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[Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld]

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[Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Lun Mar 04, 2019 9:18 am


Jehanna. Tierra de blancas dunas y hermana de Plegia en Magvel. Y en muy poco, súbdita del país que la estaba invadiendo, portando banderas negras y grandes picas que destruían a quienes se ponían por delante. Por tierra, las tropas entraban desde todos los flancos amenazantes, y tomando las antiguas ciudades con total maestría, empujando a los emergidos constantemente hacia el este, que era el lugar donde concentrarían a todos para posteriormente acabar con ellos. Pero ahí no acababa la cosa. Porque por mar, había empezado un bloqueo naval digno de ser recordado para la historia. Nadie entraba o salía de Magvel sin que el ejército plegiano lo supiera. Los refuerzos emergidos, provenientes de Silesse, brecha de esos seres en los continentes de Magvel y Jugdral, no podrían llegar. Y es que además los nohrios eficazmente estaban tomando esa tierra, volviendo así pues a la plaga emergida una mera horda a la que poco a poco, se le iban acabando las tropas. Y los plegianos aprovechaban la situación. Sin hacer cosquillas. Solo golpeando todo punto crítico de los escuadrones emergidos con sus novedosas estrategias sin precedentes en ninguna parte del mundo.

Pero todas esas tropas tenían un único e indiscutible líder supremo, cuyas decisiones se hacían cumplir al pie de la letra. Y durante el mandato del mismo, ni una sola batalla habían perdido. Gangrel I de Plegia. El más temible rey que habían visto esas tierras. Astuto y fiero como un depredador, el que en un futuro próximo se convertiría en uno de los más poderosos monarcas del mundo (si es que no lo era ya) era el primero en salir del campamento cuando se requería combatir. Y en ese día, tenían pensado dividir al ejército emergido en dos: cortar Jehanna en lo que una vez fue Rausten y el desierto propiamente dicho. Esa era la táctica de Plegia. Luchar como lobos en manada para posteriormente devorar la carroña.

Pero para una táctica de tal nivel debería llevar consigo a lo mejor de lo mejor que tuviera. Los mejores entre los Tercios… Y por supuesto, los mejores entre los mercenarios contratados.

Pero ese ataque debía ir poco a poco. Lo primero era asegurar las fronteras. Y era algo que el rey bien sabía. Cabía constatar que las montañas de Rausten eran ricas en minerales, como era natural, y eso era algo que se podría explotar para crear más armas (que nunca escaseaban… Pero siempre quería más), siendo las mismas a su vez útiles fortificaciones y formas de controlar el terreno.

El campamento fue levantado en una zona de baja altura pero fácil de defender. Un campamento al más puro estilo romano, pues sabían que estarían ahí por meses. Y Gangrel no estaría ahí por siempre. El poder también recaería en los algunos de los hombres de mayor confianza del emperador. Entre ellos, un obispo de unos ochenta años.

Ese hombre era terriblemente poderoso. Todos lo sabían. Tutor de Gangrel en oratoria y argumentación, y a él se le había prometido tener el control de la religión en la antigua Rausten por su cercanía al fascismo y las ideas del mismo. Ese anciano, que solía apoyarse en un bastón de marfil y ocultarse entre grandes y largas túnicas que mostraban su alto rango en la religión, era uno de los pocos a los que Gangrel escuchaba y daría favores. Y ese día sería uno en los que tendría que cederle su amabilidad.

Se encontraba el rey en la tienda de campaña central, una especie de salón creado alrededor de una mesa redonda, que siempre estaba repleta de mapas, en un permanente consejo de guerra. Al lado derecho, se sentaban los estrategas y teólogos. Al otro, generales y los líderes mercenarios. Y Gangrel, por supuesto, en el frente de la mesa, para poder escuchar a todos por igual.

