder político en sus manos. Tuvo que apoyarse contra el tronco del árbol que tenía a un lado simulando ponerse a cubierto al estar cerca del campo de batalla.

- Tiene razón… la Torre es una cosa, pero los asuntos de la corte son otra totalmente diferente. Podría… aunque sería un inconveniente bastante grande… ya sabe… enviar por wyvern las cartas a Regna Ferox para poder seguir con el trabajo desde allí, pero no es lo mismo. Y no creo que ahora, que está bastante activo en la corte… bueno, yo le tengo bastante activo en la corte, que pierda todo ese avance político y puesto con otro viaje tan pronto. Ya sabe… - Habló en voz baja y su tono fue cada vez menor a medida que veía que los emergidos comenzaban a acercarse. - Si solo se ausenta usted puedo aún representarlo como su vocero y consejero pero ya que nos ausentemos los dos puede ser un inconveniente. No lo había pensado así, mi error y me alegra que incluso con el viaje en mente tenga aún la agudeza de ver esos problemas, lamento mucho no haberlo notado yo mismo antes. No volverá a pasar. - Hizo una corta reverencia con su cabeza llevando su mano al pecho, mostrando una disculpa tan sincera y un arrepentimiento tan profundo como podía ante su “fallo”, de esta manera el príncipe ya no tendría espacio para insistir en que lo acompañase pese a que era obvio que era lo que quería, pero había sido su propias palabras lo que habían hecho que el asunto se desviase.

El nerviosismo en los aprendices crecía al ver que los emergidos los habían visto y se acercaban a ellos, que incluso los incluían en su formación. Uno de los guardias que los acompañaban intentó tranquilizarlo diciendo que era normal, que los reconocían como Daeinitas, cosa que empeoró el temple del más inexperto al casi gritar en pánico que él era de Ilia. El estratega miró la escena y sin más le dio un golpe con el dorso de su mano en la nuca al aprendiz. - Cálmate y cierra la boca. Pelleas, instrucciones de como proceder, ahora. - Dijo más como una orden que como una petición y sacó de su cinturón una de las dagas.
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Mensaje por Pelleas el Sáb Jun 22, 2019 10:40 pm

Le resultaba grata la atención del bailarín sobre la recompensa del torneo, como le habría resultado sobre cualquier otro asunto de su interés personal, pues le permitía compartir y pronunciarse más al respecto. En esa ocasión, pese a lo dispersas que se hallaban sus ideas indecisas, tampoco perdería la oportunidad. A la brevedad respondió, esbozando una leve sonrisa. - Un cierto objeto mágico. Es algo difícil de explicar, pero… ¿recuerda usted lo que le he dicho sobre tomos de orden superior? Aquellos tomos únicos, legendarios… - Recordó. No se había tratado precisamente de una lección, pero tenía el distintivo recuerdo haber platicado con él alguna vez, en alguno de sus viajes más largos o sus noches calmas de compartir espacio en Nevassa, sobre los tomos más raros de los que había registros, únicos, poderosos como nada más, usualmente manejados por figuras históricas o de leyenda. Era una temática emocionante, por lo que había terminado detallándole lo que sabía de muchos de ellos. - No sabría darle aún los detalles, pero con ese artefacto, es posible que pueda llegar finalmente a uno. Por eso, es provechoso. - Aclaró. Era una teoría que había oído de otro mago, no sabía cómo interpretarla exactamente, pero estaba seguro de que si conseguía el premio, llegaría a comprender. Tanta más razón por la que era bueno que procediera con el asunto, aunque tuviera que encararlo a solas.

Por mucho que le inquietara la idea, comenzaba a verse desde todo ángulo que era la mejor. Judal no podía acompañarlo, tampoco había nada en particular en que pudiera ayudarle si lo hacía. Tenía que quedarse en Daein. Todo lo que decía era cierto, dejaba en claro la forma en que tenían que ser y hacerse las cosas. De hecho, las ponía como si ya hubieran sido decididas. - Sin embargo... este… - No pudo más que musitar débilmente, sin hallar qué decir, ni precisamente espacio para decirlo. Su consejero tenía, a veces, esas formas inamoviblemente firmes de poner puntos sobre íes, mas a su vez no dejaba de serle cortés tampoco, jamás falto en servilismo. Todo ello terminaba en que el príncipe no pudiera contradecirlo, pues lo único que el bailarín hacía era servir, hacer lo que era mejor para él. Pelleas bajó la cabeza un poco, arrinconado en la discusión, pero inseguro aún sobre soltarla. Hasta el inevitable avanzar de las cosas, el sobresalto de su discípulo y las órdenes de Judal para enderezarlos a todos.

