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[Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld]

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Mensaje por Invitado el Lun Mar 04, 2019 9:18 am


Jehanna. Tierra de blancas dunas y hermana de Plegia en Magvel. Y en muy poco, súbdita del país que la estaba invadiendo, portando banderas negras y grandes picas que destruían a quienes se ponían por delante. Por tierra, las tropas entraban desde todos los flancos amenazantes, y tomando las antiguas ciudades con total maestría, empujando a los emergidos constantemente hacia el este, que era el lugar donde concentrarían a todos para posteriormente acabar con ellos. Pero ahí no acababa la cosa. Porque por mar, había empezado un bloqueo naval digno de ser recordado para la historia. Nadie entraba o salía de Magvel sin que el ejército plegiano lo supiera. Los refuerzos emergidos, provenientes de Silesse, brecha de esos seres en los continentes de Magvel y Jugdral, no podrían llegar. Y es que además los nohrios eficazmente estaban tomando esa tierra, volviendo así pues a la plaga emergida una mera horda a la que poco a poco, se le iban acabando las tropas. Y los plegianos aprovechaban la situación. Sin hacer cosquillas. Solo golpeando todo punto crítico de los escuadrones emergidos con sus novedosas estrategias sin precedentes en ninguna parte del mundo.

Pero todas esas tropas tenían un único e indiscutible líder supremo, cuyas decisiones se hacían cumplir al pie de la letra. Y durante el mandato del mismo, ni una sola batalla habían perdido. Gangrel I de Plegia. El más temible rey que habían visto esas tierras. Astuto y fiero como un depredador, el que en un futuro próximo se convertiría en uno de los más poderosos monarcas del mundo (si es que no lo era ya) era el primero en salir del campamento cuando se requería combatir. Y en ese día, tenían pensado dividir al ejército emergido en dos: cortar Jehanna en lo que una vez fue Rausten y el desierto propiamente dicho. Esa era la táctica de Plegia. Luchar como lobos en manada para posteriormente devorar la carroña.

Pero para una táctica de tal nivel debería llevar consigo a lo mejor de lo mejor que tuviera. Los mejores entre los Tercios… Y por supuesto, los mejores entre los mercenarios contratados.

Pero ese ataque debía ir poco a poco. Lo primero era asegurar las fronteras. Y era algo que el rey bien sabía. Cabía constatar que las montañas de Rausten eran ricas en minerales, como era natural, y eso era algo que se podría explotar para crear más armas (que nunca escaseaban… Pero siempre quería más), siendo las mismas a su vez útiles fortificaciones y formas de controlar el terreno.

El campamento fue levantado en una zona de baja altura pero fácil de defender. Un campamento al más puro estilo romano, pues sabían que estarían ahí por meses. Y Gangrel no estaría ahí por siempre. El poder también recaería en los algunos de los hombres de mayor confianza del emperador. Entre ellos, un obispo de unos ochenta años.

Ese hombre era terriblemente poderoso. Todos lo sabían. Tutor de Gangrel en oratoria y argumentación, y a él se le había prometido tener el control de la religión en la antigua Rausten por su cercanía al fascismo y las ideas del mismo. Ese anciano, que solía apoyarse en un bastón de marfil y ocultarse entre grandes y largas túnicas que mostraban su alto rango en la religión, era uno de los pocos a los que Gangrel escuchaba y daría favores. Y ese día sería uno en los que tendría que cederle su amabilidad.

Se encontraba el rey en la tienda de campaña central, una especie de salón creado alrededor de una mesa redonda, que siempre estaba repleta de mapas, en un permanente consejo de guerra. Al lado derecho, se sentaban los estrategas y teólogos. Al otro, generales y los líderes mercenarios. Y Gangrel, por supuesto, en el frente de la mesa, para poder escuchar a todos por igual.

Entre charla y charla sobre sus futuros movimientos, entró en la tienda aquel anciano obispo. Los generales y estrategas cesarían sus palabras inmediatamente al ver que tras la arcana figura se encontraban dos soldados musculosos que agarraban con fiereza a una joven muchacha. Una mujer vestida con una túnica blanca y que portaba una especie de diadema de algún tipo de material similar al oro. Una sacerdotisa.

-Mi señor -la grave y potente voz del obispo inundaría la sala. Este hizo ademán de arrodillarse, pero sus desgastadas rodillas no se lo permitieron, así que se limitó a descender la cabeza- Disculpad mi intromisión. Mas en el día de hoy, mientras paseaba por las cercanías del campamento para oficiar el sermón a los nuestros, hemos encontrado una capilla en las lomas cercanas, de la cual ha salido esta… Fémina. Tenemos sospechas de que puede ser una sacerdotisa al servicio de alguna entidad diabólica como lo es Naga o los paganos dioses por los que otrora se rezó aquí… Y la capilla sigue en pie, si bien rodeada y tomada por los emergidos. Sospechamos que esta mujer intentó venir a pedir ayuda sin saber que en nosotros recae el deber de exterminar a los herejes. -un fuerte golpe de bastón propinaría al suelo, para dar seriedad a sus palabras. Extraería de uno de los largos bolsillos que se encontraban en sus vestiduras un libro negro, posiblemente alguno de los muchos tratados teológicos que poseían los soldados en el campamento- Y bien lo constatan los grandes sabios plegianos al decir que ante la sospecha, no tenemos otra opción que imponer de última ratio el reclamo de Grima. Reclamo que a esta mujer se le haga aceptar a la Santa Iglesia y sus benditos principios

El rey estaba ahí. Escuchando desde su silla de madera pintada en negro el discurso de aquel anciano hombre. Lo primero que hizo fue sonreír. Levantarse poco a poco para mirar al frente. El reflejo de los fuertes rayos solares era absorbido rápidamente por las telas negras y violetas que cubrían la tienda de campaña. Solo entraba luz desde algunos candelabros y por supuesto, por la puerta, con la intención de hacer que todos los estrategas se mantuvieran concentrados en lo que hacían. Tardó unos segundos en responder. Angustiosos segundos en los que se mantuvo con una falsa sonrisa en su rostro, inhalando y exhalando aire con un patrón que no tenía otra intención que impacientar.

Ante tal espera, la mujer no pudo hacer nada más que intentar mostrarse como un animal indefenso y forcejear para escaparse de sus captores. Y casi lo consiguió, si no fuera porque en el mismo instante en el que escapó de las fuertes manos de los soldados el anciano sacerdote le propinó un furioso golpe con su gran durísimo bastón (era de marfil, al fin y al cabo. Milagroso era que pudiera moverlo ese desgastado hombre) en la nuca, que la haría tropezar y ser de nuevo atrapada por los dos plegianos. Y con eso, al ver que nada servía, empezaría a gritar y lo que parecía ser llorar, en un ataque de más que evidente ataque de impotencia en el que empezó a pedir clemencia, hasta arrodillándose para intentar abrazarse a las piernas del anciano hombre.

Fue Gangrel quien tuvo que poner orden lanzando un seco y fuerte carraspeo al aire. Inmediatamente uno de los generales cercanos cubrió con su mano la boca de la joven, a sabiendas que eso era lo más piadoso que podía hacer por ella.

-Cállate, ingenua bestia. Creo que no lo has comprendido -se golpearía el peto de oro que cubría su pecho con fuerza, cosa que si no fuera por sus guantes de oro mal hubiera acabado- Yo soy rey y soy juez. Y en este que es mi reino la sentencia va primero y el juicio después. -su sonrisa se tornaría viperina y sibilina. Ya no había nada en él de humanidad. Hasta los generales cercanos se estremecían ante ese rostro- Llevadla a las… Salas de conversión -una forma muy discreta de decir “sala de torturas”- Y que se encomiende al nuestro amo y dios supremo

Los soldados harían cumplir la orden a pesar de lo mucho que se intensificaran los gritos. En pocos instantes, la mujer sería llevada a fuera del lugar, para posteriormente ser puesta en garras de los sacerdotes que se encontraban en el campamento. El silencio y la indiferencia volvería al lugar. Y el obispo se dispuso a hablar de nuevo.

-Mas ahí no acaban mis peticiones. El ejército debe tomar esa capilla. No solo por la necesidad que tenemos de saber qué culto se practicaba ahí, también por su estratégica posición. Dejo mi segunda solicitud a vuestro meditar. Y ahora, me retiro, mi señor. Que Grima os haga elegir la correcta decisión

Y sin mediar más palabra, el anciano obispo saldría de la tienda de campaña. Gangrel volvería a sentarse taciturno mientras reflexionaba sobre lo dicho.

-Muy bien. Lo haremos. Tú -se dirigió a uno de los generales plegianos más cercanos- Moviliza a los hombres y mujeres en disposición de luchar -tornó la cabeza para dirigirse a una alta e imponente figura. Skjöld, el líder mercenario- Y tú y los tuyos me acompañaréis en el día de hoy. Se levanta la sesión. Preparaos para el combate

Los plegianos se levantarían de la mesa solemnemente para lanzar su grito. “¡GRIMA SALVE A PLEGIA!”, haciendo el saludo a la romana, y con esto dar su despedida y salir de la tienda de campaña. Los otros líderes mercenarios también desaparecerían, pero con menor… ¿Entusiasmo? Podría catalogarse así.

El último en levantarse para salir y preparar el combate fue Gangrel, como era costumbre. Se dirigiría hacia Skjöld directamente para darle su mensaje.

-Ya me demostraste tu fuerza en Carcino. Que el contrato se cumpla, camarada, y arrasemos juntos a la masa emergida. Grima así lo quiere.
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Mensaje por Invitado el Dom Mar 10, 2019 11:38 pm

Graznido altivo fue el que nos llevó a marchar siguiendo al moribundo y fresco aquilón, tornado suspiro cálido conforme el polvo y la arena tomaban el lugar de la hierba, seco de vida el suelo que pisábamos, agrientándolo con nuestras firmes botas, en una cabalgata que, funesta y vibrante, haría temblar los cimientos aquella nación olvidada que recibiría nuestra nueva acometida, entre venablos infinitos apuntando al cielo. Ardían los pies, y nos azotaba el sol inclemente y cruel, en lo más alto durante los días, para luego desaparecer al crepúsculo y matarnos de frío e indiferencia la luna, tan cambiante como poderosa, hermanada y enfrentada a Hogr a partes iguales. Mas los Cuervos callaban lo que decían las armas, brillantes bajo el sol en un desierto infinito, que de gravilla fina y blanca como las escasas nubes llenaba nuestros cuerpos y ánimos, sin saber siquiera la misma tierra que acabaría convertida en un mar de sangre, inabarcable y absoluto, profundo como la negra umbra que se podía divisar en nuestro estandarte, regio y amenazante, cuyo ave blanca parecía graznar a los cuatro vientos avisando de la macabra festividad que, junto a tambores de guerra, bramidos de cuerno y voces desgarradas, daría comienzo en breve. Nos alzábamos gloriosos entre las tropas plegianas, entregadas a las pasiones depravadas de su monarca mustélido, de sonrisa grotesca y ruin, marcada a fuego en su rostro despiadado y afilado, aún más que sus bravatas e incluso que las dagas que guardaba bajo su manto.

Llamados a ejercer la guerra, nos habíamos desplazado hambrientos de gestas, como los coyotes que, con aullidos estridentes, nos observaban en la noche, ocultos entre las rocas, reptando al acecho, junto a los ojos impasibles y agudos de los buitres que, como rapaces esperando a su presa, aguardaban pacientes a que les diéramos digno festín con el que llenar sus aviesos picos, abriéndose estos para emitir chillidos sobre nuestras cabezas que parecían más risas histéricas entregadas a los estragos de la guerra, su sustento. No hacía dos semanas que habíamos dejado de ser necesarios en Carcino, la supuesta nueva joya de la corona corrupta de Plegia, que más no podía dejar de importarme, y ya nos encaminábamos rumbo a cruentas batallas, buscando chocar nuestras armas contra la masa gris enemiga y empaparnos con su sangre espesa más que juntar monedas con ambas manos con ojos codiciosos. El brillo traicionero del oro no me impulsaba a dirigir a los míos con la tenacidad que me caracterizaba, serio y sombrío mi semblante aunque la arena se colara entre los resquicios de mi azabache barba, enredada y salvaje, mientras el cálido viento entre dunas hiciera que mi mirada se enturbiara y mi torso sudara bajo la piel de Nöht, confinado y dormido en mi interior, sino la palabra rotunda e imperiosa de los dioses, tan misteriosa su vía como primigenio su vasto poder. Oía sus voces llamarme en los recovecos de mis sueños durante las conquistas, implorando mi atención, mostrándome retazos abrumadores de su sabiduría, usando sus bramidos y garras para marcarlos a fuego en mi interior, enseñando a mi alma mortal a vivir como ellos, imponente y majestuoso, nunca esclavo.

Sin embargo, esta vez era diferente. Sumergido en una espesa e intranquilizadora neblina me hallaba, cegada mi vista por la misma, tan gélida que mi piel se desgarraba de puro frío en la desnudez en la que me veía, lacerando mi espalda y torso como si se tratara de un látigo helado, confuso y perdido en semejante ambiente, oscuro el cielo, pues devorada por las sombras se hallaba la luna, como contaban las historias de los pueblerinos de Dandr sobre el día en el que mi madre me trajo al mundo. Trataba de avanzar, azotado por las formas que danzaban en la niebla, escarchándose mi carne y abriéndose mi piel de puro helor, escapándose jadeos de mis labios, cortados y doloridos, llegando a ser sangrantes en una agonía que se perpetuaba a cada paso que daba, estremeciéndose mi pecho y agitándose mi respiración en un desenfreno que rozaba la locura, moviéndose mis ojos a punto de congelarse, desorbitados e inquietos, buscando una salida de aquella nube que acabaría por matarme, sin poder salir de esta por más que lo intentara, arañado y sintiéndome moribundo en medio de aquel laberinto invisible y mortal. Abrí la boca para gritar, entrando el frío en mis pulmones, despojándolos de aire y vida, perdiendo las fuerzas necesarias para rugir siquiera. Aturdido, empezaban a fallarme las piernas, cayendo de rodillas al suelo, desamparado y destrozado, indefenso ante la naturaleza maligna de esta niebla que me consumía, arrancándome la vida a la vez que mi alma, nublándome la vista y el juicio. Derrotado, esperaba a mi muerte por congelación, escarchándose mi barba, atascándose mi garganta, sin poder hacer nada para evitarlo. Pero entonces, sin ningún aviso, graznidos insistentes se abrieron paso a mis oídos, chirriantes y potentes, haciéndome temblar dado su poderío, dando una orden enigmática.