Entre charla y charla sobre sus futuros movimientos, entró en la tienda aquel anciano obispo. Los generales y estrategas cesarían sus palabras inmediatamente al ver que tras la arcana figura se encontraban dos soldados musculosos que agarraban con fiereza a una joven muchacha. Una mujer vestida con una túnica blanca y que portaba una especie de diadema de algún tipo de material similar al oro. Una sacerdotisa.

-Mi señor -la grave y potente voz del obispo inundaría la sala. Este hizo ademán de arrodillarse, pero sus desgastadas rodillas no se lo permitieron, así que se limitó a descender la cabeza- Disculpad mi intromisión. Mas en el día de hoy, mientras paseaba por las cercanías del campamento para oficiar el sermón a los nuestros, hemos encontrado una capilla en las lomas cercanas, de la cual ha salido esta… Fémina. Tenemos sospechas de que puede ser una sacerdotisa al servicio de alguna entidad diabólica como lo es Naga o los paganos dioses por los que otrora se rezó aquí… Y la capilla sigue en pie, si bien rodeada y tomada por los emergidos. Sospechamos que esta mujer intentó venir a pedir ayuda sin saber que en nosotros recae el deber de exterminar a los herejes. -un fuerte golpe de bastón propinaría al suelo, para dar seriedad a sus palabras. Extraería de uno de los largos bolsillos que se encontraban en sus vestiduras un libro negro, posiblemente alguno de los muchos tratados teológicos que poseían los soldados en el campamento- Y bien lo constatan los grandes sabios plegianos al decir que ante la sospecha, no tenemos otra opción que imponer de última ratio el reclamo de Grima. Reclamo que a esta mujer se le haga aceptar a la Santa Iglesia y sus benditos principios

El rey estaba ahí. Escuchando desde su silla de madera pintada en negro el discurso de aquel anciano hombre. Lo primero que hizo fue sonreír. Levantarse poco a poco para mirar al frente. El reflejo de los fuertes rayos solares era absorbido rápidamente por las telas negras y violetas que cubrían la tienda de campaña. Solo entraba luz desde algunos candelabros y por supuesto, por la puerta, con la intención de hacer que todos los estrategas se mantuvieran concentrados en lo que hacían. Tardó unos segundos en responder. Angustiosos segundos en los que se mantuvo con una falsa sonrisa en su rostro, inhalando y exhalando aire con un patrón que no tenía otra intención que impacientar.

Ante tal espera, la mujer no pudo hacer nada más que intentar mostrarse como un animal indefenso y forcejear para escaparse de sus captores. Y casi lo consiguió, si no fuera porque en el mismo instante en el que escapó de las fuertes manos de los soldados el anciano sacerdote le propinó un furioso golpe con su gran durísimo bastón (era de marfil, al fin y al cabo. Milagroso era que pudiera moverlo ese desgastado hombre) en la nuca, que la haría tropezar y ser de nuevo atrapada por los dos plegianos. Y con eso, al ver que nada servía, empezaría a gritar y lo que parecía ser llorar, en un ataque de más que evidente ataque de impotencia en el que empezó a pedir clemencia, hasta arrodillándose para intentar abrazarse a las piernas del anciano hombre.

Fue Gangrel quien tuvo que poner orden lanzando un seco y fuerte carraspeo al aire. Inmediatamente uno de los generales cercanos cubrió con su mano la boca de la joven, a sabiendas que eso era lo más piadoso que podía hacer por ella.

-Cállate, ingenua bestia. Creo que no lo has comprendido -se golpearía el peto de oro que cubría su pecho con fuerza, cosa que si no fuera por sus guantes de oro mal hubiera acabado- Yo soy rey y soy juez. Y en este que es mi reino la sentencia va primero y el juicio después. -su sonrisa se tornaría viperina y sibilina. Ya no había nada en él de humanidad. Hasta los generales cercanos se estremecían ante ese rostro- Llevadla a las… Salas de conversión -una forma muy discreta de decir “sala de torturas”- Y que se encomiende al nuestro amo y dios supremo

Los soldados harían cumplir la orden a pesar de lo mucho que se intensificaran los gritos. En pocos instantes, la mujer sería llevada a fuera del lugar, para posteriormente ser puesta en garras de los sacerdotes que se encontraban en el campamento. El silencio y la indiferencia volvería al lugar. Y el obispo se dispuso a hablar de nuevo.