- Ah… sí. - Respondió, pasando por alto el tono imperativo con que se le había hablado, que en momentos era la única forma en que se le empujaba a actuar. Era verdad, tenía que hacer lo que había ido hasta allí para hacer. De inmediato se adelantó, dando con un gesto de la mano sus indicaciones a la compañía. - Sepárense. En torno a esos dos, por favor. - Dijo, señalando a los dos emergidos que no tenían el aspecto de daeinitas. Habló entonces, en particular, para sus discípulos. - Mal augurio. - Era toda la indicación que necesitaban, por lo pronto. El procedimiento general les había sido explicado.

Con uno de los discípulos a cada lado de la formación, se acercó él sin dubitación entre los emergidos, pasando, de hecho, entre dos de los que se comportaban como aliados del reino, tan acostumbrado a tratar con ellos que no les temía. Tomo de magia de orden mediano en mano, no necesitó palabra de hechizo alguna para despertar los primeros hilillos de magia negra, y con ellos la maldición deseada. Los magos más novatos le imitaron. El aura inquietante, como un sonido inaudible que sin embargo inspiraba alerta, se hizo presente con brusca rapidez. Emergidos y hombres racionales reaccionaron a la par. Los magos, Pelleas incluido, estando ya ampliamente familiarizados con aquella sensación, eran capaces de respirar hondo, permitir a la inquietud recorrerles y minimizar el temblor que resultaba; los demás daeinitas, si bien no tan personalmente aclimatados, conocían la sensación lo suficiente como para tener reunir temple y manejarlo a su modo. Sus enemigos se tornaron tensos, instintivamente tomando posturas más defensivas, en tanto echaban también a temblar. La maldición tenía propósito fijo: haría a los emergidos dudar más en lanzarse a atacar, como también torpes en cualquier reacción que tuvieran.

Sin detenerse más tiempo en ello, Pelleas prosiguió, hablando primero a los discípulos, luego a los soldados. - Los debilitaremos, sin causarles demasiado daño. Ustedes, por favor, captúrenlos apenas comencemos. - Indicó. La magia oscura tenía aquella conveniencia, la de poder internarse en el enemigo y debilitarle sin dejar herida ni marca alguna que pudiera matarlo por descuido o arruinar su utilidad. Apenas los magos atacaran, los soldados tendrían que abalanzarse sobre el par de mercenarios emergidos para retenerlos y atarlos. La última indicación a dar correspondía al jehan junto al príncipe. - Judal, vigile que los demás no interfieran, en lo posible… - Pidió, mirando de reojo a los emergidos que por lo pronto no eran sus enemigos. No debían aprovechar la oportunidad para matar a los otros dos. Que fueran más numerosos era inconveniente en ese sentido, pero no podía hacerse nada al respecto; con que atacaran a uno, los demás se tornarían agresivos. Cuanto menos, si eran sanadores, bailarinas u otros miembros de soporte de un ejército los que tenían cerca, había más posibilidad de que se quedaran atrás. - Ahora, aprisa. - Indicó. Los tres magos conjuraron a la vez, atravesando con sus hechizos a sus blancos, señal bajo la cual los soldados se lanzaron adelante también, dos para reducir y atar a cada emergido.
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Mensaje por Judal el Mar Jun 25, 2019 1:20 pm

Más allá de prestar atención a los asuntos de su empleador por el hecho de ser su empleador, también lo hacía por sincero interés. En un inicio no prestó mucha atención a las historias de libros legendarios usados por héroes generaciones atrás pero que no se sabía nada de ellos, lo tomaba como cuentos de niños para nada reales, hasta había pensado que era un ingenuo el príncipe por creer en ellos, sin embargo, a medida que escuchaba hablar al otro comenzó a notar que su interés crecía, que las historias no parecían tan fantásticas y si había registros en diferentes fuentes de la existencia de estos tomos, así como las armas con poderes mágicos que si bien eran raras no eran solo leyendas. La posibilidad de construir uno de estos libros le emocionaba en sobremanera y tendría que poner en su lista de espera para hacer más preguntas al respecto y presionar más al otro para que ganase, quería ver esos artefactos él mismo y sentir entre sus manos un libro con esas características, ahora no tenía tiempo.