-Pierde carne, gana visión- resonó con fuerza por todo el lugar. -Gana sabiduría, y pierde límite- me decía el cuervo mientras sobre mi cabeza se oían sus alas batir con estruendo. -Mira al sol, y verás mentiras- remató con un graznido aún más intenso.

Y cuando sus alas se acercaban a mí, oyendo su pico yo abrirse y cerrarse con un chasquido demoledor, el mundo se sumió en la más absoluta oscuridad, cayendo en aquel momento en la inconsciencia.

Tras aquella visión, había accedido a la petición de Gangrel, marchando los Cuervos con ellos, en búsqueda no de un pago, sino de respuestas para mí, o al menos de una guía que pudiera llevarme al siguiente punto en el que debía complacer a los dioses, y en especial al córvido, que parecía ganar fuerza en el interior de mi cabeza. Y no parecía estar satisfecho con ello aún así.

Había abandonado a los míos llamado por el rey de Plegia a acudir a uno de sus consejos de guerra, alejándome en solitario del campamento apartado que poseíamos en los alrededores de la formación principal, pues aunque guerreros compañeros de las fuerzas del hurón, no queríamos mezclarnos con ellos, y menos en tierras tan áridas e inhóspitas como estas, en las que ellos eran los que se encontraban como en casa. Sigbjörn se había ofrecido a acompañarme al mismo, pero me negué en rotundo, en completo silencio y fulminándole con la mirada. No. En esta ocasión, debía quedarse atrás, vigilando que todo quedara en orden, y preparándose por si en cualquier momento debíamos partir, ya fuera a la batalla o rumbo a la deserción, si no se cumplían las condiciones. Atravesé el campamento, hacha en mano y cuchillo al cinto, ataviado con mis pieles aún cuando el calor se tornaba insoportable, pegándose a mi cuerpo como si se tratara de una segunda piel que amenazaba con quitarme todo el agua del cuerpo, dando pasos largos y firmes apartando de mi lado a todo aquel desgraciado que se atreviera siquiera a cruzarse conmigo, pocos dado lo imponente de mi persona. Podía oler en los soldados regulares el ímpetu que poseían ahora que se encontraban en terreno familiar, manejando con eficacia sus petos y botas, calados de arena, natural para ellos, capeando el sol con sombreros y limpiando de sus rostros mugrientos el sudor y polvo que se acumulaban en ellos, mirando con los ojos brillantes los alrededores, con una devoción a la bandera que ondeaba en el centro del lugar que casi se asemejaba a la que parecían esgrimir aquellos tipos con sotana que, cobardes y débiles, escudaban sus perversiones y superioridad en las palabras del dragón al que idolatraban como único dios, sierpe vil y rastrera como ninguna si daba su poder  a semejantes hombres.

Tras llegar al lugar, la tienda en la que se disponía la estrategia a seguir durante las campañas, entré sin siquiera mirar a sus guardianes, encontrando una estancia con una enorme mesa en la que se disponían los altos cargos de este regimiento. Sin saludar a ninguno, había tomado parte de la discusión en silencio, sentado frente a uno de los numerosos mapas de la región, dirigiéndole vistazos agudos mientras escuchaba con las orejas altas lo que decían aquellos estrategas y combatientes, sin siquiera emitir un sonido, revisándolos con mis pequeños ojos como si se trataran de mi próxima presa, hecho que podía ocurrir llegado el caso. escapándose alguna de estas miradas furtivas al monarca, ataviado con su peto y guantes dorados, esgrimiendo aquella curva en su rostro, tan retorcida como siempre, mostrando suficiencia y hambre. Cotorreaban sobre dirigirse al noreste desde esta posición, sin saber que en aquellas zonas los nuestros sólo veían putos grises en fila, queriendo dividirnos, mientras otros debatían que lo más apropiado era mirar a la capital, pues en cuanto cayera, podríamos usarla para atrincherarnos. Ninguna de las dos propuestas me satisfacía, pues se llenaban la boca con palabras grandes, queriendo hacer ver a los demás que comprendían las huestes mejor que nadie, siendo ellos los menos apropiados para hablar del tema. Cachorros venidos a más. Pronto sabrían a qué atenerse cuando los cánticos de los Cuervos se alzasen y ningún enemigo pudiera plantarnos cara. Sólo hacía falta esperar.

De repente se interrumpió aquel desfile de palabras vacías para mí, atravesando el umbral un anciano decrépito que apenas podía mantenerse en pie enarbolando un báculo de marfil, envuelto en aquellas "sacras" vestiduras que tanto les gustaba exhibir a los clérigos de Grima, o eso había aprendido en mis viajes junto a ellos. Mas en sus ojos no había una debilidad rampante como en el caso de los demás, no. Lo que yo veía desde el fondo de la sala era el semblante de un hombre que, ante los últimos momentos de su vida, se mantenía firme, aunque su faz llena de arrugas se mantuviera escasa de color y marchita, pues sus ojos hundidos y oscuros en aquel rostro afilado y regio, de marcada mandíbula como si se tratara de depredador hambriento, destilaban un orgullo y un brío que, en contraste con su cuerpo, le hacían parecer imbatible. Grave su voz atronadora retumbó por la sala, llamando la atención de la mujer que le acompañaba de mala gana, sujetada por dos guardias, vestida de túnica alba, bella desde luego y aún joven, que en su frente portaba una diadema dorada que contrastaba con sus castaños cabellos recogidos. Clamaba el monje que se trataba de una hereje que venía de una capilla cercana tomada por nuestro adversario, a la que habían dado caza, y a la que debían castigar por su fe, tan falsa para mí como aquella que profesaban todos los presentes. Gruñí por lo bajo pensando en la carnicería que podría ocurrir si me dignaba a reírme en sus caras de aquello en lo que creían, mas tras el bufido guardé silencio, esperando a ver cómo acababa todo.

Intervino el rey tras unos segundos de espera fatales para la mujer, pues se resistió y acabó con un varazo en la cabeza, y con su sibilino y viperino tono, zanjó aquella disputa en menos de un instante, pronunciando las palabras "salas de conversión" de una forma que hizo estremecerse hasta a uno de los generales que tenía a la izquierda, corpulento y de rostro surcado de cicatrices que parecía más una estatua que un ser humano, siempre fija su mirada en el monarca. Se llevaron a la supuesta sacerdotisa, para luego quedarse en silencio el lugar, mas aquel anciano de voz grave continuó hablando, pidiendo a Gangrel que se tomara el lugar, como una especie de favor a la Iglesia, por mucho que sus palabras trataran de enmascararlo. Tras eso marchó para dejar que deliberara, cosa que no tardó en hacer pues en breve ya había dado órdenes a los suyos y levantado la sesión. Sin embargo, me mantuve quieto tras la despedida de sus hombres de confianza, sentado en aquel lugar, con los ojos fijos en aquel mapa que se hallaba frente a mí, perdido en mis pensamientos, en los cuales los ladridos apagados y los graznidos altivos se sucedían, dictándome qué debía hacer a continuación.

En cuanto nos quedamos solos, Gangrel de Plegia alzó la voz para comunicarme sus intenciones respecto a mí, y recordarme las hazañas en Carcino, hablando después de su adorado Grima. Le miré entonces, con ojos penetrantes, pues sabía qué iba a decir.

-Marcharemos a la batalla, pero no compartiré campo con esas ratas, Gangrel- pronuncié airado, levantándome y dejando mi hacha en el suelo, llevando la diestra al cinto. -No veo más que debilidad en el resto de caudillos mercenarios, que se dan grandeza, los muy sarnosos- maldije escupiendo al suelo de mala gana, sacando el cuchillo que portaba, moviéndolo después a la mesa de guerra. -Grima no debe quererte mucho si te manda semejante escoria. Ni siquiera saben de qué hablan, como algunos de tus comandantes. Pero no te negaré que el viejo tiene agallas. Se merece algo de mi respeto. Al igual que tú- le sonreí mostrándole los dientes.

Con inusitada rapidez, alcé la mano para clavar con un estruendo en el pergamino frente a mí la hoja de mi acero, con un movimiento seco, dejando el mismo ensartado en una zona del mapa, al sur de nuestra posición, en lo que parecía ser un cañón angosto y estrecho. Sin despegar la mirada de mi cuchillo cuyo mango sobresalía, abrí la boca para hablar de nuevo.

-Las grandes bestias me dicen que aquí está la clave de nuestra victoria- señalé al mapa con la zurda. -Como muestra de mi buena fe, te digo esto y te ofrezco dos cosas. La primera es a los mejores de los míos para tomar la capilla, pero llevarás a tus tropas, y no a esos desgraciados. Sólo quiero luchar junto a cazadores- expuse haciendo un gesto enérgico con la cabeza, asintiendo. -Y lo segundo...es un presente. Lo hemos estado preparando los Cuervos, y si vives para ver un nuevo amanecer, te lo entregaré, como símbolo de nuestro reconocimiento. ¿Qué me dices, Gangrel?- gruñí, aclarándome después la garganta, seca por haber hablado tanto, pues no estaba acostumbrado a ello.
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Mensaje por Invitado el Jue Mar 14, 2019 2:33 pm

Así pues, la capilla debía ser tomada, para eliminar todo rastro de blasfemia y herejía de aquella tierra de blancas dunas. Así lo decían los consejeros espirituales, hábiles en el artes de hablar con Él, y así Gangrel haría que se cumpliera su voluntad. La fuerza de las armas plegianas se impondría contra la marea emergida. Ese era el destino de Jehanna.

El que en un futuro próximo sería emperador de esas tierras estaba ya preparándose para ello, frente al líder mercenario, pensando en la estrategia que deberían utilizar mientras los escasos rayos de sol que entraban en la violácea tienda de campaña les daban suficiente iluminación como para poder mirarse a los ojos.

En territorios así, estaba claro que las fuerzas imperiales tenían ventaja clara contra la marea gris. Esos extraños seres que parecían haber sido reanimados no podrían hacer nada contra la grácil elegancia de los soldados de élite plegianos, los Tercios del Hálito Negro, que en ni una sola batalla perdían, por muchas bajas que esto requiriese. Y si Skjöld deseaba ver a los suyos en acción, él como rey se encargaría de hacer cumplir también ese pequeño deseo del opulento guerrero.

-Te recuerdo que solo el perro más tranquilo acaba sobreviviendo en la manada. La mezcla entre la fuerza y la serenidad es necesaria en un mundo cambiante como el nuestro -el rey comenzó a hablar con serenidad, acomodándose la corona en su enmarañado pelo- … Mas tienes razón. Las voluntades de Grima son inescrutables. No comprendo cómo puede poner a tales salvajes a mis órdenes esperando que con ellos tome el país de sol y calor en el que estamos -sus palabras se desplazaban lentamente, formulándose cada una de ellas con suma cautela y precaución. Sabía de sobra que provocar la ira del líder mercenario estando a solas con él podría ser causa de graves problemas- Debo de decir que el respeto es mutuo. Tal vez sea la hermandad que nos brinda la batalla lo que produce tales sensaciones el uno al otro -y es que había que ser sinceros: Gangrel había tomado especial… Cariño a muchos de los soldados con los que había compartido su experiencia en la guerra- ...Tal vez, si la adversa diosa fortuna hubiera sido amable conmigo, tú estarías como un general de los míos. Pero veo que el destino te ha colocado en una posición tan difusa que solo el oro te puede mantener, y aun así, ahí estás, en la batalla, luchando como un furioso buey en carga contra el océano que se ha vuelto el mundo emergido… Tal vez, podría aprender más de ti que tú de mí

Escuchó sus palabras. ¿Un regalo? Eso sí que era algo que no se esperaba. En su vida había recibido presentes ni obsequios de los mercenarios a los que contrataba, todo lo contrario, solía ser él quien se veía forzado a hacerlos como una muestra de amabilidad y buena fe, para asegurarse de que sus servicios podrían ser utilizados en un futuro.

-Pues que tu voluntad se cumpla, viejo guerrero. Solo vendrán conmigo la alta élite del más poderoso Tercio de los que aquí se encuentran -sonrió. Una sonrisa que mezclaba su habitual faz sibilina con una extraña muestra de… “Calor” humano, que no solía brindar a nadie- Considera eso un regalo también. Pocas veces se despliegan los más poderosos del ejército. -no pudo evitar soltar una breve risa. Una risa que se extendería por escasos segundos antes de fallecer tan rápido como había nacido- Me entregarás ese obsequio del que hablas en un opulento festín. Pero ese no será el festín de la victoria ni mucho menos. Si llegas a ver el alba del día en el que volvamos a Plegia, se celebrará uno por todo lo alto en la Santa Madre Patria, donde la llama del desierto se mezcla con la oscuridad del omnipotente Grima, y todos los plegianos lo celebrarán. Y en todas partes de mi futuro imperio se sabrá quienes han ayudado a forjar esta nueva nación que se alzará por encima de todas las que osen contradecirla

Sus arrogantes palabras cesarían repentinamente. Un estratega había entrado en la tienda de campaña. Un hombre joven (debería tener una veintena de años, tal vez unos pocos más), de semblante moreno, largo cabello azabache recogido en una coleta y ojos negros, que se fijaban temerosos en el gran mercenario con el que el rey compartía charla.

-Lamento interrumpiros, mi grandioso señor, mas las tropas requieren de sus órdenes. ¿Cuáles son las instrucciones a seguir?

Miró por unos segundos a Skjöld con complicidad. Una sonrisa más fría que la anterior volvería a dibujarse en su rostro. La sonrisa de una serpiente que a punto estaba de saltar sobre su víctima. La sonrisa de alguien que sabía perfectamente qué decir. Dio la orden. La más extraña orden que nunca se había dado anteriormente, pues no resultaba necesaria. Que se desplegara la élite. Los soldados veteranos más entrenados, los más capacitados para cualquier tipo de situación que voluntariamente habían salido a defender a su país, dirigidos por los comandantes más experimentados y valientes de todos, los que no dudarían ni un segundo en arrojarse al infierno para salvar a una vida más útil que la suya. Ese día, esa miserable capilla, ese miserable fortín emergido, vería sus días acabar con tal velocidad que lo que fue nunca más sería.

***

Y en poco tiempo, ahí estaban sus hombres más poderosos. Gangrel había salido expresamente hacia las puertas del campamento para ver cómo estos se preparaban, y también porque ese sería el punto de reunión entre él y las tropas mercenarias de Skjöld. Y ahí estaban los suyos, preparándose.