-Mas ahí no acaban mis peticiones. El ejército debe tomar esa capilla. No solo por la necesidad que tenemos de saber qué culto se practicaba ahí, también por su estratégica posición. Dejo mi segunda solicitud a vuestro meditar. Y ahora, me retiro, mi señor. Que Grima os haga elegir la correcta decisión

Y sin mediar más palabra, el anciano obispo saldría de la tienda de campaña. Gangrel volvería a sentarse taciturno mientras reflexionaba sobre lo dicho.

-Muy bien. Lo haremos. Tú -se dirigió a uno de los generales plegianos más cercanos- Moviliza a los hombres y mujeres en disposición de luchar -tornó la cabeza para dirigirse a una alta e imponente figura. Skjöld, el líder mercenario- Y tú y los tuyos me acompañaréis en el día de hoy. Se levanta la sesión. Preparaos para el combate

Los plegianos se levantarían de la mesa solemnemente para lanzar su grito. “¡GRIMA SALVE A PLEGIA!”, haciendo el saludo a la romana, y con esto dar su despedida y salir de la tienda de campaña. Los otros líderes mercenarios también desaparecerían, pero con menor… ¿Entusiasmo? Podría catalogarse así.

El último en levantarse para salir y preparar el combate fue Gangrel, como era costumbre. Se dirigiría hacia Skjöld directamente para darle su mensaje.

-Ya me demostraste tu fuerza en Carcino. Que el contrato se cumpla, camarada, y arrasemos juntos a la masa emergida. Grima así lo quiere.
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Re: [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld]

Mensaje por Skjöld Heilfsson el Dom Mar 10, 2019 11:38 pm

Graznido altivo fue el que nos llevó a marchar siguiendo al moribundo y fresco aquilón, tornado suspiro cálido conforme el polvo y la arena tomaban el lugar de la hierba, seco de vida el suelo que pisábamos, agrientándolo con nuestras firmes botas, en una cabalgata que, funesta y vibrante, haría temblar los cimientos aquella nación olvidada que recibiría nuestra nueva acometida, entre venablos infinitos apuntando al cielo. Ardían los pies, y nos azotaba el sol inclemente y cruel, en lo más alto durante los días, para luego desaparecer al crepúsculo y matarnos de frío e indiferencia la luna, tan cambiante como poderosa, hermanada y enfrentada a Hogr a partes iguales. Mas los Cuervos callaban lo que decían las armas, brillantes bajo el sol en un desierto infinito, que de gravilla fina y blanca como las escasas nubes llenaba nuestros cuerpos y ánimos, sin saber siquiera la misma tierra que acabaría convertida en un mar de sangre, inabarcable y absoluto, profundo como la negra umbra que se podía divisar en nuestro estandarte, regio y amenazante, cuyo ave blanca parecía graznar a los cuatro vientos avisando de la macabra festividad que, junto a tambores de guerra, bramidos de cuerno y voces desgarradas, daría comienzo en breve. Nos alzábamos gloriosos entre las tropas plegianas, entregadas a las pasiones depravadas de su monarca mustélido, de sonrisa grotesca y ruin, marcada a fuego en su rostro despiadado y afilado, aún más que sus bravatas e incluso que las dagas que guardaba bajo su manto.