Obediente el pelivioleta comenzó a dar órdenes, la primera siendo la activación de la maldición que detestaba, si bien se había acostumbrado a la inquietud que le generaba la presencia pesada y atemorizante del príncipe lo suficiente como para poder seguir actuando de manera normal, no era así con los aprendices. El escalofrío le recorrió con un estremecimiento que le hizo aflojar el agarre en su cuchillo y casi tirarlo al piso, debiendo de tomar aire y apretar sus dientes repitiendo en su mente que era seguro continuar. Asintió con la cabeza ante la orden, no se atrevió a abrir su boca ya que no quería quedar en evidencia si su voz salía tomada, temblorosa o derechamente no salía. Así que dejando a los otros encargarse de los emergidos jehanos, él se giró hacia los daenitas.

Había estado estudiando mucho para ser más capaz en el puesto en el que se encontraba, y ya teniendo estudios básicos de estrategia completados decidió ponerlos a prueba. Mirando con ojo analítico a los mergidos comenzó a hacer conteo de sus ropas, lo que llevaban en sus manos, su formación y su actitud. Uno de ellos era sanador, no tendría que preocuparse de que atacase, no tenía libro en su cadera y solo poseía un báculo básico y pequeño entre sus manos, les sería de utilidad si el alguien llegaba a tener una herida en la operación. Los otros dos, lanceros, eran más preocupantes, pero parecían tomar enseguida una postura obediente ante el príncipe al verlo tomar el control de la situación. Viendo aún emergidos vivos en el piso, incapacitados solo esperando la muerte el pelinegro intentaría lo que había solo leído en informes: darle órdenes a los emergidos.

Con actitud segura alzó su mano para llamar la atención de los dos emergidos, señaló a un caído enemigo. - ¡Rematen a los caídos! ¡Sanen a los heridos! - ordenó y con su cuchillo arrojadizo entre sus dedos se aproximó solo unos pasos y lanzó el mismo hacia el pecho del jehano caído. - ¡Muévanse! - Los emergidos dudaron entre sumarse a la estrategia de los recién llegados para terminar de matar a los jehanos, pero tras unos pocos segundos de duda consideraron que cinco contra dos podrían y ellos, más heridos, eran dejados atrás para hacer un trabajo de rastrillo. Apretando sus lanzas entre sus manos comenzaron a recorrer el campo de batalla rematando a todo emergido caído y hasta asegurándose de los ya muertos. El sanador, sólo teniendo un báculo básico, no podía hacer mucho a los que ya les faltaban extremidades o su daño estaba ya demasiado avanzado así que se aproximó al grupo del príncipe para ser apoyo si alguno era herido.
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Mensaje por Pelleas el Mar Jun 25, 2019 6:42 pm

No había tiempo para mirar atrás. La magia debía mantenerse sobre los emergidos, debilitándolos e impidiendo su movimiento, en tanto los soldados los derribaban con dos concisos golpes tras las rodillas y al cuerpo. Sólo entonces los tres magos retrajeron sus conjuros de regreso a sus tomos, acto que requería por lo ordinario una concentración mayor a la de darles rienda suelta, evitando que la dañina energía tocara equivocadamente a los hombres que en ese entonces procedían a sostener y atar a sus blancos. El procedimiento debía ser rápido, sin espacios a duda o distracción. Y cuanto menos hasta allí, marchaba sin incidente. - Retiren la maldición ahora. - Pelleas indicó por lo bajo. Con los emergidos ya contra el suelo, la disipación del Mal Augurio ayudaría a los daeinitas a estar en control de sus actos y del enemigo, atar los nudos necesarios y dejar a las criaturas preparadas para ser trasladadas. Los tres magos cerraron al unísono los tomos que sostenían, cortando a su vez aquel efecto.

La única forma de llevar a cabo procedimientos como aquellos era enfocándose en la tarea a mano, en sus compañeros y en sus blancos. De la misma forma, lo que quedaba a sus espaldas, fuera del círculo que formaban, debía confiarlo plenamente a Judal mientras se hallaran trabajando, contando con que oiría de él si algo imprevisto ocurría. Era lo que anticipaba. Por eso fue que, al oír al bailarín hablar en un tono alto e imperativo, se giró para verlo tan instantáneamente que ni siquiera terminó de cortar su maldición, tan sobresaltado como confundido por lo que acababa de escuchar. Eran órdenes y él nunca dudaba una órden de su consejero, pero no habían tenido sentido, no con lo que hacían. Ver que quienes eran puestos en movimiento con esas palabras no eran sus propios hombres, sino el trío de emergidos que había quedado atrás, le dejó momentáneamente boquiabierto. La maldición al fin se disipó por sí misma, en tanto Pelleas miraba perdido al sanador de piel descolorida y ojos rojos que se acercaba obediente y presto a la ayuda. Judal ciertamente había tomado en serio su tarea. No entendía cómo lo había hecho funcionar, cómo había sabido que algo así se podía, pero lo había hecho.