Guerreros escasamente ataviados (lo cual les daba envidiable velocidad), con un peto de hierro bajo un chaleco de cuero, un morrión por casco que les permitía cubrir su cabeza sin ocultarles visión… Y lo más terrible de todo. Armados con largas picas, libros de magia algunos de ellos y arcos y flechas los que sobraban. Solo con eso podrían poner a sus pies a cualquiera. Y lo sabían. La formación del Tercio unía todo para crear un solo pilar invencible.

La gran mayoría de ellos eran hombres, con una edad que ya iba por encima de los treinta (al fin y al cabo, buscaban soldados de élite experimentados, no jóvenes que recién salían del entrenamiento militar) con alguna que otra mujer, aunque su presencia fuera mucho menor. Pero eso no importaba. En ellos solo se veía una cosa. Unidad. Eran muchos, pero tal y como se ayudaban entre ellos y su recta formación, quedaba claro que cada uno consideraba al otro uno más de su cuerpo. Eso les daría la victoria. Porque si uno caía, dos alzarían su lanza con furia para vengarlo.

Las tropas mercenarias llegaron. Y Gangrel no podía estar más que orgulloso frente a la grandiosa formación que se encontrarían estos. La élite. Rostros severos y fuertes cuyos ojos les mirarían con calma, pero cuya lanza se mantendría siempre firme, en la posición que vieran conveniente, sin flanquear un solo segundo.

-Skjöld -saludó, aunque hiciera muy poco que se hubieran visto- Preparémonos. Sugiero que mis tropas ataquen por el frente… Que los tuyos hagan lo que ya vi que les es fácil y es emboscar por cualquier lugar. Jugaremos con el factor sorpresa. Cuando vengan a defenderse al frente, que los tuyos les aniquilen por detrás… ¿Consideras conveniente la táctica, camarada?
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[Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] Empty Re: [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld]

Mensaje por Invitado el Lun Mar 25, 2019 7:45 pm

Reinaba la tensión sobre nosotros conforme pasaba el tiempo en aquella tienda, donde hasta hace poco los mayores jefes militares que se encontraban entre las huestes del país grimante, discutiendo con sus miradas codiciosas puestas sobre tierras que aún no eran de su propiedad el cómo alzar los pendones de su poderoso ejército sobre las dunas de aquel maldito desierto, yermo y destrozado por el paso de la marea gris y la debilidad de los habitantes del mismo. Estudiaba con mi mirada estrecha los gestos del monarca de Plegia con la atención de un búho apostado en una encina observando a su siguiente presa, anaranjada su vista, faros en medio de una noche de espesa oscuridad, queriendo conocer más del espíritu del hombre que amenazaba con postrar la mitad del mundo a sus pies, mirando a la otra con aquella mueca perversa y voraz que le caracterizaba. Empezaba a interesarme la figura de aquel rey, que escondía en sus maneras refinadas la brutalidad de un depredador que se regodeaba en la idea de poner a su merced a sus víctimas antes de despedazarlas con sus afilados colmillos, y por ello mismo deseaba ver hasta dónde llegaría la fuerza que me había demostrado anteriormente. No separé mis ojos de su rostro mientras me dirigía la palabra, con aquel tono que trataba de ser sereno, mas que en él parecía de suficiencia. Abrí los ojos sorprendido por su respuesta tras su primera frase, notando entonces que medía sus palabras frente a mí, arrastrando con lentitud las mismas, sopesándolas con cuidado.

-No es lo mismo ser un perro cobarde que un zorro cauto, Gangrel de Plegia. Uno ha perdido su lado salvaje y la voluntad de combatir a vida o muerte, como ya te habrás dado cuenta. Los Cuervos vivimos en el furor de la batalla, y por ello, no hablamos sobre ella a la ligera. La sentimos igual que respirar. Ésa es nuestra naturaleza- rematé sonriendo, sabiendo que no había visto aún ni la mitad de lo que éramos en el fondo, hostigadores sedientos de gloria y gestas que poder contar alrededor de las fogatas. Nosotros no sólo vivíamos del oro que nos daban los patrones, sino de la guerra en sí misma.  Respiré ruidosamente al oírle hablar del respeto que me parecía profesarme tras haber visto mi poderío en el campo. Dirigí una mirada intensa a su corona durante unos segundos, para luego tomar aire para responderle, con aquel acento brusco que me caracterizaba. -Voraz es el apetito que posees, devastadores tus gestos en las masacres y retorcidos tus ademanes. Eso es lo que respeto de ti. No olvides que somos bestias, y no hombres-   respondí enigmático.

Fue entonces cuando Gangrel pareció ser franco conmigo, pareciendo conforme hablaba que de verdad hubiera deseado poder nombrarme oficial bajo sus órdenes, frases que al momento de ser pronunciadas iban acompañados de una ceja enarcada por mi parte, añadiendo además lo que parecía un halago hacia mi espíritu combativo, comparándolo al de un buey en plena carga, llegando a sugerir que podría aprender de mí incluso. El silencio se apoderó de mis labios durante unos instantes, en los que mi mente se tornaba revuelta antes sus palabras, llegando al punto en el que tras una mueca extrañada, decidí hablar, apartando los pensamientos que me rondaban en aquel momento, fruto de las maquinaciones de Fyrdr.

-¿Fortuna? Aquello a lo que llamas destino no es sino la voluntad de las grandes fieras, Gangrel. Sirvo a fuerzas que no entienden los valores vacíos de los seres humanos. Primigenios espíritus son los que danzan en mi interior, trayendo los míos sus designios a este mundo en sus ritos entre cantos. Lucharé junto a los tuyos mientras sus aullidos me guíen a vuestras campañas, y lo haré con el ímpetu del que hablas. Sigo mis instintos y sus susurros en este mundo que se quiebra bajo su propio peso. Si quieres seguirme en mi camino, te ampararé bajo mi ala, y te haré un hueco en mi mesa y filas. Has demostrado ser digno de ello- rematé relamiéndome los labios.

Habiendo aceptado mi petición, eché un vistazo al mapa en el que había clavado mi cuchillo, que se mantenía terrible e imponente sobre el mismo, mientras de reojo podía ver que el rey comenzaba a sonreír de forma viperina, casi viendo en su faz la efigie de una sierpe cruel y venenosa, alardeando de sus tropas con orgullo verdadero, riendo de aquella forma que podía hacer desfallecer de miedo a los débiles de espíritu, gélida su carcajada como el hielo de los lagos de MItgard en el más duro de los inviernos. Duró poco su risa, pasando a una de sus arengas, arrogante como era, poniendo en evidencia que pretendía celebrar por todo lo alto las victorias en las diferentes campañas, llegando al punto de llevar la fiesta a su propio hogar, la ardiente Plegia. Iba a contestar al rey que no sabía si estaría en estos lares tras las batallas, mas entonces uno de los sirvientes del rey entró en la tienda para pedirle que hiciera su labor como líder de las tropas y las dirigiera con ese carisma endiablado que tan locos volvía a los hombres bajo su bandera. La sonrisa volvió a sus finos labios, dirigiéndome una mirada cómplice, pasando a dar la orden y salir de la tienda, tras que yo, en un gesto rudo, sacara el acero que había clavado en la mesa, siguiéndole mientras guardaba la daga, pensando en que se avecinaba una de las carnicerías más interesantes que había tenido la suerte de librar.

A mi regreso, encontré a Sigbjörn taciturno, cerca de un barril de hidromiel que tenía su tapa abierta, mirando las formas que dibujaba el elixir sobre su superficie, en una mueca de concentración que, arrugada, le hacía parecer mayor, acompañado de unas ojeras que no recordaba haberle visto en mucho tiempo. Apoyado en su lanza, compañera e incluso diría que amante del desquiciado hombre que era mi segundo al mando, ni siquiera me dirigió una mirada antes de que me pusiera a su lado, observando el barril como si la vida le fuera en ello, mudo y reflexivo, con sus ojos obcecados en la búsqueda de algún conocimiento que yo desconocía que existiera en aquel recipiente de madera. Sus ropas lucían desgastadas y raídas, mientras que sus manos callosas asían el asta de su arma con tal fuerza que sus nudillos se volvían blancos, y su rostro pálido y barbado lucía como el de un delirante soñador que se negaba a dejar su ensimismamiento, aferrado a una idea que le asaltaba de vez en cuando. Pasamos un tiempo sin hablar, observando el líquido con suma curiosidad, casi como si estuviéramos estudiando qué decir a continuación, en un estado de paz que se quebró tan rápido como había llegado en el momento en el que su voz temblorosa salió de su garganta, trazando tonos que apenas conocía en su registro.

-¿Marchamos, verdad, Skjöld?- preguntó arrastrando las sílabas lentamente.

Ni siquiera respondí, intuyendo que sabía la respuesta y que de hecho, había algo que quería contarme, mas que no sabía expresar.

-Eso pensaba. Estamos listos para lo que ordenes, como siempre- siguió, tomando aire con dificultad, para luego soltarme una frase que no esperaba oír jamás de sus labios. -Veo en el hidromiel que la bestia en tu interior crece, camarada. Al fin veo más claro el porqué me puse a tu servicio- miró hacia mí con cierta pesadez, como si le costara el mero hecho de  estar consciente. -¿Lobo o zorro, Skjöld? ¿Qué escogerás hoy para nosotros?

La pregunta me pilló de improvisto, sabiendo sólo él y yo a lo que nos referíamos, una jerga propia que usábamos para definir ciertos ritos que llevaban en pie desde la creación de la mesnada, hace tanto tiempo que Sigbjörn parecía cuerdo, y desde luego, menos sabio de lo que realmente era actualmente. En ocasiones había llegado a pensar que era capaz de leerme el pensamiento, o que los dioses se comunicaban con él de diferente manera que conmigo, mas jamás había ahondado en eso, y menos con él directamente. El misterio era uno de los factores que más unión nos daba como líderes de los Cuervos, y no pensaba cambiarlo a estas alturas por una idea de absurdo conocimiento. Carraspeé con fuerza, mirándole a los ojos, perdidos en un mar de pensamientos que no podía descifrar, ni debía.

-Lobos, Sigbjörn. Veo lobos coronando la cima de aquella loma- respondí firme, alejándome de él en aquel momento, pues ya sabía lo que debía hacer desde ese mismo instante, habiendo asentido ante mis palabras.

Poco después, encabezaba la marcha en dirección a reunirme con los afamados tercios del rey de Plegia, acompañado de una treintena de Cuervos, una compaña siniestra y enmudecida que, detrás de su señor, atravesaban a paso firme nuestro campamento, con aquella presencia feral que caracterizaba a los míos, bajo el estandarte negro como las mismas alas del ave del que tomábamos el nombre. Frente a nosotros, formaban las filas de la nación desértica del continente de Akaneia, cientos de ellos unidos en un bosque de picas alzadas hacia el cielo desafiantes, tan recta la formación como las astas de sus armas, brillando al sol los petos y morriones en un mar cegador en medio de aquel lugar, siendo Gangrel la cabeza de semejante agrupación. Veía los semblantes serenos y disciplinados de los hombres del rey Hurón, pudiendo darme cuenta de que la base de aquel pelotón no era otra que la ciega obediencia y una fe encarnada en la misma esencia de la unión de las tropas, voluntad según ellos de su rey, al que profesaban una devoción similar a la del Dragón Caído, baluarte de todo lo que amaban los plegianos. Orden, disciplina, hierro y miradas al vacío que, llenas de experiencia en batalla, se veían llenas de orgullo bajo sus banderas. Sin embargo, lo que se acercaba a esos soldados era muy diferente.

Rudos eran los hombres que había elegido Sigbjörn, situado tras de mí lanza en mano, ataviados con telas ligeras y cuero repujado y oloroso que, curtido como el hacer de aquellos que me seguían, era la única protección que la mayoría de ellos portaban en sus ropajes. Mas eso era lo que llevaban las pieles de los hombres, no de las bestias que me seguían, pues pieles peludas cubrían sus ropajes, de tonos marrones, grises e incluso albos, trozos de lo que una vez fueron manadas de lobos completas, aullantes ante la salvaje naturaleza que les consumía, ahora convertidos en símbolos de poderío, pura y primigenia transformación, revelación de lo que guardaban sus espíritus e instintos en el fondo. Había mentido al monarca de Plegia en aquella tienda. No había traído humanos conmigo, sino fieras sedientas de sangre cuyos rostros barbados y de mirada agresiva portaban pinturas de guerra, ennegrecidas, blancas o hechas directamente con sangre y lodo, máscaras que mostraban al enemigo y a ellos mismos que, hermanados con aquellos que les rodeaban, llevarían el terror y la destrucción allá donde sus voces retumbaran como una sola. Asían con orgullo jabalinas, falcatas, hachuelas y escudos, atados en sus mangos o sobre ellos abalorios y trofeos de caza, que unidos a aquellos que portaban en sus cintos y espaldas. Paré en seco frente a nuestro patrón, frenando la marcha. Silencio. Esa era una de las reglas que nos definía. Acechábamos en silencio, inmersos en nuestros pensamientos hasta el momento de lanzarnos a la batalla, donde aullaríamos al cielo y la tierra, exigiendo a éstos la fuerza que por derecho nos pertenecía. Di un par de pasos en dirección a Gangrel, siguiéndome Sigbjörn, cambiado su atuendo habitual pues cargaba sobre su cabeza la piel completa de un lobo negro que, incluyendo las orejas del mismo, llegaba hasta la mitad de su espalda, erizada su pelambrera como si quisiera dar parte del ánimo de su dueño.

Ni siquiera saludé al mustélido que, sin andarse con formalismos o filigranas vanas, empezó a sugerir qué debíamos hacer durante la contienda. Agarré el hacha apretando su asta, notando las muescas y abolladuras que la misma cargaba, observando desde la altura.

-No. Mira detrás de mí, Gangrel- hice un gesto con la cabeza señalando a los licántropos. -Traigo una cabalgata mortal, no una batida de caza. Cargaremos con furia sobre las defensas enemigas, hostigándolos para que retrocedan, para que tus huestes marchen con sus botas sobre sus mermadas e inútiles fuerzas. Caeremos sobre ellos, mezclándonos con sus líneas y masacrándolos velozmente. Atacaremos cual relámpago, como nuestra naturaleza dicta. Puedes tomar nuestro vigor, y dejarnos en vanguardia. Mas no en vuestro frente. Entraremos por un flanco, desconcertando al enemigo. ¿Qué me dices? ¿Preparado para ser testigo de la verdadera esencia de los Cuervos?- inquirí con la voz rota, notando cómo a mi izquierda Sigbjörn sonreía deseoso de aplastar al enemigo.