Llamados a ejercer la guerra, nos habíamos desplazado hambrientos de gestas, como los coyotes que, con aullidos estridentes, nos observaban en la noche, ocultos entre las rocas, reptando al acecho, junto a los ojos impasibles y agudos de los buitres que, como rapaces esperando a su presa, aguardaban pacientes a que les diéramos digno festín con el que llenar sus aviesos picos, abriéndose estos para emitir chillidos sobre nuestras cabezas que parecían más risas histéricas entregadas a los estragos de la guerra, su sustento. No hacía dos semanas que habíamos dejado de ser necesarios en Carcino, la supuesta nueva joya de la corona corrupta de Plegia, que más no podía dejar de importarme, y ya nos encaminábamos rumbo a cruentas batallas, buscando chocar nuestras armas contra la masa gris enemiga y empaparnos con su sangre espesa más que juntar monedas con ambas manos con ojos codiciosos. El brillo traicionero del oro no me impulsaba a dirigir a los míos con la tenacidad que me caracterizaba, serio y sombrío mi semblante aunque la arena se colara entre los resquicios de mi azabache barba, enredada y salvaje, mientras el cálido viento entre dunas hiciera que mi mirada se enturbiara y mi torso sudara bajo la piel de Nöht, confinado y dormido en mi interior, sino la palabra rotunda e imperiosa de los dioses, tan misteriosa su vía como primigenio su vasto poder. Oía sus voces llamarme en los recovecos de mis sueños durante las conquistas, implorando mi atención, mostrándome retazos abrumadores de su sabiduría, usando sus bramidos y garras para marcarlos a fuego en mi interior, enseñando a mi alma mortal a vivir como ellos, imponente y majestuoso, nunca esclavo.

Sin embargo, esta vez era diferente. Sumergido en una espesa e intranquilizadora neblina me hallaba, cegada mi vista por la misma, tan gélida que mi piel se desgarraba de puro frío en la desnudez en la que me veía, lacerando mi espalda y torso como si se tratara de un látigo helado, confuso y perdido en semejante ambiente, oscuro el cielo, pues devorada por las sombras se hallaba la luna, como contaban las historias de los pueblerinos de Dandr sobre el día en el que mi madre me trajo al mundo. Trataba de avanzar, azotado por las formas que danzaban en la niebla, escarchándose mi carne y abriéndose mi piel de puro helor, escapándose jadeos de mis labios, cortados y doloridos, llegando a ser sangrantes en una agonía que se perpetuaba a cada paso que daba, estremeciéndose mi pecho y agitándose mi respiración en un desenfreno que rozaba la locura, moviéndose mis ojos a punto de congelarse, desorbitados e inquietos, buscando una salida de aquella nube que acabaría por matarme, sin poder salir de esta por más que lo intentara, arañado y sintiéndome moribundo en medio de aquel laberinto invisible y mortal. Abrí la boca para gritar, entrando el frío en mis pulmones, despojándolos de aire y vida, perdiendo las fuerzas necesarias para rugir siquiera. Aturdido, empezaban a fallarme las piernas, cayendo de rodillas al suelo, desamparado y destrozado, indefenso ante la naturaleza maligna de esta niebla que me consumía, arrancándome la vida a la vez que mi alma, nublándome la vista y el juicio. Derrotado, esperaba a mi muerte por congelación, escarchándose mi barba, atascándose mi garganta, sin poder hacer nada para evitarlo. Pero entonces, sin ningún aviso, graznidos insistentes se abrieron paso a mis oídos, chirriantes y potentes, haciéndome temblar dado su poderío, dando una orden enigmática.

-Pierde carne, gana visión- resonó con fuerza por todo el lugar. -Gana sabiduría, y pierde límite- me decía el cuervo mientras sobre mi cabeza se oían sus alas batir con estruendo. -Mira al sol, y verás mentiras- remató con un graznido aún más intenso.

Y cuando sus alas se acercaban a mí, oyendo su pico yo abrirse y cerrarse con un chasquido demoledor, el mundo se sumió en la más absoluta oscuridad, cayendo en aquel momento en la inconsciencia.

Tras aquella visión, había accedido a la petición de Gangrel, marchando los Cuervos con ellos, en búsqueda no de un pago, sino de respuestas para mí, o al menos de una guía que pudiera llevarme al siguiente punto en el que debía complacer a los dioses, y en especial al córvido, que parecía ganar fuerza en el interior de mi cabeza. Y no parecía estar satisfecho con ello aún así.