De todos modos, el otro lado del procedimiento ya estaba completo. Los dos emergidos capturados habían sido desprovistos de sus armas, atados con toda seguridad y dejados uno junto al otro en el suelo, listos para el regreso a la capital, como enseguida informó uno de los soldados al príncipe. Pelleas asintió en silencio, su vista regresando enseguida a Judal, al sanador que se quedaba cerca de ellos, y a los otros dos especímenes no-hostiles que seguían la guía del consejero, a los que bien podían sólo dar la espalda y dejar atrás, o capturar también. No podía evitar considerarlo. Por lo regular, dos sujetos de prueba eran una buena captura. Después de todo se les hacía durar, de modo que podían pasar de un par a varias semanas antes de necesitar más de ellos. Pero el príncipe estaría ausente un largo tiempo a partir de entonces. Si podía ahorrarle a Judal y a sus discípulos el peligro de realizar operaciones así al dejar tan buena cantidad como cinco, sería tanto mejor; y si algo no resultaba de la forma esperada y no duraban tanto tiempo encarcelados, pues tendrían un valioso descubrimiento sobre su durabilidad. La oportunidad resultaba demasiado conveniente como para pasarla por alto.

- Judal. - Llamó su atención, aproximándose al hombre más bajo, seguido cercanamente por los discípulos que esperaban su siguiente indicación, los soldados que actuaban como guardia y el emergido en atavíos de sanador. Era ya sabido que las criaturas no entendían el habla mundial, el habla moderna, pero sintiéndose en exceso consciente de la presencia de uno cerca, Pelleas bajó el volumen de su voz, siendo también discreto en apuntar tan sólo con una mirada a los otros. - Ellos también. Sólo se tornarán hostiles cuando los tomemos, así que, mientras podamos sorprenderlos... - No quiso decir demasiado, tampoco hacía falta para dar a entender sus intenciones. Con una mirada atrás y un asentimiento de la cabeza se las confirmó también a los demás, antes de mirar de regreso a su más cercano servidor, a quien sonrió agradecido. - Ha hecho bien manejándolos. Sólo asístanos un poco más, por favor. -

Lo que quería decir con ello era que seguirían las señales del consejero, quien había sabido lidiar tan resueltamente con las criaturas. Después de todo, si iban a tomarlos por sorpresa, acto que los emergidos tomarían como traición apenas lo detectaran y les haría agredir de regreso, no podían hacerlo exactamente como antes. Al separarse Pelleas de Judal para pasar más allá, los magos nuevamente comenzaron a separar su formación, los soldados a rodear también la posición de los demás. Paulatinamente se acercaron a los dos emergidos absortos en sus tareas, tomos de magia en mano, instrumentos de captura preparados.
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Mensaje por Judal el Vie Jun 28, 2019 1:47 am

No era que expresamente los emergidos le estuviesen obedeciendo pero había logrado desviar su foco de atención a otra tarea al haberles llamado la atención con una actitud propia de su nueva especialidad. Pero funcionaba y la sensación de poder del otro subía así como su confianza, hinchando un poco su delgado pecho al ver la atención del príncipe y por un momento su sorpresa. No dejaba de prestarle atención a los emergidos que trabajaban recorriendo el lugar, solo mirando a su grupo trabajar, reduciendo a los enemigos y a los magos actuar en sincronía casi perfecta. Los sujetos capturados fueron asegurados y estos, al notar que no podían escapar, dejaron eventualmente de forcejear, solo mirado con sus ojos carentes de expresión a los que se movían a su alrededor. Creyendo que ya se retirarían el pelinegro se acercó a su príncipe, normalmente solo tomaban uno o dos emergidos por vez, evitando lo más posible cualquier enfrentamiento y no creía que esta vez fuese suficiente.

