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[Campaña de conquista] Una locura de esperanza y libertad[Priv. Robin]

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Mensaje por Gangrel el Sáb Feb 23, 2019 2:13 pm


Recordaba ese día perfectamente. Una fatídica mañana en la Santa Sede de la Iglesia que el rey visitaba constantemente fue el escenario de la mayor fuga de la historia de Plegia. Encontró a muchas sacerdotisas llorando. Sacerdotisas de Grima… Llorando. Dos guardias muertos por heridas de lo que parecía ser magia negra, marcas de ataduras en el cuello y manos que una cuerda no hubiera podido hacer. El pérfido monarca no comprendía lo que pasaba. Valldar ahí estaba, tan indiferente como siempre, pero con una chispa de ira que no era habitual. Gangrel lo comprendió rápidamente.

Había escapado. Aquel maldito y arrogante joven había conseguido burlar la seguridad del reino y salir al exterior. Él, como representación de la virtud de la iglesia y sus principios, era un pilar fundamental de la fe plegiana. No quería imaginar el drama que supondría dar la noticia a los ciudadanos. Tendría que hacer frente a miles de rebeliones. No sería nada agradable. Lo mejor que podía hacer era cambiar las cosas, decir que el joven había sido secuestrado o asesinado por ylissenses. Sí, eso era lo mejor. La noticia fue aterradora para el rey, quien palideció al instante. Tuvo que sentarse para no caer en el sitio. Lo consideraba un fracaso personal. A partir de ese momento, debería pulir en millones la seguridad del país. Declarar el perpetuo estado de sitio. Sí, eso sería lo mejor. Pero por los ojos de las decenas de altos mandatarios que tenía a su lado, querían algún tipo de solución en ese preciso instante.

Los ojos del rey miraban fijamente a la estatua de marfil negro que había presidiendo la sala. Lo miraba con terror y respeto, casi como si fuera un santo hombre religioso. Le había fallado a él. A su dios.

-...Declaro desde hoy hasta que la luna desaparezca del cielo el estado de sitio. Y pongo en busca y captura a Robin. Que se encomiende al verdadero Grima todopoderoso, porque… Me da igual si lo traéis vivo o muerto

Y a partir de ese mismo día, se “vaporizó” la existencia de Robin como figura religiosa. Se le dibujó como un mártir asesinado por Naga, pero su nombre no aparecía en ningún registro. Era triste, pero necesario para mantener el orden de aquel país. Y si no fuera por la política imperial que se llevó a cabo para expandir el territorio, Robin posiblemente debería haber estado huyendo de cientos de soldados que el rey hubiera lanzado contra él.

De aquel fatídico momento habrían pasado ya meses. ¿Quizá un año? Las fechas tampoco eran su fuerte. Y es que tampoco le importaba demasiado, la verdad. Ya a esas alturas ni le importaba aquel muchacho. Más bien, si al rey se le pillaba desprevenido hablando del tema, quizá lo llamaría “Rubín” o alguna cosa así. Tampoco era lo más importante, precisamente, el hecho de tener a ese albino dentro o fuera de Plegia.

Y ese preciso día tampoco era el momento de recordar cosas. Ni sabía el por qué le había venido el recuerdo a la mente. Quizá era porque se disponía a crear el primer campamento en suelo de Jehanna, la cual era demasiado parecida con la madre patria. Iba con unos pocos miles de hombres en el que sería el primero de cientos de ataques. De todas formas, no había frontera alguna en Magvel, continente totalmente destruido por emergidos. Y eso mismo permitió la entrada de todas las tropas plegianas en Renais y posteriormente entrar con la misma velocidad en Carcino. La táctica plegiana en ese lugar era fácil: ser lo más pacíficos con los emergidos posible, expulsarlos poco a poco por mar a otros lugares o destruirlos de tal forma que era imposible para el resto saber lo hecho por las tropas invasoras. Esa forma de ataque había permitido a los suyos poder caminar al lado de emergidos sin tener que luchar. Para que luego dijeran que esos seres no eran inteligentes… Lo eran más que muchos humanos.

De todas formas, parecía que no había problema en la entrada al nuevo país. Las tropas de élite plegianas, que se encargaban de luchar en el extranjero (es decir, los terribles Tercios del Hálito Negro, cuyo Capitán General era el que ocupara el puesto de rey) no habían tenido problemas para entrar en las arenosas tierras de Jehanna, tan especializados en esos terrenos como lo eran. A partir de una ruta de comunicación aérea y marítima, tendrían la zona asegurada de víveres. Pero la entrada sería mucho más austera que otros ataques. Tomarían una ciudad fronteriza y ahí erigirían su primer campamento. La bandera de Plegia sustituiría rápidamente las antiguas que ahí estuvieron.

Y Gangrel estuvo ahí para dirigir el ataque.

Y Gangrel fue el primero en ordenar que no se detuvieran. Se adentrarían y explorarían la zona. Con eso se aseguraban que no podrían haber problemas como soldados que se amedrentaban diciendo que no conocían el terreno… Viniendo de la nación más desértica de Akaneia. Por eso mismo, partió con un centenar de soldados sin miedo alguno para la misión. Todos a pie, armados con sus lanzas y una armadura de cuero ligera, pues las dunas no permitían otra cosa, y llevando escasas banderas para no ser descubiertos. Todos, menos Gangrel, cuyo caballo sí estaba preparado para esos terrenos por el duro entrenamiento al que fue sometido. Aun siendo cien, en esos territorios hasta el más novato soldado plegiano podía ser una amenaza.

Pero qué ironía sería para el rey que cuando llegaron a un oasis para descansar del fuerte sol, se encontraría con el más dulce regalo del padre Grima. Algo salió de los matojos cuando él llegó al oasis y se alejó ligeramente del grupo para tomar un descanso separado, todavía montado en su caballo. Una figura humana y varonil, joven, de unos veinticinco años. Y pelo blanco.

Él.

-...Robin. Qué haces aquí

Los ojos del rey se clavaron en aquel joven con rabia e ira. Como un lobo miraba a su presa antes de devorarla.