Había abandonado a los míos llamado por el rey de Plegia a acudir a uno de sus consejos de guerra, alejándome en solitario del campamento apartado que poseíamos en los alrededores de la formación principal, pues aunque guerreros compañeros de las fuerzas del hurón, no queríamos mezclarnos con ellos, y menos en tierras tan áridas e inhóspitas como estas, en las que ellos eran los que se encontraban como en casa. Sigbjörn se había ofrecido a acompañarme al mismo, pero me negué en rotundo, en completo silencio y fulminándole con la mirada. No. En esta ocasión, debía quedarse atrás, vigilando que todo quedara en orden, y preparándose por si en cualquier momento debíamos partir, ya fuera a la batalla o rumbo a la deserción, si no se cumplían las condiciones. Atravesé el campamento, hacha en mano y cuchillo al cinto, ataviado con mis pieles aún cuando el calor se tornaba insoportable, pegándose a mi cuerpo como si se tratara de una segunda piel que amenazaba con quitarme todo el agua del cuerpo, dando pasos largos y firmes apartando de mi lado a todo aquel desgraciado que se atreviera siquiera a cruzarse conmigo, pocos dado lo imponente de mi persona. Podía oler en los soldados regulares el ímpetu que poseían ahora que se encontraban en terreno familiar, manejando con eficacia sus petos y botas, calados de arena, natural para ellos, capeando el sol con sombreros y limpiando de sus rostros mugrientos el sudor y polvo que se acumulaban en ellos, mirando con los ojos brillantes los alrededores, con una devoción a la bandera que ondeaba en el centro del lugar que casi se asemejaba a la que parecían esgrimir aquellos tipos con sotana que, cobardes y débiles, escudaban sus perversiones y superioridad en las palabras del dragón al que idolatraban como único dios, sierpe vil y rastrera como ninguna si daba su poder  a semejantes hombres.

Tras llegar al lugar, la tienda en la que se disponía la estrategia a seguir durante las campañas, entré sin siquiera mirar a sus guardianes, encontrando una estancia con una enorme mesa en la que se disponían los altos cargos de este regimiento. Sin saludar a ninguno, había tomado parte de la discusión en silencio, sentado frente a uno de los numerosos mapas de la región, dirigiéndole vistazos agudos mientras escuchaba con las orejas altas lo que decían aquellos estrategas y combatientes, sin siquiera emitir un sonido, revisándolos con mis pequeños ojos como si se trataran de mi próxima presa, hecho que podía ocurrir llegado el caso. escapándose alguna de estas miradas furtivas al monarca, ataviado con su peto y guantes dorados, esgrimiendo aquella curva en su rostro, tan retorcida como siempre, mostrando suficiencia y hambre. Cotorreaban sobre dirigirse al noreste desde esta posición, sin saber que en aquellas zonas los nuestros sólo veían putos grises en fila, queriendo dividirnos, mientras otros debatían que lo más apropiado era mirar a la capital, pues en cuanto cayera, podríamos usarla para atrincherarnos. Ninguna de las dos propuestas me satisfacía, pues se llenaban la boca con palabras grandes, queriendo hacer ver a los demás que comprendían las huestes mejor que nadie, siendo ellos los menos apropiados para hablar del tema. Cachorros venidos a más. Pronto sabrían a qué atenerse cuando los cánticos de los Cuervos se alzasen y ningún enemigo pudiera plantarnos cara. Sólo hacía falta esperar.