Miró con curiosidad al pelivioleta cuando lo llamó, seguramente solo diría de regresar a la torre, pero en su tono presentía que le sería pedido algo, tanto tiempo juntos y tanto lo había escuchado que podía más o menos presentir esa clase de intención. Inclinó su cabeza hacia el príncipe, tal como hacía siempre que le iba a susurrar, el otro era más alto pero el simple gesto era mera formalidad y costumbre de la corte, sobretodo por que la mayoría de las veces el otro estaba sentado y él de pie a su lado. Miró a lo dos emergidos que quedaban, distraídos en su trabajo y después al sanador que os miraba a ellos con atención. - Cómo desee, mi príncipe. Pero deberemos actuar rápido antes que noten las intenciones, los separaré, así será más sencillo capturarlos… creo que lo mejor será matar a uno y capturar a otro, dos a la vez será complicado, sobretodo si su sanador les apoya. Matando a uno no podrá sanarlo, y al restante será sencillo reducirlo al ser más, después puede capturar también al sanador. Creo que es la mejor opción e irnos con cuatro que intentar irnos con cinco y tener posibilidad de perder los dos capturados y ser heridos. - Si bien parecía que pedía consejo, ya anticipaba la respuesta del príncipe así que solo esperó unos momentos antes de alejarse para ir hacia los dos emergidos. El sanador seguía observándolos con atención y comenzó a seguir al pelinegro con su báculo en mano, pero aún mirando sobre su hombro a los soldados, magos y príncipe.

Con un tono imperativo que no parecía venir de un hombre delgado y de ojos pintados, se alzó en el campo de caídos. - ¡Eh! ¡Tu! - Llamó exitosamente la atención de uno de los emergidos, más atento al tono del otro que a las palabras. El estratega, sabiendo que no le entendía, se apoyó en su lenguaje corporal, cosa que dominaba por su anterior especialización. - Ve allí. Recoge eso. - Dijo gesticulando hacia un grupo de muertos, por los cuerpos parecía que habían sido atacados por magia de fuego, se agachó para tomar del piso una de las armas y repitiendo un “esto” volvió a señalar al grupo. El emergido lo miró un momento y se desvió hacia donde le mandaba. Acercándose al otro que detenía lo que hacía y se disponía a seguir a su compañero, se puso delante y alzó su mano para indicarle que se detuviera y lo mirase.

Por mientras, los soldados del grupo de captura empuñaban sus armas y se acercaban al emergido aislado para llevar a cabo el plan y eliminar uno. Pero antes de poder atacar el emergido sanador alzó su voz, cascada pero fuerte alertando en el idioma desconocido, habiendo detectado la traición. El emergido se giró para defenderse y el que se encontraba cerca del estratega alzó su lanza y sin dudarlo atacó al pelinegro. La punta del arma chocó contra la hoja del cuchillo que este tenía en sus manos y que por el grito de advertencia del otro emergido había podido reaccionar a tiempo, pero sin poder detenerlo solo lo desvió y la punta se enterró contra sus costillas, haciendo un corte profundo pero no letal. - ¡ARGH! ¡PELLEAS! - Llamó directo como pedido de ayuda, llevando su mano a la herida y retrocediendo sin poder ganar terreno, pues el emergido volvía a intentar atacar.
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Mensaje por Pelleas el Vie Jun 28, 2019 6:14 pm

- Comprendo. Uno de ellos, entonces… - Musitó al encaminarse. Deseaba dejar aquel trabajo hecho en la forma más provechosa y completa, suplir a sus discípulos de la mayor cantidad de sujetos de estudio que pudiese, mas no se resistiría a una encarecida sugerencia de su consejero. Si deshacerse de uno era la forma más segura de llevarlo a cabo, así se haría. La captura sería de cuatro emergidos. Surgía por ende la necesidad de establecer a cual de ellos atacarían y a cual optarían por conservar, pero el príncipe no suponía que hiciera falta discutirlo verbalmente; con prestar atención a los actos de Judal debería bastar para entender. Después de todo, parecía tener muy en claro lo que deseaba lograr y cómo. Se limitó a seguirle con la mirada atento, callado.