Tal vez aquella misión fuera a ser más fructífera de lo que pensaba.
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Mensaje por Robin el Sáb Feb 23, 2019 8:45 pm

Jehanna era prácticamente una segunda Plegia. Un desierto en el que la vida era una guerra de supervivencia no solo contra las propias personas sino contra la naturaleza en sí. ¿En qué momento se le habría ocurrido pisar ese país? Solo para ver el mismo trozo de tierra mas en una ubicación distinta. El dromedario sobre el que iba montado trotaba con parsimonia, el calor que emanaba del Sol no hacía demasiada mella en el animal. Robin, encapuchado y con una bota de agua al cinto, creía que llegaría a consumirlo, su piel finalmente dando paso a sus tejidos musculares,  sus globos oculares friéndose al igual que unos huevos. Huevos... Sí, quisiera comer huevos, pan para acompañarlo. Lo que le quedaba en la alforja serían unos trozos de carne seca y unas almendras. Llegaría a alguna ciudad, o por lo menos un puerto. Quería pensar que eso era posible.

A veces el albino se posaba sobre el cuello del dromedario, dejando que éste le dirigiera. Su pelaje era corto, uniforme, pero suave. Solo en medio de ninguna parte no sentía la necesidad de llevar guantes, de ocultar quién era. La marca de seis ojos le observaba, quizás juzgándolo, quizás sencillamente observándolo. "No deberías estar aquí" le susurraba. "Deberías estar haciendo algo más importante". Su magia oscura hacía de él un individuo al que incluso los animales dudaban en acercarse. Su montura, aunque al principio reticente, le había aceptado. El recorrido era largo, mas Grima, sonriéndoled, les condujo hacia un oasis en medio del desierto.

Robin dejó al dromedario atado a la palmera más cercana al agua, él mismo tocando su superficie con curiosidad. Era casi paradójico que el agua estuviera relativamente fresca teniendo en cuenta el clima. No contuvo una sonrisa, desvistiéndose. Una vez se halló desprovisto de su ropa, el plegiano se aventuró dentro del agua, mojándose hasta la cabeza. El dromedario bebía casi insaciable, el muchacho gozando de un merecido baño. Pasó casi quince minutos hasta que finalmente salió. Tomó de la alforja un trapo cualquiera. Paulatinamente volvía a estar vestido, aprovechando la escasa hierba para echarse, limpiarse los pies de arena y volver a calzarse. Su pelo estaría seco en menos que se forma una montaña de arena en el desierto.

Qué horrible calamidad sería para Robin el encuentro con cierta persona. No fue a propósito. Es decir, se baña y se viste, felizmente, sin preocupaciones, pero lo ve. Ve a un hombre pelirrojo inconfundible de aspecto ligeramente desaliñado -no era hermoso había que decir- subido a caballo. El único subido a caballo concretamente. Quiso tirar de su dromedario, desatándolo de la palmera. Ni descanso ni leches. Ese hombre lo colgaba por los huevos... Pero siempre había tenido intención de volver. O realmente...tan solo esperaba que cortaran las alas de un dragón descarriado. Había visto mundo; sabía que dejaría de existir. Grima, el Gran Dragón, llevaría a cabo su destrucción. ¿Había sido estúpido haber emprendido ese viaje? ¿Ni siquiera para conocer el mundo donde vivía?

Todo ese flujo de pensamientos le hizo ser incapaz de moverse, agarrando las riendas de su montura, todavía sentado sobre la hierba, entre unos matorrales. Los pasos del caballo se acercaban, y el albino no podía sino levantarse, observando al rey de Plegia, magnánimo sobre su corcel blanco.

En respuesta a su mirada de rabia, Robin no hizo sino devolverle el gesto mas sin emoción alguna. Ni vergüenza, ni lamentos. Hincó la rodilla en la arena, todavía sus níveos cabellos goteando.

—Descansar, Su Majestad. He de suponer que su ejército ha acudido con el mismo propósito—volvió a ponerse en pie, recobrando una postura recta, sin errores. Observaba al monarca desde abajo, la diferencia de altura también haciendo clara la distancia entre sus posiciones. No fingiría que saltaba de alegría al ver a su rey, ni tampoco pretendería pedir clemencia por sus actos. El joven sacó de su bolsillos los guantes, colocándoselos casi por inercia. Muchísimas veces su actitud de indiferencia había enervado a alguna que otra persona que deseaba ver al gran Avatar de Grima. Morgan o Marc serían incluso más queridos que él. Pero si todos iban a morir, frente a la muerte Gangrel era un cadáver más pero con corona, gobernando un ejército de cuerpos.

¿Qué era lo que reflejaban los ojos de Robin? Humano no era.
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Mensaje por Gangrel el Dom Feb 24, 2019 9:37 am

-...No sé si eres consciente de tu situación. Pero la orden de busca y captura hacia tu persona sigue activa... ¿Eres consciente de lo que significa eso? Ahora mismo eres un enemigo de la nación. Un enemigo de la nación ante el líder de esa nación

Las palabras del emperador eran tranquilas y a duras penas mostraban emoción alguna, justo como lo hacía el muchacho. Pero en el interior de su cuerpo estaba naciendo una llama brutal que amenazaba con consumirlo todo si conseguía librarse y visitar el exterior. El brutal calor del desierto no era nada en comparación a lo que sentía Gangrel en su interior. Lo que antes era un corazón ahora se estaba convirtiendo en la puerta de entrada al infierno más brutal y diabólico que los mortales pudieran imaginar. Y solo se necesitaba lanzar un trozo más de leña para que el incendio se expandiera. Ese fuego era la ira.

La ira de un emperador que veía que de nuevo tendría que editarlo todo para adecuarse al paradero ya no tan desconocido de aquel joven. Otras dos semanas en vela escribiendo y editando los libros de historia para que aquel maldito apareciera de otra forma que no la de mártir, porque estaba claro que no había muerto, y tampoco había hecho nada por la sacra y pura religión grimante.

Alguien normal no percibiría la creciente furia del de cabello rojizo, pero si te fijabas bien, lo podrías ver. Había algo en sus ojos. El espejo del alma carmesí del rey dejaba claro que algo malo estaba pasando en su interior. El aura que desprendía Gangrel era de nerviosismo, como si quisiera saltar del caballo y estrangular a ese maldito en el mismo momento. Pero ahí estaba, aguantándose los nervios con el máximo estoicismo que le era posible.

-...Parece que aun así echas de menos a la Madre Patria, pues aquí estás, en Jehanna, la gemela en Magvel de nuestro país -las palabras del rey parecieron alertar a sus soldados, algunos de los cuales se acercaron poco a poco para ver qué estaba sucediendo- ...Pero tú, que eres la mano segadora de Grima, escapaste de Plegia, que es el hogar de las cenizas del verdadero dios, para… No quiero saber para qué, siendo franco… ¿Por qué no haberte quedado en el que es tu hogar y dejar las… Deserciones para los bárbaros?