Sólo quedaba comenzar a aullar a una luna que se mancharía de sangre tras el choque de los aceros.
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Mensaje por Invitado el Dom Mar 31, 2019 11:38 am

Las palabras del mercenario se quedaron grabadas en su cabeza a fuego lento. Ese aura de misterio y serenidad que rodeaba al hombre era capaz de hacer que la espesa e inestable mente del emperador se estabilizara de alguna forma, cauta y preparada para lo que ese extraño ser pudiera hacer. Era fuerte, mucho. Y no solo eso. La intuición de Gangrel le decía… Que ese ser estaba a las puertas de convertirse en una entidad de una fuerza muy superior a la de cualquiera de sus tropas. Parecía que el hacha que portaba consigo era una extensión de su propio cuerpo, no un arma. La manejaba con maestría y precisión. Y lo había visto con sus propios ojos. Pobre del desgraciado que osara ponerse en el camino de ese hombre. Él lo sabía tanto como cualquiera. Y por esa gran y hercúlea figura, que lideraba como un lobo sabio a su manada, sabía que la capilla estaba condenada a su conquista. Y luego, irían avanzando. Y dividiría en dos esa maldita tierra que acabaría postrándose ante él. El final de esa batalla estaba escrito en las paredes del destino, y sabía perfectamente sin verlas que era favorable para él.

Y lo vio al acercarse. Ese hombre iba acompañado de bestias. Entre sus valerosos hombres, que se mantuvieron impasibles a pesar de la llegada repentina de esos guerreros de dura y notablemente feral faz, iban acercándose hacia él. ¿Cómo no mostrarse optimista frente a tal mezcla del más poderoso ejército que Akaneia jamás vería acompañado por tales heraldos de la destrucción y la guerra? En ese ejército no había lugar para la debilidad. Del más diminuto y novato hechicero hasta el más experimentado y curtido piquero, en todos los rostros había algo. Una esencia que embriagaba a los que amaban el ejercicio de armas como él.

Filas y filas de hombres que ese día pondrían en juego su vida por esa misma esencia. Y es que no existe más que una palabra para definir lo que podías ver en el rostro de esos nobles guerreros. Y Gangrel conocía muy bien tal combinación de letras que, si bien no tenían sentido alguno para quienes preferían estar sentados en sus hogares, cualquiera de los ahí presentes se enorgullecería de escucharla: valor.

Valor en los ojos de cada uno de los Cuervos ahí presentes. Valor en cada miembro del Tercio que se podía ver desde ahí. Valor en quienes liderarían en ese día la campaña para llevar a los suyos a la gloria y una vida de héroe o un más allá adecuado a su valerosa muerte. Y es que el riesgo estaba ahí. La muerte acechaba desde la oscuridad con su larga guadaña, dispuesta a llevarse sin piedad toda vida a la que le hubiera llegado la hora. Las puertas del Abismo se abrirían para muchos de los ahí presentes. Pero sin embargo, al mismo tiempo que la parca esperaba, el miedo hacia la misma desaparecía. ¿O es que acaso Skjöld temía a la muerte? Solo debías verle. Repleto hasta arriba de heridas, parecía más bien que esta se había cansado ya de perseguirle.

Así pues, obedeciendo a ese poderoso ser, miró hacia atrás. Y tal y como él dijo, no vio humanos ni bestias. Vio una hilera de silenciosos segadores que darían su vida en esa santa guerra por el peso del oro… Justo como él deseaba. No lo pudo evitar, pues esa nobleza y valentía era contagiosa. Sonrió. Una sonrisa de satisfacción pura. Por los Cuervos, esas bestias que con una sola palabra se abalanzarían tal y como su líder había asegurado sobre el rival, pero también por sus Tercios, que todavía esperaban fielmente las órdenes del emperador. No tenía otra opción ante tal situación que guiarles a la victoria, ¿Cierto? Así lo veía él.

-Sea pues, que se haga tu voluntad. Lucharemos y tú estarás en el frente con los tuyos, si así lo deseas. Sin embargo, no creas que los Tercios te permitirán quedarte con toda la diversión, camarada. Esas hileras que ves en formación no son humanos. Han superado esa etapa de debilidad. Son guerreros de Plegia, defensores de su soberanía. Y por ello, la muerte no les detendrá. –se dirigió hacia ellos con la mirada, alzando el brazo con seguridad- Sea pues, camaradas, partiremos en breves. Pero antes de eso… Creo que es nuestro deber como plegianos, antes de partir en una misión tan sacra y encomendada por la santa iglesia…

Chasqueó los dedos. Uno de sus más fieles criados se le acercó de entre las filas de los Tercios, entregándole una larga espada plateada. Gangrel la tomaría con lentitud antes de clavarla contra el suelo, apoyándose en ella para ir arrodillándose poco. Un gesto que todos los soldados imitarían, utilizando las lanzas para la labor. El silencio se propagó por todo el campamento. Estaban rezando, sí. Rezando para ir a la batalla. Rezando por ese santo dios por el cual cometerían tal gesta.

Todos los plegianos ahí presentes se mantuvieron en silencio por minutos, hasta que el rey finalizó su oración personal y se levantó poco a poco, dejando ahí incrustada la espada que se le había cedido para la labor. En un murmullo, Gangrel lanzó una última súplica al cielo.


“Grima lo Vult”


Esa frase se propagó como la pólvora por las filas del Tercio. Esa oración fue repetida una vez y otra hasta llegar a las últimas filas. Gangrel suspiró. La fe era parte vital del Tercio. El rezo les volvía más fuertes. La motivación aumentaba. Puesto a que ya no eran guerreros que combatirían y morirían por el hacha de un rival. Eran mártires que iban a la guerra santa.

Ya no había motivo por el que esperar. Todos marcharon en formación, dejando atrás al propio Gangrel. Esa era la orden. En el mismo momento en el que el emperador llegara, quería ver a los Tercios preparados para recibir órdenes. Y teniendo en cuenta que si bien su formación era rápida de desmontar y montar a voluntad, era lenta. Por ello, cuanta más distancia ganaran de los Cuervos, mejor para todos, de lo contrario, el ritmo de estos tendría que disminuir demasiado.

-Muy bien, Skjöld. Os acompañaré. Entraréis por un lado como habéis pedido mientras el Tercio se encarga de destruir al enemigo en el frente. Ahora verás hasta qué punto llega la ferviente furia plegiana cuando es desatada. Ahora verás cómo nos las manejamos los plegianos para poder tener a tantas zonas como las tenemos de rodillas siendo tan pocos.[/b][/b]
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Mensaje por Invitado el Miér Abr 03, 2019 12:07 pm

Sentía los susurros apagados de los dioses en mis orejas gachas, con aquellos enigmas retorcidos e incomprensibles, enseñanzas primigenias aún por descifrar que, con sus voces chirriantes y llenas de poder, llenaban mi alma de un brío que jamás conocería ninguno de los hombres que, en una formación perfectamente medida y estudiada, como columnas de hierro desafiantes al viento, se hallaban frente a mí, leales y entregados a la causa del mustélido bermellón que hacía las veces de monarca y general supremo de las fuerzas Plegianas. Mis oídos se llenaban con las advertencias y máximas de Fyrdr antes de la batalla, cuyo tono casi protector recordaba al de una madre que trataba de enseñar a su cachorro más ensimismado el verdadero significado de la palabra supervivencia, mirando aún de arriba a abajo al rey que, con la mueca de una vulpeja, recibía mis palabras rudas y contundentes con lo que parecía ser una complacencia absoluta. Poco sabía aquel hombre de los designios de los espíritus, y menos sobre el que nos pedía sangre en aquella ocasión: mozo, padre, guerrero, hermano y sabio, enfundado en su majestuosa e hipnótica piel teñida del gris del cielo de Mitgard, penetrante su mirada como la de una lechuza vigilante, escudriñando impasible el interior de aquellos que se ganaban su atención con un mutismo poderoso y regio,  pues comprendía al hombre al punto de llegar a encararse en la piel de uno en mis visiones y sueños. Y ese no era otro que Pryam, que bendecís nuestras armas y semblantes feriales en aquella ocasión preparado para recibir su ofrenda en forma de batalla.

Sus aullidos llegaban a mi de una forma especial, habiendo realizado una comunión con su esencia no hacia mucho, llevándose este vínculo lenta pero inexorablemente el sentido de algunas de las palabras de Gangrel, plantado con orgullo frente a mí, respondiendo con la labia que le caracterizaba, deseoso de demostrar al mundo de qué estaba hecha una nuestra alianza, siniestra y salvaje, pues depredadores éramos, y la sangre de nuestra presa sería nuestra unión. Asentí firme, notando la poderosa y extasiante embriaguez de las plantas y jugos que había consumido anteriormente, masticando las cortezas de los vetustos árboles, conocedores de secretos telúricos que necesitaría para absorber la fortaleza de la madre Tierra en esta acometida. Mis pupilas se ensanchaban, pareciendo las de una bestia en plena cacería, mientras mi respiración se volvía profunda y ronca y mi propia barba parecía cobrar vida propia, erizándose a su libre albedrío, sintiendo asimismo que mis músculos se llenaban de un vigor que, para mí, no era otra cosa que el tiránico don que me ofrecían los dioses como su campeón en la tierra. Los Cuervos esperaban impacientes, observando junto a mí en silencio cómo los plegiano de repente se agachaban a la par que su líder para entregarse a una espiritualidad que, si bien diferente a la mía, hizo vibrar algo dentro de mi cuerpo.

Postrado en tierra, el rey Hurón oraba con su alma puesta en cada una de las palabras que salía de su boca, al igual que el Tercio, mostrando un fervor que, como si se tratara de una llama, crecía en sus corazones y mentes, alzándose tras de ellos de forma casi palpable a mis ojos. Encomendaban sus obras y almas al dragon caído, determinados a hacer llegar sus convicciones e ideales al mismo, un dios en un rezo que, en un gesto hermanado entre ellos, traía a ellos la gloria de su dios, inmisericorde y siniestro, entidad mayor que velaría desde las sombras que habitaba por el desarrollo de sus insignificantes vidas para sus ojos inmortales. No era la efigie ni el relato de Grima lo que hacía retumbar los entresijos de mi mente, sino la imagen de la soldadesca inclinada y postrada ante su divinidad, guardando yo frente a este gesto respetuoso silencio, afectando a mis sentidos entonces las hierbas usadas, abriéndose mi propio interior de firma ruda y abrupta a un suspiro que, generando el impacto de una montaña quebrándose en mil pedazos, me desgarraba por dentro, obligándome a recordar la colosal silueta barbada e indómita que, astada, gobernaba desde lo más oculto del velo de la realidad a las fieras que asolaban mi mente cada noche de mi vida.

Cesó el rezo antes que mi ensimismamiento, temblando mis brazos ante la reveladora visión que experimentaba, levantándose el rey y sus hombres al grito de una consigna que les ennoblecía en su rito, extendiéndose por doquier entre sus filas, que se movieron al unísono, alejándose del campamento para partir al frente. Dio Sigbjorn entonces un tirón de mi manto polar para devolverme a la realidad pues el monarca se dirigía a mi, que apenas podía hablar y temía con mis palabras revelar la naturaleza de aquello que me había sido revelado y que, tras girar la cabeza y ver los ojos de Sigbjorn bajo la piel azabache, no había pasado inadvertido para él.

-Como quieras- salieron de mí estas palabras casi sin ser consciente de ello. -Siendo comandados por ti, ya sé de lo que son capaces las fieras del desierto, Gangrel. No he visto en ningún momento duda entre los tuyos- dije antes de ponerme en marcha en dirección al flanco de la colina, dejando atrás al rey, perdido en mis pensamientos y seguido por Sigbjorn, los Cuervos y el mismo monarca, o eso esperaba.

Era hora de la marcha, en la que a mi diestra se hallaba el condenado lobo negro de nuestra mesnada, enarbolando el asta de su arma como si se tratara de su propia vida, maestro de guerra de cuantos me seguían, armadas las filas de los Cuervos con nuestra propia ira y sed de sangre, avanzando impasibles hacia nuestra propia muerte, antes de renacer una vez más como hijos de la propia guerra, madre y anciana desde que el hombre empuñó un arma por primera vez, siguiendo mis pasos alargados que, resueltos, me llevaban a una loma que se convertiría en el santuario de nuestra propia fe. Bajo un cielo distante y vacío de perdón, cabalgábamos sobre polvo y ansia, preparados para asaltar un templo que no guardaba más que una carnicería que esperaba desencadenarse sobre nosotros. Tiempo al tiempo.
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Mensaje por Invitado el Sáb Abr 06, 2019 4:33 am

Las dunas se partían dejando paso al imponente ejército plegiano, que caminaba en su solemne marcha hacia la capilla. Siempre en formación, en total sincronía, haciendo que sus pasos hicieran retumbar hasta las más lejanas tierras. Las picas en alto, los grimorios preparados para ser desenvainados al más mínimo movimiento, a un lado de la cadera, en una funda que a duras penas dificultaba desenvainar. Todos uniformados de la misma forma, unidos como un solo pilar. No eran hombres, no eran un soldado. Eran un ejército en columna. Temor producían. Y es que eran portadores del más fuerte fervor y estaban escudados en una poderosa fe. ¿Quién osaría enfrentarse a un ejército que Grima todopoderoso amparaba con su poderoso aliento? Solo un ser inferior a un humano civilizado. Así que todos lo sabían: no iban a luchar contra un ser que les pudiera superar, porque en el mismo momento en el que se defendieran de ellos, que iban bajo la santa bandera, tendrían claro que el enemigo no sería capaz de resistir.

Eran los Tercios del Hálito Negro. Un ejército invicto que no cesaría su racha ni en Manster, ni en Carcino, ni menos en Jehanna, tierra que reflejaba a la del lugar del que venían. Y además, quien estaba a su cabeza no era un humano. Era Gangrel. El rey de Plegia, sumo emperador y general de ese ejército. Mientras él estuviera al mando, ganarían.

Y no iban solos. A su lado lucharía ese poderoso grupo que ya había mostrado su fuerza en todos (absolutamente todos) los frentes, incluso la montañosa Carcino. Los Cuervos. Gangrel tenía ciega confianza en su líder, y eso bastaba. Conquistarían esa capilla en pocas horas y volverían para celebrarlo al campamento principal. Yendo a la cabeza de la infantería, el monarca podía ver mejor que nadie el escenario al que se enfrentarían. Y es que si un anciano de casi cien años había conseguido llegar hasta ahí y volver con toda la normalidad, significaba que el peligro era escaso. Y que debían estar relativamente cerca del campamento central.