El resto del grupo tomaba discretamente posición en torno a los nuevos blancos. A medida que Judal se aproximaba e interactuaba con cuanta soltura podía tenerse ante uno de ellos, efectivamente separándolos en las tareas post-batalla, se tornó claro cual sería el más vulnerable, al que no se permitiría sobrevivir el encuentro. Los soldados cerraron paulatina y discretamente formación en torno a aquel, que se alejaba y agachaba entre cuerpos para recoger sus armas. Pelleas, en quien recaían siempre las miradas de los magos aprendices, les indicó con un pequeño gesto de la mano que en cambio le siguiesen, que se acercasen ellos a donde Judal se hallaba. Cuando al primero lo ejecutaran sorpresivamente, al segundo haría falta reducirlo, papel que a ellos y a su magia les correspondería. Fue cuando captaba justamente la atención de los discípulos, cuando les daba esa pequeña indicación, que el sonido de la voz desagradable y las palabras en lengua ajena alzándose en el silencioso paraje los sobresaltaron a todos a la par. En lugar de mirar al inofensivo sanador que había hablado, Pelleas volvió la cabeza de inmediato hacia el blanco a matar, viendo en su reacción que, fuera lo que fuera que le indicara su compañero, la traición estaba detectada. Atacaba de regreso a los daeinitas, forzados a apresurarse y combatirlo de frente, perdida la ventaja de la sorpresa.

Enseguida se alzó otra voz, un grito a su lado. Su consejero llamaba su nombre. Con un escalofrío recorriendo su espalda como el impacto de un rayo, el joven de cabello azulado se apresuró hacia el otro sin siquiera mirar. La preocupación y la urgencia movieron sus manos. Sin abrir el tomo, sino recitando por memoria la más breve invocación agresiva, alzó una descarga compacta pero densa de magia contra el lancero que amenazaba a su consejero, seguida en breve por un hechizo más cuidadosamente preparado por un discípulo cercano. De cualquier modo, no se arriesgó a dejar las cosas así. Soltando el tomo mágico para meter ambas manos entre los vestigios negros en el aire, sujetó entre ellas la cabeza del emergido y conjuró en voz alta y clara algo que lo detendría tanto mejor. Sólo entonces, mientras se aferraba contra la resistencia del emergido para seguir sosteniendo su cabeza, dedos hundiéndose como hiciera falta en sus facciones, buscó vista del preciado jehan. Aquel hombre valía demasiado, era demasiado necesario a Pelleas como para permitir que corriera peligro alguno. Podía dudar ante sus propios enemigos, podía dudar lo que fuera capaz de hacer en incontables contextos, pero en ese no. Lo peor de su magia era lo que enseguida lanzaba, incontenido.

- ¿S… Se encuentra bien? ¿Ha sido grave? ¿Ju… Judal? - Apenas entonces pudo preguntar, consternado, la voz cortada por el esfuerzo que realizaba. A medida que la maldición que había puesto surtía efecto la resistencia del emergido se hacía más desesperada, su voz también cascada y vacía se alzaba en quejidos poco humanos. Pelleas retrocedía, intentaba bajarlo al suelo, logrando que las piernas de la criatura se doblaran para arrodillarse mas sin forma de detenerlo de retorcerse. Cuanto menos, no parecía exactamente buscar atacar, había hundido la punta de su arma en la tierra todavía blanda por la sangre derramada y parecía desear usar el asta como asidero el que agarrarse más que cualquier otra cosa. Volviendo a ver al jehan, cuyo estado no lucía incapacitado todavía, debió de pedirle. - El arma, tome su arma, yo lo sostendré…  - No estaba matándolo, no exactamente, sólo poniéndolo a través de un sufrimiento constante y puro, existente sólo dentro de la criatura. Podía detenerlo, mas sólo lo haría cuando fuera seguro. Para aquel entonces, los demás daeinitas habían acabado ya con el primero que había dado problemas, y mientras la mayoría daban rápida persecución al sanador que había gritado para capturarlo, uno más se apresuraba hacia el príncipe y consejero para ayudarles, cuerda en mano.
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Mensaje por Judal el Sáb Jun 29, 2019 10:52 pm

Retrocedió varios pasos y antes de poder preocuparse de un segundo golpe del enemigo vio una mancha moverse por su costado, oscura y densa, un hechizo ya conocido de las artes oscuras que hizo al emergido retroceder y ganarle así tiempo y distancia. Casi de inmediato el príncipe se lanzó directamente hacia el enemigo, con sus manos desnudas le sujetó haciendo muestra del poder que la oscuridad le había dado. Una maldición tan avanzada que los aprendices ni siquiera sabían que podía llegar a existir, quedaron por unos instantes en shock mirando sorprendidos al emergido comenzar a retorcerse y gritar sin ser siquiera capaz de atacar al hombre desarmado y sin protección delante suyo. El consejero bajó la mirada a su mano, totalmente roja pero al separarla de su cuerpo pudo ver que la herida no era especialmente profunda, solo dolorosa. Apretó con fuerza sus dientes y tomó aire limpiándose las lágrimas que se formaban en sus ojos corriendo un poco el maquillaje negro de estos. No era alguien fuerte, tampoco con la mejor resistencia al dolor, pero ya habiendo tomado experiencia en los campos de batalla y habiendo recibido heridas, al menos ya podía contenerse y hacerle frente al peligro sin colapsar al primer golpe.