De repente se interrumpió aquel desfile de palabras vacías para mí, atravesando el umbral un anciano decrépito que apenas podía mantenerse en pie enarbolando un báculo de marfil, envuelto en aquellas "sacras" vestiduras que tanto les gustaba exhibir a los clérigos de Grima, o eso había aprendido en mis viajes junto a ellos. Mas en sus ojos no había una debilidad rampante como en el caso de los demás, no. Lo que yo veía desde el fondo de la sala era el semblante de un hombre que, ante los últimos momentos de su vida, se mantenía firme, aunque su faz llena de arrugas se mantuviera escasa de color y marchita, pues sus ojos hundidos y oscuros en aquel rostro afilado y regio, de marcada mandíbula como si se tratara de depredador hambriento, destilaban un orgullo y un brío que, en contraste con su cuerpo, le hacían parecer imbatible. Grave su voz atronadora retumbó por la sala, llamando la atención de la mujer que le acompañaba de mala gana, sujetada por dos guardias, vestida de túnica alba, bella desde luego y aún joven, que en su frente portaba una diadema dorada que contrastaba con sus castaños cabellos recogidos. Clamaba el monje que se trataba de una hereje que venía de una capilla cercana tomada por nuestro adversario, a la que habían dado caza, y a la que debían castigar por su fe, tan falsa para mí como aquella que profesaban todos los presentes. Gruñí por lo bajo pensando en la carnicería que podría ocurrir si me dignaba a reírme en sus caras de aquello en lo que creían, mas tras el bufido guardé silencio, esperando a ver cómo acababa todo.

Intervino el rey tras unos segundos de espera fatales para la mujer, pues se resistió y acabó con un varazo en la cabeza, y con su sibilino y viperino tono, zanjó aquella disputa en menos de un instante, pronunciando las palabras "salas de conversión" de una forma que hizo estremecerse hasta a uno de los generales que tenía a la izquierda, corpulento y de rostro surcado de cicatrices que parecía más una estatua que un ser humano, siempre fija su mirada en el monarca. Se llevaron a la supuesta sacerdotisa, para luego quedarse en silencio el lugar, mas aquel anciano de voz grave continuó hablando, pidiendo a Gangrel que se tomara el lugar, como una especie de favor a la Iglesia, por mucho que sus palabras trataran de enmascararlo. Tras eso marchó para dejar que deliberara, cosa que no tardó en hacer pues en breve ya había dado órdenes a los suyos y levantado la sesión. Sin embargo, me mantuve quieto tras la despedida de sus hombres de confianza, sentado en aquel lugar, con los ojos fijos en aquel mapa que se hallaba frente a mí, perdido en mis pensamientos, en los cuales los ladridos apagados y los graznidos altivos se sucedían, dictándome qué debía hacer a continuación.

En cuanto nos quedamos solos, Gangrel de Plegia alzó la voz para comunicarme sus intenciones respecto a mí, y recordarme las hazañas en Carcino, hablando después de su adorado Grima. Le miré entonces, con ojos penetrantes, pues sabía qué iba a decir.

-Marcharemos a la batalla, pero no compartiré campo con esas ratas, Gangrel- pronuncié airado, levantándome y dejando mi hacha en el suelo, llevando la diestra al cinto. -No veo más que debilidad en el resto de caudillos mercenarios, que se dan grandeza, los muy sarnosos- maldije escupiendo al suelo de mala gana, sacando el cuchillo que portaba, moviéndolo después a la mesa de guerra. -Grima no debe quererte mucho si te manda semejante escoria. Ni siquiera saben de qué hablan, como algunos de tus comandantes. Pero no te negaré que el viejo tiene agallas. Se merece algo de mi respeto. Al igual que tú- le sonreí mostrándole los dientes.

Con inusitada rapidez, alcé la mano para clavar con un estruendo en el pergamino frente a mí la hoja de mi acero, con un movimiento seco, dejando el mismo ensartado en una zona del mapa, al sur de nuestra posición, en lo que parecía ser un cañón angosto y estrecho. Sin despegar la mirada de mi cuchillo cuyo mango sobresalía, abrí la boca para hablar de nuevo.