Su voz se iba a agriando poco a poco. Cada vez más ardiente, mientras las manos del rey apretaban las riendas del caballo con más fuerza. Muchos sabían qué significaba eso. Pero la gran mayoría de ellos no estaban ahí para explicarlo. Tal vez si te ibas a una prisión de Plegia sí, o tal vez en el corredor de la muerte… Pero no al aire libre. Si lo que quería Robin es que le cortaran las alas, estaba de suerte. Iba a acabar sin alas y posiblemente con algún miembro corporal más mutilado. Al fin y al cabo, la búsqueda del joven no era jurisdicción de la inquisición, no. Se estaba encargando de ella el Ministerio de Justicia plegiano, que muy poco tenía de justo. Los juicios solían reducirse a leer las acusaciones, poner la sentencia y someter a votación entre los miembros del gobierno si se llevaba a cabo la ejecución, lo cual siempre solía salir favorable.

Y no habría excepciones por muy alto cargo clerical que tuvieras. A ojos de la Santa Iglesia, ese joven era un desertor. A ojos del Gobierno Imperial, también. ¿Y cuál era el castigo? La pena mayor. Rara era la excepción ante tan grave delito.

-...Fatídico destino. Parece que el padre Grima ha querido que seas detenido de una vez. ¿Vas a entregarte pacíficamente… O alzarás las armas contra el rey Gangrel I de Plegia, emperador de Jehanna, Carcino y Manster? Quiero que respondas con sinceridad. Porque no pienso tener piedad
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Mensaje por Robin el Dom Feb 24, 2019 4:11 pm

No la echaba de menos, en absoluto. Era probablemente sarcasmo del gran gobernante de Plegia, mas el albino se limitaba a escuchar sus preguntas, sus explicaciones, sus amenazas o más bien, sus sentencias.

—Nunca me he considerado enemigo de la nación. Pero si así es cómo me ven entonces no me extraña su furia, Lord Gangrel—de alguna manera tan solo se había llegado a imaginar la furia del Sacerdote Supremo, Valdar, la sangre bañando la estatua de Grima por la fuerza con la que había apretado sus puños, sin voz para pronunciar sin ningún rezo hacia su más preciado Dios. Los soldados habrían pagado su desaparición, mas el avatar no podía importarle menos que la rabia descendiera sobre ellos. Pensaba constantemente en qué momento lograría que el Dragón ascendiera hasta él, convirtiéndose esa marca no en un presagio sino en una realidad. Además, era el hijo del Sumo Sacerdote.

Deshonor para la Iglesia y la familia.

—He visto lo que tenía que ver. Usted mismo no considera importante mis motivos por lo que omitiré tales detalles—siguió al pie de la letra las instrucciones de su superior, manteniento los brazos cruzados detrás de la espalda. Se asemejaba a un niño siendo sermoneado por su padre, que en su lugar se erguía Gangrel, a punto de explotar al igual que un hechizo de elfire. Robin no realizaba ninguna mueca, pues la situación podría tornarse todavía más en su contra de lo que ya estaba. Los soldados se reunían a su alrededor, casi preparados para atravesarle con una lanza o espada. El grimante no se movió ni un solo ápice—No he olvidado lo que soy si es lo que pretende insinuar. Lléveme a madre patria, a donde desee, porque ya no queda nada en los continentes que mueva un ápice de mí—alzó sus manos hacia el pelirrojo, demostrando su pasividad, su entrega a una nueva prisión.

Podría haberse escapado en su montura, mas una parte de él sabía que escapar ya no era una opción que tenía disponible. Aquel símbolo en su mano lo llamaba a casa, y tanto las circunstancias como su destino eran las cadenas que jamás le dejarían escapar.

—Sea pues, Lord Gangrel I de Plegia. ¿Desea torturarme, aprisionarme en una mazmorra de la Iglesia, una ejecución pública en el cadalso plegiano?—bajó entonces sus manos, extendiendo los brazos a sus lados—Posee una centenar de soldados a su disposición actualmente. Creo que perfectamente puede tomar una decisión rápida. Suplicar tan solo alargaría un proceso tedioso tanto para usted, que todavía debe llegar cierta ubicación con esta compañía, y para mí, esperando un veredicto que ponga final a mi viaje—realizó una reverencia, los soldados casi anodados por un enfrentamiento tan directo hacia una posible ejecución. Ni siquiera era egocentrismo, prepotencia.

La mirada de Gangrel ardía; la suya reflejaba simplemente el vacío de un recipiente cuyo sino se había decidido antes de nacer
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Mensaje por Gangrel el Lun Feb 25, 2019 10:53 am

Matarlo. Matarlo. Eso iba a hacer. Iba a matarlo personalmente, con sus propias manos. Que Valldar se quejara si quería, poco le importaba lo que ese anciano con más descendencia que dedos en las manos le dijera. Sí, matar a esa rata era la única forma de acabar con esa fiebre que era la traición al régimen. Su mente se obstinó en ese pensamiento. Quería matarlo. Iba a lanzarse sobre él y le desgarraría la piel con los dientes cual depredador con su presa. Era arrogante. Demasiado. ¿Quién osaba hablar así al terrible emperador de Plegia, la nueva potencia emergente de ese mundo? Solo alguien que no amaba la vida.

Lo que antes era una llamarada en el corazón del rey se estaba convirtiendo poco a poco en un horriblemente grande torrente de oscuridad y negro azabache. La locura se apoderaba de él. Ese sentimiento de odio se convertía poco a poco en el combustible perfecto para despertar las pasiones más inhumanas del rey. Pecados que deseaba hacer desde joven y pondrían los pelos de punta hasta al mismísimo dragón caído al que los suyos rendían homenaje. Su rostro ya no parecía humano. Sus pupilas parecían haberse afinado hasta volverse casi viperinas. Pero lo verdaderamente aterrador era la sonrisa que se estaba dibujando en sus labios. Fría. Cruel. Inicua. Tétrica. Funesta. Perversa. Mil palabras habían para describirla y ni una sería capaz de definirla sin temblar al recordarla. Desfigurando su maduro rostro, lo que antes había parecido un simple hombre algo pícaro, ahora era un demonio. Sus dientes parecían más afilados que nunca, como los de un hurón. Como si hubiera sufrido algún tipo de transformación con algún animal que no existía. Hasta sus soldados se apartaban prudencialmente por el temor que les producía ver al hombre más poderoso del país en ese estado. ¿Quién osaría decir algo al emperador en ese momento? Si ordenaba que se decapitara a alguien, lo harían sin rechistar. Por puro miedo.