- Mantenlo abajo. - Vociferó recuperando de inmediato su temple, acercándose para tomar la lanza con el estandarte del país, jaló y el asta se deslizó por la mano del emergido que apenas podía mantenerse en pie. Empuñando la lanza de afilada punta manchada de sangre la alzó sobre su cabeza dejando que el viento extendiese la bandera de la patria, si bien la tela estaba rasgada aún se podía ver con claridad el wyvern negro y el fondo rojo disimulaba la sangre que la cubría solo haciendo manchas más oscuras en la tela. Solo necesitó una mirada rápida para darse cuenta que había salido mal, fijó sus ojos en los aprendices y utilizando el estandarte apuntó al emergido reducido por el príncipe, aún con vestigios de oscuridad danzando como cintas al viento mientras el enemigo se retorcía entre las manos del arcano. - ¡No se queden quietos! ¡El enemigo está desarmado e incapacitado, reduzcanlo sujetando sus brazos y piernas! Rápido. - La lanza cortó el aire y la bandera ondeó detrás mientras el consejero apuntaba al sanador que se había alejado y alzaba su báculo para intentar curar a su compañero caído, la mirada del pelinegro se clavó en los dos guardias que les acompañaban. - ¡Capturenlo! ¡No está armado! - Los guardias, que por un momento habían estado dubitativos en su proceder al no saber si continuar con el plan o auxiliar al príncipe, ahora con instrucciones claras fueron por el emergido más apartado. A su vez los aprendices ya sujetaban al emergido torturado llevando sus brazos a su espalda y presionando sus rodillas contra el piso para que no pudiese levantarse.

Sintiendo el dolor ya subir por su pecho así como la sangre llegar a su pierna por la ligera tela ya empapada, se sujetó el costado clavando la parte trasera de la lanza en la tierra húmeda y utilizarla de bastón para aliviar un poco el peso de su cuerpo. - Ya tiren todo dentro de las jaulas y regresemos a la torre. - Sabiendo que despertaría preocupación en el príncipe, si es que ya no lo había hecho, lo miró con una sonrisa confiada. - Gracias, mi príncipe. Me ha salvado la vida. Por favor, guíenos de regreso a casa. - Y con esas palabras se acercó al otro extendiendo la lanza con la bandera a quien correspondía llevarla. En la torre tenían báculos y ahora que Pelleas sabía utilizarlos, todo se volvía mucho más sencillo… y podía darse el lujo de no beber la amarga medicina y solo dejar que la magia cerrase sus heridas sin dejar rastro alguno, siquiera de dolor.
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Mensaje por Pelleas el Mar Jul 02, 2019 11:24 pm

Hasta donde podía, Pelleas cuidaba mantener separados a sus discípulos de las artes mágicas avanzadas, los tomos de nivel superior o cualquier poder que pudiera tentarlos demasiado pronto. Conocía bien lo que ocurría con los magos que se sumergían en la oscuridad más profundamente de lo que podían soportar, buscando un poder para el que no estaban preparados todavía. Era un peligro inherente a aquella doctrina mágica, siempre allí, siempre llamando. De allí que mantuviera tabúes, dijera poco sobre las capacidades mayores de la magia y advirtiera más que cualquier otra cosa, intentando fomentar el respeto a las energías con que lidiaban. Nunca había enseñado sobre maldiciones tan terribles como la que empleaba en ese momento, ni había mostrado la cúspide de su propio poder. Excepto, claro, a su consejero. A él no le ocultaba nada que deseara saber, al contrario, era normal que se emocionase de sobra con sus progresos y le hablara de ellos en sus momentos a solas. Judal sabía lo que era esa maldición, cual método de tortura. El príncipe confiaba en que sabría también cómo reaccionar, cómo aprovechar la situación y qué hacer. En cierta forma, esperaba además el alivio que venía cuando era esa persona de carácter quien tomaba las decisiones.