No se equivocó. En un pequeño montículo, se erigía con solemne pesar una pequeña capilla. Simple, sin demasiada decoración, similar a una pequeña pirámide, pintada en blanco en lo que parecían ser bloques creados con arenisca. Lo verdaderamente peligroso ahí no era la capilla en sí. Eran las empalizadas que lo rodeaban. Ese sería un problema. No podrían entrar con toda la fuerza necesaria, por mucha superioridad numérica que tuvieran (lo cual era hasta irónico teniendo en cuenta que se trataban de un Tercio, acostumbrados a ser rodeados y azotados por la superioridad rival), y eso significaba que pequeños grupos deberían avanzar y causar daño de forma individual, mientras el grueso intentaba deshacerse de las débiles pero molestas edificaciones de madera que protegían la capilla para poder acceder. No era solo eso el peligro. Sabía que posiblemente ese lugar estaba infestado de emergidos que en cuanto les percibieran saldrían como una legión de halcones en su contra, para destrozarlos como si fueran pequeñas ratas. Tal vez hubiera hasta debajo de la arena, preparados para emboscarles.

Como líder, debía percibir esos peligros. La vida de un soldado corriente no valía mucho. Pero si mataban a un solo soldado del Tercio, literalmente, es como si matasen a una decena de aldeanos. Esas olas de afiladas picas que se podrían ver ya desde la capilla, si esta poseía algún tipo de torreón para observar las cercanías, eran más valiosas que el oro. Literalmente. Pero no tenía opción. Hiciera lo que hiciera, alguien moriría de su bando. Solo debía decidir quién y cómo. Y… Si quería reducir el número… Debería hacer ciertos sacrificios.

Se giró para dirigirse a la comitiva que le acompañaba. La formación no se rompía de ninguna forma si no fuera por los Cuervos, que parecían desentonar ante tal sincronía de orden y semejanza. Eran más altos, menos numerosos, más fornidos que un plegiano, pero mucho menos armados que sus efectivos.

-…Skjöld. Tú y los tuyos deberéis hacer honor y avanzar como me habéis prometido. Intentaremos prescindir de una gran retahíla de batallas, las reduciremos a un flanco lateral, que deberá causar caos, uno de gran potencia en el frente, en el que estará el grueso de nuestro gran ejército y uno minúsculo pero más armado en la espalda de esos desgraciados, mientras les sitiamos por todas las posiciones. Tú y yo estaremos en el primer flanco, camarada –dijo dirigiéndose al líder mercenario, con un tono amistoso a la par que desafiante. Tras eso, enfocó su atención a los generales de su más fiel cercanía, que se mantenían a una prudencial distancia de su amo y señor- Tú dirigirás la retaguardia. Lleva a un pequeño escuadrón de voluntarios, los mejores que poseamos. Que no lleven armaduras, pues eso les reducirá en velocidad. Que estén equipados con cuchillas o espadas, para aumentar su agilidad. Y más importante, mucho más importante, tienen que ser sigilosos. De otra forma… Me temo que morirán. Por ello, que salgan ellos por su ferviente valor a la batalla y que sean los mejores que poseamos. No quiero bajas en vano.

El rey movió la mano, señalando con ella al frente. No estaba permitido ningún sonido más allá del de las botas. Así pues, aquella procesión de miles de soldados se desplazaría en el más solemne mutismo. Las tropas irían preparando la formación, tal y como el emperador había ordenado. A un lado del grupo, cercano a su vista, unas dos docenas de tropas (tal vez menos) se quitaba el peto de hierro para quedarse solamente con su jubón, que bien sabían que no les daría protección alguna, pero sí aumentaría su velocidad en un importante porcentaje, al estar libres de los molestos pesos de sus piezas metálicas y las picas, pues esos soldados solamente se armaban con dagas, y el que más, con una espada simple.

Estos deberían aprovechar el caos para entrar y acabar con los desprevenidos emergidos uno a uno, intentando huir del peligro absoluto mientras los Tercios propiamente dicho iban por el frente y los Cuervos sorprendían por otro lado. Y… ¿A quién acompañaría su emperador? Él lo tenía claro. Volvió a dirigirse a su fiel camarada de anteriores batallas, Skjöld, dándole una amistosa palmada en el hombro antes de dirigirse a él.

-Lucharé junto a ti en el día de hoy, compañero. Y supongo que sabrás que ni un solo hombre ni mujer aquí presente tiene pensado morir hoy sin dar antes una digna batalla. Yo no soy excepción. Vamos, camarada. Destruyamos a los emergidos
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Mensaje por Invitado el Lun Abr 08, 2019 6:11 pm

Compaña feral y silenciosa marchaba imponente cual manada de bestias enardecidas, aunque el ímpetu que nos impulsara fuera tan mudo como el desierto que atravesábamos, hogar de las tropas a las que acompañábamos, plegianos guerreros que, como nosotros, se acercaban a poner a prueba sus determinaciones endurecidas como el acero, a base de disciplina, en contraste con la nuestra, experimentada y curtida a golpe de martillo, carga, trueno y sangre. La arena ardía como la superficie del sol, padre inclemente, rey en trono dorado y majestuoso que dejaba caer sobre nuestras pieles y espaldas el castigo celestial que eran sus rayos de luz, creando los mismos formas difusas, calor puro que distorsonaba la realidad a nuestros ojos, deformándola con saña, alzándose las volutas a nuestro alrededor mientras el polvo nos llegaba hasta a la lengua en una marcha forzada que, aunque nos llenara las barbas de arenisca y los ojos de picor y lágrimas, debía ejecutarse con la solemnidad que merecía, pues no deseaba Pryam que sacáramos de nuestros pulmones ni un solo soplo en vano, pues ya aullaríamos a la barbarie en medio de la batalla.

Posé mis ojos cansados con el rostro arrugado y polvoriento sobre la figura de Hofi, situado a mi izquierda y a la zaga, armado con un hacha tallada y vieja y una caetra firme y robusta, cubierto casi todo su rostro el trozo posterior de la cabeza de una loba marrón y antaño joven, ahora con un par de calvas producidas por el paso del tiempo, mas dejando un trozo al descubierto, viéndose un yelmo de hierro con trazas de cuero, con la pestaña en la nariz, dándole un aspecto amenazador bajo el mantón de fiera, aguileño su semblante y enmarañada su barba rizada y oscurecida por la acción del sol. Me miró con los ojos casi en blanco, susurrando ido del todo ininteligibles palabras, asintiendo después, apretando seguido la marcha, golpeado la enorme daga que llevaba al cinto su cadera en un traqueteo funesto que dejaba ver sus intenciones. Habiendo tomado mis hierbas, sentía en mi cabeza el ansia asesina de los míosclmo si fuera la mía propia, llegando a su cénit al verse en la lejanía la colina cuya capilla coronaba la cima, arrebatándome la furia el control de mis propios pensamientos, llegando al punto de que, si escapara de mi carne, haría arder todo cuanto me rodeaba con la voracidad de un fuego mayor que el que serían capaces de convocar los portadores siervos del dragón caído.

Se acercaba el rey, o eso olía en medio del trayecto, llegando mi conciencia de nuevo el tiempo suficiente para poder hablarle si se dignaba a a dirigirme la palabra, cosa que sucedió, aunque no me hallara en condiciones de mantener una conversación sobre estrategia y guerra demasiado profunda. Llegaban sus palabras y frases al interior de mis oídos retumbando en mi cráneo las mismas, mas en cierta forma era como si, aún conociendo el idioma y el significado de los vocablos que usaba, mi mente dormida no pudiera distinguir del todo su sentido. Meditaba mi respuesta, parco en tiempo y en formas, sin mirarle siquiera respirando con profundidad, incapaz de meter en mis pulmones el aire que necesitaba para poder seguir viviendo, pues necesitaba el sustento del combate para poder reposar tras haber ingerido mis pócimas e hierbas.

-Sí... Veo a los míos subiendo por esa loma, como hemos acordado... - pronuncié con la boca y garganta seca, arrastrando la lengua por mi paladar. -Si vienes conmigo...te avisaré: no conozco amigo o enemigo en este rito. Pasaré por el filo de mi hacha a cualquiera que se me acerque, aplastándolo contra el suelo como si se tratarán de cucarachas. Ni mis hombres ni los tuyos estarán a salvo de mi ira cuando empiecen los bramidos. Sin piedad, ni inquina, Gangrel- rematé con un chasquido de lengua que parecía el ruido de un hacha en el gañote de un condenado a muerte.

Habíamos llegado a la zona de despliegue cuando Gangrel dio órdenes a los suyos a través de un General en el que ni me fijé, ensimismado en la idea de escalar las lechuceras en tropel situadas a ambos lados de la capilla, arrancando cuerpos de emergidos bañado en la sangre de los mismos. El viaje debía comenzar en la tierra de los muertos, lugar que conocía con creces tanto en sueños como en la misma tierra, pues allí enviaba a mis enemigos gritando al abismo a golpe de hacha y brazo.

Dirigí a los míos al flanco que había elegido, haciendo un gesto con la cabeza a Sigbjorn para que él diera la señal de acometer contra las tropas enemigas, a las cuales aún o veíamos, refugiadas tras las maderas desvencijadas y ruinosas que usaban de empalizadas, las cuales romperíamos como jabalíes ciegos de rabia en breve. El Hurón nos seguía, hablándome de nuevo con aquel tono perverso y deseoso que le caracterizaba, y que a mí me estaba empezando a parecer hasta agradable. Los míos callaban mientras susurraba al rey, a mi lado, otro hostigador más.

-Muy bien. Yo he dado la señal a Sigbjorn de atacar. Prepárate, Gangrel, primero de tu linaje. Cuando el lobo aúlle, se rasgará todo aquello que conoces. Sea este tu viaje iniciático a la barbarie- alcé mi hacha ladeando la cabeza gruñiendo mientras los espumarajos se formaban en mi boca. -Bienvenido a la manada.
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Mensaje por Invitado el Lun Abr 15, 2019 10:46 am

Poco a poco, y a medida que las tropas se iban acercando, las tropas del Tercio iban ubicándose en formaciones cada vez más y más sólidas, imitando todas las formas más perfectas de la naturaleza: cuadrados y rectángulos, sin más. El orden era importante en el ejército plegiano, la estabilidad, la espera antes de la batalla en completo silencio. Y es que no existían excusas. No había necesidad de hablar. El desierto era un buen amigo del soldado plegiano, pues en él, luchaban en su hábitat. ¿Y acaso un león rugía antes de abalanzarse contra una presa, o esperaba pacientemente al momento adecuado? Lo único que importaba ahora era esperar a una simple orden. El calor del desierto no era nada para ellos. Ni tan siquiera para Gangrel, que todavía ataviado con su ligera pero no por ello menos larga armadura de combate, resistía impasible, esperando a que ese mercenario le respondiera, y dedicando una analítica mirada a quienes lucharían a su lado en ese día. Fieras bestias que a cambio de oro, ponían su vida en juego. Una vida curtida en la batalla. Mas, para alguien también contaminado como lo era él por las formas de la aristocracia, no podía evitar pensar en que más de uno posiblemente no sabría ni leer. ¿Pero qué importaba? Lo que algunos harían con una pluma, ellos resolverían con un fuerte hachazo, sin más. Y no podía estar más satisfecho con esas formas de acabar con las trifulcas. Pues en el día de hoy, le serían mucho más útiles hombres de armas que elegantes nobles.

Escucha las palabras del mercenario con una chispa de emoción en sus ojos, expectante por poder ver en acción a los Cuervos otra vez. Un espectáculo que se había quedado en su memoria por una simple razón: fue una de las más espectaculares escabechinas vistas por su persona. Tan brutal y tan rápida que ni tan siquiera se percató de que en un momento dado habían terminado. Y eso significaba que en ningún momento acabó saciado. Todavía tenía esa deuda pendiente con el mercenario.

-…Pues que así sea. Espero que cumplas la promesa hecha y no dejes títere sin cabeza, incluso si eso te fuerza a acabar con la vida de aquel que se te ponga delante. Que la bestia se apodere de ti y no te deje libre hasta que la capilla haya caído –el rey desenvaina en ese mismo momento el metal que había estado guardando: en su mano apareció como si nada una alargada daga, decorada en el centro del filo con una pequeña réplica de su blasón imperial. Una daga creada especialmente para la ocasión- Yo haré que caigan con mis formas. Un poco más discretas, pero no por ello menos efectivas. Vamos, Skjöld –se calló por unos segundos, comenzando a caminar para ir a la par que él- Te cedo mi confianza en el día de hoy, pues sé perfectamente que no me defraudarás de forma alguna

El rey mira al frente, hacia la capilla que ese día formaría parte de sus posesiones. La invasión que más que seguramente tendría éxito se dibujaba en su mente. El fervor de un más que seguro combate que tendría que librar contra esa masa emergida él personalmente. Miró al líder cuervo y recibió con alegría lo que dijo. Ahora, iban a dejar de ser hombres. Podría dejar de ser rey por unos minutos para convertirse y volver al estado natural de todos los hombres: la brutalidad. La bestialidad. El combate, pues era en la guerra donde nacían todos los humanos y acababan muriendo. Y llevaba mucho tiempo sin poder hacerlo. A pesar de que eso no lo supiera nadie, había pasado casi tres días en cama por una herida ocasionada habiendo defendido a su concubina en un combate demasiado cercano contra un emergido. Y bien era cierto que en ese descanso… Había podido desfogarse de ciertas formas, pero no era lo mismo. Echaba de menos la sangre. En tres días, no había podido probar el éxtasis del combate. Así que… Estaba ansioso.

Y tal vez, fue ese alteradísimo instinto de caza lo que le hizo percatarse de algo muy inusual. Un pequeño y casi imperceptible movimiento en las cercanías, que pocos podrían percibir. Si no fuera por el silencio de todos los ahí presentes, posiblemente hubiera acabado desapercibido. Y eso no era algo permisible.

-…Espera aquí…

Sigue escuchándolo. Entre las últimas filas de los Cuervos, o al menos, eso cree. El rey comienza a acercarse a ese lugar sigilosamente, con el arma en su mano todavía. Miró al suelo. Entre las dunas, había algo. Lanzó la daga al lugar de dónde él creía que provenía ese sonido. En ese mismo instante, apareció herido un arquero emergido. Interesante… Entonces, tal vez, esas criaturas les habían estado esperando de hace tiempo. Deberían tener cuidado en el camino.

Pero ahora eso no le importaba. Saltó cual voraz depredador sobre la herida presa para tomarle por el cuello, desenvainando de los compartimentos secretos de la armadura una daga que clavaría en la yugular del mismo, desgarrando horizontalmente para acabar con la vida del indefenso ser.