-Osas llamar a Plegia de esa forma… Después de abandonarla. Después de traicionar a la madre Patria… Sigues llamándola así… A Plegia… A la patria… -sus palabras no parecían tener sentido unas con otras. Era como si intentara hacer encajar un extraño rompecabezas. La ira le estaba cegando más todavía- Plegia. Patria. Plegia. Patria. Plegia. PLEGIA. PLEGIA. PATRIA. TRAICIÓN. PATRIA

​La cosa iba empeorando. Ahora tartamudeaba entre palabra y palabra, moviendo un ojo para hacer un tic nervioso cada vez que llegaba a una sílaba tónica. Y se bajó de la montura poco a poco, temblando mientras lo hacía. Solo cuando estuvo al mismo nivel que el joven siguió hablando.

Una fuerte y profunda risa salió proveniente desde las entrañas de ese abismo que era su cuerpo. Una risa completamente audible desde cualquier parte de ese abandonado desierto. Una risa tan oscura y pesada que algunos dudarían de si estaba siendo actuada. Ese era el precio de osar enfrentarse a Plegia. Esa era la recompensa del emperador a sabiendas de que tras eso ganaría puntos con la santa iglesia.

-Matarte sería una piedad en comparación a lo que te mereces. MATARTE. MATAR. CASTIGO. JUSTICIA. ¡LLEVARTE A PLEGIA! ¡LLEVAR A PLEGIA! ¡GRIMA TODOPODEROSO ME PERDONE DE NO HACER QUE SE CUMPLA LA LEY DE SU SACRO IMPERIO! ¡DESTRUIR! ¡DESTRUIR ES LO ÚNICO QUE DEBERÍAS HABER HECHO!

Cada vez más loco. Eso estaba claro. Cada vez más ensimismado en el abismo. Cada vez más deseoso de devorar a aquel joven y hundirlo con él en su infierno personal. Las risas se intercalaban con sonidos indescriptibles. Podían pasar de parecer gemidos de puro placer a alaridos de dolor en segundos. Solo se había puesto así dos veces en su vida. La primera, cuando destronó él con sus manos al anterior monarca. Y la segunda, cuando se enteró de la muerte de su rival, el venerable.

Pero todo cesó de golpe. Gangrel dejó caer como un títere su cabeza hacia el suelo. No produjo ni un solo silencio más. Sus ojos apuntaban a las dunas. Y poco a poco, su diestra empezó a alzarse hacia el cielo. Hasta formar el saludo a la romana reglamentario de su reino.

-...Te llevaremos con nosotros al campamento. Someteré la cuestión a meditación. Pero antes… Hemos de llegar al objetivo. No opongas resistencia como estás diciendo, y seré benevolente en mi decisión
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Mensaje por Robin el Lun Feb 25, 2019 4:48 pm

Casi se le escapa una sonrisa al albino al escuchar las palabras de Gangrel, casi pero no. Si pudiera le hubiera respondido, mas su objetivo no era empeorar la situación. Plegia al fin y al cabo era su lugar de nacimiento y no deseaba mal alguno para ella -a pesar de que el propósito de su propia existencia era una misma contradicción a tal hecho-. Mantuvo una expresión impasiva ante no solo la furia del rey loco sino de los amedrentados soldados plegianos, temiendo lo que pudiera llegar a hacer el emperador plegiano, porque según él mismo, habían ya conquistado Carcino y Manster, proceso Jehanna. Se había convertido en una bestia hambrienta de territorios sin riendas que lo controlasen. Eran un centenar mas nadie se atrevería a alzar su mano contra el rey Gangrel de Plegia. Su risa era la de un maníaco que había perdido los estribos, incapaces de detener al caballo desbocado que era en ese momento. Para el albino era una clara demostración de que había sido de esas personas que lograron un reto que muchos no podrían adquirir: Enfadar al rey de Plegia.

“Si tanto temes la ira de Grima por tu falta de justicia… ¿por qué no zanjaba el asunto con sus propias manos?” pensaba el estratega, quien cavilaba distintas posibilidades. ¿Podría ser que el castigo de matar a un avatar del todopoderoso Dragón Caído fuera mayor pecado? Su propia teocracia se volvía entonces en su contra. O simplemente quería exprimir hasta la última gota de su vida a favor de su país. Nunca debías desaprovechar el potencial de una unidad para el combate. Lo intentaba, de verdad que lo hacía. Sus labios no temblaban mas gritaban silenciosamente, suplicando por una risa. Era una situación demasiado bizarra, comprometida y el rostro del pelirrojo era… Cómo decirlo… No tenía precio ver a un gobernante gritar a los cuatro vientos en un berrinche. En esos momentos ni a Robin se le pasaba por la cabeza la ejecución que tenía pendiente. Se mantenía firme en su sitio, esperando a que su rey descargara la furia.

Meditación. Sí, la necesitaba.

—Os acompañaré entonces, Lord Gangrel—No es como si tuviera demasiadas opciones de todas formas, pero no tenía la intención de escapar desde un principio. Qué lamentable era el recipiente de Grima, resignado a la muerte. Chasqueó con la lengua, el dromedario desatado desde antes de esa conversación haciéndose paso entre las tropas hasta él, el cual se agachó en la arena. Robin acarició su cuello y cabeza antes de montar sobre él, levantándose el animal con facilidad. Los miraban perplejos, mas ambos, el albino y el animal, estaban bastante tranquilos. No quiso pronunciar ninguna palabra más, reanudando la marcha el propio monarca de Plegia poco después. Por supuesto, estar cerca era un deber, no un lujo. No se encontraban en condiciones de picar a Gangrel.
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Mensaje por Gangrel el Mar Feb 26, 2019 10:51 am

La calma iba volviendo poco a poco al monarca. La oscuridad volvía al lugar del que pertenecía y las llamas se apagaban hasta convertirse en cenizas. Tener al avatar de Grima controlado ya le bastaba. Debería pensar una forma adecuada más adelante de darle un castigo, pero eso ya se daría cuando tuviera sus libros a mano y una pluma con la que firmar la sacra condena. Lo que tenía claro es que no le dejaría morir. Seguía pareciéndole útil. Y es que lo era. Un avatar del ser más poderoso a su servicio… Eso le daría poder como para conquistar Ylisse y Altea. Y ya de paso el resto de países dracomantes. Robin sería un jugo del que sacaría hasta la última gota a su favor. Y empezaría en el mismo momento en el que su brazo descendiera para finalizar con el ritual saludo a la romana.