Cuando le indicó que continuara y mantuviera al emergido sujeto mientras lo desarmaba, no dudó en obedecer. Aunque la resistencia inicial le hubiera extenuado también a él y le costase contener los movimientos ahora espasmódicos de su víctima, creyó en el criterio ajeno y calló mientras el consejero y estratega procedía a dar sus indicaciones a los demás. Sólo cuando sintió que la criatura ahora inofensiva se acercaba en demasía al último umbral le soltó, momento en que los demás magos ataron el cuerpo debilitado, casi totalmente inerte, cuyos ojos rojos aún no se pagaban. En el instante en que sus manos habían dejado la cabeza de la víctima, su pesadilla debería de haberse detenido. Estaba seguro, por tanto, de que podrían llevarlo vivo. Pellas pasó la vista concienzudamente por el resto del campo de batalla, constatando que, con ese, serían cuatro capturas exitosas.

Su atención fue inmediatamente de Judal otra vez. Acercándose a él, miró con acongojada expresión el rastro de sangre desde su herida hacia abajo, probando cuanto había manado antes de llegar a parar. Se mostraba tan bien como de costumbre, mas la preocupación del hechicero persistía. - No… no ha sido para tanto, lo sabe. - Respondió a su agradecimiento, razonando que en efecto no había sufrido daño letal, ni siquiera grave, sino que sólo había resultado difícil de ver para él. Aún así, valoraba la confianza que el otro intentaba transmitirle. Se esforzó por al menos sonreír de regreso, apartando por instinto la mirada. - Aunque me alivia dejarles esto antes de ir. Podré preocuparme un poco menos. - Agregó, apuntando con un gesto leve hacia las capturas, que los soldados ahora juntaban. Tomó de las manos ajenas la lanza con el estandarte, ladeándose para ofrecerle su brazo como nuevo punto al qué sostenerse ahora que perdía aquel apoyo. Mas su mirada perduraba, había tomado aire como para decir algo más. Pero no lo hacía. Le daba vueltas al sentimiento atascado en su garganta, sin entender él mismo qué lo constituía, qué palabras darle. No iba a preguntar ni pedir nada más respecto al viaje que emprendería. No se trataba de eso. Tan sólo miró con aire absorto al hombre a su lado y murmuró lo que acudía por sí sólo, aún si pareciera inconexo y repentino. - Jamás permitiré que le dañen. -

Sin mayor explicación, procedió con lo que debía. Se volvió hacia los soldados, que en aquel entonces habían ya hecho a los emergidos ponerse en pie, ocupándose en unir sus ataduras a modo de organizarlos en fila. También los discípulos, en principio temerosos siquiera del encuentro con las criaturas, trataban con ellos ahora con seguridad. Todo parecía en orden. - Regresemos a Nevassa. - Reafirmó. Tenían todo lo que necesitaban.

El estandarte daeinita que habían tomado de los emergidos fue su propio símbolo en el retorno a casa, su señal para la tranquilidad de los guardias de la muralla. Portándolo, el príncipe lideró de regreso aquella marcha de pocos, a su lado su consejero y a su espalda las cuatro criaturas de ojos rojos, con las manos retenidas tras las espaldas, atadas en estrecha fila y flanqueadas por los guardias y discípulos de magia negra, que las atizaban cuando parecían aminorar el paso. Era la primera vez que capturas como aquellas eran transportadas a plena luz de día, públicamente, al interior de la ciudad. Resultaba lúgubre imagen para quienes temían aún a las huestes emergidas, mas a su vez, si se apreciaba con otros ojos la seguridad con que eran llevados aquellos cuatro, evocativa; un recordatorio del dominio que el imperio daeinita establecía sobre ellos. Las criaturas fueron llevadas hasta la torre tras la biblioteca real, sitio de la escuela de magia oscura del príncipe, para desaparecer por completo en sus mazmorras. Cuanto menos, era sabido que allí permanecerían y allí morirían. Su estandarte dañado pero reconocible aún como el de Daein colgaría sobre la puerta de entrada.
Afiliación :
- DAEIN -

Clase :
Sorcerer | Priest

Cargo :
Príncipe de Daein

Autoridad :
★ ★ ★ ★

Inventario :
Tomo de Nosferatu [5]
Báculo de heal [2]
tomo de Worm [1]
Gema Opaca
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Mensaje por Eliwood el Vie Jul 05, 2019 10:54 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Pelleas ha gastado un uso de su tomo de Worm.
Judal ha gastado un uso de sus dagas de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

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Vulnerary [1]
espada de acero [5]
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