En ese mismo momento, en cuanto vio la sangre emergida manchar su guante de oro, comenzó a sonreír, casi hiperventilando. Al fin. Llevaba tiempo sin poder hacer eso. Ríe. Gangrel empezaría a reír de puro placer, levantándose poco a poco y limpiando en la capa la sangre del arma, volviendo al lado de Skjöld todavía con su pérfida sonrisa en el rostro.

-…Una buena forma de abrir el apetito. Posiblemente, hayan desplegado por el camino asesinos para intentar emboscar a las tropas que anden desprevenidas. Habría que tener cuidado… Pero sé perfectamente que cualquiera de nosotros puede acabar con cualquier ser que se nos ponga delante en segundos. Vamos, camarada. Destruyamos a esas criaturas de una vez
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Mensaje por Invitado el Vie Abr 19, 2019 9:14 am

Surgía en el interior de mi mente el sibilante sonido de los susurros de los dioses, resquebrajando la realidad a mi alrededor en una sinfonía de voces que se arrastraban por los confines de mi interior, haciendo vibrar mis extremidades en una suerte de temblor que precedía al furor que deseaba que llegara cuanto antes. Cuernos que no habían empezado a sonar aún llenaban mis oídos con sus atronadores y primigenios bramidos, seguido de los característicos cantos de mis hermanos los cuervos, que mudos se hallaban a mi lado, formando bajo el mando de Sigbjorn, taciturno y luengo junto a su lanza, inmóvil como una estatua, al que mis ojos comenzaban a ver difuso, pareciendo entonces unido a la piel de lobo que llevaba de tal forma que a mi parecer, se trataba de un licántropo armado que venía a esparcir la muerte sobre estas arenosas tierras con la misma solemnidad con la que la muerte se llevaba a los míos que caían en cada escaramuza. El trance empezaba a ser demasiado tentador como para poder seguir estando con los pies en el suelo y conversando con el monarca de Plegia, trastocando del todo la percepción que tenía del mundo que me rodeaba, sumiéndome lentamente en aquello que ocultaban mis pensamientos tras múltiples velos y muros, y que eran el cubil en el que residían los espíritus de mi interior, terreno místico y prohibido en el que los deseos de las bestias se fundían con mi pasado en una amalgama de visiones y conocimiento para el que todavía no estaba preparado, tan absoluto su poder como feral su designio incierto. Allá donde mirara, la ilusoria apariencia que poseían las fachadas que los hombres construían alrededor de sí mismos caían como si se tratasen de muros de arena, perdiéndose en medio del desierto, formando corrientes y remolinos que evocaban una falsa idea de flujo antes de caer en el olvido. No veía a Hofi armado hasta los dientes como solía con su rostro cubierto de tinieblas como hacía un rato, sino a aquella loba joven que nos gruñía resuelta a acabar con nuestras vidas si osábamos a poner un sólo pie en las inmediaciones de su guarida en la que sus lobeznos dormitaban plácidamente aquella tarde de primavera, con los colmillos preparados y tan blancos que parecían estar hechos de pura nieve. Lo mismo pasaba con los demás Cuervos, guerreros peludos con aspecto lupino que acechaban la colina efectuando hoscos sonidos que se alzaban roncos a mi alrededor, esperando al momento en el que la figura azabache que era el alfa entre ellos diera la señal de iniciar con la masacre.

Perdía mi humanidad a pasos agigantados frente a la capilla que reinaba sobre la loma, majestuosa aún en su estado casi derruido, rodeada de las empalizadas que abrazaban la colina asfixiantes, y en las que, en aquel momento, no podía discernir si había signos de que se encontrara algún enemigo posado sobre ellas como rapaces en guardia, limitada mi percepción a lo que me rodeaba de aquella forma tan grotesca y salvaje. Habló el rey de Plegia, sonando para mí como si se encontrara sumergido en alguna suerte de líquido espeso como la miel, ensordecidos mis oídos a las voces de los hombres, dirigiéndole yo una mirada perdida y distante, casi como si no pudiera entenderla, más similar la expresión de mi rostro a la que portan los animales en sus faces que a la de un ser humano, en aquel momento mudo, procesando aquello que me decía, pudiendo ver que, a mi parecer, los colmillos le habían crecido, llenos de veneno y preparados para un festín siniestro y ponzoñoso que sus subordinados no serían capaces de disfrutar. Respondí a sus palabras confiadas asintiendo vagamente, bloqueado por un frenesí que necesitaba desencadenarse cuanto antes, casi como si los cielos rugientes en una tormenta estuviesen reprimiéndose un relámpago mortífero y abrumador. No quise darme cuenta de que se marchaba silencioso como un felino, dirigiendo mis pasos a la derecha de nuestro jefe de guerra, que con su afilada mirada parecía ya estar escarbando fatalmente en las lechuceras enemigas, asiendo su lanza como un dios terrible ante los mortales, preparado para dirigirlos como un campeón bestial que no conocía el miedo, ni la cordura.  Un ruido sordo y conocido para nosotros como era el de una puñalada a malas llegó hasta nosotros, rotundo y alentador, volviendo justo después de eso Gangrel primero de Plegia con aquella daga que desenvainó como una centella hablando conmigo en sus manos y que para mí se trataba de otro más de sus prominentes caninos, sonriendo satisfecho y altivo, pletórico del todo, como si acabara de bajar su amado dragón caído desde los cielos a nombrarlo su encarnación en la tierra.

Apreté el hacha con firmeza, anidado en mí el poderío suficiente para quebrar su asta con mis manos desnudas si hiciera falta, tan vigorosas y letales como las zarpas de Nöht, a quien pedía en silencio su bendición para atravesar las filas enemigas de una sola carga, viéndose interrumpido mi rezo por el rey bermejo, quien me hablaba de que había abierto sus tripas habiendo rajado a un emergido infiltrado. No podía importarme menos que hubiera enemigos en el camino, no a las puertas de la tierra de los dioses, la cual se abriría ante mí en el momento en el que la batalla comenzase. No respondí al plegiano siquiera con palabras, pues justo en el instante en el que mis labios se abrían para dar salida a mi voluntad, un gesto a mi lado me dio justo lo que deseaba con tanto ansia.

Sigbjorn alzó su lanza hacia el cielo, marcando a los Cuervos que miraran en esa dirección antes de, con una voz que apenas le conocía, un aullido canino y desmedido que azotó mis orejas con la poderosa fuerza de un toro en embestida, dar una orden que iba para todos los que me seguían, glorioso e incuestionable con aquel manto siniestro sobre su cabeza.

-¡¡Atacad, Cuervos!! ¡Ya sabéis a qué habéis venido!- ladró desgañitándose frente a los hostigadores, dando comienzo a la barbarie.

Como si me tratara de un resorte, di un respingo sonriendo enloquecido, dejando al rey con la palabra en la boca, dando comienzo a una carga que, formados a destiempo, empezó a acercarse a la loma al galope, todos los Cuervos al unísono corriendo a toda velocidad sin importarles lo más mínimo los límites de los hombres, pues corrían a zarpazos sobre la arena en dirección a la capilla, escudos en alto y vociferantes, unidos cual manada, desorientando hasta a las nubes con los aullidos y ladridos que despedían sus olorosas bocas, dispuestos a alzarse sobre aquella loma llena de cadáveres al acabar la escaramuza. Iba yo al frente, hacha en mano y con los pulmones llenos de aire, con tal furor que sentía que echaría a volar allí mismo, viendo como desde las partes más bajas de la empalizada surgían grises siluetas armadas con arcos, lanzando salvas que, por pocas que eran, se trataban de una broma. Silbaban los dardos a mi alrededor, mientras los míos escudos en alto los repelían con eficacia, cargando furiosamente sin achantarse, a la par que, en un movimiento táctico que no esperaba, se alzaban desde la arena cuerpos ocultos portando filos cortos, enemigos ocultos que nos esperaban en vanguardia, deseosos de matarnos. Uno apareció espectral delante de mí, raudo cual cobra sibilante, dirigiendo sus fauces deformes por mi percepción de la realidad hacia mí, lanzándome una dentellada dirigida a las costillas que de poco le serviría. No tuve sino que dirigir el palo del hacha al encuentro de su brazo, apartándolo de un plumazo, para luego asestarle un golpe con el canto bajo del mismo en todo el rostro, con tal fuerza por la carrera que noté sus huesos quebrarse bajo un velo que llevaba, salpicando sangre a ambos lados y cayendo desplomado de un sólo golpe e inerte.

Seguí avanzando furibundo hacia la empalizada baja, saliendo guerreros a frenar mi avance conforme a mis flancos llegaban algunos de los míos al muro de madera, enfrentándose a rivales o empezando a escalarlos como sólo ellos sabían, quebrándolos a machadas o usando su agilidad innata. Por mi parte, dos lanceros me tapaban el paso, amenazantes y silenciosos con sus picas apuntando a mi pecho, parándome en seco para no perecer empalado, mirándoles astuto por un momento, preparándome para lanzarme como un perro furioso sobre ellos, cuando algo inusitado ocurrió de golpe. Silbó el aire de repente, cayendo un objeto duro en la testa de uno de ellos con la potencia de un rayo, tan inesperado que hasta llegó a intimidarme, volándole la cabeza en un salpicar de sangre y sesos que culminó con la caída del piquero con medio cráneo al aire con aquello que le había provocado la muerte incrustado en él: un hacha arrojadiza. Sonreí violentamente, dándome cuenta de que se trataba de una de las armas de los míos, que me prestaban ayuda tan mortífera incluso a distancia, antes de ponerme frente al otro y, aprovechando el despiste, había agarrado con la zurda el palo de su lanza, trabándole mientras me acercaba, siendo incomparable la diferencia de fuerzas, sometiéndole antes de plantarme justo a su lado y, agarrando el hacha por una zona cercana a a cabeza, hundírsela en el cuello de forma ruidosa y sucia, cayendo rebanado casi del todo.

Jadeé con ganas con la faz llena de sangre, alzándome sobre la empalizada justo después, buscando pillar desprevenido a los saeteros rivales, desatada la ira que llevaba en mi interior mientras los lobos tomaban posiciones al otro lado de la primera lechucera con contundencia, sembrando el caos en las filas enemigas. Pryam me había dado sus dones, al igual que Nöht, y por ello, como su campeón, me erguía imbatible. ¿Quién sería el siguiente en sucumbir bajo mis manos sedientas de sangre?
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Mensaje por Invitado el Lun Abr 29, 2019 3:33 pm

Tropas y tropas descendiendo por todos los lados, dirección a la catedral. Pero Gangrel lo veía de otra forma. Lo veía como lo que verdaderamente era. Un cuadro. Una obra de arte pura. Sangre como tinta y las armas plegianas como pinceles. Sin más. Buscarle un significado a esa matanza emergida, ¿para qué? Sería perder el tiempo. No era necesario pararse a pensar. Solo matar. Solo mirar como un bosque de picas descendía cada segundo para acabar con la vida de todo aquel que se interpusiera en su camino.

El sonido del metal penetrar contra la piel descubierta del enemigo. Las palabras de hechiceros y magos que hacían despertar de cientos de grimorios las llamaradas correspondientes para posteriormente precipitarse contra las retaguardias rivales, cual tormenta oscura y roja. Una espiral de magia negra y llamas. Pero en cuanto estas se acercaban lo más mínimo al objetivo principal, desaparecían. La pequeña iglesia se mantenía impasible en el centro del cuadro, inamovible a pesar de las batallas que se libraban alrededor de ella, alzándose sobre un pequeño montículo.

Gangrel lo tenía claro. Mandaría pintar un cuadro sobre esa batalla. Pero hasta ese momento, él también lucharía. Él estaría ahí. Alzándose imponente sobre sus rivales, haciéndoles desaparecer de la tierra con rápidos cortes en la yugular. Había aprendido mucho del combate. Ya no intentaba jugar con sus rivales. Simplemente iba a lo pragmático, que no por ello resultaba menos divertido. Ver cómo un rival moría antes de poder defenderse le parecía más divertido. Un simple corte con su arma y ya había terminado. Podía ver la impotencia en sus rivales, aunque no sintiesen nada al ser un emergido. ¿Pero qué más importaba? Le gustaba verlo. Le gustaba imaginarse a su enemigo caer impotente entre lágrimas frente a él. Era como un niño en ese sentido. Fantaseaba con cosas de esa envergadura a pesar de ser teóricamente el emperador de una de las naciones más importantes de la historia.

Pero ahí estaba. Caminando al frente con tranquilidad, con una de sus armas semi-desenvainada entre sus manos, casi oculta, dejando al descubierto solamente la punta del filo. Y a medida que se acercaba alguien, aunque solo fuera unos pocos pasos, esa misma daga se movía. Y la daga acababa teñida en rojo para luego ser limpiada con otro movimiento, que la llevaba hasta la capa. Una vez, y otra, y otra. Cada emergido que se le acercaba, caía de la misma forma.

El primero. El segundo. Mientras los cuervos seguían con su ritual de matanza, Gangrel hacía lo propio con la respectiva elegancia que le obligaba su posición como emperador. Y mientras tanto, los Tercios hacían su labor. Podías mirar al cielo. Alrededor de ellos se estaba formando una montaña de cadáveres. Pero ni uno solo de esos cadáveres llevaba la armadura plegiana. Y los pocos heridos eran rápidamente sustituidos. Un enjambre que luchaba como una sola unidad. Así eran sus hombres. Y se sentía orgulloso de ellos como un padre de sus hijos. Porque al fin y al cabo, lo eran para él. Eso era el producto de casi treinta años de gobierno. Toda su inversión en milicia tenía sentido. Ya no tenía soldados. Tenía un ejército. Lo cual era muy diferente. Tal vez Altea, Nohr, tuvieran muchos hombres, y un mayor imperio, no cabía duda. Pero él tenía eso. Sus hombres no luchaban por sobrevivir. Luchaban por puro patriotismo. Bien era cierto que los plegianos querían conquistar el mundo, y que podrían hacerlo. Pero su escaso número se lo impedía. Era por eso que tenían que compensarlo. Y eso era justamente lo que estaban haciéndolo. Compensar su escaso número con una maestría absoluta en el ejercicio de las armas. No había grito alguno. Solo cuando embestían para avanzar los soldados se atrevían a hablar, gritando “¡Salve Grima!” y luego volver al silencio y la concentración absoluta.