-Las grandes bestias me dicen que aquí está la clave de nuestra victoria- señalé al mapa con la zurda. -Como muestra de mi buena fe, te digo esto y te ofrezco dos cosas. La primera es a los mejores de los míos para tomar la capilla, pero llevarás a tus tropas, y no a esos desgraciados. Sólo quiero luchar junto a cazadores- expuse haciendo un gesto enérgico con la cabeza, asintiendo. -Y lo segundo...es un presente. Lo hemos estado preparando los Cuervos, y si vives para ver un nuevo amanecer, te lo entregaré, como símbolo de nuestro reconocimiento. ¿Qué me dices, Gangrel?- gruñí, aclarándome después la garganta, seca por haber hablado tanto, pues no estaba acostumbrado a ello.
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Re: [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld]

Mensaje por Gangrel el Jue Mar 14, 2019 2:33 pm

Así pues, la capilla debía ser tomada, para eliminar todo rastro de blasfemia y herejía de aquella tierra de blancas dunas. Así lo decían los consejeros espirituales, hábiles en el artes de hablar con Él, y así Gangrel haría que se cumpliera su voluntad. La fuerza de las armas plegianas se impondría contra la marea emergida. Ese era el destino de Jehanna.

El que en un futuro próximo sería emperador de esas tierras estaba ya preparándose para ello, frente al líder mercenario, pensando en la estrategia que deberían utilizar mientras los escasos rayos de sol que entraban en la violácea tienda de campaña les daban suficiente iluminación como para poder mirarse a los ojos.

En territorios así, estaba claro que las fuerzas imperiales tenían ventaja clara contra la marea gris. Esos extraños seres que parecían haber sido reanimados no podrían hacer nada contra la grácil elegancia de los soldados de élite plegianos, los Tercios del Hálito Negro, que en ni una sola batalla perdían, por muchas bajas que esto requiriese. Y si Skjöld deseaba ver a los suyos en acción, él como rey se encargaría de hacer cumplir también ese pequeño deseo del opulento guerrero.

-Te recuerdo que solo el perro más tranquilo acaba sobreviviendo en la manada. La mezcla entre la fuerza y la serenidad es necesaria en un mundo cambiante como el nuestro -el rey comenzó a hablar con serenidad, acomodándose la corona en su enmarañado pelo- … Mas tienes razón. Las voluntades de Grima son inescrutables. No comprendo cómo puede poner a tales salvajes a mis órdenes esperando que con ellos tome el país de sol y calor en el que estamos -sus palabras se desplazaban lentamente, formulándose cada una de ellas con suma cautela y precaución. Sabía de sobra que provocar la ira del líder mercenario estando a solas con él podría ser causa de graves problemas- Debo de decir que el respeto es mutuo. Tal vez sea la hermandad que nos brinda la batalla lo que produce tales sensaciones el uno al otro -y es que había que ser sinceros: Gangrel había tomado especial… Cariño a muchos de los soldados con los que había compartido su experiencia en la guerra- ...Tal vez, si la adversa diosa fortuna hubiera sido amable conmigo, tú estarías como un general de los míos. Pero veo que el destino te ha colocado en una posición tan difusa que solo el oro te puede mantener, y aun así, ahí estás, en la batalla, luchando como un furioso buey en carga contra el océano que se ha vuelto el mundo emergido… Tal vez, podría aprender más de ti que tú de mí

Escuchó sus palabras. ¿Un regalo? Eso sí que era algo que no se esperaba. En su vida había recibido presentes ni obsequios de los mercenarios a los que contrataba, todo lo contrario, solía ser él quien se veía forzado a hacerlos como una muestra de amabilidad y buena fe, para asegurarse de que sus servicios podrían ser utilizados en un futuro.