-...Cumple… O me haré cargo de que seas asesinado de la forma más brutal posible

Y sin decir nada más, se volvería a montar en su caballo, dando la esperada orden de ataque. Los guerreros que con él iban a la próxima ciudad sonrieron. Eran pocos, pero sabían que si Gangrel había mostrado esa furia, podrían ganar. Esa cruel mente les había hecho ganar más de una vez en condiciones hasta cómicas. Gangrel había sido al fin y al cabo quien había liderado el golpe en las fértiles tierras de Manster, y en unos pocos días habían tomado toda la costa. Él lideró la entrada en Renais, y llegaron al campamento renaiseño en días. Él lideró la entrada también en Carcino. Y consiguió levantar el más grande bloqueo naval jamás visto. Cualquier ciudad caería si él iba a la cabeza. Por muy pocas tropas que tuviera. Muchos de los ahí presentes estuvieron en el sitio a una ciudad de Manster, donde cayeron diez mil emergidos en contra de cien plegianos.

Y ahora Robin descubriría el por qué ese hombre era tan temido por los suyos. Aquel hombre que había decidido adelantarse al grupo, con una seriedad y una chispa de malicia en la mirada que asombraría a cualquiera.

***

Tal y como se esperaba, llegaron a una ciudad costera. Era importante tener puertos para hacer entrar a los barcos. De tamaño pequeño y sin murallas más allá de unas improvisadas barricadas creadas por los emergidos, sería tremendamente fácil hacerla caer. Y en ella… Deberían haber el doble de emergidos que las tropas plegianas. Así pues… ¡No había problema alguno!

Las órdenes de Gangrel fueron simples. Preparar la nueva formación que les había hecho ganar prácticamente todas las batallas. Setenta y cinco lanceros y veinte arqueros, junto a cinco magos de fuego. La formación de los Tercios.

Entre las picas, que servirían de defensa contra la caballería y prácticamente cualquier enemigo, estarían los arqueros y magos, que se encargarían de la destrucción del ejército enemigo. No había técnica más perfecta contra ejércitos que les superaban en número. De todas formas, lo primero era lo primero. Llamar su atención. ¡Y había una forma perfecta de hacerlo!

Uno de los soldados llevaba la bandera plegiana. Con eso servía para hacer lo que se disponía. Se colocó entre los suyos para dar la orden.

-Atraigámoslos… Y recordemos a Robin de dónde viene. Cantad para llamar su atención, camaradas. Que nuestro himno salga y aterre a los enemigos de nuestro formidable imperio.

Gritos de júbilo salieron de las gargantas de quienes obedecían al rey. Victoria. Cuando lo cantaban, los plegianos sentían un fuerte nacionalismo que les permitía ir a luchar sin pensar en cosas como la familia. Se volvían fuertes, insensibles, justo como el rey quería.

La bandera se alzaría entre los suyos. Había llegado la hora de enseñar a los emergidos de dónde venían los invasores que hoy tomarían sus vidas.

El himno:


Hay que cambiar detalles, como que en vez de "Santiago"
dicen "Grima", "Aspa de Borgoña" por "León de Azabache"y "arcabuz" por "hechicero". Himno correspondiente a los Tercios del Hálito Negro (organización puramente decorativa y sin efectividad offrol más allá de servir para dar profundidad a la trama), nombre con el que se conocen a las tropas de Plegia destinadas a la construcción del imperio, no del propio país como tal
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Mensaje por Robin el Miér Feb 27, 2019 6:00 pm

El albino sencillamente asintió, seguro de sí mismo—No cometeré tal estupidez, no se preocupe Lord Gangrel—las comisuras de sus labios se elevaron, formando una cordial sonrisa, digna de un vasallo que piropeaba a su maestro con devoción, la cual no sentía realmente hacia ese hombre sino a una criatura que debía descender y poseerle, ¡y que no llegaba! Le gustaba hacerle esperar, por eso era el dragón del caos, de la destrucción. Quería perturbar al pobre estratega para luego de repente descender cual rayo, obteniendo muchísimo más protagonismo en la historia de los continentes. “Así pues, Grima ascendió en la batalla”. Puede ser… ¿sería un egocéntrico dragón? No le sorprendería en absoluto ya que, bueno, se supone que es una criatura divina con el poder de destruir el mundo. Mejor descripción que esa imposible. Sí, por el momento pensaría en Grima como un dragón calculador y con un ego del tamaño de Akaneia. No le perdería el respeto por supuesto. Grima salve a Plegia al fin y al cabo.

Cuando llegaron a la ciudad no fue difícil hallar signos de actividad en ella. Barricadas preparadas para recibirlos y la formación de los Tercios para contrarrestar las ofensivas. Lo que no pudo creer fue el remarque de Gangrel hacia él. No hacía falta, ya sabía que estaba en una posición delicada, que le odiaban, que era un despojo plegiano, pero no era necesario. No cantó el himno por supuesto. ¿Gangrel mirándolo otra vez como traidor del país que se atrevía a cantar su preciado himno? Se reservaba esa mirada para otra ocasión. O para ninguna si era posible. No pudo negar, eso sí, que fue una buena idea lo del himno, pues los emergidos comenzaron a salir de entre las ruinas. Caballeros, lanceros, arqueros, magos... Todos iban a darles la bienvenida. Su dromedario se alteró ante tal paisaje mas Robin consiguió calmarlo acariciando su cuello, su cabeza. Aquella formación estaba hecha para ganar, no importaba la situación.

Mas repentinamente resonó entre los edificios y las dunas un chillido, un gruñido salvaje. Y eso definitivamente no era humano.

Las tropas enemigas comenzaban a acercarse con velocidad, mas a los lados también las unidades enemigas hacían su avance. Era una misión suicida sin sentido. O les eliminaban las lanzas o los magos, e incluso los arqueros. Robin vio entonces lo que se aproximaba hacia ellos a una velocidad vertiginosa. Eran wyverns. Eso se estaba convirtiendo en una batalla sin sentido. ¿Qué clase de persona enviaba a los emergidos? La primera fila de caballería por supuesto se vio abatida por las lanzas de los soldados plegianos, mas hechiceros a caballo hacían el intento de lanzar un hechizo contra los tercios. Los arqueros los abatían, mas incluso de esa forma, los emergidos utilizaban a los suyos como escalera para seguir avanzando. Dos de los wyverns enemigos caían en picado, magos de fuego y arqueros interceptándolos. No obstante, los cuerpos de los dragones aterrizaron sobre unidades plegianas, aplastándolas.

Hechizos de rayo se fueron extendiendo por el campo de batalla, también de viento. Los arqueros conseguían abatir a los magos si los dejaban expuestos, mas los propios emergidos los escudaban o recibían las flechas por ellos.