-Míralo, Skjöld –comenzó a avanzar rápidamente. Con unos pocos pasos, se puso a la cabeza del grupo nuevamente. Era rápido, como debía ser en alguien como él. Se posaría a una distancia prudencial del mercenario (lo suficiente como para no estar al alcance de su hacha pero sí como para que le escuchara- Mira el ejército. Mira a mis hombres. Mira ese pilar que avanza inexorable, destruyendo todo a su paso. Llegarán hacia la iglesia, no lo dudes. Y no hará baja alguna entre sus filas que no sea la de un mártir que se ha sacrificado para salvar a otro más joven o capaz. Mira sus lanzas. Nobles, plebeyos. Cualquiera ahí lucha y hace bajar la lanza de la misma forma. Todos se respetan entre ellos. Este es mi ejército, Skjöld. Este es el poder de Plegia. Esta es el arma secreta imperial. Sin llamas, sin hechizos. Solo el valor y la virilidad de quienes dan su vida por la nación

Avanzó un poco más, dirigiéndose a un emergido cercano, agarrándole por la muñeca para empujarlo hacia la daga, que se quedaría clavada por unos segundos en el centro de la garganta de este (Cómo no) para luego ser retirada con velocidad, dejándola caer al suelo al ver que el puñal se estaba quedando romo. Desenvainó otro para seguir con su tarea como si nada. Poco a poco, llegarían a las empalizadas. Poco a poco, ascenderían hacia la iglesia. Poco a poco, haría que la voluntad de las altas esferas clericales se cumplieran. Ese era su deber como rey de una teocracia. No es que lo hiciera por voluntad. Tenía que hacerlo. Era la forma de reafirmar su postura.

-Vamos, Skjöld. Acaba con ellos. Desata sobre la tierra la ira que sé que tienes en tu cuerpo. Esa ira que como una bestia posees. Hazlo. Te estás controlando. ¡Dale rienda suelta a tu instinto asesino!
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Mensaje por Invitado el Dom Mayo 19, 2019 3:59 pm

Enfrentado me encontraba a la ruda superficie de madera resquebrajada y recorrida de surcos profundos como las cicatrices que surcaban mi ya cuarteado lomo, endurecido y embrutecido por el pasar de los inviernos al filo de lo salvaje, arrancado de mí todo atisbo de lo que una vez fuera una criatura indefensa e ilesa, osezno perdido y confuso entre crías de hombre, ahora enloquecido terror de montes y cañadas, susurro a medias entonado por ayas supersticiosas que buscan infundir miedo en los corazones de los chiquillos rebeldes, jadeante y turbado, cada una de mis inspiraciones profundas un crujir desmedido sobre las forestas de mi tierra, bramante cual tormenta castigadora mi aliento húmedo y cálido. Temblores irrefrenables sacudian mis barbas luengas y enmarañadas al viento cual estandarte azabache, repletas de sangre, inmundicia y polvo, mientras mis sienes martilleaban con el ímpetu de una piara de jabalíes colosales y majestuosos sobre un sendero quebradizo y estrecho, marcado el ritmo que producían los embites de mi corazón alocado y henchido por la ira que me recorría con descargas tales que el propio elixir que nutría mis venas se tornaba tempestad habitada por relámpagos sinuosos e infinitos que hacían de mí una tormenta que cargaba derramando su cólera ciega sobre el mundo de los hombres diminutos y barridos a mis lados por mi paso incansable. Quedaba mi garganta atravesada por férreas y heladas cuchillas, filos crueles que rasgaban mi carne con inusitada facilidad, danzando en su interior frenética, entregadas a la tarea de arrancarme las entrañas con hábil presteza y aviesas intenciones, resonando en mi gaznate los roces del metal que sentía en mí como si se trataran de choques metálicos en una vaguada desolada y solitaria. No podía sino sentir un rumor ronco que me arrancaba la humanidad, similar al gruñido hosco y áspero del interior de los cañones y las escarpadas cimas, ensordeciendo el mismo el clamor de la batalla que se desarrollaba a mi alrededor, diminuta e insignificante si la comparamos con la iracunda estampa que, en mi mente, donde los dioses tomaban contacto conmigo, su encarnación en la tierra, se estaba desarrollando.

Ladridos inquietos y agudos se repetían en el fondo de mi cráneo, respondidos en su justa medida por otros aullidos graves y ancianos que hacían de mis pensamientos un torrente tumultuoso y vibrante de gruñidos y tonadas salvajes que hacían que mi vello se erizara en punta, mis ojos comenzarán a moverse por mis cuencas revueltos y casi carentes de pupila mientras espumarajos rosados y espesos se hacían con el control de mis fauces enervadas y tensas como las de una bestia hambrienta. Mi consciencia se diluía al tiempo que la lucha se hacia más encarnizada entre los espíritus cánidos que poblaban el concejo que regia mi existencia, batidos en lo que parecía ser un enfrentamiento que, ajeno a mi comprensión y capacidad de razonar, los cuales se me escapaban de entre los dedos como si de agua se tratasen, se había desatado casi restallando como un látigo. Se sucedían los zarpazos y dentelladas entre la zorra de ígneo pelaje y la figura del venerable lobo, enfrascados en un caos en el que sus colmillos se movían como puñaladas rastrera directas a sus torsos, a la par que sus ojos y pelajes refulgían con la abrasadora apariencia del sol rabioso.

Y mientras en mi cabeza los envites de las fieras me dejaban aturdido y aletargado frente a la primera lechucera, caían los Cuervos sobre los enemigos con los picos y garras dispuestos para despedazar sus cuerpos grisáceos con la furia que caracterizaba a aquellos licántropos enardecidos que soltaban mandoblazos y reveses sobre los cuerpos patéticos y torpes de nuestros rivales, rugiendo desprovistos de control o mesura, arrancando del enemigo sus miembros y cabezas con facilidad, ocultos bajo las pieles de aquellos que ahora les brindaban su monstruoso vigor y fiereza. Ralentizada veía la escena cenicienta y sangrienta de los míos atravesando las filas de emergidos cual marea caótica y sedienta, mientras el mundo se tornaba borroso por la jaqueca aguda como una saeta directa a mi espinazo, a la par que sentía en mí la incapacidad de pensar con claridad alguna, sumido en un humor espeso y rugiente que me impedía siquiera mantener la cordura que me quedaba, machacada a hachazos por mi propio yo.

Veía a Hofi saltar sobre un emergido hachuela en mano diestra, portando la zurda un cuchillo de caza anciano y curvo que se precipitaba directo a degollar a su rival con un movimiento oblicuo y descendente, clavándose su punta en el lateral del mismo, hundiéndose con contundencia, dando un paso el hostigador frenético al frente, cubierto por la piel de loba parda, antes de, con una machada brutal, despojar de vida al soldado con un impacto contundente y sanguinolento en el centro de su cabeza, la cual estalló en pulpa y sesos por la parte alta. Nuestro jefe de guerra, sombrío y taciturno por la forma de la bestia que le amparaba, cargaba con destreza lanza en mano, atravesando el vientre de un emergido incauto el cual cayó al suelo entonces en el momento en el que el guerrero quebraba su rodilla propinándole una fortísima patada en la corva. Gangrel de Plegia se acercaba a mí dejando a su paso un reguero de cadáveres, pletórico con una mueca cruel tan típica del monarca, gritando solemnes alabanzas a sus hombres, tratando de hacerme entender el esplendor de su magnífica soldadesca. Mas era incapaz de discernir la mayoría del significado de los vocablos que usaba, oscurecida mi mente por la disputa interior que la sacudía. Alcé mi rostro, observándole con ojos aguileños, respondiendo a sus palabras altas con la sublimación de mi instinto que se descarnaba de mis ataduras humanas: un rugido ronco que salía de lo más profundo de mi alma, desgañitando mi garganta, sintiendo como el mismo suelo bajo mis pies vibraba por el estruendo que producía mi voz grave y gutural al romper en un bramido asalvajado que arrasaba firme con todo aquello que me frenaba.

Frente a mí, venían en acometida los dueños de la empalizada, armados con espadas cortas y puñales como dictaba la táctica, siendo tres los que se lanzaron a por mí con inesperada agilidad. Agarré el asta de mi hacha presto, pasando con un movimiento de derecha a izquierda dirigido a la cabeza del primero a una finta que, casi como una centella, se revolvió en una sacudida contraria que acabó cayendo en el tronco del mismo, abollando y haciendo saltar su coraza en trozos de acero revenido, los cuales revelaban en su metralla trozos de la carne enemiga, cuyo dueño cayó desplomado cual muñeco. Aprovechando el amago, el segundo atacante no dudó en lanzar una puñalada baja dirigida a mi pierna zurda, la cual se internó en la zona alta de la rodilla, clavándose hasta la empuñadura. Más la ira no permitía al dolor hacerse dueño de mi cuerpo, y aquel mastuerzo apenas pudo comprender cómo, delirante y violento, eché mano al cinto sacando mi propia hoja de cacería para estampar su punta en medio de su frente con un movimiento seco, el cual culminó con un empujón que le apartó de mí, cayendo justo al lado de su compañero. Avancé arrancando de mi carne el cuchillo que me había herido tras guardar el propio en mi cinturón, rugiendo de nuevo ante el último de los malditos acechadores el cual trataba de acabar con mi vida lanzando un revés a mi torso desnudo, la cual esquivé en el último segundo con un paso corto hacia atrás, para luego aprovechando esa fuerza para clavar el filo de mi hacha en su pecho, devolviéndole el golpe con el doble de poderío, anclándolo al suelo. Mas mi sed me obligaba a darle el golpe de gracia de la manera más brutal que podía realizar. Me acerqué a él dejando mi arma clavada en su cuerpo, para rodear con mis zarpas su cuello, dirigiendo una mirada predadora a sus ojos rojizos, abriendo mis fauces directas a su gañote, arrancando su carne con mis colmillos desnudos, mientras la sangre oscura de la aberración salpicaba mi rostro y caía por mi barba negra, devorando su vida cual bestia carnívora. Saqué mi boca de su cuello y el hacha de su torso, para luego lanzarle al polvo que cubría la colina con un gesto de desprecio, alzando de nuevo mi voz sobre las lechuceras y muros que, poco a poco, caían bajo las embestidas de la tormenta que caía sobre aquel lugar.

Había llegado el momento de que los dioses caminasen por las tierras de Jehanna, encarnados en la figura de rostro sangriento y enorme apariencia que, bramante, no era otro que yo mismo, Skjöld, aquel al que las fieras comandan.


Última edición por Skjöld Heilfsson el Dom Jun 02, 2019 9:49 am, editado 1 vez
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Mensaje por Invitado el Jue Mayo 30, 2019 3:56 am

Y una violenta danza siguió sacudiendo la tierra, una danza de muerte y macabra destrucción en la que furia y muerte iban de la mano, arrollando en su compás a todo emergido que osara intentar evadirles. Los estandartes de Plegia, los verdaderos motivos por los que se estaba librando tal cruenta sangría, se erguían sobre las cabezas de todos los presentes, impasibles en su asta sobre la que se habían colocado. Ni una gota de sangre manchaba esas largas telas, en cuyo centro se encontraba el León de Azabache coronado con un cáliz negro, símbolo del poder de Plegia, de su monarca, de su casa real y de los principios que regían a ese reino.

Solo la historia podría juzgar sus actos. Solo el papel podría guardar ese hecho que, de forma inamovible, demostraría al mundo el poderío de Plegia y su superioridad frente al resto de naciones. Quedaría escrito el día en el que las armas del futuro imperio cambiarían su decorado aspecto por carmesí oscuro en su metal una vez más. Y poco a poco, a medida que se acercaba cada lanza contra el emergido que intentara romper la formación del Tercio, era bienvenido siendo aniquilado y atravesado por esas largas picas.

Y eso solo era el primero de los tres frentes que se estaban librando. Por supuesto, a ojos del monarca, la verdadera acción no sucedía en ninguno que no fuera el propio. Ese lugar en el que los Cuervos le enseñaban los hechos que las artes de la marcialidad más brutales podían producir. Cada bestia que llegaba a ellos, era aniquilada o atravesada por un hacha. Y si además esa criatura se conseguía acercar en exceso al que era monarca de Plegia, era bien recibida con una fuerte puñalada de la daga que se encontraba en su mano derecha. Gangrel, desde su posición, caminando con tranquilidad, mas suficiente velocidad para encontrarse siempre donde estuviera el frente, hacía de espectador activo en ese espectáculo, casi hipnotizado ante tal muestra de hasta dónde podía llegar la bárbara intervención del hombre sobre las criaturas contra las que ahora se enfrentaban. Y es que, para esa ocasión, quienes normalmente eran cazadores, se habían convertido en atrincherados cervatillos que solamente podían huir e intentar escapar para luego ser derribados de alguna forma u otra. Era algo inamovible. La muerte de todo el que se ponía por delante. Y los humanos, normalmente conocidos por su particular forma de civilización, ahora dejaban al descubierto su furia, su venganza sobre aquellos que rompieron el frágil equilibrio en el que habían vivido.

Un equilibrio, el cual, a ojos de Gangrel, no podía ser considerado como natural. Y es que a medida que caminaba más se daba cuenta. El hombre estaba hecho para matar. La mujer estaba hecha para matar. El niño estaba hecho para matar. El anciano estaba hecho para matar. Incluso el más casto y puro monje estaba hecho para matar. En la raza humana, la fiereza seguía existiendo, oculta en mil mantos de piel. Si bien los laguz eran criaturas por fuera, estaba claro que no había nadie más animal, más salvaje, más bárbaro y bestial que un humano. Dentro de todos ellos, existía la frustración. La rabia incontenida e irracional. Y no pensaba solo en Skjöld para referirse a esto. Se miraba a sí mismo, que era conocido entre esos mercenarios como Hurón. Miraba a los Cuervos, quienes al haber hecho mayor honor a su nombre y al haberse librado de las ataduras sociales, ahora podían mostrar su verdadera máscara sin compasión alguna. Y por supuesto, miraba, más que a nadie, a sus Tercios, al pilar del que tan orgulloso estaba. ¿Y bajo qué estaba cimentado ese pilar? ¿Qué era lo que conseguía hacer que un noble, un plebeyo, un bastardo y un monje pudieran colaborar para hacer uso de su fuerza conjunta? Pues la supervivencia. No la unidad. No el nacionalismo. Al final, todo se reducía a supervivencia pura. La misma conducta que tendría un millar de abejas de la misma colmena en su gran frenesí, o el de una colonia entera de hormigas. Pues al final, el humano, al haberse negado a aceptar su naturaleza primigenia, se debilitó. Y al igual que un insecto, era débil y fácil de aplastar. Pero en el mismo momento en el que se unían, se volvían imbatibles. Ese debería ser el objetivo de Gangrel desde ese día.