-Pues que tu voluntad se cumpla, viejo guerrero. Solo vendrán conmigo la alta élite del más poderoso Tercio de los que aquí se encuentran -sonrió. Una sonrisa que mezclaba su habitual faz sibilina con una extraña muestra de… “Calor” humano, que no solía brindar a nadie- Considera eso un regalo también. Pocas veces se despliegan los más poderosos del ejército. -no pudo evitar soltar una breve risa. Una risa que se extendería por escasos segundos antes de fallecer tan rápido como había nacido- Me entregarás ese obsequio del que hablas en un opulento festín. Pero ese no será el festín de la victoria ni mucho menos. Si llegas a ver el alba del día en el que volvamos a Plegia, se celebrará uno por todo lo alto en la Santa Madre Patria, donde la llama del desierto se mezcla con la oscuridad del omnipotente Grima, y todos los plegianos lo celebrarán. Y en todas partes de mi futuro imperio se sabrá quienes han ayudado a forjar esta nueva nación que se alzará por encima de todas las que osen contradecirla

Sus arrogantes palabras cesarían repentinamente. Un estratega había entrado en la tienda de campaña. Un hombre joven (debería tener una veintena de años, tal vez unos pocos más), de semblante moreno, largo cabello azabache recogido en una coleta y ojos negros, que se fijaban temerosos en el gran mercenario con el que el rey compartía charla.

-Lamento interrumpiros, mi grandioso señor, mas las tropas requieren de sus órdenes. ¿Cuáles son las instrucciones a seguir?

Miró por unos segundos a Skjöld con complicidad. Una sonrisa más fría que la anterior volvería a dibujarse en su rostro. La sonrisa de una serpiente que a punto estaba de saltar sobre su víctima. La sonrisa de alguien que sabía perfectamente qué decir. Dio la orden. La más extraña orden que nunca se había dado anteriormente, pues no resultaba necesaria. Que se desplegara la élite. Los soldados veteranos más entrenados, los más capacitados para cualquier tipo de situación que voluntariamente habían salido a defender a su país, dirigidos por los comandantes más experimentados y valientes de todos, los que no dudarían ni un segundo en arrojarse al infierno para salvar a una vida más útil que la suya. Ese día, esa miserable capilla, ese miserable fortín emergido, vería sus días acabar con tal velocidad que lo que fue nunca más sería.

***

Y en poco tiempo, ahí estaban sus hombres más poderosos. Gangrel había salido expresamente hacia las puertas del campamento para ver cómo estos se preparaban, y también porque ese sería el punto de reunión entre él y las tropas mercenarias de Skjöld. Y ahí estaban los suyos, preparándose.

Guerreros escasamente ataviados (lo cual les daba envidiable velocidad), con un peto de hierro bajo un chaleco de cuero, un morrión por casco que les permitía cubrir su cabeza sin ocultarles visión… Y lo más terrible de todo. Armados con largas picas, libros de magia algunos de ellos y arcos y flechas los que sobraban. Solo con eso podrían poner a sus pies a cualquiera. Y lo sabían. La formación del Tercio unía todo para crear un solo pilar invencible.

La gran mayoría de ellos eran hombres, con una edad que ya iba por encima de los treinta (al fin y al cabo, buscaban soldados de élite experimentados, no jóvenes que recién salían del entrenamiento militar) con alguna que otra mujer, aunque su presencia fuera mucho menor. Pero eso no importaba. En ellos solo se veía una cosa. Unidad. Eran muchos, pero tal y como se ayudaban entre ellos y su recta formación, quedaba claro que cada uno consideraba al otro uno más de su cuerpo. Eso les daría la victoria. Porque si uno caía, dos alzarían su lanza con furia para vengarlo.

Las tropas mercenarias llegaron. Y Gangrel no podía estar más que orgulloso frente a la grandiosa formación que se encontrarían estos. La élite. Rostros severos y fuertes cuyos ojos les mirarían con calma, pero cuya lanza se mantendría siempre firme, en la posición que vieran conveniente, sin flanquear un solo segundo.

-Skjöld -saludó, aunque hiciera muy poco que se hubieran visto- Preparémonos. Sugiero que mis tropas ataquen por el frente… Que los tuyos hagan lo que ya vi que les es fácil y es emboscar por cualquier lugar. Jugaremos con el factor sorpresa. Cuando vengan a defenderse al frente, que los tuyos les aniquilen por detrás… ¿Consideras conveniente la táctica, camarada?
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