Los magos de fuego plegianos también harían de un infierno la marea negra. Caían bolas de fuego que se esparcían por los emergidos.
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Mensaje por Gangrel el Jue Feb 28, 2019 10:57 am

Wyverns entre esa panda de bárbaros. Qué detalle tan absolutamente innecesario para defender una ciudad tan minúscula. Parecía ser que los emergidos iban con todo.. Y eso no le gustaba lo más mínimo. Tal vez la poca resistencia dada en Carcino y el norte de Renais era por eso, que los emergidos habían concentrado sus esfuerzos en Jehanna. Y eso le obligaría a algo que no quería hacer, y era desplazar efectivos de Manster hacia ahí.

Pero debía preocuparse por su propia vida. Y es que les doblaban en número. Bien era cierto que los tercios podían hacer que las bajas fueran mínimas, pero eso no significaba perfección. El baile de la muerte daría lugar entre los suyos. La de guadaña se haría presente en todos los bandos. Y eso no era bueno. Pero el valor de los suyos se mantenía impasible. Cuando una lanza caía, otra doblaba su fuerza para suplirla. Cuando una flecha iba contra un mago, un piquero se interponía por muy dañado que quedase. Y a pesar de estar en el centro de la formación, Gangrel no podía permitirse a sí mismo no combatir. Le era imposible ver morir a los suyos sin querer desgarrar la garganta de un emergido. Por eso mismo, en medio del caos y por muchos jinetes que cayeran del cielo, el rey haría algo que en muy pocos de su condición se podía ver. Descendió de su caballo, y con un rápido movimiento de muñeca, arrojaría una daga al caballero más cercano que intentaba romper la formación en vano. Una daga que se quedaría clavada en la frente del mismo, para luego el rey salir ágilmente entre las picas, acercándose a aquel títere y asestando un golpe con otra de las dagas que poseía ocultas por su armadura, que se quedaría incrustada en la barbilla de este. Poco tardó el caballo en irse galopando mientras el cadáver caía al suelo.

-¡Escuchadme bien, pueblo plegiano, mis hermanos! ¡Por Grima todopoderoso alcemos la voz y destruyamos al enemigo! ¡Devolvamos el poder a la raza humana! ¡Conquistemos Jehanna y dominemos el mundo! ¡Si morimos, que sea bajo la bandera imperial! ¡GRIMA SALVE A PLEGIA!

Ese grito de batalla se impondría a los aullidos emergidos. Era el poder del imperio frente al bárbaro. Una persona caminando en formación militar poco podía hacer. Pero con mil personas haciendo eso, se puede derrumbar un puente colgante. Una lanza poco podía proteger los flancos. Pero cincuenta cubrían a todos. Una flecha no podía acabar con un ejército. Pero mil sí. Esa era la doctrina plegiana. La fuerza del grupo por encima del todo. Una filosofía creada por ese hombre que, como si se tratara de una danza entre las dunas, atacaba a todo aquel que osara acercarse demasiado a él con sus cortas pero letales cuchillas. Poco a poco, con esa técnica podía acabar con una persona. Llamar la atención para que los magos hicieran el resto.

Pero ese éxtasis hacía a Gangrel olvidar algo terriblemente imperativo. Avanzar. Debían luchar, sí, pero también hacerles retroceder. Por muy útil que fuera la formación contra casi cualquier técnica rival, no podía permitirse jugar al desgaste. Según contaba, ya habían llegado a las veinticinco bajas contra unas cien emergidas. Pero eso ya era para Gangrel una derrota.

-¡AUMENTAD EL RITMO AHORA MISMO! ¡Y TÚ TAMBIÉN, MALDITO ALBINO, O PROMETO QUE TE HARÉ COMERTE TODA LA ARENA DE ESTE MALDITO DESIERTO!
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Mensaje por Robin el Miér Mar 13, 2019 10:48 am

El rostro de Robin se había deformado en una mueca de desagrado, mas no debía esperar más del rey de Plegia. Comer arena del desierto no era de recibo ni le aportaría nutrientes. También debía salir de ese lugar vivo, por lo que actuar era indispensable. Bajó del dromedario, el cual siguió al caballo de Gangrel como si de su madre se tratara. Traidor, sí. ¡Traidor! Dejándole en medio de tanta marea de soldados, pero era lo mejor. Colándose entre la formación, llegó a cierto escuadrón de arqueros.

—Antes de que se acerquen los wyvern y los derriben los magos, matadlos vosotros. Se os protegerá con pica y magia. Ahora a trabajar muchachos. Necesitamos deshacernos de proyectiles demasiado grandes, que no queremos acabar aplastados~—dijo con demasiada tranquilidad el albino, colocándose junto a las picas. De sus manos comenzó a fluir energía oscura, la cual aplicaba cada vez que veía a un emergido intentando hacer escalera sobre su compañero, empujándolo uno de los piqueros hacia atrás junto al que quería seguir escalando entre cadáveres. Los arqueros con el liderazgo de Robin conseguían apuntar con más tranquilidad hacia los wyverns, que a pesar de duras escamas no eran capaces de resistir tantas flechas. Una deformada sonrisa se formaba en el rostro del albino, quien veía cómo caían en la arena, a lo lejos, pequeñitos dragones junto a sus jinetes.

Tal táctica comenzó a expandirse por los tercios, los escuadrones de arqueros siendo protegidos por piqueros y por lo menos un mago. No harían escalera de cadáveres, los pisarían y continuarían hasta la ciudad. Llegó cierto punto en que el propio Robin llegó a pisar la cabeza de un caído emergido, viendo lo feo que era. Unos preferían buscar huecos entre la arena, mas lo más práctico era directamente ignorar a los muertos bajos sus pies. Respeto por sus compañeros sí, claro, ¿pero emergidos? Lamentablemente en una guerra los enemigos no tenían dignidad para él, menos una marioneta de a saber quién.

Pudo alcanzar el frente tras mucho esfuerzo y apretones entre plegianos, reuniendo tres magos en total junto a él. Los piqueros apartaban cadáveres de encima, llegando incluso a resultar en una escalera para los plegianos. No obstante, a cada señal que hacía Robin se agachaban con las picas en pie para que los magos de fuego prendieran a los soldados enemigos, principalmente a los otros magos y arqueros, a la vez que quienes intentaran acercarse fuera perforado y apartado. Robin aplicaba ruina en los que después de ser tostados aún movían algún miembro de su cuerpo. Nada de supervivientes que atrajeran a más emergidos.