Unir a la humanidad en una misma colmena. Aniquilar toda disidencia. Quemar toda bandera y símbolo que no fuera el propio. Ni democracia, ni monarquía, ni fascismo, ni imperialismo. Solo por supervivencia. Solo para hacer ver al resto que él estaba en lo cierto con su teoría sobre la maldad natural e intrínseco del propio ser del que renegaban. La razón, supuesta arma de su raza, no servía de nada una vez era usada para obtener más fuerza.

Y le encantaría poder compartir esas repentinas meditaciones con alguien. Le encantaría poder bajar el arma un segundo, detener su danza con todo emergido de esa marea gris que se interponía en su camino y poder hablarlo con alguien. Pero no era posible. Lo veía en los Cuervos que le acompañaban. No podías pedir a un ave que reaccionara a las palabras si estaba de caza. No podías pedir a un cánido que suprimiera su instinto. No podías pedir a una hormiga que hiciera desaparecer su caza. Sería como intentar mantener un diálogo filosófico con una ameba. Totalmente inútil y sin conclusión que extraer al final del mismo.

Y era mejor así. Prefería a guerreros que a filósofos cuando estaba en el campo de batalla. Prefería a una incontrolable jauría para que cumpliera sus voluntades que a cuatro hombres con túnica. Era mejor así. Era la propia naturaleza que lo exigía. Era el propio Grima todopoderoso que desde su trono en los cielos había determinado que ese era su designio hacia la humanidad.

Qué podía hacer, si no era enorgullecerse de ver cómo había conseguido hacer que lo único verdaderamente importante, que era la guerra para un soldado, se impusiera a la innecesaria moral que solo debía aplicarse dentro de la ciudad. Mientras sus tropas siguieran avanzando, no habría lugar para el debate.

Y en esa larga batalla, entre tal choque de hierros que era el verdadero músico que daba ambientación a ese largo baile, su director, Gangrel, pudo ver algo simplemente maravilloso. El sacrificio.

El sacrificio de uno de sus hombres que, llevando frente a ellos una bandera de Plegia, se negaba a soltarla, atacando a lo que se le ponía por delante con una larga pica rota por la mitad, lo que había restado muchísima longitud al arma. Y fue tal vez esa obstinación por proteger la bandera que le hizo caer frente a un emergido con un arma mucho más versátil y útil para esas situaciones. El pobre soldado cayó al suelo, y aun así, se negó a dejar que el arma se cayera. Se negó a dejar que su bandera tocara el suelo. Incluso a un paso solo de la muerte, seguía manteniendo firme sus manos sobre un asta.

-…¡BASTARDOS! –rugió el rey, mientras alzaba su arma para arrojarla contra el emergido que había osado realizar tal acción- ¡Que alguien vengue a ese hombre inmediatamente!
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Mensaje por Invitado el Dom Jun 02, 2019 2:01 pm

Había hecho perecer una vida bajo el cerrar contundente y feral de mi mandíbula en torno a la garganta grisácea, reblandecida y ahora sangrante de aquel emergido que se atrevió a ponerse en mi camino tras haber desplomado a un lado los cuerpos inertes de sus compañeros, meros muñecos polvorientos arrasados por el transcurrir de mis filos por sus carnes, desprovistas de dignidad ni orgullo a mi mirada bestial, nublada por la barbarie que inundaba mi piel conforme la espesa sangre de mi contrincante surcaba mis colmillos carmesíes, adentrándose en mi boca, mojando mi lengua con su pastosa textura conforme se llenaba mi paladar de un regusto añejo a hierro y muerte, mezclado con el maltejido polvo de estas tierras malditas con una desolación ardiente en la que las arenas eran su único señor, ahora amenazado por la figura sedienta e insaciable de aquel que gobernaba sobre los plegianos que subían a decididos por la ladera de la montaña a cumplir el deseo de su señor indiscutible, portando más acero que guarnición temerosa una guardia de invierno. Se deslizaba por mi garganta parte del interior de la nuez del enemigo a mis pies, generando en mí un inusitado furor que empezaba a verse reflejado en mi piel, la cual se erizaba gustosa ante semejante acto de ferocidad desmedida, unido al éxtasis de la batalla que se estaba librando en aquellos momentos, y en la que la superioridad de nuestros bando estaba ya más que demostrada, conforme tomábamos unos y otros posiciones tras las empalizadas que caían junto a sus dueños como si se trataran de una pobre presa ante el atronador rugido de las aguas de una cascada furibunda e infranqueable. Había cerrado el círculo que mostraba mis inclinaciones naturales, titánico y desenfrenado mi ser, apenas contenido por las ataduras mortales, las cuales quebraría en mi ascenso a lo divino si seguía desbordando los deseos de los dioses sobre las tierras de los hombres.

Oscurecida y tintada en bermejo licor se encontraban mis barbas, fluyendo por sus recovecos la espesa sangre que las bañaba con saña, manchados mis labios y mi pecho de la misma conforme caía en dirección al suelo, alzando la cabeza entonces, buscando mi próxima víctima en aquella montaña de cadáveres y acero quebrado en la que se tornaba la elevación que daba cobijo y hogar a la capilla que tanto se empeñaban las fuerzas plegianas en tomar para sí, con su medida formación dando para el arrastre a aquellos incautos a los que los míos sacaban de sus coberturas con auténtica maestría, bramantes en su tarea y despiadados en sus formas, lobos implacables armados hasta los mismos dientes, en medio de una brutal carnicería que se saldaba veloz en cuanto alzaban sus armas en machadas que caían como rayos sobre ellos. No había lugar adónde ir, ni siquiera un escondrijo en el que refugiarse como un vulgar ratón ante aquella sacudida que representaban las fuerzas unidas de dos manadas opuestas en método y filosofía, mas unidas por el destino y el brillo del acero, sumidos en un baño de sangre y tierra que acabaría en el momento en el que se alzaran los aullidos de los míos triunfantes sobre los restos que ofreceríamos a nuestros hermanos de nombre como una ofrenda a los muertos y al mismo ciclo de la vida, al igual que al córvido de mirada afilada que dirigía mis pensamientos emplumado con el color de la misma noche que le había engendrado. Respiré el aire viciado del ambiente, que hedía a muerte, carne sangrante y tierra que se corrompía con los restos de la guerra, conforme el terreno amparaba a aquellos que caían a manos de las armas, las cuales se quebraban y astillaban conforme subía, guiando a los míos rumbo a la victoria, atravesando apenas consciente las filas de rivales que salían a mi encuentro, armados en tinieblas y desgarbados, empuñando raudos sus filos y lanzas contra una bestia desbocada que les superaba golpe a golpe, paso a paso, rugiente y desprovista de los últimos rasgos de humanidad que me quedaban, apartando a los soldados con la rabia que me definía reduciendo sus rostros a amasijos abollados y rojizos de materia ensangrentada, haciendo caer a algunos usando mi propio cuerpo para hacerles perder el equilibrio antes de rematarles con furia.


A zancadas prestas comenzábamos a llegar a las inmediaciones de la capilla, perdiendo la cuenta de los rivales que se habían dejado las entrañas o el pecho en el filo mellado y cruel de mi hacha conforme las emboscadas tropas enemigas trataban de vender caro el pellejo ante lobos y hombres por igual, rodeando con un intento de bosque de picas las puertas y paredes de la capilla, con tal de que no nos hiciéramos con la posición de aquel sacro lugar. Habían venido a mi encuentro algunos de los míos, Sigbjörn a mi siniestra, tan luengo como siempre su semblante, aferrado al asta de su lanza mientras las pieles del azabache alfa tuerto y recubierto de cicatrices que le cubrían exhibían mil manchas provenientes de todas aquellas vidas que habían sido segadas por el maestro guerrero, cubiertos sus ojos con el hocico del lupino ser, mostrando sólo una sonrisa desquiciada y pletórica llena de mugre y auténtico deseo, temblando sus hombros por la tiritona que le daba convertirse en un acechador sombrío que para la propia muerte trabajaba. A mi diestra, Harreld  Barba Gris se hallaba mostrando los dientes, cubiertos sus hombros y testa por el pelaje de un joven macho plateado y audaz, el cual había abatido él mismo con un solo golpe de jabalina. Apenas podía distinguir sus rasgos humanos, pues su faz estaba ya cubierta por una frondosa barba del color de la ceniza, rizada por el paso de los años, y los sonidos que salían de sus pulmones no eran más que gruñidos hoscos, alzando su escudo redondo de madera de serbal, lleno de cicatrices y veteado de hierro negro, acompañada su guardia de una espada corta y recta hermanada de su protección a tal punto que la empuñadura de aquel arma, sobria y apenas grabada, provenía del mismo árbol, siendo una unión letal y espiritual a partes iguales. Muchos más se hallaban a mi espalda, acabando con los restos de la resistencia enemiga con el apetito voraz de un osezno, mientras las tropas de Gangrel se encargaban de aplastar al enemigo enfrente de las puertas cerrándose cual alas alrededor de los mismos, quebrando las picas del enemigo en una maniobra osada que se solventaba con el golpear de las puntas en corazas y morriones, levantando polvo en torno al alférez plegiano, portando la enseña de su tierra, con el orgullo y la devoción que requería tal honor para ellos, glorioso con su armadura brillante antes de que un maldito advenedizo le rompiera su arma, llegando a defenderse con sus restos hasta que el próximo acabara con su vida de forma rastrera, tirándole al suelo de rodillas, donde, sorprendentemente, se aferró a la bandera como si no pudiera soltarla ni al caer muerto, dejándola izada de mala manera en su empeño ciego. La voz del rey de Plegia rompió entonces el hechizo en el que había caído ante la escena, ordenando que alguien vengara a aquella alma entregada.

Sin siquiera pensarlo, me hallaba corriendo hasta el lugar, hacha en alto, en una carga en la que los míos me seguían enfervorizados y salivantes, alcanzando en el momento propicio a aquellos dos bastardos que habían acabado con el plegiano de altos valores, plantándome frente a ellos violento y rabioso. Un paso hacia la derecha para mantenerme alejado de la espada que portaba uno fue el hueco suficiente que necesito Sigbjorn para colarse detrás de mí, sobrepasando el cadáver del alférez para, en un movimiento rápido, caer de bruces al suelo y, lanza en ristre, empalar por el vientre a aquel bastardo, anclándolo al suelo para que yo hundiera mi hacha en su cráneo sin dificultad ninguna, aprovechando el momento de distracción brindado, eclipsado por las carcajadas que soltaba Sigbjorn entre bocanadas de aire. Por su lado, Harreld se lanzaba a la acometida como si se tratara de un jabalí enloquecido, levantado su escudo preparando lo que se convertiría en una contundente caricia con el canto acerino del mismo en la sien de su enemigo, tras haber trabado su arma con su fiel espada, saltándole el yelmo y espumarajos de semejante golpe, tirándolo frente a las puertas de la iglesia. Fue entonces cuando a mi mente acudió la inspiración de lo que debía hacer a continuación, llevando mis zarpas al asta de la bandera plegiana en la que aquel leonino ser se encontraba rampante, arrancándola de las manos del muerto con un estruendo y rugido tales que hicieron temblar el suelo que pisaba, alzando el enorme peso de la misma conforme me dirigía a pasos pesados al aturdido emergido, poniéndome encima de él, mis piernas abiertas dejando su cuello y pecho debajo, mirando al cielo sobre nosotros burlón, escupiendo a un lado antes de soltar mi sentencia.

—De nuestros huesos, las colinas— recité firme, cogiendo aire con fuerza. —De tu osadía, ¡¡EL CASTIGO!!— rugí, dejando caer la punta de acero que llevaba la enseña sobre la cabeza del enemigo, empalándole la boca con el asta de la misma hasta que llegara a clavarla en suelo firme.

Solté el asta, mirando entonces al suelo, donde el rostro de aquel desgraciado ahora era una pulpa rojiza tapada por la bandera de la nación que pagaba nuestros servicios. Sigbjorn y Harreld habían marchado corriendo a acabar con más enemigos, en uno de sus típicos juegos, casi de cachorros crueles y sanguinarios. Así mi hacha de los restos de aquel cráneo destrozado, mirando a la enseña ominosa que, ahora, ondeaba sobre nosotros a muchos codos de altura a las puertas de nuestro objetivo, soplando poniente cargado de polvo y olor a cadáveres, cálido en inicio, helado para mis huesos, desprovisto el viento del poder de elevar mi espíritu tras mi trance orgiástico, siniestro el león sobre la colina por la que luchábamos con fiereza, habiendo éste echado zarpa a aquel lugar con su acostumbrada fiereza, mientras su ojo penetraba en el alma de los plegianos que servían a su figura. Mas esos ojos no me decían nada, muertos como los de las presas que abatía en mis días de cacería. No era aquella bestia una a la que le rindiera culto, o mereciera respeto. No era ese mi camino, al igual que no era mi deber internarme en la construcción de la cima. Y por ello, desanduve el camino, dirección a la falda de la colina, hacha en en el hombro y mirada fija al horizonte, destacando ésta el brillo de una cabellera rojiza por encima de los cuerpos, la melena del hurón plegiano que gobernaba sobre todos con malicia y orgullo, mi patrón en estas conquistas. No hubo gestos, ni siquiera una palabra mientras me encaminaba hacia donde él estaba. Ahora mismo, era esclavo del silencio que le debía a las almas de que combatían aún en el campo de masacre que había creado con mis propias manos.
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Mensaje por Eliwood el Vie Jun 14, 2019 9:49 pm

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Gangrel ha gastado un uso de sus dagas de bronce.
Skjold ha gastado un uso de su hacha de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP. Gracias al incremento de experiencia, Gangrel ha obtenido un nuevo skill de la rama Trickster:

[Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] Ventaja Ventaja - Técnica que lidia con la habilidad y velocidad de reacción, permitiendole al truhán ser siempre quien ataca primero. Aún si se le aproxima o le toma por sorpresa otro y aún si es el segundo o último en postear, con este skill se interpretará que el turno del truhán sucede primero, por lo que puede adelantarse a sus aliados o cancelar efectos y acciones del enemigo si está en sus posibilidades.

¡Felicitaciones!
Afiliación :
- LYCIA -

Clase :
Great Lord

Cargo :
Marqués de Pherae

Autoridad :
★ ★ ★

Inventario :
Vulnerary [1]
espada de acero [5]
.
.
.
.

Support :
Marth [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] Iwzg0SR
Lyndis [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] JEIjc1v
Nils [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] JEIjc1v
Izaya [Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] JEIjc1v

Especialización :
[Campaña de conquista] Auto de Fe [Priv. Skjöld] Espada%202

Experiencia :
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Gold :
478


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