Miraba hacia el cielo de vez en cuando para ver satisfecho cómo la cantidad de wyverns había disminuido en demasía, tanto que en poco ya no quedaría ninguno. Qué gloria. Cuando las cosas te salían bien era una sensación tan reconfortante. Quizás más de media hora, mas finalmente las puertas de la ciudad estaban ya justo en frente.

—¡Lord Gangrel, la entrada!—gritó el albino a través de las inmensas tropas con una sonrisa tan reluciente como si hubiera salido recién del baño, relajado y acomodado entre algodones.
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Mensaje por Gangrel el Sáb Mar 23, 2019 7:36 pm

El joven había pulido la estrategia en cuestión de segundos. No sabía si aplaudir o cortarle la cabeza con sus propias manos. Un grandioso estratega, capaz de superarle si se lo tomaba en serio, y eso estaba claro. Haberlo perdido había sido un golpe mucho más duro de lo que se esperaban, no cabía duda. Plegia, tierra de grandes maestros del combate, sufría algo terrible, y al rey se le estaba haciendo claro: sus grandes talentos se iban del país por una razón u otra. Debería detener y cortar con más fuerza cualquier emigración. No se le había ocurrido algo tan simple ni a él. Tal vez el motivo fuera que estaba ocupado enfrentándose a un emergido que le doblaba en tamaño, pero le resultaba irónico.

Y era cierto que estaba resultando útil. El tercio se movía todavía más rápido. Se amontonaban cada vez más cadáveres los unos sobre los otros. Y ahí estaban los suyos, pisándolos como si nada, como todo buen plegiano haría, para llegar al objetivo. Y Gangrel, como cualquiera que luchara bajo el León de Azabache que era heráldica imperial y bandera del imperio, estaba ahí, asesinado a cuchillada a cualquiera que se escapara de las flechas y las afiladas picas. Era rápido, y cada vez más experimentado en el combate. A duras penas había emergido alguno que pudiera defenderse o percatarse del rápido ataque del rey.

Escuchó los gritos de ese albino. Sin darse cuenta, habían llegado a las puertas de la ciudad. No se lo esperaba. Pero teniendo en cuenta la gran montaña que había en el exterior, dentro de esos muros no habrían más de una docena de emergidos que caerían frente a las poderosas tropas del imperio. El rey tomaría de nuevo el mando en ese momento. Dedicó una “cariñosa” mirada al joven (concretamente, la misma mirada que echa un humano cualquiera a una paloma muerta)

-Igual no te arranco los testículos todavía. Veo que todavía mantienes la patria en tus venas. Eso es bueno. ¡GRIMA SALVE A PLEGIA, CAMARADAS!

Las tropas gritarían con furia a medida que avanzaban con más fuerza. Ese día, habían visto muchas cosas. Y sabían que eso podría significar un ascenso a quienes sobrevivieran. Y además… Debían contar a sus familias que habían visto al terrible monarca enfadado. Eso era algo insólito. Mucho más teniendo en cuenta que seguían vivos para contarlo. El rey miró la puerta unos segundos. Había llegado la hora de concentrar el ataque en un solo punto. Obedeciendo un grito que todos conocían su significado, los hechiceros cambiaron de objetivos. Todos hacia la gran puerta, que caería frente a la poderosa magia plegiana.

Ya estaba claro. Esa sería una clara victoria del imperio plegiano. No había esperanza alguna para las cada vez más diezmadas fuerzas emergidas. La ciudad caería antes de que la luna naciera en el cielo.

***

Y tal como él calculó, antes del atardecer, ya había caído la ciudad. El último emergido fue asesinado y la bandera ondeaba ahora ahí´. Un nuevo puesto de avanzadilla que sería sustancialmente útil para las próximas exploraciones.

Pero ahora quedaba lo más importante y crucial. El rey había ordenado a las tropas descansar. Y que le dejaran a solas con ese maldito albino a las afueras de la ciudad. Señaló a la montaña de cadáveres que ahí seguían.

-Esto es lo que hace la gloria imperial cuando es desatada. La misma gloria que por alguna razón has intentado asesinar con tu disidencia y exilio. Dime, Robin. ¿Deseas volver a Plegia? Si no opones resistencia, me encargaré de que obtengas la absolución total e indiscutible. Y también haré que Valldar no desee ningún tipo de venganza, créeme. Vuelve a casa. A tu hogar.
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Mensaje por Robin el Dom Mar 24, 2019 4:25 pm

El albino le devolvió aquella mirada con una sincera sonrisa...Bueno, más que sincera, obligada. No le podía poner cara de hastío al regente de Plegia, menos si quería si cuello intacto.

—Agradezco su generosidad, Lord Gangrel—pronunció con respeto mas a la vez humilde. Debías ser humilde por supuesto, más si tus testículos estaban en juego. Sin embargo, el fragor de la batalla, la inevitable victoria de Plegia sobre los emergidos, la moral de los Tercios por las nubes. ¿Qué era sensación que recorría cada fibra de su cuerpo? Pisoteando los cadáveres de los derrotados, viendo las puertas de la ciudad caer. Era tan satisfactorio que aquella sonrisa se torció en una cruel mueca de placentero sadismo, su mirada reflejando la adrenalina, el entretenimiento e incluso regocijo.

—¡GRIMA SALVE A PLEGIA!—gritaba con toda la fuerza que le permitían sus pulmones. Cualquiera que lo observara se percataría de su dicha encontrada en la destrucción de todo un ejército, el estratega observando cómo las tropas acababan con el resto de emergidos que no tenían las entrañas de seguir luchando. ¿Grima entonces iba a provocar la destrucción del mundo? ¿Sería testigo de tal espectáculo? Comprendía entonces el deseo de reducir el mundo a un páramo. Tal sensación de regocijo era casi adictiva. Aguantaba la risa mientras la función daba a su fin, siendo eliminados los restos que ensuciaban la ciudad con su presencia. A su mente acudían personas, incluso laguces que había conocido por el camino. Valoraba la importancia ya de una amistad en comparación a ese sentimiento. Su alma estaba corrupta hasta el mismísimo núcleo, por ello era un receptáculo para el Gran Dragón, para aquel que ascendería de nuevo.

El atardecer caía sobre sus cabezas y la paz y tranquilidad volvían a los Tercios, quienes ya se hallaban descansando después de la cruenta batalla en la que habían sufrido diversas bajas. Sin embargo la moral estaba por los cielos. Habían ganado a un ejército el doble, o incluso el triple de grande que el suyo. Le apenó no poder descansar también en la ciudad junto a los demás después de tan audaz batalla mas qué se le iba a hacer, eran órdenes de su rey. Se encogía de hombros frente al mensajero, reuniéndose no mucho después con el pelirrojo fuera de la ciudad, los cadáveres todavía sin ser tragados por la arena.

La pregunta del monarca casi carecía de sentido. Giró Robin la cabeza cual resorte, sorprendido—¿Volver a Plegia? Su Majestad, despegándome de todo protocolo de peloteo que se tiene muy a menudo a su alrededor, he de darle las gracias. Gratitud se queda corto incluso—la mirada del albino se alzó al cielo, la luz despidiéndose de ellos lentamente, a su ritmo, mas el corazón de Robin palpitaba con brío—Visité todos los continentes, ¡vi el desastre que son! Valentia se mantiene con dos países y Elibe está en las últimas salvo por Durban, ¿Pero Tellius? ¡Es una desgracia! Ni en lo más mínimo me sorprende que ya haya tomado Manster y Carcino... Si era un destino inevitable—hablaba hasta con entusiasmo, gesticulando con sus manos velozmente—Plegia no va a ser un país en un rincón de Akaneia más. Con usted guiando el país, el ejército… Ya nadie, jamás, deberá quedarse impasible al escuchar el nombre de nuestro país. Grima no podría regocijarse más—dio una vuelta sobre sí mismo, asemejándose a un niño que acababa de escuchar que recibiría regalos.

—Ya no hay nada que ver Lord Gangrel… solo territorios que debemos utilizar—murmuraba casi para sí mismo, hincando la rodilla en la arena. No mantuvo su mirada baja eso sí. Enfocaba la de Gangrel, determinación poderosa igual que las llamas de Grima—Como servidor de la nación plegiana y del Gran Dragón Caído, volveré a la patria sin oponer resistencia su Majestad. Grima salve a Plegia, Lord Gangrel—pronunció con perturbadora emoción mas a la vez era palpable la inamovible convicción de sus creencias.
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Mensaje por Gangrel el Vie Mar 29, 2019 6:29 am

El emperador sonrió satisfecho. Frente a ellos, todavía estaba la gran montaña de cadáveres que sus lanzas y hechizos habían causado. Y entre todos esos caídos, poca era la armadura que correspondiera al ejército plegiano. Las bajas habían sido mínimas. Y la masacre en el rival había sido tal que posiblemente, estos tardarían semanas en recoger un ejército suficientemente grande como para hacer un verdadero asedio a la ciudad. Y para cuando eso pasara, ya sería demasiado tarde. Plegia habría penetrado con todo en esa tierra.

Obviamente, recompensaría a sus tropas. Cada día que pasaba, el ejército de su imperio se volvía más especializado y valioso. Las unidades que se encontraban en cada Tercio se volvían más poderosas por el hecho de sobrevivir al caer el alba. Dudaba que hubiera en el mundo una milicia tan eficaz como la suya.

Y parecía que el fervor y la osadía de las tropas había contagiado de nuevo el patriotismo a ese pequeño traidor albino. Se le notaba en sus ojos. Lo que había en ellos era la chispa de la sangre. El deseo de ver al enemigo caer. Tal vez en el exilio se había vuelto hasta más fuerte de lo que jamás lo hubiera conseguido encerrado en el reino de arena en el que acabaría condenado a ser solo una figura simbólica. Gangrel podía comprender en cierta forma el por qué de su fuga, ahora que estaban en una situación menos… Candente.

-Tus palabras sobre la Madre Patria halagan al pueblo del país. Hablo como su representante al decirte esto –dijo con solemnidad- Y también es un consuelo que hayas visto que solo en Plegia y las potencias grimantes recae el poder de librar al mundo de su desfasado y obsoleto orden natural. Los otros continentes se han negado a asumirlo, y con tus ojos has visto cuál ha sido su destino

La destrucción total. Ese había sido el destino fatídico del mundo, que negado a reconocer la supremacía de la oscuridad, sucumbió defendiendo la tenue esperanza producida por la luz.  Que Robin se percatara de esos detalles era altamente beneficioso… Para la corona plegiana, obviamente. Adoctrinarlo sería la mayor ventaja posible para tener junto a ellos a un avatar del Dragón Caído. Y si conseguía entregar a la Iglesia semejante favor… Obtendría la santificación inmediata. Y no solo eso: a Robin le correspondería un cargo de altísima importancia, y ambos parecían tan convencidos sobre las políticas imperiales que eso también le supondría más apoyos entre el alto clero. No podía contar en totalidad con Marc y Morgan. Bien era cierto que había sido él quien se había lanzado al mar sin decírselo, pero su posición debía ser en Plegia. Eran inteligentes, eso estaba claro, y no podía coordinar el ataque y la defensa de su país a la vez. La labor que él creía que debían tener esos dos era la de defensores de la soberanía. De momento. No debía optar a utilizar sus dotes en el campo de batalla. De momento. Así pues, el hecho de encontrarse con alguien de tal nivel como Robin sería también otra sustancial ventaja: un aliado con el que debatir de táctica y formación.

-…Entonces ven con nosotros al campamento principal. Este continente caerá totalmente en garras plegianas. Solo Renais, que ya ha pactado su vasallaje con mi persona, sobrevivirá al auge de la Gran Plegia en este continente. Y contigo en nuestras filas, Avatar del Dragón, sé que los sucesos que han de llevarse a cabo por la santa voluntad del Todopoderoso acelerarán su llegada sustancialmente. Volveremos a la seguridad en cuanto lleguen refuerzos para preparar la defensa de este nuevo fortín. –se calló por unos segundos. Buscó la combinación más adecuada de palabras antes de darle una amistosa palmadita al joven- Tengo muchas esperanzas puestas en ti, muchacho. Porque sé perfectamente que en estos días…

El monarca miró al frente. Hacia el sol, que ya moría. El sol que vería cómo su imperio se alzaría sobre todo. El imperio en el que jamás este podría ponerse. Que Grima se apiadara de  quienes negaran ese inevitable destino. Y curiosamente, sabía que Grima estaba de su lado. Y Grima tenía ahora la forma de un joven albino y con un evidente sadismo que al igual que el emperador, quería ver las cosas cambiar.

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Mensaje por Eliwood el Lun Abr 01, 2019 12:06 am

Tema cerrado. 80G a cada participante.

Robin ha gastado un uso de su tomo de Ruina.
Gangrel ha gastado un uso de sus dagas de bronce.

Ambos obtienen +2 EXP.
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